Miércoles de la semana 4ª: el pecado es el desprecio de Dios, que Jesús experimenta en su vida al ser rechazado, y ahí nos está redimiendo, y reclama nuestro amor y conversión
Segundo Libro de Samuel 24,2.9-17. El rey dijo a Joab, el jefe del ejército, que estaba con él: "Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba y hagan el censo del pueblo, para que yo sepa el número de la población". Joab presentó al rey las cifras del censo de la población, y resultó que en Israel había 800.000 hombres aptos para el servicio militar, y en Judá 500.000. Pero, después de esto, David sintió remordimiento de haber hecho el recuento de la población, y dijo al Señor: "He pecado gravemente al obrar así. Dígnate ahora, Señor, borrar la falta de tu servidor, porque me he comportado como un necio". A la mañana siguiente, cuando David se levantó, la palabra del Señor había llegado al profeta Gad, el vidente de David, en estos términos: "Ve a decir a David: Así habla el Señor: Te propongo tres cosas. Elige una, y yo la llevaré a cabo". Gad se presentó a David y le llevó la noticia, diciendo: "¿Qué prefieres: soportar tres años de hambre en tu país, o huir tres meses ante la persecución de tu enemigo, o que haya tres días de peste en tu territorio? Piensa y mira bien ahora lo que debo responder al que me envió". David dijo a Gad: "¡Estoy en un grave aprieto! Caigamos más bien en manos del Señor, porque es muy grande su misericordia, antes que caer en manos de los hombres". Entonces el Señor envió la peste a Israel, desde esa mañana hasta el tiempo señalado, y murieron setenta mil hombres del pueblo, desde Dan hasta Berseba. El Angel extendió la mano hacia Jerusalén para exterminarla, pero el Señor se arrepintió del mal que le infligía y dijo al Angel que exterminaba al pueblo: "¡Basta ya! ¡Retira tu mano!". El Angel del Señor estaba junto a la era de Arauná, el jebuseo. Y al ver al Angel que castigaba al pueblo, David dijo al Señor: "¡Yo soy el que he pecado! ¡Soy yo el culpable! Pero estos, las ovejas, ¿qué han hecho? ¡Descarga tu mano sobre mí y sobre la casa de mi padre!".
Salmo 32,1-2.5-7. De David. Poema. ¡Feliz el que ha sido absuelto de su pecado y liberado de su falta!
¡Feliz el hombre a quien el Señor no le tiene en cuenta las culpas, y en cuyo espíritu no hay doblez!
Pero yo reconocí mi pecado, no te escondí mi culpa, pensando: "Confesaré mis faltas al Señor". ¡Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado!
Por eso, que todos tus fieles te supliquen en el momento de la angustia; y cuando irrumpan las aguas caudalosas no llegarán hasta ellos.
Tú eres mi refugio, tú me libras de los peligros y me colmas con la alegría de la salvación.
Evangelio según San Marcos 6,1-6. Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: "¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?". Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo. Por eso les dijo: "Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa". Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe. Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.
Comentario: 1. 2S 24,2.9-17. Ahora nos cuesta entender por qué se considera una falta grave el realizar el censo de una nación: nos parece una medida sencillamente acertada de política social, porque estamos acostumbrados a estadísticas y censos. Pero el libro lo interpreta como pecado y lo señala como culpable de una epidemia de peste que asoló al pueblo de Israel. El mismo David, nada más terminar el censo, tiene que reconocer: «He cometido un grave error». Seguramente porque la medida se podía interpretar como un signo de orgullo, de independencia con respecto a Dios, que es el verdadero Rey, o como excesiva confianza en los medios humanos.
Ya el profeta Samuel, cuando en principio se oponía a nombrar un rey, anunciaba que la monarquía mal entendida iba a ser como una negación práctica de Dios. Además. existía el peligro de absolutización y tiranía por parte del rey, interpretación que también cabe en esta condena del censo de David: jactándose del número de sus guerreros y sus medios humanos, puede caer en el despotismo y el orgullo.
-Haz el censo del pueblo para que yo sepa la cifra de la población. Hacia el final de su reinado, el rey David se enorgullece ante la obra de unificación que acaba de realizar. El que había partido de cero está en la cumbre de su gloria: quiere saber el número de sus súbditos... se considera como un rey ordinario y cree poder contar con sus fuerzas humanas. Ese censo es considerado como un pecado, porque manifiesta que David no se apoya ya en Dios. Señor, también nosotros sentimos a menudo esa necesidad de seguridad. Quisiéramos poder contar con nuestros medios humanos. Es muy natural. Y sin embargo sabemos muy bien que Jesús nos ha lanzado a una aventura. «El que salve su vida, la perderá, y el que pierda su vida, la ganará.» «El hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza.» «Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo.» Todas esas fórmulas son invitaciones a cortar las amarras y partir con una total confianza... ¡sin cálculo alguno!, ¡sin hacer el censo!
-«He cometido un gran pecado.» Efectivamente: "hizo cuentas", «calculó». Una vez más la grandeza de David se manifiesta en el hecho de saber reconocer sus faltas. Pecador, como todos los hombres, pero lúcido y leal. Concédenos, Señor, esa delicadeza de conciencia para que sepamos confesar enseguida nuestros errores. ¿Qué aspecto de la virtud de la penitencia es más habitual en mi vida: la virtud de la veracidad... de la transparencia ante Dios?
-El profeta Gad propuso entonces a David, en expiación, que eligiera entre tres castigos. Nos concentramos ante una mentalidad bastante primitiva. La expiación compensa el pecado, restablece la balanza. Lo notable es el motivo que da David de su elección. "Estoy en grande angustia. Pero caigamos a manos del Señor, mejor que a manos de los hombres, porque es grande la misericordia del Señor".
-Yo fui quien pequé... Pero éstos ¿qué mal han hecho? David implora al Señor para que el castigo recaiga sobre él y quede salvo el pueblo. Aquí encontramos ya, una de las argumentaciones de san Pablo en la Epístola a los Romanos: la solidaridad... la falta de uno es causa de la desgracia de todos... Pero la oración o la obediencia de uno basta para detener la plaga. A través de este episodio, contemplo, por adelantado, a Jesús que tomó nuestro lugar. ¡Cordero de Dios, que cargó sobre él el pecado del mundo! Mis pecados... ¿Tengo tendencia a "salir adelante" evitando las solidaridades que me llevarían demasiado lejos? o bien, con Cristo, ¿acepto toda mi parte de solidaridad? ¿Me aparto, quizá, de los males que afligen a mis hermanos, buscando, ante todo, mi seguridad? o bien, ¿acepto compartir los riesgos?
-David compró la era de Arauná el jebuseo y levantó allí un altar para el sacrificio. Así termina el Libro de Samuel y la historia de David. Dios ha perdonado. David es agradecido. Compra el terreno donde se levantará pronto el Templo de Jerusalén: una era para la trilla del trigo... (Noel Quesson).
La dramática y aleccionadora historia de la sucesión de David no se acaba con el capítulo 20 de 2 Sm, sino que continúa con 1 Re 1-2, pero al final de 2 Sm, interrumpiendo el hilo de la narración, han sido intercalados como en una especie de apéndice seis documentos o relatos heterogéneos, relativos al reinado de David. Uno de ellos es el del censo de la población, que hoy leemos. El lector moderno, acostumbrado al uso de las estadísticas y de las encuestas, tanto en el campo civil como en el religioso, no acaba de ver que este censo pueda constituir un pecado y que sea castigado tan duramente. Tanto más que, si hay que interpretar al pie de la letra 24,1 («volvió a encolerizarse Yahvé contra Israel, impulsando a David a que hiciera el censo de Israel y de Judá»), parece que la iniciativa partía del mismo Dios. Ya sabemos que es usual en los autores bíblicos atribuir a Dios como causa primera muchas cosas que ocurren, que Dios no sólo no ha hecho directamente, sino que las reprueba o prohíbe positivamente y hasta, como en este caso, las castiga. En todos esos casos hay que entender que, tal vez como castigo por los pecados de un hombre o de todo el pueblo, permite Dios que haga algo que será en daño suyo. En este caso, emprender el censo implicaba una actitud de orgullo ante Dios, que era el único que llevaba el registro de cuantos habían de nacer o de morir. Al menos ésta es la motivación que se busca para la peste que va a afligir al pueblo. La versión paralela, posterior, que leemos en 1 Cr 21,1-5, simplifica las cosas al reemplazar la sugestión divina por la de Satanás.
Otra dificultad: ¿cómo puede Dios hacer pagar al pueblo un pecado del rey? En todo el AT hay un gran sentido de solidaridad colectiva, de todos los miembros del pueblo escogido entre sí y entre ellos y su jefe. El pueblo se beneficia de la plegaria y de los sacrificios ofrecidos por el rey y sufre las consecuencias de sus pecados. Y, a la inversa, el pueblo ora por el rey, y la infidelidad colectiva arrastrará la caída del reino. Si esto se nos hace difícil de entender es porque, aunque hoy pretende todo el mundo ser socialista, religiosamente son individualistas en extremo. Recordemos el tema de Jesucristo, nuevo Adán: si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, los que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia reinarán por obra de uno solo (Rom 5).
Los resultados del censo (v 9) son evidentemente hinchados y aún lo son más en 1 Cr 21. Quizá el objetivo de tal censo no radicaba en conocer el número de los súbditos, sino en un puro afán triunfalista. No es ésa la intención que han de tener las estadísticas eclesiales. El buen pastor no cuenta vanidosamente las noventa y nueve ovejas que tiene en el aprisco, sino, y angustiadamente, la que falta en él. Y sale a buscarla (H. Raguer).
Así como por el delito de un solo hombre, Adán, la condenación alcanzó a todos los hombres, así también la fidelidad de uno solo, Jesucristo, lo convirtió a Él en fuente de salvación y de vida para todos los hombres. David, ante la falta cometida, dirá: Yo fui quien pequé, yo cometí el mal, pero estas ovejas ¿qué han hecho? El problema de quien ha sido puesto al frente de su pueblo es que Dios lo ha constituido en cabeza de la comunidad; por eso no se puede considerar en su actuar al margen del pueblo que le ha sido confiado. David, escogido por Dios para gobernar al Pueblo de Israel, debería siempre confiar en Dios y no en la fuerza de los hombres. Al hacer el censo está manifestando que quiere estar seguro de poder enfrentar alguna contingencia, algún ataque que pudieran tramar sus enemigos en contra de su pueblo. Muchos pastores en la Iglesia pueden caer en la misma tentación: pensar que podrán llevar adelante la tarea de Evangelización, de santificación de su pueblo en la medida en que tengan los recursos humanos, la planeación necesaria para dedicarse a trabajar, y el censo de las “fuerzas vivas de la Iglesia”. No está mal avenirse con todos estos recursos; pero hemos de saber que, finalmente, el Evangelio que santifica y que salva no tiene su fuerza en nosotros ni en lo que planeemos, sino en Dios ante quien hemos de tener la confianza y la apertura suficiente para escucharle y dejarnos, confiadamente, guiar por Él.
2. Sal 31. Juan Pablo II comentaba: “"Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado". Esta bienaventuranza, con la que comienza el salmo 31, nos hace comprender inmediatamente por qué la tradición cristiana lo incluyó en la serie de los siete salmos penitenciales. Después de la doble bienaventuranza inicial (cf. vv. 1-2), no encontramos una reflexión genérica sobre el pecado y el perdón, sino el testimonio personal de un convertido. La composición del Salmo es, más bien, compleja: después del testimonio personal (cf. vv. 3-5) vienen dos versículos que hablan de peligro, de oración y de salvación (cf. vv. 6-7)…
El pecador, que ya no puede resistir, ha decidido confesar su culpa con una declaración valiente, que parece anticipar la del hijo pródigo de la parábola de Jesús (cf. Lc 15,18). En efecto, ha dicho, con sinceridad de corazón: "Confesaré al Señor mi culpa". Son pocas palabras, pero que brotan de la conciencia; Dios responde a ellas inmediatamente con un perdón generoso (cf. Sal 31,5).
El profeta Jeremías refería esta llamada de Dios: "Vuelve, Israel apóstata, dice el Señor; no estará airado mi semblante contra vosotros, porque soy piadoso, dice el Señor. No guardo rencor para siempre. Tan sólo reconoce tu culpa, pues has sido infiel al Señor tu Dios" (Jr 3,12-13).
De este modo, delante de "todo fiel" arrepentido y perdonado se abre un horizonte de seguridad, de confianza y de paz, a pesar de las pruebas de la vida (cf. Sal 31,6-7). Puede volver el tiempo de la angustia, pero la crecida de las aguas caudalosas del miedo no prevalecerá, porque el Señor llevará a su fiel a un lugar seguro: "Tú eres mi refugio: me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación" (v. 7).
En ese momento, toma la palabra el Señor y promete guiar al pecador ya convertido. En efecto, no basta haber sido purificados; es preciso, luego, avanzar por el camino recto. Por eso, como en el libro de Isaías (cf. Is 30,21), el Señor promete: "Te enseñaré el camino que has de seguir" (Sal 31,8) e invita a la docilidad…
San Pablo, en la carta a los Romanos, se refiere explícitamente al inicio de este salmo para celebrar la gracia liberadora de Cristo (cf. Rm 4,6-8). Podríamos aplicarlo al sacramento de la reconciliación. En él, a la luz del Salmo, se experimenta la conciencia del pecado, a menudo ofuscada en nuestros días, y a la vez la alegría del perdón. En vez del binomio "delito-castigo" tenemos el binomio "delito-perdón", porque el Señor es un Dios "que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado" (Ex 34,7).
San Cirilo de Jerusalén (siglo IV) utilizó el salmo 31 para enseñar a los catecúmenos la profunda renovación del bautismo, purificación radical de todo pecado (Procatequesis n. 15). También él ensalzó, a través de las palabras del salmista, la misericordia divina. Con sus palabras concluimos nuestra catequesis: "Dios es misericordioso y no escatima su perdón. (...) El cúmulo de tus pecados no superará la grandeza de la misericordia de Dios; la gravedad de tus heridas no superará la habilidad del supremo Médico, con tal de que te abandones a él con confianza. Manifiesta al Médico tu enfermedad, y háblale con las palabras que dijo David: "Reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado". Así obtendrás que se hagan realidad estas otras palabras: "Tú has perdonado la maldad de mi corazón"" (Le catechesi, Roma 1993, pp. 52-53)”.
David se da cuenta y pide perdón a Dios, como expresa muy bien el salmo. Además, asume toda la culpa y pide a Dios que le castigue a él, y no al pueblo.
En nuestra vida podemos caer en el pecado de la autosuficiencia, del orgullo, de la confianza excesiva en los medios humanos, económicos, estructurales, organizativos, ideológicos. Si los reyes de Israel tenían que considerarse como representantes de Dios y poner en él su confianza, mucho más nosotros, aunque pongamos en marcha todos los medios humanos, no debemos descartar de nuestra vida a Dios, quedándonos en los recursos políticos y técnicos. Ya nos dijo Cristo: «Sin mí no podéis hacer nada». Muchos de nuestros desengaños y frustraciones nos vienen porque ponemos nuestra confianza en los medios humanos, que luego nos fallan estrepitosamente. Una sana desacralización es buena. Los problemas técnicos y políticos tienen soluciones técnicas. Un censo bien hecho ahora no lo interpretamos como desconfianza en Dios. Ni tampoco el poner los medios mejores para la tarea de la evangelización. Pero sí puede haber una desacralización que no es sana, cuando se copian, no tanto las técnicas, sino los criterios y la mentalidad de autosuficiencia.
Una copia de los criterios humanos sería no contar con el Espíritu de Dios para la misión de la comunidad eclesial, sino con nuestros propios dones y técnicas. Jesús nos enseñó a ir por el mundo sin demasiados cálculos, sin demasiadas túnicas ni dineros de repuesto. Él, que no tenía dónde reclinar la cabeza. No son las fuerzas humanas las que dan eficacia a nuestro trabajo. Sino Dios (J. Aldazábal). Dios, nuestro Dios y Padre, siempre espera nuestro retorno cuando nos alejamos para malgastarlo todo hasta quedarnos vergonzosamente desnudos ante Él. A pesar de nuestras grandes miserias, cuando con humildad reconocemos nuestros pecados y volvemos a Él para pedirle perdón, Él no sólo nos perdona, sino que nos reviste de su propio Hijo y nos invita a continuar viviendo en su presencia de un modo digno. Por eso, quienes hemos sido objeto de la misericordia divina, alegrémonos en el Señor y vivamos fieles a su amor. Sólo a partir de haber experimentado el amor misericordioso de Dios, no únicamente glorificaremos su Nombre, sino que podremos ir a los demás como un signo del Evangelio que nos salva, pues llegaremos a ellos contándoles lo misericordioso que ha sido Dios para con nosotros. Así podremos también ayudarles a encontrarse con nuestro Dios y Padre, rico en misericordia para con todos los que lo invocan con amor y con lealtad.
3.- Mc 6,1-6. A partir de aquí, y durante tres capítulos, Marcos nos va a ir presentando cómo reaccionan ante la persona de Jesús sus propios discípulos. Antes habían sido los fariseos y luego el pueblo en general: ahora, los más allegados. De nuevo se ve que Jesús no tiene demasiado éxito entre sus familiares y vecinos de Nazaret. Sí, admiran sus palabras y no dejan de hablar de sus curaciones milagrosas. Pero no aciertan a dar el salto: si es el carpintero, «el hijo de María» y aquí tiene a sus hermanos, ¿cómo se puede explicar lo que hace y lo que dice? «Y desconfiaban de él». No llegaron a dar el paso a la fe: «Jesús se extrañó de su falta de fe». Tal vez si hubiera aparecido como un Mesías más guerrero y político le hubieran aceptado. Se cumple una vez más lo de que «vino a los suyos y los suyos no le recibieron», o como lo expresa Jesús: «nadie es profeta en su tierra». El anciano Simeón lo había dicho a sus padres: que Jesús iba a ser piedra de escándalo y señal de contradicción. Lo de llamar «hermanos» a Santiago, José, Judas y Simón, nos dicen los expertos que en las lenguas semitas puede significar otros grados de parentesco, por ejemplo primos. De dos de ellos nos dirá más adelante Marcos (15,40) quién era su madre, que también se llamaba María.
Equivalentemente, nosotros somos ahora «los de su casa», los más cercanos al Señor, los que celebramos incluso diariamente su Eucaristía y escuchamos su Palabra. ¿Puede hacer «milagros» porque en verdad creemos en él, o se puede extrañar de nuestra falta de fe y no hacer ninguno? ¿no es verdad que algunas veces otras personas más alejadas de la fe nos podrían ganar en generosidad y en entrega? La excesiva familiaridad y la rutina son enemigas del aprecio y del amor. Nos impiden reconocer la voz de Dios en los mil pequeños signos cotidianos de su presencia: en los acontecimientos, en la naturaleza, en los ejemplos de las personas que viven con nosotros, a veces muy sencillas e insignificantes según el mundo, pero ricas en dones espirituales y verdaderos «profetas» de Dios. Tal vez podemos defendernos de tales testimonios como los vecinos de Nazaret, con un simple: «¿pero no es éste el carpintero?», y seguir tranquilamente nuestro camino. ¿Cómo podía hablar Dios a los de Nazaret por medio de un obrero humilde, sin cultura, a quien además conocen desde hace años? ¿cómo puede el «hijo de María» ser el Mesías? Cualquier explicación resulta válida («no está en sus cabales», «está en connivencia con el diablo», «es un fanático»), menos aceptarle a él y su mensaje, porque resulta exigente e incómodo, o sencillamente no entra dentro de su mentalidad. Si le reconocen como el enviado de Dios, tendrán que aceptar también lo que está predicando sobre el Reino, lleno de novedad y compromiso. Es algo parecido a lo que sucede en los que no acaban de aceptar la figura de la Virgen María tal como aparece en las páginas del evangelio, sencilla, mujer de pueblo, sin milagros, experta en dolor, presente en los momentos más críticos y no en los gloriosos y espectaculares. Prefieren milagros y apariciones: mientras que Dios nos habla a través de las cosas de cada día y de las personas más humildes. La figura evangélica de María es la más recia y la más cercana a nuestra vida, si la sabemos leer bien. Cuando somos invitados a celebrar la Eucaristía y participar de la vida de Cristo en la comunión, también hacemos un ejercicio de humildad, al reconocerle presente en esos dos elementos tan sencillos y humanos, el pan y el vino. Pero tenemos su palabra de que en esos frutos de nuestra tierra, los mismos que honran nuestra mesa familiar, nos está dando, desde su existencia de Resucitado, nada menos que su propia vida (J. Aldazábal).
Rechazado… "Vino a su casa y los suyos no le recibieron". Treinta años viviendo en Nazaret, treinta años viviendo en un pueblo apartado de las grandes vías de comunicación, treinta años conviviendo con personas ordinarias, treinta años viviendo como ellos, con ellos, tan corriente como ellos. ¡Treinta años manteniéndose tan semejante a aquella gente que no se notaba diferencia alguna entre él y Santiago, José, Judas o Simón! Treinta años juntos y, a la hora de manifestarse, harán caer sobre él el juicio que, cierto viernes, encontrará un eco dramático. Imposible: Dios no puede estar tan cerca de nosotros. Decididamente, Dios tenía mala suerte. En otro tiempo, cuando en el monte se rodeaba de rayos y truenos, se encontraba Dios demasiado distante. Entonces el pueblo "no tenía fe en su Dios" (Sal 77). Y hoy vuelve a las antiguas tradiciones para decir que eso es una cosa imposible: "Cuando venga el Mesías, ¡nadie podrá decir dónde está!". ¡Estad sobre aviso! Deliberadamente eligió Dios no ser recibido. Está claro que, al perseguir el designio de hacer que venga su Reino a los hombres y adoptar para ello la conducta que le vemos adoptar, Dios jamás pensó hacer sentir el peso de su coacción a una humanidad hundida muy a su pesar. Dios siempre querrá depender de una respuesta dada en libertad. El riesgo que Dios quiso correr en su revelación es proporcional a lo que él estimaba como lo más valioso del hombre: la libre decisión de un corazón que se abandona confiadamente. Sin duda que habrá "Nazaret" enteros que seguirán obstinándose en su rechazo.
Entonces Jesús se aleja extrañado. Lacerante extrañeza de la que nos habla Marcos; extrañeza de un amor ofrecido sin deseo alguno de herir ni de ser gravoso; un amor ofrecido para alegrar y para liberar, sufriendo por no ser recibido. Jesús se aleja; pero lo hace pare recorrer otras aldeas. Y es que el Amor no logra resignarse ante el rechazo (com., Sal terrae).
Los judíos dan a Jesús el nombre de "hijo de María" (v.3), lo que es un juego de palabras que deja suponer un nacimiento ilegítimo, o virginal para la fe. Mateo, que se preocupó precisamente de justificar la paternidad "davídica" de José, ha retocado el texto de Marcos para quitarle el carácter ofensivo (Mt 13-55). Aunque se admitiesen las relaciones entre los prometidos, los comentarios sobre un nacimiento prematuro corrían por Nazaret. María tuvo que sufrir burlas de éstas (cf. el sentido que hay que dar tal vez a Lc 2, 35) y muchas veces evitó entrar en Nazaret, o se ausentó durante largo tiempo, precisamente en la época de su embarazo (Lc 1, 56; Mt 2, 21-22). Ser madre del Mesías no es un privilegio: María aprende a llevar el oprobio como Jesús aprendió a llevar la cruz.
c) Marcos añade al proverbio citado por Cristo (v. 4) para explicar la incomprensión que le rodea, una alusión concreta a la falta de fe de "su parentela" (cf. Jn 4, 44). La fe no se adquiere por atavismo o por herencia. La oposición latente de los evangelistas y especialmente de Marcos a la familia de Jesús (Mc 3, 20-35; Lc 11, 27-28) puede explicarse partiendo de las tensiones que se daban en la comunidad primitiva entre partidarios de un concepto dinástico de la sucesión según la carne": Santiago, hermano, del Señor) y partidarios de un concepto carismático (sucesión "según el Espíritu": los apóstoles).
Siempre que critica a la familia de Cristo, Marcos hace alusión, inmediatamente después, a la misión de los Doce (aquí: Mc 6, 7-13 y también Mc 3, 13-19) como para contraponer mejor los dos medios y los dos conceptos del Reino (Maertens-Frisque).
-Jesús volvió a "su patria", siguiéndole los discípulos. Llegado el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. He aquí pues a Jesús de nuevo en Nazaret. La costumbre quería que se invitase a un hombre a leer y comentar la Escritura. El jefe de la sinagoga confía este papel a Jesús, el antiguo carpintero del pueblo. Marcos no nos dice cual fue el tema de la homilía que hizo Jesús este día, pero señala solamente el asombro y la incredulidad de los oyentes.
-El numeroso auditorio se maravillaba diciendo: "¿De dónde le vienen a este tales cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada, y cómo se hacen por su mano tales milagros? ¿No es acaso el carpintero? ¿El hijo de María y el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?" Y se escandalizaban de El. Marcos da la lista de los primos y primas de Jesús. A la moda oriental, les llama "hermanos" y "hermanas". Jesús vuelve a encontrarse pues en su medio ambiente y en su familia. Como Marcos ya nos ha hecho notar (Mc 3, 20-25), Jesús es mal visto por ellos. Pero, más netamente que entonces, tiene una nueva familia: sus discípulos, los que escuchan la Palabra de Dios, los que tienen fe en El.
