sábado, 2 de enero de 2010

Navidad, 30 diciembre (6º de la octava). El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre… Ana de Fanuel, en busca del rostro de Jesús…

Navidad, 30 diciembre (6º de la octava). El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre… Ana de Fanuel, en busca del rostro de Jesús…

 

Primera carta del apóstol san Juan 2,12-17. Os escribo, hijos míos, que se os han perdonado vuestros pecados por su nombre. Os escribo, padres, que ya conocéis al que existía desde el principio. Os escribo, jóvenes, que ya habéis vencido al Maligno. Os repito, hijos, que ya conocéis al Padre. Os repito, padres, que ya conocéis al que existía desde el principio. Os repito, jóvenes, que sois fuertes y que la palabra de Dios permanece en vosotros, y que ya habéis vencido al Maligno. No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo -las pasiones de la carne, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero-, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

 

Salmo 95,7-8a.8b-9.10. R. Alégrese el cielo, goce la tierra.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor.

Entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda.

Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente.»

 

Evangelio (Lc 2,36-38): Vivía entonces una profetisa, llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Esta era ya de edad muy avanzada, y había vivido con su marido siete años desde su virginidad; y habíase mantenido viuda hasta los ochenta y cuatro de su edad, no saliendo del templo, y sirviendo en él a Dios día y noche con ayunos y oraciones. Esta, pues, viniendo a la misma hora, alababa igualmente al Señor, y hablaba de El a todos los que esperaban la redención de Israel.

 

Comentario: 1. 1 Jn 2,12-17. Invita a revisar nuestros criterios en la vida normal: vencer al Maligno, conocer al Padre, guiarse por aquello que viene del Padre y no por lo que viene del mundo. Define las modalidades de la comunión con Dios: vivir con El en la luz, compartir su amor amando a los hermanos, en una palabra, conocerle. Pero esa comunión supone una elección deliberada. No es posible, en efecto, servir a dos amos a la vez: el Padre y el Mundo. Es la lección esencial de este pasaje.

a) El hombre y el cristiano se ven, en efecto, solicitados por dos fuentes de vida: el Padre y el Mundo. Pero no es posible beber de dos aguas: quien ama al mundo no puede tener en él el amor del Padre (v 15), quien es solicitado por la "codicia" del mundo (v 16) no puede serlo por la "voluntad" de Dios (v 17) El término "mundo" recibe, pues, en la pluma de San Juan un sentido peyorativo: no se trata del mundo por el que Cristo ha muerto (1 Jn 2,2; 4,14; Jn 3,17; 4,42; 12,47) y al que Dios ha amado tanto (Jn 3,16), sino de esa humanidad que no cuenta más que consigo misma para salvarse y se niega a admitir que su futuro depende de una iniciativa gratuita de Dios. De ese mundo cuyo príncipe es Satanás (Jn 12,31). Amar a ese mundo no puede compaginarse con el amor de Dios: ¿cómo podría ni siquiera creer en la existencia de un Padre cuando se pretende no contar más que con uno mismo?

b) El amor al Padre se reconoce a través de ciertos indicios que ya ha enumerado Juan: por ejemplo, el amor de los hermanos (1 Jn 2,8-11); la pertenencia al mundo se comprueba igualmente por ciertos indicios como someterse a las codicias de la carne, de los ojos y de la "vida" (v 16), que están en contra de la voluntad del Padre. La codicia de la carne designa sin duda esa hostilidad hacia Dios que anida en la carne; pecados de la sensualidad y de la gula. La codicia de los ojos apunta probablemente a los espectáculos del circo. La codicia de la vida hace alusión, al parecer, a las riquezas (los "medios de vida"). Por lo demás, esta lista no es exhaustiva: ofrece las principales características del comportamiento de quien hace de sí mismo lo absoluto.

c) Al hombre entregado a los impulsos de sus codicias se opone el que hace la voluntad de Dios y se deja conducir por su dinamismo. Pero nos encontramos en los últimos tiempos (v 18), los del cumplimiento haciendo al hombre entrar en la vida eterna. La codicia del mundo replegado sobre sí mismo y que "pasará".

El cristiano no huye del mundo; forma parte activa de él y sabe que puede llevar al mundo a su floración eterna desde el momento que actúa en él tratando de obedecer los impulsos de la voluntad de Dios. Pero el mundo es pecador cuando quiere encontrar por sí mismo las técnicas y los medios de su salvación y de su promoción definitiva..., esos medios que no son, al fin de cuentas, más que codicias.

La Eucaristía forma parte del mundo, por su pan y su vino, por las palabras que en ella son proclamadas, por los hombres que reúne. Pero es al mismo tiempo iniciativa de Dios, una iniciativa a la que se remiten los miembros de la asamblea (Maertens-Frisque).

Hemos visto que a los gnósticos les gustaba llamarse a sí mismos "sin pecado", porque predicaban una moral supuestamente superior: Juan ya les ha condenado cuando escribe: "Si decimos que no hemos pecado, le hacemos (a Dios) mentiroso" (1, 10). Ahora se dirige a los fieles con estas palabras: "Habéis vencido al Maligno". De nuevo, se trata de reconfortar a los verdaderos creyentes. Estos están en la verdad; los demás, en el error. Al guardar la fe de la Iglesia, los creyentes acogen la obra de Dios en ellos: al dar su confianza a Cristo, se proporcionan un "abogado" ante el Padre. Ellos son, pues, y no los herejes, los que poseen la vida. ¡Que perseveren, a pesar de las fuerzas diabólicas que socavan la comunidad! ("Dios cada día", Sal Terrae).

S. Juan se dirige a sus lectores llamándoles "hijos". Es el denominador común aplicable a todos sus destinatarios. Después establece una distinción entre ellos: se dirige a los padres y a los jóvenes. Y, sin embargo, lo que escribe a cada grupo no es tan específico que no pueda aplicarse al otro. Lo que se dice de los padres puede aplicarse a los jóvenes y viceversa. El autor quiere comunicarles una alegre conciencia de lo que ellos son como cristianos: la alegre seguridad de la salvación. Sepan los cristianos que tienen vida eterna. ¿Qué es lo que dice el autor? Recuerda de modo general a sus "hijos", es decir, a todos los cristianos, que les han sido perdonados sus pecados, y en la segunda parte les dice que han conocido al Padre.

-"Os escribo, padres, porque conocéis al que es desde el principio". Por dos veces dice lo mismo. El que es desde el principio es JC. ¿Por qué a los lectores -a nosotros- aquí se nos llama "padres"? Porque nosotros, por nuestro "conocimiento de Cristo" -nuestra fe en Cristo y nuestra comunión con Cristo y con el Padre, producida por esa fe- hemos entrado a formar parte de la serie de los testigos. El autor sabe que aquellos a quienes él ha llamado "hijos", aquellos a quienes él pudo transmitir la comunión con Dios, son al mismo tiempo "padres" que han entrado a participar de su cualidad de testigo y podrán así transmitir a otros su fe y su comunión con Dios.

-"Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la Palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al Maligno". El autor se refiere también a todos los cristianos como tales. El ser fuertes y el vencer es algo que caracteriza a una determinada edad, a la edad precisamente de los jóvenes. La Palabra de Dios permanece en vosotros: esto no es privilegio de una edad determinada. El autor quiere decirnos que frente al maligno, tenemos nosotros la energía combativa y la fuerza de victoria que tienen los jóvenes; que nosotros hemos de recibir y hemos recibido ya de Dios la energía para caminar en la luz.

A continuación nos recuerda la exigencia fundamental que implica el cumplimiento de este programa: la separación del mundo. Dios y el mundo son dos realidades que mutuamente se excluyen. Permanecer en Dios significa alejarse del mundo. "Tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregar a su Hijo Único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3,16-17). No se trata del mundo en cuanto creación de Dios "...vio que todo era bueno". Tampoco se trata del mundo que los hombres van construyendo puesto que Dios encomendó la creación al dominio del hombre. El mundo del que se exige una lejanía al cristiano es el símbolo de todo aquello que excluye a Dios. Siempre que una realidad humana se autoafirme absolutamente excluyendo a Dios y sus exigencias, entonces la palabra "mundo" se opone a "Reino de Dios". Porque lo que hay en el mundo -las pasiones del hombre terreno y la codicia de los ojos y la arrogancia del dinero- eso no procede del Padre, sino que procede del mundo: -la apetencia de placeres para el cuerpo, -la apetencia excesiva de bienes terrenos, sobre los cuales piensa el hombre edificar su vida dándole seguridad, -y la arrogancia del dinero, es el corazón prisionero de las riquezas y cerrado para los hermanos: el desprecio práctico de Dios y de los hombres. Por consiguiente "lo que hay en el mundo es el egoísmo pecador, el egoísmo que se opone al amor derramado por Dios. La triple concupiscencia que procede "del mundo" es la antítesis misma de lo que procede "del Padre", es todo lo contrario del amor generoso que se entrega. Hoy debiéramos descubrir lo que hay en nosotros que es "del mundo" y escuchar la llamada del Padre a la conversión, a la renuncia de la voluntad caprichosa. Y caeríamos en una ilusión y engaño propio que esto lo podemos hacer sin una limitación sensible -quizá dolorosamente sensible- en la utilización de los bienes de la creación. Entonces, implícitamente, se exige también la renuncia voluntaria a los valores de la creación. Una renuncia que no se exige por sí misma, ni tampoco como condición de posibilidad para un amor de Dios concebido en forma individualista de cada persona aislada, sino que se exige como condición de posibilidad para la plena comunión con el hermano y hermana que Dios coloca a nuestro lado.

-Os digo, hijos míos: «Vuestros pecados están perdonados por obra del nombre de Jesús». Incansablemente, debemos repetirnos esas palabras a fin de que del fondo de nuestras vidas surja: -nuestro agradecimiento absoluto a Dios. -y el deseo sincero de nunca más pecar...

-Os lo digo a vosotros, padres porque: «conocéis al que es desde el principio». San Juan se dirige, particularmente aquí, a las personas de edad avanzada y les recomienda que se apoyen en el «conocimiento» de Dios, y en su «estabilidad»: «el que existe desde siempre». ¡La vejez invita a concentrarse en lo «esencial»! En esa edad, muchas cosas «desaparecen». Así el árbol se despoja de sus galas después de haber dado sus frutos. Pero también es señal de que la primavera está cerca. «Os lo digo a vosotros, padres: «conocéis al que es, desde el principio».

