7 de octubre, Nuestra Señora del Rosario: es una oración que mueve el corazón de Dios y nos mete en el corazón de Jesús…
1. Hechos 1:12-14
12 Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático. 13 Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. 14 Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.
2. Salmo (Lucas 1:46-55)
46 Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor / 47 y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador / 48 porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, / 49 porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre / 50 y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. / 51 Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. / 52 Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. / 53 A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. / 54 Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia / 55 - como había anunciado a nuestros padres - en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.»
3. Lucas 1:26-38
26 Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 28 Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» 29 Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. 30 El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; 31 vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. 32 El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33 reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» 34 María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» 35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. 36 Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, 37 porque ninguna cosa es imposible para Dios.» 38 Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue.
COMENTARIO: El Rosario comenzó por los que no podían rezar la liturgia de las horas, los salmos, y de los 150 salmos se pasó a las 150 avemarías de las 3 partes del Rosario, 50 cada pare… la oración de los sencillos, oración contemplativa que pasa a través de todos los misterios de nuestra redención.
Surgió en el siglo XII en el mediodía francés, la herejía albigense, perniciosa y pertinaz, que ni el clero local ni los monjes cistercienses lograron desarraigar. Aconteció que un canónigo español de la diócesis de Osma, tuvo que viajar a Dinamarca, con su obispo, Diego de Acevedo, y cuando regresaba, se detuvo y se entregó a la predicación contra la herejía. Era Domingo de Guzmán. Agotado de tanto predicar, según la tradición, escuchó que le dijo la Virgen: «Domingo, siembras mucho y riegas poco». Esta experiencia de María, le hizo tomar conciencia de que había de orar más. Así comenzó a propagar el rezo del Rosario. Reunió un grupo de mujeres para orar, y más adelante fundó la Orden de predicadores, a la que le cabe la gloria de haber difundido intensa y extensamente la devoción del Rosario. En el siglo XVI, año 1571, amenazaban los turcos invadir Chipre, para desde allí conquistar Creta y saltar a Grecia, llegar a las costas de África y terminar en las playas de Roma. Con ello el Islam enarbolaría el estandarte de Mahoma en el mismo corazón de la cristiandad. San Pío V organizó una flota con sus Estados, Venecia y España, La Liga Santa, capitaneada por D. Juan de Austria. Y pidió a toda la Iglesia que rezara el Santo Rosario. La batalla se desencadenó en el golfo de Lepanto: tronaba el cañón, las gabarras descargaban su metralla, las bombardas disparaban contra las embarcaciones, las naves embestían, el humo cegaba y casi oscurecía el sol, las aguas se teñían de sangre... las voces subían clamorosas al cielo rezando el Rosario. Pío V contempló misteriosamente la victoria mientras rezaba asomado a una ventana del Vaticano. Para dar gracias a Dios por esta victoria, el mismo Pontífice instituyó la fiesta del Rosario.
El rosario es una oración que Pío XII y Pablo VI llamaron compendio del Evangelio, y Evangelio abreviado.
Los autores de la oración del rosario son cuatro, y todos eximios: Jesús, el arcángel San Gabriel, la prima de María, Isabel y la Iglesia. Entre todos han compuesto una oración contemplativa que nos traza las virtudes evangélicas de Jesús, de José y de María: el Redentor y la Corredentora, a la vez que invoca y glorifica a la Santa Trinidad, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
El rosario es pues, una oración evangélica porque saca del evangelio el anuncio de los misterios y las fórmulas principales.
La oración es fuente de conocimiento no teórico, sino sapiencial. El Niño Jesús, a quien vieron tantos, sólo fue reconocido por Simeón y Ana, y como Hijo de Dios y Mesías, sólo por San Pedro, porque no lo supo por los sentidos corporales. Así como las manzanas no hay que rimarlas, sino morderlas para saborearlas y el perfume de la rosa hay que aspirarlo y no contentarse con saber de la rosa en la lectura de las Enciclopedias, a Dios hay que saborearlo para saber a qué sabe (San Juan de Ávila). En la oración se aprenden verdades (Santa Teresa de Jesús).
La oración es fuente de energía. En la vida cristiana, no podemos estar siempre gastando energías. Necesitamos reposo, sosiego, paz: «Marta, Marta, estás muy nerviosa» (Lc 10,41). Y así como el agricultor no pierde el tiempo cuando afila la guadaña, «si yo realizo el trabajo de orar caerán todas las murallas» (Von Braun).
Pero este trabajo nos resulta el más difícil. Siempre se nos ocurren cosas que hacer cuando decidimos ir a orar. Porque la dificultad no sólo nos viene de la naturaleza, sino del príncipe de este mundo, que sabe que está perdido si oramos.
El cura de Torcy en la novela de Bernanos, "el cura rural" , le dice al joven sacerdote lacerado: «Muchacho, sufres demasiado para lo que oras. Hay que alimentarse en proporción a nuestros dolores".
El P. Ravignan recomendaba a un ejecutivo que se lamentaba de su stress, hacer un cuarto de hora de oración diaria.
"Pero, Padre, ¡si le estoy diciendo que no tengo tiempo!"
"Es verdad, repuso el Padre, haga media hora cada día".
«Quien tiene mucho que hablar ha de guardar mucho silencio. Quien algún día ha de engendrar el rayo ha de ser largo tiempo nube» (Nietzsche).
León XIII, considerado como uno de los Padres de Europa, dice: «El Rosario es la fórmula más eximia y excelente de oración».
Pío X: El rosario es un medio de los más eficaces para obtener gracias del cielo, porque es la oración por excelencia».
Pío XII: «El rosario es el breviario de todo el evangelio, meditación de los misterios del Señor, sacrificio vespertino, guirnalda de rosas, himno de alabanzas, plegaria doméstica, norma de vida cristiana, garantía cierta del poder divino, apoyo y defensa de nuestra salvación» (31 de julio de 1946). «No es con las fuerzas de las armas, ni con el poder humano, sino con el auxilio divino obtenido por la oración del rosario, igual que David con su honda contra Goliat, como vence la iglesia» (Ingruentium malorum).
Juan Pablo II dice que el rosario es su oración predilecta y apenas se queda solo saca su rosario y comienza a rezarlo. Hace unos días nos ha dicho: Octubre es el mes en el que se venera a María Santísima, Reina del Santo Rosario. En el contexto internacional actual, invito a todos -personas, familias, comunidades- a rezar el Rosario, si es posible todos los días por la paz, para que el mundo sea preservado del inicuo flagelo del terrorismo.
La terrible tragedia del 11 de septiembre pasado será recordada como un día oscuro en la historia de la humanidad. Ante esta situación, la Iglesia quiere ser fiel a su carisma profético y recordar a todos los hombres su deber de construir un futuro de paz para la familia humana. Ciertamente la paz no está desligada de la justicia, pero siempre debe ser alimentada por la clemencia y el amor. No podemos dejar de recordar que judíos, cristianos y musulmanes adoran a Dios como el Único. Las tres religiones tienen, por tanto, la vocación a la unidad y a la paz. Que Dios conceda a los fieles de la Iglesia estar en primera línea en la búsqueda de la justicia, en el rechazo de la violencia, y en el compromiso para ser agentes de paz. ¡Que la Virgen María, Reina de la Paz, interceda por toda la humanidad para que el odio y la muerte no tengan la última palabra!
Felipe II, moribundo, dijo a su hijo: «Si quieres que tus Estados prosperen no olvides el rezo del Santo Rosario».
Y dice Lacordaire: «El amor no tiene mas que una palabra y, diciéndola siempre, no la repite nunca».
A San Antonio Claret le dijo la Virgen: «Antonio, predica el Rosario que es la salvación de España».
Preguntó Lucía a la Virgen en Fátima: "¿Francisco irá al cielo?..." Y la Virgen respondió: "Sí... Pero ha de rezar muchos rosarios". Al final de una misión, dijo un feligrés al padre misionero: «He hecho un propósito: Clavar un clavo en la cocina... Sí, y colgar allí el Rosario para rezarlo cada día».
Lean los que encuentran monótono el Rosario:
"Tú que esta devoción supones / monótona y cansada, y no la rezas, / porque siempre repite iguales sones, / tú no entiendes de amores ni tristezas. / ¿Qué pobre se cansó de pedir dones? / ¿qué enamorado de decir ternezas?».
En el sigIo XIX, 11 de febrero de 1858, la Virgen en Lourdes le pide a Bernardette que rece el rosario.
En el siglo XX, en 1917, cuando Lenín y Trostki declaran en Rusia la revolución bolchevique, implantan un Estado materialista y ateo, el 13 de mayo de ese mismo año, pide la Virgen en Fátima a tres niños que recen el rosario y promete que Rusia se convertirá.
Pasan los años... y las catástrofes y hecatombes, genocidios, hambre y dolor, esclavitud, guerra fría, escalada de armamentos... asolan a la humanidad. Cuando en 1945 terminó la segunda guerra mundial, reunidos en Yalta los tres grandes: Roossevelt, Stalin y Churchill, Stalin preguntó a Roossevelt: «¿Con cuántas divisiones cuenta el Papa de Roma?,,.
El 16 de octubre de 1979 los cardenales eligen en Roma un Papa polaco. El Kremlín tembló. Armaron el brazo de Alí Agca, y el 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima, caía Juan Pablo II en la plaza de San Pedro. Andropov, al frente de la KGB, tiene como subalterno a Gorvachov, el que le dice a Juan Pablo II, ahora, que aprecia mucho sus oraciones.
Para todos, incluso para los observadores más perspicaces, es inexplicable la caída, en cuatro meses, del marxismo... Para todos los que ignoran la profecía de Fátima, en cambio ha dicho el cardenal de Cracovia, Mons. Marchaski: «para nosotros no es inexplicable. Hace años que venimos orando».
Hemos repasado la historia y hemos contemplado varios acontecimientos que nos revelan la eficacia de la oración del Rosario (Jesus Martí Ballester).
Devoción a la Virgen
La Iglesia nos propone –en esta fiesta instaurada por el Papa Pío V para conmemorar y agradecer a la Virgen su ayuda en la victoria sobre los turcos en Lepanto, en 1571- a través del Rosario que meditemos con frecuencia los misterios mas importantes de la vida de Cristo y de la Virgen. Con este motivo se añadió la letanía “Auxilio de los cristianos”. En este mes de Octubre la Iglesia se dedica a honrar a Nuestra Madre del Cielo, especialmente a través del rezo del Santo Rosario. Como en otros tiempos ha de ser el rosario arma poderosa para vencer en los Lepantos de la vida interior y para pedir la paz de las familias y la paz del mundo en este tercer milenio.
1. Con el Rosario, vamos a Jesús de la mano de la Virgen. La imitación de Cristo es lo único importante para un cristiano, puesto que es la manera de llegar al cielo: todo lo demás importa poco. Un camino accesible para imitar a Cristo es la devoción a la Virgen, pues ha sido la criatura que mas cerca ha estado de Cristo, la que mejor lo entendió, la que más lo amó y la que mas perfectamente cumplió con lo que su Hijo quería.
“El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima. / —¿Quieres amar a la Virgen? —Pues, ¡trátala! ¿Cómo? —Rezando bien el Rosario de nuestra Señora. / Pero, en el Rosario... ¡decimos siempre lo mismo! —¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?... ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? —Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar. —Tú... ¿has contemplado alguna vez estos misterios?” (San Josemaría).
Los misterios del Rosario son una buena oportunidad de considerar la vida de la Virgen y el modelo que debe ser para nosotros. Ojalá los recemos y meditemos todos los días. Así estamos seguros de estar amando a Cristo. El Rosario es arma poderosa. Rezarlo, y contemplar sus misterios y las letanías es camino seguro para encontrar a Jesús. Desde el saludo del ángel: ¡Dios te Salve María…, el Señor es contigo... la hemos ido saludando a lo largo de la historia con estas palabras del Avemaría. A la Virgen se la saludaba ya en el siglo XIV con el título de Rosa mística, símbolo de la alegría. Se adornaban sus imágenes con una corona o un ramo de rosas (rosarium), expresión de alabanza de corazones llenos de amor. Se recitaban 150 salmos, pero los que no podían lo sustituían por 150 Avemarías. Para contarlos se servían de granos enhebrados o de nudos hechos en una cuerda. A la vez se hacía oración, se meditaba en torno a la Virgen y al Señor. Más tarde los Papas y Concilios completaron el saludo del ángel con la petición de ayuda para conseguir una buena muerte. Como rosas blancas y rojas fueron los días de la Virgen. Asomarnos a sus días meditando las escenas de su vida que nos propone cada misterio de Rosario nos llevará a tener un amor ardiente por su hijo Jesús. Si la monotonía te frena fíjate en lo que dice el poeta: “Tú que esta devoción supones / monótona y cansada, y no la rezas / porque siempre repite iguales sones / tú no entiendes de amores y tristezas: / ¿qué pobre se cansó de pedir dones, / qué enamorado de decir ternezas?”
Después de meditar la Vida de Jesús y de María se termina con la letanía y algunas peticiones… El origen de las letanías se remonta sa los mismos orígenes del cristianismo. Eran oraciones dialogadas entre los ministros y el pueblo fiel. Se rezaban durante la misa y especialmente en las procesiones. Las que se rezan actualmente comenzaron a rezarse hacia el año 1500, en el Santuario de Loreto: Madre de Dios, Virgen de las vírgenes, Madre de Cristo, Madre del Creador y del Salvador, Virgen prudentísima, digna de veneración, de alabanza, clemente, fiel, Arca de la alianza, Puerta del Cielo, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos, Reina de todo lo creado, Reina de los ángeles, Espejo de santidad, Trono de Sabiduría… El Pilar de Zaragoza recuerda que ante los desánimos, ella siempre nos ayuda y nos da la esperanza.
Al proclamar el Papa Juan Pablo II un año del Rosario con motivo de los 25º años de su pontificado, escribió una carta sobre esta plegaria por pedir a la Virgen Maria al empezar este milenio por la paz en el mundo, hoy tanto maltratada por el terrorismo y varias guerras, y pedir por las familias, que también sufren varios males, puesto que se busca destruir esta institución básica de la sociedad. Precisamente cuando no se ve solución humana por resolver estos graves problemas, es más necesario mirar al cielo: el Rosario es arma para pedir a la Virgen María que nos traiga a todos la esperanza, tan necesaria para el mundo d’hoy. La Virgen Maria es causa de alegría porque es portadora de esperanza: “Rosario” viene de Rosa, y Jesús es la rosa. Maria es el rosal portadora de la esperanza, portadora de Jesús. Cuando empezó el milenio con los atentados de EEUU del 11 de septiembre, Juan Pablo II quiso recordarnos el mensaje de la Virgen María a los pequeños de Fátima: que aquellas plegarias conseguirían el final de la guerra (entonces la primera mundial), la conversión de los pecadores... El Rosario será hoy también arma por que venza la paz y acabe el terrorismo, caigan los nuevos muros del odio como el año 1989 cayeron los muros de Berlín. Ahora necesitamos como siempre la ayuda del cielo para combatir las luchas del pecado que hacen que no haya paz en las conciencias y por esto no hay paz en el mundo y en las familias. Precisamente el Rosario es la plegaria de la familia y por las familias: “la familia que reza unida permanece unida”. Como que la construcción de la paz pasa por la oración y la humildad, son los pequeños quienes construyen el reino de Dios; el Rosario es una plegaria de los pequeños, del repetir amorosamente avemarías. Empezó con los pequeños, los que no podían celebrar la liturgia de las horas. Repasamos el Evangelio, la vida de Jesús y Maria, la redención, mientras rezamos las Avemarías. Vamos a través de los misterios a Ain Karim en Maria y Santa Isabel y proclamamos la maternidad divina de Maria; en Belén nos ponemos entre los pastores, en el templo admiramos la sabiduría divina (misterios de gozo). En los misterios dolorosos recordamos la pasión de Getsemaní y la muerte del Calvario, en los gloriosos vemos triunfar a Jesús con la Virgen Maria a su lado, y esta riqueza nos permito penetrar más en el misterio de nuestra vocación, seguir a Jesús, dedicarnos a su reino. Juan Pablo II –que añadió los misterios “luminosos”, la vida pública de Jesús (Bautismo de Jesús, las Bodas de Caná, la proclamación del Reino de Dios, la Transfiguración, la institución de la Eucaristía)- nos dice del Rosario: “es mi oración predilecta, oración maravillosa!” Haciendo camino por los misterios del Rosario vamos contemplado el misterio de Jesús, y por esto esta plegaria tiene una gran riqueza, puesto que nos trae a la contemplación del rostro de Jesús; precisamente el propósito que se hacía la Carta apostólica sobre el nuevo milenio: “andar desde Jesús”, que es nuestra esperanza, y el príncipe de la paz. La paz en el mundo depende de la paz en las conciencias, de tener el corazón en paz y lleno de esperanza: con el Rosario vamos por Maria a Jesús, por esto Ella es nuestra esperanza: podemos estar siempre contentos, también cuando vienen los fracasos que quedan convertidos en experiencias y hacernos fuertes porque nos hacen más humildes, y aquellos pesares nos vuelven más humanos y comprensivos. Si, con esperanza hay lo suficiente para ser felices, nos llena de entusiasmo para mirar siempre adelante, y los éxitos no nos enorgullecen sino que son energía para seguir luchando; los amigos no son escalones para subir, sino un tesoro muy grande porque nos permite darnos a los otros; y la riqueza no es un cerrarse de egoísmo sino una ocasión para satisfacer las necesidades personales y de los que nos rodean. La Virgen Maria es la portadora de la gracia, la fuerza de quien hace camino por la vida. Con Ella vivimos cada día como el mejor, mejor que el de ayer, y mañana lo será todavía más, puesto que el mejor está siempre por llegar.
Le han atribuido al Rosario gran importancia muchos de los Papas: León XIII (indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad), Juan XXIII, Pablo VI (que subrayó el carácter evangélico del Rosario y su orientación Cristológica).
2. El Rosario de la Virgen María. La carta del Papa nos dice que esta devoción se difundió “gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización» (Gaudium et spes 45).
El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio (Pablo VI, Marialis cultus 42). En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor.
Yo mismo, después, no he dejado pasar ocasión de exhortar a rezar con frecuencia el Rosario. Esta oración ha tenido un puesto importante en mi vida espiritual desde mis años jóvenes. Me lo ha recordado mucho mi reciente viaje a Polonia, especialmente la visita al Santuario de Kalwaria. El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad… con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo... misterios (que) nos ponen en comunión vital con Jesús a través –podríamos decir– del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana» (Leonis XIII)… Cuántas gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario en estos años: Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar mi agradecimiento al Señor con las palabras de su Madre Santísima, bajo cuya protección he puesto mi ministerio petrino: Totus tuus!
Vía de contemplación: (sigue diciendo el Papa):... (es medio para vivir) la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia 'pedagogía de la santidad': «es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración». Mientras en la cultura contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en «auténticas escuelas de oración». El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano.
Oración por la paz y por la familia: 6… el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que «es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano.
Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y, con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual.
« ¡Ahí tienes a tu madre! » (Jn 19, 27): 7. Numerosos signos muestran cómo la Santísima Virgen ejerce también hoy, precisamente a través de esta oración, aquella solicitud materna para con todos los hijos de la Iglesia que el Redentor, poco antes de morir, le confió en la persona del discípulo predilecto: «¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!» (Jn 19, 26). Son conocidas las distintas circunstancias en las que la Madre de Cristo, entre el siglo XIX y XX, ha hecho de algún modo notar su presencia y su voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración contemplativa. Deseo en particular recordar, por la incisiva influencia que conservan en el vida de los cristianos y por el acreditado reconocimiento recibido de la Iglesia, las apariciones de Lourdes y Fátima, cuyos Santuarios son meta de numerosos peregrinos, en busca de consuelo y de esperanza.
Tras las huellas de los testigos: 8. Sería imposible citar la multitud innumerable de Santos que han encontrado en el Rosario un auténtico camino de santificación. Bastará con recordar a san Luis María Grignion de Montfort… al Padre Pío de Pietrelcina… el Beato Bartolomé Longo. Su camino de santidad se apoya sobre una inspiración sentida en lo más hondo de su corazón: «¡Quien propaga el Rosario se salva!»” y construyó en Pompeya un santuario dedicado a la Virgen del Rosario al lado de la antigua ciudad cubierta por la erupción del Vesuvio. Le apoyó León XIII, el «Papa del Rosario».
El Rosario, oración contemplativa: 12. El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. (Si no sería mecánica repetición), el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza» (Pablo VI).
Comprender a Cristo desde María: 14. Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio. El primero de los 'signos' llevado a cabo por Jesús –la transformación del agua en vino en las bodas de Caná– nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje. Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe», en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).
Una incorporación oportuna: 19. De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial, sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el mismo de los Salmos. No obstante, para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: «Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo» (Jn 9, 5). (Aquí incorpora el Papa los nuevos misterios), como verdadera introducción a la profundidad del Corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de gloria.
Misterios de gozo: 20. El primer ciclo, el de los «misterios gozosos», se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María». A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.
El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría» a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lc 2, 10).
Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración y extasía al viejo Simeón, contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lc 2, 34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien 'enseña'. La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, «no comprendieron» sus palabras (Lc 2, 50).
De este modo, meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelion, 'buena noticia', que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo.
Misterios de luz: 21. Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es «la luz del mundo» (Jn 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino. Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios «luminosos»– de esta fase de la vida de Cristo, pienso que se pueden señalar: 1. su Bautismo en el Jordán; 2. su autorrevelación en las bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual.
Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace 'pecado' por nosotros (cf. 2 Co 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2, 3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo » (Jn13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.
Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn 2, 12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los «misterios de luz».