-Jesús les decía "Ningún profeta es tenido en poco, sino en su patria y entre sus parientes y en su familia." Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de que a algunos enfermos les impuso las manos y los curó. Esta imposibilidad de hacer milagros, no viene de que no tenga ya poder para ello... sino que se relaciona con la falta de Fe. El milagro supone la Fe. Pero no se trata de una condición, como si la confianza del enfermo condicionara el éxito de su curación. De hecho, es que el milagro ya no tendría ninguna significación: La fe es necesaria para comprenderlo, para recibirlo.
-Y se admiraba de la "incredulidad" de aquellas gentes. He aquí a Jesús frente al problema de la incredulidad. Tenemos a veces la impresión de que es un fenómeno moderno: ahora bien, Jesús se encontró confrontado también a la incredulidad. Tenemos a veces la impresión de que la incredulidad proviene de una falta de la Iglesia -"ya no se enseña religión... ya no se hace catequesis"- ahora bien cuando Jesús en persona enseñaba, y en su propio pueblo, no lograba hacerse comprender, ¡Qué misterio! Con toda la calidad de su palabra, se encontraba delante de gentes que no tenían Fe. ¡Cuántos padres hoy se encuentran ante el mismo fenómeno, por parte de su propios hijos! Pues bien, recordemos que el mismo Jesús ha tenido incrédulos en su propia familia! Señor, quiero hacer mi oración a partir de aquí.
-Se admiraba... Sí, Jesús está sorprendido, extrañado de esta incredulidad. Fue ya su reacción, en el lago, con sus discípulos, durante la tempestad: "¿por qué tenéis tanto miedo?, ¿todavía no tenéis fe?" Tu "admiración", tu extrañeza, Señor, me hacen bien: me manifiestan al menos que tú estás seguro, Señor, de lo que enseñas, de lo que Tú eres... Estimo esta seguridad, esta "sabiduría que te ha sido dada", como decían tus compatriotas de Nazaret. Pero, Señor, te lo ruego humildemente, comprende nuestras incredulidades, nuestras dificultades para creer: ¡va muy lejos la Fe! Llega hasta tener que reconocer que tú tienes el poder de resucitar a los muertos. Y es natural que digamos a veces también "por qué molestar aún al maestro, por la niña muerta. Gracias, Señor. Es difícil... pero quiero creer en Ti (Noel Quesson).
En Nazaret todos conocen a Jesús. Le conocen por su oficio y por la familia a la que pertenece, como a todo el mundo: es el artesano, el hijo de María. También le llaman el hijo del artesano: el Señor siguió el oficio de quien hizo de padre suyo aquí en la tierra. Los habitantes de Nazaret sólo ven en el Señor lo que habían observado durante 30 años: la normalidad más completa, y les cuesta descubrir al Mesías detrás de esa “normalidad” (Mc 6,1-6). La Virgen también tuvo la misma ocupación de cualquier ama de casa de su tiempo. Los trabajos que se realizaban en el pequeño taller eran los propios del oficio, en que se hacía un poco de todo en servicio de los demás: ¡Nada de cruces de madera como presentan unos grabados piadosos! Tampoco importaban del cielo las maderas, sino de los bosques vecinos. La vida de Jesús en Nazaret, nos ayuda a examinar si nuestra vida corriente, llena de trabajo y de normalidad, es camino de santidad, como lo fue la de la Sagrada Familia.
Jesús hizo su trabajo en Nazaret con perfección humana, acabándolo en sus detalles, con competencia profesional. Por eso, ahora, cuando vuelve a su ciudad, es conocido como el artesano, su oficio. Nuestro examen personal ante el Señor, versará frecuentemente sobre esas tareas que nos ocupan: hemos de realizar el trabajo a conciencia, haciendo rendir el tiempo; sin dejarnos dominar por la pereza; mantener la ilusión por mejorar cada día nuestra competencia profesional; cuidar los detalles; abrazar con amor la Cruz, la fatiga de cada día. El trabajo, cualquier trabajo noble hecho a conciencia, nos hace partícipes de la Creación y corredentores con Cristo. Los años de Nazaret son el libro abierto donde aprendemos a santificar lo de cada día, donde podemos ejercitar las virtudes sobrenaturales y las humanas (Pablo VI, Discurso a la Asociación de Juristas católicos).
El cristiano, al ser otro Cristo por el Bautismo, ha de convertir sus quehaceres humanos rectos en tarea de corredención. Nuestro trabajo, unido al de Jesús, aunque según el juicio de los hombres sea pequeño y parezca de poca importancia, adquiere un valor inconmensurable. El mismo cansancio, consecuencia del pecado original, adquiere un nuevo sentido. San José enseñó su oficio a Jesús. Acudamos hoy al Santo Patriarca para pedirle que nos enseñe a trabajar bien y a amar nuestro quehacer. Si amamos nuestro trabajo, lo realizaremos bien, y podremos convertirlo en tarea redentora, al ofrecerlo a Dios (Francisco Fernández Carvajal).
San Agustín (354-430) obispo de Hipona (África del Norte) doctor de la Iglesia, ante la pregunta ¿"No es este el hijo del carpintero? Dice: “Si el orgullo nos ha hecho salir, que la humildad nos haga entrar... Como el médico, después de haber establecido un diagnóstico, trata el mal en su causa, tú, cura la raíz del mal, cura el orgullo; entonces ya no habrá mal alguno en ti. Para curar tu orgullo, el Hijo de Dios se ha abajado, se ha hecho humilde. ¿Porqué enorgullecerte? Para ti, Dios se ha hecho humilde. Talvez te avergonzarías imitando la humildad de un hombre; imita por lo menos la humildad de Dios. El Hijo de Dios se humilló haciéndose hombre. Se te pide que seas humilde, no que te hagas animal. Dios se ha hecho hombre. Tú, hombre, conoce que eres hombre. Toda tu humildad consiste en conocer quien eres.
Escucha a Dios que te enseña la humildad: “Yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.” (Jn 6, 38) He venido, humilde, a enseñar la humildad, como maestro de humildad. Aquel que viene a mí se hace uno conmigo; se hace humilde. El que se adhiere a mí será humilde. No hará su voluntad sino la de Dios. Y no será echado fuera (Jn 6,37) como cuando era orgulloso”.
¿Qué significa Jesús en nuestra vida? ¿Hemos respondido suficientemente a aquel requerimiento del Señor: Para ustedes quién soy yo? Porque podría suceder que sólo buscáramos a Jesús como a un taumaturgo, o como a un resuélvelo todo cuando tenemos algún problema. Para los paisanos de Jesús, Él no pasó de ser el hijo del carpintero y el hermano de los parientes que vivían en su tierra. Cuando uno bloquea así la fe en Jesús para no obligarse totalmente con su Evangelio, tal vez le busquemos cuando haya necesidad de hacerlo porque se nos complicó la vida, pero jamás lo buscaremos para comprometernos con Él, para entrar en comunión de Vida con Él y para convertirnos en testigos suyos no sólo mediante nuestras palabras, sino mediante una vida recta en todos los aspectos. Por eso tratemos de dar respuesta a esta pregunta: ¿Qué me lleva a encontrarme con Cristo?
Tal vez muchas veces hemos puesto nuestra confianza en las cosas pasajeras o en nuestras propias fuerzas para darle sentido a nuestra vida, para superar aquellas esclavitudes al mal que nos oprimen. Pero, al final, hemos quedado tirados en el mismo lugar. Cuando nos presentamos ante el Señor de todo con un corazón humilde y le pedimos que nos perdone y que sea misericordioso con nosotros Él nos perdona y nos vuelve a recibir como a hijos suyos. Este momento realiza precisamente este encuentro entre Dios y nosotros; y es la manifestación del amor que Él nos ha tenido siempre, a pesar de nuestras traiciones a su amor. Dejémonos amar por Dios y dejemos que Él haga su morada definitiva en nosotros para poder, en adelante, caminar como hijos suyos.
Sin embargo este compromiso, que ha de ser vivido hasta sus últimas consecuencias, no quedará exento de múltiples tentaciones que quisieran que diésemos marcha atrás en él. No sólo nos podrán asaltar las dudas, no sólo estará al acecho el desánimo; también las personas que nos conocen, nuestros familiares y amigos querrán que dejemos este camino que, con la gracia de Dios, hemos iniciado. No faltará quien, conociendo nuestro pasado, tal vez un poco, o un demasiado oscuro, se burle de nosotros, nos critique y trate de desanimar a los demás para que no vayan al Señor por medio nuestro. Sin embargo no actuamos a nombre propio; es Cristo quien, amándonos, nos eligió y nos envió para que, en su Nombre, llevemos a cabo su obra de salvación en el mundo. Por eso debemos afianzarnos, cimentarnos fuertemente en Cristo, de tal forma que aunque las grandes aguas choquen en contra nuestra, jamás puedan derrumbar nuestra fe en el Señor. Dios nos quiere testigos suyos ante gobernadores y reyes, ante ricos y pobres, ante familiares, amigos y desconocidos, ante justos y pecadores, puesto que hasta los mismos ángeles nos contemplan. Por eso jamás demos marcha atrás en la fidelidad a la Misión que el Señor nos ha confiado, sabiendo que nuestra recompensa no es la aprobación ni el aplauso humanos, sino sólo Dios que nos ama y nos encamina hacia su Gloria eterna.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivirle fieles en todo aquello que nos ha confiado. Sólo así podremos algún día alegrarnos eternamente en el Señor, ahí donde ya no habrán persecuciones, ni dolor, ni muerte, sino gozo y paz en Aquel que siempre nos ha amado. Amén (www.homiliacatolica.com).
martes, 9 de febrero de 2010
Tiempo ordinario IV, martes: la misericordia de Dios protege a quien confía en Él, aunque el sabor de la cruz acompaña la vida del hombre… la fe en Je
Tiempo ordinario IV, martes: la misericordia de Dios protege a quien confía en Él, aunque el sabor de la cruz acompaña la vida del hombre… la fe en Jesús hace milagros, continúa haciéndolos con la Eucaristía
Segundo Libro de Samuel 18,9-10.14.24-25.30-32.19,1-3. De pronto, Absalón se encontró frente a los servidores de David. Iba montado en un mulo, y este se metió bajo el tupido ramaje de una gran encina, de manera que la cabeza de Absalón quedó enganchada en la encina. Así él quedó colgado entre el cielo y la tierra, mientras el mulo seguía de largo por debajo de él. Al verlo, un hombre avisó a Joab: "¡Acabo de ver a Absalón colgado de una encina!". Entonces Joab replicó: "No voy a perder más tiempo contigo". Y tomando en su mano tres dardos, los clavó en el corazón de Absalón, que estaba todavía vivo en medio de la encina. David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela, que había subido a la azotea de la Puerta, encima de la muralla, alzó los ojos y vio a un hombre que corría solo. El centinela lanzó un grito y avisó al rey. El rey dijo: "Si está solo, trae una buena noticia". Mientras el hombre se iba acercando, El rey le ordenó: "Retírate y quédate allí". El se retiró y se quedó de pie. En seguida llegó el cusita y dijo: "¡Que mi señor, el rey, se entere de la buena noticia! El Señor hoy te ha hecho justicia, librándote de todos los que se sublevaron contra ti". El rey preguntó al cusita: "¿Está bien el joven Absalón?". El cusita respondió: "¡Que tengan suerte de ese joven los enemigos de mi señor, el rey, y todos los rebeldes que buscan tu desgracia!". El rey se estremeció, subió a la habitación que estaba arriba de la Puerta y se puso a llorar. Y mientras iba subiendo, decía: "¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Ah, si hubiera muerto yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío!". Entonces avisaron a Joab: "El rey llora y se lamenta por Absalón". La victoria, en aquel día, se convirtió en duelo para todo el pueblo, porque todos habían oído que el rey estaba muy afligido a causa de su hijo.
Salmo 86,1-6. Oración de David. Inclina tu oído, Señor, respóndeme, porque soy pobre y miserable; protégeme, porque soy uno de tus fieles, salva a tu servidor que en ti confía. Tú eres mi Dios: ten piedad de mí, Señor, porque te invoco todo el día; reconforta el ánimo de tu servidor, porque a ti, Señor, elevo mi alma. Tú, Señor, eres bueno e indulgente, rico en misericordia con aquellos que te invocan: ¡atiende, Señor, a mi plegaria, escucha la voz de mi súplica!
Evangelio según San Marcos 5,21-43: En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.
Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?». Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’». Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?». Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.
Comentario: 1. 2S 18,9-10.14b.24-25a.30-19,3. De nuevo una escena conmovedora: las lágrimas de David por la muerte de su hijo Absalón. Con astucia y con habilidad militar, el ejército del rey ha logrado derrotar al rebelde y éste muere trágicamente entre los árboles del bosque. Pero lo que podría haber sido una victoria y el final de una rebelión incómoda, llena de dolor a David, que muestra una vez más un gran corazón. Había dado órdenes de respetar la vida de su hijo: pero el capitán Joab aprovechó para saldar viejas cuentas y mató al rebelde. Como había llorado sinceramente por la muerte de Saúl, aunque se había portado tan mal con él, ahora David llora por su hijo. No hay fiesta para celebrar esta triste victoria. Aunque luchaba contra el rebelde, ha seguido queriendo a su hijo y llora por él desconsoladamente: «Hijo mío Absalón, ojalá hubiera muerto yo en vez de ti».
-Pero David no se alegró porque su hijo Absalón había muerto. David acaba de ganar una batalla y se ha dominado una insurrección. Esto podría alegrarle. Pero todo ello se esfuma ante el dolor de haber perdido a su hijo. Los allegados a David, sólo ven la eficacia del resultado: se ha batido al oponente, se ha destruido al usurpador... y van a anunciarlo al rey como una buena noticia. Entonces el rey se estremeció, subió a la estancia alta y rompió a llorar. Decía entre sollozos: «¡Hijo mío, Absalón; hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!» Dolor punzante; se retira solo a su cuarto para llorar. Imagen de Dios. Nuestro Padre celestial, aun cuando somos rebeldes y nos oponemos a El, sigue amándonos. «Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 33,11) Me dispongo a meditar sobre mis propios pecados, para sentir en mí todo el dolor de Dios, toda la misericordia de Dios. Si David ha comprendido tan bien el perdón hacia su hijo, es porque él mismo había experimentado el perdón de Dios. Recuerda que después del homicidio de Urías, el profeta Natán había ido a su palacio, le había revelado su falta... y la superabundancia de la misericordia divina. El contagio de la misericordia divina había comenzado en el corazón de Dios, ¡acaso podrá David ser menos misericordioso! Jesús recordará esta ley: «si no perdonáis vosotros, tampoco Dios os perdonará».¿A quién tengo que perdonar, HOY?
-La victoria, se troco en duelo aquel día para todo el ejército y el pueblo. Poco a poco, el pueblo de Dios llegará a entender que no necesita de técnicas militares para acabar con sus enemigos: el verdadero combate se da «contra las fuerzas del mal que alienan a la humanidad». «Perdonar» es una victoria mayor que «vencer».¿Cuál será mi victoria interior? (Noel Quesson).
El centro de interés de todo este episodio de la guerra civil suscitada por Absalón contra su propio padre es la generosidad de David para con su hijo rebelde. No lo hace por virtud especial alguna, sino porque le quiere extremadamente, por perverso y mal hijo que sea. Yahvé no ha retirado su amor a David pese a su grave pecado; David no retira su amor a Absalón pese al asesinato del primogénito Amnón y la posterior rebeldía. Todos oyen cómo David da orden expresa a sus generales Joab, Abisay e Itay de que no hagan ningún daño a Absalón (18,5). Pero el sanguinario y calculador Joab, que anteriormente había sido amigo y partidario del príncipe Absalón (cf. c. 14), cuando éste nombra a Amasá jefe de sus tropas, se pasa a David y se venga matando a Absalón (18,14) y más tarde a Amasá (20,10), repitiendo lo que había pasado cuando David había aceptado a Abner como general suyo, de acuerdo con aquella política de reconciliación que siempre siguiera. La angustia de David por su hijo Absalón es dramáticamente descrita. Más que el resultado de la batalla, lo que le interesa es saber si ha salido de ella con bien Absalón. Ajimás, que se había adelantado a llevarle la buena nueva de la victoria, no osa comunicarle que Absalón ha muerto. Un segundo mensajero se lo hace saber, y David hace un gran duelo por ello. Mas, en el triste espectáculo de su decrepitud, la bondad parece ser lo último que conserva David. Nunca, ni cuando Saúl lo perseguía a muerte, se nos había aparecido tan impotente como ahora, incapaz de castigar el crimen de Joab. Más aún: Joab le obliga a hacer de tripas corazón y, olvidando el dolor de padre, celebrar la victoria de rey, con la amenaza de que si no se muestra ante los soldados para compartir con ellos la alegría del triunfo, todos le abandonarán (19,6-9).
Tristemente vencedor, David ve volver a él, pidiéndole perdón, a cuantos le habían traicionado, atacado o insultado. A todos perdona, los restablece en sus cargos y bienes. En impresionante contraste con esta amnistía general después de la guerra civil, según 1 Re 2, da David antes de morir unas terribles instrucciones a Salomón, y le encomienda matar a cuantos antes había perdonado. En realidad, según los mejores estudios recientes, se trata de una interpolación posterior. La primitiva historia de la sucesión de David dejaba bien claro que Salomón se había afirmado en el trono gracias a una purga implacable de enemigos políticos; un redactor posterior prosalomónico habría añadido el testamento de David para atribuirle la responsabilidad moral y convertir la crueldad de Salomón en piedad filial y habilidad política.
Mientras David llora por su hijo muerto, el ejército vencedor no se atreve a celebrar el triunfo y entra en la ciudad «a escondidas, como se esconden abochornados los soldados cuando han huido del combate» (19,4). Como dice Valerio Máximo la más vergonzosa de las victorias es la obtenida en una guerra civil (H. Raguer).
2. Sal 85. El salmo pone en labios de David una súplica muy sentida a Dios para que le ayude en este momento de dolor: «Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado».
El buen corazón de David nos recuerda la inmensidad del amor de Dios, que se nos ha manifestado ya en el AT y de modo más pleno en Cristo Jesús, siempre dispuesto a perdonar. Como David no quería la muerte del hijo, por rebelde que fuera, así Dios nos dice: «yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva», y Cristo nos retrata el corazón de Dios describiéndolo como un pastor que se alegra inmensamente cuando encuentra a la oveja descarriada o un padre que celebra una gran fiesta por la vuelta del hijo pródigo.
¿Tenemos nosotros un corazón así? ¿sabemos perdonar a los que nos ofenden (o creemos que nos ofenden), o incluso nos persiguen? ¿cuánto tiempo dura el rencor en nuestro corazón?-La insurrección de Absalón condujo a la victoria de David. La página leída ayer nos mostró al rey David acosado por su hijo y por sus enemigos: era el momento del fracaso duro. Hoy es el momento de la victoria: el rebelde es vencido, David podrá entrar en su capital, Jerusalén. Meditemos primero sobre ese hecho; el fracaso, la debilidad no contrarrestan el plan de Dios. Dios puede lograr su fin, incluso sirviéndose de apariencias contrarias. Toda la historia de la salvación es buena prueba de ello. Medito sobre mis propios fracasos. Trato de comprenderlos a la luz del misterio de la cruz. «Nosotros predicamos un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles... Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad divina, más fuerte que la fortaleza de los hombres... Lo débil del mundo es lo que Dios ha escogido, para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios...» (1 Cor 1,22-29). Pablo también pedía a Dios, como nosotros, como David ser liberado de sus debilidades: «El Señor me declaró, "mi gracia te basta"... "porque mi poder se muestra perfecto en la flaqueza"». (II Cor 12,9-10).
Tu, Señor, eres bueno e indulgente, rico en amor con los que te invocan; Yahweh, presta oído a mi plegaria, atiende a la voz de mi súplica. Nosotros no tenemos mérito alguno para llegar ante Dios exigentes ante lo que queramos pedirle, conforme a nuestras necesidades. Sólo su amor, lleno de misericordia, le hace inclinarse ante nosotros para compadecerse de nosotros, perdonarnos y levantarnos de nuestras miserias. Por eso cuando lo invocamos no damos como razones, para ser escuchados, nuestras buenas obras, pues toda bondad procede de Dios. Llegamos ante Él, humildes y confiados en que no nos tratará conforme a nuestros pecados, sino conforme a su infinita misericordia. Y Dios siempre será bondadoso con nosotros, pues nos tiene como hijos suyos por nuestra fe y nuestra comunión de vida con su Hijo, Cristo Jesús.
3. Hoy se nos cuentan dos milagros de Jesús intercalados el uno en el otro: cuando va camino de la casa de Jairo a sanar a su hija -que mientras tanto ya ha muerto- cura a la mujer que padece flujos de sangre. Son dos escenas muy expresivas del poder salvador de Jesús. Ha llegado el Reino prometido. Está ya actuando la fuerza de Dios, que a la vez se encuentra con la fe que tienen estas personas en Jesús. El jefe de la sinagoga le pide que cure a su hija. En efecto, la cogió de la mano y la resucitó, ante el asombro de todos. La escena termina con un detalle bien humano: «y les dijo que dieran de comer a la niña».
La mujer enferma no se atreve a pedir: se acerca disimuladamente y le toca el borde del manto. Jesús «notó que había salido fuerza de él» y luego dirigió unas palabras amables a la mujer a la que acababa de curar.
En las dos ocasiones Jesús apela a la fe, no quiere que las curaciones se consideren como algo mágico: «hija, tu fe te ha curado», «no temas, basta que tengas fe».
Jesús, el Señor, sigue curando y resucitando. Como entonces, en tierras de Palestina, sigue enfrentándose ahora con dos realidades importantes: la enfermedad y la muerte.
Lo hace a través de la Iglesia y sus sacramentos. El Catecismo de la Iglesia, inspirándose en esta escena evangélica, presenta los sacramentos «como fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante»: el Bautismo o la Reconciliación o la Unción de enfermos son fuerzas que emanan para nosotros del Señor Resucitado que está presente en ellos a través del ministerio de la Iglesia. Son también acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia y «las obras maestras de Dios en la nueva y eterna Alianza» (CEC 1116).
Todo dependerá de si tenemos fe. La acción salvadora de Cristo está siempre en acto.
Pero no actúa mágica o automáticamente. También a nosotros nos dice: «No temas, basta que tengas fe». Tal vez nos falta esta fe de Jairo o de la mujer enferma para acercarnos a Jesús y pedirle humilde y confiadamente que nos cure.
Ante las dos realidades que tanto nos preocupan, la Iglesia debe anunciar la respuesta positiva de Cristo. La enfermedad, como experiencia de debilidad. y la muerte, como el gran interrogante, tienen en Cristo, no una solución del enigma, pero sí un sentido profundo. Dios nos tiene destinados a la salud y a la vida. Eso se nos ha revelado en Cristo Jesús. Y sigue en pie la promesa de Jesús, sobre todo para los que celebramos su Eucaristía: «El que cree en mi, aunque muera, vivirá; el que me come tiene vida eterna».
Para la pastoral de los sacramentos puede ser útil recordar el proceso de la buena mujer que se acerca a Jesús. Ella, que por padecer flujos de sangre es considerada «impura» y está marginada por la sociedad, sólo quiere una cosa: poder tocar el manto de Jesús. ¿Es una actitud en que mezcla su fe con un poco de superstición? Pero Jesús no la rechaza porque esté mal preparada. Convierte el gesto en un encuentro humano y personal, la atiende a pesar de que todos la consideran «impura» y le concede su curación.
Los sacerdotes, y también los laicos que actúan como equipos animadores de la vida sacramental de la comunidad cristiana, tendrían que aprender esta actitud de Jesús Buen Pastor, que con amable acogida y pedagogía evangelizadora, ayuda a todos a encontrarse con la salvación de Dios, estén o no al principio bien preparados (J. Aldazábal).
*Jesús había regresado con sus discípulos a la orilla occidental del lago de Genezaret, sirviéndose del mismo bote desde el que había predicado a las gentes (5, 1) y con el que había hecho la travesía cuando ocurrió lo de la tempestad calmada (4, 36). Mateo nos dice que el desembarco fue en Cafarnaún, la "ciudad de Jesús" (esto es, la que había elegido como plataforma de su actividad evangelizadora; Mt 9, 1; cfr. 4, 13). Llegó Jesús en barca desde la otra orilla del lago, y mucha gente se reunía a su lado, se quedó cerca del agua, quizá sería el puerto de Carfarnaum, cuando vinieron a verle de todas partes de Galilea. La noticia corre y la multitud adelanta al Señor, que había venido en barca, "se dice que vendrá..." pasarían la voz entre el gentío, e iba llegando un gran número de enfermos. Se comentan en la espera las curaciones milagrosas que ha hecho Jesús a tantos de lugar. Podemos inventarnos la escena con la imaginación: "Confía, que él puede curarte”, va diciendo un amigo al otro, “yo tenía todo el cuerpo cubierto de lepra, y ahora estoy completamente limpio... él puede todo". Una mujer que estaba por allá sentada pregunta discretamente: "¿como lo hizo?" Ella era tímida, y no puede acercarse a Jesús porque tiene una enfermedad de pérdidas de sangre que era considerada una "impureza legal", y estaba prohibido acercarse o tocar a una mujer en estas circunstancias. Ha de idear un plan audaz…
Le dice el leproso que él estaba muy preocupado, y cuando oyó hablar de que Jesús pasaba cerca de la cueva de los leprosos, pensó “iré a él aunque me maten” y así lo hizo: fue a encontrarlo luego que lo vio, y le gritó: “¡Jesús, hijo de David, apiádate de mí...!” y –sigue contando-: “cuál fue mi sorpresa cuando se me acercó, y yo repitiendo: ‘¡Jesús, ven, no te vayas, acuérdate de mí...!' y me miró, y le dije ‘Jesús, si quieres puedes curarme,' y me dijo '¿lo crees?' y yo: ‘Si, tú puedes curarme', y entonces me dijo: 'quiero, ¡queda limpio'. No puedo explicar lo que sentí, noté una sensación nueva en mi cuerpo, de limpio, y me comencé a tocar la cara y estaba como la de un niño, y los ojos, y la boca, y lloré de alegría, y me eché a los pies de Jesús y él se dejaba, y después me dijo: 've, preséntate a los sacerdotes', y he ido corriendo, y ahora vuelvo, para agradecérselo."
