Sábado de la semana 22ª del tiempo ordinario. Dios nos ha reconciliado para haceros santos, sin mancha. Que no nos quedamos aprisionados en intrincadas normativas farisaicas
Carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1,21-23. Hermanos: Antes estabais también vosotros alejados de Dios y erais enemigos suyos por la mentalidad que engendraban vuestras malas acciones; ahora, en cambio, gracias a la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, Dios os ha reconciliado para haceros santos, sin mancha y sin reproche en su presencia. La condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio que escuchasteis. En el mismo que se proclama en la creación entera bajo el cielo, y yo, Pablo, fui nombrado su ministro.
Salmo 53,3-4.6 y 8. R. Dios es mi auxilio.
Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras.
Pero Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno.
Santo evangelio según san Lucas 6,1-5. Un sábado, Jesús atravesaba un sembrado; sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano. Unos fariseos les preguntaron: -«¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?» Jesús les replicó: -«¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, tomó los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y les dio a sus compañeros.» Y añadió: -«El Hijo del hombre es señor del sábado.»
Comentario: 1.- Col 1,21-23. Del himno cristológico saca ahora Pablo consecuencias para la comunidad. Antes de tener fe en Cristo eran "alienados de Dios y enemigos suyos, por la mentalidad que engendraban vuestras malas acciones", pero gracias a ese Cristo que murió en la cruz por todos, "habéis sido reconciliados con Dios" y ahora son "un pueblo santo sin mancha y sin reproche". Pero queda todavía algo por hacer: "que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza". No basta empezar. También nosotros creemos en Jesús y nos sentimos reconciliados con Dios. Pero nos falta mucho para llegar a ser ese "pueblo sin mancha y sin reproche", superando "la mentalidad de las malas acciones" que también nos tienta a nosotros. Día tras día estamos empeñados en el compromiso de permanecer firmes en la fe y en la esperanza, de actuar en la vida en coherencia con nuestra fe, de llevar a la práctica ese evangelio, esa Buena Noticia que nos ha traído Jesús y que la Iglesia -Pablo y otros muchos después de él- predican en todo el mundo.
La humanidad Santísima del Señor es instrumento salvdaor: mediante la pasión y muerte “sufrida en su cuerpo de carne” (v 22) nuestro Señor venció al pecado y obtuvo las gracias necesarias para limpiar al hombre de sus culpas y para que pudiera presentarse ante Dios. Esto está lejos del espiritualismo, del dualismo que sufrían esos primeros cristianos: “Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas. ¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales. No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo.
El auténtico sentido cristiano -que profesa la resurrección de toda carne- se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu” (San Josemaría).
"En otro tiempo fuisteis extraños", extranjeros. Extraños a vosotros mismos, en la imposibilidad en que estabais de corresponder realmente a vuestros deseos y a vuestros sueños de hacer coincidir vuestro obrar con vuestra libertad, de comprender cuál era vuestro porvenir y de establecerlo con firmeza. Extraños a los demás, en la imposibilidad de no considerarlos sino como rivales o enemigos, en la imposibilidad de establecer con ellos solidaridades reales. Extraños a Dios en la imposibilidad de no percibirlo sino como un Dueño todopoderoso que vigila implacablemente por el buen orden del mundo. "Fuisteis extraños, pero Dios os ha reconciliado ahora por medio de Cristo". Reconciliación con vosotros mismos, ya que conocéis ahora que sois más que vuestro pasado, que sois capaces de futuro; más que vuestros fracasos, capaces de conversión; más que vuestras incomprensiones, capaces de una identidad insospechada. Reconciliación con los demás en la revelación de que sois hermanos los unos de los otros, tributarios de una misma gracia, engendrados por una misma y única ternura, miembros de un solo cuerpo: os habéis hecho capaces los unos de los otros. Reconciliación con Dios: en la posibilidad ofrecida de corresponder a su voluntad mediante un abandono en su misericordia; en la certeza de ser amados sin reticencias y sin vuelta atrás: os habéis hecho capaces de ser hijos. En Cristo hemos cruzado una frontera: ¡os habéis hecho capaces del Evangelio! Entonces, no os dejéis apartar de la esperanza que habéis recibido. No volváis a someteros a la esclavitud del miedo que os hace dudar de vosotros mismos, del fatalismo que os hace decir: "¿De qué sirve todo esto?"; no volváis a someteros a la esclavitud del realismo destructor de sueños y de la fría lucidez que adormece todos los entusiasmos. No os refugiéis en vuestros territorios bien defendidos, en la seguridad tras esas barreras que son vuestras prisiones, haciendo valer vuestros privilegios, dejando a un lado vuestras obligaciones por mantener vuestros derechos. No os dejéis apartar de la esperanza, encerrando a Dios en sus fronteras y levantando a la tierra contra el cielo. Os pondríais de nuevo bajo el yugo de una ley de muerte, después de haber saboreado en Cristo la vida (Noel Quesson).
Dios os ha hecho capaces de ser vosotros mismos, de ser hijos, de ser hermanos. -Hermanos, erais en otro tiempo extraños a Dios... erais incluso sus enemigos, con esos pensamientos que os inducían al mal. Los colosenses son cristianos recientes. Recuerdan su vida anterior: que no era hermosa. La expresión es fuerte, violenta: «enemigos de Dios»... «con pensamientos de hacer el mal»... Para experimentar todo el beneficio que supone la salvación, es preciso tomar conciencia del peligro mortal del que uno se ha salvado. Esa terrible situación de naufragio se resume en estas dos palabras: «extraños a Dios», «enemigos de Dios»... Para el hombre, creado para vivir en Dios, el hecho de estar «sin-Dios» es la peor desgracia. Madeleine Delbrel expresó ese drama del ateísmo en términos inolvidables: «Se ha dicho: Dios ha muerto. Esto requiere tener la honestidad de no seguir viviendo como si El viviese. Se saldó la cuestión respecto a él: falta saldarla respecto a nosotros... Todos estamos próximos a la única verdadera desgracia ¿tendremos o no agallas para decírnoslo?... ¿No sería una falta de tacto decirle a un moribundo: «Buenos días» o «Buenas tardes»?... Por lo tanto se le dice: «Hasta la vista», o «Adiós»... mientras no se haya aprendido a decir: «A ninguna parte»... «A la nada absoluta»...
-Y he ahí que ahora Dios os ha reconciliado con El... Se ha reanudado el contacto. Espontáneamente las religiones ordinarias piensan: puesto que la divinidad ha sido lesionada por el pecado del hombre, éste debe expiar, acercarse a Dios. El Nuevo Testamento nos dice lo contrario. No es el hombre el que se acerca a Dios con una ofrenda compensadora, es Dios quien ofrece al hombre la reconciliación. Todo el evangelio nos repite que no son los hombres los que se reconcilian con Dios, sino Dios quien les reconcilia con El. Es Dios quien busca al hombre... Es Dios quien hace el gasto de la reconciliación. ¡Gracias Señor!
-Gracias al cuerpo humano de Cristo y por su muerte... El pagó el precio. Redención «costosa». ¡Y cuán costosa! «Cristo me amó y se entregó por mí...» (Gal 8,31-39).
-Para presentaros santos, inmaculados e irreprensibles delante de El. El punto de partida era una hostilidad, una separación. Y la finalidad: es la amistad, la intimidad con Dios, la participación a su santidad, a su felicidad, a su invencibilidad victoriosa. Haz, Señor, que sueñe con frecuencia en esa perspectiva que se abre ante mí, como se abre ante todo ser humano. La humanidad va hacia ella.
-Con tal que permanezcáis sólidamente cimentados en la fe. Porque no se trata solamente de soñar. Hay que participar. Hay que construir ese porvenir con Dios, que El quiere para nosotros pero que no quiere construir sin nosotros. La Fe es nuestra correspondencia a ese proyecto divino.
-Firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis, que ha sido proclamado a toda criatura bajo el cielo y del que yo, Pablo, he llegado a ser ministro. Cuando se ha oído una «buena noticia», se la entretiene en la mente como algo precioso. Pero el Evangelio no hay que guardarlo en exclusiva para sí. No olvidemos que va dirigido a todo criatura bajo el cielo, que es ofrecido a todos sin excepción alguna. ¿Cual es mi participación en esa evangelización? (Noel Quesson).
A quienes vivíamos lejos del Señor y sin la esperanza que le daba al Pueblo elegido de disfrutar de la salvación, Dios nos llamó, en Cristo Jesús, reconciliándonos mediante su muerte, para que también nosotros fuésemos presentados como una ofrenda santa, inmaculada e irreprensible ante Dios, participando así de la misma entrega del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Puesto que, por pura gracia, hemos sido hechos partícipes de la Vida que en Cristo Dios ofrece a todo el mundo, procuremos que esa gracia no caiga en nosotros como en sacos rotos, o vasijas agrietadas que no pueden retener el agua. Permanezcamos firmes en nuestra profesión de fe, hecha no sólo con los labios, sino manifestada también con nuestra vida convertida en un testimonio de que el Señor habita en nosotros y de que nosotros somos, en Cristo, hijos de Dios. Es cierto que constantemente nos acecharán infinidad de tentaciones queriendo hacernos tropezar y apartar del camino recto; por eso hemos de permanecer constantemente vigilantes y, sabedores de nuestras propias miserias, hemos de estar, también, en una constante conversión que nos conduzca a una unión más plena con el Señor, para poder convertirnos en ministros puestos al servicio del Evangelio, mediante lo cual colaboremos para que todos recobren la esperanza y se esfuercen en vivir, con un compromiso de lealtad, la fe que han o hayan de depositar en Cristo.
2. Sal. 53. Con el salmo, ponemos nuestra confianza en Dios, que es quien nos da la fuerza para seguir con este programa de crecimiento: "escucha mi súplica. Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida". Gracias sean dadas a Dios nuestro Padre, ya que por medio de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, nos ha liberado de la mano de nuestros enemigos. Quien acude al Señor y en Él confía, jamás se sentirá defraudado, pues por los huesos del justo vela Dios y Él salva a quienes le viven fieles. Por eso acudamos al Señor con una oración sincera, no sólo para pedirle su protección y ayuda, sino también para escucharle y poner en práctica su Palabra; entonces, en verdad, seremos amigos de Dios y Él hará su morada en nosotros.
“Salvar” y “hacer justicia” indican que la justicia divina es la salvación, igual que “nombre” de Dios indica también su “poder” sobre el cielo y la tierra.
El Catecismo, 614 habla de este sentido sacrificial: “Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él (cf. Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia”.
3.- Lc 6,1-5. Esta vez, la discusión es sobre el sábado. Jesús apreciaba el sábado y, como buen judío, lo había incorporado a su espiritualidad: por ejemplo, iba cada semana a la sinagoga, a rezar y a escuchar la Palabra de Dios con los demás. Y cumplía seguramente las otras normas relativas a este día. Bien vivido, el sábado era y sigue siendo un día sacramental de auténtica gracia para los judíos. Pero lo que aquí critica Jesús es una interpretación exagerada del descanso sabático: ¿cómo puede ser contrario a la voluntad de Dios el tomar en la mano unas espigas, restregarlas y comer sus granos, cuando se siente hambre? El argumento que él aduce es el ejemplo de David y sus hombres, a quienes el sacerdote del santuario les dio a comer "panes sagrados", aunque en principio no eran para ser comidos así (1 Sam 21). Jesús habla realmente con autoridad y poder. Se atreve a reinterpretar una de las instituciones más sagradas de su pueblo. Pero sobre todo les debió saber muy mal a los fariseos la última afirmación: "el Hijo del Hombre es señor del sábado".
Es una difícil sabiduría distinguir entre lo que es importante y lo que no. Guardar el sábado como día de culto a Dios, día de descanso en su honor, día de la naturaleza, día de paz y vida de familia, día de liberación interior, sí era importante. Que no se trabajara el sábado en la siega era una cosa, pero que no se pudieran tomar y comer unos granos al pasar por el campo, era una interpretación exagerada. No valía la pena discutir y perder la paz por eso. Es un ejemplo de lo que ayer nos decía Jesús respecto al paño nuevo y a los odres nuevos. Cuántas ocasiones tenemos, en nuestra vida de comunidad, de aplicar este principio. Cuántas veces perdemos la serenidad y el humor por tonterías de estas, aferrándonos a nimiedades sin importancia. Lo que está pensado para bien de las personas y para que esponjen sus ánimos -como la celebración del domingo cristiano- lo podemos llegar a convertir, por nuestra casuística e intransigencia, en unas normas que quitan la alegría del espíritu. El domingo es un día que tiene que ser todo él, sus veinticuatro horas, un día de alegría por la victoria de Cristo y por nuestra propia liberación. Con la Eucaristía comunitaria en medio, pero con el espíritu liberado y gozoso: un espíritu pascual. El legalismo exagerado también puede matar el espíritu cristiano. Por encima de todo debe quedar la misericordia, el amor (J. Aldazábal).
"El Hijo del hombre es Señor del sábado". Como el Esposo está ahí, ha llegado el tiempo de la boda y ha pasado la época de las referencias antiguas. Al atardecer del día sexto, Dios había descansado para consagrar la creación, y los hombres habían consagrado el sábado para alabar a Dios por sus maravillas. Un día para santificar el tiempo... Como Jesús está ahí, toda la vida del hombre se define como "santa": es tiempo del hombre y tiempo de Dios. En adelante, nada de cuanto es humano es ajeno a Dios.
Escándalo de nuestra fe: ya no hay separación entre lo profano y lo sagrado. Los contemporáneos de los primeros cristianos tenían razón al acusarles de ateísmo. El Evangelio no es una religión ordinaria ni administra sentimientos religiosos. La religión que emana del sentimiento religioso acapara a Dios; se le adora, se le teme, se le invoca, se le desea; pero El está lejos, fuera de nuestros asuntos de hombres. Siguiendo a los profetas, Jesús trastoca esta imagen: la religión procede de la fe, de la acogida de una palabra.
Entrar en contacto con Dios no exige ya que salgamos de nuestra condición de hombres, ya que Dios ha entrado en la historia haciéndose palabra de hombre, de un hombre pequeño. Inversión increíble de la fe, que en vez de levantar una barrera entre el mundo de la tierra y el de Dios, santifica la condición mundana del hombre. ¿Cómo hemos podido, entonces, hacer de Dios un enemigo o un rival del hombre? ¡Qué mal hemos sabido interpretar el significado de todo el trabajo de los hombres y de las mujeres que se esfuerzan por hacer la tierra habitable y humana! Ahí, en esa laboriosa gestación, está el lugar en donde viene la Palabra y en donde surge el Espíritu.
"El Hijo del hombre es Señor del sábado". Con ese gesto, Jesús hacía de la encarnación algo distinto de una teoría de teólogos: la vida de los hombres es el único lugar en donde habla Dios (San Terrae).
Ya hemos meditado este episodio, relatado por los tres evangelios sinópticos. Lucas, que escribía para paganos, poco habituados al legalismo judío, resume la escena sin repetir todos los argumentos sacados de la Ley y que Mateo relataba para sus lectores palestinos (Mateo 12, 5-7)
-Un sábado atravesaba Jesús por unos campos de trigo. Jesús en plena naturaleza estival, al iniciarse la recolección.
-Sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano. Gesto tan natural, tan anodino, tan sencillo, tan maquinal. ¡Es agradable mascar un grano de trigo tan harinoso!
-Unos fariseos les dijeron: "¿Por qué hacéis lo que no está permitido en sábado?" No es éste el primer caso en el que Jesús parece violar la regla sabática. A menudo Jesús se encontró con gente de mente estrecha que interpretaba, a su manera minuciosa, las prescripciones rituales. De hecho, sin embargo, no puede decirse que Jesús infringiera la Ley de Moisés, porque en ninguna parte estaban formuladas tales interdicciones. Pero las tradiciones, la Mischná, al correr de los tiempos habían añadido toda clase de detalles a la Ley: ¡se contaba con treinta y nueve gestos prohibidos en sábado! No deja de tener importancia pensar que Jesús nos ha liberado también de todo esto. El hombre tiene una fastidiosa tendencia a dar una importancia desmesurada a los "medios", olvidando a veces el fin. Debo atenerme a lo esencial. En mi Fe, en las costumbres religiosas, en los ritos, he de ver primero su finalidad, su objetivo profundo... y pensar que los modos de expresión pueden cambiar.
-Jesús contestó: La libertad de Jesús frente a las prescripciones de detalle no es pues un simple reflejo espontáneo: es una actitud reflexiva, que El mismo justificará. -¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, tomó los panes dedicados -que sólo a los sacerdotes les está permitido comer-, comió él y les dio a sus hombres. ¡Esa respuesta debió parecer especialmente escandalosa! ¿Por qué? Era la justificación de la violación de los ritos sagrados ¡apoyándose solamente en el "hambre"! Porque tenían hambre hicieron lo que estaba prohibido. Sí, en la obra de Dios no hay dos momentos opuestos. Lo que Dios quiere es que el hombre "viva". Cuando Dios lo creó con estómago, y cuando le dio los frutos y los animales como alimento, empezaba ya su gran Proyecto... y cuando Dios pide al hombre que se encuentre con El en los ritos sagrados, continúa su mismo Proyecto... ¡Cuánto realismo en esa respuesta de Jesús! ¿Cómo ha podido el cristianismo parecer a veces deshumanizante, menospreciador del cuerpo y de las realidades humanas? Mi cuerpo, ¿es importante para mí? ¿Qué haría sin él? Incluso la oración, la actividad mas espiritual, es imposible sin ese buen compañero. Y "el Verbo se hizo carne", se hizo cuerpo.
-Y Jesús añadió: "EI Hijo del hombre es señor del Sábado." ¡Dios bien sabía que el sábado era una institución sagrada! Ahora bien, Jesús afirma tener derecho a rechazar los detalles rituales concernientes al sábado para volver a encontrar la intención primitiva del legislador. Hoy también, si la Iglesia introduce algún cambio en sus costumbres, lo hace siempre apelando a una tradición más profunda (Noel Quesson).
Es curioso el afán que tenemos de "espiar" a los demás para "valorar" su "fidelidad a la Ley", y son los que le quieren mal… ya decía S. Cirilo de Alejandría: “¡Oh fariseo!, ves al que hace cosas prodigiosas y cura a los enfermos en virtud de un poder superior y tú proyectas su muerte por envidia”. Hoy continúa el Evangelio de San Lucas abundando en el mismo tema. Jesús y los suyos tienen algo importantísimo, vital, que hacer: anunciar el Reino, llevar la Buena Noticia a los pobres, consolar a los que sufren, llevar la salvación a todos. En este empeño los sorprende el sábado sin haber podido reservar para sí mismos el tiempo indispensable para proveerse de algo que comer. El hambre puede con ellos y, al atravesar unos sembrados, comienzan a desgranar espigas y a comérselas. ¡Mal asunto! Salidos de la nada aparecen los "fieles" y se les echan encima: ¡"Habéis quebrantado la Ley! ¡Habéis hecho lo que no está permitido en sábado! Habéis preferido vuestros estómagos a la sagrada observancia." Afortunadamente, no pueden con Jesús. El Amor repara más en el hambre que en la Ley y su frase "el hijo del hombre es Señor también del sábado" viene decirnos que nadie puede arrogarse el monopolio de la interpretación de la voluntad de Dios. Recordemos lo que Pablo nos decía ayer: "¡No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor!" Cabe, indudablemente, (no tenemos la clarividencia de Jesús) el riesgo de equivocarnos. Pero os confieso que, personalmente, prefiero equivocarme desde el amor y la misericordia que desde la observancia o la rigidez. No se trata de relativizar, como si todo diera lo mismo. Se trata de cultivar la conciencia de la propia fragilidad, de la propia e incesante necesidad de perdón, de la certeza de sólo Dios puede ver hasta el fondo nuestras intenciones y... las de los demás. Hagámonos "tontos por Cristo", para utilizar la expresión de Pablo en la Primera Lectura, y aprendamos a responder siempre con bondad. No es fácil. Pero podemos intentarlo con la fuerza de la Fe y la seguridad que hoy nos llega en las palabras del salmo: "El Señor está cerca de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente". Clamemos a El: su Amor nos sostendrá (Olga Elisa Molina).
Como rezaba Charles Peguy: Tenemos que salvarnos todos juntos. Todos hemos de llegar juntos a la casa del Padre. ¿Qué nos diría el Padre si nos viera llegar a unos sin los otros?
Las prescripciones legales habían llegado a tal grado que indicaban que quien cortara espigas en sábado, siendo peregrino, podía comerse los granitos uno a uno, pero no podía restregar la espiga entre las manos, pues eso sería tanto como ponerse a trabajar, lo cual no se permitía en Sábado. Para quien vive en Cristo lo más importante es el hombre, velar por él, por su bienestar, hacerle el bien y no el mal. Pues de nada aprovecha el sentarse ritualmente en Sábado para después dedicarse a hacer el mal y a provocar injusticias en los demás días. Ya el Señor había denunciado este mal por medio del profeta Amós poniendo en boca de los malvados el siguiente discurrimiento: ¿Cuándo pasará el novilunio para poder vender el grano, y el sábado para dar salida al trigo, para achicar la medida y aumentar el peso, falsificando balanzas de fraude, para comprar por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias, para vender hasta el salvado del grano? El Señor, dueño del sábado, nos invita llegar a él como a un día que le consagramos para permanecer en su presencia procurando el bien de todos y poder llegar a la posesión del Sabath eterno, al cual entraremos después de haber trabajado haciendo el bien y no sólo quedándonos en exterioridades que nos dejarían muy lejos del Señor y de su Descanso.
En esta Eucaristía el Señor nos hace participar de su Pan, Pan de vida eterna, que no está ya reservado a nadie. Todos podemos entrar en comunión de vida con el Señor. Celebrar la Eucaristía es vivir por anticipado la Gloria que nos espera en el gozo eterno junto a Dios donde ya no habrá fatigas, ni luto ni llanto, sino sólo gozo y paz en el Señor. Por eso aprendamos a esforzarnos continuamente para que el Reino de Dios llegue a todos. Contemplemos a Cristo que por nosotros subió a la Cruz para reconciliarnos a todos con Dios y hacernos hijos suyos. Contemplémoslo lleno de la Gloria que le corresponde como a Unigénito del Padre, ya que, después de padecer por nosotros, ahora vive, resucitado y glorificado para siempre. Participar de la Eucaristía nos compromete a caminar hacia la participación de esa misma glorificación siguiendo las mismas huellas de Cristo, pues para llegar a donde Él ya nos precedió, es necesario que tomemos nuestra propia cruz de cada día y vayamos tras de Él.
