miércoles, 27 de enero de 2010

Tiempo ordinario II, jueves: David goza de la amistad de Jonatán, y Dios le protege. Jesús se nos muestra como “hijo de Dios”: ¿qué significa para nosotros?

Tiempo ordinario II, jueves: David goza de la amistad de Jonatán, y Dios le protege. Jesús se nos muestra como "hijo de Dios": ¿qué significa para nosotros?

 

Primer Libro de Samuel 18,6-9.19,1-7. A su regreso, después que David derrotó al filisteo, las mujeres de todas las ciudades de Israel salían a recibir al rey Saúl, cantando y bailando, al son jubiloso de tamboriles y triángulos. Y mientras danzaban, las mujeres cantaban a coro: "Saúl ha matado a miles y David a decenas de miles". Saúl se puso furioso y muy disgustado por todo aquello, pensó: "A David le atribuyen los diez mil, y a mí tan sólo los mil. ¡Ya no le falta más que la realeza!". Y a partir de ese día, Saúl miró con malos ojos a David. Saúl habló a su hijo Jonatán y a todos sus servidores de su proyecto de matar a David. Pero Jonatán, hijo de Saúl, quería mucho a David, y lo puso sobre aviso, diciéndole: "Mi padre Saúl intenta matarte. Ten mucho cuidado mañana por la mañana; retírate a un lugar oculto y no te dejes ver. Yo saldré y me quedaré junto con mi padre en el campo donde tú estés; le hablaré de ti, veré que pasa y te lo comunicaré". Jonatán habló a su padre Saúl en favor de David, y le dijo: "Que el rey no peque contra su servidor David, ya que él no ha pecado contra ti. Al contrario, sus acciones te reportan grandes beneficios. El se jugó la vida cuando derrotó al filisteo, y el Señor dio una gran victoria a todo Israel. Si tanto te alegraste al verlo, ¿por qué vas a pecar con sangre inocente, matando a David sin motivo?". Saúl hizo caso a Jonatán y pronunció este juramento: "¡Por la vida del Señor, no morirá!". Jonatán llamó a David y lo puso al tanto de todo. Luego lo llevó a la presencia de Saúl, y David quedó a su servicio como antes.

 

Salmo 56,2-3.9-14. Ten piedad de mí, Señor, porque me asedian, todo el día me combaten y me oprimen: mis enemigos me asedian sin cesar, son muchos los que combaten contra mí.

Tú has anotado los pasos de mi destierro; recoge mis lágrimas en tu odre: ¿acaso no está todo registrado en tu Libro?

Mis enemigos retrocederán cuando te invoque. Yo sé muy bien que Dios está de mi parte; confío en Dios y alabo su palabra; confío en él y ya no temo: ¿qué pueden hacerme los hombres?

Debo cumplir, Dios mío, los votos que te hice: te ofreceré sacrificios de alabanza, porque tú libraste mi vida de la muerte y mis pies de la caída, para que camine delante de Dios en la luz de la vida.

 

Texto del Evangelio (Mc 3,7-12): En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a Él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero Él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.

 

Comentario: 1S 18,6-9.19,1-7. A Saúl, lleno de complejos y depresiones psicológicas, sólo le faltaba escuchar el cántico de las muchachas a favor de David para ser presa de los celos. Por otra parte, bastante explicables, porque David tenía más carisma y se estaba mostrando como un buen líder militar, no sólo en su duelo singular con Goliat, sino también en otras acciones que se le habían encomendado después. Menos mal que su amigo Jonatán, el hijo de Saúl, le sigue fiel y le avisa de lo que se está tramando contra él. Más aún, Jonatán logra convencer a su padre de que abandone ese plan y prometa respetar la vida de David. No acabará ahí el conflicto, porque Saúl es muy voluble de carácter. Son historias muy humanas de amistad y enemistad y celos. También a través de ellas escribe Dios la historia. David queda siempre en buena luz, a pesar de sus fallos: con cualidades humanas que le atraen la amistad de hombres y mujeres, con un corazón grande que le llevará a perdonar a Saúl su perseguidor, y con una gran fe en Dios, a quien, a pesar de sus pecados, intenta seguir toda su vida. Las historias del AT son espejos en los que nos podemos mirar y hacer un poco de examen sobre cuáles son nuestras reacciones en el trato con los demás.

Después de la inverosímil y rocambolesca página de David y Goliat -que no obstante es portadora de una gran lección universal-, la página de hoy contrariamente está llena de humanidad. Se nos explica que, con la gracia de Dios, David poseía varias ventajas muy humanas que aseguran su popularidad:

1) Sus éxitos militares se multiplican. Es un hombre inteligente y hábil.

2) Su belleza física le gana ya la admiración de las mujeres.

3) Sus reales cualidades humanas le obtienen fieles amistades, entre ellas la de Jonatán, hijo de Saúl.

En el interior de esas situaciones muy corrientes, se juega también el destino del pueblo de Dios. Hay que aceptar esas lecciones aparentemente opuestas y contradictorias.

-Cuando David regresó victorioso, salían las mujeres de todas las ciudades para cantar danzando al son de los tamboriles, de los cantos de alegría y de los símbolos. Las mujeres danzando cantaban a coro ese refrán: «¡Saúl mató a millares, y David a millones!» ¡Qué secuencia de cine podría hacerse con ese escenario! ¡Cuán humano es esto y cuán ambiguo! Comparación: millares... millones... Así es la humanidad de siempre. Se va tras el que triunfa, y se abandona al que ha fracasado, aunque sea sólo en parte. Señor, ten piedad de los pobres de los que malogran sus vidas, de los que apenas tienen éxitos.

-Saúl se irritó mucho y desde aquel día miraba a David con ojos de envidia. Este es el precio del éxito: la envidia de los demás. Esto es también muy humano y muy ambiguo. Es a la vez un "feo defecto" y «una manera de compensar» lo que tiene de excesivo la admiración precedente. Señor, líbranos de esas comparaciones desmesuradas, y de esas envidias. Señor, líbranos del orgullo y de esa suficiencia por la que nos atribuiríamos a nosotros mismos el resultado de los dones que hemos recibido. "¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?" (1 Cor 4,7).

Ahora bien, Jonatán, hijo de Saúl amaba mucho a David, y le advirtió: «Mi padre, Saúl, te busca para matarte, anda sobre aviso.» La amistad entre dos jóvenes. David y Jonatán. Este es también un valor muy humano, que sirve aquí, los designios de Dios. Cualquier realidad puede ser a la vez positiva y negativa, constructiva y negativa. Se juzga al árbol por sus frutos, dirá Jesús. Pienso en mis amistades. ¿Sirven a mi expansión, a mi crecimiento, y al designio de Dios? Jesús, también conoció ese sentimiento: entre los doce, estaba Juan, «a quien amaba». Ayúdame, Señor, a poner todas mis facultades de afectividad a tu servicio y al servicio del mundo. Que jamás llegue a ser yo esclavo de ellas. Por el contrario, te pido que todas mis amistades y afectos sean útiles.

-Jonatán habló en favor de David a Saúl, su padre... Se atreve a comprometerse por su amigo con riesgo, sin duda, de ser mal visto él mismo. Mi amistad ¿me hace «aprovechón» del otro, para mi placer y mi expansión? o bien ¿significa para mí el servicio al otro, la disposición a la renuncia de mis propios beneficios para el bien del otro? (Noel Quesson).

2. Sal. 55. Dios se ha puesto de nuestro lado. Él ha salido en defensa nuestra por medio de Jesús, su Hijo, nuestro Salvador. Pero no sólo ha venido Él de un modo personal a ponerse de parte del hombre que sufre vejaciones por parte de gente injusta; una vez cumplida su misión entre nosotros, nos confió a nosotros, su Iglesia, continuar esa obra de salvación en el mundo. Por eso, puesto que no actuamos a nombre propio, sino en Nombre de Jesucristo, no podemos dedicarnos a destruirnos unos a otros, sino más bien hemos de estar al servicio del bien de los demás, preocupándonos de dar voz a los desvalidos y de salir en defensa de los oprimidos.

De otros salmos deducimos que, incluso en las horas de los mayores apuros y adversidades, David nunca colgaba en los sauces su arpa, sino que siempre estaba a tono para cantar las divinas alabanzas. Compuso este salmo estando en peligro inminente.

I. Se queja de la mala voluntad de sus enemigos, y pide misericordia para sí mismo y justicia contra ellos (vv. 1, 2, 5-7).

II. Confía en Dios, estando seguro de que le tenía de su parte y de que tendría oportunidad de alabarle y darle gracias mientras viviera (vv. 3, 4, 8-13).

