viernes, 7 de octubre de 2011

Sábado la 27ª semana de Tiempo Ordinario. Madura está la mies… para quien escucha la palabra de Dios, como la Virgen, modelo perfecto de bienaventurad

Sábado la 27ª semana de Tiempo Ordinario. Madura está la mies… para quien escucha la palabra de Dios, como la Virgen, modelo perfecto de bienaventurada porque pone en práctica lo que el Señor le pide

Profecía de Joel 4, 12-21. Así dice el Señor: «Alerta, vengan las naciones al valle de Josafat: allí me sentaré a juzgar a las naciones vecinas. Mano a la hoz, madura está la mies; venid y pisad, lleno está el lagar. Rebosan las cubas, porque abunda su maldad. Turbas y turbas en el valle de la Decisión, se acerca el día del Señor en el valle de la Decisión. El sol y la luna se oscurecen, las estrellas retiran su resplandor. El Señor ruge desde Sión, desde Jerusalén alza la voz, tiemblan cielo y tierra. El Señor protege a su pueblo, auxilia a los hijos de Israel. Sabréis que yo soy el Señor, vuestro Dios, que habita en Sión, mi monte santo. Jerusalén será santa, y no pasarán por ella extranjeros. Aquel día, los montes manarán vino, los collados se desharán en leche, las acequias de Judá irán llenas de agua, brotará un manantial del templo del Señor, y engrosará el torrente de las Acacias. Egipto será un desierto, Edom se volverá árida estepa, porque oprimieron a los judíos, derramaron sangre inocente en su pais. Pero Judá estará habitada por siempre, Jerusalén, de generación en generación. Vengaré su sangre, no quedará impune, y el Señor habitará en Sión.»

Salmo 96,1-2.5-6.11-12. R. Alegraos, justos, con el Señor.
El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.
Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.
Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre.

Evangelio según san Lucas 11,27-28. En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: -«Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.» Pero él repuso: -«Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.»