Encontrándonos con el Señor no podemos llegar a su presencia para pasar sólo un momento de paz interior ante Él. Venimos a comprometernos a que, mientras Él vuelva, fortalecidos con el Pan de Vida, y participando del mismo Espíritu Santo, velaremos por el bien de nuestros hermanos. En este hacer el bien jamás nos daremos descanso. El Reino de Dios sufre violencia, y sólo los violentos, los esforzados, van a lograr apoderarse de él. Por eso, día a día, momento a momento, debemos anunciar el Evangelio a todos los hombres; y esa proclamación la llevaremos a cabo mediante nuestras palabras, obras, actitudes y mediante nuestra vida misma. No anunciemos un evangelio que esclavice a quienes lo acepten queriendo hacerlos cumplir con detalles que nada tienen que ver con la fe. Enseñémosles a amar a Cristo, a unir su vida a Él mediante la Liturgia que nos hace partícipes, ya desde ahora, de los bienes eternos; enseñémosles a amar a todas las personas, sin distinción, de tal forma que haya esa preocupación constante de unos por otros para que, haciéndose realidad entre nosotros el amor fraterno, podamos construir un mundo más justo, más fraterno que, ya desde ahora, se convierta en un reflejo de lo que es la eternidad junto a Dios. El Señor, sin distinción, nos llama para que participemos de su vida y permanezcamos en una fe firme, no endeble; en una esperanza que nos haga convertirnos día a día, en un Evangelio viviente del amor del Padre; y en un amor verdadero que nos haga, no poner trabas ni límites a ese amor, sino que, no sólo demos palabras y explicaciones bien elaboradas del Evangelio, sino incluso nuestra propia vida para que todos tengan vida, y la tengan en abundancia.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de hacer el bien en todo momento y en toda circunstancia; pues en esta labor no podemos darnos descanso alguno, recordando lo que nos advierte el Señor: Mientras uno duerme el enemigo siembra la cizaña. No permitamos que por nuestros descuidos en lugar de convertirnos en luz para el mundo, lo dejemos a la deriva en sus tinieblas y tropiezos. Que Dios nos conceda estar, más bien, siempre al servicio de su Evangelio. Amén (www.homiliacatolica.com).
sábado, 3 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
Viernes de la semana 22ª del tiempo ordinario: Todo fue creado por medio de Cristo Jesús, imagen de Dios, por él y para él. Llegó el día en que vino a
Viernes de la semana 22ª del tiempo ordinario: Todo fue creado por medio de Cristo Jesús, imagen de Dios, por él y para él. Llegó el día en que vino al mundo el Mesías, y hay que hacer fiesta y acogerlo, abrir el corazón sin miedo, quitar las cosas viejas
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1,15-20. Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.
Salmo 99,2.3.4.5. R. Entrad en la presencia del Señor con vítores.
Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.
Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.
Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre.
«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.»
Santo evangelio según san Lucas 5, 33-39. En aquel tiempo, dijeron a Jesús los fariseos y los escribas: -«Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber.» Jesús les contestó: -«¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Llegará el día en que se lo lleven, y entonces ayunarán.»Y añadió esta parábola: -«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque se estropea el nuevo, y la pieza no le pega al viejo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino nuevo revienta los odres, se derrama, y los odres se estropean. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: "Está bueno el añejo."»
Comentario: 1.- Col 1,15-20 (ver domingo 15 C). La página que meditaremos hoy es un Himno, que sin duda cantaban los primeros cristianos, pues tiene ritmo como un poema: celebra la grandeza universal de Cristo, en el orden de la creación y en el orden de la resurrección, alrededor del pivote histórico universal que es la cruz. Pablo eleva un himno a Cristo, que nosotros repetimos -junto con parte del pasaje de ayer- en Vísperas de cada miércoles. Quiere completar el conocimiento que ya tienen los Colosenses con una mirada más profunda sobre quién es Cristo en el plan de Dios:
- Cristo es imagen de Dios invisible,
- primogénito de toda la creación, porque todo fue creado "por medio de él", "por él y para él",
- es anterior a todo y todo se mantiene en él: existe antes que nada y todo consiste por él,
- es cabeza de la Iglesia,
- el primogénito de los resucitados, el primero en todo,
- en él reside toda plenitud, según la voluntad de Dios
- y en él ha quedado todo reconciliado con Dios, por la sangre de su cruz.
Cristo como centro del cosmos y de la Iglesia, el primero en la creación y en la salvación.
Parece la respuesta de Pablo a las corrientes gnósticas de Colosas, que ponían a los ángeles o a los espíritus astrales por encima de Cristo.
Es un himno cristológico profundo, misterioso y consolador para nosotros. A los 2000 años de la venida del Señor, es bueno que asumamos esta comprensión de Pablo: Cristo es el que da sentido a todo, a lo cósmico y a lo humano y a lo eclesial. Sólo en él está la clave para entender el plan creador y salvador de Dios, o sea, nuestra identidad como personas y como cristianos, nuestro presente y nuestro destino final. Ojalá supiéramos también nosotros transmitir con el mismo entusiasmo que Pablo nuestra fe en Cristo Jesús, en medio de este mundo que también parece dar prioridad a otros valores en su comprensión del mundo y de la historia.
Muestra la primacía de Cristo. “Frente a las propuestas equivocadas de salvación que ofrecían algunas doctrinas se exalta el misterio de Cristo y su misión redentora. Estos versículos constituyen un bellísimo himno al señorío de Jesucristo sobre toda la creación. En la primera estrofa (vv 15-17) se afirma que el dominio de Cristo abarca al cosmos en todo su conjunto, como consecuencia de su acción creadora. El texto evoca el prólogo de Jn y el comienzo del Gn. En la segunda estrofa (vv 18-20) se presenta la nueva creación mediante la gracia, obtenida por Cristo con su muerte en la cruz. Él es Mediador y Cabeza de la Iglesia. Cristo ha restablecido la paz y ha reconciliado todas las cosas con Dios. Al decir que el Hijo es «imagen del Dios invisible» (v 15) se expresa la misma noción que la doctrina cristiana posterior explicará como identidad de naturaleza divina entre el Padre y el Hijo, y se alude también a que el Hijo procede del Padre. En efecto, solamente la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, es imagen perfectísima del Padre” (Biblia de Navarra). «Se le llama "imagen" porque es consustancial y porque, en cuanto tal, procede del Padre, sin que el Padre proceda de Él» (S. Gregorio Nacianceno, De theologia 30,20). Y Santo Tomás explica que la Imagen del Padre es perfecta en el Hijo, e imperfecta en nosotros.
Al llamarle «primogénito» (v 16) muestra que tiene la supremacía y la capitalidad sobre todos los seres creados: «Fue llamado "primogénito" no por su proveniencia del Padre, sino porque en Él fue hecha la creación... Si el Verbo fuera una de las criaturas, habría dicho la Escritura que Él es primogénito de todas las criaturas. Ahora bien, diciendo los santos que Él es "primogénito de toda la creación” directamente se muestra que es otro distinto a toda la creación y que el Hijo de Dios no es una criatura» (S. Atanasio, Contra Arrianos 2,63). Es primogénito, porque no sólo es anterior a todas las criaturas, sino que todas fueron creadas «en él», «por él» y «para él»: «en él», en Cristo, como en su principio y su centro, como su modelo o causa ejemplar; «por él», porque Dios Padre, por medio de Dios Hijo, crea todos los seres (cfr Jn 1,3), y «para él», porque Cristo es el fin último de todo (cfr Ef 1,10). Además, se añade que «todas subsisten en él», esto es, porque Cristo las conserva en el ser.
El v. 18 emplea la imagen de Cristo, cabeza, y la Iglesia, cuerpo, de la que se habla en 2,19 y Ef 1,23 y 4,15). «Ya sabemos los cristianos que se llevó a cabo la resurrección en nuestra Cabeza y que se llevará en los miembros. La cabeza de la Iglesia es Cristo, y los miembros de Cristo, la Iglesia. Lo que aconteció en la cabeza se cumplirá más tarde en el cuerpo. Ésa es nuestra esperanza» (S. Agustín).
Como Cristo tiene la primacía sobre todas las realidades creadas, el Padre quiso, por medio de Él, reconciliarlas todas consigo (v. 20). El pecado había separado a los hombres de Dios, y esto trajo como consecuencia la ruptura del orden perfecto que había entre las criaturas desde el comienzo. Derramando su sangre en la cruz, Cristo restauró la paz. Nada en el universo queda excluido de este influjo pacificador. «La historia de la salvación —tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época— es la historia admirable de la reconciliación: aquélla por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados. La reconciliación se hace necesaria porque ha habido una ruptura —la del pecado— de la cual se han derivado todas las otras formas de rupturas en lo más íntimo del hombre y en su entorno. Por tanto la reconciliación, para que sea plena, exige necesariamente la liberación del pecado, que ha de ser rechazado en sus raíces más profundas. Por lo cual una estrecha conexión interna viene a unir conversión y reconciliación; es imposible disociar las dos realidades o hablar de una silenciando la otra» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 13; cf Biblia de Navarra).
-Cristo es la imagen del Dios invisible... La humanidad fue ya creada según ese modelo (Gen 1,26) Y, en el Antiguo Testamento, algo del misterio de Cristo estaba anunciado en la Sabiduría, «reflejo de la luz eterna, espejo de la actividad de Dios, imagen de su excelencia» (Sab 7,26). Sabemos muy bien que Dios es invisible ¡Es nuestra cuestión lacerante y dolorosa! Gracias te damos, Señor, de haberlo comprendido y de habernos otorgado esa «semejanza perfecta contigo» que nos permite ver tu amor.
-El primogénito en relación a toda criatura... «Nacido antes que toda criatura». El Verbo de Dios, su Sabiduría, preexiste desde siempre (Prov 8,22-26) La persona de Cristo hunde sus raíces antes del comienzo del tiempo: es un abismo ante el cual nos perdemos.
-Porque en El fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles todo fue creado por El y para El. Las fórmulas se acumulan y se completan: ¡todo es en El, por y para El! El es la fuente, el río, el océano de todas las cosas. Es la energía cósmica que trabaja en el interior de toda criatura: Cristo omnipresente, Cristo omni-activo, Cristo fermento del mundo, «punto omega hacia el cual todo converge».
-El existe con anterioridad a todos los seres y todo subsiste en El. Absoluta primacía de Cristo en el orden de la duración -«antes que todas las cosas»-, como en el de la dignidad -«por encima de todas las cosas»-. Todo ha sido creado... Todo subsiste... en El. Una vez más nos hace bien pensar que la Creación continúa: no fue el impulso inicial lo que lanzó, desde muchísimo tiempo, a los seres... ¡es la relación continua y siempre presente, HOY, de cada ser con su Autor! Cristo me está haciendo en este momento, yo subsisto en El. Y puesto que, eso es verdad de todos los seres, Cristo es el principio de cohesión y de armonía del conjunto del cosmos. El universo es un inmenso organismo, unificado, el Cuerpo de Cristo que no cesa de ir construyéndose.
-Es también la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia. Esta imagen de la cabeza quiere expresar la «distinción» entre Cristo y la creación: no hay confusión entre ambos. ¡Jesús, aun estando íntimamente unido vitalmente a la humanidad entera, es distinto de ella, como la cabeza es distinta del cuerpo, para dirigirlo, animarlo... salvarlo! La mención de la Iglesia aquí, indica el comienzo de la segunda estrofa del Himno. Después de la creación natural en la que Cristo es omni-activo, tenemos la intervención sobrenatural de Dios, en la que Cristo es también el primero.
-Cristo en el Principio, el Primogénito de entre los muertos para que sea El el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en El toda la Plenitud. ¡El mundo va hacia un término, una plenitud! ¡Todo asciende! Hacia la vida en plenitud, hacia la resurrección total, de la que Jesús es el primogénito.
-Y quiso Dios reconciliar por Cristo y para Cristo todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz lo que hay en la tierra y en los cielos. ¡Todo! ¡La salvación de todos! ¡La reconciliación universal! Por su cruz, por su amor hasta el final, por su sangre ofrecida (Noel Quesson).
Aquel que ha sido ungido desde la eternidad por participar de la plenitud de la vida que posee el Padre Dios, de tal forma que, quien contempla al Hijo contempla al Padre, se ha hecho uno de nosotros. El Hijo, en la eternidad misma, se convierte en la imagen del Dios invisible. En Él fueron creadas todas las cosas; su presencia en cada una de sus criaturas, que lo reflejan a su modo y grado de perfección, es lo que les da unidad y consistencia a las mismas criaturas, no tanto porque, juntas formen a Dios, sino porque también ellas, no como esencia, sino como creaturas, son una imagen, un reflejo de Dios; por medio de las criaturas contemplamos a Dios como en un espejo. Cristo, que existe antes de todo lo creado, es cabeza de la creación entera; pero lo es de un modo especial de la Iglesia; ésta manifiesta el Rostro resplandeciente de Cristo, su Señor. Por eso el Evangelio, que se le ha confiado para llevarlo a todos los hombres, es la misión principal que tiene, pues por medio del fiel cumplimiento de la encomienda recibida, hará que todo sea reconciliado con Dios y se una Él para que, participando de la Pascua de Cristo, todo sea en Él renovado y alcance la plenitud en la misma Vida que el Hijo posee recibida del Padre.
2. Juan Pablo II explicaba sobre el Salmo 99: “La tradición de Israel ha dado al himno de alabanza que acabamos de proclamar el título de «Salmo para la todáh», es decir, para la acción de gracias en el canto litúrgico, por lo que se presta muy bien a ser entonado en las Laudes matutinas. En los pocos versículos de este gozoso himno se pueden identificar tres elementos significativos, capaces de hacer fructuosa su recitación por parte de la comunidad cristiana orante.
Ante todo aparece el intenso llamamiento a la oración, claramente descrita en dimensión litúrgica. Basta hacer la lista de los verbos en imperativo que salpican el Salmo y que aparecen acompañados por indicaciones de carácter ritual: «Aclamad..., servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre (vv 2-4). Una serie de invitaciones no sólo a penetrar en el área sagrada del templo a través de las puertas y los patios (cf Sal 14,1; 23,3.7-10), sino también a ensalzar a Dios de manera festiva. Es una especie de hilo conductor de alabanza que no se rompe nunca, expresándose en una continua profesión de fe y de amor. Una alabanza que desde la tierra se eleva hacia Dios, pero que al mismo tiempo alimenta el espíritu del creyente.
Quisiera hacer una segunda y breve observación sobre el inicio mismo del canto, en el que el Salmista hace un llamamiento a toda la tierra a aclamar al Señor (cf v 1). Ciertamente el Salmo centrará después su atención en el pueblo elegido, pero el horizonte abarcado por la alabanza es universal, como con frecuencia sucede en el Salterio, en particular en los así llamados «himnos al Señor rey» (cf Sal 95-98). El mundo y la historia no están en manos del azar, del caos, o de una necesidad ciega. Son gobernados por un Dios misterioso, sí, pero al mismo tiempo es un Dios que desea que la humanidad viva establemente según relaciones justas y auténticas. «Él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente... regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad» (Sal 95,10.13).
Por este motivo, todos estamos en las manos de Dios, Señor y Rey, y todos le alabamos, con la confianza de que no nos dejará caer de sus manos de Creador y Padre. Desde esta perspectiva, se puede apreciar mejor el tercer elemento significativo del Salmo. En el centro de la alabanza que el Salmista pone en nuestros labios se encuentra de hecho una especie de profesión de fe, expresada a través de una serie de atributos que definen la realidad íntima de Dios. Este credo esencial contiene las siguientes afirmaciones: el Señor es Dios: el Señor es nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es bueno, su amor es eterno, su fidelidad no tiene límites (cf vv 3-5).
Ante todo nos encontramos frente a una renovada confesión de fe en el único Dios, como pide el primer mandamiento del Decálogo: «Yo soy el Señor, tu Dios... No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Éx 20,2.3). Y, como se repite con frecuencia en la Biblia: «Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro». Se proclama después la fe en el Dios creador, manantial del ser y de la vida. Sigue después la afirmación expresada a través de la así llamada «fórmula de la alianza», de la certeza que tiene Israel de la elección divina: «somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (v 3). Es una certeza que hacen propia los fieles del nuevo Pueblo de Dios, con la conciencia de constituir el rebaño que el Pastor supremo de las almas las lleva a los prados eternos del cielo (cf 1 P 2,25).
Después de la proclamación del Dios único, creador y fuente de la alianza, el retrato del Señor ensalzado por nuestro Salmo continúa con la meditación en tres cualidades divinas con frecuencia exaltadas en el Salterio: la bondad, el amor misericordioso («hésed»), la fidelidad. Son las tres virtudes que caracterizan la alianza de Dios con su pueblo; expresan un lazo que no se romperá nunca, a través de las generaciones y a pesar del río fangoso de pecado, de rebelión y de infidelidad humanas. Con serena confianza en el amor divino que no desfallecerá nunca, el pueblo de Dios se encamina en la historia con sus tentaciones y debilidades diarias. Y esta confianza se convierte en un canto que no siempre puede expresarse con palabras, como observa san Agustín: «Cuanto más aumente la caridad, más te darás cuenta de lo que decías y no decías. De hecho, antes de saborear ciertas cosas, creías que podías utilizar palabras para hablar de Dios; sin embargo, cuando has comenzado a sentir su gusto, te das cuenta de que no eres capaz de explicar adecuadamente lo que experimentas. Pero si te das cuenta de que no sabes expresar con palabras lo que sientes, ¿tendrás por eso que callarte y no cantar sus alabanzas?... Por ningún motivo. No seas tan ingrato. A Él se le debe el honor, el respeto, y la alabanza más grande... Escucha el Salmo: "¡Aclama al Señor, tierra entera!". Comprenderás la exultación de toda la tierra si tú mismo exultas con el Señor”.
Alabemos al Señor porque no sólo ha creado todas las cosas, sino porque creó para sí un Pueblo para manifestarle todo su amor. En Cristo, Dios se ha formado un Pueblo Nuevo, pueblo que ha sido elevado a la misma dignidad del Hijo de Dios, pues, unido a Él, en Él participa de su misma vida como los miembros de un cuerpo participan de la misma vida y de la misma dignidad que reside en la cabeza. Quienes en Cristo pertenecemos a su Pueblo Santo y somos hijos de Dios, elevemos nuestras manos puras en su presencia para bendecir y alabar su Nombre, porque su Misericordia y su Fidelidad son eternas para con nosotros.
Como si siguiera la invitación de este salmo, la Virgen elevó al Señorun canto de alabanza manifestando su alegría; a ella en la Anunciación se le ha revelado la bondad del Señor y todas las generaciones lo proclamarán (v. 5) llamándola bienaventurada, reconociendo a Dios como santo.
3.- Lc 5, 33-39 (ver paralelo domingo 8, B). Empiezan las discusiones con los fariseos: ¿por qué no ayunan los seguidores de Jesús, como hacen todos los buenos judíos, los fariseos y los discípulos del Bautista? Acusan a los discípulos de que "comen y beben", lo mismo que achacarán a Jesús (Lc 7,33s). El tema no es tanto si ayunar o no, o si el ayuno entra en el programa ascético de Jesús. Él mismo había ayunado cuarenta días en el desierto y la comunidad cristiana, desde muy pronto, dedicó dos días a la semana (miércoles y viernes) al ayuno. Jesús no elimina el ayuno, muy arraigado en la espiritualidad de su pueblo. El interrogante es si ha llegado o no el Mesías. El ayuno previo a Jesús tenía un sentido de preparación mesiánica, con un cierto tono de tristeza y duelo. Seguir haciendo ayuno es no reconocer que ha llegado el Mesías. Ha llegado el Novio. Sus amigos están de fiesta. La alegría mesiánica supera al ayuno. Luego, cuando de nuevo les "sea quitado" el Novio, porque no les será visible desde el día de la Ascensión, volverán a hacer ayuno, aunque no con tono de espera ni de tristeza. Sobre todo, Jesús subraya el carácter de radical novedad que supone el acogerle como enviado de Dios. Lo hace con la doble comparación de la "pieza de un manto nuevo en un manto viejo" y del "vino nuevo en odres viejos".
Aceptar a Jesús en nuestras vidas comporta cambios importantes. No se trata sólo de "saber" unas cuantas verdades respecto a él, sino de cambiar nuestro estilo de vida. Significa vivir con alegría interior. Jesús se compara a sí mismo con el Novio y a nosotros con los "amigos del Novio". Estamos de fiesta. ¿Se nos nota? ¿o vivimos tristes, como si no hubiera venido todavía el Salvador? Significa también novedad radical. La fe en Cristo no nos pide que hagamos algunos pequeños cambios de fachada, que remendemos un poco el traje viejo, o que aprovechemos los odres viejos en que guardábamos el vino anterior. La fe en Cristo pide traje nuevo y odres nuevos. Jesús rompe moldes. Lo que Pablo llama "revestirse de Cristo Jesús" no consiste en unos parches y unos cambios superficiales. Los apóstoles, por ejemplo, tenían una formación religiosa propia del AT: les costó ir madurando en la nueva mentalidad de Jesús. Nosotros estamos rodeados de una ideología y una sensibilidad neopagana. También tenemos que ir madurando: el vino nuevo de Jesús nos obliga a cambiar los odres. El vino nuevo implica actitudes nuevas, maneras de pensar propias de Cristo, que no coinciden con las de este mundo. Son cambios de mentalidad, profundos. No de meros retoques externos. En muchos aspectos son incompatibles el traje de este mundo y el de Cristo. Por eso cada día venimos a escuchar, en la misa, la doctrina nueva de Jesús y a recibir su vino nuevo (J. Aldazábal).
La disciplina que Jesús, joven rabí, impone a sus discípulos, escandaliza a la muchedumbre porque no tiene nada de parecido con las que los demás rabinos imponían a los suyos. Mientras que los discípulos del Bautista y de los fariseos observaban ciertos días de ayuno, los de Cristo parecían dispensarse de ello (v 33). Lo que aquí se plantea es el problema de la independencia manifestada por Jesús y sus discípulos en materia de observancias tradicionales. Jesús justifica esta actitud por medio de una declaración sobre la presencia del Esposo (v 34-35) y de dos breves parábolas (vv 36-37).
En el Antiguo Testamento y en el judaísmo, la práctica del ayuno estaba ligada a la espera de la venida del Mesías. El ayuno y la abstinencia de vino, actitudes específicas del nazireato (Lc 22,14-20), expresaban la insatisfacción de la época presente y la espera de la consolación de Israel. Juan Bautista hizo de esta actitud una ley fundamental de su comportamiento (Lc 1,15). Desde entonces, cuando los discípulos de Jesús se dispensan de los ayunos prescritos o espontáneos, dan la impresión de desinteresarse de la llegada del Mesías y de negarse a participar de la esperanza mesiánica. La respuesta de Jesús es clara: los discípulos no ayunan porque ya no tienen nada que esperar, puesto que ya han llegado los tiempos mesiánicos: ya no tienen que apresurar, mediante prácticas ascéticas, la llegada de un Mesías en cuya intimidad ya viven. Esta intimidad será interrumpida por la pasión y la muerte de su Maestro: en este momento, ayunarán (v 30, en relación con Lc 22,18) hasta el tiempo en que el Esposo les sea devuelto en la resurrección y en el Reino definitivo.