David se echa por fe, en este salmo, en las manos de Dios, aun cuando en su miedo e insensatez se había echado en manos de los filisteos (1 S. 21:10, 11). El salmo es llamado, como algunos otros, mictam (probablemente, término musical), para ser cantado sobre la tonada de «la paloma silenciosa de los que están distantes». El Targum lo parafrasea así: «Concerniente a la comunidad de Israel, asemejada a una paloma silenciosa cuando están lejos de sus ciudades, se arrepienten y alaban al Señor del Universo.»

Los enemigos son muchos; se apoyan en su número para devorarle o pisotearle (vv 1,2). Se anima así mismo en Dios y en sus promesas, poder y providencia (vv. 3,4): «En el día en que temo, cuando me sobrecoge el miedo hasta el punto de huir despavorido (v 1 S.21:11), yo en ti confío, y sólo así puedo silenciar mis temores. »

Se consuela en que sus oraciones tendrán poder para derrotar y desbaratar a sus enemigos, así como para obtener El mismo consuelo y ánimo (v. 9): «Retrocederán, pues, mis enemigos el día en que yo clame; no necesito más armas que oraciones y lágrimas; esto sé, que Dios está por mí, esto es, de mi parte: para defender mi causa, protegerme y librarme; y si Dios está por mí, ¿quién puede estar contra mí hasta prevalecer? (comp. Ro. 8:31).» El mejor modo de triunfar en esta lucha es hacerla de rodillas (Ef. 6:18).

Se consuela en que su fe en Dios le pondrá a salvo de todo miedo al hombre (vv. 10, 11). Aquí repite, con mayor entusiasmo, lo que había dicho (v. 4): «En Dios alabaré su palabra; es decir, dependeré con toda firmeza de su promesa en atención a quien la hizo. En Dios he confiado, sólo en Él y, por consiguiente, no temeré, ¿qué puede hacerme la carne? (lit. v. 11), aunque muy bien sé lo que haría si pudiera » (vv. 1, 2).

Hace memoria de que está ligado a Dios por voto (v. 12): «Te debo, oh Dios, los votos que te hice -no como una carga que me pesa y deseo quitarme de encima, sino como un emblema del que me glorío. Habríamos de considerar como motivo de gozo los votos que hemos hecho a Dios -renovando junto a la Mesa del Señor los votos que le hicimos en nuestro bautismo; y los pronunciados en diversas ocasiones, bajo convicción o bajo corrección, para cumplirlos cuanto antes.

También se consuela con el pensamiento de que todavía tendrá más oportunidades de dar gracias a Dios (v. 12b): «Te ofreceré sacrificios de acción de gracias. » Esto formaba parte del cumplimiento de sus votos; pues es muy apropiado el que los votos de acción de gracias acompañen a las súplicas de favor y gracia, y cuando se ha recibido el favor ha de ser estimado como se merece, precisamente mediante la gratitud (v. 13): «Porque has librado (de nuevo, el pretérito profético) mi alma (es decir, mi vida) de la muerte, que estaba a punto de agarrarme. » Si Dios nos ha librado del pecado, ya sea, mediante la gracia preveniente, de cometerlo, ya sea, mediante la gracia del perdón, de su castigo, tenemos motivos para reconocer que ha librado de la muerte nuestra alma, pues la muerte es la paga del pecado (Ro. 6:23). Sigue diciendo (probablemente, en pregunta, no para pedir información, sino como declaración enfática del resultado): «¿No (has librado) mis pies de tropezar?» Se apoya en lo que Dios ha hecho por él, para darle gracias de lo que todavía ha de hacer por él, tomando por sucedido lo que está por suceder. La última frase del salmo puede traducirse en forma afirmativa o, mejor, continuando la pregunta. «Andar delante de Dios en la luz de los que viven» equivale a llevar una vida iluminada por la presencia de Dios, en contraste con la oscuridad de una vida pecaminosa, que no es más que el preludio de las tinieblas del averno o del Seol.

En el salmo ponemos en boca de David estas palabras: «Me atacan y me acosan todo el día: en Dios confío y no temo". La historia se repite en nuestra vida familiar o comunitaria. ¿Dónde quedamos retratados nosotros en este relato tan humano? ¿somos psicológicamente tan inseguros como Saúl? ¿nos dejamos llevar por los celos y la envidia cuando otros triunfan y reciben aplausos y nos hacen un poco de sombra? Si hubiera tenido un poco de humor, Saúl hubiera encajado el canto, que tampoco era como para tomarlo demasiado en serio, porque un poco de poesía épica se permite para celebrar un episodio así. ¿Sabemos ser buenos amigos, como Jonatán, tendiendo puentes, quitando hierro a las tensiones, para que las cosas no lleguen a mayores? El joven Jonatán, el hijo del rey, posible sucesor suyo, podría haber tenido motivos de celos con David, porque su amigo era mucho más popular que él. Pero no se dejó llevar del resentimiento y fue a su amistad.

 

3.- Mc 3,7-12. Después de las cinco escenas conflictivas con los fariseos, el pasaje de hoy es una página más pacífica, un resumen de lo que hasta aquí había realizado Jesús en Galilea. Por una parte su actuación ha estado llena de éxitos, porque Jesús ha curado a los enfermos, liberado del maligno a los posesos, y además predica como ninguno: aparece como el profeta y el liberador del mal y del dolor. Nada extraño lo que leemos hoy: «Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo».

Pero a la vez se ve rodeado de rencillas y controversias por parte de sus enemigos, los fariseos y los letrados, que más tarde acabarán con él. De momento Jesús quiere -aunque no lo consigue- que los favorecidos por sus curaciones no las propalen demasiado, para evitar malas interpretaciones de su identidad mesiánica.

Jesús, ahora el Señor Resucitado, sigue estándonos cerca, aunque no le veamos. Nos quiere curar y liberar y evangelizar a nosotros. Lo hace de muchas maneras y de un modo particular por medio de los sacramentos de la Iglesia. En la Eucaristía es él quien sigue hablándonos, comunicándonos su Buena Noticia, siempre viva y nueva, que ilumina nuestro camino. Se nos da él mismo como alimento para nuestra lucha contra el mal. Es maestro y médico y alimento para cada uno de nosotros. ¿Cuál es nuestra reacción personal: la de la gente interesada, la de los curiosos espectadores, o la de los que se asustan de su figura y pretenden hacerle callar porque resulta incómodo su mensaje? Además, ¿intentamos ayudar a otros a que sepan quién es Jesús y lo acepten en sus vidas? (J. Aldazábal).

-"Jesús con sus discípulos" se retiró hacia la ribera del lago... y muchas gentes le seguían de la misma Galilea y también de Judea, de Jerusalén, de la Idumea, la Transjordania, del país de Tiro y de Sidón... De manera manifiesta, ¡Marcos insiste en toda esta geografía! No son sólo los judíos de Palestina quienes corren tras de Jesús, sino gentes de todas las comarcas y regiones vecinas: algunos paganos sin duda, atraídos por su Palabra y por sus curaciones. Ser misionero. Atraer al evangelio. Cuestionar a los que buscan al verdadero Dios. Que tu Iglesia, Señor Jesús, sea toda ella misionera, como Tú. ¡Judea, Idumea, Transjordania, Tiro, Sidón! No llega aún a la apertura internacional, total, de Pentecostés, pero es ya el primer signo. ¿Cómo es la apertura de mi corazón?

-Oyendo lo que hacía, acudían a El. Dijo a sus discípulos que le preparasen una barca para que el tropel de la gente no le oprimiese. Jesús apretujado por la muchedumbre, en medio del gentío, Jesús popular. Mientras los escribas y fariseos se han clasificado de golpe en el grupo de la oposición... la "muchedumbre está entusiasmada. Marcos subraya así el contraste, en verdad sorprendente, entre la hostilidad de que Jesús es objeto por parte de los círculos dirigentes... y la popularidad de que es objeto por parte de las gentes sencillas, pobres. Estas muchedumbres se volverán un día contra El. Pero por el momento lo andan buscando.

-Pues curaba a muchos, y cuantos padecían algún mal se echaban sobre El para tocarle. Maravillosa escena concreta en la que uno encuentra toda la vehemencia y la simplicidad de las gentes del pueblo. Hasta aquí, Marco no nos da ni un solo discurso de Jesús. El Jesús que nos describe no es hablador, actúa, sana. Y es esto lo que ellos vienen a buscar junto a El: su curación. Jesús es el salvador: el anti-mal. Cuando se tiene un mal, cuando se sufre, uno se precipita sobre El para tocarle. ¡El me librará! ¡Ayúdame, Señor, a trabajar contigo! A luchar contra el mal, con todas mis fuerzas, en el día de hoy. El mal bajo todas sus formas: la enfermedad, la ignorancia, el hambre, el odio, la indiferencia. la soledad, el pecado. Te ofrezco, Señor, todo mi trabajo de este día: quiero trabajar en la promoción de algunos seres, levantar el ánimo a algunas personas, sanar algunos sufrimientos, alegrar a algunos de nuestros hermanos, aliviar algunas penas... ¡contigo!

