sábado, 2 de enero de 2010

Navidad, 28 de Diciembre: Los Santos Inocentes, mártires que profesan su fe con su silencio

Navidad, 28 de Diciembre: Los Santos Inocentes, mártires que profesan su fe con su silencio

 

Primera carta del apóstol san Juan 1,5-2,2. Queridos hermanos: Os anunciamos el mensaje que hemos oído a Jesucristo: Dios es luz sin tiniebla alguna. Si decimos que estamos unidos a él, mientras vivimos en las tinieblas, mentimos con palabras y obras. Pero, si vivimos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia los pecados. Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y no poseemos su palabra. Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por os nuestros, sino también por los del mundo entero.

 

Salmo 123,2-3.4-5.7b-8. R. Hemos salvado la vida, como un pájaro de la trampa del cazador.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos asaltaban los hombres, nos habrían tragado vivos: tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado las aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello; nos habrían llegado hasta el cuello las aguas espumantes.

La trampa se rompió, y escapamos. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

 

Texto del Evangelio (Mt 2,13-18): Después que los magos se retiraron, el Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al Niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al Niño para matarle». Él se levantó, tomó de noche al Niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».

Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen».

 

Comentario: A. comentario mío de 2007: :Junto a José, que es el hombre del santo encogimiento de hombros, le que acepta en todo la voluntad divina, vemos a los inocentes que sufren el mal, la injusticia, y reclaman una reparación. También ante las injusticias que vemos en nuestras vidas, pensamos que tiene que haber algo más allá, un "lugar" o "tiempo" donde aquello se arregle. En las noches de José, las visitaciones de los ángeles en sueños son oración reparadora, que le da fuerzas e ilusión para superar todo tipo de dificultades. Aquí el ángel no le dice su presentación habitual: "no temas". José no tiene miedo. Intuye que la ley del temor quedó con Jesús sustituida por la del amor, aunque se pierda la vida: el temor es ya "amor de hijo, que no quiere disgustar a su Padre", dice San Josemaría Escrivá: añadía que es un camino de amor: "No entiendo otro temor que no sea el del hijo que sufre porque ha disgustado a su padre: no tememos de otro modo a Dios, que es nuestro Padre" (Letter, 29-IX-57, citado en http://horatio.uap.edu.ph/opusdei/opusdei_chapter3.html). Esta es "la ciencia de la salvación para el perdón de sus pecados" que proclamó Zacarías en su cántico: "por las entrañas de misericordia de nuestro Dios… para iluminar a los que yacen en las tinieblas y en sobra de muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1, 78-79), y pienso en ese camino de sustituir el temor servil por el filial, por el amor al Esposo, ese amor que es más fuerte que la muerte, porque es Amor eterno, Amor por el que se ha dado la vida y se sigue entregando.

¿Hay mártires, hoy día? Cada año docenas de misioneros, sacerdotes, cristianos normales, son asesinados por su fe. Es curioso ver a ese Dios que todo lo puede –"porque para Dios no hay nada imposible": Lc 1, 37- con esa aparente impotencia de Dios. También María pudo ver como ante las cosas incomprensibles Dios tiene una solución, como el anuncio de que siendo virgen sería también madre, sabe ir por esos senderos del misterio, por donde no cae, aunque no vea nada anda segura. ¿Cómo arregla Dios esa injusticia de esos primeros que mueren por Jesús? Tampoco lo sabemos, pero los celebramos en el cielo, sabiendo que de lo malo el Señor saca algo bueno, y ¡tan bueno!: como darles la vida eterna. Esto nos hace pensar en tantos inocentes, abortados en el lugar donde más seguro tendría que estar un hijo, en el vientre de su madre: "no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos, dice Yahvé. Cuanto son los cielos más altos que la tierra, tanto están mis caminos por encima de los vuestros y por encima de los vuestros, mis pensamientos" (Isaías 55, 8-9). Ya vimos al hablar de la genealogía de Jesús, que entre sus antepasados había pecadores, y que el Señor nos da la lección de que nos acepta sin más, como somos, y cuando vamos a él todo lo pasado no cuenta, hace nuevas las cosas, podemos siempre rehacer nuestra vida, rectificar, pues la vida espiritual es eso, volver a empezar una y otra vez.

Así Dios se sirve de todo para que coopere al bien (cf. Rom 8, 28). Hemos leído la versión de esta cita paulina en el sentido de que "todo es para bien, para los que aman a Dios", pero podemos tener la duda al pensar "¿amo a Dios, para que sea todo para bien?" Nos consuela el sentido más literal, y que nos da más paz, y es éste: "todo es para bien, para los que Dios ama", o bien "para los que Dios concede su beneplácito, los predestinados"... es decir que como somos todos objeto de su amor, esto nos consuela, basta dejarse llevar por esa corriente de amor. Esta misma traducción la vemos en el "gloria" de la Misa, que con acierto se ha cambiado: ya no es "y en la tierra paz a los hombres que aman al Señor" sino "que ama el Señor". Dios tiene su imaginación para sacar de lo malo bueno, y es que el amor es imaginativo, nos los dice Juan Pablo II: «En efecto, son muchas en nuestro tiempo las necesidades que interpelan a la sensibilidad cristiana. Es la hora de una nueva imaginación de la caridad, que se despliegue no sólo en la eficacia de las ayudas prestadas, sino también en la capacidad de hacernos cercanos y solidarios con el que sufre». Esta imaginación la tiene María, que va con alegría a servir a quien intuye que necesita su ayuda, su prima Isabel. Ella nos llevará a adivinar las necesidades de los demás, como recuerdo que nos decía en Roma el siervo de Dios Álvaro del Portillo.