-Os lo digo a vosotros jóvenes: «Habéis vencido al Maligno. Sois fuertes, porque la Palabra de Dios permanece en vosotros.» Al dirigirse a los jóvenes, san Juan les recomienda ser «fuertes» para el combate que han de afrontar con el «Maligno»... apoyados en la «palabra de Dios». -El compromiso... -La oración de contemplación... -todo un programa de vida para jóvenes-. -No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. El término «mundo», en la pluma de san Juan tiene, casi siempre un sentido peyorativo. Se trata de esa «humanidad que sólo cuenta en sí misma y rehúsa confiar a Dios su porvenir». Se trata del mundo encerrado en sí mismo... del mundo que «pretende bastarse a sí mismo»... del mundo «a puerta cerrada». Un mundo tal no puede ir a la paz con Dios.

-Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Esas son unas frases severas. Hay que escucharlas tal cual son. Ya decía Jesús: «¡No se puede servir a dos amos!». Sin embargo, ese mundo pecador con el que ningún compromiso es posible, ¡Dios lo ha amado! para salvarle. El mismo san Juan puso en labios de Jesús esta otra frase: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan,3-16). Danos, Señor, saber condenar el pecado y amar a los pecadores... Ayúdanos, Señor a «no ser del mundo» y a «amar al mundo» como Tú lo amas...

-Todo lo que hay en el mundo es: -Deseos egoístas de la naturaleza humana... -Concupiscencia de los ojos. -Orgullo de las riquezas... ¡Todo ello no procede del Padre! Efectivamente, lo que está condenado en el mundo es su «suficiencia», su «egoísmo», su «orgullo». El hecho de prescindir de Dios. ¡Bastarse a si mismo! Detrás de esas palabras de Juan se perfila el paganismo de la época: la sensualidad aberrante del imperio romano decadente, los espectáculos indecentes y violentos del circo, la opresión de los ricos sobre los pobres. Evidentemente, si decimos que amamos a Dios, no tenemos derecho de amar a este mundo.

-Ahora bien, el mundo con sus deseos desaparecerá; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. ¡Todo lo solamente humano... pasa! es frágil, transitorio, efímero. Todo lo que tiene fin es corto. Sólo Dios permanece. Uniendo mi vida a la tuya. Señor, ligo mi destino a tu vida eterna (Noel Quesson).

 

2. Sal. 95. Dios, nuestro Rey poderoso, no viene a nosotros como alguien que llega a aplastar nuestra dignidad. A pesar de su gran poder; y a pesar de nuestra indignidad a causa de nuestros pecado, Dios se acerca a nosotros como un Padre lleno de amor hacia quienes sabe que somos frágiles e inclinados a la maldad desde nuestra adolescencia. Quien reconozca el poder salvador de Dios, sabe que Dios nos envió a su propio Hijo para convertirse en motivo de salvación para cuantos le invoquen y le busquen con sincero corazón. Sólo el amor que Dios infunde en nuestros corazones podrá hacernos constructores de un mundo más justo y más fraterno. Esa es, finalmente, una de nuestras responsabilidades en la construcción de la ciudad terrena.

 

3. A. Comentario mío de 2007: San Ambrosio nos cuenta que "había profetizado Simeón, había profetizado una que era casada, y había profetizado una Virgen. Debió también profetizar una viuda para que no faltase ningún sexo ni condición". Hoy vemos ese testimonio que faltaba: "Vivía entonces una profetisa llamada Ana", etc. No es algo banal, sino que está presentado con todo tipo de detalles, ambientando bien la escena: Teofilacto hace notar que "se detiene el evangelista describiendo la persona de Ana, diciendo quién era su padre, cuál era su tribu, y presentando como testigos a muchos que vieron a su padre y su tribu".  San Gregorio Niceno admite también que pasados unos años haya más gente con ese nombre…: "O tal vez porque en aquel tiempo había otras mujeres que tenían el mismo nombre de su padre, y dice cuál es su procedencia".  Pero lo más probable, como señala San Ambrosio, es que se quiere destacar la figura de Ana, por sus virtudes en su estado de viuda, "cuanto por sus costumbres, está representada como digna de anunciar al Redentor del mundo, por lo que continúa: "Que era ya de edad muy avanzada, y había vivido desde su virginidad, siete años con su marido y siendo viuda hasta los ochenta y cuatro años"".

Orígenes hace notar el sentido alegórico de las dos profecías en el templo, cómo Simeón representa el eslabón entre el Antiguo y Nuevo Testamento: "como Ana la profetisa habló poco y no muy claro de Jesucristo, el Evangelio no refiere explícitamente lo que ella dijo. También se puede creer que tal vez habló Simeón antes que ella, porque éste representaba la forma de la ley (puesto que su nombre quiere decir obediencia) y ella representaba la gracia (según la significación del suyo), y como Jesucristo estaba entre ellos, dejó morir al primero con la ley, y fomentó con la gracia la vida de la última". Beda sigue en la misma línea, según la forma curiosa que tenían, del sentido alegórico de los números, cosa que hoy nos hace cierta gracia, pero no deja de ser pedagógico: "Según el sentido místico, Ana significa la Iglesia, que en la actualidad ha quedado como viuda por la muerte de su esposo. También el número de los años de su viudez representa el tiempo de la peregrinación del cuerpo de la Iglesia lejos del Señor. Siete veces doce hacen ochenta y cuatro; siete expresa la marcha del tiempo que gira en siete días, y doce que pertenecen a la perfección de la doctrina apostólica. Por esto, tanto la Iglesia universal, como cualquier alma fiel, que procure pasar todo el tiempo de la vida según la doctrina de los apóstoles, se puede decir que ha servido al Señor por espacio de ochenta y cuatro años. También concuerda bien con esto el tiempo de siete años, que esta viuda había vivido con su marido. Porque en virtud de un privilegio de la majestad del Señor, que Él mismo en carne mortal nos ha explicado, el número de siete años es signo que expresa un número perfecto. También el nombre de Ana se conforma mucho con la Iglesia, porque su nombre significa gracia. Es hija de Fanuel que quiere decir cara de Dios, y desciende de la tribu de Aser, que quiere decir bienaventurado".

En cualquier caso, nos presenta el Evangelio una mujer que desde joven se consagra totalmente a Dios: ésa fue su elección. Toda una vida al servicio de Dios, dejar los amores por el Amor, y el Señor le permite ver su rostro. La reciente película de "El hombre que hacía milagros" muestra en plastilina y dibujos la vida de Jesús, y al no tener un protagonista famoso se hace más "llevadera" la interpretación. Y es que nos es velado el rostro de Jesús, y la búsqueda no se satisface con las representaciones cinematográficas. Como decía la revista "Time" (6.12.2000) la figura de estos 2000 años más influyente es Jesús de Nazaret: "un hombre que vivió una vida corta, en un lugar atrasado y rural del Imperio Romano y que murió en agonía como un criminal convicto y que nunca se propuso causar ni la más mínima porción de los efectos que se han obrado en su nombre.

¿Quién fue, entonces, Jesús? ¿Cómo podemos saber más de él?" Deseamos conocer más y más su rostro, y por eso meditamos el Evangelio, también nos gusta ver las semejanzas entre el Jesús que aparece en la sábana santa y los iconos de las iglesias orientales. La "santa sindone" es uno de los mejores testimonios del rostro de Jesús, de este Jesús que nació, rezó y ayunó, que murió en el Calvario, con el sacrificio de la cruz, en una victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte. Sin embargo, la imagen que podemos encontrar sobre todo es interior.

Juan Pablo II nos invitaba a fijar la mirada en el rostro de Cristo y hacer de su Evangelio la regla cotidiana de vida. Decía una chica que es muy difícil explicar esta experiencia: "cuando crees en el Evangelio, cuando rezas, te sientes mejor, y sería estupendo que viviéramos lo que nos enseña... el mundo sería distinto". Hay una cierta "experiencia de Dios", un "laboratorio" en el que descubrimos, aún dentro del ambiente secularizado que nos rodea, el rostro de Jesús.

Ana es portadora de este deseo, de querer ver el rostro de Jesús. Como publica el semanario Life, "parece claro que el cristianismo no desaparece... está el reto... Él animó al hombre a hacer mejor las cosas, a ser caritativo, a perdonar. Habló de fe, esperanza y amor. Las instituciones suben, y después caen; las sectas cambian, sin propósito fijo, lo esencial; los buscadores persiguen la verdad literal o el cumplimiento espiritual. Todo en respuesta a un hombre que habló hace 2000 años.

Todo en respuesta al desafío o reto de Jesús". Pienso que la revelación cristiana atrae porque nos habla de que tenemos un Padre y que todos somos hermanos, cosa que nos conmueve porque si no hay padre no hay fraternidad, por mucho que seamos hijos de los hombres primitivos. Además, estamos todos interesados en el tema de qué será después de la muerte (últimas preguntas) y cuál es el sentido de la vida (las penúltimas preguntas).

Benedicto XVI nos hace ver que no es serio decir el Jesús de la fe no sea el histórico: "En los años cincuenta comenzó a cambiar la situación, ha grieta entre el «Jesús histórico» y el «Cristo de la fe» se hizo cada vez más profunda; a ojos vistas se alejaban uno de otro. Vero, ¿qué puede significar la fe en Jesús el Cristo, en Jesús Hijo del Dios vivo, si resulta que el hombre Jesús era tan diferente de como lo presentan los evangelistas y como, partiendo de los Evangelios, lo anuncia la Iglesia?

Los avances de la investigación histórico-crítica llevaron a distinciones cada vez más sutiles entre los diversos estratos de la tradición. Detrás de éstos la figura de Jesús, en la que se basa la fe, era cada vez más nebulosa, iba perdiendo su perfil. Al mismo tiempo, las reconstrucciones de este Jesús, que había que buscar a partir de las tradiciones de los evangelistas y sus fuentes, se hicieron cada vez más contrastantes: desde el revolucionario antirromano que luchaba por derrocar a los poderes establecidos y, naturalmente, fracasa, hasta el moralista benigno que todo lo aprueba y que, incomprensiblemente, termina por causar su propia ruina. Quien lee una tras otra algunas de estas reconstrucciones puede comprobar enseguida que son más una fotografía de sus autores y de sus propios ideales que un poner al descubierto un icono que se había desdibujado. Por eso ha ido aumentando entretanto la desconfianza ante estas imágenes de Jesús; pero también la figura misma de Jesús se ha alejado todavía más de nosotros.

