sábado, 2 de enero de 2010

1 de enero, Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra: vamos a empezar este año de su mano para que no nos apartemos del buen camino.

1 de enero, Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra: vamos a empezar este año de su mano para que no nos apartemos del buen camino.

1. En los Números el Señor habló a Moisés y le da la fórmula "con que bendeciréis a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz". La auténtica bendición es la venida de Jesús, nuestra paz. Estos días vivimos el nacimiento de este Príncipe que nos trae la paz, la justicia, el amor a Dios y a los hermanos: si invocamos el santo nombre de Jesús, de María, tendremos esta "paz": en hebreo Shalom, palabra con la que se saludan los judíos hasta nuestros días, significa mucho más de lo que nosotros solemos entender, es reposo, gloria, riqueza, salvación, vida..., y fruto de la justicia. Hoy es el Día Mundial de la Paz, con un mensaje del Papa para rezar por ese bien tan bonito, esa meta hacia la que caminamos, que va con la libertad y el amor.

2. El Salmo pide esto: "El Señor tenga piedad y nos bendiga, / ilumine su rostro sobre nosotros: / conozca la tierra tus caminos, / todos los pueblos tu salvación. / Que canten de alegría las naciones, / porque riges el mundo con justicia, / riges los pueblos con rectitud, / y gobiernas las naciones de la tierra. / Oh Dios, que te alaben los pueblos, / que todos los pueblos te alaben. / Que Dios nos bendiga; que lo teman / hasta los confines del orbe". Es la bendición que nos llega por Jesucristo, nuestro camino y el regalo del cielo para salvarnos, que vive y reina por los siglos de los siglos, y pide S. Agustín: "Ya que nos grabaste tu imagen, ya que nos hiciste a tu imagen y semejanza, tu moneda, ilumina tu imagen en nosotros, de manera que no quede oscurecida. Envía un rayo de tu sabiduría para que disipe nuestras tinieblas y brille tu imagen en nosotros... Que aparezca tu Rostro, y si -por mi culpa- estuviese un tanto deformado, sea reformado por ti, aquello que Tú has formado." María, que es de nuestra tierra, de nuestra raza, de esta arcilla, de este lodo, de la descendencia de Adán, es nuestra madre. La tierra ha dado su fruto; el fruto perdido en el Paraíso y ahora reencontrado. La tierra ha dado su fruto. Primeramente ha dado la flor, Jesús. Y esta flor se ha convertido en fruto: fruto porque lo comemos, fruto porque comemos su misma Carne. Fruto virgen nacido de una Virgen, Señor nacido del esclavo, Dios nacido del hombre, Hijo nacido de una Mujer, Fruto nacido de la tierra" (S. Jerónimo). "Nuestro Creador, encarnado en favor nuestro, se ha hecho, también por nosotros, fruto de la tierra; pero es un fruto sublime, porque este Hombre, nacido sobre la tierra, reina en los cielos por encima de los Ángeles", dice S. Gregorio Magno, que añade: «María es llamada y con razón "monte rico de frutos", pues de ella ha nacido un óptimo fruto, es decir, un hombre nuevo. Y al ver su belleza, adornada en la gloria de su fecundidad, el profeta exclama: "Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará". David, al exultar por el fruto de este monte, dice a Dios: "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. La tierra ha dado su fruto". Sí, la tierra ha dado su fruto, porque Aquel a quien engendró la Virgen no fue concebido por obra de hombre, sino porque el Espíritu Santo extendió sobre ella su sombra. Por este motivo, el Señor dice al rey y profeta David: "El fruto de tu seno asentaré en tu trono". De este modo, Isaías afirma: "el germen del Señor será magnífico". De hecho, Aquel a quien la Virgen engendró no sólo ha sido un "hombre santo", sino también "Dios poderoso"»".

3. Esto recuerda San Pablo a los Gálatas: "Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios". Dios nos hace por medio de Jesús ser hijos suyos, bien podemos nosotros llamarle "Padre", lo mismo que Jesús. Sobre todo porque también nos ha dado el Espíritu de su Hijo, que es el que nos anima y nos enseña como un maestro interior para rezar y sabernos hijos de Dios, ya no somos esclavos de nada malo, estamos llenos de la gran esperanza.

4. El Evangelio nos dice que "los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho"; luego llevaron el niño al templo y "le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción". Queremos nosotros también seguir la estrella, ver al Niño con su Madre, estar ahí en actitud contemplativa, con los ángeles y ver lo más grande del mundo que aparece en medio de gente sencilla, con los pastores, con los pequeños. Y le pedimos a la Virgen ser sencillos, no complicarnos la vida, no ser orgullosos, hacer enseguida las paces, no decir mentiras sino la verdad. Comenzamos el año de la mano de la Virgen con el propósito del perdón para que haya paz en el mundo, para que las heridas no vayan sangrando nunca más, para que la familia  humana viva feliz, sea la raza de los hijos de Dios. "Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la  mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, desde  el trono real"… Él es la luz, la paz… Y María, nuestra Madre y la Madre de Dios, lo sabe, y por eso nos dice: "Haced lo que Él os diga…"

 

llucia.pou@gmail.com

 

1 de enero, Solemnidad de Santa María: Madre de Dios y Madre nuestra desde el momento de la Encarnación, acudimos a ella para ir de su mano a lo largo de este año que comienza

1 de enero, Solemnidad de Santa María: Madre de Dios y Madre nuestra desde el momento de la Encarnación, acudimos a ella para ir de su mano a lo largo de este año que comienza

 

Lectura del libro de los Números 6,22-27. El Señor habló a Moisés: Di a Aarón y a sus hijos: Esta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré.

Salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8: R/. El Señor tenga piedad y nos bendiga.

 El Señor tenga piedad y nos bendiga, / ilumine su rostro sobre nosotros: / conozca la tierra tus caminos, / todos los pueblos tu salvación. / Que canten de alegría las naciones, / porque riges el mundo con justicia, / riges los pueblos con rectitud, / y gobiernas las naciones de la tierra. / Oh Dios, que te alaben los pueblos, / que todos los pueblos te alaben. / Que Dios nos bendiga; que lo teman / hasta los confines del orbe.

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas 4,4-7. Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 2,16-21. En aquel tiempo los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Comentario: 1. Nm 6,22-27: Lo común a esta lectura es la acción del Señor de "bendecir" (vs. 23.24.27). He aquí una fórmula antiquísima para bendecir al pueblo invocando sobre él el nombre del Señor. La bendición del pueblo estaba reservada a los sacerdotes; por eso aquí se encomienda expresamente la fórmula al primero de ellos, Aarón, y a sus hijos (cf. Dt 10,8; 21,5). Si alguna vez los reyes, como hizo David (2 S 6,18) bendijeron a todo el pueblo, fue porque ejercieron ocasionalmente funciones sacerdotales. Los sacerdotes impartían la bendición en el templo, bien sea antes de comenzar el culto y como saludo (Sal 118,26) o después y como despedida (Lv 9,22). La bendición, pronunciada, siempre produce su efecto sin poderse revocar (cf Gn 27,30-38: difícil de entender a todo hombre occidental. La bendición en el A.T. guarda similitud con la bendición gitana). Es el anuncio de la auténtica bendición: la venida de Jesús, nuestra paz (cf Is 9,6; 11,1-9...). Estos días contemplamos el nacimiento de este Príncipe que nos trae una paz basada en la justicia, el amor a Dios y a los hermanos: Se espera que Dios conceda su protección, su favor y la paz al pueblo sobre el que ha sido invocado su santo nombre. Esta "paz" (en hebreo Shalom palabra con la que se saludan los judíos hasta nuestros días) significa mucho más de lo que nosotros solemos entender. La "paz" es para los judíos el compendio de todos los bienes mesiánicos: reposo, gloria, riqueza, salvación, vida..., y, en todo caso, únicamente es posible como fruto de la justicia. Hoy es el día mundial de la Paz, con un mensaje del Papa que anima a considerar estos puntos que nos sugiere la primera lectura. La paz entendida como desorden establecido y simple ausencia de guerra "caliente" no tiene valor alguno, no es la paz que viene de Dios (cf. A. Gil Modrego/"Eucaristía 1985"). No es sólo ausencia de violencia, es como la síntesis de todos los bienes necesarios y posibles, es "Shalom", un estado de bienestar espiritual y material, comunión con Dios y con los hermanos. Por eso la paz es una meta hacia la que caminamos, un quehacer en que trabajamos. Va de la mano de la justicia, libertad y amor; esto no se lleva: la llamada ética de la paz ha estado construida más bien en relación a la evitación de la guerra ("doctrina de la guerra justa") que como camino positivo de construcción de la paz. Por eso el Vaticano II tiene que advertir: "La paz no es la mera ausencia de guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia... Por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer" (G.S.78; Dabar 1987).

