lunes, 4 de enero de 2010

Navidad: 4 de Enero: llamada a seguir a Jesús, el Cordero de Dios, para participar de su obra

Navidad: 4 de Enero: llamada a seguir a Jesús, el Cordero de Dios, para participar de su obra

 

Primera carta del apóstol san Juan 3,7-10. Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia justo, como él es justo. Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo pe desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.

 

Salmo 97,1-2ab.7-8a.8b-9. R. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo, por e ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes.

Al Señor, que llega para regir la tierra. Regirá e orbe con Justicia y los pueblos con rectitud.

 

Texto del Evangelio (Jn 1,35-42): En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?». Ellos le respondieron: «Rabbí —que quiere decir, "Maestro"— ¿dónde vives?». Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» —que quiere decir, Cristo—. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» —que quiere decir, "Piedra".

 

Comentario: 1.- 1 Jn 3,7-10. -«Hijos de Dios»... «Hijos del diablo»... Juan acaba de descubrir a los hijos de Dios. Ahora los contrapone a los "hijos del diablo". Esa expresión hace estremecerse. Del mismo modo que se puede vivir «en comunión con Dios», se puede también «vivir con el diablo». Podemos estar unidos a Dios y podemos encadenarnos al mal. Pero no olvidemos que esto no determina ante todo dos categorías de hombres -resultaría demasiado fácil clasificarse en la primera-; en realidad la frontera que separa a los hijos de Dios de los hijos del diablo, pasa por nuestro propio corazón. Por algunos aspectos de mi vida, soy «de Dios» ¡Gracias, Señor!... Por otros, soy «del diablo»... Perdón, Señor! -Mirad como se distingue a los hijos de Dios de los hijos del diablo: 1. El que no practica la justicia, no pertenece a Dios... 2. Tampoco el que no ama a su hermano es de Dios... Dos signos sencillos. Dos criterios. Es nuestro género de vida cotidiano el que nos hace pertenecer a Dios o al Diablo. La justicia. El Amor. Yo me dejo investir por esas dos palabras. Yo miro mi vida bajo esas dos luces: Ser justo... amar... Sin embargo, confío que son muchos los que «pertenecen a Dios». Pienso en todos los gestos de justicia y de amor verdadero, en todos los deseos de justicia y de fraternidad que surgen en el mundo por doquier. Evidentemente, ¡Ahí está Dios!

-Hijitos míos, que nadie os extravíe. Juan se preocupa mucho de preservar a sus cristianos de posibles desviaciones. El mal, el error pueden infiltrarse. Muy pronto empezaron las herejías. Los falsos doctores, los falsos conductores, los falsos profetas existen hoy como siempre existieron. «¡Que nadie os extravíe!»

-Quien vive según la justicia es justo, como El, Jesús, es justo. El punto de referencia es siempre la persona de Jesús. ¿En qué se basa mi juicio?... ¿En un código, en principios, en una moral, en una ideología, en una mentalidad inconsciente, en unos hábitos? «¡Jesús es justo!» Esta debería ser mi referencia constante. Exigencia infinita.

-Quien comete el pecado es del diablo, que ha sido pecador desde el Principio. Precisamente para esto se manifestó el Hijo de Dios, para destruir las obras del Diablo. El mundo es el teatro donde se libra ese gran combate. Jesucristo está en el corazón del mundo, como en la arena, en un cuerpo a cuerpo, luchando contra el pecado. Señor, hazme participar en tu combate. Señor, concédeme lucidez suficiente para descubrir a mi alrededor el pecado del mundo y mi propia participación en él.

-Quien ha nacido de Dios no comete pecado, porque permanece en él la semilla sembrada por Dios: por lo tanto no puede pecar. Hay que entender eso bien. En otros pasajes (1 Juan 1, 8-1O) Juan nos dice que tenemos pecados. ¡Eso es evidente! Aquí Juan afirma que «el hombre nacido de Dios» está colocado en una especie de estado fundamental que no es ya el mal; se trata de esa orientación global que marca la dirección principal de una vida. Gracias, Señor, por esa explicación. A pesar de los desvíos y los resbalones pasajeros, a pesar de las caídas ocasionales, es también mucha verdad, Señor, que te pertenezco y que voy a Ti. «Tu divina simiente permanece en mí» ¡Gracias. Quédate conmigo! (Noel Quesson).

«El que ha nacido de Dios no comete pecado». Si ayer nos alegrábamos de la gran afirmación de que somos hijos, hoy la carta de Juan insiste en las consecuencias de esta filiación: el que se sabe hijo de Dios no debe pecar. Se contraponen los hijos de Dios y los hijos del diablo. Los que nacen de Dios y los que nacen del maligno. El criterio para distinguirlos está en su estilo de vida, en sus obras.

«Quien comete el pecado es del diablo», porque el pecado es la marca del maligno, ya desde el principio. Mientras que «el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él: no puede pecar porque ha nacido de Dios». Es totalmente incompatible el pecado con la fe y la comunión con Jesús. ¿Cómo puede reinar en nosotros el pecado si hemos nacido de Dios y su semilla permanece en nosotros? Los nacidos de Dios han de obrar justamente, como él es justo, y como Jesús es el Justo, mientras que «el que no obra la justicia no es de Dios». Añade también el amor al hermano, que será lo que desarrollará en las páginas siguientes de su carta.

 

2. El salmo 97 habla del triunfo del Señor en su venida final, dice Juan Pablo II:  "se trata de un himno al Señor rey del universo y de la historia (cf v 6). Se define como "cántico nuevo" (v 1), que en el lenguaje bíblico significa un canto perfecto, pleno, solemne, acompañado con música de fiesta. En efecto, además del canto coral, se evocan "el son melodioso" de la cítara (cf. v 5), los clarines y las trompetas (cf v 6), pero también una especie de aplauso cósmico (cf v 8). Luego, resuena repetidamente el nombre del "Señor" (seis veces), invocado como "nuestro Dios" (v 3). Por tanto, Dios está en el centro de la escena con toda su majestad, mientras realiza la salvación en la historia y se le espera para "juzgar" al mundo y a los pueblos (cf v 9). El verbo hebreo que indica el "juicio" significa también "regir": por eso, se espera la acción eficaz del Soberano de toda la tierra, que traerá paz y justicia.

El salmo comienza con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel (cf vv 1-3). Las imágenes de la "diestra" y del "santo brazo" remiten al éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto (cf v 1). En cambio, la alianza con el pueblo elegido se recuerda mediante dos grandes perfecciones divinas: "misericordia" y "fidelidad" (cf v 3). Estos signos de salvación se revelan "a las naciones", hasta "los confines de la tierra" (vv 2 y 3), para que la humanidad entera sea atraída hacia Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvífica…

Son cuatro los cantores de este inmenso coro de alabanza. El primero es el mar, con su fragor, que parece actuar de contrabajo continuo en ese himno grandioso (cf v 7). Lo siguen la tierra y el mundo entero (cf vv 4 y 7), con todos sus habitantes, unidos en una armonía solemne. La tercera personificación es la de los ríos, que, al ser considerados como brazos del mar, parecen aplaudir con su flujo rítmico (cf v 8). Por último, vienen las montañas, que parecen danzar de alegría ante el Señor, aun siendo las criaturas más sólidas e imponentes (cf v 8; Sal 28,6; 113,6). Así pues, se trata de un coro colosal, que tiene como única finalidad exaltar al Señor, rey y juez justo. En su parte final, el salmo, como decíamos, presenta a Dios "que llega para regir (juzgar) la tierra (...) con justicia y (...) con rectitud" (Sal 97,9). Esta es la gran esperanza y nuestra invocación: "¡Venga tu reino!", un reino de paz, de justicia y de serenidad, que restablezca la armonía originaria de la creación.

En este salmo, el apóstol san Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra de Dios en el misterio de Cristo. San Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio "se ha revelado la justicia de Dios" (cf Rm 1,17), "se ha manifestado" (cf Rm 3,21). La interpretación que hace san Pablo confiere al salmo una mayor plenitud de sentido. Leído desde la perspectiva del Antiguo Testamento, el salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al contemplarlo, se admiran. En cambio, desde la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo contemplan y son invitadas a beneficiarse de esa salvación, ya que el Evangelio "es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego", es decir del pagano (Rm 1,16). Ahora "todos los confines de la tierra" no sólo "han contemplado la salvación de nuestro Dios" (Sal 97,3), sino que la han recibido.