Como resultado común de todas estas tentativas, ha quedado la impresión de que, en cualquier caso, sabemos pocas cosas ciertas sobre Jesús, y que ha sido sólo la fe en su divinidad la que ha plasmado posteriormente su imagen. Entretanto, esta impresión ha calado hondamente en la conciencia general de la cristiandad. Semejante situación es dramática para la fe, pues deja incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende, corre el riesgo de moverse en el vacío".

Rudolf Schnackenburg buscó esta "persona de Jesucristo reflejada en los cuatro Evangelios". Y llega a la conclusión «de que mediante los esfuerzos de la investigación con métodos histórico-críticos no se logra, o se logra de modo insuficiente, una visión fiable de la figura histórica de Jesús de Nazaret… el esfuerzo de la investigación exegética... por identificar estas tradiciones y llevarlas a lo históricamente digno de crédito, nos somete a una discusión continua de la historia de las tradiciones y de las redacciones que nunca se acaba» (p. 349).

¿Hasta dónde llega el «fundamento histórico»? Schnackenburg "ha dejado claro como dato verdaderamente histórico el punto decisivo: el ser de Jesús relativo a Dios y su unión con Él… Sin su enraizamiento en Dios, la persona de Jesús resulta vaga, irreal e inexplicable»". Y a partir de aquí comienza el Papa: "Éste es también el punto de apoyo sobre el que se basa mi libro: considera a Jesús a partir de su comunión con el Padre. Éste es el verdadero centro de su personalidad. Sin esta comunión no se puede entender nada y partiendo de ella Él se nos hace presente también hoy". Pero quiere ir más allá de aquel autor, que dice: los Evangelios «quieren, por así decirlo, revestir de carne al misterioso hijo de Dios aparecido sobre la tierra». "Quisiera decir al respecto: no necesitaban «revestirle» de carne, Él se había hecho carne realmente. Vero, ¿se puede encontrar esta carne a través de la espesura de las tradiciones?... es fundamental referirse a hechos históricos reales… 'et incarnatus est': con estas palabras profesamos la entrada efectiva de Dios en la historia real.

Si dejamos de lado esta historia, la fe cristiana como tal queda eliminada y transformada en otra religión. Así pues, si la historia, lo fáctico, forma parte esencial de la fe cristiana en este sentido, ésta debe afrontar el método histórico. La fe misma lo exige". La historia intenta "conocer y entender con la mayor exactitud posible el pasado" pero no puede hacerlo actual, «de hoy». Pero "las palabras transmitidas en la Biblia se convierten en Escritura a través de un proceso de relecturas cada vez nuevas: los textos antiguos se retoman en una situación nueva, leídos y entendidos de manera nueva. En la relectura, en la lectura progresiva, mediante correcciones, profundizaciones y ampliaciones tácitas, la formación de la Escritura se configura como un proceso de la palabra que abre poco a poco sus potencialidades interiores, que de algún modo estaban ya como semillas y que sólo se abren ante el desafío de situaciones nuevas, nuevas experiencias y nuevos sufrimientos.

Quien observa este proceso —sin duda no lineal, a menudo dramático pero siempre en marcha— a partir de Jesucristo, puede reconocer que en su conjunto sigue una dirección, que el Antiguo y el Nuevo Testamento están íntimamente relacionados entre sí. Ciertamente, la hermenéutica cristológica, que ve en Cristo Jesús la clave de todo el conjunto y, a partir de Él, aprende a entender la Biblia como unidad, presupone una decisión de fe y no puede surgir del mero método histórico. Pero esta decisión de fe tiene su razón —una razón histórica— y permite ver la unidad interna de la Escritura y entender de un modo nuevo los diversos tramos de su camino sin quitarles su originalidad histórica".

Por tanto, para conocer a Cristo la «exégesis canónica» —la lectura de los diversos textos de la Biblia en el marco de su totalidad— "es una dimensión esencial de la interpretación que no se opone al método histórico-crítico, sino que lo desarrolla de un modo orgánico y lo convierte en verdadera teología".

Investigar las palabras de Jesús es interesante, pero mucho más ver cómo "las palabras mismas" tienen unas "aperturas intrínsecas", como han sido leídas en la Iglesia, por eso pienso que es peligroso reformar esas palabras de la Biblia, como la Neovulgata, que cambió un 2%. Menos mal que en la liturgia se ha mantenido alguna antífona con la fórmula antigua, que es la que han meditado tantos Padres de la Iglesia. Pero da miedo pensar que se pierda contenido precioso de esta tradición, por una vuelta a los orígenes hecha desde la filología solamente. Todo forma una unidad, dentro de la Tradición, y ahí está implicada la misma inspiración: "Los cuatro sentidos de la Escritura no son significados individuales independientes que se superponen, sino precisamente dimensiones de la palabra única, que va más allá del momento".

La clave está en que "los distintos libros de la Sagrada Escritura, como ésta en su conjunto, no son simple literatura. La Escritura ha surgido en y del sujeto vivo del pueblo de Dios en camino y vive en él. Se podría decir que los libros de la Escritura remiten a tres sujetos que interactúan entre sí. En primer lugar al autor o grupo de autores a los que debemos un libro de la Escritura. Vero estos autores no son escritores autónomos en el sentido moderno del término, sino que forman parte del sujeto común «pueblo de Dios»: hablan a partir de él y a él se dirigen, hasta el punto de que el pueblo es el verdadero y más profundo «autor» de las Escrituras". Y "el pueblo de Dios —la Iglesia— es el sujeto vivo de la Escritura; en él, las palabras de la Biblia son siempre una presencia. Naturalmente, esto exige que este pueblo reciba de Dios su propio ser, en último término, del Cristo hecho carne, y se deje ordenar, conducir y guiar por El".

El «Jesús histórico» más real es así el que nos presenta la Iglesia, el que nos llega por la tradición auténtica, "esta figura resulta más lógica y, desde el punto de vista histórico, también más comprensible que las reconstrucciones que hemos conocido en las últimas décadas. Pienso que precisamente este Jesús —el de los Evangelios— es una figura históricamente sensata y convincente.

Sólo si ocurrió algo realmente extraordinario, si la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente todas las esperanzas y expectativas de la época, se explica su crucifixión y su eficacia. Apenas veinte años después de la muerte de Jesús encontramos en el gran himno a Cristo de la Carta a los Filipenses (cf. 2, 6-11) una cristología de Jesús totalmente desarrollada, en la que se dice que Jesús era igual a Dios, pero que se despojó de su rango, se hizo hombre, se humilló hasta la muerte en la cruz, y que a El corresponde ser honrado por el cosmos, la adoración que Dios había anunciado en el profeta Isaías (cf. 45, 23) y que sólo El merece.

La investigación crítica se plantea con razón la pregunta: ¿Qué ha ocurrido en esos veinte años desde la crucifixión de Jesús? ¿Cómo se llegó a esta cristología? En realidad, el hecho de que se formaran comunidades anónimas, cuyos representantes se intenta descubrir, no explica nada. ¿Cómo colectividades desconocidas pudieron ser tan creativas, convincentes y, así, imponerse? ¿No es más lógico, también desde el punto de vista histórico, pensar que su grandeza resida en su origen, y que la figura de Jesús haya hecho saltar en la práctica todas las categorías disponibles y sólo se la haya podido entender a partir del misterio de Dios? Naturalmente, creer que precisamente como hombre El era Dios, y que dio a conocer esto veladamente en las parábolas, pero cada vez de manera más inequívoca, es algo que supera las posibilidades del método histórico. Por el contrario, si a la luz de esta convicción de fe se leen los textos con el método histórico y con su apertura a lo que lo sobrepasa, éstos se abren de par en par para manifestar un camino y una figura dignos de fe. Así queda también clara la compleja búsqueda que hay en los escritos del Nuevo Testamento en torno a la figura de Jesús y, no obstante todas las diversidades, la profunda cohesión de estos escritos".

En el fondo, tenía razón Dostoyevsky cuando en "Los demonios" preguntaba "¿Puede un hombre culto, un europeo de nuestros días, creer aún en la divinidad de Jesucristo, Hijo de Dios? Pues en ello consiste propiamente la fe toda". Y es lo que plantea tanta literatura, ante la que el Papa quiere dar una aportación de la verdad: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» (Lucas 24, 5-6), preguntó el ángel a las santas mujeres aquel primer domingo de pascua, y como una onda que pasa transversalmente a través de los siglos, parece que aletean en el aire estas palabras del ángel, para que el anuncio de la resurrección de Jesús llegue a toda persona de buena voluntad y todos nos sintamos protagonistas en construir un mundo mejor.

Ana de Fanuel no quería llegar a tanto, era simplemente la mujer que no moriría hasta ver el salvador, tenía 84 años y era viuda, servía Dios noche y día, era perseverante, porque era piadosa, y había madurado por los padecimientos. Hay maneras de madurar como la vitalidad juvenil, cuando podemos entregarnos a un ideal, pero junto a la decisión hay faltas de constancia, desánimos. La paciencia, perseverancia, viene con los años, cuando se acrisola con el tiempo y el sacrificio ese amor, como los viejos robles que no sufren la sequía, en cambio los brotes tiernos siempre pueden secarse y morir, de forma que la edad hace mejorar lo bueno y empeorar lo que es malo. Ana era buen vino, y fue recompensada. Puede ser porque al ser mayor iba más a lo esencial, como hacen las abuelas. Saben que en la vida lo importante es amar y sentirse amado, y ese amor es capaz de cualquier sacrificio. Ella había visto de todo y entendía que todo es vanidad, que los placeres no dan la felicidad y la misma sabiduría si nos aparta de Dios no vale nada. Por eso ella escoge con su piedad sencilla y fuerte, vivir de esperanza, y esperar el Cordero de Dios, confiar en la Palabra divina, no dejarse llevar por el sentimentalismo, que es campo de superstición, música melosa pero hueca, cursiladas vacías... como tampoco se deja llevar por el mundo intelectual y frío, sino que busca en su corazón el centro de la piedad. Sabe que no es el cumplimento de prácticas la base de la santidad, sino el amor, y eso intuye que nos trae Jesús, que somos hijos en brazos de nuestro Padre Dios.