La mujer “mira que mira” y no sabía si se atrevería... fue entonces cuando llegó Jesús, llega la barca, la de Pedro, y la gente va amontonándose porque llega el maestro. Le hacen preguntas: "¿qué debemos hacer por ser buenos?", y él, como siempre, los adoctrina. Habla de la nueva moral: "habéis sentido que debéis volver ojo por ojo y diente por diente, pero yo os digo que no volvéis mal por mal, si te dan una bofetada a la mejilla derecha, pon la izquierda, y si hay quien te pida que hagas un kilómetro, ve con él aún otro más. Si te piden la túnica, déjales también el mantel. Dad a quien os pida, y no os hagáis los sordos, a quienes os pidan un favor. No os preocupáis por la vida, ni vayáis estresados, mirad los pájaros del cielo, mirad los lirios del campo; si se preocupa de ellos Dios, no pensará mucho más en vosotros? Sabe muy bien de lo que tenéis necesidad. Pedís y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. ¿Quién de vosotros, si un hijo le pide pan, le da una piedra? Pues si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuanto más vuestro Padre del cielo se las dará a quien se las pida!” Jesús va hablando del cielo, y del amor a los hombres.
Llega un hombre famoso, el jefe de la sinagoga, y angustiado le dice: "maestro, mi hija se está muriendo, ven a imponerle las manos para que se ponga bien y no se muera", y se pusieron en camino. Entonces, de pronto, la mujer de las pérdidas, que se había quedado pensando en aquello de "quien pide, recibe, quien busca, encuentra”... pensó: “Dios sabe muy bien de qué tengo necesidad", y hace su plan: "si pudiera tocarle la ropa que trae, me pondré buena", y va por detrás y sin pensarlo más, toca la orla del vestido de Jesús. Y tan buen punto lo tocó, se le paró la hemorragia, y así el mal había desaparecido, sintió el cuerpo lleno de vida. Entonces fue cuando el Señor dice: "¿quien me ha tocado?" y ella, llena de vergüenza pero contenta y feliz, responde: “he sido yo, Señor”, y dice Jesús: "tu fe te ha salvado, vete en paz".
Cuenta un misionero en la India que acompañó a una familia de hindúes y les expuso en el copón del sagrario, en adoración eucarística. Uno de los jóvenes se acercó y tocó el copón, mientras él miraba asombrado pero optó –viendo el respeto con que lo hacía- por dejarle hacer. Luego volvió a donde estaban los otros y le preguntó si le podía mostrar la Eucaristía. El sacerdote respondió que era como papel de fumar, muy fino en forma de pan, que no lo entendería. El chico dijo entonces que cuando se acercó le pidió le curara de un tumor, en la cabeza, grande como una fruta, y que al tocarlo se había curado. Efectivamente, se fijó el sacerdote que ya no tenía el bulto, y pensó en la fe que teníamos los católicos en la Eucaristía, y en la que tenía aquel hindú...
Nosotros también podemos tocar Jesús, con los sacramentos, el manto de Cristo son los sacramentos, tocar quiere decir creer. La tímida audacia de la hemorroísa debe servirnos para tocar a Jesús, que está esperándonos en la Misa, y espera que nos acerquemos confiadamente.
Muestran los dos curados de hoy una gran fe. Esa mujer “arranca” su curación de aquel mal que arrastraba tanto tiempo. Un caso imposible fue el de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga. “Mi hija está en las últimas”, y mientras iban le dicen “no molestes al maestro, tu hija ha muerto”. Pero Jesús le dice: «No temas, solamente ten fe» (Mc 5,36). Jesús, contra toda esperanza: “no tengas miedo, basta que creas y ella vivirá”, y luego ante ella manda: “talita cumi”, levántate y anda, y cuando se alzó ante la sorpresa de todos, añade: “dadle de comer, que tiene hambre”. Jesús nos dirá muchas veces: “si tuvierais un poco de fe…”, haríais maravillas. La fe no va sola, va de la mano de la humildad. La hemorroísa cree y es humilde, se acerca por detrás a tocar el vestido de Jesús, nosotros tenemos más que un mantel, y podemos transformarnos en Jesús en la comunión, y Él puede curarnos de todas nuestras debilidades. Porque “Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad” (San Josemaría Escrivá). La Eucaristía edifica la Iglesia (así empieza la Encíclica de Juan Pablo II, “Ecclesia de Eucaristia”). Crece la Iglesia en la participación del memorial de Jesús, hay una influencia causal de la Humanidad Santísima de Je´sus por la Eucaristía, que vivifica a toda persona y todos los que se salvan son por los frutos de la Misa. Ahí nos desligamos de las ataduras de espacio y tiempo y nos trasladamos a la cúspide del calvario.... “Adoro te devote latens deitas”, cantamos a ese amor que juega al escondite, que se oculta, que late bajo estas especies, pero que nos da vida pues sin Él no tiene sentido la vida, sería anodina, sin trascendencia. La presencia del amado es una necesidad de amor: estar juntos, y así buscamos la presencia de Jesús en la Eucaristía, especialmente en la comunión que es cuando se da nuestra incorporación a Cristo, que ya fuer por el bautismo pero ahora se da de un modo sumo. Ahí Jesús nos recibe, nos dice: “mira que estoy a la porta i llamo”... “el que me coma vivirá por mí”. Es un estar con Jesús, y Él con nosotros, para poder exclamar con el Apóstol: “No soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí”.
El valor de la Misa es inmenso, como dice Vandeur: “una sola gota de la Preciosa Sangre contenida en el cáliz podría bastar para obtenernos gracias cuya eficacia ni siquiera podemos sospechar; bastaría para salvar millones de mundos más culpables que el nuestro, y para hacer más santos que cuantos pueda poseer el paraíso”. Y el Cura de Ars: “todas las obras buenas juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Misa es obra de Dios”. La Eucaristía tiene un valor infinito, pero nuestra participación es según las posibilidades, las disposiciones: si vamos con un gran recipiente acogeremos más gracia de Dios, según la capacidad de nuestro corazón; como decía Santo Tomás: “pues en la satisfacción se mira más el afecto del que ofrece que el valor de la oblación -fue el Señor quien dijo de la viuda que echó dos céntimos que ‘había echado más que ninguno-, aunque esta oblación sea suficiente de suyo para satisfacer por toda la pena, se satisface sólo por quienes se ofrece o por quienes la ofrecen en la medida de la devoción que tienen, y no por toda la pena”.
“Cuando participamos de la Eucaristía -dice San Cirilo de Jerusalén- experimentamos la espiritualización deificante del Espíritu Santo, que no sólo nos conforma con Cristo, como sucede en el bautismo, sin que nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús”.
Así como la hemorroísa percibió instantáneamente su curación con ocasión de tocar el borde del manto de Jesús, “gracias a la fuerza que había salido de Él”; así también, los frutos de la santificación que brotan del Cuerpo de Cristo, se nos aplican por medio de acciones litúrgicas. El Espíritu Santo mantiene esa cohesión real entre celebración y dispensación del ministerio. Por esto “se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados”, decía san Josemaría, y añadía: “Cuando yo era niño, no estaba aún extendida la práctica de la comunión frecuente. Recuerdo cómo se disponían para comulgar: había esmero en arreglar bien el alma y el cuerpo. El mejor traje, la cabeza bien peinada, limpio también físicamente el cuerpo, y quizá hasta con un poco de perfume... eran delicadezas propias de enamorados, de almas finas y recias, que saben pagar con amor el Amor”. Antes, al pie del altar para empezar la Misa, decía el sacerdote: “introibo ad altare Dei”, i contestaban: “ad Deum qui lætificat iuventutem meam” (Ps. 42, 4). Es la juventud del amor, del que se participa en la Misa. En estos encuentros con Jesús, hay que no tener prisa para amar! Insertado en medio de la escena de la fe en la resurrección, está la presencia silenciosa de la hemorroísa: "¡Si alcanzara a tocar tan sólo su vestido!" Nosotros también podemos insistir: “Si yo alcanzase a recibir su palabra -la palabra de la Sagrada Escritura, que es la voz del Señor presente en la celebración litúrgica- con un corazón creyente, si yo fuese digno de comulgar su sagrado cuerpo sacrificado!...” Esto deberíamos pensar ahora. ¿Será menor el cuerpo que el vestido? ¡No está la salud más cerca de aquel que forma con el Señor un solo espíritu, una sola vida, un solo cuerpo, que de aquel que le toca únicamente por el exterior?
** El hilo narrativo lo configura el desplazamiento hasta la casa de Jairo, y el episodio le sirve a Marcos para profundizar en el tema de la fe en Jesús. Vemos cómo se reconoce en Jesús la soberanía y majestad. El propio Jesús le invita a tener fe en él. Es un contexto que nos mueve a pensar en nuestra fe, si es suficientemente formada a través de la oración y del estudio, de la formación y de la apertura del alma (Alberto Benito). El Maestro toma consigo únicamente a los tres discípulos que serían también los testigos de su transfiguración (9, 2) y de su agonía en Getsemaní (14, 33).
Al llegar, ve las plañideras que lloran por oficio y que para eso han sido contratadas. Esto explica que se rían después al oír a Jesús que la niña estaba dormida. La resurrección de la niña acontece por el poder de la palabra de Jesús que Marcos ha conservado en original arameo. Jesús se manifiesta como señor de la vida y de la muerte.
Todos los milagros que se refieren a resurrecciones no son más que la proclamación de que en Jesús y por Jesús la vida triunfa sobre la muerte. Si Jesús establece esa ley es para evitar que sus paisanos confundan el sentido de su mesianismo y caigan en falsos triunfalismos (Emiliana Löhr). Jesús quiere decir que para él y para el poder de Dios esta muerte no significa más que un sueño ligero. Así lo dice también hablando de Lázaro: "Nuestro amigo Lázaro está dormido, pero voy a despertarlo" (Jn 11, 11). Son los dos milagros de resurrección: La muerte para Dios no es un poder insuperable. Es delgada la pared que separa la muerte de la vida. Eso la gente no lo entiende, y se burlan neciamente de él. Las cosas tienen un aspecto muy distinto ante la mirada de Dios y ante la experiencia del hombre. Sólo si nos ejercitamos en ver con la mirada de Dios, nos formamos el verdadero concepto. Entonces la muerte también pierde su carácter horripilante.
La escena adquiere tintes de solemnidad: sólo están los tres discípulos que participan de los grandes momentos (transfiguraci6n, Getsemaní); Jesús entra en la casa transmitiendo seguridad y dominio de la situación; el evangelista conserva las palabras en arameo, dándoles, por tanto, un fuerte valor simbólico; Jesús actúa con gran sencillez (habla como si aquello no tuviera importancia: "La niña no está muerta..."; se limita a dar la mano a la niña y a decir una palabra nada retórica...), signo de su fuerza y su poder. Y todo el conjunto se convierte en afirmación de la fuerza salvadora de Jesús que libera al hombre sin ninguna barrera, y llama a la confianza en esta liberación (Josep Lligadas).
La hija de Jairo, aquella niña, que estaba muerta y Jesús le dijo: “niña, levántate y anda”, y resucitó; también nosotros resucitamos cada vez que pedimos perdón, en aquel momento cambiamos la historia, hemos arreglado lo que se había roto, cuando hacemos las paces ya es como si no hubiera pasado. Es bueno que digamos: “Ayúdame Jesús, voy a procurar rezar, y cada día una resurrección, cada día volver a empezar”.
Después del milagro de la "tempestad calmada" y el del "endemoniado liberado"... vamos hoy a oír el relato de otros dos milagros estrechamente imbricados y ligados uno a otro: asistimos a una especie de crescendo, a una progresión en la Fe de los discípulos para quienes son estos gestos... El lector es llevado por san Marcos a creer en el poder de la resurrección de Jesús:
-poder sobre los elementos de la naturaleza (la tempestad en el mar).
-poder sobre los "espíritus inmundos" del hombre pagano (¡en Gerasa!)
-poder sobre la enfermedad (la hemorragia de la mujer)...
-poder sobre la muerte (resurrección de la hijita de Jairo)...
-Una mujer que padecía flujo de sangre (HEMORROISA) desde hacía doce años... vino entre la muchedumbre por detrás, y tocó su vestido... Al punto, se secó la fuente de la sangre, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal...
Por de pronto, podría decir de esto que fue una curación robada: esta mujer busca esconderse, se avergüenza de su enfermedad, que por otra parte la pone en estado de "impureza legal" según la Ley judía (Lv 15,25). En tocar el vestido de Jesús, ha hecho algo prohibido, tabú. Nos cuesta hoy imaginar de qué modo Cristo ha liberado a los hombres de cantidad de miedos ancestrales, transmitidos de generación en generación por los antepasados y por las costumbres y las leyes.¡Señor, libéranos!, ¡libéranos de nuestros miedos!
-La mujer, llena de temor y temblorosa se postró a sus pies...
Sí, es esto, se siente culpable porque ha infringido una Ley del Levítico, una ley de su pueblo.
Constantemente veremos a Jesús tomar en consideración a los marginados, a los rechazados, a los "dejados de lado" por la Ley... o a los que se sienten rechazados por sus semejantes.
Gracias, Señor, por este amor que tú tienes a todos, sin excepción. ¿Cual es mi actitud?
-"¿Quién ha tocado mis vestidos?"... "Hija mía, tu Fe te ha salvado. Vete en paz y seas curada de tu mal." Jesús mismo provocó la confesión. Decididamente quiso que esta mujer que se escondía saliera del anonimato. La obliga a darse a conocer para que entre en relación personal con él. La hace pasar de la creencia mágica, algo elemental, -"si yo toco su vestido..."-, a una fe verdadera -"ella le contó toda la verdad..." La fe es una relación personal con Jesús. Entonces, Jesús "vuelve a darle", por así decir, la curación que había "robado". ¿No tengo yo también, alguna vez, la tentación de situarme delante de Dios, como ante una magia pagana: como uno que quiere aprovecharse de Dios, forzar la mano a Dios, poner la mano sobre El?
-En este momento llegaron de la casa de Jairo para anunciarle: "Tu hija ha muerto. ¿Por qué molestar ya al maestro?" La fe de Jairo, y de los discípulos que viven estos acontecimientos en directo es puesta a prueba por la incredulidad de los que les rodean: "¿Por qué molestar...?" Sí, lo que Jairo pedía, está ya fuera de lugar. Su hijita no está solo enferma sino muerta: Será necesario que la Fe dé un salto suplementario a lo desconocido.
-"¡No temas! ¡Ten solo Fe!"... La niña no ha muerto, duerme. Jesús mismo viene en ayuda de su Fe. Pero la incredulidad continúa alrededor de Jesús: "todos se burlaban de El" cuando dijo que dormía. Por otra parte, esta fórmula no puede comprenderse en toda su profundidad sino después de la resurrección de Jesús. Sí, con Cristo, la muerte ya no es totalmente muerte, es un sueño antes de un despertar (Noel Quesson).
Hoy el Evangelio nos presenta dos milagros de Jesús que nos hablan de la fe de dos personas bien distintas. Tanto Jairo —uno de los jefes de la sinagoga— como aquella mujer enferma muestran una gran fe: Jairo está seguro de que Jesús puede curar a su hija, mientras que aquella buena mujer confía en que un mínimo de contacto con la ropa de Jesús será suficiente para liberarla de una enfermedad muy grave. Y Jesús, porque son personas de fe, les concede el favor que habían ido a buscar.
La primera fue ella, aquella que pensaba que no era digna de que Jesús le dedicara tiempo, la que no se atrevía a molestar al Maestro ni a aquellos judíos tan influyentes. Sin hacer ruido, se acerca y, tocando la borla del manto de Jesús, “arranca” su curación y ella enseguida lo nota en su cuerpo. Pero Jesús, que sabe lo que ha pasado, no la quiere dejar marchar sin dirigirle unas palabras: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5,34).
A Jairo, Jesús le pide una fe todavía más grande. Como ya Dios había hecho con Abraham en el Antiguo Testamento, pedirá una fe contra toda esperanza, la fe de las cosas imposibles. Le comunicaron a Jairo la terrible noticia de que su hijita acababa de morir. Nos podemos imaginar el gran dolor que le invadiría en aquel momento, y quizá la tentación de la desesperación. Y Jesús, que lo había oído, le dice: «No temas, solamente ten fe» (Mc 5,36). Y como aquellos patriarcas antiguos, creyendo contra toda esperanza, vio cómo Jesús devolvía la vida a su amada hija (Francesc Perarnau Cañellas).
Dos grandes lecciones de fe para nosotros. Desde las páginas del Evangelio, Jairo y la mujer que sufría hemorragias, juntamente con tantos otros, nos hablan de la necesidad de tener una fe inconmovible. Podemos hacer nuestra aquella bonita exclamación evangélica: «Creo, Señor, ayuda mi incredulidad» (Mc 9,24).
San Ambrosio (hacia 340-397) obispo de Milán, doctor de la Iglesia, en el Tratado sobre Lc (6,58-61; SC 45, pag. 249) dice: ““¡A ti te lo digo, levántate!” Antes de resucitar a un muerto, para suscitar la fe de la gente, Jesús comienza por curar a la mujer aquejada de flujo de sangre. Este flujo cesa para nuestra instrucción: cuando Jesús se acerca a la mujer, ésta ya queda curada. Lo mismo, para creer en nuestra vida eterna celebramos la resurrección temporal del Señor que siguió a su pasión...
Los criados de Jairo que le dicen “no molestes al Maestro”, no creen en la resurrección anunciada en la Ley y realizada en el evangelio. Así, Jesús lleva consigo a poco testigos de la resurrección que va a realizar: en un principio no ha sido la multitud que ha creído en la resurrección. La gente se mofaba de Jesús cuando declara: “La niña no está muerta, duerme.” Los que no creen se mofan. Que lloren, pues, a sus muertos los que creen que están muertos. Cuando se cree en la resurrección, no se ve en la muerte un final sino un descanso...
Y Jesús, tomando a la niña de la mano, la cura; luego les dice que le den de comer. Es un testimonio de la vida para que nadie se crea que es cuestión de una ilusión sino que es la realidad. ¡Feliz la niña a quien la Sabiduría toma de la mano! ¡Quiera Dios que nos tome también de la mano en nuestras acciones. ¡Que la Justicia lleve mi mano; que el Verbo de Dios la tenga, que me introduzca en su intimidad y aparta mi espíritu de todo error y me salve! ¡Que me dé de comer el pan del cielo, el Verbo de Dios. Esta Sabiduría que ha puesto sobre el altar los alimentos del cuerpo y de la sangre del Hijo de Dios ha declarado: “Venid a comer de mi pan, bebed del vino que he mezclado!” (Pr 9,5)”.
Comuniones espirituales. El Evangelio de la Misa (Mc, 5,21-43) nos relata la curación de una mujer que había gastado toda su fortuna en médicos sin éxito alguno: solamente alargó la mano y tocó el borde del manto de Jesús, y quedó curada. También nosotros necesitamos cada día el contacto con Cristo, porque es mucha nuestra debilidad y muchas nuestras debilidades. Y al recibirlo en la Comunión sacramental se realiza este encuentro con Él: un torrente de gracia nos inunda de alegría, nos da la firmeza de seguir adelante, y causa el asombro de los ángeles. La amistad creciente con Cristo nos impulsa a desear que llegue el momento de la Comunión, para unirnos íntimamente con Él. Le buscamos con la diligencia de la mujer enferma del Evangelio, con todos los medios a nuestro alcance, especialmente con el empeño por apartar todo pecado venial deliberado y toda falta consciente de amor a Dios.
El vivo deseo de comulgar, señal de fe y de amor, nos conducirá a realizar muchas comuniones espirituales. Durante el día, en medio del trabajo o de la calle, en cualquier ocupación. Prolongan los frutos de la Comunión eucarística, prepara la siguiente y nos ayuda a desagraviar al Señor. Es posible hacerlo a cualquier hora porque consiste en una acto de amor. Podemos decir: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos. Acudamos hoy a nuestro Ángel Custodio para que nos recuerde frecuentemente la presencia cercana de Cristo en los sagrarios, y que nos consiga gracias abundantes para que cada día sean mayores nuestros deseos de recibir a Jesús, y mayor nuestro amor, de modo particular en esos minutos en los que permanece sacramentalmente en nuestro corazón.
Por nuestra parte, debemos esforzarnos en acercarnos a Cristo con la fe de aquella mujer, con su humildad, con aquellos deseos de querer sanar de los males que nos aquejan. La Comunión no es un premio a la virtud, son alimento para los débiles y necesitados; para nosotros. La Iglesia nos pide apartar la rutina, la tibieza y la Confesión frecuente, y que no comulguemos jamás con sombra alguna de pecado grave. Ante las faltas leves, el Señor nos pide el arrepentimiento y el deseo de evitarlas. Asimismo, el amor nos llevará a expresar a nuestra gratitud al Jesús después de la Comunión por haberse dignado venir a nuestro corazón. Nuestro Ángel nos ayudará a expresarle esa gratitud (Francisco Fernández Carvajal).
Segundo Libro de Samuel 18,9-10.14.24-25.30-32.19,1-3. De pronto, Absalón se encontró frente a los servidores de David. Iba montado en un mulo, y este se metió bajo el tupido ramaje de una gran encina, de manera que la cabeza de Absalón quedó enganchada en la encina. Así él quedó colgado entre el cielo y la tierra, mientras el mulo seguía de largo por debajo de él. Al verlo, un hombre avisó a Joab: "¡Acabo de ver a Absalón colgado de una encina!". Entonces Joab replicó: "No voy a perder más tiempo contigo". Y tomando en su mano tres dardos, los clavó en el corazón de Absalón, que estaba todavía vivo en medio de la encina. David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela, que había subido a la azotea de la Puerta, encima de la muralla, alzó los ojos y vio a un hombre que corría solo. El centinela lanzó un grito y avisó al rey. El rey dijo: "Si está solo, trae una buena noticia". Mientras el hombre se iba acercando, El rey le ordenó: "Retírate y quédate allí". El se retiró y se quedó de pie. En seguida llegó el cusita y dijo: "¡Que mi señor, el rey, se entere de la buena noticia! El Señor hoy te ha hecho justicia, librándote de todos los que se sublevaron contra ti". El rey preguntó al cusita: "¿Está bien el joven Absalón?". El cusita respondió: "¡Que tengan suerte de ese joven los enemigos de mi señor, el rey, y todos los rebeldes que buscan tu desgracia!". El rey se estremeció, subió a la habitación que estaba arriba de la Puerta y se puso a llorar. Y mientras iba subiendo, decía: "¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Ah, si hubiera muerto yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío!". Entonces avisaron a Joab: "El rey llora y se lamenta por Absalón". La victoria, en aquel día, se convirtió en duelo para todo el pueblo, porque todos habían oído que el rey estaba muy afligido a causa de su hijo.
Salmo 86,1-6. Oración de David. Inclina tu oído, Señor, respóndeme, porque soy pobre y miserable; protégeme, porque soy uno de tus fieles, salva a tu servidor que en ti confía. Tú eres mi Dios: ten piedad de mí, Señor, porque te invoco todo el día; reconforta el ánimo de tu servidor, porque a ti, Señor, elevo mi alma. Tú, Señor, eres bueno e indulgente, rico en misericordia con aquellos que te invocan: ¡atiende, Señor, a mi plegaria, escucha la voz de mi súplica!
Evangelio según San Marcos 5,21-43: En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.
Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?». Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’». Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?». Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.
Comentario: 1. 2S 18,9-10.14b.24-25a.30-19,3. De nuevo una escena conmovedora: las lágrimas de David por la muerte de su hijo Absalón. Con astucia y con habilidad militar, el ejército del rey ha logrado derrotar al rebelde y éste muere trágicamente entre los árboles del bosque. Pero lo que podría haber sido una victoria y el final de una rebelión incómoda, llena de dolor a David, que muestra una vez más un gran corazón. Había dado órdenes de respetar la vida de su hijo: pero el capitán Joab aprovechó para saldar viejas cuentas y mató al rebelde. Como había llorado sinceramente por la muerte de Saúl, aunque se había portado tan mal con él, ahora David llora por su hijo. No hay fiesta para celebrar esta triste victoria. Aunque luchaba contra el rebelde, ha seguido queriendo a su hijo y llora por él desconsoladamente: «Hijo mío Absalón, ojalá hubiera muerto yo en vez de ti».