-Los espíritus impuros al verle se prosternaban ante él y "gritaban" diciendo: tú eres el Hijo de Dios. El, con imperio, les mandaba que no le diesen a conocer. Consigna del silencio. Jesús rehúsa el triunfo y la popularidad que tan ambiguos son. Los demonios saben "quien" es Jesús, y le gritan. El entusiasmo popular, lejos de manifestar lo esencial de la persona de Jesús, se arriesga a que todo fracase, poniendo el acento sobre aspectos secundarios. Tu reino, Señor, no es una "empresa' ordinaria. Va progresando lentamente; discretamente, en lo secreto de los corazones. La Fe no es un grito. Es un modesto descubrimiento interior... que se purifica poco a poco (Noel Quesson).

Vemos en el Evangelio de la Misa a tanta gente necesitada que acude a Cristo (Lucas 6, 19; 8, 45). Y les atiende, porque tiene un corazón compasivo y misericordioso. Las muchedumbres andan hoy tan necesitadas como entonces. También ahora las vemos como ovejas sin pastor, desorientadas, sin saber a dónde dirigir su vida. La humanidad, a pesar de los progresos, sigue padeciendo la gran falta de la doctrina de Cristo, custodiada sin error por el Magisterio de la Iglesia. Las palabras del Señor siguen siendo palabras de vida eterna que enseñan a huir del pecado, a santificar la vida ordinaria, las alegrías, las derrotas y la enfermedad..., y abren el camino de la salvación. En nuestras manos está ese tesoro de doctrina para darla a tiempo y a destiempo (2 Timoteo, 4, 2). Ésta es la tarea verdaderamente apremiante que tenemos los cristianos.

Para dar la doctrina de Jesucristo es necesario tenerla en el entendimiento y en el corazón: meditarla y amarla. Necesitamos conocer bien el Catecismo, esos libros "fieles a los contenidos esenciales de la Revelación y puestos al día en lo que se refiere al método, capaces de educar en una fe robusta a las generaciones cristianas de los tiempos nuevos" (Juan Pablo II, Catechesi tradendae). Os entrego lo que recibí (1 Cor 11,23), decía San Pablo. Id y enseñad..., nos dice a todos el mismo Cristo. Se trata de una difusión espontánea de la doctrina, de modo a veces informal, pero extraordinariamente eficaz, que realizaron los primeros cristianos como podemos hacerlo ahora: de familia a familia, entre los compañeros de trabajo, en la calle, en la Universidad: estos medios se convierten en el cauce de una catequesis discreta y amable, que penetra hasta lo más hondo de las costumbres de la sociedad y de la vida de los hombres.

Al advertir la extensión de esta tarea –difundir la doctrina de Jesucristo- hemos de empezar por pedirle al Señor que nos aumente la fe. Debemos tener en cuenta que sólo la gracia de Dios puede mover a voluntad para asentir a las verdades de la fe. Por eso, cuando queremos atraer a alguno a la verdad cristiana, debemos acompañar ese apostolado con una oración humilde y constante; y junto a la oración, la penitencia, quizá en detalles pequeños, pero sobrenatural y concreta. Señor, ¡enséñanos a darte a conocer! Santa María, ¡ayúdanos para que sepamos ilusionar a otros muchos en esta noble tarea de difundir la Verdad! (Francisco Fernández Carvajal).

Una gran muchedumbre sigue a Jesús, de hecho ha venido a llamar a todos, a congregar un solo rebaño con un solo pastor, donde Jesús es la puerta que da al aprisco, al terreno seguro en el que conseguir la paz anhelada, la felicidad de hijos de Dios, el paso o bautismo de salvación: hemos sido bautizados «en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1Cor 12,13). En estos días rezamos por la unidad de los cristianos, y hoy el Evangelio nos muestra «una gran muchedumbre de Galilea» y de otros lugares (cf. Mc 3,7). Ya es sintomático que Jesús sea Galileo, tierra considerada poco religiosa por los Judea; y cuando Jesús habla de alguien caritativo cita la parábola del samaritano, tierra paganizada cuyos habitantes eran mal vistos por los judíos, considerados pecadores. Jesús está abierto a todos, y en cambio los cristianos –como antes los judíos- nos hemos dividido en grupos, se han disgregado los ortodoxos, y luego todos los protestantes (anglicanos, luteranos, etc.). Pecado histórico que hemos de reparar, con la oración y una caridad viva e imaginativa, en nuestra realidad eclesial y social. Que nuestro amor sea atrayente, para los que están lejos, que al vernos digan: "quiero ser como éste", y seamos reflejo de Jesús. Él pide al Padre, para la Iglesia, la unidad: «Que todos sean uno, para que el mundo crea» (Jn 17,21); y nosotros también pedimos al Espíritu Santo que la Iglesia de Cristo tenga un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32-34).

En cuanto a las referencias de los Evangelios sobre esta expresión, algunas de las manifestaciones de Jesús como Hijo de Dios en los sinópticos (la mayoría) van ligadas a referencias angélicas o de demonios, o al menos en su contexto. En cambio, en el de Juan es una reflexión de Jesús sobre sí mismo. Es normal esto pues en este último Evangelio la reflexión sobre la divinidad de Jesús está aceptada fielmente, y en los otros la expresión "hijo de Dios" no tiene significado correcto para la gente (era una referencia a los reyes, y como extensión a todo hijo de Israel, especialmente al pueblo como tal), como las otras acepciones también politizadas de Mesías, o bien alguna ambigua como hijo de David que sí tiene sentido pero sin expresar la divinidad, y por eso Jesús inventa la expresión "hijo del hombre" uniendo la tradición del profeta Daniel (el ser pre-existente que vendrá a la tierra desde Dios) a la tradición del siervo de Yahvé del libro de Isaías. Esta expresión, "hijo del Hombre", le permitió desvelar progresivamente la divinidad, que no sería aceptada al principio, y paulatinamente se va descubriendo.

Es algo misterioso sin embargo que los demonios pronuncien –en el texto del Evangelio de hoy- de un modo singular lo que ahora es el nombre propio de Jesús, el "Hijo de Dios". En el Evangelio del encuentro de Jesús con Natanael, le presenta alabando su sencillez: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño»; le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús algo curioso, que pienso se refiere a los pensamientos que el joven tenía momentos antes: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Y respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

La comunicación divina suele ser por la intervención activa de los ángeles. Gabriel fue enviado para anunciar a María Santísima la concepción virginal del Hijo de Dios (cf. Lc 1). Algunas de las ocasiones se refiere Jesús a sí mismo como el "el Hijo del hombre", como al señalar cuando "venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles"...  Pero veamos los textos de los cuatro evangelistas:

a) Tomemos la versión de San Mateo. La expresión "Hijo de Dios", el Evangelio de hoy la pone en boca de los demonios, como también en el Evangelio de las tentaciones a Jesús; donde también el demonio le dice:

-"si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan…" y en otra:

-"Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán, de modo que no tropieces con tu pie en piedra", y en otro lugar los demonios:

-"Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?"

-aquí hay una manifestación de los discípulos cuando calma la tempestad: "Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios"; esto se repite en la escena que comentaremos en el punto siguiente, cuando Jesús les pregunta quién dicen ellos que es Él:

-"Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente".

-también el Sumo sacerdote le dijo: "Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios";

-y cuando en la cruz le increpan: "si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz";

-y los sumos sacerdotes le increpaban en burlas: "Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios";

-y el centurión cuando proclama al contemplar su muerte: "Verdaderamente éste era Hijo de Dios".

(De las 9 ocasiones que sale en Mateo, 3 son del demonio y de las 5 restantes, 3 son de burla y 3 en positivo, de gente admirada que adora Jesús).

 

b) En Marcos se proclama desde el principio:

-"El principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios…"

-"los espíritus inmundos, al verle, se postraban delante de él, y daban voces, diciendo: Tú eres el Hijo de Dios"; como también esta otra frase de un demonio:

-"Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes"

-Y se vuelve a la escena del centurión: viendo que después de clamar había expirado así, dijo: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios".

(de las 3 ocasiones, 2 corresponden a los demonios, 2 a adoración)

 

c) En Lucas, está el saludo del ángel:

-"que nacerá, será llamado Hijo de Dios".