B. Comentario que tomo de textos de mercaba.org en 2009: - La figura de Ana, que parece no tener relevancia alguna, nos puede hacer pensar en la dedicación callada a Dios, en el espíritu atento a sus llamadas y manifestaciones, en la alegría de la salvación que siempre se nos muestra. Y también en lo que todos podemos aprender de los ancianos.

- El final del evangelio nos hace mirar a Jesús que va creciendo y aprendiendo. Los largos años de Nazaret son años de camino oculto: aprendiendo de sus padres y maestros, yendo a la sinagoga, llenándose de Dios. Es una vida normal como la nuestra, que vale la pena vivir como él la vivió. Ana pertenece al grupo de los pobres de Yahvé los "anawim". No posee nada. Tampoco es muy alegre su vida. La desgracia entró en su hogar. Si permanecía en su pobre casa, ¡la de una anciana! estaría sola todo el día. Entonces encuentra una solución: pasa la mayor parte del tiempo en el templo, rezando "día y noche". Es tanta su edad, y quizá sus fuerzas físicas muy disminuidas por alguna enfermedad... que nadie le pide ni le encarga nada... por lo demás podría sentirse inútil. Pero, cerca de Dios ha hallado una solución: hace de su vida una "ofrenda", "sirve a Dios", "ayuna": toda su vida es una especie de sacrificio, de holocausto, que sube al cielo como el humo del incienso en la oración y ofrenda de la tarde.

Y entonces, su vida, su pobreza son de un valor infinito; con lo que salva al mundo. Esta mujer es más importante a los ojos de Dios que todos los doctores de la Ley y los sacerdotes que ejercen sus funciones oficiales en el Templo.

-Ella proclamaba las alabanzas de Dios, y hablaba del niño a todos aquellos que esperaban la liberación de Israel.

Esta es la esperanza de los pobres, la humilde espera de los pobres: ¡ser liberados! Ana no se repliega en sí misma y ni su "ayuno" ni su "oración" son para sí misma. Ella no ofrece su vida en vista a su salvación personal. Lo que verdaderamente aporta es la "esperanza de Israel".

¿Cargo sobre mí a toda la humanidad? ¿Aporto la esperanza y la espera al mundo? En mi plegaria ¿está presente la Iglesia, pueblo de Dios? ¿Comparto mi esperanza con la de la Iglesia misionera? Y Ana, la ancianita, no está inactiva, pasiva, resignada, sin recurso... hace lo que puede: "hablaba... del niño a todos los que esperaban la liberación..." ..."proclamaba las alabanzas de Dios". Probablemente, en los oficios del Templo cantaría los salmos con toda su alma y con su cascada voz. Y al salir, hablaría de Dios a todos los que querían escucharla.

-"Cumplidas todas las cosas ordenadas por la ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios, estaba en El".

Es preciso contemplar e imaginar largamente todo esto. Jesús, a los tres años... está creciendo. A los seis años... su conciencia despierta con la educación y los buenos consejos de su madre y de José... va a la escuela, aprende a leer... va progresando... Y no obstante, es Dios. Es un misterio. Jesús sigue todas las leyes naturales del crecimiento humano, crecimiento físico, crecimiento intelectual (progresa en ciencia). Pasa por la pubertad y la adolescencia.

"Siendo como es el Hijo", acepta el no conocer su misión más que progresivamente, ha aprendido lo que es obedecer" (Hebr 5,8). Ha tomado para sí mucha condición de hombres en todo. Realiza su fidelidad al Padre en una obediencia absoluta a su condición humana frágil y limitada.

Pobreza de Ana, la vieja pobreza de Jerusalén... Pobreza de Dios "aquel que se ha despojado"... (Noel Quesson).

Lucas, en el evangelio de hoy, pone en labios de Simeón, la seguridad que han de tener las personas comprometidas con la Vida: "mis ojos han visto la luz de las naciones" (Lc 2, 29-32). Simeón es, al igual que Zacarías, uno de los muchos piadosos y justos (Lc 1, 6) que aguardaban la liberación de Israel. El viejo Simeón al final de su vida pudo experimentar la liberación de Dios, liberación que esperan todos los justos. Éstos son los que aman al Señor; lo aman porque buscan, porque están luchando desde su pobreza por un nuevo espacio geográfico y social que sea significativamente distinto de aquel en el que se vive. En la pluma de Lucas, la liberación no es sólo para Israel, es para todas las naciones, sin condiciones. Nada ni nadie puede poner como pretexto que la liberación de las condiciones de tinieblas está restringida. A todas las naciones se les retira las vendas: no tienen porque andar en tinieblas. Han de buscar hacer realidad el nacimiento de la Nueva Sociedad que recibe en sus brazos al Verbo de Dios (v 28). Esa visión universalista de la sociedad liberada de las tinieblas, es lo que Lucas quiere transmitir con urgencia. De manera que las naciones y las personas que acogen a Jesús, que lo toman en los brazos, se obligan a un nuevo discurso y nueva praxis social que lleva a la liberación (servicio bíblico latinoamericano).

Esta mujer, viuda, marginada, necesitada por tanto de sustento material, pertenece al grupo de los pobres de Yavé; es una mujer religiosa, vive una profunda comunión con Dios. Pero su religiosidad no se limita al ámbito de lo íntimo e individual. Dice Lucas que tenía el don de profecía, algo no común en Israel para las mujeres. Dios le había concedido ese don. El profeta es quien habla en nombre de Dios, y ahora eso es también para la mujer. Su condición de mujer religiosa le permitió reconocer en el niño Jesús al Mesías y su condición de profeta la llevó a compartir esta alegría (otro tema lucano fundamental).

El descubrimiento no viene de un modo repentino, mágico. La mujer había preparado su alma y su corazón desde hacía muchos años. Su religiosidad no era improvisada. Por lo tanto su predicación se apoyaba en una experiencia de vida religiosa profunda. Pero hay algo más. Lucas quiere demostrar que el descubrimiento de Jesús como Mesías no depende de haber estado en contacto con el Templo, ni con la religión, sino directamente con Dios. La mujer servía en el Templo, y también lo hacían los sacerdotes. Sin embargo, estos últimos no reconocen esta presencia de Jesús liberador. Es desde una experiencia con el Dios Vivo desde donde se puede reconocer al Mesías, y no desde la estructura religiosa o del Templo. Esta experiencia directa con Dios abre el corazón a la novedad de lo que el mismo Dios quiera manifestar en cada tiempo. Y éste es otro mensaje de esta Palabra. Quienes viven una profunda comunión, una real comunión con el Dios de la Vida, pueden descubrir lo que Dios está haciendo en la historia. Por el contrario, quienes están atados a las estructuras, a la religión como sistema cerrado... no podrán ver lo nuevo de Dios, querrán mantener aquello que le da sentido a su existir: el sistema en cuanto tal (servicio bíblico latinoamericano).

En este "belén" que la liturgia nos va presentando durante el tiempo de Navidad, hoy le toca el turno a la "figurita" de Ana. La imagino como una anciana arrugada, parecida a algunas de las ancianas que también hoy están siempre en nuestros templos, como si fueran velas encendidas que se consumen lentamente ante el Señor. Ana, además de ser vieja, era viuda; es decir, pertenecía, junto con los huérfanos, a la categoría de los más pobres del pueblo, de los que no cuentan. ¿Qué sucede cuando se "encuentra" con el Niño? El evangelio de Lucas va describiendo las respuestas de los distintos personajes. Los pastores, por ejemplo, pasaron por diversas etapas: temor, alegría, anuncio. Pues bien, la vieja Ana reacciona de dos maneras: dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel. Merece la pena que nos entretengamos en estas dos actitudes y en otra previa: la actitud de paciente espera.

Ana, en primer lugar, es una mujer que, como los pobres de Yahvé, sabe esperar activamente: No se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. ¿No os parece que a menudo deseamos encontrarnos con Jesús sin apartarnos ... de nuestros intereses, sin purificar nuestras expectativas en una oración confiada? Es muy fácil decir "Yo no veo a Jesús por ninguna parte", cuando esas partes en las que no lo vemos son el territorio diminuto de nuestro pequeño mundo de intereses, preocupaciones. La oración paciente, día y noche, es como un colirio que limpia nuestros ojos para ver al Niño donde muchos sólo ven a un bebé como otro cualquiera.

Cuando Ana lo reconoce, da gracias a Dios. Todo regalo libera nuestra capacidad de agradecimiento. Hoy es uno de esos días en los que también nosotros podemos dar gracias a Dios por todos los signos visibles de su amor, por todos los Cristos que ha ido colocando en el camino de nuestra vida. Nuestra fe de hoy es, en buena medida, el fruto de estos regalos.

Ana, finalmente, habla del Niño. Lucas siempre acentúa este aspecto confesante de sus personajes. A mí no me gusta nada el testimonio cuando se convierte en una especie de "género literario". Muchos "testimonios" son emocionantes, pero según los gustos, a algunos pueden parecer casi siempre hinchados y huecos. Hablar del niño significa, sobre todo, hacer visible el gozo, la esperanza, el coraje, que todo encuentro con Jesús produce en el entramado de la vida cotidiana (Gonzalo Fernández).

El día de ayer comentábamos la gran importancia que tienen los himnos litúrgicos en el evangelio de Lucas, y subrayamos dicha importancia en razón de los contenidos teológicos de los himnos. Sin embargo, tendríamos que añadir algo más, a fin de ver la importancia del texto bíblico de hoy. El evangelista Lucas no pone los grandes contenidos teológicos del evangelio de la infancia en boca de teólogos notables, ni en labios de los sumos sacerdotes, o de los levitas y sacerdotes del templo, o de los escribas y doctores de la Ley, o de los fariseos o saduceos, etc. No. Los mayores contenidos teológicos del evangelio lucano -excepto en el caso de Zacarías- están en boca de la gente más humilde y sencilla (Isabel, María, Simeón, Ana, los pastores...); tres de estas personas son mujeres -consideradas impuras y menores de edad, a quienes no se les podía enseñar la ley, ni tampoco enseñar a leer, y quienes no eran sujetos aptos para testimoniar la verdad ante ningún tribunal. Pues bien, personas de esta clase son las que rodean a Jesús en el momento de su aparición en la tierra. Las grandes verdades teológicas no salen del Templo, ni llevan la aprobación del Sumo Sacerdote, ni de los sacerdotes o levitas de turno, ni de los doctores de la ley. Ellas se viven y se pronuncian en el ámbito profano del pueblo simple y sencillo, en el ambiente de la impureza femenina, en boca de gente estéril y por lo mismo considerada maldita, en labios de ancianos y de viudas envejecidas, considerados estorbo y desecho de la sociedad.