Comentario: 1.- Jl 3,12-21. La segunda página que leemos del profeta Joel es impresionante. Es una descripción poética y "apocalíptica" -género de revelaciones llenas de imágenes y símbolos- del día del Señor, el día de su juicio sobre la historia. ¿A qué se refiere el profeta: al final de la plaga, a la venida del futuro Mesías, al juicio definitivo de Dios sobre la historia? Joel se imagina una gran asamblea de todas las naciones en "el valle de Josafat", que no hay que intentar localizar demasiado, porque "Josafat" significa "valle de la decisión", o "del juicio", o "Dios juzga". Las imágenes de la siega y de la vendimia le sirven para expresar el juicio sobre el bien y el mal que tendrá lugar aquel día. No es un anuncio pesimista y angustiante. Para los que se han esforzado por seguir a Dios, es un presagio de esperanza: "el Señor protege a su pueblo, auxilia a los hijos de Israel", porque en aquel día "el Señor habitará en Sión".
Nos resulta útil a todos mirar hacia el futuro. Dios es Padre, y nos está cercano, pero también es nuestro Juez. Al final de su evangelio (Mt 24-25), Mateo escenifica, con un género literario parecido, este juicio de Dios, con la decisión sobre los buenos y los malos.
Es de sabios recordar que al final del camino nos espera este examen, para que nos vayamos preparando a él en la vida de cada día. Eso sí, con una marcha impregnada de esperanza, porque con Cristo Jesús se han inaugurado ya los tiempos finales y "Dios habita en Sión" y los que creemos en él y le seguimos podemos mirar con esperanza su juicio. El Juez del último día es el mismo Jesús en quien creemos y a quien recibimos con fe en la Eucaristía. La respuesta divina a la oración y penitencia del pueblo había sido la promesa de bendiciones materiales. Ahora se añaden los dones espirituales: la efusión del Espíritu, el anuncio de los signos precursores del «día de Yahvé» y de la salvación de Sión.
En contraste con los tiempos antiguos, cuando la palabra de Yahvé era rara (1 Sm 3,1), en el tiempo mesiánico será abundante. Todos los israelitas serán profetas, es decir, sabrán descubrir el verdadero sentido religioso de la vida y de los acontecimientos. Las fórmulas «soñarán sueños» y «verán visiones» explican qué significa ser profeta: se creía que los sueños y las visiones eran los medios ordinarios de comunicación con Dios. San Pedro vio cumplida esta profecía el día de Pentecostés (Hch 2,17). Por tanto, en el tiempo mesiánico habrá una íntima comunicación entre Yahvé y el pueblo escogido. Israel no dependerá de un héroe ni de un profeta ocasional; toda la nación poseerá esos carismas y se convertirá en la comunidad ideal.
Juntamente con la efusión del Espíritu se menciona el juicio vindicativo de Dios contra las naciones paganas. Siguiendo la norma del género apocalíptico, la intervención de Dios se describe como una convulsión del cosmos. El sol, la luna y los demás astros eran tenidos por dioses en el mundo gentil. La destrucción de estas divinidades simboliza la manifestación de Dios. Dios diríamos nosotros hará que salten en pedazos los ídolos de ios hombres. La advertencia del profeta es también válida para nuestros días: sólo quien es fiel a Dios no se verá defraudado.
El fragmento termina con una alusión al juicio de las naciones paganas. Para los profetas, la vuelta del cautiverio de Babilonia representa el comienzo de la era mesiánica, y el triunfo de Israel supone la condena de sus enemigos. Este juicio se llevará a cabo en el "Valle de Josafat", nombre que puede traducirse por «juicio de Yahvé» o «Yahvé juzgará». se trata pues, de un nombre simbólico que no corresponde a ningún lugar geográfico. Puede ser también una alusión a la victoria de Josafat, cuando-Yahvé destruyó a los enemigos de Judá (2 Cr 20,13-30); en ese caso querría indicar que tal hecho se repetirá. Nosotros estamos en mejores condiciones que los primeros lectores para entender en qué consiste la victoria mesiánica y la condena de los enemigos (J. Aragonés Llebaria).
En la página que meditaremos HOY, el «Día de Yahvéh» es descrito con imágenes convencionales que se encuentran en todos los apocalipsis y que el evangelio mismo utilizará (Mt 24). No hay que tomarlas en sentido literal, lo que podría conducir o bien a un miedo facticio, o a un error de apreciación. Jesús ha insistido a menudo en que no se sea demasiado curioso sobre la «hora» del fin del mundo. Lo que cuenta es estar siempre a punto.
-Despiértense la naciones... Efectivamente, a menudo, duermen inconscientes de lo que verdaderamente está en juego, a lo largo de la historia. Jesús, hablará también de la «vigilancia» (Mc 13,33; Lc 21,36). A menudo, ¿seré yo acaso de aquellos que duermen su vida, en lugar de vivirla verdaderamente? El envite del Juicio está ya puesto. No hay tiempo que perder.
-Suban hasta el valle de Josafat... «Todas las naciones se reunirán ante el Hijo del hombre» (Mt 25,32). Tampoco aquí tiene sentido «imaginar» materialmente esta reunión: en una cierta época, ¡los judíos se hacían enterrar en el valle de Josafat para estar más cerca del lugar de la reunión! La significación profunda es que el juicio será universal: nadie escapará del juicio colectivo e individual... naciones y personas... grupos e individuos. Seré juzgado. «Mi» vida está ya en juicio, en cuanto al tiempo vivido. ¡De ahí la importancia del tiempo que me queda de vida!
-Meted la hoz: la mies está madura. Venid, pisad que el lagar está lleno y las bodegas rebosan, tan grande es su maldad. Cosecha y vendimia: dos imágenes que señalan el término de una maduración. La humanidad crece y madura. La obra de Dios está en crecimiento: no se la puede juzgar antes de la cosecha final. ¿Qué es lo que está madurando en mi vida?
-El sol y la luna se oscurecen, las estrellas retraen su fulgor. La oscuridad: otra imagen sorprendente. El cosmos entero participa del gran debate en cuestión. Nadie cae fuera del poder soberano de Dios. Los astros mismos, que parecen tan lejanos, tan estables, tan fuera del alcance del mundo, están totalmente sometidos a Dios... con más razón el hombre, ese ínfimo polvillo, en el inmenso universo estelar.
-De Sión el Señor hace oír un rugido y de Jerusalén, su voz: el trueno. El cielo y la tierra se estremecen. La "voz de Dios", ruidosa como un trueno. Hay que haber vivido ciertas tempestades en la montaña para comprender este último símbolo. Ante los millones de voltios del más pequeño relámpago, el hombre no puede pasarse de listo. El rayo del Sinaí permanecía en la memoria de Israel como signo mismo de la «manifestación de Dios" - teofanía.
-Sabréis entonces que Yo soy el Señor, vuestro Dios. Antes del último Día, se puede ignorar y aún rehusar depender de Dios. Aquel día, las pretensiones humanas de autonomía aparecerán como un ridículo infantilismo. Señor, que no aguarde yo ese día para someterme a Ti, libremente y en el amor.
-Aquel día los montes destilarán vino y las colinas fluirán leche... Egipto será devastado y Edom, un desierto desolado. Continúan las imágenes. Felicidad para los fieles. Desgracia para los impíos. No tratemos de imaginar. Creamos, en profundidad que no puede ser de otro modo (Noel Quesson).
Dios convoca a juicio a las naciones, que son comparadas con las uvas que se echan al lagar para ser pisadas, pues el Señor las triturará a causa de sus maldades, y a causa de haberse levantado en contra de su Pueblo Santo; en cambio, a los suyos, el Señor los protege y les manifiesta su amor liberándolos del mal y haciendo que la salvación brotará como un río desde el templo del Señor en Jerusalén para todo el mundo. Así el Pueblo de Dios sabrá cuánto lo ama el Señor que hizo Alianza con sus antiguos Padres, y que es fiel a la misma con los hijos de los patriarcas. Dios nos ama y por medio de su Hijo hecho uno de nosotros nos libra de la mano de aquella serpiente antigua, o Satanás, que hizo estragos en el corazón de los hombres. Dios se levanta así para aplastar la cabeza del maligno y librarnos de sus manos, para que libres de nuestra esclavitud a él vivamos, ahora, como hijos de Dios y trabajando para que la salvación del Señor llegue a todo el mundo. Así nos manifiesta el Señor cuánto nos ama en verdad. Por eso vivamos ya no como siervos del pecado, sino como hijos de Dios.
2. Es la confianza a la que nos invita el salmo: "alegraos, justos, con el Señor, justicia y derecho sostienen su trono... amanece la luz sobre el justo y la alegría para los rectos de corazón". Todos deseamos oír las palabras amables del Juez: "muy bien, siervo bueno, ya que has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho: entra en el gozo de tu Señor" (Mt 25,21).
Dios se manifiesta con gran poder, de tal forma que incluso aquellos que se levantaban como si fueran montañas se derretirán como la cera; en cambio para los justos el Señor es motivo de alegría y regocijo. Dios quiere iluminar nuestra vida con su amor salvador. Cristo es para nosotros como el Sol que nace de lo Alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Vivamos con rectitud no sólo escuchando y meditando la Palabra de Dios, sino poniéndola en práctica de tal forma que podamos mantenernos en pie el día de la venida del Señor.
Comentaba Juan Pablo II: “La luz, la alegría y la paz, que en el tiempo pascual inundan a la comunidad de los discípulos de Cristo y se difunden en la creación entera, impregnan este encuentro nuestro… celebramos el triunfo de Cristo sobre el mal y la muerte. Con su muerte y resurrección se instaura definitivamente el reino de justicia y amor querido por Dios. Precisamente en torno al tema del reino de Dios gira esta catequesis, dedicada a la reflexión sobre el salmo 96. El Salmo comienza con una solemne proclamación: "El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables" y se puede definir una celebración del Rey divino, Señor del cosmos y de la historia. Así pues, podríamos decir que nos encontramos en presencia de un salmo «pascual». Sabemos la importancia que tenía en la predicación de Jesús el anuncio del reino de Dios. No sólo es el reconocimiento de la dependencia del ser creado con respecto al Creador; también es la convicción de que dentro de la historia se insertan un proyecto, un designio, una trama de armonías y de bienes queridos por Dios. Todo ello se realizó plenamente en la Pascua de la muerte y la resurrección de Jesús.
Recorramos ahora el texto de este salmo… Inmediatamente después de la aclamación al Señor rey, que resuena como un toque de trompeta, se presenta ante el orante una grandiosa epifanía divina. Recurriendo al uso de citas o alusiones a otros pasajes de los salmos o de los profetas, sobre todo de Isaías, el salmista describe cómo irrumpe en la escena del mundo el gran Rey, que aparece rodeado de una serie de ministros o asistentes cósmicos: las nubes, las tinieblas, el fuego, los relámpagos. Además de estos, otra serie de ministros personifica su acción histórica: la justicia, el derecho, la gloria. Su entrada en escena hace que se estremezca toda la creación. La tierra exulta en todos los lugares, incluidas las islas, consideradas como el área más remota (cf Sal 96,1). El mundo entero es iluminado por fulgores de luz y es sacudido por un terremoto (cf v 4). Los montes, que encarnan las realidades más antiguas y sólidas según la cosmología bíblica, se derriten como cera (cf v 5), como ya cantaba el profeta Miqueas: "He aquí que el Señor sale de su morada (...). Debajo de él los montes se derriten, y los valles se hienden, como la cera al fuego" (Mi 1,3-4). En los cielos resuenan himnos angélicos que exaltan la justicia, es decir, la obra de salvación realizada por el Señor en favor de los justos. Por último, la humanidad entera contempla la manifestación de la gloria divina, o sea, de la realidad misteriosa de Dios (cf Sal 96,6), mientras los "enemigos", es decir, los malvados y los injustos, ceden ante la fuerza irresistible del juicio del Señor (cf v 3)…
Al cuadro que describe la victoria sobre los ídolos y sus adoradores se opone una escena que podríamos llamar la espléndida jornada de los fieles (cf. vv. 10-12). En efecto, se habla de una luz que amanece para el justo (cf. v. 11): es como si despuntara una aurora de alegría, de fiesta, de esperanza, entre otras razones porque, como se sabe, la luz es símbolo de Dios (cf 1 Jn 1,5). El profeta Malaquías declaraba: "Para vosotros, los que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia" (Ml 3,20). A la luz se asocia la felicidad: "Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre" (Sal 96,11-12). El reino de Dios es fuente de paz y de serenidad, y destruye el imperio de las tinieblas. Una comunidad judía contemporánea de Jesús cantaba: "La impiedad retrocede ante la justicia, como las tinieblas retroceden ante la luz; la impiedad se disipará para siempre, y la justicia, como el sol, se manifestará principio de orden del mundo".
Antes de dejar el salmo 96, es importante volver a encontrar en él, además del rostro del Señor rey, también el del fiel. Está descrito con siete rasgos, signo de perfección y plenitud. Los que esperan la venida del gran Rey divino aborrecen el mal, aman al Señor, son los "hasîdîm", es decir, los fieles (cf v 10), caminan por la senda de la justicia, son rectos de corazón (cf v 11), se alegran ante las obras de Dios y dan gracias al santo nombre del Señor (cf v 12). Pidamos al Señor que estos rasgos espirituales brillen también en nuestro rostro”.
3.- Lc 11,27-28. Ayer oía Jesús unos improperios por parte de sus enemigos. Hoy, un piropo amable por parte de una buena mujer. Jesús aprovecha esta alabanza para dedicar, a su vez, una bienaventuranza a "los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen". Con lo cual, ciertamente, no está desautorizando a su madre: al contrario, está diciendo que su mayor mérito fue que creyó en la Palabra que Dios le había dirigido a través del ángel. El evangelista Lucas, que es el que más habla de María, la está poniendo aquí, en cierto modo, como el modelo de los creyentes, ya que ella tomó como consigna de su vida aquel feliz propósito: "hágase en mí según tu Palabra".
Podemos aprender de María la gran lección que nos repite Jesús: que sepamos escuchar la Palabra y la cumplamos. Es lo que alaba hoy en sus discípulos, lo que había dicho que era el distintivo de sus seguidores (Lc 8,21) y lo que valoró en María, en contraposición a Marta, demasiado ajetreada en la cocina.
