domingo, 31 de enero de 2010

Tiempo ordinario III, miércoles: el Señor afirmará la descendencia de David, y su realeza mediante su reino. Con la pedagogía de las parábolas habla de este Reino de Dios que se siembra con la palabra divina, también hoy

Tiempo ordinario III, miércoles: el Señor afirmará la descendencia de David, y su realeza mediante su reino. Con la pedagogía de las parábolas habla de este Reino de Dios que se siembra con la palabra divina, también hoy

 

Lectura del segundo libro de Samuel 7, 4-17. En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor: -«Ve y dile a mi siervo David: "Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy, no he habitado en una casa, sino que he viajado de acá para allá en una tienda que me servía de santuario. Y, en todo el tiempo que viajé de acá para allá con los israelitas, ¿encargué acaso a algún juez de Israel, a los que mandé pastorear a mi pueblo Israel, que me construyese una casa de cedro?" Pues bien, di esto a mi siervo David: "Así dice el Señor de los ejércitos: Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mi hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes como suelen los hombres, pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre."» Natán comunicó a David toda la visión y todas estas palabras.

 

Salmo responsorial 88, 4-5. 27-28. 29-30. R. Le mantendré eternamente mi favor.

Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades.»

«Él me invocará: "Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora"; y yo lo nombraré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra»

Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable; le daré una prosperidad perpetua y un trono duradero como el cielo»

 

Evangelio según san Marcos 4,1-20: En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento». Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone».

Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento».

 

Comentario: 1. David no se conformaba con haber traído el Arca a Jerusalén. Llevado de su espíritu religioso y también seguramente buscando la unidad política de las diversas tribus en torno a Jerusalén, quería construir a Dios un Templo, y así se lo hizo saber al profeta Natán. Este, le da hoy la respuesta.

La respuesta es que no, que Dios no quiere que David le construya ese Templo. Sí lo hará su hijo Salomón. Pero Natán aprovecha para entonar un canto magnifico sobre cuáles son los planes de Dios para con David y sobre el futuro del pueblo de Israel. Es un canto en que se valora, no lo que David ha hecho para con Dios, sino lo que Dios ha hecho para con David. La «casa-edificio» que el rey quería levantar es sustituida por la «casa-dinastía» que Dios tiene programada, la «casa de David».

Por si acaso había dudas sobre la legitimidad de David, las palabras de Natán aseguran que ha sido voluntad de Dios su acceso al trono después de Saúl. El Salmo 88 recoge estas promesas de Dios: «sellé una alianza con mi elegido, David, mi siervo... le mantendré eternamente mi favor, le daré una posteridad perpetua».

Para nosotros los cristianos, leer esta profecía de Natán nos recuerda la línea mesiánica que luego se manifestará en plenitud: el hijo y sucesor de David será Salomón, pero en «la casa de David» brotará más tarde el auténtico salvador del pueblo, el Mesías, Jesús. Por eso se le llamará «hijo de David». Si Salomón construirá el Templo material. luego Cristo se nos manifestará él mismo como el verdadero Templo del encuentro con Dios.

Deberíamos escuchar con interés las palabras que Dios dirige a David. También en nuestro caso la iniciativa la tiene siempre Dios. Ya dijo Jesús a los suyos que no habían sido ellos los que le elegían a él, sino él a ellos. Creemos que somos nosotros los que le hacemos favores a Dios cumpliendo con sus mandatos u ofreciéndole nuestras oraciones o levantándole templos.

Es Dios quien nos ama primero, el que nos está cerca.

La célebre profecía de Natán, que leemos hoy, se nos propone también en otras dos festividades:

-el día de la fiesta de san José -19 de marzo-, por medio del cual entra Jesús en la familia de David...

-el 24 de diciembre, víspera de Navidad, donde el Mesías es anunciado a los pastores de Belén, ciudad de David...

Conquistada la ciudad fuerte de Jerusalén, e introducida el Arca en la ciudad, David quiere completar su obra construyendo un «templo», una «Casa para Dios». Ahora bien, ¡Dios rehúsa! Y envía a un profeta con este mensaje al rey. Esto nos sorprende quizá, pero ¡Dios rehúsa!

Y da sus razones. Hay que escuchar atentamente los motivos que expone Dios para rehusar tener un santuario estable y grandioso. Esto enlaza con la enigmática provocación de Jesús: «destruid este Templo... y en tres días lo levantaré, pero no por mano de hombre...» (Juan 2, 19-21)

-¿Me vas a edificar una casa para que yo habite? No he habitado jamás en una casa desde el día en que hice subir de Egipto a los israelitas, pero Yo «acampaba» en una tienda o en un refugio...

Primer motivo del rechazo: «no soy un Dios para gente 'instalada', sino un Dios para 'nómadas', para gente 'en marcha', los acompaño en su caminar, y habito en la tienda como ellos...»

La "tienda" es el símbolo de la casa frágil, del refugio fortuito, no definitivo. Nuestra verdadera patria no es la tierra: nuestra verdadera casa está "allá arriba". Y Dios no tiene ningún interés en que nos instalemos aquí abajo.

Y, con ello, Dios nos plantea la cuestión. ¿Estoy "en marcha"? ¿Hacia dónde?

-Yo te he sacado del pastizal, de detrás del rebaño. Yo te edificaré una "casa". O sea que Dios le da la vuelta a la conversación, y es Él el que le dice que edificará una casa, un reinado, que le dará a David… una dinastía, un templo…

Segundo motivo: la total independencia de Dios. No es David quien se eligió rey a sí mismo. Incluso su descendencia será un perpetuo regalo de Dios. De sí mismo no era más que un pobre pastorcillo que Dios fue a buscar de detrás del rebaño para darle el poder.

El profeta juega con las palabras: «No serás tú quien construirá una casa-templo para Dios, es El quien te construirá una "casa-dinastía".

-Cuando tus días se hayan cumplido, te daré un sucesor en tu descendencia, que será nacido de ti... y consolidaré su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí, hijo...

Tercer motivo: el futuro de una dinastía, el futuro del hombre no descansan primordialmente sobre principios materiales -simbolizados por la solidez y la belleza de un edificio cultual como el Templo-... sino sobre una Alianza personal concertada entre Dios y los hombres: la fidelidad mutua de Dios y del rey -un padre con su hijo- es más decisiva que ¡todos los sacrificios del Templo!

Un día, Jesucristo, hijo de David, llevará a una perfección insospechada las relaciones de amor filial entre el Mesías y su Padre. Entonces el Templo no será ya necesario: el velo del Templo se rasgará.

Jamás ni Nathán, ni David, hubieran podido prever el cumplimiento en la persona de Jesús, en el Cuerpo de Jesús de la verdadera «casa de Dios» -lugar de la presencia inefable-... garantía de la estabilidad del pueblo por su adhesión filial al Padre. ¿Y yo? ¿Dónde sitúo mi religión? (Noel Quesson).

 

2. Sal. 88. Dios es siempre fiel a su Palabra y a sus promesas. Dios nos ha llamado para que seamos sus hijos y jamás se arrepiente de habernos aceptado como tales. Él bien nos conocía de antemano; y a pesar de todo nos amó, pues Él a nadie ha llamado para la perdición, sino para que, hechos hijos suyos, vivamos con Él eternamente. Dios jamás nos retira su favor; siempre está junto a nosotros; pero Él espera de nosotros una respuesta favorable a su amor y una fidelidad incondicional a su Palabra que nos salva. Por eso no sólo hemos de invocar a Dios por Padre; si en verdad somos sus hijos manifestémoslo, más que con los labios con las obras; que ellas den testimonio de nuestro ser de hijos de Dios.

 

3.- Mc 4,1-20 (ver domingo 15A). En el evangelio de Marcos empieza otra sección, el capitulo 4, con cinco parábolas que describen algunas de las características del Reino que Jesús predica.

La primera es la del sembrador, que el mismo Jesús luego explica a los discípulos: por tanto, él mismo hace la homilía aplicándola a la situación de sus oyentes.

Se podría mirar esta página desde el punto de vista de los que ponen dificultades a la Palabra: el pueblo superficial, los adversarios ciegos, los demasiado preocupados de las cosas materiales. Pero también se puede mirar desde el lado positivo: a pesar de todas las dificultades, la Palabra de Dios, su Reino, logra dar fruto, y a veces abundante. Al final de los tiempos y también ahora; en nuestra historia.

Podemos aplicarnos la parábola en ambos sentidos.

Ante todo, preguntémonos qué tanto por ciento de fruto produce en nosotros la gracia que Dios nos comunica, la semilla de su Reino, sus sacramentos y en concreto la Palabra que escuchamos en la Eucaristía: ¿un 30%, un 60%, un 100%?

¿Qué es lo que impide a la Palabra de Dios producir todo su fruto en nosotros: las preocupaciones, la superficialidad, las tentaciones del ambiente? ¿qué clase de campo somos para esa semilla que, por parte de Dios, es siempre eficaz y llena de fuerza? A veces la culpa puede ser de fuera, con piedras y espinas. A veces, de nosotros mismos, porque somos mala tierra y no abrimos del todo nuestro corazón a la Palabra que Dios nos dirige, a la semilla que él siembra lleno de ilusión en nuestro campo.

También haremos bien en darnos por enterados de la otra lección: Jesús nos asegura que la semilla sí dará fruto. Que a pesar de que este mundo nos parece terreno estéril -la juventud de hoy, la sociedad distraída, la falta de vocaciones, los defectos que descubrimos en la Iglesia-, Dios ha dado fuerza a su Palabra y germinará, contra toda apariencia. No tenemos que perder la esperanza y la confianza en Dios. Es él quien, en definitiva, hace fructificar el Reino. No nosotros. Nosotros somos invitados a colaborar con él. Pero el que da el incremento y el que salva es Dios (J. Aldazábal).

* Sentido de las parábolas. "Salió el sembrador a sembrar…" comienza hoy la Iglesia a proponernos una de las grandes "parábolas" de Jesús. El mensaje de ellas, su naturaleza y finalidad, ha sido tratado por Benedicto XVI en su reciente libro sobre Jesús: "Las parábolas son indudablemente el corazón de la predicación de Jesús. No obstante el cambio de civilizaciones nos llegan siempre al corazón con su frescura y humanidad". Dejan ver una «marcada originalidad personal, una claridad y sencillez singular, una inaudita maestría de la forma» (Joachim Jeremias). En ellas sentimos inmediatamente la cercanía de Jesús, cómo vivía y enseñaba. "Pero al mismo tiempo nos ocurre lo mismo que a sus contemporáneos y a sus discípulos: debemos preguntarle una y otra vez qué nos quiere decir con cada una de las parábolas (cf. Mc 4, 10)", porque no hablan sólo de hechos ocurridos hace 2000 años, sino que nos interpelan en nuestro "hoy".

Se ha escrito mucho sobre la distinción entre alegoría y parábola. En cualquier caso, se trata de un lenguaje en imágenes, con abundantes metáforas. Interpretaciones alegóricas las vemos en las parábolas como la del sembrador, cuya semilla cae parte en el camino, parte en terreno pedregoso, parte entre espinas y parte en suelo fértil (cf. Mc 4, 1-20). Pero las parten de un fragmento de vida real en el que se trata de reflejar alguna idea o «punto dominante». Pero no intentemos acotarlas a nuestro pobre entendimiento actual, están siempre abiertas… Sobre ellas puede haber interpretaciones alegóricas, de manera que las dos conviven en un mismo texto, se pueden entremezclar. Jeremías ha demostrado que la palabra hebrea mashal (parábola, dicho enigmático) abarca los más diversos géneros: la parábola, la comparación, la alegoría, la fábula, el proverbio, el discurso apocalíptico, el enigma, el seudónimo, el símbolo, la figura ficticia, el ejemplo (el modelo), el motivo, la justificación, la disculpa, la objeción, la broma. Por tanto, el sustrato de las parábolas no son imágenes e historias fáciles de retener para decir algo banal: «Nadie crucificaría a un maestro que relata historias amenas para reforzar la inteligencia moral» (Charles W. F. Smith). Nos muestran el Maestro. Nos hablan del Reino de Dios que Jesús instaura, y de la «escatología que se realiza», "el tema más profundo del anuncio de Jesús era su propio misterio, el misterio del Hijo, en el que Dios está entre nosotros y cumple fielmente su promesa (…) el Reino de Dios está por venir y que ha llegado en su persona (…) el Reino de Dios se «realiza» en la venida de Jesús. Por tanto, podemos hablar verdaderamente de una «escatología que se realiza»: Jesús, el que ha llegado, es también a lo largo de toda la historia el que llega; es de esta «llegada» de la que, en el fondo, nos habla".

"Si bien podemos interpretar todas las parábolas como invitaciones ocultas y multiformes a creer en El como al «Reino de Dios en persona», nos encontramos con unas palabras de Jesús a propósito de las parábolas que nos desconciertan. Los tres sinópticos nos cuentan que Jesús, cuando los discípulos le preguntaron por el significado de la parábola del sembrador, dio inicialmente una respuesta general sobre el sentido de su modo de hablar en parábolas. En el centro de esta respuesta se encuentran unas palabras de Isaías (cf. 6, 9s) que los sinópticos reproducen con diversas variantes. El texto de Marcos dice, según la cuidada traducción de Jeremías: «A vosotros (al círculo de los discípulos) os ha concedido Dios el secreto del Reino de Dios: pero para los de fuera todo resulta misterioso, para que (como está escrito) "miren y no vean, oigan y no entiendan, a no ser que se conviertan y Dios los perdone"» (Mc 4, 12; Jeremías, p. 11). ¿Qué significa esto? ¿Sirven las parábolas del Señor para hacer su mensaje inaccesible y reservarlo sólo a un pequeño grupo de elegidos, a los que Él mismo se las explica? ¿Acaso las parábolas no quieren abrir, sino cerrar? ¿Es Dios partidista, que no quiere la totalidad, a todos, sino sólo a una élite?

Si queremos entender estas misteriosas palabras del Señor, hemos de leerlas a partir del texto de Isaías que cita, y leerlas en la perspectiva de su vida personal, cuyo final Él conoce. Con esta frase, Jesús se sitúa en la línea de los profetas; su destino es el de los profetas. Las palabras de Isaías, en su conjunto, resultan mucho más severas e impresionantes que el resumen que Jesús cita. El Libro de Isaías dice: «Endurece el corazón de este pueblo, tapa sus oídos, ciega sus ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y se cure» (6, 10). El profeta fracasa: su mensaje contradice demasiado la opinión general, las costumbres corrientes. Sólo a través de su fracaso las palabras resultan eficaces. Este fracaso del profeta se cierne como una oscura pregunta sobre toda la historia de Israel, y en cierto sentido se repite continuamente en la historia de la humanidad. Y también es sobre todo, siempre de nuevo, el destino de Jesucristo: la cruz. Pero precisamente de la cruz se deriva una gran fecundidad.

Y aquí se desvela de forma inesperada la relación con la parábola del sembrador, en cuyo contexto aparecen las palabras de Jesús en los sinópticos. Llama la atención la importancia que adquiere la imagen de la semilla en el conjunto del mensaje de Jesús. El tiempo de Jesús, el tiempo de los discípulos, es el de la siembra y de la semilla. El «Reino de Dios» está presente como una semilla. Vista desde fuera, la semilla es algo muy pequeño. A veces, ni se la ve. El grano de mostaza —imagen del Reino de Dios— es el más pequeño de los granos y, sin embargo, contiene en sí un árbol entero. La semilla es presencia del futuro. En ella está escondido lo que va a venir. Es promesa ya presente en el hoy. El Domingo de Ramos, el Señor ha resumido las diversas parábolas sobre las semillas y desvelado su pleno significado: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Él mismo es el grano. Su «fracaso» en la cruz supone precisamente el camino que va de los pocos a los muchos, a todos: «Y cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).

