martes, 9 de febrero de 2010

Tiempo ordinario IV, martes: la misericordia de Dios protege a quien confía en Él, aunque el sabor de la cruz acompaña la vida del hombre… la fe en Je

Tiempo ordinario IV, martes: la misericordia de Dios protege a quien confía en Él, aunque el sabor de la cruz acompaña la vida del hombre… la fe en Jesús hace milagros, continúa haciéndolos con la Eucaristía
 
Segundo Libro de Samuel 18,9-10.14.24-25.30-32.19,1-3. De pronto, Absalón se encontró frente a los servidores de David. Iba montado en un mulo, y este se metió bajo el tupido ramaje de una gran encina, de manera que la cabeza de Absalón quedó enganchada en la encina. Así él quedó colgado entre el cielo y la tierra, mientras el mulo seguía de largo por debajo de él. Al verlo, un hombre avisó a Joab: "¡Acabo de ver a Absalón colgado de una encina!". Entonces Joab replicó: "No voy a perder más tiempo contigo". Y tomando en su mano tres dardos, los clavó en el corazón de Absalón, que estaba todavía vivo en medio de la encina. David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela, que había subido a la azotea de la Puerta, encima de la muralla, alzó los ojos y vio a un hombre que corría solo. El centinela lanzó un grito y avisó al rey. El rey dijo: "Si está solo, trae una buena noticia". Mientras el hombre se iba acercando, El rey le ordenó: "Retírate y quédate allí". El se retiró y se quedó de pie. En seguida llegó el cusita y dijo: "¡Que mi señor, el rey, se entere de la buena noticia! El Señor hoy te ha hecho justicia, librándote de todos los que se sublevaron contra ti". El rey preguntó al cusita: "¿Está bien el joven Absalón?". El cusita respondió: "¡Que tengan suerte de ese joven los enemigos de mi señor, el rey, y todos los rebeldes que buscan tu desgracia!". El rey se estremeció, subió a la habitación que estaba arriba de la Puerta y se puso a llorar. Y mientras iba subiendo, decía: "¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Ah, si hubiera muerto yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío!". Entonces avisaron a Joab: "El rey llora y se lamenta por Absalón". La victoria, en aquel día, se convirtió en duelo para todo el pueblo, porque todos habían oído que el rey estaba muy afligido a causa de su hijo.
 
Salmo 86,1-6. Oración de David. Inclina tu oído, Señor, respóndeme, porque soy pobre y miserable; protégeme, porque soy uno de tus fieles, salva a tu servidor que en ti confía. Tú eres mi Dios: ten piedad de mí, Señor, porque te invoco todo el día; reconforta el ánimo de tu servidor, porque a ti, Señor, elevo mi alma. Tú, Señor, eres bueno e indulgente, rico en misericordia con aquellos que te invocan: ¡atiende, Señor, a mi plegaria, escucha la voz de mi súplica!
 
Evangelio según San Marcos 5,21-43: En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.
Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?». Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’». Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?». Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.
 