El mismo Lucas presenta a la madre de Jesús como "feliz porque ha creído", según la alabanza de su prima Isabel, y la que "conservaba estas cosas en su corazón": la que escucha y asimila y cumple la Palabra de Dios.
La verdadera sabiduría -y por tanto, la verdadera bienaventuranza- la tendremos si, como María, la primera discípula de Jesús, sabemos escuchar a Dios con fe y obediencia. Ahora que la Iglesia, en la reforma postconciliar, ha redescubierto el valor de la Palabra de Dios, podremos decir que somos buenos seguidores de Jesús -y devotos de la Virgen- si mejoramos en nuestra actitud interna y externa de escucha y de cumplimiento de esa Palabra. Entonces es cuando se podrá decir que construimos nuestra casa sobre roca firme, y no sobre arena movediza (J. Aldazábal).
-Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer de entre la gente le dijo gritando... Lucas es el único que relata ese episodio de este modo. Una vez más, en su evangelio, se realza a una mujer. Cuando tanta gente importante, escribas y fariseos sabios, acusan a Jesús de estar a sueldo del "Señor del estercolero"... esta humilde mujer anónima, proclamará su admiración por Jesús.
-"¡Dichosa la madre que te llevó en su seno y que de su leche te alimentó!" El texto griego es más directo y más popular: "¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que chupaste!" Es una expresión judía bastante típica para hablar de la maternidad. A las mujeres que se compadecieron de Jesús, camino del Calvario, El les dijo: "dichosos los vientres que no han parido y los pechos que no han amamantado", porque vendrán desgracias terribles sobre vuestros hijos. Jesús pensaba en la ruina de Jerusalén que veía venir- (Lc 23,29) Aquí, por el contrario, esa mujer elogia a la madre de Jesús, y, a través de ella a su hijo. Esa mujer de pueblo no se ha dejado impresionar por las críticas que ha oído; está subyugada por la grandeza de Jesús, y, muy sencillamente, ¡envidia a su madre! Sí, ¡ciertamente! Y no lo olvidemos en el día de HOY. Una de las satisfacciones, uno de los honores profundos, que puede experimentar una mujer son los hijos de ella nacidos y por ella educados. No convendría que las otras "fecundidades" espirituales, profesionales, sociales que son también muy reales, nos hicieran olvidar aquella.
-Entonces repuso Jesús: "Más dichosos son aún los que oyen la palabra de Dios y la cumplen". Jesús había ya dicho esto, al hablar de su madre, en el mismo evangelio (Lc 8,21), pero en otra circunstancia. También nosotros repetimos las ideas que llevamos más adentro en el corazón. En contraste -"Mas dichosos aún"...- con la maternidad carnal de su madre, que es grande y realmente gloriosa, Jesús exalta la grandeza de la fe. Notemos una vez más que Jesús no opone "contemplación" y "acción"; la verdadera bienaventuranza comporta los dos aspectos, inseparables el uno del otro: - contemplar, escuchar, orar... - actuar, poner en práctica la Palabra, comprometerse... Y es evidente que Lucas, no ve aquí una crítica a María, él, que la ha presentado, precisamente con las mismas palabras como "dichosa por haber creído" (Lc 1,45) y "guardando en su corazón" los acontecimientos concernientes a Jesús (Lc 2,19)
-"Dichosos los que..." Esta fórmula de bendición se encuentra cincuenta veces en el conjunto del Nuevo Testamento... veinticinco veces de los labios mismos de Jesús en el evangelio. Dios aporta la dicha. Dios desea la felicidad. ¡No una cualquiera! Dichosos los pobres, los mansos, los afligidos, los puros, los que construyen la paz, los perseguidos por la justicia... Dichoso, ese servidor que su amo, a su regreso, encontrará vigilante... Dichosos los que escuchan la palabra de Dios... Dichosa la que ha creído -María- el cumplimiento de las palabras que le fueron dichas... Dichoso aquel para el cual Jesús no es ocasión de escándalo. Dichosos los ojos que ven lo que vosotros véis... Dichoso tú, si aquel a quien has prestado dinero no puede devolvértelo... Dichoso aquel que cenará en el Reino de Dios... Dichosos vosotros cuyos nombres están inscritos en el cielo... Dichosos sois vosotros si sabéis ser servidores los unos de los otros, hasta lavaros los pies... Dichosos los que creerán sin haber visto… (Noel Quesson).
Las bienaventuranzas eran una forma especial de felicitar a quienes recibían la gracia divina. Bienaventurados eran aquellos que habían alcanzado el favor de Dios y lo gozaban en el presente. Una entusiasta mujer del pueblo le dirige a Jesús una bienaventuranza, pues lo consideraba un personaje especial. Alguna gente se entusiasmó con Jesús y lo felicitaron por su familia, por su procedencia, por la importancia que iba adquiriendo como Maestro y profeta. Pero, Jesús sabía perfectamente lo engañoso que resulta el juego de las adulaciones: hoy te elogian, mañana piden tu cabeza. Por eso, le plantea a la mujer una manera diferente de verlo. Pues, él no estaba allí para darle brillo al nombre de su familia, sino para cumplir la voluntad de Dios. La primera bienaventuranza estaba dirigida a ensalzar al pequeño grupo familiar; un pequeño resto que se salvaría por la acción del profeta. Jesús cambia esta perspectiva con otra bienaventuranza que fija un alcance universal a la salvación de Dios. La salvación ya no es de un grupo, un clan o una raza precisa. La salvación es patrimonio de todos aquellos que realizan el Reino de Dios entre los seres humanos. De este modo, Jesús antepone la ética a la ascendencia familiar, religiosa o confesional. La bienaventuranza de Dios, su bendición y esperanza permanecen con aquel que practica su palabra. Entonces, la salvación no proviene de pertenecer a determinada familia ni a cierta confesión religiosa. La salvación viene de una actitud justa ante el prójimo y ante Dios. Hoy, solemos ponerle mucho énfasis a determinar si es de la izquierda o la derecha, de arriba o de abajo, de esta confesión o de la otra. Sin embargo, el evangelio nos enseña que lo valioso es nuestra práctica humana. Si estamos del lado de Dios realizando su plan sobre la humanidad o estamos del lado contrario, junto a los egoístas a quienes no duele el sufrimiento de tantas personas marginadas como hay en el mundo (servicio bíblico latinoamericano).
Encontramos en este pasaje de Lucas, la aclamación de una mujer que simboliza el resto de Israel: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! Esta mujer es representante de una pequeña parte del pueblo que se escapa de la destrucción y constituye el núcleo del pueblo salvado por Dios, según el lenguaje de los profetas.
Muchos en el pueblo siguieron creyendo con sinceridad en los privilegios históricos de Israel. Pero Jesús, rechaza esta postura de privilegio y ello golpea a los seguidores del pasado. Jesús ha proclamado una sociedad alternativa, en la que todo hombre y mujer, de cualquier condición, raza, cultura, y religión, tenga cabida.
Ni la sangre ni la carne ya son la norma de Jesús. Él rompe con la tradición judía y amplía el horizonte del Reino a toda persona que quiera recibir a Dios como el único soberano de su vida. Jesús, lo deja claro. No es la pertenencia a Israel lo que da la garantía de acceder al Reino de Dios, sino al escuchar la Palabra de Dios y el ponerla en práctica. Quien hace fructificar en su vida con actitudes palpables y con acciones reales lo que ha escuchado, ése es verdaderamente dichoso, para Jesús.
Una gran dificultad a nivel cristiano es creernos que somos bienaventurados por haber recibido los sacramentos o por asistir diaria o semanalmente a misa. Eso para Jesús no cuenta, si nuestra vida no está de acuerdo con su propuesta del Reino, y si no demostramos que caminamos con fidelidad y en crecimiento constante por su proyecto.
La única realidad que garantiza el Reino en nuestras vidas son las actitudes coherentes con sus valores. El Reino no se mide por actos de piedad ni por actos de caridad. El Reino se mide por la justicia que tengamos en la vida y la forma responsable como asumamos nuestra existencia. De esta manera seremos dichosos como fue María, no por ser la madre de Jesús, sino por escuchar atentamente la Palabra, meditarla en su corazón y ponerla en práctica. No sin sentido confesamos a María como "la primera evangelizada y evangelizadora". Ella supo pasar de la relación madre-hijo, a la relación de discípulo-Maestro (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).
Jesús no repite los elogios tributados a María, pero los confirma, mostrándonos que la grandeza de su madre viene ante todo de escuchar la Palabra de Dios y guardarla en su corazón (2,19 y 51). "Si María no hubiera escuchado y observado la Palabra de Dios, su maternidad corporal no la habría hecho bienaventurada" (S. Crisóstomo). Cf. Mc 3,34: Y dando una mirada en torno sobre los que estaban sentados a su alrededor, dijo: "He aquí mi madre y mis hermanos. Jesús no desprecia los lazos de la sangre; pero les antepone siempre la comunidad espiritual (Lc 11,28). María es la bendita, más porque creía en Cristo que por haberlo dado a luz (S. Agustín).
No es la cercanía física de María a su Hijo Jesús lo que la hace bienaventurada, sino el escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica constantemente. Ese debe ser el mismo camino que recorra la Iglesia: Sentarse a los pies de Jesús para dejarse instruir por Él; pero después hacer vida esa Palabra del Señor, de tal forma que, no sólo en la vida privada, sino haciendo el bien a todos aquellos con quienes nos encontremos en la vida, manifestemos que la Palabra de Dios y su santo Nombre no se han pronunciado inútilmente sobre nosotros. Por eso nosotros no somos dichosos, bienaventurados ante Dios, sólo por caminar junto a Él; no podemos contentarnos con escuchar la Palabra de Dios. Es necesario que, a pesar de las persecuciones y burlas, permanezcamos fieles a nuestro Dios y Padre en la realización de su voluntad, que Él nos ha manifestado por medio de Jesús, su Hijo, nuestro Salvador.
A esta Eucaristía no podemos venir sólo a dar culto a Dios y a escuchar su Palabra. Hemos de abrir los oídos de nuestro corazón para que la Palabra que Dios pronuncia a favor nuestro se haga vida en nosotros produciendo abundancia de frutos de buenas obras. Sabemos que somos frágiles y que muchas veces nos puede dominar el desánimo, o el enemigo que constantemente acecha a nuestra puerta; por eso hoy acudimos al Señor, pues de su Altar, en el que celebramos su Misterio Pascual, brota para nosotros un manantial de agua viva, que nos perdona, que nos santifica, que nos fortalece. Al entrar en comunión de vida con el Señor, su Espíritu se convierte en nosotros en un torrente de agua que brota hasta la Vida eterna. Por eso, quienes participamos de la Eucaristía vamos como portadores de la fe que hemos depositado en Cristo, y de la Vida que Él nos ha comunicado. Dichosos nosotros que, llenos de la Gracia que procede de Dios, podemos vivir con fidelidad las enseñanzas del Señor yendo tras las huellas de Aquel que es para nosotros Camino, Verdad y Vida.
Y poner la Palabra de Dios en práctica no puede limitarse a una puesta en práctica de la misma de un modo personal, sin meternos con los demás ni para bien ni para mal. Hemos de ser como el terreno fértil que permite que la Palabra sembrada en nosotros rinda en abundancia sus frutos de amor, de paz, de justicia, de cercanía a los pobres para remediar sus necesidades, de preocupación constante por llamar al camino recto a los pecadores saliendo a su encuentro, aún cuando tengamos que ir hasta donde han desbalagado alejándose del Señor, no para perdernos con ellos, sino para ayudarles, con amor, a volver al Redil de la Iglesia. Así entendemos que poner en práctica la Palabra de Dios significa dar cuerpo a Cristo en nosotros, pues revestidos de Él, nos convertimos en un signo sacramental de su amor salvador para todos, pudiendo decir constantemente: Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió; y la voluntad del que me envió es que no pierda a ninguno de los que Él puso en mis manos, sino que, por salvarlos dé, incluso si es preciso, mi propia vida por ellos.
Que María interceda por nosotros para que, como Ella, aprendamos a ser fieles a la Palabra de Dios, siendo constantes en practicarla con mucho amor a Dios y a nuestro prójimo. Entonces seremos bienaventurados eternamente (www.homiliacatolica.com).
Hoy escuchamos la mejor de las alabanzas que Jesús podía hacer a su propia Madre: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» (Lc 11,27). Con esta respuesta, Jesucristo no rechaza el apasionado elogio que aquella mujer sencilla dedicaba a su Madre, sino que lo acepta y va más allá, explicando que María Santísima es bienaventurada —¡sobre todo!— por el hecho de haber sido buena y fiel en el cumplimiento de la Palabra de Dios.
A veces me preguntan si los cristianos creemos en la predestinación, como creen otras religiones. ¡No!: los cristianos creemos que Dios nos tiene reservado un destino de felicidad. Dios quiere que seamos felices, afortunados, bienaventurados. Fijémonos cómo esta palabra se va repitiendo en las enseñanzas de Jesús: «Bienaventurados, bienaventurados, bienaventurados...». «Bienaventurados los pobres, los compasivos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que creerán sin haber visto» (cf. Mt 5,3-12; Jn 20,29). Dios quiere nuestra felicidad, una felicidad que comienza ya en este mundo, aunque los caminos para llegar no sean ni la riqueza, ni el poder, ni el éxito fácil, ni la fama, sino el amor pobre y humilde de quien todo lo espera. ¡La alegría de creer! Aquella de la cual hablaba el converso Jacques Maritain.
Se trata de una felicidad que es todavía mayor que la alegría de vivir, porque creemos en una vida sin fin, eterna. María, la Madre de Jesús, no es solamente afortunada por haberlo traído al mundo, por haberlo amamantado y criado —como intuía aquella espontánea mujer del pueblo— sino, sobre todo, por haber sido oyente de la Palabra y por haberla puesto en práctica: por haber amado y por haberse dejado amar por su Hijo Jesús. Como escribía el poeta: «Poder decir “madre” y oírse decir “hijo mío” / es la suerte que nos envidiaba Dios». Que María, Madre del Amor Hermoso, ruegue por nosotros (Jaume Aymar i Ragolta).