2. Salmo 66,2-3: "El Señor tenga piedad y nos bendiga (v. 1). Que Dios nos bendiga (v. 8). La lectura "cristiana" de estos versículos, es decir, su alcance y comprensión a la luz de la plenitud de la Revelación, los convierten en hondos y luminosos. La bendición de Dios se consuma en su Hijo Jesucristo, por medio del cual nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales, y nos ha llamado desde antes de la creación para una vida "al estado de varón perfecto, a la medida de la edad perfecta de Cristo" (Ef 4,13 y antes cf. 1,4): en Cristo, hijos de Dios, ¡qué sublime predestinación!; esta es la bendición: "Conociendo la tierra tus caminos, Padre santo, y todos los pueblos tu salvación, confesamos que Cristo es nuestro sendero y nuestra patria; por Él caminamos derechamente y llegamos a la más plena victoria; danos, pues, como regalo a aquél que hiciste para nosotros salvación. Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén" (reza una oración sobre los salmos, de rito mozárabe). Y S. Agustín: "Ya que nos grabaste tu imagen, ya que nos hiciste a tu imagen y semejanza, tu moneda, ilumina tu imagen en nosotros, de manera que no quede oscurecida. Envía un rayo de tu sabiduría para que disipe nuestras tinieblas y brille tu imagen en nosotros ... Aparezca tu Rostro, y si -por mi culpa-, estuviese un tanto deformado, sea reformado por ti, aquello que Tú has formado." La tierra ha dado su fruto: Son varios los Padres que, en el comentario a este versículo, nos ofrecen una interpretación concorde. ¡La Tierra! La Virgen María, es de nuestra tierra, de nuestra raza, de esta arcilla, de este lodo, de la descendencia de Adán. La tierra ha dado su fruto; el fruto perdido en el Paraíso y ahora reencontrado. La tierra ha dado su fruto. Primeramente ha dado la flor: «Yo soy el narciso de Sarón y el lirio de los valles» (Cant 2,1). Y esta flor se ha convertido en fruto: fruto porque lo comemos, fruto porque comemos su misma Carne. Fruto virgen nacido de una Virgen, Señor nacido del esclavo, Dios nacido del hombre, Hijo nacido de una Mujer, Fruto nacido de la tierra" (S. Jerónimo). "Nuestro Creador, encarnado en favor nuestro, se ha hecho, también por nosotros, fruto de la tierra; pero es un fruto sublime, porque este Hombre, nacido sobre la tierra, reina en los cielos por encima de los Ángeles" (S. Gregorio Magno).

Ya el día de Navidad vimos que Jesús nació el día de la luz, en esta fiesta los judíos celebraban la vuelta al culto del Templo, por parte de Judas Macabeo. Jesús subió a Jerusalén a celebrar esta fiesta. Lo que celebramos en este día es también que Él nació en esta fiesta, pues Él es el Templo, como indicará en su Evangelio a la samaritana y a cuantos tienen el corazón abierto para entender este culto en espíritu y verdad. Él inaugura la buena noticia y nos hace parte de este templo espiritual, con un sentido de misión para este reino: "Id por todo el mundo: haced discípulos míos entre todas las gentes"... Jesús vivió profundamente en su conciencia este "universalismo" de Israel. Transformó este voto en proyecto... Enviando a sus apóstoles hasta "los confines de la tierra". "¡Jesús debió recitar este salmo con gran fervor!". "Que venga tu reino universal, que se haga tu voluntad".¡"Que los pueblos te aclamen oh Dios, que te aclamen todos los pueblos"! (Noel Quesson).

Juan Pablo II se refirió a esta petición del salmista de que todos los pueblos alaben a Dios: "Esta apertura universalista refleja probablemente el espíritu profético de la época sucesiva al destierro babilónico, cuando se deseaba que incluso los extranjeros fueran llevados por Dios al monte santo para ser colmados de gozo. Sus sacrificios y holocaustos serían gratos, porque el templo del Señor se convertiría en "casa de oración para todos los pueblos" (Is 56, 7). También en nuestro salmo, el número 66, el coro universal de las naciones es invitado a unirse a la alabanza que Israel eleva en el templo de Sión. En efecto, se repite dos veces esta antífona:  "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben" (vv 4 y 6). Incluso los que no pertenecen a la comunidad elegida por Dios reciben de él una vocación:  en efecto, están llamados a conocer el "camino" revelado a Israel. El "camino" es el plan divino de salvación, el reino de luz y de paz, en cuya realización se ven implicados también los paganos, invitados a escuchar la voz de Yahveh (cf v.3). Como resultado de esta escucha obediente temen al Señor "hasta los confines del orbe" (v. 8), expresión que no evoca el miedo, sino más bien el respeto, impregnado de adoración, del misterio trascendente y glorioso de Dios. Al inicio y en la parte final del Salmo se expresa el deseo insistente de la bendición divina: "El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros (...). Nos bendice el Señor nuestro Dios. Que Dios nos bendiga" (vv 2.7-8). Es fácil percibir en estas palabras el eco de la famosa  bendición sacerdotal que Moisés enseñó, en nombre de Dios, a Aarón y a los descendientes de la tribu sacerdotal:  "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz" (Nm 6, 24-26). Pues bien, según el salmista, esta bendición derramada sobre Israel será como una semilla de gracia y salvación que se plantará en el terreno del mundo entero y de la historia, dispuesta a brotar y a convertirse en un árbol frondoso. El pensamiento va también a la promesa hecha por el Señor a Abraham en el día de su elección:  "De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y serás tú una bendición. (...) Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra" (Gn 12, 2-3)…

Esta será también la proclamación cristiana que delineará san Pablo al recordar que la salvación de todos los pueblos es el centro del «misterio», es decir, del designio salvífico divino: «los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (Efesios 3, 6). Ahora Israel puede pedir a Dios que todas las naciones participen en su alabanza; será un coro universal: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben», se repite en el Salmo (Cf. Salmo 66, 4.6). El auspicio del Salmo precede al acontecimiento descrito por la Carta a los Efesios, cuando parece hacer alusión al muro que en el templo de Jerusalén separaba a los judíos de los paganos: «En Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad... Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Efesios 2, 13-14. 19). Hay aquí un mensaje para nosotros: tenemos que abatir los muros de las divisiones, de la hostilidad y del odio, para que la familia de los hijos de Dios se vuelva a encontrar en armonía en la única mesa, para bendecir y alabar al Creador para los dones que él imparte a todos, sin distinción (Cf. Mateo 5, 43-48)".

La Misa de hoy no cita el v 7, que también podemos comentar: "la tierra ha dado su fruto": "La tradición cristiana ha interpretado el Salmo 66 en clave cristológica y mariológica. Para los Padres de la Iglesia, «la tierra que ha dado su fruto» es la virgen María que da a luz a Jesucristo. De este modo, por ejemplo, san Gregorio Magno… glosa este versículo, comparándolo a otros muchos pasajes de la Escritura: «María es llamada y con razón "monte rico de frutos", pues de ella ha nacido un óptimo fruto, es decir, un hombre nuevo. Y al ver su belleza, adornada en la gloria de su fecundidad, el profeta exclama: "Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará" (Isaías 11,1). David, al exultar por el fruto de este monte, dice a Dios: "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. La tierra ha dado su fruto". Sí, la tierra ha dado su fruto, porque aquel a quien engendró la Virgen no fue concebido por obra de hombre, sino porque el Espíritu Santo extendió sobre ella su sombra. Por este motivo, el Señor dice al rey y profeta David: "El fruto de tu seno asentaré en tu trono" (Sal 131,11). De este modo, Isaías afirma: "el germen del Señor será magnífico" (Is 4,2). De hecho, aquel a quien la Virgen engendró no sólo ha sido un "hombre santo", sino también "Dios poderoso" (Is 9,5)»".

3. Ga 4,4-7: 2. Es lógico que en estas fiestas de Navidad, donde recordamos el nacimiento de Jesús en Belén, hagamos, en su octava, un parón especial para contemplar a María, que es Madre de Dios, porque Jesús, que es su hijo, es Dios. Ha sido un logro de la Liturgia renovada del Concilio Vaticano II el incluir esta fiesta dentro de la Navidad. Antes se celebraba el día 11 de octubre, pero es mucho más congruente que se celebre dentro de la Navidad, porque el nacimiento de Jesús y la maternidad divina son aspectos de un mismo hecho. Todo nacimiento de un hombre supone una madre que lo engendra. Es decir, la filiación y la maternidad son las dos relaciones que constituye el acto generador. Por ello S. Pablo, en la primera lectura nos dice: al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley. Donde hay un hijo, hay siempre una madre. Jesús no apareció de pronto en la tierra venido del cielo, sino que se hizo realmente hombre, como nosotros, tomando nuestra naturaleza humana en las entrañas purísimas de María.

En nuestros días, vuelven algunos a evitar –también en la Misa, desobedeciendo- nombrar a María como Madre de Dios; pero si es verdad que Jesús, en cuanto Dios, es engendrado desde toda la eternidad por Dios Padre; en cuanto hombre, es concebido y ha nacido de una mujer, excelsa, pero al fin y al cabo, una hija de Eva: "Me extraña en gran manera que haya alguien que tenga alguna duda de si la Santísima Virgen ha de ser llamada Madre de Dios. Si nuestro Señor Jesucristo es Dios ¿por qué razón las Santísima Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios? Esta es la fe que nos ha transmitieron los discípulos del Señor, aunque no emplearon esta misma expresión. Así nos lo han enseñado también los Santos Padres" (S. Cirilo de Alejandría). La maternidad divina es el hecho esencial que ilumina toda la vida de María y el fundamento de todos los privilegios con que Dios ha adornado a la Virgen. Hoy  recordamos y veneramos el misterio por el que María, por obra y gracia del Espíritu Santo, y sin perder la gloria de su virginidad, ha engendrado y ha dado a luz al Verbo encarnado. Es doctrina común del magisterio que en el mismo decreto eterno en el que el Padre había decidido la encarnación de su Hijo, allí estaba María, como madre suya. Por eso Dios desde su concepción la adornó con todos las gracias posibles: la hizo inmaculada, la llenó de gracias, le concedió el don de la virginidad. La hizo humilde etc. La dignidad de María es tan grande que, con toda propiedad, decimos: más que Tú sólo Dios. O, desde otro punto de vista, también se puede afirmar que Dios se ha complacido y la ha amado más que a todas las demás criaturas creadas (incluidos los ángeles, los patriarcas y los profetas). Juan Pablo II,  a propósito de esta celebración, recordaba: "Cuando en el Concilio de Efeso se aplicó a María el título de Theotokos, la intención de los Padres del Concilio era garantizar la verdad del misterio de la Encarnación. Querían afirmar la unidad personal de Cristo, Dios y hombre...María es  "Madre de Dios" porque su Hijo es Dios." A la vez, al dar a luz a Jesús, María también engendra a los hermanos de su Hijo. Se puede decir, con todo propiedad y exactitud, que María es nuestra Madre Santísima, porque Ella es verdadera madre nuestra, porque nos ha engendrado a la vida espiritual. Dirá S. Agustín que Jesús desposó la carne, en el tálamo nupcial del seno de María Virgen. Luego, en varios momentos, declara a María como "mujer", es decir la nueva Eva… Pablo compara la situación del hombre antes de Cristo o al margen de Cristo a la de un niño que, aun siendo el heredero, vive bajo la tutela de sus pedagogos hasta que "se cumpla el tiempo" y entre en posesión de la herencia. Mientras llega su mayoría de edad, el niño vive sometido y en nada se diferencia de los criados; pero, cuando ya es mayor, cambia su suerte y todos reconocen que es el señor. Los judíos que vivieron antes de Cristo tuvieron como pedagogo la Ley de Moisés, los gentiles que viven al margen de Cristo tienen a los "elementos" de este mundo (3,23-4,3). Para unos y otros ha llegado el tiempo de vivir y ser tratados como hijos adoptivos de Dios y coherederos con Cristo. Ha llegado el tiempo de la liberación tanto de la Ley como de los "elementos" de este mundo. Los "elementos" de los que habla Pablo en este contexto son probablemente los cuatro indicados por Empédocles: el agua, la tierra, el fuego y el aire, quizás también los astros. En cualquier caso se trata de las fuerzas cósmicas que los gentiles veneraban como divinidades o, al menos, como manifestación de lo divino; así que se refiere a las religiones paganas.