Son muchas las cosas que se podrían decir de ese derramamiento de sangre de los santos inocentes, pero podemos acabar con una reflexión sobre su actitud silenciosa, que nos puede ayudar a valorar esa forma de diálogo que es el silencio, ese espacio de indeterminación pero que abre un mundo invisible, de riqueza incalculable. El sabio escucha y no dice por decir, pues eso nos limita, determina y muchas veces no se puede definir lo indefinible, excepto si se dice en poesía, y el silencio es una forma de poesía: "sin ataduras, sin confines, libera un desaforado caudal de significación en lo no significado, conserva en su interior la potencia de todo lo no dicho". Dicen que eres dueño de tu silencio y esclavo de tus palabras. Tomo prestada la cita que sigue de un correo de Internet, que habla de ese silencioso hablar que tiene uno cuando mira y calla: "El arte de callar". "Muchas veces basta una mirada. Una mirada sostenida. Tus ojos sobre los ojos del otro. Adivinar el significado de los brillos. Leer el futuro inmediato más allá de la pupila. Quieres decir muchas cosas, pero aguántate las ganas. Aprieta los labios. Permite que las ideas circulen sin que salgan al exterior. Alarga el espacio entre las preguntas y las respuestas. Deja que los músculos se dibujen en el rostro. Espera una señal de alerta. Mantén la respiración. Piensa que el otro también piensa. Analiza. Espera.

La economía de las palabras: Una virtud que no es exclusiva de las monjas de clausura. Un juego que practican los que saben hacerse los locos. Los que entienden que no todos los interrogantes necesitan una respuesta. Que la solución no siempre llega al abrir la boca. ¿Por qué decirlo todo? ¿Por qué no conservar en el interior una dosis de lo que se piensa?  ¿Por qué no convertir en secreto algunas de las ideas que hacen su aparición sin previo aviso, al menos con la ilusión de que el tiempo las madure y las transforme en ideas más duraderas? ¿Por qué no entender, de una vez, que la palabra jamás logrará ser tan rápida como el cerebro? ¿Y que no todo lo que cruza por la mente puede convertirse en palabras? Entender que también se puede hablar con el gesto. Que… el silencio a veces grita. Se guarda silencio en los hospitales, en las salas de velatorios, en los actos solemnes… Se guarda silencio por pudor, por respeto, por dolor...  Se guarda silencio por el dolor que es incapaz de convertirse en llanto. Silencio cuando el llanto se agota, y agota al que llora… Habría que aprender a callar... Callar para escuchar. Callar para mirar. Callar para aprender... Para saber si el eco existe... Para comprender que el silencio es el antifaz de los sonidos más hermosos… Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra (Clemenceau)"

B. comentario tomado de textos de mercaba.org en 2009. - Como el día de san Esteban, nuevamente hoy contemplamos la dureza del camino de Jesús. La fuerza de mal que hay en el mundo envuelve a Jesús desde el comienzo de su vida, y acabará clavándolo en la cruz. - La actuación de Herodes muestra el daño que puede hacer la defensa del propio poder sin pensar en nada más, y las tragedias que eso provoca en los que están a merced de la voluntad incontrolada de los poderosos: "¡Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes!".

- Pero lo que más destaca en la fiesta de hoy es la fuerza del Dios que es más fuerte que todo el mal que los hombres podamos hacer: los Inocentes, sin saberlo, han compartido la muerte de Jesucristo y ahora comparten por siempre su gloria. En Dios, todo es gracia. Y al final del camino humano está su vida.

Caminar en la luz de Dios, realizar el proyecto de vivir en comunión con El no está al alcance de solos los medios del hombre: el pecado obstaculiza continuamente su caminar en la luz y le extravía constantemente por entre las tinieblas. Un sano realismo debe convencerle de ello. El cristianismo no se confunde con las sectas pneumáticas que niegan la condición pecadora del hombre y a las que Juan alude probablemente (v 8). El único verdadero pecado es el orgullo de considerarse sin pecado: esta actitud se cercena a sí misma de toda iniciativa salvífica de Dios para replegarse sobre sí misma: aparta de toda comunión con Dios: la verdad no habita ya "en el hombre".

La confesión de los pecados, por el contrario, mantiene al hombre en la luz y en la comunión con Dios, puesto que la actitud misma por la que confiesa sus pecados es una llamada al perdón de Dios (v 9), recurso a nuestro abogado cerca de Dios (v 1), confianza en el poder propiciatorio de la muerta de Cristo (v 2), acciones todas ellas que preparan la comunión con Dios.

Caminar en la luz de Dios y vivir en comunión con El no constituye, por tanto, tan sólo un estado adquirido de una vez para siempre; se trata, por el contrario, de un caminar ("caminar en la luz", v 7) y de un incesante paso de las tinieblas a la luz por la conversión y la confesión de los pecados. El pecado es, pues, una ocasión de comunión con Dios mediante la invitación al perdón que puede provocar. Sólo la pretensión de estar sin pecado priva de esa comunión, puesto que niega la intervención salvífica de Dios y hace incluso de Dios un mentiroso, ¡a El que quiere venir a perdonarnos! (v 10).

La confesión de los pecados a que se refiere San Juan (v 9) es una confesión pública y no una confesión en el secreto del corazón: la palabra griega exomologesis supone, en efecto, una acción exterior, y nos permite creer en la existencia de una liturgia penitencial desde finales del siglo primero, lo que vendría a confirmar la doctrina de Juan de que toda comunión con Dios supone una comunión con los hermanos (1 Jn 1,7; 1 Jn 2,9-11; Maertens-Frisque).

El escrito se propone restablecer la comunión plena de la Iglesia, maltrecha por la herejía gnóstica. Para conseguir este objetivo, Juan se propone, según sus propias palabras, "desvelar" el mensaje de Cristo, no porque lo desconozcan los destinatarios de la carta, sino porque deben ahondar cada vez más en sus exigencias. ¿Qué hay que hacer para estar en comunión con Dios? Caminar en la luz (1, 5-2,2) y guardar el mandamiento del amor (2, 3-11).

Así pues, hay en el punto de partida una exigencia fundamental de verdad; de una verdad, por lo demás, siempre por hacer. Hay que empezar por denunciar las ilusiones alimentadas por los gnósticos, los cuales dicen estar sin pecado y en comunión con Dios. El autor apuntaba probablemente a la pretensión de los herejes de vivir una moral superior que, de hecho, no era más que una especie de amoralismo sin pecado. Se sabe, en efecto, que despreciaban la "carne", no la licencia sexual, ante la que cerraban los ojos, sino simplemente lo cotidiano de la vida, empezando por el amor fraterno.