jueves, 6 de octubre de 2011

7 de octubre, Nuestra Señora del Rosario: es una oración que mueve el corazón de Dios y nos mete en el corazón de Jesús…

7 de octubre, Nuestra Señora del Rosario: es una oración que mueve el corazón de Dios y nos mete en el corazón de Jesús…

1. Hechos 1:12-14
12 Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático. 13 Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. 14 Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.

2. Salmo (Lucas 1:46-55)
46 Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor / 47 y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador / 48 porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, / 49 porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre / 50 y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. / 51 Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. / 52 Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. / 53 A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. / 54 Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia / 55 - como había anunciado a nuestros padres - en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.»

3. Lucas 1:26-38
26 Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 28 Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» 29 Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. 30 El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; 31 vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. 32 El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33 reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» 34 María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» 35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. 36 Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, 37 porque ninguna cosa es imposible para Dios.» 38 Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue.

COMENTARIO: El Rosario comenzó por los que no podían rezar la liturgia de las horas, los salmos, y de los 150 salmos se pasó a las 150 avemarías de las 3 partes del Rosario, 50 cada pare… la oración de los sencillos, oración contemplativa que pasa a través de todos los misterios de nuestra redención.
Surgió en el siglo XII en el mediodía francés, la herejía albigense, perniciosa y pertinaz, que ni el clero local ni los monjes cistercienses lograron desarraigar. Aconteció que un canónigo español de la diócesis de Osma, tuvo que viajar a Dinamarca, con su obispo, Diego de Acevedo, y cuando regresaba, se detuvo y se entregó a la predicación contra la herejía. Era Domingo de Guzmán. Agotado de tanto predicar, según la tradición, escuchó que le dijo la Virgen: «Domingo, siembras mucho y riegas poco». Esta experiencia de María, le hizo tomar conciencia de que había de orar más. Así comenzó a propagar el rezo del Rosario. Reunió un grupo de mujeres para orar, y más adelante fundó la Orden de predicadores, a la que le cabe la gloria de haber difundido intensa y extensamente la devoción del Rosario. En el siglo XVI, año 1571, amenazaban los turcos invadir Chipre, para desde allí conquistar Creta y saltar a Grecia, llegar a las costas de África y terminar en las playas de Roma. Con ello el Islam enarbolaría el estandarte de Mahoma en el mismo corazón de la cristiandad. San Pío V organizó una flota con sus Estados, Venecia y España, La Liga Santa, capitaneada por D. Juan de Austria. Y pidió a toda la Iglesia que rezara el Santo Rosario. La batalla se desencadenó en el golfo de Lepanto: tronaba el cañón, las gabarras descargaban su metralla, las bombardas disparaban contra las embarcaciones, las naves embestían, el humo cegaba y casi oscurecía el sol, las aguas se teñían de sangre... las voces subían clamorosas al cielo rezando el Rosario. Pío V contempló misteriosamente la victoria mientras rezaba asomado a una ventana del Vaticano. Para dar gracias a Dios por esta victoria, el mismo Pontífice instituyó la fiesta del Rosario.
El rosario es una oración que Pío XII y Pablo VI llamaron compendio del Evangelio, y Evangelio abreviado.
Los autores de la oración del rosario son cuatro, y todos eximios: Jesús, el arcángel San Gabriel, la prima de María, Isabel y la Iglesia. Entre todos han compuesto una oración contemplativa que nos traza las virtudes evangélicas de Jesús, de José y de María: el Redentor y la Corredentora, a la vez que invoca y glorifica a la Santa Trinidad, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
El rosario es pues, una oración evangélica porque saca del evangelio el anuncio de los misterios y las fórmulas principales.
La oración es fuente de conocimiento no teórico, sino sapiencial. El Niño Jesús, a quien vieron tantos, sólo fue reconocido por Simeón y Ana, y como Hijo de Dios y Mesías, sólo por San Pedro, porque no lo supo por los sentidos corporales. Así como las manzanas no hay que rimarlas, sino morderlas para saborearlas y el perfume de la rosa hay que aspirarlo y no contentarse con saber de la rosa en la lectura de las Enciclopedias, a Dios hay que saborearlo para saber a qué sabe (San Juan de Ávila). En la oración se aprenden verdades (Santa Teresa de Jesús).
La oración es fuente de energía. En la vida cristiana, no podemos estar siempre gastando energías. Necesitamos reposo, sosiego, paz: «Marta, Marta, estás muy nerviosa» (Lc 10,41). Y así como el agricultor no pierde el tiempo cuando afila la guadaña, «si yo realizo el trabajo de orar caerán todas las murallas» (Von Braun).
Pero este trabajo nos resulta el más difícil. Siempre se nos ocurren cosas que hacer cuando decidimos ir a orar. Porque la dificultad no sólo nos viene de la naturaleza, sino del príncipe de este mundo, que sabe que está perdido si oramos.
El cura de Torcy en la novela de Bernanos, "el cura rural" , le dice al joven sacerdote lacerado: «Muchacho, sufres demasiado para lo que oras. Hay que alimentarse en proporción a nuestros dolores".
El P. Ravignan recomendaba a un ejecutivo que se lamentaba de su stress, hacer un cuarto de hora de oración diaria.
"Pero, Padre, ¡si le estoy diciendo que no tengo tiempo!"
"Es verdad, repuso el Padre, haga media hora cada día".
«Quien tiene mucho que hablar ha de guardar mucho silencio. Quien algún día ha de engendrar el rayo ha de ser largo tiempo nube» (Nietzsche).
León XIII, considerado como uno de los Padres de Europa, dice: «El Rosario es la fórmula más eximia y excelente de oración».
Pío X: El rosario es un medio de los más eficaces para obtener gracias del cielo, porque es la oración por excelencia».
Pío XII: «El rosario es el breviario de todo el evangelio, meditación de los misterios del Señor, sacrificio vespertino, guirnalda de rosas, himno de alabanzas, plegaria doméstica, norma de vida cristiana, garantía cierta del poder divino, apoyo y defensa de nuestra salvación» (31 de julio de 1946). «No es con las fuerzas de las armas, ni con el poder humano, sino con el auxilio divino obtenido por la oración del rosario, igual que David con su honda contra Goliat, como vence la iglesia» (Ingruentium malorum).
Juan Pablo II dice que el rosario es su oración predilecta y apenas se queda solo saca su rosario y comienza a rezarlo. Hace unos días nos ha dicho: Octubre es el mes en el que se venera a María Santísima, Reina del Santo Rosario. En el contexto internacional actual, invito a todos -personas, familias, comunidades- a rezar el Rosario, si es posible todos los días por la paz, para que el mundo sea preservado del inicuo flagelo del terrorismo.
La terrible tragedia del 11 de septiembre pasado será recordada como un día oscuro en la historia de la humanidad. Ante esta situación, la Iglesia quiere ser fiel a su carisma profético y recordar a todos los hombres su deber de construir un futuro de paz para la familia humana. Ciertamente la paz no está desligada de la justicia, pero siempre debe ser alimentada por la clemencia y el amor. No podemos dejar de recordar que judíos, cristianos y musulmanes adoran a Dios como el Único. Las tres religiones tienen, por tanto, la vocación a la unidad y a la paz. Que Dios conceda a los fieles de la Iglesia estar en primera línea en la búsqueda de la justicia, en el rechazo de la violencia, y en el compromiso para ser agentes de paz. ¡Que la Virgen María, Reina de la Paz, interceda por toda la humanidad para que el odio y la muerte no tengan la última palabra!
Felipe II, moribundo, dijo a su hijo: «Si quieres que tus Estados prosperen no olvides el rezo del Santo Rosario».
Y dice Lacordaire: «El amor no tiene mas que una palabra y, diciéndola siempre, no la repite nunca».
A San Antonio Claret le dijo la Virgen: «Antonio, predica el Rosario que es la salvación de España».
Preguntó Lucía a la Virgen en Fátima: "¿Francisco irá al cielo?..." Y la Virgen respondió: "Sí... Pero ha de rezar muchos rosarios". Al final de una misión, dijo un feligrés al padre misionero: «He hecho un propósito: Clavar un clavo en la cocina... Sí, y colgar allí el Rosario para rezarlo cada día».
Lean los que encuentran monótono el Rosario:
"Tú que esta devoción supones / monótona y cansada, y no la rezas, / porque siempre repite iguales sones, / tú no entiendes de amores ni tristezas. / ¿Qué pobre se cansó de pedir dones? / ¿qué enamorado de decir ternezas?».
En el sigIo XIX, 11 de febrero de 1858, la Virgen en Lourdes le pide a Bernardette que rece el rosario.
En el siglo XX, en 1917, cuando Lenín y Trostki declaran en Rusia la revolución bolchevique, implantan un Estado materialista y ateo, el 13 de mayo de ese mismo año, pide la Virgen en Fátima a tres niños que recen el rosario y promete que Rusia se convertirá.
Pasan los años... y las catástrofes y hecatombes, genocidios, hambre y dolor, esclavitud, guerra fría, escalada de armamentos... asolan a la humanidad. Cuando en 1945 terminó la segunda guerra mundial, reunidos en Yalta los tres grandes: Roossevelt, Stalin y Churchill, Stalin preguntó a Roossevelt: «¿Con cuántas divisiones cuenta el Papa de Roma?,,.
El 16 de octubre de 1979 los cardenales eligen en Roma un Papa polaco. El Kremlín tembló. Armaron el brazo de Alí Agca, y el 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima, caía Juan Pablo II en la plaza de San Pedro. Andropov, al frente de la KGB, tiene como subalterno a Gorvachov, el que le dice a Juan Pablo II, ahora, que aprecia mucho sus oraciones.
Para todos, incluso para los observadores más perspicaces, es inexplicable la caída, en cuatro meses, del marxismo... Para todos los que ignoran la profecía de Fátima, en cambio ha dicho el cardenal de Cracovia, Mons. Marchaski: «para nosotros no es inexplicable. Hace años que venimos orando».
Hemos repasado la historia y hemos contemplado varios acontecimientos que nos revelan la eficacia de la oración del Rosario (Jesus Martí Ballester).
Devoción a la Virgen
La Iglesia nos propone –en esta fiesta instaurada por el Papa Pío V para conmemorar y agradecer a la Virgen su ayuda en la victoria sobre los turcos en Lepanto, en 1571- a través del Rosario que meditemos con frecuencia los misterios mas importantes de la vida de Cristo y de la Virgen. Con este motivo se añadió la letanía “Auxilio de los cristianos”. En este mes de Octubre la Iglesia se dedica a honrar a Nuestra Madre del Cielo, especialmente a través del rezo del Santo Rosario. Como en otros tiempos ha de ser el rosario arma poderosa para vencer en los Lepantos de la vida interior y para pedir la paz de las familias y la paz del mundo en este tercer milenio.
1. Con el Rosario, vamos a Jesús de la mano de la Virgen. La imitación de Cristo es lo único importante para un cristiano, puesto que es la manera de llegar al cielo: todo lo demás importa poco. Un camino accesible para imitar a Cristo es la devoción a la Virgen, pues ha sido la criatura que mas cerca ha estado de Cristo, la que mejor lo entendió, la que más lo amó y la que mas perfectamente cumplió con lo que su Hijo quería.
“El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima. / —¿Quieres amar a la Virgen? —Pues, ¡trátala! ¿Cómo? —Rezando bien el Rosario de nuestra Señora. / Pero, en el Rosario... ¡decimos siempre lo mismo! —¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?... ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? —Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar. —Tú... ¿has contemplado alguna vez estos misterios?” (San Josemaría).
Los misterios del Rosario son una buena oportunidad de considerar la vida de la Virgen y el modelo que debe ser para nosotros. Ojalá los recemos y meditemos todos los días. Así estamos seguros de estar amando a Cristo. El Rosario es arma poderosa. Rezarlo, y contemplar sus misterios y las letanías es camino seguro para encontrar a Jesús. Desde el saludo del ángel: ¡Dios te Salve María…, el Señor es contigo... la hemos ido saludando a lo largo de la historia con estas palabras del Avemaría. A la Virgen se la saludaba ya en el siglo XIV con el título de Rosa mística, símbolo de la alegría. Se adornaban sus imágenes con una corona o un ramo de rosas (rosarium), expresión de alabanza de corazones llenos de amor. Se recitaban 150 salmos, pero los que no podían lo sustituían por 150 Avemarías. Para contarlos se servían de granos enhebrados o de nudos hechos en una cuerda. A la vez se hacía oración, se meditaba en torno a la Virgen y al Señor. Más tarde los Papas y Concilios completaron el saludo del ángel con la petición de ayuda para conseguir una buena muerte. Como rosas blancas y rojas fueron los días de la Virgen. Asomarnos a sus días meditando las escenas de su vida que nos propone cada misterio de Rosario nos llevará a tener un amor ardiente por su hijo Jesús. Si la monotonía te frena fíjate en lo que dice el poeta: “Tú que esta devoción supones / monótona y cansada, y no la rezas / porque siempre repite iguales sones / tú no entiendes de amores y tristezas: / ¿qué pobre se cansó de pedir dones, / qué enamorado de decir ternezas?”
Después de meditar la Vida de Jesús y de María se termina con la letanía y algunas peticiones… El origen de las letanías se remonta sa los mismos orígenes del cristianismo. Eran oraciones dialogadas entre los ministros y el pueblo fiel. Se rezaban durante la misa y especialmente en las procesiones. Las que se rezan actualmente comenzaron a rezarse hacia el año 1500, en el Santuario de Loreto: Madre de Dios, Virgen de las vírgenes, Madre de Cristo, Madre del Creador y del Salvador, Virgen prudentísima, digna de veneración, de alabanza, clemente, fiel, Arca de la alianza, Puerta del Cielo, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos, Reina de todo lo creado, Reina de los ángeles, Espejo de santidad, Trono de Sabiduría… El Pilar de Zaragoza recuerda que ante los desánimos, ella siempre nos ayuda y nos da la esperanza.
Al proclamar el Papa Juan Pablo II un año del Rosario con motivo de los 25º años de su pontificado, escribió una carta sobre esta plegaria por pedir a la Virgen Maria al empezar este milenio por la paz en el mundo, hoy tanto maltratada por el terrorismo y varias guerras, y pedir por las familias, que también sufren varios males, puesto que se busca destruir esta institución básica de la sociedad. Precisamente cuando no se ve solución humana por resolver estos graves problemas, es más necesario mirar al cielo: el Rosario es arma para pedir a la Virgen María que nos traiga a todos la esperanza, tan necesaria para el mundo d’hoy. La Virgen Maria es causa de alegría porque es portadora de esperanza: “Rosario” viene de Rosa, y Jesús es la rosa. Maria es el rosal portadora de la esperanza, portadora de Jesús. Cuando empezó el milenio con los atentados de EEUU del 11 de septiembre, Juan Pablo II quiso recordarnos el mensaje de la Virgen María a los pequeños de Fátima: que aquellas plegarias conseguirían el final de la guerra (entonces la primera mundial), la conversión de los pecadores... El Rosario será hoy también arma por que venza la paz y acabe el terrorismo, caigan los nuevos muros del odio como el año 1989 cayeron los muros de Berlín. Ahora necesitamos como siempre la ayuda del cielo para combatir las luchas del pecado que hacen que no haya paz en las conciencias y por esto no hay paz en el mundo y en las familias. Precisamente el Rosario es la plegaria de la familia y por las familias: “la familia que reza unida permanece unida”. Como que la construcción de la paz pasa por la oración y la humildad, son los pequeños quienes construyen el reino de Dios; el Rosario es una plegaria de los pequeños, del repetir amorosamente avemarías. Empezó con los pequeños, los que no podían celebrar la liturgia de las horas. Repasamos el Evangelio, la vida de Jesús y Maria, la redención, mientras rezamos las Avemarías. Vamos a través de los misterios a Ain Karim en Maria y Santa Isabel y proclamamos la maternidad divina de Maria; en Belén nos ponemos entre los pastores, en el templo admiramos la sabiduría divina (misterios de gozo). En los misterios dolorosos recordamos la pasión de Getsemaní y la muerte del Calvario, en los gloriosos vemos triunfar a Jesús con la Virgen Maria a su lado, y esta riqueza nos permito penetrar más en el misterio de nuestra vocación, seguir a Jesús, dedicarnos a su reino. Juan Pablo II –que añadió los misterios “luminosos”, la vida pública de Jesús (Bautismo de Jesús, las Bodas de Caná, la proclamación del Reino de Dios, la Transfiguración, la institución de la Eucaristía)- nos dice del Rosario: “es mi oración predilecta, oración maravillosa!” Haciendo camino por los misterios del Rosario vamos contemplado el misterio de Jesús, y por esto esta plegaria tiene una gran riqueza, puesto que nos trae a la contemplación del rostro de Jesús; precisamente el propósito que se hacía la Carta apostólica sobre el nuevo milenio: “andar desde Jesús”, que es nuestra esperanza, y el príncipe de la paz. La paz en el mundo depende de la paz en las conciencias, de tener el corazón en paz y lleno de esperanza: con el Rosario vamos por Maria a Jesús, por esto Ella es nuestra esperanza: podemos estar siempre contentos, también cuando vienen los fracasos que quedan convertidos en experiencias y hacernos fuertes porque nos hacen más humildes, y aquellos pesares nos vuelven más humanos y comprensivos. Si, con esperanza hay lo suficiente para ser felices, nos llena de entusiasmo para mirar siempre adelante, y los éxitos no nos enorgullecen sino que son energía para seguir luchando; los amigos no son escalones para subir, sino un tesoro muy grande porque nos permite darnos a los otros; y la riqueza no es un cerrarse de egoísmo sino una ocasión para satisfacer las necesidades personales y de los que nos rodean. La Virgen Maria es la portadora de la gracia, la fuerza de quien hace camino por la vida. Con Ella vivimos cada día como el mejor, mejor que el de ayer, y mañana lo será todavía más, puesto que el mejor está siempre por llegar.
Le han atribuido al Rosario gran importancia muchos de los Papas: León XIII (indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad), Juan XXIII, Pablo VI (que subrayó el carácter evangélico del Rosario y su orientación Cristológica).
2. El Rosario de la Virgen María. La carta del Papa nos dice que esta devoción se difundió “gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización» (Gaudium et spes 45).
El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio (Pablo VI, Marialis cultus 42). En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor.
Yo mismo, después, no he dejado pasar ocasión de exhortar a rezar con frecuencia el Rosario. Esta oración ha tenido un puesto importante en mi vida espiritual desde mis años jóvenes. Me lo ha recordado mucho mi reciente viaje a Polonia, especialmente la visita al Santuario de Kalwaria. El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad… con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo... misterios (que) nos ponen en comunión vital con Jesús a través –podríamos decir– del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana» (Leonis XIII)… Cuántas gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario en estos años: Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar mi agradecimiento al Señor con las palabras de su Madre Santísima, bajo cuya protección he puesto mi ministerio petrino: Totus tuus!
Vía de contemplación: (sigue diciendo el Papa):... (es medio para vivir) la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia 'pedagogía de la santidad': «es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración». Mientras en la cultura contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en «auténticas escuelas de oración». El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano.
Oración por la paz y por la familia: 6… el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que «es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano.
Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y, con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual.
« ¡Ahí tienes a tu madre! » (Jn 19, 27): 7. Numerosos signos muestran cómo la Santísima Virgen ejerce también hoy, precisamente a través de esta oración, aquella solicitud materna para con todos los hijos de la Iglesia que el Redentor, poco antes de morir, le confió en la persona del discípulo predilecto: «¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!» (Jn 19, 26). Son conocidas las distintas circunstancias en las que la Madre de Cristo, entre el siglo XIX y XX, ha hecho de algún modo notar su presencia y su voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración contemplativa. Deseo en particular recordar, por la incisiva influencia que conservan en el vida de los cristianos y por el acreditado reconocimiento recibido de la Iglesia, las apariciones de Lourdes y Fátima, cuyos Santuarios son meta de numerosos peregrinos, en busca de consuelo y de esperanza.
Tras las huellas de los testigos: 8. Sería imposible citar la multitud innumerable de Santos que han encontrado en el Rosario un auténtico camino de santificación. Bastará con recordar a san Luis María Grignion de Montfort… al Padre Pío de Pietrelcina… el Beato Bartolomé Longo. Su camino de santidad se apoya sobre una inspiración sentida en lo más hondo de su corazón: «¡Quien propaga el Rosario se salva!»” y construyó en Pompeya un santuario dedicado a la Virgen del Rosario al lado de la antigua ciudad cubierta por la erupción del Vesuvio. Le apoyó León XIII, el «Papa del Rosario».
El Rosario, oración contemplativa: 12. El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. (Si no sería mecánica repetición), el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza» (Pablo VI).
Comprender a Cristo desde María: 14. Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio. El primero de los 'signos' llevado a cabo por Jesús –la transformación del agua en vino en las bodas de Caná– nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje. Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe», en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).
Una incorporación oportuna: 19. De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial, sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el mismo de los Salmos. No obstante, para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: «Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo» (Jn 9, 5). (Aquí incorpora el Papa los nuevos misterios), como verdadera introducción a la profundidad del Corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de gloria.
Misterios de gozo: 20. El primer ciclo, el de los «misterios gozosos», se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María». A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.
El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría» a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lc 2, 10).
Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración y extasía al viejo Simeón, contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lc 2, 34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien 'enseña'. La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, «no comprendieron» sus palabras (Lc 2, 50).
De este modo, meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelion, 'buena noticia', que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo.
Misterios de luz: 21. Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es «la luz del mundo» (Jn 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino. Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios «luminosos»– de esta fase de la vida de Cristo, pienso que se pueden señalar: 1. su Bautismo en el Jordán; 2. su autorrevelación en las bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual.
Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace 'pecado' por nosotros (cf. 2 Co 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2, 3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo » (Jn13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.
Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn 2, 12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los «misterios de luz».
Misterios de dolor: 22. Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42 par.). Este «sí» suyo cambia el «no» de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo!
En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Los misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora.
Misterios de gloria: 23. «La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado!» (Carta milenio). El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de la propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría no solamente de aquellos a los que Cristo se manifestó –los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús–, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado. A esta gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería elevada Ella misma con la Asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria –como aparece en el último misterio glorioso–, María resplandece como Reina de los Ángeles y los Santos, anticipación y culmen de la condición escatológica del Iglesia.
En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran 'icono' es la escena de Pentecostés. De este modo, los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel «gozoso anuncio» que da sentido a toda su vida.
De los 'misterios' al 'Misterio': el camino de María: 24… Es el Misterio del Verbo hecho carne, en el cual «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2, 9)… El «duc in altum» de la Iglesia en el tercer Milenio se basa en la capacidad de los cristianos de alcanzar «en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 2-3)… El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el 'secreto' para abrirse más fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer de fe, de silencio y de escucha. Es al mismo tiempo el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une Cristo con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave Maria las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf. Lc 1, 42).