Pablo reconoce la ambigüedad tanto de la Ley de Moisés como de los "elementos" o religiones de los gentiles. Pues, si de una parte someten a los hombres, de otra ejercen sobre ellos una función pedagógica por voluntad de Dios. Lo malo es que el hombre llega a sacralizar la Ley y los "elementos", con lo que ambas realidades pierden su función mediadora y el hombre se olvida de su vocación a la libertad. El culto de los fariseos a la Ley es para Pablo tan pernicioso como el culto y la sumisión de los gentiles a las fuerzas de la naturaleza. El hombre actual reproduce la esclavitud y se somete muchas veces tanto a las fuerzas naturales (¿qué otra cosa significa el horóscopo?), como a la ley de un orden establecido, como si todavía no se hubiera cumplido el tiempo. Todos nacemos de mujer, y, consiguientemente, condicionados por una herencia biológica, y por una ecología; todos nacemos igualmente bajo la ley, esto es, dentro de un orden social y de una civilización que nos determina en gran medida. También Jesús nació de mujer y bajo la Ley. Pero Él es el Hijo enviado por Dios cuando se cumplió el tiempo. Notemos, de una parte, su preexistencia y, de otra, su encarnación; sólo así descubriremos su estrategia: se somete a nuestras necesidades naturales y culturales para librarnos de cualquier necesidad. Y es que sólo puede liberar a los oprimidos el que se solidariza con su opresión. El Hijo hecho hombre ha puesto su libérrima voluntad debajo de nuestras necesidades, se ha sometido para hacerlas saltar en mil pedazos como un poderoso explosivo. De esta manera, el Hijo de Dios, nos ha dado la posibilidad de ser también nosotros hijos de Dios por adopción.

Dios nos concede por medio de Cristo el "status" de hijos; pero nos da también un nuevo ser, nos hace efectivamente hijos. La adopción no es meramente legal. El que es poderoso para crearlo todo con su palabra, puede hacernos hijos suyos cuando nos llama a sí. Y si Dios nos llama hijos y nos hace realmente tales, bien podemos nosotros llamarle "Padre", lo mismo que Jesús. Sobre todo porque también nos ha dado el Espíritu de su Hijo, que es el que nos anima y nos enseña un nuevo modo de orar y da testimonio de que somos verdaderamente hijos de Dios (cf Rm 8,14-17). Aquellos hombres que ya no pueden dirigirse a Dios de otra manera que no sea ésta, llamándole "Padre nuestro", aunque sigan viviendo bajo los poderes de este mundo, ya no son esclavos. Su posición bajo las fuerzas cósmicas y bajo la Ley ha cambiado de raíz: son hijos de Dios y su vocación es la libertad. Ciertamente que esperan todavía gozar de la plenitud de la herencia, pero han recibido una esperanza invencible que levanta el ánimo y es el punto de apoyo de la auténtica revolución. Esta es la esperanza que relativiza cualquier orden establecido y sostiene a los discípulos de Jesús en una paciencia activa hasta que él vuelva ("Eucaristía 1988").

4. Lc 2, 16-21: los pastores son escogidos por el ángel del Señor para dirigirles su mensaje; se les identifica con los pobres de la tierra. Nos hallamos en Belén, ciudad del rey David, que fue pastor, llamado por Dios de entre el rebaño. Abraham y los patriarcas, siendo pastores, escucharon la llamada de Dios y recibieron su visita. Aceptan la palabra del ángel, se dirigen a observar el signo y encuentran al niño acostado en el pesebre. Es la paradoja fundamental del cristianismo: vemos por un lado a un niño, envuelto en los pañales, indefenso, como lo será en el Calvario. Pues bien, sobre ese signo se descorre la palabra de la epifanía radical de Dios que anuncia: "Os ha nacido (ahí lo tenéis) el salvador, el Mesías de la esperanza de Israel, el Señor de todo el cosmos". Ante esa paradoja, los pastores han respondido como creyentes; en ellos, que eran quizá los más pequeños de la tierra, ha comenzado a brillar como en Abraham, la nueva luz de la verdad de Dios para los hombres. Ante esa paradoja se nos pide también a nosotros el valor de una respuesta ("Biblia litúrgica").

En cuanto a la circuncisión (que se practicaba también en Egipto, Etiopía, Fenicia y en otros muchos lugares, pueblos primitivos de África y de Australia…) en Israel es signo de la Alianza, aunque se señala que más importante es la "circuncisión del corazón" ("Eucaristía 1987"). «Circuncidará Yahvé, tu Dios, tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y vivas» (Dt 30,6). «Circuncidaos para Yahvé, circuncidad vuestros corazones» (Jr 4,4). La circuncisión, que primitivamente no era más que una medida de higiene, una introducción en la madurez y un rito de iniciación al matrimonio, vendría a tener una auténtica significación religiosa y expresaría la Alianza con Dios. La sangre que se derrama con motivo de esta pequeña operación puede compararse con la sangre de la alianza: ratifica este pacto la sangre de una misma víctima derramada sobre el altar, que representa a Yahvé, y sobre el pueblo (Ex 24,8). La circuncisión es condición indispensable para participar en el banquete de la alianza, que es el banquete pascual: «Ningún incircunciso podrá tomar parte en él» (Ex 12,48). En Jesús, su circuncisión es para S. Pablo como una profecía de su Pasión. La muerte de Cristo, en efecto, fue una circuncisión inmensamente más total que la circuncisión judía, puesto que ella despojó a Cristo de toda su carne, y no solamente de un pingajo de piel, sellando la nueva alianza con toda su sangre y derramando sobre los cristianos beneficios inmensamente superiores a los de la circuncisión. «En Él fuisteis circuncidados con una circuncisión no de mano de hombre ni por la amputación de la carne, sino con la circuncisión de Cristo» (Col 2,11). «Ni la circuncisión es nada ni el prepucio, sino la nueva creatura» (Ga 6,15). Hemos leído que, en el momento de la circuncisión de Abraham, su nombre fue cambiado de Abram en Abraham (v. 5). He ahí por qué el nombre se le impone al niño en el momento de la circuncisión. Cuando se trata de personajes importantes a quienes Dios destina para una misión particular, entonces es Dios mismo y no la familia quien impone el nombre. Así acontece con Juan Bautista: «Le pondrás por nombre Juan» (Lc 1,13); y con Jesús: «Le pondrás por nombre Jesús» (en Mt 1,21 esta orden le es dada a José; en Lc 1,31 le es dada a María: cf. Heuschen). Así explicaba S. Agustín el misterio: "Somos cristianos y no creo que necesite emplear mucho tiempo para que vuestra caridad se persuada de ello. Si somos cristianos, el mismo nombre indica que pertenecemos a Cristo. Llevamos en nuestra frente su señal y no nos ruboriza, si la llevamos también en el corazón. Su señal es su humildad. Los magos lo conocieron por la estrella. Era una señal, celeste y magnífica, para conocer al Señor. Pero la señal que ha querido que lleven sus fieles en la frente, no es la estrella, sino su cruz. El lugar de su humillación fue el de su glorificación: levantó a los humildes del lugar adonde descendió personalmente en su humillación. Pertenecemos, pues, al Evangelio, pertenecemos al Nuevo Testamento. La ley fue dada por Moisés, la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo (Jn 1,17). Preguntamos al Apóstol y oímos de su boca que no estamos bajo el dominio de la ley, sino bajo el de la gracia (Rm 6,14). Envió, pues, a su Hijo nacido de mujer y sometido a la ley, para liberar a quienes estaban bajo el yugo de la ley, a fin de que recibiesen la adopción filial (Gal 4,4). He aquí el objeto de la venida de Cristo: el rescate de quienes estaban bajo la ley, para que no estemos ya bajo la ley, sino bajo la gracia. ¿Quién dio la ley? El mismo que dio la gracia. La ley nos la dio por medio de un siervo suyo; la gracia vino a traérnosla él mismo. ¿Cómo se han convertido los hombres en esclavos de la ley? No cumpliéndola. Quien cumple la ley no está bajo ella, sino con ella; quien, por el contrario, está bajo la ley, en vez de levantarle, le oprime con su peso. Así, pues, la ley hace reos a todos los que están bajo ella. Está precisamente sobre sus cabezas para manifestar sus pecados, no para quitarlos. La ley se limita a mandar, pero el autor de la ley muestra su compasión en aquello que manda la ley. Los hombres intentaron cumplir por sus propias fuerzas lo preceptuado por la ley, pero su temeraria y precipitada presunción les hizo caer. Y no están con la ley, sino bajo ella en calidad de reos. Así, convertidos en reos bajo la ley, al no poder cumplirla con sus propias fuerzas, imploraron el auxilio del libertador. La condición de reo causada por la ley procuró la enfermedad a los soberbios. Y la enfermedad de los soberbios se tornó en confesión de humildes. Ahora los enfermos reconocen ya su enfermedad. Venga, pues, el médico a sanarlos. ¿De qué médico se trata? De nuestro Señor Jesucristo. ¿Y quién es él? El mismo que vieron los ojos de quienes le crucificaban, y que fue atado, abofeteado, azotado, cubierto de salivas, coronado de espinas, clavado en la cruz, que murió y vio abierto su costado por la lanza, que fue descolgado y puesto en un sepulcro. Ese mismo, sí, ese mismo, sin duda alguna, es nuestro Señor Jesucristo, el médico único de nuestras llagas. Es ese mismo que, clavado en la cruz y pendiente de ella, fue insultado y hecho objeto de la burla de sus perseguidores, que con movimiento insultante de cabeza le decían: Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz (Mt 27,40). Ése es nuestro único médico; no hay duda. ¿Por qué no mostró que era el Hijo de Dios a quienes se burlaban de él? Si permitió ser levantado en la cruz, ¿por qué, al menos cuando le gritaban que descendiese de la cruz para probar que era el Hijo de Dios, no descendió para mostrarles que era en verdad Hijo de Dios aquel a quien con tanta osadía habían hecho objeto de su irrisión? Porque no quiso. ¿Por qué no quiso? ¿Es que no pudo? Pudo, sin duda. ¿Qué exige, en efecto, más poder: bajar de la cruz o resucitar? Prefirió sufrir a los que se mofaban de él. Afrontó la cruz, no como señal de poder, sino como ejemplo de paciencia. Curó tus llagas en el mismo lugar en que sufrió por tanto tiempo las suyas. Te libró de la muerte eterna allí mismo donde él se dignó morir temporalmente. ¿Murió él o fue más bien la muerte quien recibió de él el golpe mortal? ¿Qué muerte es esta que da muerte a la muerte misma?