-vuelven las tentaciones: "le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan";

-la del pináculo del templo: "Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo";

-También salían demonios de muchos, dando voces y diciendo: "Tú eres el Hijo de Dios. Pero él los reprendía y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Cristo"; como también esta otra frase, del que al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose a sus pies exclamó a gran voz:

-"¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes".

-En el juicio: "Dijeron todos: ¿Luego eres tú el Hijo de Dios? Y él les dijo: Vosotros decís que lo soy.

(De las 6, 4 son del demonio, y 1 del ángel, la que queda de burla de los que lo juzgan).

 

d) En Juan, en cambio, el Evangelio que más habla de la divinidad de Jesús, es Jesús el que se autodenomina "Hijo de Dios":

-"Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios".

-Respondió Natanael y le dijo: "Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel".

-La reflexión teológica con Nicodemo: "El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios".

-de los apóstoles, la respuesta que luego comentaremos: "Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente".

-De los discursos en el templo: "Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán".

-Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: "¿Crees tú en el Hijo de Dios?

Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él?

Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró".

-Otra discusión del templo: "Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?

Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.

-En la resurrección de Lázaro: Oyéndolo Jesús, dijo: "Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella"… y más tarde a Marta: Crees esto?

-Le dijo: "Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo".

-En la petición de crucifixión: Los judíos le respondieron: "Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios".

-Al final: "Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre". 

(Aquí vemos 4 proclamaciones de los discípulos, 5 auto-proclamaciones de Jesús, y 1 del juicio acusándolo de proclamarse Hijo de Dios).

3. La afirmación de Jesús como Hijo de Dios responde a la pregunta explícita o implícita (por los hechos que hace Jesús, con autoridad) sobre quién es: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" (Mt 16,15). Decía Juan Pablo II: "nos sentimos interpelados por la misma pregunta que hace casi dos mil años el Maestro dirigió a Pedro y a los discípulos que estaban con Él. En ese momento decisivo de su vida, como narra en su Evangelio Mateo, que fue testigo de ello, "viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: unos, que Juan el Bautista; otros que Elías; otros que Jeremías u otro de los profetas. Y Él les dijo: y vosotros ¿quién decís que soy?" (Mt 16,13-15).

Conocemos la respuesta escueta e impetuosa de Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16). Para que nosotros podamos darla, no sólo en términos abstractos sino como una expresión vital, fruto del don del Padre (Mt 16,17), cada uno debe dejarse tocar personalmente por la pregunta: "Y tú, ¿quién dices que soy? Tú, que oyes hablar de Mí, responde: ¿Qué soy de verdad para tí?". A Pedro la iluminación divina y la respuesta de la fe le llegaron después de un largo período de estar cerca de Jesús, de escuchar su palabra y de observar su vida y su ministerio (cfr. Mt 16,21-24)". En el fondo, la pregunta de Jesús es libre, no induce a una respuesta determinada, no fuerza y no tiene miedo a ser rechazado, esto es particularmente importante en el momento difícil de su vida, cuando la cruz se perfilaba cercana y muchos le abandonaban, y ante el abandono del discurso de Cafarnaum hizo a los que se habían quedado con El otra de estas preguntas tan fuertes, penetrantes e ineludibles: "¿Queréis iros vosotros también?". Fue de nuevo Pedro quien, como intérprete de sus hermanos, le respondió: "Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 67-69). La grandeza de Jesús es misteriosa, como respeta nuestra libertad y estar dispuesto a quedarse solo, no forzar con su poder nuestra respuesta… también estas preguntas nos indican que es justo por nuestra parte que estemos disponibles para dejarnos interrogar por Jesús, capaces de dar la respuesta justa a sus preguntas, dispuestos a compartir su vida hasta el final (cf. Audiencia general, 7-I- 1987).

La respuesta de Pedro aparece ante nuestra mirada como un "laboratorio de la fe", en expresión del mismo Papa, pero para profundizar en esta imagen de Jesús tomamos ahora unas brillantes palabras de Pablo VI: muestran cómo Jesús "está en el vértice de la aspiración humana, es el término de nuestras esperanzas y de nuestras oraciones, es el punto focal de los deseos de la historia y de la civilización, es decir, es el Mesías, el centro de la humanidad, Aquel que da un valor a las acciones humanas, Aquel que conforma la alegría y la plenitud de los deseos de todos los corazones, el verdadero hombre, el tipo de perfección, de belleza, de santidad, puesto por Dios para personificar el verdadero modelo, el verdadero concepto de hombre, el hermano de todos, el amigo insustituible, el único digno de toda confianza y de todo amor: es el Cristo-hombre. Y, al mismo tiempo, Jesús está en el origen de toda nuestra verdadera suerte, es la luz por la cual la habitación del mundo toma proporciones, formas, belleza y sombra; es la palabra que todo lo define, todo lo explica, todo lo clasifica, todo lo redime; es el principio de nuestra vida espiritual y moral; dice lo que se debe hacer y da la fuerza, la gracia, de hacerlo; reverbera su imagen, más aún se presencia, en cada alma que se hace espejo para acoger su rayo de verdad y de vida, de quien cree en El y acoge su contacto sacramental; es el Cristo-Dios, el Maestro, el Salvador, la Vida" (Aloc. 3 de febrero de 1964).

La vida de fe lleva a confesar el nombre de Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios vivo es; él es nuestro Redentor, el Camino; nuestro Maestro, la Verdad; el Amigo que nos resucita, la Vida. Es el centro de la historia y del mundo; quien conoce nuestro interior y nos ama tal como somos; plenitud de nuestros afanes y felicidad que colma nuestros anhelos. Luz para nuestra inteligencia, Pan para darnos fortaleza, Fuente de agua viva que colma toda sed de conocer y amar; Pastor y guía que nos acompaña y consuela, Rey de un Reino de las bienaventuranzas donde los pobres son ricos, los que lloran felices, los pacíficos mandan desde el servicio, la mirada pura de los que aman de corazón ilumina con su transparencia a todos y todas las cosas. Es el puente que une cielo y tierra, el sueño de Jacob en su escalera por donde los ángeles presentan a Dios nuestras obras junto a Jesús…

martes, 26 de enero de 2010

Tiempo ordinario II, miércoles: la nueva Ley es de libertad de los hijos de Dios

Tiempo ordinario II, miércoles: la nueva Ley es de libertad de los hijos de Dios

 

Primer Libro de Samuel 17,32-33.37.40-51. David dijo a Saúl: "No hay que desanimarse a causa de ese; tu servidor irá a luchar contra el filisteo". Pero Saúl respondió a David: "Tú no puedes batirte con ese filisteo, porque no eres más que un muchacho, y él es un hombre de guerra desde su juventud". Y David añadió: "El Señor, que me ha librado de las garras del león y del oso, también me librará de la mano de ese filisteo". Entonces Saúl dijo a David: "Ve, y que el Señor esté contigo". Luego tomó en la mano su bastón, eligió en el torrente cinco piedras bien lisas, las puso en su bolsa de pastor, en la mochila, y con la honda en la mano avanzó hacia el filisteo. El filisteo se fue acercando poco a poco a David, precedido de su escudero. Y al fijar sus ojos en David, el filisteo lo despreció, porque vio que era apenas un muchacho, de tez clara y de buena presencia. Entonces dijo a David: "¿Soy yo un perro para que vengas a mí armado de palos?". Y maldijo a David invocando a sus dioses. Luego le dijo: "Ven aquí, y daré tu carne a los pájaros del cielo y a los animales del campo". David replicó al filisteo: "Tú avanzas contra mí armado de espada, lanza y jabalina, pero yo voy hacia ti en el nombre del Señor de los ejércitos, el Dios de las huestes de Israel, a quien tú has desafiado. Hoy mismo el Señor te entregará en mis manos; yo te derrotaré, te cortaré la cabeza, y daré tu cadáver y los cadáveres del ejército filisteo a los pájaros del cielo y a los animales del campo. Así toda la tierra sabrá que hay un Dios para Israel. Y toda esta asamblea reconocerá que el Señor da la victoria sin espada ni lanza. Porque esta es una guerra del Señor, y él los entregará en nuestras manos". Cuando el filisteo se puso en movimiento y se acercó cada vez más para enfrentar a David, este enfiló velozmente en dirección al filisteo. En seguida metió la mano en su bolsa, sacó de ella una piedra y la arrojó con la honda, hiriendo al filisteo en la frente. La piedra se le clavó en la frente, y él cayó de bruces contra el suelo. Así venció David al filisteo con la honda y una piedra; le asestó un golpe mortal, sin tener una espada en su mano. David fue corriendo y se paró junto al filisteo; le agarró la espada, se la sacó de la vaina y lo mató, cortándole la cabeza. Al ver que su héroe estaba muerto, los filisteos huyeron.