miércoles, 5 de octubre de 2011

Jueves la 27ª semana de Tiempo Ordinario. El camino de los malvados parece que lleva a la felicidad, pero es efímera, y el de los piadosos parece que

Jueves la 27ª semana de Tiempo Ordinario. El camino de los malvados parece que lleva a la felicidad, pero es efímera, y el de los piadosos parece que sea cuesta arriba, pero es la bienaventuranza… hay un paralelismo entre la oración: pedir, buscar, llamar, y el camino de la virtud o del vicio: seguir, detenerse y tomar asiento. Se trata de perseverar


Profecía de Malaquías 3,13-20a. «Vuestros discursos son arrogantes contra mí -oráculo del Señor-. Vosotros objetáis: "¿Cómo es que hablamos arrogantemente?" Porque decís: "No vale la pena servir al Señor; ¿qué sacamos con guardar sus mandamientos?; ¿para qué andamos enlutados en presencia del Señor de los ejércitos? Al contrario: nos parecen dichosos los malvados; a los impíos les va bien; tientan a Dios, y quedan impunes." Entonces los hombres religiosos hablaron entre sí: "El Señor atendió y los escuchó." Ante él se escribía un libro de memorias a favor de los hombres religiosos que honran su nombre. Me pertenecen -dice el Señor de los ejércitos- como bien propio, el dia que yo preparo. Me compadeceré de ellos, como un padre se compadece del hijo que lo sirve. Entonces veréis la diferencia entre justos e impíos, entre los que sirven a Dios y los que no lo sirven. Porque mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el dia que ha de venir -dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.»

Salmo 1,1-2.3.4 y 6. R. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.
Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.

Evangelio según san Lucas 11,5-13. En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos: -«Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: "Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle." Y, desde dentro, el otro le responde: "No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos." Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿0 si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿0 si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»