Las parábolas del vestido y de los odres proporcionan otra respuesta a la extrañeza de los discípulos de Juan y de los fariseos. Inaugurador de los tiempos mesiánicos, Jesús es consciente de aportar al mundo una realidad sin común medida con todo lo que los hombres han poseído hasta entonces (cf Lc 16,16 o el milagro de Caná: Jn 2,10). Las dos parábolas no ofrecen ningún juicio de valor al afirmar que el vino viejo es mejor que el nuevo o que el vestido nuevo es preferible al viejo. No establecen una comparación, sino que subrayan solamente una incompatibilidad: no hay que querer asociar lo nuevo a lo viejo, so pena de perjudicar a uno y otro, porque el vestido remendado combinará mal y el odre viejo se perderá irremediablemente... y el vino con él. La lección que se desprende de la respuesta de Cristo está, por tanto, clara; hay que elegir, renunciando a los compromisos, que echan todo a perder. Lucas es particularmente sensible a esta incompatibilidad entre los dos regímenes de la alianza. Modifica en este punto la parábola del vestido (v 36) y añade un versículo bastante curioso, el v 39. Marcos y Mateo subrayaban que el hecho de remendar un vestido viejo no impedía la pérdida de éste; Lucas, por el contrario, hace observar que quitar una pieza de un vestido nuevo (¡cosa que nadie hace!) para arreglar uno viejo estropea a uno y a otro. Los dos primeros evangelistas no hacen observar más que la pérdida del vestido viejo; Lucas subraya la del viejo y el nuevo. No emite ningún juicio de valor; constata solamente una incompatibilidad. El mismo juicio explica el v. 39a (mientras que el v. 39b no parece ser sino una explicación bastante torpe, incluso mal expuesta desde el punto de vista literario). El bebedor de vino viejo no dice que el nuevo sea malo; afirma solamente que no puede beberse después de haber probado el viejo, puesto que sus aromas son incompatibles. El que no ha conocido al Esposo y desea participar de su amor no puede al mismo tiempo vivir como si no existiera. El Evangelio excluye el compromiso (Maertens-Frisque).
-Los fariseos y sus escribas dijeron a Jesús: "Los discípulos de Juan tienen sus ayunos frecuentes y sus rezos, y los de los fariseos también, en cambio los tuyos comen y beben." En el Antiguo Testamento, el ayuno y la abstinencia de vino eran signos de austeridad, ligados a la espera del mesías. Simbólicamente significaban: "los tiempos son malos, estamos insatisfechos, hemos perdido el gusto de vivir... que venga de una vez el tiempo de la consolación y de la alegría, cuando el mesías estará aquí."
-Jesús les contestó: ¿Queréis que ayunen los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?" La respuesta es clara. Los tiempos mesiánicos han llegado. El tiempo de la alegría ha comenzado. ¡Los tiempos mesiánicos no están parados! ¡El tiempo de la alegría, de la intimidad con Jesús, no se ha cerrado! ¿Por qué sucede que los cristianos parezcan personas tristes, tan a menudo? Siendo así que poseen la más extraordinaria fuente de alegría: "el Esposo está con ellos."
-Llegará el día en que se lleven al novio, y entonces, aquel día, ayunarán. Con esto el ayuno toma una nueva significación, toda ella orientada al recuerdo del esposo, que se ha marchado lejos. Así, pues, nuestra "alegría", la más profunda, debiera estar fundada enteramente sobre la presencia o la ausencia de Jesús. Toda nuestra vida se juega sobre ese doble signo. ¡Cuántas alegrías... y tristezas... que no valen la pena!
-Y les decía esta parábola: "Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para echársela a un manto viejo; porque el nuevo se queda roto, y al viejo no le irá el remiendo del nuevo." Marcos y Mateo subrayan solamente que no sirve de nada remendar un manto viejo, porque el tejido nuevo tira del viejo. Lucas es más radical: entre lo nuevo y lo viejo hay una incompatibilidad total... ¡cortar un manto nuevo para remendar otro viejo es estropear los dos! Jesús es consciente de que aporta una novedad radical: el mundo antiguo ha desaparecido, se acabó. ¿Por qué sucede, tan a menudo, que los cristianos aparezcan como gente vuelta hacia el pasado? ¿Y yo? ¿Miro hacia el pasado o hacia el porvenir? Tengo aún "ante" mí una maravillosa aventura. Falta mucho todavía para que mi corazón sea "nuevo", para que descubra más y mejor el amor de mis amigos, de mi cónyuge, de mis hijos. No, nada queda estereotipado, nada está acabado. La evangelización se encuentra solamente en sus comienzos, lo mismo que la Iglesia. Alegría humilde y discreta: descubrir todo lo que en este momento Dios está en trance de renovar, de hacer "nuevo". Incluso la vejez puede ser "vida ascendente". Mi verdadero nacimiento es “mañana”, cuando entraré por fin en la vida ¿Vivo yo en tensión hacia ese día de renovación?
-Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos, porque si no, el vino nuevo revienta los odres; el vino se derrama y los odres se echan a perder. No, el vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos. En esta otra corta parábola la insistencia está todavía en la incomparabilidad. El evangelio excluye el compromiso: un poco de la vieja religión y un poco de la nueva... La nueva Alianza, a pesar de la continuidad con la Antigua, es verdaderamente una novedad: ¡Dios hecho hombre!
-Nadie, después de beber el vino añejo, quiere el nuevo, porque dice: "¡El añejo es el bueno!" Bajo una apariencia contradictoria, es exactamente la misma lección: después de haber saboreado el "buen vino" no se saborea gustosamente el menos bueno... ¡su "bouquet" es incompatible! Quedémonos con el "bueno". ¡Danos, Señor, tu vino! (Noel Quesson).
La respuesta de Jesús compara la antigua con la nueva alianza. De la misma manera como el vino nuevo no se puede meter en cueros viejos y la pieza de tela nueva no puede unirse al vestido viejo, así ocurre con la llegada de Jesús que trae una novedad que no cabe en estructuras viejas y anquilosadas. El mensaje de Jesús es una novedad y exige una nueva estructura mental para recibirlo y aceptarlo; incluso las obligaciones cambian o desaparecen ante la novedad de la salvación que se ha hecho presente en Jesús de Nazaret. “El mérito de nuestros ayunos no consiste solamente en la abstinencia de los alimentos; de nada sirve quitar al cuerpo su nutrición si el alma no se aparta de la iniquidad y si la lengua no deja de hablar mal” (S. León Magno).
Nosotros estamos con el Señor, como amigos invitados al banquete de bodas. Él nos dice: vosotros seréis mis amigos si cumplís mis mandamientos. No basta, por tanto, estar en intimidad con Él a través de la oración, incluso prolongada. Mientras no estemos dispuestos a escuchar su Palabra y a ponerla en práctica, el Señor no podrá decir que somos sus amigos, y mucho menos de su familia como nos lo dice en otra ocasión: El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. Cuando en verdad permitamos al Espíritu Santo renovar nuestra vida, entonces seremos criaturas nuevas en Cristo; entonces la vida de fe en el Señor no será sólo un parche en nosotros, ni algo nuevo que llega a un corazón que continúa cargando con el hombre viejo, que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias. De nosotros se espera una vida que manifieste la alegría de sabernos amados y unidos a Cristo; sin embargo, al contemplar que hay muchos que viven separados de Él, o que ni siquiera han oído hablar de Él, nos ha de llevar a sacrificarnos a favor de ellos, poniendo todo nuestro empeño en hacer que el Señor llegue a habitar en todos para que nuestra humanidad se renueve en el amor, en la verdad, en la justicia, en la solidaridad, y en la comunión fraterna.
En esta Eucaristía estamos reunidos en torno a Cristo como amigos suyos; más aún: como de su misma familia. Él parte su pan para nosotros para que, entrando en comunión de Vida con Él, seamos revestidos de su Ser de Hijo de Dios; Él nos comunica su Palabra que llega a nosotros como a odres nuevos para santificarnos y ponernos al servicio de toda la humanidad. La Iglesia de Cristo, que celebra su Misterio Pascual, al mismo tiempo está llamada a ser como el vino bueno y generoso que alegre el corazón de todos, porque se esfuerce en sembrar el auténtico amor en todos los pueblos. Sólo cuando en verdad se ama es posible establecer relaciones auténticas, maduras, que nos ayuden mutuamente a recobrar la paz, la alegría, la capacidad de ser misericordiosos con todos y de no causar mal a alguien, sino, más bien ser para todos un signo del amor que Dios nos ha manifestado en Jesús su Hijo, Señor de la Iglesia.
La presencia del Señor en nosotros nos ha de fortalecer para que, con actitudes nuevas, manifestemos, por medio de nuestras obras, que en verdad el Señor habita en nosotros. No podemos ser anunciadores de tristezas y de catástrofes. No nos ha de preocupar mucho el llamar a la conversión para evitar el castigo, sino el invitar a convertirse para unirse al Señor y gozar de su vida. Hemos de proclamar el mundo nuevo del Reino de Dios que irrumpe constantemente en todos los corazones y les llena de paz, de alegría, de seguridad para vivir y no como enemigos, no como destructores de la vida, sino como hermanos en torno a un mismo Dios y Padre. Pero, puesto que nadie da lo que no tiene, nosotros proclamamos el mundo nuevo del Reino de Dios desde nuestra propia experiencia del mismo. No somos sólo transmisores, sino testigos del Evangelio de Cristo. Así, nos presentamos ante el mundo como criaturas nuevas en Cristo que trabajan por la paz, por la justicia social, por un auténtico amor fraterno que nos haga abrir los ojos ante las necesidades de los más desprotegidos para tratar de remediarlas, y que, ante el pecado que ha dominado a muchos corazones, ponemos nuestro mejor empeño para ayudarles, por todos los medios posibles, a retornar a la comunión con Cristo y su Iglesia.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber poner nuestra vida en manos de Dios, con gran confianza y amor, para que, haciendo en todo su voluntad, podamos vivir con lealtad nuestra fe, permitiendo al Espíritu de Dios que habite, realmente en nosotros para que sea Él quien nos convierta en un signo claro del Señor para todas las personas. Amén (www.homiliacatolica.com).
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1,15-20. Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.
Salmo 99,2.3.4.5. R. Entrad en la presencia del Señor con vítores.
Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.
Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.
Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre.
«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.»
Santo evangelio según san Lucas 5, 33-39. En aquel tiempo, dijeron a Jesús los fariseos y los escribas: -«Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber.» Jesús les contestó: -«¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Llegará el día en que se lo lleven, y entonces ayunarán.»Y añadió esta parábola: -«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque se estropea el nuevo, y la pieza no le pega al viejo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino nuevo revienta los odres, se derrama, y los odres se estropean. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: "Está bueno el añejo."»
Comentario: 1.- Col 1,15-20 (ver domingo 15 C). La página que meditaremos hoy es un Himno, que sin duda cantaban los primeros cristianos, pues tiene ritmo como un poema: celebra la grandeza universal de Cristo, en el orden de la creación y en el orden de la resurrección, alrededor del pivote histórico universal que es la cruz. Pablo eleva un himno a Cristo, que nosotros repetimos -junto con parte del pasaje de ayer- en Vísperas de cada miércoles. Quiere completar el conocimiento que ya tienen los Colosenses con una mirada más profunda sobre quién es Cristo en el plan de Dios:
- Cristo es imagen de Dios invisible,
- primogénito de toda la creación, porque todo fue creado "por medio de él", "por él y para él",
- es anterior a todo y todo se mantiene en él: existe antes que nada y todo consiste por él,
- es cabeza de la Iglesia,
- el primogénito de los resucitados, el primero en todo,
- en él reside toda plenitud, según la voluntad de Dios
- y en él ha quedado todo reconciliado con Dios, por la sangre de su cruz.
Cristo como centro del cosmos y de la Iglesia, el primero en la creación y en la salvación.
Parece la respuesta de Pablo a las corrientes gnósticas de Colosas, que ponían a los ángeles o a los espíritus astrales por encima de Cristo.
Es un himno cristológico profundo, misterioso y consolador para nosotros. A los 2000 años de la venida del Señor, es bueno que asumamos esta comprensión de Pablo: Cristo es el que da sentido a todo, a lo cósmico y a lo humano y a lo eclesial. Sólo en él está la clave para entender el plan creador y salvador de Dios, o sea, nuestra identidad como personas y como cristianos, nuestro presente y nuestro destino final. Ojalá supiéramos también nosotros transmitir con el mismo entusiasmo que Pablo nuestra fe en Cristo Jesús, en medio de este mundo que también parece dar prioridad a otros valores en su comprensión del mundo y de la historia.
Muestra la primacía de Cristo. “Frente a las propuestas equivocadas de salvación que ofrecían algunas doctrinas se exalta el misterio de Cristo y su misión redentora. Estos versículos constituyen un bellísimo himno al señorío de Jesucristo sobre toda la creación. En la primera estrofa (vv 15-17) se afirma que el dominio de Cristo abarca al cosmos en todo su conjunto, como consecuencia de su acción creadora. El texto evoca el prólogo de Jn y el comienzo del Gn. En la segunda estrofa (vv 18-20) se presenta la nueva creación mediante la gracia, obtenida por Cristo con su muerte en la cruz. Él es Mediador y Cabeza de la Iglesia. Cristo ha restablecido la paz y ha reconciliado todas las cosas con Dios. Al decir que el Hijo es «imagen del Dios invisible» (v 15) se expresa la misma noción que la doctrina cristiana posterior explicará como identidad de naturaleza divina entre el Padre y el Hijo, y se alude también a que el Hijo procede del Padre. En efecto, solamente la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, es imagen perfectísima del Padre” (Biblia de Navarra). «Se le llama "imagen" porque es consustancial y porque, en cuanto tal, procede del Padre, sin que el Padre proceda de Él» (S. Gregorio Nacianceno, De theologia 30,20). Y Santo Tomás explica que la Imagen del Padre es perfecta en el Hijo, e imperfecta en nosotros.
Al llamarle «primogénito» (v 16) muestra que tiene la supremacía y la capitalidad sobre todos los seres creados: «Fue llamado "primogénito" no por su proveniencia del Padre, sino porque en Él fue hecha la creación... Si el Verbo fuera una de las criaturas, habría dicho la Escritura que Él es primogénito de todas las criaturas. Ahora bien, diciendo los santos que Él es "primogénito de toda la creación” directamente se muestra que es otro distinto a toda la creación y que el Hijo de Dios no es una criatura» (S. Atanasio, Contra Arrianos 2,63). Es primogénito, porque no sólo es anterior a todas las criaturas, sino que todas fueron creadas «en él», «por él» y «para él»: «en él», en Cristo, como en su principio y su centro, como su modelo o causa ejemplar; «por él», porque Dios Padre, por medio de Dios Hijo, crea todos los seres (cfr Jn 1,3), y «para él», porque Cristo es el fin último de todo (cfr Ef 1,10). Además, se añade que «todas subsisten en él», esto es, porque Cristo las conserva en el ser.
El v. 18 emplea la imagen de Cristo, cabeza, y la Iglesia, cuerpo, de la que se habla en 2,19 y Ef 1,23 y 4,15). «Ya sabemos los cristianos que se llevó a cabo la resurrección en nuestra Cabeza y que se llevará en los miembros. La cabeza de la Iglesia es Cristo, y los miembros de Cristo, la Iglesia. Lo que aconteció en la cabeza se cumplirá más tarde en el cuerpo. Ésa es nuestra esperanza» (S. Agustín).
Como Cristo tiene la primacía sobre todas las realidades creadas, el Padre quiso, por medio de Él, reconciliarlas todas consigo (v. 20). El pecado había separado a los hombres de Dios, y esto trajo como consecuencia la ruptura del orden perfecto que había entre las criaturas desde el comienzo. Derramando su sangre en la cruz, Cristo restauró la paz. Nada en el universo queda excluido de este influjo pacificador. «La historia de la salvación —tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época— es la historia admirable de la reconciliación: aquélla por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados. La reconciliación se hace necesaria porque ha habido una ruptura —la del pecado— de la cual se han derivado todas las otras formas de rupturas en lo más íntimo del hombre y en su entorno. Por tanto la reconciliación, para que sea plena, exige necesariamente la liberación del pecado, que ha de ser rechazado en sus raíces más profundas. Por lo cual una estrecha conexión interna viene a unir conversión y reconciliación; es imposible disociar las dos realidades o hablar de una silenciando la otra» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 13; cf Biblia de Navarra).
-Cristo es la imagen del Dios invisible... La humanidad fue ya creada según ese modelo (Gen 1,26) Y, en el Antiguo Testamento, algo del misterio de Cristo estaba anunciado en la Sabiduría, «reflejo de la luz eterna, espejo de la actividad de Dios, imagen de su excelencia» (Sab 7,26). Sabemos muy bien que Dios es invisible ¡Es nuestra cuestión lacerante y dolorosa! Gracias te damos, Señor, de haberlo comprendido y de habernos otorgado esa «semejanza perfecta contigo» que nos permite ver tu amor.
-El primogénito en relación a toda criatura... «Nacido antes que toda criatura». El Verbo de Dios, su Sabiduría, preexiste desde siempre (Prov 8,22-26) La persona de Cristo hunde sus raíces antes del comienzo del tiempo: es un abismo ante el cual nos perdemos.
-Porque en El fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles todo fue creado por El y para El. Las fórmulas se acumulan y se completan: ¡todo es en El, por y para El! El es la fuente, el río, el océano de todas las cosas. Es la energía cósmica que trabaja en el interior de toda criatura: Cristo omnipresente, Cristo omni-activo, Cristo fermento del mundo, «punto omega hacia el cual todo converge».
-El existe con anterioridad a todos los seres y todo subsiste en El. Absoluta primacía de Cristo en el orden de la duración -«antes que todas las cosas»-, como en el de la dignidad -«por encima de todas las cosas»-. Todo ha sido creado... Todo subsiste... en El. Una vez más nos hace bien pensar que la Creación continúa: no fue el impulso inicial lo que lanzó, desde muchísimo tiempo, a los seres... ¡es la relación continua y siempre presente, HOY, de cada ser con su Autor! Cristo me está haciendo en este momento, yo subsisto en El. Y puesto que, eso es verdad de todos los seres, Cristo es el principio de cohesión y de armonía del conjunto del cosmos. El universo es un inmenso organismo, unificado, el Cuerpo de Cristo que no cesa de ir construyéndose.
-Es también la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia. Esta imagen de la cabeza quiere expresar la «distinción» entre Cristo y la creación: no hay confusión entre ambos. ¡Jesús, aun estando íntimamente unido vitalmente a la humanidad entera, es distinto de ella, como la cabeza es distinta del cuerpo, para dirigirlo, animarlo... salvarlo! La mención de la Iglesia aquí, indica el comienzo de la segunda estrofa del Himno. Después de la creación natural en la que Cristo es omni-activo, tenemos la intervención sobrenatural de Dios, en la que Cristo es también el primero.
-Cristo en el Principio, el Primogénito de entre los muertos para que sea El el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en El toda la Plenitud. ¡El mundo va hacia un término, una plenitud! ¡Todo asciende! Hacia la vida en plenitud, hacia la resurrección total, de la que Jesús es el primogénito.
-Y quiso Dios reconciliar por Cristo y para Cristo todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz lo que hay en la tierra y en los cielos. ¡Todo! ¡La salvación de todos! ¡La reconciliación universal! Por su cruz, por su amor hasta el final, por su sangre ofrecida (Noel Quesson).
Aquel que ha sido ungido desde la eternidad por participar de la plenitud de la vida que posee el Padre Dios, de tal forma que, quien contempla al Hijo contempla al Padre, se ha hecho uno de nosotros. El Hijo, en la eternidad misma, se convierte en la imagen del Dios invisible. En Él fueron creadas todas las cosas; su presencia en cada una de sus criaturas, que lo reflejan a su modo y grado de perfección, es lo que les da unidad y consistencia a las mismas criaturas, no tanto porque, juntas formen a Dios, sino porque también ellas, no como esencia, sino como creaturas, son una imagen, un reflejo de Dios; por medio de las criaturas contemplamos a Dios como en un espejo. Cristo, que existe antes de todo lo creado, es cabeza de la creación entera; pero lo es de un modo especial de la Iglesia; ésta manifiesta el Rostro resplandeciente de Cristo, su Señor. Por eso el Evangelio, que se le ha confiado para llevarlo a todos los hombres, es la misión principal que tiene, pues por medio del fiel cumplimiento de la encomienda recibida, hará que todo sea reconciliado con Dios y se una Él para que, participando de la Pascua de Cristo, todo sea en Él renovado y alcance la plenitud en la misma Vida que el Hijo posee recibida del Padre.
2. Juan Pablo II explicaba sobre el Salmo 99: “La tradición de Israel ha dado al himno de alabanza que acabamos de proclamar el título de «Salmo para la todáh», es decir, para la acción de gracias en el canto litúrgico, por lo que se presta muy bien a ser entonado en las Laudes matutinas. En los pocos versículos de este gozoso himno se pueden identificar tres elementos significativos, capaces de hacer fructuosa su recitación por parte de la comunidad cristiana orante.
Ante todo aparece el intenso llamamiento a la oración, claramente descrita en dimensión litúrgica. Basta hacer la lista de los verbos en imperativo que salpican el Salmo y que aparecen acompañados por indicaciones de carácter ritual: «Aclamad..., servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre (vv 2-4). Una serie de invitaciones no sólo a penetrar en el área sagrada del templo a través de las puertas y los patios (cf Sal 14,1; 23,3.7-10), sino también a ensalzar a Dios de manera festiva. Es una especie de hilo conductor de alabanza que no se rompe nunca, expresándose en una continua profesión de fe y de amor. Una alabanza que desde la tierra se eleva hacia Dios, pero que al mismo tiempo alimenta el espíritu del creyente.
Quisiera hacer una segunda y breve observación sobre el inicio mismo del canto, en el que el Salmista hace un llamamiento a toda la tierra a aclamar al Señor (cf v 1). Ciertamente el Salmo centrará después su atención en el pueblo elegido, pero el horizonte abarcado por la alabanza es universal, como con frecuencia sucede en el Salterio, en particular en los así llamados «himnos al Señor rey» (cf Sal 95-98). El mundo y la historia no están en manos del azar, del caos, o de una necesidad ciega. Son gobernados por un Dios misterioso, sí, pero al mismo tiempo es un Dios que desea que la humanidad viva establemente según relaciones justas y auténticas. «Él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente... regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad» (Sal 95,10.13).
Por este motivo, todos estamos en las manos de Dios, Señor y Rey, y todos le alabamos, con la confianza de que no nos dejará caer de sus manos de Creador y Padre. Desde esta perspectiva, se puede apreciar mejor el tercer elemento significativo del Salmo. En el centro de la alabanza que el Salmista pone en nuestros labios se encuentra de hecho una especie de profesión de fe, expresada a través de una serie de atributos que definen la realidad íntima de Dios. Este credo esencial contiene las siguientes afirmaciones: el Señor es Dios: el Señor es nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es bueno, su amor es eterno, su fidelidad no tiene límites (cf vv 3-5).
Ante todo nos encontramos frente a una renovada confesión de fe en el único Dios, como pide el primer mandamiento del Decálogo: «Yo soy el Señor, tu Dios... No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Éx 20,2.3). Y, como se repite con frecuencia en la Biblia: «Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro». Se proclama después la fe en el Dios creador, manantial del ser y de la vida. Sigue después la afirmación expresada a través de la así llamada «fórmula de la alianza», de la certeza que tiene Israel de la elección divina: «somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (v 3). Es una certeza que hacen propia los fieles del nuevo Pueblo de Dios, con la conciencia de constituir el rebaño que el Pastor supremo de las almas las lleva a los prados eternos del cielo (cf 1 P 2,25).