Este es el contexto en el que hay que leer el evangelio del día de hoy. La protagonista es una anciana muy mayor. Sumémosle a los años que tenía cuando se casó, los siete que vivió casada y sus ochenta y cuatro de viuda, y nos haremos la imagen de una mujer ya más que centenaria. Sin embargo, Lucas la llama "profetisa", es decir, reveladora de la voluntad de Dios, pese a su condición de inferioridad social, por ser mujer, viuda y anciana. Su mirada espiritual era más fuerte que sus ojos apagados de mujer y anciana centenaria. Ella "les hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel". Anciana y todo, era evangelizadora, tenía viva la mirada para conocer a quienes aún esperaban algo, y estaba claramente definida por la necesidad de un cambio social: les hablaba a quienes aguardaban la "liberación" de Israel. Y cuando un judío hablaba de "liberación" tenía clavada en el alma la memoria del éxodo de Egipto. Saber envejecer con el alma joven, no sólo pensando en que es posible un cambio social en justicia, sino también anunciándolo y promoviéndolo, es la forma que el Evangelio nos propone de llegar a ser mayores sin convertirnos en viejos, de darle al cambio social la madurez de la experiencia, y de ser revolucionarios sin los espejismos y superficialidades de los años inmaduros (Josep Rius-Camps).

Padre nuestro, concédenos en estos días que al contemplar tantas veces a Jesús, tu Hijo, sobre unas pajas, claudique la dureza de nuestra insolidaridad y nos llenemos de luz. Ponderemos hoy cómo es en la vida palpitante y dura donde aprendemos los hombres a saborear el don del amor y de la libertad. Venturosa libertad la de quien cultiva ese don en el jardín de la bondad, de la justicia, del amor, de la confianza, como hijo en su hogar amado. Nadie es tan libre como el hijo amado en su hogar, y nadie tan enclaustrado como el hijo privado de amor o ciego a su luz. Nosotros, como hijos amados, celebramos en la fe y en la liturgia la inmensa libertad y amor del Hijo de Dios que se hace para nosotros camino, verdad y vida, revistiendo la condición de Niño mecido sobre unas pajas por el amor de su Madre.Viendo en la debilidad a la Omnipotencia, animémonos a servir y a vivir en libertad, con profunda alegría y fe, aunque el cuerpo nos haga flaquear no pocas veces. Quien libremente ha venido a nosotros por amor, en ese amor nos espera.

Como que resumiendo todo el período de la infancia de Jesús, se nos dice que Él estaba "sometido" a sus padres y que "progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2,51-52). Durante la mayor parte de su vida, Jesús compartió la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios, vida en la comunidad (cf Catecismo 531). No siempre recordamos esto, pero lo que más distinguió a Jesús fue su vida familiar. En cambio, a menudo consideramos sólo su vida pública. Si Jesucristo nos ha redimido tanto con su vida oculta de Nazaret como con sus escasos tres años de predicador itinerante, entonces, los 30 años que pasaba detrás del portal de la casa sencilla de Nazaret no fueron menos fecundos. Lo manifiesta también la frase del Evangelio: "El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él." Ciertamente, el propósito común de María y José fue el de proporcionar una esmerada educación a Jesús y Él la asimiló con la actitud más confiada, diligente y sumisa que jamás ha tenido un hijo. María y José vieron cómo su inteligencia y su voluntad humanas se iban despertando, desarrollando y fortificando. Por otro lado, no sólo habrán buscado trasmitirle un gran número de conocimientos acerca de las costumbres y tradiciones del pueblo judío, sino sobre todo el mundo de valores y de ideales que los animaba, donde Dios lo era todo. Así habrán compartido muchas veces los mismos sentimientos, afectos e intereses.

Es esa la mayor riqueza que la vida en familia encierra. Sorprende, con qué eficacia se va trasmitiendo, casi irradiando hacia los demás. Quizá por eso la profetiza Ana se sintió atraída hacia esta familia. Es hermoso pensar que la Virgen María en persona le habrá contado a San Lucas todos estos detalles acerca de la niñez de Jesús. ¿Quién más lo podría haber hecho?

La alegría del nacimiento de Cristo tiene que ser una noticia de salvación para todos los que se encuentran prisioneros por el pecado, la desesperación, la angustia, el temor y el miedo. De la misma manera que Ana, la profetisa, comenzó a hablar de Jesús, nosotros también debemos compartir con los demás la alegre noticia de que Jesús es una realidad en nuestra vida y en nuestro mundo; que él es la única oportunidad que tiene el hombre para ser feliz, pues sólo en él están la Vida, la paz y la perfecta armonía interior. No podemos quedarnos con esta noticia sólo para nosotros; quien ha conocido a Jesús, debe anunciarlo a los demás. Tú y yo somos los nuevos profetas de Cristo, no tengamos miedo ni vergüenza de hablar de Jesús a nuestros amigos y compañeros (Juan Pablo Menéndez).

Como que resumiendo todo el período de la infancia de Jesús, se nos dice que Él estaba "sometido" a sus padres y que "progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2,51-52). Durante la mayor parte de su vida, Jesús compartió la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios, vida en la comunidad (cf. Catecismo de la Iglesia Cátolica, n. 531). No siempre recordamos esto, pero lo que más distinguió a Jesús fue su vida familiar. En cambio, a menudo consideramos sólo su vida pública.

Si Jesucristo nos ha redimido tanto con su vida oculta de Nazaret como con sus escasos tres años de predicador itinerante, entonces, los 30 años que pasaba detrás del portal de la casa sencilla de Nazaret no fueron menos fecundos. Lo manifiesta también la frase del Evangelio: "El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él."

Ciertamente, el propósito común de María y José fue el de proporcionar una esmerada educación a Jesús y Él la asimiló con la actitud más confiada, diligente y sumisa que jamás ha tenido un hijo. María y José vieron cómo su inteligencia y su voluntad humanas se iban despertando, desarrollando y fortificando. Por otro lado, no sólo habrán buscado trasmitirle un gran número de conocimientos acerca de las costumbres y tradiciones del pueblo judío, sino sobre todo el mundo de valores y de ideales que los animaba, donde Dios lo era todo. Así habrán compartido muchas veces los mismos sentimientos, afectos e intereses.

Es esa la mayor riqueza que la vida en familia encierra. Sorprende, con qué eficacia se va trasmitiendo, casi irradiando hacia los demás. Quizá por eso la profetiza Ana se sintió atraída hacia esta familia. Es hermoso pensar que la Virgen María en persona le habrá contado a San Lucas todos estos detalles acerca de la niñez de Jesús. ¿Quién más lo podría haber hecho? (José Rodrigo Escorza).

La historia de la Encarnación se abre con estas palabras: No temas, María (Lucas 1,30). Y a San José le dirá también el Ángel del Señor: José, hijo de David, no temas (Mateo 1,20). A los pastores les repetirá de nuevo el Ángel: No tengáis miedo (Lucas 2,10). Más tarde, cuando atravesaba el pequeño mar de Galilea ya acompañado por sus discípulos, se levantó una tempestad tan recia en el mar, que las olas cubrían la barca (Mateo 8,24) mientras el Señor dormía rendido por el cansancio. Los discípulos lo despertaron diciendo: ¡Maestro, que perecemos! Jesús les respondió: ¿Porqué teméis, hombres de poca fe? (Mateo 8,25-26). ¡Qué poca fe también la nuestra cuando dudamos porque arrecia la tempestad! Nos dejamos impresionar demasiado por las circunstancias: enfermedad, trabajo, reveses de fortuna, contradicciones del ambiente. Olvidamos que Jesucristo es, siempre, nuestra seguridad. Debemos aumentar nuestra confianza en Él y poner los medios humanos que están a nuestro alcance. Jesús no se olvida de nosotros: "nunca falló a sus amigos" (Santa Teresa, Vida), nunca.

Dios nunca llega tarde para socorrer a sus hijos; siempre llega, aunque sea de modo misterioso y oculto, en el momento oportuno. La plena confianza en Dios, da al cristiano una singular fortaleza y una especial serenidad en todas las circunstancias. "Si no le dejas, Él no te dejará" (J. Escrivá, Camino). Y nosotros le decimos que no queremos dejarle. "Cuando imaginamos que todos se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza (Salmos 42, 2). Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio. En cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente" (J. Escrivá, Amigos de Dios) Esta es la medicina para barrer, de nuestras vidas, miedos, tensiones y ansiedades.

En toda nuestra vida, en lo humano y en lo sobrenatural, nuestro "descanso" nuestra seguridad, no tiene otro fundamento firme que nuestra filiación divina. Esta realidad es tan profunda que afecta al mismo hombre, hasta tal punto de que Santo Tomás afirma que por ella el hombre es constituido en un nuevo ser (Suma Teológica). Dios es un Padre que está pendiente de cada uno de nosotros y ha puesto un Ángel para que nos guarde en todos los caminos. En la tribulación acudamos siempre al Sagrario, y no perderemos la serenidad. Nuestra Madre nos enseñará a comportarnos como hijos de Dios; también en las circunstancias más adversas (Francisco Fernández Carvajal).

 

Navidad, 29 de Diciembre (Día quinto de la octava de Navidad): Quien ama a su hermano permanece en la luz. Simeón proclama a Jesús como la Luz, el Templo vivo de Dios

Navidad, 29 de Diciembre (Día quinto de la octava de Navidad): Quien ama a su hermano permanece en la luz. Simeón proclama a Jesús como la Luz, el Templo vivo de Dios

 

Primera carta del apóstol san Juan 2, 3-11. Queridos hermanos: En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él. Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. Y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo -lo cual es verdadero en él y en vosotros-, pues las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.

 

Salmo 95,1-2a.2b-3.5b-6. R. Alégrese el cielo, goce la tierra.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre.

Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

El Señor ha hecho el cielo; honor y majestad lo preceden, fuerza y esplendor están en su templo.

 

Texto del Evangelio (Lc 2,22-35): Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

 

Comentario: 1.-1 Jn 2,3-11. Donde se verifica si conocemos y amamos a Jesucristo, es si hacemos caso de lo que él ha dicho y hecho: es decir, si amamos a los hermanos; si no, todo es comedia. -Queridos... Así se dirigía Juan a los cristianos. El mismo aplica ese gran principio de «comunión» del que nos habla. ¿Puedo yo usar esa expresión para tal o cual persona? ¿Qué clase de conversión exigiría de mi parte?

-En esto sabemos que conocemos a Jesucristo: en que guardamos sus mandamientos. El conocimiento de Jesucristo no es un conocimiento intelectual. No está reservado a los sabios, a los que son capaces de descifrar intelectualmente las «Escrituras» o el "Dogma"... es un conocimiento experimental, vital. El que "guarda" los mandamientos, el que «hace» la voluntad de Dios... ese tal «conoce» a Dios. ¿Corresponde mi vida a Dios?

-Quien guarda fielmente su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. Dame, Señor, el amor de tu Palabra. Haz que la medite, que practique tu Palabra. Que todos los actos de mi vida cotidiana sean como una aplicación de tu Palabra: amar, servir, trabajar para guardar tu Palabra. Por tu amor.

-En esto conocemos que estamos en El. Quien dice que permanece en El debe vivir como vivió El y seguir el camino que Jesús ha seguido. Fórmula a repetir. Me imagino la "conducta" de Jesús, sus actuaciones... sus maneras de hacer... sus reflejos... el camino seguido. En ese momento ¿cómo reaccionaría si estuviera en mi lugar junto a las personas con las que vivo? Portarme como Tú, Jesús. La imitación de Jesucristo es secreto de santidad y de felicidad. Y en la medida en que actúo como Tú, me es licito pensar que «permaneces en mí». En mí Tú eres bueno cuando yo soy bueno. Habitan en mí tu dulzura, tu pureza, tu oración... Soy una encarnación prolongada. Cristo continúa su vida en mí.

-Lo que os escribo no es un mandamiento nuevo... y sin embargo es «nuevo» en Jesús y en vosotros. Quien declara estar en la luz, mientras odia a su hermano no ha salido de las tinieblas. Esa es la razón principal por la que se está "en la noche"... Es el principal obstáculos a la luz... es nuestra dificultad para encontrar a Dios... Todo ello viene sobre todo de nuestra falta de amor fraterno. Pretendemos encontrar a Dios, quisiéramos la "luz"... pero mantenemos en nosotros el odio y la falta de amor. Es lo más contrario a Dios, porque ¡Dios es amor! El que ama a su hermano permanece en la luz. Todo se aclara cuando nos situamos y vivimos en el verdadero amor. Dios se descubre cercano, a los corazones abiertos al amor, al perdón, a la participación; pero es inaccesible a los corazones cerrados en si mismos. Ahora bien, Señor, ¡no es fácil amar! Uno se hace fácilmente la ilusión, se cree amar. Yo te ruego, Señor, que me ilumines, que pongas suficiente claridad en mí, para que descubra las sutilezas que he inventado para rechazar el amor (Noel Quesson).

Juan sigue insistiendo en el proyecto de una sociedad nueva que se deja guiar por la luz. Luz que es fuente de Vida. Luz que es Dios expresado en la Encarnación del Hijo. Esa luz pone a las personas en un dilema: hay que adherirse a ella. Ya sabemos lo que significa esa adhesión... pero la comunidad de Juan, una comunidad que ciertamente hizo suya la opción por la luz, tiene momentos de tensión, donde la opción por la Vida parece perderse en el "maremagnun" de los diversos proyectos que se cruzan. Cuando eso se hace realidad, es hora de parar para evaluar, para reafirmar la opción por la Vida y por las personas, especialmente, aquellas que más sufren. Juan tiene claro que negar a la persona, es dar las espaldas al proyecto de Vida, es apartarse de Jesús y su Amor. La persona para Juan se hace como punto de referencia obligatorio para medir nuestro compromiso con el proyecto de Vida. No hay que perder de vista el proyecto de la persona, bajo el cargo de vivir prisionero de las tinieblas.

Una cosa es conocer y otra vivir en conformidad con lo conocido. Juan nos dice dónde está la prueba de la verdadera fe: «en esto sabemos que le conocemos, en que guardamos sus mandamientos». Y no como los gnósticos de fines de primer siglo, contratos que escribeestacarta, que daban la prioridad absoluta al saber («gnosis», conocimiento), y con eso se sentían salvados, sin prestar gran atención a las consecuencias de la vida moral. No actuaban según ese conocimiento de Dios.

El que cree conocer a Dios y luego no vive según Dios es un mentiroso, la verdad no está en él. Mientras que «quien guarda su Palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud».

Más en concreto todavía, para Juan la demostración de que hemos dejado la oscuridad y entrado en la luz, es si amamos al hermano: «quien dice que está en la luz y aborrece al hermano, está aún en las tinieblas», «no sabe a dónde va» y seguramente tropezará, porque «las tinieblas han cegado sus ojos». Es la consecuencia de haber conocido el misterio del amor de Dios en esta Navidad: también nosotros tenemos que imitar su gran mandamiento, que es el amor. La teoría es fácil. La práctica no lo es tanto: y las dos deben ir juntas.

La carta de Juan nos ha señalado un termómetro para evaluar nuestra celebración de la Navidad: podremos decir que hemos entrado en la luz del Hijo de Dios que ha venido a nuestra historia si estamos progresando en el amor a los hermanos. «Quien ama a su hermano, permanece en la luz y no tropieza». Si no, todavía estamos en las tinieblas, y la Navidad habrá sido sólo unas hojas de calendario que pasan. Es un razonamiento que no necesita muchas explicaciones. Navidad es luz y es amor, por parte de Dios, y debe serlo también por parte nuestra. Claro que la conclusión lógica hubiera sido: «también nosotros debemos amar a Dios». Pero en la lógica de Jesús, que interpreta magistralmente Juan, la conclusión es: «debemos amarnos los unos a los otros». Porque el amor de Dios es total entrega: «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para que todos tengan vida eterna». El mismo Jesús (Jn 13,34) relaciona las dos direcciones del amor: «yo os he amado: amaos unos a otros».

Se nos invita, por tanto, a que no haya distancia entre lo que decimos creer, lo que celebramos en laNavidad, y lo que vivimos en nuestro trato diario con los demás. «Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él»: el Jesús a quien estamos celebrando como nacido en nuestra familia, es el Jesús que nos ha enseñado a vivir, con su palabra y sobre todo con sus hechos. La Navidad nos está pidiendo seguimiento, no sólo celebración poética. Habría bastante más luz en medio de las tinieblas de este mundo, si todos los cristianos escucháramos esta llamada y nos decidiéramos a celebrar la Navidad con más amor en nuestro pequeño 0 grande círculo de relaciones personales.

Si conocemos a Dios, es decir, si le hemos permitido hacernos suyos; si hemos entrado en una Alianza nueva y eterna, más fuerte y más íntima que la alianza matrimonial; si Él vive en nosotros y nosotros vivimos en Él no podemos dejar de amar como Él nos ha amado, pues por estar en comunión de vida con Él, nosotros hemos de ser amor, como Dios es amor. Por eso, quien no vive en el amor y dice conocer a Dios es un mentiroso. Quien vive pecando camina en las tinieblas; no tiene a Dios por Padre, sino al padre de las tinieblas. Aquel mandato antiguo que decía: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, ha sido superado y puesto frente a nosotros como un mandamiento nuevo, pues el Señor nos ha ordenado amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado a nosotros. Puesto que por medio de la fe y del Bautismo hemos sido consagrados a Dios, unidos a Jesucristo y hechos templo del Espíritu Santo, seamos un signo claro del amor que Dios nos tiene, amando al estilo del amor con que Cristo nos ha amado.

 

2. Sal. 95. A Dios dirigimos el canto nuevo que brota de la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Desde la venida de Cristo ya no le cantamos a Dios, Él canta desde nosotros, pues nosotros hemos sido unidos a Él como hijos por vivir en comunión con Cristo Jesús, su Hijo. Y junto con los redimidos la creación entera se convierte en una alabanza del Nombre de Dios. Nuestra vida, convertida en un canto de amor a Dios como Padre nuestro, debe convertirse también en un cántico de amor fraterno mediante el cual alegremos a los pobres y a los necesitados por socorrerlos y ayudarlos a salir de sus limitaciones materiales. Ese anuncio gozoso debe llegar también a los pecadores, los cuales, tratados con el mismo amor con que Cristo busca la oveja descarriada hasta encontrarla y llevarla sobre sus hombros de vuelta a casa, han de experimentar esa preocupación de Cristo desde quienes creemos en Él. A partir de ese amor puesto en práctica, la Iglesia de Cristo podrá colaborar en la realización de un mundo más justo, más en paz, más fraterno. Entonces realmente habremos contribuido a la alegría de todas las naciones, pues desde la Iglesia fiel a su Señor, todos podrán experimentar las maravillas de la salvación, que nos concedió en Cristo Jesús.

 

3.- Lc 2,22-35. A. comentario del 2007. Lucas presupone el precepto de la presentación y rescate del hijo primogénito (Ex. 13, 2 y 12-13; Num 3, 12-13): puesto que los de la tribu de Leví eran los encargados del templo, los hijos primogénitos de otras familias se manifestaban como propiedad especial de Dios, según un rito de la presentación y rescate que servía para sustentación de la tribu sacerdotal. Así se hace el sacrificio, entendido como sacri-facere, es decir "hacer sagrado", dedicar a Dios, a los 40 días del nacimiento; y así hizo la Sagrada Familia. Lucas también se refiere a la purificación de la madre (Lev. 12, 2-8), a los 40 días de haber nacido el niño: se hacía una ofrenda (Lev 12, 1ss.) y el rezo de unas oraciones.