-Pero David no se alegró porque su hijo Absalón había muerto. David acaba de ganar una batalla y se ha dominado una insurrección. Esto podría alegrarle. Pero todo ello se esfuma ante el dolor de haber perdido a su hijo. Los allegados a David, sólo ven la eficacia del resultado: se ha batido al oponente, se ha destruido al usurpador... y van a anunciarlo al rey como una buena noticia. Entonces el rey se estremeció, subió a la estancia alta y rompió a llorar. Decía entre sollozos: «¡Hijo mío, Absalón; hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!» Dolor punzante; se retira solo a su cuarto para llorar. Imagen de Dios. Nuestro Padre celestial, aun cuando somos rebeldes y nos oponemos a El, sigue amándonos. «Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 33,11) Me dispongo a meditar sobre mis propios pecados, para sentir en mí todo el dolor de Dios, toda la misericordia de Dios. Si David ha comprendido tan bien el perdón hacia su hijo, es porque él mismo había experimentado el perdón de Dios. Recuerda que después del homicidio de Urías, el profeta Natán había ido a su palacio, le había revelado su falta... y la superabundancia de la misericordia divina. El contagio de la misericordia divina había comenzado en el corazón de Dios, ¡acaso podrá David ser menos misericordioso! Jesús recordará esta ley: «si no perdonáis vosotros, tampoco Dios os perdonará».¿A quién tengo que perdonar, HOY?
-La victoria, se troco en duelo aquel día para todo el ejército y el pueblo. Poco a poco, el pueblo de Dios llegará a entender que no necesita de técnicas militares para acabar con sus enemigos: el verdadero combate se da «contra las fuerzas del mal que alienan a la humanidad». «Perdonar» es una victoria mayor que «vencer».¿Cuál será mi victoria interior? (Noel Quesson).
El centro de interés de todo este episodio de la guerra civil suscitada por Absalón contra su propio padre es la generosidad de David para con su hijo rebelde. No lo hace por virtud especial alguna, sino porque le quiere extremadamente, por perverso y mal hijo que sea. Yahvé no ha retirado su amor a David pese a su grave pecado; David no retira su amor a Absalón pese al asesinato del primogénito Amnón y la posterior rebeldía. Todos oyen cómo David da orden expresa a sus generales Joab, Abisay e Itay de que no hagan ningún daño a Absalón (18,5). Pero el sanguinario y calculador Joab, que anteriormente había sido amigo y partidario del príncipe Absalón (cf. c. 14), cuando éste nombra a Amasá jefe de sus tropas, se pasa a David y se venga matando a Absalón (18,14) y más tarde a Amasá (20,10), repitiendo lo que había pasado cuando David había aceptado a Abner como general suyo, de acuerdo con aquella política de reconciliación que siempre siguiera. La angustia de David por su hijo Absalón es dramáticamente descrita. Más que el resultado de la batalla, lo que le interesa es saber si ha salido de ella con bien Absalón. Ajimás, que se había adelantado a llevarle la buena nueva de la victoria, no osa comunicarle que Absalón ha muerto. Un segundo mensajero se lo hace saber, y David hace un gran duelo por ello. Mas, en el triste espectáculo de su decrepitud, la bondad parece ser lo último que conserva David. Nunca, ni cuando Saúl lo perseguía a muerte, se nos había aparecido tan impotente como ahora, incapaz de castigar el crimen de Joab. Más aún: Joab le obliga a hacer de tripas corazón y, olvidando el dolor de padre, celebrar la victoria de rey, con la amenaza de que si no se muestra ante los soldados para compartir con ellos la alegría del triunfo, todos le abandonarán (19,6-9).
Tristemente vencedor, David ve volver a él, pidiéndole perdón, a cuantos le habían traicionado, atacado o insultado. A todos perdona, los restablece en sus cargos y bienes. En impresionante contraste con esta amnistía general después de la guerra civil, según 1 Re 2, da David antes de morir unas terribles instrucciones a Salomón, y le encomienda matar a cuantos antes había perdonado. En realidad, según los mejores estudios recientes, se trata de una interpolación posterior. La primitiva historia de la sucesión de David dejaba bien claro que Salomón se había afirmado en el trono gracias a una purga implacable de enemigos políticos; un redactor posterior prosalomónico habría añadido el testamento de David para atribuirle la responsabilidad moral y convertir la crueldad de Salomón en piedad filial y habilidad política.
Mientras David llora por su hijo muerto, el ejército vencedor no se atreve a celebrar el triunfo y entra en la ciudad «a escondidas, como se esconden abochornados los soldados cuando han huido del combate» (19,4). Como dice Valerio Máximo la más vergonzosa de las victorias es la obtenida en una guerra civil (H. Raguer).
2. Sal 85. El salmo pone en labios de David una súplica muy sentida a Dios para que le ayude en este momento de dolor: «Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado».
El buen corazón de David nos recuerda la inmensidad del amor de Dios, que se nos ha manifestado ya en el AT y de modo más pleno en Cristo Jesús, siempre dispuesto a perdonar. Como David no quería la muerte del hijo, por rebelde que fuera, así Dios nos dice: «yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva», y Cristo nos retrata el corazón de Dios describiéndolo como un pastor que se alegra inmensamente cuando encuentra a la oveja descarriada o un padre que celebra una gran fiesta por la vuelta del hijo pródigo.
¿Tenemos nosotros un corazón así? ¿sabemos perdonar a los que nos ofenden (o creemos que nos ofenden), o incluso nos persiguen? ¿cuánto tiempo dura el rencor en nuestro corazón?-La insurrección de Absalón condujo a la victoria de David. La página leída ayer nos mostró al rey David acosado por su hijo y por sus enemigos: era el momento del fracaso duro. Hoy es el momento de la victoria: el rebelde es vencido, David podrá entrar en su capital, Jerusalén. Meditemos primero sobre ese hecho; el fracaso, la debilidad no contrarrestan el plan de Dios. Dios puede lograr su fin, incluso sirviéndose de apariencias contrarias. Toda la historia de la salvación es buena prueba de ello. Medito sobre mis propios fracasos. Trato de comprenderlos a la luz del misterio de la cruz. «Nosotros predicamos un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles... Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad divina, más fuerte que la fortaleza de los hombres... Lo débil del mundo es lo que Dios ha escogido, para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios...» (1 Cor 1,22-29). Pablo también pedía a Dios, como nosotros, como David ser liberado de sus debilidades: «El Señor me declaró, "mi gracia te basta"... "porque mi poder se muestra perfecto en la flaqueza"». (II Cor 12,9-10).
Tu, Señor, eres bueno e indulgente, rico en amor con los que te invocan; Yahweh, presta oído a mi plegaria, atiende a la voz de mi súplica. Nosotros no tenemos mérito alguno para llegar ante Dios exigentes ante lo que queramos pedirle, conforme a nuestras necesidades. Sólo su amor, lleno de misericordia, le hace inclinarse ante nosotros para compadecerse de nosotros, perdonarnos y levantarnos de nuestras miserias. Por eso cuando lo invocamos no damos como razones, para ser escuchados, nuestras buenas obras, pues toda bondad procede de Dios. Llegamos ante Él, humildes y confiados en que no nos tratará conforme a nuestros pecados, sino conforme a su infinita misericordia. Y Dios siempre será bondadoso con nosotros, pues nos tiene como hijos suyos por nuestra fe y nuestra comunión de vida con su Hijo, Cristo Jesús.
3. Hoy se nos cuentan dos milagros de Jesús intercalados el uno en el otro: cuando va camino de la casa de Jairo a sanar a su hija -que mientras tanto ya ha muerto- cura a la mujer que padece flujos de sangre. Son dos escenas muy expresivas del poder salvador de Jesús. Ha llegado el Reino prometido. Está ya actuando la fuerza de Dios, que a la vez se encuentra con la fe que tienen estas personas en Jesús. El jefe de la sinagoga le pide que cure a su hija. En efecto, la cogió de la mano y la resucitó, ante el asombro de todos. La escena termina con un detalle bien humano: «y les dijo que dieran de comer a la niña».
La mujer enferma no se atreve a pedir: se acerca disimuladamente y le toca el borde del manto. Jesús «notó que había salido fuerza de él» y luego dirigió unas palabras amables a la mujer a la que acababa de curar.
En las dos ocasiones Jesús apela a la fe, no quiere que las curaciones se consideren como algo mágico: «hija, tu fe te ha curado», «no temas, basta que tengas fe».
Jesús, el Señor, sigue curando y resucitando. Como entonces, en tierras de Palestina, sigue enfrentándose ahora con dos realidades importantes: la enfermedad y la muerte.
Lo hace a través de la Iglesia y sus sacramentos. El Catecismo de la Iglesia, inspirándose en esta escena evangélica, presenta los sacramentos «como fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante»: el Bautismo o la Reconciliación o la Unción de enfermos son fuerzas que emanan para nosotros del Señor Resucitado que está presente en ellos a través del ministerio de la Iglesia. Son también acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia y «las obras maestras de Dios en la nueva y eterna Alianza» (CEC 1116).
Todo dependerá de si tenemos fe. La acción salvadora de Cristo está siempre en acto.
Pero no actúa mágica o automáticamente. También a nosotros nos dice: «No temas, basta que tengas fe». Tal vez nos falta esta fe de Jairo o de la mujer enferma para acercarnos a Jesús y pedirle humilde y confiadamente que nos cure.
Ante las dos realidades que tanto nos preocupan, la Iglesia debe anunciar la respuesta positiva de Cristo. La enfermedad, como experiencia de debilidad. y la muerte, como el gran interrogante, tienen en Cristo, no una solución del enigma, pero sí un sentido profundo. Dios nos tiene destinados a la salud y a la vida. Eso se nos ha revelado en Cristo Jesús. Y sigue en pie la promesa de Jesús, sobre todo para los que celebramos su Eucaristía: «El que cree en mi, aunque muera, vivirá; el que me come tiene vida eterna».
Para la pastoral de los sacramentos puede ser útil recordar el proceso de la buena mujer que se acerca a Jesús. Ella, que por padecer flujos de sangre es considerada «impura» y está marginada por la sociedad, sólo quiere una cosa: poder tocar el manto de Jesús. ¿Es una actitud en que mezcla su fe con un poco de superstición? Pero Jesús no la rechaza porque esté mal preparada. Convierte el gesto en un encuentro humano y personal, la atiende a pesar de que todos la consideran «impura» y le concede su curación.
Los sacerdotes, y también los laicos que actúan como equipos animadores de la vida sacramental de la comunidad cristiana, tendrían que aprender esta actitud de Jesús Buen Pastor, que con amable acogida y pedagogía evangelizadora, ayuda a todos a encontrarse con la salvación de Dios, estén o no al principio bien preparados (J. Aldazábal).
*Jesús había regresado con sus discípulos a la orilla occidental del lago de Genezaret, sirviéndose del mismo bote desde el que había predicado a las gentes (5, 1) y con el que había hecho la travesía cuando ocurrió lo de la tempestad calmada (4, 36). Mateo nos dice que el desembarco fue en Cafarnaún, la "ciudad de Jesús" (esto es, la que había elegido como plataforma de su actividad evangelizadora; Mt 9, 1; cfr. 4, 13). Llegó Jesús en barca desde la otra orilla del lago, y mucha gente se reunía a su lado, se quedó cerca del agua, quizá sería el puerto de Carfarnaum, cuando vinieron a verle de todas partes de Galilea. La noticia corre y la multitud adelanta al Señor, que había venido en barca, "se dice que vendrá..." pasarían la voz entre el gentío, e iba llegando un gran número de enfermos. Se comentan en la espera las curaciones milagrosas que ha hecho Jesús a tantos de lugar. Podemos inventarnos la escena con la imaginación: "Confía, que él puede curarte”, va diciendo un amigo al otro, “yo tenía todo el cuerpo cubierto de lepra, y ahora estoy completamente limpio... él puede todo". Una mujer que estaba por allá sentada pregunta discretamente: "¿como lo hizo?" Ella era tímida, y no puede acercarse a Jesús porque tiene una enfermedad de pérdidas de sangre que era considerada una "impureza legal", y estaba prohibido acercarse o tocar a una mujer en estas circunstancias. Ha de idear un plan audaz…
Le dice el leproso que él estaba muy preocupado, y cuando oyó hablar de que Jesús pasaba cerca de la cueva de los leprosos, pensó “iré a él aunque me maten” y así lo hizo: fue a encontrarlo luego que lo vio, y le gritó: “¡Jesús, hijo de David, apiádate de mí...!” y –sigue contando-: “cuál fue mi sorpresa cuando se me acercó, y yo repitiendo: ‘¡Jesús, ven, no te vayas, acuérdate de mí...!' y me miró, y le dije ‘Jesús, si quieres puedes curarme,' y me dijo '¿lo crees?' y yo: ‘Si, tú puedes curarme', y entonces me dijo: 'quiero, ¡queda limpio'. No puedo explicar lo que sentí, noté una sensación nueva en mi cuerpo, de limpio, y me comencé a tocar la cara y estaba como la de un niño, y los ojos, y la boca, y lloré de alegría, y me eché a los pies de Jesús y él se dejaba, y después me dijo: 've, preséntate a los sacerdotes', y he ido corriendo, y ahora vuelvo, para agradecérselo."
La mujer “mira que mira” y no sabía si se atrevería... fue entonces cuando llegó Jesús, llega la barca, la de Pedro, y la gente va amontonándose porque llega el maestro. Le hacen preguntas: "¿qué debemos hacer por ser buenos?", y él, como siempre, los adoctrina. Habla de la nueva moral: "habéis sentido que debéis volver ojo por ojo y diente por diente, pero yo os digo que no volvéis mal por mal, si te dan una bofetada a la mejilla derecha, pon la izquierda, y si hay quien te pida que hagas un kilómetro, ve con él aún otro más. Si te piden la túnica, déjales también el mantel. Dad a quien os pida, y no os hagáis los sordos, a quienes os pidan un favor. No os preocupáis por la vida, ni vayáis estresados, mirad los pájaros del cielo, mirad los lirios del campo; si se preocupa de ellos Dios, no pensará mucho más en vosotros? Sabe muy bien de lo que tenéis necesidad. Pedís y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. ¿Quién de vosotros, si un hijo le pide pan, le da una piedra? Pues si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuanto más vuestro Padre del cielo se las dará a quien se las pida!” Jesús va hablando del cielo, y del amor a los hombres.
Llega un hombre famoso, el jefe de la sinagoga, y angustiado le dice: "maestro, mi hija se está muriendo, ven a imponerle las manos para que se ponga bien y no se muera", y se pusieron en camino. Entonces, de pronto, la mujer de las pérdidas, que se había quedado pensando en aquello de "quien pide, recibe, quien busca, encuentra”... pensó: “Dios sabe muy bien de qué tengo necesidad", y hace su plan: "si pudiera tocarle la ropa que trae, me pondré buena", y va por detrás y sin pensarlo más, toca la orla del vestido de Jesús. Y tan buen punto lo tocó, se le paró la hemorragia, y así el mal había desaparecido, sintió el cuerpo lleno de vida. Entonces fue cuando el Señor dice: "¿quien me ha tocado?" y ella, llena de vergüenza pero contenta y feliz, responde: “he sido yo, Señor”, y dice Jesús: "tu fe te ha salvado, vete en paz".
Cuenta un misionero en la India que acompañó a una familia de hindúes y les expuso en el copón del sagrario, en adoración eucarística. Uno de los jóvenes se acercó y tocó el copón, mientras él miraba asombrado pero optó –viendo el respeto con que lo hacía- por dejarle hacer. Luego volvió a donde estaban los otros y le preguntó si le podía mostrar la Eucaristía. El sacerdote respondió que era como papel de fumar, muy fino en forma de pan, que no lo entendería. El chico dijo entonces que cuando se acercó le pidió le curara de un tumor, en la cabeza, grande como una fruta, y que al tocarlo se había curado. Efectivamente, se fijó el sacerdote que ya no tenía el bulto, y pensó en la fe que teníamos los católicos en la Eucaristía, y en la que tenía aquel hindú...
Nosotros también podemos tocar Jesús, con los sacramentos, el manto de Cristo son los sacramentos, tocar quiere decir creer. La tímida audacia de la hemorroísa debe servirnos para tocar a Jesús, que está esperándonos en la Misa, y espera que nos acerquemos confiadamente.
Muestran los dos curados de hoy una gran fe. Esa mujer “arranca” su curación de aquel mal que arrastraba tanto tiempo. Un caso imposible fue el de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga. “Mi hija está en las últimas”, y mientras iban le dicen “no molestes al maestro, tu hija ha muerto”. Pero Jesús le dice: «No temas, solamente ten fe» (Mc 5,36). Jesús, contra toda esperanza: “no tengas miedo, basta que creas y ella vivirá”, y luego ante ella manda: “talita cumi”, levántate y anda, y cuando se alzó ante la sorpresa de todos, añade: “dadle de comer, que tiene hambre”. Jesús nos dirá muchas veces: “si tuvierais un poco de fe…”, haríais maravillas. La fe no va sola, va de la mano de la humildad. La hemorroísa cree y es humilde, se acerca por detrás a tocar el vestido de Jesús, nosotros tenemos más que un mantel, y podemos transformarnos en Jesús en la comunión, y Él puede curarnos de todas nuestras debilidades. Porque “Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad” (San Josemaría Escrivá). La Eucaristía edifica la Iglesia (así empieza la Encíclica de Juan Pablo II, “Ecclesia de Eucaristia”). Crece la Iglesia en la participación del memorial de Jesús, hay una influencia causal de la Humanidad Santísima de Je´sus por la Eucaristía, que vivifica a toda persona y todos los que se salvan son por los frutos de la Misa. Ahí nos desligamos de las ataduras de espacio y tiempo y nos trasladamos a la cúspide del calvario.... “Adoro te devote latens deitas”, cantamos a ese amor que juega al escondite, que se oculta, que late bajo estas especies, pero que nos da vida pues sin Él no tiene sentido la vida, sería anodina, sin trascendencia. La presencia del amado es una necesidad de amor: estar juntos, y así buscamos la presencia de Jesús en la Eucaristía, especialmente en la comunión que es cuando se da nuestra incorporación a Cristo, que ya fuer por el bautismo pero ahora se da de un modo sumo. Ahí Jesús nos recibe, nos dice: “mira que estoy a la porta i llamo”... “el que me coma vivirá por mí”. Es un estar con Jesús, y Él con nosotros, para poder exclamar con el Apóstol: “No soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí”.
El valor de la Misa es inmenso, como dice Vandeur: “una sola gota de la Preciosa Sangre contenida en el cáliz podría bastar para obtenernos gracias cuya eficacia ni siquiera podemos sospechar; bastaría para salvar millones de mundos más culpables que el nuestro, y para hacer más santos que cuantos pueda poseer el paraíso”. Y el Cura de Ars: “todas las obras buenas juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Misa es obra de Dios”. La Eucaristía tiene un valor infinito, pero nuestra participación es según las posibilidades, las disposiciones: si vamos con un gran recipiente acogeremos más gracia de Dios, según la capacidad de nuestro corazón; como decía Santo Tomás: “pues en la satisfacción se mira más el afecto del que ofrece que el valor de la oblación -fue el Señor quien dijo de la viuda que echó dos céntimos que ‘había echado más que ninguno-, aunque esta oblación sea suficiente de suyo para satisfacer por toda la pena, se satisface sólo por quienes se ofrece o por quienes la ofrecen en la medida de la devoción que tienen, y no por toda la pena”.
“Cuando participamos de la Eucaristía -dice San Cirilo de Jerusalén- experimentamos la espiritualización deificante del Espíritu Santo, que no sólo nos conforma con Cristo, como sucede en el bautismo, sin que nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús”.
Así como la hemorroísa percibió instantáneamente su curación con ocasión de tocar el borde del manto de Jesús, “gracias a la fuerza que había salido de Él”; así también, los frutos de la santificación que brotan del Cuerpo de Cristo, se nos aplican por medio de acciones litúrgicas. El Espíritu Santo mantiene esa cohesión real entre celebración y dispensación del ministerio. Por esto “se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados”, decía san Josemaría, y añadía: “Cuando yo era niño, no estaba aún extendida la práctica de la comunión frecuente. Recuerdo cómo se disponían para comulgar: había esmero en arreglar bien el alma y el cuerpo. El mejor traje, la cabeza bien peinada, limpio también físicamente el cuerpo, y quizá hasta con un poco de perfume... eran delicadezas propias de enamorados, de almas finas y recias, que saben pagar con amor el Amor”. Antes, al pie del altar para empezar la Misa, decía el sacerdote: “introibo ad altare Dei”, i contestaban: “ad Deum qui lætificat iuventutem meam” (Ps. 42, 4). Es la juventud del amor, del que se participa en la Misa. En estos encuentros con Jesús, hay que no tener prisa para amar! Insertado en medio de la escena de la fe en la resurrección, está la presencia silenciosa de la hemorroísa: "¡Si alcanzara a tocar tan sólo su vestido!" Nosotros también podemos insistir: “Si yo alcanzase a recibir su palabra -la palabra de la Sagrada Escritura, que es la voz del Señor presente en la celebración litúrgica- con un corazón creyente, si yo fuese digno de comulgar su sagrado cuerpo sacrificado!...” Esto deberíamos pensar ahora. ¿Será menor el cuerpo que el vestido? ¡No está la salud más cerca de aquel que forma con el Señor un solo espíritu, una sola vida, un solo cuerpo, que de aquel que le toca únicamente por el exterior?
** El hilo narrativo lo configura el desplazamiento hasta la casa de Jairo, y el episodio le sirve a Marcos para profundizar en el tema de la fe en Jesús. Vemos cómo se reconoce en Jesús la soberanía y majestad. El propio Jesús le invita a tener fe en él. Es un contexto que nos mueve a pensar en nuestra fe, si es suficientemente formada a través de la oración y del estudio, de la formación y de la apertura del alma (Alberto Benito). El Maestro toma consigo únicamente a los tres discípulos que serían también los testigos de su transfiguración (9, 2) y de su agonía en Getsemaní (14, 33).
Al llegar, ve las plañideras que lloran por oficio y que para eso han sido contratadas. Esto explica que se rían después al oír a Jesús que la niña estaba dormida. La resurrección de la niña acontece por el poder de la palabra de Jesús que Marcos ha conservado en original arameo. Jesús se manifiesta como señor de la vida y de la muerte.
Todos los milagros que se refieren a resurrecciones no son más que la proclamación de que en Jesús y por Jesús la vida triunfa sobre la muerte. Si Jesús establece esa ley es para evitar que sus paisanos confundan el sentido de su mesianismo y caigan en falsos triunfalismos (Emiliana Löhr). Jesús quiere decir que para él y para el poder de Dios esta muerte no significa más que un sueño ligero. Así lo dice también hablando de Lázaro: "Nuestro amigo Lázaro está dormido, pero voy a despertarlo" (Jn 11, 11). Son los dos milagros de resurrección: La muerte para Dios no es un poder insuperable. Es delgada la pared que separa la muerte de la vida. Eso la gente no lo entiende, y se burlan neciamente de él. Las cosas tienen un aspecto muy distinto ante la mirada de Dios y ante la experiencia del hombre. Sólo si nos ejercitamos en ver con la mirada de Dios, nos formamos el verdadero concepto. Entonces la muerte también pierde su carácter horripilante.
La escena adquiere tintes de solemnidad: sólo están los tres discípulos que participan de los grandes momentos (transfiguraci6n, Getsemaní); Jesús entra en la casa transmitiendo seguridad y dominio de la situación; el evangelista conserva las palabras en arameo, dándoles, por tanto, un fuerte valor simbólico; Jesús actúa con gran sencillez (habla como si aquello no tuviera importancia: "La niña no está muerta..."; se limita a dar la mano a la niña y a decir una palabra nada retórica...), signo de su fuerza y su poder. Y todo el conjunto se convierte en afirmación de la fuerza salvadora de Jesús que libera al hombre sin ninguna barrera, y llama a la confianza en esta liberación (Josep Lligadas).
La hija de Jairo, aquella niña, que estaba muerta y Jesús le dijo: “niña, levántate y anda”, y resucitó; también nosotros resucitamos cada vez que pedimos perdón, en aquel momento cambiamos la historia, hemos arreglado lo que se había roto, cuando hacemos las paces ya es como si no hubiera pasado. Es bueno que digamos: “Ayúdame Jesús, voy a procurar rezar, y cada día una resurrección, cada día volver a empezar”.
Después del milagro de la "tempestad calmada" y el del "endemoniado liberado"... vamos hoy a oír el relato de otros dos milagros estrechamente imbricados y ligados uno a otro: asistimos a una especie de crescendo, a una progresión en la Fe de los discípulos para quienes son estos gestos... El lector es llevado por san Marcos a creer en el poder de la resurrección de Jesús:
-poder sobre los elementos de la naturaleza (la tempestad en el mar).
-poder sobre los "espíritus inmundos" del hombre pagano (¡en Gerasa!)
-poder sobre la enfermedad (la hemorragia de la mujer)...
-poder sobre la muerte (resurrección de la hijita de Jairo)...
-Una mujer que padecía flujo de sangre (HEMORROISA) desde hacía doce años... vino entre la muchedumbre por detrás, y tocó su vestido... Al punto, se secó la fuente de la sangre, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal...