Después de la proclamación del Dios único, creador y fuente de la alianza, el retrato del Señor ensalzado por nuestro Salmo continúa con la meditación en tres cualidades divinas con frecuencia exaltadas en el Salterio: la bondad, el amor misericordioso («hésed»), la fidelidad. Son las tres virtudes que caracterizan la alianza de Dios con su pueblo; expresan un lazo que no se romperá nunca, a través de las generaciones y a pesar del río fangoso de pecado, de rebelión y de infidelidad humanas. Con serena confianza en el amor divino que no desfallecerá nunca, el pueblo de Dios se encamina en la historia con sus tentaciones y debilidades diarias. Y esta confianza se convierte en un canto que no siempre puede expresarse con palabras, como observa san Agustín: «Cuanto más aumente la caridad, más te darás cuenta de lo que decías y no decías. De hecho, antes de saborear ciertas cosas, creías que podías utilizar palabras para hablar de Dios; sin embargo, cuando has comenzado a sentir su gusto, te das cuenta de que no eres capaz de explicar adecuadamente lo que experimentas. Pero si te das cuenta de que no sabes expresar con palabras lo que sientes, ¿tendrás por eso que callarte y no cantar sus alabanzas?... Por ningún motivo. No seas tan ingrato. A Él se le debe el honor, el respeto, y la alabanza más grande... Escucha el Salmo: "¡Aclama al Señor, tierra entera!". Comprenderás la exultación de toda la tierra si tú mismo exultas con el Señor”.
Alabemos al Señor porque no sólo ha creado todas las cosas, sino porque creó para sí un Pueblo para manifestarle todo su amor. En Cristo, Dios se ha formado un Pueblo Nuevo, pueblo que ha sido elevado a la misma dignidad del Hijo de Dios, pues, unido a Él, en Él participa de su misma vida como los miembros de un cuerpo participan de la misma vida y de la misma dignidad que reside en la cabeza. Quienes en Cristo pertenecemos a su Pueblo Santo y somos hijos de Dios, elevemos nuestras manos puras en su presencia para bendecir y alabar su Nombre, porque su Misericordia y su Fidelidad son eternas para con nosotros.
Como si siguiera la invitación de este salmo, la Virgen elevó al Señorun canto de alabanza manifestando su alegría; a ella en la Anunciación se le ha revelado la bondad del Señor y todas las generaciones lo proclamarán (v. 5) llamándola bienaventurada, reconociendo a Dios como santo.
3.- Lc 5, 33-39 (ver paralelo domingo 8, B). Empiezan las discusiones con los fariseos: ¿por qué no ayunan los seguidores de Jesús, como hacen todos los buenos judíos, los fariseos y los discípulos del Bautista? Acusan a los discípulos de que "comen y beben", lo mismo que achacarán a Jesús (Lc 7,33s). El tema no es tanto si ayunar o no, o si el ayuno entra en el programa ascético de Jesús. Él mismo había ayunado cuarenta días en el desierto y la comunidad cristiana, desde muy pronto, dedicó dos días a la semana (miércoles y viernes) al ayuno. Jesús no elimina el ayuno, muy arraigado en la espiritualidad de su pueblo. El interrogante es si ha llegado o no el Mesías. El ayuno previo a Jesús tenía un sentido de preparación mesiánica, con un cierto tono de tristeza y duelo. Seguir haciendo ayuno es no reconocer que ha llegado el Mesías. Ha llegado el Novio. Sus amigos están de fiesta. La alegría mesiánica supera al ayuno. Luego, cuando de nuevo les "sea quitado" el Novio, porque no les será visible desde el día de la Ascensión, volverán a hacer ayuno, aunque no con tono de espera ni de tristeza. Sobre todo, Jesús subraya el carácter de radical novedad que supone el acogerle como enviado de Dios. Lo hace con la doble comparación de la "pieza de un manto nuevo en un manto viejo" y del "vino nuevo en odres viejos".
Aceptar a Jesús en nuestras vidas comporta cambios importantes. No se trata sólo de "saber" unas cuantas verdades respecto a él, sino de cambiar nuestro estilo de vida. Significa vivir con alegría interior. Jesús se compara a sí mismo con el Novio y a nosotros con los "amigos del Novio". Estamos de fiesta. ¿Se nos nota? ¿o vivimos tristes, como si no hubiera venido todavía el Salvador? Significa también novedad radical. La fe en Cristo no nos pide que hagamos algunos pequeños cambios de fachada, que remendemos un poco el traje viejo, o que aprovechemos los odres viejos en que guardábamos el vino anterior. La fe en Cristo pide traje nuevo y odres nuevos. Jesús rompe moldes. Lo que Pablo llama "revestirse de Cristo Jesús" no consiste en unos parches y unos cambios superficiales. Los apóstoles, por ejemplo, tenían una formación religiosa propia del AT: les costó ir madurando en la nueva mentalidad de Jesús. Nosotros estamos rodeados de una ideología y una sensibilidad neopagana. También tenemos que ir madurando: el vino nuevo de Jesús nos obliga a cambiar los odres. El vino nuevo implica actitudes nuevas, maneras de pensar propias de Cristo, que no coinciden con las de este mundo. Son cambios de mentalidad, profundos. No de meros retoques externos. En muchos aspectos son incompatibles el traje de este mundo y el de Cristo. Por eso cada día venimos a escuchar, en la misa, la doctrina nueva de Jesús y a recibir su vino nuevo (J. Aldazábal).
La disciplina que Jesús, joven rabí, impone a sus discípulos, escandaliza a la muchedumbre porque no tiene nada de parecido con las que los demás rabinos imponían a los suyos. Mientras que los discípulos del Bautista y de los fariseos observaban ciertos días de ayuno, los de Cristo parecían dispensarse de ello (v 33). Lo que aquí se plantea es el problema de la independencia manifestada por Jesús y sus discípulos en materia de observancias tradicionales. Jesús justifica esta actitud por medio de una declaración sobre la presencia del Esposo (v 34-35) y de dos breves parábolas (vv 36-37).
En el Antiguo Testamento y en el judaísmo, la práctica del ayuno estaba ligada a la espera de la venida del Mesías. El ayuno y la abstinencia de vino, actitudes específicas del nazireato (Lc 22,14-20), expresaban la insatisfacción de la época presente y la espera de la consolación de Israel. Juan Bautista hizo de esta actitud una ley fundamental de su comportamiento (Lc 1,15). Desde entonces, cuando los discípulos de Jesús se dispensan de los ayunos prescritos o espontáneos, dan la impresión de desinteresarse de la llegada del Mesías y de negarse a participar de la esperanza mesiánica. La respuesta de Jesús es clara: los discípulos no ayunan porque ya no tienen nada que esperar, puesto que ya han llegado los tiempos mesiánicos: ya no tienen que apresurar, mediante prácticas ascéticas, la llegada de un Mesías en cuya intimidad ya viven. Esta intimidad será interrumpida por la pasión y la muerte de su Maestro: en este momento, ayunarán (v 30, en relación con Lc 22,18) hasta el tiempo en que el Esposo les sea devuelto en la resurrección y en el Reino definitivo.
Las parábolas del vestido y de los odres proporcionan otra respuesta a la extrañeza de los discípulos de Juan y de los fariseos. Inaugurador de los tiempos mesiánicos, Jesús es consciente de aportar al mundo una realidad sin común medida con todo lo que los hombres han poseído hasta entonces (cf Lc 16,16 o el milagro de Caná: Jn 2,10). Las dos parábolas no ofrecen ningún juicio de valor al afirmar que el vino viejo es mejor que el nuevo o que el vestido nuevo es preferible al viejo. No establecen una comparación, sino que subrayan solamente una incompatibilidad: no hay que querer asociar lo nuevo a lo viejo, so pena de perjudicar a uno y otro, porque el vestido remendado combinará mal y el odre viejo se perderá irremediablemente... y el vino con él. La lección que se desprende de la respuesta de Cristo está, por tanto, clara; hay que elegir, renunciando a los compromisos, que echan todo a perder. Lucas es particularmente sensible a esta incompatibilidad entre los dos regímenes de la alianza. Modifica en este punto la parábola del vestido (v 36) y añade un versículo bastante curioso, el v 39. Marcos y Mateo subrayaban que el hecho de remendar un vestido viejo no impedía la pérdida de éste; Lucas, por el contrario, hace observar que quitar una pieza de un vestido nuevo (¡cosa que nadie hace!) para arreglar uno viejo estropea a uno y a otro. Los dos primeros evangelistas no hacen observar más que la pérdida del vestido viejo; Lucas subraya la del viejo y el nuevo. No emite ningún juicio de valor; constata solamente una incompatibilidad. El mismo juicio explica el v. 39a (mientras que el v. 39b no parece ser sino una explicación bastante torpe, incluso mal expuesta desde el punto de vista literario). El bebedor de vino viejo no dice que el nuevo sea malo; afirma solamente que no puede beberse después de haber probado el viejo, puesto que sus aromas son incompatibles. El que no ha conocido al Esposo y desea participar de su amor no puede al mismo tiempo vivir como si no existiera. El Evangelio excluye el compromiso (Maertens-Frisque).
-Los fariseos y sus escribas dijeron a Jesús: "Los discípulos de Juan tienen sus ayunos frecuentes y sus rezos, y los de los fariseos también, en cambio los tuyos comen y beben." En el Antiguo Testamento, el ayuno y la abstinencia de vino eran signos de austeridad, ligados a la espera del mesías. Simbólicamente significaban: "los tiempos son malos, estamos insatisfechos, hemos perdido el gusto de vivir... que venga de una vez el tiempo de la consolación y de la alegría, cuando el mesías estará aquí."
-Jesús les contestó: ¿Queréis que ayunen los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?" La respuesta es clara. Los tiempos mesiánicos han llegado. El tiempo de la alegría ha comenzado. ¡Los tiempos mesiánicos no están parados! ¡El tiempo de la alegría, de la intimidad con Jesús, no se ha cerrado! ¿Por qué sucede que los cristianos parezcan personas tristes, tan a menudo? Siendo así que poseen la más extraordinaria fuente de alegría: "el Esposo está con ellos."
-Llegará el día en que se lleven al novio, y entonces, aquel día, ayunarán. Con esto el ayuno toma una nueva significación, toda ella orientada al recuerdo del esposo, que se ha marchado lejos. Así, pues, nuestra "alegría", la más profunda, debiera estar fundada enteramente sobre la presencia o la ausencia de Jesús. Toda nuestra vida se juega sobre ese doble signo. ¡Cuántas alegrías... y tristezas... que no valen la pena!
-Y les decía esta parábola: "Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para echársela a un manto viejo; porque el nuevo se queda roto, y al viejo no le irá el remiendo del nuevo." Marcos y Mateo subrayan solamente que no sirve de nada remendar un manto viejo, porque el tejido nuevo tira del viejo. Lucas es más radical: entre lo nuevo y lo viejo hay una incompatibilidad total... ¡cortar un manto nuevo para remendar otro viejo es estropear los dos! Jesús es consciente de que aporta una novedad radical: el mundo antiguo ha desaparecido, se acabó. ¿Por qué sucede, tan a menudo, que los cristianos aparezcan como gente vuelta hacia el pasado? ¿Y yo? ¿Miro hacia el pasado o hacia el porvenir? Tengo aún "ante" mí una maravillosa aventura. Falta mucho todavía para que mi corazón sea "nuevo", para que descubra más y mejor el amor de mis amigos, de mi cónyuge, de mis hijos. No, nada queda estereotipado, nada está acabado. La evangelización se encuentra solamente en sus comienzos, lo mismo que la Iglesia. Alegría humilde y discreta: descubrir todo lo que en este momento Dios está en trance de renovar, de hacer "nuevo". Incluso la vejez puede ser "vida ascendente". Mi verdadero nacimiento es “mañana”, cuando entraré por fin en la vida ¿Vivo yo en tensión hacia ese día de renovación?
-Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos, porque si no, el vino nuevo revienta los odres; el vino se derrama y los odres se echan a perder. No, el vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos. En esta otra corta parábola la insistencia está todavía en la incomparabilidad. El evangelio excluye el compromiso: un poco de la vieja religión y un poco de la nueva... La nueva Alianza, a pesar de la continuidad con la Antigua, es verdaderamente una novedad: ¡Dios hecho hombre!
-Nadie, después de beber el vino añejo, quiere el nuevo, porque dice: "¡El añejo es el bueno!" Bajo una apariencia contradictoria, es exactamente la misma lección: después de haber saboreado el "buen vino" no se saborea gustosamente el menos bueno... ¡su "bouquet" es incompatible! Quedémonos con el "bueno". ¡Danos, Señor, tu vino! (Noel Quesson).
La respuesta de Jesús compara la antigua con la nueva alianza. De la misma manera como el vino nuevo no se puede meter en cueros viejos y la pieza de tela nueva no puede unirse al vestido viejo, así ocurre con la llegada de Jesús que trae una novedad que no cabe en estructuras viejas y anquilosadas. El mensaje de Jesús es una novedad y exige una nueva estructura mental para recibirlo y aceptarlo; incluso las obligaciones cambian o desaparecen ante la novedad de la salvación que se ha hecho presente en Jesús de Nazaret. “El mérito de nuestros ayunos no consiste solamente en la abstinencia de los alimentos; de nada sirve quitar al cuerpo su nutrición si el alma no se aparta de la iniquidad y si la lengua no deja de hablar mal” (S. León Magno).
Nosotros estamos con el Señor, como amigos invitados al banquete de bodas. Él nos dice: vosotros seréis mis amigos si cumplís mis mandamientos. No basta, por tanto, estar en intimidad con Él a través de la oración, incluso prolongada. Mientras no estemos dispuestos a escuchar su Palabra y a ponerla en práctica, el Señor no podrá decir que somos sus amigos, y mucho menos de su familia como nos lo dice en otra ocasión: El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. Cuando en verdad permitamos al Espíritu Santo renovar nuestra vida, entonces seremos criaturas nuevas en Cristo; entonces la vida de fe en el Señor no será sólo un parche en nosotros, ni algo nuevo que llega a un corazón que continúa cargando con el hombre viejo, que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias. De nosotros se espera una vida que manifieste la alegría de sabernos amados y unidos a Cristo; sin embargo, al contemplar que hay muchos que viven separados de Él, o que ni siquiera han oído hablar de Él, nos ha de llevar a sacrificarnos a favor de ellos, poniendo todo nuestro empeño en hacer que el Señor llegue a habitar en todos para que nuestra humanidad se renueve en el amor, en la verdad, en la justicia, en la solidaridad, y en la comunión fraterna.
En esta Eucaristía estamos reunidos en torno a Cristo como amigos suyos; más aún: como de su misma familia. Él parte su pan para nosotros para que, entrando en comunión de Vida con Él, seamos revestidos de su Ser de Hijo de Dios; Él nos comunica su Palabra que llega a nosotros como a odres nuevos para santificarnos y ponernos al servicio de toda la humanidad. La Iglesia de Cristo, que celebra su Misterio Pascual, al mismo tiempo está llamada a ser como el vino bueno y generoso que alegre el corazón de todos, porque se esfuerce en sembrar el auténtico amor en todos los pueblos. Sólo cuando en verdad se ama es posible establecer relaciones auténticas, maduras, que nos ayuden mutuamente a recobrar la paz, la alegría, la capacidad de ser misericordiosos con todos y de no causar mal a alguien, sino, más bien ser para todos un signo del amor que Dios nos ha manifestado en Jesús su Hijo, Señor de la Iglesia.
La presencia del Señor en nosotros nos ha de fortalecer para que, con actitudes nuevas, manifestemos, por medio de nuestras obras, que en verdad el Señor habita en nosotros. No podemos ser anunciadores de tristezas y de catástrofes. No nos ha de preocupar mucho el llamar a la conversión para evitar el castigo, sino el invitar a convertirse para unirse al Señor y gozar de su vida. Hemos de proclamar el mundo nuevo del Reino de Dios que irrumpe constantemente en todos los corazones y les llena de paz, de alegría, de seguridad para vivir y no como enemigos, no como destructores de la vida, sino como hermanos en torno a un mismo Dios y Padre. Pero, puesto que nadie da lo que no tiene, nosotros proclamamos el mundo nuevo del Reino de Dios desde nuestra propia experiencia del mismo. No somos sólo transmisores, sino testigos del Evangelio de Cristo. Así, nos presentamos ante el mundo como criaturas nuevas en Cristo que trabajan por la paz, por la justicia social, por un auténtico amor fraterno que nos haga abrir los ojos ante las necesidades de los más desprotegidos para tratar de remediarlas, y que, ante el pecado que ha dominado a muchos corazones, ponemos nuestro mejor empeño para ayudarles, por todos los medios posibles, a retornar a la comunión con Cristo y su Iglesia.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber poner nuestra vida en manos de Dios, con gran confianza y amor, para que, haciendo en todo su voluntad, podamos vivir con lealtad nuestra fe, permitiendo al Espíritu de Dios que habite, realmente en nosotros para que sea Él quien nos convierta en un signo claro del Señor para todas las personas. Amén (www.homiliacatolica.com).
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Abrir el corazón sin miedo,
quitar las cosas viejas
miércoles, 31 de agosto de 2011
Jueves de la 22ª semana del Tiempo Ordinario: Nos saca Dios del dominio de las tinieblas para llevarnos al reino de su Hijo querido. Vemos cómo llama
Jueves de la 22ª semana del Tiempo Ordinario: Nos saca Dios del dominio de las tinieblas para llevarnos al reino de su Hijo querido. Vemos cómo llama a los Apóstoles que, dejándolo todo, lo siguieron
Carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1,9-14. Hermanos: Desde que nos enteramos de vuestra conducta, no dejamos de rezar a Dios por vosotros y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esta manera, vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas y aumentará vuestro conocimiento de Dios. El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, dando gracias al Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
Salmo 97,2-3ab.3cd-4.5-6. R. El Señor da a conocer su victoria.
El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.
Tocad la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor.
Santo Evangelio según san Lucas 5,1-11. En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: -«Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.» Simón contestó: -«Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a lo socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: -«Apártate de mi, Señor, que soy un pecador.» Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: -«No temas; desde ahora serás pescador de hombres.» Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Comentario: 1. Col 1,9-14. La alabanza de ayer se convierte ahora en una oración de Pablo, para que la comunidad de Colosas siga adelante, profundice en su conocimiento de la voluntad de Dios y le agrade en todas sus obras. Habla de "conocimiento", pero en seguida añade lo de las "obras buenas" y, si es el caso, "la fuerza para soportar todo con paciencia y alegría". “Aquí habla de la vida y de las obras, y es que también lo hace en todas partes: siempre junta la fe a la conducta (…) Efectivamente, quien conoce a Dios y es considerado digno de ser siervo de Dios, más aún, incluso hijo, mira tú cuánta virtud no necesitará” (San Juan Crisóstomo). Dios les ha trasladado de las tinieblas a la luz, lo cual, por una parte, llena de alegría y, por otra, compromete a un estilo de vida conforme a Cristo Jesús.
Podemos examinarnos, ante todo, si existe una buena mezcla de "conocimiento" y de "buenas obras" en nuestra vida. Si nos conformamos con "saber" o si también "hacemos" lo que sabemos que es la voluntad de Dios, buscando agradarle en todo. La sabiduría que Pablo quiere para los suyos es "un conocimiento perfecto" (en griego, "epignosin", super-conocimiento), una "sabiduría e inteligencia espiritual", o sea, apoyada en el Espíritu. Una sabiduría que no se queda en palabras, sino que conduce a una vida "digna del Señor". Podemos preguntarnos también si nos hemos liberado totalmente del "dominio de las tinieblas" y hemos pasado al "reino de la luz". Si caminamos en la verdad, en la sinceridad, o si andamos a medias, entre penumbras, con regateos y vías tortuosas, con trampas y manipulaciones de la verdad. Si caminamos en la luz, nosotros mismos estaremos mucho más llenos de alegría -en la línea optimista del salmo- y también seremos mucho más creíbles en nuestro testimonio para con los demás.
-Desde el día que oímos hablar de vuestra «vida en Cristo» no dejamos de orar por vosotros. Se trata pues de unos cristianos a quienes Pablo no conoce personalmente. No ha estado nunca en Colosas, solamente ha oído hablar de ellos. Sin embargo ruega sin cesar por esos fieles que no conoce. En lo invisible, por encima de las distancias y del anonimato ¿soy capaz de rezar con un corazón tan amplio?
-Pedimos a Dios que lleguéis al pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual. Pablo insiste a menudo en la necesidad de «progresar en el conocimiento» (Fil 1,9; File 6; Ef 1,17; Col 2,2-3). Para este progreso pide dos dones del Espíritu: la sabiduría y la inteligencia. Pablo, ya lo hemos visto, temía que los colosenses se dejasen engañar por falsas doctrinas imbuidas de esoterismo-gnóstico. Para prevenirles contra esas especulaciones místico-intelectuales, ruega por ellos a fin de que tengan la verdadera inteligencia de su fe. En nuestro tiempo estamos también tentados por unas desviaciones doctrinales que provienen de la influencia que tienen sobre nosotros las corrientes de pensamiento que nos envuelven. Razón de más para profundizar en nuestros conocimientos.
-Así vuestra conducta será digna del Señor y capaz de agradarle en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios. Lo que Pablo propone no es pues una pura teoría reservada a los intelectuales: el conocimiento de Dios es a menudo el privilegio de los humildes y es ante todo una actitud, un comportamiento concreto, "una conducta digna de Dios". La fe se manifiesta en la vida real. Haz, señor, que mi conducta te agrade siempre... que mi vida sea fructífera... que no deje de progresar.
-Seréis confortados con toda fortaleza por el poder de su gloria, que os dará constancia y paciencia. Daréis gracias al Padre con alegría... He ahí cuatro frutos del verdadero conocimiento de Dios: la perseverancia, la paciencia, la alegría, la acción de gracias. Todo ello signos de que ¡Dios está allí!
-Al Padre que os ha hecho aptos para participar en la luz en la herencia del pueblo santo. De muchas maneras, la Escritura nos repite que Dios decidió comunicarse desde acá abajo a sus fieles, en prenda de esa plenitud de unión que será un día la visión intuitiva de Dios. «Participar en la herencia de los santos». Es la imagen de la Tierra Prometida, abierta para siempre a los paganos, a todos los hombres (Ef 1,11-14; 2,19).
-El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo muy amado, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados. La más profunda definición del hombre: «un ser capaz de Dios»… «un ser programado para llegar a ser Dios»... «una criatura que Dios decidió hacer a su imagen»... «un ser que Dios introdujo en su propia esfera divina». San León MAGNO, ese gran Papa del siglo V, pensando sin duda en ese pasaje de san Pablo decía, en su famoso sermón de Navidad: «Reconoce, oh cristiano, tu dignidad. Has llegado a ser participante de la naturaleza divina, no vuelvas a tu bajeza primera viviendo de un modo indigno de tu condición. Recuerda que has sido arrancado de las tinieblas y transplantado a la luz y al reino de Dios» (Noel Quesson).
Orar por aquellos a quienes, por medio nuestro, Dios abrió al Evangelio y los hizo partícipes de su Vida, de su Luz y de su Sabiduría, nos hace conscientes de que la obra de salvación es de Dios y no nuestra. Por ese motivo nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo; su Evangelio es para nosotros la Sabiduría que Dios nos ha manifestado, para que, conociéndola y aceptándola en nuestra vida, podamos dar fruto abundante con toda clase de buenas obras, siendo, así, gratos a Dios. Hechos partícipes del Reino de la luz, no seremos vencidos por las tinieblas, pues el Poder del Señor en nosotros nos ayudará a resistir y a perseverar en el bien, de tal forma que, cuando nos reunamos para celebrar la Acción de Gracias, vayamos con la alegría de saber que Dios ha hecho su obra en nosotros y nos ha conservado en su amor participándonos de su Vida y de su Reino. Efectivamente, por medio del Bautismo, Él nos ha liberado del poder de las tinieblas, haciendo que, junto con su Hijo, nos levantemos de aquello que nos retenía en la muerte y lejos de su presencia; y para que, hechos hijos en el Hijo, ahora vivamos para Aquel que por nosotros murió y resucitó. Así formamos el Reino del Hijo amado de Dios. Unidos al Señor, el Padre Dios nos contempla con el mismo amor con que contempla a su Hijo, y nos hace coherederos con Él de la misma herencia que le corresponde como a Hijo suyo.