 

Salmo 144,1-2.9-10. De David. Bendito sea el Señor, mi Roca, el que adiestra mis brazos para el combate y mis manos para la lucha.

El es mi bienhechor y mi fortaleza, mi baluarte y mi libertador; él es el escudo con que me resguardo, y el que somete los pueblos a mis pies.

Dios mío, yo quiero cantarte un canto nuevo y tocar para ti con el arpa de diez cuerdas, porque tú das la victoria a los reyes y libras a David, tu servidor. Líbrame de la espada maligna.

 

Texto del Evangelio (Mc 3,1-6): En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?». Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «extiende la mano». Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.

 

Comentario: 1S 17,32-33.37.40-51. La victoria del joven David contra el gigante Goliat es uno de los episodios bíblicos más populares y se ha convertido en el símbolo de cómo el débil puede humillar a veces al más fuerte. No sabemos bien -porque hay varias versiones en la Biblia- cómo entró David al servicio del rey Saúl, si como un pastor que se da a conocer por este episodio, o ya antes como especialista en aplacar con la música de su arpa los malos humores del rey. Pero lo que el relato subraya es la intervención de Dios en su victoria. La tesis que el autor del libro quiere establecer, como lección para todas las generaciones, la pone en labios de David: «Tú vienes hacia mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre del Señor: hoy te entregará el Señor en mis manos y todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel y que el Señor da la victoria sin necesidad de espadas ni lanzas». El salmo, como siempre, hace eco a esta primera lectura: «Te cantaré a ti que das la victoria a los reyes y salvas a David tu siervo: bendito el Señor, mi Roca».

Dios tiene caminos llenos de sorpresas. Un muchacho con unas piedras y una honda, que abate al guerrero más fiero de los enemigos. Podemos interpretar en esta clave tantos momentos de la historia, del AT y del NT y de nuestra vida actual. Dios se sirve a veces explícitamente de lo más débil para conseguir sus planes: y así se ve que no son nuestras fuerzas las que salvan al mundo, sino la misericordia gratuita de Dios. Tendemos a confiar en la técnica, en nuestras habilidades y en los medios materiales, cuanto más modernos mejor. Pero la eficacia en todas nuestras empresas nos la da Dios. Ya nos avisó Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada». ¡Cuántas veces los más débiles y humildes, confiados en Dios, han conseguido lo que los fuertes no han podido! También en nuestra lucha contra el mal, que puede parecernos desigual por nuestras escasas fuerzas, Dios es nuestra Roca. Por eso nos enseñó Jesús a rezar: «Líbranos del mal, no nos dejes caer en la tentación».

Los relatos de la infancia de David son bastante elaborados pues vienen de tradiciones diferentes mal yuxtapuestas. Después de haber sido «ungido» como rey en secreto en la granja de su padre Jesé, parece que David fue puesto al servicio de Saúl, «rechazado por Dios», pero no totalmente destronado. En un estilo muy popular del tipo de Tarzán, asistiremos a algunas hazañas de David como jefe de banda en el combate contra los filisteos. Todo el relato está compuesto para poner en evidencia las cualidades excepcionales de David y a la vez el sostén excepcional que Dios le concede.

-El muchachito David, frente al gigante Goliat. Ciertamente es todo el símbolo de la debilidad, frente a la fuerza. La Iglesia tiene, a menudo, la apariencia del muchachito David. La verdad tiene también, a menudo, esa apariencia. Las fuerzas del mal son gigantescas. La Fe es una llamita frágil, expuesta a los fuertes vientos de la historia. En nuestros combates interiores o exteriores, con frecuencia tenemos esta impresión de encontrarnos delante «de cosas que nos rebasan», de estar enfrentados a dificultades insuperables. El muchachito David, ante el gigante más fuerte que él. Evoco algunas situaciones de HOY.

-El rechazo a «la armadura de Saúl». El relato cuenta primero como se trató de proteger a David con la armadura de Saúl; pero no podía caminar: le estaba demasiado grande. Cuando se le dieron «los medios humanos» de poder para que venciera al gigante en su terreno, David no pudo avanzar. Constantemente nosotros quisiéramos poseer una «armadura de Saúl», una seguridad humana, unas fuerzas humanas. Es necesario mucha valentía y mucha Fe para pedir a Dios que «El sea nuestra sola fuerza»... y para desprendernos de nuestras «armaduras».

-Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre del Señor del universo. Esta frase es la clave del relato. Esta historia se contrapone a todas las nociones humanas recibidas y mantenidas de generación en generación respecto a la relación de fuerzas, al sentido del poder, del prestigio, de la fuerza, de la lucha. Es preciso evocar de nuevo el pasaje de san Pablo a los corintios: Dios ha escogido lo necio, lo débil, lo despreciable según el mundo para confundir y derribar lo fuerte. La sabiduría de Dios es locura para la sabiduría de los hombres... Esto es tan sorprendente que no queremos creerlo. La debilidad del muchacho David no era más que una pálida imagen de la debilidad de Jesús en la cruz, «sin espada, ni lanza, ni jabalina», ¡sin ningún poder humano! Para su gran combate, Jesús se presentó totalmente desarmado, desprovisto, desnudo, sin otra arma que su amor. ¡Ah! Señor, cuanto me espanta esa revelación; y sin embargo es la única solución. Danos, Señor, la Fe en tu victoria. «No temáis, yo he vencido al mundo, y el Príncipe de las tinieblas no puede nada contra mí» (Jn 16,11). Mediante la oración, aplico esa Palabra de Dios a todas mis situaciones de debilidad: mis pecados, mis límites... mis dificultades... las debilidades de la Iglesia, y avanzo «en nombre del Señor del universo». Y para mi último combate, el de la muerte, quédate conmigo, Señor. Y desde ahora permanece siempre conmigo (Noel Quesson).

Los que hemos asistido de pequeños a las explicaciones tradicionales de historia sagrada sabíamos de David, sobre todo su victoria sobre Goliat. Con una metodología más pintoresca que teológica, aquel combate singular tomaba más importancia que las promesas mesiánicas hechas por Dios a David, que son en realidad lo que más hay que retener del antepasado de Jesús de Nazaret. Aquella catequesis bíblica pintoresquista vacila cuando la crítica moderna advierte que, según 2 Sm 21,19, no fue David, sino uno de sus soldados, Eljanán, betlemita como él, quien mató a Goliat. Parece, en efecto, que el nombre de Goliat fue añadido posteriormente a los vv 4 y 23, y que la narración primitiva hablaba tan sólo de un filisteo anónimo. Es una lección que hay que recordar, tanto en nuestra lectura personal de las Escrituras como en el momento de transmitirlas a otros: no dejarnos deslumbrar por los detalles concretos y, sin caer tampoco en interpretaciones abusivas y subjetivas, buscar sobre todo la intención teológica de los autores sagrados.

En este episodio la intención del autor no es la de narrarnos una victoria de David, sino una victoria de Yahvé. Es el tema tantas veces reencontrado a lo largo de todos los libros históricos, al igual que en las exhortaciones de los profetas y en muchas plegarias de los salmos, de la fuerza divina manifestada en la debilidad de los instrumentos que él elige. Si Dios lo quiere, un muchacho como David, una mujer como Judit o un pequeño ejército como el de los Macabeos pueden vencer a fuerzas mucho más numerosas. Es Dios quien da la victoria. En la nueva alianza, la victoria de Dios se obtendrá no sólo por la debilidad, sino incluso mediante la derrota: la victoria de la cruz es la del rey que vence y libera a todo su pueblo no matando, sino muriendo. Esto no obstante, la tentación de los antiguos reyes de Israel de poner su confianza no tanto en Yahvé como en las murallas, los ejércitos y las alianzas, reaparece en el pueblo de la nueva alianza cuando para la implantación del reino de Dios nos fiamos más de las riquezas y del poder temporal y de quienes lo detentan que de la fuerza de la palabra y del Espíritu. David, al rechazar la pesada armadura de Saúl, que le agobiaba hasta inmovilizarle, y al salir al encuentro del filisteo con el cayado, la honda y un puñado de lisos quijarros del torrente, se nos aparece como símbolo de la Iglesia, que en nuestros días trata de agilizar sus instituciones y de simplificar los medios usados, a fin de hallar de nuevo el mordiente y la fuerza de penetración en la masa (H. Raguer).

