domingo, 10 de enero de 2010

Navidad: 9 de Enero: Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y Jesús viene a nuestra vida, como luz en la oscuridad




Navidad: 9 de Enero: Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y Jesús viene a nuestra vida, como luz en la oscuridad



Primera carta del apóstol san Juan 4,11-18. Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amarnos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor.



Salmo 71, 1-2. 10-11. 12-13. R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.


Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.


Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan.


Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres.



Texto del Evangelio (Mc 6,45-52): Después que se saciaron los cinco mil hombres, Jesús enseguida dio prisa a sus discípulos para subir a la barca e ir por delante hacia Betsaida, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar. Al atardecer, estaba la barca en medio del mar y Él, solo, en tierra.


Viendo que ellos se fatigaban remando, pues el viento les era contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche viene hacia ellos caminando sobre el mar y quería pasarles de largo. Pero ellos viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos le habían visto y estaban turbados. Pero Él, al instante, les habló, diciéndoles: «¡Ánimo!, que soy yo, no temáis!». Subió entonces donde ellos a la barca, y amainó el viento, y quedaron en su interior completamente estupefactos, pues no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada.



Comentario: 1.- 1 Jn 4,11-18. Juan, en su carta, no se cansa de repetirnos las mismas ideas. Por tanto, nosotros no deberíamos cansarnos de escucharlas y tratar de que impregnen nuestra vida. Ante todo, en relación con Dios. Conocemos su amor, creemos en Jesús y así llegamos a la comunión de vida con él, que es la meta de toda la carta: «hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él», «quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios». El amor de Dios lo hemos conocido en que «nos envió a su Hijo como Salvador del mundo» y además en que «nos ha dado de su Espíritu».


El amor hace que en nuestra vida ya no exista el temor o la desconfianza. Si vivimos en el amor que nos comunica Dios, ya no tendremos miedo al día del juicio, ya que es nuestro Padre y hemos nacido de él, y actuaremos en nuestra vida como hijos, que no se mueven por miedo sino por amor. Pero del amor de Dios sacamos una vez más la conclusión de nuestro amor fraterno: «si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud». «Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él». Realmente, cada frase de la página tiene una densidad y un mensaje que puede cuestionar nuestras seguridades y llenar de sentido nuestra visión de la vida.


Después de haber precisado cómo Dios es la fuente del amor (1 Jn 4,7-10), Juan vuelve a sus ideas predilectas. Insiste de manera especial en el pasaje de este día sobre los signos de la comunión que podemos tener con Dios y que son la caridad (v 12) y la confesión de la fe (v 15). El dogma sostiene la moral. Eso es lo que sabemos del amor redentor de Dios respecto a nosotros (la fe), que nos impulsa también a nosotros a amar (la moral)… fe y amor son los criterios de nuestra comunión con Dios (tema de la morada: vv 12 y 15). Para Juan las dos virtudes se compenetran y se apoderan juntas de la persona del cristiano. Toda decisión de fe implica el amor, puesto que obliga a una conversión que no puede ser más que don de sí.


La vida cristiana posee una doble dimensión, vertical y horizontal. La primera nos hace tomar conciencia de que Dios es amor (v 16), de que efectivamente nos ha amado hasta el punto de enviarnos a su Hijo (v 14) y de que quiere establecer su morada en nosotros (vv 15-16). Esto forma parte de nuestra profesión esencial de fe (v 15). Esta fe nos fuerza a amar a nuestros hermanos como nosotros somos amados por Dios (v 12).


Si este pasaje enfoca, por una parte, el temor y la seguridad en función del juicio último, sostiene, sin embargo, por otra, que el amor puede ser ofrecido en plenitud al cristiano ya desde esta vida. Y precisamente porque este puede vivir por él en la comunión con el Padre y con el Hijo, por lo que no vive ya bajo el temor del castigo, sino que puede acercarse a Dios con audacia y confianza. Una seguridad así no descansa sobre la impecabilidad del cristiano -sería una seguridad ilusoria (1 Jn 1,8)- , sino sobre el mismo Dios, que lo sabe todo (1 Jn 3,20) y conoce especialmente nuestra debilidad.


La caridad destierra el temor no sólo en los perfectos y los santos; incluso los débiles pueden llegar hasta esa caridad, puesto que ella misma extrae de Dios su poder de eliminar el temor y no de lo que una conciencia puede reprocharse a sí misma.


Debido a estos temas de temor y de amor, este pasaje evoca las actitudes más fundamentales de nuestra psicología. El hombre es radicalmente temeroso; le falta casi ontológicamente seguridad en un mundo que se levanta contra él y sobre todo frente al mundo de las divinidades y de lo misterioso sacral. El hombre pagano trata de liberarse de ese temor inventando ritos que presume le inician en lo sagrado; el hombre ateo se asegura a base de sus propios medios, transformando su yo y su técnica en medios de autodivinización; el hombre judío se lanza por otro camino muy distinto eliminando el temor a las fuerzas superiores anónimas para descubrir en cada acontecimiento, bueno o malo, la presencia del amor y de la misericordia de Yahvé. A partir de ese momento, el temor a lo sagrado deja de ser un temor ciego; aparece más bien como una exigencia de conocimiento de Dios y de correspondencia a su amor.


Ahora bien, Jesucristo lleva más lejos aún el descubrimiento de los judíos: descubre que el hombre que es El mismo es copartícipe activo de Dios en la realización de su designio salvífico: la trascendencia de Dios está a salvo y eso no obstante, el hombre es en adelante, con todos los medios que le son propios, copartícipe de la realización del designio de Dios.


En consecuencia, el cristiano se asemeja al ateo en la confianza que pone en los medios humanos para responder a los desafíos del hambre, de la guerra, de la injusticia social e internacional; pero al hacerlo así, da testimonio de la verdad del hombre realizado en Jesucristo.


La Eucaristía es el lugar de encuentro del hombre temeroso y de Dios trascendente, pero ese encuentro se realiza en Jesucristo, en quien ha triunfado el amor sobre el temor en nombre de la colaboración que Dios ofrece al hombre (Maertens-Frisque).


-Si Dios nos amó de tal manera... El don de su Hijo. La muerte voluntaria de su Hijo, por amor. No hay que pasar rápidamente sobre esas palabras. «Si Dios os amó de tal manera que nos entregó a su Hijo...» «Ni la muerte, ni el pecado no sabrían arrancarnos». «Al amor que nos viene de El...» Permanezco unos momentos en contemplación...


-Debemos amamos también unos a otros. El amor que profesamos a nuestros hermanos no es tan solo un sentimiento natural, que brota espontáneamente de una necesidad afectiva muy humana... ni tampoco un reflejo que bastaría con dejar que se manifestase... Ese amor es un "deber": debemos amarnos unos a otros. Y esto viene de Dios: «Si Dios nos ha amado tanto, debemos también nosotros...» No podemos por menos de hacer como Dios. Se trata de un amor absoluto, infinito, universal... como el de Dios.


-A Dios, nadie le ha visto. Pero, si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros. La significación es clara: el verdadero amor hace visible al Dios invisible. Cada vez que amo de veras, "hago visible" a Dios. Dios está allí. Si en casa, en mi ambiente de trabajo, pongo amor, Dios se habrá hecho visible allí. Pienso a veces en cambiar de ocupación, de estilo de vida, de empleo del tiempo. Pero es mi «corazón» lo que tendría que cambiar: haz, Señor, que sepa amar la situación en que me encuentro, a las personas que me rodean... "Dios está allí, Si nos amamos unos a otros".


-Y nosotros, en la fe, hemos conocido el amor que Dios nos tiene. Así es, efectivamente. Reconocer, identificar. Frecuentemente no sabemos reconocer el amor de Dios. Está ahí y lo ignoramos.


-Dios es amor. Y yo, a menudo, soy lo contrario. Soy egoísmo. Cada uno de mis pecados es una falta de amor. Señor, Tú que eres Amor, ven a mí. Libera toda mi potencia de amar.


-Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. «Permanecer en Dios.» «Permanecer en el amor.» Saborear esa vivencia sería una fuente de gozo indestructible.


-Nuestra vida en este mundo imita lo que es Jesús. No hay temor en el amor... quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Jesús no tenía «miedo» de Dios, y El es nuestro modelo. San Juan nos invita a abandonar todo temor delante de Dios. El amor sólo es el que debe impulsar nuestro obrar. Danos, Señor, esa seguridad. No quiero tener miedo de Ti ni de tu Juicio... quiero amarte y nada más (Noel Quesson).



2. Sal. 71. Es el Señor quien tiene misericordia de los pobres y desvalidos. Ante Dios no hay acepción de personas, pues Él es el Creador de todos. Si aquí en la tierra muchos se han aprovechado de sus hermanos y los han precipitado a la ruina, o se han aprovechado de ellos para sus propios intereses, o los han explotado como si fueran animales, Dios se ha puesto de parte de los pobres y de los humildes para librarlos de la mano de los poderosos y salvarles la vida. Finalmente el Espíritu del Señor está sobre su Mesías; y lo ha ungido para evangelizar a los pobres y para liberar a los cautivos de su prisión. La Iglesia de Cristo continúa esa obra de salvación siguiendo las huellas de su Señor.



3. Mc 6, 45-52. A. Comentario mío de 2008. * Hoy vemos a Jesús en tensión, entre dos necesidades: la de estar rezando, a solas con su Padre en el Espíritu Santo, y la de atender las necesidades de los demás. La fe necesita de Dios, pero está vacía sin lo segundo. El equilibrio es difícil, pues una armonía perfecta sólo se encuentra en Cristo y la Virgen, los demás nos debatimos entre estos dos polos: la línea horizontal de este mundo y la vertical que nos une al cielo. Después de despedir a los Apóstoles y a la gente, Jesús se retira solo a rezar. Melcior Querol comenta: "Toda su vida es un diálogo constante con el Padre, y, con todo, se va a la montaña a rezar. ¿Y nosotros? ¿Cómo rezamos? Frecuentemente llevamos un ritmo de vida atareado, que acaba siendo un obstáculo para el cultivo de la vida espiritual y no nos damos cuenta de que tan necesario es "alimentar" el alma como alimentar el cuerpo. El problema es que, con frecuencia, Dios ocupa un lugar poco relevante en nuestro orden de prioridades. En este caso es muy difícil rezar de verdad. Tampoco se puede decir que se tenga un espíritu de oración cuando solamente imploramos ayuda en los momentos difíciles.


Encontrar tiempo y espacio para la oración pide un requisito previo: el deseo de encuentro con Dios con la conciencia clara de que nada ni nadie lo puede suplantar. Si no hay sed de comunicación con Dios, fácilmente convertimos la oración en un monólogo, porque la utilizamos para intentar solucionar los problemas que nos incomodan. También es fácil que, en los ratos de oración, nos distraigamos porque nuestro corazón y nuestra mente están invadidos constantemente por pensamientos y sentimientos de todo tipo. La oración no es charlatanería, sino una sencilla y sublime cita con el Amor; es relación con Dios: comunicación silenciosa del "yo necesitado" con el "Tú rico y trascendente". El gusto de la oración es saberse criatura amada ante el Creador.


Oración y vida cristiana van unidas, son inseparables. En este sentido, Orígenes nos dice que «reza sin parar aquel que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos considerar realizable el principio de rezar sin parar». Sí, es necesario rezar sin parar porque las obras que realizamos son fruto de la contemplación; y hechas para su gloria. Hay que actuar siempre desde el diálogo continuo que Jesús nos ofrece, en el sosiego del espíritu. Desde esta cierta pasividad contemplativa veremos que la oración es el respirar del amor. Si no respiramos morimos, si no rezamos expiramos espiritualmente".


** También nosotros podemos encontrarnos en medio de las tempestades y la oscuridad que señala hoy el Evangelio, con el viento en contra y el miedo en los corazones de los seguidores de Jesús. Estos días de la Epifanía, recordamos la estrella de los Magos como imagen de nuestra vocación, que abarca la existencia con la luz de la fe con la que el Señor ha dado un sentido divino a nuestra vida. Hemos de corresponder fielmente al amor de Dios, viviendo una entrega sin condiciones y haciendo mucho apostolado.