Comentario: 1. 2S 18,9-10.14b.24-25a.30-19,3. De nuevo una escena conmovedora: las lágrimas de David por la muerte de su hijo Absalón. Con astucia y con habilidad militar, el ejército del rey ha logrado derrotar al rebelde y éste muere trágicamente entre los árboles del bosque. Pero lo que podría haber sido una victoria y el final de una rebelión incómoda, llena de dolor a David, que muestra una vez más un gran corazón. Había dado órdenes de respetar la vida de su hijo: pero el capitán Joab aprovechó para saldar viejas cuentas y mató al rebelde. Como había llorado sinceramente por la muerte de Saúl, aunque se había portado tan mal con él, ahora David llora por su hijo. No hay fiesta para celebrar esta triste victoria. Aunque luchaba contra el rebelde, ha seguido queriendo a su hijo y llora por él desconsoladamente: «Hijo mío Absalón, ojalá hubiera muerto yo en vez de ti».
-Pero David no se alegró porque su hijo Absalón había muerto. David acaba de ganar una batalla y se ha dominado una insurrección. Esto podría alegrarle. Pero todo ello se esfuma ante el dolor de haber perdido a su hijo. Los allegados a David, sólo ven la eficacia del resultado: se ha batido al oponente, se ha destruido al usurpador... y van a anunciarlo al rey como una buena noticia. Entonces el rey se estremeció, subió a la estancia alta y rompió a llorar. Decía entre sollozos: «¡Hijo mío, Absalón; hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!» Dolor punzante; se retira solo a su cuarto para llorar. Imagen de Dios. Nuestro Padre celestial, aun cuando somos rebeldes y nos oponemos a El, sigue amándonos. «Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 33,11) Me dispongo a meditar sobre mis propios pecados, para sentir en mí todo el dolor de Dios, toda la misericordia de Dios. Si David ha comprendido tan bien el perdón hacia su hijo, es porque él mismo había experimentado el perdón de Dios. Recuerda que después del homicidio de Urías, el profeta Natán había ido a su palacio, le había revelado su falta... y la superabundancia de la misericordia divina. El contagio de la misericordia divina había comenzado en el corazón de Dios, ¡acaso podrá David ser menos misericordioso! Jesús recordará esta ley: «si no perdonáis vosotros, tampoco Dios os perdonará».¿A quién tengo que perdonar, HOY?
-La victoria, se troco en duelo aquel día para todo el ejército y el pueblo. Poco a poco, el pueblo de Dios llegará a entender que no necesita de técnicas militares para acabar con sus enemigos: el verdadero combate se da «contra las fuerzas del mal que alienan a la humanidad». «Perdonar» es una victoria mayor que «vencer».¿Cuál será mi victoria interior? (Noel Quesson).
El centro de interés de todo este episodio de la guerra civil suscitada por Absalón contra su propio padre es la generosidad de David para con su hijo rebelde. No lo hace por virtud especial alguna, sino porque le quiere extremadamente, por perverso y mal hijo que sea. Yahvé no ha retirado su amor a David pese a su grave pecado; David no retira su amor a Absalón pese al asesinato del primogénito Amnón y la posterior rebeldía. Todos oyen cómo David da orden expresa a sus generales Joab, Abisay e Itay de que no hagan ningún daño a Absalón (18,5). Pero el sanguinario y calculador Joab, que anteriormente había sido amigo y partidario del príncipe Absalón (cf. c. 14), cuando éste nombra a Amasá jefe de sus tropas, se pasa a David y se venga matando a Absalón (18,14) y más tarde a Amasá (20,10), repitiendo lo que había pasado cuando David había aceptado a Abner como general suyo, de acuerdo con aquella política de reconciliación que siempre siguiera. La angustia de David por su hijo Absalón es dramáticamente descrita. Más que el resultado de la batalla, lo que le interesa es saber si ha salido de ella con bien Absalón. Ajimás, que se había adelantado a llevarle la buena nueva de la victoria, no osa comunicarle que Absalón ha muerto. Un segundo mensajero se lo hace saber, y David hace un gran duelo por ello. Mas, en el triste espectáculo de su decrepitud, la bondad parece ser lo último que conserva David. Nunca, ni cuando Saúl lo perseguía a muerte, se nos había aparecido tan impotente como ahora, incapaz de castigar el crimen de Joab. Más aún: Joab le obliga a hacer de tripas corazón y, olvidando el dolor de padre, celebrar la victoria de rey, con la amenaza de que si no se muestra ante los soldados para compartir con ellos la alegría del triunfo, todos le abandonarán (19,6-9).
Tristemente vencedor, David ve volver a él, pidiéndole perdón, a cuantos le habían traicionado, atacado o insultado. A todos perdona, los restablece en sus cargos y bienes. En impresionante contraste con esta amnistía general después de la guerra civil, según 1 Re 2, da David antes de morir unas terribles instrucciones a Salomón, y le encomienda matar a cuantos antes había perdonado. En realidad, según los mejores estudios recientes, se trata de una interpolación posterior. La primitiva historia de la sucesión de David dejaba bien claro que Salomón se había afirmado en el trono gracias a una purga implacable de enemigos políticos; un redactor posterior prosalomónico habría añadido el testamento de David para atribuirle la responsabilidad moral y convertir la crueldad de Salomón en piedad filial y habilidad política.
Mientras David llora por su hijo muerto, el ejército vencedor no se atreve a celebrar el triunfo y entra en la ciudad «a escondidas, como se esconden abochornados los soldados cuando han huido del combate» (19,4). Como dice Valerio Máximo la más vergonzosa de las victorias es la obtenida en una guerra civil (H. Raguer).
2. Sal 85. El salmo pone en labios de David una súplica muy sentida a Dios para que le ayude en este momento de dolor: «Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado».
El buen corazón de David nos recuerda la inmensidad del amor de Dios, que se nos ha manifestado ya en el AT y de modo más pleno en Cristo Jesús, siempre dispuesto a perdonar. Como David no quería la muerte del hijo, por rebelde que fuera, así Dios nos dice: «yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva», y Cristo nos retrata el corazón de Dios describiéndolo como un pastor que se alegra inmensamente cuando encuentra a la oveja descarriada o un padre que celebra una gran fiesta por la vuelta del hijo pródigo.
¿Tenemos nosotros un corazón así? ¿sabemos perdonar a los que nos ofenden (o creemos que nos ofenden), o incluso nos persiguen? ¿cuánto tiempo dura el rencor en nuestro corazón?-La insurrección de Absalón condujo a la victoria de David. La página leída ayer nos mostró al rey David acosado por su hijo y por sus enemigos: era el momento del fracaso duro. Hoy es el momento de la victoria: el rebelde es vencido, David podrá entrar en su capital, Jerusalén. Meditemos primero sobre ese hecho; el fracaso, la debilidad no contrarrestan el plan de Dios. Dios puede lograr su fin, incluso sirviéndose de apariencias contrarias. Toda la historia de la salvación es buena prueba de ello. Medito sobre mis propios fracasos. Trato de comprenderlos a la luz del misterio de la cruz. «Nosotros predicamos un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles... Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad divina, más fuerte que la fortaleza de los hombres... Lo débil del mundo es lo que Dios ha escogido, para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios...» (1 Cor 1,22-29). Pablo también pedía a Dios, como nosotros, como David ser liberado de sus debilidades: «El Señor me declaró, "mi gracia te basta"... "porque mi poder se muestra perfecto en la flaqueza"». (II Cor 12,9-10).
Tu, Señor, eres bueno e indulgente, rico en amor con los que te invocan; Yahweh, presta oído a mi plegaria, atiende a la voz de mi súplica. Nosotros no tenemos mérito alguno para llegar ante Dios exigentes ante lo que queramos pedirle, conforme a nuestras necesidades. Sólo su amor, lleno de misericordia, le hace inclinarse ante nosotros para compadecerse de nosotros, perdonarnos y levantarnos de nuestras miserias. Por eso cuando lo invocamos no damos como razones, para ser escuchados, nuestras buenas obras, pues toda bondad procede de Dios. Llegamos ante Él, humildes y confiados en que no nos tratará conforme a nuestros pecados, sino conforme a su infinita misericordia. Y Dios siempre será bondadoso con nosotros, pues nos tiene como hijos suyos por nuestra fe y nuestra comunión de vida con su Hijo, Cristo Jesús.
3. Hoy se nos cuentan dos milagros de Jesús intercalados el uno en el otro: cuando va camino de la casa de Jairo a sanar a su hija -que mientras tanto ya ha muerto- cura a la mujer que padece flujos de sangre. Son dos escenas muy expresivas del poder salvador de Jesús. Ha llegado el Reino prometido. Está ya actuando la fuerza de Dios, que a la vez se encuentra con la fe que tienen estas personas en Jesús. El jefe de la sinagoga le pide que cure a su hija. En efecto, la cogió de la mano y la resucitó, ante el asombro de todos. La escena termina con un detalle bien humano: «y les dijo que dieran de comer a la niña».
La mujer enferma no se atreve a pedir: se acerca disimuladamente y le toca el borde del manto. Jesús «notó que había salido fuerza de él» y luego dirigió unas palabras amables a la mujer a la que acababa de curar.
En las dos ocasiones Jesús apela a la fe, no quiere que las curaciones se consideren como algo mágico: «hija, tu fe te ha curado», «no temas, basta que tengas fe».
Jesús, el Señor, sigue curando y resucitando. Como entonces, en tierras de Palestina, sigue enfrentándose ahora con dos realidades importantes: la enfermedad y la muerte.
Lo hace a través de la Iglesia y sus sacramentos. El Catecismo de la Iglesia, inspirándose en esta escena evangélica, presenta los sacramentos «como fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante»: el Bautismo o la Reconciliación o la Unción de enfermos son fuerzas que emanan para nosotros del Señor Resucitado que está presente en ellos a través del ministerio de la Iglesia. Son también acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia y «las obras maestras de Dios en la nueva y eterna Alianza» (CEC 1116).
Todo dependerá de si tenemos fe. La acción salvadora de Cristo está siempre en acto.
Pero no actúa mágica o automáticamente. También a nosotros nos dice: «No temas, basta que tengas fe». Tal vez nos falta esta fe de Jairo o de la mujer enferma para acercarnos a Jesús y pedirle humilde y confiadamente que nos cure.
Ante las dos realidades que tanto nos preocupan, la Iglesia debe anunciar la respuesta positiva de Cristo. La enfermedad, como experiencia de debilidad. y la muerte, como el gran interrogante, tienen en Cristo, no una solución del enigma, pero sí un sentido profundo. Dios nos tiene destinados a la salud y a la vida. Eso se nos ha revelado en Cristo Jesús. Y sigue en pie la promesa de Jesús, sobre todo para los que celebramos su Eucaristía: «El que cree en mi, aunque muera, vivirá; el que me come tiene vida eterna».
Para la pastoral de los sacramentos puede ser útil recordar el proceso de la buena mujer que se acerca a Jesús. Ella, que por padecer flujos de sangre es considerada «impura» y está marginada por la sociedad, sólo quiere una cosa: poder tocar el manto de Jesús. ¿Es una actitud en que mezcla su fe con un poco de superstición? Pero Jesús no la rechaza porque esté mal preparada. Convierte el gesto en un encuentro humano y personal, la atiende a pesar de que todos la consideran «impura» y le concede su curación.
Los sacerdotes, y también los laicos que actúan como equipos animadores de la vida sacramental de la comunidad cristiana, tendrían que aprender esta actitud de Jesús Buen Pastor, que con amable acogida y pedagogía evangelizadora, ayuda a todos a encontrarse con la salvación de Dios, estén o no al principio bien preparados (J. Aldazábal).
*Jesús había regresado con sus discípulos a la orilla occidental del lago de Genezaret, sirviéndose del mismo bote desde el que había predicado a las gentes (5, 1) y con el que había hecho la travesía cuando ocurrió lo de la tempestad calmada (4, 36). Mateo nos dice que el desembarco fue en Cafarnaún, la "ciudad de Jesús" (esto es, la que había elegido como plataforma de su actividad evangelizadora; Mt 9, 1; cfr. 4, 13). Llegó Jesús en barca desde la otra orilla del lago, y mucha gente se reunía a su lado, se quedó cerca del agua, quizá sería el puerto de Carfarnaum, cuando vinieron a verle de todas partes de Galilea. La noticia corre y la multitud adelanta al Señor, que había venido en barca, "se dice que vendrá..." pasarían la voz entre el gentío, e iba llegando un gran número de enfermos. Se comentan en la espera las curaciones milagrosas que ha hecho Jesús a tantos de lugar. Podemos inventarnos la escena con la imaginación: "Confía, que él puede curarte”, va diciendo un amigo al otro, “yo tenía todo el cuerpo cubierto de lepra, y ahora estoy completamente limpio... él puede todo". Una mujer que estaba por allá sentada pregunta discretamente: "¿como lo hizo?" Ella era tímida, y no puede acercarse a Jesús porque tiene una enfermedad de pérdidas de sangre que era considerada una "impureza legal", y estaba prohibido acercarse o tocar a una mujer en estas circunstancias. Ha de idear un plan audaz…
Le dice el leproso que él estaba muy preocupado, y cuando oyó hablar de que Jesús pasaba cerca de la cueva de los leprosos, pensó “iré a él aunque me maten” y así lo hizo: fue a encontrarlo luego que lo vio, y le gritó: “¡Jesús, hijo de David, apiádate de mí...!” y –sigue contando-: “cuál fue mi sorpresa cuando se me acercó, y yo repitiendo: ‘¡Jesús, ven, no te vayas, acuérdate de mí...!' y me miró, y le dije ‘Jesús, si quieres puedes curarme,' y me dijo '¿lo crees?' y yo: ‘Si, tú puedes curarme', y entonces me dijo: 'quiero, ¡queda limpio'. No puedo explicar lo que sentí, noté una sensación nueva en mi cuerpo, de limpio, y me comencé a tocar la cara y estaba como la de un niño, y los ojos, y la boca, y lloré de alegría, y me eché a los pies de Jesús y él se dejaba, y después me dijo: 've, preséntate a los sacerdotes', y he ido corriendo, y ahora vuelvo, para agradecérselo."  
La mujer “mira que mira” y no sabía si se atrevería... fue entonces cuando llegó Jesús, llega la barca, la de Pedro, y la gente va amontonándose porque llega el maestro. Le hacen preguntas: "¿qué debemos hacer por ser buenos?", y él, como siempre, los adoctrina. Habla de la nueva moral: "habéis sentido que debéis volver ojo por ojo y diente por diente, pero yo os digo que no volvéis mal por mal, si te dan una bofetada a la mejilla derecha, pon la izquierda, y si hay quien te pida que hagas un kilómetro, ve con él aún otro más. Si te piden la túnica, déjales también el mantel. Dad a quien os pida, y no os hagáis los sordos, a quienes os pidan un favor. No os preocupáis por la vida, ni vayáis estresados, mirad los pájaros del cielo, mirad los lirios del campo; si se preocupa de ellos Dios, no pensará mucho más en vosotros? Sabe muy bien de lo que tenéis necesidad. Pedís y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. ¿Quién de vosotros, si un hijo le pide pan, le da una piedra? Pues si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuanto más vuestro Padre del cielo se las dará a quien se las pida!” Jesús va hablando del cielo, y del amor a los hombres.
Llega un hombre famoso, el jefe de la sinagoga, y angustiado le dice: "maestro, mi hija se está muriendo, ven a imponerle las manos para que se ponga bien y no se muera", y se pusieron en camino. Entonces, de pronto, la mujer de las pérdidas, que se había quedado pensando en aquello de "quien pide, recibe, quien busca, encuentra”... pensó: “Dios sabe muy bien de qué tengo necesidad", y hace su plan: "si pudiera tocarle la ropa que trae, me pondré buena", y va por detrás y sin pensarlo más, toca la orla del vestido de Jesús. Y tan buen punto lo tocó, se le paró la hemorragia, y así el mal había desaparecido, sintió el cuerpo lleno de vida. Entonces fue cuando el Señor dice: "¿quien me ha tocado?" y ella, llena de vergüenza pero contenta y feliz, responde: “he sido yo, Señor”, y dice Jesús: "tu fe te ha salvado, vete en paz".
Cuenta un misionero en la India que acompañó a una familia de hindúes y les expuso en el copón del sagrario, en adoración eucarística. Uno de los jóvenes se acercó y tocó el copón, mientras él miraba asombrado pero optó –viendo el respeto con que lo hacía- por dejarle hacer. Luego volvió a donde estaban los otros y le preguntó si le podía mostrar la Eucaristía. El sacerdote respondió que era como papel de fumar, muy fino en forma de pan, que no lo entendería. El chico dijo entonces que cuando se acercó le pidió le curara de un tumor, en la cabeza, grande como una fruta, y que al tocarlo se había curado. Efectivamente, se fijó el sacerdote que ya no tenía el bulto, y pensó en la fe que teníamos los católicos en la Eucaristía, y en la que tenía aquel hindú...
Nosotros también podemos tocar Jesús, con los sacramentos, el manto de Cristo son los sacramentos, tocar quiere decir creer. La tímida audacia de la hemorroísa debe servirnos para tocar a Jesús, que está esperándonos en la Misa, y espera que nos acerquemos confiadamente.