A esta actitud catastrófica, puesto que negaba la verdad, opone Juan el auténtico comportamiento cristiano, que consiste en una conversión constantemente renovada, que se expresa en la confesión de los pecados. Quien actúa de este modo obra la verdad en sí mismo: camina en la luz y realiza la comunión con Dios. Mejor aún: está sin pecado, pues el creyente es salvado por Cristo (Sal terrae).

-El anuncio que le oímos a Jesús es éste: Dios es luz... No hay tiniebla alguna en El... La «luz». Una imagen de Dios. Habitualmente, me aprovecho de la luz sin darme cuenta. Trato de considerar mejor lo que la luz es: contemplo una fuente de luz: una lámpara, el sol, mi ventana... Dejo que me deslumbre... luego cierro los ojos y me hundo en las tinieblas. Trato de imaginar lo que sería el mundo sin luz. Miro mi mano, por ejemplo. De noche, en la tiniebla, no la vería por muy cerca que estuviera de mis ojos. Sin luz, los ojos resultan inútiles. No sirven para nada. «Dios es luz» El pone de manifiesto todo lo restante. Sin El todo sería tiniebla... inexistente.

-Si caminamos en las tinieblas, nuestra conducta no es sincera. El tema de la luz en san Juan está ligado al de la verdad. Dios es «verdadero». Dios es transparencia, Dios es sinceridad, Dios es luz. En El no hay ningún desfase entre "lo que dice o muestra"... y «lo que verdaderamente es». En nosotros, por el contrario, existe a menudo ese desfase mentiroso: llevamos una especie de máscara, no dejamos al descubierto nuestro verdadero rostro... «no actuamos según la verdad»... «somos mentirosos».Vivir «según la verdad», es «vivir según Dios». Es en primer lugar una exigencia de lucidez, de santidad, de verdad.

-Cuando nos movemos en la luz somos solidarios unos de otros. No nos esperábamos ese final de la frase, esperábamos más bien «si nos movemos en la luz = vivimos en comunión con Dios». Ahora bien, san Juan inmediatamente apunta al amor fraterno. ¡Vivir «en la luz» es vivir en «comunión con los demás», en el servicio a los demás, en la apertura unos de otros! Seres que están en común-unión los unos con los otros. Trato de dar un contenido concreto a esa expresión. Evoco algunas experiencias de «comunión» entre personas, momentos más logrados de comunicación, de participación, de unión; si bien todos esos términos humanos son demasiado pobres para expresar esa realidad. La «vida» de Dios es una inefable experiencia continua de «comunión». El proyecto de Dios es una inmensa empresa de «comunicación» entre personas. Es el mandamiento nuevo del amor. Amémonos.

-Y la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado... Si decimos no tener pecado, la verdad no está en nosotros... Si reconocemos abiertamente nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, perdona nuestros pecados y nos purifica de toda injusticia. Pecar... es caminar en las tinieblas. Hay en nosotros algo tenebroso, una parte de nosotros mismos que deseamos esconder. Esa parte egoísta, esas motivaciones interesadas, inconfesables, esas debilidades de nuestra voluntad... esos rechazos a compartir, a la comunicación, al amor. ¡Hay que hacer luz sobre todo ello! Si decimos que nada de eso está en nosotros, nos engañamos, somos mentirosos. Pero basta con «reconocer que somos pecadores» para que todo eso sea salvado. Si uno de nosotros comete pecado, tenemos un defensor ante el Padre: Jesús, el justo. El es la víctima que expía nuestros pecados.¡Gracias! (Noel Quesson).

2. Sal. 124 (123). Dios está siempre de parte de los suyos. Y nosotros somos suyos, pues Él nos creó porque nos ama. Y Él nos santificó en Cristo Jesús, su Hijo, porque su amor por nosotros es eterno y nos quiere con Él, sanos y salvos en su Reino celestial. Es verdad que nos acechan muchas tentaciones; es verdad que somos calumniados, perseguidos y puestos al borde de la vida. Sin embargo Dios velará siempre por nosotros y nos librará de la mano de nuestros enemigos y de la de aquellos que nos aborrecen. Por eso aprendamos siempre a confiar en el Señor. Pero que esa confianza brote del amor que le tengamos. No busquemos, imprudentemente, el ser perseguidos por Cristo, pues esto no es grato al Señor. Dediquémonos a Él; demos testimonio de Él; llevemos una vida conforme al Evangelio. Que el mundo lea, en la Iglesia, la presencia salvadora de Cristo a través de la historia. Si a causa de confesar nuestra fe nos maldicen, dicen cosas falsas de nosotros o nos crucifican, será un honor para nosotros haber sido considerados por Dios dignos de dar, con nuestra sangre, el testimonio supremo de nuestra fe en Él.

 

3. - Mt 2,13-18. En esta festividad volvemos a tomar contacto con los "evangelios de la infancia". Y encontramos de nuevo los procedimientos de interpretación de San Mateo: el acontecimiento de la huida a Egipto está expuesto en el marco de un pensamiento teológico que encuentra en Cristo la situación de Moisés. Cristo es el "nuevo Moisés". El faraón había mandado matar a todas los recién nacidos (Éxodo, 1, 15-22) Moisés se había librado de la matanza huyendo al extranjero (Éxodo, 2, 1-10) Moisés había sido llamado para que regresase a su país con las mismas palabras que el ángel utiliza para el retorno de la sagrada familia. (Éxodo, 4, 19) Quizá estos procedimientos literarios nos choquen. Son corrientes a lo largo de la Biblia. Una situación actual, un suceso nuevo evocan situaciones y sucesos antiguos. Se los relaciona para mejor comprenderlos en la Fe. Esto es lo que hoy vamos a hacer.

-El ángel dijo a José: "Levántate, huye a Egipto..." José se levantó de noche y partió... Una orden breve, que manda, sin embargo, una cosa difícil e inmediata. ¡Sin demora alguna, José parte! En plena noche una mujer y un niño desocupan el hogar. Quiero contemplar esta admirable disponibilidad. Dios puede actuar con José sin la menor dificultad... Hay personas así, cuyo corazón está completamente lleno de Dios. ¡José tenía ese temple! Un hombre vigilante, atento siempre a la menor indicación que le sugiera cuál es la voluntad de Dios.