Desde esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un texto recogido después por san Jerónimo, interpreta el "cántico nuevo" del salmo como una celebración anticipada de la novedad cristiana del Redentor crucificado. Por eso, sigamos su comentario, que entrelaza el cántico del salmista con el anuncio evangélico: "Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado, algo hasta entonces inaudito. Una realidad nueva debe tener un cántico nuevo. "Cantad al Señor un cántico nuevo". En realidad, el que sufrió la pasión es un hombre; pero vosotros cantad al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero salvó como Dios". Prosigue Orígenes: Cristo "hizo milagros en medio de los judíos: curó paralíticos, limpió leprosos, resucitó muertos. Pero también otros profetas lo hicieron. Multiplicó unos pocos panes en un número enorme, y dio de comer a un pueblo innumerable. Pero también Eliseo lo hizo. Entonces, ¿qué hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre, para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado, para elevarnos hasta el cielo"".

 

3. A. Comentario mío de 2008. "¿Es éste el cordero de Dios?", quizá sería la pregunta que dirigieron a Juan Bautista los discípulos que él previamente había preparado para seguir a Jesús: Andrés y Juan, Pedro y Santiago. Son de Galilea, y están aprendiendo al lado del maestro Juan, en Judea, como de campamento, lejos de su tierra. Jesús llama por entero su atención, nos lo imaginamos –como lo pinta la NASA, en sus estudios sobre la sábana santa- alto, de 1.75-1.80 m.; unos 80 kg. de peso, largo cabello, espalda ancha, andar firme y seguro. "Maestro, ¿dónde vives?" Le preguntan. "Venid conmigo y así vosotros mismos lo veréis", y van con el galileo, hechizados por su presencia, están a gusto, con sus corazones que arden en ideales, en encontrar la verdad, un amor para dar la vida. Se acuerdan de la hora: "hacia las cuatro de la tarde"… Comenzarían un diálogo maravilloso, como indicaba Juan Pablo II para todo diálogo: "descubro también que mi persona se enriquece por medio de la conversación. Porque poseer sólidas convicciones es hermoso; pero más hermoso todavía es poderlas comunicar y verlas compartidas y apreciadas por otros"; cuando este diálogo afecta a las cosas nucleares, es más rico aún, como dirá más tarde Jesús (Mt 12, 35): "el hombre de bien, de su buen fondo saca cosas buenas; y el hombre malo, de su mal fondo saca cosas malas". Vemos en este Evangelio la formación del primer núcleo de discípulos, del que el Señor dará una llamada como apóstoles para confiarles la Iglesia más tarde.

Hoy también hay muchos que van sin rumbo, buscando la verdad, lo indicaba Benedicto XVI: «hay personas que se comprometen con la paz y con el bien de la comunidad, a pesar de que no comparten la fe bíblica, a pesar de que no conocen la esperanza de la Ciudad eterna a la que nosotros aspiramos. Tienen una chispa de deseo de lo desconocido, de lo más grande, del trascendente, de una auténtica redención». Siguiendo a San Agustín, ante el cual aparece un mundo también pagano, añade: "Dios no permitirá que perezcan con Babilonia, al estar predestinados para ser ciudadanos de Jerusalén… Si se dedican con conciencia pura a estas tareas». Para esto ha venido Dios a la tierra como Cordero: "quiere que todos los hombres se salven y que lleguen al conocimiento de la verdad", como dice Pablo. Queda mucho trabajo, y para ello el Señor sigue llamando: "venid y veréis"… A los que tenemos fe, ser fieles va unido a la llamada al apostolado. La Iglesia es misionera, como se ha recordado estos días. Y la eficacia llega a todos, en una solidaridad nueva traída por Cristo.

Pío IX en 1854 dijo que los que ignoran la verdadera religión, cuando su ignorancia es invencible, no son culpables de este hecho ante los ojos de Dios; y añadió en 1863: «Es sabido que los que observan con celo la ley natural y sus preceptos esculpidos por Dios en el corazón de todo hombre, pueden alcanzar la vida eterna si están dispuestos a obedecer a Dios y si conducen una vida recta». Quizá hoy muchos están apartados de la fe por una cierta desilusión, resentimientos, condicionamientos culturales y sociales… Jesús ha venido a quitar el pecado, a ofrecer la salvación a todos.  A los que no conocen, para que conozcan. La doctora Morali, citando «Lumen Gentium» 16 (los que «buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna») subraya en el texto que esa búsqueda del bien, el empeño y la voluntad de llevarlo son efectos de la acción de la gracia. Jesús está implicado en cada persona, unido a ella; de manera que «la divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta». Y ser apóstol es ayudar como instrumentos divinos a que este camino sea más fácil, como dice «Ad Gentes» (n. 7) sobre la necesidad de la fe: «Pues aunque el Señor puede conducir por caminos que Él sabe a los hombres, que ignoran el Evangelio inculpablemente, a la fe, sin la cual es imposible agradarle, la Iglesia tiene el deber, a la par que el derecho sagrado de evangelizar».

Tertuliano afirmaba: «alma naturaliter christiana» [el alma es naturalmente cristiana]. Este anhelo está inscrito en el corazón de la persona, somos imagen de Dios en Jesucristo, que es la Imagen de Dios. Con la Encarnación, Jesús se ha unido en cierto modo a cada persona, nos decía Juan Pablo II, está a nuestro lado en el camino de la vida, como en el camino de Emaus, y para ello nos pide colaboración, pues él actúa de una manera especial con el bautismo y los otros medios que perfeccionan a lo largo de su vida al cristiano.

* Para ello Jesús entra en esta historia, la expresión de cordero indica también que entra en las tentaciones de Moisés, como dice Ratzinger: "como Moisés, ofreció el sagrado canje: ser borrado del libro de la vida para salvar a su pueblo. De este modo, Jesús será el Cordero de Dios que carga sobre sí los pecados del mundo, el nuevo Moisés que está verdaderamente «en el seno del Padre» y, cara a cara con El, nos lo revela. El es verdadera fuente de agua viva en los desiertos del mundo; El, que no sólo habla, sino que es la palabra de la vida: camino, verdad y vida. Desde lo alto de la cruz, nos da la nueva alianza. Con la resurrección, el verdadero Moisés entra en la Tierra Prometida, cerrada para Moisés, y con la llave de la cruz nos abre las puertas del Paraíso.

Jesús, por tanto, asume y concentra en sí toda la historia de Israel. Esta historia es su historia: Moisés y Elías no sólo hablaron con El, sino de El. Convertirse al Señor es entrar en la historia de la salvación, volver con Jesús a los orígenes, a la cumbre del Sinaí, rehacer el camino de Moisés y de Elías, que es la vía que conduce hacia Jesús y hacia el Padre, tal como nos la describe Gregorio de Nisa en su Ascensus Moysis".

Esto se ve en las tentaciones de Jesús; ser Cordero quiere decir también participar "en las tentaciones de su pueblo y del mundo, sobrellevar nuestra miseria, vencer al enemigo y abrirnos así el camino que lleva a la Tierra Prometida". De una manera especial es modelo del sacerdote: "mantenerse en primera línea, expuesto a las tentaciones y a las necesidades de una época concreta, soportar el sufrimiento de la fe en un determinado tiempo, con los demás y para los demás". En las épocas de crisis en el campo de las ideas o de la vida social o política, "es normal que los sacerdotes y los religiosos sientan su impacto antes incluso que los laicos; arraigados en la firmeza y en el sufrimiento de su fe y de su oración, deben ellos construir el camino del Señor en los nuevos desiertos de la historia. El camino de Moisés y de Elías se repite siempre, y así la vida humana entra en todo tiempo en la única senda y en la única historia del Señor Jesús".

** Todo ello está presente en ese primer encuentro de Jesús con los que serán "suyos". Fray Josep Mª Massana, al contemplar esta escena, señala aquella pregunta de los jóvenes: «'Maestro, ¿dónde vives?'. Les respondió: 'Venid y lo veréis'» . "Van, y lo contemplan escuchándolo. Y conviven con Él aquel atardecer, aquella noche. Es la hora de la intimidad y de las confidencias. La hora del amor compartido. Se quedan con Él hasta el día siguiente, cuando el sol se alza por encima del mundo.

Encendidos con la llama de aquel «Sol que viene del cielo, para iluminar a los que yacen en las tinieblas» (cf. Lc 1,78-79), marchan a irradiarlo. Enardecidos, sienten la necesidad de comunicar lo que han contemplado y vivido a los primeros que encuentran a su paso: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). Los santos también lo han hecho así. San Francisco, herido de amor, iba por las calles y plazas, por las villas y bosques gritando: «El Amor no está siendo amado».

Lo esencial en la vida cristiana es dejarse mirar por Jesús, ir y ver dónde se aloja, estar con Él y compartir. Y, después, anunciarlo. Es el camino y el proceso que han seguido los discípulos y los santos. Es nuestro camino".

 

B. Comentario que tomo de textos de mercaba.org en 2010. Jn 1,35-42 (ver domingo 2B). -Juan Bautista, fijando su vista sobre Jesús que pasaba... dijo: He aquí el Cordero de Dios. Fijar los ojos en Jesús. Impregnarme de esta contemplación.