El fracaso de los profetas, su fracaso, aparece ahora bajo otra luz. Es precisamente el camino para lograr «que se conviertan y Dios los perdone». Es el modo de conseguir, por fin, que todos los ojos y oídos se abran. En la cruz se descifran las parábolas. En los sermones de despedida dice el Señor: «Os he hablado de esto en comparaciones: viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente» (Jn 16,25). Así, las parábolas hablan de manera escondida del misterio de la cruz; no sólo hablan de él: ellas mismas forman parte de él. Pues precisamente porque dejan traslucir el misterio divino de Jesús, suscitan contradicción. Precisamente cuando alcanzan máxima claridad, como en la parábola de los trabajadores homicidas de la viña (cf. Mc 12, 1-12), se transforman en estaciones de la vía hacia la cruz. En las parábolas, Jesús no es sólo el sembrador que siembra la semilla de la palabra de Dios, sino que es semilla que cae en la tierra para morir y así poder dar fruto".

** Desde un punto de vista teológico hemos visto la riqueza de la parábola, pero en lo humano, ¿qué es realmente una parábola? ¿qué busca quien la narra? "Mediante el ejemplo, acerca al pensamiento de aquellos a los que se dirige una realidad que hasta entonces estaba fuera de su alcance. Mostrará cómo, en una realidad que forma parte de su ámbito de experiencias, hay algo que antes no habían percibido. Mediante la comparación, acerca lo que se encuentra lejos, de forma que a través del puente de la parábola lleguen a lo que hasta entonces les era desconocido. Se trata de un movimiento doble: por un lado, la parábola acerca lo que está lejos a los que la escuchan y meditan sobre ella; por otro, pone en camino al oyente mismo. La dinámica interna de la parábola, la autosuperación de la imagen elegida, le invita a encomendarse a esta dinámica e ir más allá de su horizonte actual, hasta lo antes desconocido y aprender a comprenderlo. Pero eso significa que la parábola requiere la colaboración de quien aprende, que no sólo recibe una enseñanza, sino que debe adoptar él mismo el movimiento de la parábola, ponerse en camino con ella. En este punto se plantea lo problemático de la parábola: puede darse la incapacidad de descubrir su dinámica y de dejarse guiar por ella; puede que, sobre todo cuando se trata de parábolas que afectan a la propia existencia y la modifican, no haya voluntad de dejarse llevar por el movimiento que la parábola exige.

Con esto hemos vuelto a las palabras del Señor sobre el mirar y no ver, el oír y no entender. Jesús no quiere transmitir unos conocimientos abstractos que nada tendrían que ver con nosotros en lo más hondo. Nos debe guiar hacia el misterio de Dios, hacia esa luz que nuestros ojos no pueden soportar y que por ello evitamos. Para hacérnosla más accesible, nos muestra cómo se refleja la luz divina en las cosas de este mundo y en las realidades de nuestra vida diaria. A través de lo cotidiano quiere indicarnos el verdadero fundamento de todas las cosas y así la verdadera dirección que hemos de tomar en la vida de cada día para seguir el recto camino. Nos muestra a Dios, no un Dios abstracto, sino el Dios que actúa, que entra en nuestras vidas y nos quiere tomar de la mano. A través de las cosas ordinarias nos muestra quiénes somos y qué debemos hacer en consecuencia; nos transmite un conocimiento que nos compromete, que no sólo nos trae nuevos conocimientos, sino que cambia nuestras vidas. Es un conocimiento que nos trae un regalo: Dios está en camino hacia ti. Pero es también un conocimiento que plantea una exigencia: cree y déjate guiar por la fe. Así, la posibilidad del rechazo es muy real, pues la parábola no contiene una fuerza coercitiva".

Hoy tenemos un concepto de realidad sin transparencia de lo espiritual, sin Dios porque no se somete a "experimentos" de verdad: Él es la verdad. «Cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras» (Sal 95, 9). "Dios no puede transparentarse en modo alguno, dice el concepto moderno de realidad. Y, por tanto, menos aún se puede aceptar la exigencia que nos plantea: creer en Él como Dios y vivir en consecuencia parece una pretensión inaceptable. En esta situación, las parábolas llevan de hecho a no ver y no entender, al «endurecimiento del corazón».

Así, por último, las parábolas son expresión del carácter oculto de Dios en este mundo y del hecho de que el conocimiento de Dios requiere la implicación del hombre en su totalidad; es un conocimiento que forma un todo único con la vida misma, un conocimiento que no puede darse sin «conversión». En el mundo marcado por el pecado, el baricentro sobre el que gravita nuestra vida se caracteriza por estar aferrado al yo y al «se» impersonal. Se debe romper este lazo para abrirse a un nuevo amor que nos lleve a otro campo de gravitación y nos haga vivir así de un modo nuevo. En este sentido, el conocimiento de Dios no es posible sin el don de su amor hecho visible; pero también el don debe ser aceptado. Así pues, en las parábolas se manifiesta la esencia misma del mensaje de Jesús y en el interior de las parábolas está inscrito el misterio de la cruz".

*** Vamos a aplicarlo a nuestra vida y acción apostólica. "Salió el sembrador a sembrar…" Parece retratarse con esta parábola –actual hoy como nunca– a la perfección la actitud de bastantes en nuestro tiempo, que la simiente de amor que trajo Jesús a la tierra caiga en el camino, o se lo coman los pájaros, o quede ahogado por el egoísmo o el miedo... Eso de no captar lo que está ante los propios ojos, porque no se quiere contemplar ni reconocer; de no oír lo que de continuo se escucha, porque no se quiere atender ni saber; de no conmoverse por lo que clama al cielo, porque sólo interesa lo propio por mucho que se diga lo contrario, es tan habitual, tan normal, llegamos a decir; tan corriente o tan frecuente, sería más preciso, que llama poco la atención. Critica Isaías: "se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan". La tozudez humana provoca dureza de corazón: oídos que no oyen, ojos que no ven…, agnosticismo y tristeza. Dejarse seducir por el poder o la riqueza impide que germine la palabra, hace incapaz para ver a los demás. No da igual si no me ocupo de unos padres mayores, si atiendo bien el trabajo, si me ocupo de ser solidario con los que puedo ayudar… cuando hacemos el bien nos hacemos buenos, y somos felices. Tan sólo haciéndonos los ciegos y los sordos podríamos concluir que poco importa dar fruto o no; que la misma categoría tiene el diligente que el perezoso, el generoso que el egoísta. Hoy se extiende la idea de que el egoísmo no es malo, que es una opción, que la libertad es hacer lo que quiera. Sí, pero es una pobre libertad esclava del egoísmo, y lleva a la tristeza. Es decir que somos libres y responsables, que según lo que sembremos recogeremos. Y según como sea nuestro corazón podremos o no acoger la simiente divina y dar fruto. Tenemos miedo al sufrimiento, a darnos, nos vienen ganas de reservarnos y de reservar dinero y cosas, queremos una hegemonía sobre los demás. Pero ese miedo se debe a un engaño, a una mentira también vieja como el mismo pecado: pensar que podemos ser dioses; que la condición de criatura es indigna del hombre, como si todas las desgracias fueran a venirnos como consecuencia de reconocer esa realidad.

Más bien sucede lo contrario y bien claro está en la historia de nuestros días. Cuando el grano de trigo muere da mucho fruto. Cuando nuestro corazón es tierra buena para acogerlo, entonces hay vida, si no no hay más que muerte.

No hay cosa más bonita, arte más grande, que colaborar en esta siembra divina: "No perdamos nunca de vista que no hay fruto, si antes no hay siembra: es preciso -por tanto- esparcir generosamente la Palabra de Dios, hacer que los hombres conozcan a Cristo y que, conociéndole, tengan hambre de él. El labriego sabe esperar meses tras meses hasta ver despuntar la simiente, hasta la recolección" (S. Josemaría Escrivá). Y es esta paciencia la que nos impulsa a ser comprensivos con los demás, persuadidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo. Hemos de ayudar a cada alma pero sin forzarla, respetando su libertad, pues cada uno es dueño de su destino. En cualquier caso, no somos la simiente sino el brazo que se convierte en instrumento del Sembrador, como decía  S. Agustín: "Nosotros somos simples braceros, porque Dios es quien siembra", o también S. Pio X: "Debemos recordar siempre que los hombres no son más que instrumentos, de los que Dios se sirve para la salvación de las almas, y hay que procurar que estos instrumentos estén en buen estado para que Dios pueda utilizarlos".

Condición, para el sembrador-apóstol, es: "convencernos de que, para fructificar, la semilla  ha de enterrarse y morir. Luego se levanta el tallo y surge la espiga. De la espiga, el pan, que será convertido por Dios en Cuerpo de Cristo. De esa forma nos volvemos a reunir en Jesús, que fue nuestro sembrador. Porque el pan es uno, y aunque seamos muchos, somos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan (...). La gracia de Dios no te falta. Por lo tanto, si correspondes, debes estar seguro. / El triunfo depende de ti: tu fortaleza y tu empuje unidos a esa gracia  son razón más que suficiente para darte el optimismo de quien tiene segura la victoria" (S. Josemaría).

Otra característica: no despreciar a nadie, no descartarlos, pues S. Juan Crisóstomo añade: "Y  qué razón tiene el sembrar sobre espinas, sobre piedras, sobre el camino? Tratándose de semilla y de tierra, ciertamente no tendrían razón de ser, pues no es posible que la piedra se convierta en tierra, ni que el camino no sea camino, ni que las espinas dejen de ser tales; mas con las almas no es así. Porque es posible que la piedra se transforme en tierra buena, y que el camino no sea ya pisado ni permanezca abierto a todos los que pasan, sino que se torne campo fértil, y que las espinas desaparezcan y la semilla fructifique en ese terreno. No hay terrenos demasiado duros o baldíos para Dios". Un ejemplo lo ilustra: Dos amigos marineros viajaban en un buque carguero por todo el mundo, y andaban todo el tiempo juntos. Así que, esperaban la llegada a cada puerto para bajar a tierra, encontrarse con mujeres, beber y divertirse.

Un día llegan a una isla perdida en el Pacífico, desembarcan y se van al pueblo para aprovechar las pocas horas que iban a permanecer en tierra.

En el camino se cruzan con una mujer que está arrodillada en un pequeño río lavando ropa. Uno de ellos se detiene y le dice al otro que lo espere, que quiere conocer y conversar con esa mujer. El amigo, al verla y notar que esa mujer aparece con ropas sencillas, que demuestra poca categoría social, le dice que para qué, si en el pueblo seguramente iban a encontrar chicas más lindas, más dispuestas y divertidas.

Sin embargo, sin escucharlo, el primero se acerca a la mujer y comienza  a hablarle y preguntarle sobre su vida y sus costumbres. Cómo se llama,  qué es lo que hace, cuantos años tiene, si puede acompañarlo a caminar por la isla. La mujer escucha cada pregunta sin responder ni dejar de lavar la ropa, hasta que finalmente le dice al marinero que las costumbres del lugar le impiden hablar con un hombre, salvo que este manifieste la intención de casarse con ella, y en ese caso debe hablar primero con su padre, que es el jefe o patriarca del pueblo.

El hombre la mira y le dice: "Está bien. Llévame ante tu padre. Quiero casarme contigo". El amigo, cuando escucha esto, no lo puede creer. Piensa que es una broma, un truco de su amigo para entablar relación con esa mujer. Y le dice: "¿Para qué tanto lío? Hay un montón de mujeres más lindas en el pueblo. ¿Para qué tomarse tanto trabajo?". El hombre le responde: "No es una broma. Me quiero casar con ella. Quiero ver a su padre para pedir su mano".

Su amigo, más sorprendido aún, siguió insistiendo con argumentos tipo: "¿Tu estás loco?", "¿Qué le viste?", "¿Qué te pasó?", "¿Seguro que no tomaste nada?" y cosas por el estilo. Pero el hombre, como si no escuchase a su amigo, siguió a la mujer hasta el encuentro con el patriarca de la aldea. El hombre le explica que habían llegado recién a esa isla, y que le venía a manifestar su interés de casarse con una de sus hijas. El jefe de la tribu lo escucha y le dice que en esa aldea la costumbre era pagar una dote por la mujer que se elegía para casarse.

Le explica que tiene varias hijas, y que el valor de la dote varía según las bondades de cada una de ellas, por las más hermosas y más jóvenes se debía pagar 9 vacas, las había no tan hermosas y jóvenes, pero que eran excelentes cuidando los niños, que costaban 8 vacas, y así disminuía el valor de la dote al tener menos virtudes.

El marino le explica que entre las mujeres de la tribu había elegido a una que vio lavando ropa en un arroyo, y el jefe le dice que esa mujer, por no ser tan valiosa, le podría costar 3 vacas.

 "Está bien" respondió el hombre, "me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve vacas". El padre de la mujer, al escucharlo, le dijo: "Ud. no entiende. La mujer que eligió cuesta tres vacas, mis otras hijas, más jóvenes, cuestan  nueve vacas". "Entiendo muy bien", respondió nuevamente el hombre, "me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve vacas". Ante la insistencia del hombre, el padre, pensando que siempre aparece un loco, aceptó y de inmediato comenzaron los preparativos para la boda, que iba a realizarse lo antes posible.

El marinero amigo no lo podía creer. Pensó que el hombre había enloquecido de repente, que se había enfermado, que se había contagiado de una rara fiebre tropical. No aceptaba que una amistad de tantos años se iba a terminar en unas pocas horas. Que él partiría y su mejor amigo se quedaría en una perdida islita del Pacífico. Finalmente, la ceremonia se realizó, el hombre se casó con la mujer nativa, su amigo fue testigo de la boda y a la mañana siguiente partió en el barco, dejando en esa isla a su amigo de toda la vida.

El tiempo pasó, el marinero siguió recorriendo mares y puertos a bordo de los barcos cargueros más diversos y siempre recordaba a su amigo y se preguntaba: "¿qué estaría haciendo?, ¿cómo sería su vida?,  ¿viviría aún?". Un día, el itinerario de un viaje lo llevó al mismo puerto donde años atrás se había despedido de su amigo. Estaba ansioso por saber de él, por verlo, abrazarlo, conversar y saber de su vida.

Así es que, en cuanto el barco amarró, saltó al muelle y comenzó a caminar apurado hacia el pueblo. "¿Dónde estaría su amigo?,  ¿Seguiría en la isla?, ¿Se habría acostumbrado a esa vida o tal vez se habría ido en otro barco?"

De camino al pueblo, se cruzó con un grupo de gente que venía caminando por la playa, en un espectáculo magnífico. Entre todos, llevaban en alto y sentada en una silla a una mujer bellísima. Todos cantaban hermosas canciones y obsequiaban flores a la mujer y esta los retribuía con pétalos y guirnaldas. El marinero se quedó quieto, parado en el camino hasta que el cortejo se perdió de su vista. Luego, retomó su senda en busca de su amigo.

Al poco tiempo, lo encontró. Se saludaron y abrazaron como lo hacen dos buenos amigos que no se ven durante mucho tiempo. El marinero no paraba de preguntar: "¿Y cómo te fue?,  ¿Te acostumbraste a vivir aquí?, ¿Te gusta esta vida?, ¿No quieres volver?" Finalmente se anima a preguntarle: "¿Y como está tu esposa?" Al escuchar esa pregunta, su amigo le respondió: "Muy bien, espléndida. Es más, creo que la viste llevada en andas por un grupo de gente en la playa que festejaba su cumpleaños".

El marinero, al escuchar esto y recordando a la mujer insulsa que años atrás encontraron lavando ropa, preguntó: "¿Entonces, te separaste? No es misma mujer que yo conocí, ¿no es cierto?". "Si" dijo su amigo, "es la misma mujer que encontramos lavando ropa hace años atrás".

"Pero, es muchísimo más hermosa, femenina y agradable,  ¿cómo puede ser?",  preguntó el marinero.