Misterios de dolor: 22. Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42 par.). Este «sí» suyo cambia el «no» de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo!
En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Los misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora.
Misterios de gloria: 23. «La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado!» (Carta milenio). El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de la propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría no solamente de aquellos a los que Cristo se manifestó –los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús–, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado. A esta gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería elevada Ella misma con la Asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria –como aparece en el último misterio glorioso–, María resplandece como Reina de los Ángeles y los Santos, anticipación y culmen de la condición escatológica del Iglesia.
En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran 'icono' es la escena de Pentecostés. De este modo, los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel «gozoso anuncio» que da sentido a toda su vida.
De los 'misterios' al 'Misterio': el camino de María: 24… Es el Misterio del Verbo hecho carne, en el cual «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2, 9)… El «duc in altum» de la Iglesia en el tercer Milenio se basa en la capacidad de los cristianos de alcanzar «en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 2-3)… El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el 'secreto' para abrirse más fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer de fe, de silencio y de escucha. Es al mismo tiempo el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une Cristo con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave Maria las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf. Lc 1, 42).
jueves, 6 de octubre de 2011
miércoles, 5 de octubre de 2011
Jueves la 27ª semana de Tiempo Ordinario. El camino de los malvados parece que lleva a la felicidad, pero es efímera, y el de los piadosos parece que
Jueves la 27ª semana de Tiempo Ordinario. El camino de los malvados parece que lleva a la felicidad, pero es efímera, y el de los piadosos parece que sea cuesta arriba, pero es la bienaventuranza… hay un paralelismo entre la oración: pedir, buscar, llamar, y el camino de la virtud o del vicio: seguir, detenerse y tomar asiento. Se trata de perseverar
Profecía de Malaquías 3,13-20a. «Vuestros discursos son arrogantes contra mí -oráculo del Señor-. Vosotros objetáis: "¿Cómo es que hablamos arrogantemente?" Porque decís: "No vale la pena servir al Señor; ¿qué sacamos con guardar sus mandamientos?; ¿para qué andamos enlutados en presencia del Señor de los ejércitos? Al contrario: nos parecen dichosos los malvados; a los impíos les va bien; tientan a Dios, y quedan impunes." Entonces los hombres religiosos hablaron entre sí: "El Señor atendió y los escuchó." Ante él se escribía un libro de memorias a favor de los hombres religiosos que honran su nombre. Me pertenecen -dice el Señor de los ejércitos- como bien propio, el dia que yo preparo. Me compadeceré de ellos, como un padre se compadece del hijo que lo sirve. Entonces veréis la diferencia entre justos e impíos, entre los que sirven a Dios y los que no lo sirven. Porque mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el dia que ha de venir -dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.»
Salmo 1,1-2.3.4 y 6. R. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.
Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.
Evangelio según san Lucas 11,5-13. En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos: -«Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: "Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle." Y, desde dentro, el otro le responde: "No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos." Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿0 si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿0 si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»
Comentario: 1. Ml 3,13-20. Hoy leemos una página de otro profeta menor, Malaquías. No su anuncio más famoso de la Eucaristía (cuando prometía que "desde el levante hasta el poniente se ofrece a mi nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura": Ml 1,11), sino unas palabras que hacen referencia a la gran pregunta del bien y del mal. Como en Job, aquí resuena la duda: "no vale la pena servir al Señor, ¿qué sacamos con guardar sus mandamientos?". Los justos no parecen recibir ningún premio, mientras que los malos prosperan. ¿Vale la pena ser buenos? Seguramente se sitúa este escrito en el tiempo después de la vuelta del destierro, cuando ya han reconstruido el templo, pero las cosas no parece que mejoren mucho, y cunde el desánimo. La respuesta de Malaquías es apelar al gran día del juicio, "ardiente como un horno", en que se decidirá el destino de los buenos y los malos: "los malvados los quemaré y no quedará de ellos ni rama ni raíz", mientras que a "los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas". Es la pregunta de Job y la de Jeremías y la de tantos y tantos, de entonces y de ahora, que no entienden el silencio de Dios y quisieran que la cizaña fuera ya separada del trigo y que un rayo fulminara a los pueblos de Samaria que no reciben a Jesús... no podemos juzgar las personas, pero dentro notamos lo bueno y lo malo, y “la bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo, fuente de todo bien y de todo amor: ‘El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje "instintivo" la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad...Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro...La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha llegado a ser considerada como un bien en sí misma, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración’ (Newman)” (Catecismo, 1723).
Y qué duda cabe, que en nuestro tiempo junto al trigo hay cizaña, abundancia de cizaña… el amor de Dios es ignorado por muchos, como recordaba S. Josemaría, se oponen al reinado de Cristo… “¿Por qué, entonces, tantos lo ignoran? ¿Por qué se oye aún esa protesta cruel: nolumus hunc regnare super nos, no queremos que éste reine sobre nosotros? En la tierra hay millones de hombres que se encaran así con Jesucristo o, mejor dicho, con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina.
Ante ese triste espectáculo, me siento inclinado a desagraviar al Señor. Al escuchar ese clamor que no cesa y que, más que de voces, está hecho de obras poco nobles, experimento la necesidad de gritar alto: oportet illum regnare!, conviene que El reine.
Muchos no soportan que Cristo reine; se oponen a El de mil formas: en los diseños generales del mundo y de la convivencia humana; en las costumbres, en la ciencia, en el arte. ¡Hasta en la misma vida de la Iglesia! ‘Yo no hablo -escribe S. Agustín- de los malvados que blasfeman de Cristo. Son raros, en efecto, los que lo blasfeman con la lengua, pero son muchos los que lo blasfeman con la propia conducta’.
Oposición a Cristo: A algunos les molesta incluso la expresión Cristo Rey: por una superficial cuestión de palabras, como si el reinado de Cristo pudiese confundirse con fórmulas políticas; o porque, la confesión de la realeza del Señor, les llevaría a admitir una ley. Y no toleran la ley, ni siquiera la del precepto entrañable de la caridad, porque no desean acercarse al amor de Dios: ambicionan sólo servir al propio egoísmo”.
Pero Dios tiene paciencia. Jesús enseña a no precipitarse y a no adelantar el juicio, sino a dar tiempo a la libertad y a la conversión. Eso sí: en el horizonte -pronto o tarde, no lo sabemos- Dios anuncia que se celebrará el juicio justo, y "entonces veréis la diferencia entre justos e impíos".
Malaquías nos asegura que Dios lleva cuenta de nuestras buenas obras: "ante él se escribía un libro de memorias a favor de los que honran su nombre". A pesar de que parece estar callado, se da cuenta de todo: "me pertenecen... me compadeceré de ellos, como un padre se compadece del hijo que le sirve". Y no se dejará ganar en generosidad. Jesús dijo que recibiríamos el ciento por uno.
El libro de Malaquías cierra el rollo de los Doce Profetas Menores. Si el nombre corresponde a un profeta concreto, nada sabemos de su vida; pero la mayor parte de los comentaristas piensan que es una colección de oráculos anónimos, por las razones siguientes: -La palabra "mal'ak”" (ykalm) del encabezamiento del libro, que nuestras biblias transcriben por Malaquías (mensajero del Señor) parece tomada de 3,1 y es un nombre común con sufijo que significa "mi mensajero"; -Malaquías, como nombre propio es desconocido en el A.T.; -El testimonio de la versión de los LXX, del Talmud y del Targum de Jonatán lo interpretan también como nombre común; -El título de esta profecía: "Oráculo, palabra de Yahweh" es el mismo con que empiezan las dos secciones de que consta la segunda parte de Zacarías (9,1 y 12,1). Algunos piensan que originariamente existieron tres colecciones proféticas anónimas. El editor de los profetas menores con el fin de redondear el nœmero de Doce, nombre sagrado y símbolo de Israel, adosó las otras dos colecciones a Zacarías y editó ésta como profecía independiente en la forma actual. En cuanto a la fecha en que fueron proclamados, aunque no poseemos información directa, las indicaciones del libro, comparadas con los datos del de Nehemías, permiten datarlo con mucha probabilidad hacia la mitad del siglo V, poco antes de la reforma llevada a cabo por Esdras y Nehemías. La redacción tuvo que ser más tarde, quizás ya en la época griega.
El libro tiene una clara orientación pastoral, aunque le falta la fuerza argumental de los profetas preexílicos. Consta de seis secciones, todas ellas estructuradas de la misma manera. Su montaje es diagonal y parecido al género literario que llamamos diatriba. La secuencia es la siguiente: Yahweh o el profeta anuncia una tesis, que casi siempre coincide con expresiones o normas contenidas en el Deuteronomio; a continuación, esa doctrina es rebatida por el auditorio, pueblo o sacerdotes, con objeciones o reparos. Después sigue un breve desarrollo del tema o tesis inicial. 1º Sección: El amor de Yahweh hacia Israel: 1, 2-5. El destinatario de esta sección es la comunidad judía postexílica que se encuentra en una situación decadente. Empobrecida y hostigada, contrasta su situación actual con las brillantes descripciones que habían hecho los profetas preexilícos y, sobre todo, las de la tercera parte de Isaías. Este contraste provoca un clima de desaliento en que la fe está a punto de naufragar dando paso al escepticismo. ¿Dónde está el amor de Yahweh para con su pueblo? (Cfr. Dt 7,8). El Señor responde taxativamente: "Os he amado". Y da dos razones para demostrarlo. La primera es histórica, la elección de Jacob, desde antiguo. La segunda es actual, la actitud divina para con Edom, que por este tiempo simbolizaba a los enemigos de Israel. Edom había sido invadido por los Nabateos. Este desastre equivale a la restauración judía. San Pablo cita este oráculo (Rom 9,10-13), dando a entender claramente que es un modo extraño y paradójico de expresar la elección divina de su pueblo. 2º Sección: Pecados de los sacerdotes: 1,6-2,9. Yahweh es Padre y Señor. Tiene derecho a la honra que se refleja en el culto. Sin embargo, los sacerdotes habían deshonrado y menospreciado su nombre. No estaban a la altura de su vocación en su ministerio y en su conducta. Sus claudicaciones morales y religiosas repercutían en el pueblo. Su culto indigno les impedía realizar su ministerio de intercesión. Los pecados que Dios les echa en cara son: Violación de las leyes del culto en lo referente a la pureza de las víctimas (1,7-9). Violación de la Alianza (2,8). Violación de su oficio de enseñar la Ley con el consiguiente extravío del pueblo. Extravío del cual ellos son los principales responsables (2,7). Ante esta situación Dios les dirige una llamada a la conversión. Si la respuesta es positiva, Dios les perdonará y les amará. Si es negativa, tendrán por parte de Dios maldición y repudio (1,14; 2,1-2) y por parte del pueblo el desprecio (2,9).
En esta sección es importante el contenido de 1,11. En contraste con el culto indigno que le ofrecen los sacerdotes, Dios habla de un sacrificio universal y puro. Esta afirmación de universalidad y de reconocimiento de una oblación pura entre los gentiles sorprende en un oráculo centrado en la purificación del culto en el Templo. Ha sido interpretado en todas las épocas: Los viejos reformadores identificaban los goyim del oráculo con los prosélitos o con los judíos de la diáspora, más en concreto de Elefantina; pero era prácticamente imposible que un profeta de Palestina tuviera en cuenta esos cultos considerados siempre como cismáticos. Menos aún cabe pensar en un sincretismo del autor. Aún dentro de lo extraño de la afirmación, parece que el profeta pretende estimular a los profesionales del culto en el Templo, contrastando hiperbólicamente el culto de las naciones con el que se realiza en Jerusalén. Sería, pues, un recurso oratorio de enorme eficacia. con todo, los Santos Padres, desde muy antiguo, aplicaron este texto -la oblación pura- a la Eucaristía. San Jerónimo dice: "En todo lugar se ofrece una oblación no inmunda como en el pueblo de Israel, sino pura, la que se ofrece en las ceremonias de los cristianos". El Concilio de Trento también ve cumplido este oráculo en el Sacrificio eucarístico (Dz 1742). 3º Sección: Condenación de los matrimonios mixtos y del divorcio: 2,10-16. La profanación del Santuario a aumentado con los matrimonios mixtos y con los divorcios. Al casarse los israelitas con mujeres extranjeras, admitían a los dioses de ellas y se exponían a la idolatría. Por otra parte, al repudiar a la esposa de la juventud se reniega del único Dios que ha creado a los dos para que vivan en unidad (cf Gen 1,26). También en el Nuevo Testamento se refuerza la unidad del matrimonio recordando que tal fue el designio originario del Creador (cf Mt 5,31-32; 19,4-9; Ef 5,31-32). 4º Sección: El día de Yahweh: 2,17-3,5. El pueblo con sus quejas planteaba al profeta el problema de la retribución. No hay justicia, como lo demuestra el hecho de la prosperidad del impío. La respuesta es sorprendente y rica de contenido. La justicia de Dios se cumplirá en el Día de Yahweh. Dios vendrá para juzgar, pero su venida será precedida de un mensajero al estilo del heraldo de las monarquías orientales, cuya misión era anunciar la venida del rey, invitando a preparar el camino. Viene a continuación una lista de los pecados que serán objeto del juicio y que eran los más destacados en la vida de la comunidad: la magia, el adulterio, el perjurio, los pecados sociales contra la justicia y todo tipo de opresión (3,5; cf Sal 15). 5º Sección: Desprecio de los diezmos del templo: 3,6-16. La violación de la ley de los diezmos es otro de los pecados de la comunidad (cf Num 18,21). De nuevo les recuerda que la situación presente de miseria y escasez es debida a su incumplimiento de los preceptos legales. La obediencia a la ley y la conversión al Señor les garantizará la prosperidad (3,6-12). La mención casuística de los diezmos es señal de que estamos en una época muy tardía. 6º Sección: El juicio de Dios: 3,13-21. El problema planteado en esta sección es nuevamente el de la retribución. Lo único que cambia son los protagonistas. Ahora son los justos los que se quejan. La respuesta es la misma. En el Día de Yahweh justos y pecadores recibirán su recompensa (3,16-21). Este modo de enfocar el problema de la justicia de Dios supone un gran avance sobre el concepto tradicional de la retribución inmediata. Para Malaquías la justicia de Dios tendrá un cumplimiento escatológico. Y, aunque no se entreve con claridad la vida y la justicia de ultratumba que aportará con claridad el N.T., la doctrina de Malaquías es un paso muy claro hacia ella.
Un pequeño apéndice cierra el libro (3,23-25). Es una exhortación a la observancia de la ley según el estilo y el espíritu deuteronomista. Parece una conclusión redacción al conjunto de los libros proféticos, valorando casi del mismo moda a Moisés, principal autor de la Ley, y a Elías, prototipo de profeta. En la Transfiguración del Señor (Mt 17,3ss y par.) hay una clara resonancia de este texto. La mención del día del Señor pone de manifiesto que los libros proféticos están abiertos a un futuro escatológico.
El mensaje de Malaquías es, ante todo, un mensaje existencial. Es la respuesta concreta a una situación y a unos problemas que afectaban vivamente a la comunidad. Respuesta de fe para ser traducida en la vida. Pero al mismo tiempo, contiene una rica teología. La solución que da al problema de la retribución está ya próxima a la del N. T. La justicia de Dios no se cumple aquí y ahora. Tiene lugar en la era escatológica. Dios es justo, y como tal, juzgará individualmente a los justos y pecadores. Para Malaquías no es la condición de miembro escogido la que salva, sino únicamente la condición de justo.
Dos novedades interesantes aporta Malaquías a la doctrina mesiánica: la indicación del mensajero misterioso que precederá a la venida del Señor (3,1) en el cual la tradición cristiana ha reconocido a San Juan Bautista (Mt 11,10-14). Y sobre todo la "oblación pura", sacrificio perfecto de la era mesiánica que, como se ha dicho, la Iglesia ve cumplido en el Sacrificio eucarístico cristiano.
-Duras me resultan vuestras palabras, dice el Señor. No es sólo de HOY que los hombres «contestan» a Dios. Al regresar a Palestina los exiliados soñaban en que todo les resultaría fácil. Mas, después de la alegría exultante del retorno, se instaura la monotonía y vienen las dificultades. Ahora el Templo está reconstruido. Pero, en medio de las pruebas cotidianas, la fidelidad a Dios resulta difícil.
-He aquí lo que habéis dicho: «Servir a Dios es cosa vana. ¿Qué ganamos con guardar sus preceptos o con llevar una vida gris en la presencia del Señor del universo?» La tentación de vivir «sin Dios». ¡Servir a Dios es cosa vana! ¿Por qué privarse? ¿Por qué no vivir como los paganos que nos rodean y que parecen muy felices, mientras que nosotros vivimos «sin alegría»? Es una tentación permanente, también HOY para nosotros, el dejarse influenciar por el paganismo y el materialismo ambiental. Danos, Señor, la alegría de servirte, incluso cuando las circunstancias exteriores tiendan a entristecernos.
-Más bien declaramos felices a los arrogantes. Aun haciendo el mal prosperan. Aun tentando a Dios, salen adelante. Es la eterna cuestión de la felicidad de los malos y de la desgracia que sobreviene al justo. ¿Quién de nosotros no ha formulado a Dios esa temible cuestión? Hoy, menos que nunca, no podemos taparnos los ojos. ¿Por qué hay tanto mal, tanto pecado, tanta desgracia? Respóndenos, Señor. El Señor prestó atención y oyó. Se escribió ante él un memorial en favor de los que temen al Señor y que cuidan de su nombre. Primera respuesta: el mundo no está acabado. Dios recuerda. Hay que esperar el fin. Dios se pondrá de parte de los que le temen.
-Serán ellos para mí, en el día que yo preparo. Seré indulgente con ellos como es indulgente un padre con el hijo que le sirve fielmente. Segunda respuesta: Los justos obtendrán su recompensa. Dios los ama, como un padre ama a sus hijos fieles.
-De nuevo distinguiréis la diferencia entre el justo y el impío; entre quien sirve a Dios y el que no quiere servirle. Tercera respuesta: Aun cuando, aquí abajo, ahora no parece haber justicia, esta justicia vendrá. No juzguemos pues precipitadamente, ni según las apariencias. Dios no tiene prisa. Ve más allá. Ayúdanos, Señor, a tomar distancias para juzgar según tu punto de vista.
-Pues he aquí que viene el Día abrasador como un horno. Todos los arrogantes y los que cometen impiedad serán como paja. Los consumirá el Día que viene. Es una imagen. Pero, ¡cuán terrible!
-Pero para vosotros, que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia: aportará la salud en sus rayos. Finalmente, pues, surge la esperanza. Señor, haz que crezca en nosotros esta esperanza (Noel Quesson).
Hemos amado a Dios: reconstruimos su templo y hemos tratado de vivirle fieles; pero ¿cómo nos ha amado Dios a nosotros? Parece que premia mejor a los que se comportan mal que a nosotros que caminamos en su presencia. Y el Señor se muestra abrumado por esos reclamos e indica a su Pueblo que jamás deben desconfiar de Él. Ante Él no cuentan las riquezas, sino la fidelidad. Efectivamente: ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su vida? Ojalá y no perdamos el rumbo cuando decimos dirigirnos a Dios. Ojalá y jamás dejemos de manifestarnos como hijos de Dios que, aún en las grandes pruebas le vivan fieles. Dios velará siempre por nosotros y siempre estará de nuestra parte. Si vivimos entre pobrezas y persecuciones, que no sea por culpa nuestra; si abundamos en bienes que no apeguemos a ellos nuestro corazón, pues el Señor nos quiere no como quien almacena buscando su seguridad en lo pasajero, sino como administradores de sus bienes en favor de los demás. Quien ha cambiado a Dios por lo pasajero al final, ya demasiado tarde, comprenderá que nadie puede comprar ante Dios su propio rescate, y que sólo vivirán con Él para siempre quienes le fueron fieles y no pasaron de largo ante las miserias de su prójimo.
La expresión “sol de justicia” del final de la lectura de hoy aplicada a la venida del Señor encuentra su eco en el canto de Zacarías (Lc 1,78): “el Señor ha venido ciertamente en la tarde de un mundo en declive y casi cercano al fin de su curso, pero con su venida, puesto que Él es el Sol de justicia, ha regenerado un día nuevo para aquellos que creen” (Orígenes).
2. El salmo nos quiere infundir esta confianza: "dichoso el que ha puesto su confianza en el Señor, que no sigue el consejo de los impíos ni entra por la senda de los pecadores, sino que su gozo es la ley del Señor. No así los impíos, no así, serán paja que arrebata el viento". Es la confianza que Jesús nos confirmó más gozosamente: "venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros" (Mt 25,34). El Sal 1 nos invita a hacer meditación sobre cada acontecimiento de la vida humana, a la luz de la Ley de Dios y en unión con Jesús. Dichoso el hombre que sigue los caminos del Señor, y desgraciado el que los desprecia: los términos “seguir”, “detenerse” y “tomar asiento” indican tres estadios sucesivos de alejamiento de la conducta recta, que en cambio orientan en la Ley divina el criterio para orientar la vida. La imagen del árbol frondoso significa la prosperidad y bienestar. Con el árbol firme contrasta la paja o polvo de la era dispersados por el viento, con la que se compara la vida de los impíos y pecadores… que no podrán imponerse sobre los justos, porque en definitiva, es el Señor quien juzga la conducta de unos y otros. Es una invitación a seguir leyendo los salmos, que nos hablan de esta ley divina, como Juan Pablo II recordaba: “La Iglesia se ha referido a menudo a la doctrina tomista sobre la ley natural, asumiéndola en su enseñanza moral. Así, mi venerado predecesor León XIII ponía de relieve la esencial subordinación de la razón y de la ley humana a la Sabiduría de Dios y a su ley. Después de afirmar que "la ley natural está escrita y grabada en el ánimo de todos los hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la misma razón humana que nos manda hacer el bien y nos íntima a no pecan". León XIII se refiere a la "razón más alta" del Legislador divino. "Pero tal prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz e intérprete de una razón más alta, a la que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos." En efecto, la fuerza de la ley reside en su autoridad de imponer unos deberes, otorgar unos derechos y sancionar ciertos comportamientos: "Ahora bien, todo esto no podría darse en el hombre si fuese él mismo quien, como legislador supremo, se diera la norma de sus acciones". Y concluye: "De ello se deduce que la ley natural es la misma ley eterna, insita en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les conviene, es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo".