            El anciano y santo Simeón tiene el honor de reconocer a Jesús como el Mesías prometido, o dicho de otro modo el que va a traer "la consolación de Israel". Su cántico sigue la idea del "Benedictus" de Zacarías: la luz que luce en las tinieblas. El "signo de contradicción" (cf. Jn 9, 39) es que los sencillos ven, los presuntuosos están ciegos. La expresión "y una espada atravesará tu propia alma" indica la participación que María tendrá en la pasión de su Hijo, como indica el relato de Juan (19, 25) con María al pie de la cruz, donde Jesús aparece como Rey, de un modo nuevo.

            Festejamos hoy el santo Rey David. En la profecía de Simeón, se eclipsan las viejas profecías para dejar paso a la nueva: el que David había anunciado, ¡ha entrado por fin en el Templo, Él es el Templo! Ahí le ponen el nombre de Jesús ("Dios que salva"), al someterse a la ley de la circuncisión ésta queda superada, ante "Dios que salva" Simeón proclama: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos» (Lc 2,29-32). Es la visión del Salvador, que se fomenta con su invocación: de aquí la importancia de decir el nombre dulce de Jesús: "Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesu!" (Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús), decía San Josemaría Escrivá, y añadía: "pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre –Jesús- y a decirle que le quieres". También nosotros queremos enraizarnos en el dulce nombre de Jesús, nuestro Templo. Quien pierde las raíces lo pierde todo, así pasa con las raíces históricas de un pueblo, y mucho más con el vínculo con nuestros padres, y así como buenos hijos queremos mantenernos en Cristo unidos a nuestro Padre Dios.

A veces pasamos por la vida pensando que hay algo más, algo a lo que agarrarnos para no estar solos, que algo no iba hasta que no encontramos ese amor esperado. Y, cuando lo encontramos, recuperamos el gusto por las cosas, somos capaces de renuncias por conservar ese amor, estamos contentos en el sacrificio porque hay un motivo por el que luchar. Así estaba Simeón anhelante y esperanzado, y descansó al encontrar a Jesús. Así también nosotros, en quienes el Espíritu quiere habitar (cf. 1Cor 3,16), queremos recibir a Jesús en nuestro interior. Como pedimos en la oración colecta del día 29 de diciembre: "Dios todopoderoso e invisible, que ahuyentaste las tinieblas del mundo con la llegada de tu luz, míranos con rostro benigno, para que celebremos con dignas alabanzas la grandeza del Nacimiento de tu Hijo". Las tinieblas son el aislamiento de los demás, la soledad existencial, no sabernos unidos como hermanos porque somos hijos de Dios. Y es lo que revela el mandamiento que nos da el Señor, "lo que es verdadero en Él mismo y en vosotros –dice el Apóstol San Juan en la primera lectura (1 Jn 2, 3-11)-, porque las tinieblas ya pasaron y la verdadera luz ya luce". La "luz para ser revelada a los gentiles y para gloria de tu pueblo" es la filiación divina y la consiguiente fraternidad, que el Señor nos consigue –como decimos al Señor en la oración sobre las ofrendas- "este glorioso intercambio: que al ofrecerte lo que nos diste, merezcamos recibirte a Ti mismo". Esta es la misericordia que manifiesta las entrañas divinas.

B. Comentario del 2009 tomando de textos de mercaba.org: -Cumplido el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés... Aun siendo Dios, Jesús sigue las leyes humanas. Me entretengo contemplando largamente esta humildad profunda, de la que San Pablo dirá que es un "anonadamiento", una "kenosis" (Filip 2,7) No ponerse en la excepción. No querer privilegios. Aceptar en profundidad los contratiempos banales, las servidumbres sin gloria.

-Los padres de Jesús llevaron al niño a Jerusalén, para presentarlo al Señor. No creemos lo que vemos ni lo que oímos. Veamos, Lucas, ¿qué estás diciendo? Para "presentarlo al Señor"? Pero, El mismo, ¿no es el Señor? Sí, "El que era de condición divina, no mantuvo ávidamente su igualdad con Dios, sino que se anonadó tomando la condición humana, viniendo a ser semejante a los hombres, y, reconocido como un hombre por su aspecto, se humilló". De momento no hay nada que indique su divinidad. Es un niño pequeño como todos los niñitos judíos, ¡cuyos padres van a "presentarlo" a Dios!

-Iban para presentar la ofrenda de un par de tórtolas, o dos palominos como está ordenado en la ley del Señor. Seamos curiosos de vez en cuando. Vamos pues a leer ese texto de la Ley en el libro del Levítico 12,8. En él leemos: "Si la madre no puede encontrar la suma necesaria, coste de una pequeña res, ofrecerá dos tórtolas o dos palominos". Así pues, se trataba de la ofrenda de los pobres. María no pudo ofrecer nada más valioso. Esto es pues lo que puede entenderse si uno sabe leer entre líneas el evangelio. ¡Y ella es la "madre de Dios"! Gracias, Señor, por todos los pobres que pueden verdaderamente reconocerte como su hermano.

-Simeón, hombre justo y religioso, esperaba la "consolación de Israel". El Espíritu le había revelado que no había de morir antes de ver el Mesías. Inspirado por el Espíritu Simeón vino al Templo. Me imagino a este anciano. Camina hacia la muerte. Piensa en su muerte. No parece estar triste. Es un varón justo y religioso. Es espiritual; está investido por el Espíritu de Dios. Se deja guiar. Dios le conduce, como de la mano, hacia el Templo. Señor, quisiera cerrar mis ojos, y tomar tu mano, como el niño que juega a dejarse conducir por su padre.

-Bendijo a Dios. A lo largo del día, los judíos tenían la costumbre de pronunciar varias bendiciones. Los más piadosos, diestros en este hábito ritual, debían sin cesar elevar hacia Dios breves plegarias: "Bendito seas, Señor". ¿Tengo yo también esta costumbre?

-Y dijo a María, su madre: "Este Niño está destinado para ruina y para resurrección de muchos en Israel; y para ser el blanco de las contradicciones. Una espada traspasará tu corazón, para que se descubran los pensamientos secretos en los corazones de muchos..." La salvación, será fruto del sufrimiento. Y María participa en el. ¿Cómo participo en ese mismo misterio de la redención por la cruz?

-Mis ojos han visto a su Salvador: luz para alumbrar las naciones paganas y gloria de su pueblo Israel. Salvación universal que desborda las fronteras del pueblo elegido (Noel Quesson).

Lucas, en el evangelio de hoy, pone en labios de Simeón, la seguridad que han de tener las personas comprometidas con la Vida: "mis ojos han visto la luz de las naciones" (Lc 2,29-32). Simeón es, al igual que Zacarías, uno de los muchos piadosos y justos (Lc 1,6) que aguardaban la liberación de Israel. El viejo Simeón al final de su vida pudo experimentar la liberación de Dios, liberación que esperan todos los justos. Éstos son los que aman al Señor; lo aman porque buscan, porque están luchando desde su pobreza por un nuevo espacio geográfico y social que sea significativamente distinto de aquel en el que se vive. En la pluma de Lucas, la liberación no es sólo para Israel, es para todas las naciones, sin condiciones. Nada ni nadie puede poner como pretexto que la liberación de las condiciones de tinieblas está restringida. A todas las naciones se les retira las vendas: no tienen porque andar en tinieblas. Han de buscar hacer realidad el nacimiento de la Nueva Sociedad que recibe en sus brazos al Verbo de Dios (v 28).

Esa visión universalista de la sociedad liberada de las tinieblas, es lo que Lucas quiere transmitir con urgencia. De manera que las naciones y las personas que acogen a Jesús, que lo toman en los brazos, se obligan a un nuevo discurso y nueva praxis social que lleva a la liberación (servicio bíblico latinoamericano).

La presentación de Jesús en el Templo, cuya primera parte leemos hoy, es una escena llena de sentido que nos ayuda a profundizar en el misterio de la Encarnación de Dios. José y María cumplen la ley, con lo que eso significa de solidaridad del Mesías con su pueblo, y lo hacen con las ofrendas propias de las familias pobres. Así, en el Templo sucede el encuentro del Mesías recién nacido con el anciano Simeón, representante de todas las generaciones de Israel que esperaban el consuelo y la salvación de Dios. En la tradición bizantina se llama precisamente «Encuentro» a esta fiesta. Simeón, movido por el Espíritu, reconoce en el hijo de esta sencilla familia al enviado de Dios, y prorrumpe en el breve y entusiasta cántico del «Nunc dimittis»: «ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz», que nosotros decimos cada noche en la oración de Completas que concluye la vivencia de la Jornada. En su boca es como el punto final del Antiguo Testamento Describe en unos trazos muy densos al Mesías: «mis ojos han visto a tu Salvador», que es «luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Cristo, gloria del pueblo de Israel y luz para los demás pueblos. Pero a la vez esa luz va a ser «crisis», juicio, signo de contradicción. Todos tendrán que tomar partido ante él, no podrán quedar indiferentes. Por eso Simeón anuncia a la joven madre María una misión difícil, porque tendrá que participar en el destino de su Hijo: «será como una bandera discutida... y a ti una espada te traspasará el alma».

La presencia de María en este momento, al inicio de la vida de Jesús, se corresponde con la escena final, con María al pie de la Cruz donde muere su Hijo. Presencia y cercanía de la madre a la misión salvadora de Cristo Jesús.

El evangelio nos conduce a una Navidad más profunda. El anciano Simeón nos invita, con su ejemplo, a tener «buena vista», a descubrir, movidos por el Espíritu, la presencia de Dios en nuestra vida. Él la supo discernir en una familia muy sencilla que no llamaba a nadie la atención. Reconoció a Jesús y se llenó de alegría y lo anunció a todos los que escuchaban. En los mil pequeños detalles de cada día, y en las personas que pueden parecer más insignificantes, nos espera la voz de Dios, si sabemos escucharla. Además, Simeón nos dice a nosotros, como se lo dijo a María y José, que el Mesías es signo de contradicción. Como diría más tarde el mismo Jesús, él no vino a traer paz, sino división y guerra: su mensaje fue en su tiempo y lo sigue siendo ahora, una palabra exigente, ante la que hay que tomar partido, y en una misma familia unos pueden aceptarle y otros no. Nosotros somos de los que creemos en Cristo Jesús. De los que celebramos la Navidad como fiesta de gracia y de comunión de vida con él. Pero también debemos ser más claramente «hijos de la luz» y vivir «como él vivió», no sólo de palabra, sino de obras. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todos tengan vida eterna» (entrada). «Tú has disipado las tinieblas del mundo con la venida de Cristo, la luz verdadera» (oración). «Mis ojos han visto a tu Salvador, luz para alumbrar a las naciones» (evangelio). «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto» (comunión) (J. Aldazábal).