-Tomó al niño y a su madre. En los dos primeros capítulos de su evangelio, Mateo no habla nunca de otro modo. (Mateo, 2,11,13,14,20,21). El niño siempre es nombrado en primer lugar, antes que su madre. Y no habla nunca de "sus padres", ni de "su familia". ¡Menciona a José como algo externo al grupo privilegiado que forman "Jesús y María", "el niño y su madre"! Hay en esta simplísima fórmula, aparentemente anodina, toda una teología perfectamente correcta: el niño es el centro de todo, El es el primero... solamente después viene su madre... y esto es todo. Al padre, de momento no se le nombra. Será Jesús mismo a los doce años quien le nombrará, cuando lo encuentran en el Templo, en Jerusalén. ¡Sí, hay una majestad extraordinaria que emana de los relatos de esta infancia! La dignidad misma de María procede de este niño; ¡ella es su madre! Verdaderamente: la debilidad de Dios es mayor que nuestras pobres pretensiones. Al niño recostado en este pesebre no sólo hay que admirarlo, es preciso adorarlo. ¡Es el Señor de la Gloria!, es el Todopoderoso.

-Herodes se irritó sobremanera, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en toda su comarca. Este crimen tan horrible, como el que anteriormente había decidido el Faraón de Egipto, no impedirá que Dios cumpla con su obra.

-Entonces se cumplió lo que el Señor había dicho por el profeta Jeremías: "En Ramá se oyeron voces, muchos lloros y alaridos... Es Raquel que llora a sus hijos, sin querer consolarse porque ya no existen." Una vez más el evangelista encuentra la clave del suceso en la Escritura. Ha pasado tiempo desde la muerte del profeta, pero los lamentos y los llantos de las madres continúan. Y Dios sigue también siendo sensible a este dolor. Así lo creemos. Hoy rezaré por todas las madres que lloran y sufren (Noel Quesson).

De nuevo la Navidad se tiñe de rojo. El camino del seguimiento de Jesús está lleno de dificultades. Al testimonio de Esteban y de Juan el apóstol, se añade hoy el de los niños inocentes de Belén. En el Oriente a esta fiesta la llaman «de los niños ejecutados».

Después del prólogo, que oímos ayer, la carta de Juan entra en el primer gran tema de su mensaje: Dios es luz, Jesucristo está en la luz, y nosotros debemos también caminar en la luz. Caminar en la luz significa vivir en comunión con Dios, y por tanto, no pecar, no vivir en la oscuridad. Pero por desgracia todos tenemos la experiencia de nuestra debilidad, y nos sentimos -nos debemos sentir, según Juan- pecadores. Sin angustias, porque «la sangre de su hijo Jesús nos limpia» y «si alguno peca, tenemos auno que abogue ante el Padre: Jesucristo, el Justo». Pero con humildad. Nadie puede decir que no tiene pecado. Sería engañarse a sí mismo e ir contra la luz. El Jesús de quien habla Juan es el que ha venido en Navidad y a la vez el de la Cruz, el que con su sangre nos purifica de todo pecado, no sólo a nosotros, sino a todo el mundo. La Navidad nos empieza a exigir.

Sea cual sea la exacta historicidad de la huida a Egipto y del episodio de los niños de Belén, muy creíble dada la envidia y maldad del rey Herodes, el pasaje de Mateo nos ayuda a entender toda la profundidad del nacimiento del Mesías. Es la oposición de las tinieblas contra la luz, de la maldad contra el bien. Se cumple lo que Juan dirá en su prólogo: «vino a su casa y los suyos no le recibieron». Seguramente Mateo quiere establecer también un paralelo entre Moisés liberado de la matanza de los niños judíos en Egipto, y Jesús, salvado de la matanza de los niños por parte de Herodes. Los dos van a ser liberadores de los demás: del pueblo de Israel y de toda la humanidad. Pero antes son liberados ellos mismos. Los niños de Belén, sin saberlo ellos, y sin ninguna culpa, son mártires. Dan testimonio «nodepalabrasinocon sumuerte». Sin saberlo, seunenaldestino trágico de Jesús, que también será mártir, como ahora ya empieza a ser desterrado y fugitivo, representante de tantos emigrantes y desterrados de su patria. El amor de Dios se ha manifestado en la Navidad. Pero el mal existe, y el desamor de los hombres ocasiona a lo largo de la historia escenas como ésta y peores. De nuevo la Navidad se vincula con la Pascua. En el Nacimiento ya está incluida la entrega de la Cruz. Y en la Pascua sigue estando presente el misterio de la Encarnación: la carne que Jesús tuvo de la Virgen María es la que se entrega por la salvación del mundo.

José y María empiezan a experimentar que los planes de Dios exigen una disponibilidad nada cómoda. La huida y el destierro no son precisamente un adorno poético en la historia de la Navidad.

El sacrificio de estos niños inocentes y las lágrimas de sus madres se convierten en símbolo de tantas personas que han sido injustamente tratadas por la maldad humana y han sufrido y siguen sufriendo sin ninguna culpa.

Desde el acontecimiento de la Pascua de Cristo, todo dolor es participación en el suyo, y también en el destino salvador de su muerte, la muerte del Inocente por excelencia.

¿Aceptamos el esfuerzo y la contradicción en el seguimiento de Cristo? ¿sabemos apreciar la lección de reciedumbre que nos dan tantos cristianos que siguen fieles a Dios en medio de un mundo que no les ayuda nada?

También nosotros, como los niños de Belén, debemos dar testimonio de Dios con las obras y la vida, más que con palabras bonitas.

Nuestra celebración eucarística comienza normalmente con un acto penitencial: nos presentamos con humildad ante Dios y nos reconocemos débiles, pecadores, y le pedimos que nos purifique interiormente antes de escuchar su palabra y celebrar su sacramento. Y lo hacemos con confianza, porque vamos a participar de ese Cristo Jesús que es «el que quita el pecado del mundo» (J. Aldazábal).

Querer celebrar hoy solamente un acontecimiento de pocas probabilidades históricas es algo infantil. Pensar que Dios haya querido que mueran niños víctimas del odio de Herodes es además, quizá, morboso. Sobre todo cuando hoy se registran matanzas de in ocentes con mucha más crueldad que la que nos asombra de Herodes.