María estos días está en actitud contemplativa, iba avanzando en la fe, una fe que era prototipo de la fe de la Iglesia, por medio de esas actitudes humanas auténticas, una de las cuales es la meditación de la Palabra de Dios. Parece que María aprende de los pastores, no sólo del arcángel Gabriel. Quizá nosotros también notamos a veces cómo el Señor nos habla a través de personas sencillas, algo aparentemente sin importancia que nos llega al alma, y por tanto no hemos de sentirnos sólo maestros, es que el precepto del amor significa propiamente reconocer al prójimo, como lo que es: necesario para nosotros. María amó así; por esto los pastores y los devotos de María encuentran en ella el mejor aliciente para amar a Dios y al prójimo, es decir, para ser cristianos… Señala S. Agustín: "Así se cumplió lo que había predicho el salmo: La verdad ha brotado de la tierra (Sal 84,12). María fue virgen antes de concebir y después de dar a luz. ¡Lejos de nosotros el creer que desapareció la integridad de aquella tierra, es decir, de aquella carne de donde brotó la verdad...! En efecto, en el seno de la virgen se dignó unirse a la naturaleza humana el Hijo unigénito de Dios, para asociar a sí, cabeza inmaculada, a la Iglesia, inmaculada también, a la que el apóstol Pablo da el nombre de virgen no sólo en atención a las vírgenes en el cuerpo que hay en ella, sino también por el deseo de que sean íntegros los corazones de todos. Os he desposado -dice- con un único varón para presentaros a Cristo como virgen casta (2 Cor 11,2). Así, pues, la Iglesia imitando a la madre de su Señor, dado que en el cuerpo no pudo ser virgen y madre a la vez, lo es en el corazón. Lejos de nosotros el pensar que Cristo al nacer privó a su madre de la virginidad, él que hizo a su Iglesia virgen, liberándola de la fornicación con los demonios. En este día de hoy, celebrad con gozo y solemnidad el parto de la Virgen, vosotras las vírgenes santas, nacidas de su virginidad inviolada; vosotras que despreciando el matrimonio terreno, elegisteis ser vírgenes también en el cuerpo. Ha nacido de mujer quien en ningún modo fue sembrado por varón en la mujer. Quien os trajo lo que ibais a amar, no quitó a su madre eso que amáis. Quien sana en vosotras lo que heredasteis de Eva, ¡cómo iba a dañar lo que habéis amado en María! Aquella cuyas huellas seguís no yació con varón para concebir, y después del parto siguió siendo virgen. Imitadla en cuanto podáis, no en la fecundidad, porque no os es posible sin herir la virginidad. Sólo ella pudo tener ambas cosas de las cuales vosotras quisisteis tener una, que perderíais si pretendieseis poseer las dos. Sólo pudo poseer ambas cosas la que engendró al todopoderoso que le dio tal poder. Convenía que sólo el Hijo de Dios se hiciese hombre de ese modo sin igual. Que Cristo no deje de ser algo para vosotras por ser hijo sólo de una virgen. Aunque no pudisteis darle a luz en la carne le encontrasteis como esposo en el corazón; y esposo tal que vuestra felicidad lo tiene por redentor sin que vuestra virginidad lo tema como su destructor. Quien no quitó a la madre la virginidad ni siquiera en el parto corporal, mucho más la conservará en vosotras en el abrazo espiritual. No os consideréis estériles por haber permanecido vírgenes, pues hasta la piadosa integridad de la carne cae dentro de la fecundidad de la mente. Obrad lo que dice el Apóstol: puesto que no pensáis en las cosas del mundo ni en cómo agradar a vuestros maridos, pensad en las cosas de Dios y en cómo agradarle a él en todo, para que sea fecundo no vuestro seno con la prole, sino vuestra alma con las virtudes. Para concluir me dirijo a todos, os hablo a todos; con mi palabra apremio a la virgen casta, toda entera, que el Apóstol desposó con Cristo. Lo que admiráis en la carne de María realizadlo en el interior de vuestra alma. Quien cree en su corazón con vistas a la justicia, concibe a Cristo; quien lo confiesa con la boca con la mirada puesta en la salvación, da a luz a Cristo. De esta manera sea exuberante la fecundidad de vuestros corazones conservando siempre la virginidad".

El 1 de enero es, sorprendentemente, la celebración más antigua en honor de Nuestra Señora en la liturgia romana. Las antífonas, que exaltan la maternidad divina de María, están tomadas del oficio antiguo y han sido utilizadas durante varios siglos. He aquí un bello ejemplo, tomado de Laudes: "La madre ha dado a luz al rey, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni se verá de nuevo. Aleluya". Los padres griegos aplicaron a María el título Theotokos (portadora de Dios) ya en el siglo III. Los concilios de Éfeso y de Calcedonia defendieron este título. En Occidente, María fue venerada de forma similar como Dei Genitrix (Madre de Dios). En el antiguo canon romano es conmemorada como la "siempre virgen madre de Jesucristo nuestro Señor y Dios". En palabras del papa Pablo VI, "el tiempo de navidad es una conmemoración prolongada de la maternidad divina, virginal y salifica de aquella cuya virginidad inviolada dio el Salvador al mundo". La fiesta de hoy es un resumen y una exaltación de este misterio. Tiene por finalidad "exaltar la singular dignidad que este misterio reporta a la santa Madre a través de la cual recibimos al Autor de la vida. Además de su función como "Portadora de Dios", está su maternidad espiritual respecto de la humanidad. Como Eva fue la "madre de todos los hombres" en el orden natural, María es madre de todos los hombres en el orden de la gracia. Al dar a luz a su primogénito, parió también espiritualmente a aquellos que pertenecerían a él, a los que serían incorporados a él y se convertirían así en miembros suyos. El es el "primogénito entre muchos hermanos", la Cabeza de la humanidad redimida, el representante de la humanidad que une todas las cosas en él. En la liturgia percibimos la preocupación por destacar con más claridad la relación entre María y la Iglesia. En la fiesta de hoy hay una referencia explícita, en la oración de la poscomunión, a la función maternal de María respecto del pueblo de Dios: "Padre, cuando proclamamos que la virgen María es madre de Cristo y madre de la Iglesia, haz que nuestra comunión con su Hijo nos traiga la salvación". Esto pone de manifiesto que ella es la madre de la Cabeza y de los miembros, la "santa Madre de Dios y, por consiguiente, la Madre providente de la Iglesia". En la propia vida de María se dio una conciencia creciente de su maternidad espiritual. Incluso en la anunciación debió de tener algún presentimiento de su función como madre del Mesías. Ella sabía que Dios tenía grandes proyectos para su Hijo, y esto debió animarla a la renuncia y al sufrimiento en favor de su pueblo. Ella debía de dar a luz a un salvador de su pueblo, a un hombre para otros. La función de ella debía de subordinarse por completo a la de él. Ella aceptaba de manera implícita participar en la misión de él; y, en la medida en que el destino de su Hijo la afectaba también a ella, continuaba afirmando y reafirmando su asentimiento. Fue así cuando ella presentó a su primogénito en el templo. Ella renunció a todos sus derechos sobre su hijo y lo ofreció a Dios y a su pueblo. Esta maternidad espiritual alcanzó su cota más alta a los pies de la cruz; y comenzó una nueva fase en Pentecostés, y desde el cielo comenzó otra etapa en su maternidad.