El hombre puede reconocer el bien y el mal gracias a aquel discernimiento del bien y del mal que él mismo realiza mediante su razón iluminada por la Revelación divina y por la fe, en virtud de la ley que Dios ha dado al pueblo elegido, empezando por los mandamientos del Sinaí. Israel fue llamado a recibir y vivir la ley de Dios como don particular y signo de la elección y de la Alianza divina, y a la vez como garantía de la bendición de Dios. Así Moisés podía dirigirse a los hijos de Israel y preguntarles? ¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor nuestro Dios siempre que le invocamos? Y ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?" (Dt 4 7-8). Es en los Salmos donde encontramos los sentimientos de alabanza, gratitud y veneración que el pueblo elegido está llamado a tener hacia la ley de Dios, junto con la exhortación a conocerla, meditarla y traducirla en la vida: "¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, mas se complace en la ley del Señor, su ley susurra día y noche". (Sal 1,1-2). "La ley del Señor es perfecta, consolación del alma, el dictamen del Señor, veraz, sabiduría del sencillo. Los preceptos del Señor son rectos, gozo del corazón; claro el mandamiento del Señor, luz de los ojos" (Sal 19/18,8-9)”.
Andemos conforme a la Inspiración del Espíritu de Dios en nosotros. Vayamos en el camino del Señor que nos conduce a la salvación. Sentémonos a los pies del Señor como discípulos para escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Entonces no habremos equivocado del Camino que lleva a la Vida. Entonces seremos como árbol plantado junto al río y no como paja que se lleva el viento. Entonces, cuanto emprendamos tendrá éxito, pues, aun cuando tengamos que padecer, llegaremos a la perfección del Hijo que aprendió a obedecer padeciendo y que llegó a su perfección dando su vida por amor a su Padre y por amor a nosotros, convirtiéndose a sí en causa de salvación para todos. Por eso, apartémonos del camino que conduce a la muerte y vivamos, no como impíos, ni pecadores, ni cínicos, sino como quienes han sido reconciliados con Dios y hechos justos mediante la fe en Cristo Jesús.
3. Lc 11,5-13. Siguiendo con su enseñanza sobre la oración -anteayer la escucha de la palabra, ayer el Padrenuestro-, hoy nos propone Jesús dos pequeños apólogos tomados de la vida familiar: el del amigo impertinente y el del padre que escucha las peticiones de su hijo. En los dos, nos asegura que Dios atenderá nuestra oración. Si lo hace el amigo, al menos por la insistencia del que le pide ayuda, y si lo hace el padre con su hijo, ¡cuánto más no hará Dios con los que le piden algo! Jesús nos asegura: "vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden", o sea, nos dará lo mejor, su Espiritu, la plenitud de todo lo que le podemos pedir nosotros.
Jesús nos invita a perseverar en nuestra oración, a dirigir confiadamente nuestras súplicas al Padre. Y nos asegura que nuestra oración será siempre eficaz, será siempre escuchada: "si vosotros sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial...?" La eficacia consiste en que Dios siempre escucha. Que no se hace el sordo ante nuestra oración. Porque todo lo bueno que podamos pedir ya lo está pensando antes él, que quiere nuestro bien más que nosotros mismos. Es como cuando salimos a tomar el aire o nos ponemos al sol o nos damos un baño en el mar: nosotros nos ponemos en marcha con esa intención, pero el aire y el sol y el agua ya estaban allí. Cuando le pedimos a Dios que nos ayude -manifestando así nuestra debilidad y nuestra confianza de hijos-, nos ponemos en sintonía con sus deseos, que son previos a los nuestros.
Lucas tiene una variante expresiva: Dios nos concederá su Espíritu Santo. Nos concederá el bien pleno que él nos prepara, no necesariamente el que nosotros pedimos, que suele ser muy parcial. Es como cuando Jesús pidió que "pasara de él este cáliz", o sea, ser liberado de la muerte. En efecto, dice la Carta a los Hebreos (Hb 5,7) que "fue escuchado", pero fue liberado de la muerte a través de ella, después de experimentarla, no antes. Y así se convirtió en causa de salvación para toda la humanidad. No sabemos cómo cumplirá Dios nuestras peticiones. Lo que sí sabemos -nos lo asegura Jesús- es que nos escucha como un Padre a sus hijos.
Podríamos leer hoy unas páginas del Catecismo que nos pueden ayudar a entender en qué consiste la eficacia de nuestra oración. Son las que dedica al "combate de la oración", describiendo las objeciones a la oración en el mundo de hoy, por ejemplo las "quejas por la oración no.escuchada", a la vez que invita a orar con confianza y perseverancia (números 2725-2745; J. Aldazábal).
Santa Teresa veía que el Señor nos da todo lo que le pedimos (ver cita en Biblia de Navarra). Nuestra oración es ciertamente petición, pero nada tiene que ver con un regateo mercantil, o con una victoria que alcanzar. En ella pedimos, invocamos: es decir, apelamos a una realidad reconocida y -¿me atreveré a decirlo?- a un derecho. "Acuérdate, Dios Padre, de lo que has realizado por tu Hijo amado". Esa es la razón profunda de nuestra audacia y de nuestra temeridad: nos atrevemos a "asediar" a Dios, ya que no hacemos más que enfrentarlo -una vez más me atrevo a decirlo- con su responsabilidad. Dios ha caído en la trampa que El mismo se ha fabricado: nos atrevemos a correr el riesgo de pedirle algo, precisamente porque El mismo ha establecido con nosotros vínculos de familiaridad.
"Juntos, nos atrevemos a decir": ésta es la invitación que propone el misal antes del Padrenuestro. Nuestra audacia no es la insolencia de unos hijos mal educados, sino la prerrogativa de unos hijos que pueden permitírselo todo, porque "son de casa". Nuestra oración puede hacerse insistente, porque Dios mismo nos da la seguridad del corazón renovado por el Espíritu (Dios cada dia, Sal terrae).
-Si uno de vosotros tiene un amigo... "¿Sabéis qué es la amistad? ¿Sabéis qué es tener un amigo?" La enseñanza de Jesús es a menudo interrogativa...
-... que llega a mitad de la noche para pedirle: "Préstame tres panes". Es concreto. Sencillo. Jesús acaba de aconsejarnos "pedir a Dios el pan nuestro de cada día", el necesario.
-... un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle", y si, desde dentro, el otro le responde: "¡Déjame en paz! la puerta está cerrada; los niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme a darte el pan". Escena viva. El visitante llegó tarde; aprovechó el fresco de la noche para viajar; hace calor en Palestina. Las viviendas de entonces, en el país de Jesús, constaban de una sola pieza; eran casas sencillas para gente sencilla. Todo el mundo duerme en el suelo, sobre una alfombra o una estera. Levantarse supone molestias para todos ¡y es complicado! Dejadnos en paz.
-Yo os digo: que acabará por levantarse y darle lo que necesita, si no por ser amigos, al menos para librarse de su importunidad. El amigo no ha cedido por amistad, sino para que le deje en paz, como el juez del que hablará Jesús más tarde (Lc 18,4-5). Eso no significa que Dios sea así, que ceda por cansancio: pero esta conducta pone de relieve "con mayor razón" la actitud del Padre que es bueno. "Si pues vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas... cuanto más vuestro Padre del cielo..."
-Pedid y se os dará. Buscad y encontraréis. Llamad y se os abrirá. Jesús afirma solemnemente que ¡Dios atiende la oración! Lo repite incansablemente y de diferentes modos.
-El que pide recibe. El que busca encuentra. Al que llama le abren. Hay que ir a Dios como pobre en la necesidad. La plegaria es ante todo una confesión de la propia indigencia: Señor, yo a eso no alcanzo... Señor, ando buscando... Señor, no comprendo... Señor, te necesito...
-¿Qué padre, si su hijo le pide pescado, le ofrecerá una culebra? y si le pide un huevo ¿le dará un alacrán? Pues si vosotros, malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos... Sería impensable que una madre no reaccionara así. Siguiendo la invitación de Jesús, voy a contemplar detenidamente el amor del corazón de las madres y de los padres de la tierra: tantas "cosas buenas" son "dadas" cada día, por millones de padres y madres, bajo el cielo de todo el orbe de la tierra. El calificativo "malos" no parece ser usado aquí para subrayar la corrupción del hombre, sino para valorar, a fortiori, la "bondad" de Aquel que da tantas "cosas buenas" a sus hijos.
-¡Cuánto más vuestro Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden! Mateo solamente hablaba de "cosas buenas" (Mt 7,11) Lucas se atreve a hablar del "don del Espíritu", que es para él, el don por excelencia, ese don maravilloso del cual tanto hablará en su libro Hechos de los Apóstoles (53 citas). La mejor respuesta a nuestras oraciones, es recibir todo un Espíritu Santo. “Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos "el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza"(Ga 5,22-23). "El Espíritu es nuestra Vida": cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf Mt 16,24-26), más "obramos también según el Espíritu" (Ga 5,25): ‘Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna’ (San Basilio)” (Catecismo, 736).
¡Ah, no! Dios no se mofa de nosotros. ¡Nos da, nada menos que su propio Espíritu! El que pide, recibe. Pedid y recibiréis (Noel Quesson).
El evangelio nos recomienda que seamos persistentes en la oración no porque Dios sea sordo, sino porque nosotros necesitamos perseverar para alcanzarlo. La naturaleza humana está generalmente caracterizada por la inconstancia. Nos amilanamos ante el primer obstáculo que se nos presenta en la consecución de nuestras metas y proyectos. Abandonamos la nave ante el menor indicio de tormenta.
Por esto, el evangelista nos invita a crecer en nuestras aspiraciones y a fortalecer nuestro espíritu con la oración constante. Pues el Reino no es una autopista ancha por la que entra el primero que lo intenta, sino un camino angosto que exige mucha calidad personal y mucho apoyo comunitario.
Si logramos cultivar una actitud perseverante, una entrega decidida, una sobriedad ante las dificultades, veremos que al término de nuestro esfuerzo está la generosa voluntad de Dios que nos ha acompañado desde el comienzo. Pero, tendremos una interesante ventaja: el esfuerzo nos hará crecer como personas y apreciaremos en su justo valor lo que hemos alcanzado, lo que Dios nos da. Pues, las cosas fáciles no son valiosas. Además, las parábolas nos ofrecen una visión de Dios como amigo. Esto resulta muy interesante en nuestra sociedad contemporánea. Pues, tendemos a considerar amigos a muchos que únicamente tienen alguna relación con nosotros. Sin embargo, las parábolas nos muestran a Dios como un amigo exigente y generoso en gran medida. Esta combinación no es muy frecuente en los que consideramos nuestros compañeros y amigos. Sin embargo, el evangelio nos la muestra como el verdadero rostro del Dios amistoso y espléndido.
Esa amistad con exigencia y vida en comunidad es lo que Jesús nos ofrece. Su propuesta no es una lánguida complicidad, un consuelo superfluo. Su amistad es un proyecto que nos hace crecer como personas, que nos convierte en mejores seres humanos (Servicio bíblico latinoamericano).
Hay tres verbos que sólo practican los sencillos: pedir, buscar, llamar. Si a estos verbos se les añade el adverbio "insistentemente" tenemos esbozado el programa de un verdadero seguidor de Jesús. Pedir supone reconocer que no tenemos todo lo que necesitamos, tomar conciencia de nuestros límites, admitir que Alguien tiene más que nosotros. Piden los pobres y los mendigos. No piden los autosuficientes.
Buscar implica experimentar la atracción de algo que tira de nosotros, admitir que hay un tesoro por el que merece la pena arriesgarse, sentir el aguijoneo de muchas preguntas para las cuales no existen respuestas prefabricadas. No buscan los que han sucumbido a la rutina, los perezosos y los desesperanzados.
Llamar es dirigirse a alguien con la confianza de que vamos a ser escuchados, invocar una presencia que nos supera y que al mismo tiempo se hace cargo de nosotros. No llaman los que temen que no haya nadie al otro lado de la puerta, los que no está preparados para entrar en el caso de que se abra.
Insistentemente significa todos los días, a todas horas, no sólo en ciertos momentos críticos, o cuando no encontramos otra cosa mejor.
Estas lecciones esenciales se pueden explicar así, con un lenguaje un poco árido, o se pueden explicar diciendo: "Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la medianoche..." Evidentemente, Jesús elige el modo más eficaz. Y por eso nos remueve por dentro.
Cuando uno pide, recibe; cuando busca, encuentra; cuando llama, se le abre. ¿Qué recibimos y encontramos? La síntesis de todo lo que podemos recibir y encontrar es el Espíritu Santo; es decir, todo lo que necesitamos para decir "Abbá" y para reconocer con nuestros labios y nuestro corazón que "Jesús es Señor". (gonzalo@claret.org).
Insistencia en la oracion como toma de conciencia comunitaria. La segunda parte de la secuencia contiene una parábola. Dios es comparado a un «amigo» a quien otro amigo acude de noche, como ya hemos dicho. También Dios, dice Jesús, hará lo mismo. Hay que «pedir», «buscar», «llamar», con la seguridad de que «se recibe lo que se pide», que «se encuentra lo que se busca», que «se abren las puertas cuando se llama» (11,9-10). Triple búsqueda, insistencia total. A continuación se pone una serie de ejemplos entresacados de la vida cotidiana. Para concluir con el envío del Espíritu Santo “a los que se lo piden!” (11,13). A diferencia de Mateo (Mt 7,11: «dará cosas buenas»), Lucas explicita que el don por excelencia es «el Espíritu Santo». La comunidad no tiene que pedir cosas materiales: es necesario que concentre su oración en el don del Espíritu, la fuerza de que Dios dispone para llevar a cabo el proyecto de comunidad fraterna que propugna Jesús.
Muchas veces nuestra oración no obtiene lo que pide. Y por ello, surge en nosotros el desaliento y el cansancio que nos llevan a abandonar sus práctica. La parábola del amigo importuno se nos presenta para advertirnos de lo irracional de este abandono.
Orar siempre sin desfallecer, aun cuando parece a nuestros ojos y a los de los que nos rodean que no obtenemos respuesta a nuestras peticiones, es la enseñanza fundamental de esta parábola que debemos asumir profundamente en nuestra vida. Nuestros amigos reaccionan ante nuestra insistencia buscando la calma en momentos en que preferirían hacer traición a la amistad, los padres de la tierra, a pesar de sus carencias, conceden las cosas buenas que sus hijos solicitan. Comparándolo con ellos, Dios es para nosotros un amigo siempre fiel que atiende a nuestras necesidades y es también el Padre bueno, ante Quien se ponen de manifiesto las carencias de toda otra paternidad. Pero de ese Amigo fiel y de ese Padre bueno no debemos esperar siempre una respuesta idéntica a la esperada. Podemos pedir muchas cosas buenas que tal vez no sean concedidas. Sin embargo, tengamos la certeza de que Dios responde siempre con un don que, a menudo, es superior a lo que habíamos pedido: el Espíritu Santo. Con Él se nos concede la fuerza necesaria para enfrentar todos los problemas y dificultades que entrecruzan nuestra existencia. Acompañados por Él podemos superar las angustias y medios que nos amenazan. Este es el fruto principal de la oración que justifica nuestra constancia y nuestra perseverancia en su práctica (Josep Rius-Camps).
Dios es el amigo que escucha desde dentro a quien es constante. Hemos de confiar en que terminará por darnos lo que pedimos, porque además de ser amigo, es Padre.
La segunda actitud que Jesús nos enseña es la confianza y el amor de hijos. La paternidad de Dios supera inmensamente a la humana, que es limitada e imperfecta: «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo...!» (Lc 11,13).
Tercera: hemos de pedir sobre todo el Espíritu Santo y no sólo cosas materiales. Jesús nos anima a pedirlo, asegurándonos que lo recibiremos: «...¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13). Esta petición siempre es escuchada. Es tanto como pedir la gracia de la oración, ya que el Espíritu Santo es su fuente y origen.
El beato fray Gil de Asís, compañero de san Francisco, resume la idea de este Evangelio cuando dice: «Reza con fidelidad y devoción, porque una gracia que Dios no te ha dado una vez, te la puede dar en otra ocasión. De tu cuenta pon humildemente toda la mente en Dios, y Dios pondrá en ti su gracia, según le plazca».
Profecía de Malaquías 3,13-20a. «Vuestros discursos son arrogantes contra mí -oráculo del Señor-. Vosotros objetáis: "¿Cómo es que hablamos arrogantemente?" Porque decís: "No vale la pena servir al Señor; ¿qué sacamos con guardar sus mandamientos?; ¿para qué andamos enlutados en presencia del Señor de los ejércitos? Al contrario: nos parecen dichosos los malvados; a los impíos les va bien; tientan a Dios, y quedan impunes." Entonces los hombres religiosos hablaron entre sí: "El Señor atendió y los escuchó." Ante él se escribía un libro de memorias a favor de los hombres religiosos que honran su nombre. Me pertenecen -dice el Señor de los ejércitos- como bien propio, el dia que yo preparo. Me compadeceré de ellos, como un padre se compadece del hijo que lo sirve. Entonces veréis la diferencia entre justos e impíos, entre los que sirven a Dios y los que no lo sirven. Porque mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el dia que ha de venir -dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.»
Salmo 1,1-2.3.4 y 6. R. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.
Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.
Evangelio según san Lucas 11,5-13. En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos: -«Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: "Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle." Y, desde dentro, el otro le responde: "No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos." Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿0 si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿0 si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»
Comentario: 1. Ml 3,13-20. Hoy leemos una página de otro profeta menor, Malaquías. No su anuncio más famoso de la Eucaristía (cuando prometía que "desde el levante hasta el poniente se ofrece a mi nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura": Ml 1,11), sino unas palabras que hacen referencia a la gran pregunta del bien y del mal. Como en Job, aquí resuena la duda: "no vale la pena servir al Señor, ¿qué sacamos con guardar sus mandamientos?". Los justos no parecen recibir ningún premio, mientras que los malos prosperan. ¿Vale la pena ser buenos? Seguramente se sitúa este escrito en el tiempo después de la vuelta del destierro, cuando ya han reconstruido el templo, pero las cosas no parece que mejoren mucho, y cunde el desánimo. La respuesta de Malaquías es apelar al gran día del juicio, "ardiente como un horno", en que se decidirá el destino de los buenos y los malos: "los malvados los quemaré y no quedará de ellos ni rama ni raíz", mientras que a "los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas". Es la pregunta de Job y la de Jeremías y la de tantos y tantos, de entonces y de ahora, que no entienden el silencio de Dios y quisieran que la cizaña fuera ya separada del trigo y que un rayo fulminara a los pueblos de Samaria que no reciben a Jesús... no podemos juzgar las personas, pero dentro notamos lo bueno y lo malo, y “la bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo, fuente de todo bien y de todo amor: ‘El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje "instintivo" la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad...Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro...La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha llegado a ser considerada como un bien en sí misma, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración’ (Newman)” (Catecismo, 1723).
Y qué duda cabe, que en nuestro tiempo junto al trigo hay cizaña, abundancia de cizaña… el amor de Dios es ignorado por muchos, como recordaba S. Josemaría, se oponen al reinado de Cristo… “¿Por qué, entonces, tantos lo ignoran? ¿Por qué se oye aún esa protesta cruel: nolumus hunc regnare super nos, no queremos que éste reine sobre nosotros? En la tierra hay millones de hombres que se encaran así con Jesucristo o, mejor dicho, con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina.
Ante ese triste espectáculo, me siento inclinado a desagraviar al Señor. Al escuchar ese clamor que no cesa y que, más que de voces, está hecho de obras poco nobles, experimento la necesidad de gritar alto: oportet illum regnare!, conviene que El reine.
Muchos no soportan que Cristo reine; se oponen a El de mil formas: en los diseños generales del mundo y de la convivencia humana; en las costumbres, en la ciencia, en el arte. ¡Hasta en la misma vida de la Iglesia! ‘Yo no hablo -escribe S. Agustín- de los malvados que blasfeman de Cristo. Son raros, en efecto, los que lo blasfeman con la lengua, pero son muchos los que lo blasfeman con la propia conducta’.
Oposición a Cristo: A algunos les molesta incluso la expresión Cristo Rey: por una superficial cuestión de palabras, como si el reinado de Cristo pudiese confundirse con fórmulas políticas; o porque, la confesión de la realeza del Señor, les llevaría a admitir una ley. Y no toleran la ley, ni siquiera la del precepto entrañable de la caridad, porque no desean acercarse al amor de Dios: ambicionan sólo servir al propio egoísmo”.
Pero Dios tiene paciencia. Jesús enseña a no precipitarse y a no adelantar el juicio, sino a dar tiempo a la libertad y a la conversión. Eso sí: en el horizonte -pronto o tarde, no lo sabemos- Dios anuncia que se celebrará el juicio justo, y "entonces veréis la diferencia entre justos e impíos".