Queremos recordar a aquellos Magos que acuden de tierras lejanas de Oriente, para postrarse ante el Mesías y ofrecerle sus dones de oro, incienso y mirra, reconociendo al recién nacido como el Rey de reyes, que es perfecto Dios y perfecto Hombre. También en nosotros se ha encendido en nuestra alma una gran luz: la gracia soberana de la vocación cristiana. La realidad de aquellos personajes que sienten la llamada y emplean todas sus fuerzas para recorrer el camino que se les indica, que ante la oscuridad cuando desaparece la estrella no se hunden ni se vuelven, tienen paciencia y preguntan a los entendidos... todo ello nos indica que no hay obstáculos capaz de detenerles, saben superar el cansancio, frío, oscuridad... no se desaniman y ponen los medios a su alcance para perseverar, para alcanzar la meta, para estar con Dios. Como nosotros... la vocación es una llamada divina que nos transforma, nos da una nueva manera de ver las cosas, de vivir, de tratar a los demás... Jesús aparece en medio de la oscuridad. Cuando más negra es la noche, amanece Dios...


Hemos de quedar sellados para siempre por la gracia del Nacimiento de Jesús, de su presencia entre nosotros en la Iglesia y los Sacramentos, que confiere un sentido nuevo, divino, a nuestra existencia, nos sabemos enrolados por Cristo en la primera línea de su ejército de apóstoles, para llevar sal y luz del Evangelio a las gentes.


Todos, cada uno, hemos de responder a esta exigencia divina con plenitud de entrega, sin rebajar sus requerimientos, al modo como los apóstoles responden y los seguidores de Jesús de hoy de siempre están respondiendo a su vocación, porque en todos es idéntico el fenómeno vocacional, e igualmente diverso según los carismas que Dios da a cada uno, poderosa la gracia que nos sustenta, y que se adapta a las circunstancias propias del estado de cada uno. El Señor al mostrar la estrella a los Magos e invitarles a conocer al Mesías, les pedía a la vez la entrega total de su vida: para alcanzar ese fin debían ponerse en camino, debían dejar tantas cosas, debían secundar con plenitud la Voluntad de Dios. Igualmente nosotros como cristianos.


*** Jesús que aparece en la oscuridad. Epifanía. Gracia para la fidelidad. Correspondencia a la gracia. Vocación. Son las grandes palabras que vienen estos días a nuestro corazón. La luz de Belén brilla para todos los hombres y su fulgor se divisa en toda la tierra. Jesús apenas nació "comenzó a comunicar su luz y sus riquezas al mundo, trayendo tras si con su estrella a hombres de tan lejanas tierras" (Fray Luis de Granada). La Iglesia celebra estos días la alegría de la Epifanía, manifestación del Señor al mundo entero, la afirmación de la voluntad salvífica universal de Dios. Jesús es el nuevo Adán que, apareciendo en la condición de nuestra mortalidad, nos ha regenerado con la nueva luz de su inmortalidad (Pref. I. Navidad). Eran hombres dedicados al estudio del cielo, en medio de sus circunstancias, curiosamente de un trabajo poco "ortodoxo" pues iba unido a la magia en la interpretación de los signos celestiales, ahí les busca Dios, y mirando al cielo, acostumbrados a buscar en el, el cielo se les revela, con estos signos: "hemos visto su estrella y venimos a buscar al rey de los judíos". Iluminados por una gracia interior se pusieron en camino. La gracia se escapa a las normas, aparece "por donde Dios quiere", nunca mejor dicho, a veces de modo sorprendente... Dios nos acompaña siempre, en el camino de la vida. San Bernardo nos dice "Él que los guió, también los ha instruido y el mismo que les advirtió externamente mediante una estréllala los ilumino en lo interior de su corazón". De los Magos debemos de aprender, el modo como correspondieron a las gracias que el Señor les otorgo, es una buena manera de considerar si realmente la vida es para nosotros un camino que se dirige derechamente hacia Jesús y para que examinemos si correspondemos a las gracias que en cada situación, recibimos del Espíritu Santo.



B. Textos tomados de mercaba.org en 2010. Después del milagro de los panes, Jesús ofrece otra manifestación de su misión calmando la tempestad. Los discípulos van de sorpresa en sorpresa. No acaban de entender lo que pasó con los panes, y en seguida son testigos de cómo Jesús camina sobre las aguas, sube a su barca y domina las fuerzas cósmicas haciendo amainar el recio viento del lago. La carta de Juan nos anima una vez más a vivir en el amor. Tanto en dirección a Dios como en dirección a nuestros hermanos. Nadie creerá que es excesiva la insistencia del apóstol, porque somos conscientes de que necesitamos que nos lo digan muchas veces: es lo que más nos cuesta en la vida. Si asimiláramos ese amor, nuestra relación con Dios no estaría basada en el miedo o en el interés, sino en nuestra condición de hijos y en nuestra confianza en el Padre, en el Hijo que se ha entregado por nosotros, y en el Espíritu que nos ha sido derramado en nuestro corazón y que nos hace decir: Abbá, Padre. Si asimiláramos un poco más ese amor, nuestra relación con el prójimo estaría impregnada de una actitud de comprensión, de entrega. No sólo cuando las personas son amables y simpáticas, sino también cuando lo son un poco menos. Porque el motivo de nuestro amor no son las ventajas o el gusto que encontramos al amar (eso sería amarnos a nosotros mismos en los demás), sino como respuesta al amor que a todos nos ha regalado gratuitamente Dios, y que se ha manifestado de modo entrañable en estas fiestas de Navidad.


En nuestra vida también pasamos a veces por el miedo que experimentaron aquella noche los discípulos, a pesar de ser pescadores avezados. A nuestra barca particular, y también a la barca de la Iglesia, le vienen a veces vientos fuertes en contra, y tenemos miedo de zozobrar. Como para aquellos apóstoles, la paz y la serenidad nos vendrán de que admitamos a Jesús junto a nosotros, en la barca. Y podremos oír que nos dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». La expresión «no tengáis miedo», que tantas veces aparece dirigida por Yahvé en el A.T. y por Jesús en el N.T. a los llamados a realizar alguna misión, se nos dirige hoy a todos. Es también una de las consignas que el papa Juan Pablo II ha ido repitiendo en las diversas partes del mundo a unas comunidades cristianas que están a veces asustadas por las dificultades del momento presente. La invitación a permanecer en el amor, y la seguridad de que Cristo Jesús es el que vence a los vientos más contrarios, nos deben dar las claves para que nuestra vida a lo largo de todo el año esté más impregnada de confianza y alegría (J. Aldazábal).


El relato de Marcos nos cuenta lo siguiente: Es de noche en el mar de Galilea. Los discípulos de Jesús se encuentran en el lago con su barca, remando con grande esfuerzo porque el viento les es contrario. Jesús, desde tierra, contempla sus trabajosos esfuerzos, y hacia la cuarta vigilia de la noche se dirige a ellos andando sobre el agua. Para poner a prueba su fe, pasó muy visiblemente por donde ellos se encontraban. Mas los discípulos, temiendo que fuera un fantasma, se pusieron a gritar, "porque, como dice el evangelio, su corazón estaba ofuscado". Pero Jesús les dijo: "Soy yo, ¡Confiad y no temáis!". Y al subirse con ellos al bote se apaciguó el viento y la barca corrió hacia la orilla.


Tal nos acontece a diario a nosotros mismos en el mundo del espíritu. Nos esforzamos, en la noche de esta vida, con la práctica de ayunos y otros ejercicios, no paramos de trabajar en nuestra conversión moral. A base de enormes trabajos probamos de hacer arribar nuestra barquichuela a la playa, es decir, a la paz de la unión con Cristo. Pero el viento nos es contrario; tropezamos con la tempestad de la agitación del mundo exterior, de nuestro propio destino y sobre todo, con el viento de nuestras pasiones que nos impulsan, muy a pesar nuestro, y nos llevan mar adentro de los apetitos desordenados. Ponemos en práctica todo cuanto la escuela de la ascética y de la moral cristiana nos pueden enseñar; aplicamos el timón de la voluntad, ora probando con maña, ora con ímpetu; usamos los remos de un trabajo lleno de celo; desplegamos las velas del anhelo y de la añoranza de Dios... ¡Pero no conseguimos avanzar y Jesús parece estar muy lejos de nosotros! Sin embargo, a la cuarta vigilia de la noche, hacia la madrugada, a la hora de celebrar la santa liturgia, Cristo se nos aparece. Y nosotros, enfrascados en las cosas exteriores incluso ahora cuando lo tenemos presente a El, que puede infinitamente más que nosotros y que todos nuestros esfuerzos, seguimos ciegos y sin darnos cuenta de su dulce presencia. No osamos arriesgarnos a dejar los remos y a lanzarnos al agua al encuentro de Jesús, dejando el estrecho bote de nuestro propio ser. No osamos arriesgarnos en esta hora -que es la hora de Cristo-, en esta hora de la presencia de Dios en el sacrificio y de su obrar en nosotros, a entregarnos a El por completo, a darnos a su presencia divina, que nos trae la paz y la salud eternas, según se nos enseña al final del evangelio. Y, en cambio, dejamos que la multitud sencilla y crédula del pueblo nos pase delante y nos lleve ventaja, movida solamente por su fe viva y su activo amor: "Cuantos le tocaban, quedaban sanos" (Mc 6, 56). Mientras que nosotros, a despecho de la presencia del Señor, permanecemos en un desconcertante alejamiento de la salud. (...)


La liturgia es el sabbat, el "día santo del Señor", y puede muy bien aplicársele lo que dice el profeta: "Si haces que tus pies respeten el sabbat -el reposo sagrado- y miras de no hacer tu propia voluntad en mi santo día, si llamas al sabbat día lleno de delicias y día santo del Señor, si lo respetas sin seguir tus caminos, sin hacer tu querer y sin decir palabras vanas, entonces te vas a gozar en el Señor y Yo te voy a levantar más alto que toda la tierra y te voy a dar pasto en la heredad de tu padre Jacob. La boca del Señor ha hablado" (Is 58,13-14).


Esto es lo que nos falta. Y si no sabemos apreciar en la santa liturgia el sabbat de la divina presencia, ¿cómo podemos entonces hablar de que celebramos la liturgia? Aquel que está de fiesta, reposa. Sin duda que la liturgia es un obrar, pero es un obrar de Dios; y allí donde es Dios quien obra, al hombre no le queda más que la alabanza, la admiración, el hacer fiesta. Dios es el que obra y nosotros celebramos la obra del Señor: Quam magnificata sunt opera tua, Domine! "¡Cuán magníficas son tus obras, Señor!" (Sal 91,6). "Me has llenado de gozo, Señor, con tus obras. ¡Estallo de entusiasmo ante la obra de tus manos!" (Sal 91,5).


Precisamente lo que nos hace falta es este "gozarnos en el Señor", el sentirnos en paz en su presencia y el saber contemplar con tranquilidad sus obras. Tenemos delante al Señor de la casa, pero nosotros seguimos obrando como si no hubiese aún llegado y continuamos preparando afanosos la casa para su venida. ¡Como si el resplandor de su presencia no fuese mucho más potente que todo nuestro afán de purificación! Luego ¿se va a seguir de aquí que tenemos que renunciar a lo moral y a lo ascético? ¡Ni mucho menos! Lo que pasa es que olvidamos con demasiada frecuencia el hecho de que el ejercicio no es más que cosa subordinada y preparatoria, a la vez que descuidamos también el más importante de todos los ejercicios, que es la mortificación de la propia voluntad. "Haz que tus pies respeten el sabbat y mira de no hacer tu propia voluntad en mi santo día; no digas palabras vanas". A veces, el renunciar al ejercicio resulta ser la más costosa de las mortificaciones.


Si nos empeñamos en seguir obrando y el viento nos es contrario, ¿qué puede el hombre entonces? Cuando el Señor está presente se hace por sí sola la calma y en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos en la orilla. Pero, ¿cómo va a reinar en mí la paz si no quiero calmarme al punto que el Señor lo ordena? Si no quiero renunciar a mis trabajos en el mar, ¿cómo va a poder el Señor hacerme arribar a la orilla? El ayuno de la propia voluntad, por más que sea ésta una voluntad recta y que nos incite a la piedad y a la mortificación, es el más imprescindible ejercicio de penitencia. Ello adereza el sitio para el Señor que se va a hacer presente, y entonces el "gozo en el Señor" colma todas las humanas aspiraciones. Como dice la Escritura, "sapientia complevit labores illius", pues cuando interrumpimos una obra por obedecer a la voluntad de Dios, su sabiduría la lleva a cabo (Sb 10,10). Y si para honrar su presencia en el sabbat hemos dejado incluso de pronunciar una palabra, ésta es la primera que Dios escucha: Delectare in Domino, et ipse dabit tibi petitiones cordis tui. "Pon en el Señor tu gozo y El te dará lo que pide tu corazón" (Sb 36,4) (Emiliana Löhr).