Comentario: 1. Ml 3,13-20. Hoy leemos una página de otro profeta menor, Malaquías. No su anuncio más famoso de la Eucaristía (cuando prometía que "desde el levante hasta el poniente se ofrece a mi nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura": Ml 1,11), sino unas palabras que hacen referencia a la gran pregunta del bien y del mal. Como en Job, aquí resuena la duda: "no vale la pena servir al Señor, ¿qué sacamos con guardar sus mandamientos?". Los justos no parecen recibir ningún premio, mientras que los malos prosperan. ¿Vale la pena ser buenos? Seguramente se sitúa este escrito en el tiempo después de la vuelta del destierro, cuando ya han reconstruido el templo, pero las cosas no parece que mejoren mucho, y cunde el desánimo. La respuesta de Malaquías es apelar al gran día del juicio, "ardiente como un horno", en que se decidirá el destino de los buenos y los malos: "los malvados los quemaré y no quedará de ellos ni rama ni raíz", mientras que a "los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas". Es la pregunta de Job y la de Jeremías y la de tantos y tantos, de entonces y de ahora, que no entienden el silencio de Dios y quisieran que la cizaña fuera ya separada del trigo y que un rayo fulminara a los pueblos de Samaria que no reciben a Jesús... no podemos juzgar las personas, pero dentro notamos lo bueno y lo malo, y “la bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo, fuente de todo bien y de todo amor: ‘El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje "instintivo" la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad...Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro...La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha llegado a ser considerada como un bien en sí misma, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración’ (Newman)” (Catecismo, 1723).
Y qué duda cabe, que en nuestro tiempo junto al trigo hay cizaña, abundancia de cizaña… el amor de Dios es ignorado por muchos, como recordaba S. Josemaría, se oponen al reinado de Cristo… “¿Por qué, entonces, tantos lo ignoran? ¿Por qué se oye aún esa protesta cruel: nolumus hunc regnare super nos, no queremos que éste reine sobre nosotros? En la tierra hay millones de hombres que se encaran así con Jesucristo o, mejor dicho, con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina.
Ante ese triste espectáculo, me siento inclinado a desagraviar al Señor. Al escuchar ese clamor que no cesa y que, más que de voces, está hecho de obras poco nobles, experimento la necesidad de gritar alto: oportet illum regnare!, conviene que El reine.
Muchos no soportan que Cristo reine; se oponen a El de mil formas: en los diseños generales del mundo y de la convivencia humana; en las costumbres, en la ciencia, en el arte. ¡Hasta en la misma vida de la Iglesia! ‘Yo no hablo -escribe S. Agustín- de los malvados que blasfeman de Cristo. Son raros, en efecto, los que lo blasfeman con la lengua, pero son muchos los que lo blasfeman con la propia conducta’.
Oposición a Cristo: A algunos les molesta incluso la expresión Cristo Rey: por una superficial cuestión de palabras, como si el reinado de Cristo pudiese confundirse con fórmulas políticas; o porque, la confesión de la realeza del Señor, les llevaría a admitir una ley. Y no toleran la ley, ni siquiera la del precepto entrañable de la caridad, porque no desean acercarse al amor de Dios: ambicionan sólo servir al propio egoísmo”.
Pero Dios tiene paciencia. Jesús enseña a no precipitarse y a no adelantar el juicio, sino a dar tiempo a la libertad y a la conversión. Eso sí: en el horizonte -pronto o tarde, no lo sabemos- Dios anuncia que se celebrará el juicio justo, y "entonces veréis la diferencia entre justos e impíos".
Malaquías nos asegura que Dios lleva cuenta de nuestras buenas obras: "ante él se escribía un libro de memorias a favor de los que honran su nombre". A pesar de que parece estar callado, se da cuenta de todo: "me pertenecen... me compadeceré de ellos, como un padre se compadece del hijo que le sirve". Y no se dejará ganar en generosidad. Jesús dijo que recibiríamos el ciento por uno.
El libro de Malaquías cierra el rollo de los Doce Profetas Menores. Si el nombre corresponde a un profeta concreto, nada sabemos de su vida; pero la mayor parte de los comentaristas piensan que es una colección de oráculos anónimos, por las razones siguientes: -La palabra "mal'ak”" (ykalm) del encabezamiento del libro, que nuestras biblias transcriben por Malaquías (mensajero del Señor) parece tomada de 3,1 y es un nombre común con sufijo que significa "mi mensajero"; -Malaquías, como nombre propio es desconocido en el A.T.; -El testimonio de la versión de los LXX, del Talmud y del Targum de Jonatán lo interpretan también como nombre común; -El título de esta profecía: "Oráculo, palabra de Yahweh" es el mismo con que empiezan las dos secciones de que consta la segunda parte de Zacarías (9,1 y 12,1). Algunos piensan que originariamente existieron tres colecciones proféticas anónimas. El editor de los profetas menores con el fin de redondear el nœmero de Doce, nombre sagrado y símbolo de Israel, adosó las otras dos colecciones a Zacarías y editó ésta como profecía independiente en la forma actual. En cuanto a la fecha en que fueron proclamados, aunque no poseemos información directa, las indicaciones del libro, comparadas con los datos del de Nehemías, permiten datarlo con mucha probabilidad hacia la mitad del siglo V, poco antes de la reforma llevada a cabo por Esdras y Nehemías. La redacción tuvo que ser más tarde, quizás ya en la época griega.
El libro tiene una clara orientación pastoral, aunque le falta la fuerza argumental de los profetas preexílicos. Consta de seis secciones, todas ellas estructuradas de la misma manera. Su montaje es diagonal y parecido al género literario que llamamos diatriba. La secuencia es la siguiente: Yahweh o el profeta anuncia una tesis, que casi siempre coincide con expresiones o normas contenidas en el Deuteronomio; a continuación, esa doctrina es rebatida por el auditorio, pueblo o sacerdotes, con objeciones o reparos. Después sigue un breve desarrollo del tema o tesis inicial. 1º Sección: El amor de Yahweh hacia Israel: 1, 2-5. El destinatario de esta sección es la comunidad judía postexílica que se encuentra en una situación decadente. Empobrecida y hostigada, contrasta su situación actual con las brillantes descripciones que habían hecho los profetas preexilícos y, sobre todo, las de la tercera parte de Isaías. Este contraste provoca un clima de desaliento en que la fe está a punto de naufragar dando paso al escepticismo. ¿Dónde está el amor de Yahweh para con su pueblo? (Cfr. Dt 7,8). El Señor responde taxativamente: "Os he amado". Y da dos razones para demostrarlo. La primera es histórica, la elección de Jacob, desde antiguo. La segunda es actual, la actitud divina para con Edom, que por este tiempo simbolizaba a los enemigos de Israel. Edom había sido invadido por los Nabateos. Este desastre equivale a la restauración judía. San Pablo cita este oráculo (Rom 9,10-13), dando a entender claramente que es un modo extraño y paradójico de expresar la elección divina de su pueblo. 2º Sección: Pecados de los sacerdotes: 1,6-2,9. Yahweh es Padre y Señor. Tiene derecho a la honra que se refleja en el culto. Sin embargo, los sacerdotes habían deshonrado y menospreciado su nombre. No estaban a la altura de su vocación en su ministerio y en su conducta. Sus claudicaciones morales y religiosas repercutían en el pueblo. Su culto indigno les impedía realizar su ministerio de intercesión. Los pecados que Dios les echa en cara son: Violación de las leyes del culto en lo referente a la pureza de las víctimas (1,7-9). Violación de la Alianza (2,8). Violación de su oficio de enseñar la Ley con el consiguiente extravío del pueblo. Extravío del cual ellos son los principales responsables (2,7). Ante esta situación Dios les dirige una llamada a la conversión. Si la respuesta es positiva, Dios les perdonará y les amará. Si es negativa, tendrán por parte de Dios maldición y repudio (1,14; 2,1-2) y por parte del pueblo el desprecio (2,9).
En esta sección es importante el contenido de 1,11. En contraste con el culto indigno que le ofrecen los sacerdotes, Dios habla de un sacrificio universal y puro. Esta afirmación de universalidad y de reconocimiento de una oblación pura entre los gentiles sorprende en un oráculo centrado en la purificación del culto en el Templo. Ha sido interpretado en todas las épocas: Los viejos reformadores identificaban los goyim del oráculo con los prosélitos o con los judíos de la diáspora, más en concreto de Elefantina; pero era prácticamente imposible que un profeta de Palestina tuviera en cuenta esos cultos considerados siempre como cismáticos. Menos aún cabe pensar en un sincretismo del autor. Aún dentro de lo extraño de la afirmación, parece que el profeta pretende estimular a los profesionales del culto en el Templo, contrastando hiperbólicamente el culto de las naciones con el que se realiza en Jerusalén. Sería, pues, un recurso oratorio de enorme eficacia. con todo, los Santos Padres, desde muy antiguo, aplicaron este texto -la oblación pura- a la Eucaristía. San Jerónimo dice: "En todo lugar se ofrece una oblación no inmunda como en el pueblo de Israel, sino pura, la que se ofrece en las ceremonias de los cristianos". El Concilio de Trento también ve cumplido este oráculo en el Sacrificio eucarístico (Dz 1742). 3º Sección: Condenación de los matrimonios mixtos y del divorcio: 2,10-16. La profanación del Santuario a aumentado con los matrimonios mixtos y con los divorcios. Al casarse los israelitas con mujeres extranjeras, admitían a los dioses de ellas y se exponían a la idolatría. Por otra parte, al repudiar a la esposa de la juventud se reniega del único Dios que ha creado a los dos para que vivan en unidad (cf Gen 1,26). También en el Nuevo Testamento se refuerza la unidad del matrimonio recordando que tal fue el designio originario del Creador (cf Mt 5,31-32; 19,4-9; Ef 5,31-32). 4º Sección: El día de Yahweh: 2,17-3,5. El pueblo con sus quejas planteaba al profeta el problema de la retribución. No hay justicia, como lo demuestra el hecho de la prosperidad del impío. La respuesta es sorprendente y rica de contenido. La justicia de Dios se cumplirá en el Día de Yahweh. Dios vendrá para juzgar, pero su venida será precedida de un mensajero al estilo del heraldo de las monarquías orientales, cuya misión era anunciar la venida del rey, invitando a preparar el camino. Viene a continuación una lista de los pecados que serán objeto del juicio y que eran los más destacados en la vida de la comunidad: la magia, el adulterio, el perjurio, los pecados sociales contra la justicia y todo tipo de opresión (3,5; cf Sal 15). 5º Sección: Desprecio de los diezmos del templo: 3,6-16. La violación de la ley de los diezmos es otro de los pecados de la comunidad (cf Num 18,21). De nuevo les recuerda que la situación presente de miseria y escasez es debida a su incumplimiento de los preceptos legales. La obediencia a la ley y la conversión al Señor les garantizará la prosperidad (3,6-12). La mención casuística de los diezmos es señal de que estamos en una época muy tardía. 6º Sección: El juicio de Dios: 3,13-21. El problema planteado en esta sección es nuevamente el de la retribución. Lo único que cambia son los protagonistas. Ahora son los justos los que se quejan. La respuesta es la misma. En el Día de Yahweh justos y pecadores recibirán su recompensa (3,16-21). Este modo de enfocar el problema de la justicia de Dios supone un gran avance sobre el concepto tradicional de la retribución inmediata. Para Malaquías la justicia de Dios tendrá un cumplimiento escatológico. Y, aunque no se entreve con claridad la vida y la justicia de ultratumba que aportará con claridad el N.T., la doctrina de Malaquías es un paso muy claro hacia ella.
Un pequeño apéndice cierra el libro (3,23-25). Es una exhortación a la observancia de la ley según el estilo y el espíritu deuteronomista. Parece una conclusión redacción al conjunto de los libros proféticos, valorando casi del mismo moda a Moisés, principal autor de la Ley, y a Elías, prototipo de profeta. En la Transfiguración del Señor (Mt 17,3ss y par.) hay una clara resonancia de este texto. La mención del día del Señor pone de manifiesto que los libros proféticos están abiertos a un futuro escatológico.