Por de pronto, podría decir de esto que fue una curación robada: esta mujer busca esconderse, se avergüenza de su enfermedad, que por otra parte la pone en estado de "impureza legal" según la Ley judía (Lv 15,25). En tocar el vestido de Jesús, ha hecho algo prohibido, tabú. Nos cuesta hoy imaginar de qué modo Cristo ha liberado a los hombres de cantidad de miedos ancestrales, transmitidos de generación en generación por los antepasados y por las costumbres y las leyes.¡Señor, libéranos!, ¡libéranos de nuestros miedos!
-La mujer, llena de temor y temblorosa se postró a sus pies...
Sí, es esto, se siente culpable porque ha infringido una Ley del Levítico, una ley de su pueblo.
Constantemente veremos a Jesús tomar en consideración a los marginados, a los rechazados, a los "dejados de lado" por la Ley... o a los que se sienten rechazados por sus semejantes.
Gracias, Señor, por este amor que tú tienes a todos, sin excepción. ¿Cual es mi actitud?
-"¿Quién ha tocado mis vestidos?"... "Hija mía, tu Fe te ha salvado. Vete en paz y seas curada de tu mal." Jesús mismo provocó la confesión. Decididamente quiso que esta mujer que se escondía saliera del anonimato. La obliga a darse a conocer para que entre en relación personal con él. La hace pasar de la creencia mágica, algo elemental, -"si yo toco su vestido..."-, a una fe verdadera -"ella le contó toda la verdad..." La fe es una relación personal con Jesús. Entonces, Jesús "vuelve a darle", por así decir, la curación que había "robado". ¿No tengo yo también, alguna vez, la tentación de situarme delante de Dios, como ante una magia pagana: como uno que quiere aprovecharse de Dios, forzar la mano a Dios, poner la mano sobre El?
-En este momento llegaron de la casa de Jairo para anunciarle: "Tu hija ha muerto. ¿Por qué molestar ya al maestro?" La fe de Jairo, y de los discípulos que viven estos acontecimientos en directo es puesta a prueba por la incredulidad de los que les rodean: "¿Por qué molestar...?" Sí, lo que Jairo pedía, está ya fuera de lugar. Su hijita no está solo enferma sino muerta: Será necesario que la Fe dé un salto suplementario a lo desconocido.
-"¡No temas! ¡Ten solo Fe!"... La niña no ha muerto, duerme. Jesús mismo viene en ayuda de su Fe. Pero la incredulidad continúa alrededor de Jesús: "todos se burlaban de El" cuando dijo que dormía. Por otra parte, esta fórmula no puede comprenderse en toda su profundidad sino después de la resurrección de Jesús. Sí, con Cristo, la muerte ya no es totalmente muerte, es un sueño antes de un despertar (Noel Quesson).
Hoy el Evangelio nos presenta dos milagros de Jesús que nos hablan de la fe de dos personas bien distintas. Tanto Jairo —uno de los jefes de la sinagoga— como aquella mujer enferma muestran una gran fe: Jairo está seguro de que Jesús puede curar a su hija, mientras que aquella buena mujer confía en que un mínimo de contacto con la ropa de Jesús será suficiente para liberarla de una enfermedad muy grave. Y Jesús, porque son personas de fe, les concede el favor que habían ido a buscar.
La primera fue ella, aquella que pensaba que no era digna de que Jesús le dedicara tiempo, la que no se atrevía a molestar al Maestro ni a aquellos judíos tan influyentes. Sin hacer ruido, se acerca y, tocando la borla del manto de Jesús, “arranca” su curación y ella enseguida lo nota en su cuerpo. Pero Jesús, que sabe lo que ha pasado, no la quiere dejar marchar sin dirigirle unas palabras: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5,34).
A Jairo, Jesús le pide una fe todavía más grande. Como ya Dios había hecho con Abraham en el Antiguo Testamento, pedirá una fe contra toda esperanza, la fe de las cosas imposibles. Le comunicaron a Jairo la terrible noticia de que su hijita acababa de morir. Nos podemos imaginar el gran dolor que le invadiría en aquel momento, y quizá la tentación de la desesperación. Y Jesús, que lo había oído, le dice: «No temas, solamente ten fe» (Mc 5,36). Y como aquellos patriarcas antiguos, creyendo contra toda esperanza, vio cómo Jesús devolvía la vida a su amada hija (Francesc Perarnau Cañellas).
Dos grandes lecciones de fe para nosotros. Desde las páginas del Evangelio, Jairo y la mujer que sufría hemorragias, juntamente con tantos otros, nos hablan de la necesidad de tener una fe inconmovible. Podemos hacer nuestra aquella bonita exclamación evangélica: «Creo, Señor, ayuda mi incredulidad» (Mc 9,24).
San Ambrosio (hacia 340-397) obispo de Milán, doctor de la Iglesia, en el Tratado sobre Lc (6,58-61; SC 45, pag. 249) dice: ““¡A ti te lo digo, levántate!” Antes de resucitar a un muerto, para suscitar la fe de la gente, Jesús comienza por curar a la mujer aquejada de flujo de sangre. Este flujo cesa para nuestra instrucción: cuando Jesús se acerca a la mujer, ésta ya queda curada. Lo mismo, para creer en nuestra vida eterna celebramos la resurrección temporal del Señor que siguió a su pasión...
Los criados de Jairo que le dicen “no molestes al Maestro”, no creen en la resurrección anunciada en la Ley y realizada en el evangelio. Así, Jesús lleva consigo a poco testigos de la resurrección que va a realizar: en un principio no ha sido la multitud que ha creído en la resurrección. La gente se mofaba de Jesús cuando declara: “La niña no está muerta, duerme.” Los que no creen se mofan. Que lloren, pues, a sus muertos los que creen que están muertos. Cuando se cree en la resurrección, no se ve en la muerte un final sino un descanso...
Y Jesús, tomando a la niña de la mano, la cura; luego les dice que le den de comer. Es un testimonio de la vida para que nadie se crea que es cuestión de una ilusión sino que es la realidad. ¡Feliz la niña a quien la Sabiduría toma de la mano! ¡Quiera Dios que nos tome también de la mano en nuestras acciones. ¡Que la Justicia lleve mi mano; que el Verbo de Dios la tenga, que me introduzca en su intimidad y aparta mi espíritu de todo error y me salve! ¡Que me dé de comer el pan del cielo, el Verbo de Dios. Esta Sabiduría que ha puesto sobre el altar los alimentos del cuerpo y de la sangre del Hijo de Dios ha declarado: “Venid a comer de mi pan, bebed del vino que he mezclado!” (Pr 9,5)”.
Comuniones espirituales. El Evangelio de la Misa (Mc, 5,21-43) nos relata la curación de una mujer que había gastado toda su fortuna en médicos sin éxito alguno: solamente alargó la mano y tocó el borde del manto de Jesús, y quedó curada. También nosotros necesitamos cada día el contacto con Cristo, porque es mucha nuestra debilidad y muchas nuestras debilidades. Y al recibirlo en la Comunión sacramental se realiza este encuentro con Él: un torrente de gracia nos inunda de alegría, nos da la firmeza de seguir adelante, y causa el asombro de los ángeles. La amistad creciente con Cristo nos impulsa a desear que llegue el momento de la Comunión, para unirnos íntimamente con Él. Le buscamos con la diligencia de la mujer enferma del Evangelio, con todos los medios a nuestro alcance, especialmente con el empeño por apartar todo pecado venial deliberado y toda falta consciente de amor a Dios.
El vivo deseo de comulgar, señal de fe y de amor, nos conducirá a realizar muchas comuniones espirituales. Durante el día, en medio del trabajo o de la calle, en cualquier ocupación. Prolongan los frutos de la Comunión eucarística, prepara la siguiente y nos ayuda a desagraviar al Señor. Es posible hacerlo a cualquier hora porque consiste en una acto de amor. Podemos decir: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos. Acudamos hoy a nuestro Ángel Custodio para que nos recuerde frecuentemente la presencia cercana de Cristo en los sagrarios, y que nos consiga gracias abundantes para que cada día sean mayores nuestros deseos de recibir a Jesús, y mayor nuestro amor, de modo particular en esos minutos en los que permanece sacramentalmente en nuestro corazón.
Por nuestra parte, debemos esforzarnos en acercarnos a Cristo con la fe de aquella mujer, con su humildad, con aquellos deseos de querer sanar de los males que nos aquejan. La Comunión no es un premio a la virtud, son alimento para los débiles y necesitados; para nosotros. La Iglesia nos pide apartar la rutina, la tibieza y la Confesión frecuente, y que no comulguemos jamás con sombra alguna de pecado grave. Ante las faltas leves, el Señor nos pide el arrepentimiento y el deseo de evitarlas. Asimismo, el amor nos llevará a expresar a nuestra gratitud al Jesús después de la Comunión por haberse dignado venir a nuestro corazón. Nuestro Ángel nos ayudará a expresarle esa gratitud (Francisco Fernández Carvajal).
Tiempo ordinario, IV semana, lunes: David huye y está humillado, pero tiene fe, hace el camino de Getsemaní que hará Jesús, a quien vemos hoy sufrir e
Tiempo ordinario, IV semana, lunes: David huye y está humillado, pero tiene fe, hace el camino de Getsemaní que hará Jesús, a quien vemos hoy sufrir el rechazo por perderse los puercos, pero él prioriza la salud del endemoniado, que le muestra gratitud
Samuel 15,13-14.30;16,5-13a. En aquellos dias, uno llevó esta noticia a David: «Los israelitas se han puesto de parte de Absalón.» Entonces David dijo a los cortesanos que estaban con él en Jerusalén: «¡Ea, huyamos! Que, si se presenta Absalón, no nos dejará escapar. Salgamos a toda prisa, no sea que él se adelante, nos alcance y precipite la ruina sobre nosotros, y pase a cuchillo la población.» David subió la cuesta de los Olivos; la subió llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos. Y todos sus compañeros llevaban cubierta la cabeza, y subian llorando. Al llegar el rey David a Bajurin, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, insultándolo según venia. Y empezó a tirar piedras a David y a sus cortesanos toda la gente y los militares iban a derecha e izquierda del rey , y le maldecía: «¡Vete, vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino.» Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: «Ese perro muerto ¿se pone a maldecir a mi señor? i Déjame ir allá, y le corto la cabeza! » Pero el rey dijo: «¡No os metáis en mis asuntos, hijos de Seruyá! Déjale que maldiga, que, si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas?» Luego dijo David a Abisay y a todos sus cortesanos: «Ya veis. Un hijo mio, salido de mis entrafías, intenta matarme, ¡y os extraña ese benjaminita! DejadIo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizá el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy.» David y los suyos siguieron su camino.
Salmo 3,2-3.4-5.6-7. R. Levántate, Señor, sálvame.
Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí; cuántos dicen de mí: «Ya no lo protege Dios.»
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. Si grito, invocando al Señor, él me escucha desde su monte santo.
Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene. No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor.
Evangelio según san Marcos 5,1-20. En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante Él y gritó con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes». Es que Él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región.
Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos». Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término.
Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con Él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti». Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.
Comentario: 1. 2S 15.13-14.30.16,5-13a. La historia de David se ensombrece. En el reino del Norte le siguen considerando un «usurpador» en contra de la familia de Saúl. Su propio hijo Absalón -quizá por haberse visto postergado por Salomón, el hijo de Betsabé-, se rebela contra su padre y se hace coronar rey, siguiéndole gran parte del pueblo. La escena es dramática. David descalzo, la cabeza cubierta, subiendo entre lágrimas por la cuesta de los Olivos, huyendo de su hijo para evitar más derramamiento de sangre. Soportando humildemente las maldiciones de Semeí, uno de los seguidores de la dinastía de Saúl, que aprovecha la ocasión para desahogarse y soltar en cara a David todos los agravios que lleva archivados contra él. Estos libros históricos interpretan siempre las desgracias y fracasos como consecuencia del pecado. Los fallos se pagan pronto o tarde. Ahora David se siente rodeado de enemigos -como expresa el salmo- pero él a su vez había sido protagonista activo de intrigas y violencias en años anteriores. El libro no ahorra, al hablar de grandes hombres como David, el relato de sus debilidades.
La patética figura de David nos recuerda, precisamente en el Huerto de los Olivos, la de Jesús en los momentos dramáticos de su crisis ante la muerte. También él con lágrimas, abatimiento y sudor de sangre, tuvo que soportar el abandono o incluso la traición o la negación de los suyos. Esta vez con absoluta injusticia, porque en él sí que no había habido engaño ni malicia. Podemos vernos interpelados también nosotros. ¿Sabemos reconocer nuestras debilidades y culpas, aceptando humildemente las críticas que nos puedan venir, aunque nos duelan? Nuestras pequeñas o grandes ambiciones, ¿no nos han llevado alguna vez a injusticias y hasta violencias, pasando por encima de los derechos de los demás? No habremos matado a nadie, pero sí tal vez hemos despreciado a otros, o utilizado medios inconfesables para conseguir algo. Y puede ser que alguna vez tengamos que pagar las consecuencias. Sería bueno que hiciéramos con frecuencia una valiente autocrítica de nuestras actuaciones. Cuando hacemos examen de conciencia y sobre todo cuando celebramos el sacramento de la Reconciliación. Entonces no nos extrañaríamos que otros también se hayan dado cuenta de nuestros fallos y nos lo hagan notar. La grandeza de una persona, como aquí la de David, se ve sobre todo en el modo de reaccionar ante las adversidades y la contradicción. Lo que nunca hemos de perder es la confianza en Dios y la ilusión por el futuro. También a través de los fracasos humanos, y del pecado, sigue escribiendo Dios su historia de salvación y nos va ayudando a madurar.
-David huye ante su hijo Absalón. Hemos meditado la «profecía de Natán» que prometía la estabilidad a la dinastía de David hasta el final de los tiempos. De hecho veremos las intrigas, las bajezas, los homicidios. El trono real es una presa. Absalón dará muerte a su hermano Amnón, el primogénito de David por haber violado a su hermana. Un oficial de David dará muerte a Absalón, segundo hijo del rey. Adonías, el tercero que pretende la sucesión será ejecutado por orden de Salomón. Triste y sangrienta historia. Hoy se nos relata la historia de la «huida» de David. David ha envejecido: su hijo Absalón quiere arrebatarle la corona. El "conflicto entre generaciones" no es de hoy. El enfrentamiento entre los hijos mayores y sus padres es cosa de siempre. Te ruego, Señor, que, en los conflictos existentes en nuestras familias, tu perdón, tu reconciliación, puedan triunfar finalmente.
-David subía la cuesta de los olivos llorando, con la cabeza cubierta y los pies desnudos y todo el pueblo que le acompañaba llevaba la cabeza cubierta y subía llorando. Para huir de Jerusalén, David cruza el valle del Cedrón, llega al Huerto de los Olivos y sube a la colina de los olivos. Mil años después, precisamente en este mismo lugar, irá a refugiarse Jesús, huyendo también del odio. Misterio del sufrimiento humano. Misterio de los padres que sufren por sus hijos. Misterio de todos los sufrimientos que nos infligimos los unos a los otros. Misterio del hombre, víctima de otro hombre. Jesús no ha querido eximirse del dolor. Ha cargado con todo el sufrimiento humano... para transformarlo en esperanza de resurrección.
-Un hombre de la familia de Saúl, llamado Semei, salió maldiciendo a David y tirándole piedras. En la desgracia, vuelven a salir todos los antiguos rencores.
-Dejadle que me maldiga, si el Señor se lo ha mandado... Acaso el Señor mire mi aflicción y me devuelva el bien por esta maldición. Reconocemos aquí la grandeza de alma de David. Aceptó la humillación de la huida, para evitar que el conflicto con su hijo fuera sangriento... Ahora acepta la humillación de las injurias de uno de sus enemigos... Y se encomienda a Dios. En ese mismo lugar, recibirá Jesús el beso de Judas, la bofetada del servidor del sumo sacerdote, los latigazos de la flagelación... será abandonado de sus amigos... recibirá las maldiciones de sus enemigos. Al igual que David, Jesús pondrá su confianza en Dios, y perdonará a los que le hacen daño: "Perdónales, no saben lo que hacen". A la escalada de la violencia, David contrapone la misericordia, fruto de su experiencia de la misericordia de Dios con él. El destino trágico de David, frente a sus propios hijos, le lleva a comprender mejor la actitud de Dios con nosotros: El nos perdonó, ahora nos toca perdonar a nosotros (Noel Quesson).
No cuesta mucho mostrarse brillante en medio de la prosperidad o en los momentos de triunfo. La verdadera grandeza de un hombre se revela cuando es capaz de soportar con dignidad la pobreza o el fracaso. Por eso la grandeza del rey David nunca resplandece tanto como en esos momentos de su máxima humillación, cuando su hijo Absalón se ha hecho proclamar rey en Hebrón y la mayoría del pueblo le sigue. Para no caer en manos de su hijo, David ha de huir de Jerusalén. Abandonado de los suyos, sólo le acompañan los soldados mercenarios. El autor sagrado describe morosamente el itinerario del rey anciano, bajando por el torrente de Cedrón y subiendo por la montaña de los Olivos; itinerario doloroso que nos sugiere el que hará en sentido inverso el Hijo de David, Jesús, abandonado también de todos, antes de ser condenado y crucificado. En los inicios de su carrera, David había tenido que huir también al desierto, perseguido por Saúl, pero la juventud le permitía soportarlo todo, tenía toda una vida por delante, estaba seguro del favor de Dios y veía a cada momento cómo aumentaba el número de los simpatizantes que dejaban el partido de Saúl y se integraban al suyo. Ahora, viejo, gusta aquella amarga experiencia que había tenido que saborear Saúl de ver el vacío en su entorno, incluyendo a sus amigos y a su propio hijo. Pero mientras Saúl reaccionaba con desesperados golpes de ciego, como los intentos de matar a David y la liquidación de los sacerdotes de Nob, David se pone del todo en manos del Señor. No quiere que el arca lo siga al exilio, sino que manda al sacerdote Abiatar que la devuelva a la ciudad, seguro de que, si Yahvé quiere, le hará volver en paz, y, en caso contrario, "haga de mí lo que le parezca bien" (15,26). Traicionado por Ajitófel, de quien teme la ayuda que con su habilidad política pueda dar a Absalón, no desea que muera, sino que ora tan sólo porque fracasen sus consejos, y Dios oirá esa plegaria (17,14). Meribaal nieto de Saúl, tan generosamente tratado por David, se ha pasado también a Absalón. Un hombre de la familia de Saúl, Semeí, sigue a la caravana de fugitivos insultando y apedreando a David, mas éste no permite que ninguno se vuelva, antes ve ahí la mano de Dios, diciendo: "Un hijo mío, salido de mis entrañas, trata de matarme, ¡y os extraña ese benjaminita!" (16,11).
Dios recompensa esta fe generosa de David haciendo que todo acabe bien para él. De las tres únicas veces en que el autor de esta historia de la sucesión de David hace mención explícita de la intervención de Yahvé, la primera es cuando desaprueba el pecado de David, la segunda cuando, al nacer Salomón, dice que le «amó Yahvé» (12,24), y esa predilección es la clave para entender que llegue a reinar, con preferencia a otros hermanos que tenían más derechos que él. La tercera es ésta: "Es que el Señor había determinado hacer fracasar el plan de Ajitófel, que era el bueno, para acarrearle la ruina a Absalón" (17,14; H. Raguer).
2. Es el salmo de la huida de David, de palacio y de la ciudad santa a causa de la rebelión de su hijo Absalom. Se queja a Dios de sus enemigos, no obstante, confía en Dios como en su protector poderoso. Recuerda la satisfacción que obtenía en las favorables respuestas que Dios daba a sus oraciones, así como su experiencia de la bondad de Dios hacia él. Triunfa sobre sus temores y sobre sus enemigos.
Estaba en gran peligro; el complot era fuerte, formidable el partido de sus enemigos, y a la cabeza de ellos su propio hijo, de forma que su situación parecía extrema; pero fue entonces cuando se asió del poder de Dios. Los sustos y los peligros nos habrían de conducir a Dios, en lugar de alejamos de El. Era provocado por aquellos de quienes tenía motivos para esperar mejores cosas: por su hijo, con quien había sido indulgente, y por sus súbditos, a quienes había colmado de beneficios. Padecía por su pecado en el asunto de Urías, pues éste era el mal por el que Dios le había amenazado con la rebelión de su misma casa (2 S. 12:11); pero no por eso perdió su confianza en el poder y en la bondad de Dios, ni desesperó de obtener su socorro. Incluso nuestro pesar por el pecado no ha de estorbar ni nuestro gozo ni nuestra esperanza en Dios. Parecía una cobardía huir delante de Absalom y abandonar la ciudad santa antes de haber librado una sola batalla; sin embargo, por lo que vemos en este salmo, estaba lleno de santa valentía, surgida de su fe en Dios. En estos tres versículos apela a Dios. ¿A quién sino a Él deberíamos acudir cuando algo nos apena o nos asusta? David acude a Dios:
Con una profesión de su dependencia de Dios (v. 3). cuando sus enemigos dicen: «No hay para él salvación en Dios» (v. 2), él clama con tanto mayor seguridad (v. 3): «Mas tú, Yahweh, eres escudo alrededor de mí para defenderme, ya que mis enemigos me rodean por todas partes; tú eres mi gloria y el que levanta mi cabeza.» Sí, en el peor de los casos, los hijos de Dios pueden levantar con gozo la cabeza, sabiendo que todo cooperará para su bien, reconocerán que es Dios quien les levanta la cabeza, dándoles motivo para regocijarse y corazón para regocijarse.
David se ha asido de su Dios ante la oposición sañuda de los que se sublevaban contra él, y había ganado valor y confianza para mirar hacia arriba cuando, mirando en tomo suyo, todo servía para causarle desánimo. Ahora mira hacia atrás con agradables reflexiones, y hacia delante con agradable expectación de un feliz resultado al que había de dar paso en breve la oscura situación en la que al presente se hallaba.
David había sido ejercitado en muchas dificultades, se había visto con frecuencia oprimido y en grave aprieto; pero siempre había hallado en Dios al Todo-suficiente.
Sus apuros le habían puesto siempre de rodillas y, en medio de todos sus peligros y dificultades, había podido prestar a Dios su reconocimiento y levantar a él el corazón y la voz (v. 4): «Con mi voz clamé a Yahweh.»
Siempre había hallado a Dios dispuesto a responder a su oración: «Y Él me respondió desde su monte santo», el monte santificado por la presencia del arca, de sobre la cual solía responder a quienes le buscaban. Cristo ha de ser entronizado Rey sobre Sión, el monte santo de Dios (2:6) y mediante tal Intercesor, al que el Padre escucha siempre, son escuchadas nuestras oraciones.
David se había encontrado siempre a salvo bajo la protección divina (v. 5): «Yo me acosté y dormí, tranquilo y seguro, y desperté con nuevas fuerzas, porque Yahweh me sostenía.» (a) Esto es aplicable a las bendiciones ordinarias de cada noche, de lo que habríamos de dar gracias, tanto en privado como en familia, cada mañana. (b) Pero aquí parece referirse a la maravillosa calma y seguridad del ánimo de David en medio de sus peligros. Habiendo encomendado, en oración, su persona y su causa a Dios, y estando seguro de su protección, su corazón estaba tranquilo y en paz.
Dios había quebrantado con frecuencia el poder y la maldad de los enemigos de David, dejándolos confusos («heridos en la mejilla») y sin poder («con los dientes quebrantados»), v. 7.
Sus temores estaban silenciados (v. 6): «No temeré a diez millares de gente, ya sea de invasión extranjera o de sublevación intestina, que pongan sitio contra mí, acampando en derredor de mí.» Cuando David huía de Absalom, le pidió a Sadoc que volviese el arca de Dios a la ciudad y, dudando del resultado de la contienda, concluyó en actitud de humilde penitente: «Aquí estoy; haga de mí lo que bien le parezca» (2 S.15:26). Pero ahora, en actitud de firme creyente, habla confiadamente y sin temor acerca del resultado.
Sus oraciones rebosaban ánimo y aliento (v. 7). Creía en Dios como en su Salvador, aun cuando oraba con urgencia: «Levántate, Yahweh; sálvame, Dios mío.»
Su fe salió triunfante. Comenzó el salmo quejándose de la fuerza y malicia de sus enemigos, pero lo concluye gozándose en el poder y la gracia de su Dios, pues ve que los que están con él son más que los que están contra él. Basa aquí su confianza en dos grandes verdades: (a) «La salvación es de Yahweh» (v. 37:39; Jon. 2:9; Ap. 7:10; 19:1). Él tiene poder para salvar, por muy grande que sea el peligro en que nos hallemos. (b) «Tu bendición sobre tu pueblo» (lit.). No sólo tiene Dios poder para salvarles, sino también para asegurarles su gracia y sus bendiciones; de ello podemos estar seguros, aunque no sean visibles los efectos de tales bendiciones.
3.- Mc 5,1-20 (ver paralelos: Mt 8,28-34 y Lc 8,26-39). * La imagen de dos mil puercos precipitándose monte abajo es sorprendente, no sabemos si le piden a Jesús que se marche por la perplejidad de la obra buena (recuperar el juicio y la vida de una persona que daban por perdida), y el desastre de los animales perdidos. Estamos dentro de la ambigüedad de los porqueros, que hacen una actividad pecaminosa: los rituales judíos prohíben comer cerdo, seguramente por la extensión de la triquinosis, difícil de controlar en ciertos climas, y mortal. Por eso, la explotación de esos animales es impura, pecado para los judíos. Socialmente, los porqueros eran pecadores. En este sentido, la liberación de los demonios puede dar un sentido simbólico a los puercos, como decía S. Tomás en relación con el hijo pródigo: el pecado abarca los dominios de la voluntad, la ofensa se ve por el abandono del Padre pero también en el agravio a su persona que es el dedicarse a guardar puercos. Lo acerca a ese estado animal cuando se hace bajo la vista y apetece lo que es tierra, haciéndose él mismo tierra, tal es la pérdida de aquella herencia que reciben los hijos de Dios, reflejada en la parábola (Enarr. in ps. 18, 2, 13: PL 36, 163).