Muestran los dos curados de hoy una gran fe. Esa mujer “arranca” su curación de aquel mal que arrastraba tanto tiempo. Un caso imposible fue el de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga. “Mi hija está en las últimas”, y mientras iban le dicen “no molestes al maestro, tu hija ha muerto”. Pero Jesús le dice: «No temas, solamente ten fe» (Mc 5,36). Jesús, contra toda esperanza: “no tengas miedo, basta que creas y ella vivirá”, y luego ante ella manda: “talita cumi”, levántate y anda, y cuando se alzó ante la sorpresa de todos, añade: “dadle de comer, que tiene hambre”. Jesús nos dirá muchas veces: “si tuvierais un poco de fe…”, haríais maravillas. La fe no va sola, va de la mano de la humildad. La hemorroísa cree y es humilde, se acerca por detrás a tocar el vestido de Jesús, nosotros tenemos más que un mantel, y podemos transformarnos en Jesús en la comunión, y Él puede curarnos de todas nuestras debilidades. Porque “Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad” (San Josemaría Escrivá). La Eucaristía edifica la Iglesia (así empieza la Encíclica de Juan Pablo II, “Ecclesia de Eucaristia”). Crece la Iglesia en la participación del memorial de Jesús, hay una influencia causal de la Humanidad Santísima de Je´sus por la Eucaristía, que vivifica a toda persona y todos los que se salvan son por los frutos de la Misa. Ahí nos desligamos de las ataduras de espacio y tiempo y nos trasladamos a la cúspide del calvario.... “Adoro te devote latens deitas”, cantamos a ese amor que juega al escondite, que se oculta, que late bajo estas especies, pero que nos da vida pues sin Él no tiene sentido la vida, sería anodina, sin trascendencia. La presencia del amado es una necesidad de amor: estar juntos, y así buscamos la presencia de Jesús en la Eucaristía, especialmente en la comunión que es cuando se da nuestra incorporación a Cristo, que ya fuer por el bautismo pero ahora se da de un modo sumo. Ahí Jesús nos recibe, nos dice: “mira que estoy a la porta i llamo”... “el que me coma vivirá por mí”. Es un estar con Jesús, y Él con nosotros, para poder exclamar con el Apóstol: “No soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí”.
El valor de la Misa es inmenso, como dice Vandeur: “una sola gota de la Preciosa Sangre contenida en el cáliz podría bastar para obtenernos gracias cuya eficacia ni siquiera podemos sospechar; bastaría para salvar millones de mundos más culpables que el nuestro, y para hacer más santos que cuantos pueda poseer el paraíso”. Y el Cura de Ars: “todas las obras buenas juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Misa es obra de Dios”. La Eucaristía tiene un valor infinito, pero nuestra participación es según las posibilidades, las disposiciones: si vamos con un gran recipiente acogeremos más gracia de Dios, según la capacidad de nuestro corazón; como decía Santo Tomás: “pues en la satisfacción se mira más el afecto del que ofrece que el valor de la oblación -fue el Señor quien dijo de la viuda que echó dos céntimos que ‘había echado más que ninguno-, aunque esta oblación sea suficiente de suyo para satisfacer por toda la pena, se satisface sólo por quienes se ofrece o por quienes la ofrecen en la medida de la devoción que tienen, y no por toda la pena”.
“Cuando participamos de la Eucaristía -dice San Cirilo de Jerusalén- experimentamos la espiritualización deificante del Espíritu Santo, que no sólo nos conforma con Cristo, como sucede en el bautismo, sin que nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús”.
Así como la hemorroísa percibió instantáneamente su curación con ocasión de tocar el borde del manto de Jesús, “gracias a la fuerza que había salido de Él”; así también, los frutos de la santificación que brotan del Cuerpo de Cristo, se nos aplican por medio de acciones litúrgicas. El Espíritu Santo mantiene esa cohesión real entre celebración y dispensación del ministerio. Por esto “se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados”, decía san Josemaría, y añadía: “Cuando yo era niño, no estaba aún extendida la práctica de la comunión frecuente. Recuerdo cómo se disponían para comulgar: había esmero en arreglar bien el alma y el cuerpo. El mejor traje, la cabeza bien peinada, limpio también físicamente el cuerpo, y quizá hasta con un poco de perfume... eran delicadezas propias de enamorados, de almas finas y recias, que saben pagar con amor el Amor”. Antes, al pie del altar para empezar la Misa, decía el sacerdote: “introibo ad altare Dei”, i contestaban: “ad Deum qui lætificat iuventutem meam” (Ps. 42, 4). Es la juventud del amor, del que se participa en la Misa. En estos encuentros con Jesús, hay que no tener prisa para amar! Insertado en medio de la escena de la fe en la resurrección, está la presencia silenciosa de la hemorroísa: "¡Si alcanzara a tocar tan sólo su vestido!" Nosotros también podemos insistir: “Si yo alcanzase a recibir su palabra -la palabra de la Sagrada Escritura, que es la voz del Señor presente en la celebración litúrgica- con un corazón creyente, si yo fuese digno de comulgar su sagrado cuerpo sacrificado!...” Esto deberíamos pensar ahora. ¿Será menor el cuerpo que el vestido? ¡No está la salud más cerca de aquel que forma con el Señor un solo espíritu, una sola vida, un solo cuerpo, que de aquel que le toca únicamente por el exterior?
** El hilo narrativo lo configura el desplazamiento hasta la casa de Jairo, y el episodio le sirve a Marcos para profundizar en el tema de la fe en Jesús. Vemos cómo se reconoce en Jesús la soberanía y majestad. El propio Jesús le invita a tener fe en él. Es un contexto que nos mueve a pensar en nuestra fe, si es suficientemente formada a través de la oración y del estudio, de la formación y de la apertura del alma (Alberto Benito). El Maestro toma consigo únicamente a los tres discípulos que serían también los testigos de su transfiguración (9, 2) y de su agonía en Getsemaní (14, 33).
Al llegar, ve las plañideras que lloran por oficio y que para eso han sido contratadas. Esto explica que se rían después al oír a Jesús que la niña estaba dormida. La resurrección de la niña acontece por el poder de la palabra de Jesús que Marcos ha conservado en original arameo. Jesús se manifiesta como señor de la vida y de la muerte.
Todos los milagros que se refieren a resurrecciones no son más que la proclamación de que en Jesús y por Jesús la vida triunfa sobre la muerte. Si Jesús establece esa ley es para evitar que sus paisanos confundan el sentido de su mesianismo y caigan en falsos triunfalismos (Emiliana Löhr). Jesús quiere decir que para él y para el poder de Dios esta muerte no significa más que un sueño ligero. Así lo dice también hablando de Lázaro: "Nuestro amigo Lázaro está dormido, pero voy a despertarlo" (Jn 11, 11). Son los dos milagros de resurrección: La muerte para Dios no es un poder insuperable. Es delgada la pared que separa la muerte de la vida. Eso la gente no lo entiende, y se burlan neciamente de él. Las cosas tienen un aspecto muy distinto ante la mirada de Dios y ante la experiencia del hombre. Sólo si nos ejercitamos en ver con la mirada de Dios, nos formamos el verdadero concepto. Entonces la muerte también pierde su carácter horripilante.
La escena adquiere tintes de solemnidad: sólo están los tres discípulos que participan de los grandes momentos (transfiguraci6n, Getsemaní); Jesús entra en la casa transmitiendo seguridad y dominio de la situación; el evangelista conserva las palabras en arameo, dándoles, por tanto, un fuerte valor simbólico; Jesús actúa con gran sencillez (habla como si aquello no tuviera importancia: "La niña no está muerta..."; se limita a dar la mano a la niña y a decir una palabra nada retórica...), signo de su fuerza y su poder. Y todo el conjunto se convierte en afirmación de la fuerza salvadora de Jesús que libera al hombre sin ninguna barrera, y llama a la confianza en esta liberación (Josep Lligadas).
La hija de Jairo, aquella niña, que estaba muerta y Jesús le dijo: “niña, levántate y anda”, y resucitó; también nosotros resucitamos cada vez que pedimos perdón, en aquel momento cambiamos la historia, hemos arreglado lo que se había roto, cuando hacemos las paces ya es como si no hubiera pasado. Es bueno que digamos: “Ayúdame Jesús, voy a procurar rezar, y cada día una resurrección, cada día volver a empezar”.
Después del milagro de la "tempestad calmada" y el del "endemoniado liberado"... vamos hoy a oír el relato de otros dos milagros estrechamente imbricados y ligados uno a otro: asistimos a una especie de crescendo, a una progresión en la Fe de los discípulos para quienes son estos gestos... El lector es llevado por san Marcos a creer en el poder de la resurrección de Jesús:
-poder sobre los elementos de la naturaleza (la tempestad en el mar).
-poder sobre los "espíritus inmundos" del hombre pagano (¡en Gerasa!)
-poder sobre la enfermedad (la hemorragia de la mujer)...
-poder sobre la muerte (resurrección de la hijita de Jairo)...
-Una mujer que padecía flujo de sangre (HEMORROISA) desde hacía doce años... vino entre la muchedumbre por detrás, y tocó su vestido... Al punto, se secó la fuente de la sangre, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal...
Por de pronto, podría decir de esto que fue una curación robada: esta mujer busca esconderse, se avergüenza de su enfermedad, que por otra parte la pone en estado de "impureza legal" según la Ley judía (Lv 15,25). En tocar el vestido de Jesús, ha hecho algo prohibido, tabú. Nos cuesta hoy imaginar de qué modo Cristo ha liberado a los hombres de cantidad de miedos ancestrales, transmitidos de generación en generación por los antepasados y por las costumbres y las leyes.¡Señor, libéranos!, ¡libéranos de nuestros miedos!
-La mujer, llena de temor y temblorosa se postró a sus pies...
Sí, es esto, se siente culpable porque ha infringido una Ley del Levítico, una ley de su pueblo.
Constantemente veremos a Jesús tomar en consideración a los marginados, a los rechazados, a los "dejados de lado" por la Ley... o a los que se sienten rechazados por sus semejantes.
Gracias, Señor, por este amor que tú tienes a todos, sin excepción. ¿Cual es mi actitud?
-"¿Quién ha tocado mis vestidos?"... "Hija mía, tu Fe te ha salvado. Vete en paz y seas curada de tu mal." Jesús mismo provocó la confesión. Decididamente quiso que esta mujer que se escondía saliera del anonimato. La obliga a darse a conocer para que entre en relación personal con él. La hace pasar de la creencia mágica, algo elemental, -"si yo toco su vestido..."-, a una fe verdadera -"ella le contó toda la verdad..." La fe es una relación personal con Jesús. Entonces, Jesús "vuelve a darle", por así decir, la curación que había "robado". ¿No tengo yo también, alguna vez, la tentación de situarme delante de Dios, como ante una magia pagana: como uno que quiere aprovecharse de Dios, forzar la mano a Dios, poner la mano sobre El?
-En este momento llegaron de la casa de Jairo para anunciarle: "Tu hija ha muerto. ¿Por qué molestar ya al maestro?" La fe de Jairo, y de los discípulos que viven estos acontecimientos en directo es puesta a prueba por la incredulidad de los que les rodean: "¿Por qué molestar...?" Sí, lo que Jairo pedía, está ya fuera de lugar. Su hijita no está solo enferma sino muerta: Será necesario que la Fe dé un salto suplementario a lo desconocido.
-"¡No temas! ¡Ten solo Fe!"... La niña no ha muerto, duerme. Jesús mismo viene en ayuda de su Fe. Pero la incredulidad continúa alrededor de Jesús: "todos se burlaban de El" cuando dijo que dormía. Por otra parte, esta fórmula no puede comprenderse en toda su profundidad sino después de la resurrección de Jesús. Sí, con Cristo, la muerte ya no es totalmente muerte, es un sueño antes de un despertar (Noel Quesson).
Hoy el Evangelio nos presenta dos milagros de Jesús que nos hablan de la fe de dos personas bien distintas. Tanto Jairo —uno de los jefes de la sinagoga— como aquella mujer enferma muestran una gran fe: Jairo está seguro de que Jesús puede curar a su hija, mientras que aquella buena mujer confía en que un mínimo de contacto con la ropa de Jesús será suficiente para liberarla de una enfermedad muy grave. Y Jesús, porque son personas de fe, les concede el favor que habían ido a buscar.
La primera fue ella, aquella que pensaba que no era digna de que Jesús le dedicara tiempo, la que no se atrevía a molestar al Maestro ni a aquellos judíos tan influyentes. Sin hacer ruido, se acerca y, tocando la borla del manto de Jesús, “arranca” su curación y ella enseguida lo nota en su cuerpo. Pero Jesús, que sabe lo que ha pasado, no la quiere dejar marchar sin dirigirle unas palabras: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5,34).
A Jairo, Jesús le pide una fe todavía más grande. Como ya Dios había hecho con Abraham en el Antiguo Testamento, pedirá una fe contra toda esperanza, la fe de las cosas imposibles. Le comunicaron a Jairo la terrible noticia de que su hijita acababa de morir. Nos podemos imaginar el gran dolor que le invadiría en aquel momento, y quizá la tentación de la desesperación. Y Jesús, que lo había oído, le dice: «No temas, solamente ten fe» (Mc 5,36). Y como aquellos patriarcas antiguos, creyendo contra toda esperanza, vio cómo Jesús devolvía la vida a su amada hija (Francesc Perarnau Cañellas).
Dos grandes lecciones de fe para nosotros. Desde las páginas del Evangelio, Jairo y la mujer que sufría hemorragias, juntamente con tantos otros, nos hablan de la necesidad de tener una fe inconmovible. Podemos hacer nuestra aquella bonita exclamación evangélica: «Creo, Señor, ayuda mi incredulidad» (Mc 9,24).
San Ambrosio (hacia 340-397) obispo de Milán, doctor de la Iglesia, en el Tratado sobre Lc (6,58-61; SC 45, pag. 249) dice: ““¡A ti te lo digo, levántate!” Antes de resucitar a un muerto, para suscitar la fe de la gente, Jesús comienza por curar a la mujer aquejada de flujo de sangre. Este flujo cesa para nuestra instrucción: cuando Jesús se acerca a la mujer, ésta ya queda curada. Lo mismo, para creer en nuestra vida eterna celebramos la resurrección temporal del Señor que siguió a su pasión...
Los criados de Jairo que le dicen “no molestes al Maestro”, no creen en la resurrección anunciada en la Ley y realizada en el evangelio. Así, Jesús lleva consigo a poco testigos de la resurrección que va a realizar: en un principio no ha sido la multitud que ha creído en la resurrección. La gente se mofaba de Jesús cuando declara: “La niña no está muerta, duerme.” Los que no creen se mofan. Que lloren, pues, a sus muertos los que creen que están muertos. Cuando se cree en la resurrección, no se ve en la muerte un final sino un descanso...
Y Jesús, tomando a la niña de la mano, la cura; luego les dice que le den de comer. Es un testimonio de la vida para que nadie se crea que es cuestión de una ilusión sino que es la realidad. ¡Feliz la niña a quien la Sabiduría toma de la mano! ¡Quiera Dios que nos tome también de la mano en nuestras acciones. ¡Que la Justicia lleve mi mano; que el Verbo de Dios la tenga, que me introduzca en su intimidad y aparta mi espíritu de todo error y me salve! ¡Que me dé de comer el pan del cielo, el Verbo de Dios. Esta Sabiduría que ha puesto sobre el altar los alimentos del cuerpo y de la sangre del Hijo de Dios ha declarado: “Venid a comer de mi pan, bebed del vino que he mezclado!” (Pr 9,5)”.
Comuniones espirituales. El Evangelio de la Misa (Mc, 5,21-43) nos relata la curación de una mujer que había gastado toda su fortuna en médicos sin éxito alguno: solamente alargó la mano y tocó el borde del manto de Jesús, y quedó curada. También nosotros necesitamos cada día el contacto con Cristo, porque es mucha nuestra debilidad y muchas nuestras debilidades. Y al recibirlo en la Comunión sacramental se realiza este encuentro con Él: un torrente de gracia nos inunda de alegría, nos da la firmeza de seguir adelante, y causa el asombro de los ángeles. La amistad creciente con Cristo nos impulsa a desear que llegue el momento de la Comunión, para unirnos íntimamente con Él. Le buscamos con la diligencia de la mujer enferma del Evangelio, con todos los medios a nuestro alcance, especialmente con el empeño por apartar todo pecado venial deliberado y toda falta consciente de amor a Dios.
El vivo deseo de comulgar, señal de fe y de amor, nos conducirá a realizar muchas comuniones espirituales. Durante el día, en medio del trabajo o de la calle, en cualquier ocupación. Prolongan los frutos de la Comunión eucarística, prepara la siguiente y nos ayuda a desagraviar al Señor. Es posible hacerlo a cualquier hora porque consiste en una acto de amor. Podemos decir: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos. Acudamos hoy a nuestro Ángel Custodio para que nos recuerde frecuentemente la presencia cercana de Cristo en los sagrarios, y que nos consiga gracias abundantes para que cada día sean mayores nuestros deseos de recibir a Jesús, y mayor nuestro amor, de modo particular en esos minutos en los que permanece sacramentalmente en nuestro corazón.
Por nuestra parte, debemos esforzarnos en acercarnos a Cristo con la fe de aquella mujer, con su humildad, con aquellos deseos de querer sanar de los males que nos aquejan. La Comunión no es un premio a la virtud, son alimento para los débiles y necesitados; para nosotros. La Iglesia nos pide apartar la rutina, la tibieza y la Confesión frecuente, y que no comulguemos jamás con sombra alguna de pecado grave. Ante las faltas leves, el Señor nos pide el arrepentimiento y el deseo de evitarlas. Asimismo, el amor nos llevará a expresar a nuestra gratitud al Jesús después de la Comunión por haberse dignado venir a nuestro corazón. Nuestro Ángel nos ayudará a expresarle esa gratitud (Francisco Fernández Carvajal).
 