Comenzamos el año, de la mano de la Virgen, lo recordaba así Juan Pablo II: "Retomando la expresión de san Juan: «El Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14), la reflexión doctrinal de la Iglesia ha acuñado el término «encarnación» para indicar el hecho de que el Hijo de Dios asumió plena y completamente la naturaleza humana para realizar en ella y a través de ella nuestra salvación. El Catecismo de la Iglesia católica recuerda que la fe en la encarnación real del Hijo de Dios es el «signo distintivo» de la fe cristiana (cf. n. 463). Por lo demás, es lo que profesamos con las palabras del Credo niceno-constantinopolitano: «Por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó en el seno de la Virgen María y se hizo hombre». En el nacimiento del Hijo de Dios del seno virginal de María los cristianos reconocen la infinita condescendencia del Altísimo hacia el hombre y hacia la creación entera. Con la Encarnación, Dios viene a visitar a su pueblo: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo» (Lc 1, 68-69). Y la visita de Dios siempre es eficaz: libera de la aflicción y da esperanza, trae salvación y alegría. En el relato del nacimiento de Jesús, vemos que la alegre nueva de la venida del Salvador esperado es comunicada en primer lugar a un grupo de pobres pastores, como refiere el evangelio de san Lucas: «Un ángel del Señor se presentó a los pastores» (Lc 2, 9). De ese modo, san Lucas, que en cierto sentido podríamos definir el «evangelista» de la Navidad, quiere subrayar la benevolencia y la delicadeza de Dios para con los pequeños y los humildes, a los que se manifiesta y que de ordinario están mejor dispuestos a reconocerlo y acogerlo. La señal que se da a los pastores, la manifestación de la majestad infinita de Dios en un niño, está llena de esperanzas y promesas: «Aquí tenéis la señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 12). Ese mensaje encuentra un eco inmediato en el corazón humilde y disponible de los pastores. Para ellos la palabra que el Señor les da a conocer es seguramente algo real, un «acontecimiento» (cf. Lc 2, 15). Por eso, acuden presurosos, encuentran la señal que se les había prometido e inmediatamente se convierten en los primeros misioneros del Evangelio, difundiendo en su entorno la buena nueva del nacimiento de Jesús. En estos días hemos escuchado nuevamente el canto de los ángeles en Belén: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que él ama» (Lc 2, 14). Este canto debe difundirse en el mundo también en nuestro tiempo, que entraña grandes esperanzas y extraordinarias aperturas en todos los ámbitos, pero que igualmente encierra fuertes tensiones y dificultades. Para que en el nuevo año, recién comenzado, la humanidad pueda avanzar de un modo más ágil y seguro por los caminos de la paz, hace falta la colaboración activa de todos. Por eso, cada año, con ocasión de la Jornada mundial de la paz, quiero subrayar el vínculo que existe entre la paz, la justicia y el perdón. Realmente «no hay paz sin justicia» y «no hay justicia sin perdón». Por tanto, debe crecer en todos un fuerte deseo de reconciliación, sostenido por una sincera voluntad de perdón. A lo largo de todo el año nuestra oración debe hacerse más fuerte e insistente, para obtener de Dios el don de la paz y de la fraternidad, especialmente en las zonas más agitadas del mundo. Así entramos en el nuevo año con confianza, imitando la fe y la dócil disponibilidad de María, que conserva y medita en su corazón (cf. Lc 2, 19) todas las cosas maravillosas que están aconteciendo ante sus ojos. Dios mismo realiza por medio de su Hijo unigénito la plena y definitiva salvación en favor de la humanidad entera. Contemplamos a la Virgen mientras acoge entre sus brazos a Jesús para darlo a todos los hombres. Como ella, también nosotros miramos con atención y conservamos en el corazón las maravillas que Dios lleva a cabo cada día en la historia. Así aprenderemos a reconocer en la trama de la vida diaria la intervención constante de la divina Providencia, que todo lo guía con sabiduría y amor. Una vez más, ¡Feliz Año nuevo a todos!", de la mano de María… En uno de los himnos latinos a Nuestra Señora encontramos el verso Monstra te esse matrem, "Demuestra que eres una verdadera madre para nosotros". Pero no basta con que creamos en su función intercesora; es imprescindible que también la experimentemos. Deberíamos tener un sentido permanente de su presencia en nuestras vidas, cerca de su Hijo y cerca de nosotros. Este es el secreto de la devoción católica a Nuestra Señora, y ésa es la gracia que pedimos en la oración final de la fiesta: "Concédenos que podamos sentir el poder de su intercesión cuando ella implora por nosotros con Jesucristo tu Hijo, el autor de la vida".

Volvemos a recordar que hoy es el día mundial de la paz. El papa Pablo VI hizo de esta fecha un día especial de oración por la paz universal. Tras hablar de su significación litúrgica como octava de navidad y solemnidad de la madre de Dios, continúa diciendo: Es también una ocasión apta para renovar la adoración al recién nacido príncipe de la paz, para escuchar una vez más las alegres noticias del ángel; y para implorar a Dios, a través de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz. Por esta razón, en la feliz concurrencia de la octava de navidad y del primer día del nuevo año, hemos instituido El día mundial de la paz. Una ocasión que gana constantemente nuevos adeptos y que comienza a producir ya frutos de paz en los corazones de muchos. Todo el mensaje de navidad puede resumirse en la palabra "paz", y la Iglesia trata de dar al mundo esa paz. En palabras de san León Magno, "el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz". Y dice que es el don de Dios a nosotros y también nuestro regalo a él, pues nada más agradable a Dios que los hermanos conviviendo en paz. La paz cristiana no es sólo de naturaleza espiritual. La Iglesia tiene la obligación de promover la paz entre las naciones. Tiene que sentirse responsable del bienestar de todas las personas y pueblos. No puede haber paz verdadera ni duradera allí donde se pisotean los derechos humanos y la justicia. Todos los papas de este siglo han trabajado duro para asegurar la paz a la humanidad. En la visión cristiana, paz no significa simplemente ausencia de guerra, sino un orden mundial basado en el reconocimiento de que todos los hombres somos hermanos y tenemos un padre común en los cielos (Vincent Ryan). Esta es la base de la paz, del perdón, como decía Juan Pablo II: "sin el perdón las heridas continuarán sangrando, alimentando en las  generaciones futuras un hastío sin fin, que es fuente de venganza y causa de nuevas  ruinas. El perdón ofrecido y aceptado es premisa indispensable para caminar hacia una paz  auténtica y estable… el perdón puede parecer  contrario a la lógica humana, que obedece con frecuencia a la dinámica de la contestación  y de la revancha. Sin embargo, el perdón se inspira en la lógica del amor, del amor que  Dios tiene a cada hombre y mujer, a cada pueblo y nación, así como a toda la familia  humana. El perdón de Dios se convierte en fuente inagotable de perdón en las relaciones  entre nosotros, ayudándonos a vivirlas bajo el signo de una verdadera fraternidad". Para superar la cultura de la muerte –egoísmo manifestado en tantas cosas: "numerosas personas se encuentran encerradas  en su soledad interior; otras su raza, nacionalidad o sexo, mientras la pobreza arrastra a  masas enormes al margen de la sociedad o, incluso, hacia el aniquilamiento. Para muchos,  además la guerra se ha convertido en la dura realidad de la vida cotidiana. Una sociedad  que busca sólo bienes materiales o efímeros tiende a marginar a quien no sirve para tal  objetivo"- hay que promover el perdón. Es difícil pedir perdón, el peso de la historia está cargado de violencias y de conflictos, de los cuáles no es fácil  desentenderse. Manifiesta que el dolor por la pérdida de un familiar a causa del terrorismo  o acciones criminales llevan a la tentación del odio y que, de igual manera, perdonar  sinceramente puede resultar heroico, sin embargo, "no se puede permanecer prisioneros del pasado: es  necesaria, para cada uno y para los pueblos, una especie de 'purificación de la memoria', a  fin de que los males del pasado no vuelvan a producirse más". Para ello es indispensable aprender a leer la historia de los otros pueblos  evitando juicios sumarios y parciales, haciendo un esfuerzo para comprender el punto de  vista de quienes pertenecen a aquellos pueblos. Apunta que la aceptación y aprecio de las  diferencias es el primer paso para la reconciliación. Desarrollar una sólida "cultura de la paz": impedir el crecimiento de la industria  y del comercio de armas; esfuerzo de las diversas religiones en favor de la paz, levantando su propia voz contra la guerra y afrontando con valor los  riesgos consiguientes; y el respeto a la verdad -"donde se siembra la mentira y la falsedad florecen la  sospecha y las divisiones, la corrupción y la manipulación política o ideológica y se atacan  los fundamentos mismos de la convivencia civil y socavan las posibilidades de relaciones  sociales pacíficas"-; y la justicia, "que tiene su fundamento último en la ley de Dios y en su designio de amor sobre la  humanidad: "no hay contradicción alguna entre perdón y justicia: el  perdón no elimina ni disminuye la exigencia de la reparación, que es propia de la justicia,  sino que trata de reintegrar tanto a las personas y a los grupos en la sociedad, como a los  Estados en la comunidad de las Naciones". La oración de la paz inspirada en S. Francisco es hoy especialmente paradigmática: Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Allí donde hay odio, que yo ponga amor, allí donde hay ofensa, que yo ponga perdón, allí donde hay discordia, que yo ponga unión, allí donde hay error, que yo ponga fe, allí donde hay desesperación, que yo ponga esperanza, allí donde hay tinieblas, que yo ponga luz, allí donde hay tristeza, que yo ponga alegría. Oh, Maestro, que yo no busque tanto ser consolado..., como consolar, ser comprendido..., como comprender, ser amado..., como amar. Porque es olvidándose..., como uno se encuentra, es perdonando..., como uno es perdonado, es dando..., como uno recibe, es muriendo..., como uno resucita a la vida (anónimo, del siglo XIX). "Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la  mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, desde  el trono real" (Sb 18,14), Él es la luz, la paz…

(Versión de 1.1.2008, complementa la reflexión del año pasado, ciclo A).

Dia 31 de diciembre: séptimo dentro de la octava, balance de fin de año y de la vida

Dia 31 de diciembre: séptimo dentro de la octava, balance de fin de año y de la vida

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 2, 18-21: Hijos míos, es el momento final. Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta que es el momento final. Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros. En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis. Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira viene de la verdad.

 

Salmo 96: 1 - 2, 11 – 13: ¡Cantad a Yahveh un canto nuevo, cantad a Yahveh, toda la tierra, 2 cantad a Yahveh, su nombre bendecid! Anunciad su salvación día tras día, 11 ¡Alégrense los cielos, regocíjese la tierra, retumbe el mar y cuanto encierra; 12 exulte el campo y cuanto en él existe, griten de júbilo todos los árboles del bosque, 13 ante la faz de Yahveh, pues viene él, viene, sí, a juzgar la tierra! El juzgará al orbe con justicia, a los pueblos con su lealtad.