La marcha sobre las aguas: un nuevo signo. ¿Qué significa? ¿Qué es lo que Dios quiere decirnos a través de este signo? -Enseguida, después de la multiplicación de los panes, Jesús mandó a sus discípulos subir a la barca y precederle al otro lado, frente a Betsaida, mientras él despedía a la muchedumbre. Hay aquí una intención. ¿Cómo explicar este comportamiento algo especial? Si bien los apóstoles estaban dispuestos a participar en la organización de las comidas, como "ministros", -la palabra significa "servidores", en griego-... no lo estaban todavía para canalizar los entusiasmos demasiado triunfantes ni las ambigüedades que surgen en esta muchedumbre sobreexcitada por el milagro: quieren hacer de Jesús su rey (Jn 6,15). Es un riesgo siempre actual: el riesgo de la confusión entre lo temporal y lo eterno, entre lo político y lo religioso. Encerrarse en lo temporal, es, para los ministros de la Iglesia una terrible tentación y un temible subterfugio; es arriesgarse a abandonar la tarea esencial de la Iglesia... es el riesgo de invadir "la autonomía necesaria" de las tareas temporales (Concilio Vaticano II).


Viendo que sus apóstoles no están maduros para esta distinción necesaria, viendo que se dejarían arrastrar por la pendiente natural de la muchedumbre, Jesús les obliga a partir -estaban prestos a dejarse llevar por la multitud- y El mismo se encarga de poner las cosas en su sitio.


-Después de haberlos despedido se fue a un monte a orar. Ya tenemos un segundo signo. Aquí está lo esencial para El. Aquí está el hambre esencial del hombre, como dirá mañana (Jn 6,27). Aquí está el único alimento imperecedero. Aquí está la tarea irreemplazable de la Iglesia. Cuando la Iglesia se compromete, como tal, en lo temporal, no olvidemos que se trata, normalmente, de una suplencia pasajera que no ha de ser nunca un subterfugio que la dispense de la tarea que sólo ella está encargada de realizar.


-Llegado el anochecer, se hallaba la barca en medio del mar y él solo en tierra. Viéndolos fatigados de remar porque el viento les era contrario, hacia el fin de la noche vino a ellos andando sobre el mar... Una noche de esfuerzos agotadores. Una tentativa para remar contra el viento. Así parece ser a menudo la barca de la Iglesia Los discípulos hacen humanamente lo que pueden, hasta la venida de Jesús.


-Hizo ademán de pasar de largo. Cuán curioso es volver a encontrar aquí este símbolo. La tarde del día de Pascua, también, Jesús "hará como quien va más lejos" dejando estupefactos a los discípulos de Emaús (Lc 24,8). Dios es sorprendente. No corresponde siempre a lo que se esperaba. Siempre va más allá que nosotros. Señor, acepto dejarme sorprender por ti.


-Comenzaron a dar gritos. Pero Jesús les habló en seguida y les dijo: "¡Animo! Soy Yo. No temáis". Subió con ellos a la barca y el viento se calmó. Presencia.


-Se quedaron en extremo estupefactos, pues no se habían dado cuenta de lo de los panes; su corazón estaba endurecido. Abre nuestros corazones a los signos (Noel Quesson).


El mes pasado hablamos sobre el miedo. Volvemos sobre el asunto, que tiene muchas ramificaciones. Hoy se nos narra que los discípulos, en medio de la noche y a punto de zozobrar, se espantan de Jesús al confundirlo con un fantasma. Una de las jugadas maestras que gana y una de las bromas pesadas que gasta el miedo es ésta: deforma nuestra percepción de la realidad, incluso de la mejor realidad. Proyectamos sobre el "objeto intencional" (perdonad la expresión) nuestros peores sueños. ¿Cómo vencer esta emoción negativa? Contraria contrariis curantur: aprender o reaprender a ver las cosas en su objetividad. Así es como actúa Jesús con su "Ánimo. Soy yo". Sólo con voluntad de objetividad nos zafamos de ese poder negativo que tiene aherrojadas nuestras posibilidades vitales y merma nuestro servicio a la vida. Se dice que el miedo es libre. No estoy seguro de adivinar qué significado verdadero se puede esconder bajo tales palabras. Quizá se quiera insinuar que nadie tiene derecho a decir a otro: "¡le prohíbo sentir miedo!". Bastante problemas tiene uno con el miedo para que le vengan encima con órdenes impertinentes que evocan su mal y lo exacerban. La salvación es un proceso de liberación, tanto de malos poderes interiores como de fuerzas negativas exteriores. Dios nos concede que "libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad". Y los mártires no tenían ese particular apego a la vida que cursa indefectiblemente con el miedo a la muerte. Habían aprendido la rara sabiduría de amar la vida y a la vez renunciar a ella por un amor más grande. Descartes, el filósofo que promovió una ciencia más empírica y eficaz, pensaba que con el tiempo se llegaría a superar la vejez e incluso la muerte. Sin embargo, creía haber aprendido algo mejor: a no temer a la muerte. No es él nuestro gran maestro, sino los mártires, y más aún Jesús, que conoció el pavor mortal, pero también "soportó la cruz sin miedo a la ignominia" (Heb 12,2) (Pablo Largo).


Tres veces aparece Jesús orando en el evangelio de Marcos. La primera, después del primer día de actividad en Cafarnaún, cuando expulsó un demonio de la sinagoga, curó a la suegra de Simón y sanó a muchos; la segunda, después de dar de comer a la multitud; la tercera será en el huerto de Getsemaní. En las tres está en juego la verdadera imagen de un Mesías que no se queda en el triunfo fácil, ni en el éxito logrado, sino que considera que el verdadero triunfo se consigue cuando se entrega la vida para dar vida. Por eso, cuando en Cafarnaún los discípulos le dicen «todo el mundo te busca», Jesús les dice: «vámonos a otra parte a predicar también allí, pues para eso he salido». No hay tiempo para recoger éxitos y aplausos, pues hay mucha misión por delante. Cuando da de comer a la multitud en territorio judío, Jesús despide a la gente e invita a los discípulos a hacer la travesía del mar hasta llegar a las paganos, que están a la otra orilla, a quienes hay que anunciar también el Evangelio. En el huerto, la tercera vez, Jesús pide a Dios aceptar el duro camino de la cruz para abrir un sendero de vida para todos. Esta es la decisión que Jesús toma en oración con el Padre. Tal vez en aquella ocasión pediría a Dios que sus discípulos aceptasen seguir el mis mo camino. Los veía tan poco identificados con este proyecto, que, mientras Él oraba, se durmieron (J. Mateos-F. Camacho).


Cuando las olas de la vida se levantan con ímpetu sobre nuestra pobre vida, incluso nos puede parecer que el mismo Jesús pasará de largo dejándonos a merced del viento. El evangelio de hoy nos muestra que Dios siempre está con nosotros, que "viendo nuestros esfuerzos" por alcanzar la orilla, se pone en camino para rescatarnos y llevarnos a puerto seguro. Es importante darnos cuenta del esfuerzo que estaban haciendo los discípulos. Lo mismo Dios nos pide simplemente cooperar a su gracias, que no es otra cosa que hacer lo que está en nuestras manos, con la confianza puesta en que él mismo completará la obra y nos sacará de la crisis. Por ello, nunca te sientas ni solo ni defraudado, las crisis nos sirven para crecer y para aprender a confiar totalmente en Dios (Ernesto María Caro).


"Cánticos de Salomón" (texto cristiano de principio del siglo II): "Ánimo, soy yo, no tengáis miedo": "Mi gozo es el Señor, y mi alma tiende a él. / Hermosa es la ruta hacia el Señor, pues él me sostiene. / Se da a conocer él mismo en su simplicidad; / su benevolencia es más grande que su majestad. Se hizo semejante a mí para que le acoja; se hizo semejante a mí para que me revista de él. / Su vista no me espanta, pues él es la misericordia. / El tomó mi naturaleza para que yo le conozca, y asumió mi rostro para que no me aparte de él. / El Padre de la sabiduría es el Hijo de la sabiduría. / El que creó la sabiduría es más sabio que las criaturas. / El que me creó sabía antes que yo existiese lo que haría yo una vez llamado a la existencia. / Por esto tuvo misericordia de mí y me dio la posibilidad de dirigirme a él en la oración y participar de su sacrificio.


Sí, Dios es incorruptible, es la plenitud de los mundos y es su Padre. El se manifestó a los suyos para que conocieran a su hacedor, y no pensasen que tienen en ellos mismos las raíces de su origen.


El ha abierto un camino hacia el conocimiento, ha ensanchado el conocimiento, lo ha prolongado y conducido a su perfección.


El ha marcado el conocimiento con las huellas de su luz, desde el principio hasta el fin, porque el conocimiento es obra suya.


El se ha complacido en su Hijo. A causa de la salvación ejerce su omnipotencia y el Altísimo será conocido por los santos;


Para anunciar la venida del Señor a los que cantan, para que salgan a su encuentro y le alaben gozosos".


Los discípulos, solos en la barca, todavía están digiriendo lo que ha pasado con la multiplicación de los panes. Todavía no comprenden. Están en el comienzo del proceso de su travesía espiritual. Ese es el simbolismo de la barca en el lago. Nuestra vida en el mundo. Dice el evangelio que ellos estaban remando con trabajo pues había viento contrario. Esto aumentaba el miedo de ellos. Primero no comprenden el milagro, se sienten aturdidos; y para colmo tienen que enfrentarse a vientos contrarios. Es así para muchas personas en nuestras vidas. Hemos conocido de Dios, hemos aceptado a Jesús como nuestro Salvador en nuestras vidas, pero todavía estamos en el comienzo de la travesía. No comprendemos muchas cosas que pasan en ella; y, ante cualquier viento contrario tenemos miedo. El evangelio nos comunica una buena noticia para esos momentos en que la travesía parece endurecerse por lo contrario del viento. Dice la palabra que Jesús miraba a los discípulos desde tierra mientras ellos estaban en medio del lago. Él ve el esfuerzo con el que está remando y decide ir hacia ellos. Debemos tener fe. Jesús está mirando la situación por la cuál estamos pasando, ya sea individualmente o como colectividad. Él vendrá en nuestro auxilio, se dará prisa en socorrernos. Pidamos a Dios que nos llene de su amor para estar atentos a la llegada de Jesús en medio de la tribulación y podamos invitarlo a subir a nuestra barca (Miosotis).


Navidad, 8 de Enero. Dios es amor, y su amor se multiplica como hizo con los panes, y la alegría de la Epifanía

Navidad, 8 de Enero. Dios es amor, y su amor se multiplica como hizo con los panes, y la alegría de la Epifanía

 

Primera carta del apóstol san Juan 4, 7-10. Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Di Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que D envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por me de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación para nuestros pecados.

 

Salmo 71, 1-2. 3-4ab. 7-8. R. Que todos los pueblos de la tierra se postren ante ti, Señor.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz, y los collados justicia; que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, el Gran Río al confín de la tierra.

 

Evangelio (Mc 6,34-44):  En aquel tiempo, vio Jesús una gran multitud y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tienen pastor, y comenzó a enseñarles muchas cosas. Y como fuese muy tarde, se llegaron a Él sus discípulos y le dijeron: «Este lugar es desierto y la hora es ya pasada; despídelos para que vayan a las granjas y aldeas de la comarca a comprar de comer». Y Él les respondió y dijo: «Dadles vosotros de comer». Y le dijeron: «¿Es que vamos a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?». Él les contestó: «¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo». Y habiéndolo visto, dicen: «Cinco, y dos peces».

Entonces les mandó que se acomodaran todos por grupos de comensales sobre la hierba verde. Y se sentaron en grupos de ciento y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces y levantando los ojos al cielo, bendijo, partió los panes y los dio a sus discípulos para que los distribuyesen; también partió los dos peces para todos. Y comieron todos hasta que quedaron satisfechos. Y recogieron doce cestas llenas de los trozos que sobraron y de los peces. Los que comieron eran cinco mil hombres.

 

Comentario: 1.- 1 Jn 4, 7-10 (ver Pascua 6B). 1. Dios es amor. Ésta es la afirmación más profunda y consoladora de la carta de Juan. Dios nos ha amado primero, y en esto se ha manifestado su amor: en que nos ha enviado a su Hijo como Salvador de todos. Todo lo demás es consecuencia y respuesta. La que insistentemente nos repite la carta es: «amémonos unos a otros», porque todos somos hijos de ese Dios que ama, y por tanto hermanos los unos de los otros. Se suceden de nuevo los verbos más típicos de Juan: nacer de Dios, conocer a Dios, vivir en el amor.