 
 

Tiempo ordinario, IV semana, lunes: David huye y está humillado, pero tiene fe, hace el camino de Getsemaní que hará Jesús, a quien vemos hoy sufrir e

Tiempo ordinario, IV semana, lunes: David huye y está humillado, pero tiene fe, hace el camino de Getsemaní que hará Jesús, a quien vemos hoy sufrir el rechazo por perderse los puercos, pero él prioriza la salud del endemoniado, que le muestra gratitud
 
Samuel 15,13-14.30;16,5-13a. En aquellos dias, uno llevó esta noticia a David: «Los israelitas se han puesto de parte de Absalón.» Entonces David dijo a los cortesanos que estaban con él en Jerusalén: «¡Ea, huyamos! Que, si se presenta Absalón, no nos dejará escapar. Salgamos a toda prisa, no sea que él se adelante, nos alcance y precipite la ruina sobre nosotros, y pase a cuchillo la población.» David subió la cuesta de los Olivos; la subió llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos. Y todos sus compañeros llevaban cubierta la cabeza, y subian llorando. Al llegar el rey David a Bajurin, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, insultándolo según venia. Y empezó a tirar piedras a David y a sus cortesanos toda la gente y los militares iban a derecha e izquierda del rey , y le maldecía: «¡Vete, vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino.» Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: «Ese perro muerto ¿se pone a maldecir a mi señor? i Déjame ir allá, y le corto la cabeza! » Pero el rey dijo: «¡No os metáis en mis asuntos, hijos de Seruyá! Déjale que maldiga, que, si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas?» Luego dijo David a Abisay y a todos sus cortesanos: «Ya veis. Un hijo mio, salido de mis entrafías, intenta matarme, ¡y os extraña ese benjaminita! DejadIo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizá el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy.» David y los suyos siguieron su camino.
 
Salmo 3,2-3.4-5.6-7. R. Levántate, Señor, sálvame.
Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí; cuántos dicen de mí: «Ya no lo protege Dios.»
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. Si grito, invocando al Señor, él me escucha desde su monte santo.
Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene. No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor.
 
Evangelio según san Marcos 5,1-20. En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante Él y gritó con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes». Es que Él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región.
Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos». Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término.
Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con Él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti». Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.
 