"Muy sencillo" respondió su amigo. "Me pidieron de dote 3 vacas por ella, y ella creía que valía 3 vacas. Pero yo pagué por ella 9 vacas, la traté y consideré siempre como una mujer de 9 vacas. La amé como a una mujer de 9 vacas. Y ella se transformó en una mujer de 9 vacas".

Cuando alguien nos valora y nos estimula, con sinceridad y amor, obramos cambios impensados...  "Sólo pierde quien deja de intentar".

Otro peligro es pensar que no hemos sembrado bien, que no tenemos ni idea de hacer las cosas, el lamento pesimista del que se piensa culpable de que haya guerras en el otro lado del mundo: "A menudo os equivocáis cuando decís: me he engañado con la educación de mis hijos, o  no he sabido hacer el bien a mi alrededor. Lo que sucede es que aún no habéis conseguido el resultado que pretendíais, que todavía no veis el fruto que hubierais deseado, porque la mies no está madura. Lo que importa es que hayáis sembrado, que hayáis dado a Dios a las almas. Cuando Dios quiera, esas almas volverán a él. Puede que vosotros no estéis allí para verlo, pero habrá otros para recoger lo que habéis sembrado" (G. Chevrot).

Finalmente, vamos a la semilla que cayó en buena tierra y dio fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta: la fertilidad de la buena tierra compensó con creces a la simiente que dejó de dar el fruto debido. Nada quedó sin fruto. El gran error del sembrador sería no echar la simiente por temor a que una parte cayera en lugar poco propicio para fructificar, o por temor a que nos malinterpreten, etc.

"Jesús, os decía al comienzo, es el sembrador. Y, por medio de los cristianos, prosigue su siembra divina. Cristo aprieta el trigo en sus manos llagadas, lo empapa con su sangre, lo limpia, lo purifica y lo arroja en el surco, que es el mundo" (S. Josemaría). Su sangre vivifica a todo el mundo, a cada uno. Y así también, de formas muchas veces insospechada, hace fructificar nuestros esfuerzos: "Mis elegidos no trabajarán en vano" (Is. 65, 23), no se pierde nada de lo que se hace cuando estamos con el Señor. El apostolado es así tarea alegre y, a la vez, sacrificada: en la siembra y en la recolección: "Ante un panorama de hombres sin fe, sin esperanza; ante cerebros que se agitan, al borde de la angustia, buscando una razón de ser a la vida, t encontraste una meta: El! /  Y este descubrimiento inyectará permanentemente en tu existencia una alegra nueva, te transformará, y te presentar una inmensidad diaria de cosas hermosas que te eran desconocidas, y que muestran la gozosa amplitud de ese camino ancho, que te conduce a Dios" (San Josemaría). En Santa María encontramos el mejor modelo de correspondencia a la siembra divina, a ella acudimos para dar fruto.

            "El que tenga oídos para oír que oiga" La parábola no es una alegoría, sino algo mucho más sencillo. La alegoría es una comparación más elaborada, en la que cada uno de los rasgos remite a un significado escondido. La parábola, por el contrario, tiene un solo centro hacia el que converge todo lo demás; por eso no es necesario buscar un significado concreto para cada uno de los detalles de la narración. Basta con captar el meollo. Las parábolas evangélicas no nacen simplemente de una exigencia didáctica, preocupada por la claridad y la vivacidad.

Nacen de una exigencia teológica, o sea, del hecho de que no podemos hablar directamente del Reino de Dios, que está más allá de nuestras experiencias, sino solamente "en parábolas", indirectamente, mediante comparaciones sacadas de nuestra vida. Las parábolas se arraigan en nuestra vida cotidiana. De este origen tan humilde es de donde se derivan las tres propiedades que caracterizan al lenguaje parabólico. Es un lenguaje "inadecuado", por estar sacado de la vida de cada día, aunque su finalidad es expresar algo que está más allá, algo más profundo. Pero al mismo tiempo es un lenguaje "abierto" a lo trascendente, capaz no ciertamente de expresarlo, pero sí de aludir a él, porque si es verdad que el Reino de Dios no se identifica con la realidad de nuestra historia, también es verdad que guarda una gran relación con ella. Finalmente es un lenguaje que "obliga a pensar": no desarrolla todo el discurso, no es una perspectiva tranquilizante (como la del discurso que pretende definir una realidad, permitiéndonos dominarla), sino que la parábola es simplemente un primer paso que nos invita a seguir adelante, es un discurso global, que deja intacto el misterio del Reino, pero señalando su impacto en nuestra existencia, el vínculo existente entre el Reino y la vida. De este modo la parábola hace pensar, inquieta y compromete.

De aquí la ambigüedad de las parábolas (pero más concretamente la de la historia como revelación de Dios, incluso la de la historia de Jesús): son a la vez luminosas y oscuras, revelan y esconden. Exigen un esfuerzo de interpretación y de decisión. Dejan vislumbrar el misterio de Dios a quienes tienen unos ojos penetrantes y un corazón generoso, pero resultan oscuras y "carnales" para los distraídos y los que tienen el corazón pesado. El término "parábola" -lo mismo que el hebreo "mashal"- se presta precisamente a dos significados: comparación que aclara y enigma que deja perplejo.

Y es éste el sentido que Marcos desarrolla y convierte en cierto modo en la tesis central del discurso. Toma ocasión de las parábolas para introducir dos motivos que le agradan: la incapacidad del hombre para comprender los misterios del Reino de Dios y, por consiguiente, la necesidad de una ayuda que venga de arriba; la distinción entre lo que están "dentro" (y comprenden) y los que permanecen "fuera" (sin comprender).

En este punto se nos ocurren dos observaciones (que nos ofrecen las mismas parábolas): ¿en qué consiste el "misterio" que hay que comprender? ¿Cuáles son las condiciones para comprenderlo? Sobre el primer punto digamos enseguida que el secreto del Reino de 4, 11 no se identifica exactamente con el secreto mesiánico, o sea, con la pregunta: "¿quién es Jesús?".

En efecto, los discípulos seguirán hasta el capítulo 8 sin comprender quién es Jesús. En cuanto al segundo punto deseamos llamar la atención sobre el vínculo que une al "seguir" con el "comprender". Marcos nos ha dicho en el capítulo anterior que el discípulo es aquel a quién se le ha dado comprender.

Pero ¿por qué comprende? Precisamente porque está dentro y no se ha quedado "fuera", porque se ha decidido y está en comunión con Cristo.

Concretemos: no se trata de una comunión genérica con el recuerdo de Jesús (la comunidad no es simplemente un hecho de memoria), sino una comunión con el Cristo viviente que hoy habla en la comunidad. Sólo puede comprender el que está inserto en la comunidad. El secreto del Reino de Dios se capta desde dentro.

Para quien vive en la comunidad la palabra de Jesús (que ahora se anuncia en la Iglesia) es una parábola que ilumina, mientras que para el que está fuera es un enigma que lo deja perplejo (Bruno Maggioni).

La parábola del sembrador insiste ampliamente en la desgracia del labrador; solo al final una breve indicación sobre la semilla que da fruto.

¿Qué significa esto en concreto? Algunos (como los apocalípticos judíos contemporáneos de Jesús) la leen de este modo: ahora hay oposiciones, ahora triunfa el mal, pero con la llegada última de Dios el mal quedará destruido, los malos serán castigados y el bien triunfará. Otros (como los fariseos) prefieren leer la parábola en la perspectiva de los méritos y del premio: hoy el creyente parece trabajar inútilmente, su fiel observancia no recibe ninguna paga, pero en realidad está acumulando méritos para el premio eterno.

Creo que el pensamiento de Jesús -aunque se acerque en parte a las dos lecturas precedentes- es distinto y mucho más rico. No se contenta con decir que los fracasos de hoy se convertirán en triunfos mañana.

Pretende más bien afirmar que el Reino está ya presente (aunque a nivel de semilla y aunque aparentemente aplastado): el Reino está aquí, en medio de las oposiciones, en medio de los fracasos (y no simplemente que los fracasos se transformarán en éxitos). De todas formas sigue siendo verdad que los fracasos cambiarán de signo. Por eso la parábola -además de ser una afirmación de la presencia del Reino- se convierte en un estímulo para quienes lo anuncian. La parábola llama la atención sobre el trabajo del sembrador -un trabajo abundante, sin medida, sin miedo a desperdiciar-, que parece de momento inútil, infructuoso, baldío; sin embargo -dice Jesús-, lo cierto es que alguna parte dará fruto, y un fruto abundante. Porque el fracaso es sólo aparente: en el Reino de Dios no hay trabajo inútil, no se desperdicia nada. De todas formas -y entonces la parábola se convierte en advertencia-, haya o no haya éxito, haya o no haya desperdicio, el trabajo de la siembra no debe ser calculado, medido, precavido; sobre todo no hay que escoger terrenos ni echar la semilla en algunos sí y en otros no. El sembrador echa el grano sin distinciones y sin regateos; así es como actúa Cristo en su amor a los hombres y así es como ha de actuar la Iglesia en el mundo. ¿Cómo saber -a la hora de sembrar- qué terrenos darán fruto y qué terrenos se negarán? Nadie tiene que adelantarse al juicio de Dios. Así pues, la parábola llama la atención sobre la presencia del Reino en el seno de las contradicciones de la historia, presencia que es imposible discernir con los "criterios" del éxito o del fracaso, en los que se apoya el cálculo de los hombres. Es éste el primer aspecto que hay que comprender, importante sobre todo para la Iglesia predicante y para los misioneros: no tienen que desanimarse en su trabajo de mensajeros ni tienen que dejarse llevar por los cálculos humanos.

La explicación (4, 14-20) de la parábola (que a nosotros nos parece, como hemos dicho, un comentario hecho por la comunidad a fin de actualizar la parábola para una situación distinta) desplaza la atención del sembrador a los terrenos. No se dirige ya al predicador, sino al discípulo que tiene que escuchar para atesorar la palabra que escucha; le revela las diversas causas que pueden llevarlo a la pérdida de ese tesoro. De esas causas algunas pueden parecer excepcionales, como la tribulación escatológica y la persecución, pero hay otras ciertamente cotidianas, como las preocupaciones del mundo (hoy hablaríamos de los negocios), la obsesión por las riquezas y las ambiciones.

La advertencia de Marcos no proviene de una concepción dualista (rechazar las cosas materiales por ser indignas, los compromisos de la historia por ser terrenos, las riquezas por ser vanidad), sino que se mueve dentro de la perspectiva de la libertad por el Reino. En esta perspectiva la advertencia se hace todavía más radical. No es simplemente cuestión de pecado y de no pecado, de lícito o de ilícito. No es suficiente valorar la opción en sí misma, ya que incluso algunas opciones lícitas pueden convertirse en una esclavitud para el Reino. Es lo que enseña otra parábola: me he casado, he comprado un campo, he comprado una pareja de bueyes, no puedo ir.

Para que la palabra dé fruto se necesita un corazón bueno, leal y perseverante. La Biblia recuerda siempre a la perseverancia cuando habla de la fe. La fe se ve continuamente probada, tiene que resistir con valentía; se necesita coraje y paciencia. No es posible ser discípulo sin la perseverancia (Bruno Maggioni).

¿Qué salta a la vista, al leer los primeros dos versículos? Que algunas palabras aparecen tres veces. Ante todo, la palabra "enseñanza": "comenzó a enseñar"; "enseñaba en parábolas"' "Les decía en su enseñanza". Sabemos que cuando en la Escritura se repite una palabra tres veces quiere decir que es importante.

Otra palabra repetida es el mar ("thálassa"). "Comenzó a enseñar en la ribera del lago"; "subió a una barca en el lago"; "la gente estaba en tierra en la ribera del lago".

Enseñanza significa que Jesús obra como rabí, como maestro, porque se propone comunicar algo, quiere que se lleve un camino de conocimiento. Las parábolas forman, pues, parte de su magisterio vivo, de su didáctica. Al escuchar la palabra maestro, la entendemos nosotros en sentido escolástico: pero aquí Jesús es maestro de vida, maestro con la fuerza profética de la admonición, del reproche, de la ira. La parábola nace de su ser maestro, preocupado de que la gente pueda realizar un cierto itinerario aun mental. "Concédeme también a mí Señor, recorrer el camino que tú quisiste que se recorriera con tus parábolas. Comunícame lo que deseabas comunicar".

El mar. ¿Por qué tanta insistencia sobre el mar? ¿Por qué Marcos, escritor muy lacónico, quiso hacer hincapié en esta palabra? Notamos que "De nuevo comenzó a enseñar" indica una referencia a situaciones anteriores. La situación inmediatamente anterior es la de la montaña: "Subió al monte, llamó a los que él quiso... y designó a doce" (Mc 3, 14). Antes de la montaña estaba de nuevo el mar" "Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar; y mucha gente de Galilea lo siguió. Otra gran multitud de Judea, de Jerusalén, de Idumea, de Transjordania y de los alrededores de Tiro y de Sidón, al oír las cosas que hacía, vinieron a él" (3, 7-8). La expresión: "De nuevo comenzó a enseñar" con que Marcos comienza nuestra parábola se refiere, pues, a aquella primera vez: Jesús ha enseñado en la sinagoga, después "se retiró" cerca del mar, como para estar solo; la gente lo alcanza; de allí pasa al monte y del monte regresa al mar.

Se insiste en la imagen visiva por un motivo simbólico que a nosotros tal vez se nos escapa. Hay que entrar en la mentalidad de los hebreos para comprender qué valor tienen los símbolos para ellos, cómo los símbolos son alusivos a la historia de salvación, cuando vienen de un rabí experto, que conoce el lenguaje de la Escritura. Aquí ciertamente la enseñanza de Jesús cerca del mar, incluso su sentarse "en" el mar, tiene una grandísima fuerza simbólica. Mientras el monte es el lugar de la presencia de Dios -y sobre el monte Jesús elige a los suyos-, el mar es el Mar Rojo, es el lugar de los borrascosos acontecimientos humanos, el lugar del peligro, del riesgo, de la confusión, de la inestabilidad. Jesús viene cerca de la inestabilidad humana, cerca de la fragilidad humana, en donde se encuentra toda la multitud de enfermos, de miserables, de gente que ni siquiera sabe lo que quiere; viene hacia los pobres, hacia los más desesperados. Jesús, incluso, entra en el mar: los israelitas no pueden menos de recordar el poder de Dios que dividió el Mar Rojo, que puso orden en las aguas y en el caos primitivo, que dividió las aguas de la tierra. Quien narra así, lee la potencia de Jesús sobre las vicisitudes y sobre los desórdenes de la existencia cotidiana.

"Quien así lee, ya te contempla, Señor, como amo de los mares, amo de todas las múltiples vicisitudes de la humanidad. Tú te sientas, Señor, en medio de los caminos tortuosos de la historia y nosotros nos abandonamos a ti, nos acercamos a ti para escuchar esas palabras que nos pueden iluminar en los caminos oscuros y a menudo impenetrables de la jungla del acontecimiento humano". (...)

vv. 3-9:Esta es la parábola en su forma enigmática, misteriosa. Pero me impacta el que la parábola la encuadre una doble invitación a escuchar: comienza diciendo "escuchen" y termina diciendo "el que tenga oídos para oír, que oiga". Jesús Maestro dice: "¡Estén atentos!" No es una expresión, como a veces se dice, solamente pleonástica. Jesús quiere avisar: "Voy a decir algo que les concierne de cerca, pero para la cual tienen que poner a funcionar la inteligencia". Estamos invitados al ejercicio de la inteligencia, no solamente la escucha material; en efecto, se lamentará: "Escuchan y no oyen, miran y no ven". Jesús pide una escucha inteligente, una escucha que llegue a preguntarse: "¿Qué hay detrás de esto, qué quiere decir, qué relación tiene conmigo, en qué me atañe?". La palabra tiene, pues, como característica el compromiso: son palabras relevantes para mí, que se refieren a mí, que me conciernen.