2. Sal 97,2-6: El Señor ha sido fiel a su promesa al sacarnos de las tinieblas y trasladarnos a la luz admirable del reino de su Hijo. Ha sido la culminación de las obras victoriosas de Yahvé. Su salvación se nos ha hecho posible mediante la redención. Por eso, nuestra aclamación y canto jubiloso. Juan Pablo II decía que era el salmo del triunfo del Señor en su venida final: “Se trata de un himno al Señor rey del universo y de la historia (cf v 6). Se define como "cántico nuevo" (v 1), que en el lenguaje bíblico significa un canto perfecto, pleno, solemne, acompañado con música de fiesta. En efecto, además del canto coral, se evocan "el son melodioso" de la cítara (cf v 5), los clarines y las trompetas (cf v 6), pero también una especie de aplauso cósmico (cf v 8).
Luego, resuena repetidamente el nombre del "Señor" (seis veces), invocado como "nuestro Dios" (v 3). Por tanto, Dios está en el centro de la escena con toda su majestad, mientras realiza la salvación en la historia y se le espera para "juzgar" al mundo y a los pueblos (cf. v 9). El verbo hebreo que indica el "juicio" significa también "regir": por eso, se espera la acción eficaz del Soberano de toda la tierra, que traerá paz y justicia.
El salmo comienza con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel (cf vv 1-3…) la alianza con el pueblo elegido se recuerda mediante dos grandes perfecciones divinas: "misericordia" y "fidelidad" (cf v 3). Estos signos de salvación se revelan "a las naciones", hasta "los confines de la tierra" (vv 2 y 3), para que la humanidad entera sea atraída hacia Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvífica.
La acogida dispensada al Señor que interviene en la historia está marcada por una alabanza coral: además de la orquesta y de los cantos del templo de Sión (cf vv 5-6), participa también el universo, que constituye una especie de templo cósmico (…) se trata de un coro colosal (…). Esta es la gran esperanza y nuestra invocación: "¡Venga tu reino!", un reino de paz, de justicia y de serenidad, que restablezca la armonía originaria de la creación.
En este salmo, el apóstol san Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra de Dios en el misterio de Cristo. San Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio "se ha revelado la justicia de Dios" (cf. Rm 1,17), "se ha manifestado" (cf. Rm 3,21). La interpretación que hace san Pablo confiere al salmo una mayor plenitud de sentido. Leído desde la perspectiva del Antiguo Testamento, el salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al contemplarlo, se admiran. En cambio, desde la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo contemplan y son invitadas a beneficiarse de esa salvación, ya que el Evangelio "es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego", es decir del pagano (Rm 1,16). Ahora "todos los confines de la tierra" no sólo "han contemplado la salvación de nuestro Dios" (Sal 97,3), sino que la han recibido.
Desde esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un texto recogido después por san Jerónimo, interpreta el "cántico nuevo" del salmo como una celebración anticipada de la novedad cristiana del Redentor crucificado. Por eso, sigamos su comentario, que entrelaza el cántico del salmista con el anuncio evangélico: "Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado, algo hasta entonces inaudito. Una realidad nueva debe tener un cántico nuevo. "Cantad al Señor un cántico nuevo". En realidad, el que sufrió la pasión es un hombre; pero vosotros cantad al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero salvó como Dios". Prosigue Orígenes: Cristo "hizo milagros en medio de los judíos: curó paralíticos, limpió leprosos, resucitó muertos. Pero también otros profetas lo hicieron. Multiplicó unos pocos panes en un número enorme, y dio de comer a un pueblo innumerable. Pero también Eliseo lo hizo. Entonces, ¿qué hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre, para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado, para elevarnos hasta el cielo"”.
En Cristo Jesús, Dios se ha levantado victorioso sobre el pecado y la muerte. Todas las naciones son testigos del amor que Dios le ha tenido a su Pueblo Santo. A pesar de nuestras infidelidades, Él permanece fiel, y su lealtad jamás da marcha atrás. Quienes se adhieran al Señor, aún sin pertenecer al antiguo Pueblo de Dios, podrán no sólo aclamarlo, sino participar de su victoria y, formando un único pueblo basado en la fe en Jesucristo, podrán tenerlo como su Señor y Rey. Entonces, todas las naciones podrán aclamar jubilosas al Señor eternamente. Efectivamente Jesucristo ha derrumbado el muro que nos separaba: el odio; y nos ha unido en el amor que procede de Dios, de tal forma que ahora todos vivamos y caminemos en el amor fraterno teniendo un sólo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre. Que esta dignación con que Dios nos ha distinguido nos ayude a no seguirnos dividiendo, sino a vivir la unidad en el amor fraterno querida por Jesucristo, y que servirá como testimonio para que el mundo crea.
3.- Lc 5,1-11 (ver domingo 5, C). Lucas nos narra la llamada vocacional de Pedro y de los otros primeros discípulos, de una forma ligeramente distinta a los otros Evangelios (Mt 4,18-25; Mc 1,16-20; Jn 1,35-51) que cuentan la llamada en los inicios de l avida pública, pero Mateo y Marcos lo hacen como el primer acto del ministerio de Jesús y subrayan la identificación de los discípulos con el maestro; Lucas lo hace preceder de un breve ministerio de Jesús en Cafarnaún y un cierto trato de Jesús con los apóstoles, especialmente con Pedro (Biblia de Navarra): "desde ahora serás pescador de hombres". Hasta ahora aparecía trabajando solo. Ahora busca colaboradores. Ya ayer hablaba de Pedro el evangelio: Jesús curó a su suegra de la fiebre. Hoy nos cuenta cómo, para poder apartarse un poco de la gente que se agolpaba en torno, le pide a Pedro que le preste su barca. Qué satisfacción sentiría Pedro: ese predicador que se está haciendo famoso, por su palabra y por sus milagros, le ha pedido a él su barca. Luego, aunque a regañadientes, porque tiene la experiencia del fracaso de la noche, echa las redes "por la palabra de Jesús". Y sucede lo inesperado: la pesca milagrosa, que provoca en Pedro una reacción de espanto y admiración: "apártate de mí, Señor, que soy un pecador". No debieron entender mucho lo de ser "pescador de hombres". Pero aquel hombre les ha convencido: "dejándolo todo, lo siguieron".
Ser "pescadores de hombres" no significa nada peyorativo. Pescar a las personas, en este sentido, no es un proselitismo a ultranza, ni hacer que mueran para nuestro provecho -en eso consiste la pesca de los peces- sino lo contrario: evangelizar, convencer, ofrecer de parte de Dios a cuantas más personas mejor la buena noticia del amor y la salvación. En el origen de nuestra vocación cristiana y apostólica tal vez no haya una "pesca milagrosa" o algún hecho extraordinario. Pero sí, de algún modo, ha habido y sigue habiendo un sentimiento de admiración y asombro por Cristo, y la convicción de que vale la pena dejarlo todo y seguirle, para colaborar con él en la salvación del mundo. Probablemente lo que sí hemos experimentado ya son noches estériles en que "no hemos pescado nada" y días en que hemos sentido la presencia de Jesús que ha vuelto eficaz nuestro trabajo. Sin él, esterilidad. Con él, fecundidad sorprendente. Y así vamos madurando, como aquellos primeros discípulos, en nuestro camino de fe, a través de los días buenos y de los malos. Para que, por una parte, no caigamos en la tentación del miedo o la pereza. Y, por otra, no confiemos excesivamente en nuestros métodos, sino en la fuerza de la palabra de Cristo. Si no hemos conseguido más, en nuestro apostolado, "mar adentro", ¿no habrá sido porque hemos confiado más en nosotros que en él? ¿porque hemos "echado las redes" en nombre propio y no en el de él? (J. Aldazábal). “Duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: ‘Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre’” (Juan Pablo II).
-Jesús se encontraba a la orilla del lago de Genezaret. La gente se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Escena viva, concreta. Trato de imaginarla. ¿Tengo yo esa misma avidez?
-Vio dos barcas junto a la orilla: Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Jesús subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la retirara un poco de tierra. Cuando Jesús mete el pie dentro, la barca bambolea un poco; pero Simón sabe restablecer el equilibrio como marino experto.
-Luego se sentó y desde la barca enseñaba a la gente. ¡Cuánto me hubiera gustado encontrarme en esa playa entre los oyentes!
-Cuando acabó de hablar dijo a Simón: "Sácala mar adentro"... En aguas profundas.
-Simón contestó: "Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada; pero ya que Tú lo dices, echaré las redes. Y Simón sube la vela, o toma sus remos... y se boga, lago adentro con Jesús a bordo. A menudo, así, Jesús nos pide de hacer cosas sorprendentes, irracionales. Salir de nuevo a pescar ¡cuando nada se ha logrado en toda una noche de esfuerzo! La fe es algo semejante. Confiar en Jesús. No fiarse de los propios razonamientos. Partir mar adentro. Partir hacia los misterios: la Eucaristía... la Trinidad... la Encarnación... la Resurrección... la Iglesia... Ya que lo dices, Señor, te creo; echo las redes.
-Obtuvieron tal redada de peces que reventaba la red. Hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a echarles una mano... Llenaron las dos barcas que casi se hundían. Contemplo esas barcas demasiado llenas que amenazan zozobrar. ¿Me ha sucedido alguna vez en mi vida hacer la experiencia de la sobreabundancia que Dios aporta? ¿sentirse colmado? Orar partiendo de mis éxitos, de mis alegrías. En los días de aridez espiritual es bueno acordarse de los buenos momentos... como Pedro debió recordarlos más tarde... en medio de los fracasos de su vida apostólica.
-Al ver esto Simón Pedro se echó a los pies de Jesús, diciendo: "Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador." El espanto le embargó. En el lenguaje bíblico ese miedo o espanto es señal de que Dios se ha acercado a nosotros. Nuestras mentes modernas encuentran esto casi excesivo. ¡Y sin embargo es así! No nos hagamos los más listos ante Dios. No se trata de caer en un miedo enfermizo y malsano -Dios es infinitamente bueno- pero ¿no nos sería muy conveniente volver a descubrir la santidad y el poder de Dios? -Dios es infinitamente grande-. Y ¿cómo no nos descubriríamos entonces, como Pedro, indignos de permanecer en su presencia? Señor, soy un pecador, una pecadora, no soy digno de recibirte...
-Jesús dijo a Simón: "No temas, desde ahora serás pescador de hombres." ¡No temas! Es uno de los refranes de Dios. Es natural que el hombre tiemble ante Dios; y he aquí que Dios mismo se empeña en tranquilizarnos. ¡Gracias, Señor! "Serás pescador de hombres"... Vocación divina. Dios cambia un destino.
-Dejándolo todo lo siguieron. "Todo". Dejándolo todo. ¿Cuál es mi disponibilidad? (Noel Quesson).
El Evangelio de hoy viene decirnos que para encontrar, para "pescar" tenemos que aceptar definitivamente que hay Alguien que sabe más que nosotros y que es a su Sombra donde nuestras búsquedas alcanzan su objetivo, donde nuestras preguntas encuentran respuesta.
Lucas nos presenta a pescadores expertísimos intentando explicar a Jesús que El sabrá mucho del Reino de su Padre... pero que de peces son ellos los que entienden. Sin embargo, Pedro deja que Jesús se "meta" en su vida cotidiana, en sus asuntos más triviales en apariencia y tiene la lucidez suficiente para responder a Jesús: "fiado en tu palabra echaré la red". No hizo falta más. Su gesto fue bastante para poner en evidencia el poder de Dios y, sobre todo, para descubrir que Dios es más grande que todos nuestras teorías, más poderoso que nuestra ciencia.
Pero necesitamos Fe. Sin ella no tendremos el valor de echar las redes, no nos determinaremos a abandonar la seguridad de lo que conocemos para buscar allí donde la Palabra nos asegura que hemos de encontrar.
Simón Pedro creyó y alcanzó la sabiduría -"¡Señor!"- y, con la Sabiduría la serenidad para acogerla en la propia vida y dejar que le marcara un rumbo diferente: "No tengas miedo; desde ahora serás pescador de hombres."
¡Dios está con nosotros! Basta tener la Fe y la transparencia de corazón suficientes para saber mirar... y para arriesgarnos. ¿No os parece que es motivo más que suficiente para una verdadera y profunda alegría? (Olga Elisa Molina). No hay que tener miedo (cf San Josemaría, Forja 287).
El agua tiene en el A.T. un sentido negativo y caótico; sacar de las aguas es salvar (Gn 1.7; Ex 14; 15). Toda salvación se realiza a través del agua: el Bautismo.
Pescar=salvar sin Jesús es imposible. Todos los saberes y técnicas humanas, las horas oportunas: la noche, no son capaces de salvar.
Jesús, el aprisionado, el que tiene peligro de ser apropiado y destruido entra en el mar y la salvación comienza. Él corrió nuestros caminos hasta el fondo.
Ser "pescadores de hombres" no puede ser cambiar a los hombres de prisión, es dar libertad de ídolos, de ideologías, de opresiones.
Es la salvación total la que anuncia Cristo. Es abrir el corazón humano a la esperanza y al amor de Dios.
Sólo pueden salvar los pobres, los libres: "dejándolo todo le siguieron"(v.11). Los aprisionados por el poder, el dinero, la sociedad de consumo no podremos salvar, hay que dejarlo todo ante el pasmo de un Dios que se hace carne para hacernos hijos de Dios. El pecado no aparta a Dios, cuando es reconocido como tal.
Él no vino a salvar a los justos, sino a los pecadores.
Si no se ha capturado nada durante la noche, que es el tiempo de la pesca, ahora -por la mañana- se pescará mucho menos. La elección y la vocación exigen fe, aunque no se comprenda, exigen "esperanza contra toda esperanza" (Rm 4. 18). Así creyó y esperó María, así también Abraham.
Simón reconoce que la palabra de Jesús ordena con autoridad y que es capaz de realizar lo que no se puede lograr con fuerzas humanas: "Maestro... por tu palabra, echaré las redes" (...) La fe en la palabra imperiosa del Maestro no se ve frustrada. Las redes estaban a punto de romperse debido al peso de los peces.
Como Pedro no exige ningún signo, recibe el signo que se amolda a su vida, a su inteligencia y a su vocación. Dios procede con él como con María. Así procede Dios con su pueblo. La salvación exige fe, pero Dios apoya la fe con sus signos. (...) Simón ve en Jesús una manifestación (epifanía) de Dios. Ha visto y vivido el milagro, el poder divino que actúa en Jesús. La manifestación de Dios suscita en él la conciencia de su condición de pecador, de su indignidad, el temor del Dios completamente Otro, del Dios santo. La manifestación del Dios santo a Isaías remata en esta confesión del profeta: "¡Ay de mí, perdido soy!, pues siendo hombre de impuros labios..., he visto con mis ojos al Rey, Yahvéh Sebaot" (Is 6,5). La admiración por Jesús atrae a Simón hacia él, la conciencia de su pecado le aleja de él. En la palabra "Señor" expresa la grandeza de aquel al que ha reconocido en su milagro (Comentarios Herder).
Se comprende mejor la importancia del episodio de la pesca milagrosa si se tiene en cuenta que el judío considera el agua, sobre todo el mar, como morada de Satanás y de las fuerzas contrarias a Dios. Hasta la venida del Salvador, nada podía hacerse -salvo un milagro del tipo del del mar Rojo- para salvar a quienes la mar enemiga engullía; pero desde que Él está aquí, se pueden pescar hombres en abundancia y sustraerlos a las garras del imperio del mal. Ese es, por otro lado, el sentido profundo de la bajada a los infiernos (inferi=aguas inferiores) en 1P 3,19, en donde Cristo desciende precisamente para salvar a quienes habían sucumbido bajo las aguas del diluvio. Ser pescadores de hombres es, pues, participar en esa empresa de salvamento de todos cuantos se han visto absorbidos por el mal; ya Jr 16. 15-16a preveía esa función.
S. Lucas considera, pues, a la Iglesia como la institución encargada de salvar a la humanidad de la sumersión que la amenaza. Para garantizar la realización de esa misión hay hombres encargados de una misión apostólica particular dentro de la Iglesia. Pero sólo a Cristo le deben las fuerzas con que cuentan para llevar a buen término su "pesca" y el ardor que ponen en conseguirlo.
El misionero será un pescador de hombres en la medida en que salve seres humanos mediante la administración del bautismo. El cristiano será pescador de hombres en la medida en que multiplique a su alrededor las conversiones e introduzca en la Iglesia a muchas almas. Este concepto individualista no corresponde quizá del todo con la manera de pensar de Lucas y ni siquiera con la mentalidad moderna. Bajo apariencias místicas, el relato de la pesca milagrosa parece tener otro alcance: la humanidad es presa de potencias que la absorben y la anegan; Cristo se reserva a Sí y a sus discípulos una misión liberadora que frene y contrarreste ese deslizamiento hacia la catástrofe.
El caso es que la humanidad actual se mueve en la cuerda floja y bastaría muy poca cosa para que se hundiese a sí misma sin necesidad de otras fuerzas demoníacas que su propio egoísmo y su afán de poder. Ser pescador de hombres consiste, por tanto, hoy, en participar en todas las empresas que quieren evitarle al hombre esa perdición y colaborar, mediante una mayor igualdad, una paz más estable y una mayor posibilidad para los humildes de promoverse a sí mismos, sacar a la humanidad del océano que la sumerge. Dejarla fuera de estos movimientos es condenar a la Iglesia a no revelar su identidad y su misión entre los hombres (Maertens-Frisque).
Los amigos de Jesús habían estado pescando toda la noche y habían vuelto con las redes vacías. Pero Jesús les invita a remar mar adentro y a echar de nuevo las redes. La pesca supera a todas las expectativas: su peso hace que se rompan las redes. A lo largo de los siglos se hablará de aquella "pesca milagrosa". La cosa podría haber quedado ahí, y lo que ocurrió aquella mañana no habría pasado de ser una anécdota. Pero Jesús prosigue: "En adelante serás pescador de hombres". La imagen resulta sorprendente, y la anécdota se hace parábola. Aquella mañana desveló Jesús la misión de la Iglesia.
¡Pescar hombres...! Hay una enorme competencia en todos los bancos de pesca... Sectas, gurús e ideologías tratan de seducir a los hombres que nadan entre dos aguas, abandonados a las corrientes que les llevan de acá para allá sin que ellos puedan dar con el sentido de su vida. ¿Será la Iglesia una "empresa de pesca" más, en competencia con otras muchas? "En adelante serán hombres lo que captures". Ahora bien, uno puede ser capturado en el sentido en que se afirma de un prisionero, y puede también ser capturado en el sentido que se emplea para referirse a un enamorado que ha quedado atrapado en las redes del amor. "En adelante serán hombres lo que captures".
La Iglesia sólo podrá lanzar sus redes a la manera de su Señor: aquellos a los que éste ha "capturado" han sido llamados por él sin ser engañados. Lo que ha hecho ha sido iluminarlos con su verdad, pero sin manipularlos; reconfortarlos con su Espíritu, pero sin violentarlos. Y es que Jesús "captura" a los hombres para gozo y alegría de éstos: los hace libres. Jesús "captura" al hombre para que éste quede prendado de él.
En adelante, la misión de la Iglesia consiste en lanzar a todos los vientos la Palabra para que los hombres queden seducidos por ese rostro que les despierta a la vida y a la libertad. "En adelante... : esta expresión no significa sólo "a partir de este momento en que te lo digo", sino también: "a causa de la experiencia que acabas de realizar". Aun habiendo sido seducida, la Iglesia no ha de ser seductora: las presiones, los eslóganes y los chantajes no tienen nada que ver con la misión. La vocación de la Iglesia no consiste en atrapar a nadie en sus redes; no se trata de "tener" a los hombres, de poseerlos. Tan sólo resultan "tocados" los que han visto cómo su libertad era despertada, suscitada, re-sucitada. El "¡Tú sabes que te amo!" brota únicamente en la libertad de un corazón convertido y que se abandona. Sólo los enamorados son atrapados en las redes que les sumergen en la libertad de la vida.
Tú nos has seducido, Dios de ternura, / con la solicitud por nosotros. / Tu amor se ha hecho pasión / para revelarnos tu proyecto: / prendernos en las redes de tu benevolencia. / Haz que sepamos abandonarnos a semejante pasión: / danos a conocer el gozo de ser amados para siempre (Dios cada día, Sal Terrae).
Hoy, el Evangelio nos ofrece el diálogo, sencillo y profundo a la vez, entre Jesús y Simón Pedro, diálogo que podríamos hacer nuestro: en medio de las aguas tempestuosas de este mundo, nos esforzamos por nadar contra corriente, buscando la buena pesca de un anuncio del Evangelio que obtenga una respuesta fructuosa...
Y es entonces cuando nos cae encima, indefectiblemente, la dura realidad; nuestras fuerzas no son suficientes. Necesitamos alguna cosa más: la confianza en la Palabra de aquel que nos ha prometido que nunca nos dejará solos. «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5). Esta respuesta de Pedro la podemos entender en relación con las palabras de María en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5). Y es en el cumplimiento confiado de la voluntad del Señor cuando nuestro trabajo resulta provechoso.
Y todo, a pesar de nuestra limitación de pecadores: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). San Ireneo de Lyón descubre un aspecto pedagógico en el pecado: quien es consciente de su naturaleza pecadora es capaz de reconocer su condición de criatura, y este reconocimiento nos pone ante la evidencia de un Creador que nos supera.
Solamente quien, como Pedro, ha sabido aceptar su limitación, está en condiciones de aceptar que los frutos de su trabajo apostólico no son suyos, sino de Aquel de quien se ha servido como de un instrumento. El Señor llama a los Apóstoles a ser pescadores de hombres, pero el verdadero pescador es Él: el buen discípulo no es más que la red que recoge la pesca, y esta red solamente es efectiva si actúa como lo hicieron los Apóstoles: dejándolo todo y siguiendo al Señor (cf. Lc 5,11; Blas Ruiz i López).
La Iglesia, simbolizada en la barca de Pedro, teniendo consigo a Cristo, proclama la Buena Nueva a todos los hombres, invitándolos a unirse a ella para que la salvación se haga realidad para todos. No podemos anunciar el Nombre de Dios sin preocuparnos de atraer a todos hacia Cristo. Cuando el Señor pide a Pedro arrojar las redes al mar, lo está invitando a cumplir fielmente con la misión de hacer que la salvación, por medio del anuncio del Evangelio, que conduce a la fe en Cristo, llegue a todos los hombres sin distinción. Esa labor no podrá hacerse al margen de Cristo. Antes que nada, la Iglesia debe saber escuchar al Señor y serle fiel. No son nuestros métodos, ni nuestras imaginaciones o investigaciones técnicas lo que le da su eficacia a la Palabra de Dios. Es el Señor quien nos salva y nos conduce para que, abandonando nuestro antiguo modo de vivir, nos convirtamos en testigos suyos por caminar tras sus huellas. Entonces el anuncio eficaz del Evangelio no será fruto de la ciencia humana, sino de nuestra experiencia personal del Señor y del Espíritu que nos conduce a la Verdad plena.