Comentario: 1. 2S 15.13-14.30.16,5-13a. La historia de David se ensombrece. En el reino del Norte le siguen considerando un «usurpador» en contra de la familia de Saúl. Su propio hijo Absalón -quizá por haberse visto postergado por Salomón, el hijo de Betsabé-, se rebela contra su padre y se hace coronar rey, siguiéndole gran parte del pueblo. La escena es dramática. David descalzo, la cabeza cubierta, subiendo entre lágrimas por la cuesta de los Olivos, huyendo de su hijo para evitar más derramamiento de sangre. Soportando humildemente las maldiciones de Semeí, uno de los seguidores de la dinastía de Saúl, que aprovecha la ocasión para desahogarse y soltar en cara a David todos los agravios que lleva archivados contra él. Estos libros históricos interpretan siempre las desgracias y fracasos como consecuencia del pecado. Los fallos se pagan pronto o tarde. Ahora David se siente rodeado de enemigos -como expresa el salmo- pero él a su vez había sido protagonista activo de intrigas y violencias en años anteriores. El libro no ahorra, al hablar de grandes hombres como David, el relato de sus debilidades.
La patética figura de David nos recuerda, precisamente en el Huerto de los Olivos, la de Jesús en los momentos dramáticos de su crisis ante la muerte. También él con lágrimas, abatimiento y sudor de sangre, tuvo que soportar el abandono o incluso la traición o la negación de los suyos. Esta vez con absoluta injusticia, porque en él sí que no había habido engaño ni malicia. Podemos vernos interpelados también nosotros. ¿Sabemos reconocer nuestras debilidades y culpas, aceptando humildemente las críticas que nos puedan venir, aunque nos duelan? Nuestras pequeñas o grandes ambiciones, ¿no nos han llevado alguna vez a injusticias y hasta violencias, pasando por encima de los derechos de los demás? No habremos matado a nadie, pero sí tal vez hemos despreciado a otros, o utilizado medios inconfesables para conseguir algo. Y puede ser que alguna vez tengamos que pagar las consecuencias. Sería bueno que hiciéramos con frecuencia una valiente autocrítica de nuestras actuaciones. Cuando hacemos examen de conciencia y sobre todo cuando celebramos el sacramento de la Reconciliación. Entonces no nos extrañaríamos que otros también se hayan dado cuenta de nuestros fallos y nos lo hagan notar. La grandeza de una persona, como aquí la de David, se ve sobre todo en el modo de reaccionar ante las adversidades y la contradicción. Lo que nunca hemos de perder es la confianza en Dios y la ilusión por el futuro. También a través de los fracasos humanos, y del pecado, sigue escribiendo Dios su historia de salvación y nos va ayudando a madurar.
-David huye ante su hijo Absalón. Hemos meditado la «profecía de Natán» que prometía la estabilidad a la dinastía de David hasta el final de los tiempos. De hecho veremos las intrigas, las bajezas, los homicidios. El trono real es una presa. Absalón dará muerte a su hermano Amnón, el primogénito de David por haber violado a su hermana. Un oficial de David dará muerte a Absalón, segundo hijo del rey. Adonías, el tercero que pretende la sucesión será ejecutado por orden de Salomón. Triste y sangrienta historia. Hoy se nos relata la historia de la «huida» de David. David ha envejecido: su hijo Absalón quiere arrebatarle la corona. El "conflicto entre generaciones" no es de hoy. El enfrentamiento entre los hijos mayores y sus padres es cosa de siempre. Te ruego, Señor, que, en los conflictos existentes en nuestras familias, tu perdón, tu reconciliación, puedan triunfar finalmente.
-David subía la cuesta de los olivos llorando, con la cabeza cubierta y los pies desnudos y todo el pueblo que le acompañaba llevaba la cabeza cubierta y subía llorando. Para huir de Jerusalén, David cruza el valle del Cedrón, llega al Huerto de los Olivos y sube a la colina de los olivos. Mil años después, precisamente en este mismo lugar, irá a refugiarse Jesús, huyendo también del odio. Misterio del sufrimiento humano. Misterio de los padres que sufren por sus hijos. Misterio de todos los sufrimientos que nos infligimos los unos a los otros. Misterio del hombre, víctima de otro hombre. Jesús no ha querido eximirse del dolor. Ha cargado con todo el sufrimiento humano... para transformarlo en esperanza de resurrección.
-Un hombre de la familia de Saúl, llamado Semei, salió maldiciendo a David y tirándole piedras. En la desgracia, vuelven a salir todos los antiguos rencores.
-Dejadle que me maldiga, si el Señor se lo ha mandado... Acaso el Señor mire mi aflicción y me devuelva el bien por esta maldición. Reconocemos aquí la grandeza de alma de David. Aceptó la humillación de la huida, para evitar que el conflicto con su hijo fuera sangriento... Ahora acepta la humillación de las injurias de uno de sus enemigos... Y se encomienda a Dios. En ese mismo lugar, recibirá Jesús el beso de Judas, la bofetada del servidor del sumo sacerdote, los latigazos de la flagelación... será abandonado de sus amigos... recibirá las maldiciones de sus enemigos. Al igual que David, Jesús pondrá su confianza en Dios, y perdonará a los que le hacen daño: "Perdónales, no saben lo que hacen". A la escalada de la violencia, David contrapone la misericordia, fruto de su experiencia de la misericordia de Dios con él. El destino trágico de David, frente a sus propios hijos, le lleva a comprender mejor la actitud de Dios con nosotros: El nos perdonó, ahora nos toca perdonar a nosotros (Noel Quesson).
No cuesta mucho mostrarse brillante en medio de la prosperidad o en los momentos de triunfo. La verdadera grandeza de un hombre se revela cuando es capaz de soportar con dignidad la pobreza o el fracaso. Por eso la grandeza del rey David nunca resplandece tanto como en esos momentos de su máxima humillación, cuando su hijo Absalón se ha hecho proclamar rey en Hebrón y la mayoría del pueblo le sigue. Para no caer en manos de su hijo, David ha de huir de Jerusalén. Abandonado de los suyos, sólo le acompañan los soldados mercenarios. El autor sagrado describe morosamente el itinerario del rey anciano, bajando por el torrente de Cedrón y subiendo por la montaña de los Olivos; itinerario doloroso que nos sugiere el que hará en sentido inverso el Hijo de David, Jesús, abandonado también de todos, antes de ser condenado y crucificado. En los inicios de su carrera, David había tenido que huir también al desierto, perseguido por Saúl, pero la juventud le permitía soportarlo todo, tenía toda una vida por delante, estaba seguro del favor de Dios y veía a cada momento cómo aumentaba el número de los simpatizantes que dejaban el partido de Saúl y se integraban al suyo. Ahora, viejo, gusta aquella amarga experiencia que había tenido que saborear Saúl de ver el vacío en su entorno, incluyendo a sus amigos y a su propio hijo. Pero mientras Saúl reaccionaba con desesperados golpes de ciego, como los intentos de matar a David y la liquidación de los sacerdotes de Nob, David se pone del todo en manos del Señor. No quiere que el arca lo siga al exilio, sino que manda al sacerdote Abiatar que la devuelva a la ciudad, seguro de que, si Yahvé quiere, le hará volver en paz, y, en caso contrario, "haga de mí lo que le parezca bien" (15,26). Traicionado por Ajitófel, de quien teme la ayuda que con su habilidad política pueda dar a Absalón, no desea que muera, sino que ora tan sólo porque fracasen sus consejos, y Dios oirá esa plegaria (17,14). Meribaal nieto de Saúl, tan generosamente tratado por David, se ha pasado también a Absalón. Un hombre de la familia de Saúl, Semeí, sigue a la caravana de fugitivos insultando y apedreando a David, mas éste no permite que ninguno se vuelva, antes ve ahí la mano de Dios, diciendo: "Un hijo mío, salido de mis entrañas, trata de matarme, ¡y os extraña ese benjaminita!" (16,11).
Dios recompensa esta fe generosa de David haciendo que todo acabe bien para él. De las tres únicas veces en que el autor de esta historia de la sucesión de David hace mención explícita de la intervención de Yahvé, la primera es cuando desaprueba el pecado de David, la segunda cuando, al nacer Salomón, dice que le «amó Yahvé» (12,24), y esa predilección es la clave para entender que llegue a reinar, con preferencia a otros hermanos que tenían más derechos que él. La tercera es ésta: "Es que el Señor había determinado hacer fracasar el plan de Ajitófel, que era el bueno, para acarrearle la ruina a Absalón" (17,14; H. Raguer).
2. Es el salmo de la huida de David, de palacio y de la ciudad santa a causa de la rebelión de su hijo Absalom. Se queja a Dios de sus enemigos, no obstante, confía en Dios como en su protector poderoso. Recuerda la satisfacción que obtenía en las favorables respuestas que Dios daba a sus oraciones, así como su experiencia de la bondad de Dios hacia él. Triunfa sobre sus temores y sobre sus enemigos.
Estaba en gran peligro; el complot era fuerte, formidable el partido de sus enemigos, y a la cabeza de ellos su propio hijo, de forma que su situación parecía extrema; pero fue entonces cuando se asió del poder de Dios. Los sustos y los peligros nos habrían de conducir a Dios, en lugar de alejamos de El. Era provocado por aquellos de quienes tenía motivos para esperar mejores cosas: por su hijo, con quien había sido indulgente, y por sus súbditos, a quienes había colmado de beneficios. Padecía por su pecado en el asunto de Urías, pues éste era el mal por el que Dios le había amenazado con la rebelión de su misma casa (2 S. 12:11); pero no por eso perdió su confianza en el poder y en la bondad de Dios, ni desesperó de obtener su socorro. Incluso nuestro pesar por el pecado no ha de estorbar ni nuestro gozo ni nuestra esperanza en Dios. Parecía una cobardía huir delante de Absalom y abandonar la ciudad santa antes de haber librado una sola batalla; sin embargo, por lo que vemos en este salmo, estaba lleno de santa valentía, surgida de su fe en Dios. En estos tres versículos apela a Dios. ¿A quién sino a Él deberíamos acudir cuando algo nos apena o nos asusta? David acude a Dios:
Con una profesión de su dependencia de Dios (v. 3). cuando sus enemigos dicen: «No hay para él salvación en Dios» (v. 2), él clama con tanto mayor seguridad (v. 3): «Mas tú, Yahweh, eres escudo alrededor de mí para defenderme, ya que mis enemigos me rodean por todas partes; tú eres mi gloria y el que levanta mi cabeza.» Sí, en el peor de los casos, los hijos de Dios pueden levantar con gozo la cabeza, sabiendo que todo cooperará para su bien, reconocerán que es Dios quien les levanta la cabeza, dándoles motivo para regocijarse y corazón para regocijarse.
David se ha asido de su Dios ante la oposición sañuda de los que se sublevaban contra él, y había ganado valor y confianza para mirar hacia arriba cuando, mirando en tomo suyo, todo servía para causarle desánimo. Ahora mira hacia atrás con agradables reflexiones, y hacia delante con agradable expectación de un feliz resultado al que había de dar paso en breve la oscura situación en la que al presente se hallaba.
David había sido ejercitado en muchas dificultades, se había visto con frecuencia oprimido y en grave aprieto; pero siempre había hallado en Dios al Todo-suficiente.
Sus apuros le habían puesto siempre de rodillas y, en medio de todos sus peligros y dificultades, había podido prestar a Dios su reconocimiento y levantar a él el corazón y la voz (v. 4): «Con mi voz clamé a Yahweh.»
Siempre había hallado a Dios dispuesto a responder a su oración: «Y Él me respondió desde su monte santo», el monte santificado por la presencia del arca, de sobre la cual solía responder a quienes le buscaban. Cristo ha de ser entronizado Rey sobre Sión, el monte santo de Dios (2:6) y mediante tal Intercesor, al que el Padre escucha siempre, son escuchadas nuestras oraciones.  
David se había encontrado siempre a salvo bajo la protección divina (v. 5): «Yo me acosté y dormí, tranquilo y seguro, y desperté con nuevas fuerzas, porque Yahweh me sostenía.» (a) Esto es aplicable a las bendiciones ordinarias de cada noche, de lo que habríamos de dar gracias, tanto en privado como en familia, cada mañana. (b) Pero aquí parece referirse a la maravillosa calma y seguridad del ánimo de David en medio de sus peligros. Habiendo encomendado, en oración, su persona y su causa a Dios, y estando seguro de su protección, su corazón estaba tranquilo y en paz.
Dios había quebrantado con frecuencia el poder y la maldad de los enemigos de David, dejándolos confusos («heridos en la mejilla») y sin poder («con los dientes quebrantados»), v. 7.
Sus temores estaban silenciados (v. 6): «No temeré a diez millares de gente, ya sea de invasión extranjera o de sublevación intestina, que pongan sitio contra mí, acampando en derredor de mí.» Cuando David huía de Absalom, le pidió a Sadoc que volviese el arca de Dios a la ciudad y, dudando del resultado de la contienda, concluyó en actitud de humilde penitente: «Aquí estoy; haga de mí lo que bien le parezca» (2 S.15:26). Pero ahora, en actitud de firme creyente, habla confiadamente y sin temor acerca del resultado.
Sus oraciones rebosaban ánimo y aliento (v. 7). Creía en Dios como en su Salvador, aun cuando oraba con urgencia: «Levántate, Yahweh; sálvame, Dios mío.»
Su fe salió triunfante. Comenzó el salmo quejándose de la fuerza y malicia de sus enemigos, pero lo concluye gozándose en el poder y la gracia de su Dios, pues ve que los que están con él son más que los que están contra él. Basa aquí su confianza en dos grandes verdades: (a) «La salvación es de Yahweh» (v. 37:39; Jon. 2:9; Ap. 7:10; 19:1). Él tiene poder para salvar, por muy grande que sea el peligro en que nos hallemos. (b) «Tu bendición sobre tu pueblo» (lit.). No sólo tiene Dios poder para salvarles, sino también para asegurarles su gracia y sus bendiciones; de ello podemos estar seguros, aunque no sean visibles los efectos de tales bendiciones.
3.- Mc 5,1-20 (ver paralelos: Mt 8,28-34 y Lc 8,26-39). * La imagen de dos mil puercos precipitándose monte abajo es sorprendente, no sabemos si le piden a Jesús que se marche por la perplejidad de la obra buena (recuperar el juicio y la vida de una persona que daban por perdida), y el desastre de los animales perdidos. Estamos dentro de la ambigüedad de los porqueros, que hacen una actividad pecaminosa: los rituales judíos prohíben comer cerdo, seguramente por la extensión de la triquinosis, difícil de controlar en ciertos climas, y mortal. Por eso, la explotación de esos animales es impura, pecado para los judíos. Socialmente, los porqueros eran pecadores. En este sentido, la liberación de los demonios puede dar un sentido simbólico a los puercos, como decía S. Tomás en relación con el hijo pródigo: el pecado abarca los dominios de la voluntad, la ofensa se ve por el abandono del Padre pero también en el agravio a su persona que es el dedicarse a guardar puercos. Lo acerca a ese estado animal cuando se hace bajo la vista y apetece lo que es tierra, haciéndose él mismo tierra, tal es la pérdida de aquella herencia que reciben los hijos de Dios, reflejada en la parábola (Enarr. in ps. 18, 2, 13: PL 36, 163).
El desconcierto ahí descrito podemos sentirlo cuando estamos aferrados a lo nuestro, y lo perdemos. Por ejemplo, el campesino siente algo de esto cuando pierde una cosecha (ahora la tienen asegurada muchas veces), o el accionista cuando sus acciones caen de valor. Jesús prioriza las personas, como nosotros hemos de ocuparnos del hambre en el tercer mundo y tantas guerras injustas. Helder Cámara decía: «El egoísmo es la fuente más infalible de infelicidad para uno mismo y para los que le rodean».
** Pero de entre diversos aspectos que resaltan en este milagro, nos fijaremos en el contrapunto de la curación: la contradicción a la que Jesús es sometido, el desprecio por el que le piden –con cierto miedo- que se vaya. En muchos lugares del Evangelio veremos las dificultades a las que se enfrenta Jesús (en Mt. 8, 23 se ve la tempestad, imagen de tantas contrariedades). Se nos dirá en otro lugar: “carísimos, cuando Dios os pruebe con el fuego de la tribulación, no os extrañéis, como si os aconteciese una cosa muy extraordinaria” (1 Pet. 4, 12); “si el mundo os aborrece, sabed que antes me aborreció a mí” (Jn. 15, 18). Desde la persecución de Herodes, el mal amenaza a Jesús, y Él confía siempre en el Señor: “Ad te, Domine, levavi animam meam” (Ps 24, 1): “a ti, Señor, he elevado mi alma”. Veremos intrigas y calumnias incomprensibles, lágrimas pero no dejan de acompañarle la alegría y la paz de hacer la voluntad de Dios. De alguna manera seguir a Jesús es también acoger la cruz, y esas reacciones en contra. A lo largo de la historia, en las tormentas los cristianos acuden muchas veces a Jesús: “¡Maestro, que perecemos!”, pero aferrados a Jesús y a su cruz, como decía S. Cipriano: “Ésta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios: éstos, en la adversidad, se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud, sino que nos afianzan en ella”.
Además, “si no hay dificultades, las tareas no tienen gracia humana..., ni sobrenatural. —Si, al clavar un clavo en la pared, no encuentras oposición, ¿qué podrás colgar ahí?”, decía San Josemaría Escrivá; los obstáculos son providencia de Dios, para fortalecer a unos, y para santificar a todos: “Pero no olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que El permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios”. Algunas veces se levantan voces en contra, a nuestro alrededor o dentro de nosotros. Y Dios guarda silencio; y la presión del ambiente es fuerte… pero hay que ver el aspecto positivo de las cosas. Lo que parece más tremendo no es tan negro, no es tan oscuro. Si se puntualiza, si se concretan puntos para mejorar, no se llega a conclusiones pesimistas. Como un buen médico no dice, al ver a un paciente, que todo él está podrido, hay que tener confianza en las personas, y en la providencia divina, que de todo saca bien, que al final pone las cosas en su sitio, que al final la verdad se abre paso... Es confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente: Nada te turbe / Nada te espante /Todo se pasa / Dios no se muda /La paciencia todo lo alcanza / quien a Dios tiene / Nada le falta / Sólo Dios basta”.
La maledicencia de algunos, los chismes y diretes, son parte de esa cruz que es la señal del cristiano: “Así esculpe Jesús las almas de los suyos, sin dejar de darles interiormente serenidad y gozo, porque entienden muy bien que -con cien mentiras juntas- los demonios no son capaces de hacer una verdad: y graba en sus vidas el convencimiento de que sólo se encontrarán cómodos, cuando se decidan a no serlo.” S. Gregorio decía: “la hostilidad de los perversos suena como alabanza para nuestra vida, porque demuestra que tenemos al menos algo de rectitud en cuanto que resultamos molestos a los que no aman a Dios: nadie puede resultar grato a Dios y a los enemigos de Dios al mismo tiempo”. El desarrollo de la Iglesia se ha fundamentado en tantas contrariedades: “la sangre de los mártires es semilla de los cristianos”, se decía. Como en el trigo, los golpes que lo esparcen a los cuatro vientos supone no una pérdida, sino llegar a sitios más lejanos.
*** Dentro del ambiente de desagradecimiento, vemos la alegría del que había sido poseído, que muestra gratitud hacia el Señor. En todas las curaciones de alma y cuerpo, la alegría de bien hecho es mucho más fuerte que el mal, envidias y rencores. El que ha sido curado es agradecido. Quiere seguir a Jesús, quien le indica lo que hace unos días vimos que le decía también al que curó de la parálisis: “vete a tu casa”. Jesús no “explota” su ascendencia sobre quien le “debe un favor”, hoy se está viendo como muchas relaciones humanas se dejan llevar por el “chantaje emocional”, al sentirse acogido uno puede quedarse ahí: se ve amado, se encuentra a gusto, y se queda. Puede ser –como en toda conversión- un signo de cómo Dios actúa a través de las circunstancias, cómo se nos quiere, o un favor que se nos hace puede ser una pista divina de que “la cosa va por ahí”. Por eso en algunos casos siguen a Jesús en el camino, como Bartimeo, el ciego de Jericó. Pero en otros casos no es así. Esto nos sugiere cómo hemos de ayudar a cada uno a encontrar su camino, sin aprovecharnos de esas circunstancias como son el afecto que la gente nos tiene por lo que le hemos ayudado, es decir no caer en el servilismo que es chantaje emotivo, que denota debilidad e inseguridad en quien lo practica y servidumbre en quien lo padece. Porque vemos cómo se usan los sentimientos como arma: “no me esperaba esto de ti, con lo mucho que he hecho por ti…”, la negación a aceptar las exigencias del otro se califica de traición a la amistad o el cariño. De una forma inconsciente o voluntaria, se presiona a otras personas, víctimas del chantaje emocional, para que actúen, digan o piensen de una determinada manera, aunque vaya en contra de sus principios. Esto puede ocurrir en toda relación: familiar, eclesial, de amistad, profesional… (quizá en la cultura de “la tienda” se toma aprecio a un dependiente, a quien se confían cosas de más confianza, y se le hace notar que es “casi de la familia”, pero no se le recompensa con una relación laboral justa: salarial, o las horas de trabajo que se extienden sin motivo justo, por esa presión psicológica de no faltar a la confianza. Por eso, donde no hay una relación laboral clara hay una especie de “mafia”, basada en medias promesas y chantaje de este tipo). Cuando una persona se convierte a Dios hay que ayudarla a discernir también en sus pasos, para que no se sienta obligada a unirse al medio por el que ha encontrado a Dios: en un caso será así, en otro no… es sorprendente la libertad de Jesús: “vete a tu casa”. A unos el Señor le pide un seguimiento que implica dejarlo todo, pero en muchos casos el consejo es: “Vete a casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.” Es un volver a lo de antes, pero con una luz nueva, la luz de la fe que hace ver las cosas como las ve Dios. Hace días tuvimos una Misa por un difunto, y la viuda me comentó después: “quisiera ver las cosas como lo ha dicho usted (es decir, como la Iglesia nos enseña), le he pedido a Dios ver todo así, como la fe nos dice”. En vez de debilitar las cosas humanas, la fe nos da más amor, una razón renovada para hacer todo.
Es pintoresco y sorprendente el episodio que hoy nos cuenta Marcos, con el endemoniado de Gerasa. Se acumulan los detalles que simbolizan el poder del mal: en tierra extranjera, un enfermo poseído por el demonio, que habita entre tumbas, y el destino de la legión de demonios a los cerdos, los animales inmundos por excelencia para los judíos. Seguramente quiere subrayar que Jesús es el dominador del mal o del maligno. En su primer encuentro con paganos -abandona la tierra propia y se aventura al extranjero en una actitud misionera- Jesús libera al hombre de sus males corporales y anímicos. Parece menos importante el curioso final de la piara de cerdos y la consiguiente petición de los campesinos de que abandone sus tierras este profeta que hace cosas tan extrañas. Probablemente el pueblo atribuyó a Jesús, o mejor a los demonios expulsados por Jesús, la pérdida de la piara de cerdos que tal vez habría sucedido por otras causas en coincidencia con la visita de Jesús. El evangelio recogería esta versión popular.