-Los dos discípulos que oyeron esta Palabra, siguieron a Jesús. Me imagino esta escena. Jesús va por un sendero. Dos hombres se deciden a seguirle, tímidamente, con el corazón saltante... Es el primer encuentro. ¿Qué va a hacer Jesús? ¿Qué pensará? Por el momento basta "seguirle".

-Volvióse Jesús a ellos, viendo que le seguían y les dijo: "¿Qué buscáis?" Primera palabra de Jesús. Se da cuenta de que le buscan... El les hace una pregunta. "Maestro (Rabí) ¿dónde moras?" Buscar. Seguir. Quedarse con. Tres actitudes esenciales. ¿Busco yo a Dios? ¿Le sigo? ¿Me quedo con El?

-"Venid y ved" Es una respuesta a su deseo. Respetuosa con su libertad. "Venid a ver".

-Y permanecieron con El aquel día. Era como las cuatro de la tarde. Juan lo recuerda con precisión. Anota la hora. Esto es normal, pues era su primera conversación con Jesús ¿Qué se dijeron? Ambos debieron de contarle su vida, sus deseos, sus asuntos. El, debió de decirles sus proyectos, sus propios deseos.

-Era Andrés uno de los dos... Encontró luego a su hermano Simón y le dijo: "Hemos hallado al Mesías". Andrés condujo a su hermano a Jesús. La aventura divina, se realiza en las relaciones humanas: Juan y Andrés eran amigos, pertenecían al mismo equipo de pesca sobre el lago (Lucas, 5, 10)... Además estaban unidos por el mismo ideal, en torno a Juan Bautista que habían seguido primero. Y he aquí que ahora también los lazos de la sangre entran en juego: Andrés conduce a su hermano Simón. Es pues un grupo natural el que se halla "embarcado" en la aventura apostólica: cuatro hombres que se conocían, Andrés, Simón, Juan, Santiago. Una vocación no nace en las nubes: todo un contexto humano la favorece o la estorba. Trataré de estar más atento a los fenómenos de grupos, a las comunidades naturales, a la solidaridad que enlaza a las gentes. La buena nueva del evangelio no atañe a individuos aislados, sino a personas, en relación con otras... y es por medio de esas relaciones que se propaga un cierto encuentro con Jesús. Crear lazos. ¿Cuál es mi ambiente, mi comunidad real? Vivir en primer lugar, en mí, los lazos naturales. ¿Qué personas se relacionan conmigo? No vivir solo. Participar. Estar con. Desarrollar las amistades.

-Jesús, fijando la vista en Simón, dijo: "Tú eres Simón el hijo de Juan; tú serás llamado "Cefas", que quiere decir Pedro. Importancia del "nombre" entre los semitas... Jesús cambia el nombre de uno de los que formaban ese grupo de amigos. Es un tomar, un contar con él, un confiarle un papel a desempeñar: piedra, roca. Si toda vocación divina arraiga en lo humano, como acabamos de constatar, continúa siendo, no obstante, una llamada de Dios, una iniciativa divina. A través de nuestras relaciones humanas, si sabemos mirarlas en profundidad, con fe, veremos que se juega allí un designio de Dios: no es por azar que he encontrado a tal persona, que trabajo o habito cerca de "tal"; Dios cuenta con ello, y El tiene algo que ver en este encuentro o en estas relaciones (Noel Quesson).

El testimonio que Juan el Bautista ha dado de Jesús hace que algunos de sus discípulos pasen a seguir al Mesías. Que era lo que quería Juan: «que yo mengüe y que él crezca». Seguimos leyendo la primera página del ministerio mesiánico de Jesús. Andrés y el otro discípulo le siguen, le preguntan dónde vive, conviven con él ese día, y así serán luego testigos suyos y la Buena Noticia se irá difundiendo. Andrés corre a decírselo a su hermano Simón: «hemos encontrado al Mesías», y propicia de este modo el primer encuentro de Simón con Jesús, que le mira fijamente y le anuncia ya que su verdadero nombre va a ser Cefas, Piedra. Pedro.

La Navidad -el Dios hecho hombre- nos ha traído la gran noticia de que somos hijos en el Hijo, y hermanos los unos de los otros. Pero también nos recuerda que los hijos deben abandonar el estilo del mundo o del diablo, renunciar al pecado y vivir como vivió Jesús. Si en días anteriores las lecturas nos invitaban con una metáfora a vivir en la luz, ahora más directamente nos dicen que desterremos el pecado de nuestra vida. El pecado no hace falta que sean fallos enormes y escandalosos. También son pecado las pequeñas infidelidades en nuestra vida de cada día, nuestra pobre generosidad, la poca claridad en nuestro estilo de vida. Navidad nos invita a un mayor amor en nuestro seguimiento de Jesús. Empezamos el año con un programa ambicioso. No quiere decir que nunca más pecaremos, sino que nuestra actitud no puede ser de conformidad con el pecado. Que debemos rechazarlo y desear vivir como Cristo, en la luz y en la santidad de Dios. Por desgracia todos tenemos la experiencia del pecado en nosotros mismos, que siempre de alguna manera es negación de Dios, ruptura con el hermano y daño contra nuestra propia persona, porque nos debilita y oscurece. Cuando en nuestras opciones prevalece el pecado, por dejadez propia o por tentación del ambiente que nos rodea, no estamos siendo hijos de Dios.

Fallamos a su amor. La Plegaria Eucarística IV del Misal describe el pecado de nuestros primeros padres así: «cuando por desobediencia perdió tu amistad...». Y al contrario: cuando renunciamos a nuestros intereses e instintos para seguir a Cristo, entonces sí estamos actuando como hijos, y estamos celebrando bien la Navidad. En la bendición solemne de la Navidad el presidente nos desea esta gracia: «el Dios de bondad infinita que disipó las tinieblas del mundo con la encarnación de su Hijo... aleje de vosotros las tinieblas del pecado y alumbre vuestros corazones con la luz de la gracia».

Como los discípulos del Bautista en el evangelio, los cristianos somos llamados, a seguir a Cristo Jesús. Seguir es ver, experimentar, estar con, convivir con Jesús, conocer su voz, imitar su género de vida, y dar así testimonio de él ante todos. Ese «venid y veréis» ha debido ser para nosotros la experiencia de la Navidad, si la estamos celebrando bien. ¿Salimos de ella más convencidos de que vale la pena ser seguidores y apóstoles de Jesús?, ¿tenemos dentro una buena noticia para comunicar?, ¿la transmitiremos a otros, como Andrés a su hermano Pedro?

La Eucaristía la celebramos con una humilde conciencia de que somos pecadores. Al inicio de la misa decimos a veces la hermosa oración penitencial: «yo confieso... por mi culpa, por mi culpa». Reconocemos que somos débiles pero le pedimos a Dios su ayuda y su perdón. En el Padrenuestro pedimos cada día: «mas líbranos del mal», que también puede significar «mas líbranos del maligno». Y somos invitados a la comunión asegurándonos que el Señor que se ha querido hacer nuestro alimento es ese Jesús que vino para «quitar el pecado del mundo» (J. Aldazábal).

San Agustín, que fue un discípulo y un maestro en el arte de la búsqueda, nos enseñó que sólo buscamos aquello que previamente nos ha atraído. Toda búsqueda nace de una seducción inicial. Busca quien se siente interiormente llamado. Si hoy nos cuesta buscar con ahínco, tal vez sea porque hemos cerrado las fuentes de la seducción. ¿Dónde experimentamos la seducción de Jesús?

A menudo, en el seno de la iglesia, se oyen voces que hablan de la pérdida de atracción. Se dice que las misas no son "atractivas" para los jóvenes. Muchos piensan que ser religioso o sacerdote ha dejado de atraer. Y así otras muchas cosas. ¿Qué es lo que hace que una realidad sea atractiva o atrayente? ¡Su magnetismo, su fuerza de gravedad! Una realidad es atractiva cuando nos arrastra hacia el fondo de nosotros mismos, no cuando nos aleja de él. Jesús debió de resultar extraordinariamente atractivo porque su sola mirada era una invitación a vivir en verdad. Y, claro, cuando uno se sitúa en ese nivel, inmediatamente comienza a hacer preguntas y a buscar. Creo que sólo así podemos comprender bien por qué las primeras palabras de Jesús son una pregunta (gonzalo@claret.org).

En la lectura evangélica Juan Bautista vuelve a llamar a Jesús "cordero de Dios", y los dos discípulos que lo acompañan comprenden el mensaje: se van si guiendo a Jesús. Es un hermoso relato de vocación, Jesús se da cuenta de que lo siguen y les pregunta "¿qué buscan?". Todos buscamos algo, máxime si vamos tras Je sús, y hemos de responderle como los discípulos de Juan, que ahora comienzan a ser sus discípulos: "¿Maestro, dónde vives?". Porque se trata de vivir con Jesús, de estar con Él, de llegar a conocerle íntimamente, hasta descubrir quién es, qué quiere de noso tros, cuál es la enseñanza que nos trae.