Venimos ante el Señor trayendo todas nuestras fatigas apostólica y humanas. Él nos precede con su cruz, con su entrega. Él nos hace saber que, a pesar de que, por serle fieles dando testimonio de Él en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida, encontremos dificultades, persecuciones, e incluso la muerte, jamás debemos dar marcha atrás en la escucha fiel de su Palabra y en la puesta en práctica de la misma. Efectivamente, nuestra fe en Cristo no puede quedarse arrinconada en actos litúrgicos. Cuando acudimos a la Celebración de la Eucaristía nos presentamos ante el Señor trayendo como ofrenda nuestra propia vida con todas nuestras ilusiones; aun cuando traemos también nuestras angustias y todo aquello que, por algún motivo, nos ha querido impulsar a dar marcha atrás en el camino recto, o en nuestra entrega a favor del bien hecho a quienes nos rodean. El Señor nos contempla con gran amor y nos invita a seguir sus huellas, sin claudicar de aquello que dará un nuevo rumbo a nuestra historia. No importa que la noche totalmente oscura se haya cernido sobre nosotros; el Señor nos invita a que le demos espacio en la barca de nuestra propia vida para que conozcamos la Buena Nueva de su amor y recuperemos la paz y el ánimo de seguirnos esforzando por darle sentido a nuestra vida.
Por eso el Señor nos dice: Conduce la barca mar adentro. Yo voy contigo; aprende a escuchar mi Palabra y a ponerla en práctica. La salvación no puede estar al margen de tu esfuerzo continuo por vivir conforme al Camino que yo te he indicado. Si queremos convertirnos en pescadores de hombres; si queremos ser colaboradores para que todos encuentren el camino del amor fraterno, para que, unidos a Cristo, le demos un nuevo rumbo a nuestra existencia comprometiéndonos constante por erradicar de nosotros la pobreza, los encarcelados injustamente por oponerse a las propias ideas, las injusticias sociales, el pecado y el enviciarse en él, antes que nada nosotros mismos hemos de tomar las actitudes de Cristo que el mundo requiere para encontrar en nosotros un poco más de luz, de amor y de esperanza en su vida. No podemos sólo predicarles la Buena Nueva; es necesario ponernos a trabajar echando las redes y afanándonos para que ese Reino de Dios, ese mundo nuevo se abra paso entre nosotros. A pesar de que nuestros intentos anteriores por colaborar en el bien hayan sido fallidos, ahora, con Cristo presente en nosotros, fieles a su Palabra, vayamos mar adentro, no huyamos del mundo y sus problemas, acerquémonos a todos para proclamarles el Nombre del Señor, tanto con nuestras palabras, como, sobre, todo, con nuestro propio testimonio. Así, siendo instrumentos eficaces en las manos de Dios, nosotros seremos realmente colaboradores para que Él continúe realizando su obra salvadora entre nosotros.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de esforzarnos continuamente, guiados por el Espíritu Santo, para que el Reino de Dios esté en nosotros y nos ayude a vivir como hijos de un mismo Dios y Padre; y para que, sin quedarnos en una salvación adquirida de un modo personalista, nos preocupan de que esa salvación llegue a todos hasta que todos seamos uno en Cristo, en una sola Barca en la que, encontrándose el Señor con nosotros al final todos convertirnos en una continua alabanza del Padre Dios, por quien fuimos llamados a la Vida y hacia el que se encaminan nuestros pasos para gozarle y alabarle eternamente. Amén (www.homiliacatolica.com).
Carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1,9-14. Hermanos: Desde que nos enteramos de vuestra conducta, no dejamos de rezar a Dios por vosotros y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esta manera, vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas y aumentará vuestro conocimiento de Dios. El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, dando gracias al Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
Salmo 97,2-3ab.3cd-4.5-6. R. El Señor da a conocer su victoria.
El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.
Tocad la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor.
Santo Evangelio según san Lucas 5,1-11. En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: -«Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.» Simón contestó: -«Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a lo socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: -«Apártate de mi, Señor, que soy un pecador.» Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: -«No temas; desde ahora serás pescador de hombres.» Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Comentario: 1. Col 1,9-14. La alabanza de ayer se convierte ahora en una oración de Pablo, para que la comunidad de Colosas siga adelante, profundice en su conocimiento de la voluntad de Dios y le agrade en todas sus obras. Habla de "conocimiento", pero en seguida añade lo de las "obras buenas" y, si es el caso, "la fuerza para soportar todo con paciencia y alegría". “Aquí habla de la vida y de las obras, y es que también lo hace en todas partes: siempre junta la fe a la conducta (…) Efectivamente, quien conoce a Dios y es considerado digno de ser siervo de Dios, más aún, incluso hijo, mira tú cuánta virtud no necesitará” (San Juan Crisóstomo). Dios les ha trasladado de las tinieblas a la luz, lo cual, por una parte, llena de alegría y, por otra, compromete a un estilo de vida conforme a Cristo Jesús.
Podemos examinarnos, ante todo, si existe una buena mezcla de "conocimiento" y de "buenas obras" en nuestra vida. Si nos conformamos con "saber" o si también "hacemos" lo que sabemos que es la voluntad de Dios, buscando agradarle en todo. La sabiduría que Pablo quiere para los suyos es "un conocimiento perfecto" (en griego, "epignosin", super-conocimiento), una "sabiduría e inteligencia espiritual", o sea, apoyada en el Espíritu. Una sabiduría que no se queda en palabras, sino que conduce a una vida "digna del Señor". Podemos preguntarnos también si nos hemos liberado totalmente del "dominio de las tinieblas" y hemos pasado al "reino de la luz". Si caminamos en la verdad, en la sinceridad, o si andamos a medias, entre penumbras, con regateos y vías tortuosas, con trampas y manipulaciones de la verdad. Si caminamos en la luz, nosotros mismos estaremos mucho más llenos de alegría -en la línea optimista del salmo- y también seremos mucho más creíbles en nuestro testimonio para con los demás.
-Desde el día que oímos hablar de vuestra «vida en Cristo» no dejamos de orar por vosotros. Se trata pues de unos cristianos a quienes Pablo no conoce personalmente. No ha estado nunca en Colosas, solamente ha oído hablar de ellos. Sin embargo ruega sin cesar por esos fieles que no conoce. En lo invisible, por encima de las distancias y del anonimato ¿soy capaz de rezar con un corazón tan amplio?
-Pedimos a Dios que lleguéis al pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual. Pablo insiste a menudo en la necesidad de «progresar en el conocimiento» (Fil 1,9; File 6; Ef 1,17; Col 2,2-3). Para este progreso pide dos dones del Espíritu: la sabiduría y la inteligencia. Pablo, ya lo hemos visto, temía que los colosenses se dejasen engañar por falsas doctrinas imbuidas de esoterismo-gnóstico. Para prevenirles contra esas especulaciones místico-intelectuales, ruega por ellos a fin de que tengan la verdadera inteligencia de su fe. En nuestro tiempo estamos también tentados por unas desviaciones doctrinales que provienen de la influencia que tienen sobre nosotros las corrientes de pensamiento que nos envuelven. Razón de más para profundizar en nuestros conocimientos.
-Así vuestra conducta será digna del Señor y capaz de agradarle en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios. Lo que Pablo propone no es pues una pura teoría reservada a los intelectuales: el conocimiento de Dios es a menudo el privilegio de los humildes y es ante todo una actitud, un comportamiento concreto, "una conducta digna de Dios". La fe se manifiesta en la vida real. Haz, señor, que mi conducta te agrade siempre... que mi vida sea fructífera... que no deje de progresar.
-Seréis confortados con toda fortaleza por el poder de su gloria, que os dará constancia y paciencia. Daréis gracias al Padre con alegría... He ahí cuatro frutos del verdadero conocimiento de Dios: la perseverancia, la paciencia, la alegría, la acción de gracias. Todo ello signos de que ¡Dios está allí!
-Al Padre que os ha hecho aptos para participar en la luz en la herencia del pueblo santo. De muchas maneras, la Escritura nos repite que Dios decidió comunicarse desde acá abajo a sus fieles, en prenda de esa plenitud de unión que será un día la visión intuitiva de Dios. «Participar en la herencia de los santos». Es la imagen de la Tierra Prometida, abierta para siempre a los paganos, a todos los hombres (Ef 1,11-14; 2,19).
-El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo muy amado, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados. La más profunda definición del hombre: «un ser capaz de Dios»… «un ser programado para llegar a ser Dios»... «una criatura que Dios decidió hacer a su imagen»... «un ser que Dios introdujo en su propia esfera divina». San León MAGNO, ese gran Papa del siglo V, pensando sin duda en ese pasaje de san Pablo decía, en su famoso sermón de Navidad: «Reconoce, oh cristiano, tu dignidad. Has llegado a ser participante de la naturaleza divina, no vuelvas a tu bajeza primera viviendo de un modo indigno de tu condición. Recuerda que has sido arrancado de las tinieblas y transplantado a la luz y al reino de Dios» (Noel Quesson).
Orar por aquellos a quienes, por medio nuestro, Dios abrió al Evangelio y los hizo partícipes de su Vida, de su Luz y de su Sabiduría, nos hace conscientes de que la obra de salvación es de Dios y no nuestra. Por ese motivo nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo; su Evangelio es para nosotros la Sabiduría que Dios nos ha manifestado, para que, conociéndola y aceptándola en nuestra vida, podamos dar fruto abundante con toda clase de buenas obras, siendo, así, gratos a Dios. Hechos partícipes del Reino de la luz, no seremos vencidos por las tinieblas, pues el Poder del Señor en nosotros nos ayudará a resistir y a perseverar en el bien, de tal forma que, cuando nos reunamos para celebrar la Acción de Gracias, vayamos con la alegría de saber que Dios ha hecho su obra en nosotros y nos ha conservado en su amor participándonos de su Vida y de su Reino. Efectivamente, por medio del Bautismo, Él nos ha liberado del poder de las tinieblas, haciendo que, junto con su Hijo, nos levantemos de aquello que nos retenía en la muerte y lejos de su presencia; y para que, hechos hijos en el Hijo, ahora vivamos para Aquel que por nosotros murió y resucitó. Así formamos el Reino del Hijo amado de Dios. Unidos al Señor, el Padre Dios nos contempla con el mismo amor con que contempla a su Hijo, y nos hace coherederos con Él de la misma herencia que le corresponde como a Hijo suyo.
2. Sal 97,2-6: El Señor ha sido fiel a su promesa al sacarnos de las tinieblas y trasladarnos a la luz admirable del reino de su Hijo. Ha sido la culminación de las obras victoriosas de Yahvé. Su salvación se nos ha hecho posible mediante la redención. Por eso, nuestra aclamación y canto jubiloso. Juan Pablo II decía que era el salmo del triunfo del Señor en su venida final: “Se trata de un himno al Señor rey del universo y de la historia (cf v 6). Se define como "cántico nuevo" (v 1), que en el lenguaje bíblico significa un canto perfecto, pleno, solemne, acompañado con música de fiesta. En efecto, además del canto coral, se evocan "el son melodioso" de la cítara (cf v 5), los clarines y las trompetas (cf v 6), pero también una especie de aplauso cósmico (cf v 8).
Luego, resuena repetidamente el nombre del "Señor" (seis veces), invocado como "nuestro Dios" (v 3). Por tanto, Dios está en el centro de la escena con toda su majestad, mientras realiza la salvación en la historia y se le espera para "juzgar" al mundo y a los pueblos (cf. v 9). El verbo hebreo que indica el "juicio" significa también "regir": por eso, se espera la acción eficaz del Soberano de toda la tierra, que traerá paz y justicia.
El salmo comienza con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel (cf vv 1-3…) la alianza con el pueblo elegido se recuerda mediante dos grandes perfecciones divinas: "misericordia" y "fidelidad" (cf v 3). Estos signos de salvación se revelan "a las naciones", hasta "los confines de la tierra" (vv 2 y 3), para que la humanidad entera sea atraída hacia Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvífica.
La acogida dispensada al Señor que interviene en la historia está marcada por una alabanza coral: además de la orquesta y de los cantos del templo de Sión (cf vv 5-6), participa también el universo, que constituye una especie de templo cósmico (…) se trata de un coro colosal (…). Esta es la gran esperanza y nuestra invocación: "¡Venga tu reino!", un reino de paz, de justicia y de serenidad, que restablezca la armonía originaria de la creación.
En este salmo, el apóstol san Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra de Dios en el misterio de Cristo. San Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio "se ha revelado la justicia de Dios" (cf. Rm 1,17), "se ha manifestado" (cf. Rm 3,21). La interpretación que hace san Pablo confiere al salmo una mayor plenitud de sentido. Leído desde la perspectiva del Antiguo Testamento, el salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al contemplarlo, se admiran. En cambio, desde la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo contemplan y son invitadas a beneficiarse de esa salvación, ya que el Evangelio "es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego", es decir del pagano (Rm 1,16). Ahora "todos los confines de la tierra" no sólo "han contemplado la salvación de nuestro Dios" (Sal 97,3), sino que la han recibido.
Desde esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un texto recogido después por san Jerónimo, interpreta el "cántico nuevo" del salmo como una celebración anticipada de la novedad cristiana del Redentor crucificado. Por eso, sigamos su comentario, que entrelaza el cántico del salmista con el anuncio evangélico: "Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado, algo hasta entonces inaudito. Una realidad nueva debe tener un cántico nuevo. "Cantad al Señor un cántico nuevo". En realidad, el que sufrió la pasión es un hombre; pero vosotros cantad al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero salvó como Dios". Prosigue Orígenes: Cristo "hizo milagros en medio de los judíos: curó paralíticos, limpió leprosos, resucitó muertos. Pero también otros profetas lo hicieron. Multiplicó unos pocos panes en un número enorme, y dio de comer a un pueblo innumerable. Pero también Eliseo lo hizo. Entonces, ¿qué hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre, para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado, para elevarnos hasta el cielo"”.
En Cristo Jesús, Dios se ha levantado victorioso sobre el pecado y la muerte. Todas las naciones son testigos del amor que Dios le ha tenido a su Pueblo Santo. A pesar de nuestras infidelidades, Él permanece fiel, y su lealtad jamás da marcha atrás. Quienes se adhieran al Señor, aún sin pertenecer al antiguo Pueblo de Dios, podrán no sólo aclamarlo, sino participar de su victoria y, formando un único pueblo basado en la fe en Jesucristo, podrán tenerlo como su Señor y Rey. Entonces, todas las naciones podrán aclamar jubilosas al Señor eternamente. Efectivamente Jesucristo ha derrumbado el muro que nos separaba: el odio; y nos ha unido en el amor que procede de Dios, de tal forma que ahora todos vivamos y caminemos en el amor fraterno teniendo un sólo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre. Que esta dignación con que Dios nos ha distinguido nos ayude a no seguirnos dividiendo, sino a vivir la unidad en el amor fraterno querida por Jesucristo, y que servirá como testimonio para que el mundo crea.
3.- Lc 5,1-11 (ver domingo 5, C). Lucas nos narra la llamada vocacional de Pedro y de los otros primeros discípulos, de una forma ligeramente distinta a los otros Evangelios (Mt 4,18-25; Mc 1,16-20; Jn 1,35-51) que cuentan la llamada en los inicios de l avida pública, pero Mateo y Marcos lo hacen como el primer acto del ministerio de Jesús y subrayan la identificación de los discípulos con el maestro; Lucas lo hace preceder de un breve ministerio de Jesús en Cafarnaún y un cierto trato de Jesús con los apóstoles, especialmente con Pedro (Biblia de Navarra): "desde ahora serás pescador de hombres". Hasta ahora aparecía trabajando solo. Ahora busca colaboradores. Ya ayer hablaba de Pedro el evangelio: Jesús curó a su suegra de la fiebre. Hoy nos cuenta cómo, para poder apartarse un poco de la gente que se agolpaba en torno, le pide a Pedro que le preste su barca. Qué satisfacción sentiría Pedro: ese predicador que se está haciendo famoso, por su palabra y por sus milagros, le ha pedido a él su barca. Luego, aunque a regañadientes, porque tiene la experiencia del fracaso de la noche, echa las redes "por la palabra de Jesús". Y sucede lo inesperado: la pesca milagrosa, que provoca en Pedro una reacción de espanto y admiración: "apártate de mí, Señor, que soy un pecador". No debieron entender mucho lo de ser "pescador de hombres". Pero aquel hombre les ha convencido: "dejándolo todo, lo siguieron".
Ser "pescadores de hombres" no significa nada peyorativo. Pescar a las personas, en este sentido, no es un proselitismo a ultranza, ni hacer que mueran para nuestro provecho -en eso consiste la pesca de los peces- sino lo contrario: evangelizar, convencer, ofrecer de parte de Dios a cuantas más personas mejor la buena noticia del amor y la salvación. En el origen de nuestra vocación cristiana y apostólica tal vez no haya una "pesca milagrosa" o algún hecho extraordinario. Pero sí, de algún modo, ha habido y sigue habiendo un sentimiento de admiración y asombro por Cristo, y la convicción de que vale la pena dejarlo todo y seguirle, para colaborar con él en la salvación del mundo. Probablemente lo que sí hemos experimentado ya son noches estériles en que "no hemos pescado nada" y días en que hemos sentido la presencia de Jesús que ha vuelto eficaz nuestro trabajo. Sin él, esterilidad. Con él, fecundidad sorprendente. Y así vamos madurando, como aquellos primeros discípulos, en nuestro camino de fe, a través de los días buenos y de los malos. Para que, por una parte, no caigamos en la tentación del miedo o la pereza. Y, por otra, no confiemos excesivamente en nuestros métodos, sino en la fuerza de la palabra de Cristo. Si no hemos conseguido más, en nuestro apostolado, "mar adentro", ¿no habrá sido porque hemos confiado más en nosotros que en él? ¿porque hemos "echado las redes" en nombre propio y no en el de él? (J. Aldazábal). “Duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: ‘Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre’” (Juan Pablo II).
-Jesús se encontraba a la orilla del lago de Genezaret. La gente se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Escena viva, concreta. Trato de imaginarla. ¿Tengo yo esa misma avidez?
-Vio dos barcas junto a la orilla: Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Jesús subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la retirara un poco de tierra. Cuando Jesús mete el pie dentro, la barca bambolea un poco; pero Simón sabe restablecer el equilibrio como marino experto.
-Luego se sentó y desde la barca enseñaba a la gente. ¡Cuánto me hubiera gustado encontrarme en esa playa entre los oyentes!
-Cuando acabó de hablar dijo a Simón: "Sácala mar adentro"... En aguas profundas.
-Simón contestó: "Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada; pero ya que Tú lo dices, echaré las redes. Y Simón sube la vela, o toma sus remos... y se boga, lago adentro con Jesús a bordo. A menudo, así, Jesús nos pide de hacer cosas sorprendentes, irracionales. Salir de nuevo a pescar ¡cuando nada se ha logrado en toda una noche de esfuerzo! La fe es algo semejante. Confiar en Jesús. No fiarse de los propios razonamientos. Partir mar adentro. Partir hacia los misterios: la Eucaristía... la Trinidad... la Encarnación... la Resurrección... la Iglesia... Ya que lo dices, Señor, te creo; echo las redes.
-Obtuvieron tal redada de peces que reventaba la red. Hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a echarles una mano... Llenaron las dos barcas que casi se hundían. Contemplo esas barcas demasiado llenas que amenazan zozobrar. ¿Me ha sucedido alguna vez en mi vida hacer la experiencia de la sobreabundancia que Dios aporta? ¿sentirse colmado? Orar partiendo de mis éxitos, de mis alegrías. En los días de aridez espiritual es bueno acordarse de los buenos momentos... como Pedro debió recordarlos más tarde... en medio de los fracasos de su vida apostólica.
-Al ver esto Simón Pedro se echó a los pies de Jesús, diciendo: "Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador." El espanto le embargó. En el lenguaje bíblico ese miedo o espanto es señal de que Dios se ha acercado a nosotros. Nuestras mentes modernas encuentran esto casi excesivo. ¡Y sin embargo es así! No nos hagamos los más listos ante Dios. No se trata de caer en un miedo enfermizo y malsano -Dios es infinitamente bueno- pero ¿no nos sería muy conveniente volver a descubrir la santidad y el poder de Dios? -Dios es infinitamente grande-. Y ¿cómo no nos descubriríamos entonces, como Pedro, indignos de permanecer en su presencia? Señor, soy un pecador, una pecadora, no soy digno de recibirte...
-Jesús dijo a Simón: "No temas, desde ahora serás pescador de hombres." ¡No temas! Es uno de los refranes de Dios. Es natural que el hombre tiemble ante Dios; y he aquí que Dios mismo se empeña en tranquilizarnos. ¡Gracias, Señor! "Serás pescador de hombres"... Vocación divina. Dios cambia un destino.
-Dejándolo todo lo siguieron. "Todo". Dejándolo todo. ¿Cuál es mi disponibilidad? (Noel Quesson).
El Evangelio de hoy viene decirnos que para encontrar, para "pescar" tenemos que aceptar definitivamente que hay Alguien que sabe más que nosotros y que es a su Sombra donde nuestras búsquedas alcanzan su objetivo, donde nuestras preguntas encuentran respuesta.
Lucas nos presenta a pescadores expertísimos intentando explicar a Jesús que El sabrá mucho del Reino de su Padre... pero que de peces son ellos los que entienden. Sin embargo, Pedro deja que Jesús se "meta" en su vida cotidiana, en sus asuntos más triviales en apariencia y tiene la lucidez suficiente para responder a Jesús: "fiado en tu palabra echaré la red". No hizo falta más. Su gesto fue bastante para poner en evidencia el poder de Dios y, sobre todo, para descubrir que Dios es más grande que todos nuestras teorías, más poderoso que nuestra ciencia.
Pero necesitamos Fe. Sin ella no tendremos el valor de echar las redes, no nos determinaremos a abandonar la seguridad de lo que conocemos para buscar allí donde la Palabra nos asegura que hemos de encontrar.
Simón Pedro creyó y alcanzó la sabiduría -"¡Señor!"- y, con la Sabiduría la serenidad para acogerla en la propia vida y dejar que le marcara un rumbo diferente: "No tengas miedo; desde ahora serás pescador de hombres."
¡Dios está con nosotros! Basta tener la Fe y la transparencia de corazón suficientes para saber mirar... y para arriesgarnos. ¿No os parece que es motivo más que suficiente para una verdadera y profunda alegría? (Olga Elisa Molina). No hay que tener miedo (cf San Josemaría, Forja 287).
El agua tiene en el A.T. un sentido negativo y caótico; sacar de las aguas es salvar (Gn 1.7; Ex 14; 15). Toda salvación se realiza a través del agua: el Bautismo.
Pescar=salvar sin Jesús es imposible. Todos los saberes y técnicas humanas, las horas oportunas: la noche, no son capaces de salvar.
Jesús, el aprisionado, el que tiene peligro de ser apropiado y destruido entra en el mar y la salvación comienza. Él corrió nuestros caminos hasta el fondo.
Ser "pescadores de hombres" no puede ser cambiar a los hombres de prisión, es dar libertad de ídolos, de ideologías, de opresiones.
Es la salvación total la que anuncia Cristo. Es abrir el corazón humano a la esperanza y al amor de Dios.
Sólo pueden salvar los pobres, los libres: "dejándolo todo le siguieron"(v.11). Los aprisionados por el poder, el dinero, la sociedad de consumo no podremos salvar, hay que dejarlo todo ante el pasmo de un Dios que se hace carne para hacernos hijos de Dios. El pecado no aparta a Dios, cuando es reconocido como tal.