Hoy, en tantos sitios hay niños abandonados, mueren miles víctimas de la pobreza, del desamparo, de la miseria. Mueren miles de niños porque sus padres no llegan a los hospitales, porque no tienen recursos para sus medicamentos, o simplemente porque no pueden alimentarlos. Mueren miles de inocentes abandonados por sus madres a las horas de nacer porque ellas no pueden hacerse cargo de sus vidas, mueren en las favelas, en las villas, en los campos, en los cordones industriales, en las ciudades. Muchos gobiernos no atienden a las regiones más alejadas de sus capitales porque no son significativas para sus votos, y así desamparan a miles de familias que quedan a merced de enfermedades, de epidemias y de la incomunicación hacia cualquier puesto sanitario. Mueren miles de niños víctimas de la violencia familiar, de la prostitución infantil y de la delincuencia juvenil. Los escuadrones de la muerte los matan en las calles para que no crezcan y no molesten a la "gente buena, de buen nivel". Mueren en las calles, su único hogar, llenos de drogas caseras y con esperanza de haber sido amados por alguien. Mueren en las cárceles y hogares de reformatorios. Mueren con hambre, frío, desnudos, sucios, y analfabetos. Si nos repugna y nos escandaliza la actitud de Herodes, ¿qué pensar de nuestro tiempo, de los actuales "reyes", que aniquilan a nuestros niños, los inocentes de nuestros Pueblos?

Al comenzar la década del 90, en América Latina la población infantil menor de 5 años alcanzó los 57 millones, y la situada entre los 5 y 14 años, los 102 millones. Un poco más de la tercera parte de nuestra población está constituida por menores de edad.

12 millones de niños nacen cada año, y mueren 852.000 menores de 5 años. Cada día mueren 2.334 niños, a razón de casi 100 cada hora. De los cuales, 4 millones sobreviven en situación de desnutrición infantil, lo que limitará su desarrollo futuro.

Se estima que en la actualidad cerca de 170 millones de personas de los países de la región, viven en condiciones de pobreza absoluta -el 40% de la población- dentro de los cuales, aproximadamente 75 millones son niños menores de 15 años, lo que permite afirmar que prácticamente la mayoría de los niños de la región son pobres y la mayoría de los pobres son niños.

Aproximadamente un millón de niños menores de 5 años mueren anualmente por causas en gran medida evitables. Se estima que 6 millones de niños del mismo grupo de edad, sufren desnutrición moderada y un millón desnutrición grave. En América Latina 44 millones de menores no terminaron la enseñanza primaria, y 12 millones no están escolarizados.

Cerca de 15 millones de niños, aproximadamente una décima parte de la población entre 6 y 18 años, luchan por la supervivencia en medio de la calle. Carentes de instrucción e integración familiar y social, muchos de ellos son objeto de explotación laboral y se ven abocados a la drogadicción, la prostitución y la delincuencia, en las zonas marginales de las grandes urbes. Se estima que alrededor de 30 millones, se ven obligados a trabajar para contribuir a los escasos ingresos familiares (Niños de la calle).

El texto del evangelio de san Mateo relata la matanza de los niños inocentes de Belén por obra del rey Herodes el Grande, despechado porque los magos no le avisaron del lugar en el que lo encontraron. Tal es el fundamento histórico de este relato legendario que sólo trae san Mateo entre los evangelistas y que evoca otra matanza famosa: la de los niños israelitas en Egipto, cuando el faraón ordenó hacerlos morir ahogados en el Nilo, para controlar así el crecimiento de un pueblo potencialmente peligroso (cf. Ex 1,15-22). San Mateo insinúa que Jesús es un nuevo Moisés, definitivo, ya desde su nacimiento, que ha venido para dar al pueblo de Dios la nueva ley y ser el mediador de una mejor alianza.

La Iglesia ha venerado desde época remota la memoria de estos testigos inocentes de la mesianidad de Jesús. Apenas si han aprendido a caminar, apenas si saben hablar, pero ya son víctimas inocentes e inconscientes del odio y la crueldad con que será tratado Jesús, hasta ser llevado por sus enemigos a la muerte de cruz. Hace dos días conmemorábamos al primer mártir cristiano, a San Esteban. Pero los niños de Belén son sus precursores. Y todos ellos, Esteban y los inocentes mártires, son modelos para nuestra vida cristiana. A nosotros tal vez no nos tocará morir para confesar el nombre de Cristo, pero tendremos que prestarle el testimonio cotidiano de vivir de acuerdo a sus enseñanzas, a su evangelio, es decir, de vivir en el amor y en servicio desinteresado a los demás.

Por otra parte, como decíamos a propósito del martirio de san Esteban, no podemos olvidar a la legión de mártires, de testigos, de toda edad y condición, que han dado su vida a lo largo de los siglos como homenaje extremo de fidelidad a Jesucristo. Seguramente no serán este siglo y este milenio que comienzan, la excepción; seguramente a muchos cristianos y cristianas se les pedirá también en nuestro tiempo que proclamen con la efusión de su sangre los derechos inviolables de Dios, que no son otros que los derechos de sus hijos e hijas a ser libres, a vivir dignamente, a desarrollar su existencia plenamente, a vivir sin obstáculos su vida cristiana, a confesar y difundir su fe. Todo lo que los nuevos Herodes no pueden tolerar porque están aferrados a su injusto poder, al servicio de las potencias de este mundo (J. Mateos-F. Camacho).

En el Evangelio de la Misa leemos el relato del sacrificio de los niños de Belén ordenado por Herodes. No hay explicación fácil para el sufrimiento, y mucho menos para el de los inocentes. El sufrimiento escandaliza con frecuencia y se levanta ante muchos como un inmenso muro que les impide ver a Dios y su amor infinito por los hombres. ¿Porqué no evita Dios todopoderoso tanto dolor aparentemente inútil? El dolor es un misterio y, sin embargo, el cristiano con fe sabe descubrir en la oscuridad del sufrimiento, propio o ajeno, la mano amorosa y providente de su Padre Dios que sabe más y ve más lejos, y entiende de alguna manera las palabras de San Pablo: para los que aman a Dios, todas las cosas son para bien (Rom 8,28), también aquellas que nos resultan dolorosamente inexplicables o incomprensibles.