El evangelista nos dice que los discípulos vieron dónde vivía Jesús y que se quedaron con Él ese día. En el evangelio de Juan las palabras tienen siempre un significado secreto, misterioso, una especie de do ble sentido. "Ver" dónde vive Jesús significa mucho más que conocer su dirección; "quedarse" con El, es mucho más que pasar un rato conversando de cualquier cosa. Ver dónde vive Jesús y quedarse con Él es hacer una profunda experiencia de discipulado, es estar sentado a sus pies bebiendo sus palabras, aco giendo su enseñanza, dejándose iluminar por su luz. Hasta el punto de quedar transformado en verdadero discípulo suyo, no ya de Juan Bautista. La prueba de esta transformación es que el discípulo llama a otros discípulos; quien ya sabe don de vive Jesús y se ha quedado con El, quiere llamar a otros a seguirle también. Como lo hace Andrés, lleno de júbilo, con su hermano Simón: "¡hemos encontra do al Mesías!" (Juan Mateos).

Hoy, el Evangelio nos recuerda las circunstancias de la vocación de los primeros discípulos de Jesús. Para prepararse ante la venida del Mesías, Juan y su compañero Andrés habían escuchado y seguido durante un tiempo al Bautista. Un buen día, éste señala a Jesús con el dedo, llamándolo Cordero de Dios. Inmediatamente, Juan y Andrés lo entienden: ¡el Mesías esperado es Él! Y, dejando al Bautista, empiezan a seguir a Jesús. Jesús oye los pasos tras Él. Se gira y fija la mirada en los que le seguían. Las miradas se cruzan entre Jesús y aquellos hombres sencillos. Éstos quedan prendados. Esta mirada remueve sus corazones y sienten el deseo de estar con Él: «Dónde vives?» (Jn 1,38), le preguntan. «Venid y lo veréis» (Jn 1,39), les responde Jesús. Los invita a ir con Él y a mirar, contemplar. Van, y lo contemplan escuchándolo. Y conviven con Él aquel atardecer, aquella noche. Es la hora de la intimidad y de las confidencias. La hora del amor compartido. Se quedan con Él hasta el día siguiente, cuando el sol se alza por encima del mundo. Encendidos con la llama de aquel «Sol que viene del cielo, para iluminar a los que yacen en las tinieblas» (cf. Lc 1,78-79), marchan a irradiarlo. Enardecidos, sienten la necesidad de comunicar lo que han contemplado y vivido a los primeros que encuentran a su paso: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). Los santos también lo han hecho así. San Francisco, herido de amor, iba por las calles y plazas, por las villas y bosques gritando: «El Amor no está siendo amado». Lo esencial en la vida cristiana es dejarse mirar por Jesús, ir y ver dónde se aloja, estar con Él y compartir. Y, después, anunciarlo. Es el camino y el proceso que han seguido los discípulos y los santos. Es nuestro camino (Josep Mª Massana).

 "Es tan manso como un cordero", solemos decir con cierta frecuencia. Y, en efecto, el cordero es como el símbolo de la mansedumbre, de la bondad y de la paz. Es un animalito inocuo y totalmente indefenso; más aún, cuando es todavía pequeño, nos despierta sentimientos de viva simpatía por su candor e inocencia. Pues Jesucristo nuestro Señor no rehusó adjudicarse a sí mismo el título de "Cordero de Dios". Es verdad que fue Juan Bautista el que se lo aplicó, pero Jesús no lo rechaza. Es más, lo acepta de buen grado.

Fue el Papa san Sergio I quien introdujo el "Agnus Dei" en el rito de la Misa, justo antes de la Comunión. Y, desde entonces, todos los fieles cristianos recordamos diariamente aquellas palabras del Bautista: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Desde los primerísimos siglos de la Iglesia, la imagen del cordero ha sido un símbolo tradicional en la iconografía y en la liturgia católica. Con frecuencia lo vemos grabado o pintado en los lugares y objetos de culto, bordado en los ornamentos sagrados o esculpido en el arte sacro. Pronto esta figura, junto con la del pez, fue un signo común entre los cristianos. Y, para comprenderlo mejor, tratemos de ver brevemente la rica simbología bíblica que está detrás.

El profeta Jeremías, perseguido por sus enemigos por predicar en el nombre de Dios, se compara a sí mismo como "a un cordero llevado al matadero" (Jer 11,19). Poco más tarde, el profeta Isaías retoma esta misma imagen en el famoso cuarto canto del Siervo de Yahvé, que debe morir por los pecados del mundo y que no abre la boca para protestar, a pesar de todas las injurias e injusticias que se cometen contra él, manso e indefenso como un "cordero llevado al matadero" (Is 53,7). En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra que el eunuco de Etiopía iba leyendo este texto en su carroza y que el apóstol Felipe le explicó quién era ese Siervo doliente de Yahvé descrito por el profeta: Jesús, nuestro Mesías, que nos redimió con los dolores y quebrantos de su pasión.

Pero, además, el tema del cordero se remonta hasta la época de Moisés y a la liberación de Israel de manos del faraón. El libro del Éxodo nos narra que, cuando Dios decidió liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, ordenó que cada familia sacrificase un cordero sin defecto, macho, de un año, que lo comiesen por la noche y que con su sangre untaran las jambas de las puertas en donde se encontraban. Con este gesto fueron salvados todos los israelitas de la plaga exterminadora que asoló aquella noche al país de Egipto, matando a todos sus primogénitos (Ex 12,1-14). Unos días más tarde, en el monte Sinaí, Dios consumía su alianza con Israel sellando su pacto con la sangre del cordero pascual (Ex 24,1-11). Es entonces cuando Israel queda convertido en el pueblo de la alianza, de la propiedad de Dios, en pueblo sacerdotal, elegido y consagrado a Dios con un vínculo del todo singular (Ex 19,5-6).

En el Nuevo Testamento, la tradición cristiana ha visto en el cordero, con toda razón, la imagen de Cristo mismo. San Pablo, escribiendo a los fieles de Corinto, les dice que les transmite una tradición que él, a su vez, ha recibido y procede de manos del Señor: "Que el Señor Jesús, en la noche que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: 'Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía'. Y lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: 'Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía'. Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva" (I Cor 11,23-26).

Cristo, "nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado", decía Pablo a la comunidad de Corinto (I Cor 5,7). Y Pedro, en su primera epístola, invitaba a los fieles a recordar que "habían sido rescatados de su vano vivir no con oro o plata, que son bienes corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, Cordero sin defecto ni mancha" (I Pe 1,18-19).

Y también en el libro del Apocalipsis encontraremos esta imagen en diversos momentos. Aparece con tonos solemnes y dramáticos un cordero, como degollado, rodeado de los cuatro vivientes y de los veinticuatro ancianos, y es el único capaz de presentarse ante el trono de la Majestad de Dios y abrir los sellos del libro sagrado. Entonces todos los ancianos y miles y miles de la corte celestial se postran delante del cordero para tributarle honor, gloria y adoración por los siglos (Ap 5,2-9.13).

Y al final del Apocalipsis –que es también la conclusión de toda la Biblia— se nos presentan, en todo su espendor y belleza, las bodas místicas del Cordero con su Iglesia, que aparece toda hermosa y ricamente ataviada, como una novia que se engalana para su esposo (Ap 19, 6-9;21, 9).

A esta luz, el símbolo del cordero se nos ha llenado de sentido y de una riqueza teológica y espiritual fuera de serie. Ese cordero pascual es Jesucristo mismo. Es el verdadero cordero que quita el pecado del mundo, el Cordero pascual de nuestra redención, que se inmoló como sacrificio perfecto en su Sangre e instituyó como sacramento la noche del Jueves Santo. Así, su Iglesia puede celebrar todos los días, en la Santa Misa y en los demás sacramentos, el memorial de la pasión, muerte y gloriosa resurrección del Señor, para prolongar su presencia entre nosotros y su acción salvadora hasta el final de los tiempos.

Gracias a esto, hoy todos los católicos del mundo repetimos diariamente en el santo sacrificio eucarístico esas mismas palabras, por labios del sacerdote: "Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ¡Dichosos los invitados al banquete del Señor!".

Ojalá que, a partir de hoy, cada vez que digamos estas palabras, lo hagamos con todo el fervor de nuestra fe, de nuestro amor y adoración, pidiendo a Dios por la salvación de toda la humanidad. ¡Éstos son los deseos de Jesucristo, el gran Cordero y Pastor de nuestras almas! (Sergio Córdova).

 

Domingo 4º de Adviento, ciclo C. María exulta de gozo porque lleva el Señor, y nos lo comunica.