Él no vino a salvar a los justos, sino a los pecadores.
Si no se ha capturado nada durante la noche, que es el tiempo de la pesca, ahora -por la mañana- se pescará mucho menos. La elección y la vocación exigen fe, aunque no se comprenda, exigen "esperanza contra toda esperanza" (Rm 4. 18). Así creyó y esperó María, así también Abraham.
Simón reconoce que la palabra de Jesús ordena con autoridad y que es capaz de realizar lo que no se puede lograr con fuerzas humanas: "Maestro... por tu palabra, echaré las redes" (...) La fe en la palabra imperiosa del Maestro no se ve frustrada. Las redes estaban a punto de romperse debido al peso de los peces.
Como Pedro no exige ningún signo, recibe el signo que se amolda a su vida, a su inteligencia y a su vocación. Dios procede con él como con María. Así procede Dios con su pueblo. La salvación exige fe, pero Dios apoya la fe con sus signos. (...) Simón ve en Jesús una manifestación (epifanía) de Dios. Ha visto y vivido el milagro, el poder divino que actúa en Jesús. La manifestación de Dios suscita en él la conciencia de su condición de pecador, de su indignidad, el temor del Dios completamente Otro, del Dios santo. La manifestación del Dios santo a Isaías remata en esta confesión del profeta: "¡Ay de mí, perdido soy!, pues siendo hombre de impuros labios..., he visto con mis ojos al Rey, Yahvéh Sebaot" (Is 6,5). La admiración por Jesús atrae a Simón hacia él, la conciencia de su pecado le aleja de él. En la palabra "Señor" expresa la grandeza de aquel al que ha reconocido en su milagro (Comentarios Herder).
Se comprende mejor la importancia del episodio de la pesca milagrosa si se tiene en cuenta que el judío considera el agua, sobre todo el mar, como morada de Satanás y de las fuerzas contrarias a Dios. Hasta la venida del Salvador, nada podía hacerse -salvo un milagro del tipo del del mar Rojo- para salvar a quienes la mar enemiga engullía; pero desde que Él está aquí, se pueden pescar hombres en abundancia y sustraerlos a las garras del imperio del mal. Ese es, por otro lado, el sentido profundo de la bajada a los infiernos (inferi=aguas inferiores) en 1P 3,19, en donde Cristo desciende precisamente para salvar a quienes habían sucumbido bajo las aguas del diluvio. Ser pescadores de hombres es, pues, participar en esa empresa de salvamento de todos cuantos se han visto absorbidos por el mal; ya Jr 16. 15-16a preveía esa función.
S. Lucas considera, pues, a la Iglesia como la institución encargada de salvar a la humanidad de la sumersión que la amenaza. Para garantizar la realización de esa misión hay hombres encargados de una misión apostólica particular dentro de la Iglesia. Pero sólo a Cristo le deben las fuerzas con que cuentan para llevar a buen término su "pesca" y el ardor que ponen en conseguirlo.
El misionero será un pescador de hombres en la medida en que salve seres humanos mediante la administración del bautismo. El cristiano será pescador de hombres en la medida en que multiplique a su alrededor las conversiones e introduzca en la Iglesia a muchas almas. Este concepto individualista no corresponde quizá del todo con la manera de pensar de Lucas y ni siquiera con la mentalidad moderna. Bajo apariencias místicas, el relato de la pesca milagrosa parece tener otro alcance: la humanidad es presa de potencias que la absorben y la anegan; Cristo se reserva a Sí y a sus discípulos una misión liberadora que frene y contrarreste ese deslizamiento hacia la catástrofe.
El caso es que la humanidad actual se mueve en la cuerda floja y bastaría muy poca cosa para que se hundiese a sí misma sin necesidad de otras fuerzas demoníacas que su propio egoísmo y su afán de poder. Ser pescador de hombres consiste, por tanto, hoy, en participar en todas las empresas que quieren evitarle al hombre esa perdición y colaborar, mediante una mayor igualdad, una paz más estable y una mayor posibilidad para los humildes de promoverse a sí mismos, sacar a la humanidad del océano que la sumerge. Dejarla fuera de estos movimientos es condenar a la Iglesia a no revelar su identidad y su misión entre los hombres (Maertens-Frisque).
Los amigos de Jesús habían estado pescando toda la noche y habían vuelto con las redes vacías. Pero Jesús les invita a remar mar adentro y a echar de nuevo las redes. La pesca supera a todas las expectativas: su peso hace que se rompan las redes. A lo largo de los siglos se hablará de aquella "pesca milagrosa". La cosa podría haber quedado ahí, y lo que ocurrió aquella mañana no habría pasado de ser una anécdota. Pero Jesús prosigue: "En adelante serás pescador de hombres". La imagen resulta sorprendente, y la anécdota se hace parábola. Aquella mañana desveló Jesús la misión de la Iglesia.
¡Pescar hombres...! Hay una enorme competencia en todos los bancos de pesca... Sectas, gurús e ideologías tratan de seducir a los hombres que nadan entre dos aguas, abandonados a las corrientes que les llevan de acá para allá sin que ellos puedan dar con el sentido de su vida. ¿Será la Iglesia una "empresa de pesca" más, en competencia con otras muchas? "En adelante serán hombres lo que captures". Ahora bien, uno puede ser capturado en el sentido en que se afirma de un prisionero, y puede también ser capturado en el sentido que se emplea para referirse a un enamorado que ha quedado atrapado en las redes del amor. "En adelante serán hombres lo que captures".
La Iglesia sólo podrá lanzar sus redes a la manera de su Señor: aquellos a los que éste ha "capturado" han sido llamados por él sin ser engañados. Lo que ha hecho ha sido iluminarlos con su verdad, pero sin manipularlos; reconfortarlos con su Espíritu, pero sin violentarlos. Y es que Jesús "captura" a los hombres para gozo y alegría de éstos: los hace libres. Jesús "captura" al hombre para que éste quede prendado de él.
En adelante, la misión de la Iglesia consiste en lanzar a todos los vientos la Palabra para que los hombres queden seducidos por ese rostro que les despierta a la vida y a la libertad. "En adelante... : esta expresión no significa sólo "a partir de este momento en que te lo digo", sino también: "a causa de la experiencia que acabas de realizar". Aun habiendo sido seducida, la Iglesia no ha de ser seductora: las presiones, los eslóganes y los chantajes no tienen nada que ver con la misión. La vocación de la Iglesia no consiste en atrapar a nadie en sus redes; no se trata de "tener" a los hombres, de poseerlos. Tan sólo resultan "tocados" los que han visto cómo su libertad era despertada, suscitada, re-sucitada. El "¡Tú sabes que te amo!" brota únicamente en la libertad de un corazón convertido y que se abandona. Sólo los enamorados son atrapados en las redes que les sumergen en la libertad de la vida.
Tú nos has seducido, Dios de ternura, / con la solicitud por nosotros. / Tu amor se ha hecho pasión / para revelarnos tu proyecto: / prendernos en las redes de tu benevolencia. / Haz que sepamos abandonarnos a semejante pasión: / danos a conocer el gozo de ser amados para siempre (Dios cada día, Sal Terrae).
Hoy, el Evangelio nos ofrece el diálogo, sencillo y profundo a la vez, entre Jesús y Simón Pedro, diálogo que podríamos hacer nuestro: en medio de las aguas tempestuosas de este mundo, nos esforzamos por nadar contra corriente, buscando la buena pesca de un anuncio del Evangelio que obtenga una respuesta fructuosa...
Y es entonces cuando nos cae encima, indefectiblemente, la dura realidad; nuestras fuerzas no son suficientes. Necesitamos alguna cosa más: la confianza en la Palabra de aquel que nos ha prometido que nunca nos dejará solos. «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5). Esta respuesta de Pedro la podemos entender en relación con las palabras de María en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5). Y es en el cumplimiento confiado de la voluntad del Señor cuando nuestro trabajo resulta provechoso.
Y todo, a pesar de nuestra limitación de pecadores: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). San Ireneo de Lyón descubre un aspecto pedagógico en el pecado: quien es consciente de su naturaleza pecadora es capaz de reconocer su condición de criatura, y este reconocimiento nos pone ante la evidencia de un Creador que nos supera.
Solamente quien, como Pedro, ha sabido aceptar su limitación, está en condiciones de aceptar que los frutos de su trabajo apostólico no son suyos, sino de Aquel de quien se ha servido como de un instrumento. El Señor llama a los Apóstoles a ser pescadores de hombres, pero el verdadero pescador es Él: el buen discípulo no es más que la red que recoge la pesca, y esta red solamente es efectiva si actúa como lo hicieron los Apóstoles: dejándolo todo y siguiendo al Señor (cf. Lc 5,11; Blas Ruiz i López).
La Iglesia, simbolizada en la barca de Pedro, teniendo consigo a Cristo, proclama la Buena Nueva a todos los hombres, invitándolos a unirse a ella para que la salvación se haga realidad para todos. No podemos anunciar el Nombre de Dios sin preocuparnos de atraer a todos hacia Cristo. Cuando el Señor pide a Pedro arrojar las redes al mar, lo está invitando a cumplir fielmente con la misión de hacer que la salvación, por medio del anuncio del Evangelio, que conduce a la fe en Cristo, llegue a todos los hombres sin distinción. Esa labor no podrá hacerse al margen de Cristo. Antes que nada, la Iglesia debe saber escuchar al Señor y serle fiel. No son nuestros métodos, ni nuestras imaginaciones o investigaciones técnicas lo que le da su eficacia a la Palabra de Dios. Es el Señor quien nos salva y nos conduce para que, abandonando nuestro antiguo modo de vivir, nos convirtamos en testigos suyos por caminar tras sus huellas. Entonces el anuncio eficaz del Evangelio no será fruto de la ciencia humana, sino de nuestra experiencia personal del Señor y del Espíritu que nos conduce a la Verdad plena.
Venimos ante el Señor trayendo todas nuestras fatigas apostólica y humanas. Él nos precede con su cruz, con su entrega. Él nos hace saber que, a pesar de que, por serle fieles dando testimonio de Él en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida, encontremos dificultades, persecuciones, e incluso la muerte, jamás debemos dar marcha atrás en la escucha fiel de su Palabra y en la puesta en práctica de la misma. Efectivamente, nuestra fe en Cristo no puede quedarse arrinconada en actos litúrgicos. Cuando acudimos a la Celebración de la Eucaristía nos presentamos ante el Señor trayendo como ofrenda nuestra propia vida con todas nuestras ilusiones; aun cuando traemos también nuestras angustias y todo aquello que, por algún motivo, nos ha querido impulsar a dar marcha atrás en el camino recto, o en nuestra entrega a favor del bien hecho a quienes nos rodean. El Señor nos contempla con gran amor y nos invita a seguir sus huellas, sin claudicar de aquello que dará un nuevo rumbo a nuestra historia. No importa que la noche totalmente oscura se haya cernido sobre nosotros; el Señor nos invita a que le demos espacio en la barca de nuestra propia vida para que conozcamos la Buena Nueva de su amor y recuperemos la paz y el ánimo de seguirnos esforzando por darle sentido a nuestra vida.
Por eso el Señor nos dice: Conduce la barca mar adentro. Yo voy contigo; aprende a escuchar mi Palabra y a ponerla en práctica. La salvación no puede estar al margen de tu esfuerzo continuo por vivir conforme al Camino que yo te he indicado. Si queremos convertirnos en pescadores de hombres; si queremos ser colaboradores para que todos encuentren el camino del amor fraterno, para que, unidos a Cristo, le demos un nuevo rumbo a nuestra existencia comprometiéndonos constante por erradicar de nosotros la pobreza, los encarcelados injustamente por oponerse a las propias ideas, las injusticias sociales, el pecado y el enviciarse en él, antes que nada nosotros mismos hemos de tomar las actitudes de Cristo que el mundo requiere para encontrar en nosotros un poco más de luz, de amor y de esperanza en su vida. No podemos sólo predicarles la Buena Nueva; es necesario ponernos a trabajar echando las redes y afanándonos para que ese Reino de Dios, ese mundo nuevo se abra paso entre nosotros. A pesar de que nuestros intentos anteriores por colaborar en el bien hayan sido fallidos, ahora, con Cristo presente en nosotros, fieles a su Palabra, vayamos mar adentro, no huyamos del mundo y sus problemas, acerquémonos a todos para proclamarles el Nombre del Señor, tanto con nuestras palabras, como, sobre, todo, con nuestro propio testimonio. Así, siendo instrumentos eficaces en las manos de Dios, nosotros seremos realmente colaboradores para que Él continúe realizando su obra salvadora entre nosotros.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de esforzarnos continuamente, guiados por el Espíritu Santo, para que el Reino de Dios esté en nosotros y nos ayude a vivir como hijos de un mismo Dios y Padre; y para que, sin quedarnos en una salvación adquirida de un modo personalista, nos preocupan de que esa salvación llegue a todos hasta que todos seamos uno en Cristo, en una sola Barca en la que, encontrándose el Señor con nosotros al final todos convertirnos en una continua alabanza del Padre Dios, por quien fuimos llamados a la Vida y hacia el que se encaminan nuestros pasos para gozarle y alabarle eternamente. Amén (www.homiliacatolica.com).
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Dios nos saca del domino de las tinieblas
Miércoles de la 22ª semana de Tiempo Ordinario: la nueva vida en Cristo da fruto en la fe, esperanza y el amor, Jesús nos enseña con su vida que se nu
Miércoles de la 22ª semana de Tiempo Ordinario: la nueva vida en Cristo da fruto en la fe, esperanza y el amor, Jesús nos enseña con su vida que se nutre de la oración y se manifiesta en las obras de misericordia.
Comienzo de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1, 1-8. Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y el hermano Timoteo, a los santos que viven en Colosas, hermanos fieles en Cristo. Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre. En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todos los santos. Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos, que ya conocisteis cuando llegó hasta vosotros por primera vez el Evangelio, la palabra, el mensaje de la verdad. Éste se sigue propagando y va dando fruto en el mundo entero, como ha ocurrido entre vosotros desde el día en que lo escuchasteis y comprendisteis de verdad la gracia de Dios. Fue Epafras quien os lo enseñó, nuestro querido compañero de servicio, fiel ministro de Cristo para con vosotros, el cual nos ha informado de vuestro amor en el Espíritu.
Salmo 51,10.11. R. Confío en tu misericordia, Señor, por siempre jamás.
Pero yo, como verde olivo, en la casa de Dios, confío en la misericordia de Dios por siempre jamás.
Te daré siempre gracias porque has actuado; proclamaré delante de tus fieles: «Tu nombre es bueno.»
Santo Evangelio según san Lucas 4,38-44. En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. Él, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose en seguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: -«Tú eres el Hijo de Dios.» Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con Él e intentaban retenerlo para que no se les fuese. Pero Él les dijo: -«También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.» Y predicaba en las sinagogas de Judea.
Comentario: 1.- Col 1,1-8. A partir de hoy, y durante ocho días, leeremos la Carta de Pablo a los cristianos de Colosas, una ciudad que estaba en Frigia, a unos doscientos kilómetros de Éfeso, en el Asia Menor, actual Turquía. Pablo no había fundado aquella comunidad, ni la conocía. Había sido su discípulo Epafras el evangelizador de aquella región. Pablo les dirige una carta amable, hacia el año 63, cuando estaba en Roma en arresto domiciliario. Se ve que aquellos cristianos, aunque no conocían personalmente a Pablo, habían oído hablar mucho y sentían "un profundo amor" por él. Por el contenido de su misiva se entrevé la vida de aquella comunidad, mezcla de griegos y judíos, también con algún problema doctrinal: por ejemplo la tendencia "gnóstica", la dualidad de su visión cósmica, tal vez con un excesivo aprecio de los ángeles, mientras que los cristianos sitúan claramente a Cristo en el centro de toda su cosmovisión. Por eso la Carta es muy "cristológica".
La primera página de esta Carta es un saludo afectuoso y lleno de optimismo. Pablo tenía buenas noticias de aquel "pueblo santo que vive en Colosas": tiene fama "vuestra fe en Cristo Jesús y el amor que tenéis a todo el pueblo santo". Buen retrato de una comunidad. Pablo aprovecha para decirles que la fe en Cristo, "el mensaje de la verdad, se sigue propagando y dando fruto en el mundo entero".
Ojalá se pudiera decir de todas nuestras comunidades -las diócesis, las parroquias, las comunidades religiosas, los diversos movimientos y asociaciones- que son famosas por su "fe en Cristo Jesús" y su "amor a todos los demás" y que "les anima en todo la esperanza". Luego pueden añadirse más cosas organizativas y vistosas. Pero lo principal es que existan estas tres virtudes llamadas teologales, las básicas de todo cristiano: la fe, la esperanza y la caridad. Éste es el mejor adorno de una comunidad, y la mejor garantía de que su presencia en medio de la sociedad será eficazmente misionera. En este documento tenemos, pues, una síntesis teológica muy corta, pero que expresa el pensamiento más maduro de Pablo tal como se manifiesta abiertamente en la epístola de los Efesios.
-Yo, Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano, a los cristianos de Colosas, hermanos fieles en Cristo. Es la dirección y el saludo del comienzo de toda carta. Dos veces aparece el término «hermano». Era la manera de nombrarse entre sí los primeros cristianos. El cristianismo, ¿es también para nosotros una gran fraternidad? «Hermanos en Cristo»... porque no se trata solamente de solidaridad humana, como la creada por la familia, el ambiente, la raza. Se trata de considerar las relaciones humanas desde el ángulo de la fe: unos hombres unidos al mismo Cristo son hermanos. Examino mis relaciones a esa misma luz.
-Miembros del pueblo santo, ¡que Dios nuestro Padre os dé la gracia y la paz! Pablo tiene la costumbre de llamar «santos» a los cristianos (Rm 1,7; 6,19; 15,25; 2 Co 9,1;1 Co 1,2; 6,1; 14,33 etc). Esto no quiere decir que fuesen perfectos y sin pecado. Los llama así porque participan de la santidad de Dios al recibir su vida: «Dios nuestro Padre». Otra razón de llamarse «hermanos». Pablo llama santos a los Colosenses, consciente de que participan de la misma dignidad del Hijo de Dios, Jesucristo, por su unión a Él. Efectivamente: así como una persona sin linaje, unida en alianza matrimonial con un personaje importante participa del linaje de este último, y como tal se le ha de reconocer por todos; así, quien se une a Cristo en Alianza con Él, en Él participa de la gracia que le corresponde como a Hijo único del Padre Dios. Sin embargo no basta esa Alianza con el Señor para ser santos; hay que vivirle fieles; y así Pablo lo expresa: Los hermanos santos y fieles en Cristo. De esta manera, junto con Pablo y con todos los que se han unido al Señor, participan de la Gracia que Dios comunica a quienes han pronunciado su sí, lleno de amor, a la oferta salvadora que Dios nos hace para vivir unidos a Él sin desviarse por caminos equivocados. Nuestra fe en Cristo nos ha de llevar al amor fraterno aún en medio de grandes dificultades, sin perder la esperanza de que, al final, después de haber pasado por grandes tribulaciones, viviremos unidos eternamente al Señor. Conscientes de que esa unión ya se ha iniciado en esta vida, hemos de manifestar con obras, que el Evangelio crece y fructifica día a día en nosotros y no se ha quedado como una semilla sembrada en un terreno estéril. Trabajemos, pues, constantemente, guiados por el Espíritu Santo, para que el Reino de Dios llegue en nosotros a su plenitud.
-Damos gracias sin cesar a Dios... por vosotros en nuestras oraciones. La mayoría de las epístolas de san Pablo empiezan dando gracias o «eucaristía». Yo también, Señor, quisiera que me dieras un alma alegre, que no cese de dar gracias, pensando en... Enumero los nombres de las personas de las que soy responsable. Tenemos noticia de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que tenéis con todos los santos, en la esperanza de lo que nos aguarda en los cielos. La fe, la caridad y la esperanza caracterizan a los cristianos y es aquello sobre lo que versa la oración. La fórmula da a entender que el motor, el dinamismo de las otras dos virtudes, es la esperanza. El cristiano está en marcha. Sabe donde va. Su vida tiene un sentido. Va hacia el cielo. Y la fe y la caridad son como un gustar anticipado de ese cielo que realizará en plenitud todas las aspiraciones del hombre.
-De lo que fuisteis ya instruidos por la Palabra de la verdad, el Evangelio que llegó hasta vosotros que fructifica y crece entre vosotros, lo mismo que en todo el mundo... ¡Cuando pensamos que los cristianos sólo eran entonces una ínfima minoría! Y nosotros nos entretenemos en lamentaciones sobre las crisis de la Iglesia. Danos, Señor, ese alegre dinamismo. Concede a cada cristiano sentirse responsable del progreso de la fe en el mundo entero (Noel Quesson).
2. Sal 51. Muchas persecuciones sufre el justo, pero de todas ellas Dios lo libra. El malvado se engríe en su maldad, se abalanza sobre los pobres e indefensos para maltratarlos y acabar con ellos, y piensa: Dios no lo ve, el Señor se oculta para no enterarse. Sin embargo, por los huesos del justo vela Dios y no le alcanzará la maldad de los inicuos. Por eso, quien confía en el Señor y en su amor sabe que ha plantado su vida como se plantan los olivos junto a las corrientes de los ríos y no le alcanzará tormento alguno; a pesar de los contratiempos, su esperanza en el Señor le conservará constantemente dando frutos de bondad, pues la presencia del Señor en el hombre justo no puede quedar infecunda, a pesar de la persecución y la muerte. Confiados en el amor que el Señor nos tiene ofrezcámosle, no sólo un sacrificio de acción de gracias, sino toda nuestra vida convertida en un continuo sacrificio de alabanza a su Santo Nombre.
El salmo hace un eco amable a este saludo: "confío en tu misericordia, Señor... proclamaré delante de tus fieles: tu nombre es bueno". El salmista espera vivir en la abundancia y muchos años como el olivo, que indica ambas cosas (cf Jr 11,16; Sal 128,3) junto al Templo, y dar gracias a Dios toda la vida experimentando la fidelidad de Dios a Sí mismo y a sus fieles. La Iglesia conecta con esta esperanza ante los retos del mundo de hoy “devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de su destino más alto” (Gaudium et spes 21).
3.- Lc 4,38-442. Lo que Jesús anunció en Nazaret lo va cumpliendo. Allí dijo, aplicándose la profecía de Isaías, que había venido a anunciar la salvación a los pobres y curar a los ciegos y dar la libertad a los oprimidos. En efecto, hoy leemos el programa de una jornada de Jesús "al salir de la sinagoga": cura de su fiebre a la suegra de Pedro, impone las manos y sana a los enfermos que le traen, libera a los poseídos por el demonio y no se cansa de ir de pueblo en pueblo "anunciando el reino de Dios". En medio, busca momentos de paz para rezar personalmente en un lugar solitario. Desde luego, el Reino ya está aquí. Ha empezado a actuar la fuerza salvadora de Dios a través de su Enviado, Jesús.
Buen programa para un cristiano y sobre todo para un apóstol. "Al salir de la sinagoga", o sea, "al salir de nuestra misa o de nuestra oración", nos espera una jornada de trabajo, de predicación y evangelización, de servicio curativo para con los demás y a la vez de oración personal. ¿Ayudamos a que a la gente se le pase la fiebre? ¿a que se liberen de sus depresiones y males? ¿atendemos a los que acuden a nosotros, acogiéndoles con nuestra palabra y dedicándoles nuestro tiempo? ¿nos sentimos movidos a seguir anunciando la buena noticia del Reino, sea cual sea el éxito de nuestro esfuerzo? ¿y lo hacemos todo en un clima de oración?