De nuevo hay una palabra que aparece tres veces: sembrar. "Salió el sembrador a sembrar y, al sembrar, parte cayó...". Se subraya el tema de la siembra y de la semilla. Se trata de imágenes de la vida vegetal, que no se toman por casualidad, porque por medio de ellas se expresan los misterios del reino. Vuelve a la mente el Salmo 126: "Van llorando al llevar la semilla". Sembrar significa confiar una vida a su camino vital, iniciar un proceso vital con confianza: la metáfora le gusta mucho a Jesús y a toda la Escritura, porque se la aplica a la Palabra, a la fe en su camino personal.

Veamos brevemente las cuatro situaciones progresivamente.

La primera se dice rápidamente: algo cae en el camino, vienen los pájaros y se la comen.

La segunda se expresa con tres líneas y está más desarrollada respecto de la primera.

Está el terreno pedregoso y se repite el concepto tres veces: no había mucha tierra, ésta no tenía profundidad, la semilla no echó raíces. Se presenta la situación en su fragilidad. Tierra, raíz, profundidad, son términos muy alusivos al lenguaje bíblico. En todo caso, aun en esta segunda situación, aun habiendo un mínimo de crecimiento, termina en nada, se quema.

La tercera: "Otra cayó entre espinos, y al crecer los espinos, la sofocaron y no dio fruto".

No se dice que no haya crecido: en la segunda situación se quemó después de la germinación, mientras que aquí creció, pero no dio fruto. Germinó, pero no dio fruto, que es la finalidad última del crecimiento. Podemos recordar imágenes análogas: la higuera de grandes hojas, que no da fruto; la viña de Israel que dio uvas amargas.

La cuarta situación está expresada de manera solemne, con una sinfonía más amplia de palabras, en la imagen de la tierra buena. La plenitud se describe cuidadosamente: "Otra parte, en fin, cayó en buena tierra y dio fruto lozano y crecido (más aún, aquí, más que el fruto es la semilla), produciendo unos granos treinta, otros sesenta y otros ciento". Es interesante que, en el texto griego, mientras las primeras tres categorías están en singular: parte cayó junto al camino, otra parte cayó en el pedregal, otra cayó entre espinos, ahora se dice otras (en plural). Es la pluralidad de las semillas que caen en tierra buena, y luego se vuelve extrañamente al singular hablando del crecimiento de todas estas semillas: "produciendo unos granos treinta, otros sesenta y otros ciento". (...)

¿En dónde cae el acento de la parábola? Es muy importante lograr captarlo. En efecto, si la narración se detuviera en la primera, o en la segunda, o en la tercera imagen, el acento caería sobre la suerte dolorosa de la semilla. Por parte de Jesús, hubiera sido una advertencia para no malgastar la palabra de Dios, para no maltratarla.

En cambio, la palabra va hacia el cuarto nivel. Ciertamente la intención de Jesús es la de poner en guardia (de lo contrario habría narrado solamente la última parte), pero es más rica de elementos, más compleja. El acento cae sobre el último resultado y con una particularidad. Aunque no soy experto en agronomía, me parece que ordinariamente una semilla no produce el ciento ni siquiera en el mejor de los casos. Hay una exageración en la parábola, y en donde hay exageración está el punto principal, la palanca en la que se quiere hacer fuerza.

Dejando que en su meditación profundicen muchos otros motivos, trato de expresar lo que la parábola quiere decir. La semilla es sembrada, confiada a su curso vital de la libertad humana; con confianza, porque quien siembra la deja a su destino; y con liberalidad, sin fijarse en dónde siembra, tan es así que una parte de la semilla cae fuera del campo; la semilla está escondida, sólo se la percibe al comienzo; es contrariada y contrastada; y, sin embargo, es victoriosa al céntuplo, de modo extraordinario. (...)

En la interpretación moderna de las parábolas, a partir de Jülicher a Jeremías y hasta los modernos comentaristas, se insiste en considerar que la fuerza de la parábola no está en la alegoría, es decir, en tomar cada una de las palabras y en hacer una transposición de las mismas, sino en una idea única, central, que por lo general la expresa el vértice de la parábola. Si, por una parte, es cierta la importancia de la idea central, por otra no debemos considerar que la parábola no tenga ninguna fuerza metafórica, ¡ninguna capacidad de desarrollar un lenguaje metafórico en la comunidad¡ Porque, en efecto, lo tiene. Fuerza de la parábola es también el estimular el gusto de la metáfora, que tiene una raíz profunda -como lo vamos a ver- porque existe un paralelo entre el camino de fe y el camino de la vida del mundo; existe una cierta misteriosa armonía, que Jesús enseña a descubrir y que, por lo demás, el hombre descubre instintivamente. La fe tiene un desarrollo y el hombre puede encontrar en el camino de la vida, con en el de la semilla, analogías para intuir el misterio de la fe. Jesús vivió todo esto intensamente; lo vivió la comunidad primitiva, lo vivieron los Padres de la Iglesia que aplicaron las parábolas -a veces exageradamente- a las diversas situaciones históricas. Es un modo no ajeno al pensamiento de Jesús ni a su lenguaje metafórico, con tal que quede salvo, naturalmente, el punto fundamental de la parábola.

Y sería muy bueno poder prolongar la reflexión pensando en cuán verdadera es la comparación de la semilla relacionado con los comienzos de la vida de la Palabra en el corazón. La semilla viene de lo alto, no nace de la tierra, y la palabra de Dios viene de afuera, no es el producto espontáneo de la inmanencia religiosa. Pero, cuando entra en este terreno, la Palabra se convierte también, análogamente a la semilla, en una sola cosa con la tierra, no es un cuerpo extraño. A partir de la tierra, por tanto de su inserción en el corazón de la vida, brota lentamente con comienzos apenas visibles. A veces quisiéramos ver inmediatamente en las conversiones quién sabe cuáles resultados: en cambio, hay que contentarse con mirar con la lente el comienzo, después, con el ojo de la fe, y aunque apenas se vea, se debe percibir que se está desarrollando, y que hay que defender este botón muy tierno de las piedras, de los espinos, de todas las fuerzas contrarias. La acción pastoral no crea la semilla: ella viene de Dios y la respuesta viene del hombre, de la tierra.

El pastor o el agricultor es el que con atención elige la semilla, quita pacientemente lo que la obstaculiza, pro- mueve lo que la favorece. El agricultor no es el dueño de esta semilla, como tampoco es el que la hace crecer (porque es sólo Dios quien hace crecer); él no puede forzar la libertad, sino solamente facilitar la acción de Dios. No nos corresponde suscitar la respuesta favorable que viene de la libertad, puesto que Dios mismo se confía a la libertad humana, esto es, al terreno del corazón, aceptando incluso la respuesta negativa, el fracaso. (...)

La gente ve algo clamoroso y pregunta: ¿En dónde está este Reino de Dios? Aún hoy la gente corre fácilmente al lugar en donde se habla de una aparición, de una revelación; probablemente tiene necesidad de cosas visibles, algo sensacionales; le cuesta dificultad aceptar que el Reino esté en las cosas sencillas, pequeñas, cotidianas, insignificantes. Jesús viene como para esconderse en la profundidad de la tierra y la gente pregunta: ¿En dónde está esta semilla? ¿en dónde está este reino?

Es, pues, urgente abrir los ojos y entender que el reino está aquí, aunque no tenga la apariencia y la prepotencia que creemos tenga que tener el misterio de Dios.

Vislumbramos ya el escándalo de la cruz: ¡la gente que encuentra dificultad para comprender la pequeña semilla, tendrá más dificultad para aceptar que el reino venga por medio de la cruz! Dios se encarna en la humildad del Hijo y en la sencillez de la vida cotidiana, y no es reconocido (Carlo M. Martini).

Llegados a ese punto del evangelio de san Marcos, cuando todos los actores están en su lugar, tendremos cinco pequeños sermones de Jesús y cuatro milagros, que pondrán en evidencia el vínculo muy particular de Jesús con sus doce discípulos. Marcos repetirá dos veces que Jesús practica un doble nivel de enseñanza. Dirige sus parábolas a toda la muchedumbre en general; luego, en particular las explica a sus discípulos. Del mismo modo, los milagros relatados después no se hicieron en presencia de la muchedumbre, sino solamente ante el pequeño grupo.

-De nuevo Jesús se puso a enseñar junto al lago. Había en torno a El una numerosísima muchedumbre, de manera que tuvo que subir a una barca en el lago y sentarse, mientras que la muchedumbre estaba a lo largo del lago, en la ribera. Les enseñaba muchas cosas en parábolas... "Salió a sembrar un sembrador..." Cuando se quedó solo le preguntaron los que estaban en torno suyo con los doce acerca de las parábolas. Y El les dijo: "A vosotros os ha sido dado a conocer el misterio del Reino de Dios; pero a los otros de fuera todo se les dice en parábolas...

¿Por qué esta diferencia? ¿Es esto lo que estaríamos tentados de decir, con nuestras mentes modernas, tan preocupadas por la igualdad? ¿Qué significa esta discriminación?

Una vez más, Marcos no busca engalanar su relato. Cuando ciertas actitudes nos chocan de momento, no busca atenuar este choque.

Evidentemente, algo está en juego detrás de esto. ¡El papel de los doce debe de ser muy importante en la mente de Jesús para las estructuras de la Iglesia que El proyecta! ¿Cuál es mi actitud actual frente al problema de la "autoridad" en la Iglesia; frente al papel de Ios "celadores de la Fe" de los obispos y del Papa? ¿Reduzco esta autoridad a la de todas las otras sociedades humanas? o bien, ¿veo en ello una autoridad muy particular, que es una misteriosa participación del poder espiritual del mismo Jesús?

-Los de fuera... Mirando, miran y no ven... oyendo, oyen y no entienden, puesto que podrían convertirse y obtener el perdón..." ¡Estas palabras si se toman tal cual son absolutamente escandalosas para nuestros oídos modernos! Sin embargo podemos decir a priori, que Jesús no ha despreciado nunca a nadie, que hablaba para que le entendieran, y ¡que amaba a todos los hombres! De ello ha dado muchas pruebas. Entonces ¿cuál es el sentido escondido de estas palabras? ¿Qué choque quieren provocar en nosotros, más allá del primer choque superficial? Estas palabras son una cita de Isaías (6, 9-10) anunciando el fracaso de su predicación a causa del endurecimiento de corazón de sus oyentes.

La mentalidad semítica, que es la de toda la Biblia, afirma con fuerza el papel de Dios en el hombre. En un acto humano, el pensamiento bíblico no intenta precisar la parte que corresponde a la gracia de Dios, y la que corresponde a la libertad del hombre. Tan pronto dice: "Faraón endureció su corazón", como "Dios endureció el corazón del Faraón" (Ex 11, 10 comparado a Ex 9, 35).

Nosotros, somos ahora muy "humanistas" pensamos obrar solos hasta el momento en que ya no podemos seguir avanzando... es entonces cuando apelamos a la ayuda de Dios, ¡una especie de Dios "tapaagujeros" de nuestras insuficiencias! Quizá los hebreos, con su manera ruda de expresarse, estaban más cerca de la verdad: nada de lo que pasa es extraño a Dios. Pero esto no quiere decir que el hombre no sea libre; ahora bien, ¡esto nos lleva a una inmensa humildad y a una integral responsabilidad!  (Noel Quesson).

Hoy escuchamos de labios del Señor la "Parábola del sembrador". La escena es totalmente actual. El Señor no deja de "sembrar". También en nuestros días es una multitud la que escucha a Jesús por boca de su Vicario —el Papa—, de sus ministros y... de sus fieles laicos: a todos los bautizados Cristo nos ha otorgado una participación en su misión sacerdotal. Hay "hambre" de Jesús. Nunca como ahora la Iglesia había sido tan católica, ya que bajo sus "alas" cobija hombres y mujeres de los cinco continentes y de todas las razas. Él nos envió al mundo entero (cf. Mc 16,15) y, a pesar de las sombras del panorama, se ha hecho realidad el mandato apostólico de Jesucristo.

El mar, la barca y las playas son substituidos por estadios, pantallas y modernos medios de comunicación y de transporte. Pero Jesús es hoy el mismo de ayer. Tampoco ha cambiado el hombre y su necesidad de enseñanza para poder amar. También hoy hay quien —por gracia y gratuita elección divina: ¡es un misterio!— recibe y entiende más directamente la Palabra. Como también hay muchas almas que necesitan una explicación más descriptiva y más pausada de la Revelación.

En todo caso, a unos y otros, Dios nos pide frutos de santidad. El Espíritu Santo nos ayuda a ello, pero no prescinde de nuestra colaboración. En primer lugar, es necesaria la diligencia. Si uno responde a medias, es decir, si se mantiene en la "frontera" del camino sin entrar plenamente en él, será víctima fácil de Satanás.

Segundo, la constancia en la oración —el diálogo—, para profundizar en el conocimiento y amor a Jesucristo: «¿Santo sin oración...? —No creo en esa santidad» (San Josemaría).

Finalmente, el espíritu de pobreza y desprendimiento evitará que nos "ahoguemos" por el camino. Las cosas claras: «Nadie puede servir a dos señores...» (Mt 6,24).

En Santa María encontramos el mejor modelo de correspondencia a la llamada de Dios (Antoni Carol).

Orígenes (hacia 185-253) presbítero teólogo comenta que "El hombre vive de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt,4,4; Dt 8,3) con estas palabras: "En cuanto al maná está escrito que si se recogía en las condiciones prescritas por Dios, alimentaba; pero si se quería recoger más de la cuenta, contrariamente a lo que había mandado Dios, no era capaz de alimentar la vida de los hombres. .. El Verbo de Dios es nuestro maná, y la Palabra de Dios que viene a nosotros trae la salud a unos y el castigo a otros. Por eso, me parece, el Señor y Salvador, el que es "la palabra viva de Dios" (1P 1,23) declaró: "Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar la vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver." (Jn 9,39) ¡Mejor hubiera sido para muchos no oír nunca la Palabra de Dios que oírla con mala disposición o con hipocresía!...

El mejor oyente en el camino recto de la perfección es aquel que escucha la palabra de Dios con corazón buen y simple, recto y bien preparado, para que la palabra fructifique y crezca como en terreno abonado... Lo que digo me sirve tanto para mi propia conversión personal como para la de mis oyentes, porque yo también soy uno de aquellos que escuchan la palabra de Dios".

Salió el sembrador a sembrar su semilla, nos dice el Señor en el Evangelio (Marcos 4, 1-20). Dios siembra la buena semilla en todos los hombres; da a cada uno las ayudas necesarias para su salvación. Nosotros somos colaboradores suyos en su campo. Nos toca preparar la tierra y sembrar en nombre del Señor de la tierra. Todas nuestras circunstancias pueden ser ocasión para sembrar en alguien la semilla que más tarde dará su fruto. El Señor nos envía a sembrar con largueza. No nos corresponde a nosotros hacer crecer la semilla; eso es propio del Señor (1 Corintios 3, 7), y nunca niega Su gracia. Nosotros somos simples instrumentos del Señor; gran responsabilidad la del que se sabe instrumento: Estar en buen estado. No hay terrenos demasiado duros para Dios. Nuestra mortificación y oración, con humildad y paciencia, pueden conseguir del Señor, las gracias necesarias para acercar las almas a Él.

