domingo, 31 de enero de 2010

Domingo de la 3ª semana, ciclo C. La palabra de Dios es viva, Jesús nos libera con ella y nos da vida, cuando la meditamos

Domingo de la 3ª semana, ciclo C. La palabra de Dios es viva, Jesús nos libera con ella y nos da vida, cuando la meditamos

 

Lectura del Libro de Nehemías 8,2-0a. 5-6. 8-10. En aquellos días, Esdras, el sacerdote, trajo el libro a la asamblea de hombres y mujeres y de todos los que podían comprender. Era el día primero del mes séptimo. Leyó el libro en la plaza que hay ante la puerta del agua, desde el amanecer hasta el mediodía, en presencia de hombres, mujeres y de los que podían comprender; y todo el pueblo estaba atento al libro de la ley. Esdras, el sacerdote, estaba de pie sobre un estrado de madera, que habían hecho para el caso. Esdras abrió el libro a vista del pueblo, pues los dominaba a todos, y cuando lo abrió, el pueblo entero se puso en pie. Esdras pronunció la bendición del Señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando las manos, respondió: «Amén, Amén»; se inclinó y se postró rostro a tierra ante el Señor. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura. Nehemías, el Gobernador, Esdras, el sacerdote y letrado, y los levitas que enseñaban al pueblo, decían al pueblo entero: -Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis (porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley). Y añadieron: -Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene preparado, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.

 

Sal 18,8.9.10.15. R/. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío.

 

Primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12,12-30. El texto entre [ ] puede omitirse por razón de brevedad.

Hermanos: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo.

[Si el pie dijera: «no soy mano, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «no soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «no te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «no os necesito». Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan. Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los más necesitados. Así no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos le felicitan.]

Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro. [Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas, el don de interpretarlas. ¿Acaso son todos apóstoles?, ¿o todos son profetas?, ¿o todos maestros?, ¿o hacen todos milagros?, ¿tienen todos don para curar?, ¿hablan todos en lenguas o todos las interpretan?]

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 1,1-4; 4,14-21. Ilustre Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el Libro del Profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor»

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: -Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

 

Comentarios: 1. Ne 8,2-4a.5-6.8-10 (ver Ne 8,1-4a.5-6.7b-12). La lectura pública de la ley marca una fecha muy importante en la historia de Israel. Pues, hasta ese momento, el pueblo vivía su fe rezando, participando en las ceremonias del templo. Recibía de boca de los sacerdotes y profetas sentencias o prédicas. No sentía la necesidad de leer una Biblia. Esdras entiende que, en adelante, la comunidad se desarrollará en torno a la lectura, la meditación y la interpretación del libro sagrado: la Biblia no estará guardada, sino que será libro de todos y la norma de su fe. Este paso religioso y cultural es parecido al que ha afectado a cristianos en diversos momentos de la historia. La fe cristiana no puede cobrar fuerza sino a partir de la palabra de Dios leída y escuchada en forma comunitaria. La palabra proclamada ante el pueblo y aceptada por el pueblo, comentada después e interiorizada por cada uno, lleva a la responsabilidad y a la conversión de todos. Y los que han participado de una misma palabra, tomarán parte también de un mismo banquete para celebrar la fiesta de la reconciliación. Nadie debe quedar al margen de esta fiesta, y menos que nadie aquellos que no tienen nada que llevarse a la boca, los pobres de Yahvé. La reconciliación con Dios y la aceptación de su voluntad implica necesariamente el amor entre los hombres y la acogida a los pobres, a los que ama el Señor ("Eucaristía 1989").

Estamos ante un texto de singular importancia para conocer los orígenes del judaísmo en sentido estricto. Concluido el exilio. Artajerjes I aprobó la Ley de Moisés como ley real para todos los judíos repatriados y encargó a Esdras, que era escriba en su corte, la misión de organizar la vida pública en Palestina. Esdras llegó a Jerusalén el año 453. El texto que comentamos utiliza como fuente el informe oficial que Esdras, una vez cumplida su misión, envió al rey Artajerjes I. De todo esto se desprende que la reforma de Esdras fue en realidad una restauración de acuerdo con la Ley de Moisés. Para promulgar la ley, Esdras esperó que llegaran las fiestas del séptimo mes (septiembre-octubre), con las que acostumbraban los judíos a inaugurar el año nuevo. Con motivo de estas fiestas se reunía en Jerusalén un buen número de peregrinos, lo que facilitaba la convocatoria de una asamblea general. Esdras lee la Ley sobre una tarima y rodeado de los principales del pueblo. Aunque se habla aquí de un libro -sin duda alguna el pentateuco tal como se conocía en aquellos tiempos-, no es de suponer que leyera todo su contenido, sino únicamente las prescripciones legales. En señal de respeto y de buena disposición para realizar lo que escuchaban, todo el pueblo se pone en pie apenas comenzada la lectura. El auditorio lo integran hombres y mujeres, incluso los niños, con tal que fueran capaces de comprender. Dios habla a su pueblo, a todo el pueblo. Esdras, el sacerdote, concluye la proclamación de la Ley con una alabanza al Señor, y todo el pueblo responde con una aclamación y un asentimiento a la voluntad del Señor, alzando las manos y diciendo amén, amén. Es la renovación de la Alianza: Dios da su palabra y el pueblo se compromete a cumplirla. Su futuro depende de que así sea. Se pasa inmediatamente al adoctrinamiento en pequeños grupos, a fin de que la enseñanza se adapte mejor a las diversas necesidades y circunstancias. Esto permite hacer preguntas y respuestas, entablar un diálogo en el que se superan las dudas y se entrega la tradición. El texto nos ofrece un testimonio de la institución rabínica. El conocimiento minucioso de la Ley provoca el temor del pueblo ante tantas obligaciones y las sanciones que se imponen a los transgresores. Pero Esdras y Nehemías, el gobernador, así como todos los colaboradores en la enseñanza de la Ley, animan al pueblo para que no se aflija y se alegre más bien en el Señor. Porque el Señor es la fortaleza de Israel.

La palabra proclamada ante el pueblo y aceptada por el pueblo, comentada después e interiorizada por cada uno, lleva a la responsabilidad y a la conversión de todos. Y los que han participado de una misma palabra, tomarán parte también en un mismo banquete para celebra la fiesta de la reconciliación. Nadie debe quedar al margen de esta fiesta, y menos que nadie aquellos que no tienen nada que llevarse a la boca, los pobres de Yavé. La reconciliación con Dios y la aceptación de su voluntad, implica necesariamente la reconciliación entre los hombres y la acogida a los pobres a los que ama el Señor ("Eucaristía 1986").

La Biblia presenta la creación como obra de la palabra de Dios (Gn 1,3 ss.). A la palabra de Dios debe Israel su existencia como pueblo y en los momentos más trágicos de su historia encontrará su salvación en la palabra de Dios. Nehemías para reconstruir la comunidad y dar al pueblo una nueva conciencia moral y política reúne a la comunidad y llama a Esdras para que proclame la palabra. En ella el pueblo redescubrirá sus relaciones con Dios. Esdras ha recibido el encargo de comunicar al pueblo la ley de la comunidad. Es el escriba del rey del cielo (Esdras 7,12). La lectura que hace, en este texto, de la ley equivale a la ceremonia de la renovación de la alianza. Da origen a la fiesta de las tiendas. Aparte de las cuestiones históricas que el texto suscita es interesante notar el interés de que el conocimiento de la ley llegue a todos. Hay intérpretes, hay comentaristas. Cuando la palabra de Dios llega al pueblo produce su efecto=la conversión. Una conversión que no se limita al llanto y al arrepentimiento. Hace sentir el gozo de la presencia y de la acción de Dios. La renovación de la alianza es el reencuentro con Dios. Es comunión con Dios y con los hermanos expresada en la comida-banquete. Israel ha descubierto que Dios realiza la salvación en la vida de cada día, que la salvación no es un recuerdo del pasado ni una proyección al futuro, sino una realidad presente. Toda la predicación deuteronomista insiste en recordar el "hoy" de la salvación. Con Cristo ha llegado el día de la salvación. El es la proclamación de la Palabra (P. Franquesa).

 

2. Sal 18. "Se lanzó gozoso como un gigante a correr su carrera; sale de lo más elevado del cielo  para volver allí otra vez". La Iglesia quiere contemplar el camino de Cristo, el camino que le  ha servido para redimirnos. ¡Heroico camino! ¡Saltos de gigante! "Con un salto de este  género vino al mundo", dice San Ambrosio. "Estaba en el Padre, vino a la Virgen y de la  Virgen saltó al pesebre. Estaba en el pesebre y al mismo tiempo seguía resplandeciendo en  el cielo. Descendió al Jordán, subió a la cruz. Bajó al sepulcro, resucitó de él y está sentado  a la diestra del Padre". ¿Qué fuerza sería capaz de conducirle en este salto del cielo a la  tierra, a no ser la fuerza esencial de la divinidad, el amor? (...) Viene El para seguir su  camino y llevarnos consigo, en audaz salto, desde la cruz al trono del Padre; a condición,  empero, de que estemos libres del lastre de preocupaciones y pecados. Se trata de un  camino difícil y las luchas que tendremos que trabar al lado del Señor van a ser duras;  debemos, por lo mismo, estar preparados.

"¡Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas, vistámonos las armas de la luz! ¡Caminemos con honradez y como a la luz del día, no viviendo en comilonas o  embriagueces, ni en la lujuria o en el libertinaje, ni en querellas o envidias; antes bien,  revestíos del Señor Jesucristo!" (Rm 13,12ss.).

Debemos desprendernos de nuestra naturaleza concupiscente e inclinada al pecado para  revestirnos de la humanidad crucificada de Jesucristo. Sólo así lograremos recorrer el gigantesco camino del Señor. El misterio obra la glorificación, pero únicamente en quien se  halla crucificado con Cristo y en quien haya dado muerte a toda maldad y mala  concupiscencia. Desde que Cristo se encarnó nos es posible, a pesar de ser carne  pecadora, el ser obedientes a Dios. "El Señor Jesús vino y obra virtuosamente en la carne  sometida al pecado. De esta forma nuestros miembros no son ya armas de la lujuria, sino de  la fuerza" (San Ambrosio, al Sal 118, 42) (Emiliana Löhr).

Las dos partes de este salmo están profundamente ligadas: ¡aquel que hace las leyes  "físicas" del mundo es el mismo que hace las leyes "morales" del hombre!  Mediante este salmo, entramos en contacto con el alma de Israel, aferrada a la ley divina  (la Torah) mediante un amor ardiente y sincero. La admirable evocación del cosmos que  "habla" a quienes saben mirarlo (El universo, los cielos, las estrellas, el sol), es sólo una  introducción a esta afirmación increíble: Dios ha "hablado" a un pueblo... y le ha "revelado"  sus pensamientos sobre la humanidad. Para un judío fervoroso, la ley, lejos de ser una  traba minuciosa, una regla legalista y formalista, es un verdadero "don de Dios". Al revelar al  hombre la ley de su ser, Dios hace Alianza con él, para ayudarlo en sus comportamientos  vitales: como el sol que "desposa la tierra" para darle vida, en el don de la ley hay algo así  como la alegría de las nupcias, ¡es un misterio nupcial! La letanía de "cualidades" atribuidas  a la ley recuerda las cualidades que se dan los enamorados. La mitad de estas cualidades  es "objetiva", pues definen la ley en sí misma: es perfecta... segura... recta.. límpida... pura...  justa...

La otra mitad es "subjetiva", ya que enumera los efectos de esta ley en el hombre: da  vida... da sabiduría... alegra el corazón... ilumina los ojos...

De seguro, Jesús cantó este  salmo con mucho fervor. Sus parábolas, casi todas tomadas de la "naturaleza", nos muestran su gran admiración  por la creación. ¡Todo lo bello le "hablaba", le hablaba del Padre! De su amor a la "voluntad del Padre", el evangelio está lleno: "mi alimento, es hacer su  voluntad". Lo que sorprende, es nuestra admiración de hombres modernos ante este amor a  la ley. Hemos llegado al punto de no amar la ley, ninguna ley. ¡No conocemos "leyes  amables"! ¡Olvidamos que la sola ley, es el amor! "Este es mi mandamiento: ¡Amarás!"  Releamos a la luz del pensamiento de Jesús el elogio que este salmo hace a la ley...

Los filósofos actuales han descubierto la profunda relación entre el hombre y la  naturaleza... No tenemos ninguna independencia. Estamos ligados a todas las leyes físicas y  químicas del cosmos. Es físicamente verdadero que dependemos totalmente del sol: si éste  se apagara, se acabaría toda forma de vida. ¡Qué bella imagen para hablarnos de Dios! El  salmista que escribió este poema estaba rodeado de pueblos que adoraban al sol. De ellos  pudo tomar la primera parte de este salmo (hay himnos muy semejantes en las religiones  siro-babilonenses o egipcias, en las mitologías griegas, etc). Pero el salmista no adora al  sol. El sabe que el sol adora a Dios y canta su gloria.

Los jóvenes de hoy redescubren el sentido de la naturaleza, reaccionando contra lo  ficticio de la vida urbana. La seducción por la vida "al sol", el veraneo, es una característica  del mundo moderno frustrado el resto del año. Esta meditación habría que hacerla al aire libre un día de primavera: levantarse de madrugada para contemplar la salida del sol,  permanecer en el campo siguiendo su curso deslumbrante, y por la tarde hasta la mágica luz  del poniente... luego a través del crepúsculo, presenciar el nacimiento de la noche, adivinar  las primeras estrellas que brillan en la penumbra, y finalmente en medio de las tinieblas  dejarse embriagar por el firmamento estrellado... "¡La obra de las manos de Dios!".

El autor de este salmo oía "día" y "noche" dos coros fantásticos que  alternaban y se respondían uno a otro. Sí, "los cielos" (Hashamaim, plural en hebreo)  ¡hablan! ¿Qué dicen? ¡la gloria de Dios! ¿Cómo la dicen? ¡En el silencio! El salmista lo sabe  bien: su voz no es una voz... No hay palabras... Dios "¡no levanta la voz!" A veces decimos  que El se calla, porque no sabemos escucharlo. Dios es discreto. Dios está oculto. Si El  apareciera, desaparecería la creación. Le deja un espacio de libertad ocultándose y  callándose. Pero El habla en el silencio: su creación, precisamente es su "primera palabra",  una palabra que todos los pueblos pueden comprender porque está sobre y más allá que  todos los idiomas... ¡No hace falta ir a la escuela y saber leer! Basta mirar y escuchar. Este  Dios prodigioso no se ha limitado a esta brillante sinfonía de astros... Ha decidido hacer  Alianza con el hombre, dándole su ley... Esto debería asombrarnos de amor. Pero  precisamente, Dios es "amor" y el amor es la "ley constitutiva" del universo y del hombre  (Teilhard de Chardin). ¡Amar, seguir la ley de Cristo, es entrar en la armonía del mundo,  unirse a Dios!