La Cruz, el dolor y el sufrimiento, fue el medio que utilizó el Señor para redimirnos. Desde entonces el dolor tiene un nuevo sentido, sólo comprensible junto a Él. El Señor no modificó las leyes de la creación: quiso ser un hombre como nosotros. Pudiendo suprimir el sufrimiento, no se lo evitó a sí mismo. Él quiso pasar hambre, y compartió nuestras fatigas y penas. Su alma experimentó todas la amarguras: la indiferencia, la ingratitud, la traición, la calumnia, la infamante muerte de cruz, y cargó con los pecados de la humanidad. Los Apóstoles serían enviados al mundo entero para dar a conocer los beneficios de la Cruz. El Señor quiere que luchemos contra la enfermedad, pero también quiere que demos un sentido redentor y de purificación personal a nuestros sufrimientos. No les santifica el dolor a aquellos que sufren a causa de su orgullo herido, de la envidia y de los celos porque esta cruz no es la de Jesús, sino nuestra, y es pesada y estéril. El dolor –pequeño o grande-, aceptado y ofrecido al Señor, produce paz y serenidad; cuando no se acepta, el alma queda desentonada y rebelde, y se manifiesta en forma de tristeza y mal humor.

La esperanza del Cielo es una fuente inagotable de paciencia y energía para el momento del sufrimiento fuerte. Nuestro Padre Dios está siempre muy cerca de sus hijos, los hombres, pero especialmente cuando sufren. La fraternidad entre los hombres nos mueve a ejercer unos con otros este misterio de consolación y ayuda. Pidamos hoy a la Virgen y a los Santos Inocentes que nos ayuden a amar la mortificación y el sacrificio voluntario, a ofrecer el dolor y a compadecernos de quienes sufren (Francisco Fernández Carvajal).

Moisés había tomado decisiones que sólo le competían al faraón, pues había asesinado a un egipcio. Por eso, por atribuirse una autoridad que no le competía, fue perseguido para asesinarlo; y tuvo que huir lejos de Egipto. Jesús, ahora, es adorado por unos magos, que le buscan viniendo de tierras lejanas; y preguntan por Él, como el nacido Rey de los Judíos. Y para evitar posibles disensiones en Judea, Herodes le persigue; y Jesús huye a Egipto para volver, despús, a Nazaret. Esto lo convierte en el nuevo Moisés que camina, junto con el Nuevo Pueblo de Dios, hacia la posesión de la Patria eterna, saliendo de la esclavitud del pecado, pasando por las aguas bautismales y siendo conducido por el Señor bajo una nueva Ley: la Ley del amor. Efectivamente "De Egipto llamó, el Padre Dios, a su Hijo." Y Él nos llama desde nuestros Egiptos, desde nuestras esclavitudes, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó. Como consecuencia de haberse visto burlado por los magos, Herodes mandará asesinar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años. Así ellos se convierten en los primeros en derramar su sangre a causa de Cristo. Ojalá y cada uno de nosotros aprenda a ir tras las huellas de Cristo, con todas sus consecuencias, de tal forma que jamás nos dejemos amedrentar por aquellos que nos maldigan o persigan, pues, finalmente, Dios nos llevará consigo a su Reino celestial.

Jesús corre la misma suerte del Pueblo que viene a salvar. Pueblo perseguido; pero protegido por Dios. Pueblo expulsado de Egipto; pero conducido por Dios hacia la tierra que Él había prometido a sus antiguos padres. Jesús, incomprendido, perseguido, crucificado fuera de la ciudad, se levantará victorioso sobre sus enemigos y entrará en la Gloria de su Padre Dios. Pero no va sólo. Lo acompañamos los que creemos en Él y formamos su Iglesia. En la celebración Eucarística entramos en comunión de vida con el Señor, unidos a Él de tal forma que Él es Cabeza de la Iglesia, y nosotros somos su Cuerpo. Unidos a Él nos convertimos en testigos del amor que el Padre continúa manifestando, por medio nuestro, al mundo entero, llamando a todos a la conversión y a la plena unión con Él. Unidos a Cristo estamos dispuestos a correr su misma suerte, no sólo siendo perseguidos, sino, incluso, llrgando hasta derramar nuestra sangre para que, unida a la de Cristo en la Cruz, sirva para el perdón de los pecados. Por eso la Eucaristía no sólo la celebramos, sino que la vivimos día a día, momento a momento, tras las huellas del Señor de la Iglesia.

Peregrinamos hacia la Casa del Padre como una comunidad de hermanos. Vivimos guiados por Cristo y vivimos únicamente bajo la Ley del Amor; del amor a Dios como a nuestro Padre, a quien amamos por encima de todo; del amor a nuestro prójimo, en quien vemos a nuestro hermano, y al que amamos como Cristo nos amó a nosotros. Somos constructores de un mundo que día a día se renueva, más y más, en Cristo Jesús. Somos conscientes de que nuestro testimonio puede provocar el que seamos perseguidos, y que al acabar con nuestra vida en su paso por este mundo, muchos piensen que han silenciado la voz de Dios, que se dirigía a ellos por medio de su Iglesia, no para condenarlos, sino para llamarlos a la vida, al amor, a la justicia, a la santidad, a la bondad, a la misericordia. Pero ese es el riesgo que hemos de correr, o afrontar los que creemos en Cristo y, junto con Él, caminamos hacia nuestra plena liberación en la Patria eterna. No importa que tengamos que huir de una ciudad a otra. Ahí donde lleguemos; ahí, en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida, hemos de ser un signo de la Iglesia que Dios sigue llamando para sacarla de sus esclavitudes y conducirla a la posesión de los bienes eternos. Por eso vivamos no bajo el signo de la cobardía, sino de la valentía en el testimonio de nuestra fe; valentía que no nace de nuestras decisiones sino de la presencia del Espíritu de Dios que, habitando en nosotros, lo escuchamos para que nos conduzca hacia nuestra salvación eterna en Cristo Jesús.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber vivir fieles en el seguimiento de Cristo, aún a costa de tener que dar el testimonio supremo de nuestra fe no sólo para alcanzar nuestra salvación, sino para colaborar con el Espíritu de Dios en la salvación de los demás. Amén (Homiliacatolica.com).