 

Comienzo del santo evangelio según san Juan 1, 1-18: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: - «Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo."» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

 

Comentario: El final del año resuena en nuestra celebración, hoy tenemos una perspectiva nueva del tiempo: desde el nacimiento de Jesús, que es "el principio y la plenitud de toda religión", dice la oración colecta; y el evangelio nos muestra a Jesús como punto de referencia único de la historia. Hoy podemos hablar de que todo nuestro tiempo, en la vida humana y en la fe, tiene un único centro y criterio: Jesús. Podemos dar gracias por el año que acaba, por la salvación que Dios nos ha continuado dando; y pedir perdón por lo que hay de "anticristo" en nosotros (1ª lectura): somos anticristos cuando tenemos criterios de "mentira", criterios que no son los de Jesús (Josep Lligadas).

1.- 1 Jn 2, 18-21. Los anticristos ya están a la puerta: hay motivos para vacilar, sin duda; pero los que se mantengan fieles pueden seguir sintiéndose seguros. Ellos son los que han recibido la Buena Noticia y los que han sido marcados con la unción. Por eso también han de ser ellos los que perseveren. Es la última hora. Los anticristos son todos los que niegan a Cristo, los que no le aceptan como Señor (2 Ts 2, 4). Dentro de la comunidad de los creyentes existe la terrible posibilidad de que sólo se pertenezca a ella de una manera puramente externa, i. e. no se vive del Espíritu de Cristo. Nos ha tocado vivir -por la misericordia de Dios- tiempos de escándalos, de dolorosas pérdidas y de sorprendentes fallos, allí donde menos se podían esperar. Hay momentos en que uno, viendo irse a éste o a aquél, tan entero, tan limpio y tan seguro, comienza a dudar de uno mismo. Uno quisiera en más de una ocasión ver claro. No queda otro camino que orar con humildad. "En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo y todos vosotros lo sabéis". Se dirige la carta a comunidades que atraviesan una crisis grave. En tiempo de crisis, las defecciones son inevitables… Jesús había anunciado esto con anterioridad, cuando dijo: «Si se os dice: "Mirad aquí está Cristo" o bien "Mirad, está allá", no lo creáis. Surgirán, en efecto, falsos-cristos y falsos-profetas, que harán signos y prodigios considerables, capaces de engañar, incluso, a los elegidos» (Mateo 24, 24). Sería peligroso que, partiendo de textos de esta clase, pretendiéramos, nosotros, hacer una separación entre los buenos y los malos, entre los fieles y los heréticos. Pero esas Palabras divinas nos colocan ante la realidad de la verdad, ante la realidad de nuestra pertenencia a la Iglesia. «De haber sido de los nuestros, se hubieran quedado con nosotros.» Roguemos por todos los que HOY, como en todo tiempo sienten la tentación de abandonar la Iglesia.

-En cuanto a vosotros estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo sabéis. Del hecho de estar en "comunión" con la Iglesia, se derivan otros dos signos. -la vida sacramental, simbolizada por la «unción»... -la rectitud doctrinal, el «conocimiento»...

a) El sacramento no es un rito mágico y mecánico de pertenencia a Dios es: el reconocimiento de que «Dios actúa en nosotros». Es un «acto de Dios en nosotros». Por él, reconocemos que no podemos salvarnos a nosotros mismos: «el que es Santo os ha consagrado por la unción». No es el hombre quien se consagra. Es Dios el que le consagra. ¿Ee ésta mi actitud profunda de cara a los sacramentos? ¿Me pongo ante Dios como un pobre, humildemente? Características del falso-doctor, del falso-cristo, son: el orgullo, la suficiencia.

b) La Fe -el «conocimiento» de Dios- es el segundo signo de pertenencia a la Iglesia. La "fe" y el «sacramento» están vinculados uno al otro. -La fe da vigor y sentido al sacramento. El Espíritu es el que actúa y no el «gesto» externo: bautizar al que no tiene fe (salvo el caso de los niños en que la Iglesia exige la fe a los padres o padrinos) está prohibido y no tiene significado alguno... recibir la eucaristía sin tener fe sería un gesto vacío. -El sacramento da vigor a la fe: el signo exterior y visible, repetido en muchos sacramentos refuerza y alimenta la fe. En este último día del año me pregunto sobre mi actitud profunda respecto a la Iglesia... a los sacramentos... a la fe... ¡Señor, aumenta en nosotros la fe! (Noel Quesson).

Al final del segundo milenio había predicciones apocalípticas, también el "efecto milenio" tan temido en el mundo informático… al final no pasó nada de esto. Juan Pablo II fue preparándonos para la fecha, para entrar con Cristo en el tercer milenio, en unas ceremonias de gran belleza litúrgica, estética y teológica. Planteó para el nuevo milenio metas de santidad, que al acabar y comenzar un año es buen tiempo para hacer balance.

La noche de fin de año en Italia se solían tirar las cosas viejas, se llamaba la noche de San Silvestre y se arrojaban por la ventana los trastos inútiles. Es una noche de alegría y optimismo, de mirar el año que pasó, y mirar el año que vendrá. Pero puesto que también es tiempo de hacer balance, hay quien se deja llevar por las angustias del pasado (hay, si no hubiera hecho esta carrera, o esta elección; si hubiera hecho esta otra cosa...) y los miedos del futuro (¿y si me quedo sin trabajo, y si se cae la casa, y si...?). Todos podemos sentir en algún momento los remordimientos y los miedos, el que quiere preocuparse siempre encuentra motivos. Ante esto, habría que convencerse de que el pasado ya no existe, sólo ha quedado en la memoria como experiencia, y el futuro tampoco existe, sólo se nos ha sido dado el presente, y éste es el que hemos de vivir sin perdernos en esos miedos. Sólo existe el "aquí y ahora", lo demás es previsión del futuro o recuerdo del pasado, y he de aprender a disfrutar el momento presente. Los días parecen los mismos, pero cada uno es único e irrepetible. Las grandes cosas y las pequeñas suceden un día y a una hora concreta.

Se cuenta de un hombre que se hallaba en el tejado de su casa durante una inundación y el agua le llegaba hasta los pies. Pasó un individuo en una canoa y le dijo: "-¿Quiere que le lleve a un sitio más alto? –"No, gracias -replicó el hombre-. He rezado a mi Dios, y él me salvará". Pasó el tiempo y el agua le llegaba a la cintura. Entonces pasó por allí una lancha a motor. – "¿Quiere que le lleve a un sitio más alto?" – "No gracias, volvió a decir. Tengo fe en Dios y él me salvará". Más tarde, cuando el nivel del agua le llegaba ya al cuello, llegó un helicóptero. –"¡Agárrese a la cuerda -le gritó el piloto-. Yo le subiré!" – "No, gracias. Tengo fe en el Señor y él me salvará". Desconcertado, el piloto dejó a aquel hombre en el tejado. Pocas horas después ese pobre hombre moría ahogado y fue a recibir su recompensa y al presentarse a la presencia de Dios dijo: –"Señor, yo tenía total fe en que Tú me salvarías y me abandonaste. ¿Por qué?" A lo cual Dios replicó: -"¿Qué más querías? ¡Fuíste tú que no quisiste, yo te mandé una canoa, una lancha a motor y un helicóptero!"

A veces estamos ahogados u obsesionados por una cosa y la solución la tenemos al alcance de la mano, no nos enteramos y buscamos la felicidad de un modo equivocado en lugar de disfrutar con los que se nos da, y acomodarse a ello.

Hoy se valora mucho tener pocos años, y esto es un error, las edades de la vida van perfeccionándola, como decía Mac Arthur en 1945: "La juventud no es un periodo de la vida; es un estado del espíritu, un efecto de la voluntad, una calidad de la imaginación, una intensidad emotiva, una victoria del valor sobre la timidez, del gusto por la aventura sobre el amor  por la comodidad". Hay gente siempre joven y otros que con pocos años son viejos. ¿Cuál es la edad de un hombre?" Los calendarios, los relojes, las arrugas, las burbujas de champán de cada Nochevieja tejen cronologías extrañas que no coinciden con las fechas del alma. Hay hombres que no maduran, quienes les sorprende la vejez embriagados todavía en el vértigo de su frivolidad: tratan entonces de apurar la vida a grandes sorbos, a la búsqueda de lo que ya no volver  nunca a ser. En cambio, otros no pierden nunca la admiración e ilusión del niño, y se enriquecen también con las etapas sucesivas de la vida. Hay un tiempo que se pierde y otro que se convierte en aquel "tesoro que no envejece", que es aprovechar el tiempo para amar.

A algunos les falta tiempo para todo, y al mismo tiempo sufren un gran aburrimiento. Para algunos un fin de año es sinónimo de ponerse a llorar, atragantarse con las uvas, que todas serán malas para ellos: ¡Se nos acaba el tiempo!, un acabarse que al final sea definitivo y total.

Para otros es bonito el paso del tiempo, es señal de madurez, y nos acerca a la eternidad. Ronald Reagan decía hace unos años este mensaje: "Mis queridos compatriotas americanos: Me han comunicado recientemente que soy uno de los millones de americanos que padecen el mal de Alzheimer. Por ahora me encuentro bien", con ilusión para "compartir el viaje de la vida con mi querida Nancy durante los años que Dios quiera darme. Americanos: permítanme darles las gracias por haberme hecho el gran honor de haber podido estar a su servicio como Presidente suyo. Inicio ahora el viaje que me lleva al ocaso de mi vida. Sé que América compartirá también este anochecer. Muchas gracias, queridos amigos y que Dios les bendiga siempre".