Una de las manifestaciones más amables y expresivas de la misión mesiánica de Jesús fue la multiplicación de los panes. Se compadece de la gente: andan como ovejas sin pastor. Jesús está cerca de los que sufren, de los que buscan. No está alejado del pueblo, sino en medio de él. Como nuevo Moisés, da de comer a los suyos en el desierto. Su amor es concreto, comprensivo de la situación de cada uno. Da de comer y predica el Reino, alivia los sufrimientos anímicos y los corporales. Y a la vez evangeliza.

El programa que nos da la carta de Juan es sencillo de decir y difícil de cumplir: amémonos los unos a los otros, porque todos somos nacidos de Dios, y Dios es amor. Una vez más, en estos días últimos de la Navidad y primeros del año, se nos pone delante, como en un espejo, el modelo del amor de Dios, para que lo imitemos. Nunca mejor que en la Navidad se nos puede recordar el amor de Dios que nos ha enviado a su Hijo. Y se nos avisa: «quien no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor».

¿Creemos de veras en el amor de Dios? ¿nos dejamos envolver por él, le dejamos que cambie nuestra existencia? ¿hemos aprendido la lección que él ha querido enseñarnos, el amor fraterno? Es inútil que creamos que ha sido una buena celebración de la Navidad, si no hemos progresado en nuestra actitud de cercanía y amabilidad con las demás personas.

Lo que creemos y lo que hemos celebrado no se puede quedar en teoría: compromete nuestra manera de vivir. Tenemos un espejo bien cercano: el de Cristo Jesús, tal como aparece ya en sus primeras intervenciones como misionero del Reino, y como seguirá a lo largo de todas las páginas del evangelio. Siempre atiende a los sufren. Siempre tiene tiempo para los demás. Nunca pasa al lado de uno que sufre sin dedicarle su presencia y su ayuda. Hasta que al final entregue su vida por todos. El amor es entrega: Dios que entrega a su Hijo, Cristo Jesús que se entrega a si mismo en la cruz. ¿Cómo es nuestro amor a los hermanos? ¿somos capaces de entregarnos por los demás? ¿o termina nuestro amor apenas decrece el interés o empieza el sacrificio?

El pan multiplicado que nos ofrece cada día Cristo Jesús es su Cuerpo y su Sangre. Él ya sabía que nuestro camino no iba a ser fácil. Que el cansancio, el hambre y la sed iban a acosarnos a lo largo de nuestra vida. Y quiso ser él mismo nuestro alimento. El Señor Resucitado se identifica con ese pan y ese vino que aportamos al altar y así se convierte en Pan de Vida y Vino de salvación para nosotros. Nunca agradeceremos y aprovecharemos bastante la entrega eucarística de Jesús a los suyos (J. Aldazábal).

-Queridos míos, amémonos unos a otros. Todo un programa para la Iglesia. Todo un programa para nuestras familias, nuestros ambientes de vida y de trabajo. Todo un programa para la humanidad. En mi recuerdo evoco los lugares, a mi alrededor o en el mundo donde falta ese amor. Y ruego para que nazca y progrese.

-Porque el amor es de Dios. Todos los que aman son «hijos» de Dios y conocen a Dios. Quien no ama no conoce a Dios. ¡Porque, Dios es amor! Texto de insondable profundidad. Hay que escucharlo en silencio, repetirlo, tratar de expresarlo con palabras nuestras. Todo el que ama es como una parcela de Dios, una parte del Amor, porque Dios es amor. Todo acto de amor «viene de Dios», tiene su fuente u origen en el Corazón de Dios. Dios puede ser contemplado en: -el amor de una madre que ama a su hijito... y de un niño que ama a sus padres... -el amor de un prometido a su prometida... de un esposo a su esposa... -el amor de un hombre que se desvela por sus camaradas de trabajo... -el amor de un trabajador que pone su oficio al servicio de sus compatriotas... Dios está en el origen de todas esas actitudes. ¿Y en mi vida?

-En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene, en que envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de El. Dios no se ha quedado en las generalidades, en las hermosas declaraciones. Dios ha manifestado, concretado y probado su amor. Dios ha «encarnado» su amor. Ha dado su Hijo al mundo. Jesús es el amor de Dios por el mundo. Es el Hijo único, entregado. Único. Entregado. No guardado para sí. Dado. ¿Y yo? ¿De qué soy capaz de privarme, por amor? ¿De qué modo concreto traduzco en obras mi amor?

-El amor existe no porque amáramos nosotros a Dios... sino porque El nos amó a nosotros. San Juan insiste siempre sobre esa iniciativa divina. Dios no nos ha esperado. Tomó la iniciativa de amarnos antes incluso de conocer cómo responderíamos a ese amor. La experiencia del pecado tiene una misteriosa ventaja: nos permite comprender mejor esto: ¡el pecador sabe que es esperado y amado! Aun en los momentos en que el hombre no piensa en Dios ni ama a Dios... ¡Dios no cesa de pensar en él y de amarlo!  Gratuidad total del amor divino. No está condicionado a una respuesta positiva. Pero Señor, ¿cómo procuraré responder plenamente a un tal amor?

-El Padre envió a su Hijo, que es víctima propiciatoria por nuestros pecados. El amor de Dios no fue algo banal o «de broma». Fue un amor «hasta el derramamiento de sangre». Cristo se sacrificó por nosotros. Jesús ha sido la victima de «mis» pecados. Jesús se sacrificó por mí, porque, ¡me ama hasta tal punto! de ser capaz de renunciar a su propia vida «para que yo viva». ¿Y yo? (Noel Quesson).

 

2.- Sal. 71. Jesucristo, nuestro Rey y Señor, ha salido a nuestro encuentro para remediar nuestros males. Él no sólo nos anunció la Buena Nueva del amor que nos tiene el Padre, sino que pasó haciendo el bien a todos. Quien ha recibido la misma Vida y el mismo Espíritu del Señor debe preocuparse de anunciar el Nombre de Dios a todos, pero, al mismo tiempo, debe preocuparse de pasar haciendo el bien. La Iglesia de Cristo debe preocuparse de que en la tierra florezca la justicia y reine la paz, así como en convertirse en defensa de los pobres, como el Señor lo ha hecho con nosotros. Sólo así no estaremos traicionado al Señor ni a su Evangelio.

 

3. A. Comentario mío de 2008. * Al echar una mirada a nuestra vida, vemos luces y sombras. Motivos para alegrarnos y para avergonzarnos. Para agradecer y para pedir perdón. Una de las pegas de la cultura de hoy es que vivimos aferrados a lo inmediato, mientras que necesita el hombre, para ser feliz, una proyección hacia delante, sacrificando muchas veces la satisfacción pronta e inminente. Para ello hacen falta fuerzas, y por eso nos habla hoy el Evangelio de este alimento celestial, que nos permite soñar, y perseverar en los sueños. La madurez en la vida espiritual, como en las tareas de campo, está en sembrar oportunamente, en tierra preparada, sin querer conseguir frutos inmediatamente. Así en las virtudes, después de haber tomado una determinación, de poner en acto la voluntad, puede haber fracasos, los "éxitos" no son inmediatos. Pero hay que tener confianza, con la fuerza de la Eucaristía saber esperar, tener "paciencia", que es la "paz" en esa "ciencia"; ciertamente la ciencia de la paz es importante pues se hacen muchas tonterías con la precipitación, no sólo en el hablar sino sobre todo en abandonar. La paciencia lleva a recomenzar, que en expresión del Siervo de Dios Álvaro del Portillo, es recuperar con dolor el tiempo perdido en amar. No perder el tiempo en el desánimo, no caer en el descorazonamiento, ni mucho menos en la abulia, la tristeza vital, que como se ha dicho procede de los sentimientos vitales que se encuentran entre lo psíquico y lo somático. Se experimenta como un vacío interior y el sujeto queda invadido por falta de motivación emocional, lo que en la psiquiatría alemana clásica se denomina "el sentimiento de la falta de sentimiento". Es tan intensa y profunda que los enfermos de depresión dicen: "ya no puedo estar más triste". Se mira siempre hacia el pasado, porque sienten cerradas todas las posibilidades de proyectarse en el futuro. Aflora cada vez más la culpa, y , más tarde, la desesperación, donde se queman las últimas oportunidades de salir adelante y enfrentarse al mañana.

La práctica de las virtudes no bastan para que una persona que tiene, no ya una noche oscura, o sequedad, sino un verdadero desierto donde está muriendo de hambre, donde ya no tiene motivos para vivir. Es necesario otro tipo de alimento, Jesús mismo se nos da para que nuestra vida sea de amor, para volver a adquirir las propias fuerzas, con las que poder recomenzar la lucha, hacer oración, vivir para amar, volver a tener ilusión al vivir otra vez, y al poseer la vida poder darla, "desvivirse", que según Julián Marías es la forma suprema del interés; "interés" que significa "inter esse", estar entre las cosas. Es decir, salir de uno mismo, de su torre de marfil, y bregar entre las cosas que nos rodean y solicitan, en una realidad que se puede afrontar cuando ya estamos contentos, con ilusión que es la esencia del amor, de la vida. Uno es lo que sueña. Jesús nos habla de una multiplicación de la ilusión, cuando la damos. Una multiplicación del amor, cuando amamos. Y el milagro es más profundo, es una imagen de la Eucaristía, de Jesús que se nos da, que ama hasta dar la vida, y su muerte es fuente de la vida y del amor. Aprendiendo de Él, alimentándonos en su Cuerpo, podemos tomar fuerzas para seguir su ejemplo y vivir su Vida.

** "Jesús nos muestra que Él es sensible a las necesidades de las personas que salen a su encuentro. No puede encontrarse con personas y pasar indiferente ante sus necesidades. El corazón de Jesús se compadece al ver el gran gentío que le seguía «como ovejas sin pastor» (Mc 6,34). El Maestro deja aparte los proyectos previos y se pone a enseñar. ¿Cuántas veces nosotros hemos dejado que la urgencia o la impaciencia manden sobre nuestra conducta? ¿Cuántas veces no hemos querido cambiar de planes para atender necesidades inmediatas e imprevistas? Jesús nos da ejemplo de flexibilidad, de modificar la programación previa y de estar disponible para las personas que le siguen.

El tiempo pasa deprisa. Cuando amas es fácil que el tiempo pase muy deprisa. Y Jesús, que ama mucho, está explicando la doctrina de una manera prolongada. Se hace tarde, los discípulos se lo recuerdan al Maestro y les preocupa que el gentío pueda comer. Entonces Jesús hace una propuesta increíble: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6,37). No solamente le preocupa dar el alimento espiritual con sus enseñanzas, sino también el alimento del cuerpo. Los discípulos ponen dificultades, que son reales, ¡muy reales!: los panes van a costar mucho dinero (cf. Mc 6,37). Ven las dificultades materiales, pero sus ojos todavía no reconocen que quien les habla lo puede todo; les falta más fe.

 Jesús no manda hacer una fila de a pie; hace sentar a la gente en grupos. Comunitariamente descansarán y compartirán. Pidió a los discípulos la comida que llevaban: sólo son cinco panes y dos peces. Jesús los toma, invoca la bendición de Dios y los reparte. Una comida tan escasa que servirá para alimentar a miles de hombres y todavía sobrarán doce canastos. Milagro que prefigura el alimento espiritual de la Eucaristía, Pan de vida que se extiende gratuitamente a todos los pueblos de la Tierra para dar vida y vida eterna" (Xavier Sobrevia).

*** Estamos viviendo los días de la Epifanía, manifestación a todos los pueblos. La sumisión de los Magos se nos propone como modelo, de manera que saboreemos las cosas de arriba y no las de la tierra (cfr. Colos. 3, 2). Seguir la estrella, presentar nuestros dones: el oro de la música del corazón, el Amor que ponemos en todo; el incienso de la oración, la Fe en acto hecha vida que prefiere alimentarse de la fuerza divina para poder vivir en lo ordinario ese camino que conduce a Dios, la mirra de superar los obstáculos y ofrecer sacrificios en la Esperanza. Así, con las tres virtudes damos lo que tenemos y lo que somos, y Jesús multiplica esos dones y nos los da sin cesar. En todas las circunstancias, pues se convierte el mundo en hogar, y en cada esquina hay un ángel que nos guía. "No hace mucho, he admirado un relieve en mármol, que representa la escena de la adoración de los Magos al Niño Dios. Enmarcando ese relieve, había otros: cuatro ángeles, cada uno con un símbolo: una diadema, el mundo coronado por la cruz, una espada, un cetro. De esta manera plástica, utilizando signos conocidos, se ha ilustrado el acontecimiento que conmemoramos hoy: unos hombres sabios -la tradición dice que eran reyes- se postran ante un Niño, después de preguntar en Jerusalén: ¿dónde está el nacido rey de los judíos? .