El desconcierto ahí descrito podemos sentirlo cuando estamos aferrados a lo nuestro, y lo perdemos. Por ejemplo, el campesino siente algo de esto cuando pierde una cosecha (ahora la tienen asegurada muchas veces), o el accionista cuando sus acciones caen de valor. Jesús prioriza las personas, como nosotros hemos de ocuparnos del hambre en el tercer mundo y tantas guerras injustas. Helder Cámara decía: «El egoísmo es la fuente más infalible de infelicidad para uno mismo y para los que le rodean».
** Pero de entre diversos aspectos que resaltan en este milagro, nos fijaremos en el contrapunto de la curación: la contradicción a la que Jesús es sometido, el desprecio por el que le piden –con cierto miedo- que se vaya. En muchos lugares del Evangelio veremos las dificultades a las que se enfrenta Jesús (en Mt. 8, 23 se ve la tempestad, imagen de tantas contrariedades). Se nos dirá en otro lugar: “carísimos, cuando Dios os pruebe con el fuego de la tribulación, no os extrañéis, como si os aconteciese una cosa muy extraordinaria” (1 Pet. 4, 12); “si el mundo os aborrece, sabed que antes me aborreció a mí” (Jn. 15, 18). Desde la persecución de Herodes, el mal amenaza a Jesús, y Él confía siempre en el Señor: “Ad te, Domine, levavi animam meam” (Ps 24, 1): “a ti, Señor, he elevado mi alma”. Veremos intrigas y calumnias incomprensibles, lágrimas pero no dejan de acompañarle la alegría y la paz de hacer la voluntad de Dios. De alguna manera seguir a Jesús es también acoger la cruz, y esas reacciones en contra. A lo largo de la historia, en las tormentas los cristianos acuden muchas veces a Jesús: “¡Maestro, que perecemos!”, pero aferrados a Jesús y a su cruz, como decía S. Cipriano: “Ésta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios: éstos, en la adversidad, se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud, sino que nos afianzan en ella”.
Además, “si no hay dificultades, las tareas no tienen gracia humana..., ni sobrenatural. —Si, al clavar un clavo en la pared, no encuentras oposición, ¿qué podrás colgar ahí?”, decía San Josemaría Escrivá; los obstáculos son providencia de Dios, para fortalecer a unos, y para santificar a todos: “Pero no olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que El permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios”. Algunas veces se levantan voces en contra, a nuestro alrededor o dentro de nosotros. Y Dios guarda silencio; y la presión del ambiente es fuerte… pero hay que ver el aspecto positivo de las cosas. Lo que parece más tremendo no es tan negro, no es tan oscuro. Si se puntualiza, si se concretan puntos para mejorar, no se llega a conclusiones pesimistas. Como un buen médico no dice, al ver a un paciente, que todo él está podrido, hay que tener confianza en las personas, y en la providencia divina, que de todo saca bien, que al final pone las cosas en su sitio, que al final la verdad se abre paso... Es confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente: Nada te turbe / Nada te espante /Todo se pasa / Dios no se muda /La paciencia todo lo alcanza / quien a Dios tiene / Nada le falta / Sólo Dios basta”.
La maledicencia de algunos, los chismes y diretes, son parte de esa cruz que es la señal del cristiano: “Así esculpe Jesús las almas de los suyos, sin dejar de darles interiormente serenidad y gozo, porque entienden muy bien que -con cien mentiras juntas- los demonios no son capaces de hacer una verdad: y graba en sus vidas el convencimiento de que sólo se encontrarán cómodos, cuando se decidan a no serlo.” S. Gregorio decía: “la hostilidad de los perversos suena como alabanza para nuestra vida, porque demuestra que tenemos al menos algo de rectitud en cuanto que resultamos molestos a los que no aman a Dios: nadie puede resultar grato a Dios y a los enemigos de Dios al mismo tiempo”. El desarrollo de la Iglesia se ha fundamentado en tantas contrariedades: “la sangre de los mártires es semilla de los cristianos”, se decía. Como en el trigo, los golpes que lo esparcen a los cuatro vientos supone no una pérdida, sino llegar a sitios más lejanos.
*** Dentro del ambiente de desagradecimiento, vemos la alegría del que había sido poseído, que muestra gratitud hacia el Señor. En todas las curaciones de alma y cuerpo, la alegría de bien hecho es mucho más fuerte que el mal, envidias y rencores. El que ha sido curado es agradecido. Quiere seguir a Jesús, quien le indica lo que hace unos días vimos que le decía también al que curó de la parálisis: “vete a tu casa”. Jesús no “explota” su ascendencia sobre quien le “debe un favor”, hoy se está viendo como muchas relaciones humanas se dejan llevar por el “chantaje emocional”, al sentirse acogido uno puede quedarse ahí: se ve amado, se encuentra a gusto, y se queda. Puede ser –como en toda conversión- un signo de cómo Dios actúa a través de las circunstancias, cómo se nos quiere, o un favor que se nos hace puede ser una pista divina de que “la cosa va por ahí”. Por eso en algunos casos siguen a Jesús en el camino, como Bartimeo, el ciego de Jericó. Pero en otros casos no es así. Esto nos sugiere cómo hemos de ayudar a cada uno a encontrar su camino, sin aprovecharnos de esas circunstancias como son el afecto que la gente nos tiene por lo que le hemos ayudado, es decir no caer en el servilismo que es chantaje emotivo, que denota debilidad e inseguridad en quien lo practica y servidumbre en quien lo padece. Porque vemos cómo se usan los sentimientos como arma: “no me esperaba esto de ti, con lo mucho que he hecho por ti…”, la negación a aceptar las exigencias del otro se califica de traición a la amistad o el cariño. De una forma inconsciente o voluntaria, se presiona a otras personas, víctimas del chantaje emocional, para que actúen, digan o piensen de una determinada manera, aunque vaya en contra de sus principios. Esto puede ocurrir en toda relación: familiar, eclesial, de amistad, profesional… (quizá en la cultura de “la tienda” se toma aprecio a un dependiente, a quien se confían cosas de más confianza, y se le hace notar que es “casi de la familia”, pero no se le recompensa con una relación laboral justa: salarial, o las horas de trabajo que se extienden sin motivo justo, por esa presión psicológica de no faltar a la confianza. Por eso, donde no hay una relación laboral clara hay una especie de “mafia”, basada en medias promesas y chantaje de este tipo). Cuando una persona se convierte a Dios hay que ayudarla a discernir también en sus pasos, para que no se sienta obligada a unirse al medio por el que ha encontrado a Dios: en un caso será así, en otro no… es sorprendente la libertad de Jesús: “vete a tu casa”. A unos el Señor le pide un seguimiento que implica dejarlo todo, pero en muchos casos el consejo es: “Vete a casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.” Es un volver a lo de antes, pero con una luz nueva, la luz de la fe que hace ver las cosas como las ve Dios. Hace días tuvimos una Misa por un difunto, y la viuda me comentó después: “quisiera ver las cosas como lo ha dicho usted (es decir, como la Iglesia nos enseña), le he pedido a Dios ver todo así, como la fe nos dice”. En vez de debilitar las cosas humanas, la fe nos da más amor, una razón renovada para hacer todo.
Es pintoresco y sorprendente el episodio que hoy nos cuenta Marcos, con el endemoniado de Gerasa. Se acumulan los detalles que simbolizan el poder del mal: en tierra extranjera, un enfermo poseído por el demonio, que habita entre tumbas, y el destino de la legión de demonios a los cerdos, los animales inmundos por excelencia para los judíos. Seguramente quiere subrayar que Jesús es el dominador del mal o del maligno. En su primer encuentro con paganos -abandona la tierra propia y se aventura al extranjero en una actitud misionera- Jesús libera al hombre de sus males corporales y anímicos. Parece menos importante el curioso final de la piara de cerdos y la consiguiente petición de los campesinos de que abandone sus tierras este profeta que hace cosas tan extrañas. Probablemente el pueblo atribuyó a Jesús, o mejor a los demonios expulsados por Jesús, la pérdida de la piara de cerdos que tal vez habría sucedido por otras causas en coincidencia con la visita de Jesús. El evangelio recogería esta versión popular.
La Iglesia ha sido encargada de continuar este poder liberador, la lucha y la victoria contra todo mal. Para eso anuncia la Buena Nueva y celebra los sacramentos, que nos comunican la vida de Cristo y nos reconcilian con Dios. A veces esto lo tiene que hacer en terreno extraño: con valentía misionera, adentrándose entre los paganos, como Jesús, o dirigiéndose a los neopaganos del mundo de hoy. También con los marginados, a los que Jesús no tenía ningún reparo en acercarse y tratar, para transmitirles su esperanza y su salvación. Después del encuentro con Jesús, el energúmeno de Gerasa quedó «sentado, vestido y en su juicio».
Todos necesitamos ser liberados de la legión de malas tendencias que experimentamos: orgullo, sensualidad, ambición, envidia, egoísmo, violencia, intolerancia, avaricia, miedo. Jesús quiere liberarnos de todo mal que nos aflige, si le dejamos. ¿De veras queremos ser salvados? ¿decimos con seriedad la petición: «líbranos del mal»? ¿o tal vez preferimos no entrar en profundidades y le pedimos a Jesús que pase de largo en nuestra vida? En Gerasa los demonios le obedecieron, como le obedecían las fuerzas de la naturaleza. Pero los habitantes del país, por intereses económicos, le pidieron que se marchara. El único que puede resistirse a Cristo es siempre la persona humana, con su libertad. ¿Nos resistimos nosotros, o nos de jamos liberar de nuestros demonios? (J. Aldazábal).
Hay un detalle interesante: los habitantes de la región demuestran un doble sentimiento: por una parte, Jesús es para ellos un ser superior; pero, por otra, es una especie de ruina. Ellos intuyen que el mensaje, por muy liberador y benéfico que sea, los obligará a trastornar sus modos rutinarios de vida. Por eso, "empezaron a suplicar a Jesús que se fuera de aquella región". Probablemente esto era un eco de las desilusiones de aquellos primeros predicadores en tierra pagana, los cuales no siempre recibían reconocimiento por la predicación de un mensaje liberador y abierto a todos. Y es que el hombre oprimido y alienado no siempre quiere ser liberado de su alienación. Por eso, el Evangelio no puede ser impuesto a nadie, por muy liberador que se presente (edic. Marova).
El endemoniado de Gerasa (5,1-20) Merece una atención particular por varios motivos. No puede negarse que en esta narración se mezclan rasgos populares, pintorescos y no carentes de cierto humorismo; por ejemplo, ese detalle de los demonios que piden permiso para entrar en los puercos y precipitarse luego en el mar. Por otra parte, el análisis crítico no tendría muchas dificultades en encontrar en el relato varias incoherencias, repeticiones, lagunas, que dejan traslucir ciertas adaptaciones y algunos manejos redaccionales. Pero no es esto lo que aquí nos interesa. Si lo leemos con ojos penetrantes y con el deseo de descubrir allí un mensaje (y es ésta sin duda la intención del evangelista), entonces el relato nos revela ciertos detalles sorprendentes y ricas intuiciones teológicas.
Jesús llega a la región de los gerasenos, o sea, a un territorio pagano: la presencia del Reino no se limita a los confines de Israel. Vive por allí, lejos de los poblados, entre los sepulcros, un hombre poseído por el espíritu maligno. La sociedad, como siempre, lo ha marginado. Es la forma más rápida de resolver los problemas: se encierra al enfermo en su enfermedad y se le deja inmóvil en su situación, para que no moleste. Pero la vocación de Jesús es la de acercarse a los que ha apartado la sociedad. El desarrollo del relato mostrará -y no es ésta ciertamente la enseñanza menos importante- que son éstos precisamente los que le están esperando, abiertos a la curación y al perdón.
El endemoniado hace gestos insensatos y descompuestos: "andaba siempre, día y noche, entre los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras" (5,5). Es un pobre hombre desquiciado, privado de sus facultades mentales, que no es dueño de sí mismo y se ha convertido en su propio enemigo. Quizás sea éste el mal que ha venido Cristo a combatir, ese mal misterioso que hoy llamamos "alienación" que divide al hombre en lo más profundo de sí mismo y lo empuja contra sí mismo. Jesús no ha venido solamente a reparar una injuria cometida contra Dios. A no ser que por injuria contra Dios se entienda esa alienación que nos aparta de su amor y de nosotros mismos.
El relato indica que el encuentro con Jesús (esto es, la llegada del Reino de Dios) no es únicamente una curación, sino una verdadera liberación, un encontrarse a sí mismo, una reconquista de la propia autenticidad. La gente que acude contempla sorprendida que el endemoniado estaba ahora "sentado, vestido y en su sano juicio". De un ser dividido e insociable Jesús ha hecho un hombre dueño de sí mismo, lo ha convertido en un hermano.
Los gerasenos se admiran de lo ocurrido, pero cuando se enteran de lo que ha pasado con los cerdos, que se habían precipitado en el lago le invitan a Jesús que se aleje de su territorio. Se asombran de la trasformación conseguida por Jesús y quizás incluso lo aprecian, pero creen que es demasiado el precio que han tenido que pagar por ello. La liberación de un hombre vale menos que una piara de puercos. Optan por la solución menos costosa (obligados por el bien común, ¡naturalmente!), mientras que para Jesús conducir a un hombre a su dimensión humana parece tener un valor mucho más alto que cualquier otra consideración.
El relato nos ofrece un último detalle, "mientras subía Jesús a la barca, el hombre que había tenido el espíritu malo le pidió que lo dejara ir con él" (5,18). Pero Jesús no se lo permitió; ¿por qué? Quizás porque la hora de los paganos no había llegado todavía. O quizás también para que quedase claro que Cristo -expulsado por los hombres (que hablan muchas veces de liberación, pero que la rechazan apenas se dan cuenta de que tiene un precio que pagar)- deja, a pesar de todo, junto a ellos un testigo: "Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti" (5, 19; Bruno Maggioni).
¿Qué hace el demonio? "Nadie se atrevía a transitar por aquel camino" (v. 28). Las fuerzas del mal atacan al hombre, le desvían de su ruta normal, le impiden realizar su camino humano y cristiano: realizarse como hombre y como hijo de Dios. El pecado siempre es antihumano aun cuando tome la apariencia de ser su placer o su bien.
Discernimiento para desenmascarar a Satán: "aquél que impide al hombre pasar".
El demonio tiene claridad de mente, esa lucidez extraordinaria que le hace ver más claro que los hombres.
"Antes de tiempo". Parece hacer alusión a la hora del juicio final, en la que todas las fuerzas del mal serán reducidas a la impotencia... ¡los demonios lo saben! Pero Jesús va a anticipar ese día para que todos tengamos confianza en esta victoria final y definitiva.
Cuando Jesús anuncia su glorificación por la muerte en Jn 12. 31: "ahora es el juicio de este mudo, ahora el príncipe de este mundo será echado abajo" y dice la nota de la Biblia de Jerusalén: "Satán dominaba el mundo (1 Jn 5. 19: sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno) y la muerte de Jesús libra a los hombres de su tiranía".
Col 1,13-14 "Nos libró del poder de los tinieblas y nos trasladó el Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención, el poder de los pecados".
v. 30-32 "Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando. Los demonios le rogaron: Si nos echas, mándanos a la piara. Jesús les dijo: Id. salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua".
Un detalle chocante pero lleno de una enorme ironía: "el Príncipe de este mundo será echado abajo". Tan abajo que su "habitat" natural, la casa que le corresponde por derecho es el animal más inmundo para la mentalidad judía.
El mar es el abismo. También la Bestia del Ap 19. 20 es precipitada en el mar.
Desde la muerte y resurrección de Jesús el demonio ya no tiene poder sobre el hombre. Solamente el poder que el hombre mismo le concede.
Por eso dice S. Juan Crisóstomo: "Quam stultus est homo ille quem canis, in catena positus, mordet."
El relato termina con la declaración de un fracaso dramático. "Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país".
Esta es la paradoja del evangelio: Jesús viene a expulsar los demonios y Jesús es expulsado.
La gente no quiere comprometerse: teme perder a sus cerdos. Vive tranquila en su egoísmo.
Esta semana entraremos en una fase de la vida de Jesús en la que se acentúa la formación práctica de sus discípulos a su misión futura.
-milagros muy significativos realizados delante de ellos solos, sin la presencia de la muchedumbre...
-envío en misión para un primer período de prácticas de apostolado...
-Jesús y los doce atravesaron el lago y fueron al país de los Gerasenos.
Algo muy importante para Marcos ¡que escribe para paganos convertidos, en Roma! Es la primera vez que Jesús pasa voluntariamente una frontera, y que toma contacto con el mundo pagano de su tiempo. Se lleva consigo a sus "doce".
Gerasa, ¡país de misión! "x –el mío…-, país de misión", el mundo entero, país de misión.
Como Jesús, ¿me preocupo yo de todos los que aún ignoran el evangelio? Hay sectores humanos no evangelizados en todas partes.
-Un hombre poseído de un "espíritu impuro" fue al encuentro de Jesús... Tenía su morada en los "sepulcros"... y ni aun con "cadenas", nadie podía sujetarle... Pues muchas veces le habían puesto "grillos" y cadenas... Pero los había roto.. y nadie podía dominarle.
Todos estos términos tienen un valor simbólico: tratan de sugerir la situación verdaderamente dramática del "hombre no-evangelizado".
Está dominado por fuerzas oscuras: Jesús pondrá en evidencia enseguida, la potencia maléfica y prolífera de esas fuerzas... "Mi nombre es Legión, pues ¡somos muchos!" (La "legión" romana constaba de 6.000 soldados).
Visto por un judío, el pagano es un hombre condenado a la muerte; vive ya "en los sepulcros" en medio de la podredumbre y de osamentas impuras. Los "cerdos", animales impuros y repugnantes para un judío, son su única compañía: le está prohibido comer su carne (Lv 11,7-8).
En fin, el hombre no-evangelizado es un hombre "trabado" "encadenado", no libre. ¿No conservo quizá yo mismo también algunas cadenas y ligaduras? Todas estas imágenes nos dejan adivinar la importancia del gesto misionero que va a hacer Jesús: ¡Viene para liberar al hombre! Cualquiera que sea su degradación -aquel geraseno era un verdadero "monstruo" humano- ¡el hombre puede ser radicalmente curado y transformado por Jesús!
He aquí la buena nueva. Las miIes de pasiones que lo deformaban, la Legión de demonios que lo habitaban, han sido vencidos. Jesús es más fuerte que las fuerzas maléficas del hombre.
-Las gentes fueron a ver lo que había sucedido... Ven al endemoniado "sentado", "vestido" y en su "sano juicio"...
El hombre se fue y comenzó a predicar en la Decápolis cuanto le había hecho Jesús. De un bruto inmundo Jesús ha hecho un hombre equilibrado, normal, un hombre en su "sano juicio", un hombre cuya vida tiene un sentido, e incluso un apóstol, pues va a los suyos -paganos como él antes- y les anuncia la buena nueva de la transformación que Jesús ha obrado en él.
Dos advertencias para orar a partir de este texto: la frontera del paganismo pasa por nuestro propio corazón -hay en mí algunos sectores que hay que salvar-... la misión es una característica esenciaI de la Iglesia- hay que ir hacia todos aquellos que esperan aún su liberación, sin encerrarse en el medio cristiano (Noel Quesson).
Del paso de Marcos he escogido sólo el final del episodio del endemoniado curado, porque es la parte más interesante para nuestra reflexión.
Mientras Jesús se vuelve a la barca, el endemoniado curado "le pedía ir con él". Tenemos ante todo una oración: este hombre quisiera estar con Jesús. En el original griego, las palabras son las mismas que Marcos ha usado ya en 3,14, donde se dice que Jesús designó a los Doce "para que estuvieran con él". La expresión "estar con él" describe la vocación apostólica, el ir con Jesús itinerante para ser enviados luego por él: describe la llamada de los Doce, de quienes participan continuamente en el ministerio del Maestro y están con él en la función de la Iglesia, es decir, los apóstoles.
Así que el hombre curado pide formar parte del grupo, y recibe una respuesta dura que nos recuerda otras respuestas duras; por ejemplo, la proporcionada a la mujer cananea, sobre la que meditamos la pasada vez. El evangelista Marcos dice: "No le dejó" estar con él, o sea formar parte de quienes abandonándolo todo le seguían viajando por Palestina. La dureza de la respuesta se ve mejor si la comparamos con 5,37, cuando Jesús está para entrar en la casa de Jairo, caya hija ha muerto, y "no permitió que le acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan". Quizá había mucha gente que quería entrar, tal vez por curiosidad; pero Jesús distinguió: estos tres, sí; los demás, no.
El mismo verbo griego usado por Marcos en el versículo 37 y para el endemoniado de Gerasa que quería seguirle, volvemos a encontrarlo en 1,35: Jesús "no dejaba hablar a los demonios porque le conocían". Jesús establece, pues, una delimitación neta: esto no es para ti, no es ésta tu vocación. Es una toma de posición negativa respecto a la vocación que uno pensaba tener.
Podemos imaginar la decepción de este hombre, que quisiera, lleno de reconocimiento por la curación, dejarlo todo y seguir a Jesús, llegando a ser apóstol, un enviado a todo el mundo. Pero hemos de examinar atentamente las palabras que siguen al rechazo: "...le dijo: 'Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo'. El se fue y comenzó a publicar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se admiraban". Son palabras para meditar, pues describen la vocación de uno que, aun no siendo llamado como los Doce, tiene una vocación de verdadero seguimiento de Cristo y, en realidad, participa muy estrechamente de una llamada. El evangelista usa un lenguaje muy preciso: ¡Vete!; de alguna manera es un envío misionero, la orden para una misión.
¿Qué misión? Anuncia; y el verbo siguiente describe lo que debe hacer: proclama. "Anuncia y proclama". Anunciar y proclamar son términos típicos de la actividad evangelizadora de la Iglesia. Y eso sin ser misionero, sin haber sido llamado —pudiéramos decir hoy— a una vocación de entrega total (o sea, dejando casa, familia, oficio): aquel hombre recibe una verdadera y auténtica misión de evangelización. El kerigma se le confía también a él: "¡Anuncia, proclama!"
¿Qué anuncia y proclama? "Lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo". La proclamación se ciñe estrictamente a su propia persona; él proclama con la novedad de su propia vida, con su modo de actuar, con el cambio experimentado. Proclama con tal novedad que su incapacidad precedente de comunicar, de trabajar, de hacerse útil, ahora es capacidad de comunicar, de trabajar, de hacerse útil.
Hay, finalmente, otro aspecto determinante, característico, para captar el significado de esa vocación: "Vete a tu casa con los tuyos". Y, añade el evangelista "comenzó a publicar por la Decápolis". El, por el mandato que ha recibido, no debe abandonarlo todo, como Pedro, Santiago, los apóstoles; se le envía a su casa "con los tuyos". En su ambiente, en su realidad de vida, en su realidad de trabajo, en su sociedad y en su ciudad, la Decápolis, sociedad y ciudad paganas, ahí se le manda al geraseno proclamar la misericordia de Dios.
La vocación laical. Hemos descrito así algunas características de lo que podriamos llamar vocación laical.
Hay en la historia de la salvación vocaciones que no son idénticas a la de los Doce (las futuras vocaciones presbiteriales, sacerdotales, religiosas), sino que se manifiestan en su casa, en su trabajo, como verdadera respuesta a un mandato de Jesús, como verdadero anuncio del Reino.
Es la vocación laical en la Iglesia que Giorgio La Pira y Pier Giorgio Frassati tuvieron y vivieron, sin abandonar la propia condición de vida, se presentaron en ésta como signo de la misericordia de Dios. Las vocaciones laicales en sentido propio no son meras misiones; son verdaderos caminos de santidad que plasman en la historia figuras de gran valor, de relieve moral, social, teológico, sobrenatural.
Así se explica el atractivo de La Pira y de Pier Giorgio Frassati; ellos son, gracias a Dios, ejemplo y vanguardia de una multitud. ¡Cuántos otros podríamos enumerar! Difuntos que hemos conocido de cerca, y otros vivos aún entre nosotros, personas capaces de expresar la fuerza del reino de Dios en todos los campos del obrar humano.
El texto tan hermoso de La Pira que hemos escuchado, y que os invito a releer y reconsiderar, arranca de la intuición profunda de que cada bautizado participa de una vocación. Aun cuando no se dé la llamada a seguir a Jesús en un compromiso de entrega radical, dejando trabajo y casa, puede haber caminos de fulgurante santidad, caminos necesarios para manifestar toda la fuerza bautismal.
Preguntas para nosotros. También nosotros, también vosotros, pertenecemos todos a esta multitud de testigos de Cristo, testigos de la fuerza de la misericordia de Dios. Cada uno debe escuchar la propia llamada. Os dejo a vosotros el reflexionar principalmente sobre el interrogante central del paso que hemos leído: "¿Cómo podrías transcribir en las estructuras sociales, políticas v económicas del Estado los intentos de fraternidad, esenciales para el cristianismo, si no te interesas por esas estructuras? ¿Si no las renuevas cuando son viejas o desacertadas? ¿Cómo fermentar cristianamente el mundo —y formar, por tanto, una civilización cristiana y una sociedad cristiana— si esas estructuras escapan a tu acción orientadora sobre ellas?" (Carlo M. Martini).