Podemos revisar dos significativos rasgos de esta página. a) Jesús, en medio de una jornada con un horario intensivo de trabajo y dedicación misionera, encuentra momentos para orar a solas. b) Y no quiere "instalarse" en un lugar donde le han acogido bien: "también a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios". Para que evitemos dos peligros: el activismo exagerado, descuidando la oración, y la tentación de quedarnos en el ambiente en que somos bien recibidos, descuidando la universalidad de nuestra misión.
Cristo evangelizador. Cristo liberador. Cristo orante. Fijos nuestros ojos en Él, que es nuestro modelo y maestro, aprenderemos a vivir su mismo estilo de vida. Dejándonos liberar de nuestras fiebres y ayudando a los demás a encontrar en Jesús su verdadera felicidad (J. Aldazábal).
Jesús no les deja hablar y los expulsa (v 41). En este rasgo común en los antiguos exorcismos, se descubre que es preciso luchar contra lo malo sin detenerse a discutir sus pretensiones. Todos sabemos que el mal se puede revestir de una apariencia buena, engañando a los que vienen a escuchar sus ruegos. Jesús no se ha parado. Sabía que todo lo que destruye al hombre es perverso y se ha esforzado por vencerlo. La obra de Jesús suscita una reacción egoísta entre las gentes: quieren aprovecharle, monopolizar el aspecto más extenso de su actividad y utilizarle como un simple curandero. Por eso vienen a buscarle (4,42). Nuestra relación con Jesús y el cristianismo puede moverse en ese plano: los aceptamos simplemente en la medida en que nos ayudan a resolver nuestros problemas (nos ofrecen tranquilidad psicológica, garantizan un orden en la familia o el estado, sancionan unas normas de conducta que pensamos provechosas). Esa forma de utilizar el evangelio es vieja; quizá puede aplicarse a ella las palabras de condena que Jesús dirige a Cafarnaún (Lc 10,15), la ciudad que pretendía monopolizar sus obras milagrosas.
La respuesta de Jesús es clara: tiene que anunciar el reino en otros pueblos (4,43). Su exigencia se traduce en un don que se halla abierto a todos los que esperan. Ciertamente, el evangelio es un regalo que enriquece la existencia: pero es un regalo que no se puede encerrar, un regalo que nos abre sin cesar hacia los otros (Edic. Marova).
“En cuanto rogaban al Salvador, enseguida curaba a los enfermos; dando a entender que también atiende las súplicas de los fieles contra las pasiones de los pecados” (S. Jerónimo). Buscar a Jesús; ojalá y no sea sólo para recibir la curación o la solución a problemas que nos agobien. Ciertamente que por medio de Él Dios se ha manifestado misericordioso con nosotros; y, también es cierto que cuando por medio de alguna persona recibimos el remedio de nuestros males nos apegamos a esa persona y las multitudes no le dejan espacio ni para comer. Sin embargo Jesús no vino como un curandero; Él ha venido como el Hijo de Dios que nos libera de la esclavitud del pecado; que nos desata de nuestros males para que trabajemos en el bien y construyamos su Reino. La Iglesia tiene como vocación el anuncio del Reino de Dios en todas partes. A partir de vivir y caminar en el amor que procede de Dios, será posible construir un mundo más justo, con menos pobreza y con más oportunidades para que todos disfruten de una vida más digna. Es necesario que no sólo nos fijemos en la solución de la enfermedad y de la pobreza material; tenemos que luchar porque el Reino de Dios nos quite nuestro anquilosamiento espiritual, que nos hace vivir como postrados en cama, sólo pensando en nosotros mismos y en nuestro provecho personal. Hemos de permitir que el Espíritu de Dios nos levante y nos ponga a servir, en amor fraterno, a quienes necesitan de una mano, no que los explote y maltrate, sino que les sirva con el amor que procede de Dios y habita en nosotros.
En esta Eucaristía nos reúne Aquel que no sólo vino a aliviar nuestros sufrimientos y a soportar nuestros dolores, sino también a cargar sobre sí nuestras culpas y a interceder por nosotros, pecadores, para que por sus llagas fuéramos curados, fueran perdonados nuestros pecados. Por eso Dios lo resucitó de entre los muertos y le dio un Nombre que está por encima de todo nombre. La Celebración de la Eucaristía nos hace comprender el amor que el Señor nos tiene y cómo, a costa de la entrega de su propia vida, nos ha elevado a la dignidad de hijos de Dios, manifestándonos, así, un amor como nadie más puede tenernos.
Quienes creemos en Cristo y nos hemos hecho uno con Él debemos meditar en el banquete que el Señor nos ha preparado; cómo Él nos alimenta con la entrega de su propia vida, para que nosotros tengamos vida; para que, así como Él nos ha amado, nos amemos los unos a los otros. El verdadero discípulo del Señor no sólo recibe la Palabra que lo salva y se alimenta de ella, sino que se convierte en portador de la misma, para que otros conozcan al Señor, reciban la salvación que Él nos ha traído, y puedan, también ellos, esforzarse para que cada vez más personas vayan al Señor y se dejen salvar por Él. Quien destruye la vida de su prójimo, quien mata sus ilusiones, quien le deja inutilizado para caminar y progresar, quien le escandaliza y destruye en él el amor de Dios, no puede en verdad llamarse hijo de Dios, pues el Señor no vino a destruir, sino a salvar a todos los que se habían perdido y andaban como ovejas sin pastor; y esta es la misma misión que ha confiado a su Iglesia, comunidad de fe en Él.
“Ningún hijo de la Iglesia Santa puede vivir tranquilo, sin experimentar inquietud ante las masas despersonalizadas: rebaño, manada, piara, escribí en alguna ocasión. ¡Cuántas pasiones nobles hay, en su aparente indiferencia! ¡Cuántas posibilidades! / Es necesario servir a todos, imponer las manos a cada uno —"singulis manus imponens", como hacía Jesús—, para tornarlos a la vida, para iluminar sus inteligencias y robustecer sus voluntades, ¡para que sean útiles!” (S. Josemaría, Forja 901).
Que el Señor nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de abrir nuestro corazón para que en él habite el amor misericordioso de Dios, de tal forma que desde nosotros produzca fruto abundante que, convertido en un serio apostolado a favor del Evangelio, nos convierta en colaboradores que ayuden a que la semilla de la Buena Nueva pueda ser sembrada en el corazón de todos los hombres, de tal forma que, convertidos en testigos del Dios-Amor podamos construir, en verdad, entre nosotros su Reino. Amén (www.homiliacatolica.com; tomo muchos textos, como siempre, de www.mercaba.org: Llucià Pou: llucia.pou@gmail.com).
Comienzo de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1, 1-8. Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y el hermano Timoteo, a los santos que viven en Colosas, hermanos fieles en Cristo. Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre. En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todos los santos. Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos, que ya conocisteis cuando llegó hasta vosotros por primera vez el Evangelio, la palabra, el mensaje de la verdad. Éste se sigue propagando y va dando fruto en el mundo entero, como ha ocurrido entre vosotros desde el día en que lo escuchasteis y comprendisteis de verdad la gracia de Dios. Fue Epafras quien os lo enseñó, nuestro querido compañero de servicio, fiel ministro de Cristo para con vosotros, el cual nos ha informado de vuestro amor en el Espíritu.
Salmo 51,10.11. R. Confío en tu misericordia, Señor, por siempre jamás.
Pero yo, como verde olivo, en la casa de Dios, confío en la misericordia de Dios por siempre jamás.
Te daré siempre gracias porque has actuado; proclamaré delante de tus fieles: «Tu nombre es bueno.»
Santo Evangelio según san Lucas 4,38-44. En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. Él, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose en seguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: -«Tú eres el Hijo de Dios.» Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con Él e intentaban retenerlo para que no se les fuese. Pero Él les dijo: -«También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.» Y predicaba en las sinagogas de Judea.
Comentario: 1.- Col 1,1-8. A partir de hoy, y durante ocho días, leeremos la Carta de Pablo a los cristianos de Colosas, una ciudad que estaba en Frigia, a unos doscientos kilómetros de Éfeso, en el Asia Menor, actual Turquía. Pablo no había fundado aquella comunidad, ni la conocía. Había sido su discípulo Epafras el evangelizador de aquella región. Pablo les dirige una carta amable, hacia el año 63, cuando estaba en Roma en arresto domiciliario. Se ve que aquellos cristianos, aunque no conocían personalmente a Pablo, habían oído hablar mucho y sentían "un profundo amor" por él. Por el contenido de su misiva se entrevé la vida de aquella comunidad, mezcla de griegos y judíos, también con algún problema doctrinal: por ejemplo la tendencia "gnóstica", la dualidad de su visión cósmica, tal vez con un excesivo aprecio de los ángeles, mientras que los cristianos sitúan claramente a Cristo en el centro de toda su cosmovisión. Por eso la Carta es muy "cristológica".
La primera página de esta Carta es un saludo afectuoso y lleno de optimismo. Pablo tenía buenas noticias de aquel "pueblo santo que vive en Colosas": tiene fama "vuestra fe en Cristo Jesús y el amor que tenéis a todo el pueblo santo". Buen retrato de una comunidad. Pablo aprovecha para decirles que la fe en Cristo, "el mensaje de la verdad, se sigue propagando y dando fruto en el mundo entero".
Ojalá se pudiera decir de todas nuestras comunidades -las diócesis, las parroquias, las comunidades religiosas, los diversos movimientos y asociaciones- que son famosas por su "fe en Cristo Jesús" y su "amor a todos los demás" y que "les anima en todo la esperanza". Luego pueden añadirse más cosas organizativas y vistosas. Pero lo principal es que existan estas tres virtudes llamadas teologales, las básicas de todo cristiano: la fe, la esperanza y la caridad. Éste es el mejor adorno de una comunidad, y la mejor garantía de que su presencia en medio de la sociedad será eficazmente misionera. En este documento tenemos, pues, una síntesis teológica muy corta, pero que expresa el pensamiento más maduro de Pablo tal como se manifiesta abiertamente en la epístola de los Efesios.
-Yo, Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano, a los cristianos de Colosas, hermanos fieles en Cristo. Es la dirección y el saludo del comienzo de toda carta. Dos veces aparece el término «hermano». Era la manera de nombrarse entre sí los primeros cristianos. El cristianismo, ¿es también para nosotros una gran fraternidad? «Hermanos en Cristo»... porque no se trata solamente de solidaridad humana, como la creada por la familia, el ambiente, la raza. Se trata de considerar las relaciones humanas desde el ángulo de la fe: unos hombres unidos al mismo Cristo son hermanos. Examino mis relaciones a esa misma luz.
-Miembros del pueblo santo, ¡que Dios nuestro Padre os dé la gracia y la paz! Pablo tiene la costumbre de llamar «santos» a los cristianos (Rm 1,7; 6,19; 15,25; 2 Co 9,1;1 Co 1,2; 6,1; 14,33 etc). Esto no quiere decir que fuesen perfectos y sin pecado. Los llama así porque participan de la santidad de Dios al recibir su vida: «Dios nuestro Padre». Otra razón de llamarse «hermanos». Pablo llama santos a los Colosenses, consciente de que participan de la misma dignidad del Hijo de Dios, Jesucristo, por su unión a Él. Efectivamente: así como una persona sin linaje, unida en alianza matrimonial con un personaje importante participa del linaje de este último, y como tal se le ha de reconocer por todos; así, quien se une a Cristo en Alianza con Él, en Él participa de la gracia que le corresponde como a Hijo único del Padre Dios. Sin embargo no basta esa Alianza con el Señor para ser santos; hay que vivirle fieles; y así Pablo lo expresa: Los hermanos santos y fieles en Cristo. De esta manera, junto con Pablo y con todos los que se han unido al Señor, participan de la Gracia que Dios comunica a quienes han pronunciado su sí, lleno de amor, a la oferta salvadora que Dios nos hace para vivir unidos a Él sin desviarse por caminos equivocados. Nuestra fe en Cristo nos ha de llevar al amor fraterno aún en medio de grandes dificultades, sin perder la esperanza de que, al final, después de haber pasado por grandes tribulaciones, viviremos unidos eternamente al Señor. Conscientes de que esa unión ya se ha iniciado en esta vida, hemos de manifestar con obras, que el Evangelio crece y fructifica día a día en nosotros y no se ha quedado como una semilla sembrada en un terreno estéril. Trabajemos, pues, constantemente, guiados por el Espíritu Santo, para que el Reino de Dios llegue en nosotros a su plenitud.
-Damos gracias sin cesar a Dios... por vosotros en nuestras oraciones. La mayoría de las epístolas de san Pablo empiezan dando gracias o «eucaristía». Yo también, Señor, quisiera que me dieras un alma alegre, que no cese de dar gracias, pensando en... Enumero los nombres de las personas de las que soy responsable. Tenemos noticia de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que tenéis con todos los santos, en la esperanza de lo que nos aguarda en los cielos. La fe, la caridad y la esperanza caracterizan a los cristianos y es aquello sobre lo que versa la oración. La fórmula da a entender que el motor, el dinamismo de las otras dos virtudes, es la esperanza. El cristiano está en marcha. Sabe donde va. Su vida tiene un sentido. Va hacia el cielo. Y la fe y la caridad son como un gustar anticipado de ese cielo que realizará en plenitud todas las aspiraciones del hombre.
-De lo que fuisteis ya instruidos por la Palabra de la verdad, el Evangelio que llegó hasta vosotros que fructifica y crece entre vosotros, lo mismo que en todo el mundo... ¡Cuando pensamos que los cristianos sólo eran entonces una ínfima minoría! Y nosotros nos entretenemos en lamentaciones sobre las crisis de la Iglesia. Danos, Señor, ese alegre dinamismo. Concede a cada cristiano sentirse responsable del progreso de la fe en el mundo entero (Noel Quesson).
2. Sal 51. Muchas persecuciones sufre el justo, pero de todas ellas Dios lo libra. El malvado se engríe en su maldad, se abalanza sobre los pobres e indefensos para maltratarlos y acabar con ellos, y piensa: Dios no lo ve, el Señor se oculta para no enterarse. Sin embargo, por los huesos del justo vela Dios y no le alcanzará la maldad de los inicuos. Por eso, quien confía en el Señor y en su amor sabe que ha plantado su vida como se plantan los olivos junto a las corrientes de los ríos y no le alcanzará tormento alguno; a pesar de los contratiempos, su esperanza en el Señor le conservará constantemente dando frutos de bondad, pues la presencia del Señor en el hombre justo no puede quedar infecunda, a pesar de la persecución y la muerte. Confiados en el amor que el Señor nos tiene ofrezcámosle, no sólo un sacrificio de acción de gracias, sino toda nuestra vida convertida en un continuo sacrificio de alabanza a su Santo Nombre.
El salmo hace un eco amable a este saludo: "confío en tu misericordia, Señor... proclamaré delante de tus fieles: tu nombre es bueno". El salmista espera vivir en la abundancia y muchos años como el olivo, que indica ambas cosas (cf Jr 11,16; Sal 128,3) junto al Templo, y dar gracias a Dios toda la vida experimentando la fidelidad de Dios a Sí mismo y a sus fieles. La Iglesia conecta con esta esperanza ante los retos del mundo de hoy “devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de su destino más alto” (Gaudium et spes 21).
3.- Lc 4,38-442. Lo que Jesús anunció en Nazaret lo va cumpliendo. Allí dijo, aplicándose la profecía de Isaías, que había venido a anunciar la salvación a los pobres y curar a los ciegos y dar la libertad a los oprimidos. En efecto, hoy leemos el programa de una jornada de Jesús "al salir de la sinagoga": cura de su fiebre a la suegra de Pedro, impone las manos y sana a los enfermos que le traen, libera a los poseídos por el demonio y no se cansa de ir de pueblo en pueblo "anunciando el reino de Dios". En medio, busca momentos de paz para rezar personalmente en un lugar solitario. Desde luego, el Reino ya está aquí. Ha empezado a actuar la fuerza salvadora de Dios a través de su Enviado, Jesús.
Buen programa para un cristiano y sobre todo para un apóstol. "Al salir de la sinagoga", o sea, "al salir de nuestra misa o de nuestra oración", nos espera una jornada de trabajo, de predicación y evangelización, de servicio curativo para con los demás y a la vez de oración personal. ¿Ayudamos a que a la gente se le pase la fiebre? ¿a que se liberen de sus depresiones y males? ¿atendemos a los que acuden a nosotros, acogiéndoles con nuestra palabra y dedicándoles nuestro tiempo? ¿nos sentimos movidos a seguir anunciando la buena noticia del Reino, sea cual sea el éxito de nuestro esfuerzo? ¿y lo hacemos todo en un clima de oración?
Podemos revisar dos significativos rasgos de esta página. a) Jesús, en medio de una jornada con un horario intensivo de trabajo y dedicación misionera, encuentra momentos para orar a solas. b) Y no quiere "instalarse" en un lugar donde le han acogido bien: "también a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios". Para que evitemos dos peligros: el activismo exagerado, descuidando la oración, y la tentación de quedarnos en el ambiente en que somos bien recibidos, descuidando la universalidad de nuestra misión.
Cristo evangelizador. Cristo liberador. Cristo orante. Fijos nuestros ojos en Él, que es nuestro modelo y maestro, aprenderemos a vivir su mismo estilo de vida. Dejándonos liberar de nuestras fiebres y ayudando a los demás a encontrar en Jesús su verdadera felicidad (J. Aldazábal).
Jesús no les deja hablar y los expulsa (v 41). En este rasgo común en los antiguos exorcismos, se descubre que es preciso luchar contra lo malo sin detenerse a discutir sus pretensiones. Todos sabemos que el mal se puede revestir de una apariencia buena, engañando a los que vienen a escuchar sus ruegos. Jesús no se ha parado. Sabía que todo lo que destruye al hombre es perverso y se ha esforzado por vencerlo. La obra de Jesús suscita una reacción egoísta entre las gentes: quieren aprovecharle, monopolizar el aspecto más extenso de su actividad y utilizarle como un simple curandero. Por eso vienen a buscarle (4,42). Nuestra relación con Jesús y el cristianismo puede moverse en ese plano: los aceptamos simplemente en la medida en que nos ayudan a resolver nuestros problemas (nos ofrecen tranquilidad psicológica, garantizan un orden en la familia o el estado, sancionan unas normas de conducta que pensamos provechosas). Esa forma de utilizar el evangelio es vieja; quizá puede aplicarse a ella las palabras de condena que Jesús dirige a Cafarnaún (Lc 10,15), la ciudad que pretendía monopolizar sus obras milagrosas.
La respuesta de Jesús es clara: tiene que anunciar el reino en otros pueblos (4,43). Su exigencia se traduce en un don que se halla abierto a todos los que esperan. Ciertamente, el evangelio es un regalo que enriquece la existencia: pero es un regalo que no se puede encerrar, un regalo que nos abre sin cesar hacia los otros (Edic. Marova).
“En cuanto rogaban al Salvador, enseguida curaba a los enfermos; dando a entender que también atiende las súplicas de los fieles contra las pasiones de los pecados” (S. Jerónimo). Buscar a Jesús; ojalá y no sea sólo para recibir la curación o la solución a problemas que nos agobien. Ciertamente que por medio de Él Dios se ha manifestado misericordioso con nosotros; y, también es cierto que cuando por medio de alguna persona recibimos el remedio de nuestros males nos apegamos a esa persona y las multitudes no le dejan espacio ni para comer. Sin embargo Jesús no vino como un curandero; Él ha venido como el Hijo de Dios que nos libera de la esclavitud del pecado; que nos desata de nuestros males para que trabajemos en el bien y construyamos su Reino. La Iglesia tiene como vocación el anuncio del Reino de Dios en todas partes. A partir de vivir y caminar en el amor que procede de Dios, será posible construir un mundo más justo, con menos pobreza y con más oportunidades para que todos disfruten de una vida más digna. Es necesario que no sólo nos fijemos en la solución de la enfermedad y de la pobreza material; tenemos que luchar porque el Reino de Dios nos quite nuestro anquilosamiento espiritual, que nos hace vivir como postrados en cama, sólo pensando en nosotros mismos y en nuestro provecho personal. Hemos de permitir que el Espíritu de Dios nos levante y nos ponga a servir, en amor fraterno, a quienes necesitan de una mano, no que los explote y maltrate, sino que les sirva con el amor que procede de Dios y habita en nosotros.
En esta Eucaristía nos reúne Aquel que no sólo vino a aliviar nuestros sufrimientos y a soportar nuestros dolores, sino también a cargar sobre sí nuestras culpas y a interceder por nosotros, pecadores, para que por sus llagas fuéramos curados, fueran perdonados nuestros pecados. Por eso Dios lo resucitó de entre los muertos y le dio un Nombre que está por encima de todo nombre. La Celebración de la Eucaristía nos hace comprender el amor que el Señor nos tiene y cómo, a costa de la entrega de su propia vida, nos ha elevado a la dignidad de hijos de Dios, manifestándonos, así, un amor como nadie más puede tenernos.
Quienes creemos en Cristo y nos hemos hecho uno con Él debemos meditar en el banquete que el Señor nos ha preparado; cómo Él nos alimenta con la entrega de su propia vida, para que nosotros tengamos vida; para que, así como Él nos ha amado, nos amemos los unos a los otros. El verdadero discípulo del Señor no sólo recibe la Palabra que lo salva y se alimenta de ella, sino que se convierte en portador de la misma, para que otros conozcan al Señor, reciban la salvación que Él nos ha traído, y puedan, también ellos, esforzarse para que cada vez más personas vayan al Señor y se dejen salvar por Él. Quien destruye la vida de su prójimo, quien mata sus ilusiones, quien le deja inutilizado para caminar y progresar, quien le escandaliza y destruye en él el amor de Dios, no puede en verdad llamarse hijo de Dios, pues el Señor no vino a destruir, sino a salvar a todos los que se habían perdido y andaban como ovejas sin pastor; y esta es la misma misión que ha confiado a su Iglesia, comunidad de fe en Él.
“Ningún hijo de la Iglesia Santa puede vivir tranquilo, sin experimentar inquietud ante las masas despersonalizadas: rebaño, manada, piara, escribí en alguna ocasión. ¡Cuántas pasiones nobles hay, en su aparente indiferencia! ¡Cuántas posibilidades! / Es necesario servir a todos, imponer las manos a cada uno —"singulis manus imponens", como hacía Jesús—, para tornarlos a la vida, para iluminar sus inteligencias y robustecer sus voluntades, ¡para que sean útiles!” (S. Josemaría, Forja 901).
Que el Señor nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de abrir nuestro corazón para que en él habite el amor misericordioso de Dios, de tal forma que desde nosotros produzca fruto abundante que, convertido en un serio apostolado a favor del Evangelio, nos convierta en colaboradores que ayuden a que la semilla de la Buena Nueva pueda ser sembrada en el corazón de todos los hombres, de tal forma que, convertidos en testigos del Dios-Amor podamos construir, en verdad, entre nosotros su Reino. Amén (www.homiliacatolica.com; tomo muchos textos, como siempre, de www.mercaba.org: Llucià Pou: llucia.pou@gmail.com).
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Jesus nos enseña con su vida
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