Domingo 4º de Adviento, ciclo C. María exulta de gozo porque lleva el Señor, y nos lo comunica.

 

1. Miqueas nos trae una profecía del Señor: "Tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel… hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornarán a los hijos de Israel. En pie pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor su Dios. Habitarán tranquilos porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y ésta será nuestra paz". Aquí se nos habla del Salvador: NOS PREPARAMOS A CELEBRAR EL NACIMIENTO DE JESÚS, con María y José: - pensando en nuestro corazón que vendrá el Rey de Reyes, Dios, a nuestra casa… - dedicándole los mejores cuidados: haciéndole el Belén y cuidando de hacer un Belén en mi corazón donde esté a gusto, con pañales y todo lo que vaya a necesitar... - Visitándole en el Sagrario para felicitarle por su próximo cumpleaños. - Asistiendo a Misa para verle en la Eucaristía y aprender a adorarle. - Empezando a ensayar los Villancicos que le cantaremos cuando llegue su día. - Rezando la Comunión espiritual, por ejemplo esta: "Yo quisiera, Señor, / recibiros / con aquella pureza, / humildad y devoción / con que os recibió / vuestra Santísima Madre, / con el espíritu / y fervor de los santos". Así esperaremos con ilusión el Nacimiento de Jesús y nos prepararemos para que nazca en nuestro corazón. Le podemos decir cuando le visitamos: Jesús, creo que estás aquí, que eres el mismo que naciste en Belén, que adoraron los pastores y los Magos, y sobre todo tu Santísima Madre y San José. Yo también te adoro como ellos te adoraron.

Y es que en el mundo muchos están como dormidos, no se dan cuenta de que va a venir y no se preparan. Cuando Jesús nació en Belén, muy pocos le esperaban y muy pocos le recibieron. "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron". Cuando José buscó posada para Jesús, los vecinos de Belén no le recibieron. Algunos sí, fueron a verle… ¿recuerdas? Los pastores, los Magos, dos ancianos que vivían en el Templo, y una cantidad de ángeles... y ahí estaban María y José. Y ahí queremos estar nosotros estos días, bien preparados: "VEN, VEN, SEÑOR, NO TARDES, QUE TE ESPERAMOS, VEN, PRONTO, SEÑOR. El mundo muere de frío. Al mundo le falta vida, el alma perdió el calor, al mundo le falta luz, los hombres no son hermanos, al mundo le falta cielo, el mundo no tiene amor.    Al mundo le faltas Tú..."

Por eso celebramos Santa María de la O. Recuerdo el "paso" de Semana Santa, que sale un poco más allá de la Esperanza de Triana, la "Trianera". Todo el Adviento nos habla de la Virgen que está en estado de buena esperanza, a las puertas mismas del Portal de Belén, y todos dicen: "¡Oh!, ¡que viene!" Dime, niño, ¿de quién eres? Ya suenan los villancicos que preguntan de dónde viene el Niño, "Los peces en el río" y el "¡Arre borriquito!", la "Marimorena", el de "Dime niño" nos habla del "chiquillo vestido de blanco": "Soy de la Virgen María y del Espíritu Santo", nos ilumina con la luz del misterio. Y cantamos: "Resuenen con alegría los cánticos de mi tierra y ¡viva el Niño de Dios, que nació en la Nochebuena!" Y sabemos que todo se acaba: "La nochebuena se viene, la nochebuena se va; y nosotros nos iremos y no volveremos más", pero queda abierta la puerta de la esperanza. Porque la Navidad es la cercanía del Niño-Dios que vence los temores, como dicen los ángeles a los pastores: "No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor". Sin miedo, porque ha nacido Jesús, porque se acerca la fiesta de Navidad.

2. El Salmo reza: "Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve… Despierta tu poder y ven a salvarnos… vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa… Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste, no nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre". Es la oración de Jesús por la salvación de su viña, que somos nosotros, el jardín de Dios. Cuando rezamos, tenemos una fuerza sobrenatural: "donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, estoy yo en medio de ellos", dice Jesús, "yo lo que pidáis en mi nombre os lo concederé" (aunque nos lo da a veces de manera distinta). El Señor visita su viña. Y aunque llegan tempestades, Él nos protege, pero hemos de decirle: "No nos alejaremos de ti". Él era -nos dice- la luz de los hombres. Y la luz brilló en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron. Él estaba en el mundo y el mundo fue hecho por Él, pero el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a los que le recibieron (felizmente) les dio poder para ser hijos de Dios.

3. La carta a los Hebreos nos dice que cuando Cristo entró en el mundo dijo a Dios: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad»", porque Dios no quiere sacrificios raros sino que procuremos portarnos bien, como decimos en el Padrenuestro: "hágase tu voluntad", y así de verdad decimos "santificado sea tu nombre". Esto explica que el mérito de Jesús no es sufrir en la cruz, sino obedecer hasta el final, por amor, que ésta es la religión "en espíritu y en verdad", decir "Aquí estoy" no sólo con la palabra sino principalmente con los hechos.

4. El Evangelio nos dice que María obedeció la sugerencia del ángel: "se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito: -¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". Ejemplo de servicio, pero alegre: -¡Dichoso el que cree y espera! María iría con su marido José, van a Ain Karem donde residían Isabel y Zacarías cuando no estaba éste último al servicio del templo. Isabel y María no se veían a menudo pero se querían. Esta escena ha inspirado a muchos pintores, como el cuadro del románico que se ve que el ojo que miran con la cara pegada es el mismo, están tan unidas que miran con la misma mirada, y queremos decir a María hoy: "que sepa mirar con tu mirada, desde tu corazón, las cosas de este año que está para comenzar, del resto de mi vida que quiero vivir pegado a ti como en este abrazo que te diste con santa Isabel…". María en los brazos de Isabel, Isabel en los brazos de María.

Dos mujeres habitadas por el Espíritu Santo comparten la obra de Dios en un impulso de ternura de donde brota un fuego, tan grande que Juan el Bautista se pone a bailar en el seno de su madre, Isabel a profetizar, María a exultar en extasis… aquello es una fiesta: "Feliz, le dice Isabel, tú que has creído".  Queremos llenarnos de este fuego, que llena de amor eterno en aquella oración que rezamos en el Avemaría: "Isabel se sintió llena del Espíritu Santo, y, exclamando en alta voz, dijo: Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre". A lo que responde María: "Mi alma canta la grandeza del Señor". Al llegar la Navidad de 1980, el Papa Juan Pablo II se reunió con más de dos mil niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: ¿Cómo os preparáis para la Navidad? Con la oración, responden los chicos gritando. Bien, con la oración, les dice el Papa, pero también con la Confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis?  Y los millares de chicos, más fuerte todavía, responden: ¡Lo haremos! Sí, debéis hacerlo,  les dice Juan Pablo II. Y en voz más baja: El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño Dios. Pues eso: Prepararnos a recibir al Señor en Navidad haciendo una buena Confesión en Adviento (en cursiva, tomado de Ricardo Martínez Carazo).

 

Domingo segundo después de Navidad: celebramos que Jesús es la sabiduría de Dios que viene a llenar de sentido nuestra vida.

Domingo segundo después de Navidad: celebramos que Jesús es la sabiduría de Dios que viene a llenar de sentido nuestra vida.

 

1. El Eclesiástico habla de la sabiduría: "Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás". Hoy cantamos que la Palabra de Dios, en la noche de Navidad, vino al mundo, y su luz lo llena todo, "para que conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve el amor de lo invisible" (prefacio). Las lecturas de este domingo son un repaso de la historia Sagrada: es como cuando se quita en el teatro el telón y se ve lo que se representa, así nos enseña Dios el regalo que nos tenía guardado con su sabiduría, su perfume, su aroma exquisito, nos enseña sus frutos que son dulces como la miel, y sus flores, abundantes… Jesús es como las manos de Dios y su sabiduría, por Jesús Dios hace todo.

2. Y es su Palabra y por Él lo dice todo cuando "...la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria", como recuerda el Salmo, que dice: "Glorifica al Señor, Jerusalén, / alaba a tu Dios Sión: / que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, / y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. / Ha puesto paz en tus fronteras, / te sacia con flor de harina; / él envía su mensaje a la tierra, / y su palabra corre veloz…" Nos da de lo mejor como alimento: "y si, ya aquí abajo, Jesús nos conforta dándonos a comer su propia Carne, ¿cómo saciará en el Cielo a quienes les desborde con la luz de su Divinidad?" (Casiodoro). Para los antiguos, el "pan" en abundancia es símbolo  de la felicidad y de la vida. Tenemos hambre del Pan vivo, hambre de Dios, y así seremos felices si no le dejamos este año que comienza. Nos ayudan las oraciones, hay algunas populares bien bonitas, como éstas de la mañana: "Mañana de mañanita / voy a empezar mi camino. / Cuídame Madre bendita, / guíame Jesús divino".