Hoy encontramos un fragmento del Evangelio que puede provocar la sonrisa a más de uno. Imaginarse unos dos mil puercos precipitándose monte abajo, no deja de ser una imagen un poco cómica. Pero la verdad es que a aquellos porqueros no les hizo ninguna gracia, se enfadaron mucho y le pidieron a Jesús que se marchara de su territorio.
La actitud de los porqueros, aunque humanamente podría parecer lógica, no deja de ser francamente recriminable: preferirían haber salvado sus cerdos antes que la curación del endemoniado. Es decir, antes los bienes materiales, que nos proporcionan dinero y bienestar, que la vida en dignidad de un hombre que no es de los “nuestros”. Porque el que estaba poseído por un espíritu maligno sólo era una persona que «siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras» (Mc 5,5).
Nosotros tenemos muchas veces este peligro de aferrarnos a aquello que es nuestro, y desesperarnos cuando perdemos aquello que sólo es material. Así, por ejemplo, el campesino se desespera cuando pierde una cosecha incluso cuando la tiene asegurada, o el jugador de bolsa hace lo mismo cuando sus acciones pierden parte de su valor. En cambio, muy pocos se desesperan viendo el hambre o la precariedad de tantos seres humanos, algunos de los cuales viven a nuestro lado.
Jesús siempre puso por delante a las personas, incluso antes que las leyes y los poderosos de su tiempo. Pero nosotros, demasiadas veces, pensamos sólo en nosotros mismos y en aquello que creemos que nos procura felicidad, aunque el egoísmo nunca trae felicidad. Como diría el obispo brasileño Helder Cámara: «El egoísmo es la fuente más infalible de infelicidad para uno mismo y para los que le rodean» (Ramon Octavi Sánchez Valero).
San Marcos nos narra en el Evangelio de la Misa el pasaje que sucedió en la región de los gerasenos (Mc 5,1-20) en donde Jesús libera a un hombre poseído por una legión de demonios, quienes al ser expulsados entran en una piara de dos mil cerdos. Los cerdos corrieron hacia el mar y se ahogaron. Fue una gran pérdida económica para aquellos gentiles, pero recuperaron a un hombre. Sin embargo, sobre estas gentes pesa más el daño temporal que la liberación del endemoniado y rogaron a Jesús que se marcharan de su país. La presencia de Jesús en nuestra vida puede significar, alguna vez, perder un buen negocio porque no era del todo limpio, o, sencillamente que quiere que ganemos Su corazón con nuestra pobreza. Y siempre nos pedirá el Señor, para permanecer junto a Él, un desprendimiento real de los bienes, que señale la primacía de lo espiritual sobre lo material, y del fin último sobre los bienes temporales.
Todas las cosas de la tierra son medios para acercarnos a Dios. Si no sirven para eso, no sirven para nada. Más vale Jesús, que la vida misma. Seguir a Jesús no es compatible con todo. Hay que elegir, y renunciar a todo lo que sea un impedimento para estar con Él. Para eso, debemos tener enraizada en el alma una clara disposición de horror al pecado, pidiendo al Señor y a su Madre que aparten de nosotros todo lo que nos separe de Él: “Madre, líbranos a tus hijos –a cada uno, a cada uno- de toda mancha, de todo lo que nos aparte de Dios, aunque tengamos que sufrir, aunque nos cueste la vida” (Álvaro del Portillo, Cartas) ¿Para qué queremos el mundo entero si perdiéramos a Jesús?
La mayor necedad de los gerasenos fue no reconocer a Jesús que los visitaba. El Señor pasa cerca de nuestra vida todos los días. Si tenemos el corazón apegado a las cosas materiales, no lo reconoceremos; y hay muchas formas muy sutiles de decirle que se vaya de nuestra vida: deseo desordenado de mayores bienes, aburguesamiento, comodidad, lujo, caprichos, gastos innecesarios. Nosotros debemos estar desprendidos de todo lo que tenemos. El desasimiento hace de la vida un sabroso camino de austeridad y eficacia, y debemos estar vigilantes para no caer en estas formas de apegamiento a los bienes materiales. Nosotros le decimos al Señor después de la Comunión, las palabras de San Buenaventura: Que Tú seas siempre mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón. Señor, ¿a dónde iría yo sin Ti? (Francisco Fernández Carvajal).
Samuel 15,13-14.30;16,5-13a. En aquellos dias, uno llevó esta noticia a David: «Los israelitas se han puesto de parte de Absalón.» Entonces David dijo a los cortesanos que estaban con él en Jerusalén: «¡Ea, huyamos! Que, si se presenta Absalón, no nos dejará escapar. Salgamos a toda prisa, no sea que él se adelante, nos alcance y precipite la ruina sobre nosotros, y pase a cuchillo la población.» David subió la cuesta de los Olivos; la subió llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos. Y todos sus compañeros llevaban cubierta la cabeza, y subian llorando. Al llegar el rey David a Bajurin, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, insultándolo según venia. Y empezó a tirar piedras a David y a sus cortesanos toda la gente y los militares iban a derecha e izquierda del rey , y le maldecía: «¡Vete, vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino.» Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: «Ese perro muerto ¿se pone a maldecir a mi señor? i Déjame ir allá, y le corto la cabeza! » Pero el rey dijo: «¡No os metáis en mis asuntos, hijos de Seruyá! Déjale que maldiga, que, si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas?» Luego dijo David a Abisay y a todos sus cortesanos: «Ya veis. Un hijo mio, salido de mis entrafías, intenta matarme, ¡y os extraña ese benjaminita! DejadIo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizá el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy.» David y los suyos siguieron su camino.
Salmo 3,2-3.4-5.6-7. R. Levántate, Señor, sálvame.
Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí; cuántos dicen de mí: «Ya no lo protege Dios.»
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. Si grito, invocando al Señor, él me escucha desde su monte santo.
Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene. No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor.
Evangelio según san Marcos 5,1-20. En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante Él y gritó con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes». Es que Él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región.
Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos». Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término.
Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con Él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti». Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.
Comentario: 1. 2S 15.13-14.30.16,5-13a. La historia de David se ensombrece. En el reino del Norte le siguen considerando un «usurpador» en contra de la familia de Saúl. Su propio hijo Absalón -quizá por haberse visto postergado por Salomón, el hijo de Betsabé-, se rebela contra su padre y se hace coronar rey, siguiéndole gran parte del pueblo. La escena es dramática. David descalzo, la cabeza cubierta, subiendo entre lágrimas por la cuesta de los Olivos, huyendo de su hijo para evitar más derramamiento de sangre. Soportando humildemente las maldiciones de Semeí, uno de los seguidores de la dinastía de Saúl, que aprovecha la ocasión para desahogarse y soltar en cara a David todos los agravios que lleva archivados contra él. Estos libros históricos interpretan siempre las desgracias y fracasos como consecuencia del pecado. Los fallos se pagan pronto o tarde. Ahora David se siente rodeado de enemigos -como expresa el salmo- pero él a su vez había sido protagonista activo de intrigas y violencias en años anteriores. El libro no ahorra, al hablar de grandes hombres como David, el relato de sus debilidades.
La patética figura de David nos recuerda, precisamente en el Huerto de los Olivos, la de Jesús en los momentos dramáticos de su crisis ante la muerte. También él con lágrimas, abatimiento y sudor de sangre, tuvo que soportar el abandono o incluso la traición o la negación de los suyos. Esta vez con absoluta injusticia, porque en él sí que no había habido engaño ni malicia. Podemos vernos interpelados también nosotros. ¿Sabemos reconocer nuestras debilidades y culpas, aceptando humildemente las críticas que nos puedan venir, aunque nos duelan? Nuestras pequeñas o grandes ambiciones, ¿no nos han llevado alguna vez a injusticias y hasta violencias, pasando por encima de los derechos de los demás? No habremos matado a nadie, pero sí tal vez hemos despreciado a otros, o utilizado medios inconfesables para conseguir algo. Y puede ser que alguna vez tengamos que pagar las consecuencias. Sería bueno que hiciéramos con frecuencia una valiente autocrítica de nuestras actuaciones. Cuando hacemos examen de conciencia y sobre todo cuando celebramos el sacramento de la Reconciliación. Entonces no nos extrañaríamos que otros también se hayan dado cuenta de nuestros fallos y nos lo hagan notar. La grandeza de una persona, como aquí la de David, se ve sobre todo en el modo de reaccionar ante las adversidades y la contradicción. Lo que nunca hemos de perder es la confianza en Dios y la ilusión por el futuro. También a través de los fracasos humanos, y del pecado, sigue escribiendo Dios su historia de salvación y nos va ayudando a madurar.
-David huye ante su hijo Absalón. Hemos meditado la «profecía de Natán» que prometía la estabilidad a la dinastía de David hasta el final de los tiempos. De hecho veremos las intrigas, las bajezas, los homicidios. El trono real es una presa. Absalón dará muerte a su hermano Amnón, el primogénito de David por haber violado a su hermana. Un oficial de David dará muerte a Absalón, segundo hijo del rey. Adonías, el tercero que pretende la sucesión será ejecutado por orden de Salomón. Triste y sangrienta historia. Hoy se nos relata la historia de la «huida» de David. David ha envejecido: su hijo Absalón quiere arrebatarle la corona. El "conflicto entre generaciones" no es de hoy. El enfrentamiento entre los hijos mayores y sus padres es cosa de siempre. Te ruego, Señor, que, en los conflictos existentes en nuestras familias, tu perdón, tu reconciliación, puedan triunfar finalmente.
-David subía la cuesta de los olivos llorando, con la cabeza cubierta y los pies desnudos y todo el pueblo que le acompañaba llevaba la cabeza cubierta y subía llorando. Para huir de Jerusalén, David cruza el valle del Cedrón, llega al Huerto de los Olivos y sube a la colina de los olivos. Mil años después, precisamente en este mismo lugar, irá a refugiarse Jesús, huyendo también del odio. Misterio del sufrimiento humano. Misterio de los padres que sufren por sus hijos. Misterio de todos los sufrimientos que nos infligimos los unos a los otros. Misterio del hombre, víctima de otro hombre. Jesús no ha querido eximirse del dolor. Ha cargado con todo el sufrimiento humano... para transformarlo en esperanza de resurrección.
-Un hombre de la familia de Saúl, llamado Semei, salió maldiciendo a David y tirándole piedras. En la desgracia, vuelven a salir todos los antiguos rencores.
-Dejadle que me maldiga, si el Señor se lo ha mandado... Acaso el Señor mire mi aflicción y me devuelva el bien por esta maldición. Reconocemos aquí la grandeza de alma de David. Aceptó la humillación de la huida, para evitar que el conflicto con su hijo fuera sangriento... Ahora acepta la humillación de las injurias de uno de sus enemigos... Y se encomienda a Dios. En ese mismo lugar, recibirá Jesús el beso de Judas, la bofetada del servidor del sumo sacerdote, los latigazos de la flagelación... será abandonado de sus amigos... recibirá las maldiciones de sus enemigos. Al igual que David, Jesús pondrá su confianza en Dios, y perdonará a los que le hacen daño: "Perdónales, no saben lo que hacen". A la escalada de la violencia, David contrapone la misericordia, fruto de su experiencia de la misericordia de Dios con él. El destino trágico de David, frente a sus propios hijos, le lleva a comprender mejor la actitud de Dios con nosotros: El nos perdonó, ahora nos toca perdonar a nosotros (Noel Quesson).
No cuesta mucho mostrarse brillante en medio de la prosperidad o en los momentos de triunfo. La verdadera grandeza de un hombre se revela cuando es capaz de soportar con dignidad la pobreza o el fracaso. Por eso la grandeza del rey David nunca resplandece tanto como en esos momentos de su máxima humillación, cuando su hijo Absalón se ha hecho proclamar rey en Hebrón y la mayoría del pueblo le sigue. Para no caer en manos de su hijo, David ha de huir de Jerusalén. Abandonado de los suyos, sólo le acompañan los soldados mercenarios. El autor sagrado describe morosamente el itinerario del rey anciano, bajando por el torrente de Cedrón y subiendo por la montaña de los Olivos; itinerario doloroso que nos sugiere el que hará en sentido inverso el Hijo de David, Jesús, abandonado también de todos, antes de ser condenado y crucificado. En los inicios de su carrera, David había tenido que huir también al desierto, perseguido por Saúl, pero la juventud le permitía soportarlo todo, tenía toda una vida por delante, estaba seguro del favor de Dios y veía a cada momento cómo aumentaba el número de los simpatizantes que dejaban el partido de Saúl y se integraban al suyo. Ahora, viejo, gusta aquella amarga experiencia que había tenido que saborear Saúl de ver el vacío en su entorno, incluyendo a sus amigos y a su propio hijo. Pero mientras Saúl reaccionaba con desesperados golpes de ciego, como los intentos de matar a David y la liquidación de los sacerdotes de Nob, David se pone del todo en manos del Señor. No quiere que el arca lo siga al exilio, sino que manda al sacerdote Abiatar que la devuelva a la ciudad, seguro de que, si Yahvé quiere, le hará volver en paz, y, en caso contrario, "haga de mí lo que le parezca bien" (15,26). Traicionado por Ajitófel, de quien teme la ayuda que con su habilidad política pueda dar a Absalón, no desea que muera, sino que ora tan sólo porque fracasen sus consejos, y Dios oirá esa plegaria (17,14). Meribaal nieto de Saúl, tan generosamente tratado por David, se ha pasado también a Absalón. Un hombre de la familia de Saúl, Semeí, sigue a la caravana de fugitivos insultando y apedreando a David, mas éste no permite que ninguno se vuelva, antes ve ahí la mano de Dios, diciendo: "Un hijo mío, salido de mis entrañas, trata de matarme, ¡y os extraña ese benjaminita!" (16,11).
Dios recompensa esta fe generosa de David haciendo que todo acabe bien para él. De las tres únicas veces en que el autor de esta historia de la sucesión de David hace mención explícita de la intervención de Yahvé, la primera es cuando desaprueba el pecado de David, la segunda cuando, al nacer Salomón, dice que le «amó Yahvé» (12,24), y esa predilección es la clave para entender que llegue a reinar, con preferencia a otros hermanos que tenían más derechos que él. La tercera es ésta: "Es que el Señor había determinado hacer fracasar el plan de Ajitófel, que era el bueno, para acarrearle la ruina a Absalón" (17,14; H. Raguer).
2. Es el salmo de la huida de David, de palacio y de la ciudad santa a causa de la rebelión de su hijo Absalom. Se queja a Dios de sus enemigos, no obstante, confía en Dios como en su protector poderoso. Recuerda la satisfacción que obtenía en las favorables respuestas que Dios daba a sus oraciones, así como su experiencia de la bondad de Dios hacia él. Triunfa sobre sus temores y sobre sus enemigos.
Estaba en gran peligro; el complot era fuerte, formidable el partido de sus enemigos, y a la cabeza de ellos su propio hijo, de forma que su situación parecía extrema; pero fue entonces cuando se asió del poder de Dios. Los sustos y los peligros nos habrían de conducir a Dios, en lugar de alejamos de El. Era provocado por aquellos de quienes tenía motivos para esperar mejores cosas: por su hijo, con quien había sido indulgente, y por sus súbditos, a quienes había colmado de beneficios. Padecía por su pecado en el asunto de Urías, pues éste era el mal por el que Dios le había amenazado con la rebelión de su misma casa (2 S. 12:11); pero no por eso perdió su confianza en el poder y en la bondad de Dios, ni desesperó de obtener su socorro. Incluso nuestro pesar por el pecado no ha de estorbar ni nuestro gozo ni nuestra esperanza en Dios. Parecía una cobardía huir delante de Absalom y abandonar la ciudad santa antes de haber librado una sola batalla; sin embargo, por lo que vemos en este salmo, estaba lleno de santa valentía, surgida de su fe en Dios. En estos tres versículos apela a Dios. ¿A quién sino a Él deberíamos acudir cuando algo nos apena o nos asusta? David acude a Dios:
Con una profesión de su dependencia de Dios (v. 3). cuando sus enemigos dicen: «No hay para él salvación en Dios» (v. 2), él clama con tanto mayor seguridad (v. 3): «Mas tú, Yahweh, eres escudo alrededor de mí para defenderme, ya que mis enemigos me rodean por todas partes; tú eres mi gloria y el que levanta mi cabeza.» Sí, en el peor de los casos, los hijos de Dios pueden levantar con gozo la cabeza, sabiendo que todo cooperará para su bien, reconocerán que es Dios quien les levanta la cabeza, dándoles motivo para regocijarse y corazón para regocijarse.
David se ha asido de su Dios ante la oposición sañuda de los que se sublevaban contra él, y había ganado valor y confianza para mirar hacia arriba cuando, mirando en tomo suyo, todo servía para causarle desánimo. Ahora mira hacia atrás con agradables reflexiones, y hacia delante con agradable expectación de un feliz resultado al que había de dar paso en breve la oscura situación en la que al presente se hallaba.
David había sido ejercitado en muchas dificultades, se había visto con frecuencia oprimido y en grave aprieto; pero siempre había hallado en Dios al Todo-suficiente.
Sus apuros le habían puesto siempre de rodillas y, en medio de todos sus peligros y dificultades, había podido prestar a Dios su reconocimiento y levantar a él el corazón y la voz (v. 4): «Con mi voz clamé a Yahweh.»
Siempre había hallado a Dios dispuesto a responder a su oración: «Y Él me respondió desde su monte santo», el monte santificado por la presencia del arca, de sobre la cual solía responder a quienes le buscaban. Cristo ha de ser entronizado Rey sobre Sión, el monte santo de Dios (2:6) y mediante tal Intercesor, al que el Padre escucha siempre, son escuchadas nuestras oraciones.
David se había encontrado siempre a salvo bajo la protección divina (v. 5): «Yo me acosté y dormí, tranquilo y seguro, y desperté con nuevas fuerzas, porque Yahweh me sostenía.» (a) Esto es aplicable a las bendiciones ordinarias de cada noche, de lo que habríamos de dar gracias, tanto en privado como en familia, cada mañana. (b) Pero aquí parece referirse a la maravillosa calma y seguridad del ánimo de David en medio de sus peligros. Habiendo encomendado, en oración, su persona y su causa a Dios, y estando seguro de su protección, su corazón estaba tranquilo y en paz.
Dios había quebrantado con frecuencia el poder y la maldad de los enemigos de David, dejándolos confusos («heridos en la mejilla») y sin poder («con los dientes quebrantados»), v. 7.
Sus temores estaban silenciados (v. 6): «No temeré a diez millares de gente, ya sea de invasión extranjera o de sublevación intestina, que pongan sitio contra mí, acampando en derredor de mí.» Cuando David huía de Absalom, le pidió a Sadoc que volviese el arca de Dios a la ciudad y, dudando del resultado de la contienda, concluyó en actitud de humilde penitente: «Aquí estoy; haga de mí lo que bien le parezca» (2 S.15:26). Pero ahora, en actitud de firme creyente, habla confiadamente y sin temor acerca del resultado.
Sus oraciones rebosaban ánimo y aliento (v. 7). Creía en Dios como en su Salvador, aun cuando oraba con urgencia: «Levántate, Yahweh; sálvame, Dios mío.»
Su fe salió triunfante. Comenzó el salmo quejándose de la fuerza y malicia de sus enemigos, pero lo concluye gozándose en el poder y la gracia de su Dios, pues ve que los que están con él son más que los que están contra él. Basa aquí su confianza en dos grandes verdades: (a) «La salvación es de Yahweh» (v. 37:39; Jon. 2:9; Ap. 7:10; 19:1). Él tiene poder para salvar, por muy grande que sea el peligro en que nos hallemos. (b) «Tu bendición sobre tu pueblo» (lit.). No sólo tiene Dios poder para salvarles, sino también para asegurarles su gracia y sus bendiciones; de ello podemos estar seguros, aunque no sean visibles los efectos de tales bendiciones.
3.- Mc 5,1-20 (ver paralelos: Mt 8,28-34 y Lc 8,26-39). * La imagen de dos mil puercos precipitándose monte abajo es sorprendente, no sabemos si le piden a Jesús que se marche por la perplejidad de la obra buena (recuperar el juicio y la vida de una persona que daban por perdida), y el desastre de los animales perdidos. Estamos dentro de la ambigüedad de los porqueros, que hacen una actividad pecaminosa: los rituales judíos prohíben comer cerdo, seguramente por la extensión de la triquinosis, difícil de controlar en ciertos climas, y mortal. Por eso, la explotación de esos animales es impura, pecado para los judíos. Socialmente, los porqueros eran pecadores. En este sentido, la liberación de los demonios puede dar un sentido simbólico a los puercos, como decía S. Tomás en relación con el hijo pródigo: el pecado abarca los dominios de la voluntad, la ofensa se ve por el abandono del Padre pero también en el agravio a su persona que es el dedicarse a guardar puercos. Lo acerca a ese estado animal cuando se hace bajo la vista y apetece lo que es tierra, haciéndose él mismo tierra, tal es la pérdida de aquella herencia que reciben los hijos de Dios, reflejada en la parábola (Enarr. in ps. 18, 2, 13: PL 36, 163).
El desconcierto ahí descrito podemos sentirlo cuando estamos aferrados a lo nuestro, y lo perdemos. Por ejemplo, el campesino siente algo de esto cuando pierde una cosecha (ahora la tienen asegurada muchas veces), o el accionista cuando sus acciones caen de valor. Jesús prioriza las personas, como nosotros hemos de ocuparnos del hambre en el tercer mundo y tantas guerras injustas. Helder Cámara decía: «El egoísmo es la fuente más infalible de infelicidad para uno mismo y para los que le rodean».
** Pero de entre diversos aspectos que resaltan en este milagro, nos fijaremos en el contrapunto de la curación: la contradicción a la que Jesús es sometido, el desprecio por el que le piden –con cierto miedo- que se vaya. En muchos lugares del Evangelio veremos las dificultades a las que se enfrenta Jesús (en Mt. 8, 23 se ve la tempestad, imagen de tantas contrariedades). Se nos dirá en otro lugar: “carísimos, cuando Dios os pruebe con el fuego de la tribulación, no os extrañéis, como si os aconteciese una cosa muy extraordinaria” (1 Pet. 4, 12); “si el mundo os aborrece, sabed que antes me aborreció a mí” (Jn. 15, 18). Desde la persecución de Herodes, el mal amenaza a Jesús, y Él confía siempre en el Señor: “Ad te, Domine, levavi animam meam” (Ps 24, 1): “a ti, Señor, he elevado mi alma”. Veremos intrigas y calumnias incomprensibles, lágrimas pero no dejan de acompañarle la alegría y la paz de hacer la voluntad de Dios. De alguna manera seguir a Jesús es también acoger la cruz, y esas reacciones en contra. A lo largo de la historia, en las tormentas los cristianos acuden muchas veces a Jesús: “¡Maestro, que perecemos!”, pero aferrados a Jesús y a su cruz, como decía S. Cipriano: “Ésta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios: éstos, en la adversidad, se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud, sino que nos afianzan en ella”.
Además, “si no hay dificultades, las tareas no tienen gracia humana..., ni sobrenatural. —Si, al clavar un clavo en la pared, no encuentras oposición, ¿qué podrás colgar ahí?”, decía San Josemaría Escrivá; los obstáculos son providencia de Dios, para fortalecer a unos, y para santificar a todos: “Pero no olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que El permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios”. Algunas veces se levantan voces en contra, a nuestro alrededor o dentro de nosotros. Y Dios guarda silencio; y la presión del ambiente es fuerte… pero hay que ver el aspecto positivo de las cosas. Lo que parece más tremendo no es tan negro, no es tan oscuro. Si se puntualiza, si se concretan puntos para mejorar, no se llega a conclusiones pesimistas. Como un buen médico no dice, al ver a un paciente, que todo él está podrido, hay que tener confianza en las personas, y en la providencia divina, que de todo saca bien, que al final pone las cosas en su sitio, que al final la verdad se abre paso... Es confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente: Nada te turbe / Nada te espante /Todo se pasa / Dios no se muda /La paciencia todo lo alcanza / quien a Dios tiene / Nada le falta / Sólo Dios basta”.
La maledicencia de algunos, los chismes y diretes, son parte de esa cruz que es la señal del cristiano: “Así esculpe Jesús las almas de los suyos, sin dejar de darles interiormente serenidad y gozo, porque entienden muy bien que -con cien mentiras juntas- los demonios no son capaces de hacer una verdad: y graba en sus vidas el convencimiento de que sólo se encontrarán cómodos, cuando se decidan a no serlo.” S. Gregorio decía: “la hostilidad de los perversos suena como alabanza para nuestra vida, porque demuestra que tenemos al menos algo de rectitud en cuanto que resultamos molestos a los que no aman a Dios: nadie puede resultar grato a Dios y a los enemigos de Dios al mismo tiempo”. El desarrollo de la Iglesia se ha fundamentado en tantas contrariedades: “la sangre de los mártires es semilla de los cristianos”, se decía. Como en el trigo, los golpes que lo esparcen a los cuatro vientos supone no una pérdida, sino llegar a sitios más lejanos.