Malaquías nos asegura que Dios lleva cuenta de nuestras buenas obras: "ante él se escribía un libro de memorias a favor de los que honran su nombre". A pesar de que parece estar callado, se da cuenta de todo: "me pertenecen... me compadeceré de ellos, como un padre se compadece del hijo que le sirve". Y no se dejará ganar en generosidad. Jesús dijo que recibiríamos el ciento por uno.
El libro de Malaquías cierra el rollo de los Doce Profetas Menores. Si el nombre corresponde a un profeta concreto, nada sabemos de su vida; pero la mayor parte de los comentaristas piensan que es una colección de oráculos anónimos, por las razones siguientes: -La palabra "mal'ak”" (ykalm) del encabezamiento del libro, que nuestras biblias transcriben por Malaquías (mensajero del Señor) parece tomada de 3,1 y es un nombre común con sufijo que significa "mi mensajero"; -Malaquías, como nombre propio es desconocido en el A.T.; -El testimonio de la versión de los LXX, del Talmud y del Targum de Jonatán lo interpretan también como nombre común; -El título de esta profecía: "Oráculo, palabra de Yahweh" es el mismo con que empiezan las dos secciones de que consta la segunda parte de Zacarías (9,1 y 12,1). Algunos piensan que originariamente existieron tres colecciones proféticas anónimas. El editor de los profetas menores con el fin de redondear el nœmero de Doce, nombre sagrado y símbolo de Israel, adosó las otras dos colecciones a Zacarías y editó ésta como profecía independiente en la forma actual. En cuanto a la fecha en que fueron proclamados, aunque no poseemos información directa, las indicaciones del libro, comparadas con los datos del de Nehemías, permiten datarlo con mucha probabilidad hacia la mitad del siglo V, poco antes de la reforma llevada a cabo por Esdras y Nehemías. La redacción tuvo que ser más tarde, quizás ya en la época griega.
El libro tiene una clara orientación pastoral, aunque le falta la fuerza argumental de los profetas preexílicos. Consta de seis secciones, todas ellas estructuradas de la misma manera. Su montaje es diagonal y parecido al género literario que llamamos diatriba. La secuencia es la siguiente: Yahweh o el profeta anuncia una tesis, que casi siempre coincide con expresiones o normas contenidas en el Deuteronomio; a continuación, esa doctrina es rebatida por el auditorio, pueblo o sacerdotes, con objeciones o reparos. Después sigue un breve desarrollo del tema o tesis inicial. 1º Sección: El amor de Yahweh hacia Israel: 1, 2-5. El destinatario de esta sección es la comunidad judía postexílica que se encuentra en una situación decadente. Empobrecida y hostigada, contrasta su situación actual con las brillantes descripciones que habían hecho los profetas preexilícos y, sobre todo, las de la tercera parte de Isaías. Este contraste provoca un clima de desaliento en que la fe está a punto de naufragar dando paso al escepticismo. ¿Dónde está el amor de Yahweh para con su pueblo? (Cfr. Dt 7,8). El Señor responde taxativamente: "Os he amado". Y da dos razones para demostrarlo. La primera es histórica, la elección de Jacob, desde antiguo. La segunda es actual, la actitud divina para con Edom, que por este tiempo simbolizaba a los enemigos de Israel. Edom había sido invadido por los Nabateos. Este desastre equivale a la restauración judía. San Pablo cita este oráculo (Rom 9,10-13), dando a entender claramente que es un modo extraño y paradójico de expresar la elección divina de su pueblo. 2º Sección: Pecados de los sacerdotes: 1,6-2,9. Yahweh es Padre y Señor. Tiene derecho a la honra que se refleja en el culto. Sin embargo, los sacerdotes habían deshonrado y menospreciado su nombre. No estaban a la altura de su vocación en su ministerio y en su conducta. Sus claudicaciones morales y religiosas repercutían en el pueblo. Su culto indigno les impedía realizar su ministerio de intercesión. Los pecados que Dios les echa en cara son: Violación de las leyes del culto en lo referente a la pureza de las víctimas (1,7-9). Violación de la Alianza (2,8). Violación de su oficio de enseñar la Ley con el consiguiente extravío del pueblo. Extravío del cual ellos son los principales responsables (2,7). Ante esta situación Dios les dirige una llamada a la conversión. Si la respuesta es positiva, Dios les perdonará y les amará. Si es negativa, tendrán por parte de Dios maldición y repudio (1,14; 2,1-2) y por parte del pueblo el desprecio (2,9).
En esta sección es importante el contenido de 1,11. En contraste con el culto indigno que le ofrecen los sacerdotes, Dios habla de un sacrificio universal y puro. Esta afirmación de universalidad y de reconocimiento de una oblación pura entre los gentiles sorprende en un oráculo centrado en la purificación del culto en el Templo. Ha sido interpretado en todas las épocas: Los viejos reformadores identificaban los goyim del oráculo con los prosélitos o con los judíos de la diáspora, más en concreto de Elefantina; pero era prácticamente imposible que un profeta de Palestina tuviera en cuenta esos cultos considerados siempre como cismáticos. Menos aún cabe pensar en un sincretismo del autor. Aún dentro de lo extraño de la afirmación, parece que el profeta pretende estimular a los profesionales del culto en el Templo, contrastando hiperbólicamente el culto de las naciones con el que se realiza en Jerusalén. Sería, pues, un recurso oratorio de enorme eficacia. con todo, los Santos Padres, desde muy antiguo, aplicaron este texto -la oblación pura- a la Eucaristía. San Jerónimo dice: "En todo lugar se ofrece una oblación no inmunda como en el pueblo de Israel, sino pura, la que se ofrece en las ceremonias de los cristianos". El Concilio de Trento también ve cumplido este oráculo en el Sacrificio eucarístico (Dz 1742). 3º Sección: Condenación de los matrimonios mixtos y del divorcio: 2,10-16. La profanación del Santuario a aumentado con los matrimonios mixtos y con los divorcios. Al casarse los israelitas con mujeres extranjeras, admitían a los dioses de ellas y se exponían a la idolatría. Por otra parte, al repudiar a la esposa de la juventud se reniega del único Dios que ha creado a los dos para que vivan en unidad (cf Gen 1,26). También en el Nuevo Testamento se refuerza la unidad del matrimonio recordando que tal fue el designio originario del Creador (cf Mt 5,31-32; 19,4-9; Ef 5,31-32). 4º Sección: El día de Yahweh: 2,17-3,5. El pueblo con sus quejas planteaba al profeta el problema de la retribución. No hay justicia, como lo demuestra el hecho de la prosperidad del impío. La respuesta es sorprendente y rica de contenido. La justicia de Dios se cumplirá en el Día de Yahweh. Dios vendrá para juzgar, pero su venida será precedida de un mensajero al estilo del heraldo de las monarquías orientales, cuya misión era anunciar la venida del rey, invitando a preparar el camino. Viene a continuación una lista de los pecados que serán objeto del juicio y que eran los más destacados en la vida de la comunidad: la magia, el adulterio, el perjurio, los pecados sociales contra la justicia y todo tipo de opresión (3,5; cf Sal 15). 5º Sección: Desprecio de los diezmos del templo: 3,6-16. La violación de la ley de los diezmos es otro de los pecados de la comunidad (cf Num 18,21). De nuevo les recuerda que la situación presente de miseria y escasez es debida a su incumplimiento de los preceptos legales. La obediencia a la ley y la conversión al Señor les garantizará la prosperidad (3,6-12). La mención casuística de los diezmos es señal de que estamos en una época muy tardía. 6º Sección: El juicio de Dios: 3,13-21. El problema planteado en esta sección es nuevamente el de la retribución. Lo único que cambia son los protagonistas. Ahora son los justos los que se quejan. La respuesta es la misma. En el Día de Yahweh justos y pecadores recibirán su recompensa (3,16-21). Este modo de enfocar el problema de la justicia de Dios supone un gran avance sobre el concepto tradicional de la retribución inmediata. Para Malaquías la justicia de Dios tendrá un cumplimiento escatológico. Y, aunque no se entreve con claridad la vida y la justicia de ultratumba que aportará con claridad el N.T., la doctrina de Malaquías es un paso muy claro hacia ella.
Un pequeño apéndice cierra el libro (3,23-25). Es una exhortación a la observancia de la ley según el estilo y el espíritu deuteronomista. Parece una conclusión redacción al conjunto de los libros proféticos, valorando casi del mismo moda a Moisés, principal autor de la Ley, y a Elías, prototipo de profeta. En la Transfiguración del Señor (Mt 17,3ss y par.) hay una clara resonancia de este texto. La mención del día del Señor pone de manifiesto que los libros proféticos están abiertos a un futuro escatológico.
El mensaje de Malaquías es, ante todo, un mensaje existencial. Es la respuesta concreta a una situación y a unos problemas que afectaban vivamente a la comunidad. Respuesta de fe para ser traducida en la vida. Pero al mismo tiempo, contiene una rica teología. La solución que da al problema de la retribución está ya próxima a la del N. T. La justicia de Dios no se cumple aquí y ahora. Tiene lugar en la era escatológica. Dios es justo, y como tal, juzgará individualmente a los justos y pecadores. Para Malaquías no es la condición de miembro escogido la que salva, sino únicamente la condición de justo.
Dos novedades interesantes aporta Malaquías a la doctrina mesiánica: la indicación del mensajero misterioso que precederá a la venida del Señor (3,1) en el cual la tradición cristiana ha reconocido a San Juan Bautista (Mt 11,10-14). Y sobre todo la "oblación pura", sacrificio perfecto de la era mesiánica que, como se ha dicho, la Iglesia ve cumplido en el Sacrificio eucarístico cristiano.
-Duras me resultan vuestras palabras, dice el Señor. No es sólo de HOY que los hombres «contestan» a Dios. Al regresar a Palestina los exiliados soñaban en que todo les resultaría fácil. Mas, después de la alegría exultante del retorno, se instaura la monotonía y vienen las dificultades. Ahora el Templo está reconstruido. Pero, en medio de las pruebas cotidianas, la fidelidad a Dios resulta difícil.
-He aquí lo que habéis dicho: «Servir a Dios es cosa vana. ¿Qué ganamos con guardar sus preceptos o con llevar una vida gris en la presencia del Señor del universo?» La tentación de vivir «sin Dios». ¡Servir a Dios es cosa vana! ¿Por qué privarse? ¿Por qué no vivir como los paganos que nos rodean y que parecen muy felices, mientras que nosotros vivimos «sin alegría»? Es una tentación permanente, también HOY para nosotros, el dejarse influenciar por el paganismo y el materialismo ambiental. Danos, Señor, la alegría de servirte, incluso cuando las circunstancias exteriores tiendan a entristecernos.
-Más bien declaramos felices a los arrogantes. Aun haciendo el mal prosperan. Aun tentando a Dios, salen adelante. Es la eterna cuestión de la felicidad de los malos y de la desgracia que sobreviene al justo. ¿Quién de nosotros no ha formulado a Dios esa temible cuestión? Hoy, menos que nunca, no podemos taparnos los ojos. ¿Por qué hay tanto mal, tanto pecado, tanta desgracia? Respóndenos, Señor. El Señor prestó atención y oyó. Se escribió ante él un memorial en favor de los que temen al Señor y que cuidan de su nombre. Primera respuesta: el mundo no está acabado. Dios recuerda. Hay que esperar el fin. Dios se pondrá de parte de los que le temen.
-Serán ellos para mí, en el día que yo preparo. Seré indulgente con ellos como es indulgente un padre con el hijo que le sirve fielmente. Segunda respuesta: Los justos obtendrán su recompensa. Dios los ama, como un padre ama a sus hijos fieles.
-De nuevo distinguiréis la diferencia entre el justo y el impío; entre quien sirve a Dios y el que no quiere servirle. Tercera respuesta: Aun cuando, aquí abajo, ahora no parece haber justicia, esta justicia vendrá. No juzguemos pues precipitadamente, ni según las apariencias. Dios no tiene prisa. Ve más allá. Ayúdanos, Señor, a tomar distancias para juzgar según tu punto de vista.
-Pues he aquí que viene el Día abrasador como un horno. Todos los arrogantes y los que cometen impiedad serán como paja. Los consumirá el Día que viene. Es una imagen. Pero, ¡cuán terrible!
-Pero para vosotros, que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia: aportará la salud en sus rayos. Finalmente, pues, surge la esperanza. Señor, haz que crezca en nosotros esta esperanza (Noel Quesson).
Hemos amado a Dios: reconstruimos su templo y hemos tratado de vivirle fieles; pero ¿cómo nos ha amado Dios a nosotros? Parece que premia mejor a los que se comportan mal que a nosotros que caminamos en su presencia. Y el Señor se muestra abrumado por esos reclamos e indica a su Pueblo que jamás deben desconfiar de Él. Ante Él no cuentan las riquezas, sino la fidelidad. Efectivamente: ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su vida? Ojalá y no perdamos el rumbo cuando decimos dirigirnos a Dios. Ojalá y jamás dejemos de manifestarnos como hijos de Dios que, aún en las grandes pruebas le vivan fieles. Dios velará siempre por nosotros y siempre estará de nuestra parte. Si vivimos entre pobrezas y persecuciones, que no sea por culpa nuestra; si abundamos en bienes que no apeguemos a ellos nuestro corazón, pues el Señor nos quiere no como quien almacena buscando su seguridad en lo pasajero, sino como administradores de sus bienes en favor de los demás. Quien ha cambiado a Dios por lo pasajero al final, ya demasiado tarde, comprenderá que nadie puede comprar ante Dios su propio rescate, y que sólo vivirán con Él para siempre quienes le fueron fieles y no pasaron de largo ante las miserias de su prójimo.
La expresión “sol de justicia” del final de la lectura de hoy aplicada a la venida del Señor encuentra su eco en el canto de Zacarías (Lc 1,78): “el Señor ha venido ciertamente en la tarde de un mundo en declive y casi cercano al fin de su curso, pero con su venida, puesto que Él es el Sol de justicia, ha regenerado un día nuevo para aquellos que creen” (Orígenes).
2. El salmo nos quiere infundir esta confianza: "dichoso el que ha puesto su confianza en el Señor, que no sigue el consejo de los impíos ni entra por la senda de los pecadores, sino que su gozo es la ley del Señor. No así los impíos, no así, serán paja que arrebata el viento". Es la confianza que Jesús nos confirmó más gozosamente: "venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros" (Mt 25,34). El Sal 1 nos invita a hacer meditación sobre cada acontecimiento de la vida humana, a la luz de la Ley de Dios y en unión con Jesús. Dichoso el hombre que sigue los caminos del Señor, y desgraciado el que los desprecia: los términos “seguir”, “detenerse” y “tomar asiento” indican tres estadios sucesivos de alejamiento de la conducta recta, que en cambio orientan en la Ley divina el criterio para orientar la vida. La imagen del árbol frondoso significa la prosperidad y bienestar. Con el árbol firme contrasta la paja o polvo de la era dispersados por el viento, con la que se compara la vida de los impíos y pecadores… que no podrán imponerse sobre los justos, porque en definitiva, es el Señor quien juzga la conducta de unos y otros. Es una invitación a seguir leyendo los salmos, que nos hablan de esta ley divina, como Juan Pablo II recordaba: “La Iglesia se ha referido a menudo a la doctrina tomista sobre la ley natural, asumiéndola en su enseñanza moral. Así, mi venerado predecesor León XIII ponía de relieve la esencial subordinación de la razón y de la ley humana a la Sabiduría de Dios y a su ley. Después de afirmar que "la ley natural está escrita y grabada en el ánimo de todos los hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la misma razón humana que nos manda hacer el bien y nos íntima a no pecan". León XIII se refiere a la "razón más alta" del Legislador divino. "Pero tal prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz e intérprete de una razón más alta, a la que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos." En efecto, la fuerza de la ley reside en su autoridad de imponer unos deberes, otorgar unos derechos y sancionar ciertos comportamientos: "Ahora bien, todo esto no podría darse en el hombre si fuese él mismo quien, como legislador supremo, se diera la norma de sus acciones". Y concluye: "De ello se deduce que la ley natural es la misma ley eterna, insita en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les conviene, es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo".
El hombre puede reconocer el bien y el mal gracias a aquel discernimiento del bien y del mal que él mismo realiza mediante su razón iluminada por la Revelación divina y por la fe, en virtud de la ley que Dios ha dado al pueblo elegido, empezando por los mandamientos del Sinaí. Israel fue llamado a recibir y vivir la ley de Dios como don particular y signo de la elección y de la Alianza divina, y a la vez como garantía de la bendición de Dios. Así Moisés podía dirigirse a los hijos de Israel y preguntarles? ¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor nuestro Dios siempre que le invocamos? Y ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?" (Dt 4 7-8). Es en los Salmos donde encontramos los sentimientos de alabanza, gratitud y veneración que el pueblo elegido está llamado a tener hacia la ley de Dios, junto con la exhortación a conocerla, meditarla y traducirla en la vida: "¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, mas se complace en la ley del Señor, su ley susurra día y noche". (Sal 1,1-2). "La ley del Señor es perfecta, consolación del alma, el dictamen del Señor, veraz, sabiduría del sencillo. Los preceptos del Señor son rectos, gozo del corazón; claro el mandamiento del Señor, luz de los ojos" (Sal 19/18,8-9)”.
Andemos conforme a la Inspiración del Espíritu de Dios en nosotros. Vayamos en el camino del Señor que nos conduce a la salvación. Sentémonos a los pies del Señor como discípulos para escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Entonces no habremos equivocado del Camino que lleva a la Vida. Entonces seremos como árbol plantado junto al río y no como paja que se lleva el viento. Entonces, cuanto emprendamos tendrá éxito, pues, aun cuando tengamos que padecer, llegaremos a la perfección del Hijo que aprendió a obedecer padeciendo y que llegó a su perfección dando su vida por amor a su Padre y por amor a nosotros, convirtiéndose a sí en causa de salvación para todos. Por eso, apartémonos del camino que conduce a la muerte y vivamos, no como impíos, ni pecadores, ni cínicos, sino como quienes han sido reconciliados con Dios y hechos justos mediante la fe en Cristo Jesús.
3. Lc 11,5-13. Siguiendo con su enseñanza sobre la oración -anteayer la escucha de la palabra, ayer el Padrenuestro-, hoy nos propone Jesús dos pequeños apólogos tomados de la vida familiar: el del amigo impertinente y el del padre que escucha las peticiones de su hijo. En los dos, nos asegura que Dios atenderá nuestra oración. Si lo hace el amigo, al menos por la insistencia del que le pide ayuda, y si lo hace el padre con su hijo, ¡cuánto más no hará Dios con los que le piden algo! Jesús nos asegura: "vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden", o sea, nos dará lo mejor, su Espiritu, la plenitud de todo lo que le podemos pedir nosotros.
Jesús nos invita a perseverar en nuestra oración, a dirigir confiadamente nuestras súplicas al Padre. Y nos asegura que nuestra oración será siempre eficaz, será siempre escuchada: "si vosotros sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial...?" La eficacia consiste en que Dios siempre escucha. Que no se hace el sordo ante nuestra oración. Porque todo lo bueno que podamos pedir ya lo está pensando antes él, que quiere nuestro bien más que nosotros mismos. Es como cuando salimos a tomar el aire o nos ponemos al sol o nos damos un baño en el mar: nosotros nos ponemos en marcha con esa intención, pero el aire y el sol y el agua ya estaban allí. Cuando le pedimos a Dios que nos ayude -manifestando así nuestra debilidad y nuestra confianza de hijos-, nos ponemos en sintonía con sus deseos, que son previos a los nuestros.
Lucas tiene una variante expresiva: Dios nos concederá su Espíritu Santo. Nos concederá el bien pleno que él nos prepara, no necesariamente el que nosotros pedimos, que suele ser muy parcial. Es como cuando Jesús pidió que "pasara de él este cáliz", o sea, ser liberado de la muerte. En efecto, dice la Carta a los Hebreos (Hb 5,7) que "fue escuchado", pero fue liberado de la muerte a través de ella, después de experimentarla, no antes. Y así se convirtió en causa de salvación para toda la humanidad. No sabemos cómo cumplirá Dios nuestras peticiones. Lo que sí sabemos -nos lo asegura Jesús- es que nos escucha como un Padre a sus hijos.
Podríamos leer hoy unas páginas del Catecismo que nos pueden ayudar a entender en qué consiste la eficacia de nuestra oración. Son las que dedica al "combate de la oración", describiendo las objeciones a la oración en el mundo de hoy, por ejemplo las "quejas por la oración no.escuchada", a la vez que invita a orar con confianza y perseverancia (números 2725-2745; J. Aldazábal).
Santa Teresa veía que el Señor nos da todo lo que le pedimos (ver cita en Biblia de Navarra). Nuestra oración es ciertamente petición, pero nada tiene que ver con un regateo mercantil, o con una victoria que alcanzar. En ella pedimos, invocamos: es decir, apelamos a una realidad reconocida y -¿me atreveré a decirlo?- a un derecho. "Acuérdate, Dios Padre, de lo que has realizado por tu Hijo amado". Esa es la razón profunda de nuestra audacia y de nuestra temeridad: nos atrevemos a "asediar" a Dios, ya que no hacemos más que enfrentarlo -una vez más me atrevo a decirlo- con su responsabilidad. Dios ha caído en la trampa que El mismo se ha fabricado: nos atrevemos a correr el riesgo de pedirle algo, precisamente porque El mismo ha establecido con nosotros vínculos de familiaridad.
"Juntos, nos atrevemos a decir": ésta es la invitación que propone el misal antes del Padrenuestro. Nuestra audacia no es la insolencia de unos hijos mal educados, sino la prerrogativa de unos hijos que pueden permitírselo todo, porque "son de casa". Nuestra oración puede hacerse insistente, porque Dios mismo nos da la seguridad del corazón renovado por el Espíritu (Dios cada dia, Sal terrae).