La noche a la noche transmite el mensaje de gloria. Si la luz del sol canta la gloria de  Dios, es necesario descubrir como el salmista la maravilla de la noche. El día es el  resplandor, la acción, la vida. La noche es la discreción, el descanso, el misterio. "¡Oh  noche, qué profundo es tu silencio!", canta el célebre himno de Rameau. Si es placentero  estar al sol, lo es también sumergirse en la noche como en un baño de silencio.

El hombre moderno, necesita somníferos para dormir, carece de un equilibrio que es  necesario ensayar de recuperar mediante métodos más naturales. El Oriente en este campo  tiene mucho que enseñarnos: "Hacer el vacío en sí mismo", hacer callar las voces  discordantes que gritan en el fondo de nosotros mismos, recogerse. Tal es la preparación  primordial para la oración. Se puede rezar evidentemente con los ojos abiertos. Pero hay  que hacer también la experiencia de orar con los ojos cerrados, "haciendo la noche".

Sabemos todo el partido que San Juan de la Cruz sacó del tema de la noche. Para él el  hombre no podía realizar el encuentro con Dios fuera de la "noche oscura": "Nadie ha visto a  Dios", decía Jesús. Escuchemos estas estrofas del poema de San Juan de la Cruz.

Esta fuente eterna está muy oculta, / y sin embargo, su morada la he encontrado,  / ¡pero es de noche! // No sé su origen, porque no lo tiene, / sin embargo todo origen surge de ella,  / ¡pero es de noche! // Y la corriente que nace de esta fuente, / sé que es rica y todopoderosa, / ¡pero es de noche! // Esta fuente eterna está muy oculta / en el pan de vida, para darnos vida, / ¡pero es de noche!

La ley de Dios. Nosotros, hombres modernos, ¿no tendríamos que redescubrir lo que es  una "ley"? El autor de este salmo, proclama jubilosamente que tiene una "ley". No da la  impresión de estar presionado, forzado por ella, como si esta ley se la impusieran de fuera...  "Los mandatos del Señor son rectos, alegran el corazón... son más preciosos que el oro,  más dulces que la miel". Cuando dos equipos de fútbol se encuentran en un estadio,  millones de hombres están atentos a las "reglas del juego". Se insiste en el Fair-play, la  corrección... Se dice que el equipo que respeta las leyes del juego es más "deportivo", en el  mejor sentido de la palabra. Este ejemplo muestra, que la ley es necesaria para el buen  funcionamiento de un grupo cualquiera. Sin ley, se imponen la guerra, la irregularidad, la  fuerza, la anarquía. La misma felicidad de vivir está en juego. ¿Puede una familia vivir sin un  mínimo de leyes reconocidas y respetadas libremente por todos? La ley de Dios, es aún más  profunda: regula desde el interior el correcto funcionamiento de nuestro ser. "La ley del  Señor es perfecta... guardarla es para el hombre una ganancia..." (Noel Quesson).

Solamente quien conoce la ley puede comprender después el lenguaje concreto de la  creación. El Dios de la ley lleva al Dios de la creación. Y no al revés. En otras palabras, la  creación nos conduce a lo sumo a la idea del Dios relojero de Voltaire —el reloj postula la  existencia de un relojero—. La palabra, sin embargo, es la que nos hace encontrar al Dios  vivo. No arruguemos la nariz: "La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma" (v. 8). Sin embargo, en la conciencia del pueblo judío estaba arraigada la  convicción de que Yahvé está cercano a través de su palabra y a través de esa forma  particular de su palabra que es la ley. Son significativas en relación a esto las palabras dirigidas por Moisés al pueblo del éxodo,  ya cercano a la tierra prometida: Mira: yo os enseño mandatos y decretos, como me ordenó el Señor mi Dios, para que obréis  según ellos en la tierra en que vais a entrar para tomarla en posesión.  Guardadlos y cumplidlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia a los ojos de los  pueblos; los cuales, al oír estos mandatos dirán: «Cierto, es un pueblo sabio y prudente esta gran  nación».  Porque, ¿cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos como el Señor nuestro  Dios, siempre que lo invocamos? y ¿cuál de las naciones grandes tiene unos mandatos y decretos  tan justos como toda esta ley que os promulgo hoy? (Dt 4, 5-8). Y en el último discurso antes de morir, Moisés despejará el terreno de todo equívoco y de  todo pretexto: Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: «¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?»; ni está más allá del mar, no vale decir: «¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?». El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo (Dt 30, 11-14). Nuestras preferencias en cambio, no son ciertamente las del salmista: Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos; más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila (v. 10-11). Estas expresiones nos pueden hacer incluso sonreír. En realidad notamos una cierta  desconfianza ante la ley. Y sin duda que hay motivos para ello. Pero no hemos de olvidar —como se ha hecho resaltar con  acierto— que la ley —y este término no se limita al decálogo y a las demás leyes morales—  aún no ha padecido los «ultrajes» de los doctores, de los moralistas y de su casuística. Todavía no era el «yugo» insoportable, hecho de minucias y de prescripciones exteriores,  del que nos librará Cristo. Aún no había llegado a convertirse en el molde rígido en que el  fariseísmo posterior ahogará toda vida religiosa. La ley es más bien en este momento una  guía, una luz. Es el «pedagogo» que conduce al Señor. Solamente más tarde este  «pedagogo» será divinizado, se transformará en absoluto, en algo adorado por sí mismo. Y  entonces la ley se convertirá en un tirano despiadado. La ley de que habla el salmo es una ley al servicio del hombre para su crecimiento, para  la realización plena de su destino. Estamos por tanto lejos del legalismo formalista, de la  obsesión jurídica de la observancia escrupulosa de reglas minuciosas. Estamos, en cambio,  en el campo —evangélico, podríamos decir— de la ley al servicio del crecimiento del  hombre. No al revés. El hombre se realiza a sí mismo a través de la ley, en la libertad.  La ley por tanto no está sobre o ante el hombre, sino en su corazón. El Señor ha  realizado esta obra decisiva: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones (Jr 31,33).

Una ley externa —como ha hecho notar Karl Barth— es siempre molesta, sofocante, y  ante ella nos entran ganas de huir. Nos repite siempre el mismo estribillo: «debes». Y  nosotros respondemos: no puedo, no soy capaz, no tengo ganas. En cambio, la ley escrita  en el corazón nos dice: «puedes». Entonces la obediencia pedida por Dios no es un  cumplimiento del deber, sino que obedecer significa: poder obedecer en libertad.  Por tanto, la ley, la palabra, me realiza en la libertad, además de llevarme a encontrar a  Dios. Pero no puedo contentarme con la observancia de la ley. La observancia más fiel de los  mandamientos divinos no me libra, por ejemplo, del pecado de arrogancia. Preserva a tu siervo de la arrogancia,  para que no me domine (v. 14). Hay que fiarse exclusivamente del Dios vivo y no poner la propia complacencia en el  cumplimiento de sus preceptos. Me convierto en un «ser regio» sólo cuando rechazo la arrogancia y me reconozco  sencillamente como siervo (v. 12) del rey de la gloria. Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos... sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche (Sal 1, 1-2)… Estamos invitados a celebrar la liturgia de nuestro corazón, en el que está escrita  la ley de Dios. Sólo así podremos concluir con el salmo: Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío (v. 15) (Alessandro Pronzato).

Después de cantar la creación como una cadena de tradición, como un clamor silencioso  parecido al que nos hace escuchar la página de un libro, o también como los horizontes  netos transidos de infinitud, el salmista puede alabar la Ley de Moisés, tal como la recibieron  los mejores hombres de Israel, límpida, pura, gozosa. Vida o miel.

¿Es que vivir conforme a la Ley no es vivir según las apariencias? El salmista responde  que la justicia penetra más allá de toda superficie: ¿Quién conoce sus fallos? Absuélveme de lo que se me oculta (v. 13). La repetición de la palabra «ocultar» en los vv. 7 y 13 es intencionada. El sol penetra,  mediante su calor, hasta lo invisible. Del mismo modo, la verdad de la Ley no estará  completa hasta que llegue a las zonas ocultas del hombre. Algunos dirán que, gracias a la  Ley, puedo ver de golpe todas mis faltas y todas mis buenas acciones. No acepta el salmista  ese lenguaje especular en que una superficie (la de una página) refleja otra superficie (la de  un hombre). La verdadera luz de la Ley debe penetrarlo todo para que nada le quede  oculto, exigencia que podría interpretarse como la de un escrúpulo obsesivo por llegar a la  perfección. En la armonía del conjunto, es más justo ver las cosas de otro modo. Como el  sentido de la palabra no está en las palabras, sino en el silencio creado por una buena  escucha, tampoco la justicia está en una observancia particular. La sede de la justicia está  más bien en el centro invisible del hombre, al que el hombre mismo no puede acceder si  queda abandonado a solas sus fuerzas. Sólo Dios puede «purificarle» (v. 13).

La señal, en fin, de que alguien se ha quedado en la superficie de la Ley es que ello le  hace sentirse orgulloso. Ello es cierto si se trata de las palabras de Moisés o de las de  Cristo. Es admirable que una plegaria en que se pide observar la Ley acabe con la demanda  de no caer en la peor de todas las trampas que pueda tender:

Preserva a tu siervo de la insolencia, para que no me domine: así quedará libre e inocente de grave pecado (v. 14). Lejos de la superficie de la creación, lejos de la superficie de la Ley se oculta el gran  secreto propio de las dos, que es la humildad. Creación y Ley cumplidas en lo más oculto,  hechas realidad en la humildad: esta alabanza debió de colmar de alegría a los primeros  discípulos de Jesús, cuando se supieron depositarios de eso que se transmite «de día en  día» y «de noche en noche» desde el comienzo del mundo (Paul Beauchano).

Juan Pablo II explicaba que el salmo tiene dos partes, dedicadas a la naturaleza y a la ley. "Ambas partes están unidas por un hilo conductor común:  Dios alumbra el universo con el fulgor del sol e ilumina a la humanidad con el esplendor de su Palabra, contenida en la Revelación bíblica. Se trata, en cierto sentido, de un sol doble:  el primero es una epifanía cósmica del Creador; el segundo es una manifestación histórica y gratuita de Dios salvador. Por algo la Torah, la Palabra divina, es descrita con rasgos "solares":  "los mandatos del Señor son claros, dan luz a los ojos" (v. 9)…"

 

3. 1 Co 12,12-30. El domingo pasado el apóstol nos recordaba que en la Iglesia hay diversidad de dones y que en la comunidad no todos tenemos ni un mismo papel ni idéntica función. Pero, en cambio, como cristianos, todos hemos sido injertados en el Cuerpo de Cristo por medio del bautismo. Los bautizados somos, no sólo hermanos de Cristo, sino incluso miembros de su Cuerpo. Bajo este aspecto todos tenemos una dignidad e incluso una importancia semejante. Escuchemos cómo el Espíritu Santo, a través del apóstol, nos invita a profundizar el sentido de las diversas vocaciones o funciones de cada fiel en el interior de una sola iglesia (P. Farnés).

En la segunda parte de este capítulo, dedicado a la acción del Espíritu en la comunidad, Pablo avanza en la consideración de la unidad. Llega a su raíz profunda, ya apuntada en la primera sección del capítulo. La metáfora del cuerpo, tomada de la sociedad civil y aplicada en contextos profanos, es una comparación para explicar las relaciones entre la diversidad y la unidad. Es la necesidad recíproca de los miembros diversos, su interdependencia y su construcción, de este modo, del Cristo total. No habla aquí de la vida de Cristo/Cabeza descendiendo de los miembros, que es tema de Efesios.

Hay diversidad y hay comunidad, no sólo por las razones humanas de mutua dependencia en toda sociedad, sino por haber participado en el mismo Espíritu, que significa la misma fe, la misma relación personal con Cristo. Fe que no es sólo una ortodoxia, donde a menudo se pone lo central de la unidad. No es que hayamos de decir todos siempre igual las mismas formulaciones. Ello tiene su importancia, pero hay cosas que son más importantes para la unidad de la Iglesia, y concretamente es el amor entre sus miembros, con lo que irá viniendo el resto (F. Pastor).

La unidad del cuerpo de Cristo, afirmada por Pablo, únicamente se da cuando los carismas son muchos. Pablo nos hace ver que esta variedad no sólo no destruye la unidad, sino que la asegura. Es superfluo intercomunicar un mismo don. Ningún país importa productos que ya tiene en cantidad suficiente. Por el contrario, el intercambio de dones distintos enriquece a la comunidad. Sin embargo, no podemos olvidar que los dones del Espíritu son tan diversos y las situaciones por las que atraviesan los hombres tan distantes, que únicamente el ejercicio humilde y constante de un amor sin desmayos hace posible la formación del cuerpo de Cristo unido. La expresión "cuerpo de Cristo" no tiene que llevarnos a pensar en algo vaporoso o irreal. El cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, es la realidad del señorío concreto de Cristo, antes de su venida gloriosa, y debe permitir a los hombres descubrir el ámbito del dominio real de Cristo, el Señor ("Eucaristía 1989").

Es sabido que griegos y romanos comparaban el estado y más tarde el cosmos a un organismos vivo. Conocemos un texto de Tito Livio (II. 32, 8-12) que puede ilustrar hasta qué punto Pablo es deudor del pensamiento político de los romanos cuando nos habla de la Iglesia como cuerpo de Cristo. En él recoge Tito Livio la argumentación del cónsul Menenius Agripa, que defiende la unidad del estado amenazada por la plebe contra el senado: dice así: "En aquellos tiempos en que no estaban todas las cosas unidas en armonía y en que cada miembro seguía su conveniencia y hablaba su propio lenguaje, se revelaron todos los miembros del cuerpo contra el estómago... las manos no quisieron ya trabajar para alimentarlo". Y concluye señalando la consecuencia fatal y la necesidad de reconocer la propia estupidez al encontrarse sin fuerzas. "Así le ocurre a la plebe cuando se rebela contra el senado".

Pablo va más lejos de esa comparación: la comunidad eclesial no sólo se parece a un cuerpo, sino que es para él el cuerpo de Cristo. Por eso cuando escribe: "lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros..." y el lector espera que diga "así es también la Iglesia", Pablo concluye sorprendentemente diciendo: "así es también Cristo". La pluralidad de miembros en la Iglesia es la pluralidad de miembros incorporados a Cristo. De modo que la Iglesia sólo es cuerpo en la medida que es cuerpo de Cristo.