La Iglesia ha sido encargada de continuar este poder liberador, la lucha y la victoria contra todo mal. Para eso anuncia la Buena Nueva y celebra los sacramentos, que nos comunican la vida de Cristo y nos reconcilian con Dios. A veces esto lo tiene que hacer en terreno extraño: con valentía misionera, adentrándose entre los paganos, como Jesús, o dirigiéndose a los neopaganos del mundo de hoy. También con los marginados, a los que Jesús no tenía ningún reparo en acercarse y tratar, para transmitirles su esperanza y su salvación. Después del encuentro con Jesús, el energúmeno de Gerasa quedó «sentado, vestido y en su juicio».
Todos necesitamos ser liberados de la legión de malas tendencias que experimentamos: orgullo, sensualidad, ambición, envidia, egoísmo, violencia, intolerancia, avaricia, miedo. Jesús quiere liberarnos de todo mal que nos aflige, si le dejamos. ¿De veras queremos ser salvados? ¿decimos con seriedad la petición: «líbranos del mal»? ¿o tal vez preferimos no entrar en profundidades y le pedimos a Jesús que pase de largo en nuestra vida? En Gerasa los demonios le obedecieron, como le obedecían las fuerzas de la naturaleza. Pero los habitantes del país, por intereses económicos, le pidieron que se marchara. El único que puede resistirse a Cristo es siempre la persona humana, con su libertad. ¿Nos resistimos nosotros, o nos de jamos liberar de nuestros demonios? (J. Aldazábal).
Hay un detalle interesante: los habitantes de la región demuestran un doble sentimiento: por una parte, Jesús es para ellos un ser superior; pero, por otra, es una especie de ruina. Ellos intuyen que el mensaje, por muy liberador y benéfico que sea, los obligará a trastornar sus modos rutinarios de vida. Por eso, "empezaron a suplicar a Jesús que se fuera de aquella región". Probablemente esto era un eco de las desilusiones de aquellos primeros predicadores en tierra pagana, los cuales no siempre recibían reconocimiento por la predicación de un mensaje liberador y abierto a todos. Y es que el hombre oprimido y alienado no siempre quiere ser liberado de su alienación. Por eso, el Evangelio no puede ser impuesto a nadie, por muy liberador que se presente (edic. Marova).
El endemoniado de Gerasa (5,1-20) Merece una atención particular por varios motivos. No puede negarse que en esta narración se mezclan rasgos populares, pintorescos y no carentes de cierto humorismo; por ejemplo, ese detalle de los demonios que piden permiso para entrar en los puercos y precipitarse luego en el mar. Por otra parte, el análisis crítico no tendría muchas dificultades en encontrar en el relato varias incoherencias, repeticiones, lagunas, que dejan traslucir ciertas adaptaciones y algunos manejos redaccionales. Pero no es esto lo que aquí nos interesa. Si lo leemos con ojos penetrantes y con el deseo de descubrir allí un mensaje (y es ésta sin duda la intención del evangelista), entonces el relato nos revela ciertos detalles sorprendentes y ricas intuiciones teológicas.
Jesús llega a la región de los gerasenos, o sea, a un territorio pagano: la presencia del Reino no se limita a los confines de Israel. Vive por allí, lejos de los poblados, entre los sepulcros, un hombre poseído por el espíritu maligno. La sociedad, como siempre, lo ha marginado. Es la forma más rápida de resolver los problemas: se encierra al enfermo en su enfermedad y se le deja inmóvil en su situación, para que no moleste. Pero la vocación de Jesús es la de acercarse a los que ha apartado la sociedad. El desarrollo del relato mostrará -y no es ésta ciertamente la enseñanza menos importante- que son éstos precisamente los que le están esperando, abiertos a la curación y al perdón.
El endemoniado hace gestos insensatos y descompuestos: "andaba siempre, día y noche, entre los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras" (5,5). Es un pobre hombre desquiciado, privado de sus facultades mentales, que no es dueño de sí mismo y se ha convertido en su propio enemigo. Quizás sea éste el mal que ha venido Cristo a combatir, ese mal misterioso que hoy llamamos "alienación" que divide al hombre en lo más profundo de sí mismo y lo empuja contra sí mismo. Jesús no ha venido solamente a reparar una injuria cometida contra Dios. A no ser que por injuria contra Dios se entienda esa alienación que nos aparta de su amor y de nosotros mismos.
El relato indica que el encuentro con Jesús (esto es, la llegada del Reino de Dios) no es únicamente una curación, sino una verdadera liberación, un encontrarse a sí mismo, una reconquista de la propia autenticidad. La gente que acude contempla sorprendida que el endemoniado estaba ahora "sentado, vestido y en su sano juicio". De un ser dividido e insociable Jesús ha hecho un hombre dueño de sí mismo, lo ha convertido en un hermano.
Los gerasenos se admiran de lo ocurrido, pero cuando se enteran de lo que ha pasado con los cerdos, que se habían precipitado en el lago le invitan a Jesús que se aleje de su territorio. Se asombran de la trasformación conseguida por Jesús y quizás incluso lo aprecian, pero creen que es demasiado el precio que han tenido que pagar por ello. La liberación de un hombre vale menos que una piara de puercos. Optan por la solución menos costosa (obligados por el bien común, ¡naturalmente!), mientras que para Jesús conducir a un hombre a su dimensión humana parece tener un valor mucho más alto que cualquier otra consideración.
El relato nos ofrece un último detalle, "mientras subía Jesús a la barca, el hombre que había tenido el espíritu malo le pidió que lo dejara ir con él" (5,18). Pero Jesús no se lo permitió; ¿por qué? Quizás porque la hora de los paganos no había llegado todavía. O quizás también para que quedase claro que Cristo -expulsado por los hombres (que hablan muchas veces de liberación, pero que la rechazan apenas se dan cuenta de que tiene un precio que pagar)- deja, a pesar de todo, junto a ellos un testigo: "Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti" (5, 19; Bruno Maggioni).
¿Qué hace el demonio? "Nadie se atrevía a transitar por aquel camino" (v. 28). Las fuerzas del mal atacan al hombre, le desvían de su ruta normal, le impiden realizar su camino humano y cristiano: realizarse como hombre y como hijo de Dios. El pecado siempre es antihumano aun cuando tome la apariencia de ser su placer o su bien.
Discernimiento para desenmascarar a Satán: "aquél que impide al hombre pasar".
El demonio tiene claridad de mente, esa lucidez extraordinaria que le hace ver más claro que los hombres.
"Antes de tiempo". Parece hacer alusión a la hora del juicio final, en la que todas las fuerzas del mal serán reducidas a la impotencia... ¡los demonios lo saben! Pero Jesús va a anticipar ese día para que todos tengamos confianza en esta victoria final y definitiva.
Cuando Jesús anuncia su glorificación por la muerte en Jn 12. 31: "ahora es el juicio de este mudo, ahora el príncipe de este mundo será echado abajo" y dice la nota de la Biblia de Jerusalén: "Satán dominaba el mundo (1 Jn 5. 19: sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno) y la muerte de Jesús libra a los hombres de su tiranía".
Col 1,13-14 "Nos libró del poder de los tinieblas y nos trasladó el Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención, el poder de los pecados".
v. 30-32 "Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando. Los demonios le rogaron: Si nos echas, mándanos a la piara. Jesús les dijo: Id. salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua".
Un detalle chocante pero lleno de una enorme ironía: "el Príncipe de este mundo será echado abajo". Tan abajo que su "habitat" natural, la casa que le corresponde por derecho es el animal más inmundo para la mentalidad judía.
El mar es el abismo. También la Bestia del Ap 19. 20 es precipitada en el mar.
Desde la muerte y resurrección de Jesús el demonio ya no tiene poder sobre el hombre. Solamente el poder que el hombre mismo le concede.
Por eso dice S. Juan Crisóstomo: "Quam stultus est homo ille quem canis, in catena positus, mordet."
El relato termina con la declaración de un fracaso dramático. "Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país".
Esta es la paradoja del evangelio: Jesús viene a expulsar los demonios y Jesús es expulsado.
La gente no quiere comprometerse: teme perder a sus cerdos. Vive tranquila en su egoísmo.
Esta semana entraremos en una fase de la vida de Jesús en la que se acentúa la formación práctica de sus discípulos a su misión futura. 
-milagros muy significativos realizados delante de ellos solos, sin la presencia de la muchedumbre...
-envío en misión para un primer período de prácticas de apostolado...
-Jesús y los doce atravesaron el lago y fueron al país de los Gerasenos.
Algo muy importante para Marcos ¡que escribe para paganos convertidos, en Roma! Es la primera vez que Jesús pasa voluntariamente una frontera, y que toma contacto con el mundo pagano de su tiempo. Se lleva consigo a sus "doce".
Gerasa, ¡país de misión! "x –el mío…-, país de misión", el mundo entero, país de misión.
Como Jesús, ¿me preocupo yo de todos los que aún ignoran el evangelio? Hay sectores humanos no evangelizados en todas partes.
-Un hombre poseído de un "espíritu impuro" fue al encuentro de Jesús... Tenía su morada en los "sepulcros"... y ni aun con "cadenas", nadie podía sujetarle... Pues muchas veces le habían puesto "grillos" y cadenas... Pero los había roto.. y nadie podía dominarle.
Todos estos términos tienen un valor simbólico: tratan de sugerir la situación verdaderamente dramática del "hombre no-evangelizado".
Está dominado por fuerzas oscuras: Jesús pondrá en evidencia enseguida, la potencia maléfica y prolífera de esas fuerzas... "Mi nombre es Legión, pues ¡somos muchos!" (La "legión" romana constaba de 6.000 soldados).
Visto por un judío, el pagano es un hombre condenado a la muerte; vive ya "en los sepulcros" en medio de la podredumbre y de osamentas impuras. Los "cerdos", animales impuros y repugnantes para un judío, son su única compañía: le está prohibido comer su carne (Lv 11,7-8).
En fin, el hombre no-evangelizado es un hombre "trabado" "encadenado", no libre. ¿No conservo quizá yo mismo también algunas cadenas y ligaduras? Todas estas imágenes nos dejan adivinar la importancia del gesto misionero que va a hacer Jesús: ¡Viene para liberar al hombre! Cualquiera que sea su degradación -aquel geraseno era un verdadero "monstruo" humano- ¡el hombre puede ser radicalmente curado y transformado por Jesús!
He aquí la buena nueva. Las miIes de pasiones que lo deformaban, la Legión de demonios que lo habitaban, han sido vencidos. Jesús es más fuerte que las fuerzas maléficas del hombre.
-Las gentes fueron a ver lo que había sucedido... Ven al endemoniado "sentado", "vestido" y en su "sano juicio"...
El hombre se fue y comenzó a predicar en la Decápolis cuanto le había hecho Jesús. De un bruto inmundo Jesús ha hecho un hombre equilibrado, normal, un hombre en su "sano juicio", un hombre cuya vida tiene un sentido, e incluso un apóstol, pues va a los suyos -paganos como él antes- y les anuncia la buena nueva de la transformación que Jesús ha obrado en él.
Dos advertencias para orar a partir de este texto: la frontera del paganismo pasa por nuestro propio corazón -hay en mí algunos sectores que hay que salvar-... la misión es una característica esenciaI de la Iglesia- hay que ir hacia todos aquellos que esperan aún su liberación, sin encerrarse en el medio cristiano (Noel Quesson).
Del paso de Marcos he escogido sólo el final del episodio del endemoniado curado, porque es la parte más interesante para nuestra reflexión.
Mientras Jesús se vuelve a la barca, el endemoniado curado "le pedía ir con él". Tenemos ante todo una oración: este hombre quisiera estar con Jesús. En el original griego, las palabras son las mismas que Marcos ha usado ya en 3,14, donde se dice que Jesús designó a los Doce "para que estuvieran con él". La expresión "estar con él" describe la vocación apostólica, el ir con Jesús itinerante para ser enviados luego por él: describe la llamada de los Doce, de quienes participan continuamente en el ministerio del Maestro y están con él en la función de la Iglesia, es decir, los apóstoles.
Así que el hombre curado pide formar parte del grupo, y recibe una respuesta dura que nos recuerda otras respuestas duras; por ejemplo, la proporcionada a la mujer cananea, sobre la que meditamos la pasada vez. El evangelista Marcos dice: "No le dejó" estar con él, o sea formar parte de quienes abandonándolo todo le seguían viajando por Palestina. La dureza de la respuesta se ve mejor si la comparamos con 5,37, cuando Jesús está para entrar en la casa de Jairo, caya hija ha muerto, y "no permitió que le acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan". Quizá había mucha gente que quería entrar, tal vez por curiosidad; pero Jesús distinguió: estos tres, sí; los demás, no.
El mismo verbo griego usado por Marcos en el versículo 37 y para el endemoniado de Gerasa que quería seguirle, volvemos a encontrarlo en 1,35: Jesús "no dejaba hablar a los demonios porque le conocían". Jesús establece, pues, una delimitación neta: esto no es para ti, no es ésta tu vocación. Es una toma de posición negativa respecto a la vocación que uno pensaba tener.
Podemos imaginar la decepción de este hombre, que quisiera, lleno de reconocimiento por la curación, dejarlo todo y seguir a Jesús, llegando a ser apóstol, un enviado a todo el mundo. Pero hemos de examinar atentamente las palabras que siguen al rechazo: "...le dijo: 'Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo'. El se fue y comenzó a publicar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se admiraban". Son palabras para meditar, pues describen la vocación de uno que, aun no siendo llamado como los Doce, tiene una vocación de verdadero seguimiento de Cristo y, en realidad, participa muy estrechamente de una llamada. El evangelista usa un lenguaje muy preciso: ¡Vete!; de alguna manera es un envío misionero, la orden para una misión.
¿Qué misión? Anuncia; y el verbo siguiente describe lo que debe hacer: proclama. "Anuncia y proclama". Anunciar y proclamar son términos típicos de la actividad evangelizadora de la Iglesia. Y eso sin ser misionero, sin haber sido llamado —pudiéramos decir hoy— a una vocación de entrega total (o sea, dejando casa, familia, oficio): aquel hombre recibe una verdadera y auténtica misión de evangelización. El kerigma se le confía también a él: "¡Anuncia, proclama!"
¿Qué anuncia y proclama? "Lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo". La proclamación se ciñe estrictamente a su propia persona; él proclama con la novedad de su propia vida, con su modo de actuar, con el cambio experimentado. Proclama con tal novedad que su incapacidad precedente de comunicar, de trabajar, de hacerse útil, ahora es capacidad de comunicar, de trabajar, de hacerse útil.
Hay, finalmente, otro aspecto determinante, característico, para captar el significado de esa vocación: "Vete a tu casa con los tuyos". Y, añade el evangelista "comenzó a publicar por la Decápolis". El, por el mandato que ha recibido, no debe abandonarlo todo, como Pedro, Santiago, los apóstoles; se le envía a su casa "con los tuyos". En su ambiente, en su realidad de vida, en su realidad de trabajo, en su sociedad y en su ciudad, la Decápolis, sociedad y ciudad paganas, ahí se le manda al geraseno proclamar la misericordia de Dios.
La vocación laical. Hemos descrito así algunas características de lo que podriamos llamar vocación laical.
Hay en la historia de la salvación vocaciones que no son idénticas a la de los Doce (las futuras vocaciones presbiteriales, sacerdotales, religiosas), sino que se manifiestan en su casa, en su trabajo, como verdadera respuesta a un mandato de Jesús, como verdadero anuncio del Reino.
Es la vocación laical en la Iglesia que Giorgio La Pira y Pier Giorgio Frassati tuvieron y vivieron, sin abandonar la propia condición de vida, se presentaron en ésta como signo de la misericordia de Dios. Las vocaciones laicales en sentido propio no son meras misiones; son verdaderos caminos de santidad que plasman en la historia figuras de gran valor, de relieve moral, social, teológico, sobrenatural.
Así se explica el atractivo de La Pira y de Pier Giorgio Frassati; ellos son, gracias a Dios, ejemplo y vanguardia de una multitud. ¡Cuántos otros podríamos enumerar! Difuntos que hemos conocido de cerca, y otros vivos aún entre nosotros, personas capaces de expresar la fuerza del reino de Dios en todos los campos del obrar humano.
El texto tan hermoso de La Pira que hemos escuchado, y que os invito a releer y reconsiderar, arranca de la intuición profunda de que cada bautizado participa de una vocación. Aun cuando no se dé la llamada a seguir a Jesús en un compromiso de entrega radical, dejando trabajo y casa, puede haber caminos de fulgurante santidad, caminos necesarios para manifestar toda la fuerza bautismal.
Preguntas para nosotros. También nosotros, también vosotros, pertenecemos todos a esta multitud de testigos de Cristo, testigos de la fuerza de la misericordia de Dios. Cada uno debe escuchar la propia llamada. Os dejo a vosotros el reflexionar principalmente sobre el interrogante central del paso que hemos leído: "¿Cómo podrías transcribir en las estructuras sociales, políticas v económicas del Estado los intentos de fraternidad, esenciales para el cristianismo, si no te interesas por esas estructuras? ¿Si no las renuevas cuando son viejas o desacertadas? ¿Cómo fermentar cristianamente el mundo —y formar, por tanto, una civilización cristiana y una sociedad cristiana— si esas estructuras escapan a tu acción orientadora sobre ellas?" (Carlo M. Martini).
Hoy encontramos un fragmento del Evangelio que puede provocar la sonrisa a más de uno. Imaginarse unos dos mil puercos precipitándose monte abajo, no deja de ser una imagen un poco cómica. Pero la verdad es que a aquellos porqueros no les hizo ninguna gracia, se enfadaron mucho y le pidieron a Jesús que se marchara de su territorio.
La actitud de los porqueros, aunque humanamente podría parecer lógica, no deja de ser francamente recriminable: preferirían haber salvado sus cerdos antes que la curación del endemoniado. Es decir, antes los bienes materiales, que nos proporcionan dinero y bienestar, que la vida en dignidad de un hombre que no es de los “nuestros”. Porque el que estaba poseído por un espíritu maligno sólo era una persona que «siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras» (Mc 5,5).
Nosotros tenemos muchas veces este peligro de aferrarnos a aquello que es nuestro, y desesperarnos cuando perdemos aquello que sólo es material. Así, por ejemplo, el campesino se desespera cuando pierde una cosecha incluso cuando la tiene asegurada, o el jugador de bolsa hace lo mismo cuando sus acciones pierden parte de su valor. En cambio, muy pocos se desesperan viendo el hambre o la precariedad de tantos seres humanos, algunos de los cuales viven a nuestro lado.
Jesús siempre puso por delante a las personas, incluso antes que las leyes y los poderosos de su tiempo. Pero nosotros, demasiadas veces, pensamos sólo en nosotros mismos y en aquello que creemos que nos procura felicidad, aunque el egoísmo nunca trae felicidad. Como diría el obispo brasileño Helder Cámara: «El egoísmo es la fuente más infalible de infelicidad para uno mismo y para los que le rodean» (Ramon Octavi Sánchez Valero).
San Marcos nos narra en el Evangelio de la Misa el pasaje que sucedió en la región de los gerasenos (Mc 5,1-20) en donde Jesús libera a un hombre poseído por una legión de demonios, quienes al ser expulsados entran en una piara de dos mil cerdos. Los cerdos corrieron hacia el mar y se ahogaron. Fue una gran pérdida económica para aquellos gentiles, pero recuperaron a un hombre. Sin embargo, sobre estas gentes pesa más el daño temporal que la liberación del endemoniado y rogaron a Jesús que se marcharan de su país. La presencia de Jesús en nuestra vida puede significar, alguna vez, perder un buen negocio porque no era del todo limpio, o, sencillamente que quiere que ganemos Su corazón con nuestra pobreza. Y siempre nos pedirá el Señor, para permanecer junto a Él, un desprendimiento real de los bienes, que señale la primacía de lo espiritual sobre lo material, y del fin último sobre los bienes temporales.
Todas las cosas de la tierra son medios para acercarnos a Dios. Si no sirven para eso, no sirven para nada. Más vale Jesús, que la vida misma. Seguir a Jesús no es compatible con todo. Hay que elegir, y renunciar a todo lo que sea un impedimento para estar con Él. Para eso, debemos tener enraizada en el alma una clara disposición de horror al pecado, pidiendo al Señor y a su Madre que aparten de nosotros todo lo que nos separe de Él: “Madre, líbranos a tus hijos –a cada uno, a cada uno- de toda mancha, de todo lo que nos aparte de Dios, aunque tengamos que sufrir, aunque nos cueste la vida” (Álvaro del Portillo, Cartas) ¿Para qué queremos el mundo entero si perdiéramos a Jesús?
La mayor necedad de los gerasenos fue no reconocer a Jesús que los visitaba. El Señor pasa cerca de nuestra vida todos los días. Si tenemos el corazón apegado a las cosas materiales, no lo reconoceremos; y hay muchas formas muy sutiles de decirle que se vaya de nuestra vida: deseo desordenado de mayores bienes, aburguesamiento, comodidad, lujo, caprichos, gastos innecesarios. Nosotros debemos estar desprendidos de todo lo que tenemos. El desasimiento hace de la vida un sabroso camino de austeridad y eficacia, y debemos estar vigilantes para no caer en estas formas de apegamiento a los bienes materiales. Nosotros le decimos al Señor después de la Comunión, las palabras de San Buenaventura: Que Tú seas siempre mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón. Señor, ¿a dónde iría yo sin Ti? (Francisco Fernández Carvajal).
 