Yo también, urgido por esa pregunta, contemplo ahora a Jesús, reclinado en un pesebre , en un lugar que es sitio adecuado sólo para las bestias. ¿Dónde está, Señor, tu realeza: la diadema, la espada, el cetro? Le pertenecen, y no los quiere; reina envuelto en pañales. Es un Rey inerme, que se nos muestra indefenso: es un niño pequeño. ¿Cómo no recordar aquellas palabras del Apóstol: se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo ?

Nuestro Señor se encarnó, para manifestarnos la voluntad del Padre. Y he aquí que, ya en la cuna, nos instruye. Jesucristo nos busca -con una vocación, que es vocación a la santidad- para consumar, con El, la Redención. Considerad su primera enseñanza: hemos de corredimir no persiguiendo el triunfo sobre nuestros prójimos, sino sobre nosotros mismos. Como Cristo, necesitamos anonadarnos, sentirnos servidores de los demás, para llevarlos a Dios.

¿Dónde está el Rey? ¿No será que Jesús desea reinar, antes que nada en el corazón, en tu corazón? Por eso se hace Niño, porque ¿quién no ama a una criatura pequeña? ¿Dónde está el Rey? ¿Dónde está el Cristo, que el Espíritu Santo procura formar en nuestra alma? No puede estar en la soberbia que nos separa de Dios, no puede estar en la falta de caridad que nos aísla. Ahí no puede estar Cristo; ahí el hombre se queda solo.

A los pies de Jesús Niño, en el día de la Epifanía, ante un Rey sin señales exteriores de realeza, podéis decirle: Señor, quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamente de mi personalidad sea la identificación contigo" (San Josemaría Escrivá, Cristo que Pasa, n.31).

Son días para que, de rodillas delante de Jesús Niño, de ese Dios escondido a la humanidad, le adoremos, le ofrezcamos nuestros dones y aprendamos a recibir los suyos, las lecciones de su realeza, la luz de su estrella, para no apartarnos nunca de él, para quitar de nuestro camino todo lo que sea estorbo, para serle fieles, dóciles a sus llamadas.

 

B. textos tomados de mercaba.org en 2010. Mc 6, 34-44 (cf Mt 14,13-21). Con este pasaje inaugura Marcos una nueva sección de su Evangelio. No se trata ya de los primeros pasos apostólicos del rabino Jesús, ni de sus victorias sobre la enfermedad y los demonios, sino de una sección particular, unificada en torno al tema del pan: dos multiplicaciones de panes (Mc 6,30-44; 8,1-10), discusiones sobre el sentido de las abluciones antes de comer el pan y sobre la falsa levadura (Mc 7,1-23; 8,11-20), discusión con una pagana a propósito de las migajas de pan que solicita, etc. (Mc 7,24-20). Por eso se suele llamar a esta parte del Evangelio de Marcos la "sección de los panes". De hecho se trata más bien de una serie de relatos, reunidos ya en su mayor parte antes de la redacción de los Evangelios, con el fin de iniciar en el misterio de Cristo y en las dimensiones originales de su religión.

La primera parte de la perícopa (vv 30-40) trata de introducir la sección poniendo de relieve el papel importante que desempeñan los apóstoles en las preocupaciones catequéticas de Cristo. Pero el v 34, específico de Marcos, es muy significativo. El tema del rebaño sin pastor está tomado de Núm 27, 17 y en él se refleja la preocupación de Moisés por encontrar un sucesor para no dejar al pueblo sin dirección (cf Ez 34,5). Cristo se presenta así como el sucesor de Moisés, capaz de conducir el rebaño, de alimentarle con pastos de vida y conducirle a los pastos definitivos. Toda la sección de los panes está concebida de tal forma que Cristo aparece efectivamente como ese nuevo Moisés que ofrece el verdadero maná (vv 35-44; 8,1-10), que triunfa a su vez de las aguas del mar (Mc 6,45-52), que libera al pueblo del legalismo a que habían reducido los fariseos la ley de Moisés (Mc 7,1-13) y que al fin abre a los mismos paganos el acceso a la Tierra Prometida (Mc 7,24-37).

Si Jesús opera el milagro de la multiplicación de los panes en beneficio de una multitud por la que siente compasión, lo hace también con el fin de formar a sus apóstoles. Los asocia a los preparativos del banquete (vv 35-39,41b) y más tarde les forzará a reflexionar sobre el alcance de este milagro (Mc 8,14-21). La atención al carácter educativo de un milagro es algo nuevo en San Marcos: Cristo no obra milagros para satisfacer las necesidades materiales del pueblo, sino para revelar su misión entre los hombres y preparar a los apóstoles para la inteligencia de la Eucaristía.

Efectivamente, Marcos ha destacado ante todo la interpretación eucarística de la escena. Mientras que los tres sinópticos se toman relativas libertades (solo hay un 20 por 100 de palabras comunes) en la redacción del relato, concuerdan aproximadamente en un 80 por 100 de las palabras cuando se trata de reflejar los gestos mismos de Cristo (v 41). Eso es sin duda un indicio de la veneración que sentían ya por ese versículo capital en que Cristo realiza los mismos gestos que en la Cena.

Los diferentes relatos sinópticos de multiplicación del pan comienzan todos por mencionar el pan y el pez, y después, a lo largo de la narración, se limitan progresivamente a solo el pan (Mt 14,17; Lc 9,13; Jn 6,9; Mt 15,34), lo que es un indicio de su preocupación eucarística. Pues bien, Marcos es una excepción a la regla y sigue hablando de los peces hasta el final (vv 41b y 43b; cf. también Mc 8,7, exclusivo de Marcos). Pero estas menciones de los peces son evidentemente añadiduras posteriores: no terminan de encajar en la redacción y Mc 8,7 utiliza para la acción de gracias la palabra eulogein, de origen griego, mientras que Mt 8,6 emplea eucharistein, de origen palestino. Hay sobradas razones para creer que esas añadiduras las ha hecho alguien más preocupado por la historia que por el simbolismo eucarístico, y si Marcos es responsable de esas añadiduras, eso significa que la fuente que utiliza era ya de orientación eucarística. Esta conclusión es importante, puesto que revela que la interpretación eucarística de la multiplicación de los panes se remonta a la tradición oral, y que la comunidad primitiva vivió la Eucaristía aun antes de la redacción de los Evangelios, piensen lo que quieran quienes pretenden hacer de ella una invención tardía de la Iglesia.

Cabría objetar que el milagro de la multiplicación de los panes no contiene una fórmula de bendición sobre el vino y que esa falta hace problemática la interpretación eucarística. Eso no obstante, uno de los principales temas de la bendición del cáliz, el de la multitud (Mc 14,24), se encuentra en la multiplicación del pan, concretamente en el v 44 y simbólicamente en el tema del sobrante (v 43), orientado a hacer tomar conciencia de que el alimento preparado por Cristo está destinado a otros muchos invitados que no han tomado parte en este banquete. Y si quedan exactamente doce canastas de trozos (v 43) es porque los doce apóstoles, que han sido los servidores de la asamblea, han de convertirse en misioneros cerca de los invitados que no han estado presentes. La Eucaristía se nos presenta así en su dimensión misionera: no reúne a los "ya congregados", sino para enviarles a congregar a los demás.

De esta forma, la tradición catequética primitiva se ha apoderado rápidamente del relato de un milagro de multiplicación de los panes para ver en él un símbolo de la Eucaristía. El banquete de la Cena no era una comida de despedida reservada tan solo a los doce apóstoles presentes, sino que era, por el contrario, una comida destinada a la multitud de los creyentes, una multitud que aumentaría sin cesar al ritmo del progreso de la misión.

Esta concepción pudo existir algunos años antes de abrirse paso en la conciencia de la Iglesia primitiva: en todo caso, estaba ya incorporada a la fuente que Marcos utiliza, es decir, unos veinte o treinta años después de la muerte de Cristo (Maertens-Frisque).

Jesús se presenta como un segundo Moisés que reúne al pueblo de Dios (v. 34) y lo alimenta en el desierto con el pan vivificante que Dios envíe. Los discípulos no entendieron entonces el sentido profundo del hecho. El diálogo de Jesús con ellos antes de la multiplicación del pan muestra como sus pensamientos estaban presos en las apariencias. La invitación del Maestro a que den de comer al pueblo los desconcierta por completo. Su bolsa contiene doscientos denarios, caso de decidirse, para comprar pan. Pero Jesús les pregunta por sus propias provisiones, a lo que responden decididos: quedan cinco panes y dos peces. Naturalmente, los discípulos no pueden saciar al pueblo, como les encarga Jesús: "Dadles vosotros de comer". La mirada debe dirigirse a Jesús. Los discípulos están ante el pueblo con las manos vacías, pero Jesús puede alimentar a la multitud. Así también están los maestros y pastores delante del pueblo con las manos vacías, sólo pueden entregar el pan que Jesús les ofrece. Los discípulos se reconocen incapaces de remediar la necesidad. No pueden hacer nada si no interviene el Señor. Sólo pueden reconocer su apuro. Pero esto es necesario, pues sólo a los pobres y a los débiles se da el Reino de Dios. Dios quiere seguir alimentando a los demás por medio de nuestras escasas provisiones.

Continuamos recibiendo los "signos" que Jesús nos da. -Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre, y se compadeció de ellos, porque eran como ovejas sin pastor. Se compadeció. Me detengo a contemplar esto en tu corazón, Señor. Tú te dejas emocionar, conmover. Estás impresionado. Los fenómenos de las muchedumbres no te dejan indiferente. Uno no escapa al gentío. Una masa humana estacionada en algún lugar significa algo... una espera. -Y se puso a enseñarles pausadamente. Instruir. Educar. Promocionar. Aportar nuevos valores. Despacio, sin prisas. Despacio porque la instrucción es importante, requiere tiempo. Es la llave para otras muchas cosas. La cultura profana, la cultura religiosa. Saber un oficio, ser competente en las cosas humanas. Y saber las cosas de Dios: tarea capital de la catequesis. Jesús fue primero un catequista: el que enseña, el que "abre los oídos a las cosas de Dios.

-"Dadles, vosotros, de comer". El primer lugar lo ocupa el alimento del espíritu y del corazón. Y la Palabra de Dios es "alimento". Pero el alimento del cuerpo es condición de toda actividad espiritual. Cuidar el cuerpo: la humilde ocupación de tantas gentes sobre la superficie de la tierra. Tantos oficios manuales ordenados al bienestar temporal de los hombres. Trabajo del campesino. Trabajo del ama de casa. Trabajo de los innumerables oficios que directa o indirectamente "dan de comer", permiten "ganar el pan" de una familia. Esta inmensa colmena humana que trabaja sobre nuestro planeta para poder comer, Dios la bendice, Dios quiere que logre lo que espera, que viva. Jesús nos pide que participemos en esta tarea: "Dadles de comer". Bendito eres Dios del universo, Tú que nos das el pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre. Yo te ofrezco mi trabajo y el de todos los hombres.

-Les mandó que les hicieran recostarse por grupos sobre la hierba verde. Se recostaron formando un círculo por grupos de ciento y de cincuenta. Jesús toma de la mano un "rebaño sin pastor" una masa informe que inspira piedad. Esta multitud ha pasado a ser ahora "un pueblo ordenado", un grupo organizado, una comunidad. Marcos de modo manifiesto insiste sobre esta organización de la comunidad. Esta es hoy todavía una de las tareas de los ministros de la Iglesia. Te ruego, Señor, por los ministros de Tu Iglesia. Te ruego para que los cristianos comprendan más y más que no deben quedarse en el anonimato informe de la masa demasiado pasiva, sino que han de llegar a ser participantes activos de un pueblo vivo donde se establezcan relaciones de hombre a hombre. Todavía hoy, es este el esquema esencial de la reunión eucarística: liturgia de la palabra: Jesús les instruye detenidamente ; y liturgia del pan... alrededor del único Pastor. Sí, este milagro es un signo, un símbolo de la Iglesia que continúa hoy lo que hizo Jesús.

-Jesús, tomando los cinco panes... alzando los ojos al cielo pronunció la bendición, partió los panes y se los dio. La alusión a la eucaristía es evidente. Es casi la misma serie de gestos que Jesús hizo en la Cena. "Pronunciar la bendición" ("eulogein" en griego = "decir bien"). "Bendito sea Dios que nos da este pan". Era el rito judío de la santificación de la comida en la mesa: como buen judío, Jesús santifica cada uno de sus gestos con una bendición, una plegaria. Mi vida toda ¿es también para mí ocasión de alabar y bendecir a Dios? (Noel Quesson).