-Si uno de vosotros tiene un amigo... "¿Sabéis qué es la amistad? ¿Sabéis qué es tener un amigo?" La enseñanza de Jesús es a menudo interrogativa...
-... que llega a mitad de la noche para pedirle: "Préstame tres panes". Es concreto. Sencillo. Jesús acaba de aconsejarnos "pedir a Dios el pan nuestro de cada día", el necesario.
-... un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle", y si, desde dentro, el otro le responde: "¡Déjame en paz! la puerta está cerrada; los niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme a darte el pan". Escena viva. El visitante llegó tarde; aprovechó el fresco de la noche para viajar; hace calor en Palestina. Las viviendas de entonces, en el país de Jesús, constaban de una sola pieza; eran casas sencillas para gente sencilla. Todo el mundo duerme en el suelo, sobre una alfombra o una estera. Levantarse supone molestias para todos ¡y es complicado! Dejadnos en paz.
-Yo os digo: que acabará por levantarse y darle lo que necesita, si no por ser amigos, al menos para librarse de su importunidad. El amigo no ha cedido por amistad, sino para que le deje en paz, como el juez del que hablará Jesús más tarde (Lc 18,4-5). Eso no significa que Dios sea así, que ceda por cansancio: pero esta conducta pone de relieve "con mayor razón" la actitud del Padre que es bueno. "Si pues vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas... cuanto más vuestro Padre del cielo..."
-Pedid y se os dará. Buscad y encontraréis. Llamad y se os abrirá. Jesús afirma solemnemente que ¡Dios atiende la oración! Lo repite incansablemente y de diferentes modos.
-El que pide recibe. El que busca encuentra. Al que llama le abren. Hay que ir a Dios como pobre en la necesidad. La plegaria es ante todo una confesión de la propia indigencia: Señor, yo a eso no alcanzo... Señor, ando buscando... Señor, no comprendo... Señor, te necesito...
-¿Qué padre, si su hijo le pide pescado, le ofrecerá una culebra? y si le pide un huevo ¿le dará un alacrán? Pues si vosotros, malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos... Sería impensable que una madre no reaccionara así. Siguiendo la invitación de Jesús, voy a contemplar detenidamente el amor del corazón de las madres y de los padres de la tierra: tantas "cosas buenas" son "dadas" cada día, por millones de padres y madres, bajo el cielo de todo el orbe de la tierra. El calificativo "malos" no parece ser usado aquí para subrayar la corrupción del hombre, sino para valorar, a fortiori, la "bondad" de Aquel que da tantas "cosas buenas" a sus hijos.
-¡Cuánto más vuestro Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden! Mateo solamente hablaba de "cosas buenas" (Mt 7,11) Lucas se atreve a hablar del "don del Espíritu", que es para él, el don por excelencia, ese don maravilloso del cual tanto hablará en su libro Hechos de los Apóstoles (53 citas). La mejor respuesta a nuestras oraciones, es recibir todo un Espíritu Santo. “Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos "el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza"(Ga 5,22-23). "El Espíritu es nuestra Vida": cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf Mt 16,24-26), más "obramos también según el Espíritu" (Ga 5,25): ‘Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna’ (San Basilio)” (Catecismo, 736).
¡Ah, no! Dios no se mofa de nosotros. ¡Nos da, nada menos que su propio Espíritu! El que pide, recibe. Pedid y recibiréis (Noel Quesson).
El evangelio nos recomienda que seamos persistentes en la oración no porque Dios sea sordo, sino porque nosotros necesitamos perseverar para alcanzarlo. La naturaleza humana está generalmente caracterizada por la inconstancia. Nos amilanamos ante el primer obstáculo que se nos presenta en la consecución de nuestras metas y proyectos. Abandonamos la nave ante el menor indicio de tormenta.
Por esto, el evangelista nos invita a crecer en nuestras aspiraciones y a fortalecer nuestro espíritu con la oración constante. Pues el Reino no es una autopista ancha por la que entra el primero que lo intenta, sino un camino angosto que exige mucha calidad personal y mucho apoyo comunitario.
Si logramos cultivar una actitud perseverante, una entrega decidida, una sobriedad ante las dificultades, veremos que al término de nuestro esfuerzo está la generosa voluntad de Dios que nos ha acompañado desde el comienzo. Pero, tendremos una interesante ventaja: el esfuerzo nos hará crecer como personas y apreciaremos en su justo valor lo que hemos alcanzado, lo que Dios nos da. Pues, las cosas fáciles no son valiosas. Además, las parábolas nos ofrecen una visión de Dios como amigo. Esto resulta muy interesante en nuestra sociedad contemporánea. Pues, tendemos a considerar amigos a muchos que únicamente tienen alguna relación con nosotros. Sin embargo, las parábolas nos muestran a Dios como un amigo exigente y generoso en gran medida. Esta combinación no es muy frecuente en los que consideramos nuestros compañeros y amigos. Sin embargo, el evangelio nos la muestra como el verdadero rostro del Dios amistoso y espléndido.
Esa amistad con exigencia y vida en comunidad es lo que Jesús nos ofrece. Su propuesta no es una lánguida complicidad, un consuelo superfluo. Su amistad es un proyecto que nos hace crecer como personas, que nos convierte en mejores seres humanos (Servicio bíblico latinoamericano).
Hay tres verbos que sólo practican los sencillos: pedir, buscar, llamar. Si a estos verbos se les añade el adverbio "insistentemente" tenemos esbozado el programa de un verdadero seguidor de Jesús. Pedir supone reconocer que no tenemos todo lo que necesitamos, tomar conciencia de nuestros límites, admitir que Alguien tiene más que nosotros. Piden los pobres y los mendigos. No piden los autosuficientes.
Buscar implica experimentar la atracción de algo que tira de nosotros, admitir que hay un tesoro por el que merece la pena arriesgarse, sentir el aguijoneo de muchas preguntas para las cuales no existen respuestas prefabricadas. No buscan los que han sucumbido a la rutina, los perezosos y los desesperanzados.
Llamar es dirigirse a alguien con la confianza de que vamos a ser escuchados, invocar una presencia que nos supera y que al mismo tiempo se hace cargo de nosotros. No llaman los que temen que no haya nadie al otro lado de la puerta, los que no está preparados para entrar en el caso de que se abra.
Insistentemente significa todos los días, a todas horas, no sólo en ciertos momentos críticos, o cuando no encontramos otra cosa mejor.
Estas lecciones esenciales se pueden explicar así, con un lenguaje un poco árido, o se pueden explicar diciendo: "Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la medianoche..." Evidentemente, Jesús elige el modo más eficaz. Y por eso nos remueve por dentro.
Cuando uno pide, recibe; cuando busca, encuentra; cuando llama, se le abre. ¿Qué recibimos y encontramos? La síntesis de todo lo que podemos recibir y encontrar es el Espíritu Santo; es decir, todo lo que necesitamos para decir "Abbá" y para reconocer con nuestros labios y nuestro corazón que "Jesús es Señor". (gonzalo@claret.org).
Insistencia en la oracion como toma de conciencia comunitaria. La segunda parte de la secuencia contiene una parábola. Dios es comparado a un «amigo» a quien otro amigo acude de noche, como ya hemos dicho. También Dios, dice Jesús, hará lo mismo. Hay que «pedir», «buscar», «llamar», con la seguridad de que «se recibe lo que se pide», que «se encuentra lo que se busca», que «se abren las puertas cuando se llama» (11,9-10). Triple búsqueda, insistencia total. A continuación se pone una serie de ejemplos entresacados de la vida cotidiana. Para concluir con el envío del Espíritu Santo “a los que se lo piden!” (11,13). A diferencia de Mateo (Mt 7,11: «dará cosas buenas»), Lucas explicita que el don por excelencia es «el Espíritu Santo». La comunidad no tiene que pedir cosas materiales: es necesario que concentre su oración en el don del Espíritu, la fuerza de que Dios dispone para llevar a cabo el proyecto de comunidad fraterna que propugna Jesús.
Muchas veces nuestra oración no obtiene lo que pide. Y por ello, surge en nosotros el desaliento y el cansancio que nos llevan a abandonar sus práctica. La parábola del amigo importuno se nos presenta para advertirnos de lo irracional de este abandono.
Orar siempre sin desfallecer, aun cuando parece a nuestros ojos y a los de los que nos rodean que no obtenemos respuesta a nuestras peticiones, es la enseñanza fundamental de esta parábola que debemos asumir profundamente en nuestra vida. Nuestros amigos reaccionan ante nuestra insistencia buscando la calma en momentos en que preferirían hacer traición a la amistad, los padres de la tierra, a pesar de sus carencias, conceden las cosas buenas que sus hijos solicitan. Comparándolo con ellos, Dios es para nosotros un amigo siempre fiel que atiende a nuestras necesidades y es también el Padre bueno, ante Quien se ponen de manifiesto las carencias de toda otra paternidad. Pero de ese Amigo fiel y de ese Padre bueno no debemos esperar siempre una respuesta idéntica a la esperada. Podemos pedir muchas cosas buenas que tal vez no sean concedidas. Sin embargo, tengamos la certeza de que Dios responde siempre con un don que, a menudo, es superior a lo que habíamos pedido: el Espíritu Santo. Con Él se nos concede la fuerza necesaria para enfrentar todos los problemas y dificultades que entrecruzan nuestra existencia. Acompañados por Él podemos superar las angustias y medios que nos amenazan. Este es el fruto principal de la oración que justifica nuestra constancia y nuestra perseverancia en su práctica (Josep Rius-Camps).
Dios es el amigo que escucha desde dentro a quien es constante. Hemos de confiar en que terminará por darnos lo que pedimos, porque además de ser amigo, es Padre.
La segunda actitud que Jesús nos enseña es la confianza y el amor de hijos. La paternidad de Dios supera inmensamente a la humana, que es limitada e imperfecta: «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo...!» (Lc 11,13).
Tercera: hemos de pedir sobre todo el Espíritu Santo y no sólo cosas materiales. Jesús nos anima a pedirlo, asegurándonos que lo recibiremos: «...¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13). Esta petición siempre es escuchada. Es tanto como pedir la gracia de la oración, ya que el Espíritu Santo es su fuente y origen.
El beato fray Gil de Asís, compañero de san Francisco, resume la idea de este Evangelio cuando dice: «Reza con fidelidad y devoción, porque una gracia que Dios no te ha dado una vez, te la puede dar en otra ocasión. De tu cuenta pon humildemente toda la mente en Dios, y Dios pondrá en ti su gracia, según le plazca».
martes, 4 de octubre de 2011
Miércoles de la 27ª semana. La misericordia divina es inmensa. Jesús nos invita a dejarnos querer por Dios, abrirle nuestro corazón cada día con el tr
Miércoles de la 27ª semana. La misericordia divina es inmensa. Jesús nos invita a dejarnos querer por Dios, abrirle nuestro corazón cada día con el trato filial de la oración del Padrenuestro.
Profecía de Jonás 4,1-11. Jonás sintió un disgusto enorme y estaba irritado. Oró al Señor en estos términos: -«Señor, ¿no es esto lo que me temía yo en mi tierra? Por eso me adelanté a huir a Tarsis, porque sé que eres compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, que te arrepientes de las amenazas. Ahora, Señor, quítame la vida; más vale morir que vivir. » Respondióle el Señor: -«¿Y tienes tú derecho a irritarte?» Jonás había salido de la ciudad, y estaba sentado al oriente. Allí se habla hecho una choza y se sentaba a la sombra, esperando el destíno de la ciudad. Entonces hizo crecer el Señor un ricino, alzándose por encima de Jonás para darle sombra y resguardarle del ardor del sol. Jonás se alegró mucho de aquel ricino. Pero el Señor envió un gusano, cuando el sol salía al día siguiente, el cual dañó al ricino, que se secó. Y, cuando el sol apretaba, envió el Señor un viento solano bochornoso; el sol hería la cabeza de Jonás, haciéndole desfallecer. Deseó Jonás morir, y dijo: -«Más me vale morir que vivir.» Respondió el Señor a Jonás: -«¿Crees que tienes derecho a irritarte por el ricino?» Contestó él: -«Con razón siento un disgusto mortal.» Respondióle el Señor: -«Tú te lamentas por el ricino, que no cultivaste con tu trabajo, y que brota una noche y perece la otra. Y yo, ¿no voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad, que habitan más de ciento veinte mil hombres, que no distinguen la derecha de la izquierda, y gran cantidad de ganado?»
Salmo 85,3-4.5-6.9-10. R. Tú, Señor, eres lento a la cólera, rico en piedad.
Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti.
Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica.
Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios.»
Evangelio según san Lucas 11,1-4. Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: -«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» Él les dijo: -«Cuando oréis decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación."»
Comentario: 1.- Jon 4,1-11. Jonás, el anti-profeta, muestra en verdad un corazón mezquino. Su reacción ante el perdón de Dios es impresentable: se enfada y entra en una crisis de depresión, hasta desearse la muerte. ¿Cómo puede irritarse un profeta de que la gente se convierta a Dios y que éste les perdone? ¿cómo puede reprochar a Dios: "ya sabía yo que eres compasivo y te arrepientes de tus amenazas"? Jesús nos ha repetido que la «alegría de Dios» era perdonar y que nosotros tenemos que «regocijarnos con él» (Lucas 15, 6-7). -Bien sabía yo que Tú eres un Dios clemente y misericordioso, tardo a la ira y rico en amor, que renuncia al castigo. Yo también sé todo esto, lo sé de sobras. Hasta el punto de que casi no me extraña. Con todo, es preciso que me repitas, Señor, que Tú eres así... conmigo y con todos los hombres... con los más grandes pecadores. La venida de tu Hijo, que "bajó del cielo por nosotros, los hombres y por nuestra salvación" ¡es la prueba más brillante y definitiva de ello! ¿Soy yo, a tu imagen, «clemente y misericordioso, tardo en la ira y rico en amor, renunciando a dañar y disgustar a nadie»?
-Jonás salió de Nínive y se sentó... El Señor dispuso una planta de ricino que creciese por encima de Jonás, para dar sombra a su cabeza y librarle así de su malestar. Jonás se puso muy contento por aquel ricino... ¡Dios demuestra a la vez su delicadeza y su humor! ¡Pobre Jonás que con su celosa hosquedad es el más digno de compasión! Pero al día siguiente, al rayar el alba, el Señor mandó a un gusano y el gusano picó al ricino que se secó. Y al salir el sol, mandó Dios un sofocante viento del este. Jonás sufrió insolación y sintiéndose desfallecer, se deseó la muerte.
La parábola del ricino que se seca es la respuesta de Dios, irónica y expresiva: a Jonás le sabe mal que se seque aquella planta que era la que le daba un poco de sombra. ¿Y se extraña de que a Dios le duela que se vaya a perder todo un pueblo como el de Nínive, que también son criaturas de Dios?
Seguramente nuestra actitud no será tan ridícula como la de Jonás. Recordemos que el relato es caricaturizado, porque su autor quiere "dejar mal" a los judíos en su cerrazón, en contraste con los paganos que sí se convierten a Dios. El que queda mal, en la historia, es el pueblo judío, que no supo realizar su papel de "mediador de bendición para todos los pueblos", como Dios le había anunciado a Abrahán, y se encerró en su propio egoísmo. Pero algo de la actitud de Jonás, con sus depresiones y sus pataletas infantiles, nos puede pasar a nosotros: ¿nos sabe mal que no caigan los castigos de Dios sobre los que juzgamos corruptos y malvados? Jonás anunció el castigo y luego resultó que Dios perdonó, y eso es lo que le sabe mal: pero ¿se trata de quedar yo bien, como anunciador de desgracias, o de que se salve la gente? Reaccionaríamos como Jonás -y como el hermano mayor del hijo pródigo- si fuéramos de corazón mezquino y egoísta, que sólo queremos el bien para nosotros mismos, y que los demás reciban su merecido. ¿Nos cuesta perdonar", ¿nos sabe mal que Dios perdone? ¿que la oveja descarriada entre de nuevo en el redil sin castigo? ¿que el hijo pródigo sea recibido con fiesta y todo? ¿que el buen ladrón alcance el Reino en el último momento? Apliquémonos con humildad el apólogo del ricino, en que Dios aparece preocupado de que no se le pierda un pueblo tan numeroso. ¡Qué hermosa "excusa" da Dios, qué elegante capote lanza a la maldad de Nínive: "no distinguen la derecha de la izquierda"! No se han enterado, no saben, no tienen tanta culpa como parece. ¡Hasta se preocupa de "la gran cantidad de ganado" que se va a perder! ¿Sabemos disculpar a la juventud y a la sociedad de que no tengan la fe que nosotros desearíamos? ¿es que puede tener tanta culpa una persona por no creer, con las ventoleras que le marean en este mundo y la poca formación que ha recibido?
Creamos en el amor de Dios, "bueno y clemente, rico en misericordia con los que le invocan". Y tengamos también nosotros un corazón más abierto y tolerante para con este mundo.
¿Qué es más de admirar, la perspicacia del autor o la ironía divina? Del libro se desprende una lección válida para todos los tiempos y todas las latitudes, ya que siempre habrá Jonás más preocupados de su ricino que de la salvación de los ninivitas. El profeta se escandaliza cuando descubre que su Dios es "un Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor".¡Seguramente creía que Dios era quisquilloso y gruñón! ¡Voltaire tenía razón cuando decía que, si Dios ha creado al hombre a su imagen, el hombre le ha devuelto la pelota! Con la TOB (traducción ecuménica de la Biblia) podemos admirar la belleza poética de algunas expresiones como "hija de una noche, desapareció la planta a la edad de una noche"; y la expresividad de algunas frases como la final: "no distinguen su derecha de su izquierda", que podría remitir al tema de los dos caminos, el que conduce a la vida y el que conduce a la muerte. Finalmente, se advertirá que el número ciento veinte mil tiene un significado universalista (Dios cada dia: Sal terrae).
Después del imponente pez que había conducido Jonás al camino recto, vemos que ahora entra en escena un animalito, un gusano minúsculo y que ¡nos va a permitir sacar la lección final! Es muy raro para un padre o madre de familia con muchos hijos que éstos, un día u otro no le aporten serios problemas. ¡Y Tú, Señor, Padre de tantos hijos amados! -¿Y no voy a tener yo lástima de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y de una gran cantidad de animales? Sobre el número de los ninivitas, comenta S. Juan Crisóstomo: “no menciona esta número tan grande sin un propósito determinado. Lo hace para que aprendas que cada oración, cuando se ofrece en unión de muchas voces, tiene un gran poder”. ¡Dios ama! Dios quiere la vida y la felicidad de sus hijos. Tal es la admirable conclusión de esta parábola. Oro a partir de ella (Noel Quesson).
El camino que nos lleva a la perfección puede causarnos demasiados problemas; pues, por desgracia, a veces no entendemos sino a base de grandes golpes que nos sientan a reflexionar sobre lo que en realidad es Dios y lo que nos imaginamos, equivocadamente de Él. A veces no quisiéramos dejar actuar a Dios; más aún: quisiéramos un dios a la medida de nuestros intereses, de nuestros pensamientos, de nuestros egoísmos religiosos para manipularlo a nuestro antojo. Pero Dios se escapa de cualquier trampa que le tendamos y nos manifiesta que, así como Él ama a todos sin distinción, así hemos de amarnos unos y otros. ¡Qué alegría tan grande hay en el cielo por un sólo pecador que se convierte! Pero el hermano mayor siempre se enoja porque el hermano menor retorna a casa, derrotado por sus anhelos equivocados, sin darse cuenta que también él ha sido derrotado por sus imaginaciones equivocadas acerca de aquellos que son amados de Dios. A veces nos entristecemos más porque desaparece aquello que nos daba seguridad, como el dinero y los bienes materiales, que porque muchos, lejos del Señor, viven al borde de perderse para siempre. Jesucristo nos ha enviado a salvar todo lo que se había perdido; no podemos, por eso, condenar a nadie sino buscar a quienes desbalagaron en una noche de tinieblas y oscuridad; y buscarles hasta encontrarles, no para despreciarlos, no para condenarlos, no para hacerlos volver a golpes y amenazas al redil, sino cargarlos amorosamente sobre nuestros hombros, haciendo nuestras sus miserias y tristezas para que recuperen la paz y la alegría y puedan, así, volver a Dios.
2. El Sal 85 proclama la gran obra de Dios, y especialmente su misericordia y fidelidad. Comienza pidiendo la protección del señor, que es poderoso y hace maravillas, no hay obras como las suyas… esta proclamación la realiza el cristiano no ya solo recordando la manifestación de Dios misericordioso y clemente a Moisés, sino la gran acción salvífica de Dios resucitando a Jesús de entre los muertos. Recuerda, Señor, el amor y la misericordia que manifestaste a nuestros antiguos padres, librándolos de sus enemigos y de sus males cuando invocaban tu Nombre. Ahora, Señor, contémplanos a nosotros con misericordia, escucha nuestra oración y da respuesta pronta a nuestras súplicas. Quienes creemos en Cristo, quienes hemos unido nuestra vida a Él, somos conscientes de que en su Nombre nos dirigimos al Padre Dios como hijos suyos. Dios, sabiendo que nuestro corazón está inclinado al mal desde nuestra adolescencia, se manifiesta siempre como un Padre comprensivo para con todos. Sin embargo no se hace cómplice de nuestras fallas; antes al contrario nos hace un fuerte llamado a dejar nuestros malos caminos y volver a Él, para caminar, ya no movidos por nuestras miserias, sino por su Espíritu que nos hace, no sólo llamar Padre a Dios, sino comportarnos realmente como hijos suyos.