De él recibe la Iglesia su unidad y su pluralidad. Porque él es el principio rector y organizador, la plenitud de la que participan todos los miembros, cada uno según su carisma. Por lo tanto, la unidad de la Iglesia no es el resultado de un convenio entre sus miembros sino más bien la consecuencia de la incorporación de estos miembros a Cristo y por Cristo. De ahí se sigue el imperativo ético de permanecer unidos cuantos se confiesan cristianos.

Si todos los cristianos son miembros de un mismo cuerpo, esto significa: a) que en la Iglesia no hay miembros pasivos, lo que sería una contra- dicción, y que todos son sujetos y no simples objetos de cuidado; b) que en la Iglesia cada uno tiene su función y su carisma; c) que todos son solidarios y nadie puede ser cristiano individualmente; d) que las diferencias que nos separan en el mundo quedan superadas en Cristo.

Para llegar a ser todos un mismo cuerpo, todos deben ser bautizados o inmersos en el Espíritu de Cristo y beber de ese Espíritu. una alusión clara al bautismo y a la eucaristía. Todos y cada uno de los fieles son importantes en el cuerpo y para el cuerpo de Cristo. Nadie puede decir que él no es del cuerpo ni que es todo el cuerpo, ni despreciar la función y el carisma de los otros miembros, porque esto equivaldría a una mutilación del cuerpo. En esta solidaridad de vida de todos los fieles en Cristo y por Cristo hallamos el fundamento de una corresponsabilidad que nada tiene que ver con una adaptación a los esquemas modernos de convivencia. Esta corresponsabilidad contradice todo intento de marginación y toda absorción autoritaria dentro de la Iglesia ("Eucaristía 1986").

El tema de la Iglesia es siempre palpitante. La reflexión de Pablo puede ayudar a vivir dentro de la comunidad de la salvación. La verdad es que todos, sea cual sea nuestra condición o ideología, formamos una piña. El Bautismo y el Espíritu nos conducen a la unidad. Ello es de tal manera que todos somos necesarios, todos podemos hacer y hacemos algo que afecta a los demás miembros. No es lícito decirnos mutuamente que no nos necesitamos; los más débiles (en el sentido que sea) merecen nuestro mayor aprecio; la división es contradicción; la preocupación de los unos por los otros es la única lógica de la fe. Hay que aprender a sufrir, a alegrarse con los demás miembros... La diversidad, necesaria y fruto de la voluntad divina, es causa de cooperación, desde diversas perspectivas, al bien común. Podríamos señalar que debemos hacer un esfuerzo ascético de convivencia, de aceptación, de tolerancia, de respeto, de no jugarlo todo en el plano de las ideologías, sino en el de la proximidad entre personas. Podríamos indicar también que la unidad no corresponde a la uniformidad: precisamente la doctrina paulina del Cuerpo Místico parte de la pluralidad de funciones como garantía de la construcción del Cuerpo. Lo que no puede hacerse es creer que una parte es la totalidad. Es importante, pues, la conciencia de ser humildes contribuyentes a la vida total de la Iglesia. Deberíamos reflexionar de nuevo sobre el hecho de que todos estamos situados vivencialmente dentro del pueblo de Dios y de que éste, en cuanto de nosotros depende, es comunidad de salvación (J. Guiteras).

En la Iglesia de Corinto, que se presenta con una gran vitalidad pero también algo agitada, Pablo quiere intentar restablecer un poco de orden y, sobre todo, inculcar el sentido de la unidad. Para ello utiliza la imagen del cuerpo humano. Puesto el ejemplo, las aplicaciones prácticas saltan a la vista, y sus lectores sabrán a qué atenerse si quieren ser consecuentes consigo mismos. Sin embargo, con el tiempo la imagen propuesta por Pablo ha perdido la fuerza que tenía cuando él la utilizó. Incluso hay que decir que, en nuestro tiempo, esa imagen sólo nos da una idea parcial de la Iglesia. En efecto, y ya muy pronto, hacia el s. III, se desarrolla en Roma el Derecho, y la imagen del "cuerpo" tiende a expresar un concepto jurídico. Nuestro tiempo conoce las asociaciones profesionales, que son unos "cuerpos" con un jefe único, una misma ley y una misma finalidad. También la Iglesia es una institución que tiene un jefe único, una misma ley y una misma finalidad. Sin embargo, la Iglesia no es sólo una institución. Para superar lo que sería disminuir la fuerza de la imagen empleada por san Pablo, habría que recurrir al capítulo 17 de san Juan, cuando Cristo dirige al Padre su oración: "Que sean uno, entre ellos y con nosotros, como tú y yo somos uno". El término "unidos" todavía deja entrever demasiado la pluralidad de entidades separadas. Nosotros no sólo estamos unidos, sino que somos "uno". Así, la riqueza de dones de la Comunidad de Corinto no debe originar entre sus miembros el desmenuzamiento de la envidia. San Pablo enumera los distintos dones y ministerios, que él coloca en la primera fila de los carismas. Así pues, él no ve oposición entre carisma y jerarquía en los ministerios; para él los ministerios son también un carisma. Incluso hay que decir que, para él, los ministerios son los carismas más importantes. Ante la dificultad de la abundancia de distintos dones, en lugar de dar gracias a Dios por esta diversidad de riquezas, existe el peligro de fragmentación de la comunidad, y el pluralismo siempre supone una fe más profunda en la unidad y en un solo Señor (Adrien Nocent).

Y así lo decía S. Agustín: "...Hemos descubierto, pues, que se puede tener fe sin tener caridad. Que nadie, por lo tanto, se jacte de cualquier don de la Iglesia, si tal vez sobresale en ella por algún don que le haya sido concedido. Vea si posee la caridad. El mismo apóstol Pablo habló, enumerándolos, de muchos dones de Dios presentes en los miembros de Cristo que constituyen la Iglesia, diciendo que a cada uno se le han concedido los dones adecuados y que no puede darse que todos posean el mismo. Pero ninguno quedará sin su don: apóstoles, profetas, doctores, intérpretes, habladores de lenguas, poseedores del poder de curación, de auxilio, de gobierno, distintas clases de lenguas. Éstos son los mencionados; pero vemos que hay otros muchos en las distintas personas. Que nadie, pues, se apene porque no se le ha concedido lo que ve que se concedió a otro: tenga la caridad, no sienta envidia de quien posee el don y poseerá con quien lo tiene lo que él personalmente no tiene. En efecto, cualquier cosa que posea mi hermano, si no siento envidia de ello y lo amo, es mío. No lo tengo personalmente, pero lo tengo en él; no sería mío, si no formásemos un solo cuerpo bajo una misma cabeza.

Si, por ejemplo, la mano izquierda tiene un anillo y no la derecha, ¿acaso está ésta sin adorno? Mira las dos manos y verás que una lo tiene y la otra no; mira el conjunto del cuerpo al que se unen ambas manos y advierte que la que no tiene adorno lo tiene en aquella que lo tiene. Los ojos ven por donde se ha de ir, los pies van por donde los ojos ven; ni los pies pueden ver, ni los ojos caminar. Pero el pie te responde: «También yo tengo luz, pero no en mí, sino en el ojo, pues el ojo no ve sólo para sí y no para mí». Dicen igualmente los ojos: «También nosotros caminamos, no por nosotros, sino por los pies; pues los pies no se llevan sólo a sí mismos y no a nosotros». De esta manera, cada miembro, según los oficios distintos y peculiares que se les han confiado, ejecutan lo que les ordena la mente; no obstante eso, todos constituyen un solo cuerpo y forman una unidad; y no se arrogan lo que tienen otros miembros en el caso de que no lo posean ellos, ni piensan que les es ajeno lo que todos tienen al mismo tiempo en el único cuerpo.

Finalmente, hermanos, si a algún miembro del cuerpo le sobreviene alguna molestia, ¿cuál de los restantes miembros le negará su ayuda? ¿Qué cosa hay en el hombre más en el extremo que el pie? Y en el mismo pie, ¿qué más en el extremo que la planta? Y en la misma planta, ¿qué otra cosa que la misma piel con que se pisa la tierra? Así y todo, esta extremidad del cuerpo forma tal parte del conjunto que, si en ese mismo lugar se clava una espina, todos los miembros concurren a prestar su ayuda para extraerla: al instante se doblan las rodillas; se dobla la espina -no la que hirió, sino la que sostiene todo el dorso-; se sienta, para sacar la espina; ya el mismo hecho de sentarse para sacar la espina es obra del cuerpo entero. ¡Cuán pequeño es el lugar que sufre la molestia! Es tan pequeño cuanto la espina que lo punzó; y, sin embargo, el cuerpo en su totalidad no se desentiende de la molestia sufrida por aquel extremo y exiguo lugar; los restantes miembros no sufren dolor alguno, pero todos lo sienten en aquel único lugar.

De aquí tomó el Apóstol un ejemplo de la caridad, exhortándonos a amarnos mutuamente como se aman los miembros en el cuerpo. Dice él: Si sufre un miembro, se compadecen también los otros, y si es glorificado uno solo, se alegran todos. Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12,26-27). Si así se aman los miembros que tienen su cabeza en la tierra, ¡cómo deben amarse aquellos que la tienen en el cielo! Es cierto que tampoco se aman si se apartan de su cabeza; pero cuando esa cabeza de tal manera lo es, de tal manera ha sido exaltada y de tal manera colocada a la derecha del Padre, que, no obstante, se fatiga aquí en la tierra; no en sí misma, sino en sus miembros, hasta el punto de decir al final: tuve hambre, tuve sed, fui huésped cuando se le pregunte: ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento?, como si respondiera: «Yo estaba en el cielo en cuanto Cabeza; pero en la tierra los miembros tenían sed», a esta cabeza no nos unimos si no es por la caridad.

Así, pues, hermanos, vemos que cada miembro, en su competencia, realiza su tarea propia, de forma que el ojo ve, pero no obra; la mano, en cambio, obra, pero no ve; el oído oye, pero ni ve ni obra; la lengua habla, pero ni ve ni oye; y aunque cada miembro tiene funciones distintas y separadas, unidos en el conjunto del cuerpo tienen algo común entre todos. Las funciones son distintas, pero la salud es única. En los miembros de Cristo la caridad es lo mismo que la salud en los miembros del cuerpo. El ojo está colocado en el lugar mejor, el lugar destacado, puesto como consejero en la fortaleza, para que desde ella mire, vea y muestre. Gran honor el de los ojos por su ubicación, por su agilidad y por cierta fuerza que no tienen los demás miembros. De aquí que los hombres juran por sus ojos con más frecuencia que por cualquier otro miembro. Nadie ha dicho a otro: «Te amo como a mis oídos», a pesar de que el sentido del oído es casi igual y está cercano a los ojos. ¿Qué decir de los restantes? A diario dicen los hombres: «Te amo como a mis propios ojos». Y el Apóstol, indicando que se tiene mayor amor a los ojos que a los restantes miembros, para mostrarse amado por la Iglesia de Dios, dice: Doy testimonio en favor vuestro de que, si os hubiera sido posible, hubiérais sacado vuestros ojos y me los habríais dado a mí (Gál 4,15).

Nada hay, por tanto, en el cuerpo más sublime y más respetado que los ojos y nada hay quizá más en la extremidad del cuerpo que el dedo meñique del pie. Aun siendo así, conviene que en el cuerpo haya dedos y que estén sanos,-antes que sean ojo cubierto de legañas por alguna afección, pues la salud, común a todos los miembros, es más preciosa que las funciones de cada uno de ellos. Así ves que en la Iglesia un hombre tiene un don pequeño, y, con todo, tiene la caridad; quizá veas en la misma Iglesia otro más eminente, con un don mayor, que, sin embargo, no tiene caridad; sea el primero el dedo más alejado, y el segundo el ojo. El que pudo obtener la salud, ése es el que más aporta al conjunto del cuerpo. Finalmente, es molestia para el cuerpo entero el miembro que enferma, y, en verdad, todos los miembros aportan su colaboración para que sane el enfermo y la mayor parte de las veces sana. Pero si no hubiera sanado y la podredumbre engendrada indicase la imposibilidad de ello, de tal modo se mira por el bien de todos, que se le separa de la unidad del cuerpo" (Sermón 162 A, 4-6).

 

4. Lc 1,1-4; 4,14-21 (cf día 10 de enero). Desconocemos la identidad de Teófilo, a quien Lucas dedica sus dos obras (Evangelio y Hechos), o si fue algo genérico, dirigido al "amador-de Dios". A continuación presenta un caso concreto de docencia en una sinagoga concreta. Una sinagoga significativa por hallarse en el lugar donde Jesús se crió. El relato de Lucas da por supuesto el conocimiento del funcionamiento litúrgico sinagogal de los sábados con sus cantos, recitaciones, orden y modalidad de las lecturas, bendición final. Probablemente Jesús ha sido invitado por el presidente de la sinagoga a leer y comentar la segunda lectura, tomada del profeta Isaías. ¿Lectura ya reglamentada o de libre elección por el lector? No podemos saberlo a ciencia cierta, aunque el giro de la expresión "encontró un pasaje" parece significar más bien que el propio Jesús busca expresamente el pasaje. Hagamos también nosotros la prueba y busquemos el pasaje en el comienzo del capítulo 61 de Isaías. Constataremos que Jesús termina la lectura en el v.2a, suprimiendo el aspecto negativo del mensaje proclamado por Isaías. El pasaje habla de proclamar el año de gracia del Señor, el día de desquite de nuestro Dios. Jesús lee lo del año de gracia y omite lo del día de desquite. ¿Omisión deliberada? El relato de Lucas continúa con escueto grafismo: Jesús cerró el libro (enrolló, los libros eran tiras largas de pergamino), lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos los presentes le miraban atentamente. La reacción es de expectación, motivada sin duda por algo chocante y que les ha llamado la atención, aparte de la fama de su paisano. ¿Eso chocante no será precisamente la omisión de la frase referente al desquite? La reacción de los presentes es de expectación y de prevención contra Jesús, y no de estima y de confianza hacia él, como a menudo se dice.

El comentario de Jesús al pasaje leído es breve y enfático: "Hoy se cumple este pasaje que acabáis de oír". Resalta la posición enfática del adverbio. Lo proclamado por el profeta quinientos años atrás en medio de los desastres de la guerra (pobreza, dolor, encarcelamientos) tiene su cumplimiento ahora. Jesús hace suyo aquel mensaje, lo depura de toda connotación negativa y le da cumplimiento cabal. La omisión de la frase referente al desquite de nuestro Dios ha sido intencionada. Jesús no sabe nada de venganzas y de desquites de Dios.