 

 

sábado, 9 de enero de 2010

Navidad, 7 de Enero: hemos de examinar los espíritus para reconocer los que vienen de Dios, es decir el amor: es Luz que nos trae Jesús para recorrer este año nuevo con magnanimidad

Navidad, 7 de Enero: hemos de examinar los espíritus para reconocer los que vienen de Dios, es decir el amor: es Luz que nos trae Jesús para recorrer este año nuevo con magnanimidad

 

Primera carta del apóstol san Juan 3,22-4,6. Queridos hermanos: Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. Queridos: no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. Podréis conocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo. Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

 

Salmo 2,7-8.10-12a. R. Te daré en herencia las naciones

Voy a proclamar el decreto del Señor; él me ha dicho: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra.»

Y ahora, reyes, sed sensatos; escarmentad, los que regís la tierra: servid al Señor con temor, rendidle homenaje temblando.

 

Texto del Evangelio (Mt 4,12-17.23-25): En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, se retiró a Galilea. Y dejando la ciudad de Nazaret, fue a morar en Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y de Neftalí. Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino de la mar, de la otra parte del Jordán, Galilea de los gentiles. Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los que moraban en tierra de sombra de muerte les nació una luz».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: «Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca». Y andaba Jesús rodeando toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Y corrió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían algún mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalén y de Judea, y de la otra ribera del Jordán.

 

Comentario: 1. 1 Jn 3,22-4,6. Durante las ferias que pueda haber desde la Epifanía del día 6 hasta el domingo siguiente, la fiesta del Bautismo del Señor (que puede caer desde el día 7 hasta el 13), la primera lectura seguirá siendo la de la carta de Juan, que da unidad a todo el Tiempo de Navidad. En la página de hoy, Juan insiste en varias de las direcciones de su carta que ya hemos escuchado los últimos días. Ante todo, la doble dirección del mandamiento de Dios: la fe y el amor, la recta doctrina y la práctica del amor fraterno. Creer en Cristo Jesús y amarnos los unos a los otros. Quien guarda esos mandamientos permanece en Dios y Dios en él. Y podrá orar confiadamente, porque será escuchado. Aparece también el tema del discernimiento de espíritus y de la vigilancia contra los falsos profetas, los anticristos, que no aceptaban a Cristo venido como hombre, encarnado seriamente en nuestra condición humana. El Espíritu Santo nos ayudará a saber distinguir los maestros buenos y los malos. Finalmente insiste en nuestra lucha contra el mundo, en la tensión entre la verdad y el error, entre la luz y la tiniebla. Los cristianos estamos destinados a vencer al mundo en cuanto contrario a Cristo Jesús. Y como Dios es más fuerte que el anticristo, nuestra victoria está asegurada si nos apoyamos en él.

Si la verdadera comunión con Dios está reservada para la eternidad (1 Jn 3,2), si esa comunión está ya actuando en la vida presente, aunque de manera misteriosa, que se sustrae a las miradas del mundo (1 Jn 3,1), ¿de qué criterios disponemos para saber si esa comunión nos acompaña realmente en esta tierra; qué seguridad podemos tener ante Dios sobre si esa presencia no es incluso percibida por nosotros mismos? A esta preguntas viene a contestar este pasaje. Podemos conocer experimentalmente que Dios mora en nosotros (v. 24) por la manera en que guardamos los mandamientos. Esa observancia de los mandamiento hará que nuestro corazón no nos acuse (v 21), que estemos seguros ante Dios hasta el punto de poder pedirle con la seguridad de ser escuchados (v 21); la misma doctrina encontramos en Jn 15,15-17. El mandamiento que nos dará la seguridad delante de Dios y nos garantiza su estancia entre nosotros es doble: creer en el nombre de Jesucristo y amarnos los unos a los otros (v 23). Estos dos preceptos nos los presenta Juan de tal manera que no parecen constituir sino uno. Juan estima, en efecto, que no hay dos virtudes distintas: la fe por una parte y la caridad por otra, sino que esas dos virtudes no son más que las dimensiones trascendente e inmanente de una sola actitud (cf Jn 13,34-36; 15,12-17): somos hijos de Dios por nuestra fe y la caridad entre hermanos deriva de esa filiación (1 Jn 2,3-11).

Atenerse al mismo tiempo a la dimensión horizontal y a la dimensión vertical del mandamiento de Dios no es fácil. Hoy, en particular, la tentación del cristiano es la de buscar un amor fraterno más auténtico y más universal, pero sin referencia necesaria a Dios, olvidando que la salvación del hombre depende de una sola palabra: el amor, pero un amor que hunde sus raíces en la vida misma de Dios.

Creer en Jesucristo como pide San Juan, es creer que el Padre ama a todos los hombres a través de su propio Hijo y querer participar en esa mediación del amor. Creer en Jesucristo es admitir igualmente que Jesús es la mejor réplica humana al amor del Padre y querer imitarle en su renuncia total a sí mismo y en su filiación obediente a su Padre.

Cada Eucaristía sitúa al cristiano en relación simultánea con Dios y con todos los hombres; nos reúne para dar gracias a Dios y después volverse hacia los hombres: la simultaneidad de ambas misiones es su misterio por excelencia (Maertens-Frisque).

-Dios nos concede cualquier cosa que le pedimos confiadamente porque somos fieles a sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. ¿Cómo podemos saber que «Dios está con nosotros»? ¿Qué seguridad tenemos de estar «en comunión con Dios» y de que nuestras oraciones sean atendidas? San Juan contesta: Estamos en comunión con Dios si «hacemos lo que le agrada... si permanecemos fieles a lo que nos manda...». Es lo mismo que sucede con las personas que amamos: la verdadera unión, la verdadera prueba de amor consiste en hacer lo que agrada al otro. Se da entonces la comunión de pensamientos y de voluntades. Si dos se aman son sólo uno: Todo lo mío es tuyo. Agradarte, Señor. Hacer tu voluntad. Mis proyectos, mis actividades, mi jornada entera, todo según tu propio proyecto divino. Está claro entonces que mi plegaria será atendida, porque correspondo con todo mi ser a «lo que Tú quieres», a "lo que te agrada".

-Y este es "su" mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo... Y que nos amemos unos a otros... Son dos aspectos de un solo mandamiento: creer y amar. No son dos preceptos, son el mismo, "su" mandamiento. Para san Juan, según parece, la fe y la caridad no son dos vIrtudes distintas, sino una sola virtud: "ser hijo de Dios". ¿Constituye esto el fondo de mi vida?

-Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. Procuro que esas palabras penetren profundamente en mí. Permanecer en Dios... ¿"Permanezco yo en Dios"? o bien ¿me aparto de El con frecuencia? ¿tal vez, por el pecado, me sitúo fuera de Dios? Conocemos que permanece en nosotros por el Espíritu que nos dio. El Espíritu de Dios no es algo material, un regalo, un don inerte. Es un Impulso, es un Pensamiento, es un Querer, es un Proyecto, es una Persona... Es el Espíritu de Dios en nosotros. ¿Correspondo yo a ello? ¿Dejo que ese espíritu me vivifique?

-No os fiéis de cualquier «inspirado». Con esa doctrina a la que san Juan da tanta importancia, un cierto «subjetivismo» muy individualista sería de temer: ¡cada uno podría creerse «inspirado» por el Espíritu! En tiempo de san Juan no faltaban los falsos profetas de ese tipo. En nuestro tiempo tampoco faltan los por así decir profetas que, muy «concienzudamente» seguros de sí mismos, afirman saber lo que conviene a la Iglesia. Hoy se insiste, en particular y con razón, en la «dimensión horizontal»: el amor fraterno, el compromiso en la promoción de los hermanos... y san Juan no deja nunca de insistir en ese aspecto. Pero no podemos olvidar que su fuente, su origen se halla en una «dimensión vertical» igualmente esencial: el amor de Dios, la fe en Cristo, la oración...

-Mirad como podréis conocer si el espíritu de Dios les inspira: Todo «inspirado» que confiesa que Jesucristo es el Mesías venido ya en carne mortal, procede de Dios. Jesucristo vuelto, a la vez, hacia Dios y hacia los hombres (Noel Quesson).

 

2. Sal. 2. Tú eres mi Hijo amado en quien tengo puestas mis complacencias. Hoy, el hoy de la eternidad, el eterno presente en el que es engendrado el Hijo de Dios por el Padre Dios, lo hace igual a Él en el ser y en la perfección, de tal forma que quien contempla al Hijo contempla al Padre, pues el Hijo está en el Padre y el Padre en el Hijo. A nosotros corresponde reconocer al Hijo de Dios, encarnado, como Señor de nuestra vida siéndole fieles al escuchar su Palabra y ponerla en práctica; postrándonos de rodillas ante Él para estar atentos a su voluntad y permitirle que Él lleve a efecto su obra salvadora en nosotros. Aquel que vive en la rebeldía a Jesucristo, aquel que va por caminos de pecado y de muerte, a pesar de que acuda a dar culto a Dios, no le pertenece a Dios, pues sus obras son malas. Manifestemos nuestra fe no sólo con palabras, sino con una vida íntegra entregada a realizar el bien conforme a las enseñanzas del Señor. Entonces estaremos demostrando, con la vida misma, que en realidad pertenecemos al Reino y familia de Dios.

 

3. A. Comentario mío de 2008. Jesús comienza a predicar con palabras de Isaías: «El pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz» (Mt 4,16). "La esperanza que salva", ha titulado Benedicto XVI su nueva Encíclica, siguiendo el surco que dejó Juan Pablo II con su doctrina y su acción social, pues ayudó no poco a la reconversión de los países comunistas hacia la libertad. Pero Occidente necesita aquella esperanza que ha va perdiendo, agostado por la engañosa llamarada del consumismo. En una escuela de inspiración cristiana, un día de reunión de padres, una madre se me acercó contenta: "estamos muy alegres, desde que venimos por aquí, y nos hemos decidido a tener otro hijo, lo estoy esperando..." el pequeño de la familia tenía ya 14 años, otro ya tenía 18, y después de ese largo período de tiempo se animaron a tener otro más; me gustó eso de que la paternidad fuera fruto de esa alegría de vivir que se respira en un ambiente esperanzado, que estuviera unida esta alegría a la ilusión de dar la vida. (Ya sabemos que los índices de nacimientos de algunos países de Europa, por ejemplo España, son los más bajos del mundo). Como recordaba hace poco J. Magraner, el filósofo danés S. Kierkegard vio con extraordinaria lucidez que el hombre que no cree en Dios es un hombre profundamente desesperado, aunque viva en medio de un progreso material nunca visto. También él comprendió que el cristiano que flojea en la fe, aunque tenga muchas esperanzas , va perdiendo la verdadera esperanza que sólo en Dios tiene su fundamento.

"La fe -nos dice Hebreos 11,1-  es la sustancia de lo que esperamos, prueba de aquello que no vemos". Y por la fe –dirá Benedicto XVI siguiendo al Santo de Aquino- ya están presentes en nosotros, si bien de manera incipiente, las realidades que esperamos: la vida eterna. Porque la vida eterna –que no es otra cosa que Cristo mismo- ya está presente en nosotros por el bautismo y los otros sacramentos que junto con la oración nos permiten mantener, acrecentar, y transmitir esa vida nueva que es divina sin dejar de ser muy humana. Es la vida enamorada de un hijo de Dios que lo espera todo de su Padre y al mismo tiempo no deja de luchar para cooperar con sus pobres fuerzas humanas para que se cumpla el mensaje navideño por excelencia: ¡Gloria a Dios en Cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!

* Esta es la gran luz que vino Jesús a traernos, como dice mi amigo Jordi Castellet: "Hoy comienza el tiempo en que Dios nos da una vez más su tiempo para que lo santifiquemos, para que estemos cerca de Él y hagamos de nuestra vida un servicio de cara a los otros. La Navidad se acaba, lo hará el próximo domingo —si Dios quiere— con la fiesta del Bautismo del Señor, y con ella se da el pistoletazo de salida para el nuevo año, para el tiempo ordinario —tal y como decimos en la liturgia cristiana— para vivir in extenso el misterio de la Navidad. La Encarnación del Verbo nos ha visitado en estos días y ha sembrado en nuestros corazones, de manera infalible, su Gracia salvadora que nos encamina, nuevamente, hacia el Reino del Cielo, el Reino de Dios que Cristo vino a inaugurar entre nosotros, gracias a su acción y compromiso en el seno de nuestra humanidad. / Por esto, nos dice san León Magno que «la providencia y misericordia de Dios, que ya tenía pensado ayudar —en los tiempos recientes— al mundo que se hundía, determinó la salvación de todos los pueblos por medio de Cristo». / Ahora es el tiempo favorable. No pensemos que Dios actuaba más antes que ahora, que era más fácil creer cerca de Jesús —físicamente, quiero decir— que ahora que no le vemos tal como es. Los sacramentos de la Iglesia y la oración comunitaria nos otorgan el perdón y la paz y la oportunidad de participar, nuevamente, en la obra de Dios en el mundo, a través de nuestro trabajo, estudio, familia, amigos, diversión o convivencia con los hermanos. ¡Que el Señor, fuente de todo don y de todo bien, nos lo haga posible!"