Juan Pablo II comentaba así la oración a Dios ante las dificultades que “es el salmo 85, que se acaba de proclamar y que será objeto de nuestra reflexión, nos brinda una sugestiva definición del orante. Se presenta a Dios con estas palabras: soy "tu siervo" e "hijo de tu esclava" (v 16). Desde luego, la expresión puede pertenecer al lenguaje de las ceremonias de corte, pero también se usaba para indicar al siervo adoptado como hijo por el jefe de una familia o de una tribu. Desde esta perspectiva, el salmista, que se define también "fiel" del Señor (cf v 2), se siente unido a Dios por un vínculo no sólo de obediencia, sino también de familiaridad y comunión. Por eso, su súplica está totalmente impregnada de abandono confiado y esperanza…
El Salmo comienza con una intensa invocación, que el orante dirige al Señor confiando en su amor (cf vv 1-7). Al final expresa nuevamente la certeza de que el Señor es un "Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal" (v. 15; cf. Ex 34,6). Estos reiterados y convencidos testimonios de confianza manifiestan una fe intacta y pura, que se abandona al "Señor (...) bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (v 5). En el centro del Salmo se eleva un himno, en el que se mezclan sentimientos de gratitud con una profesión de fe en las obras de salvación que Dios realiza delante de los pueblos (cf vv 8-13).
Contra toda tentación de idolatría, el orante proclama la unicidad absoluta de Dios (cf v 8). Luego se expresa la audaz esperanza de que un día "todos los pueblos" adorarán al Dios de Israel (v 9). Esta perspectiva maravillosa encuentra su realización en la Iglesia de Cristo, porque él envió a sus apóstoles a enseñar a "todas las gentes" (Mt 28,19). Nadie puede ofrecer una liberación plena, salvo el Señor, del que todos dependen como criaturas y al que debemos dirigirnos en actitud de adoración (cf. Sal 85,9). En efecto, él manifiesta en el cosmos y en la historia sus obras admirables, que testimonian su señorío absoluto (cf v 10)…
El salmo 85 es un texto muy apreciado por el judaísmo, que lo ha incluido en la liturgia de una de las solemnidades más importantes, el Yôm Kippur o día de la expiación. El libro del Apocalipsis, a su vez, tomó un versículo (cf. v. 9) para colocarlo en la gloriosa liturgia celeste dentro de "el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero": "Todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti"; y el Apocalipsis añade: "porque tus juicios se hicieron manifiestos" (Ap 15,4). San Agustín dedicó a este salmo un largo y apasionado comentario en sus Exposiciones sobre los Salmos, transformándolo en un canto de Cristo y del cristiano…
El cristiano santo se abre a la universalidad de la Iglesia y ora con el salmista: "Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor" (Sal 85,9). Y san Agustín comenta: "Todos los pueblos en el único Señor son un solo pueblo y forman una unidad. Del mismo modo que existen la Iglesia y las Iglesias, y las Iglesias son la Iglesia, así ese "pueblo" es lo mismo que los pueblos. Antes eran pueblos varios, gentes numerosas; ahora forman un solo pueblo. ¿Por qué un solo pueblo? Porque hay una sola fe, una sola esperanza, una sola caridad, una sola espera. En definitiva, ¿por qué no debería haber un solo pueblo, si es una sola la patria? La patria es el cielo; la patria es Jerusalén. Y este pueblo se extiende de oriente a occidente, desde el norte hasta el sur, en las cuatro partes del mundo". Desde esta perspectiva universal, nuestra oración litúrgica se transforma en un himno de alabanza y un canto de gloria al Señor en nombre de todas las criaturas”.
3.- Lc 11,1-4. En el camino de Jesús a Jerusalén, también se va describiendo el camino de sus seguidores en su vida de fe. Si ayer era la escucha de la palabra de Dios lo que recomendaba Jesús, hoy y mañana nos enseña la importancia de la oración. El Padrenuestro del evangelio de Lucas es menos desarrollado que el de Mateo: contiene dos peticiones referentes a Dios: "santificado sea tu nombre, venga tu reino" (Mateo añade "hágase tu voluntad") y tres para nosotros: "danos el pan", "perdona nuestros pecados" y "no nos dejes caer en la tentación" (Mateo añade "mas líbranos del mal"). Los especialistas dicen que es más fácil pensar que Mateo haya añadido matices que no que Lucas los haya suprimido, y por tanto la versión de Lucas podría considerarse más cercana a lo que dijo Jesús. Todavía hay otra versión del primer siglo, la de la Didaché, que añade una doxología final: "tuyo es el reino ", que nosotros también decimos en la Misa como conclusión del Padrenuestro. No importan mucho estas diferencias en el texto. Nosotros rezamos la forma eclesial, la que la Iglesia ha creído más conveniente poner en labios de sus fieles, teniendo en cuenta la de las otras confesiones cristianas y también la traducción que más ayude a rezar en común a todos los que utilizan la misma lengua, como en el caso del castellano, que desde 1988 se ha unificado para los veintitantos países de habla hispana.
A Jesús le pidieron que les enseñara a rezar porque le vieron rezando a él. Él es el mejor modelo: él, que se dedicaba continuamente a evangelizar y atender a las personas, pero que también oraba, con una actitud filial de comunión con el Padre. Rezamos muchas veces el Padrenuestro, y por eso tiene el peligro de que la rutina no nos permita sacarle todo el gusto espiritual que merece. Es la más importante de las oraciones que decimos, la que nos enseñó el mismo Jesús. El Padrenuestro es una oración entrañable, que nos ayuda a situarnos en la relación justa ante Dios, pidiendo ante todo que su nombre sea glorificado y que se apresure la venida de su Reino. El centro de nuestra vida es Dios. Luego pedimos por nosotros: que nos dé el pan de nuestra subsistencia, nos perdone las culpas y nos dé fuerza para no caer en la tentación. Es nuestra oración de hijos. Lucas trae como invocación inicial una sola palabra: "Padre", que la comunidad primera conservó cariñosamente, recordando que Jesús llamaba a Dios "Abbá, Papá". Mateo añade lo de "nuestro, que estás en los cielos".
Hoy haríamos bien en decir el Padrenuestro por nuestra cuenta, despacio, saboreándolo, por ejemplo después de la comunión, creyendo lo que decimos. Además, tendríamos que enseñar a otros a rezarlo con fe y con amor de hijos. Las demás oraciones son glosas, comentarios, no tan importantes como ésta. A los hijos de una familia, a los niños de la catequesis, les tenemos que iniciar en la oración sobre todo "orando con ellos", no tanto "mandándoles que recen", y precisamente con estas palabras que nos enseñó Jesús.
Si tenemos la sana costumbre de hacer alguna lectura de tipo espiritual a lo largo del día, podemos hoy leer los comentarios del Catecismo de la Iglesia Católica a las peticiones del Padrenuestro, en sus números 2759-2865, en los que presenta esta oración como "corazón de las sagradas Escrituras", "la oración del Señor y oración de la Iglesia" y "resumen de todo el evangelio" (J. Aldazábal). “La expresión tradicional "Oración dominical" [es decir, "oración del Señor"] significa que la oración al Padre nos la enseñó y nos la dio el Señor Jesús. Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es "del Señor". Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado (cf Jn 17,7): él es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración” (2765).
La infancia espiritual lleva a las almas a sentir el consuelo de abandonarse totalmente en este Padre bueno que es Dios: «Yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. El quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que yo le ame mucho, como Santa María Magdalena, sino que ha querido que yo sepa hasta qué punto Él me ha amado a mí, con un amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a Él ¡con locura...!» (Sta. Teresa de Lisieux).
«Si recorres todas las plegarias de la Santa Escritura, creo que no encontrarás nada que no se encuentre y contenga en esta oración dominical. Por eso, hay libertad de decir estas cosas en la oración con unas u otras palabras, pero no debe haber libertad para decir cosas distintas. (...) Aquí tienes la explicación, a mi juicio, no sólo de las cualidades que debe tener tu oración, sino también de lo que debes pedir en ella, todo lo cual no soy yo quien te lo ha enseñado, sino aquel que se dignó ser maestro de todos» (S. Agustín). Entre las diversas súplicas (cfr nota a Mt 6,1-18), pedimos a Dios que nos dé el pan cotidiano (v. 3). Solicitamos a Dios el alimento diario de cada jornada: la posesión austera de lo necesario, lejos de la opulencia y de la miseria (cfr Pr 30,8). Los Santos Padres han visto en el pan que se pide aquí no sólo el alimento material, sino también la Eucaristía, sin la cual no puede vivir nuestro espíritu. La Iglesia nos lo ofrece diariamente en la Santa Misa y reconoceremos su valor si lo procuramos recibir diariamente: «Si el pan es diario, ¿por qué lo recibes tú solamente una vez al año? Recibe todos los días lo que todos los días es provechoso; vive de modo que diariamente seas digno de recibirle» (S. Ambrosio).
Pedimos también fuerza ante la tentación (v. 4), pero «no pedimos aquí no ser tentados, porque en la vida del hombre sobre la tierra hay tentación (cfr Jb 7,1) (...) ¿Qué es, pues, lo que aquí pedimos? Que, sin faltarnos el auxilio divino, no consintamos por error en las tentaciones, ni cedamos a ellas por desaliento; que esté pronta a nuestro favor la gracia de Dios, la cual nos consuele y fortalezca cuando nos falten las propias fuerzas» (Catechismus Romanus 4,15,14).
Para Lucas, rezar es un compromiso de vida, una manera de ser. Por eso la oración de Jesús es una acogida incondicional de la voluntad del Padre. De ahí la importancia del Padrenuestro, la oración de los hijos. Con J. Radermakers, nos gustaría señalar que las tres últimas peticiones, que son como la ilustración de las tres primeras relativas del Reino, se concretarán en los capítulos siguientes del evangelio. En efecto, la petición del pan de vida, que reconoce a Dios como la única fuente de vida, alude a la primera de las tres tentaciones del desierto (4, 4) y encontrará su prolongación en la promesa hecha por Jesús de servir a sus discípulos (12,35-40). El perdón de las deudas, que es una invitación a imitar la gratuidad divina, se ilustrará con la parábola del hijo pródigo (cf cc15-16) y se opone a la tentación del poder (4,6-7). Finalmente, la tercera petición, que se ilustrará con la negativa a acoger la salvación de Dios (cc 17ss), alude a la tentación de poner a Dios al propio servicio (4,9-10; Dios cada día, Sal terrae).
-Un día estaba Jesús orando... Jesús dijo ayer a Marta -y a nosotros- ¡que estaba demasiado agitada! El mundo moderno se parece mucho a Marta: solemos estar agobiados, apresurados, agitados. No conozco a nadie, hombre o mujer que algún día no me haya dicho que desearía rezar más, pero que no encuentra tiempo, en medio de la sobrecarga de las ocupaciones urgentes de cada día. Señor Jesús, estás orando; yo te contemplo. Concédeme poder pasar cada día un rato "sentado a tus pies". Serían muchas las cosas a hacer en este mismo momento, pero ninguna, a pesar de las urgencias que esperan -y que esperarán aún diez o veinte minutos- no es tan urgente como lo es el escucharte y procurar contestarte.
-Cuando hubo terminado... Esperaron junto a El que terminara su oración... Me admira ese su respeto a la oración de Jesús: no lo estorbemos que tome todo el tiempo necesario... nada es más urgente que esa oración... cuando terminará -dentro de diez o veinte minutos- entonces le preguntaremos... mientras tanto, lo contemplamos: Jesús está orando...
-Cuando hubo terminado, uno de sus discípulos le pidió: "Señor, enséñanos una oración, como Juan Bautista enseñó a sus discípulos". Juan Bautista les había enseñado sin duda a rezar en el contexto que era el suyo: la fiebre de la última y próxima espera del mesías. Los discípulos de Jesús quisieran también tener una oración salida de los labios de Jesús y del Reino de Dios que ahora comenzaba.
-El les dijo: "Cuando recéis decid: Padre nuestro... Abba. He aquí la oración que surgió de Jesús. Es muy interesante notar las diferencias entre el "Padre nuestro" relatado por san Mateo (6, 9) y el que nos relata aquí san Lucas. Seguramente uno y otro nos propusieron el texto usado en sus comunidades respectivas... a menos que el mismo Jesús hubiera dado en diversas ocasiones, varias versiones, a la vez diferentes y semejantes de esa oración. Hoy tenemos que volver a descubrir esa "diversidad" de las liturgias en la unidad de fondo. En esa versión se ha traducido por el mismo término cuando en Mateo y en Lucas hay el mismo término griego... pero hemos traducido por un término diferente si es también diferente el término griego. Siete peticiones, según Mateo... cinco, según Lucas... (Noel Quesson).
Jesús ora porque necesita viajar al centro de su experiencia filial, porque necesita respirar el cariño de su Abbá. Jesús es el gran experto del "viaje al centro". Y, desde el centro, se conecta con todos y con todo. Sé que estas expresiones pueden malentenderse en tiempos en que hemos hablado, más bien, de la necesidad de viajar la periferia. No hay contradicción. Aquí el "centro" no significa el ámbito del poder sino el núcleo de la persona, su corazón. Viajar al centro es viajar al santuario de nuestra identidad, en el que descubrimos a Dios, nos descubrimos a nosotros mismos de un modo nuevo, nos vinculamos a los demás en la raíz y nos insertamos en el mundo. Por eso orar es como respirar.
Naturalmente este viaje, como todas, necesita algunas señales. La petición de los discípulos es la que nosotros mismos formulamos cuando alguien nos habla de lo importante que es orar: "Enséñanos a orar". El Padrenuestro es un maravilloso y sencillo mapa para viajar al centro. En la versión de Lucas, nos lleva al centro a través de cuatro peticiones esenciales: el reino, el pan, el perdón, la preservación de la tentación.
Os invito a que hoy miércoles repitamos estas peticiones en contextos diferentes: en casa, en la calle, en la iglesia. Dejemos que el Espíritu de Jesús nos conceda el don de saber orar como conviene. Dejemos que él sea el pedagogo que nos enseñe a orar como Jesús (gonzalo@claret.org).
Una nueva manera de orar. Una nueva secuencia perfectamente marcada por a) el nuevo escenario (cambio de decorado): «Y sucedió que, mientras él se encontraba orando en cierto lugar» (11,la); b) unos nuevos per sonajes Jesús y los discípulos) «al terminar, uno de sus discípulos le pidió» (1l,lb), y c) una nueva temática (la oración): «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (11,lc). Los discípulos no han participado en la oración de Jesús («mientras él se encontraba orando»), pero sienten la necesidad de tener unas formas de orar parecidas a las del Bautista («enséñanos a orar, como Juan...») Este ya había hecho escuela; Jesús todavía no. Quieren unas formas rígidas, que llenen las horas del día y de la noche, que den solidez e identidad al grupo que se está constituyendo. La oración de Jesús, o no la han comprendido o no la comparten (no le piden que les enseñe a orar como él lo hace). Quieren aprender unas formas como las que Juan enseñó a sus discípulos. Jesús contrasta esta forma de orar ritualizada con una oración de compromiso personal: «Cuando oréis, decid: "Padre..." » (11 ,2 a). Inaugura una forma de orar inaudita. La oración judía oficial se realizaba en el templo, el lugar por exce lencia; Jesús convierte el sitio donde se encuentra en «lugar» adecuado para la oración («mientras él se encontraba orando en cierto lugar»). Por primera vez hay quien se dirige a Dios con confianza filial: «Abba» (en arameo, «Padre»). Jesús introduce un cambio profundo en la relación del hombre con Dios. Todas las religiones, incluyendo la religión judía (Antiguo Testamento), rezan a un Dios lejano, al que tratan de aplacar. Jesús sustituye la verticalidad por la horizontalidad: ¡Dios es Padre! A diferencia de Mateo («Padre nuestro»), Lucas no pone el acento en el aspecto comunitario. En la primera parte de la secuencia el centro es el Padre, en contraste con el Dios del Antiguo Testa mento.
La oracion de los hijos de Dios. «Que se proclame que ese nombre tuyo es santo» (11,2b). Que las «buenas obras» de la comunidad hagan que la humanidad proclame su santidad. «Que llegue tu reinado» (11,2c). Quiere que el reinado de Dios, del que la comunidad ya tiene experiencia, se extienda a todo hombre y que ésta lo haga presente con su estilo de vida. «Nuestro pan del mañana dánoslo cada día» (11,3). Que lo que parecía reservado para el mañana (mentalidad escatológica), se anticipe ya ahora (el banquete mesiánico en relación con la Eucaristía). Hablar de «la otra vida» es propio de todas las religiones. Jesús habla de hoy: el reino de Dios tiene que ir construyéndose «cada día». «Perdónanos nuestros pecados, que también nosotros perdonamos a todo deudor nuestro» (11,4a). Respecto al hermano no hay «pecado»: hay una «deuda». La comunidad se anticipa en el perdón / amor al prójimo para forzar el perdón de Dios. «Y no nos dejes ceder a la tentación» (11,4b). La comunidad no ha de ceder a las pretensiones nacionalistas y religiosas del Tentador. Es el peligro que la amenazará en todo momento. Jesús superó todas las pruebas (tres) en el desierto; la comunidad pide poder hacer otro tanto en el desierto de la sociedad sin ceder al provi dencialismo irresponsable o a la ambición de gloria y poder.
La oración del Padre Nuestro, propia de los discípulos de Jesús, tiene como primera finalidad hacernos olvidar nuestras preocupaciones más cercanas y situarnos en el horizonte de Dios. Este amplio horizonte de los intereses y preocupaciones del querer divino brota de un profundo sentimiento de intimidad, fundamentado en la relación filial de Jesús, hecha nuestra en la invocación al "Padre". Esta invocación nos introduce en el ámbito familiar de Dios y nos conduce al sentido más profundo de nuestra comunicación con El. Por ello la oración tiene por objeto principal la concreción del querer divino sobre la vida y la historia de los hombres. Por consiguiente, sólo puede tener adecuada realización en la revelación a los ojos de toda la humanidad que está ligada a la venida de su Reino. Sólo desde ese marco pueden adquirir un adecuado sentido los intereses propios y comunitarios expresados en la oración. La realización del Reino de Dios tiene como consecuencia la posibilidad de una vida digna en que sea factible el acceso al alimento de todos los días y dónde se pueda experimentar a Dios en el perdón de las deudas propio del año de gracia, conforme a la palabra de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,19). Permanecer en ese ámbito de la gracia es el don que imploramos de un Dios que no nos abandona a una prueba superior a nuestras fuerzas.
Por consiguiente, la oración del discípulo no se aparta en ningún momento de la preocupación por hacer realidad el designio de salvación. Podemos hablar de una oración profética ya que con ella anticipamos la realización para todo hombre del querer salvífico de Dios (Josep Rius-Camps).
La vida de Jesús, su alma misma, su programación misionera, quedaron enmarcadas para todos los tiempos en la oración más hermosa: el Padrenuestro.
La oración de Jesús, no es un rezo, no es una fórmula infantil, ni es una nueva doctrina. La oración de Jesús, es todo un proyecto, su proyecto mismo de vida.
Los apóstoles fueron los primeros en admirar cómo oraba Jesús en permanente diálogo con el Padre; ellos estaban muy preocupados porque no tenían una forma propia de orar. Ni una oración que los distinguiera de los demás grupos religiosos. Ellos solamente sabían las oraciones de todo judío piadoso, pero necesitaban una oración que los caracterizara como discípulos de Jesús, como familia de Dios y como llamados al Reino.
Fue entonces cuando Jesús les enseñó el Padre Nuestro, que no solamente es una oración digna de ser puesta en nuestros labios, sino que nos da el estilo y los criterios para que toda oración se auténtica.
Cuando Jesús ora no solamente dice palabras bonitas. La oración para Jesús es un momento clave de confrontación entre su vida y el proyecto del Padre, y eso es en definitiva el Padrenuestro.
Los cristianos estamos acostumbrados a rezar. No podemos negar que muchos cristianos oran, pero por lo general cuando oramos, vivimos pidiendo. Con la oración, con la eucaristía y con todos los actos religiosos que hacemos acontece a veces como que queremos manipular a Dios, y con frecuencia somos sólo nosotros los que pedimos a Dios, y no dejamos que Dios nos pida a nosotros…
Como Jesús, cada vez que oremos hemos de confrontarnos con el Reino de Dios. Esta sería la genuina forma de orar. No podemos hacer de la oración un espacio de escape a la realidad, ni un momento de manipulación y de promesas falsas a Dios. La oración tiene que producir "frutos" en la vida personal y comunitaria, así como lo hizo Jesús.
La oración del Padrenuestro, es la vida misma de Jesús, hecha oración. Debe seguir siendo nuestra oración principal, para que seamos interpelados por los sentimientos mismos de Jesús. Porque el Padrenuestro es, en definitiva, la oración del Reino (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
El padrenuestro es el resumen orante y actuante de toda la vida cristiana. Es el resumen de todo el Evangelio. Muchos consideran el Padrenuestro como la síntesis de la predicación y práctica de Jesús. Toda la práctica y predicación de Jesús consistió en esto: hacer la voluntad del Padre, que consiste en construir su Reino en medio de nosotros, para que así sea santificado por todos su nombre y todos los seres humanos, que formamos el gran pueblo de Dios podamos tener vida en abundancia, gracias a que adquirimos como don y como lucha lo que necesitamos para vivir con dignidad (Pan), crecemos en la vida comunitaria y solidaria (Perdón), superamos egoísmos e individualismos (Tentaciones) y nos liberamos de aquello que nos oprime (Mal). En el padrenuestro encontramos una correcta relación y articulación entre la Causa del Padre y la Causa del Pueblo, entre Dios y los seres humanos, entre el cielo y la tierra. La primera parte del Padrenuestro se refiere a la Causa de Dios-Padre: la santificación de su nombre, su reinado y su voluntad. La segunda parte concierne a la causa de los seres humanos: el pan necesario, el perdón indispensable, la tentación siempre presente y el mal continuamente amenazador. Ambas partes forman una unidad en la práctica y predicación de Jesús, enseñándonos que Dios no se interesa sólo de lo que es suyo -su nombre, su reinado, su voluntad-, sino que se preocupa por lo que es propio del pueblo, -su pan, su perdón, la tentación, el mal-, sino que se abre también a lo concerniente al Padre: su nombre, su reinado y su voluntad.