Resumiendo: Lucas, un autor con una metodología de trabajo rigurosa, quiere completar y garantizar la instrucción cristiana básica y rudimentaria de los recién bautizados. En esta línea empieza presentando la enseñanza de Jesús como una enseñanza que da cumplimiento al mensaje de gracia acumulado a lo largo del Antiguo Testamento, relectura que puede desencadenar una prevención contra él.

Comentario. El Evangelio de Lucas es una larga catequesis con vistas a profundizar en la fe recibida. A la hora de profundizar debemos estar dispuestos a dejarnos cuestionar por la enseñanza de Jesús. Es muy posible que existan en nosotros, aun sin ser conscientes de ello, adherencias y esquemas incorrecta o falsamente religiosos. Jesús es el hoy de tantas esperanzas de tanta gente marginada y maltratada que, al igual que Dios, nada sabe de venganza y de desquite. ¡Cuántas veces parecen inevitables e insuperables la venganza y el desquite! Jesús nos invita a superar esa fase, por difícil y costosa que nos parezca (A. Benito).

Aunque los evangelios no son propiamente libros "históricos", sino confesionales, esto es, libros nacidos de la fe de la comunidad y al servicio de la fe de la comunidad, Lucas es, sin duda, el que más cerca está del género literario de la historia.

A semejanza de los historiadores de la época, comienza su evangelio con un prólogo, en el que señala el motivo, anticipa el contenido, determina el fin y describe el método que utiliza.

Hace también una alusión a los que escribieron antes sobre el mismo tema, a las fuentes de que dispone, y de las que nosotros sólo conocemos el evangelio de Marcos. En todas estas fuentes se recoge el testimonio de los que vieron y oyeron, de los apóstoles o predicadores de la Palabra. El evangelio de Lucas, al igual que los otros tres, no es más que la fijación por escrito de la predicación de los apóstoles o de la Tradición Apostólica.

Lucas se propone escribir los hechos desde el principio, remontándose a los orígenes. Comenzará hablándonos del nacimiento del Precursor y se ocupará también de la infancia de Jesús. Sin embargo, el orden que promete no será rigurosamente cronológico y su obra no deberá confundirse con una biografía.

Dedica su libro, siguiendo la costumbre, a un personaje llamado Teófilo (o amante de Dios). Pero, a pesar del significado de este nombre, no parece que se trate de una ficción literaria, sino de una persona concreta. Probablemente es un catecúmeno, y en cualquier caso, Lucas escribe para confirmar a Teófilo en las enseñanzas que ha recibido.

El texto litúrgico que comentamos une al prólogo de Lucas la narración que hace éste más adelante del comienzo de la vida pública de Jesús. El evangelio, en su más estricto sentido, comienza con la vida pública y comprende lo que hizo y dijo Jesús a partir de su bautismo en el Jordán.

Probablemente esta visita de Jesús a Nazaret es la misma a la que se refieren Marcos y Mateo en otro contexto y situándola cronológicamente más tarde. En este supuesto, Lucas anticiparía esta visita y hablaría de ella al principio de la vida pública de Jesús, para destacar así el carácter programático de la profecía de Isaías.

Con el permiso del presidente de la sinagoga, cualquier varón israelita podía leer públicamente la Ley o los Profetas, hacer una traducción del texto sagrado a la lengua vulgar (el arameo) y explicar su contenido en una breve homilía. Dado que no había un orden prescrito para la lectura bíblica, Jesús pudo elegir muy bien el texto de Isaías -61, 1 y ss-.

De hecho el texto de Isaías, que aparece aquí, está tomado de los Setenta, pero saltándose las palabras "sanar a los que tienen el corazón roto" (Is 61, 1), añadiendo otras (Is 58,6) y concluyendo con Is 61,2a. En este texto se anuncia un año de gracia -año jubilar- a los repatriados del destierro de Babilonia.

Jesús declara que la profecía de Isaías se cumple ya con su presencia. En él comienza la salvación, tan deseada. Por eso, lo que Jesús predica es realmente la Buena Noticia y no sólo una buena promesa ("Eucaristía 1986").

Cuando Mateo presenta a Cristo con los rasgos de un rabí ambulante (Mt. 4, 12-17), Lucas, más liturgista, comienza y termina su Evangelio por la narración de acontecimientos que se desarrollan en el Templo (Lc 1,5-23; 24, 50-53), y da comienzo al ministerio de Cristo dentro de la liturgia sinagogal del sábado.

Esta última exigía generalmente dos lecturas. La primera, sacada de la Ley (Pentateuco), era leída y comentada por un "doctor de la Ley"; la segunda, de origen más tardío, tenía que ser extraída de los profetas y podía ser leída y comentada por cualquiera que tuviese al menos treinta años. Jesús tiene treinta años y reivindica el derecho de leer y comentar esta segunda lectura. Su primer discurso público es, pues, un homilía litúrgica.

a) Lucas no ha conservado el mismo discurso de Cristo, pero resume lo esencial de él en una sola frase: "Hoy se cumple" (v. 21). Todas las leyes de la homilía están contenidas en este pequeño versículo. La liturgia de la Palabra no es una simple lección moral de catecismo, ni la afirmación de la esperanza escatológica fomentada por los profetas; esta liturgia proclama el cumplimiento del designio del Padre en el hoy de la vida y de la asamblea. No se contempla ya un pasado cumplido, aunque sea edad de oro u ocasión de caída; ya no se sueña más en un futuro extraordinario; se vive el tiempo presente como momento privilegiado para la venida del Señor.

Los apóstoles, a su vez, han respetado este procedimiento homilético de Jesús (cf Act 13,14-42; 16,13-17; 17,1-3; 18,4). La liturgia cristiana de la Palabra es por consiguiente hija de la sinagoga; cumple el recuerdo de ésta del pasado y la esperanza del futuro en la "celebración de hoy". ¡Sin embargo, puede uno preguntarse si los sermones pronunciados en las asambleas cristianas son fieles a los de Cristo o a los de los doctores de la Ley!

b) Cristo (o San Lucas) parece haber detenido intencionadamente su lectura en el momento en que la profecía de Is 61 anunciaba "un año de gracia". Pasa en silencio el versículo siguiente, que anunciaba el juicio de las naciones: y un día de venganza para nuestro Dios" (Is 61, 2), para insistir exclusivamente, sin duda, en la gracia de Dios. Estas palabras de gracia provocan el asombro de la asamblea (v.22) y son el origen de los incidentes narrados en los vv. 25-30. Precisamente para reforzar la idea de que su misión, toda, es de gracia y no de condenación, Cristo (o Lucas) ha añadido dentro de la cita de Is 61, 1-2 un versículo, tomado de Is. 58, 6, sobre la libertad ofrecida a los prisioneros.

Cristo define de una vez su misión como una proclamación del amor gratuito de Dios a todo hombre. Tal revelación sólo podía producir escándalo a los judíos que esperaban la escatología con todo el ardor que el odio a los paganos podía producirles.

Decir que hoy se cumple la Palabra de Dios -esta es la misión de la homilía- no solo significa que se realiza una profecía antigua o que un texto inspirado toma repentinamente importancia. Lo que se cumple no es ante todo la Palabra de los profetas o de los teólogos, sino esta Palabra de Dios más profunda que cristifica a la humanidad, así como la vida y la condición de los hombres.

Decir que la Palabra de Dios se cumple quiere decir que la humanidad, hoy, ha incorporado a Dios en Jesucristo. No se trata, pues, de hacer una homilía que tratara de aplicar tal o cual texto inspirado, tal o cual palabra profética a los acontecimientos vividos por los miembros de la asamblea; se trata más bien de revelar, como lo hace el Evangelio con el acontecimiento privilegiado Jesucristo, cómo el acontecimiento vivido actualmente por los hombres y los cristianos es revelador del designio cristificador de Dios. Las fuentes y el vocabulario bíblicos deben desdoblarse en fuentes y vocabularios sociológicos y psicológicos. Para esto es preciso disociar la obra de Jesucristo del contexto sociocultural al que está ligada, lazo que la "palabra" de los evangelistas ha reforzado con frecuencia, para verla en acción en el ambiente contemporáneo como una respuesta a la búsqueda de Dios que lleva a cabo un pueblo concreto al que se dirige la homilía.

De esta manera, en el momento actual de los hombres es como la homilía incorpora el "hoy" de Dios y merece ser el ministerio de la Palabra de Dios (Maertens-Frisque).

No creemos en una idea, sino en un hombre situado en el tiempo y en el espacio. Lo que anunciamos es una realidad de nuestra historia, no unas ideas; no sólo unas experiencias místicas, ni mucho menos una ideología, sino un acontecimiento sucedido y experimentado en medio de unos hombres concretos, que fueron desde entonces testigos y heraldos de la Palabra.

Jesús no es un mito. Es un hombre que vivió en un contexto temporal, en un ambiente sociológico determinado. Arraigado en un terruño, en un linaje, perteneció a una familia, aprendió la biblia con los demás. Trabajó como carpintero, que era algo así como "un hombre para todo" en aquella época. Tuvo amigos de todas clases, discutió con los representantes de la religión oficial y de las diversas sectas. Habló, actuó, vivió en medio de un pueblo muy concreto, adoptando su fe y sus costumbres, hablando su lenguaje, participando de su psicología.

Jesús es un hecho, y nuestro cristianismo sería falso si no tomásemos en cuenta la verdad "carnal" de ese hecho, la densidad de la encarnación. Jesús es un hombre; y lo que importa es qué hombre fue. Ese es el motivo de las cuestiones que se plantearon en Nazaret, cuando el evangelista Lucas nos presenta, en el pórtico de su relato, un retrato de Jesús. Porque la realidad de la encarnación no agota la inteligencia de estas tres palabras: Jesús de Nazaret. El escándalo nace de la vinculación entre estas dos afirmaciones: Jesús es de Nazaret; pero es también aquel que, al desarrollar el libro de las Escrituras en la sinagoga, declara a propósito del pasaje de Isaías: "Esta Escritura que acabáis de oir se ha cumplido hoy".

En ese hombre creemos que se concentra toda la aventura de los hombres con Dios. El es la cima y el todo de la Revelación. "Esta Escritura se ha cumplido hoy". Un hoy eterno, ya que es la provocación permanente de ese hombre llamado Jesús. No creemos solamente en un gran hombre, en un héroe admirable de nuestra humanidad. Afirmamos que él es "la última palabra" de Dios. "Esta Escritura se ha cumplido hoy". Hoy se ha cumplido el encuentro. Ya que es en nuestro hoy vulgar en donde nos vemos provocados a la fe. Y se abre ante nosotros toda la grandeza de nuestra vida cotidiana: es ahí, en el hoy humilde de cada día, donde encontramos a Dios cuando, al confrontarnos con la revelación de este hombre Jesús, decimos: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna". Sólo estas palabras dicen de verdad la totalidad del misterio. Hoy se ha cumplido tu palabra: tu Verbo, tu Hijo único, toca nuestro corazón y cada día es el tiempo de su revelación. Bendito seas, Dios, que cumples tu palabra: que nuestro hoy que pasa se abra y florezca en eternidad, en encuentro para siempre (comentarios: Sal terrae).

Orígenes (hacia 185-253) teólogo, en su Homilía 32 sobre Lc 2 (SC 87, pag. 387) se refiere a  "Esta palabra de la Escritura...se ha cumplido hoy" y dice: "Cuando leéis: "Enseñaba en las sinagogas y todo el mundo hablaba bien de él." (Lc 4,15) no penséis que aquella gente era especialmente afortunada porque oía a Cristo, ni que vosotros estáis privados de estas enseñanzas. Si la Escritura es la verdad, Dios no ha hablado sólo en las asambleas de los judíos de entonces, sino que habla hoy todavía en nuestra asamblea. Y no sólo aquí, entre nosotros, sino en otras reuniones y en el mundo entero, Jesús enseña y busca los instrumentos para transmitir su doctrina. Rogad por mí para que me encuentre dispuesto y apto para cantar sus alabanzas. Del mismo modo que Dios encontró a los profetas, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel en tiempos en que los hombres estaban privados de las profecías, asimismo Jesús busca instrumentos para transmitir su palabra y "enseñar a los pueblos en sus sinagogas, y todos hablaban bien de él." Hoy Jesús es glorificado por muchos más que en aquel tiempo en que fue conocido sólo por la gente de su provincia".

miércoles, 27 de enero de 2010

Tiempo ordinario II, sábado: la fecundidad del sufrimiento por el Reino de los cielos, por causa de salirse de las pautas “del mundo”

Tiempo ordinario II, sábado: la fecundidad del sufrimiento por el Reino de los cielos, por causa de salirse de las pautas "del mundo"

 

Segundo Libro de Samuel 1,1-4.11-12.19.23-27. Después de la muerte de Saúl, David volvió de derrotar a los amalecitas y permaneció dos días en Siquelag. Al tercer día, llegó un hombre del campamento de Saúl, con la ropa hecha jirones y la cabeza cubierta de polvo. Cuando se presentó ante David, cayó con el rostro en tierra y se postró. "¿De dónde vienes?", le preguntó David. El le respondió: "Me he escapado del campamento de Israel". David añadió: "¿Qué ha sucedido? Cuéntame todo". Entonces él dijo: "La tropa huyó del campo de batalla y muchos del pueblo cayeron en el combate; también murieron Saúl y su hijo Jonatán". Entonces David rasgó sus vestiduras, y lo mismo hicieron todos los hombres que estaban con él. Se lamentaron, lloraron y ayunaron hasta el atardecer por Saúl, por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor y por la casa de Israel, porque habían caído al filo de la espada. "¡Tu esplendor ha sucumbido, Israel, en las alturas de tus montañas! ¡Cómo han caído los héroes! ¡Saúl y Jonatán, amigos tan queridos, inseparables en la vida y en la muerte! Eran más veloces que águilas, más fuertes que leones. Hijas de Israel, lloren por Saúl, el que las vestía de púrpura y de joyas y les prendía alhajas de oro en los vestidos. ¡Cómo han caído los héroes en medio del combate! ¡Ha sucumbido Jonatán en lo alto de tus montañas! ¡Cuánto dolor siento por ti, Jonatán, hermano mío muy querido! Tu amistad era para mí más maravillosa que el amor de las mujeres. ¡Cómo han caído los héroes, cómo han perecido las armas del combate!".