Fiesta de la Sagrada Familia. Dios inaugura en Jesús una familia, somos hijos de Dios por el Espíritu de Jesús que recibimos en el Bautismo: la Sagrada Familia es la cuna de la Iglesia, y a esta familia pertenecemos.

Fiesta de la Sagrada Familia. Dios inaugura en Jesús una familia, somos hijos de Dios por el Espíritu de Jesús que recibimos en el Bautismo: la Sagrada Familia es la cuna de la Iglesia, y a esta familia pertenecemos.

 

1. El Eclesiástico habla del respeto en la familia: Dios hace al padre respetable ante los hijos y así afirma la autoridad de la madre sobre ellos. Y sigue con cosas preciosas: "El que honra a su padre se le perdonan sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor le escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones, mientras viva; aunque flaquee su mente, ten indulgencia, no lo abochornes, mientras seas fuerte. La piedad para con tu padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados; el día del peligro se te recordará y se desharán tus pecados como la escarcha bajo el calor". Navidad es un tiempo de hogar, familiar, estar en casa, tener raíces, y en la cueva de Belén vemos cómo comenzó todo. En esta lectura se relaciona el respeto que deben los hijos a los padres con el respeto de la mujer y su marido. Se hace una referencia muy bonita a la madre que recuerda a aquella otra de Tobías: "honra a tu madre y no le des un disgusto en todos los días de tu vida; haz lo que le agrade y no le causes tristeza por ningún motivo. Acuérdate, hijo, de que ella pasó muchos trabajos por ti cuando te llevaba en su seno". En alguna visión judía las tablas de la Ley se dividen en 5 mandamientos dirigidos a Dios y 5 últimos para otros bienes; entre los que se refieren a Dios está el amor a los padres, y es lógico que veamos en ellos especialmente lo que es propio de la persona, ser imagen de Dios. Los padres nos dan la vida, continúan la obra de Dios, su obra creadora y salvadora.

2. El Salmo nos habla de que es feliz el que cuida de tratar a Dios y de la familia. Es algo encantador, en su sencillez y frescura. Es el cuadro de la "felicidad en familia", de una familia modesta: allí se practica la piedad, el trabajo, el amor familiar y de los padres... el hombre "virtuoso" y "justo" tenía que ser feliz, y ser recompensado ya aquí abajo con el éxito: afirma que Dios nos hizo para la felicidad, desde aquí abajo...: ¡Sé piadoso, y serás feliz! ¡Sé malvado, y serás desgraciado! Con frecuencia dijo Jesús: "felices... felices... felices...". Son las Bienaventuranzas. Jesús también prometió la felicidad: "Felices aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (aunque Jesús también habló de ser felices en la Cruz…). "Tu mujer... Tus hijos..." Un ideal para la pareja. "Que el hombre no separe lo que ha unido Dios". Jesús tiene una esposa, la Iglesia, de la cual tiene hijos que alimenta "junto a la mesa" eucarística... Mediante el "trabajo de sus manos", su pasión dolorosa, los alimentó e hizo felices. Habla de una "viña" que da fruto, es también la imagen de la Iglesia, imagen de unión del amor entre Jesús y la humanidad: "Yo soy la viña, vosotros los sarmientos.. Dad fruto..."

3. San Pablo a los Colosenses les dice que somos una familia, "pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado", y así como nos ponemos guapos para ir a una fiesta, estos días hemos de prepararnos: "sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo". Que toda discusión acabe con un abrazo y un pedir perdón. Y para esto hay que buscar la fuerza en la oración, y así también hay "buen rollo" y le dice a los maridos: "amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas" y a los hijos: "obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor" y a los padres: "no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos". Hay que buscar tener los mismos sentimientos que Cristo en el portal de Belén, y vivir en el ambiente de paz de los ángeles.

4. El Evangelio nos cuenta que "los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre, y cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas: todos los que le oían, quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:

-Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.

Él les contestó:

-¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?

Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. El bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres".

Los niños judíos varones, sobre los 12 años, van por primera vez a la sinagoga (el Templo, al que fue Jesús, ya no existe…), es como el día en que se hacen hombres, en que han de empezar a ser responsables de sus propios actos, buenos y malos. Es la fiesta del Bar Mitzvah, y eso es lo que fue seguramente Jesús a hacer al Templo en la ocasión que narra el evangelio de hoy. Antes, los niños no podían ir al Templo, ni mucho menos hablar con los rabinos. Además, esa primera vez, podían leer las Escrituras en público. Jesús, además, se quedó entre los sabios, escuchándolos y hablando con ellos.

           En el clima de amor de María y José "el niño crecía y se robustecía, y se llenaba de sabiduría". Es el clima de amor que necesitamos para crecer sanos, como personas, acumulando criterios y experiencias. El amor hace crecer a las personas. El amor no es dominante ni absorbente, sino que respeta sumamente al otro y le ayuda a ser él mismo y a crecer en su propia personalidad. No se puede querer tanto a las personas que las asfixiemos. El amor hace crecer la vida. A través de los padres, Dios sigue creando, cultivando la vida, desarrollando el ser. Pero los hijos también hacen crecer a los padres: no sólo reciben, también dan estímulos vitales enriquecedores. Acabamos con una oración: "Hoy, Señor, te damos gracias por nuestra familia. Gracias, Señor, por nuestros padres: siendo jóvenes quisieron complicarse la vida y me trajeron al mundo. Me han colmado de amor y me han enseñado a amar. Han llenado mi vida de besos, de caricias, de cuidados, de regalos... Y me acompañan dando seguridad a mis años. Gracias, Señor, por los padres de mis padres, mis abuelos. Su cariño, su ternura y su paciencia, sus consejos y relatos son la mejor reserva de felicidad. Gracias, Señor, por los que serán nuestros hijos, que son tuyos, pues son tu bendición a nuestro amor. Haz que crezcamos sanos, que aprendamos y que juguemos en paz y seamos felices. Gracias por los tíos y primos y parientes: todos nos hacen sentir unidos, acompañados, arraigados y seguros. Ayúdanos, Señor, a crecer en el amor y repartirlo, a crecer en experiencia y compartirla. Conserva nuestras familias unidas en el amor, para que entre todas construyamos el mundo sobre la solidaridad".