 "Jesusito, ¡buenos días!, / Jesusito de mi amor. / Aquí me tienes, mi vida, / aquí me tienes, Señor.

Muchos besos vengo a darte, / y también mi corazón. / Tómalo, Niño bueno, / es toda mi posesión. / Y si yo te lo pidiera / al llegar a ser mayor, / no me lo entregues, mi vida, / no me hagas caso mi Dios. / Guárdalo oculto en tu pecho, / encerradito, Jesús, / que yo no pueda cogerlo, / y siempre lo tengas Tú".

Luego, durante el día, quizá tenemos costumbre de rezar otras, aquí pongo alguna, por ejemplo para comer: "Jesús, que naciste en Belén: Bendice estos alimentos, y a nosotros también".

"Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tómalo, tómalo; tuyo es, mío no".

Y por la noche: "Niño Jesús, ven a mi cama. Dame un besito, y hasta mañana".

También nos ayuda la compañía del ángel, como pedimos en esta oración: "Ángel de la Guarda, tú que eres mi amigo, haz que al acostarme yo sueñe contigo".

Y así bien acompañados tratar a Dios en las tres Personas: "Que el Padre guarde mi alma; que el Hijo guarde mi sueño; y el Espíritu mi alma, mi sueño y mi cama". Podría seguir con otras oraciones, y en otros idiomas, pero lo importante es que este trato nos lleva a sentir el consuelo de Jesús, y sentirnos hijos de Dios.

3. La carta a los Efesios cuenta nuestra vocación: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales, en el cielo. Ya que en Él nos eligió, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables en su presencia, por amor. Nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo" y pide que Dios nos dé "un espíritu de sabiduría" y, con el "corazón" iluminado vivir la "esperanza a la que han sido llamados". San Juan Crisóstomo al pensar en esto tan grande, "en Cristo", dice: "¿Qué te falta? Eres inmortal, eres libre, eres hijo, eres justo, eres hermano, eres coheredero, con Él reinas, con Él eres glorificado. Te ha sido dado todo y, como está escrito, "¿cómo no nos dará con Él graciosamente todas las cosas?". Tu primicia es adorada por los ángeles, por los querubines y por los serafines. Entonces, ¿qué te falta?". Y si Dios hizo todo esto por nosotros, "¿por qué nos ama de este modo? ¿Por qué motivo nos quiere tanto? Únicamente por bondad, pues la "gracia" es propia de la bondad". Todo lo ha hecho "por el amor" que nos tiene. Decía san Josemaría Escrivá: "No me gusta hablar de elegidos ni de privilegiados. Pero es Cristo quien habla, quien elige (y a todos):… Nos ha escogido, desde antes de la constitución del mundo, para que seamos santos".

4. El Evangelio nos lleva al principio: "ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad". Con Jesús, la Luz; sin Él, el mundo está en tinieblas. Sí, con Él mi vida tiene sentido, soy hijo de Dios. Nos lleva de la mano por el camino de la vida. Él está muy cerca, al alcance de nuestra voz, siempre cerca. Y habitó entre nosotros... "Esta frase del Ángelus -me contaba una madre de familia- me recuerda una cosa muy bonita que me ocurrió una vez que di catequesis de primera comunión a un niño cuyos padres no iban por la iglesia. Iba yo a su casa, usé el libro de una de mis hijas, del colegio, y le iba enseñando toda clase de oraciones. Él las devoraba, le encantaba aprenderlas, prestaba una atención... Cuando le enseñé el Ángelus, le conté que mi padre siempre dice y habita entre nosotros, en presente, y que yo nunca lo había hablado con mi padre, pero que a mí me gustaba decirlo así porque realmente Jesús habita con nosotros cada día, así nos lo ha prometido... Pensaba que Álvaro no se iba a acordar, pero en la primera ocasión que tuvimos para rezar el Ángelus, le oí decir con su buena voz : Y habita entre nosotros... Me miró, me guiñó un ojo, y me dijo bajito "...como tu padre"!

 

Dios necesita nuestro amor. «Los suyos no la recibieron», no hay lugar en el mesón, pero le ofrezco mi corazón. «Los suyos no lo recibieron»: Jesús, yo quiero recibirte, quiero ser sencillo como los pastores, como los magos, como María y José, y poder decir: nosotros vimos su gloria. Ver tu gloria en medio del mundo. El que cree, ve. Quiero ser portador de tu luz que proviene de Belén por todo el mundo, sembrar paz, y después, rezar, lleno de confianza: "Venga a nosotros tu reino. Venga a nosotros tu luz. Venga a nosotros tu alegría" (Ratzinger).

Navidad, 2 de Enero: Juan Bautista prepara con su bautismo la venida del Señor

Navidad, 2 de Enero: Juan Bautista prepara con su bautismo la venida del Señor

 

(Santoral: Santos Basilio el Grande y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia)

Primera carta del apóstol san Juan 2,22-28. Queridos hermanos: ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre. En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna. Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas y es verdadera y no rnentirosa según os enseñó, permanecéis en él. Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.

 

Salmo 97,1.2ab.2cd.3ab.3cd.4. R. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

 

Texto del Evangelio (Jn 1,19-28): Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron adonde estaba él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?». El confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Cristo». Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». El dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el profeta?». Respondió: «No». Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Dijo él: «Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».

Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

 

Comentario: 1.- 1 Jn 2,22-28. Nos habla el Apóstol de no hacer un Cristo a nuestra imagen, sino de hacernos a Él, a su imagen, de reconocerlo, de confesarlo… "Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre". Como cristianos somos esencialmente oyentes de la palabra de salvación, aceptadores del Hijo y escuchándole nos realizamos como hijos del Padre. No se nos va a pedir cuenta de nuestros conocimientos, sino de nuestra fidelidad. Seremos cristianos y seremos salvos en tanto sepamos aceptar al Hijo, enviado del Padre, y nos identifiquemos con El. Contemplar a Jesús para contemplar a Dios. La única y verdadera revelación de Dios es Jesús. Contemplación de Jesús. Conocimiento interno del Señor que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga.

-Hijos míos: ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es precisamente el Anticristo: el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo, tampoco posee al Padre y quien confiesa al Hijo, posee también al Padre. Negar la divinidad de Jesús, es, para Juan, condenarse a no conocer nada de Dios. Todos los sentimientos religiosos del mundo... todas sus especulaciones filosóficas no son sino imperfectas aproximaciones al descubrimiento de Dios. La única y verdadera revelación de Dios es Jesús. Tenemos ahí ciertas afirmaciones típicas del evangelio de Juan:

-"Nadie va al Padre sino por el Hijo..." (Jn 14,6) -"El que conoce al Hijo, conoce también al Padre..." (8,19) -"EI Hijo es el único capaz de revelar al Padre..." (14,7). En mi búsqueda de Dios me esforzaré más en la meditación evangélica. Contemplar a Jesús para contemplar a Dios. Gracias, Jesús, por habernos dado acceso al «secreto» de Dios... Por habernos introducido en lo «incognoscible»... por habernos hecho ver al Dios «escondido»... Me coloco humildemente ante un «pesebre», y contemplo: Dios se revela de ese modo. El verdadero rostro de Dios está ahí. El semblante del Hijo nos aporta el verdadero rostro del Padre. -Por vuestra parte, guardad en vosotros lo que aprendisteis desde el principio. Fidelidad: Guardar lo que se ha oído. Esto es más necesario todavía en las horas de crisis de fe, cuando surgen nuevas preguntas en nuestros corazones, cuando viene la «noche». Es preciso entonces agarrarse a las certezas elementales, y a los puntos de referencia que han marcado nuestro anterior itinerario. No sé a donde voy, pero sé de donde vengo... y continúo caminando en el mismo sentido que ha iluminado mi camino anteriormente.

-La unción con que él os ungió sigue con vosotros... Es el símbolo del Espíritu que penetra todo el ser desde el interior, como el aceite impregna un tejido. Dios-Espíritu está ahí, impregnando mi ser, y a la vez distinto de mí, si bien inmanente en mi vida. ¡Estoy «consagrado», impregnado por Dios... en comunión contigo, Señor! -Permaneced en él. Permanecer en Dios. ¡Y esto basta! Alegría y paz.

-Para que cuando se manifieste, nos sintamos seguros y no quedemos avergonzados delante de él el día de su venida. Esa es la esperanza: verle cara a cara, en la luz eterna. Camino hacia ese descubrimiento final. Y Jesús es el «camino» que nos conduce hacia ese dulce encuentro en la luz del último día (Noel Quesson).