Siempre es eficaz la labor en las almas. Mis elegidos no trabajarán en vano (Isaías 65, 23), nos ha prometido el Señor. La misión apostólica unas veces es siembra, sin frutos visibles, y otras de recolección de lo que otros sembraron con su palabra, o con su dolor desde la cama de un hospital, o con un trabajo escondido. Pero siempre es tarea alegre y sacrificada, paciente y constante. Trabajar cuando no se ven los frutos es un buen síntoma de fe y de rectitud de intención, señal de que verdaderamente estamos realizando una tarea sólo para la gloria de Dios. Lo que importa es que sembremos y poner los medios más oportunos para las diferentes situaciones: más luz de la doctrina, más oración y alegría, o profundizar más en la amistad.

El apostolado siempre da un fruto desproporcionado a los medios empleados: nada se pierde. El Señor, si somos fieles, nos concederá ver, en la otra vida, todo el bien que produjo nuestra oración, las horas de trabajo ofrecidas, las conversaciones sostenidas con nuestros amigos, la enfermedad que ofrecimos por otros. Sin embargo, en el apostolado, debemos tener siempre en cuenta que Dios ha querido crearnos libres para que, por amor, queramos reconocer nuestra dependencia de Él y sepamos decir libremente, como la Virgen: He aquí la esclava del Señor (Lucas 1, 38). Nosotros vivamos la alegría de la siembra, "cada uno según su posibilidad, carisma y ministerio" (CONCILIO VATICANO II, Ad gentes; Francisco Fernández Carvajal).

 

Martes 3º, año par: Jerusalén, la ciudad de paz, se llena de fiesta en torno al Arca de la Alianza. Jesús inaugura la nueva Alianza, la familia de los hijos de Dios

Martes 3º, año par: Jerusalén, la ciudad de paz, se llena de fiesta en torno al Arca de la Alianza. Jesús inaugura la nueva Alianza, la familia de los hijos de Dios

 

II Samuel 6,12-15,17-19. Cuando informaron a David: "El Señor ha bendecido a la familia de Obededóm y todos sus bienes a causa del Arca de Dios", David partió e hizo subir el Arca de Dios desde la casa de Obededóm a la Ciudad de David, con gran alegría. Los que transportaban el Arca del Señor avanzaron seis pasos, y él sacrificó un buey y un ternero cebado. David, que sólo llevaba ceñido un efod de lino, iba danzando con todas sus fuerzas delante del Señor. Así, David y toda la casa de Israel subieron el Arca del Señor en medio de aclamaciones y al sonido de trompetas. Luego introdujeron el Arca del Señor y la instalaron en su sitio, en medio de la carpa que David había levantado para ella, y David ofreció holocaustos y sacrificios de comunión delante del Señor. Cuando David terminó de ofrecer el holocausto y los sacrificios de comunión, bendijo al pueblo en nombre del Señor de los ejércitos. Después repartió a todo el pueblo, a toda la multitud de Israel, hombres y mujeres, una hogaza de pan, un pastel de dátiles y uno de pasas de uva por persona. Luego todo el pueblo se fue, cada uno a su casa.

 

Salmo 24: 7–10 7 ¡Puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos, para que entre el rey de la gloria!

8 ¿Quién es ese rey de gloria? Yahveh, el fuerte, el valiente, Yahveh, valiente en la batalla.

9 ¡Puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos, para que entre el rey de la gloria!

10 ¿Quién es ese rey de gloria? Yahveh Sebaot, él es el rey de gloria.

 

Texto del Evangelio (Mc 3,31-35): En aquel tiempo, llegan la madre y los hermanos de Jesús, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

 

Comentario: 1. 2S 6, 12b-15.17-19. David es hábil político, además de persona creyente. Ayer vimos que conquistó Jerusalén y estableció allí la capital de su reino. Ahora da un paso adelante: la hace también capital religiosa.

Hasta entonces Jerusalén, ciudad pagana, no tenía ninguna tradición religiosa para los israelitas, como podía tenerla por ejemplo Silo. David traslada solemnemente el Arca de la Alianza a su ciudad. Todavía no hay Templo -lo construirá su hijo Salomón- pero la presencia del Arca va a ser punto de referencia para la consolidación política y religiosa del pueblo.

La fiesta que organiza con tal ocasión -danzando él mismo ante el Arca- es muy simpática y de alguna manera significa el fin de la época nómada del pueblo. El Arca, en la Tienda del encuentro, había sido el símbolo de la cercanía de Dios para con su pueblo en el periodo de su larga travesía por el desierto. Ahora se estabiliza tanto el pueblo como la presencia de Dios con ellos.

A pesar de que Dios está presente en todas partes y podemos rezarle también fuera de nuestras iglesias, necesitamos lugares de oración. que nos ayuden también psicológicamente en nuestros momentos de culto y de reunión ante Dios.

Aunque en todo momento de nuestra vida podamos establecer contacto con Dios, la iglesia o la capilla, como lugar de reunión y de celebración, nos favorece en nuestro encuentro con Dios. El altar, en el que somos invitados a celebrar el memorial de Cristo y participar en su Cuerpo y Sangre; el lugar de la Palabra, desde el que se nos proclama la lectura bíblica; y luego el sagrario, donde se reserva el Pan eucarístico sobre todo para los enfermos: son para nosotros, con mucha más razón que el Arca para los israelitas, gozosos puntos de referencia que nos recuerdan la continua presencia de Cristo Jesús en nuestra vida. Todos los signos de aprecio y veneración serán pocos para agradecerle este don. David nos recuerda también con su actuación que necesitamos la fiesta, la expresión total -espiritual y corpórea- de nuestra pertenencia a la comunidad de fe y de nuestra relación con Dios. Por eso nos resulta aleccionadora la fiesta que él organizó, con elementos que continúan siendo válidos en la expresión de la fe: procesiones, oraciones, sacrificios, cantos, música, danza cúltica, comida festiva.

Necesitamos expresar exteriormente el aprecio que sentimos en el interior. A veces con formas litúrgicas y oficiales. Otras, con manifestaciones de religiosidad popular, también legítimas, y a veces más eficaces y comunicativas. Lo importante es rendir a Dios nuestro mejor culto y dar a nuestra vida una conciencia mayor de pertenencia a la comunidad cristiana y un tono más alegre de fiesta y comunión.

David hace introducir "el Arca de la Alianza" en Jerusalén. Al mandar transferir el Arca a Jerusalén, David actúa una vez más con fines políticos: la antigua ciudad neutra jebusea, admirablemente situada entre los dos reinos, pasa a ser su capital política... pero David quiere que sea también su capital religiosa, a fin de conferir al poder real y a la unidad que simboliza, unos cimientos más profundos, más sagrados. ¡Jerusalén! ¡Ciudad santa! No puede decirse que Dios esté más presente en ella que en otra parte... ¿Y sin embargo?... ¡Jerusalén! La ciudad de Dios: el símbolo mismo de la voluntad de Dios de estar «presente» en la humanidad, de implantarse, de encarnarse, de «plantar su tienda entre nosotros». ¡Jerusalén! Es allá -en esa ciudad que David escogió- que Tú, Señor, instituirás la comida de la Cena para simbolizar tu presencia entre nosotros... Es allí, la ciudad, en que Tú elegirás para morir y para resucitar. A través de la elección histórica de David, no podemos dejar de pensar que la humanidad entera tiene, en lo sucesivo, una capital, un símbolo de su unidad: ese lugar, esa colina donde una cruz fue plantada... esa roca, esa tumba donde reposó el cuerpo de Jesús... ese punto de gravedad de la humanidad, ese momento en el que cambió de sentido la historia cuando la muerte fue vencida, ahí mismo por primera vez. ¡Jerusalén! cuyo nombre significa "Ciudad de paz". Jerusalén, ciudad constantemente desgarrada, y que permanece como signo de la búsqueda de la humanidad: vivir juntos... vivir con Dios...

-Durante la procesión del Arca, David «danzaba» y daba vueltas con todas sus fuerzas «ante el Señor». David, rey y jefe político, es también el jefe religioso: organiza la liturgia, se entrega con todo su ser, cuerpo y alma. Canta y danza: sabemos que él compuso muchos de los salmos. Es una religión la suya exuberante y entusiasta.

-Toda la casa de Israel acompañaba el Arca con «aclamaciones» y resonar de cuernos... Se ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión... Luego se hizo una distribución a todo el pueblo: para cada uno, una torta de pan, un pastel de dátiles y un pan de pasas... ¡Qué religión tan alegre y comunitaria tenían nuestros antepasados! ¡Qué fiesta! divina y humana a la vez: la danza, el arte, los gritos, el banquete. Tenemos mucho que redescubrir en ese sentido. Nuestras liturgias han llegado a ser demasiado silenciosas, demasiado pasivas, demasiado «cada uno para sí». Basta comparar la escena tan viva que se nos describe el día del traslado del Arca a Jerusalén, con nuestras misas del domingo, tan a menudo apagadas y tristes. Quizá la juventud actual, sacudiendo un poco nuestras costumbres, nos ayudará a reencontrar una «fiesta», una religión «alegre».

Mi religión, ¿es una fiesta para mí?, ¿una dicha?, ¿una alegría?

Mi fe, ¿es una buena noticia? y el evangelio ¿un maravilloso mensaje?

¿Soy de los que no abren la boca en la iglesia, de los que se aíslan? o bien ¿me esfuerzo en cantar, en aclamar, en participar en la liturgia?

-Delante del Señor... en presencia del Señor... Es uno de los temas de esos pasajes de la Escritura. Vivir «delante» de Dios. David "danza" delante de Dios. Es toda mi vida la que se juega «delante de Ti, Señor» (Noel Quesson).

La lectura de ayer contaba dos hechos muy importantes: la unción de David como rey de todo Israel y la conquista de Jerusalén. La de hoy describe el traslado a Jerusalén del arca de la alianza. Si al elegir Jerusalén como residencia suya había hecho de ella la capital política, al instalar allí el arca la convierte en capital religiosa. La capital política, en una antigua ciudad jebusea situada en la frontera entre el territorio de las tribus del norte y las del sur, quiere quedarse por encima de la animadversión entre los dos grupos rivales; la capital religiosa, a más de heredar antiquísimas tradiciones sagradas (cf Gn 14), será enriquecida con la posesión del arca y superará en importancia a todos los santuarios israelitas, sobre todo con la edificación del templo de Salomón y más todavía con la reforma religiosa de Josías, que hizo de ella el único lugar donde se podrían ofrecer legítimos sacrificios. A partir de David, el tema de la ciudad santa se une, como un nuevo artículo de fe, como objeto de promesas y fuente de esperanzas (y una vez destruida, como tema de oración), al conjunto de tradiciones religiosas de Israel. A Jerusalén subirá Jesús a morir y resucitar, en Jerusalén nacerá la Iglesia, desde Jerusalén se esparcirá el evangelio a todas las naciones, y con la visión de la nueva Jerusalén que baja del cielo se cierra la Biblia (Ap 21).

Este capítulo procede de la historia del arca de la alianza, que habíamos comenzado a leer en 1 Sm 4-6 (sábado de la semana XII y domingo XIII), aunque la redacción es de otro estilo. Hallamos en la narración del traslado aquella conjunción de los valores humanos de David con una sensibilidad religiosa profunda y sincera y, al mismo tiempo, un gran talento político. Raramente se encuentran, así en la historia sagrada como en la profana, estas tres dimensiones en tan alto grado.

El arca había sido el signo de la presencia de Yahvé en medio de su pueblo cuando hacía camino por el desierto. Es el recuerdo de la alianza lo que ha de dar unidad política y religiosa al pueblo escogido. El templo será construido fundamentalmente como santuario del arca, ante la cual se ofrecerán los sacrificios prescritos y será invocado y santificado el nombre de Dios. La santidad de Dios se manifiesta, como en las religiones más primitivas, en forma de terror sagrado. No es imposible que Ozá, habiendo tocado el arca, muriese, cuando todavía en nuestros días, en África, hay quien muere literalmente de terror por el conjuro de un brujo. David mismo tiene miedo y renuncia a instalar el arca en su casa (9).

La sensibilidad religiosa de David se revela en el entusiasmo con que danza ante el arca, bien distinto de Mical, que le desprecia por haberse quitado las prendas reales para danzar. El hecho de que David tenga muchos hijos, pero ninguno de Mical, será interpretado como un premio para David, un castigo para ella y rechazo para la casa de su padre, Saúl, condenada a la extinción (H. Raguer).

Jerusalén es elevada a ciudad sagrada porque el Señor ha llegado a morar en ella. En medio de cantos, holocaustos y danzar rituales llega el Señor de los ejércitos para habitar en medio de su pueblo santo. Cuando llegue la plenitud de los tiempos el Verbo se hará carne y plantará su tienda de campaña en medio de las nuestras. Más aún: Él hará su morada en nuestros corazones, y hará que toda nuestra vida se convierta en una continua ofrenda de alabanza a nuestro Dios y Padre. Dios nos ha consagrado por medio del Bautismo. Tratemos de ser una digna morada del Señor, de tal forma que manifestemos con nuestras buenas obras que realmente el Señor está con nosotros. No nos conformemos con disfrutar de la presencia del Señor en nuestro interior. Procuremos ser un signo de su amor para cuantos nos traten sabiendo compartir con ellos los dones que Dios nos ha dado; y no sólo los bienes materiales, sino el Don de la Vida y del Espíritu, que Dios quiere que llegue a todos para que todos seamos hijos suyos y nos convirtamos en una digna morada de su Espíritu.

 

2. Sal. 23. No sólo abramos las puertas del Templo al Señor; abrámosle, especialmente, las puertas de nuestro corazón. Abramos las puertas de nuestra vida al Redentor que se acerca a nosotros para hacer su morada en nuestros corazones. Pero no sólo hemos de abrirle al Señor nuestro corazón; sabiendo que Él está con nosotros, sepamos escuchar su Palabra y vivir conforme a sus enseñanzas. Así, llevando una vida intachable en su presencia, cuando Él vuelva glorioso al final de los tiempos, Él mismo nos abrirá las puertas de las moradas eternas para que disfrutemos eternamente del Gozo de nuestro Dios y Padre. A Él sea dado todo honor y toda gloria ahora y siempre y por infinitos siglos de los siglos.

 

3.- Mc 3, 31-35 (cf Lc 8,19-21, martes de la semana 26). 3. Sorprende la distancia que toma Jesús con respecto a su familia. En el Nuevo Testamento se inaugura un nuevo concepto de familia, los que creen en Jesús, como Hijo de Dios vivo: estos forman la familia de Jesús: los doce Apóstoles y muchos otros discípulos como Marta, María y Lázaro… lo que leemos hoy vamos a ponerlo en relación con el gran amor que Jesús tiene a su madre, a José y a su gente. Porque no podemos ver un texto en solitario, y mucho más cuando "golpea" sobre un aspecto, cuando lo subraya con contundencia; el contexto –es decir, el tono general de los otros textos- y sobretodo la tradición apostólica, dan "el espíritu" que late tras estos sentimientos de Jesús, que toma distancia sobre su ligazón con su familia de sangre, queriéndolos mucho, para establecer una intimidad nueva en su familia digamos "apostólica". Esto nos sitúa en un contexto de Iglesia como familia, donde las comunidades, instituciones por así decir, pueden tener vida en familia, sentirse en Jesús familia. Dentro de este sentido de familia, un caso especial es el de aquellos que viven en celibato. Al igual que los que se unen en matrimonio y forman una familia nueva, que deja a un segundo lugar la familia de la que surgieron, en el sentido de que la prioritaria es la que forman, también la tradición sobre virginidad y celibato va en esta línea de "injertarse" en la persona, en la conciencia de Jesús, una vocación en vistas al Reino de Dios, y razona con motivos estrictamente sobrenaturales. Establece una libertad para estar con "el Cordero dondequiera que vaya", o como dice San Pablo: "el célibe se ocupa de los asuntos del Señor…, mientras que el casado de los asuntos del mundo… y está dividido" (1 Cor 7). El sentido esponsal de todo cristiano con Jesús se ve aquí reforzado en un sentido de familia, esas personas forman una familia, a imagen de la que está formando Jesús.