Precisamente en la lectura del evangelio de san Lucas que hemos escuchado hoy, Simeón exclama lleno de alegría: "mis ojos han visto a tu salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel". Cristo es la luz del mundo, por su palabra de fraternidad y de reconciliación, no solo para Israel, el pueblo al cual perteneció por sus orígenes humanos, sino para todos los pueblos de la tierra, como dice el anciano Simeón. San Lucas es el único evangelista que nos presenta esta solemne escena de la presentación de Jesús recién nacido en el templo de Jerusalén. Aparentemente sus padres lo llevaron allí para cumplir las minuciosas prescripciones de la ley mosaica: la purificación de la madre, después del parto, y el pago del rescate por el nacimiento de su hijo primogénito, pues los primogénitos pertenecían a Dios según la ley, y debían ser rescatados con la oferta de ciertos animales. Pero el Espíritu de Dios tenía otros planes: apenas atravesando los portales del templo salió al encuentro de los padres de Jesús un anciano que, por la manera como es descrito, representa a los profetas y a los justos del Antiguo Testamento que durante tantos siglos esperaron el cumplimiento de las promesas divinas. Simeón bendice a Dios que ha cumplido su Palabra, ha enviado a su Mesías, al salvador del mundo. Ahora puede morir en paz. Simeón bendice también a los padres del niño, solo que el Espíritu lo mueve a anunciarles algo del destino doloroso que les espera, al niño y a la madre: el uno será objeto de contradicción, como una bandera que se disputan ejércitos enemigos; la madre sentirá que una espada le traspasa el alma. Contemplando esta escena caemos en la cuenta de que la Navidad no es un juego infantil, una mera ocasión para jolgorios. El niño a quien cantamos villancicos para que duerma plácidamente se convertirá en todo un hombre, abandonará su casa, su familia, su trabajo, para asumir su destino, su vocación. Proclamará a los cuatro vientos su mensaje: el Evangelio, la buena noticia del amor de Dios por los pobres, los pequeños, los pecadores. Y será condenado por los poderosos del mundo a una muerte vergonzosa. Con él estamos comprometidos a ser sus discípulos, a seguirlo cargando con su cruz. En la firme esperanza de que Dios, que lo resucitó a él de entre los muertos, también nos dará a sus fieles la vida eterna. Así ponemos, a la luz de las lecturas de este día, una nota de seriedad a estas celebraciones que pueden pasar, incluso para nosotros los cristianos, en medio de la inconsciencia y la vanidad (Josep Rius-Camps).

Hoy, contemplamos la Presentación del Niño Jesús en el Templo, cumpliendo la prescripción de la Ley de Moisés: purificación de la madre y presentación y rescate del primogénito. La escena la describe san Josemaría Escrivá, en el cuarto misterio de gozo de su libro Santo Rosario, invitando a involucrarnos en la escena: «Esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. —¿Te fijas? Ella —¡la Inmaculada!— se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?

»¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! —Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. —Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón».

Vale la pena aprovechar el ejemplo de María para "limpiar" nuestra alma en este tiempo de Navidad, haciendo una sincera confesión sacramental, para poder recibir al Señor con las mejores disposiciones. Así, José presenta la ofrenda de un par de tórtolas, pero sobre todo ofrece su capacidad de sacar adelante, con su trabajo y con su amor castísimo, el plan de Dios para la Sagrada Familia, modelo de todas las familias.

Simeón ha recibido del Espíritu Santo la revelación de que no moriría sin ver a Cristo. Va al Templo y, al recibir en sus brazos lleno de alegría al Mesías, le dice: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación» (Lc 2,29-30). En esta Navidad, con ojos de fe contemplemos a Jesús que viene a salvarnos con su nacimiento. Así como Simeón entonó el canto de acción de gracias, alegrémonos cantando delante del belén, en familia, y en nuestro corazón, pues nos sabemos salvados por el Niño Jesús (Joaquim Monrós i Guitart).

Hacer un mundo más justo. El Niño que contemplamos estos días en el belén es el Redentor del mundo y de cada hombre. Más tarde, durante sus años de vida pública, poco dice el Señor de la situación política y social de su pueblo, a pesar de la opresión que éste sufre por parte de los romanos. Manifiesta que no quiere ser un Mesías político. Viene a darnos la libertad de los hijos de Dios: libertad del pecado, libertad de la muerte eterna, libertad del dominio del demonio, y libertad de la vida según la carne que se opone a la vida sobrenatural. El Señor, con su actitud, señaló también el camino a su Iglesia, continuadora de su obra aquí en la tierra hasta el final de los tiempos. Es a nosotros los cristianos a quien nos toca –dentro de las muchas posibilidades de actuación- contribuir a crear un orden más justo, más humano, más cristiano, sin comprometer con nuestra actuación a la Iglesia como tal (Pablo VI, Enc. Populorum progressio). Hoy podemos preguntarnos si conocemos bien las enseñanzas sociales de la Iglesia, si las llevamos a la práctica personalmente, y si procuramos que las leyes y costumbres de nuestro país reflejen esas enseñanzas en lo que se refiere a la familia, educación salarios, derecho al trabajo, etc.

Si nos esforzamos por los medios que están a nuestro alcance, en hacer el mundo que nos rodea más cristiano, lo estamos convirtiendo a la vez en más humano. Y, al mismo tiempo, si el mundo es más justo y más humano, estamos creando las condiciones para que Cristo sea más fácilmente conocido y amado. Además de pedir cada día por los responsables del bien común, -pues de ellos dependen en buena medida la solución de los grandes problemas sociales y humanos-, hemos de vivir, hasta sus últimas consecuencias, el compromiso personal y sin inhibiciones, y sin delegar en otros la responsabilidad en la práctica de la justicia, al que nos urge la Iglesia. ¿Se puede decir de nosotros que verdaderamente, con nuestras palabras y nuestros hechos, estamos haciendo un mundo más justo, más humano?

Con la sola justicia no podremos resolver los problemas de los hombres. La justicia se enriquece y complementa a través de la misericordia. La justicia y la misericordia se fortalecen mutuamente. Con la justicia a secas, la gente puede quedar herida, la caridad sin justicia sería un simple intento de tranquilizar la conciencia. La mejor manera de promover la justicia y la paz en el mundo es el empeño por vivir como verdaderos hijos de Dios. El Señor, desde la gruta de Belén, nos alienta a hacerlo (Francisco Fernández Carvajal).

Dios ha cumplido sus promesas de salvación; en Jesús no sólo los Judíos tienen el camino abierto hacia Dios, sino los hombres de todos los tiempos y lugares, pues el Señor vino como luz de las naciones y gloria de su Pueblo Israel. Jesús es el consagrado al Padre, y como tal está dispuesto a hacer en todo su voluntad. María misma, la humilde esclava del Señor, participará también de esa fidelidad amorosa a la voluntad del Padre que le llevará a estar al pié de la cruz, con el alma atravesada por una espada de dolor, pero segura en las manos de Dios, que cumplirá en ella cuanto le fue anunciado. La Iglesia encuentra en María el camino de fidelidad a Dios: Cristo Jesús, el cual no ha de ser para nosotros motivo de ruina sino de salvación, pues Él no vino para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Quienes estamos consagrados a Dios por medio del Bautismo, que nos une en la fe a Jesucristo, debemos ser luz para todas las naciones y nunca motivo de condenación, de destrucción, de muerte, de sufrimiento; pues el Señor no nos envió a destruir la paz ni la alegría, sino a construir su Reino de amor a pesar de que en ese empeño tengamos que tomar nuestra propia cruz, ir tras las huellas de Cristo para que, pasando por la muerte, lleguemos junto con Él a la participación de la Gloria que le corresponde como a Unigénito de Dios Padre.

Jesús ha sido consagrado al Padre; le pertenece y vive su fidelidad a su voluntad como si de ella se alimentara. Hoy nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía, Memorial del amor fiel que el Señor le tiene a su Padre Dios, y del amor que nos tiene a nosotros. A pesar de nuestros pecados Jesús nos ha amado, pues Él ha salido a buscar al pecador no sólo para ofrecerle el perdón de sus pecados, sino para cargarlo sobre sus hombros y para participarle de la misma Vida y de la misma Gloria que le corresponde como a unigénito del Padre Dios. Y en la Eucaristía se realiza esa comunión de vida entre Cristo y nosotros. Por eso debemos acudir a esta celebración no tanto por motivos intranscendentes, sino porque queremos que el Señor esté en nosotros y nosotros en Él y podamos, así, darle un nuevo rumbo a nuestra historia.

Jesucristo ha venido a nosotros. ¿Lo hemos recibido con amor? ¿Lo reconocemos como nuestro Dios y Salvador? Cristo, Luz de las naciones, no sólo ha de iluminar nuestra vida, sino que, por nuestra unión a Él, debemos ser también nosotros luz del mundo. Nuestros padres ya pueden morir en paz cuando vean que aquel compromiso de educarnos en la fe, para que vivamos como hijos de Dios, ha llegado a su cumplimiento en nosotros. Amémonos los unos a los otros como Cristo nos ha amado; pues la perfección consiste en el amor que llega en nosotros a su plenitud. No nos conformemos con llamarnos hijos de Dios, sino que seámoslo en verdad de tal forma que, mediante nuestras buenas obras, manifestemos desde nuestra vida a Aquel que habita en nuestros corazones, pues de la abundancia del corazón habla la boca. Aquel que vive pecando, aquel que se levanta en contra de su hermano para asesinarlo, para perseguirlo, para calumniarlo, para dejarlo morir de hambre, por más que se arrodille ante Dios no puede ser, en verdad, su hijo, pues Dios es amor, y es amor sin límites. Amemos a nuestro prójimo en la forma como el Señor nos ha dado ejemplo, pues en la proclamación del Evangelio sólo el amor es digno de crédito.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir unidos a Jesús, su Hijo, de tal forma que continuemos su obra de salvación en el mundo por medio de un auténtico amor comprometido hasta sus últimas consecuencias, con tal que colaborar así a la salvación de todos. Amén (www.homiliacatolica.com).