Dentro del misterio del tiempo hay un "crono"  que es el paso sin más y un "kairós" que es el instante precioso, el encontrarse existiendo, el momento de "aquí y ahora" en el que si no tenemos lo que nos parece que es mejor para ser feliz al menos vamos a aprender a ser felices con lo que tenemos, con la esperanza de tenerlo todo un día, fruto de nuestra lucha para amar más. Y así, el mirar el año pasado será ocasión de balance: en primer lugar de las cosas positivas, que son muchas y no las conocemos todas: y daremos gracias a Dios. Son cosas a veces sentillas, pero que descuidamos, las cosas más importantes las consideramos a veces obvias, y así nos va...: ha salido el sol todos los días, hemos dormido, comido, bebido, pero sobre todo hemos hecho amistades, compartido amor, disfrutado de la risa y también agradecemos las lágrimas... todo es bendición. También hay cosas negativas: nuestro egoísmo, errores, limitaciones, que nos dan ocasión de pedir perdón, y pedir a Dios y a los demás más ayuda para mejorar, y así por la humildad, estos fallos sirven también para la maduración personal. Pero al hacer la suma no haremos como el borracho que ve la botella "medio vacía", sino que la veremos "medio llena" porque vamos creciendo en la esperanza de que un día estará completamente llena, según la medida de nuestro amor.

Se planteba Juan Pablo II: ""Señor, ¿es este el tiempo?":  ¡cuántas veces el hombre se hace esta pregunta, especialmente en los momentos dramáticos de la historia! Siente el vivo deseo de conocer el sentido y la dinámica de los acontecimientos individuales y comunitarios en los que se encuentra implicado. Quisiera saber "antes" lo que sucederá "después", para que no lo tome por sorpresa. También los Apóstoles tuvieron este deseo. Pero Jesús nunca secundó esta curiosidad. Cuando le hicieron esa pregunta, respondió que sólo el Padre celestial conoce y establece los tiempos y los momentos (cf. Hch 1, 6-7). Pero añadió:  "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos (...) hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8), es decir, los invitó a tener una actitud "nueva" con respecto al tiempo. Jesús nos exhorta a no escrutar inútilmente lo que está reservado a Dios -que es, precisamente, el curso de los acontecimientos-, sino a utilizar el tiempo del que cada uno dispone -el presente-, difundiendo con amor filial el Evangelio en todos los rincones de la tierra. Esta reflexión es muy oportuna también para nosotros, al concluir un año y a pocas horas del inicio del año nuevo.

"Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer" (Ga 4, 4). Antes del nacimiento de Jesús, el hombre estaba sometido a la tiranía del tiempo, como el esclavo que no sabe lo que piensa su amo. Pero cuando "el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros" (Jn 1, 14), esta perspectiva cambió totalmente. En la noche de Navidad, que celebramos hace una semana, el Eterno entró en la historia, el "todavía no" del tiempo, medido por el devenir inexorable de los días, se unió misteriosamente con el "ya" de la manifestación del Hijo de Dios. En el insondable misterio de la Encarnación, el tiempo alcanza su plenitud. Dios abraza la historia de los hombres en la tierra para llevarla a su cumplimiento definitivo. Por tanto, para nosotros, los creyentes, el sentido y el fin de la historia y de todas las vicisitudes humanas están en Cristo. En él, Verbo eterno hecho carne en el seno de María, la eternidad nos envuelve, porque Dios ha querido hacerse visible, revelando el fin de la historia misma y el destino de los esfuerzos de todas las personas que viven en la tierra. Precisamente por eso en esta liturgia, mientras nos despedimos del año…, sentimos la necesidad de renovar, con íntima alegría, nuestra gratitud a Dios que, en su Hijo, nos ha introducido en su misterio dando inicio al tiempo nuevo y definitivo.

'Te Deum laudamus; te Dominum confitemur'. Con estas palabras del antiguo himno elevamos a Dios la expresión de nuestra profunda gratitud por el bien que nos ha concedido a lo largo de los doce meses pasados. Mientras desfilan ante nuestros ojos los numerosos acontecimientos del año… es particularmente necesario tomar conciencia también de nuestras debilidades y de los momentos en que no hemos sido plenamente fieles al amor de Dios. Pidamos perdón al Señor por nuestras faltas y omisiones:  'Miserere nostri, Domine, miserere nostri'. Sigamos abandonándonos con confianza a la bondad del Señor. Él no dejará de tener misericordia con nosotros y de ayudarnos a proseguir nuestro compromiso apostólico.

'In Te, Domine, speravi:  non confundar in aeternum!' Confiamos y nos abandonamos en tus manos, Señor del tiempo y de la eternidad. Tú eres nuestra esperanza:  la esperanza de Roma y del mundo, el apoyo de los débiles y el consuelo de los extraviados, la alegría y la paz de quien te acoge y te ama. Mientras termina este año y la mirada se proyecta ya al nuevo, el corazón se abandona con confianza a tus misteriosos designios de salvación. 'Fiat misericordia tua, Domine, super nos, quaemadmodum speravimus in te'. Que tu misericordia esté siempre con nosotros:  en ti hemos esperado. Sólo esperamos en ti, oh Cristo, Hijo de la Virgen María, dulce Madre tuya y nuestra".

El tiempo trae cambios, a veces imprevisibles: ¿quién nos hubiera dicho, incluso después de la caída del muro de Berlín en 1989, que iba a desaparecer la Unión Soviética, que las estatuas de Lenin iban a ser demolidas, que las fronteras de los países del Este iban a entrar en un vertiginoso proceso de cambio, que la bandera roja con la hoz y el martillo iba a dejar de ondear sobre el Kremlin o sobre la recién inaugurada embajada rusa -tendríamos que haber dicho soviética- en Madrid? Pero hay mucha agresividad en el mundo, prevalece el tener sobre el ser, y domina aún la apariencia de la que se visten los hombres para tener importancia. Esta noche es nochevieja, "el último día del año. Frecuentemente, una mezcla de sentimientos —incluso contradictorios— susurran en nuestros corazones en esta fecha. Es como si una muestra de los diferentes momentos vividos, y de aquellos que hubiésemos querido vivir, se hiciesen presentes en nuestra memoria. El Evangelio de hoy nos puede ayudar a decantarlos para poder comenzar el nuevo año con empuje. «La Palabra era Dios (...). Todo se hizo por ella» (Jn 1,1.3). A la hora de hacer el balance del año, hay que tener presente que cada día vivido es un don recibido. Por eso, sea cual sea el aprovechamiento realizado, hoy hemos de agradecer cada minuto del año. Pero el don de la vida no es completo. Estamos necesitados. Por eso, el Evangelio de hoy nos aporta una palabra clave: "acoger". «Y la Palabra se hizo carne» (Jn 1,14). ¡Acoger a Dios mismo! Dios, haciéndose hombre, se pone a nuestro alcance. "Acoger" significa abrirle nuestras puertas, dejar que entre en nuestras vidas, en nuestros proyectos, en aquellos actos que llenan nuestras jornadas. ¿Hasta qué punto hemos acogido a Dios y le hemos permitido entrar en nosotros? «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Acoger a Jesús quiere decir dejarse cuestionar por Él. Dejar que sus criterios den luz tanto a nuestros pensamientos más íntimos como a nuestra actuación social y laboral. ¡Que nuestras actuaciones se avengan con las suyas! «La vida era la luz» (Jn 1,4). Pero la fe es algo más que unos criterios. Es nuestra vida injertada en la Vida. No es sólo esfuerzo —que también—. Es, sobre todo, don y gracia. Vida recibida en el seno de la Iglesia, sobre todo mediante los sacramentos. ¿Qué lugar tienen en mi vida cristiana? «A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12). ¡Todo un proyecto apasionante para el año que vamos a estrenar!" (David Compte). Las cosas que sí tienen importancia son la vida humana y sobrenatural, y nuestra actitud podría ser en estos días:

a) acción de gracias por la vida. Las lecturas de hoy nos invitan a la alegría: ¿con qué mejor noticia podemos terminar el año que con la que nos da el evangelio de hoy: que los que creemos en Cristo Jesús somos hijos de Dios, nacidos del mismo Dios? Porque el Hijo de Dios se ha hecho hermano nuestro, nosotros somos hermanos de él y entre nosotros, y a la vez hijos del mismo Padre del cielo, llenos de la gracia de Jesús, iluminados con su luz y fortalecidos con su vida. En la Eucaristía de hoy podemos dar gracias a Dios por todos los beneficios que hemos recibido de él a lo largo del año, sobre todo por habernos hecho hijos en el Hijo y hermanos los unos de los otros. Y a la vez deberemos pedirle perdón por nuestros fallos, en el acto penitencial de la misa, o con el sacramento de la reconciliación, porque seguramente en el camirio recorrido habrá luces y sombras, éxitos y fracasos, porque nunca acabamos de acoger a Cristo plenamente en nuestra vida y más de una vez nos habrá resultado más fácil seguir los caminos de este mundo que los evangélicos que él nos enseña. Hemos finalizado otro año más de nuestra vida. Y la vida es un don y un regalo de Dios, por el que debemos dar gracias: sentir la vivencia de ver nuestra propia vida como un regalo que Dios nos ha hecho. Cada uno de nosotros es una casualidad desde el punto de vista genético. Me viene a la memoria la conocida película ¡Qué bello es vivir! Hay momentos en la vida en que nos puede parecer que nuestra existencia carece de sentido y nos hace falta preguntarnos y sentir qué distinta hubiera sido la vida de los otros, si yo no hubiera existido, si yo ya no viviese. Formamos parte de un tejido de relaciones y afectos que configuran la verdadera trama de la vida. Y esta vida es don de Dios: a él le damos gracias porque hemos vivido un año más, regalo del Dios amigo de los hombres y amigo de la vida. Si queréis podemos repetir la conocida canción: «Gracias a la vida, que me ha dado tanto».