 

Salmo 80,2-3.5-7. Escucha, Pastor de Israel, tú que guías a José como a un rebaño; tú que tienes el trono sobre los querubines, resplandece ante Efraím, Benjamín y Manasés; reafirma tu poder y ven a salvarnos.

Señor de los ejércitos, ¿hasta cuándo durará tu enojo, a pesar de las súplicas de tu pueblo?

Les diste de comer un pan de lágrimas, les hiciste beber lágrimas a raudales; nos entregaste a las disputas de nuestros vecinos, y nuestros enemigos se burlan de nosotros.

 

Texto del Evangelio (Mc 3,20-21): En aquel tiempo, Jesús volvió a casa y se aglomeró otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: «Está fuera de sí».

 

Comentario: 1. 2S 1,1-4.11-12.19.23-27. -El duelo... El dolor de David... Se acaba de anunciar a David que Saúl y su hijo Jonatán han muerto en el combate, en los montes de Gelboé. A pesar de todas las dificultades que le ha ocasionado, David está profundamente conmovido por esta muerte. Lejos de alegrarse por ella -ahora podrá reinar en su lugar- entona una elegía.

-Entonces, tomando David sus vestidos los desgarró, y lo mismo hicieron los hombres que estaban con él. Se lamentaron, lloraron y ayunaron hasta la noche por Saúl y por su hijo Jonatán. La Biblia es un espejo de la humanidad donde se reflejan todos los verdaderos sentimientos humanos. No es necesario poner entre paréntesis ciertos aspectos de nuestras vidas. Nuestra vida entera con nuestras alegrías y nuestras penas es la que ha de desarrollarse y expresarse ante Dios. Señor, te ofrecemos nuestras vidas, nuestras penas. Mira, Señor, nuestras lágrimas y nuestras angustias.

Señor, oye los gemidos de los que sufren. Señor, no cierres los oídos a las lamentaciones de los que están separados.

-Al llegar Jesús junto a la tumba de Lázaro, lloró... Dijeron entonces los judíos: "Ved como lo amaba.» David amaba a Jonatán, y lloró también la muerte de su amigo. Jesús amaba a Lázaro y a Marta y a María, y lloró la muerte de su amigo. Profunda humanidad de Dios. No me avergüenzo de llorar delante de ti, Señor. Tú sabes lo que es esto. «Da, Señor, el descanso eterno a nuestros difuntos.»

-¿Cómo han caído los héroes? Para David, Saúl continuaba siendo el ("ungido" del Señor, el rey consagrado por la unción divina. Y es profundamente escandaloso que un hombre elegido por Dios conozca un tal destino. La pregunta queda sin respuesta. "¿Cómo han caído?" La muerte nos deja desamparados siempre. Serán precisos muchos siglos para que la humanidad reconozca, en Jesús, a la vez: -la unción divina, signo de la eleccion irreversible de Dios... -y la muerte escandalosa, signo de la condición humana... Pero, únicamente la resurreccion da la respuesta definitiva. «Espero la resurrección de los muertos, y la vida del mundo futuro». Este es el último artículo del credo y la última respuesta de Dios a nuestros interrogantes.

-Jesús dijo: «Todo está terminado»... luego, bajando la cabeza expiró. En cada una de las misas, "confesamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, Ven, Señor Jesús.» Por el misterio de tu muerte y de tu resurrección, ayúdanos, Señor. Ayúdanos a no temer demasiado a la muerte. Ayúdanos a pensar en ella alguna vez, no como en un pensamiento sombrío, sino como en una realidad que viene... y que Tú has querido compartir para liberarnos de ella.

-¿Cómo caiste, Jonatán? Tu amistad era delicia para mí. Debemos prepararnos para el reencuentro con los nuestros (Noel Quesson).

No deja de tener una trágica grandeza la figura de Saúl. Pese al resultado negativo de la consulta hecha en Fuendor (lectura de ayer), acepta su destino y va al combate y a la muerte. Derrotado el ejército de Israel, emprende la huida. Cayeron muertos sus tres hijos y, por último, es descubierto él mismo por los arqueros filisteos y malherido. Entonces, para no dejarles la gloria de haberle matado, se lanza él mismo sobre su espada o, según otra tradición también recogida aquí, se hace matar por uno de los suyos.

Había reinado en Israel unos ocho años. Casi desde el principio, poco después de haber sido ungido rey por Samuel, lo vemos ya abrumado por la reprobación divina que Samuel le ha revelado. Encendido de celos contra David, víctima de una depresión o melancolía, no desertó de su puesto, hasta morir, frente a sus soldados, en la batalla de la montaña de Gelboé. Su destino es un misterio. Pero el hecho de que Dios quisiese traspasar el reino a David no prejuzga de ninguna manera la suerte eterna de Saúl. No podemos convertir su reprobación política en una reprobación religiosa.

David, que últimamente había entrado con sus hombres como mercenario al servicio del rey de Gad, se pudo ahorrar el drama de conciencia de tener que combatir al lado de los filisteos contra Saúl, Jonatán y los israelitas. Providencialmente, los oficiales filisteos no se fían de aquella tropa de hebreos y obligan al rey Aquís a despedirlos. David hace ver que le desagrada esa desconfianza, pero está muy contento de ello. En Sicelag, la ciudad fronteriza que Aquís le había designado como residencia para que vigilase las incursiones de la gente del desierto, le llega la noticia del desastre de Gelboé. Su reacción es característica. La muerte de Saúl supone la desaparición del rival político, pero David no sólo no ha combatido con los filisteos contra Saúl, sino que inicia públicamente un gran duelo por su muerte, y al saber que los habitantes de Yabés Galaad se han arriesgado a cobrar los cadáveres de Saúl y sus hijos, profanados por los filisteos, y los han sepultado con honor, les dirige un mensaje de elogio y de bendición (2 Sm 2,4-7). Además, ordena matar al mensajero que esperaba unas buenas albricias por haberle traído, juntamente con la noticia de la muerte de su enemigo, la diadema y el brazalete reales, un mensajero que además decía que él mismo habia rematado a Saúl. David, conjugando una vez más virtud y política, declara crimen digno de muerte matar al rey de Israel, que es lo que él está a punto de ser (H. Raguer).

Tendríamos que revisar nuestro corazón. ¿Somos capaces de sentir este profundo dolor ante la desgracia de los demás? ¿incluso cuando le sucede algo malo a alguien que no nos mira bien? ¿solemos reconocer los valores que tienen los otros y alabarlos en público? Jesús sí, era un hombre que mostraba estos sentimientos de amor y amistad, de tristeza y lágrimas. Lloró por la muerte de su amigo Lázaro: «Ved cómo lo amaba». Lloró por la suerte de Jerusalén, la ciudad que amaba por encima de las demás. Además, ¿no nos enseñó Jesús el perdón a los enemigos? ¿y no nos dio él mismo un ejemplo magnífico en su muerte, perdonando a los que le crucificaban? ¿somos capaces de perdonar, aunque sepamos que hablan mal de nosotros? El ejemplo de David nos estimula a tener sentimientos más nobles en nuestra vida.

 

2. Sal. 79. El salmo apunta hacia otra lección. En situaciones catastróficas para el pueblo, el salmista nos invita a poner nuestra confianza en Dios, «que guía a José como un rebaño», que conduce nuestra historia. Y con valentía se atreve a interpelarle: «despierta tu poder y ven a salvarnos», «¿hasta cuándo estarás airado, mientras tu pueblo te suplica?», «que brille tu rostro y nos salve».

Cuando se cierna el dolor sobre nuestra propia vida no podemos vivir como los que no tienen esperanza. Podrán abandonarnos todos; podría, tal vez, nuestra madre olvidarse de nosotros; Dios, en cambio, jamás se olvidará de nosotros. A Él podemos acudir confiados, sabiendo que es nuestro Padre, lleno de amor y de ternura por sus hijos. Dios nos ama; Él siempre quiere el bien para nosotros. Si alguna desgracia nos ha sucedido por culpa nuestra, es tiempo de recapacitar y de volver a Dios, rico en misericordia para cuantos con sinceridad lo invocan. Y Dios tendrá compasión de su pueblo. Roguémosle al Señor que no nos deje ser nosotros los causantes de las desgracias, del dolor, del llanto de los demás; sino que seamos motivo de paz, de gozo y de esperanza para todos.

 

3.- Mc 3,20-21. El evangelio de hoy es bien corto y un tanto paradójico. Sus mismos familiares no comprenden a Jesús y dicen que «no está en sus cabales», porque no se toma tiempo ni para comer. Ciertamente no lo tiene fácil el nuevo Profeta. Las gentes le aplauden por interés. Los apóstoles le siguen pero no le comprenden en profundidad. Los enemigos le acechan continuamente y le interpretan todo mal. Ahora, su clan familiar -primos, allegados, vecinos- tampoco le entienden. Además de su ritmo de trabajo, les deben haber asustado las afirmaciones tan sorprendentes que hace, perdonando pecados y actuando contra instituciones tan sagradas como el sábado. Se cumple lo que dice Juan en el prólogo de su evangelio: «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron». Algunos le aplaudieron mientras duró lo de multiplicar los panes. Pero luego se sumaron al coro de los que gritaban «crucifícale». Entre estos familiares críticos, no nos cabe en la cabeza que pudiera estar también su madre, María, la que, según Lucas, «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» y a la que ya desde el principio pudo alabar su prima Isabel: «dichosa tú, porque has creído». Pero a Jesús le dolería ciertamente esta cerrazón de sus paisanos y familiares.

También en el mundo de hoy podemos observar toda una gama diferente de reacciones ante Cristo. Más o menos como entonces. Desde el entusiasmo superficial hasta la oposición radical y displicente. Pero, más que las opiniones de los demás, nos debe interesar cuál es nuestra postura personal ante Cristo: ¿le seguimos de verdad, o sólo decimos que le seguimos, porque llevamos su nombre y estamos bautizados en él? Seguirle es aceptar lo que él dice: no sólo lo que va de acuerdo con nuestra línea, sino también lo que va en contra de las apetencias de este mundo o de nuestros gustos. Si es el Maestro y Profeta que Dios nos ha enviado, tenemos que tomarle en serio a él, como Persona, y lo que nos enseña. Y eso tiene que ir iluminando y cambiando nuestra vida. Podemos recordar además otro aspecto de este evangelio: que también nosotros podemos ser objeto de malas interpretaciones por llevar en medio de este mundo una vida cristiana, que muchas veces puede despertar persecuciones o bien sonrisas irónicas. Eso nos puede pasar entre desconocidos y también en nuestros círculos más cercanos, incluidos los familiares. Deberíamos seguir nuestro camino de fe cristiana con convicción, dando testimonio a pesar de las contradicciones. Como hizo Cristo Jesús. Con libertad interior (J. Aldazábal).

-Jesús entra en una casa, y allí, de nuevo, acude la muchedumbre... Al principio de su vida pública, ya hemos visto a Jesús suscitar el entusiasmo de las gentes sencillas. ¡Marcos presenta a menudo a Jesús acosado por la muchedumbre! ¡La muchedumbre! ¡La multitud! Es una de las características del evangelio. Jesús, ni únicamente, ni principalmente, no se puso en contacto con personas individuales: son muchedumbres numerosas las que le rodean, al principio. Estas irán disminuyendo a medida que Jesús vaya presentando exigencias más precisas, y misterios más difíciles de admitir. Las muchedumbres de hoy... ¿qué hacen?, ¿qué desean? ¿Estamos atentos a los grandes movimientos colectivos que levantan a masas enteras? -Tanto que no podían ni comer. Jesús, totalmente entregado a su tarea. Jesús, absorbido por su trabajo misionero. Jesús, no tiene tiempo ni para comer. Jesús, "hombre comido" por las gentes. Jesús no tiene tiempo ni de pensar en Sí mismo. Contemplo detenidamente todas esas cosas. Nos quejamos a menudo de no tener tiempo de hacer tal o cual cosa y creemos que esto es una característica de nuestro siglo XX. Pues bien, Jesús vivió todo esto, esta sohrecarga, esta carrera contra el tiempo, cuando no se llega a todo lo que hay que hacer, cuando uno se siente hundido por el trabajo y las preocupaciones. Gracias, Señor, por haber vivido esta experiencia de nuestra condición humana. Ayúdanos a salir adelante en nuestras tareas. Ayúdanos a guardar el equilibrio. Ayúdanos a saber encontrar tiempo para hacer lo esencial. Ayúdanos a saber encontrar tiempo... para la oración, por ejemplo.

-Oyendo esto sus familiares, salieron para llevárselo, pues decían: "¡Está fuera de Sí!" He aquí lo que se decía en familia. "¡Está loco!" Evidentemente, la imagen que ahora daba, ¡era tan diferente de la que había dado durante los treinta años tranquilos en su pueblo! Va a meternos en líos. Se temen represalias de las autoridades. Si la cosa va mal puede repercutir en nosotros... Saben muy bien que los fariseos y los herodianos estaban de acuerdo para suprimirlo. Los "adversarios" de Jesús son de dos tipos: -en primer lugar su parentela (Mc 3, 20-21) que quiere recuperarle, tenerle. -y luego los escribas (Mc 3,22-30) que le acusan de estar "poseído del demonio". Inmediatamente, Jesús pondrá las cosas en su punto: su verdadera parentela, su verdadera familia, no es la de la sangre, sino la de la Fe (Mc 3, 31-35). ¿Cómo reaccionamos, cuando vemos que ciertos miembros de nuestras comunidades toman actitudes más comprometidas, más arriesgadas? También nosotros, ¿consideramos "poco razonables", ciertas decisiones proféticas de la Iglesia de hoy? En la gran mutación del mundo, ¿no es conveniente, conservar fría la cabeza... y hacer a la vez algunas locuras? (Noel Quesson).

El relato de Marcos empieza con un dato sorprendente: los parientes de Jesús, al oír que él se estaba volviendo loco, resuelven ir por él. La locura era signo de posesión diabólica. Calificar de loco a alguien ha sido siempre una buena forma de excluirlo, anularlo y condenarlo. Con Jesús quisieron aplicar también esta táctica. Si sus enemigos tuvieran éxito en ella, la figura de Jesús se derrumbaría por sí misma. Por eso, ante el comentario callejero de la locura de Jesús, era natural que reaccionara su familia, afectada por el problema. Había que disuadir a Jesús de esa Causa que anunciaba y que sólo traía riesgos (posiblemente un apedreamiento, ya que la locura era considerada posesión diabólica).