Nos preguntamos con frecuencia si le costaría a Jesús poner distancia ante tanto sufrimiento como se encontró en su ministerio. Me decía hace poco una madre, sobre el tema del dolor y el amor: "precisamente hace 17 anos perdí a mi única hija, duele mucho porque uno la amaba tanto, y ahora no poder verla mas…, pero la gracias de la aceptación la tuve siempre y lo mismo mi hija, ahí aprendimos lo que es la muerte, no se entiende que un Dios bueno lo permita si no es para que de eso saque también un bien. Ya sabemos por qué no hay que tener miedo de la muerte, sino al contrario, es el encuentro con Dios, al fin no tener ya sufrimientos de la enfermedad, solo gozo... Le digo a Jesús que continúo siendo mama, y Él me entiende, sé que un día veré a mi hija, que en el cielo estaré con los míos. Todo ese dolor me ha hecho aprender a amar a Dios por sobre todo, y mi vida es otra, vivo para hacer su voluntad". Esa persona se dedica con más intensidad a los hijos de los demás, participa de un ambiente apostólico donde puede vivir la maternidad, de otro modo. Conmueve ver las muchas experiencias que podríamos añadir a ésta, de esta familia que hoy nos muestra el Evangelio, en la que la oración de las madres la sostienen. Lo podemos repetir: principalmente son la oración de esas madres las que sostienen la Iglesia (junto a los que sufren y los niños), pues saben de amor y de sufrimiento, de Cruz y de la vida de Jesús, que también pasó por esto, que tuvo que tomar distancia ante su familia, provocarles dolor con su muerte... para tomar el dolor de todos, y curarnos.

Volviendo al principio, cuando veamos curiosa la reacción de Jesús en algunos pasajes, pero hemos de aprender del sentido profundo de sus hechos para descubrir su relación con el Reino que está instaurando, esa nueva creación, el mundo de la gracia, la Redención. Nuestra mirada no ha de ser la del que piensa que Jesús se equivoca, sino la de quien ve en Él la verdad, y nosotros somos aprendices de esa Verdad, que es Camino a la Vida. En la respuesta de Jesús, por tanto, no hay ningún rechazo hacia sus familiares. Jesús ha renunciado a una dependencia de ellos: "no por frialdad de sentimientos o por menosprecio de los vínculos familiares, sino porque pertenece completamente a Dios Padre. Jesucristo ha realizado personalmente en Él mismo aquello que justamente pide a sus discípulos.

En lugar de su familia de la tierra, Jesús ha escogido una familia espiritual. Echa una mirada sobre los hombres sentados a su alrededor y les dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,34-35). San Marcos, en otros lugares de su Evangelio, refiere otras de esas miradas de Jesús a su alrededor.

¿Es que Jesús nos quiere decir que sólo son sus parientes los que escuchan con atención su palabra? ¡No! No son sus parientes aquellos que escuchan su palabra, sino aquellos que escuchan y cumplen la voluntad de Dios: éstos son su hermano, su hermana, su madre.

Lo que Jesús hace es una exhortación a aquellos que se encuentran allí sentados —y a todos— a entrar en comunión con Él mediante el cumplimiento de la voluntad divina. Pero, a la vez, vemos en sus palabras una alabanza a su madre, Maria, la siempre bienaventurada por haber creído" (Josep Gassó).

Acaba el capítulo tercero de Marcos con este breve episodio que tiene como protagonistas, esta vez en un contexto diferente del anterior, a sus familiares. Los «hermanos» en el lenguaje hebreo son también los primos y tíos y demás familiares. Esta vez sí se dice que estaba su madre. Las palabras de Jesús, que parecen como una respuesta a las dificultades de sus familiares que leíamos anteayer, nos suenan algo duras. Pero ciertamente no desautorizan a su madre ni a sus parientes. Lo que hace es aprovechar la ocasión para decir cuál es su visión de la nueva comunidad que se está reuniendo en torno a él. La nueva familia no va a tener como valores determinantes ni los lazos de sangre ni los de la raza. No serán tanto los descendientes raciales de Abraham, sino los que imitan su fe: «El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Nosotros, como personas que creemos y seguimos a Cristo, pertenecemos a su familia. Esto nos llena de alegría. Por eso podemos decir con confianza la oración que Jesús nos enseñó: «Padre nuestro». Somos hijos y somos hermanos. Hemos entrado en la comunidad nueva del Reino.

En ella nos alegramos también de que esté la Virgen María, la Madre de Jesús. Si de alguien se puede decir que «ha cumplido la voluntad de Dios» es de ella, la que respondió al ángel enviado de Dios: «Hágase en mi según tu Palabra». Ella es la mujer creyente, la totalmente disponible ante Dios.

Incluso antes que su maternidad física, tuvo María de Nazaret este otro parentesco que aquí anuncia Cristo, el de la fe. Como decían los Santos Padres, ella acogió antes al Hijo de Dios en su mente por medio de la fe que en su seno por su maternidad.

Por eso es María para nosotros buena maestra, porque fue la mejor discípula en la escuela de Jesús. Y nos señala el camino de la vida cristiana: escuchar la Palabra, meditarla en el corazón y llevarla a la práctica (J. Aldazábal).

Marcos va a relatar más adelante (Mc 4,1-9) la parábola de la semilla que cae en diferentes terrenos. Pero ya de antemano la ilustra diciéndonos que la familia de Jesús no fue necesariamente el terreno ideal. La fe no se confunde con el contexto sociológico; no se reduce a sentimientos humanos, aun cuando estos sean fraternos o familiares (Maertens-Frisque). ¡Otra vez la tribu! "Te buscan", le dicen a Jesús. Este grupo de parientes trae a la memoria el recuerdo de esas camarillas siempre dispuestas a incautarse de Dios en provecho propio. "Te buscan". Pues bien, ¡perderán el tiempo! "¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?". La respuesta más obvia no tendría en cuenta al Reino, que hace saltar todas las realidades. "Estos son mi madre y mis hermanos", dice Jesús mirando a los que están a su alrededor escuchándole. Así, en el Reino, la fraternidad cristiana no se funda en los vínculos de carne y sangre, sino en un espíritu común: hacer la voluntad del Padre. (...) "El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre". Llevarán el nombre de Jesús los que vivan en su corazón lo que fue para él la razón de ser de su vida: "En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros". No sólo se trata de ser partidarios de un hombre admirable, ni de hacer nuestra una norma de vida de gran elevación: se trata de ser "los de Jesús". Los discípulos no lo serán de verdad hasta que, el día de Pentecostés, reciban plenamente el Espíritu del Hijo. "Aquí estoy para hacer tu voluntad!": ésta es la norma de vida del cristiano y, más aún, la oración del Espíritu que se nos dio el día del bautismo ("Dios cada día", de San Terrae).

Marcos, después del altercado con los escribas "venidos de Jerusalén", reemprende el relato comenzado en el versículo 21 y que leímos el sábado último: "su familia vino para llevárselo, pues afirmaban: "Está fuera de sí."

-Jesús entra en una casa, y la muchedumbre acude. La "muchedumbre" está siempre ahí.

-Vinieron su madre y sus hermanos, y desde fuera le mandaron llamar. Su madre es María. La conocemos bien. Por Lucas y Mateo sabemos qué actitud ejemplar de Fe, de búsqueda espiritual ha tenido siempre a lo largo de todos los acontecimientos y circunstancias de la infancia de Jesús. Pero tratemos de ponernos, momentáneamente, en la actitud de los primeros lectores de Marcos, que no tenían aún los evangelios de Lucas ni de Mateo. Procuremos olvidar lo que sabemos por los otros evangelios. Es la primera vez que oímos hablar de ¡"su madre"! Es el primer pasaje de Marcos que evoca a María. ¡Y es para decirnos "esto" de ella! Verdaderamente ¡el evangelista no busca adornar su narración! Si su relato saliera de su imaginación, de su admiración, no hubiera escrito esto. Autenticidad algo áspera del evangelio según San Marcos. Son cosas difíciles de decir y que no se inventan. ¡La familia de Jesús no comprende! Y quiere recuperarlo.

-"Ahí fuera están tu madre y tus hermanos que te buscan." Jesús les respondió: "¿Quién es mi madre? y ¿quién son mis hermanos?" El verdadero parentesco de Jesús no es lo que se piensa ni lo que aparenta. Para Jesús los lazos de la sangre, los lazos familiares, los lazos sociales no son lo primero, son indispensables y reales, pero no es lícito encerrarse en ellos. ¡Su familia no lo comprende! Pero su pueblo, ¡tampoco! Su medio social más natural, Nazaret, será el que más lo rechazará (Mc 6, 1-6).

-Y echando una mirada sobre los que estaban sentados en derredor suyo... Marcos utiliza a menudo esta fórmula: la mirada de Jesús. Trataré de imaginar esa mirada... y de rezar a partir de ella.

-Dijo: "He aquí mi madre y mis hermanos. Quien hiciere la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre." He aquí un "sumergirse" absolutamente sorprendente en el corazón de Jesús. Tiene un corazón universal... grande como el mundo: abierto a toda la humanidad. Se siente hermano de todo aquel que "hace la voluntad de Dios". Esta familia es amplia y grande. ¡No! No se le encerrará en su familia humana inmediata. ¡El replegarse en sí mismo es contrario, al modo de ser de Jesús! Las únicas fronteras de su familia son el horizonte del mundo entero. ¿Todo hombre es mi hermano, mi hermana, mi madre, también para mí? La fidelidad a la "voluntad del Padre" ¿es lo primero para mí? Por esta razón, ¡María es doblemente su madre! La verdadera grandeza de su madre, no es haberle dado su sangre, sino el hecho de ser "la humilde esclava de Dios", como nos lo enseñará Lucas cuando escribirá su evangelio, algunos años después. Pero esto nos lo ha dicho ya Marcos, aquí de un modo enigmático. Señor, ayúdanos a vivir nuestros lazos familiares como un primer aprendizaje y un primer lazo de amor... sin encerrarnos en círculo alguno (Noel Quesson).

Jesús es el Hijo amado del Padre por su fidelidad total a su Voluntad. Jesús mismo diría: mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió. Todo aquel que, unido a Cristo, haga la voluntad del Padre Dios, será considerado de la familia de Dios. Por eso, junto con María, debemos aprender a decir: Hágase en mi según tu Palabra. No basta escuchar la Palabra de Dios, sino hay que ponerla en práctica. Dios quiere hacer su obra de salvación en nosotros; si tenemos la apertura suficiente al Espíritu de Dios en nosotros, Dios hará de nosotros sus hijos amados, pues su amor llegará en nosotros a su plenitud. No nos quedemos como discípulos sentados a los pies de Jesús, vayamos y demos testimonio de Él en nuestra vida diaria; con eso estaremos dando a conocer que en verdad Dios ha hecho su morada en nosotros y que nosotros lo tenemos por Padre.

Mediante la Eucaristía nosotros entramos en una Alianza de comunión con Cristo. Así participamos de la misma Vida que el Hijo recibe del Padre y somos hechos hijos de Dios. Mediante esta obra de salvación que celebramos como un Memorial de la Pascua de Cristo, Él nos hace entender cuánto nos ama. Nosotros no sólo le ofrecemos un sacrificio agradable, pues al permanecer en comunión de vida con Cristo, cuando lo ofrecemos al Padre nosotros mismos nos ofrecemos junto con Él. Por eso al celebrar la Eucaristía estamos adquiriendo un compromiso: consagrarle todo a Dios, de tal forma que nuestra vida, nuestra historia, nuestro mundo, lleguen, por medio nuestro, a la presencia de Dios libres de todo lo que oscurece en ellos la presencia del Señor. Así, no sólo somos santificados, sino que Dios nos convierte en instrumentos de su salvación para todos los pueblos. Venimos ante Él trayendo el fruto del trabajo que nos confió, y volvemos al mundo, impulsados por el Espíritu Santo, para seguir trabajando por un mundo más justo, más fraterno, más capaz de manifestar que el Reino de Dios se va haciendo realidad entre nosotros.

Por eso no basta con participar de la Eucaristía para decir que somos de la familia divina. Es necesario que cumplamos la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios consiste en que creamos en Aquel que Él nos envió. Y creer en Jesús no es sólo profesar con los labios que es nuestro Dios y nuestro Señor. Hay que creerle a Jesús, de tal forma que hagamos vida en nosotros su obra de salvación. Su Palabra ha de ser sembrada en nosotros y no puede caer en un terreno malo e infecundo, sino que, por la obra de santificación que realice el Espíritu Santo en nosotros, ha de producir abundantes frutos de buenas obras. Entonces nosotros, a imagen de Jesucristo, pasaremos haciendo el bien a todos.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivir con la apertura suficiente para dejarnos conducir por el Espíritu Santo, para que haciendo en todo la voluntad de Dios, unidos a Cristo, en Él nos convirtamos en los hijos amados del Padre. Amén www.homiliacatolica.com).

Santoral, 25 de Enero: La Conversión de san Pablo, apóstol nos ayuda a considerar tres puntos: la unidad de los cristianos, la evangelización, nuestra conversión

Santoral, 25 de Enero: La Conversión de san Pablo, apóstol nos ayuda a considerar tres puntos: la unidad de los cristianos, la evangelización, nuestra conversión

 

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 22, 3-16. En aquellos días, dijo Pablo al pueblo: -«Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié en esta ciudad; fui alumno de Gamaliel y aprendí hasta el último detalle de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto fervor como vosotros mostráis ahora. Yo perseguí a muerte este nuevo camino, metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres; y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y todos los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y fui allí para traerme presos a Jerusalén a los que encontrase, para que los castigaran. Pero en el viaje, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Yo pregunté: "¿Quién eres, Señor?" Me respondió: "Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues." Mis compañeros vieron el resplandor, pero no comprendieron lo que decía la voz. Yo pregunté: "¿Qué debo hacer, Señor?" El Señor me respondió: 'Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer. " Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco. Un cierto Ananlas, devoto de la Ley, recomendado por todos los judíos de la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: "Saulo, hermano, recobra la vista." Inmediatamente recobré la vista y lo vi. Él me dijo: "El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, no pierdas tiempo; levántate, recibe el bautismo que, por la invocación de su nombre, lavará tus pecados."»

 

Salmo responsorial Sal 116,1.2. R. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.

 

Texto del Evangelio (Mc 16,15-18): En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».

 

Comentario: 1. Hech. 22, 3-16. Una conversión única celebra la Iglesia. Es la conversión de san Pablo. Este acontecimiento suscitó un estremecimiento tal en aquellas primitivas comunidades que no pudieron menos de recordarlo y celebrarlo. Celebraran en última instancia a Dios nuestro Padre que seguía ahora como en los tiempos antiguos haciendo maravillas.

Cómo sería de sorprendente este acontecimiento que lo narran tres veces los Hechos de los Apóstoles y san Pablo mismo hace alusión varias veces al mismo en sus epístolas. ¿Qué había ocurrido?

Que Dios, por medio de Jesucristo, había irrumpido de una manera clamorosa en la vida de san Pablo, yendo éste hacia Damasco, y aquello cambió completamente su vida. La ley, el templo, los sacrificios, el ayuno, el sábado, en suma, todas las instituciones judías, que para Pablo habían sido sumamente importantes, desde este momento pierden relieve. Sólo Dios es absoluto. Sólo Dios Padre manifestado en Cristo Jesús es una realidad a adorar. Después de todo se había manifestado a los hombres, a través de Cristo Jesús, para comunicarles que les quería entrañablemente, y que viviendo en su compañía los humanos, todos, podían vivir más serenamente, aguantar las dificultades más apaciblemente, entregarse a los demás más generosamente, llevar la vida más esperanzadamente, y un día llegar a la patria gloriosamente. Y todo esto conmovidamente se lo dice a los judíos y a los gentiles, predica, escribe, consolida iglesias viejas y funda otras nuevas, se detiene en las comunidades y viaja, comunica este mensaje a la gente sencilla y a los sabios, sufre mil persecuciones y al final es decapitado por Cristo.