El mensaje de Malaquías es, ante todo, un mensaje existencial. Es la respuesta concreta a una situación y a unos problemas que afectaban vivamente a la comunidad. Respuesta de fe para ser traducida en la vida. Pero al mismo tiempo, contiene una rica teología. La solución que da al problema de la retribución está ya próxima a la del N. T. La justicia de Dios no se cumple aquí y ahora. Tiene lugar en la era escatológica. Dios es justo, y como tal, juzgará individualmente a los justos y pecadores. Para Malaquías no es la condición de miembro escogido la que salva, sino únicamente la condición de justo.
Dos novedades interesantes aporta Malaquías a la doctrina mesiánica: la indicación del mensajero misterioso que precederá a la venida del Señor (3,1) en el cual la tradición cristiana ha reconocido a San Juan Bautista (Mt 11,10-14). Y sobre todo la "oblación pura", sacrificio perfecto de la era mesiánica que, como se ha dicho, la Iglesia ve cumplido en el Sacrificio eucarístico cristiano.
-Duras me resultan vuestras palabras, dice el Señor. No es sólo de HOY que los hombres «contestan» a Dios. Al regresar a Palestina los exiliados soñaban en que todo les resultaría fácil. Mas, después de la alegría exultante del retorno, se instaura la monotonía y vienen las dificultades. Ahora el Templo está reconstruido. Pero, en medio de las pruebas cotidianas, la fidelidad a Dios resulta difícil.
-He aquí lo que habéis dicho: «Servir a Dios es cosa vana. ¿Qué ganamos con guardar sus preceptos o con llevar una vida gris en la presencia del Señor del universo?» La tentación de vivir «sin Dios». ¡Servir a Dios es cosa vana! ¿Por qué privarse? ¿Por qué no vivir como los paganos que nos rodean y que parecen muy felices, mientras que nosotros vivimos «sin alegría»? Es una tentación permanente, también HOY para nosotros, el dejarse influenciar por el paganismo y el materialismo ambiental. Danos, Señor, la alegría de servirte, incluso cuando las circunstancias exteriores tiendan a entristecernos.
-Más bien declaramos felices a los arrogantes. Aun haciendo el mal prosperan. Aun tentando a Dios, salen adelante. Es la eterna cuestión de la felicidad de los malos y de la desgracia que sobreviene al justo. ¿Quién de nosotros no ha formulado a Dios esa temible cuestión? Hoy, menos que nunca, no podemos taparnos los ojos. ¿Por qué hay tanto mal, tanto pecado, tanta desgracia? Respóndenos, Señor. El Señor prestó atención y oyó. Se escribió ante él un memorial en favor de los que temen al Señor y que cuidan de su nombre. Primera respuesta: el mundo no está acabado. Dios recuerda. Hay que esperar el fin. Dios se pondrá de parte de los que le temen.
-Serán ellos para mí, en el día que yo preparo. Seré indulgente con ellos como es indulgente un padre con el hijo que le sirve fielmente. Segunda respuesta: Los justos obtendrán su recompensa. Dios los ama, como un padre ama a sus hijos fieles.
-De nuevo distinguiréis la diferencia entre el justo y el impío; entre quien sirve a Dios y el que no quiere servirle. Tercera respuesta: Aun cuando, aquí abajo, ahora no parece haber justicia, esta justicia vendrá. No juzguemos pues precipitadamente, ni según las apariencias. Dios no tiene prisa. Ve más allá. Ayúdanos, Señor, a tomar distancias para juzgar según tu punto de vista.
-Pues he aquí que viene el Día abrasador como un horno. Todos los arrogantes y los que cometen impiedad serán como paja. Los consumirá el Día que viene. Es una imagen. Pero, ¡cuán terrible!
-Pero para vosotros, que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia: aportará la salud en sus rayos. Finalmente, pues, surge la esperanza. Señor, haz que crezca en nosotros esta esperanza (Noel Quesson).
Hemos amado a Dios: reconstruimos su templo y hemos tratado de vivirle fieles; pero ¿cómo nos ha amado Dios a nosotros? Parece que premia mejor a los que se comportan mal que a nosotros que caminamos en su presencia. Y el Señor se muestra abrumado por esos reclamos e indica a su Pueblo que jamás deben desconfiar de Él. Ante Él no cuentan las riquezas, sino la fidelidad. Efectivamente: ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su vida? Ojalá y no perdamos el rumbo cuando decimos dirigirnos a Dios. Ojalá y jamás dejemos de manifestarnos como hijos de Dios que, aún en las grandes pruebas le vivan fieles. Dios velará siempre por nosotros y siempre estará de nuestra parte. Si vivimos entre pobrezas y persecuciones, que no sea por culpa nuestra; si abundamos en bienes que no apeguemos a ellos nuestro corazón, pues el Señor nos quiere no como quien almacena buscando su seguridad en lo pasajero, sino como administradores de sus bienes en favor de los demás. Quien ha cambiado a Dios por lo pasajero al final, ya demasiado tarde, comprenderá que nadie puede comprar ante Dios su propio rescate, y que sólo vivirán con Él para siempre quienes le fueron fieles y no pasaron de largo ante las miserias de su prójimo.
La expresión “sol de justicia” del final de la lectura de hoy aplicada a la venida del Señor encuentra su eco en el canto de Zacarías (Lc 1,78): “el Señor ha venido ciertamente en la tarde de un mundo en declive y casi cercano al fin de su curso, pero con su venida, puesto que Él es el Sol de justicia, ha regenerado un día nuevo para aquellos que creen” (Orígenes).
2. El salmo nos quiere infundir esta confianza: "dichoso el que ha puesto su confianza en el Señor, que no sigue el consejo de los impíos ni entra por la senda de los pecadores, sino que su gozo es la ley del Señor. No así los impíos, no así, serán paja que arrebata el viento". Es la confianza que Jesús nos confirmó más gozosamente: "venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros" (Mt 25,34). El Sal 1 nos invita a hacer meditación sobre cada acontecimiento de la vida humana, a la luz de la Ley de Dios y en unión con Jesús. Dichoso el hombre que sigue los caminos del Señor, y desgraciado el que los desprecia: los términos “seguir”, “detenerse” y “tomar asiento” indican tres estadios sucesivos de alejamiento de la conducta recta, que en cambio orientan en la Ley divina el criterio para orientar la vida. La imagen del árbol frondoso significa la prosperidad y bienestar. Con el árbol firme contrasta la paja o polvo de la era dispersados por el viento, con la que se compara la vida de los impíos y pecadores… que no podrán imponerse sobre los justos, porque en definitiva, es el Señor quien juzga la conducta de unos y otros. Es una invitación a seguir leyendo los salmos, que nos hablan de esta ley divina, como Juan Pablo II recordaba: “La Iglesia se ha referido a menudo a la doctrina tomista sobre la ley natural, asumiéndola en su enseñanza moral. Así, mi venerado predecesor León XIII ponía de relieve la esencial subordinación de la razón y de la ley humana a la Sabiduría de Dios y a su ley. Después de afirmar que "la ley natural está escrita y grabada en el ánimo de todos los hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la misma razón humana que nos manda hacer el bien y nos íntima a no pecan". León XIII se refiere a la "razón más alta" del Legislador divino. "Pero tal prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz e intérprete de una razón más alta, a la que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos." En efecto, la fuerza de la ley reside en su autoridad de imponer unos deberes, otorgar unos derechos y sancionar ciertos comportamientos: "Ahora bien, todo esto no podría darse en el hombre si fuese él mismo quien, como legislador supremo, se diera la norma de sus acciones". Y concluye: "De ello se deduce que la ley natural es la misma ley eterna, insita en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les conviene, es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo".
El hombre puede reconocer el bien y el mal gracias a aquel discernimiento del bien y del mal que él mismo realiza mediante su razón iluminada por la Revelación divina y por la fe, en virtud de la ley que Dios ha dado al pueblo elegido, empezando por los mandamientos del Sinaí. Israel fue llamado a recibir y vivir la ley de Dios como don particular y signo de la elección y de la Alianza divina, y a la vez como garantía de la bendición de Dios. Así Moisés podía dirigirse a los hijos de Israel y preguntarles? ¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor nuestro Dios siempre que le invocamos? Y ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?" (Dt 4 7-8). Es en los Salmos donde encontramos los sentimientos de alabanza, gratitud y veneración que el pueblo elegido está llamado a tener hacia la ley de Dios, junto con la exhortación a conocerla, meditarla y traducirla en la vida: "¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, mas se complace en la ley del Señor, su ley susurra día y noche". (Sal 1,1-2). "La ley del Señor es perfecta, consolación del alma, el dictamen del Señor, veraz, sabiduría del sencillo. Los preceptos del Señor son rectos, gozo del corazón; claro el mandamiento del Señor, luz de los ojos" (Sal 19/18,8-9)”.
Andemos conforme a la Inspiración del Espíritu de Dios en nosotros. Vayamos en el camino del Señor que nos conduce a la salvación. Sentémonos a los pies del Señor como discípulos para escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Entonces no habremos equivocado del Camino que lleva a la Vida. Entonces seremos como árbol plantado junto al río y no como paja que se lleva el viento. Entonces, cuanto emprendamos tendrá éxito, pues, aun cuando tengamos que padecer, llegaremos a la perfección del Hijo que aprendió a obedecer padeciendo y que llegó a su perfección dando su vida por amor a su Padre y por amor a nosotros, convirtiéndose a sí en causa de salvación para todos. Por eso, apartémonos del camino que conduce a la muerte y vivamos, no como impíos, ni pecadores, ni cínicos, sino como quienes han sido reconciliados con Dios y hechos justos mediante la fe en Cristo Jesús.
3. Lc 11,5-13. Siguiendo con su enseñanza sobre la oración -anteayer la escucha de la palabra, ayer el Padrenuestro-, hoy nos propone Jesús dos pequeños apólogos tomados de la vida familiar: el del amigo impertinente y el del padre que escucha las peticiones de su hijo. En los dos, nos asegura que Dios atenderá nuestra oración. Si lo hace el amigo, al menos por la insistencia del que le pide ayuda, y si lo hace el padre con su hijo, ¡cuánto más no hará Dios con los que le piden algo! Jesús nos asegura: "vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden", o sea, nos dará lo mejor, su Espiritu, la plenitud de todo lo que le podemos pedir nosotros.
Jesús nos invita a perseverar en nuestra oración, a dirigir confiadamente nuestras súplicas al Padre. Y nos asegura que nuestra oración será siempre eficaz, será siempre escuchada: "si vosotros sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial...?" La eficacia consiste en que Dios siempre escucha. Que no se hace el sordo ante nuestra oración. Porque todo lo bueno que podamos pedir ya lo está pensando antes él, que quiere nuestro bien más que nosotros mismos. Es como cuando salimos a tomar el aire o nos ponemos al sol o nos damos un baño en el mar: nosotros nos ponemos en marcha con esa intención, pero el aire y el sol y el agua ya estaban allí. Cuando le pedimos a Dios que nos ayude -manifestando así nuestra debilidad y nuestra confianza de hijos-, nos ponemos en sintonía con sus deseos, que son previos a los nuestros.
Lucas tiene una variante expresiva: Dios nos concederá su Espíritu Santo. Nos concederá el bien pleno que él nos prepara, no necesariamente el que nosotros pedimos, que suele ser muy parcial. Es como cuando Jesús pidió que "pasara de él este cáliz", o sea, ser liberado de la muerte. En efecto, dice la Carta a los Hebreos (Hb 5,7) que "fue escuchado", pero fue liberado de la muerte a través de ella, después de experimentarla, no antes. Y así se convirtió en causa de salvación para toda la humanidad. No sabemos cómo cumplirá Dios nuestras peticiones. Lo que sí sabemos -nos lo asegura Jesús- es que nos escucha como un Padre a sus hijos.