Se suele decir: año nuevo, vida nueva. Será verdad en el sentido de que, si renovamos nuestra confianza en Dios, será una vida de conversión en algo más alto, en vivir de fe y de amor, arrostrando dificultades, eso sí, como Juan Pablo II recordaba a los jóvenes: "La fe incluye siempre un desafío.  Nunca ha sido de otro modo. Hoy existen ciertas dificultades para el que quiere ser cristiano. Pero ayer había otras. Y mañana -es una profecía que se puede arriesgar sin temor de ser desmentidos-, mañana las nuevas generaciones de jóvenes tendrán que afrontar nuevas dificultades. Ser cristianos nunca ha sido, ni lo será jamás, una opción "tranquila"". Esto implica lucha, para mejorar cada día un poco:"si dijeses: ¡ya basta!, has perecido. Añade siempre, camina siempre, adelanta siempre; no te pares en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes. Se detiene el que no adelanta; vuelve atrás el que vuelve a pensar en el punto de donde había partido (...). Mejor es el cojo en el camino, que el que corre fuera del camino" (San Agustín, Sermón 169). Por tanto, ante las dificultades la gracia nos da fuerzas para evitar el derrotismo y el pesimismo. No sólo ante la soberbia y la sensualidad, expresiones del egoísmo que llevamos dentro, sino también ante los ataques de la cultura en sus formas equivocadas de expresarse contra la libertad religiosa, incomprensiones que no suelen faltar en todas las épocas hacia los inconformistas.

Ahora que empieza el año, pensemos que lo importante no será lo que hagamos con nuestra fuerza, aunque hemos de poner buena voluntad en nuestra lucha, sino que lo que más cuenta es lo que hace Dios en nosotros: vamos a dejarle "espacio vital", dejarle hacer. Para ello, ayuda la magnanimidad, ánimo grande, que el alma sea amplia en la que quepan muchos. "Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar; se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios" (san Josemaría Escrivá).

** "Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto / que le di a la caza alcance". La aventura de tener un vuelo así, hasta mirar el sol de hito en hito, es majestuosa. La experiencia de "pájaro solitario" viene del salmo 101: "Recordé y fui hecho semejante al pájaro solitario en el tejado": abrí los ojos y me hallé sobre todas las inteligencias naturales, solitario sin ellas en el tejado, por encima de todas las cosas de abajo. Así es, por ejemplo, el celibato de amor, entendido como un voluntario estar solitario de otros amores, incluso del amor propio, para adquirir las alas célibes del ceibe, del libre: la envergadura voladora de una poderosa libertad, como leí no sé donde: Vaciamiento y libertad, pues, como ingeniería del alma para llegar a las cumbres más altas del amor divino. Vaciamiento, que es desnudez y es oquedad, capacidad de resonancia, para la escucha sabrosa de la música callada, la soledad sonora.

Hay como 5 notas de la contemplación: I: El ave solitaria se pone en lo más alto. Siempre por encima del suelo. Siempre en trato con Dios. Siempre buscando la perspectiva cimera de lo sobrenatural. Siempre desafiando el vuelo rasante, gallináceo y timorato. "No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas", decía S. Josemaría Escrivá, quien a los comienzos del Opus Dei se reúne con mujeres de la Obra para mostrarles algunas labores apostólicas que soñaba para el futuro: granjas escuelas para campesinas; residencias universitarias; clínicas de maternidad; centros de capacitación profesional de la mujer en distintos ámbitos: hostelería, secretariado, enfermería, docencia, idiomas; actividades en el campo de la moda; bibliotecas ambulantes. Quedaron pasmadas, entre el asombro y el vértigo. Les dice: "Ante esto se pueden tener dos reacciones. Una, la de pensar que es algo muy bonito pero quimérico, irrealizable. Y otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante".

II: A toda hora tiene el pájaro vuelto el pico donde viene el aire. Vuelta la atención y vuelto el afecto hacia donde sopla el Espíritu. Pendiente en todo momento de lo que Dios quiera decir, señalar, sugerir, dar o pedir.  

III: Está sólo y no consiente otra ave junto a sí, sino que, cuando alguna se posa a su lado, luego se va, emprende el vuelo. El pájaro quiere estar solitario, en soledad de todas las cosas, desnudo de todas ellas, porque no consiente en sí otra cosa que su soledad en Dios.

IV: Canta muy suavemente. Así en voz baja y perfumando con fragancia suave, "in odorem suavitatis", como los gramos de incienso que se queman despacio, sin grandes humaredas, lentamente, sube hasta Dios su tenue canto, nada vocinglero: la sencilla canción de un pájaro pequeño. Canta muy suavemente, porque no canta para ser oído y aplaudido por los hombres. No desea llamar la atención de ninguno. Su espectador y su escuchador es Dios sólo. Y a Dios se le habla mejor sin grandes ruidos, sin muchas palabras. Dios entiende, como nadie, ese hablar suave que sólo se pronuncia con el corazón. Y entonces, cuando se llega a hacer la música callada, se empieza a saborear la soledad sonora, la cena que recrea y enamora.

V: El pájaro solitario no luce en sus plumas algún determinado color. No tiene ningún color de efecto particular, ni hacia otros ni hacia sí. No es que no quiera a nadie. Es que a todos quiere sin discriminación, sin acepción y sin distingos de una especial coloración. Reparte su amor con liberalidad, sin particularismos, sin predilecciones, sin dejarse llevar admiración, debilidades o simpatía…

"Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance". S. Juan de la Cruz nos da pensamientos para volar este año con magnanimidad, como el pájaro solitario, vacío de riquezas y de querencias, libre de arrimos y ligaduras: porque es abismo de noticia de Dios, la que posee. No le cuesta nada comportarse así, porque no necesita otro desahogadero que el del Dios de sus secretos, porque -sellada su alma y sellados sus labios con el sello del Amor más excelente-, todo suceso de acá abajo es bagatela de poca monta que no puede trabarle, ni distraerle, ni deslumbrarle: es abismo de noticia de Dios, la que posee. De todo lo demás, es hombre ceibe, libre y vaciado, su vida es para Dios y los demás.

 

B. comentario de 2010, con textos de mercaba.org- Mt 4,12-17.23-25 (ver domingo 3 A). Los evangelios serán una selección de pasajes de los cuatro evangelistas, en que leemos unas manifestaciones de Jesús Mesías, como la multiplicación de los panes y la calma de la tempestad, a modo de prolongación de la epifanía a los magos de Oriente y de preparación a la fiesta del Bautismo. El milagro de las bodas de Caná, tan propio de este tiempo, se ha guardado para el domingo segundo del Tiempo Ordinario. Esta es la semana de los "signos", de las "epifanías": la Iglesia nos propone un cierto número de gestos que "manifiestan" a Cristo. Jesús inicia su ministerio mesiánico en Cafarnaúm. El que ha sido revelado a los magos con una intención universalista, en efecto empieza a actuar como Mesías en una población de Galilea muy cercana a los paganos. Desde el principio de su predicación se empiezan a cumplir los anuncios proféticos que tantas veces oímos durante el Adviento: «el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande». Jesús anuncia la cercanía del Reino de los cielos, los tiempos mesiánicos que Dios preparaba a su pueblo y a toda la humanidad.

El Niño de Belén, adorado por los magos de Oriente, ahora ya se manifiesta como el Mesías y el Maestro enviado por Dios. Enseña, proclama el Reino, cura a los enfermos, libera a los posesos. Y, de momento. el éxito le acompaña: una gran multitud cree en él y le sigue.

Algunos dan mayor importancia a la ortodoxia de la doctrina, por ejemplo, sobre la persona de Cristo. Otros, a la ortopraxis de la caridad fraterna. La carta de Juan nos ha dicho claramente que los dos mandamientos van unidos y son inseparables. Por una parte, debemos discernir las muchas voces que escuchamos, guiados por el Espíritu de Dios, sabiéndonos defender de la seducción de otros espíritus, que pueden obedecer al egoísmo, la facilidad o el materialismo ambiente. Por otra debemos fortalecer en nuestra vida la actitud de caridad fraterna. Es la lección que también nos da ese Jesús que empieza su vida misionera y andariega por los caminos de Palestina, totalmente dedicado a los demás. Sus destinatarios primeros y preferidos son los pobres, los marginados, los enfermos, los que sufren las mil dolencias que la vida nos depara.

Imitando el estilo de actuación de Cristo Jesús es como mejor permanecemos en la recta doctrina y como mejor cumplimos su mandamiento del amor a los hermanos. Ojalá al final de este año que ahora estamos empezando se pueda decir que lo hemos vivido «haciendo el bien», como se pudo resumir de Cristo Jesús: ayudando, curando heridas, liberando de angustias y miedos, anunciando la buena noticia del amor de Dios. Se trata de ver a Dios en los demás, sobre todo en los pobres y los débiles, en los marginados de cerca y de lejos. Se trata de que este amor que aprendemos de Cristo lo traduzcamos en obras concretas de comprensión y ayuda. El Bautista daba como consigna de la preparación al tiempo mesiánico una muy concreta: el que tenga dos túnicas, que dé una. El amor no es decir palabras solemnes, sino imitar los mil detalles diarios de un Cristo entregado por los demás (J. Aldazábal).

-Habiendo oído que Juan había sido preso, Jesús se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se fue a morar en Cafarnaúm, ciudad situada a orillas del mar, en los términos de Zabulón y Neftalí. Jesús cambia de domicilio; deja el pueblo donde había vivido hasta ahora y va a habitar a una ciudad más importante. En nuestro siglo de tanta movilidad, me gusta pensar que Jesús, El también, debió acostumbrarse a una nueva vecindad, a hacer nuevas relaciones, a cambiar de medio.

-Así se cumplió lo que el Señor había dicho por el profeta Isaías ¡Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habita en tinieblas vio una gran luz. Jesús no cambia de domicilio sin una razón. Es un signo. Este gesto tiene una significación misionera. Galilea era una provincia en la que convivían varias razas, una "feria de gentiles", un camino de invasión, un país abierto por donde pasaban las caravanas que iban hacia el mar. Jesús va a vivir en ese cruce de caminos, en ese lugar de trasiego de pueblos: allí es donde piensa que podrá evangelizar a muchos de aquellos que viven aún "en las tinieblas" y que esperan la luz. Durante toda su infancia, Jesús ha vivido en un pueblo bien protegido, Nazaret, al margen de las grandes corrientes humanas de su época: aquel día escogió habitar en Cafarnaúm, donde hay gentes ansiosas y que buscan... Señor, ¿tengo yo recelo de entrar en contacto con el paganismo, o el ateísmo? ¿Qué cualidad tienen mis reflejos misioneros?

-Y para los que habitan en la región de sombras y de muerte, una luz se levantó. He ahí lo que viene a hacer Jesús. Dejo resonar estas palabras en mí. Las prolongo en la oración.

-Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: "Arrepentíos porque se acerca el reino de Dios". Recorría Galilea, enseñando en las sinagogas, predicando la buena nueva del Reino... Te contemplo, Señor, avanzando por los caminos, de pueblo en pueblo, predicador ambulante. ¿De qué trataban tus homilías? ¿De qué les hablabas? ¿En qué consistía tu "enseñanza? La totalidad del evangelio nos lo dirá. Pero, por el momento, ya sabemos una cosa: que el reino de los cielos ha llegado... ¡esto es! Dios está ahí, con nosotros, si queremos acogerle. Y precisamente, el clamor de Jesús, su "proclamación" es que nos dispongamos a acoger a Dios: "¡convertíos! ¡Cambiad de corazón! ¡Cambiad de vida!" Todo puede llegar a ser hermoso y bueno: es un "algo bueno', una buena nueva. No transformemos la predicación de Jesús exclusivamente en predicación moralizante: hay que hacer esto; no hay que hacer aquello. Es ante todo un nuevo estado de espíritu -que lo cambia todo, evidentemente, también nuestros comportamientos morales- ¡El evangelio, es "bueno"!