En pocas palabras, en la oración del Padre nuestro, la Causa de Jesús no es ajena a la Causa del Pueblo, y la Causa del Pueblo no es extraña a la Causa de Dios (servicio bíblico latinoamericano).
‘Muy poco enseñó la vida a quien no ha aprendido a soportar el dolor’, decía nuestro inmortal Cervantes. Las actitudes de los demás nos pueden resultar molestas, ofensivas, dolorosas. Pero hemos de comenzar por comprenderlas. Después vendrá el trabajo de darnos todos la mano para sobrellevar en compañía los sufrimientos, y también las alegrías.
‘Al juzgar al otro, hemos de entender que fallamos contra nosotros mismos’, porque todos estamos hechos del mismo barro y somos fáciles a rompernos por cualquier golpe de infortunio, incomprensión, arranque pasional, egoísmo. Seremos sabios cuando hayamos alcanzado la actitud de perdón, frenando el castigo, para avanzar en el amor.
OREMOS: Señor, Dios nuestro, ¡qué fácil es para nuestra inteligencia serena apreciar los bienes que acarrea el amor y que el odio mata! ¡Qué hermosa aparece en nuestra mente la mano dadivosa, justa, misericordiosa! Pero en la vida diaria se nos hace difícil vencer cualquier mal con obras de amor. Danos tu gracia, para que vivamos conforme a la imagen de Jesucristo. Amén.
¡Padre!, santificado sea tu nombre. ¡Padre!, haznos más hermanos, más caritativos. ¡Padre!, sé misericordioso con nosotros.
El Señor, mediante la oración, nos enseña a relacionarnos con Dios no sólo como criaturas, sino como hijos suyos. En la oración del Padre nuestro estamos aceptando el compromiso de reconocer que Dios no es Padre exclusivo de un grupo, pues no decimos, por ejemplo, Padre de los cristianos, sino Padre Nuestro, Padre de todos. Santificamos el Nombre de Dios no sólo cuando le rendimos culto, sino cuando, por nuestras buenas obras, elevamos hacia Él una continua alabanza a su santo Nombre. Su Reino sólo vendrá a nosotros cuando se haga realidad su amor en nuestros corazones, amor que nos una a todos sin distinción, como Dios nos quiere. El Pan nuestro de cada día lo pedimos sin querer entregar nuestro corazón a los bienes materiales, pues bástele a cada día sus propias preocupaciones; y si el Señor nos concede más de lo que necesitamos que sea para que sepamos compartir con los pobres lo que el Señor nos ha confiado. Cuando veamos que la unidad está en riesgo de perderse a causa de nuestra fragilidad que nos arrastra a ofender a los demás, o a ser ofendidos por ellos, hemos de pedir a Dios que nos perdone, con un arrepentimiento sincero que nos lleve a restaurar nuestras relaciones de hijos con Dios y nuestras relaciones fraternas con nuestro prójimo. Finalmente le pedimos a Dios que no nos deje caer en tentación, que vele por nosotros, que nos fortalezca con su Espíritu para que, a pesar de nuestras fragilidades e inclinaciones al mal, permanezcamos firmes en hacer el bien; entonces la Victoria de Cristo sobre el Malo será también nuestra Victoria. Así vislumbramos que el Padre Nuestro no es sólo una oración para recitarla de memoria, sino una oración que ha de recitarse con el compromiso de la vida diaria hecha testimonio de la presencia del Señor en nosotros, que nos lleva a vivir unidos como hermanos, libres de maldades, egoísmos y odios, en torno a nuestro Dios y Padre, manifestando así que ya desde este mundo hemos dado inicio al Reino de Dios entre nosotros…
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir nuestra fe con un amor sincero hacia nuestro Padre Dios y hacia nuestros hermanos, para que llegue a nosotros su Reino de verdad, de justicia, de amor y de paz. Amén (www.homiliacatolica.com).
Vemos enseguida que la oración, según Jesús, es un trato del tipo “padre-hijo”. Es decir, es un asunto familiar basado en una relación de familiaridad y amor. La imagen de Dios como padre nos habla de una relación basada en el afecto y en la intimidad, y no de poder y autoridad. Rezar como cristianos supone ponernos en una situación donde vemos a Dios como padre y le hablamos como sus hijos: «Me has escrito: ‘Orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?’. —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: ¡tratarse!’» (San Josemaría). Cuando los hijos hablan con sus padres se fijan en una cosa: transmitir en palabras y lenguaje corporal lo que sienten en el corazón. Llegamos a ser mejores mujeres y hombres de oración cuando nuestro trato con Dios se hace más íntimo, como el de un padre con su hijo. De eso nos dejó ejemplo Jesús mismo. Él es el camino. Y, si acudes a la Virgen, maestra de oración, ¡qué fácil te será! De hecho, «la contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro de Hijo le pertenece de un modo especial (...). Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo» (Juan Pablo II; Austin Chukwuemeka Ihekweme).
Profecía de Jonás 4,1-11. Jonás sintió un disgusto enorme y estaba irritado. Oró al Señor en estos términos: -«Señor, ¿no es esto lo que me temía yo en mi tierra? Por eso me adelanté a huir a Tarsis, porque sé que eres compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, que te arrepientes de las amenazas. Ahora, Señor, quítame la vida; más vale morir que vivir. » Respondióle el Señor: -«¿Y tienes tú derecho a irritarte?» Jonás había salido de la ciudad, y estaba sentado al oriente. Allí se habla hecho una choza y se sentaba a la sombra, esperando el destíno de la ciudad. Entonces hizo crecer el Señor un ricino, alzándose por encima de Jonás para darle sombra y resguardarle del ardor del sol. Jonás se alegró mucho de aquel ricino. Pero el Señor envió un gusano, cuando el sol salía al día siguiente, el cual dañó al ricino, que se secó. Y, cuando el sol apretaba, envió el Señor un viento solano bochornoso; el sol hería la cabeza de Jonás, haciéndole desfallecer. Deseó Jonás morir, y dijo: -«Más me vale morir que vivir.» Respondió el Señor a Jonás: -«¿Crees que tienes derecho a irritarte por el ricino?» Contestó él: -«Con razón siento un disgusto mortal.» Respondióle el Señor: -«Tú te lamentas por el ricino, que no cultivaste con tu trabajo, y que brota una noche y perece la otra. Y yo, ¿no voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad, que habitan más de ciento veinte mil hombres, que no distinguen la derecha de la izquierda, y gran cantidad de ganado?»
Salmo 85,3-4.5-6.9-10. R. Tú, Señor, eres lento a la cólera, rico en piedad.
Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti.
Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica.
Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios.»
Evangelio según san Lucas 11,1-4. Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: -«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» Él les dijo: -«Cuando oréis decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación."»
Comentario: 1.- Jon 4,1-11. Jonás, el anti-profeta, muestra en verdad un corazón mezquino. Su reacción ante el perdón de Dios es impresentable: se enfada y entra en una crisis de depresión, hasta desearse la muerte. ¿Cómo puede irritarse un profeta de que la gente se convierta a Dios y que éste les perdone? ¿cómo puede reprochar a Dios: "ya sabía yo que eres compasivo y te arrepientes de tus amenazas"? Jesús nos ha repetido que la «alegría de Dios» era perdonar y que nosotros tenemos que «regocijarnos con él» (Lucas 15, 6-7). -Bien sabía yo que Tú eres un Dios clemente y misericordioso, tardo a la ira y rico en amor, que renuncia al castigo. Yo también sé todo esto, lo sé de sobras. Hasta el punto de que casi no me extraña. Con todo, es preciso que me repitas, Señor, que Tú eres así... conmigo y con todos los hombres... con los más grandes pecadores. La venida de tu Hijo, que "bajó del cielo por nosotros, los hombres y por nuestra salvación" ¡es la prueba más brillante y definitiva de ello! ¿Soy yo, a tu imagen, «clemente y misericordioso, tardo en la ira y rico en amor, renunciando a dañar y disgustar a nadie»?
-Jonás salió de Nínive y se sentó... El Señor dispuso una planta de ricino que creciese por encima de Jonás, para dar sombra a su cabeza y librarle así de su malestar. Jonás se puso muy contento por aquel ricino... ¡Dios demuestra a la vez su delicadeza y su humor! ¡Pobre Jonás que con su celosa hosquedad es el más digno de compasión! Pero al día siguiente, al rayar el alba, el Señor mandó a un gusano y el gusano picó al ricino que se secó. Y al salir el sol, mandó Dios un sofocante viento del este. Jonás sufrió insolación y sintiéndose desfallecer, se deseó la muerte.
La parábola del ricino que se seca es la respuesta de Dios, irónica y expresiva: a Jonás le sabe mal que se seque aquella planta que era la que le daba un poco de sombra. ¿Y se extraña de que a Dios le duela que se vaya a perder todo un pueblo como el de Nínive, que también son criaturas de Dios?
Seguramente nuestra actitud no será tan ridícula como la de Jonás. Recordemos que el relato es caricaturizado, porque su autor quiere "dejar mal" a los judíos en su cerrazón, en contraste con los paganos que sí se convierten a Dios. El que queda mal, en la historia, es el pueblo judío, que no supo realizar su papel de "mediador de bendición para todos los pueblos", como Dios le había anunciado a Abrahán, y se encerró en su propio egoísmo. Pero algo de la actitud de Jonás, con sus depresiones y sus pataletas infantiles, nos puede pasar a nosotros: ¿nos sabe mal que no caigan los castigos de Dios sobre los que juzgamos corruptos y malvados? Jonás anunció el castigo y luego resultó que Dios perdonó, y eso es lo que le sabe mal: pero ¿se trata de quedar yo bien, como anunciador de desgracias, o de que se salve la gente? Reaccionaríamos como Jonás -y como el hermano mayor del hijo pródigo- si fuéramos de corazón mezquino y egoísta, que sólo queremos el bien para nosotros mismos, y que los demás reciban su merecido. ¿Nos cuesta perdonar", ¿nos sabe mal que Dios perdone? ¿que la oveja descarriada entre de nuevo en el redil sin castigo? ¿que el hijo pródigo sea recibido con fiesta y todo? ¿que el buen ladrón alcance el Reino en el último momento? Apliquémonos con humildad el apólogo del ricino, en que Dios aparece preocupado de que no se le pierda un pueblo tan numeroso. ¡Qué hermosa "excusa" da Dios, qué elegante capote lanza a la maldad de Nínive: "no distinguen la derecha de la izquierda"! No se han enterado, no saben, no tienen tanta culpa como parece. ¡Hasta se preocupa de "la gran cantidad de ganado" que se va a perder! ¿Sabemos disculpar a la juventud y a la sociedad de que no tengan la fe que nosotros desearíamos? ¿es que puede tener tanta culpa una persona por no creer, con las ventoleras que le marean en este mundo y la poca formación que ha recibido?
Creamos en el amor de Dios, "bueno y clemente, rico en misericordia con los que le invocan". Y tengamos también nosotros un corazón más abierto y tolerante para con este mundo.
¿Qué es más de admirar, la perspicacia del autor o la ironía divina? Del libro se desprende una lección válida para todos los tiempos y todas las latitudes, ya que siempre habrá Jonás más preocupados de su ricino que de la salvación de los ninivitas. El profeta se escandaliza cuando descubre que su Dios es "un Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor".¡Seguramente creía que Dios era quisquilloso y gruñón! ¡Voltaire tenía razón cuando decía que, si Dios ha creado al hombre a su imagen, el hombre le ha devuelto la pelota! Con la TOB (traducción ecuménica de la Biblia) podemos admirar la belleza poética de algunas expresiones como "hija de una noche, desapareció la planta a la edad de una noche"; y la expresividad de algunas frases como la final: "no distinguen su derecha de su izquierda", que podría remitir al tema de los dos caminos, el que conduce a la vida y el que conduce a la muerte. Finalmente, se advertirá que el número ciento veinte mil tiene un significado universalista (Dios cada dia: Sal terrae).
Después del imponente pez que había conducido Jonás al camino recto, vemos que ahora entra en escena un animalito, un gusano minúsculo y que ¡nos va a permitir sacar la lección final! Es muy raro para un padre o madre de familia con muchos hijos que éstos, un día u otro no le aporten serios problemas. ¡Y Tú, Señor, Padre de tantos hijos amados! -¿Y no voy a tener yo lástima de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y de una gran cantidad de animales? Sobre el número de los ninivitas, comenta S. Juan Crisóstomo: “no menciona esta número tan grande sin un propósito determinado. Lo hace para que aprendas que cada oración, cuando se ofrece en unión de muchas voces, tiene un gran poder”. ¡Dios ama! Dios quiere la vida y la felicidad de sus hijos. Tal es la admirable conclusión de esta parábola. Oro a partir de ella (Noel Quesson).
El camino que nos lleva a la perfección puede causarnos demasiados problemas; pues, por desgracia, a veces no entendemos sino a base de grandes golpes que nos sientan a reflexionar sobre lo que en realidad es Dios y lo que nos imaginamos, equivocadamente de Él. A veces no quisiéramos dejar actuar a Dios; más aún: quisiéramos un dios a la medida de nuestros intereses, de nuestros pensamientos, de nuestros egoísmos religiosos para manipularlo a nuestro antojo. Pero Dios se escapa de cualquier trampa que le tendamos y nos manifiesta que, así como Él ama a todos sin distinción, así hemos de amarnos unos y otros. ¡Qué alegría tan grande hay en el cielo por un sólo pecador que se convierte! Pero el hermano mayor siempre se enoja porque el hermano menor retorna a casa, derrotado por sus anhelos equivocados, sin darse cuenta que también él ha sido derrotado por sus imaginaciones equivocadas acerca de aquellos que son amados de Dios. A veces nos entristecemos más porque desaparece aquello que nos daba seguridad, como el dinero y los bienes materiales, que porque muchos, lejos del Señor, viven al borde de perderse para siempre. Jesucristo nos ha enviado a salvar todo lo que se había perdido; no podemos, por eso, condenar a nadie sino buscar a quienes desbalagaron en una noche de tinieblas y oscuridad; y buscarles hasta encontrarles, no para despreciarlos, no para condenarlos, no para hacerlos volver a golpes y amenazas al redil, sino cargarlos amorosamente sobre nuestros hombros, haciendo nuestras sus miserias y tristezas para que recuperen la paz y la alegría y puedan, así, volver a Dios.
2. El Sal 85 proclama la gran obra de Dios, y especialmente su misericordia y fidelidad. Comienza pidiendo la protección del señor, que es poderoso y hace maravillas, no hay obras como las suyas… esta proclamación la realiza el cristiano no ya solo recordando la manifestación de Dios misericordioso y clemente a Moisés, sino la gran acción salvífica de Dios resucitando a Jesús de entre los muertos. Recuerda, Señor, el amor y la misericordia que manifestaste a nuestros antiguos padres, librándolos de sus enemigos y de sus males cuando invocaban tu Nombre. Ahora, Señor, contémplanos a nosotros con misericordia, escucha nuestra oración y da respuesta pronta a nuestras súplicas. Quienes creemos en Cristo, quienes hemos unido nuestra vida a Él, somos conscientes de que en su Nombre nos dirigimos al Padre Dios como hijos suyos. Dios, sabiendo que nuestro corazón está inclinado al mal desde nuestra adolescencia, se manifiesta siempre como un Padre comprensivo para con todos. Sin embargo no se hace cómplice de nuestras fallas; antes al contrario nos hace un fuerte llamado a dejar nuestros malos caminos y volver a Él, para caminar, ya no movidos por nuestras miserias, sino por su Espíritu que nos hace, no sólo llamar Padre a Dios, sino comportarnos realmente como hijos suyos.
Juan Pablo II comentaba así la oración a Dios ante las dificultades que “es el salmo 85, que se acaba de proclamar y que será objeto de nuestra reflexión, nos brinda una sugestiva definición del orante. Se presenta a Dios con estas palabras: soy "tu siervo" e "hijo de tu esclava" (v 16). Desde luego, la expresión puede pertenecer al lenguaje de las ceremonias de corte, pero también se usaba para indicar al siervo adoptado como hijo por el jefe de una familia o de una tribu. Desde esta perspectiva, el salmista, que se define también "fiel" del Señor (cf v 2), se siente unido a Dios por un vínculo no sólo de obediencia, sino también de familiaridad y comunión. Por eso, su súplica está totalmente impregnada de abandono confiado y esperanza…
El Salmo comienza con una intensa invocación, que el orante dirige al Señor confiando en su amor (cf vv 1-7). Al final expresa nuevamente la certeza de que el Señor es un "Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal" (v. 15; cf. Ex 34,6). Estos reiterados y convencidos testimonios de confianza manifiestan una fe intacta y pura, que se abandona al "Señor (...) bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (v 5). En el centro del Salmo se eleva un himno, en el que se mezclan sentimientos de gratitud con una profesión de fe en las obras de salvación que Dios realiza delante de los pueblos (cf vv 8-13).
Contra toda tentación de idolatría, el orante proclama la unicidad absoluta de Dios (cf v 8). Luego se expresa la audaz esperanza de que un día "todos los pueblos" adorarán al Dios de Israel (v 9). Esta perspectiva maravillosa encuentra su realización en la Iglesia de Cristo, porque él envió a sus apóstoles a enseñar a "todas las gentes" (Mt 28,19). Nadie puede ofrecer una liberación plena, salvo el Señor, del que todos dependen como criaturas y al que debemos dirigirnos en actitud de adoración (cf. Sal 85,9). En efecto, él manifiesta en el cosmos y en la historia sus obras admirables, que testimonian su señorío absoluto (cf v 10)…
El salmo 85 es un texto muy apreciado por el judaísmo, que lo ha incluido en la liturgia de una de las solemnidades más importantes, el Yôm Kippur o día de la expiación. El libro del Apocalipsis, a su vez, tomó un versículo (cf. v. 9) para colocarlo en la gloriosa liturgia celeste dentro de "el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero": "Todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti"; y el Apocalipsis añade: "porque tus juicios se hicieron manifiestos" (Ap 15,4). San Agustín dedicó a este salmo un largo y apasionado comentario en sus Exposiciones sobre los Salmos, transformándolo en un canto de Cristo y del cristiano…
El cristiano santo se abre a la universalidad de la Iglesia y ora con el salmista: "Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor" (Sal 85,9). Y san Agustín comenta: "Todos los pueblos en el único Señor son un solo pueblo y forman una unidad. Del mismo modo que existen la Iglesia y las Iglesias, y las Iglesias son la Iglesia, así ese "pueblo" es lo mismo que los pueblos. Antes eran pueblos varios, gentes numerosas; ahora forman un solo pueblo. ¿Por qué un solo pueblo? Porque hay una sola fe, una sola esperanza, una sola caridad, una sola espera. En definitiva, ¿por qué no debería haber un solo pueblo, si es una sola la patria? La patria es el cielo; la patria es Jerusalén. Y este pueblo se extiende de oriente a occidente, desde el norte hasta el sur, en las cuatro partes del mundo". Desde esta perspectiva universal, nuestra oración litúrgica se transforma en un himno de alabanza y un canto de gloria al Señor en nombre de todas las criaturas”.
3.- Lc 11,1-4. En el camino de Jesús a Jerusalén, también se va describiendo el camino de sus seguidores en su vida de fe. Si ayer era la escucha de la palabra de Dios lo que recomendaba Jesús, hoy y mañana nos enseña la importancia de la oración. El Padrenuestro del evangelio de Lucas es menos desarrollado que el de Mateo: contiene dos peticiones referentes a Dios: "santificado sea tu nombre, venga tu reino" (Mateo añade "hágase tu voluntad") y tres para nosotros: "danos el pan", "perdona nuestros pecados" y "no nos dejes caer en la tentación" (Mateo añade "mas líbranos del mal"). Los especialistas dicen que es más fácil pensar que Mateo haya añadido matices que no que Lucas los haya suprimido, y por tanto la versión de Lucas podría considerarse más cercana a lo que dijo Jesús. Todavía hay otra versión del primer siglo, la de la Didaché, que añade una doxología final: "tuyo es el reino ", que nosotros también decimos en la Misa como conclusión del Padrenuestro. No importan mucho estas diferencias en el texto. Nosotros rezamos la forma eclesial, la que la Iglesia ha creído más conveniente poner en labios de sus fieles, teniendo en cuenta la de las otras confesiones cristianas y también la traducción que más ayude a rezar en común a todos los que utilizan la misma lengua, como en el caso del castellano, que desde 1988 se ha unificado para los veintitantos países de habla hispana.
A Jesús le pidieron que les enseñara a rezar porque le vieron rezando a él. Él es el mejor modelo: él, que se dedicaba continuamente a evangelizar y atender a las personas, pero que también oraba, con una actitud filial de comunión con el Padre. Rezamos muchas veces el Padrenuestro, y por eso tiene el peligro de que la rutina no nos permita sacarle todo el gusto espiritual que merece. Es la más importante de las oraciones que decimos, la que nos enseñó el mismo Jesús. El Padrenuestro es una oración entrañable, que nos ayuda a situarnos en la relación justa ante Dios, pidiendo ante todo que su nombre sea glorificado y que se apresure la venida de su Reino. El centro de nuestra vida es Dios. Luego pedimos por nosotros: que nos dé el pan de nuestra subsistencia, nos perdone las culpas y nos dé fuerza para no caer en la tentación. Es nuestra oración de hijos. Lucas trae como invocación inicial una sola palabra: "Padre", que la comunidad primera conservó cariñosamente, recordando que Jesús llamaba a Dios "Abbá, Papá". Mateo añade lo de "nuestro, que estás en los cielos".