El verbo que más veces se repite es «permanecer». Un verbo que habla de fidelidad, de perseverancia, de mantenimiento de la verdadera fe, sin dejarse engañar. Permanecer en la doctrina es permanecer en comunión con Cristo y con Dios Padre, ungidos y movidos por su Espíritu, y ésta es la clave fundamental para que nuestra vida sea un éxito y no tengamos que avergonzarnos en su venida.

 

2. Sal. 97. Dios se ha levantado victorioso sobre el pecado y la muerte. Él es el Salvador y protector de su pueblo. Así se ha manifestado ante todas las naciones como el Dios que ama y es leal a los suyos. Si nosotros vivimos también de un modo fiel y leal en el amor al Señor, seremos una manifestación de nuestro Dios y Padre para todas las naciones. Efectivamente la Iglesia tiene como misión dar a conocer el poder salvador de Dios a todos como la mejor Buena Nueva que hemos recibido. No podemos, por tanto, vivir destruyéndonos como si no conociéramos a Dios.

 

3. A. Comentario mío de 2007: Jesús antes de curar dirá a las personas a las que atienden: "tus pecados te son perdonados". Para preparar este camino ha venido Juan Bautista, que llama a la conversión: "San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3, 3). "Profeta del Altísimo" (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de los que es el último (cf.Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1, 22;Lc 16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la venida de Cristo  y encuentra su alegría en ser "el amigo del esposo" (Jn 3, 29) a quien señala como "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús "con el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29)" (Catecismo, 523).

Después de la Segunda Guerra Mundial, el hallazgo de Qumrán ha sacado a la luz textos esenios, poco conocidos hasta entonces. Como dice el Card. Ratzinger, "era un grupo que se había alejado del templo herodiano y de su culto, fundando en el desierto de Judea comunidades monásticas, pero estableciendo también una convivencia de familias basada en la religión, y que había logrado un rico patrimonio de escritos y de rituales propios, particularmente con abluciones litúrgicas y rezos en común. La seria piedad reflejada en estos escritos nos conmueve: parece que Juan el Bautista, y quizás también Jesús y su familia, fueran cercanos a este ambiente. En cualquier caso, en los escritos de Qumrán hay numerosos puntos de contacto con el mensaje cristiano. No es de excluir que Juan el Bautista hubiera vivido algún tiempo en esta comunidad y recibido de ella parte de su formación religiosa.

Con todo, la aparición del Bautista llevaba consigo algo totalmente nuevo. El bautismo al que invita se distingue de las acostumbradas abluciones religiosas. No es repetible y debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio de alguien más Grande que ha de venir después de Juan. El cuarto Evangelio nos dice que el Bautista «no conocía» a ese más Grande a quien quería preparar el camino (cf. Jn 1, 30-33). Pero sabe que ha sido enviado para preparar el camino a ese misterioso Otro, sabe que toda su misión está orientada a Él". De todas formas, ese conocimiento es relativo a la misión: no conocían a Jesús en el sentido del alcance de su ser el Hijo de Dios.

"En los cuatro Evangelios se describe esa misión con un pasaje de Isaías: «Una voz clama en el desierto: " ¡Preparad el camino al Señor! ¡Allanadle los caminos!"» (Is 40, 3). Marcos añade una frase compuesta de Malaquías 3, 1 y Éxodo 23, 20 que, en otro contexto, encontramos también en Mateo (11, 10) y en Lucas (1, 76; 7, 27): «Yo envío a mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino» (Mc 1,2). Todos estos textos del Antiguo Testamento hablan de la intervención salvadora de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar; a Él hay que abrirle la puerta, prepararle el camino. Con la predicación del Bautista se hicieron realidad todas estas antiguas palabras de esperanza: se anunciaba algo realmente grande".

El Bautista tiene una misión preciosa, e impacta, más "en la efervescente atmósfera de aquel momento de la historia de Jerusalén. Por fin había de nuevo un profeta cuya vida también le acreditaba como tal. Por fin se anunciaba de nuevo la acción de Dios en la historia. Juan bautiza con agua, pero el más Grande, Aquel que bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego, está al llegar. Por eso, no hay que ver las palabras de san Marcos como una exageración: «Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán» (1,5)".

"Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: "Es preciso que El crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30)" (Catecismo, 524).

El bautismo de Juan es preludio del de Jesús, indica Benedicto XVI que "incluye la confesión: el reconocimiento de los pecados. El judaísmo de aquellos tiempos conocía confesiones genéricas y formales, pero también el reconocimiento personal de los pecados, en el que se debían enumerar las diversas acciones pecaminosas (Gnilka I, p. 68). Se trata realmente de superar la existencia pecaminosa llevada hasta entonces, de empezar una vida nueva, diferente. Esto se simboliza en las diversas fases del bautismo. Por un lado, en la inmersión se simboliza la muerte y hace pensar en el diluvio que destruye y aniquila. En el pensamiento antiguo el océano se veía como la amenaza continua del cosmos, de la tierra; las aguas primordiales que podían sumergir toda vida. En la inmersión, también el río podía representar este simbolismo. Pero, al ser agua que fluye, es sobre todo símbolo de vida: los grandes ríos —Nilo, Eufrates, Tigris— son los grandes dispensadores de vida. También el Jordán es fuente de vida para su tierra, hasta hoy. Se trata de una purificación, de una liberación de la suciedad del pasado que pesa sobre la vida y la adultera, y de un nuevo comienzo, es decir, de muerte y resurrección, de reiniciar la vida desde el principio y de un modo nuevo. Se podría decir que se trata de un renacer. Todo esto se desarrollará expresamente sólo en la teología bautismal cristiana, pero está ya incoado en la inmersión en el Jordán y en el salir después de las aguas".

Toda Judea y Jerusalén acudía para bautizarse, y la calidad de los enviados indica que era un impacto social muy potente: quieren ver al testimonio de la verdad. Todo cristiano ha de ser testimonio, como decía Pablo VI: «El hombre contemporáneo escucha mejor a quienes dan testimonio que a quienes enseñan (…), o, si escuchan a quienes enseñan, es porque dan testimonio». Y el Concilio insistía: "todos los cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar, con el ejemplo de su vida y el testimonio de la palabra, el hombre nuevo de que se revistieron por el Bautismo" (Ad gentes, 11).

*El Evangelio de hoy es como un pórtico, acaba donde aparece Cristo, donde será anunciado por primera vez como el Cordero de Dios. Jesús nos pone imágenes que vamos entendiendo poco a poco, más y más. Él es el Buen Pastor que se da cuenta de que una de las ovejas se ha perdido. Es preciso encontrarla porque puede sufrir algún percance. Hay lobos que la pueden matar. Puede caer por algún barranco o, como es pequeña, quizá no sabrá encontrar alimento. "Entonces Tú –rezaba J. Torras- recorres caminos, valles y montañas hasta que la encuentras. La coges y la cargas sobre tus hombros contento de haberla rescatado con vida. Cuando veas que no voy a tu lado, o me aparto, poco a poco de Ti y me meto en la oscuridad de mi egoísmo, de mis cosas, y pierdo la gracia de Dios; o voy de un lugar a otro, tonteando con el pecado, búscame, no me abandones a mi suerte. Me doy cuenta de que tarde o temprano me convertiría en un desgraciado porque sólo a tu lado, en tu redil, puedo hallar la felicidad. Necesito que cures mi corazón y lo limpies de todo lo que me aparte de Ti".

"Otra caída_ y ¡Qué caída! ¿Desesperarte? No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. / —Un 'miserere' y ¡arriba ese corazón!— A comenzar de nuevo." (Camino, 711). ¡Qué bien sabía expresarlo, san Agustín convertido!: "¡Tarde te amé, hermosura soberana, tarde te amé! Y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti aquellas cosas que sin Ti no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera, exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de Ti, y ahora siento hambre y sed de Ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de Ti" (Confesiones).

**La imagen de buen pastor que espera el rebaño que le está preparando Juan Bautista en el pequeño núcleo inicial, es de gran belleza. Isaías ya anunció así al Mesías: "Como un pastor apacentará su rebaño, recogerá con su brazo los corderillos, los tomará en su seno, y conducirá él mismo las ovejas recién nacidas" (Is 40, 41). Al contemplar esta imagen, hemos de preparar también nosotros estas ovejas para el redil: "Cristo espera mucho de tu labor. Pero has de ir a buscar las almas, como el Buen Pastor salió tras la oveja centésima: sin aguardar a que te llamen. Luego, sírvete de tus amigos para hacer bien a otros: nadie puede sentirse tranquilo —díselo a cada uno— con una vida espiritual que después de llenarle, no rebose hacia afuera con celo apostólico." (san Josemaría Escrivá, Surco 223).

B. Textos que tomo de mercaba.org en 2010. 

 

 

Comentario:

 

3. - Jn 1,19-28 (ver Adviento 3B). La Palabra es Jesús: Juan sólo es la voz. La luz es Cristo: Juan sólo es el reflejo de esa luz. Y anuncia a Cristo: «en medio de vosotros hay uno que no conocéis, que existía antes que yo».