-Y curaba en el pueblo toda enfermedad, toda dolencia... Le traían todos los que sufrían... y El los curaba... He ahí la epifanía de Dios; el signo de que ¡Dios está obrando allí! Muy simplemente, me imagino estas escenas: toda la desventura de los hombres, todo el mal que como una ola humana afluye hacia ti, Señor. Sálvanos, hoy también. Salva a los que están en "la sombra de la muerte (Noel Quesson)… Sin duda hay una variada presencia eclesial en lugares de tinieblas y muerte: el 25 % de las instituciones dedicadas a los enfermos de SIDA son eclesiales; misioneras y misioneros están diariamente en el filo entre la vida y la muerte, y rondan la treintena los que mueren al año de forma violenta (en el año 2001, el número exacto ha sido de 33); sacerdotes, laicos y religiosos se infiltran en instituciones penitenciarias. El sacerdote francés Léon Burdin acaba de publicar un libro titulado "Decir la muerte", habla de cóm hemos de ayudar, ser "barqueros" del más allá... ayudar a los moribundos a "pasar" a la otra orilla, recoger su último aliento o su última palabra, prodigar los últimos consuelos, acompañarlos en su postrer viaje...

Todos somos testigos de la gran luz que nos ha iluminado. Cristo niño se ha hecho hombre por amor a nosotros para convertirse en la luz que guiará nuestros pasos. Se dice que cuando la noche es más oscura es cuando más brillan las estrellas. Podríamos decir también que cuando más oscuro es nuestro peregrinar por este mundo es cuando más brilla la luz de Cristo en nuestros corazones. Cuando más solos nos sentimos es cuando Cristo está más cerca de nosotros. Porque como dice el profeta Isaías: "este mundo camina en tinieblas pero ya ha visto una gran luz que viene a salvarle". No permitamos que la ceguera de nuestro egoísmo entenebrezca la luz de Cristo en nuestros corazones. Tengamos bien abiertos los ojos de la fe en Dios para caminar por la senda del verdadero amor y de la verdadera esperanza. Sabemos por el evangelio de hoy que el Reino de los cielos ha llegado, pero ¿cómo le hemos recibido? ¿Nos hemos dado cuenta de su llegada? O por el contrario, ¿hemos permitido que otras luces que no es la de Cristo guíen nuestra vida? No gastemos nuestro fuego en otros infiernillos. Confiemos en que Jesús es la verdadera luz que nos traerá aquella felicidad que buscamos en las cosas de este mundo. Porque sólo Cristo llenará las ansias de felicidad que buscamos (José Rodrigo Escorza).

San León Magno (hacia 461) papa, doctor de la Iglesia en su Tercer sermón para Epifanía (SC 22, pag. 209-211) habla de que "El pueblo que habita en las tinieblas vio una gran luz"… dice así: "Instruidos en estos misterios de la gracia divina, queridos míos, celebremos con gozo espiritual el día que es el de nuestras primicias y aquél en que comenzó la salvación de lo paganos. Demos gracias al Dio misericordioso, quien, según palabras del Apóstol, "nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz; él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido" (Col 1,12-13). Porque, como profetizó Isaías, "el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló" (Is 9,1). También a propósito de ello dice el propio Isaías al Señor: "Naciones que no te conocían te invocarán, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti" (Is 55,5).

Abrahán vio este día y se llenó de alegría, cuando supo que sus hijos según la fe serían benditos en su descendencia, a saber, en Cristo, y él se vio a sí mismo, por su fe, como futuro padre de todos los pueblo "dando gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete" (Rm 4,21). También David anunciaba este día en los salmos cuando decía: "Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre (Sal 85,9); y también: El Señor da a conocer su victoria, revela a la naciones su justicia" (Sal 97,2).

Esto se ha realizado, lo sabemos, en el hecho de que tres magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de los magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo. Todos los que en la Iglesia viven en la piedad y la castidad, todos los que aprecian las realidades del cielo más que las de la tierra, se parecen a esta luz celestial. Mientras mantienen en su vida el esplendor de una luz santa, muestran ante el mundo, como una estrella, el camino que lleva a Dios. Tened todos este deseo. Así brillaréis como hijos de la luz e el reino de Dios".

 

miércoles, 6 de enero de 2010

Navidad, 6 de enero, Fiesta de los Reyes Magos, Jesús se manifiesta a todos los hombres con su salvación y nos enseña que todos estamos llamados a ser hijos de Dios.

Navidad, 6 de enero, Fiesta de los Reyes Magos, Jesús se manifiesta a todos los hombres con su salvación y nos enseña que todos estamos llamados a ser hijos de Dios.

 

1. Isaías grita: "¡Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!...  Te inundará una multitud de camellos, los dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor". Hay una guerra en el mundo entre la luz y las tinieblas, cuando no hay Dios la tierra se pone a oscuras, y cuando llega Jesús se va haciendo la luz en los corazones. Se hizo la noche azul por la presencia de la Virgen, y el Infinito apareció sin velos, y se hizo niño entre pañales y llorando me hizo llorar para que me decida a ya no más pecar. La luna y las estrellas brillan tan claros que me encanta estar allá. Me han dicho que María significa "Señora" pero también "estrella de la mañana" que orienta a los navegantes que se despistan en la oscuridad de la noche. La estrella que guía a los Magos les acerca a Jesús, y yo quiero seguir también mi estrella, estar siempre con Jesús…

Me contaron que había millones de estrellas en el cielo, estrellas de todos los colores: blancas, plateadas, rojas, azules, doradas. Un día, inquietas, se acercaron a san Gabriel –que es su jefe- y le propusieron: "- nos gustaría vivir en la Tierra, convivir con las personas." -"Sea", respondió. Se dice que aquella noche hubo una fantástica lluvia de estrellas. Se hicieron pequeñitas y algunas se acurrucaron en las torres de las iglesias, otras fueron a jugar y correr junto con las luciérnagas por los campos, otras se mezclaron con los juguetes de los niños. La Tierra quedó, entonces, maravillosamente iluminada. Pero con el correr del tiempo, las estrellas decidieron abandonar a los hombres y volver al cielo, dejando a la tierra oscura y triste. "-¿Por qué habéis vuelto?", preguntó Gabriel, a medida que ellas iban llegando al cielo. "-Nos fue imposible permanecer en la Tierra, allí hay mucha miseria, mucha violencia, demasiadas injusticias". Les contestó Gabriel: "-Claro. La Tierra es el lugar de lo transitorio, de aquello que cae, del que se equivoca, de aquel que muere. Nada es perfecto. El Cielo es el lugar de lo inmutable, de lo eterno, de la perfección." Después de que había llegado gran cantidad de estrellas, Gabriel, que sabe muchas matemáticas, les dijo: "-Falta una estrella... ¿dónde estará?". Un ángel que estaba cerca replicó: "-Hay una estrella que quiso quedarse entre los hombres. Descubrió que su lugar es exactamente donde existe la imperfección, donde hay límites, donde las cosas no van bien, donde hay dolor. Es la Esperanza, la estrella verde. La única estrella de ese color." Y cuando miraron para la tierra, la estrella no estaba sola: la Tierra estaba nuevamente iluminada porque había una estrella verde en el corazón de cada persona, inundándolo todo con ese color verde de la esperanza. Y se quedó allí, porque en el cielo ya no se necesita de la esperanza.

María es nuestra esperanza, la que nos guía a Jesús, a quien nos ha dado en el pesebre. No obliga, nos muestra el camino, respeta nuestra libertad, como hace la estrella, ilumina. Este es el modelo para toda educación, tanto la de los padres con los hijos, la de los miembros de la Iglesia en su apostolado: no se trata sólo de transmitir conocimientos, sino vida, dar luz, ser un referente –estrella- en un mundo de gente que no sabe hacia dónde ir, que necesita maestros. Con qué alegría nos dice un amigo: "quiero contarte esta pena, sólo puedo explicártelo a ti, que me inspiras confianza". Y estos guías necesitan luz, dar del calor que tienen; María nos trae a Jesús que nos quiere dar luz y calor, nos llena de optimismo y esperanza que va más allá de lo que vemos, que a veces puede parecernos algo negro, que nos proyecta hacia lo que no vemos. Leí hace poco: "Ciertamente, es muy difícil practicar la esperanza en los tiempos que vivimos. Muchísimas son las cosas que militan en su contra: las críticas y ataques, los valores morales en declive, el materialismo. Humanamente hay poquísimos motivos para la esperanza; pero la esperanza no se basa en meras consideraciones humanas, sino en la bondad de Dios, y tenemos que poner lo que está de nuestra parte." La creación está esperando, expectante, esta luz. Dios niño viene a decirnos que sí, que podemos aprender la lengua de los hijos de Dios, que nos une a todos, en un mundo en el que todos seamos hermanos. Navidad nos habla de que si Dios se ha hecho Niño, es posible un mundo mejor, en el que reine la alegría. Que por muy negro que parezca el futuro, y nuestros conflictos parezcan sin solución, siempre hay un punto en lo más profundo del alma –¡la estrella verde!- que emana la luz y el calor de Belén, que nos llena y nunca nos deja sentirnos vacíos, que es fuente inagotable de ilusiones y proyectos. Porque Jesús entra dentro de la Historia, es solidario con todo lo nuestro, y nunca nos sentiremos solos: "Si las estrellas bajan para mirarte, / detrás de cada estrella / camina un ángel" (Luis Rosales).

El profeta nos dice que donde está Dios está la luz y está la vida; "Epifanía" es una palabra griega que significa "manifestación". Se hablaba de epifanía cuando un rey se manifestaba a su pueblo, en especial cuando regresaba triunfante de la batalla o visitaba con gloria y majestad una de sus ciudades. Despertaba esperanza, salvación, como ahora cuando un equipo ficha un jugador y todos se alegran porque piensan que ya ganarán todos los campeonatos y serán felices… pero con Jesús sí que pasa…

2. Y vendrán los reyes como anuncia el profeta a ofrecer en camellos oro, incienso y mirra, que es lo que dice también el Salmo: "Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra". Es lo que decimos en el padrenuestro: "¡venga a nosotros tu Reino!". Va diciendo nombres de reinos, por eso ponemos un rey blanco (Europa), uno amarillo (Asia) y otro negro (representante de África), representan a todos los pueblos de la tierra conocida entonces.

3. Como dice San Pablo, todos los pueblos son llamados a "la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio": es la gran fiesta de hoy. Jesús se manifestó ante los judíos en los pastores, y hoy lo hace ante los gentiles (que son los de fuera, los no-judíos): representan al resto de pueblos de la tierra.

4. El Evangelio nos dice que "unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: —¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo". La estrella es lo que Dios nos dice, pero a veces no lo vemos, y hemos de preguntar al que sabe. Los sabios dicen: "—En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta", y lo sabios "se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra". De rodillas delante de Jesús Niño, queremos hacerle regalos nosotros también, decirle: "Señor, te amo", con toda el alma, como san Josemaría: Señor, quisiera ser tuyo de verdad, que mis pensamientos, mis obras, mi vivir entero fueran tuyos... Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante... No soy digno de ser… tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú si que eres mi hermano, mi amor, y también soy tu hijo. Para tomar al Niño y abrazarlo hemos de hacernos pequeños. Y acudir a María, y si Ella tiene sobre su brazo derecho a su Hijo Jesús, yo, que soy hijo suyo también, tendré allí también un sitio. La Madre de Dios me cogerá con el otro brazo, y nos apretará juntos contra su pecho. Sentir el calor que purifica, el amor. Porque a veces somos como el borrico, que aunque noble y bueno, a veces se revuelca por el suelo, con las patas arriba, y da sus rebuznos. "Como un borriquito estoy ante ti": Tú eres el Amor de mis amores. Señor, Tú eres mi Dios y todas mis cosas. Señor, sé que contigo no hay derrotas. Señor, yo me quiero dejar endiosar, aunque sea humanamente ilógico y no me entiendan. Toma posesión de mi alma una vez más, y fórjame con tu gracia. Madre, Señora mía; San José, mi Padre y Señor; ayudadme a no dejar nunca el amor de vuestro Hijo. Es como un "enamoramiento"… te vuelve inquieto, dejas la tranquilidad y sigues esa música del corazón, que es el amor. De eso hablan las canciones de amor, y es que todo amor viene de Dios, por eso acabaremos con la letra de una de ellas como si el Señor nos hablara de esta luz, para que no nos deje este año y que lo más pequeño esté lleno de amor. "Siguiendo una estrella he llegado hasta aquí, aunque es largo el camino lo seguiré hasta el fin. Cuando sientas miedo y no puedas seguir su luz,  es tu destino y hoy brilla para ti... cógela y aprieta fuerte, lucha cueste lo que cueste contra el viento, contra el fuego, llegarás al mismo cielo... Mi estrella será tu luz..., coge mi mano, yo estoy contigo, esto es un sueño, sueña conmigo... tu estrella será tu luz y conseguirlo no es tan difícil si la voz te sale del corazón."

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