b) La segunda actitud es la de pedir perdón por nuestras limitaciones y debilidades en el año que termina. Terminar el año y empezar otro en el ambiente de la Navidad, nos invita a pensar en la marcha de nuestra vida, cómo estamos respondiendo al plan salvador de Dios. Para que no vayamos adelante meramente por el discurrir de los días, atropellados por el tiempo, sino dueños del tiempo, conscientes de la dirección de nuestro camino. Es bueno que terminemos lúcidamente el año. Navidad es luz y gracia, pero también examen sobre nuestra vida en la luz. Cada uno hará bien en reflexionar en este último día del año si de veras se ha dejado poseer por la buena noticia del amor de Dios, si está dejándose iluminar por la luz que es Cristo, si permanece fiel a su verdad, si su camino es el bueno o tendría que rectificarlo para el próximo año, si se deja embaucar por falsos maestros. En este discernimiento nos tendríamos que ayudar los unos a los otros, para distinguir entre lo que es sano pluralismo y lo que es desviación, entre lo que obedece al Espíritu de Cristo o al espíritu del mal. Cada uno de nosotros ha recibido un número de talentos y todos sabemos que no los hemos hecho rendir todo lo que hubiéramos podido. Pero no se trata de agudizar sentimientos de culpabilidad. Martín Buber escribía que «la gran culpa del hombre no es el pecado que comete -la tentación es poderosa y las fuerzas pequeñas-. La gran culpa del hombre consiste en que en todo momento puede convertirse y no lo hace». Si lo de «año nuevo, vida nueva» no es verdad entre los hombres -ya que nos parece que no existe posibilidad de cambio en las personas conocidas-, sí es verdad ante Dios: ante él siempre puedo comenzar a escribir mi vida de un modo mejor, más humano, más cristiano. Es lo que decía san Pablo a la comunidad de Filipos: «Me olvido de lo que queda detrás y me lanzo hacia lo que queda delante»; me olvido de lo sucedido en este año que ha terminado, porque lo que tengo entre manos es ya el que inicia ahora. Siempre podemos decir que «aun después de una mala cosecha, se debe sembrar de nuevo» (Reinhold Schneider). Al hacer examen es fácil que encontremos, en este año que termina, omisiones en la caridad, escasa laboriosidad en el trabajo profesional, mediocridad espiritual aceptada, poca limosna, egoísmo, vanidad, faltas de mortificación en las comidas, gracias del Espíritu Santo no correspondidas, intemperancias, malhumor, mal carácter, distracciones voluntarias en nuestras prácticas de piedad... Son innumerables los motivos para terminar el año pidiendo perdón al Señor, haciendo actos de contrición y desagravio.

c) La tercera actitud es la de saber que tengo una misión que cumplir en este año que hoy comienza. El mismo Martin Buber decía que «todos estamos llamados a llevar algo a plenitud en el mundo». Fácilmente creemos que los únicos que tienen una misión son los importantes: los que fueron protagonistas del descubrimiento de América o los que la prensa recogía en estos días de resúmenes de los acontecimientos del año, pero lo "importante", ¿qué es? Quizá es que: «siempre espera en alguna parte un niño para que le consueles y le ames. Siempre espera en alguna parte un hombre al que puedes darle una esperanza nueva. Siempre espera en alguna parte un dolor para que muera en tu amor. Siempre espera en alguna parte tu Dios, que te pide tu amor» (Daniela Krein). Siempre espera en alguna parte alguna misión que tengo que realizar. Hoy podemos decir, al comenzar este año, cargado de promesas y expectativas, como ciudadanos de un mundo que ha dejado de ser inamovible, que «Dios se atreve a darte la vida; atrévete tú a vivir la vida con él. Dios se atreve a regalarte este día, este año; atrévete tú a tomarlo y a troquelarlo para él» (Saturnin Pauleser; ideas de Javier Gafo).

3.- Jn 1,1-18. Es un himno cristológico muy antiguo, precioso. Juan, a diferencia de Lucas y Mateo, no pone el origen de Jesucristo directamente relacionado con un "nacimiento maravilloso (Mt 1,18-25), ni se remonta al primer Adán (Lc 3,38) sino que afirma el origen de Jesucristo en Dios mismo". La presentación teológica que Juan nos hace de Cristo nos lleva al mayor nivel de profundidad en nuestra celebración de la Navidad: - estaba junto a Dios, era Dios desde toda la eternidad, - era la Palabra viviente de Dios, la luz, la vida: y por él fueron hechas todas las cosas, - un profeta, Juan Bautista, fue enviado por Dios como precursor y testigo de la luz, para preparar sus caminos, - y al llegar la plenitud del tiempo, el Verbo, la Palabra que existía antes, se hizo hombre, se encarnó, y acampó entre nosotros, para iluminar con su luz a todos los hombres, - pero los suyos no le recibieron, vino a su casa y no le reconocieron; siempre la contradicción que anunciara Simeón: el contraste entre la luz y las tinieblas, - eso sí: los que creyeron en él, los que le acogieron, han recibido gracia sobre gracia, lo más grande que pueden pensar: el ser hijos de Dios, nacidos del mismo Dios. Es la mejor teología de la Navidad, y a la vez el mejor estímulo para una vida cristiana llena de valores positivos.

La carta de Juan Pablo II convocando al Jubileo del año 2000 empieza y termina con la misma cita de la carta a los Hebreos: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8). Dios, por la encarnación de su Hijo, se ha introducido en la historia del hombre para redimirnos y comunicarnos su propia vida. Eso es lo que ha dado sentido a toda la historia y al correr de los años, que ha quedado impregnado de la presencia de Cristo Jesús.

«Has establecido el principio y la plenitud de toda religión en el nacimiento de tu Hijo Jesucristo» (oración)… «Cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su victoria, alégrese el cielo, goce la tierra» (salmo: J. Aldazábal).

 "El Evangelio de Juan se nos presenta en una forma poética y parece ofrecernos, no solamente una introducción, sino también como una síntesis de todos los elementos presentes en este libro. Tiene un ritmo que lo hace solemne, con paralelismos, similitudes y repeticiones buscadas, y las grandes ideas trazan como diversos grandes círculos. El punto culminante de la exposición se encuentra justo en medio, con una afirmación que encaja perfectamente en este tiempo de Navidad: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). El autor nos dice que Dios asumió la condición humana y se instaló entre nosotros. Y en estos días lo encontramos en el seno de una familia: ahora en Belén, y más adelante con ellos en el exilio de Egipto, y después en Nazaret. Dios ha querido que su Hijo comparta nuestra vida, y —por eso— que transcurra por todas las etapas de la existencia: en el seno de la Madre, en el nacimiento y en su constante crecimiento (recién nacido, niño, adolescente y, por siempre, Jesús, el Salvador). Y continúa: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Ibidem). También en estos primeros momentos, lo han cantado los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo», «y paz en la tierra» (cf. Lc 2,14). Y, ahora, en el hecho de estar arropado por sus padres: en los pañales preparados por la Madre, en el amoroso ingenio de su padre —bueno y mañoso— que le ha preparado un lugar tan acogedor como ha podido, y en las manifestaciones de afecto de los pastores que van a adorarlo, y le hacen carantoñas y le llevan regalos. He aquí cómo este fragmento del Evangelio nos ofrece la Palabra de Dios —que es toda su Sabiduría—. De la cual nos hacer participar, nos proporciona la Vida en Dios, en un crecimiento sin límite, y también la Luz que nos hace ver todas las cosas del mundo en su verdadero valor, desde el punto de vista de Dios, con "visión sobrenatural", con afectuosa gratitud hacia quien se ha dado enteramente a los hombres y mujeres del mundo, desde que apareció en este mundo como un Niño" (Ferran Blasi).

Mañana es la Maternidad de María, con ella comenzamos el año. Es lógico que en estas fiestas de Navidad, donde recordamos el nacimiento de Jesús en Belén, hagamos, en su octava, un parón especial para contemplar a María, que es Madre de Dios, porque Jesús, que es su hijo, es Dios. Ha sido un logro de la Liturgia renovada del Concilio Vaticano II el incluir esta fiesta dentro de la Navidad. Antes se celebraba el día 11 de octubre, pero es mucho más congruente que se celebre dentro de la Navidad, porque el nacimiento de Jesús y la maternidad divina son aspectos de un mismo hecho. Todo nacimiento de un hombre supone una madre que lo engendra. Es decir, la filiación y la maternidad son las dos relaciones que constituye el acto generador. Por ello S. Pablo, en la primera lectura nos dirá: al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley. Donde hay un hijo, hay siempre una madre. Jesús no apareció de pronto en la tierra venido del cielo, sino que se hizo realmente hombre, como nosotros, tomando nuestra naturaleza humana en las entrañas purísimas de María. Jesús, en cuanto Dios, es engendrado desde toda la eternidad por Dios Padre; en cuanto hombre, es concebido y ha nacido de una mujer, excelsa, pero al fin y al cabo, una hija de Eva. S. Cirilo de Alejandría resume esta doctrina: "Me extraña en gran manera que haya alguien que tenga alguna duda de si la Santísima Virgen ha de ser llamada Madre de Dios. Si nuestro Señor Jesucristo es Dios ¿por qué razón las Santísima Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios? Esta es la fe que nos ha transmitieron los discípulos del Señor, aunque no emplearon esta misma expresión. Así nos lo han enseñado también los Santos Padres". La maternidad divina es el hecho esencial que ilumina toda la vida de María y el fundamento de todos los privilegios con que Dios ha adornado a la Virgen. Hoy  recordamos y veneramos el misterio por el que María, por obra y gracia del Espíritu Santo, y sin perder la gloria de su virginidad, ha engendrado y ha dado a luz al Verbo encarnado. Hoy es un buen día sobre todo para agradecer al Señor de la mano de María el año que termina y la perseverancia en querer seguirle, y pedirle la gracia de la perseverancia en el año que empieza: pedirle fidelidad a nuestra vocación cristiana, en una lucha viva y esperanzada, como decía S. Josemaría: "Un año que termina -se ha dicho de mil modos, más o menos poéticos-, con la gracia y la misericordia de Dios, es un paso más que nos acerca al Cielo, nuestra definitiva Patria. Al pensar en esta realidad, entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus  breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno". A las vírgenes necias "les faltó generosidad para cumplir acabadamente lo poco que tenían encomendado. Quedaban en efecto  muchas horas, pero las desaprovecharon... Acude conmigo a la Madre de Cristo. Madre nuestra, que has visto crecer a Jesús, que le has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame a utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de las almas; enséñame a oír en lo más íntimo de mi corazón, como un reproche cariñoso, Madre buena, siempre que sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque es del Padre nuestro que está en los cielos".