San Pablo significa hoy algo para nuestras vidas. Llevó la vida intensamente. Luchó incansablemente por una causa. Para él Cristo era lo más importante. Si nosotros nos pareciéramos a él un poco al menos... de verdad (Patricio García Barriuso: cmfcscolmenar@ctv.es).

Misión de tiempo completo: Festividad de S. Pablo. Finaliza oficialmente la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Tardamos los humanos en darnos cuenta de que el camino real hacia la plenitud de la unidad pasa por el entendimiento, la convivencia pacífica, la concordia y la conversión de los corazones. Nos sobran dentro de la iglesia fronteras, separatismos, divisiones, reglamentaciones y nos faltan audacias, providencias, carismas, hechos, "vida en abundancia" ¿Acaso puede un padre desoír el grito de sus hijos? Dios nos escucha.

Hoy nos fijamos en Pablo. A lo primero que el Señor llevó a Saulo fue a un desprendimiento radical de lo que antes valoraba como muy importante (Flp 3,7-8) Le condujo a una percepción absolutamente nueva de las cosas y de la realidad, a una iluminación. Ya todo le parece distinto. Todo carece de significado cuando se ha encontrado la perla, el tesoro escondido. Lo que ocurrió a Pablo, fue una revelación del ser de Jesús, que le hizo cambiar de juicio y de actitud sobre lo que él era y hacía: le volvió del revés.

Miremos nuestra vida. La conversión llama a tu puerta ¿quieres abrir? ¿Tienes interés o desinterés por la unidad? ¿Cómo lo manifiestas? Pablo puso toda su vida en manos de Dios ¿Lo haces también tú? (Salvador León).

El anuncio gozoso de la Vida Nueva surgida de la Pascua es la finalidad de la existencia del seguidor y discípulo de Jesús. No existe ningún límite espacial para dicho anuncio al que está ligado la suerte de la humanidad y de toda la creación.

Este horizonte exige que dejemos de lado nuestras preocupaciones particularistas que impiden la realización de dicho anuncio. La suerte de la humanidad y del universo amenazado por la destrucción producida por los egoísmos humanos (hambre, guerra, explotación irracional de la naturaleza, etc.) está ligada a la actuación de los seguidores de Jesús que deben tomar conciencia de la magnitud de su tarea.

Sin embargo, esta lucidez de la comprensión de los problemas que afectan al "mundo" y a la "creación" no debe en ellos convertirse en angustia paralizante que impida llevar a cabo esta misión. La presencia confortante del Resucitado junto a ellos es garantía de la posibilidad de realización de esta misión de la que depende; junto al destino del enviado, el destino de "todo el mundo" y el de "toda la creación".

Esta presencia de Jesús es fuente de coraje frente a los obstáculos humanos y sobrehumanos que puedan surgir en el ánimo del enviado. Ni la resistencia de fuerzas que trascienden la realidad humana ("espíritus malos") ni las amenazas que ponen en peligro la propia integridad física ("serpientes", "veneno") o la de los demás ("enfermos") pueden superar la fuerza y el poder que desde de la Resurrección la Jesús tiende a expandirse sobre toda la realidad (Juan Mateos).

Este proceso de conversión de Pablo se describe en el libro de los Hechos a partir del capítulo 9. Pablo, nacido en Tarso de Cilicia, educado en el rigor de la ley, tardaría tiempo en convencerse de que Dios no hace acepción de personas y acepta a todos por igual. Su actitud de anunciar el evangelio a los judíos en primer lugar, para convertirlos al Evangelio del nazareno, y de aducir su condición de ciudadano romano, apelar al César para no ser juzgado, son señales evidentes del trabajo que le costó a él, que había sido fariseo y estaba convencido del privilegio de Israel, aceptar que, como Jesús, debía acoger a todos por igual y no utilizar privilegio alguno en defensa propia. Solamente cuando llega a Roma y se convence de que «la salvación de Dios se ha destinado también a los paganos», se puede decir que está ya plenamente convertido al mensaje de Jesús.

Mientras no se acepta que Dios es Dios de judíos paganos, que Dios es padre de todos, que no ha preferidos y postergados, sino que todos somos iguales, no se está capacitado para «echar demonios, hablar lenguas nuevas, coger serpientes en la mano sanar a los enfermos», o lo que es igual, para liberar los seres humanos del mal que los aflige, y preservarse a uno mismo de ese mismo mal que nos amenaza. No sólo un pueblo es de Dios: todos los pueblos son de Dios. Él se ha comunicado con todos.

Las Iglesias cristianas concluyen hoy el octavario de oración por la Unidad de las Iglesias. A todos nos tiene que doler, como una vergüenza de familia, la división de los que creemos en Aquel que dijo suspi rando: «¡Que sean uno!». Y esta unión de los cristia nos debemos proyectarla hoy día más allá: la unión religiosa de toda la Humanidad, de todas las religiones: «¡Que siendo distintas, estén unidas!» (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).

Cristo siempre sale a nuestro encuentro; y lo hace no sólo para salvarnos, sino para convertirnos en testigos suyos. Efectivamente nuestra fe en Él no puede ser guardada cobardemente en nuestro interior. El Señor nos quiere como testigos suyos en el mundo, hasta el último rincón de la tierra, para que proclamemos a todos lo misericordioso que ha sido el Señor para con nosotros, y les ayudemos a encontrarse con Él. Muchas veces tal vez hemos quedado deslumbrados y enceguecidos por las cosas mundanas; sin embargo sólo el Señor puede devolverle el auténtico sentido a nuestra existencia. No podemos conformarnos con el conocimiento que tengamos del Señor por nuestros estudios, pues la ciencia hincha y podríamos anunciar al Señor más con el orgullo de nuestros conocimientos y buscando nuestra propia gloria, que con la sencillez de quien ha vivido y caminado en la presencia del Señor y le anuncia como el único camino de salvación, con la humildad de quien sólo busca glorificarlo para que todos encuentren en Él la salvación, con la cual todos hemos sido beneficiados.

 

2. Sal 117 (116). Alabemos al Señor, nuestro Dios, pues no sólo ha llamado a la santidad al Pueblo de Israel, sino que ha hecho una llamada universal a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Por eso todos estamos llamados a convertirnos en una continua alabanza de nuestro Dios y Padre. Nadie puede decir que no ha sido amado por el Señor, pues Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Efectivamente Dios no creó a alguien para que se condene; Él nos creó porque grande es su amor hacia nosotros, y nos quiere con Él eternamente libres de odios, de divisiones, de maldad, de pecado; Él nos quiere santos en su presencia como Él es santo. Por eso nuestra vida debe convertirse en una continua alabanza de su Santo Nombre. Y seremos una alabanza del Nombre del Señor cuando ya desde ahora vivamos en paz, como hermanos, reconociéndonos hijos de un mismo Dios y Padre, y preocupándonos de pasar haciendo el bien a todos, especialmente a los más pobres, necesitados, desprotegidos, marginados y desvalidos. Entonces, siendo un signo del amor de Dios para los demás, estaremos colaborando para que, desde nosotros, también ellos experimenten el amor y la misericordia del Señor.

 

3. Mc. 16, 15-20. *Durante la Semana de oración que se concluye hoy se ha intensificado en las diversas Iglesias y comunidades eclesiales del mundo entero la invocación común al Señor por la unidad de los cristianos, recordaba Benedicto XVI el 25.1.2007: las situaciones de racismo, pobreza, conflicto, explotación, enfermedad y sufrimiento, en las que se encuentran muchas comunidades por ejemplo africanas, por la misma imposibilidad de hacer que se comprendan sus necesidades, suscitan en ellos una fuerte exigencia de escuchar la palabra de Dios y de hablar con valentía. El Evangelio ha de iluminar tantas situaciones humanas, y dar paz a una sociedad llena de conflictos.

Las manifestaciones extraordinarias que hemos leído en el Evangelio de hoy ("hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien") constituyen una buena nueva, que anuncia la venida del reino de Dios y la curación de la incomunicabilidad y de la división. "Este mensaje se encuentra en toda la predicación y la actividad de Jesús, el cual recorría pueblos, ciudades o aldeas, y en todos los lugares a donde llegaba "colocaban a los enfermos en las plazas y le rogaban que les permitiera tocar siquiera la orla de su vestido; y cuantos le tocaban quedaban sanos" (Mc 6, 56)".

"Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación": es muy actual, no sólo en tierras lejanas sino en nuestros territorios multi-étnicos y plurirreligiosos (cf. Mc 7, 31). En diversas ocasiones, S. Pablo nos recuerda, también por experiencia propia, que lo primero es la escucha divina, a través de signos, recuerda aquellas palabras del Maestro: "bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lc 11, 28); y a Marta, preocupada por muchas cosas, le dice que "una sola cosa es necesaria" (Lc 10, 42). "Y del contexto se deduce que esta única cosa es la escucha obediente de la Palabra… es lo primero en nuestro compromiso ecuménico. / En efecto, no somos nosotros quienes hacemos u organizamos la unidad de la Iglesia. La Iglesia no se hace a sí misma y no vive de sí misma, sino de la palabra creadora que sale de la boca de Dios. Escuchar juntos la palabra de Dios; practicar la 'lectio' divina de la Biblia, es decir, la lectura unida a la oración; dejarse sorprender por la novedad de la palabra de Dios, que nunca envejece y nunca se agota; superar nuestra sordera para escuchar las palabras que no coinciden con nuestros prejuicios y nuestras opiniones; escuchar y estudiar, en la comunión de los creyentes de todos los tiempos, todo lo que constituye un camino que es preciso recorrer para alcanzar la unidad en la fe, como respuesta a la escucha de la Palabra. / Quien se pone a la escucha de la palabra de Dios, luego puede y debe hablar y transmitirla a los demás, a los que nunca la han escuchado o a los que la han olvidado y ahogado bajo las espinas de las preocupaciones o de los engaños del mundo (cf. Mt 13, 22)".

Ante el mandato de proclamar el Evangelio, "debemos preguntarnos: ¿no habrá sucedido que los cristianos nos hemos quedado demasiado mudos?" ¿No nos falta la valentía para hablar y dar testimonio como hicieron los primeros cristianos? Este testimonio lo espera el mundo, y la escucha de Dios implica también la escucha del otro, el diálogo entre las Iglesias y las comunidades eclesiales, instrumento imprescindible de la búsqueda de la unidad: conocerse. "De este diálogo se obtendrá un conocimiento más claro aún de cuál es el verdadero carácter de la Iglesia católica" (Unitatis redintegratio, 9). Hablar correctamente (orthos) y de modo comprensible. La Virgen María es la gran promotora de la realización del ardiente anhelo de unidad de su Hijo divino: "Que todos sean uno..., para que el mundo crea" (Jn 17, 21).

** Veamos ahora la Evangelización que sugiere el texto de hoy: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva». La misión es grande -«Id por todo el mundo»-, pero no faltará el acompañamiento del Señor: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Con nuestra ayuda, como pedimos en la oración colecta de hoy: «Oh Dios, que con la predicación del Apóstol san Pablo llevaste a todos lo pueblos al conocimiento de la verdad, concédenos, al celebrar hoy su conversión, que, siguiendo su ejemplo, caminemos hacia Ti como testigos de tu verdad». Tenemos la responsabilidad de transmitir hasta donde podamos este maravilloso patrimonio.

Pablo pasa de perseguidor a convertido, quizá también nosotros hacemos de "perseguidores": como a san Pablo, tenemos que convertirnos de "perseguidores" a servidores y defensores de Jesucristo (Josep Gassó). La fiesta de la conversión de san Pablo nos lleva a pensar en el ecumenismo de la caridad (punto 1, más arriba); y en el desafío de la "nueva evangelización", la misión de la Iglesia en una sociedad que ya ha sido evangelizada, pero que, en su camino histórico, se ha alejado de la fe, de tal modo que es necesario un esfuerzo de nuevo anuncio apostólico, como recordaba Alfonso Carrasco. Esta buena nueva va acompañada de la auténtica paz, que tanto necesita nuestro mundo, después de las terribles guerras mundiales del siglo XX y tras haber experimentado los daños enormes causados por variadas ideologías, la idea de progreso utópico ha cambiado en un vacío de ideas, la misma tecnología ha dado armas terribles que nos llenan de miedo por las consecuencias imprevisibles en manos de gobernantes locos. "Una experiencia muy amarga habría enseñado que ni la violencia o la fuerza de las armas, ni el poder político, pueden resolver los graves problemas de los hombres". La conversión de San Pablo nos indica también que ha de convertirse nuestra sociedad, pues "ninguna ideología ni poder humano responde a los enigmas e interrogantes de la existencia humana, ninguna puede iluminar adecuadamente su camino en la historia, su relación con el mundo, la vida y la muerte, ninguna afirma definitivamente la dignidad de cada uno. En cambio, el hombre puede encontrar en Cristo la clave, el centro y el fin de la historia humana, porque sólo Él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, desvelando la grandeza de su dignidad y vocación (cf. GS 22.24)".

Para este cambio social es necesario un cambio personal de cada uno de nosotros, "el hombre que quiera comprenderse hasta el fondo a sí mismo … debe … acercarse a Cristo", nos decía Juan Pablo II, quien nos avisaba también del hombre de hoy que va perdido cuando llevado por una cultura que ha vuelto a cerrarse a Dios, se esfuerza por olvidar o negar a Cristo, su salvación: "La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera". Este rechazo perjudica mucho al hombre, aunque progrese materialmente, pues lo envilece en su espíritu, va contra "la dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también un agnosticismo religiosa cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad sobre el hombre".

Muchas personas volvían a la Iglesia, cuando se hacían mayores y reflexionaban sobre los misterios de la vida y de la muerte. Pero hoy mucha gente de países de tradición cristiana ya no "van" a la iglesia, y no conocen el camino para ir, por tanto no podrán "volver" porque no han ido nunca. Otros pueblos que han pasado por la dominación comunista tienen también problemas de falta de formación. La indiferencia religiosa generalizada también tiene el problema de la ignorancia, pues muchos creen saber qué es el cristianismo, pero realmente no lo conocen. Quizá también porque lo que hemos enseñado era poco convincente, como vulgarmente se dice quizás han querido hacerles comulgar con ruedas de molino, es decir han mostrado un moralismo muy fuerte, mucha exigencia para ser cristiano, sin mostrar la belleza del por qué de esa moral cristiana. También habría que revisar las motivaciones de esos límites, que en cuanto a casuística cambian con el tiempo, y en cuanto a la subjetividad muchas veces depende también de la conciencia de las personas, y no habrá que concretar tanto una exigencia desde fuera. Es decir, habrá que poner más atención a la primeros 5 mandamientos del decálogo, pues son más importantes porque en ello se despliega el amor de Dios en sus diversas formas (también el amor a las personas, que son sagradas), para luego –como consecuencia- vivir los bienes terrenales que radican en las personas y que por tanto son también importantes, es decir la segunda serie de los mandamientos.

Por tanto, no hay que presentar la vida cristiana como un sistema moral más o menos anticuado y defendido por una institución jerárquica, sino de acercarnos al acontecimiento cristiano en su ser auténtico, como lugar de vida y esperanza. La cercanía de Dios constituye así una cierta experiencia, una cierta presencia que de Él tenemos ya en esta vida: presencia de Cristo en los sacramentos y en la oración y en la Iglesia; presencia que encontramos en las personas, a través de ellas se trasluce ese amor de Jesús y su mensaje; por ellas intuimos qué es la plenitud de vida. El amor de Dios acogido en nuestro corazón da alegría, nos llena de su luz la compañía de Jesús, que ilumina todo de modo que va adquiriendo sentido incluso lo que antes no tenía ninguno. Ahora ya nada es un obstáculo definitivo, el despertar de la esperanza sabe transformar las dificultades en oportunidades. Ante la esclavitud de las reglas del mundo, la libertad cristiana va empapando de ternura de la acogida y del perdón las relaciones humanas, la mirada profunda y afectuosa sobre la propia persona y el propio destino. La misericordia de Dios se vierte en el mundo y en la historia, y vemos que la dignidad y el destino de la persona depende en gran parte de ese amor, que el mundo lo que necesita de verdad es la misericordia y la esperanza.