En el caso de Jesús, seguir el dictamen de la familia significaba abandonar la Causa del Reino. Y no siempre la familia es la que mejor comprende el proyecto radical de uno de sus miembros. La propuesta del Reino, en efecto, iba muy lejos. Implicaba una comunidad no basada en la carne y en la sangre, sino cimentada en los valores del amor y de la justicia. La igualdad, la solidaridad y la fraternidad universal significaban romper con el modelo de familia tradicional. Había que sentirse hermano del que hasta entonces era considerado excluido, impuro, forastero, enemigo, pecador... Por eso Jesús no podía estar de acuerdo con sus parientes que, dejándose llevar de la calificación de loco que le daban sus enemigos, trataban de retirarlo de su misión. El evangelista no excluye a la madre de Jesús de este episodio. Pero Jesús hizo lo que la Causa del Reino le pedía: rechazó la acusación de loco o demoníaco, tampoco se plegó al paternalismo familiar (lo que hubiera significado una negación de la causa de la justicia), y dejó bien establecido -como lección permanente para el futuro- que el modelo de fraternidad del Reino está por encima y va más allá de cualquier lazo familiar, y establece algo más duradero, menos vulnerable: un amor abrasado que se basa en la justicia y la lleva a su plenitud (servicio bíblico latinoamericano).

Hoy vemos cómo los propios de la parentela de Jesús se atreven a decir de Él que «está fuera de sí» (Mc 3,21). Una vez más, se cumple el antiguo proverbio de que «un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio» (Mt 13,57). Ni que decir tiene que esta lamentación no "salpica" a María Santísima, porque desde el primero hasta el último momento —cuando ella se encontraba al pie de la Cruz— se mantuvo sólidamente firme en la fe y confianza hacia su Hijo.

Ahora bien, ¿y nosotros? ¡Hagamos examen! ¿Cuántas personas que viven a nuestro lado, que les tenemos a nuestro alcance, son luz para nuestras vidas, y nosotros...? No nos es necesario ir muy lejos: pensemos en el Papa Juan Pablo II: ¿cuánta gente le sigue, y... al mismo tiempo, cuántos le interpretan como un "tozudo-anticuado", celoso de su "poder"? ¿Es posible que Jesús —dos mil años después— todavía siga en la Cruz por nuestra salvación, y que nosotros, desde abajo, continuemos diciéndole «baja y creeremos en ti» (cf. Mc 15,32)?

¡O a la inversa! Si nos esforzamos por configurarnos con Cristo, nuestra presencia no resultará neutra para quienes interaccionan con nosotros por motivos de parentesco, trabajo, etc. Es más, a algunos les resultará molesta, porque les seremos un reclamo de conciencia. ¡Bien garantizado lo tenemos!: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20). Mediante sus burlas esconderán su miedo; mediante sus descalificaciones harán una mala defensa de su "poltronería".

¿Cuántas veces nos tachan a los católicos de ser "exagerados"? Les hemos de responder que no lo somos, porque en cuestiones de amor es imposible exagerar. Pero sí que es verdad que somos "radicales", porque el amor es así de "totalizante": «o todo, o nada»; «o el amor mata al yo, o el yo mata al amor».

Es por esto que el Santo Padre nos ha hablado de "radicalismo evangélico" y de "no tener miedo": «En la causa del Reino no hay tiempo para mirar atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza» (Juan Pablo II) (Antoni Carol Hostench).

Beata Teresa de Calcuta (1910-1997) fundadora de las Misioneras de la Caridad en su obra "Il n'y a pas de plus grand amour" (Lattès l997 pag 90) dice de "Jesús, un hombre que se deja "comer". Cuando Jesús vino a este mundo lo amó hasta tal extremo que dio la vida por él. Vino para satisfacer nuestra hambre de Dios. ¿Cómo lo hizo? El se convirtió en Pan de Vida. Se hizo pequeño, frágil, desarmado por nosotros. Las migajas de pan son tan pequeñas que incluso un bebé puede mascarlas, incluso un moribundo puede tragarlas. Jesús se convierte en pan de vida para apaciguar nuestra hambre de Dios, nuestra hambre de amor.

No creo que nosotros habríamos sido capaces de amar a Dios si Jesús no hubiese venido a ser uno de nosotros. Ha venido a ser uno como nosotros, excepto en el pecado, para hacernos capaces de amar a Dios. Creados a imagen de Dios hemos sido creados para amar, porque Dios es amor. Por su pasión, Jesús nos ha enseñado cómo podemos perdonar por amor, cómo podemos olvidar con humildad. ¡Encuentra a Jesús y encontrarás la paz!"

¿Quién se ha vuelto loco? Jesús cumple su Misión con una fidelidad amorosa a la voluntad de su Padre Dios. Él no busca el poder temporal, pues su Reino no es de este mundo. Su entrega no es primero un sí y luego un no. Su compromiso es total y, de un modo consciente, Él sabe que camina hacia la entrega de su propia vida por nosotros. A esos extremos lleva el amor verdadero. Pero la gente quería llevárselo para hacerlo rey. Quien no ha entendido el camino del Evangelio puede querer aprovecharse de Él para lograr sus propios intereses mundanos. ¿No será esto último una verdadera locura? Cristo no vino para que vivamos como los gobernantes de este mundo, sino como los siervos que son capaces de dar su vida por aquellos a quienes fueron enviados a servir. Dios espera de su Iglesia una verdadera lealtad al Evangelio y a la Gracia que se le ha confiado. Quien sólo aprovecha su fe para ocupar puestos, incluso dentro de la Iglesia, y olvidarse del servicio que se ha de dar a los demás para conducirlos a Cristo a costa, incluso, de la entrega de la propia vida, podemos decir que es el que ha quedado embrutecido por el poder y que sus sueños, al margen del servicio que Cristo nos ha enseñado, le han vuelto loco.

En esta Eucaristía celebramos la Victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Pareciera que el Señor hubiera sido derrotado por las fuerzas del mal. Sin embargo, en Cristo la muerte no tiene la última palabra, sino la vida. Él se ha levantado victorioso sobre la serpiente antigua o Satanás. Y Cristo nos hace partícipes de su Victoria cuando entramos en comunión de vida con Él. Por eso la participación en la Eucaristía es para nosotros todo un compromiso de fidelidad al camino que Cristo nos ha mostrado. No podemos inventarnos caminos que nos hagan sólo proclamadores del Evangelio con las palabras, contemplando el sufrimiento de los demás mientras nosotros llevamos una vida de poltronería. Cristo nos quiere totalmente comprometidos en la salvación integral de aquellos a quienes hemos sido enviados. Por eso, junto con Cristo sepamos entregar nuestra vida para que todos tengan vida, no por nosotros, sino por la Fuerza santificadora, que es el Espíritu Santo que habita en la Iglesia de Cristo.

Quienes amamos a Cristo, quienes escuchamos su voz y nos comprometemos a vivir conforme a su Evangelio podremos tal vez ser tildados de locos, de ilusos, de soñadores. Sin embargo sólo quien en verdad vive unido a Dios y comprometido en la salvación de todas las personas podrá hacer suyo el camino de Cristo, no quedándose en una utilización del Evangelio para el propio provecho, sino que sabrá salir al encuentro de los pecadores para hacerles cercano el perdón y el amor de Dios; y sabrá salir al encuentro del hombre que sufre para manifestarle la misericordia divina no sólo con palabras, sino con obras que le ayuden a recobrar la vida con mayor dignidad. Ojalá y no nos dejemos dominar por intenciones torcidas que nos lleven a buscar dignidades o aplausos humanos. Dios espera de nosotros una vida de fe totalmente comprometida con el Evangelio. Seamos esa Iglesia del Señor que vive no para servirse del Evangelio, sino para estar al servicio del Evangelio hasta sus últimas consecuencias.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber amar a Dios haciendo nuestra la Misión que le confió a su Hijo Jesús; y amar a nuestro prójimo no sólo para hablarle de Dios, sino para manifestárselo desde una vida convertida en un signo del amor, de la misericordia y de la cercanía de Dios para todos los hombres. Amén (www.homiliacatolica.com).

 

* Jesús no se deja llevar por el éxito fácil, la moda, su afán no es tener buena imagen, y los suyos malinterpretan su dedicación a la gente, incluso lo "ningunean" como se dice ahora, usan su familiaridad para hacer ver que no es nadie, que no tiene categoría, hasta ahí la envidia, que anticipa la pasión. Luego, en la proclamación del Reino y de las Bienaventuranzas, ya explicará esta "lógica de la cruz", que es la lógica del seguimiento de Jesús: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20). Nos llamarán fanáticos, exagerados, locos, retrógradas y radicales al mismo tiempo…

Jesús está plenamente dedicado a la predicación del Reino. Su vida se identifica con su misión, y lo que luego enseñará como bienaventuranzas es lo que va descubriendo en su corazón, la vida tiene alegrías y penas, como comprobaron María y José con la matanza de Herodes, y antes con la "duda" de José. Él comienza a tener esa idea, en su conciencia de niño, desde la estancia en Egipto. El poder del demonio, que quiere la muerte del hombre y especialmente contrariar la misión de Jesús, provoca muertes alrededor de Jesús, y eso le duele mucho. También provoca que se opongan los parientes a su vocación, llamándole loco, y eso le duele mucho más que si lo hicieran los desconocidos, como indicó más tarde ante la traición de un amigo, de Judas. Sabe que ha de pasar así, como anunció Isaías y lo dirá más de una vez: «Eso ocurrió para que se cumpliera lo que los profetas habían anunciado..." (Mt 21, 5; cf. Jn 12, 15). Pero le duele. Vemos a Jesús dolido, por el desprecio de sus parientes. Queremos respetar el dolor de Jesús, que sin embargo permanece firme, fiel a su misión.

** ¿Es posible llamar bienaventurada a la aflicción? Indica Benedicto XVI: "Hay dos tipos de aflicción: una, que ha perdido la esperanza, que ya no confía en el amor y la verdad, y por ello abate y destruye al hombre por dentro; pero también existe la aflicción provocada por la conmoción ante la verdad y que lleva al hombre a la conversión, a oponerse al mal. Esta tristeza regenera, porque enseña a los hombres a esperar y amar de nuevo. Un ejemplo de la primera aflicción es Judas, quien —profundamente abatido por su caída— pierde la esperanza y lleno de desesperación se ahorca. Un ejemplo del segundo tipo de aflicción es Pedro que, conmovido ante la mirada del Señor, prorrumpe en un llanto salvador: las lágrimas labran la tierra de su alma. Comienza de nuevo y se transforma en un hombre nuevo.

Este tipo positivo de aflicción, que se convierte en fuerza para combatir el poder del mal, queda reflejado de modo impresionante en Ezequiel 9,4. Seis hombres reciben el encargo de castigar a Jerusalén, el país que estaba cubierto de sangre, la ciudad llena de violencia (cf. 9, 9). Pero antes, un hombre vestido de lino debe trazar una «tau» (una especie de cruz) en la frente de los «hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en la ciudad» (9, 4), y los marcados quedan excluidos del castigo. Son personas que no siguen la manada, que no se dejan llevar por el espíritu gregario para participar en una injusticia que se ha convertido en algo normal, sino que sufren por ello. Aunque no está en sus manos cambiar la situación en su conjunto, se enfrentan al dominio del mal mediante la resistencia pasiva del sufrimiento: la aflicción que pone límites al poder del mal.

La tradición nos ha dejado otro ejemplo de aflicción salvadora: María, al pie de la cruz junto con su hermana, la esposa de Cleofás, y con María Magdalena y Juan. En un mundo plagado de crueldad, de cinismo o de connivencia provocada por el miedo, encontramos de nuevo —como en la visión de Ezequiel— un pequeño grupo de personas que se mantienen fieles; no pueden cambiar la desgracia, pero compartiendo el sufrimiento se ponen del lado del condenado, y con su amor compartido se ponen del lado de Dios, que es Amor. Este sufrimiento compartido nos hace pensar en las palabras sublimes de san Bernardo de Claraval en su comentario al Cantar de los Cantares (Serm. 26, n.5): «impassibilis est Deus, sed non incompassibilis», Dios no puede padecer, pero puede compadecerse. A los pies de la cruz de Jesús es donde mejor se entienden estas palabras: «Dichosos los afligidos, porque ellos serán consolados». Quien no endurece su corazón ante el dolor, ante la necesidad de los demás, quien no abre su alma al mal, sino que sufre bajo su opresión, dando razón así a la verdad, a Dios, ése abre la ventana del mundo de par en par para que entre la luz. A estos afligidos se les promete la gran consolación. En este sentido, la segunda Bienaventuranza guarda una estrecha relación con la octava: «Dichosos los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos».

La aflicción de la que habla el Señor es el inconformismo con el mal, una forma de oponerse a lo que hacen todos y que se le impone al individuo como pauta de comportamiento. El mundo no soporta este tipo de resistencia, exige colaboracionismo. Esta aflicción le parece como una denuncia que se opone al aturdimiento de las conciencias, y lo es realmente. Por eso los afligidos son perseguidos a causa de la justicia. A los afligidos se les promete consuelo, a los perseguidos, el Reino de Dios; es la misma promesa que se hace a los pobres de espíritu. Las dos promesas son muy afines: el Reino de Dios, vivir bajo la protección del poder de Dios y cobijado en su amor, éste es el verdadero consuelo.

Y a la inversa: sólo entonces será consolado el que sufre; cuando ninguna violencia homicida pueda ya amenazar a los hombres de este mundo que no tienen poder, sólo entonces se secarán sus lágrimas completamente; el consuelo será total sólo cuando también el sufrimiento incomprendido del pasado reciba la luz de Dios y adquiera por su bondad un significado de reconciliación; el verdadero consuelo se manifestará sólo cuando «el último enemigo», la muerte (cf. 1 Co 15, 26), sea aniquilado con todos sus cómplices. Así, la palabra sobre el consuelo nos ayuda a entender lo que significa el «Reino de Dios» (de los cielos) y, viceversa, el «Reino de Dios» nos da una idea del tipo de consuelo que el Señor tiene reservado a todos los que están afligidos o sufren en este mundo.

Llegados hasta aquí, debemos añadir algo más: para Mateo, para sus lectores y oyentes, la expresión «los perseguidos a causa de la justicia» tenía un significado profético. Para ellos se trataba de una alusión previa que el Señor hizo sobre la situación de la Iglesia en que estaban viviendo. Se había convertido en una Iglesia perseguida, perseguida «a causa de la justicia». En el lenguaje del Antiguo Testamento «justicia» expresa la fidelidad a la Torá, la fidelidad a la palabra de Dios, como habían reclamado siempre los profetas. Se trata del perseverar en la vía recta indicada por Dios, cuyo núcleo esta formado por los Diez Mandamientos. En el Nuevo Testamento, el concepto equivalente al de justicia en el Antiguo Testamento es el de la «fe»: el creyente es el «justo», el que sigue los caminos de Dios (cf. Sal 1; Jr 17, 5-8). Pues la fe es caminar con Cristo, en el cual se cumple toda la Ley; ella nos une a la justicia de Cristo mismo.