En verdad que Dios no se deja impresionar por el aspecto ni por la gran estatura de las personas. Él nos salva sin usar armas hechas por nuestras manos. Él sólo quiere que confiemos en Él y, en ese momento, su Victoria será nuestra Victoria, pues ¿Quién como Dios? No es la técnica, ni son las armas complicadas las que nos hacen fuertes, sino Dios que, a pesar de nuestras flaquezas, estará siempre con nosotros. Y aunque aparentemente seamos vencidos por nuestros enemigos, Él nos levantará del polvo y hará que volvamos a contemplarlo y a gozar de Él eternamente. En medio de nuestras luchas en contra del pecado, sepamos poner nuestra confianza en Dios, pues, unidos a Cristo, Él no permitirá que seamos vencidos por el mal; más aún, Él nos dice: te basta mi gracia, pues cuando nosotros somos débiles, el Señor es fuerte en nosotros. Confiemos siempre en Él. ¿Acaso tenemos nosotros el poder para vencer a la serpiente antigua o Satanás? Si en nosotros estuviese ese poder, entonces habría sido inútil la Encarnación del Hijo de Dios. El Señor ha venido como Salvador nuestro. Él, mediante su muerte en la cruz ha aplastado la cabeza de nuestro enemigo. A nosotros corresponde confiarnos totalmente en el Señor y vivir, en adelante, como personas que han dejado atrás sus esclavitudes al pecado. Si tenemos la apertura suficiente al Espíritu de Dios en nosotros, entonces, aún cuando nuestra carne sea débil seremos fuertes en el Señor, pues en la fragilidad es cuando se muestra la fuerza que nos viene de Dios.

 

2. Sal. 143. Así decía Juan Pablo II: "Acabamos de escuchar la primera parte del salmo 143. Tiene las características de un himno real, entretejido con otros textos bíblicos, para dar vida a una nueva composición de oración (cf Sal 8,5; 17,8-15; 32,2-3; 38,6-7). Quien habla, en primera persona, es el mismo rey davídico, que reconoce el origen divino de sus éxitos. El Señor es presentado con imágenes marciales, según la antigua tradición simbólica. En efecto, aparece como un instructor militar (v 1), un alcázar inexpugnable, un escudo protector, un triunfador (v 2). De esta forma, se quiere exaltar la personalidad de Dios, que se compromete contra el mal de la historia: no es un poder oscuro o una especie de hado, ni un soberano impasible e indiferente respecto de las vicisitudes humanas. Las citas y el tono de esta celebración divina guardan relación con el himno de David que se conserva en el salmo 17 y en el capítulo 22 del segundo libro de Samuel…

El salmo 143… concluye con un breve himno de acción de gracias (cf vv 9-10). Brota de la certeza de que Dios no nos abandonará en la lucha contra el mal. Por eso, el orante entona una melodía acompañándola con su arpa de diez cuerdas, seguro de que el Señor "da la victoria a los reyes y salva a David, su siervo" (9-10). La palabra "consagrado" en hebreo es "Mesías". Por eso, nos hallamos en presencia de un salmo real, que se transforma, ya en el uso litúrgico del antiguo Israel, en un canto mesiánico. Los cristianos lo repetimos teniendo la mirada fija en Cristo, que nos libra de todo mal y nos sostiene en la lucha contra las fuerzas ocultas del mal. En efecto, "nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en las alturas" (Ef 6,12).

Concluyamos, entonces, con una consideración que nos sugiere san Juan Casiano, monje de los siglos IV-V, que vivió en la Galia. En su obra La encarnación del Señor, tomando como punto de partida el versículo 5 de nuestro salmo -"Señor, inclina tu cielo y desciende"-, ve en estas palabras la espera del ingreso de Cristo en el mundo. Y prosigue así: "El salmista suplicaba que (...) el Señor se manifestara en la carne, que apareciera visiblemente en el mundo, que fuera elevado visiblemente a la gloria (cf 1 Tm 3,16) y, finalmente, que los santos pudieran ver, con los ojos del cuerpo, todo lo que habían previsto en el espíritu". Precisamente esto es lo que todo bautizado testimonia con la alegría de la fe.

No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre sea dado todo honor y toda gloria. El Señor es quien fortalece nuestras manos y quien las adiestra para que salgamos victoriosos sobre el pecado y la muerte. Dios siempre estará a nuestro lado como Padre y como amigo, como fortaleza y como refugio; por eso ¿quién podrá sobre nosotros? Sabiendo que la victoria no es nuestra sino de Dios, vivámosle agradecidos y entonémosle himnos de alabanza; hagámoslo no sólo con los labios, sino con una vida intachable que se convierta en una continua alabanza a su Santo Nombre.

 

3.- Mc 3, 1-6 (ver domingo 9B). *«¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?» Estamos viendo con detalle como Jesús es señor del sábado, pone la ley nueva en recipientes nuevos, en un contexto de filiación sustituyendo la ley del temor por la del amor. "Hoy, Jesús nos enseña que hay que obrar el bien en todo tiempo: no hay un tiempo para hacer el bien y otro para descuidar el amor a los demás. El amor que nos viene de Dios nos conduce a la Ley suprema, que nos dejó Jesús en el mandamiento nuevo: «Amaos unos a otros como yo mismo os he amado» (Jn 13,34). Jesús no deroga ni critica la Ley de Moisés, ya que Él mismo cumple sus preceptos y acude a la sinagoga el sábado; lo que Jesús critica es la interpretación estrecha de la Ley que han hecho los maestros y los fariseos, una interpretación que deja poco lugar a la misericordia.

Jesucristo ha venido a proclamar el Evangelio de la salvación, pero sus adversarios, lejos de dejarse convencer, buscan pretextos contra Él: «Había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle» (Mc 3,1-2). Al mismo tiempo que podemos ver la acción de la gracia, constatamos la dureza del corazón de unos hombres orgullosos que creen tener la verdad de su parte. ¿Experimentaron alegría los fariseos al ver aquel pobre hombre con la salud restablecida? No, todo lo contrario, se obcecaron todavía más, hasta el punto de ir a hacer tratos con los herodianos —sus enemigos naturales— para mirar de perder a Jesús, ¡curiosa alianza!

Con su acción, Jesús libera también el sábado de las cadenas con las cuales lo habían atado los maestros de la Ley y los fariseos, y le restituye su sentido verdadero: día de comunión entre Dios y el hombre, día de liberación de la esclavitud, día de la salvación de las fuerzas del mal. Nos dice san Agustín: «Quien tiene la conciencia en paz, está tranquilo, y esta misma tranquilidad es el sábado del corazón». En Jesucristo, el sábado se abre ya al don del domingo" (Joaquim Meseguer).

** Pienso que hemos comentado mucho el señorío de Jesús sobre el sábado, podemos hoy subrayar la libertad que Jesús nos trajo, la nueva ley moral, siguiendo unas palabras de san Josemaría Escrivá sobre la «libertad de los hijos de Dios» (Rom 8, 21).

«Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida» Podemos escoger entre las dos palabras importantes que en realidad cuentan en la vida: libertad o esclavitud del pecado, amor o muerte. «No hay nada como saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque en ese momento perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos (...) si el Hijo os alcanza la libertad, seréis verdaderamente libres (Jn 8, 36)». El tema de paso de la servidumbre (y el temor) a la libertad (y el amor) es de una gran riqueza, los santos lo han desarrollado con sus vidas, pero también conviene releer sus escritos, que es un modo de acercarnos a sus vidas: Jesús «se ha ido y nos envía al Espíritu Santo, que rige y santifica nuestra alma. Al actuar el Paráclito en nosotros, confirma lo que Cristo nos anunciaba: que somos hijos de Dios; que no hemos recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía por temor, sino el espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos: Abba, ¡Padre! (Rom VIII, 15)» (Es Cristo que pasa, 118).

Es un espíritu de sentirnos hijos de Dios, en el mundo ya no hay temor sino libertad de quien es el "hijo del amo", estamos "en casa", sin miedo por el teatro de la sociedad. La libertad personal es, en lo humano, el don más precioso que nos ha hecho el Señor: "qua libertate Christus nos liberavit" (Gal. IV,31). En lo sobrenatural, el mejor don es la gracia, esa ayuda del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones, nos fortalece en la lucha interior y nos hace clamar: Abba! ¡Padre! Hay que agradecer al Señor continuamente, hijos míos, estos dones que son manifestación de su bondad y misericordia.