Hoy haríamos bien en decir el Padrenuestro por nuestra cuenta, despacio, saboreándolo, por ejemplo después de la comunión, creyendo lo que decimos. Además, tendríamos que enseñar a otros a rezarlo con fe y con amor de hijos. Las demás oraciones son glosas, comentarios, no tan importantes como ésta. A los hijos de una familia, a los niños de la catequesis, les tenemos que iniciar en la oración sobre todo "orando con ellos", no tanto "mandándoles que recen", y precisamente con estas palabras que nos enseñó Jesús.
Si tenemos la sana costumbre de hacer alguna lectura de tipo espiritual a lo largo del día, podemos hoy leer los comentarios del Catecismo de la Iglesia Católica a las peticiones del Padrenuestro, en sus números 2759-2865, en los que presenta esta oración como "corazón de las sagradas Escrituras", "la oración del Señor y oración de la Iglesia" y "resumen de todo el evangelio" (J. Aldazábal). “La expresión tradicional "Oración dominical" [es decir, "oración del Señor"] significa que la oración al Padre nos la enseñó y nos la dio el Señor Jesús. Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es "del Señor". Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado (cf Jn 17,7): él es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración” (2765).
La infancia espiritual lleva a las almas a sentir el consuelo de abandonarse totalmente en este Padre bueno que es Dios: «Yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. El quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que yo le ame mucho, como Santa María Magdalena, sino que ha querido que yo sepa hasta qué punto Él me ha amado a mí, con un amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a Él ¡con locura...!» (Sta. Teresa de Lisieux).
«Si recorres todas las plegarias de la Santa Escritura, creo que no encontrarás nada que no se encuentre y contenga en esta oración dominical. Por eso, hay libertad de decir estas cosas en la oración con unas u otras palabras, pero no debe haber libertad para decir cosas distintas. (...) Aquí tienes la explicación, a mi juicio, no sólo de las cualidades que debe tener tu oración, sino también de lo que debes pedir en ella, todo lo cual no soy yo quien te lo ha enseñado, sino aquel que se dignó ser maestro de todos» (S. Agustín). Entre las diversas súplicas (cfr nota a Mt 6,1-18), pedimos a Dios que nos dé el pan cotidiano (v. 3). Solicitamos a Dios el alimento diario de cada jornada: la posesión austera de lo necesario, lejos de la opulencia y de la miseria (cfr Pr 30,8). Los Santos Padres han visto en el pan que se pide aquí no sólo el alimento material, sino también la Eucaristía, sin la cual no puede vivir nuestro espíritu. La Iglesia nos lo ofrece diariamente en la Santa Misa y reconoceremos su valor si lo procuramos recibir diariamente: «Si el pan es diario, ¿por qué lo recibes tú solamente una vez al año? Recibe todos los días lo que todos los días es provechoso; vive de modo que diariamente seas digno de recibirle» (S. Ambrosio).
Pedimos también fuerza ante la tentación (v. 4), pero «no pedimos aquí no ser tentados, porque en la vida del hombre sobre la tierra hay tentación (cfr Jb 7,1) (...) ¿Qué es, pues, lo que aquí pedimos? Que, sin faltarnos el auxilio divino, no consintamos por error en las tentaciones, ni cedamos a ellas por desaliento; que esté pronta a nuestro favor la gracia de Dios, la cual nos consuele y fortalezca cuando nos falten las propias fuerzas» (Catechismus Romanus 4,15,14).
Para Lucas, rezar es un compromiso de vida, una manera de ser. Por eso la oración de Jesús es una acogida incondicional de la voluntad del Padre. De ahí la importancia del Padrenuestro, la oración de los hijos. Con J. Radermakers, nos gustaría señalar que las tres últimas peticiones, que son como la ilustración de las tres primeras relativas del Reino, se concretarán en los capítulos siguientes del evangelio. En efecto, la petición del pan de vida, que reconoce a Dios como la única fuente de vida, alude a la primera de las tres tentaciones del desierto (4, 4) y encontrará su prolongación en la promesa hecha por Jesús de servir a sus discípulos (12,35-40). El perdón de las deudas, que es una invitación a imitar la gratuidad divina, se ilustrará con la parábola del hijo pródigo (cf cc15-16) y se opone a la tentación del poder (4,6-7). Finalmente, la tercera petición, que se ilustrará con la negativa a acoger la salvación de Dios (cc 17ss), alude a la tentación de poner a Dios al propio servicio (4,9-10; Dios cada día, Sal terrae).
-Un día estaba Jesús orando... Jesús dijo ayer a Marta -y a nosotros- ¡que estaba demasiado agitada! El mundo moderno se parece mucho a Marta: solemos estar agobiados, apresurados, agitados. No conozco a nadie, hombre o mujer que algún día no me haya dicho que desearía rezar más, pero que no encuentra tiempo, en medio de la sobrecarga de las ocupaciones urgentes de cada día. Señor Jesús, estás orando; yo te contemplo. Concédeme poder pasar cada día un rato "sentado a tus pies". Serían muchas las cosas a hacer en este mismo momento, pero ninguna, a pesar de las urgencias que esperan -y que esperarán aún diez o veinte minutos- no es tan urgente como lo es el escucharte y procurar contestarte.
-Cuando hubo terminado... Esperaron junto a El que terminara su oración... Me admira ese su respeto a la oración de Jesús: no lo estorbemos que tome todo el tiempo necesario... nada es más urgente que esa oración... cuando terminará -dentro de diez o veinte minutos- entonces le preguntaremos... mientras tanto, lo contemplamos: Jesús está orando...
-Cuando hubo terminado, uno de sus discípulos le pidió: "Señor, enséñanos una oración, como Juan Bautista enseñó a sus discípulos". Juan Bautista les había enseñado sin duda a rezar en el contexto que era el suyo: la fiebre de la última y próxima espera del mesías. Los discípulos de Jesús quisieran también tener una oración salida de los labios de Jesús y del Reino de Dios que ahora comenzaba.
-El les dijo: "Cuando recéis decid: Padre nuestro... Abba. He aquí la oración que surgió de Jesús. Es muy interesante notar las diferencias entre el "Padre nuestro" relatado por san Mateo (6, 9) y el que nos relata aquí san Lucas. Seguramente uno y otro nos propusieron el texto usado en sus comunidades respectivas... a menos que el mismo Jesús hubiera dado en diversas ocasiones, varias versiones, a la vez diferentes y semejantes de esa oración. Hoy tenemos que volver a descubrir esa "diversidad" de las liturgias en la unidad de fondo. En esa versión se ha traducido por el mismo término cuando en Mateo y en Lucas hay el mismo término griego... pero hemos traducido por un término diferente si es también diferente el término griego. Siete peticiones, según Mateo... cinco, según Lucas... (Noel Quesson).
Jesús ora porque necesita viajar al centro de su experiencia filial, porque necesita respirar el cariño de su Abbá. Jesús es el gran experto del "viaje al centro". Y, desde el centro, se conecta con todos y con todo. Sé que estas expresiones pueden malentenderse en tiempos en que hemos hablado, más bien, de la necesidad de viajar la periferia. No hay contradicción. Aquí el "centro" no significa el ámbito del poder sino el núcleo de la persona, su corazón. Viajar al centro es viajar al santuario de nuestra identidad, en el que descubrimos a Dios, nos descubrimos a nosotros mismos de un modo nuevo, nos vinculamos a los demás en la raíz y nos insertamos en el mundo. Por eso orar es como respirar.
Naturalmente este viaje, como todas, necesita algunas señales. La petición de los discípulos es la que nosotros mismos formulamos cuando alguien nos habla de lo importante que es orar: "Enséñanos a orar". El Padrenuestro es un maravilloso y sencillo mapa para viajar al centro. En la versión de Lucas, nos lleva al centro a través de cuatro peticiones esenciales: el reino, el pan, el perdón, la preservación de la tentación.
Os invito a que hoy miércoles repitamos estas peticiones en contextos diferentes: en casa, en la calle, en la iglesia. Dejemos que el Espíritu de Jesús nos conceda el don de saber orar como conviene. Dejemos que él sea el pedagogo que nos enseñe a orar como Jesús (gonzalo@claret.org).
Una nueva manera de orar. Una nueva secuencia perfectamente marcada por a) el nuevo escenario (cambio de decorado): «Y sucedió que, mientras él se encontraba orando en cierto lugar» (11,la); b) unos nuevos per sonajes Jesús y los discípulos) «al terminar, uno de sus discípulos le pidió» (1l,lb), y c) una nueva temática (la oración): «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (11,lc). Los discípulos no han participado en la oración de Jesús («mientras él se encontraba orando»), pero sienten la necesidad de tener unas formas de orar parecidas a las del Bautista («enséñanos a orar, como Juan...») Este ya había hecho escuela; Jesús todavía no. Quieren unas formas rígidas, que llenen las horas del día y de la noche, que den solidez e identidad al grupo que se está constituyendo. La oración de Jesús, o no la han comprendido o no la comparten (no le piden que les enseñe a orar como él lo hace). Quieren aprender unas formas como las que Juan enseñó a sus discípulos. Jesús contrasta esta forma de orar ritualizada con una oración de compromiso personal: «Cuando oréis, decid: "Padre..." » (11 ,2 a). Inaugura una forma de orar inaudita. La oración judía oficial se realizaba en el templo, el lugar por exce lencia; Jesús convierte el sitio donde se encuentra en «lugar» adecuado para la oración («mientras él se encontraba orando en cierto lugar»). Por primera vez hay quien se dirige a Dios con confianza filial: «Abba» (en arameo, «Padre»). Jesús introduce un cambio profundo en la relación del hombre con Dios. Todas las religiones, incluyendo la religión judía (Antiguo Testamento), rezan a un Dios lejano, al que tratan de aplacar. Jesús sustituye la verticalidad por la horizontalidad: ¡Dios es Padre! A diferencia de Mateo («Padre nuestro»), Lucas no pone el acento en el aspecto comunitario. En la primera parte de la secuencia el centro es el Padre, en contraste con el Dios del Antiguo Testa mento.
La oracion de los hijos de Dios. «Que se proclame que ese nombre tuyo es santo» (11,2b). Que las «buenas obras» de la comunidad hagan que la humanidad proclame su santidad. «Que llegue tu reinado» (11,2c). Quiere que el reinado de Dios, del que la comunidad ya tiene experiencia, se extienda a todo hombre y que ésta lo haga presente con su estilo de vida. «Nuestro pan del mañana dánoslo cada día» (11,3). Que lo que parecía reservado para el mañana (mentalidad escatológica), se anticipe ya ahora (el banquete mesiánico en relación con la Eucaristía). Hablar de «la otra vida» es propio de todas las religiones. Jesús habla de hoy: el reino de Dios tiene que ir construyéndose «cada día». «Perdónanos nuestros pecados, que también nosotros perdonamos a todo deudor nuestro» (11,4a). Respecto al hermano no hay «pecado»: hay una «deuda». La comunidad se anticipa en el perdón / amor al prójimo para forzar el perdón de Dios. «Y no nos dejes ceder a la tentación» (11,4b). La comunidad no ha de ceder a las pretensiones nacionalistas y religiosas del Tentador. Es el peligro que la amenazará en todo momento. Jesús superó todas las pruebas (tres) en el desierto; la comunidad pide poder hacer otro tanto en el desierto de la sociedad sin ceder al provi dencialismo irresponsable o a la ambición de gloria y poder.
La oración del Padre Nuestro, propia de los discípulos de Jesús, tiene como primera finalidad hacernos olvidar nuestras preocupaciones más cercanas y situarnos en el horizonte de Dios. Este amplio horizonte de los intereses y preocupaciones del querer divino brota de un profundo sentimiento de intimidad, fundamentado en la relación filial de Jesús, hecha nuestra en la invocación al "Padre". Esta invocación nos introduce en el ámbito familiar de Dios y nos conduce al sentido más profundo de nuestra comunicación con El. Por ello la oración tiene por objeto principal la concreción del querer divino sobre la vida y la historia de los hombres. Por consiguiente, sólo puede tener adecuada realización en la revelación a los ojos de toda la humanidad que está ligada a la venida de su Reino. Sólo desde ese marco pueden adquirir un adecuado sentido los intereses propios y comunitarios expresados en la oración. La realización del Reino de Dios tiene como consecuencia la posibilidad de una vida digna en que sea factible el acceso al alimento de todos los días y dónde se pueda experimentar a Dios en el perdón de las deudas propio del año de gracia, conforme a la palabra de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,19). Permanecer en ese ámbito de la gracia es el don que imploramos de un Dios que no nos abandona a una prueba superior a nuestras fuerzas.
Por consiguiente, la oración del discípulo no se aparta en ningún momento de la preocupación por hacer realidad el designio de salvación. Podemos hablar de una oración profética ya que con ella anticipamos la realización para todo hombre del querer salvífico de Dios (Josep Rius-Camps).
La vida de Jesús, su alma misma, su programación misionera, quedaron enmarcadas para todos los tiempos en la oración más hermosa: el Padrenuestro.
La oración de Jesús, no es un rezo, no es una fórmula infantil, ni es una nueva doctrina. La oración de Jesús, es todo un proyecto, su proyecto mismo de vida.
Los apóstoles fueron los primeros en admirar cómo oraba Jesús en permanente diálogo con el Padre; ellos estaban muy preocupados porque no tenían una forma propia de orar. Ni una oración que los distinguiera de los demás grupos religiosos. Ellos solamente sabían las oraciones de todo judío piadoso, pero necesitaban una oración que los caracterizara como discípulos de Jesús, como familia de Dios y como llamados al Reino.
Fue entonces cuando Jesús les enseñó el Padre Nuestro, que no solamente es una oración digna de ser puesta en nuestros labios, sino que nos da el estilo y los criterios para que toda oración se auténtica.
Cuando Jesús ora no solamente dice palabras bonitas. La oración para Jesús es un momento clave de confrontación entre su vida y el proyecto del Padre, y eso es en definitiva el Padrenuestro.
Los cristianos estamos acostumbrados a rezar. No podemos negar que muchos cristianos oran, pero por lo general cuando oramos, vivimos pidiendo. Con la oración, con la eucaristía y con todos los actos religiosos que hacemos acontece a veces como que queremos manipular a Dios, y con frecuencia somos sólo nosotros los que pedimos a Dios, y no dejamos que Dios nos pida a nosotros…
Como Jesús, cada vez que oremos hemos de confrontarnos con el Reino de Dios. Esta sería la genuina forma de orar. No podemos hacer de la oración un espacio de escape a la realidad, ni un momento de manipulación y de promesas falsas a Dios. La oración tiene que producir "frutos" en la vida personal y comunitaria, así como lo hizo Jesús.
La oración del Padrenuestro, es la vida misma de Jesús, hecha oración. Debe seguir siendo nuestra oración principal, para que seamos interpelados por los sentimientos mismos de Jesús. Porque el Padrenuestro es, en definitiva, la oración del Reino (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
El padrenuestro es el resumen orante y actuante de toda la vida cristiana. Es el resumen de todo el Evangelio. Muchos consideran el Padrenuestro como la síntesis de la predicación y práctica de Jesús. Toda la práctica y predicación de Jesús consistió en esto: hacer la voluntad del Padre, que consiste en construir su Reino en medio de nosotros, para que así sea santificado por todos su nombre y todos los seres humanos, que formamos el gran pueblo de Dios podamos tener vida en abundancia, gracias a que adquirimos como don y como lucha lo que necesitamos para vivir con dignidad (Pan), crecemos en la vida comunitaria y solidaria (Perdón), superamos egoísmos e individualismos (Tentaciones) y nos liberamos de aquello que nos oprime (Mal). En el padrenuestro encontramos una correcta relación y articulación entre la Causa del Padre y la Causa del Pueblo, entre Dios y los seres humanos, entre el cielo y la tierra. La primera parte del Padrenuestro se refiere a la Causa de Dios-Padre: la santificación de su nombre, su reinado y su voluntad. La segunda parte concierne a la causa de los seres humanos: el pan necesario, el perdón indispensable, la tentación siempre presente y el mal continuamente amenazador. Ambas partes forman una unidad en la práctica y predicación de Jesús, enseñándonos que Dios no se interesa sólo de lo que es suyo -su nombre, su reinado, su voluntad-, sino que se preocupa por lo que es propio del pueblo, -su pan, su perdón, la tentación, el mal-, sino que se abre también a lo concerniente al Padre: su nombre, su reinado y su voluntad.
En pocas palabras, en la oración del Padre nuestro, la Causa de Jesús no es ajena a la Causa del Pueblo, y la Causa del Pueblo no es extraña a la Causa de Dios (servicio bíblico latinoamericano).
‘Muy poco enseñó la vida a quien no ha aprendido a soportar el dolor’, decía nuestro inmortal Cervantes. Las actitudes de los demás nos pueden resultar molestas, ofensivas, dolorosas. Pero hemos de comenzar por comprenderlas. Después vendrá el trabajo de darnos todos la mano para sobrellevar en compañía los sufrimientos, y también las alegrías.
‘Al juzgar al otro, hemos de entender que fallamos contra nosotros mismos’, porque todos estamos hechos del mismo barro y somos fáciles a rompernos por cualquier golpe de infortunio, incomprensión, arranque pasional, egoísmo. Seremos sabios cuando hayamos alcanzado la actitud de perdón, frenando el castigo, para avanzar en el amor.
OREMOS: Señor, Dios nuestro, ¡qué fácil es para nuestra inteligencia serena apreciar los bienes que acarrea el amor y que el odio mata! ¡Qué hermosa aparece en nuestra mente la mano dadivosa, justa, misericordiosa! Pero en la vida diaria se nos hace difícil vencer cualquier mal con obras de amor. Danos tu gracia, para que vivamos conforme a la imagen de Jesucristo. Amén.
¡Padre!, santificado sea tu nombre. ¡Padre!, haznos más hermanos, más caritativos. ¡Padre!, sé misericordioso con nosotros.
El Señor, mediante la oración, nos enseña a relacionarnos con Dios no sólo como criaturas, sino como hijos suyos. En la oración del Padre nuestro estamos aceptando el compromiso de reconocer que Dios no es Padre exclusivo de un grupo, pues no decimos, por ejemplo, Padre de los cristianos, sino Padre Nuestro, Padre de todos. Santificamos el Nombre de Dios no sólo cuando le rendimos culto, sino cuando, por nuestras buenas obras, elevamos hacia Él una continua alabanza a su santo Nombre. Su Reino sólo vendrá a nosotros cuando se haga realidad su amor en nuestros corazones, amor que nos una a todos sin distinción, como Dios nos quiere. El Pan nuestro de cada día lo pedimos sin querer entregar nuestro corazón a los bienes materiales, pues bástele a cada día sus propias preocupaciones; y si el Señor nos concede más de lo que necesitamos que sea para que sepamos compartir con los pobres lo que el Señor nos ha confiado. Cuando veamos que la unidad está en riesgo de perderse a causa de nuestra fragilidad que nos arrastra a ofender a los demás, o a ser ofendidos por ellos, hemos de pedir a Dios que nos perdone, con un arrepentimiento sincero que nos lleve a restaurar nuestras relaciones de hijos con Dios y nuestras relaciones fraternas con nuestro prójimo. Finalmente le pedimos a Dios que no nos deje caer en tentación, que vele por nosotros, que nos fortalezca con su Espíritu para que, a pesar de nuestras fragilidades e inclinaciones al mal, permanezcamos firmes en hacer el bien; entonces la Victoria de Cristo sobre el Malo será también nuestra Victoria. Así vislumbramos que el Padre Nuestro no es sólo una oración para recitarla de memoria, sino una oración que ha de recitarse con el compromiso de la vida diaria hecha testimonio de la presencia del Señor en nosotros, que nos lleva a vivir unidos como hermanos, libres de maldades, egoísmos y odios, en torno a nuestro Dios y Padre, manifestando así que ya desde este mundo hemos dado inicio al Reino de Dios entre nosotros…
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir nuestra fe con un amor sincero hacia nuestro Padre Dios y hacia nuestros hermanos, para que llegue a nosotros su Reino de verdad, de justicia, de amor y de paz. Amén (www.homiliacatolica.com).
Vemos enseguida que la oración, según Jesús, es un trato del tipo “padre-hijo”. Es decir, es un asunto familiar basado en una relación de familiaridad y amor. La imagen de Dios como padre nos habla de una relación basada en el afecto y en la intimidad, y no de poder y autoridad. Rezar como cristianos supone ponernos en una situación donde vemos a Dios como padre y le hablamos como sus hijos: «Me has escrito: ‘Orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?’. —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: ¡tratarse!’» (San Josemaría). Cuando los hijos hablan con sus padres se fijan en una cosa: transmitir en palabras y lenguaje corporal lo que sienten en el corazón. Llegamos a ser mejores mujeres y hombres de oración cuando nuestro trato con Dios se hace más íntimo, como el de un padre con su hijo. De eso nos dejó ejemplo Jesús mismo. Él es el camino. Y, si acudes a la Virgen, maestra de oración, ¡qué fácil te será! De hecho, «la contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro de Hijo le pertenece de un modo especial (...). Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo» (Juan Pablo II; Austin Chukwuemeka Ihekweme).
Etiquetas:
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