Los hombres perseguidos a causa de la justicia son los que viven de la justicia de Dios, de la fe. Como la aspiración del hombre tiende siempre a emanciparse de la voluntad de Dios y a seguirse sólo a sí mismo, la fe aparecerá siempre como algo que se contrapone al «mundo» —a los poderes dominantes en cada momento—, y por eso habrá persecución a causa de la justicia en todos los periodos de la historia. A la Iglesia perseguida de todos los tiempos se le dirige esta palabra de consuelo. En su falta de poder y en su sufrimiento, la Iglesia es consciente de que se encuentra allí donde llega el Reino de Dios".

***  El fundamento es cristológico: "Cristo crucificado es el justo perseguido del que hablan las profecías del Antiguo Testamento, especialmente los cantos del siervo de Dios, y del que también Platón había tenido ya una vaga intuición (La república, II 361e-362a). Y así, Cristo mismo es la llegada del Reino de Dios. La Bienaventuranza supone una invitación a seguir al Crucificado, dirigida tanto al individuo como a la Iglesia en su conjunto". Jesús promete alegría, júbilo, una gran recompensa a los que por causa suya sean insultados, perseguidos o calumniados de cualquier modo (cf. Mt 5,11). Está en relación con la otra "norma" del Camino: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados» (Mt 5, 6). "Esta palabra es profundamente afín a la que se refiere a los afligidos que serán consolados: de la misma manera que en aquella reciben una promesa los que no se doblegan a la dictadura de las opiniones y costumbres dominantes, sino que se resisten en el sufrimiento, también aquí se trata de personas que miran en torno a sí en busca de lo que es grande, de la verdadera justicia, del bien verdadero. Para la tradición, esta actitud se encuentra resumida en una expresión que se halla en un estrato del Libro de Daniel. Allí se describe a Daniel como vir desideriorum, el hombre de deseos (9,23 Vlg). La mirada se dirige a las personas que no se conforman con la realidad existente ni sofocan la inquietud del corazón, esa inquietud que remite al hombre a algo más grande y lo impulsa a emprender un camino interior, como los Magos de Oriente que buscan a Jesús, la estrella que muestra el camino hacia la verdad, hacia el amor, hacia Dios. Son personas con una sensibilidad interior que les permite oír y ver las señales sutiles que Dios envía al mundo y que así quebrantan la dictadura de lo acostumbrado".

Son los santos humildes en los que la Antigua Alianza se abre hacia la Nueva y se transforma en ella. Son Zacarías e Isabel, María y José, en Simeón y Ana. Son los doce Apóstoles. "Edith Stein dijo en cierta ocasión que quien busca con sinceridad y apasionadamente la verdad está en el camino de Cristo. De esas personas habla la Bienaventuranza, de esa hambre y esa sed que son dichosas porque llevan a los hombres a Dios, a Cristo, y por eso abren el mundo al Reino de Dios". Esto amplía los términos del texto de hoy, pero está en germen. Gracias al sufrimiento de los justos, la justicia del Reino, la salvación, llega a muchos, a la inmensidad de la humanidad, es la fecundidad de las Bienaventuranzas.

Tiempo ordinario, segunda semana, Viernes: la teología de la llamada; es fruto del amor gratuito de Dios: «Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso»

Tiempo ordinario, segunda semana, Viernes: la teología de la llamada; es fruto del amor gratuito de Dios: «Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso»

 

Primer Libro de Samuel 24,3-21. Entonces reunió a tres mil hombres seleccionados entre todo Israel y partió en busca de David y sus hombres, hacia las Peñas de las Cabras salvajes. Al llegar a los corrales de ovejas que están junto al camino, donde había una cueva, Saúl entró a hacer sus necesidades. En el fondo de la cueva, estaban sentados David y sus hombres. Ellos le dijeron: "Este es el día en que el Señor te dice: 'Yo pongo a tu enemigo en tus manos; tú lo tratarás como mejor te parezca'". Entonces David se levantó y cortó sigilosamente el borde del manto de Saúl. Pero después le remordió la conciencia, por haber cortado el borde del manto de Saúl, y dijo a sus hombres: "¡Dios me libre de hacer semejante cosa a mi señor, el ungido del Señor! ¡No extenderé mi mano contra él, porque es el ungido del Señor!". Con estas palabras, David retuvo a sus hombres y no dejó que se abalanzaran sobre Saúl. Así Saúl abandonó la cueva y siguió su camino. Después de esto, David se levantó, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl: "¡Mi señor, el rey!". Saúl miró hacia atrás, y David, inclinándose con el rostro en tierra, se postró y le dijo: "¿Por qué haces caso a los rumores de la gente, cuando dicen que David busca tu ruina? Hoy has visto con tus propios ojos que el Señor te puso en mis manos dentro de la cueva. Aquí se habló de matarte, pero yo tuve compasión de ti y dije: 'No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido del Señor'. ¡Mira, padre mío, sí, mira en mi mano el borde de tu manto! Si yo corté el borde de tu manto y no te maté, tienes que comprender que no hay en mí ni perfidia ni rebeldía, y que no he pecado contra ti. ¡Eres tú el que me acechas para quitarme la vida! Que el Señor juzgue entre tú y yo, y que él me vengue de ti. Pero mi mano no se alzará contra ti. 'La maldad engendra maldad', dice el viejo refrán. Pero yo no alzaré mi mano contra ti. ¿Detrás de quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién estás persiguiendo? ¡A un perro muerto! ¡A una pulga!. ¡Que el Señor sea el árbitro y juzgue entre tú y yo; que él examine y defienda mi causa, y me haga justicia, librándome de tu mano!". Cuando David terminó de dirigir estas palabras a Saúl, este exclamó: "¿No es esa tu voz, hijo mío, David?", y prorrumpió en sollozos. Luego dijo a David: "La justicia está de tu parte, no de la mía. Porque tú me has tratado bien y yo te he tratado mal. Hoy sí que has demostrado tu bondad para conmigo, porque el Señor me puso en tus manos y tú no me mataste. Cuando alguien encuentra a su enemigo, ¿lo deja seguir su camino tranquilamente? ¡Que el Señor te recompense por el bien que me has hecho hoy! Ahora sé muy bien que tú serás rey y que la realeza sobre Israel se mantendrá firme en tus manos.

 

Salmo 57,2-4.6.11. Ten piedad de mí, Dios mío, ten piedad, porque mi alma se refugia en ti; yo me refugio a la sombra de tus alas hasta que pase la desgracia.

Invocaré a Dios, el Altísimo, al Dios que lo hace todo por mí: él me enviará la salvación desde el cielo y humillará a los que me atacan. ¡Que Dios envíe su amor y su fidelidad!

¡Levántate, Dios, por encima del cielo, y que tu gloria cubra toda la tierra! porque tu misericordia se eleva hasta el cielo, y que tu gloria cubra toda la tierra!

 

Evangelio (Mc 3,13-19): En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó.

 

Comentario: 1. 1S 24,3-21. Es pintoresca la escena que leemos hoy, en que David perdona la vida a su perseguidor Saúl, que entra casualmente en una cueva en la que no sabe que están David y los suyos. Saúl, victima de su temperamento inestable, se deja recomer de los celos y, en una operación militar en toda regla, persigue a David, que se ve obligado a convertirse en jefe de guerrilleros. Ya había intentado eliminarle en varias ocasiones, que no hemos leído en esta selección de lecturas de la Misa. El relato pone de relieve la grandeza de corazón de David y además el respeto que siente por el ungido de Dios, perdonando a su enemigo, a pesar de que los suyos le incitan a acabar con él casi en nombre de Dios. Una vez más aparece el carácter voluble de Saúl que, llorando, reconoce su propia falta y llega a aceptar a David como el futuro rey.

Mucho podríamos aprender de ambos personajes. Por parte de David, la capacidad de perdonar. Todos tenemos ocasiones en que nos sentimos ofendidos. Podemos adoptar una postura de venganza más o menos declarada, o bien optar por el perdón, sabiendo encajar con humildad lo que haya habido de ofensa. Más ahora, en el NT, porque Cristo nos ha enseñado que sus seguidores debemos ser capaces de perdonar hasta setenta veces siete. A Pedro le tuvo que mandar que devolviera la espada a la vaina, porque no es con la violencia como se arreglan las cosas. Por parte de Saúl, podríamos tal vez vernos reflejados en sus altibajos de humor y en esa sensación tan humana de la envidia y los celos cuando otros tienen mejores cualidades que nosotros. Ojalá no sea ése el caso. Pero también podemos aprender de él que, cuando llega el momento, sabe reconocer sus propios fallos y se vuelve atrás. ¿Somos de las personas que guardan sus rencores días y días?, ¿o somos capaces de olvidar, de deshacer la espiral de la violencia y las revanchas? Jesús dijo: bienaventurados los misericordiosos, los obradores de paz. Y nos dio el ejemplo, cuando murió en la cruz perdonando a los que le llevaban a la muerte.

Acosado David por la envidia y la locura de Saúl se ve obligado a llevar la vida de un resistente. El Libro de Samuel toma a veces el aire de un relato sobre las «aventuras de un guerrillero». David huye, trata de hacerse invisible, se esconde en las cuevas y arma trampas astutamente.

-David perdona a Saúl el daño que quería hacerle. Con tres mil hombres persigue Saúl a David. Un día, por casualidad, para hacer sus necesidades, Saúl entra en una cueva donde está escondido David. Este podría vengarse porque se encuentra en estado de legítima defensa, y es la guerrilla: se contenta con cortarle una punta del manto. Con ello, en ese tiempo de violencias y de costumbres brutales, el autor del libro sagrado quiere, ciertamente, decirnos algo: David es un hombre que contrasta con su época. No se deja llevar por la violencia ni el odio. Sabe ser generoso con su perseguidor. David vive ya un valor evangélico esencial. «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian.» Sí, Señor, ésta será mi oración del DÍA DE HOY. Que la fuerza del evangelio del perdón penetre nuestro duro mundo... los hombres se dañan, se odian, se desprecian, se envidian... por doquier hay heridas abiertas... Por doquier el perdón es la única solución, la del evangelio, la de David. Yo mismo, ¿a quién debo perdonar HOY?

-Tus ojos han visto que el Señor te ha puesto en mis manos en la cueva, pero no he querido matarte, te he perdonado. Además del perdón, hay aquí otro valor evangélico también esencial: el respeto a la vida. Ante su adversario que quiere su muerte, David se niega a matarle. No es necesario ser cristiano para reconocer en todo hombre una dignidad eminente. El respeto a la vida es patrimonio de la humanidad. Pero ha sido preciso que Cristo nos revelara toda su profundidad. En cuanto a David, no se trata de una simple bondad del corazón, ni de una debilidad de carácter -toda su vida muestra que no es un débil-. De hecho el respeto embarga a David: ¡Dios está presente en ese hombre! ¡Saúl es el ungido del Señor! ¡Ese hombre ha sido consagrado por Dios! Efectivamente, a los ojos de Dios toda vida es preciosa, «tiene un precio».

-Saúl declaró: Tú eres más justo que yo, porque tú me favoreces y yo te hago daño... Ahora sé que reinarás sobre Israel. También Jesús conoció la tentación de la venganza, cuando Pedro le ofreció su espada, y hubiera sido legítimo que se defendiera. Finalmente, si Jesús se entregó a sus verdugos, si no tuvo una palabra para defenderse de los que le ultrajaban, si a todos perdonó, fue porque no dejó de «ver a los hombres con la mirada de su Padre». En el más pobre, en el más sucio y descuidado, en el más inhumano, en el más pecador, Jesús veía siempre a «un ser amado de Dios». Es ésta una moral nueva, que apunta ya en el corazón de David, el antepasado del Mesías. «Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso». Imitar a Dios. ¡Qué empresa! Jesús en su persona, «derribó el odio y la enemistad» (Ef 2,14; Noel Quesson).

 

2. Juan Pablo II comentaba así el salmo 56/57: "Es una noche tenebrosa, en la que merodean fieras voraces. El orante está esperando que despunte el alba, para que la luz venza la oscuridad y los miedos. Este es el telón de fondo del salmo 56, sobre el que hoy vamos a reflexionar: un canto nocturno que prepara al orante para la llegada de la luz de la aurora, esperada con ansia, a fin de poder alabar al Señor con alegría (cf vv 9-12). En efecto, el salmo pasa de la dramática lamentación dirigida a Dios a la esperanza serena y a la acción de gracias gozosa, expresada con las palabras que resonarán también más adelante, en otro salmo (cf Sal 107,2-6). En la práctica, se trata del paso del miedo a la alegría, de la noche al día, de una pesadilla a la serenidad, de la súplica a la alabanza. Es una experiencia que describe con frecuencia el Salterio: "Cambiaste mi luto en danzas; me desataste el sayal y me has vestido de fiesta; te cantará mi alma sin callarse. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre" (Sal 29,12-13).

Por tanto, son dos los momentos del salmo 56 que estamos meditando. El primero se refiere a la experiencia del miedo ante el asalto del mal que intenta herir al justo (cf vv 2-7). En el centro de la escena hay leones preparados para el ataque. Muy pronto esta imagen se transforma en un símbolo bélico, delineado con lanzas, flechas y espadas. El orante se siente asaltado por una especie de escuadrón de la muerte. En torno a él ronda una banda de cazadores, que tiende redes y cava fosas para capturar a su presa. Pero este clima de tensión desaparece en seguida. En efecto, ya al inicio (cf v 2) aparece el símbolo protector de las alas divinas, que aluden concretamente al Arca de la alianza con los querubines alados, es decir, a la presencia de Dios entre los fieles en el templo santo de Sión.

El orante pide insistentemente a Dios que mande desde el cielo a sus mensajeros, a los cuales atribuye los nombres emblemáticos de "Fidelidad" y "Gracia" (v 4), cualidades propias del amor salvífico de Dios. Por eso, aunque lo atemorizan el rugido terrible de las fieras y la perfidia de los perseguidores, el fiel en su interior permanece sereno y confiado, como Daniel en la fosa de los leones (cf. Dn 6,17-25). La presencia del Señor no tarda en mostrar su eficacia, mediante el castigo de los enemigos: estos caen en la fosa que habían cavado para el justo (cf. v. 7). Esa confianza en la justicia divina, siempre viva en el Salterio, impide el desaliento y la rendición ante la prepotencia del mal. Más tarde o más temprano, Dios, que desmonta las maquinaciones de los impíos haciéndoles tropezar en sus mismos proyectos malvados, se pone de parte del fiel.