 

Domingo de la 4ª semana, C. La profecía y los otros dones son para ayuda a los demás, y entre todos resplandece el amor; la virtud más grande, la que

Domingo de la 4ª semana, C. La profecía y los otros dones son para ayuda a los demás, y entre todos resplandece el amor; la virtud más grande, la que nos trae Jesús, el Amor de Dios encarnado.
 
Libro de Jeremías 1,4-5.17-19. En los días de Josías, recibí esta palabra del Señor: «Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles. Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos. Mira; yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte.»
 
Salmo responsorial Sal 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. l5ab y 17. R. Mi boca contará tu salvación, Señor.
A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído, y sálvame.
Sé tu mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú, Dios mío, líbrame de la mano perversa.
Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.
Mi boca contará tu auxilio, y todo el día tu salvación. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas.
 
Primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12,31-13,13. Hermanos: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin limites, cree sin limites, espera sin limites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará. Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía; pero, cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño. Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.
 
Evangelio según san Lucas 4,21-30. En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: - «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.» Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: - «¿No es éste el hijo de José?» Y Jesús les dijo: - «Sin duda me recitaréis aquel refrán: "Médico, cúrate a ti mismo"; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.» Y añadió: - «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel habla muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.» Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.
 
Comentario: Jr 1,4-5.17-19. El profeta toma la palabra para hablarnos de su vocación  y de su envío o misión, y se insertan en mdio sus dos primeros oráculos. Corre el año 628 a. de C. El es "el escogido", "consagrado" y "nombrado", términos que indican destino para la misión de la palabra. El tocar la boca del v.9 es un gesto que también dice relación a la palabra. Así el profeta queda consagrado para la misión. Como Moisés (Ex 4,10), también Jeremías se asusta ante la tarea encomendada (v.6). En aquella época de decadencia del poder asirio, él va a ser más el profeta de juicio que de salvación (cf  los verbos del v 10 en los que se recalca más la idea de destrucción que de construcción); ha de luchar constantemente contra sus paisanos que abrigaban falsas esperanzas porque un nuevo poder, el de Babilonia -dirá el profeta-, acabará con el reino del Sur (año 587 a. de C.). Jeremías es hombre débil y ha de anunciar al pueblo, al que tanto ama, aquello que no le agrada. Por eso se siente solitario, incluso forzado y violado por el Señor.
Ante este grito de angustia, el Señor le garantiza su auxilio (vs. 7-10). Su palabra es la de Dios. Jeremías debe aceptar su ministerio sin miedos y con prontitud. Esta es la paradoja de Jeremías; su palabra es potente al ser palabra de Dios, y, a la vez, impotente, ya que no puede forzar a nadie a la fe y a la obediencia. En la promesa del Señor sólo se le garantiza la asistencia y triunfo final; pero para nada se habla de triunfalismo y éxitos rotundos. Su camino es arduo y difícil, lleno de dolor y perseguido. Esta será también la suerte de todo mensajero hoy (A. Gil Modrego).
La vocación es en la vida de todo hombre lo que da sentido a toda su actividad. Confundir la vocación puede suponer el fracaso total de una personalidad. Jeremías a los veinte años tiene clara conciencia de cuál sea su vocación. Ha sido llamado para ser profeta de las naciones.
Los grandes pioneros del espíritu han dejado constancia de su vocación, de su encuentro con Dios, en el que han comprendido la misión de su vida. Cada uno a su estilo, de forma diferente pero con certeza, seguridad y eficacia. Es una profunda experiencia interior de lo divino y humano en estrecha intimidad inadecuadamente expresada después mediante los medios físicos de que disponemos. La descripción externa es irreal. La experiencia interna tan real como el pan y el agua que comemos y bebemos.
Jeremías se sabe conocedor de Dios al mismo tiempo que ha sido conocido por El. Conocimiento que es amor. En el lenguaje hebreo se conoce con el corazón. Este conocimiento amoroso ha hecho de él un consagrado, algo dedicado exclusivamente a Dios y separado de todo lo demás.
Aunque fue a los veinte años cuando tomó conciencia de todo esto, fue también entonces cuando descubrió en su intimidad con Dios -Dios se lo reveló, decimos nosotros- que este sentido de su vida estaba ya prefijado desde eterno en los planes de Dios, desde antes de que fuera formado en el seno de su madre.
Esto le hace temblar. Se ve sencillamente un hombre. Quisiera ser como uno de tantos; como un niño pequeño que no sabe hablar.
Tímido por naturaleza, está muy lejos de ofrecerse voluntario como Isaías. Pero el imperativo divino está por encima de sus sentimientos naturales. "Yo estaré contigo para salvarte". ¡Qué hermosa experiencia de intimidad y presencia de lo divino en lo humano! Yahveh sale responsable de cuanto diga. El pondrá en su boca lo que ha de decir y la fuerza para decirlo. Para ello debe primero purificarla con el simbolismo de tocarla con su mano. Desde ahora su misión está bien clara. Con la antítesis de construir y destruir sabe que deberá enderezar todo camino torcido y profundizar en la revelación, incluso con nuevas revelaciones.
Sabe que tiene que hablar porque su conciencia no puede soportar lo que contemplan sus ojos: idolatría, enoteísmo, perversión de costumbres.... Tiene que hablar y tiembla. ¿Y qué hombre no? Es la violencia de esa lucha interior entre las exigencias de la fe y la debilidad humana. Hasta Cristo sudó sangre. Así son los auténticos llamados, los genuinos profetas (com. de edic. Marova).
2. Sal 70. Es un "midrash", una especie de "parábola", un "ropaje": el pueblo de Israel está representado aquí en un anciano, escogido desde antes de su nacimiento (el amor de Dios es el primero), y que se ha esforzado por ser fiel hasta sus "cabellos blancos"... Un anciano sin fuerzas y rodeado de enemigos que quieren su perdición... Y que se atreve a pedir a Dios no simplemente la prolongación de una pobre vida maltrecha sino una "nueva vitalidad", una nueva juventud, una verdadera resurrección: ¡entonces, Israel, sin fin "cantará" la alabanza y la alegría!
Desde el punto de vista literario, miremos el hermoso movimiento en espiral, que mezcla sin cesar, la "súplica" y la "alabanza" .. EI creyente que grita y gime ante la prueba, sin embargo, jamás se desespera... A su petición suplicante, junta la acción de gracias.
Desde su infancia, Jesús estuvo "en las cosas de su Padre"... Más que nadie podía decir: "Tú me escogiste desde el vientre de mi madre... He sido motivo de asombro para muchos"... "Todo el día están llenos mis labios de alabanzas a tu gloria"... Jesús pide en su Pasión, ser librado de sus enemigos: "Dios lo abandona... ¡Veamos si Elías viene a liberarlo! Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"
Y en esta situación extrema, seguridad en la resurrección: "Me harás vivir de nuevo, me levantarás de lo profundo de la tierra... Y cantaré la alegría de una vida que me has vuelto a dar"... Sí, hay que repetir este salmo con Jesús.
El tema de la vejez. Nunca como en nuestro mundo moderno la vejez ha sido una prueba terrible. Cuanto más el hombre moderno logra curar las enfermedades, más siente el fracaso de no poder curarse de la muerte. Cuanto más confort y bienestar proporcionan las técnicas y la ciencia, se hace más duro tener que abandonar esta vida. Nunca como hoy, el anciano ha estado tan aislado: nuestros abuelos vivían casi siempre en familia, con sus hijos... hay que experimentar el terrible sentimiento del abandono, esta impresión humanamente dramática de haber cumplido su tiempo, como un viejo utensilio ya fuera de uso... hay que afrontar lúcidamente esta cruel vivencia en que una cierta vida ha terminado, y que, aquel tiempo es irreversible... para comulgar con la esperanza del salmista: sí, para el verdadero creyente, las leyes biológicas y psicológicas de la vejez no influyen en quien espera la comunicación de la vida divina. ¡Nuestra nueva juventud, está ante nosotros, en Dios! ¡Allí está la alegría!
El deseo de vivir. Todo este salmo protesta contra la pérdida de vitalidad, aun en nombre mismo de la eternidad del amor: ya que Dios nos creó porque El nos ama (¡Desde el vientre de nuestra madre!), ¿cómo podría El abandonarnos? La resurrección de los muertos, la Resurrección de Jesucristo, está prevista desde toda la eternidad, y hace parte del proyecto inicial del creador. No acusemos jamás a Dios de haber hecho un hombre mortal. Su único proyecto, es el de un ¡hombre resucitado! Esta fe penetra ya este salmo.
El sentido de la alabanza. Aun en medio de las situaciones más dolorosas, el hombre de la Biblia continúa su canción, toma su guitarra y da gracias (Noel Quesson).
Cuando las fuerzas declinan. Hay una ley constante que cruza como un meteoro los cielos de la Historia de la Salvación: sólo los pobres poseerán a Dios. Los ricos ya tienen su dios; su corazón ya está ocupado. Y ricos no sólo son los que disponen de sólidas cuentas bancarias, sino también aquellos que gozan de una firme instalación vital: éxito, prestigio, salud.
Cuando un hombre se halla en posesión de una propiedad, ésta reclama a su propietario, y, entre éste y la propiedad se establece una apropiación, con lo que la propiedad sujeta y esclaviza al dueño, y se le transforma en objeto de culto y adoración. Al dueño se le van las entrañas, en un movimiento de adhesión y rendimiento, detrás de la propiedad, ya transformada en ídolo, absorbiendo las mejores fuerzas del corazón: tiempo, preocupación, devoción. Definitivamente, ¡qué difícil es que un rico entre en el Reino de Dios! (Mt 19,23).
Cuando el hombre se identifica con su ídolo, en una funesta simbiosis, entonces el hombre mismo se transforma en un pequeño dios de sí mismo. Y, al final de este proceso, se encuentra en posesión de un tesoro que es él mismo, jugando al «pequeño dios» en un minúsculo estadio, olvidándose de que su salvación consiste en estar abierto en lo más profundo de su ser, y de que su riqueza consiste en ser pobre de sí mismo.
Por eso, constantemente aparece en los salmos la condición indigente y fugaz del hombre, reclamando, por contraste, la solidez de Dios. Aparece la fragilidad moral o pecado como la pobreza humana más radical que, por su propia naturaleza, reclama la presencia misericordiosa del Señor.
Ser pobre consiste fundamentalmente en la carencia de algo: salud, patria prestigio, amor, estima... El hambriento es pobre porque necesita de alimento para sobrevivir. El exiliado es pobre porque le despojaron de una patria. La esposa abandonada es pobre porque necesita del cónyuge. Al perseguido le falta comprensión, o justicia, o acogida. Al calumniado le han usurpado el prestigio.
Un dato interesante: en un número elevado de salmos el salmista se eleva hacia Dios a partir de la experiencia de alguna indigencia humana: en los salmos 13, 17, 22, 88 de la experiencia de una extrema aflicción; en el salmo 71 de la experiencia de la ancianidad; en el salmo 30 y otros, de la experiencia de la inminencia de la muerte; en los salmos 35, 55, 57, 69 de la experiencia de la persecución; en los salmos 38, 51, y otros, de la experiencia del pecado. La lista se haría interminable. Es la constante pedagogía del Señor: deja que el hombre se hunda en el abismo de la indigencia; allí mismo se inicia su ascenso hacia Dios.
La observación de la vida me ha enseñado esta comprobación: en el camino de la vida, cuando una persona, en una determinada oportunidad, ha tenido un fuerte proceso de conversión, ha sido casi siempre a partir de una dura crisis, de una experiencia interior intensa de alguna indigencia, como fracasos, disgustos, desilusiones. La experiencia demuestra que, en los planes divinos, las pruebas de la vida son la pedagogía ordinaria de Dios con respecto de sus hijos. Cuando los ídolos caen y tambalean las columnas, sólo entonces Dios puede transformarse en mi Dios.
En la ancianidad. Es un salmo verdaderamente hermoso y entrañable. Entre sus pliegues palpita en todo momento una profunda intimidad; y una confianza casi invencible cruza su firmamento de un extremo a otro.
Cuarteado como un edificio en ruinas, próximo ya a las puertas del abismo, el anciano salmista mira atrás, mira hacia adelante, se mueve entre agitados contrastes, entre la impotencia y la esperanza y, a pesar de estos contrastes, una serenidad vestida de ternura está presente entre sus líneas en todo momento. En suma, es un salmo de gran consolación.
No obstante, el salmo 70 no extiende ningún puente al Más Allá; jamás levanta la mirada por encima de los horizontes. El anciano salmista se conforma con seguir viviendo unos años más en este suelo; no tiene alas de trascendencia. Le falta la mirada cristiana hacia la Patria y la resurrección final. Por eso, a pesar de su hermosura, el salmo se nos queda corto.
En los tres primeros versículos sentimos al salmista como nervioso, tenso. Se parece a un hombre que se halla ante un peligro inminente, o, quizá, a un hombre acosado por fieras que le acechan desde todas partes: ayúdame, sálvame, mira que estoy en grave peligro. Si sucumbo, ¿qué van a decir mis enemigos? Te necesito. Sé para mí roca de refugio, fortaleza invulnerable, ancla de salvación (vv. 1-3).
En este momento el anciano salmista extiende su mirada sobre su pasado, abarca de un golpe de vista todos los años de su vida, retrocede hasta la infancia, y, conmovedoramente, nos hace una deslumbrante evocación (vv. 5-8), y nos transmite un mundo de ternura: Dios lo había hecho vibrar desde la aurora de su vida, y siempre había sido sensible a los encantos divinos (v. 5).
Y, en una actitud audaz, retrocede hasta el seno materno. El anciano salmista tiene la conciencia clara de que desde entonces, desde el embrión, había sido tocado por el dedo de Dios: ya entonces me apoyaba en Ti más que en mi propia madre; desde entonces Tú fuiste la esencia de mi existencia; todavía en el seno uterino en Ti respiraba, subsistía, era. Mi madre me llevaba en el útero, pero yo te llevaba dentro de mí, y, al mismo tiempo, yo estaba dentro de Ti (v. 6). Y, sintetizando el contenido de este versículo, y abarcando todos los horizontes, nos entrega el salmista esta emotiva acotación: «Siempre he confiado en Ti.»
Desempolvando los viejos archivos, el salmista recuerda y hace presentes momentos asombrosos: era tanta su gallardía interior y su plenitud que «muchos me miraban como a un milagro» (v. 7). Pero en esto no hubo ningún mérito de mi parte: todo esto sucedía porque yo estaba contagiado de tu fuerza; yo parecía un muro indestructible porque Tú eras mi Roca (v. 7).
Continúa el salmista con su evocación: ha sido, la mía, una existencia brillante a la vista de todos. Tu gloria resplandeció a través de mis pasos y mis días; a lo largo de mis años dejé destellos de luz en las noches y rastros de tus pies en mis días. Todo fue obra tuya. Mi existencia y mi garganta no han cesado de soltar a los vientos tus alabanzas (v. 8).
Ahora en el ocaso… Después de esta evocación, el salmista baja la vista, se mira a sí mismo, y se encuentra como madera carcomida, como muro cuarteado, acosado por la enfermedad, sin fuerzas. Y, para mal de males, los raquíticos de siempre se divierten con esta situación, y hacen de ella el plato favorito de sus chismes y chistes: y es esto lo que más le duele al salmista: deshecho y despreciado. ¿Cabe mayor desgracia? Sí cabe; y es que, para colmo de desdichas, le están sucediendo tantas desgracias porque -así lo interpretan ellos- Dios lo ha abandonado (vv 9-11).
En este momento el salmista salta como un resorte desde el pozo de su impotencia apelando a la justicia divina y lanzando imprecaciones contra sus detractores (vv 12-13). ¡Siempre el instinto de venganza a flor de piel! Entre el versículo 13 y el 14 hay una violenta transición, del abatimiento a la euforia, debido, sin duda, a la experiencia general de su vida: por lo que ha sucedido en su historia pasada, el salmista sabe de antemano que su apelación será atendida, y la confesión pública es un hecho asegurado.
En efecto; después de esas imprecaciones, saltando de contraste en contraste, el viejo salmista da rienda suelta, en tres versículos victoriosos y comenzando con el «yo en cambio», a su seguridad inmutable de que será atendido por el Señor, y ya está pensando en la próxima alabanza: su esperanza jamás declinará así se caigan las estrellas y los montes se desplomen en el mar (v 14). No se cerrará mi boca; seré incansable rapsoda para narrar tus proezas, Señor mío, y contar tu victoria, obra exclusivamente tuya (v 16).
En sus típicas transposiciones de planos y alteraciones anímicas, el viejo salmista, lleno de gratitud y en un tono sumamente entrañable, vuelve, en los versículos siguientes (vv 17-20), al recuerdo de los años pasados, años cuajados de milagros y maravillas: desde los años de mi juventud fuiste mi antorcha; desde la aurora hasta el ocaso me mantenías en vilo, causando yo asombro a todos los espectadores (v 17).
Pero ahora que soy viejo, ahora que las canas blancas me coronan y el vigor se alejó para siempre, ahora no me abandones, Dios mío; mantén mis nervios en alta tensión, dame un soplo de vida, y otro más, hasta acabar mi tarea, la de describir la potencia de tu brazo ante la asamblea de las futuras generaciones. Necesito un poco más de vida para contar a los incrédulos de siempre tus indescriptibles proezas, tus memorables victorias, aquellas hazañas que dejaron mudos a los grandes de la tierra, «Dios mío, ¿quién como Tú?» (v 19).
Después de esta ardiente súplica, el anciano salmista manifiesta en los versículos 20-24 una serena confianza en el futuro, a partir, sin duda, de sus experiencias pasadas: después de tanta flaqueza, serias enfermedades y el desprecio de los prepotentes, yo sé que una desusada primavera estallará en mis venas, desde el abismo de la tierra me levantaré como un tallo esbelto, y de nuevo el árbol de la vida florecerá en mi huerto (v 20).
No sólo eso; mucho más: mi respetabilidad ante la asamblea del pueblo aumentará considerablemente, y las gentes tendrán que reconocer, mudas y asombradas, y confesar ante la faz de la tierra que Tú eres el héroe de tales proezas (v 21). Más todavía: yo sé que he de saborear la fruta más deliciosa de la vida: tu consolación; sí, yo he de beber un vaso de ese vino que me producirá una alta embriaguez; yo sé que te acercarás a mí con la ternura de madre, y me consolarás, y me vendarás las heridas (v 21).
Aquel día tomaré en mis manos las arpas vibrantes y las cítaras de oro, te entonaré en la madrugada una melodía inmortal, y al anochecer te alabaré a muchas voces, Dios mío, y tu Nombre resonará por todas las latitudes, oh Santo de Israel (v 22), y esta alma, agradecida y feliz, por haber sido rescatada de la fosa profunda, te aclamará noche y día, sin cesar, eternamente (vv 23-24; Salmos para la vida; Claret).
Juventud y vejez. «Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza / y mi confianza, Señor, desde mi juventud. / En el vientre materno ya me apoyaba en ti; / en el seno, tú me sostenías; / siempre he confiado en ti. / No me rechaces ahora en la vejez; / me van faltando las fuerzas; no me abandones».
Tú eres parte de mi vida, Señor, desde que tengo memoria de mi existencia. Me alegro y me enorgullezco de ello. Mi niñez, mi adolescencia y mi juventud han discurrido bajo la sombra de tus manos. Aprendí tu nombre de labios de mi madre, te llamé amigo antes de tener ningún otro amigo, te abrí mi alma como no se la he abierto nunca a nadie. Al repasar mi vida, veo que está llena de ti, Señor, en mi pensar y en mi actuar, en mis alegrías y en mis penas. He caminado siempre de tu mano por senderos de sombra y de luz, y ésa es, en la pequeñez de mi existencia, la grandeza de mi ser. Gracias, Señor, por tu compañía constante a lo largo de toda mi vida.
Ahora los años se me van quedando atrás, y me pongo a pensar, aun sin quererlo, en los años que me quedan. La vida camina inexorablemente hacia su término, y mi mirada se fija en las nubes de la última cumbre, que parecía tan lejana y ahora, de repente, se asoma cercana e inminente. La edad comienza a pesar, a hacerme sentirme incómodo, a dibujar el molesto pensamiento de que los años que me quedan de vida son ya, probablemente, menos de los que he vivido. Apenas había salido de la inseguridad de la juventud cuando me encuentro de bruces en la inseguridad de la vejez. Mis fuerzas ya no son lo que eran antes, la memoria me falla, los pasos se me acortan sin sentir, y mis sentidos van perdiendo la agudeza de que antes me gloriaba. Pronto necesitaré la ayuda de otros, y sólo el pensar eso me entristece.
Más aún que el debilitarse de los sentidos, siento el progresivo alargarse de la sombra de la soledad sobre mi alma. Amigos han muerto, presencias han cambiado, lazos se han roto, mentalidades han evolucionado, y me encuentro protestando a diario contra la nueva generación, sabiendo muy bien que al hacerlo me coloco a mí mismo en la vieja. Cada vez queda menos gente a mi lado con quien compartir ideas y expresar opiniones. Me estoy haciendo suspicaz, no entiendo lo que otros dicen, ni siquiera oigo bien, y me refugio en un rincón cuando los demás hablan, y en el silencio cuando dicen cosas que no quiero entender. La soledad se va apoderando de mí como el espectro de la muerte se apodera, una a una, de las losas de un cementerio. La enfermedad que no tiene remedio. La marea baja de la vida. El peso del largo pasado. La vecindad de la última hora. Tonos grises de paisaje final.
Me da miedo pensar que, de aquí en adelante, el camino no hará más que estrecharse y no volverá ya a ensancharse jamás. Tengo miedo a caer enfermo, de quedarme inválido, de enfrentarme a la soledad, de mirar cara a cara a la muerte. Y me vuelvo a ti, Señor, que eres el único que puede ayudarme en mis temores y fortalecerme en mis achaques. Tú has estado conmigo desde mi juventud; permanece conmigo ahora en mi vejez. Tú has presidido el primer acto de mi vida; preside también el último. Sostenme cuando otros me fallan. Acompáñame cuando otros me abandonan. Dame fuerzas, dame aliento, dame la gracia de envejecer con garbo, de amar la vida hasta el final, de sonreír hasta el último momento, de hacer sentir con mi ejemplo a los jóvenes que la vida es amiga y la edad benévola, que no hay nada que temer y sí todo a esperar cuando Tú estás al lado y la vida del hombre descansa en tus manos.