*** Dentro del ambiente de desagradecimiento, vemos la alegría del que había sido poseído, que muestra gratitud hacia el Señor. En todas las curaciones de alma y cuerpo, la alegría de bien hecho es mucho más fuerte que el mal, envidias y rencores. El que ha sido curado es agradecido. Quiere seguir a Jesús, quien le indica lo que hace unos días vimos que le decía también al que curó de la parálisis: “vete a tu casa”. Jesús no “explota” su ascendencia sobre quien le “debe un favor”, hoy se está viendo como muchas relaciones humanas se dejan llevar por el “chantaje emocional”, al sentirse acogido uno puede quedarse ahí: se ve amado, se encuentra a gusto, y se queda. Puede ser –como en toda conversión- un signo de cómo Dios actúa a través de las circunstancias, cómo se nos quiere, o un favor que se nos hace puede ser una pista divina de que “la cosa va por ahí”. Por eso en algunos casos siguen a Jesús en el camino, como Bartimeo, el ciego de Jericó. Pero en otros casos no es así. Esto nos sugiere cómo hemos de ayudar a cada uno a encontrar su camino, sin aprovecharnos de esas circunstancias como son el afecto que la gente nos tiene por lo que le hemos ayudado, es decir no caer en el servilismo que es chantaje emotivo, que denota debilidad e inseguridad en quien lo practica y servidumbre en quien lo padece. Porque vemos cómo se usan los sentimientos como arma: “no me esperaba esto de ti, con lo mucho que he hecho por ti…”, la negación a aceptar las exigencias del otro se califica de traición a la amistad o el cariño. De una forma inconsciente o voluntaria, se presiona a otras personas, víctimas del chantaje emocional, para que actúen, digan o piensen de una determinada manera, aunque vaya en contra de sus principios. Esto puede ocurrir en toda relación: familiar, eclesial, de amistad, profesional… (quizá en la cultura de “la tienda” se toma aprecio a un dependiente, a quien se confían cosas de más confianza, y se le hace notar que es “casi de la familia”, pero no se le recompensa con una relación laboral justa: salarial, o las horas de trabajo que se extienden sin motivo justo, por esa presión psicológica de no faltar a la confianza. Por eso, donde no hay una relación laboral clara hay una especie de “mafia”, basada en medias promesas y chantaje de este tipo). Cuando una persona se convierte a Dios hay que ayudarla a discernir también en sus pasos, para que no se sienta obligada a unirse al medio por el que ha encontrado a Dios: en un caso será así, en otro no… es sorprendente la libertad de Jesús: “vete a tu casa”. A unos el Señor le pide un seguimiento que implica dejarlo todo, pero en muchos casos el consejo es: “Vete a casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.” Es un volver a lo de antes, pero con una luz nueva, la luz de la fe que hace ver las cosas como las ve Dios. Hace días tuvimos una Misa por un difunto, y la viuda me comentó después: “quisiera ver las cosas como lo ha dicho usted (es decir, como la Iglesia nos enseña), le he pedido a Dios ver todo así, como la fe nos dice”. En vez de debilitar las cosas humanas, la fe nos da más amor, una razón renovada para hacer todo.
Es pintoresco y sorprendente el episodio que hoy nos cuenta Marcos, con el endemoniado de Gerasa. Se acumulan los detalles que simbolizan el poder del mal: en tierra extranjera, un enfermo poseído por el demonio, que habita entre tumbas, y el destino de la legión de demonios a los cerdos, los animales inmundos por excelencia para los judíos. Seguramente quiere subrayar que Jesús es el dominador del mal o del maligno. En su primer encuentro con paganos -abandona la tierra propia y se aventura al extranjero en una actitud misionera- Jesús libera al hombre de sus males corporales y anímicos. Parece menos importante el curioso final de la piara de cerdos y la consiguiente petición de los campesinos de que abandone sus tierras este profeta que hace cosas tan extrañas. Probablemente el pueblo atribuyó a Jesús, o mejor a los demonios expulsados por Jesús, la pérdida de la piara de cerdos que tal vez habría sucedido por otras causas en coincidencia con la visita de Jesús. El evangelio recogería esta versión popular.
La Iglesia ha sido encargada de continuar este poder liberador, la lucha y la victoria contra todo mal. Para eso anuncia la Buena Nueva y celebra los sacramentos, que nos comunican la vida de Cristo y nos reconcilian con Dios. A veces esto lo tiene que hacer en terreno extraño: con valentía misionera, adentrándose entre los paganos, como Jesús, o dirigiéndose a los neopaganos del mundo de hoy. También con los marginados, a los que Jesús no tenía ningún reparo en acercarse y tratar, para transmitirles su esperanza y su salvación. Después del encuentro con Jesús, el energúmeno de Gerasa quedó «sentado, vestido y en su juicio».
Todos necesitamos ser liberados de la legión de malas tendencias que experimentamos: orgullo, sensualidad, ambición, envidia, egoísmo, violencia, intolerancia, avaricia, miedo. Jesús quiere liberarnos de todo mal que nos aflige, si le dejamos. ¿De veras queremos ser salvados? ¿decimos con seriedad la petición: «líbranos del mal»? ¿o tal vez preferimos no entrar en profundidades y le pedimos a Jesús que pase de largo en nuestra vida? En Gerasa los demonios le obedecieron, como le obedecían las fuerzas de la naturaleza. Pero los habitantes del país, por intereses económicos, le pidieron que se marchara. El único que puede resistirse a Cristo es siempre la persona humana, con su libertad. ¿Nos resistimos nosotros, o nos de jamos liberar de nuestros demonios? (J. Aldazábal).
Hay un detalle interesante: los habitantes de la región demuestran un doble sentimiento: por una parte, Jesús es para ellos un ser superior; pero, por otra, es una especie de ruina. Ellos intuyen que el mensaje, por muy liberador y benéfico que sea, los obligará a trastornar sus modos rutinarios de vida. Por eso, "empezaron a suplicar a Jesús que se fuera de aquella región". Probablemente esto era un eco de las desilusiones de aquellos primeros predicadores en tierra pagana, los cuales no siempre recibían reconocimiento por la predicación de un mensaje liberador y abierto a todos. Y es que el hombre oprimido y alienado no siempre quiere ser liberado de su alienación. Por eso, el Evangelio no puede ser impuesto a nadie, por muy liberador que se presente (edic. Marova).
El endemoniado de Gerasa (5,1-20) Merece una atención particular por varios motivos. No puede negarse que en esta narración se mezclan rasgos populares, pintorescos y no carentes de cierto humorismo; por ejemplo, ese detalle de los demonios que piden permiso para entrar en los puercos y precipitarse luego en el mar. Por otra parte, el análisis crítico no tendría muchas dificultades en encontrar en el relato varias incoherencias, repeticiones, lagunas, que dejan traslucir ciertas adaptaciones y algunos manejos redaccionales. Pero no es esto lo que aquí nos interesa. Si lo leemos con ojos penetrantes y con el deseo de descubrir allí un mensaje (y es ésta sin duda la intención del evangelista), entonces el relato nos revela ciertos detalles sorprendentes y ricas intuiciones teológicas.
Jesús llega a la región de los gerasenos, o sea, a un territorio pagano: la presencia del Reino no se limita a los confines de Israel. Vive por allí, lejos de los poblados, entre los sepulcros, un hombre poseído por el espíritu maligno. La sociedad, como siempre, lo ha marginado. Es la forma más rápida de resolver los problemas: se encierra al enfermo en su enfermedad y se le deja inmóvil en su situación, para que no moleste. Pero la vocación de Jesús es la de acercarse a los que ha apartado la sociedad. El desarrollo del relato mostrará -y no es ésta ciertamente la enseñanza menos importante- que son éstos precisamente los que le están esperando, abiertos a la curación y al perdón.
El endemoniado hace gestos insensatos y descompuestos: "andaba siempre, día y noche, entre los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras" (5,5). Es un pobre hombre desquiciado, privado de sus facultades mentales, que no es dueño de sí mismo y se ha convertido en su propio enemigo. Quizás sea éste el mal que ha venido Cristo a combatir, ese mal misterioso que hoy llamamos "alienación" que divide al hombre en lo más profundo de sí mismo y lo empuja contra sí mismo. Jesús no ha venido solamente a reparar una injuria cometida contra Dios. A no ser que por injuria contra Dios se entienda esa alienación que nos aparta de su amor y de nosotros mismos.
El relato indica que el encuentro con Jesús (esto es, la llegada del Reino de Dios) no es únicamente una curación, sino una verdadera liberación, un encontrarse a sí mismo, una reconquista de la propia autenticidad. La gente que acude contempla sorprendida que el endemoniado estaba ahora "sentado, vestido y en su sano juicio". De un ser dividido e insociable Jesús ha hecho un hombre dueño de sí mismo, lo ha convertido en un hermano.
Los gerasenos se admiran de lo ocurrido, pero cuando se enteran de lo que ha pasado con los cerdos, que se habían precipitado en el lago le invitan a Jesús que se aleje de su territorio. Se asombran de la trasformación conseguida por Jesús y quizás incluso lo aprecian, pero creen que es demasiado el precio que han tenido que pagar por ello. La liberación de un hombre vale menos que una piara de puercos. Optan por la solución menos costosa (obligados por el bien común, ¡naturalmente!), mientras que para Jesús conducir a un hombre a su dimensión humana parece tener un valor mucho más alto que cualquier otra consideración.
El relato nos ofrece un último detalle, "mientras subía Jesús a la barca, el hombre que había tenido el espíritu malo le pidió que lo dejara ir con él" (5,18). Pero Jesús no se lo permitió; ¿por qué? Quizás porque la hora de los paganos no había llegado todavía. O quizás también para que quedase claro que Cristo -expulsado por los hombres (que hablan muchas veces de liberación, pero que la rechazan apenas se dan cuenta de que tiene un precio que pagar)- deja, a pesar de todo, junto a ellos un testigo: "Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti" (5, 19; Bruno Maggioni).
¿Qué hace el demonio? "Nadie se atrevía a transitar por aquel camino" (v. 28). Las fuerzas del mal atacan al hombre, le desvían de su ruta normal, le impiden realizar su camino humano y cristiano: realizarse como hombre y como hijo de Dios. El pecado siempre es antihumano aun cuando tome la apariencia de ser su placer o su bien.
Discernimiento para desenmascarar a Satán: "aquél que impide al hombre pasar".
El demonio tiene claridad de mente, esa lucidez extraordinaria que le hace ver más claro que los hombres.
"Antes de tiempo". Parece hacer alusión a la hora del juicio final, en la que todas las fuerzas del mal serán reducidas a la impotencia... ¡los demonios lo saben! Pero Jesús va a anticipar ese día para que todos tengamos confianza en esta victoria final y definitiva.
Cuando Jesús anuncia su glorificación por la muerte en Jn 12. 31: "ahora es el juicio de este mudo, ahora el príncipe de este mundo será echado abajo" y dice la nota de la Biblia de Jerusalén: "Satán dominaba el mundo (1 Jn 5. 19: sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno) y la muerte de Jesús libra a los hombres de su tiranía".
Col 1,13-14 "Nos libró del poder de los tinieblas y nos trasladó el Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención, el poder de los pecados".
v. 30-32 "Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando. Los demonios le rogaron: Si nos echas, mándanos a la piara. Jesús les dijo: Id. salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua".
Un detalle chocante pero lleno de una enorme ironía: "el Príncipe de este mundo será echado abajo". Tan abajo que su "habitat" natural, la casa que le corresponde por derecho es el animal más inmundo para la mentalidad judía.
El mar es el abismo. También la Bestia del Ap 19. 20 es precipitada en el mar.
Desde la muerte y resurrección de Jesús el demonio ya no tiene poder sobre el hombre. Solamente el poder que el hombre mismo le concede.
Por eso dice S. Juan Crisóstomo: "Quam stultus est homo ille quem canis, in catena positus, mordet."
El relato termina con la declaración de un fracaso dramático. "Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país".
Esta es la paradoja del evangelio: Jesús viene a expulsar los demonios y Jesús es expulsado.
La gente no quiere comprometerse: teme perder a sus cerdos. Vive tranquila en su egoísmo.
Esta semana entraremos en una fase de la vida de Jesús en la que se acentúa la formación práctica de sus discípulos a su misión futura.
-milagros muy significativos realizados delante de ellos solos, sin la presencia de la muchedumbre...
-envío en misión para un primer período de prácticas de apostolado...
-Jesús y los doce atravesaron el lago y fueron al país de los Gerasenos.
Algo muy importante para Marcos ¡que escribe para paganos convertidos, en Roma! Es la primera vez que Jesús pasa voluntariamente una frontera, y que toma contacto con el mundo pagano de su tiempo. Se lleva consigo a sus "doce".
Gerasa, ¡país de misión! "x –el mío…-, país de misión", el mundo entero, país de misión.
Como Jesús, ¿me preocupo yo de todos los que aún ignoran el evangelio? Hay sectores humanos no evangelizados en todas partes.
-Un hombre poseído de un "espíritu impuro" fue al encuentro de Jesús... Tenía su morada en los "sepulcros"... y ni aun con "cadenas", nadie podía sujetarle... Pues muchas veces le habían puesto "grillos" y cadenas... Pero los había roto.. y nadie podía dominarle.
Todos estos términos tienen un valor simbólico: tratan de sugerir la situación verdaderamente dramática del "hombre no-evangelizado".
Está dominado por fuerzas oscuras: Jesús pondrá en evidencia enseguida, la potencia maléfica y prolífera de esas fuerzas... "Mi nombre es Legión, pues ¡somos muchos!" (La "legión" romana constaba de 6.000 soldados).
Visto por un judío, el pagano es un hombre condenado a la muerte; vive ya "en los sepulcros" en medio de la podredumbre y de osamentas impuras. Los "cerdos", animales impuros y repugnantes para un judío, son su única compañía: le está prohibido comer su carne (Lv 11,7-8).
En fin, el hombre no-evangelizado es un hombre "trabado" "encadenado", no libre. ¿No conservo quizá yo mismo también algunas cadenas y ligaduras? Todas estas imágenes nos dejan adivinar la importancia del gesto misionero que va a hacer Jesús: ¡Viene para liberar al hombre! Cualquiera que sea su degradación -aquel geraseno era un verdadero "monstruo" humano- ¡el hombre puede ser radicalmente curado y transformado por Jesús!
He aquí la buena nueva. Las miIes de pasiones que lo deformaban, la Legión de demonios que lo habitaban, han sido vencidos. Jesús es más fuerte que las fuerzas maléficas del hombre.
-Las gentes fueron a ver lo que había sucedido... Ven al endemoniado "sentado", "vestido" y en su "sano juicio"...
El hombre se fue y comenzó a predicar en la Decápolis cuanto le había hecho Jesús. De un bruto inmundo Jesús ha hecho un hombre equilibrado, normal, un hombre en su "sano juicio", un hombre cuya vida tiene un sentido, e incluso un apóstol, pues va a los suyos -paganos como él antes- y les anuncia la buena nueva de la transformación que Jesús ha obrado en él.
Dos advertencias para orar a partir de este texto: la frontera del paganismo pasa por nuestro propio corazón -hay en mí algunos sectores que hay que salvar-... la misión es una característica esenciaI de la Iglesia- hay que ir hacia todos aquellos que esperan aún su liberación, sin encerrarse en el medio cristiano (Noel Quesson).
Del paso de Marcos he escogido sólo el final del episodio del endemoniado curado, porque es la parte más interesante para nuestra reflexión.
Mientras Jesús se vuelve a la barca, el endemoniado curado "le pedía ir con él". Tenemos ante todo una oración: este hombre quisiera estar con Jesús. En el original griego, las palabras son las mismas que Marcos ha usado ya en 3,14, donde se dice que Jesús designó a los Doce "para que estuvieran con él". La expresión "estar con él" describe la vocación apostólica, el ir con Jesús itinerante para ser enviados luego por él: describe la llamada de los Doce, de quienes participan continuamente en el ministerio del Maestro y están con él en la función de la Iglesia, es decir, los apóstoles.
Así que el hombre curado pide formar parte del grupo, y recibe una respuesta dura que nos recuerda otras respuestas duras; por ejemplo, la proporcionada a la mujer cananea, sobre la que meditamos la pasada vez. El evangelista Marcos dice: "No le dejó" estar con él, o sea formar parte de quienes abandonándolo todo le seguían viajando por Palestina. La dureza de la respuesta se ve mejor si la comparamos con 5,37, cuando Jesús está para entrar en la casa de Jairo, caya hija ha muerto, y "no permitió que le acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan". Quizá había mucha gente que quería entrar, tal vez por curiosidad; pero Jesús distinguió: estos tres, sí; los demás, no.
El mismo verbo griego usado por Marcos en el versículo 37 y para el endemoniado de Gerasa que quería seguirle, volvemos a encontrarlo en 1,35: Jesús "no dejaba hablar a los demonios porque le conocían". Jesús establece, pues, una delimitación neta: esto no es para ti, no es ésta tu vocación. Es una toma de posición negativa respecto a la vocación que uno pensaba tener.
Podemos imaginar la decepción de este hombre, que quisiera, lleno de reconocimiento por la curación, dejarlo todo y seguir a Jesús, llegando a ser apóstol, un enviado a todo el mundo. Pero hemos de examinar atentamente las palabras que siguen al rechazo: "...le dijo: 'Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo'. El se fue y comenzó a publicar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se admiraban". Son palabras para meditar, pues describen la vocación de uno que, aun no siendo llamado como los Doce, tiene una vocación de verdadero seguimiento de Cristo y, en realidad, participa muy estrechamente de una llamada. El evangelista usa un lenguaje muy preciso: ¡Vete!; de alguna manera es un envío misionero, la orden para una misión.
¿Qué misión? Anuncia; y el verbo siguiente describe lo que debe hacer: proclama. "Anuncia y proclama". Anunciar y proclamar son términos típicos de la actividad evangelizadora de la Iglesia. Y eso sin ser misionero, sin haber sido llamado —pudiéramos decir hoy— a una vocación de entrega total (o sea, dejando casa, familia, oficio): aquel hombre recibe una verdadera y auténtica misión de evangelización. El kerigma se le confía también a él: "¡Anuncia, proclama!"
¿Qué anuncia y proclama? "Lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo". La proclamación se ciñe estrictamente a su propia persona; él proclama con la novedad de su propia vida, con su modo de actuar, con el cambio experimentado. Proclama con tal novedad que su incapacidad precedente de comunicar, de trabajar, de hacerse útil, ahora es capacidad de comunicar, de trabajar, de hacerse útil.
Hay, finalmente, otro aspecto determinante, característico, para captar el significado de esa vocación: "Vete a tu casa con los tuyos". Y, añade el evangelista "comenzó a publicar por la Decápolis". El, por el mandato que ha recibido, no debe abandonarlo todo, como Pedro, Santiago, los apóstoles; se le envía a su casa "con los tuyos". En su ambiente, en su realidad de vida, en su realidad de trabajo, en su sociedad y en su ciudad, la Decápolis, sociedad y ciudad paganas, ahí se le manda al geraseno proclamar la misericordia de Dios.
La vocación laical. Hemos descrito así algunas características de lo que podriamos llamar vocación laical.
Hay en la historia de la salvación vocaciones que no son idénticas a la de los Doce (las futuras vocaciones presbiteriales, sacerdotales, religiosas), sino que se manifiestan en su casa, en su trabajo, como verdadera respuesta a un mandato de Jesús, como verdadero anuncio del Reino.
Es la vocación laical en la Iglesia que Giorgio La Pira y Pier Giorgio Frassati tuvieron y vivieron, sin abandonar la propia condición de vida, se presentaron en ésta como signo de la misericordia de Dios. Las vocaciones laicales en sentido propio no son meras misiones; son verdaderos caminos de santidad que plasman en la historia figuras de gran valor, de relieve moral, social, teológico, sobrenatural.
Así se explica el atractivo de La Pira y de Pier Giorgio Frassati; ellos son, gracias a Dios, ejemplo y vanguardia de una multitud. ¡Cuántos otros podríamos enumerar! Difuntos que hemos conocido de cerca, y otros vivos aún entre nosotros, personas capaces de expresar la fuerza del reino de Dios en todos los campos del obrar humano.
El texto tan hermoso de La Pira que hemos escuchado, y que os invito a releer y reconsiderar, arranca de la intuición profunda de que cada bautizado participa de una vocación. Aun cuando no se dé la llamada a seguir a Jesús en un compromiso de entrega radical, dejando trabajo y casa, puede haber caminos de fulgurante santidad, caminos necesarios para manifestar toda la fuerza bautismal.
Preguntas para nosotros. También nosotros, también vosotros, pertenecemos todos a esta multitud de testigos de Cristo, testigos de la fuerza de la misericordia de Dios. Cada uno debe escuchar la propia llamada. Os dejo a vosotros el reflexionar principalmente sobre el interrogante central del paso que hemos leído: "¿Cómo podrías transcribir en las estructuras sociales, políticas v económicas del Estado los intentos de fraternidad, esenciales para el cristianismo, si no te interesas por esas estructuras? ¿Si no las renuevas cuando son viejas o desacertadas? ¿Cómo fermentar cristianamente el mundo —y formar, por tanto, una civilización cristiana y una sociedad cristiana— si esas estructuras escapan a tu acción orientadora sobre ellas?" (Carlo M. Martini).
Hoy encontramos un fragmento del Evangelio que puede provocar la sonrisa a más de uno. Imaginarse unos dos mil puercos precipitándose monte abajo, no deja de ser una imagen un poco cómica. Pero la verdad es que a aquellos porqueros no les hizo ninguna gracia, se enfadaron mucho y le pidieron a Jesús que se marchara de su territorio.
La actitud de los porqueros, aunque humanamente podría parecer lógica, no deja de ser francamente recriminable: preferirían haber salvado sus cerdos antes que la curación del endemoniado. Es decir, antes los bienes materiales, que nos proporcionan dinero y bienestar, que la vida en dignidad de un hombre que no es de los “nuestros”. Porque el que estaba poseído por un espíritu maligno sólo era una persona que «siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras» (Mc 5,5).
Nosotros tenemos muchas veces este peligro de aferrarnos a aquello que es nuestro, y desesperarnos cuando perdemos aquello que sólo es material. Así, por ejemplo, el campesino se desespera cuando pierde una cosecha incluso cuando la tiene asegurada, o el jugador de bolsa hace lo mismo cuando sus acciones pierden parte de su valor. En cambio, muy pocos se desesperan viendo el hambre o la precariedad de tantos seres humanos, algunos de los cuales viven a nuestro lado.
Jesús siempre puso por delante a las personas, incluso antes que las leyes y los poderosos de su tiempo. Pero nosotros, demasiadas veces, pensamos sólo en nosotros mismos y en aquello que creemos que nos procura felicidad, aunque el egoísmo nunca trae felicidad. Como diría el obispo brasileño Helder Cámara: «El egoísmo es la fuente más infalible de infelicidad para uno mismo y para los que le rodean» (Ramon Octavi Sánchez Valero).
San Marcos nos narra en el Evangelio de la Misa el pasaje que sucedió en la región de los gerasenos (Mc 5,1-20) en donde Jesús libera a un hombre poseído por una legión de demonios, quienes al ser expulsados entran en una piara de dos mil cerdos. Los cerdos corrieron hacia el mar y se ahogaron. Fue una gran pérdida económica para aquellos gentiles, pero recuperaron a un hombre. Sin embargo, sobre estas gentes pesa más el daño temporal que la liberación del endemoniado y rogaron a Jesús que se marcharan de su país. La presencia de Jesús en nuestra vida puede significar, alguna vez, perder un buen negocio porque no era del todo limpio, o, sencillamente que quiere que ganemos Su corazón con nuestra pobreza. Y siempre nos pedirá el Señor, para permanecer junto a Él, un desprendimiento real de los bienes, que señale la primacía de lo espiritual sobre lo material, y del fin último sobre los bienes temporales.
Todas las cosas de la tierra son medios para acercarnos a Dios. Si no sirven para eso, no sirven para nada. Más vale Jesús, que la vida misma. Seguir a Jesús no es compatible con todo. Hay que elegir, y renunciar a todo lo que sea un impedimento para estar con Él. Para eso, debemos tener enraizada en el alma una clara disposición de horror al pecado, pidiendo al Señor y a su Madre que aparten de nosotros todo lo que nos separe de Él: “Madre, líbranos a tus hijos –a cada uno, a cada uno- de toda mancha, de todo lo que nos aparte de Dios, aunque tengamos que sufrir, aunque nos cueste la vida” (Álvaro del Portillo, Cartas) ¿Para qué queremos el mundo entero si perdiéramos a Jesús?
La mayor necedad de los gerasenos fue no reconocer a Jesús que los visitaba. El Señor pasa cerca de nuestra vida todos los días. Si tenemos el corazón apegado a las cosas materiales, no lo reconoceremos; y hay muchas formas muy sutiles de decirle que se vaya de nuestra vida: deseo desordenado de mayores bienes, aburguesamiento, comodidad, lujo, caprichos, gastos innecesarios. Nosotros debemos estar desprendidos de todo lo que tenemos. El desasimiento hace de la vida un sabroso camino de austeridad y eficacia, y debemos estar vigilantes para no caer en estas formas de apegamiento a los bienes materiales. Nosotros le decimos al Señor después de la Comunión, las palabras de San Buenaventura: Que Tú seas siempre mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón. Señor, ¿a dónde iría yo sin Ti? (Francisco Fernández Carvajal).
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)