Así llegamos al segundo momento del salmo, el de la acción de gracias (cf vv 8-12)… Así, el salmo concluye con un cántico de alabanza dirigido al Señor, que actúa con sus dos grandes cualidades salvíficas, ya citadas con términos diferentes en la primera parte de la súplica (cf v 4). Ahora aparecen, casi personificadas, la Bondad y la Fidelidad divina, las cuales inundan los cielos con su presencia y son como la luz que brilla en la oscuridad de las pruebas y de las persecuciones (cf v 11). Por este motivo, en la tradición cristiana el salmo 56 se ha transformado en canto del despertar a la luz y a la alegría pascual, que se irradia en el fiel eliminando el miedo a la muerte y abriendo el horizonte de la gloria celestial.

San Gregorio de Nisa descubre en las palabras de este salmo una especie de descripción típica de lo que acontece en toda experiencia humana abierta al reconocimiento de la sabiduría de Dios. "Me salvó -exclama- habiéndome cubierto con la sombra de la nube del Espíritu, y los que me habían pisoteado han quedado humillados". Refiriéndose luego a las expresiones finales del salmo, donde se dice: "Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu gloria", concluye: "En la medida en que la gloria de Dios se extiende sobre la tierra, aumentada por la fe de los que son salvados, las potencias celestiales, exultando por nuestra salvación, alaban a Dios".

 

3.- Mc 3,13-19. Hoy, el Evangelio condensa la teología de la vocación cristiana: el Señor elige a los que quiere para estar con Él y enviarlos a ser apóstoles (cf. Mc 3,13-14). En primer lugar, los elige: antes de la creación del mundo, nos ha destinado a ser santos (cf. Ef 1,4). Nos ama en Cristo, y en Él nos modela dándonos las cualidades para ser hijos suyos. Sólo en vistas a la vocación se entienden nuestras cualidades; la vocación es el "papel" que nos ha dado en la redención. Es en el descubrimiento del íntimo "por qué" de mi existencia cuando me siento plenamente "yo", cuando vivo mi vocación.

¿Y para qué nos ha llamado? Para estar con Él. Esta llamada implica correspondencia: «Un día —no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia—, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana —que es la razón más sobrenatural—, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El» (San Josemaría).

Es don, pero también tarea: santidad mediante la oración y los sacramentos, y, además, la lucha personal. «Todos los fieles de cualquier estado y condición de vida están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, santidad que, aún en la sociedad terrena, promueve un modo más humano de vivir» (Concilio Vaticano II).

Así, podemos sentir la misión apostólica: llevar a Cristo a los demás; tenerlo y llevarlo. Hoy podemos considerar más atentamente la llamada, y afinar en algún detalle de nuestra respuesta de amor.

Marcos nos cuenta la elección de los doce apóstoles. Por una parte está la multitud que oye con gusto la predicación de Jesús y se aprovecha de sus milagros. Por otra, los discípulos, que creen en él y le van reconociendo como el Mesías esperado. Ahora, finalmente, él elige a doce, que a partir de ahora le seguirán y estarán con él en todas partes. Apóstol, en griego, significa «enviado». Estos doce van a convivir con él y los enviará luego a predicar la Buena Noticia, con poder para expulsar demonios, como ha hecho él. O sea, van a compartir su misión mesiánica y serán la base de la comunidad eclesial para todos los siglos. El número de doce no es casual: es evidente su simbolismo, que apunta a las doce tribus de Israel. La Iglesia va a ser desde ahora el nuevo Israel, unificado en torno a Cristo Jesús.

«Llamó a los que quiso». Es una elección gratuita. También a nosotros nos ha elegido gratuitamente para la fe cristiana o para la vocación religiosa o para el ministerio sacerdotal. En línea con esa lista de los doce, estamos también nosotros. No somos sucesores de los Apóstoles -como los obispos- pero sí miembros de una comunidad que forma la Iglesia «apostólica». No nos elige por nuestros méritos, porque somos los más santos ni los más sabios o porque estamos llenos de cualidades humanas. Probablemente también entre nosotros hay personas débiles, como en aquellos primeros doce: uno resultó traidor, otros le abandonaron en el momento de crisis, y el que él puso como jefe le negó cobardemente. Nosotros seguro que también tenemos momentos de debilidad, de cobardía o hasta de traición. Pero siempre deberíamos confiar en su perdón y renovar nuestra entrega y nuestro seguimiento, aprovechando todos los medios que él nos da para ir madurando en nuestra fe y en nuestra vida cristiana. Como los doce, que «se fueron con él» y luego «los envió a predicar», también nosotros, cuando celebramos la Eucaristía, «estamos con él» y al final de la misa, cuando se nos dice que «podemos ir en paz», en realidad «somos enviados» para testimoniar con nuestra vida la Buena Noticia que acabamos de celebrar y comulgar (J. Aldazábal).

Hasta aquí, el grupo de los discípulos era de cinco: Simón, Andrés, dos hermanos... Santiago y Juan, otros dos hermanos... y Leví. En ese punto de su relato, Marcos nos narra la Institución solemne de los "doce".

-Jesús subió a un monte. Es el lugar de las grandes decisiones, un lugar solitario propicio para la oración... un lugar también de amplios horizontes, desde donde se ve a lo lejos... Contemplo a Jesús subiendo por el sendero que conduce a la cumbre. Es una alusión a Moisés subiendo al Sinaí para dar al pueblo de Dios las leyes que le constituyen como tal.

-Llamó a los que quiso y vinieron a él. La primera característica de esta vocación, es la voluntad soberana del amo: llama a "los que quería". Eres Tú, Señor, quien toma la iniciativa. Señor, ¿estoy donde tú quieres? La segunda característica es la proximidad con Jesús: vinieron "a El", junto a El. Vivir en la intimidad de Jesús. Pertenecer a su grupo. Reflexionar, rezar, trabajar con Jesús. A fuerza de frecuentar a Jesús, deberán, en tres años, llegar a pensar y actuar como El. Cuando Jesús habrá desaparecido visiblemente, ellos tendrán que representarle... hacerle presente. Señor, ¿vivo yo suficientemente "junto a ti"?

-Designó a doce... instituyó pues a los doce... La palabra se repite en el intervalo de dos lineas. ¿Es una torpeza redaccional de Marcos? ¿Es una insistencia? Para Marcos, Jesús no ha "llamado" simplemente a los doce... los ha establecido, los ha "hecho", los ha "instituido". Al escoger este número simbólico de "12", Jesús tiene una intención muy precisa: funda el nuevo Pueblo de Dios, estableciendo los doce patriarcas a los que conferirá la responsabilidad de este pueblo. ¿Cuál es mi actitud profunda hacia la Iglesia institucional? Cristo ha confiado inmensas iniciativas a su Iglesia: pero hay algo que El mismo ha fijado, y es la estructura jerárquica de la Iglesia, símbolo expresivo de la "iniciativa divina". La humanidad no se otorga la salvación a si misma, la recibe de Dios... y los "ministros" de esta salvación son el signo de que esta salvación "viene de Dios", es otorgada por Dios.

-Para que le acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar a los demonios. Es la reanudación de la famosa jornada de Cafarnaúm, que daba un resumen de toda la actividad de Jesús (Mc 1, 21-30): Los Doce han sido pues instituidos para hacer lo que hacía Jesús. "Enviados"... es la traducción de la palabra griega: "apóstoles". Para "predicar": es la primera misión de los apóstoles. Como Jesús, y con El, hemos de proclamar la "buena nueva" del Reino de Dios. "Para expulsar a los demonios": es la segunda misión de los apóstoles. Como Jesús y con El, hay que combatir el mal del hombre, quitar el pecado del mundo, hacer que progrese el amor, ¡expulsar a los malos demonios del hombre! Por medio de su Iglesia, de los Doce y de sus sucesores, Jesús continúa actuando. Y cada cristiano está asociado a esta obra, con su palabra y su trabajo, donde quiera que se halle en su medio familiar, o en su medio de trabajo (Noel Quesson).

Marcos resume en tres puntos el discipulado: "estar con Jesús, anunciar el Reino y expulsar demonios". En primer lugar, compartir la vida con el Maestro significa aprender directamente de su comportamiento lo que hay que hacer. Si el discípulo aprende esta primera y gran lección, en los momentos de dificultad bastará que se pregunte qué haría el Maestro, para encontrar la respuesta segura. Estar con Jesús no es aprender lo que él hizo, para repetirlo después. Significa algo más: adquirir sus criterios, para tener la libertad de hacer nuevas cosas -las que exige cada tiempo, cada lugar, cada cultura, cada nueva historia- pero siempre de acuerdo a lo haría el mismo Jesús.

En segundo lugar, hay que decir que el seguimiento de Jesús no está pensado sólo desde la individualidad. Se trata de un proyecto de humanización que hay que compartir con otros, que debe ser anunciado. Para eso habrá que romper fronteras y enfrentar nuevas circunstancias histórico-culturales. La lista de los que "estuvieron con Jesús" se abre con Pedro y se cierra con Judas. La fidelidad de Pedro hacia Jesús es proverbial, precisamente por haber pasado por la infidelidad y por haberla superado. Pedro y Judas, símbolos de fidelidad e infidelidad, resumen la historia de la iglesia y la historia personal de cada discípulo. Lo importante es que no cerremos con una traición nuestra relación con Jesús.

En tercer lugar, Jesús da a los Doce el poder de expulsar demonios. Recojamos esta figura con toda la carga teológico-cultural del tiempo de Jesús. Demonio era el símbolo donde se acumulaba lo negativo de la historia: enfermedad, injusticia, pecado... El poder de expulsar demonios no debe ser visto tanto como poder de hacer milagros y exorcismos, sino como la capacidad de humanizar al ser humano, para acercarlo al diseño original -que es Jesús- de ser la imagen más fiel de Dios Padre (servicio bíblico latinoamericano).

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897) carmelita descalza, doctora de la Iglesia (Manuscrito A, 2 rº -vº) dice sobre el misterio de la vocación: "No voy a hacer otra cosa sino: comenzar a cantar lo que he de repetir eternamente -¡¡¡las misericordias del Señor!!! (cf Sal 88,1)...Abriendo el Santo Evangelio, mis ojos han topado con estas palabras: "habiendo subido Jesús a un monte, llamó a sí a los que quiso; y ellos acudieron a él" (Mc 3,13) He aquí, en verdad, el misterio de mi vocación, de toda mi vida, y el misterio, sobre todo, de los privilegios que Jesús ha dispensado a mi alma... El no llama a los que son dignos, sino a los que le place, o como dice san Pablo: "Dios tiene compasión de quien quiere y usa de misericordia con quien quiere ser misericordioso. No es, pues, obra ni del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que usa de misericordia" (Rm 9,15-16).

Durante mucho tiempo estuve preguntándome a mí misma por qué Dios tenía preferencias, por qué no todas las almas recibían las gracias con igual medida. Me maravillaba al verle prodigar favores extraordinarios a santos que le habían ofendido, como san Pablo, san Agustín, y a los que él forzaba, por decirlo así, a recibir sus gracias; o bien, al leer la vida de los santos a los que nuestro Señor se complació en acariciar desde la cuna hasta el sepulcro, apartando de su camino todo lo que pudiera serles obstáculo para elevarse a él... Jesús se dignó instruirme acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza, y comprendí que todas las flores creadas por él son bellas, que el brillo de la rosa y la blancura de la azucena no le quitan a la diminuta violeta su aroma ni a la margarita su encantadora sencillez... Jesús ha querido crear santos grandes, que pueden compararse a las azucenas y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de contentarse con ser margaritas o violetas, destinadas a recrearle los ojos a Dios cuando mira al suelo. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos".

Dios es nuestro poderoso refugio; quienes confiamos en Él jamás seremos defraudados. Sin embargo esto no elude nuestras responsabilidades, ni puede hacernos temerosos en el anuncio del Evangelio. Dios nos quiere fuertes en la fe y en el testimonio de la Buena Nueva que nos ha confiado, sabiendo que, aun cuando los demás nos persigan y acaben con nuestra vida, Dios nos levantará victoriosos al final del tiempo. Sin embargo, nosotros no buscamos morir por el Evangelio, sino el anunciar el Evangelio, aceptando, con amor, todas las consecuencias que podrían venírsenos por del cumplimiento de la Misión que el Señor nos ha confiado. Cristo elige a los suyos, y este llamamiento es su único título. Jesús llama con imperio y ternura. Nunca los llamados merecieron en modo alguno la vocación para la que fueron elegidos, ni por su buena conducta, ni por sus condiciones personales. Es más, Dios suele llamar a su servicio y para sus obras, a personas con virtudes y cualidades desproporcionadamente pequeñas para lo que realizarán con la ayuda divina. El Señor nos llama también a nosotros para que continuemos su obra redentora en el mundo, y no nos pueden sorprender y mucho menos desanimar nuestras flaquezas ni la desproporción entre nuestras condiciones y la tarea que Dios nos pone delante. Él da siempre el incremento; nos pide nuestra buena voluntad y la pequeña ayuda que pueden darle nuestras manos. La vocación es siempre, y en primer lugar, una elección divina, cualesquiera que fueran las circunstancias que acompañaron el momento en que se aceptó esa elección. Por eso, una vez recibida no se debe someter a revisión, ni discutirla con razonamientos humanos, siempre pobres y cortos. La fidelidad a la vocación es fidelidad a Dios, a la misión que nos encarga, para lo que hemos sido creados: el modo concreto y personal de dar gloria a Dios. El Señor nos quiere santos, en el sentido estricto de la palabra, en medio de nuestras ocupaciones, con una santidad alegre, atractiva, que arrastra a otros al encuentro con Cristo. Él nos da las fuerzas y las ayudas necesarias. Que sepamos decirle muchas veces a Jesús que cuenta con nosotros, con nuestra buena voluntad de seguirle, allí donde nos encontramos; sin límites, ni condiciones.

El descubrimiento de la personal vocación es el momento más importante de toda la existencia. De la respuesta fiel a esta llamada depende la propia felicidad y la de otros muchos, y constituye el fundamento de otras muchas respuestas a lo largo de la vida. Esforzarse para crecer en la santidad, en el amor a Cristo y a todos los hombres por Cristo es asegurar la fidelidad y, por tanto, la alegría, el amor, una vida llena de sentido. Hemos de hacer como San Pablo cuando Cristo se metió en su vida: se entregó con todas sus fuerzas a buscarle, a amarle y a servirle (Francisco Fernández Carvajal).