Podríamos leer hoy unas páginas del Catecismo que nos pueden ayudar a entender en qué consiste la eficacia de nuestra oración. Son las que dedica al "combate de la oración", describiendo las objeciones a la oración en el mundo de hoy, por ejemplo las "quejas por la oración no.escuchada", a la vez que invita a orar con confianza y perseverancia (números 2725-2745; J. Aldazábal).
Santa Teresa veía que el Señor nos da todo lo que le pedimos (ver cita en Biblia de Navarra). Nuestra oración es ciertamente petición, pero nada tiene que ver con un regateo mercantil, o con una victoria que alcanzar. En ella pedimos, invocamos: es decir, apelamos a una realidad reconocida y -¿me atreveré a decirlo?- a un derecho. "Acuérdate, Dios Padre, de lo que has realizado por tu Hijo amado". Esa es la razón profunda de nuestra audacia y de nuestra temeridad: nos atrevemos a "asediar" a Dios, ya que no hacemos más que enfrentarlo -una vez más me atrevo a decirlo- con su responsabilidad. Dios ha caído en la trampa que El mismo se ha fabricado: nos atrevemos a correr el riesgo de pedirle algo, precisamente porque El mismo ha establecido con nosotros vínculos de familiaridad.
"Juntos, nos atrevemos a decir": ésta es la invitación que propone el misal antes del Padrenuestro. Nuestra audacia no es la insolencia de unos hijos mal educados, sino la prerrogativa de unos hijos que pueden permitírselo todo, porque "son de casa". Nuestra oración puede hacerse insistente, porque Dios mismo nos da la seguridad del corazón renovado por el Espíritu (Dios cada dia, Sal terrae).
-Si uno de vosotros tiene un amigo... "¿Sabéis qué es la amistad? ¿Sabéis qué es tener un amigo?" La enseñanza de Jesús es a menudo interrogativa...
-... que llega a mitad de la noche para pedirle: "Préstame tres panes". Es concreto. Sencillo. Jesús acaba de aconsejarnos "pedir a Dios el pan nuestro de cada día", el necesario.
-... un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle", y si, desde dentro, el otro le responde: "¡Déjame en paz! la puerta está cerrada; los niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme a darte el pan". Escena viva. El visitante llegó tarde; aprovechó el fresco de la noche para viajar; hace calor en Palestina. Las viviendas de entonces, en el país de Jesús, constaban de una sola pieza; eran casas sencillas para gente sencilla. Todo el mundo duerme en el suelo, sobre una alfombra o una estera. Levantarse supone molestias para todos ¡y es complicado! Dejadnos en paz.
-Yo os digo: que acabará por levantarse y darle lo que necesita, si no por ser amigos, al menos para librarse de su importunidad. El amigo no ha cedido por amistad, sino para que le deje en paz, como el juez del que hablará Jesús más tarde (Lc 18,4-5). Eso no significa que Dios sea así, que ceda por cansancio: pero esta conducta pone de relieve "con mayor razón" la actitud del Padre que es bueno. "Si pues vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas... cuanto más vuestro Padre del cielo..."
-Pedid y se os dará. Buscad y encontraréis. Llamad y se os abrirá. Jesús afirma solemnemente que ¡Dios atiende la oración! Lo repite incansablemente y de diferentes modos.
-El que pide recibe. El que busca encuentra. Al que llama le abren. Hay que ir a Dios como pobre en la necesidad. La plegaria es ante todo una confesión de la propia indigencia: Señor, yo a eso no alcanzo... Señor, ando buscando... Señor, no comprendo... Señor, te necesito...
-¿Qué padre, si su hijo le pide pescado, le ofrecerá una culebra? y si le pide un huevo ¿le dará un alacrán? Pues si vosotros, malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos... Sería impensable que una madre no reaccionara así. Siguiendo la invitación de Jesús, voy a contemplar detenidamente el amor del corazón de las madres y de los padres de la tierra: tantas "cosas buenas" son "dadas" cada día, por millones de padres y madres, bajo el cielo de todo el orbe de la tierra. El calificativo "malos" no parece ser usado aquí para subrayar la corrupción del hombre, sino para valorar, a fortiori, la "bondad" de Aquel que da tantas "cosas buenas" a sus hijos.
-¡Cuánto más vuestro Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden! Mateo solamente hablaba de "cosas buenas" (Mt 7,11) Lucas se atreve a hablar del "don del Espíritu", que es para él, el don por excelencia, ese don maravilloso del cual tanto hablará en su libro Hechos de los Apóstoles (53 citas). La mejor respuesta a nuestras oraciones, es recibir todo un Espíritu Santo. “Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos "el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza"(Ga 5,22-23). "El Espíritu es nuestra Vida": cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf Mt 16,24-26), más "obramos también según el Espíritu" (Ga 5,25): ‘Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna’ (San Basilio)” (Catecismo, 736).
¡Ah, no! Dios no se mofa de nosotros. ¡Nos da, nada menos que su propio Espíritu! El que pide, recibe. Pedid y recibiréis (Noel Quesson).
El evangelio nos recomienda que seamos persistentes en la oración no porque Dios sea sordo, sino porque nosotros necesitamos perseverar para alcanzarlo. La naturaleza humana está generalmente caracterizada por la inconstancia. Nos amilanamos ante el primer obstáculo que se nos presenta en la consecución de nuestras metas y proyectos. Abandonamos la nave ante el menor indicio de tormenta.
Por esto, el evangelista nos invita a crecer en nuestras aspiraciones y a fortalecer nuestro espíritu con la oración constante. Pues el Reino no es una autopista ancha por la que entra el primero que lo intenta, sino un camino angosto que exige mucha calidad personal y mucho apoyo comunitario.
Si logramos cultivar una actitud perseverante, una entrega decidida, una sobriedad ante las dificultades, veremos que al término de nuestro esfuerzo está la generosa voluntad de Dios que nos ha acompañado desde el comienzo. Pero, tendremos una interesante ventaja: el esfuerzo nos hará crecer como personas y apreciaremos en su justo valor lo que hemos alcanzado, lo que Dios nos da. Pues, las cosas fáciles no son valiosas. Además, las parábolas nos ofrecen una visión de Dios como amigo. Esto resulta muy interesante en nuestra sociedad contemporánea. Pues, tendemos a considerar amigos a muchos que únicamente tienen alguna relación con nosotros. Sin embargo, las parábolas nos muestran a Dios como un amigo exigente y generoso en gran medida. Esta combinación no es muy frecuente en los que consideramos nuestros compañeros y amigos. Sin embargo, el evangelio nos la muestra como el verdadero rostro del Dios amistoso y espléndido.
Esa amistad con exigencia y vida en comunidad es lo que Jesús nos ofrece. Su propuesta no es una lánguida complicidad, un consuelo superfluo. Su amistad es un proyecto que nos hace crecer como personas, que nos convierte en mejores seres humanos (Servicio bíblico latinoamericano).
Hay tres verbos que sólo practican los sencillos: pedir, buscar, llamar. Si a estos verbos se les añade el adverbio "insistentemente" tenemos esbozado el programa de un verdadero seguidor de Jesús. Pedir supone reconocer que no tenemos todo lo que necesitamos, tomar conciencia de nuestros límites, admitir que Alguien tiene más que nosotros. Piden los pobres y los mendigos. No piden los autosuficientes.
Buscar implica experimentar la atracción de algo que tira de nosotros, admitir que hay un tesoro por el que merece la pena arriesgarse, sentir el aguijoneo de muchas preguntas para las cuales no existen respuestas prefabricadas. No buscan los que han sucumbido a la rutina, los perezosos y los desesperanzados.
Llamar es dirigirse a alguien con la confianza de que vamos a ser escuchados, invocar una presencia que nos supera y que al mismo tiempo se hace cargo de nosotros. No llaman los que temen que no haya nadie al otro lado de la puerta, los que no está preparados para entrar en el caso de que se abra.
Insistentemente significa todos los días, a todas horas, no sólo en ciertos momentos críticos, o cuando no encontramos otra cosa mejor.
Estas lecciones esenciales se pueden explicar así, con un lenguaje un poco árido, o se pueden explicar diciendo: "Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la medianoche..." Evidentemente, Jesús elige el modo más eficaz. Y por eso nos remueve por dentro.
Cuando uno pide, recibe; cuando busca, encuentra; cuando llama, se le abre. ¿Qué recibimos y encontramos? La síntesis de todo lo que podemos recibir y encontrar es el Espíritu Santo; es decir, todo lo que necesitamos para decir "Abbá" y para reconocer con nuestros labios y nuestro corazón que "Jesús es Señor". (gonzalo@claret.org).
Insistencia en la oracion como toma de conciencia comunitaria. La segunda parte de la secuencia contiene una parábola. Dios es comparado a un «amigo» a quien otro amigo acude de noche, como ya hemos dicho. También Dios, dice Jesús, hará lo mismo. Hay que «pedir», «buscar», «llamar», con la seguridad de que «se recibe lo que se pide», que «se encuentra lo que se busca», que «se abren las puertas cuando se llama» (11,9-10). Triple búsqueda, insistencia total. A continuación se pone una serie de ejemplos entresacados de la vida cotidiana. Para concluir con el envío del Espíritu Santo “a los que se lo piden!” (11,13). A diferencia de Mateo (Mt 7,11: «dará cosas buenas»), Lucas explicita que el don por excelencia es «el Espíritu Santo». La comunidad no tiene que pedir cosas materiales: es necesario que concentre su oración en el don del Espíritu, la fuerza de que Dios dispone para llevar a cabo el proyecto de comunidad fraterna que propugna Jesús.
Muchas veces nuestra oración no obtiene lo que pide. Y por ello, surge en nosotros el desaliento y el cansancio que nos llevan a abandonar sus práctica. La parábola del amigo importuno se nos presenta para advertirnos de lo irracional de este abandono.
Orar siempre sin desfallecer, aun cuando parece a nuestros ojos y a los de los que nos rodean que no obtenemos respuesta a nuestras peticiones, es la enseñanza fundamental de esta parábola que debemos asumir profundamente en nuestra vida. Nuestros amigos reaccionan ante nuestra insistencia buscando la calma en momentos en que preferirían hacer traición a la amistad, los padres de la tierra, a pesar de sus carencias, conceden las cosas buenas que sus hijos solicitan. Comparándolo con ellos, Dios es para nosotros un amigo siempre fiel que atiende a nuestras necesidades y es también el Padre bueno, ante Quien se ponen de manifiesto las carencias de toda otra paternidad. Pero de ese Amigo fiel y de ese Padre bueno no debemos esperar siempre una respuesta idéntica a la esperada. Podemos pedir muchas cosas buenas que tal vez no sean concedidas. Sin embargo, tengamos la certeza de que Dios responde siempre con un don que, a menudo, es superior a lo que habíamos pedido: el Espíritu Santo. Con Él se nos concede la fuerza necesaria para enfrentar todos los problemas y dificultades que entrecruzan nuestra existencia. Acompañados por Él podemos superar las angustias y medios que nos amenazan. Este es el fruto principal de la oración que justifica nuestra constancia y nuestra perseverancia en su práctica (Josep Rius-Camps).
Dios es el amigo que escucha desde dentro a quien es constante. Hemos de confiar en que terminará por darnos lo que pedimos, porque además de ser amigo, es Padre.
La segunda actitud que Jesús nos enseña es la confianza y el amor de hijos. La paternidad de Dios supera inmensamente a la humana, que es limitada e imperfecta: «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo...!» (Lc 11,13).
Tercera: hemos de pedir sobre todo el Espíritu Santo y no sólo cosas materiales. Jesús nos anima a pedirlo, asegurándonos que lo recibiremos: «...¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13). Esta petición siempre es escuchada. Es tanto como pedir la gracia de la oración, ya que el Espíritu Santo es su fuente y origen.
El beato fray Gil de Asís, compañero de san Francisco, resume la idea de este Evangelio cuando dice: «Reza con fidelidad y devoción, porque una gracia que Dios no te ha dado una vez, te la puede dar en otra ocasión. De tu cuenta pon humildemente toda la mente en Dios, y Dios pondrá en ti su gracia, según le plazca».