*** Ver ahora algunos puntos sobre esta libertad de los hijos de Dios sería como repasar las virtudes en la perspectiva de la verdad de la filiación divina, el amor de los hijos de Dios, la libertad que Jesús nos ha dado con esa filiación. La fidelidad a nuestra condición como hijos de Dios da al hombre la libertad que permite trabajar por Dios, que permite alzarse en altos vuelos, sin lastres ni miedos de ningún tipo, ni por nuestras miserias ni por dificultades exteriores o vanidades del mundo: «el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? (Ps XXVI, 1). A nadie: tratando de este modo a nuestro Padre del Cielo, no admitamos miedo de nadie ni de nada». Es la libertad de la gloria de los hijos de Dios!, la que nos da la felicidad de servir a Dios con determinación personal, y fruto de la fidelidad al amor de Dios Padre es la alegría, que os gocéis con el gozo mío, y vuestro gozo sea completo . La ley de Cristo es ley de libertad (Sant 2, 12), «lo que importa es ser una nueva creatura. Y sobre cuantos siguieron esta norma, paz y misericordia...» (Gal 6, 15-16); esa energía para obrar en el amor siguiendo el precepto interior en el que consiste la voz del Padre da la más alta libertad interior: los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios; libertad y responsabilidad de hijos de Dios.

Quizá, sin embargo, más que repasar todas esas virtudes, expresadas en la docilidad, fidelidad, dejar hacer a Dios, podemos simplemente observar las dos características principales de esa filiación, que señala el mismo Pablo en el capítulo citado de Romanos 8: la libertad y la gloria (alegría, gozo que son sus formas que aquí en la tierra tenemos de esta gloria, en la esperanza del cielo). Por tanto, libertad y alegría son el termómetro por el que podemos observar nuestra "buena salud" en filiación divina. Sobre la alegría, que ayer ya apuntábamos, como fruto de la salvación, de considerar nuestra filiación, lo dejamos para otro momento; aquí sólo apuntamos que supone dejar que todo nos lleve a un abandono confiado en que lo mejor está por llegar, pues para los que ama Dios, todo es para bien. Entonces, basta dejarse amar por Dios, llenarnos de esa confianza. Para ello, nada mejor que considerar la filiación divina cada día, como decían los Padres: "¡conoce, cristiano, tu dignidad!" Es decir, profundiza día y noche en ella… Es bueno vivir aquella primitiva norma cristiana, de rezar tres veces el padrenuestro cada día, que queda reflejada en la recitación en la Misa, Laudes y Vísperas.

«La libertad personal es, en lo humano, el don más precioso que nos ha hecho el Señor: qua libertate Christus nos liberavit (Gal. IV,31). En lo sobrenatural, el mejor don es la gracia, esa ayuda del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones, nos fortalece en la lucha interior y nos hace clamar: Abba! ¡Padre!». La característica de esta libertad es no tener miedo, sentirse "en casa": «Vuelvo a levantar mi corazón en acción de gracias a mi Dios, a mi Señor, porque nada le impedía habernos creado impecables, con un impulso irresistible hacia el bien, pero juzgó que serían mejores sus servidores si libremente le servían. ¡Qué grande es el amor, la misericordia de nuestro Padre! Frente a estas realidades de sus locuras divinas por los hijos, querría tener mil bocas, mil corazones, más, que me permitieran vivir en una continua alabanza a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Pensad que el Todopoderoso, el que con su Providencia gobierna el Universo, no desea siervos forzados, prefiere hijos libres. Ha metido en el alma de cada uno de nosotros -aunque nacemos proni ad peccatum, inclinados al pecado, por la caída de la primera pareja- una chispa de su inteligencia infinita, la atracción por lo bueno, un ansia de paz perdurable. Y nos lleva a comprender que la verdad, la felicidad y la libertad se consiguen cuando procuramos que germine en nosotros esa semilla de vida eterna».

¿Qué significa libertad, sino "sentirse en casa", no tener miedo de nada ni de nadie? «Veritas liberabit vos (Ioh VIII, 32); la verdad os hará libres. Qué verdad es ésta, que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad. Os la resumiré, con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas la cosas». Cornelio Fabro dedicó un largo artículo sobre el sentido profundo de las consecuencias de este espíritu: hacer las cosas "porque me da la gana", con ese gozo de no sentir la "obligación" en el sentido malo de la palabra, de pérdida de libertad. Sin duda somos falibles, y pecamos, pero el misterio de que Dios ha querido correr el riesgo de nuestra libertad indica también el que Él siempre nos abre su intimidad y su gracia misericordiosa, y nos anima a acogernos a esta justicia tan distinta de la humana. La vida es así una aventura de la libertad, que lleva a contemplar esa "impotencia" o vulnerabilidad en el proyecto de salvación divino, que corre el riesgo de nuestro amor, y de ahí nace una correspondencia en lo que llamamos virtudes cristianas, en una vida de libertad-esclavitud del amor cuyo modelo es María (cf. Lc I,38).

 

De nuevo Jesús quiere manifestar su idea de que la ley del sábado está al servicio del hombre y no al revés. Delante de sus enemigos que espían todas sus actuaciones, cura al hombre del brazo paralítico. Lo hace provocativamente en la sinagoga y en sábado. Pero antes pone a prueba a los presentes: ¿se puede curar a un hombre en sábado? Y ante el silencio de todos, dice Marcos que Jesús les dirigió «una mirada de ira», «dolido de su obstinación». Algunos, al encontrarse con frases de este tipo en el evangelio, tienden a hablar de la «santa ira» de Jesús. Pero aquí no aparece lo de «santa». Sencillamente, Jesús se enfada, se indigna y se pone triste. Porque estas personas, encerradas en su interpretación estricta y exagerada de una ley, son capaces de quedarse mano sobre mano y no ayudar al que lo necesita, con la excusa de que es sábado. ¿Cómo puede querer eso Dios? Al verse puestos en evidencia, los fariseos «se pusieran a planear el modo de acabar con él».

¿Es la ley el valor supremo?, ¿o lo es el bien del hombre y la gloria de Dios? En su lucha contra la mentalidad legalista de los fariseos, ayer nos decía Jesús que «el sábado es para el hombre» y no al revés. Hoy aplica el principio a un caso concreto, contra la interpretación que hacían algunos, más preocupados por una ley minuciosa que del bien de las personas, sobre todo de las que sufren. Cuando Marcos escribe este evangelio, tal vez está en plena discusión en la comunidad primitiva la cuestión de los judaizantes, con su empeño en conservar unas leyes meticulosas de la ley de Moisés.

La ley, sí El legalismo, no. La ley es un valor y una necesidad. Pero detrás de cada ley hay una intención que debe respirar amor y respeto al hombre concreto. Es interesante que el Código de Derecho Canónico, el libro que señala las normas para la vida de la comunidad cristiana, en su último número (1752), hablando del «procedimiento en los recursos administrativos y en la remoción o el traslado de los párrocos», que parece un tema árido, a resolver más bien con leyes canónicas exactas afirme que se haga todo «teniendo en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia». Estas son las últimas palabras de nuestro Código. Detrás de la letra está el espíritu, y el espíritu debe prevalecer sobre la letra. La ley suprema de la Iglesia de Cristo son las personas, la salvación de las personas (J. Aldazábal).

Otra vez, frente a los acuciosos judíos, vuelve Jesús a cuestionar lo que ellos consideraban como "centro" de su fe judía: la Ley. Un sábado hay en la sinagoga un hombre con la mano paralizada. Y aunque sabe que por esto lo acusarán, Jesús hace caso omiso y procede a curarlo.

Al anunciar el Reino Jesús se da cuenta de que el primer enemigo de este Reino es la ley, es tenida como valor supremo, incuestionable, absoluto, que como oprime tanto al hombre termina por destruirlo. Mientras que el Reino propone la reconstrucción del ser humano, desde dentro y desde fuera. En los evangelios se ve simbólicamente que esta reconstrucción va sucediendo gradualmente: una vez en la vista, otra en sus manos o en sus acciones, y del todo cuando resucita a alguien, etc. Para Jesús "dejar de hacer el bien" el sábado, negando una curación a un pobre que la necesita, es pecar. Así, la dinámica del Reino también es exigente: si no reconstruimos, estamos colaborando a la destrucción.

Los que seguimos la dinámica de este Reino que Jesús anuncia, no podemos entrar en la misma dinámica de la ley, la cual considera que con "no hacer el mal" y guardar determinadas normas es suficiente. El Reino exige que se trabaje por la reconstrucción del ser humano, individual y social. Y con su testimonio Jesús nos hace entender que la despreocupación por las personas, como ocurre siempre en todo legalismo, es pecado. Ese pecado, que es el egoísmo, que engendra todas las otras acciones pecaminosas, es lo que Jesús viene a destruir.