Naturalmente, esta experiencia de la cercanía del Reino viene por la fe, la manifestación del Padre, del que nace todo bien. En estas primeras semanas del tiempo ordinario, la predicación de Jesús va centrada en el anuncio del Reino, lo estamos viendo día a día. Aparece como liberación de todo lo que oprime al hombre; victoria sobre todo pecado y sobre el Maligno, sobre la muerte.

"La nueva evangelización es, ante todo, el anuncio de nuevo del amor de Dios y de la victoria de Jesucristo; y ello, ahora como siempre, en medio de un mundo cuya tentación es afirmar la propia suficiencia para vivir sin necesidad de la relación con Dios, es pretender construir y conducir la historia humana a su cumplimiento a partir del propio poder humano, que parece hacerse cada vez más articulado e imponente".

La conversión de San Pablo nos recuerda la necesidad de la conversión del corazón, una "metanoia", que el anuncio del Evangelio que lleva a la apertura del corazón con su inteligencia y su amor libre, y con ello la aceptación del amor de Dios. Todo ello conlleva paulatinamente, en unos casos, o también en forma súbita y radical, un cambio profundo de la mente y del corazón del hombre. En el fondo se trata de una apertura, de pasar de vivir encerrado en uno mismo, o a lo sumo una apertura parcial, pero con inquietud por el bienestar y cierto poder y control de las circunstancias de la propia existencia y el ambiente en el que uno se mueve, a una apertura a la trascendencia. Pasar así del ambiente dominante de individualismo y consiguiente soledad, de la adoración de los ídolos –mundo, orgullo-poder, carne-gusto-placer- a una Vida de amor; pasar de la "cultura de la muerte", a un "cultura fecunda" en profundidad. La prueba de ir por buen camino es la felicidad, que es algo no medible por las palabras que uno pronuncia sino por la  alegría que desprende la mirada. La entrega verdadera a Dios da felicidad. Lo que una madre busca en su hijo es que esté contento, y Dios igual: no es religión una visión triste de la vida. Esto no significa que no se sufra, como anunció el Señor a San Pablo, que le tocaría sufrir mucho, pero la cruz es inseparable del amor, como su contrapunto, nos guste o no. Mejor acostumbrarse. Como tampoco hay que querer entender todos los planes divinos, siempre habrá más cosas en Él que no entendamos, en ese caso el corazón si entiende, que hay que seguir confiando, amando, y la esperanza da paz.

Estamos en un mundo complejo, y al abandonar la referencia a Dios, la trascendencia, el hombre pierde el punto central de referencia, queda inmerso en la inmanencia, y absolutiza algunos aspectos, porque pierde la visión de conjunto. El nihilismo, indiferencia en sus formas de relativismo o agnosticismo, la visión negativa o catastrofista, y las formas de ideologizar el egoísmo en el capitalismo, la envidia en el comunismo o ciertas formas de socialismo, las distintas dictaduras de la moda dominante… todo ello hace del hombre moderno un ser complejo, perdido, necesitado especialmente de misericordia, de salvación.

*** Hoy celebramos la conversión de san Pablo: esa transformación que cambia la vida de un hombre. El convertido pasa de las tinieblas a la luz. Ve, comprende, se decide. Dios se le hace manifiesto. Es como un despertar. La expansión de la Iglesia estuvo ligada a este apóstol, como también el esclarecimiento de la doctrina. Él atacó los primeros cristianos (unos quinientos vieron a Jesús resucitado, luego de la Pentecostés fueron miles). Juan y Pedro son encarcelados y azotados. Esteban es muerto a pedradas. Saulo quizá conocía a Esteban, y aprobó su muerte, pero la oración de Esteban conseguiría gracias para su amigo (más datos, en Act. 26, 10-11). Después de convertido dirá San Pablo a los Efesios que Dios nos ha escogido desde antes de la creación del mundo. Parece como un rasgo de buen humor de Dios: llama al judío más celoso para llevar la fe a los no judíos, al más anti-cristiano para ser apóstol de Cristo. Vuelve ciego a uno que no veía por dentro, para que abra los ojos de su corazón y cuando vea pueda volver a ver por fuera. El ciego que veía pasa a no ver para no estar ciego, y con su ceguera ver, para después dejar de estar ciego y poder hacer ver a los demás: "para esto me manifiesto a ti, para constituirte ministro y testigo, así de las cosas que de mí viste como de las que verás, yendo a los gentiles, a los cuales yo te envío, para abrirles los ojos, a fin de que se  conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, a fin de que reciban la remisión de los pecados y la herencia de los  santificados por la fe en mí" (Act 26, 16-18); y en otro lugar lo resume así: "anda, que yo te enviaré a lejanas naciones" (Act 22,2). Es bonito oírle contar al cabo de los años el cambio de su vida: "todas las cosas estimo ser pérdida, comparadas con la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quién dí al traste con todas, y  las tengo por basura, a fin de ganarme a Cristo"(Fil. 3,8-9) o bien "doy gracias al que me dio fuerzas, a Cristo Jesús, Señor nuestro, porque me consideró digno de su confianza, poniéndome en su servicio, a mí que fui blasfemo y perseguidor insolente; más halló misericordia porque obré con ignorancia en mi infidelidad, sobreabundó la gracia de nuestro Señor con la fe y la caridad que está en Cristo Jesús" (1 Tim 1,12). Pablo fue haciendo memoria sobre su conversión ahí profundiza en la revelación y el misterio de la Iglesia. Entiende que aquel "¿por qué me persigues?" se refiere Jesús a su cuerpo, que al perseguir a los cristianos le persigue a Él, que Jesús está en los cristianos como en su cuerpo. Ve muchas cosas al ir repensando en su vida, ve que su vocación le lleva a descubrir el sentido divino de su vida, el por qué de su existencia, para los demás, como misión. Que sepamos cada uno hacer memoria de esos dones divinos, esta cierta experiencia de Dios que vamos teniendo en la vida, para descubrir nuestra vocación.

Pablo quería, como lo más precioso de su vida, a su religión judía. Cuando pensaba que esta fe quedaba destruida por una "secta", el cristianismo naciente, trató de purificar de ese supuesto mal a su pueblo; pero Dios lo llenó de luz y descubrió que Jesucristo no era la gran traición sino la gran respuesta a las antiguas promesas. Entonces orientó toda su energía a mostrar que la fe judía alcanza su plenitud en Jesús, así los mismos judíos le hicieran sufrir lo indecible tanto en su cuerpo como en su alma. Por eso decimos que esa expresión del comienzo de la primera lectura de hoy, "yo soy judío" resume bien la búsqueda y el horizonte fascinante de la vida del apóstol más conocido: san Pablo.

Un perseguidor perseguido. Pablo perseguía a los seguidores de Cristo y Cristo le dice: "Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues" (Hch 22,8). De aquí aprendemos o repasamos dos cosas. Primero: lo que se hace a uno de los humildes hermanos de Cristo, a Cristo mismo se le hace (cf. Mt 25,40.45). Segundo: nadie persigue a Cristo sin que Cristo le persiga.

En efecto, comenta Pablo en su Carta a los Filipenses: "sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús" (Flp 3,12). Es posible que hubiera odio, soberbia o vanidad en la manera como Pablo perseguía a Jesús; de lo que si estamos seguros es de cuánto amor, cuánta paciencia y cuánta mansedumbre abundaron en el modo como Jesús persiguió y conquistó a Pablo.

Ahora bien, Jesús está en sus seguidores y no se puede perseguirlos sin perseguirlo a él. Mas también está en ellos para guiar. Son uno con él en el padecer, pero también en el reinar (cf. Rom 8,17). Y por eso el Señor no da todas las instrucciones sino que envía a Pablo a que sea discípulo de los mismos a los que iba a encadenar y a que aprenda de aquellos a quienes hasta ahora ha despreciado. ¿No es magnífica la pedagogía de Dios?

"Vas a ser testigo". Ananías esclarece no sólo los ojos del cuerpo sino sobre todo los de la mente de Pablo: el sentido de aquel resplandor, de camino a Damasco, es colmar de luz a este hombre que así es ya un testigo de la luz. Y por eso le dice: "vas a ser testigo" (Hch 22,15): porque has visto, harás ver; porque has oído, vas a hablar.

Ananías invita al converso a darse prisa. Lo mejor que se le puede decir a un alma de fuego y un carácter ardiente como el de este Pablo. ¡Y qué bien cumplió ese sencillo encargo! "No pierdas tiempo; no te detengas" le dijo Ananías aquella vez, y eso hizo nuestro amado apóstol: ya nunca se detuvo. Fervoroso, como antes era en propagar el error y sembrar el terror, ahora propaga el Evangelio y siembra amor divino, sin darse nunca por satisfecho, pues bien escribió: " Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús" (Flp 3,13-14).

Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de la Conversión de san Pablo, apóstol. El breve fragmento del Evangelio según san Marcos recoge una parte del discurso acerca de la misión que confiere el Señor resucitado. Con la exhortación a predicar por todo el mundo va unida la tesis de que la fe y el bautismo son requisitos necesarios para la salvación: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16,16). Además, Cristo garantiza que a los predicadores se les dará la facultad de hacer prodigios o milagros que habrán de apoyar y confirmar su predicación misionera (cf. Mc 17,18). La misión es grande —«Id por todo el mundo»—, pero no faltará el acompañamiento del Señor: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

La oración colecta de hoy, propia de la fiesta, nos dice: «Oh Dios, que con la predicación del Apóstol san Pablo llevaste a todos lo pueblos al conocimiento de la verdad, concédenos, al celebrar hoy su conversión, que, siguiendo su ejemplo, caminemos hacia Ti como testigos de tu verdad». Una verdad que Dios nos ha concedido conocer y que tantas y tantas almas desearían poseer: tenemos la responsabilidad de transmitir hasta donde podamos este maravilloso patrimonio.

La Conversión de san Pablo es un gran acontecimiento: él pasa de perseguidor a convertido, es decir, a servidor y defensor de la causa de Cristo. Muchas veces, quizá, también nosotros mismos hacemos de "perseguidores": como a san Pablo, tenemos que convertirnos de "perseguidores" a servidores y defensores de Jesucristo.

Con Santa María, reconozcamos que el Altísimo también se ha fijado en nosotros y nos ha escogido para participar de la misión sacerdotal y redentora de su Hijo divino: Regina apostolorum, Reina de los apóstoles, ¡ruega por nosotros!; haznos valientes para dar testimonio de nuestra fe cristiana en el mundo que nos toca vivir (Josep Gassó Lécera).

La fiesta de la "Conversión de san Pablo", nos recuerda el gran mandamiento de Jesús de evangelizar, pero al mismo tiempo, el hecho de que no se pude dar lo que no se tiene. Si hoy en el mundo se vive un paganismo práctico, que lleva a la violencia, al robo, al atropello de los valores humanos, a la corrupción, etc., es porque falta en muchos de los cristianos una conversión profunda. Sin embargo, usando las palabras del apóstol, nos ponemos a pensar: ¿pero, cómo creerán, si no hay quien les anuncie? Y cuando se les anuncia, ¿cómo creerán si la vida de los que predican no es conforme a lo que predican? Un sólo hombre comprometido y tocado profundamente por el amor de Dios, recorrió todo el mundo conocido, hablando de Aquel que había cambiado su vida… Fue así como el mundo pagano se convirtió a la luz y al amor de Cristo. Déjate tocar por el amor de Dios, y responde con generosidad siendo portador del amor de Dios en tu casa, tu empresa, o tu escuela… Recuerda que Dios te necesita (Ernesto María Caro).

Antes de subir al cielo, después de resucitar de entre los muertos, el Señor envió a los suyos a predicar el Evangelio por todo el mundo a toda creatura. Nada ni nadie puede quedar fuera de la obra salvadora que el Señor ha realizado en favor nuestro. Aquel que quiera encasillar la salvación en un grupo estará equivocado, pues la Iglesia debe acoger en su seno a todo hombre de buena voluntad que se decida a creer en Cristo Jesús. Por eso, los que ya hemos hecho nuestra esta fe debemos ser los primeros en experimentar el amor de Dios, pues Él nos ha llamado para que estemos con Él y para que seamos testigos suyos hasta el último confín del mundo. El Señor nos envía como aquellos que han de continuar su obra liberadora en el mundo. Pero no podemos quedarnos en una lucha por la libertad meramente externa; no podemos conformarnos con liberar a nuestros hermanos de la pobreza, o con darle voz a los desvalidos e injustamente tratados. Mientras no colaboremos para que se den a luz nuevos hijos de Dios, libres de la esclavitud al autor del pecado y de la muerte, habremos fallado en el cumplimiento de la Misión salvadora que el Señor nos ha confiado.

Hoy venimos a esta Celebración Eucarística para encontrarnos personalmente con el Señor, que se acerca a nosotros por medio de signos demasiado frágiles y sencillos. Él preside esta celebración por medio del Ministro; Él está en todos y cada uno de nosotros, que creemos en Él y, unidos a Cristo, Cabeza de la Iglesia, formamos su Cuerpo. Él nos dirige su Palabra salvadora, para que no sólo la escuchemos, sino para que la pongamos en práctica; y así, por obra del Espíritu Santo, esa Palabra vaya tomando cuerpo en nosotros para que seamos realmente testigos del Señor. Él se convierte en nuestro Pan de vida para que, entrando en comunión de vida con Él, sean nuestros su Espíritu y su Vida. Así el Señor abre nuestros ojos para que sepamos contemplarlo no sólo bajo los signos sacramentales, sino también en nuestro hermano, en el cual amamos y servimos al mismo Cristo. Aprovechemos, pues, este momento de Gracia del Señor.

Si nos amamos los unos a los otros entonces permanecemos en el amor de Dios. No sólo hemos de proclamar el Evangelio del Señor con los labios. Toda nuestra vida debe convertirse en un anuncio de la Buena Nueva, pues desde nuestra propia existencia los demás no sólo han de escuchar el Evangelio, sino que han de experimentar el amor salvador del Señor. Jesucristo está presente entre nosotros por medio de todos aquellos que creen en Él. Lo que les hagamos a ellos a Cristo mismo se lo hacemos. Al final el Señor nos dará la vida eterna poniendo como condición el amor que le hayamos manifestado en nuestros hermanos. Seamos, pues, portadores de Cristo. Que nadie quede excluido de recibir el anuncio del Evangelio. Que todos escuchen el mensaje de salvación y todos, sin excepción, experimenten el amor de Dios desde aquellos que nos gloriamos en tenerlo como Señor y Salvador nuestro. No hagamos de la Iglesia un grupo cerrado e inútil. Dios nos quiere a todos unidos como hermanos, formando un sólo cuerpo en torno a Cristo, Cabeza de la misma Iglesia. El que se cierre en un grupo, por muy santo que lo parezcan sus miembros, jamás podrá decir que es la Iglesia del Señor, pues ni siquiera será un miembro de la misma en razón de vivir separado de todos aquellos que han sido llamados a participar de la vida divina.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de trabajar constantemente, tanto con nuestras palabras, como con nuestras obras y nuestro testimonio personal y comunitario, en atraer a todos hacia Cristo, para que el mundo entero pueda encontrar en Él el camino que nos una como hermanos, y nos conduzca a la Gloria eterna a la diestra de Dios Padre. Amén (Homiliacatolica.com).