En los primeros días de este nuevo año, los que estamos celebrando en cristiano la Encarnación de Dios en nuestra historia, tenemos motivos para llenarnos de alegría y empezar el año en la confianza. El Dios-con-nosotros sigue siendo la base de nuestra fiesta, y permanecerle fieles la mejor consigna para el nuevo año. Hemos aceptado a Cristo Jesús en nuestra historia, en nuestra existencia personal y comunitaria. No por eso sucederán milagros en nuestra vida, pero si Navidad continúa dentro de nosotros, y no sólo en los días del calendario, cambiará el color de todo el año. El Señor saldrá a nuestro encuentro cada día, en la vida ordinaria, en los días felices y en los de tormenta, para darnos ánimos y sentido de vivir.

También nosotros experimentamos la presencia, en nosotros mismos y en el mundo que nos rodea, del mal y de lo que podemos llamar «anticristos», 0 sea, lo que no es Cristo, lo que no es su Evangelio, sino el antievangelio. Las bienaventuranzas de Jesús no coinciden para nada con las que nos ofrece el mundo. Haremos bien en mantener abiertos los ojos y saber discernir lo que es verdad y lo que es mentira. Después de una semana de la Navidad, ¿«permanecemos» en la misma clave de fe y alegría, unidos al Padre y a Cristo, movidos por su Espíritu? ¿o ha sido una celebración fugaz y superficial? Ojalá no nos dejemos engañar y Jesús sea el criterio de vida para todo el año que empieza.

Cara a los demás, podemos preguntarnos, siguiendo el ejemplo de Juan Bautista, si somos buenos testigos de Jesús. ¿Somos su voz, su luz reflejada? ¿o nos predicamos a nosotros mismos? ¿sabemos decir, humildemente, «yo no soy»? Nuestra misión como cristianos -y más si somos religiosos o sacerdotes- es decir a este mundo: «en medio de vosotros está...». Y ayudarles a que lo conozcan. Ojalá, además, nosotros mismos no seamos anticristos: que no enseñemos lo contrario de lo que nos enseña Cristo Jesús (J. Aldazábal).

-Sacerdotes y levitas vinieron de Jerusalén para preguntar a Juan: -Tú ¿quien eres?" Estos sacerdotes y levitas, encargados del culto en el Templo de Jerusalén, estaban, como todo el mundo, a la espera... Deseaban la venida del Mesías prometido por las Escrituras. Y, habiendo oído hablar de lo que Juan Bautista hacía, se toman el trabajo de desplazarse hasta el campo, hasta el Jordán. ¿Me dejo yo cuestionar por los acontecimientos? ¿Por las movilizaciones de las gentes? ¿Por los anhelos y deseos que percibo a mi alrededor? Juan Bautista intrigaba a los demás por su comportamiento, por su palabra, por las muchedumbres que atraía a orillas del río. Mi manera de vivir, ¿plantea, quizá, alguna cuestión?

-Yo no soy el Mesías, ni Elías, ni el Gran Profeta. Humildad. Veracidad. Se ha reprochado a la Iglesia el haberse colocado en el lugar debido a Cristo. Se reprocha a menudo a los cristianos sus aires de suficiencia, la impresión que dan de estar seguros de sí mismos, como si ellos fuesen el Cristo en persona. Ayúdanos, Señor, a hacer las distinciones necesarias: Sí, Cristo es Dios... y yo, no soy mas que un pobre ser limitado. Sí, Cristo es Santo... y yo, un pobre y débil pecador. Si, Cristo es Señor... y yo, hago lo que puedo para seguirle. La Iglesia está ligada a Cristo, pero tiene también un lado humano y pecador.

-Yo no soy ni aun digno de desatar la correa de su sandalia. Ayúdanos, Señor, a reconocer tu grandeza, y nuestra pequeñez, como Juan Bautista. Lo que hacían los antiguos esclavos a su amo, cuando se arrodillaban a sus pies para desatarles las sandalias... Juan, ni de esto se encuentra digno... Juan Bautista tenía una idea muy alta del misterio de la persona de Jesús. Se insiste a menudo, en una cierta familiaridad con Dios que puede ser expresión de ternura y de intimidad con El... pero que podría también llevar a una cierta desenvoltura, a cierto descuido, a una falta de respeto. Señor, quiero respetarte, con amor, incluso y sobre todo cuando "Tú mismo te arrodillas a nuestros pies para desatar la correa de nuestro calzado", como hiciste la tarde del jueves santo, antes de lavar los pies a tus amigos.

-¿Por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta? Estos especialistas del culto están ante todo según parece, preocupados, celosos por el exacto cumplimiento de las reglas rituales: ¿por qué introduces nuevas ceremonias, nuevas soluciones? ¡Eran ya tantas, según la religión de Moisés!

-Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis, que viene en pos de mí... En vez de meterse en estas cuestiones rituales, Juan dirige la atención de sus interlocutores hacia lo esencial: la personalidad de Jesús. Es a El a quien hay que procurar conocer mejor, mi yo no tiene importancia. Es su bautismo el que cuenta, no el mío. Es siempre cierto, y hoy también lo es que no sabemos identificar a "Aquel que está en medio de nosotros". Le creemos ausente, y El está presente. Señor, ayúdanos a reconocer tu presencia misteriosa, secreta. Pareces lejano, y estás cerca... Pareces ausente, y estás aquí. Eres el eterno desconocido. Se requiere silencio y un oído atento como a una brisa ligera para percibir tu presencia discreta (Noel Quesson).

Hoy, el Evangelio nos propone contemplar la figura de Juan Bautista. «Quién eres?» —le preguntan los sacerdotes y levitas. La respuesta de Juan manifiesta claramente la conciencia de cumplir una misión: preparar la venida del Mesías. Juan contesta a los emisarios: «Soy una voz que grita en el desierto: allanad el camino del Señor» (Jn 1,23). Ser la voz de Cristo, su altavoz, quien anuncia el Salvador del mundo y quien prepara su venida: ésta es la misión de Juan y, como él, la de todas las persones que se saben y sienten depositarias del tesoro de la fe. Toda misión divina tiene como fundamento una vocación, también divina, que garantiza su realización. Estoy seguro de una cosa —decía san Pablo a los cristianos de Filipos—: «quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús» (Flp 1,6). Todos, llamados por Cristo a la santidad, hemos de ser su voz en medio del mundo. Un mundo que vive, a menudo, de espaldas a Dios, y que no ama al Señor. Es necesario que lo hagamos presente y lo anunciemos con el testimonio de nuestra vida y de nuestra palabra. No hacerlo, sería traicionar nuestra más profunda vocación y misión. «La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado» —comenta el Concilio Vaticano II. La grandeza de nuestra vocación y de la misión que Dios nos ha encomendado no proviene de méritos propios, sino de Aquel a quién servimos. Así lo expresa Juan Bautista: «No soy digno ni de desatarle la correa del calzado» (Jn 1,27). ¡Cuánto confía Dios en las personas! Agradezcamos de corazón la llamada a participar de la vida divina y la misión de ser, para nuestro mundo, además de la voz de Cristo, también sus manos, su corazón y su mirada, y renovemos, ahora, nuestro deseo sincero de serle fieles (Joan Costa Bou).

Homilía atribuida a San Hipólito de Roma (hacia 235) presbítero y mártir (PG 10,852-861): "No soy el Mesías": "Juan, el precursor del Maestro... llamaba a los que venían a bautizarse: "Raza de víboras ¿quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente? " (Mt 3,6) Yo no soy el Mesías. Soy un servidor y no el Maestro. Soy un súbdito, no soy el rey. Soy una oveja y no el pastor. Soy un hombre y no soy Dios. Al venir al mundo he curado la esterilidad de mi madre, pero no ha permanecido virgen. He surgido de la tierra no del cielo. He hecho enmudecer a mi padre, no he derramado la gracia divina. Mi madre me ha reconocido, no ha sido una estrella que me ha mostrado. Soy miserable y pequeño, pero después de mí viene el que es antes que yo.

Viene después, en el tiempo; antes, estaba en la luz inaccesible e inefable de la divinidad. "El que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de quitarle las sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y con fuego." (Mt 3,11) Yo me someto a él, él es libre. Yo estoy sujeto al pecado, él destruye el pecado. Yo inculco la ley, él nos trae la luz de la gracia. Yo predico siendo esclavo, él promulga la ley como maestro. Yo vengo de la tierra, él viene de arriba. Yo predico un bautizo de conversión, él concede la gracia de la adopción filial: "Él os bautizará con Espíritu Santo y con fuego. ¿Por qué me reverenciáis? Yo no soy el Mesías.""