Hoy también hay en nuestra sociedad actual, en la que nosotros queremos ser seguidores de Jesús y constructores de su Reino, principios o "valores" que se constituyen en nueva Ley -como la Ley Judía que encontró Jesús-, y se los considera también como algo supremo, absoluto, aunque sacrifique el bien de las personas, tanto de individuos como de grandes mayorías. Son una nueva "Ley" que, como en el caso de la sociedad de Jesús, es presentada como el fundamento incuestionable de la sociedad, ocultando los intereses particulares y de grupo a los que sirve, en desfavor de la gran mayoría de los seres humanos de este final del siglo XX. Los problemas que descubrió Jesús en su sociedad no se acabaron, también hoy están entre nosotros...

Al final, con el anuncio del Reino Jesús pone al descubierto la maldad interior de las autoridades, que se preocupaban más por la ley que por los seres humanos. Esto les derrumba su aparente santidad, porque su pecado queda descubierto. A los dirigentes les quedan dos alternativas: eliminar a Jesús o convertirse. Terminan escogiendo el más fácil para el poder: el crimen.

El concepto de «pecado contra el Espíritu Santo», del que se dice que no se perdonará ni en esta vida ni en la otra, ha atormentado con frecuencia a muchos cristianos sencillos, especialmente a muchos cristianos protestantes. A veces lo confunden con lo que pudiera sugerir el sentido directo de su nombre: una especie de blasfemia o «mal pensamiento» contra el Espíritu Santo, lo cual es especialmente espinoso para los escrupulosos.

En el evangelio está claro el concepto. El «pecado contra el Espíritu Santo» consiste en atribuir al diablo lo que es precisamente acción del Espíritu. Jesús libera al ser humano del poder del demonio, y para él eso es el signo privilegiado de la acción de Dios, por el que Dios nos revela su presencia. Atribuir esta acción de Dios al diablo es convertir lo más sagrado en algo demoníaco: una auténtica blasfemia contra lo más sagrado, una calumnia contra el Espíritu de Dios.

Decir que «no se perdonará ni en esta vida ni en la otra» no es sino una forma hiperbólica de expresar su suprema gravedad, expresión que no puede entrar en contradicción con la misericordia infinita de Dios.

El enfrentamiento de Jesús con los fariseos llega a una especie de climax en el pasaje de Marcos que acabamos de leer: se trata de un hombre disminuido por la parálisis de un brazo, probablemente no puede trabajar, aunque tiene una familia que alimentar. En aquellos tiempos no había seguridad ni asistencia social, ni se adelantaban programas de rehabilitación para los discapacitados. Era un hombre religioso, pues acudía a la sinagoga, seguramente confiaba en Dios, en su Palabra que iba a escuchar con atención y esperanza. El encuentro con Jesús le va a cambiar la vida: recibe la orden de ponerse en medio y asiste al duro enfrentamiento que tiene lugar: por una parte los guardianes del sábado sagrado, que consideran que sanar a alguien ese día, así sea con una simple palabra de mandato, es practicar la medicina, prohibida en día santo. Por otra parte, Jesús, resuelto a romper ese círculo de legalismo ciego que hace que el sábado pese sobre los pobres y los humildes. Hemos escuchado que el hombre del brazo paralizado quedó sano, que Jesús juzgó severamente la dureza de sus contrincantes, incluso, dice el evangelista, que los miró con ira. Y que éstos resolvieron matarlo, y para ello hablaron con los herodianos, tal vez espías o partidarios de la dinastía fundada por el famoso Herodes. Y nosotros ¿qué? ¿Qué partido tomaremos? ¿El del servicio incondicional de los hermanos, o el de la salvaguardia de las leyes, por inútiles e inhumanas que sean? (servicio bíblico latinoamericano).

H. Küng en su libro sobre el judaísmo (Madrid, Trotta, 1993) ilustra bien la sensibilidad que tienen algunos judíos actuales: Eugene Borowitz cita un caso especialmente significativo, apasionadamente discutido en el Estado de Israel, y que, una vez más, tiene sobre todo que ver con el precepto sabático: a un judío que intentaba ayudar a un no judío gravemente herido en un accidente de tráfico, le fue negado el uso del teléfono en casa de un judío ortodoxo. ¿Por qué? ¡Porque era sábado! Ciertamente, puede quebrantarse el precepto del sábado cuando va en ello la vida o la muerte, pero con una condición: "que se trate de un judío, y no de un infiel" (p. 456). Esta historia conecta con la de Marcos. Parece que, en el caso referido por Borowitz, al menos se puede atender al compatriota judío en una situación que no cabe aplazar para el día siguiente. En el episodio de Marcos, claro que se podía diferir para otro día la curación, como tuvo la oportunidad de recordarlo, en otro relato, un jefe de sinagoga. Y tampoco postergaban para el primer día de la semana la labor de sacar una bestia de carga que hubiera caído en un pozo. En cambio, una especie de entumecimiento mental y, según Marcos, una verdadera dureza de corazón, incapacitaba a aquellos hombres para ver el sentido del sábado. ¿En qué consiste la santidad del sábado? ¿No es el día que Dios bendijo y llenó con su presencia? Ante la disyuntiva que Jesús propone, sus adversarios pueden responder: "no hay que hacer el mal, no hay que destruir la vida: eso es pecar contra la santidad de Dios. En cuanto a hacer el bien, ¿a qué tantas prisas? En cierto modo, podemos decir que el sábado es el día de la interrupción del obrar". Pero cabe alegar: "Entonces, ¿en qué consiste la santidad del sábado? ¿No acabamos convirtiéndolo en un día moralmente neutro, salvíficamente vacío, teologalmente desustanciado?" (Pablo Largo).

Todos los seres humanos, en una mayor o menor medida estamos enfermos. Tenemos heridas, carencias, situaciones pasadas, presentes, que marcan nuestras vidas de una forma o de otra. De cada una de ellas Jesús quiere sanarnos, quiere liberarnos. En el Evangelio de Hoy Jesús nos dice que hará, hasta lo que no está bien visto a los ojos del mundo para salvarnos.

El vino a este mundo por cada uno de nosotros y no quiere que ninguno perezcamos y quedemos fuera de la dicha que disfrutaremos en la vida eterna. Él sana a esta persona en sábado, día prohibido según la Ley para realizar cualquier acción, fuera buena o mala. Jesús pone de manifiesto que él tiene poder para salvar vidas en cualquier circunstancia. En muchas ocasiones vemos que alguien está pasando por algo, pasó por algo o que tiene una situación de vida que a nuestros ojos resulta escandalosa e igual que los fariseos andamos al acecho para juzgar y condenar. No comprendemos que es parte de la travesía espiritual que cada persona tiene que pasar. Sin embargo, hoy Jesús me dice que él tiene poder para hacer cualquier cosa, por muy absurda que parezca para salvarnos.

Señor te pido que me llenes de tu misericordia para ver tu mano sanadora y liberadora en tantas situaciones que desde mi pequeño mundo no apruebo. Toma mi limitación humana para así acoger a mis hermanas y hermanos que pasan por diferentes situaciones en los que tu simplemente le estás purificando, sanando, liberando (Miosotis).

Hoy, Jesús nos enseña que hay que obrar el bien en todo tiempo: no hay un tiempo para hacer el bien y otro para descuidar el amor a los demás. El amor que nos viene de Dios nos conduce a la Ley suprema, que nos dejó Jesús en el mandamiento nuevo: «Amaos unos a otros como yo mismo os he amado» (Jn 13,34). Jesús no deroga ni critica la Ley de Moisés, ya que Él mismo cumple sus preceptos y acude a la sinagoga el sábado; lo que Jesús critica es la interpretación estrecha de la Ley que han hecho los maestros y los fariseos, una interpretación que deja poco lugar a la misericordia.

Jesucristo ha venido a proclamar el Evangelio de la salvación, pero sus adversarios, lejos de dejarse convencer, buscan pretextos contra Él: «Había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle» (Mc 3,1-2). Al mismo tiempo que podemos ver la acción de la gracia, constatamos la dureza del corazón de unos hombres orgullosos que creen tener la verdad de su parte. ¿Experimentaron alegría los fariseos al ver aquel pobre hombre con la salud restablecida? No, todo lo contrario, se obcecaron todavía más, hasta el punto de ir a hacer tratos con los herodianos —sus enemigos naturales— para mirar de perder a Jesús, ¡curiosa alianza!

Con su acción, Jesús libera también el sábado de las cadenas con las cuales lo habían atado los maestros de la Ley y los fariseos, y le restituye su sentido verdadero: día de comunión entre Dios y el hombre, día de liberación de la esclavitud, día de la salvación de las fuerzas del mal. Nos dice san Agustín: «Quien tiene la conciencia en paz, está tranquilo, y esta misma tranquilidad es el sábado del corazón». En Jesucristo, el sábado se abre ya al don del domingo (Joaquim Meseguer García).