¡Dios de mi juventud, sé también el Dios de mi ancianidad!
«Dios mío, me instruiste desde mi juventud, / y hasta hoy relato tus maravillas; / ahora, en la vejez y las canas, / no me abandones, Dios mío» (Carlos G. Vallés).
3. 1ª Co 12,31-13,13. Después de exponer su criterio sobre los distintos carismas Pablo pasa al punto central de la existencia cristiana: el amor. Esta realidad es la que da sentido a todos los demás carismas. No es un elemento variable, como los otros dones, sino común a todo cristiano, accesible e imprescindible a cada uno de nosotros.
Pablo supone con acierto que la vivencia del amor está abierta y es posible para cualquier miembro de la comunidad cristiana, aunque sea de diversas maneras. Pero su punto principal es exaltar el amor. Por eso se ha llamado a este fragmento "himno del amor". Quizá no lo es en el sentido estricto del término, pero tiene tal vehemencia y viveza que no es injusto llamarlo así.
En la primera parte (13,1-3) Pablo pone una serie de ejemplos, claramente exagerados en su distinción respecto del amor, para mostrar que si esos dones, mencionados anteriormente al hablar de los carismas, no están animados por el amor, si no son su fruto o realización no valen nada. Naturalmente es casi imposible que se den esos actos sin amor, pero Pablo habla así para subrayar la importancia del amor.
El amor es fruto del Espíritu (cf Gal 5,22), su primer fruto y hasta se puede identificar con Él. El Espíritu es también la fuente de los carismas. Por lo cual se ve que el amor es de donde brota toda actividad en beneficio de los demás.
En la segunda parte (13,4-7) hay una exaltación en términos absolutos del propio amor. No insiste en aspectos prácticos o éticos, sino lo pondera en términos casi poéticos. También hay aquí exageración y necesidad de analizar y comprender cada expresión antes de ponerla en práctica. Pero el intento paulino está claro. Es sumergirse en esa realidad y vivirla plenamente.
En todos los aspectos. No sólo en lo que suele llamarse "caridad", sino en cualquier momento en que se dé, familia, amigos, trabajo, entregas diversas... No está limitado a un campo.
Por último (13,8-13) destaca Pablo la perennidad del amor, que supera este mundo y nos coloca en el plano divino eterno y duradero. Los demás carismas y la propia fe y esperanza o en cuanto se distinguen del amor -que no es mucho- están en función de la comunidad y el individuo itinerante. Pero el amor, don y realidad del Espíritu es permanente (F. Pastor).
Pablo advierte a los corintios del peligro que corren de dejarse engañar por las apariencias. Lo extraordinario del cristianismo no está en las manifestaciones prodigiosas o en el poder de hacer milagros, sino en que un hombre ordinario sea capaz de amar con sencillez, humildad y perseverancia.
El amor cristiano puede parecer una falta de personalidad a quienes consideran que la dignidad consiste en la hombría y en no aguantar las ofensas sin exigir reparación. Puede incluso parecer despreciable.
Frente a esa manera pagana de ver las relaciones humanas, Pablo describe el ideal cristiano de la caridad. La caridad es un amor que se manifiesta en pequeños detalles, en gestos muy concretos.
Un amor que se pone en actitud de servicio, es decir, que invita a los demás a pedir favores. Se puede contar con él. Un amor desinteresado y gratuito que renuncia a sus propios derechos, a tomarse la justicia por su mano, y se dirige precisamente a aquellos que no le devolverán nada: los pobres y los enemigos. Un amor que evita las palabras y los gestos ofensivos. Un amor que busca la verdad y la acepta, incluso si la encuentra en los propios enemigos (“Eucaristía 1989”).
Después de hablar de los dones del Espíritu y de aquellos carismas que tanto apreciaban los corintios, Pablo quiere enseñarles un “camino mejor”. Este camino es el del amor cristiano o la caridad, sin la que nada aprovechan todos los dones espirituales. De este amor o de esta caridad va a ocuparse ahora a lo largo del c. 13 y, al comenzar el capítulo siguiente, dirá: "esforzaos por alcanzar la caridad". Primero se subordinan todos los dones o carismas al amor; luego se describe el comportamiento de los que se dejan guiar por el amor, y finalmente se afirma que éste es un valor que no pasa.
El autor se refiere primero al don de "hablar en lenguas" o "glosolalia", que se manifiesta en aquellos que se sienten arrebatados por el Espíritu y prorrumpen en gritos y suspiros en medio de la comunidad. Después alude al don de profecía, necesario para interpretar el sentimiento y la experiencia de los espirituales y, por último, se refiere a la fe que mueve montañas o la fuerza que se manifiesta en los taumaturgos. El entusiasmo de los primeros no edifica a la comunidad sin la palabra de los profetas, y ésta no aprovecha a la comunidad sin la eficacia de los taumaturgos. Pero ni el entusiasmo, ni la profecía, ni los milagros son nada sin el amor.
Pablo distingue el amor de las obras de caridad, de suerte que uno puede incluso repartir en limosnas todos sus bienes o dejarse quemar vivo y, sin embargo, si carece del amor todo esto no tiene valor alguno. El amor no es un sentimiento o un estado de ánimo, tampoco es pura exterioridad o lo que llamamos "obras de caridad".
El amor es vida, dinamismo, la auténtica fuerza. Por eso, Pablo describe el amor en términos activos y utiliza nada menos que quince verbos para caracterizarlo. Por eso, aunque el amor no consiste en las obras, sólo puede verificarse y acreditarse en ellas y en la manera de hacerlas.
El saber y el decir, el don de ciencia y el don de profecía, pasarán. Pues nuestro conocimiento de Dios es imperfecto, infantil. Cuando alcancemos la edad adulta, cuando madure lo que germina y crece ya en nosotros por la gracia de Dios y llegue el tiempo de la cosecha, veremos a Dios cara a cara. Entonces quedará el amor. Pero también la fe e incluso la esperanza, porque Dios será siempre para el hombre el Misterio inagotable y la fuente de una vida eterna. La fe y la esperanza permanecerán sin las imperfecciones de ahora, en el tiempo de nuestra peregrinación. La fe se verá libre de la oscuridad y la duda, la esperanza libre del riesgo y de la insatisfacción del caminante (“Eucaristía 1986”).
"Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor": Pablo presenta el carisma básico para el cristiano: el del amor. Tanto por el tema como por la forma, éste es uno de los textos más significativos del NT. Sin el amor, los otros dones para nada sirven.
-"El amor es comprensivo...": Después de decir lo que no es el amor, lo describe positivamente con estos rasgos: soporta las servidumbres de la vida con los demás, participando de la paciencia de Dios para con la humanidad pecadora y se manifiesta acogedor y gozoso de estar con el prójimo. Regresa después a la definición por exclusión: la "envidia" crea divisiones en la comunidad; el que "presume" no tiene sentido de la medida, y esto lo puede manifestar desde la frivolidad hasta la insolencia; el que "se engríe", "es mal educado": evitar lo que pueda herir o escandalizar; también es el reverso del amor, la irritabilidad, pues una cosa es la indignación contra el mal y otra la agresividad contra la persona; excluye la venganza, o sea, ignora el mal del prójimo; y finalmente se alegra de lo que hay de bien en los demás y participa de ello. Seguidamente Pablo vuelve a describir en positivo el amor con cuatro notas: el amor disimula el mal y los defectos del prójimo; confía; no pierde la ingenuidad; tiene esperanza en el triunfo del bien y no se descorazona soportando contra toda esperanza.
-"El amor no pasa nunca": Esta permanencia del amor, san Pablo la encuentra incluso en las dos etapas de la historia de la salvación. En la etapa presente, además del amor es preciso el conocimiento por la fe (animada por los carismas) de lo que esperamos. En la etapa definitiva, la edad adulta, el conocimiento de Dios será inmediato, no serán necesarios los carismas como ayudas para la fe; pero el amor subsistirá (J. Naspleda).
Este elogio de la caridad sigue un procedimiento corriente en las literaturas clásicas y judía (cf. Sab. 7, 22-30, muchos de cuyos versículos han sido tomados por Pablo), que se complacen en exaltar tal o cual virtud. Pablo describe en primer término los carismas más gloriosos, entre los que podían seducir a los corintios (2 Cor 12): glosolalia, profecía, beneficencia, incluso el suicidio por el fuego, considerado como el summum de la devoción. Pero todo esto no es nada: la caridad es otra cosa.
El apóstol utiliza diez veces la palabra "caridad" y todas las veces sin artículo ni complemento. De esta forma personaliza a esta cualidad o, más aún, la convierte en un absoluto al que nada puede determinar o limitar.
Los vv. 4-8a personalizan a la caridad. La caridad es paciente, con esa paciencia que soporta las injurias y domina el resentimiento (Mt. 5, 10-11, 21-24). Es benévola. No es envidiosa (sentimiento corriente entre los judíos con relación a otras religiones: Act. 5, 17; 17, 5). No se vanagloría (1 Cor. 4, 6, 18-19). No es inoportuna (1 Cor. 11, 4-6; 5, 1-6; 11, 21-22). Es desinteresada (en el sentido de que se preocupa de los débiles: 1 Cor. 8). Por último, nunca sucumbe (v. 8), sino que, puesta constantemente a prueba, siempre triunfa sobre el mal. Aquí es donde más se manifiesta la preocupación de Pablo por hacer un elogio de la caridad a la manera como los filósofos alababan a otras virtudes. La construcción "no es..., no es..., todo...todo, es característica de un procedimiento estoico.
La tercera estrofa compara el conocimiento actual con el que tendremos después de la muerte. San Pablo no menosprecia el organismo teologal actual, por eso precisa que la fe, la esperanza y la caridad permanecerán las tres, pero que la caridad es la más grande. Se impone una traducción exacta del v. 13.
Pablo no quiere decir que la fe y la esperanza desaparecerán a favor de la caridad, sino que más bien sugiere glorificar, con esta virtud, a todo el organismo teologal, que permanece todo entero, aun cuando la caridad ocupa en él un lugar preponderante. Pretender que la fe y la esperanza permanecen juntamente con la caridad parece, sin embargo, estar en contradicción con dos pasajes en que San Pablo afirma que las dos primeras virtudes desaparecerán (2 Cor 5,7; Rom 8,24); pero hay que tomarlas aquí en el sentido bíblico de las actitudes del hombre comprometido en la aceptación de la Palabra de Dios y que se remite a ella. En la nueva alianza, la Palabra es Cristo y nos revela el amor. Pero la fe continúa siendo un compromiso total y una entrega de sí mismo a Dios.
Cuando llegue la plenitud de la visión celestial, no se ve por qué habrán de desaparecer esta entrega de sí y este compromiso que son la fe y la esperanza comprendidas de esta forma. Una y otra se liberarán de la oscuridad presente, condicionamiento provisional debido al tiempo de prueba en que nos encontramos y que frecuentemente concentra toda la atención en los textos paulinos (Rom 8,24; 2 Cor 5,7), pero que no altera la esencia del organismo de hijo de Dios, puesto en nosotros para hacernos sin cesar fieles a Dios y entregados a su voluntad.
Fe, esperanza y amor son, pues, los diferentes aspectos de un organismo espiritual nuevo y complejo, ciertamente, pero único.
La lección esencial de este pasaje consiste en la manera en que Pablo rechaza todas las definiciones humanas del amor, comprendidas las que, a pesar de todo, están más espiritualizadas y hasta son las más heroicas. Todo el amor humano puede existir sin amor y no es porque se extienda su red de relaciones interpersonales en el amor y la amistad por lo que el amor está presente.
Si San Pablo canta amor tan distinto de los comportamientos humanos y que, sin embargo, es una acto humano, es porque nuestra conducta no se apoya ya en un catálogo de virtudes o en una obligación legal, sino sobre la presencia activa de Jesús en nosotros (Maertens-Frisque).
Que se rompa el espejo! Sin saberlo esperamos ahora la desaparición de los signos y los sacramentos a través de los cuales palpamos con nuestras manos a Dios y a la felicidad. Y lo esperamos precisamente porque, en el mismo momento en que celebramos la liturgia y los sacramentos, ellos mismos nos empujan hacia el futuro.
Esperamos que se rasgue el velo y "que se rompa el espejo". "Ahora, escribe S. Pablo, vemos en un espejo, confusamente" (1Co 13,12). Deseamos, ansiamos y esperamos que se rompa. Acelerar ese momento es incluso una de las características de toda celebración eucarística. De este modo, según S. Pablo, nuestra esperanza rebosa (Rm 15,13), pues todas las promesas han tenido su sí en Jesucristo (2 Co 1,20).
Si nos parece que esto es charlatanería de predicadores, significaría que no hemos comenzado aún a vivir la vida cristiana y que todavía no hemos realizado nuestro bautismo. De hecho, éste es el caso de la mayoría de los bautizados.
Viven como si no poseyeran la vida y su esperanza parece una esperanza de amargura. Esperan porque no ven qué otra cosa podrían hacer. Pero el objeto de su esperanza no está claro. Además, tendrían que dejar de esperar en el hoy, en el ahora, en el triunfo, en la grandeza de la Iglesia, en el esplendor de la "Institución", en la gloria de la ciencia. Les haría falta una esperanza que no fuese raquítica, triste, y que pudiera adecuarse a la medida de un pueblo y de un mundo cuyo rostro pasa y debe renovarse. Muchos cristianos creen que esperan, pero de hecho sólo esperan en objetos en los que volver a encontrarse a sí mismos. Es difícil dejar de esperar sólo en el propio futuro o esperar en el futuro del mundo, porque se forma parte de él. Hay esperanzas que existen únicamente porque están abiertas sobre uno mismo.
La Iglesia conoce la dificultad de la esperanza, y por eso, no sin motivo, en el transcurso de los siglos, ha cincelado una liturgia que particularmente sería (sin duda como toda liturgia, pero ahora tenemos que insistir en ello), una liturgia de esperanza, de espera en la esperanza. Pero una liturgia no es una exhortación moralizante, buenas palabras de consuelo que hacen subir la moral y dan paciencia al cliente haciéndole olvidar sus malos ratos. Se trata de poner al cristiano en contacto con una realidad, sin duda espiritual, pero no por ello menos real. Cada año, pues, la Iglesia pone al cristiano en situación vital de esperanza: debe esperar vinculado a todo el Antiguo Testamento, la llegada de la liberación. Esta liberación, ya cumplida, podrá celebrarla como una liberación presente a través de los signos y al celebrarla se dirigirá hacia un momento en el que desaparecerá todo signo. El cristiano va a realizar sacramentalmente su espera en la esperanza viviendo el pasado del Antiguo Testamento en el presente, viviendo la Encarnación como un hoy, esperando la vuelta de Cristo el último día, esperando que se rompa el espejo... Esta es toda la riqueza vital del tiempo de Adviento, del que debemos destacar las líneas maestras y profundizar las realidades de espera y esperanza para nosotros hoy y mañana.
-El amor es lo más grande (1 Co 12,31-13,11). La comunidad de Corinto -nos hemos visto precisados a hacerlo constar- no es fácil de dirigir. Si es rica en dones, es también algo turbulenta y primaria en su forma de reaccionar. San Pablo ha hablado de los dones, de los diversos ministerios y de las distintas actividades en la Iglesia. Pero surgen disputas en lo tocante a unos dones que, por su naturaleza, debían conducir a constituir la comunidad en la unidad... Pues bien, Pablo ha insistido en que un don no se concede para beneficio de la persona que lo recibe, sino en favor de toda la comunidad. Ha enumerado esos dones que han de servir a todos, finalizando por el don relativo a las lenguas. Por espectacular que sea este don, no es el mayor, y existen vías superiores a todas esas. Y san Pablo se lanza a la teología de la caridad.
Hasta aquí no se introducían diferencias radicales entre las tres virtudes, fe, esperanza y caridad; todas ellas estaban unidas entre sí. No niega san Pablo su mutua interacción, pero en la caridad ve la dinámica fundamental de toda actividad, y la ve en la base de todo don. Si los Corintios no consiguen vivir con esta caridad, ¿de qué les pueden servir los dones que han recibido y de los que tanto se ufanan? No se trata de una caridad cualquiera, sino de un don superior del Espíritu de Dios. Esto le brinda a san Pablo ocasión para describir en un estilo rítmico, casi el de un poema, el eficaz esplendor de la caridad. La caridad es insustituible y fundamento de todo (13, 1-3), en tanto que las otras dos virtudes acaban necesariamente en el encuentro definitivo con el Señor.
Esta es la doctrina siempre viva en la Iglesia de hoy, y que importa recordar. Podríamos sentirnos demasiado tentados a substituirla, cediendo a la seducción de lo extraordinario, por nuevos caminos más vistosos y que suponen también menos sacrificios. La caridad continúa siendo el criterio de fondo en todo, por el que podemos distinguir el trigo de la cizaña  (Adrien Nocent).
4. Lc 4,21-30. Continúa la homilía de Jesús sobre Is 51,1-2. Su interpretación del profeta no parece haber interesado mucho a los oyentes. Estos están más bien preocupados por la omisión de la frase del texto de Isaías sobre la venganza de Dios. Esta omisión la consideran una manipulación del texto sagrado. De ahí su protesta (v.22): "¿Quién se cree que es?". En la base de esta reacción se halla una concepción nacionalista.
El tiempo de Jesús se caracteriza, en efecto, por una tensa conciencia nacional, llena de odio y de rechazo de todo lo que no fuera judío. Para una psicología política de estas características, cualquier toma de posición exenta de venganza aparece como sospechosa de antipatriotismo. Esta es, en el fondo, la acusación que le hacen a Jesús sus paisanos: es un traidor. En realidad, Jesús no hace más que desmontar el supuesto privilegio de Israel, a base de datos tomados de la propia historia judía.
Pone las cosas en su punto, haciéndoles ver a sus paisanos que Dios no excluye a los demás pueblos, los cuales pueden incluso ser más dignos que Israel. Jesús hace una lectura apatriótica de la historia de Israel.
Después viene lo de siempre. Los patrocinadores del nacionalismo pasan de la palabra a los hechos. y éstos son, inevitablemente, violentos (“Eucaristía 1989”).
Jesús se presenta a sus paisanos para anunciarles el año de gracia, para proclamar que con su venida al mundo se inaugura ya la salvación que profetizara Isaías. Este es el contenido de la explicación que hizo Jesús en la sinagoga de Nazaret sobre el texto profético.
Aunque Lucas advierte que las palabras de Jesús eran palabras de gracia, esto es, palabras inspiradas, no hallaron fácil acceso al corazón de sus paisanos. En cierto modo el conocimiento que tenían de él y de su familia era un inconveniente para escucharle y aceptar su mensaje.
La vida cotidiana no se deja inquietar por lo extraordinario, ve incluso una amenaza en lo que se sale de lo corriente. Como si los hombres pensaran que lo verdaderamente grande y divino debe ser lo más distante. Como si los hombres se resistieran a admitir la cercanía de Dios y su encarnación entre los hombres.
Por eso, los vecinos de Nazaret no podían comprender que su carpintero fuera un enviado de Dios, mucho menos el Mesías, y no digamos ya el mismo Hijo de Dios hecho hombre. Además, ¿por qué no hacía en su pueblo lo que se decía que había hecho en Cafarnaúm?
Jesús conoce las cavilaciones de sus paisanos y las pone al descubierto con un refrán: "Sin duda me recitaréis aquel refrán: "Médico, cúrate a ti mismo", y responde con otro refrán: "Nadie es profeta en su tierra". Para mayor abundancia aclara el sentido de su respuesta con algunos ejemplos bíblicos. Ya los profetas Elías y su discípulo Eliseo tuvieron que abandonar a un pueblo recalcitrante que les rechazaba, y dirigirse a los gentiles, a los extranjeros.
En todos estos casos se muestra la soberanía de Dios, que puede dar a los gentiles lo que no merecen, por su incredulidad, los hijos de Israel. Escandalizados por las palabras de Jesús, y heridos en su amor propio, los nazaretanos atentan contra la vida del que se ha presentado ante ellos como enviado de Dios. Esta anécdota de Nazaret se radicalizará y se universalizará en el rechazo del que será objeto Jesús al ser entregado por los judíos y morir fuera de los muros de la ciudad santa bajo el poder de los romanos.
Porque "vino a los suyos, y los suyos no le recibieron" (“Eucaristía 1986”).
Lucas sugiere que Jesús se sirvió de un acontecimiento religioso para dar resonancia a su llamada pública. La cosa sucedió en Nazaret. Jesús propuso un modo nuevo de leer un texto de Isaías: no verle como un sueño del pasado, sino ponerle en práctica hoy mismo. Estableció un vehículo de relación entre un año «santo» que debía estarse celebrando por entonces y la palabra del profeta que anunciaba un año «de gracia, de favor» del Señor, un año de renovación.
La celebración del año «santo» estaba integrada en la Ley de Moisés y tenía sus normas bien determinadas: en él había que dar la libertad a los esclavos, perdonar las deudas, facilitar que todo el mundo pudiera recobrar su capital inicial vinculado a una parcela de tierra. El núcleo de esta idea era que cada 50 años todo el mundo tuviera la posibilidad de volver a comenzar sobre bases nuevas; quedaba claro, de esta forma, que las relaciones humanas no deben ser ocasión de explotación, sino de desarrollarse comunitariamente. Así unos y otros recobraban su libertad: el pobre porque había sido reducido a la esclavitud; el rico porque se ahogaba bajo el peso de la acumulación de bienes.
Normalmente cada 50 años el sumo sacerdote debía decretar en Jerusalén un año «santo» y proponer a todos la renovación que exigía la Ley de Moisés pero de hecho tomaban buenas precauciones para no llevarlo a la práctica. Por eso se comprende perfectamente que la llamada de Jesús a entrar en un verdadero año «santo» era, simultáneamente, una interpelación a todo el pueblo (la Biblia les concernía a todos), la propuesta de una transformación social y un desafío a la autoridad religiosa. Con toda justicia podía Jesús comenzar su predicación con este anuncio: «Felices los que sois pobres, vuestro es el Reino de Dios; felices los que ahora tenéis hambre, seréis saciados felices los que ahora lloráis, reiréis. Sí. Si todos respondían a la llamada del Reino, si todos cambiaban su manera de vivir, los pobres conocerían la felicidad; muerto el egoísmo, todos podrían vivir como hermanos. Nada extraño que ya desde el comienzo Jesús inquietara a los mantenedores del orden establecido: el Reino de Dios amenazaba con desestabilizar a muchas gentes muy bien establecidas (Alain Patin).