Nosotros también tenemos que ocuparnos de las cosas de nuestro Padre y,  como Jesús,  también obedecer a nuestros padres… y querer más a todos. Además, el amor no es como cargar el móvil que se gasta, sino que es al revés, como una tarjeta de puntos que cuanto más se usa, más puntos-amor se acumulan, y el amor crece más y puede abrazar a más cada vez. Y así podemos tener un corazón más grande y sentir que los demás son hermanos, también los de otras lenguas y razas, o equipos de fútbol (del Madrid, Barça o el que sea), ideas políticas y fe religiosa, hasta la gran fraternidad, la familia de todos los hombres, la familia  de Dios…

 

 

 

 

 

 

llucia.pou@gmail.com

La Sagrada Familia (domingo de la octava de Navidad). Dios inaugura en Jesús una familia, no hecha de la biología sino del Espíritu: la Sagrada Familia es la cuna de la Iglesia, y a esta familia pertenecemos.

La Sagrada Familia (domingo de la octava de Navidad). Dios inaugura en Jesús una familia, no hecha de la biología sino del Espíritu: la Sagrada Familia es la cuna de la Iglesia, y a esta familia pertenecemos.

 

Lectura del libro del Eclesiástico 3,3-7. 14-17a.: Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor le escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones, mientras viva; aunque flaquee su mente, ten indulgencia, no lo abochornes, mientras seas fuerte. La piedad para con tu padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados; el día del peligro se te recordará y se desharán tus pecadoscomo la escarcha bajo el calor.

 

Salmo 127,1-2.3,4-5: R/. ¡Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos!

¡Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos! / Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. / Tu mujer, como parra fecunda, / en medio de tu casa; / tus hijos, como renuevos de olivo, / alrededor de tu mesa. / Esta es la bendición del hombre / que teme al Señor: / Que el Señor te bendiga desde Sión, / que veas la prosperidad de Jerusalén / todos los días de tu vida.

 

Carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses 3,12-21. Hermanos: Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos: la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

 

Evangelio según San Lucas 2,41-52. Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: - «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.» Él les contestó: - « ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

 

Comentario: Es una fiesta (domingo dentro de la octava de navidad) relativamente joven (celebración opcional en 1893, muy popular en el siglo XIX, sobre todo en Canadá. El papa León XIII lo promovió muchísimo). Hoy tiene un papel especial, en tiempos en que las fuerzas secularizantes son una amenaza clara para la familia. Pablo VI llama resalta un aspecto de la encarnación, en relación con la vida familiar de Cristo en Nazaret: "Sobre todo aquí se hace patente la importancia de tener en cuenta la pintura general de su vida entre nosotros, con su concreto entorno de lugar, tiempo, costumbres, lengua, práctica religiosa". Dios se hizo hombre, trabajador, carpintero e hijo de carpintero, nazareno, cuyos padres eran conocidos en aquel lugar. Le reconocemos como verdadero hombre, pero no perdemos de vista jamás su naturaleza divina. Efectivamente, "adoramos al hijo del Dios vivo que se hizo Hijo en una familia humana". Navidad es un tiempo hogareño, familiar. Y esto tiene una importancia religiosa y psicológica: necesitamos volver a los orígenes, a las raíces, a la familia de cuando en cuando. En el plano espiritual hacemos esto en nuestras celebraciones litúrgicas, renovando nuestros "orígenes sagrados" cuando celebramos el nacimiento de nuestro Señor. La cueva, el pesebre..., allí comenzó todo. Pero el hogar fue el entorno en el que aprendimos la fe por primera vez. Para los judíos de otros tiempos era una obligación sagrada la de volver al hogar y a la familia. Toda la noción del Año Jubilar da testimonio de esto: "Cada uno de vosotros recobrará su propiedad, cada uno de vosotros se reintegrará a su clan" (Lev 25,10). De esta manera, la navidad es una especie de celebración de familia en el plano humano y en el espiritual. El Antiguo Testamento da testimonio de un elevadísimo ideal de vida familiar en el pueblo judío. Aparece claramente esto en la primera lectura de la misma, tomada del Levítico (3,2-14), que destaca la virtud del amor y de la obediencia filiales. Indudablemente, san Pablo se inspiró en este y en otros textos similares cuando escribió de comunidad y de vida familiar en el Señor. En el Oficio de lecturas tenemos su tratado del capítulo 5 de Efesios, donde habla del amor y de la fidelidad conyugales, de la obediencia mutua, del deber de los hijos para con los padres y de éstos para con aquéllos. La segunda lectura de la misa, tomada del capítulo 3 de la carta a los de Colosas, ofrece un bello ideal no sólo de vida familiar, sino de vida comunitaria en general. La vida familiar es un valor importantísimo, pero no absoluto. Jesús buscó ante todo la voluntad de su Padre. Los lazos familiares estaban subordinados a la misión que él había recibido del Padre. Las lecturas evangélicas para el ciclo trienal aluden de una forma un tanto inquietante a lo que espera a Jesús y a sus padres: él será mal interpretado y perseguido, será "signo de contradicción", y una espada de dolor atravesará el corazón de su madre. "¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?" Y llegará el momento en que Jesús abandone el hogar y a sus padres para adoptar la vida incómoda de un predicador itinerante, sin hogar y sin un lugar donde reclinar su cabeza. No deja de amar a sus padres ni rompe todos los lazos y relaciones con el hogar, pero tiene que distanciarse de la vida segura circunscrita a Nazaret, a fin de entregarse por completo a su misión. Había que establecer nuevas relaciones que trascendieran el parentesco puramente humano. Jesús mismo llegaría a declarar que sus padres y sus hermanos eran los que hacían la voluntad de su Padre. Los seguidores de Jesús están llamados también a dejar la seguridad del hogar y de la familia, a sacrificar todo aquello que es lo más deseable desde una perspectiva humana. Ese es el contenido de toda vocación religiosa o de una vocación que encierra una llamada concreta a seguir a Cristo y a servir a sus hermanos. Es necesario que nos perdamos a nosotros mismos para encontrarnos. Hay que ampliar el horizonte de nuestra familia para abrazar a todos los hombres y mujeres. Esto no significa un frío distanciamiento de nuestra propia parentela, sino la no esclavización en el apego a ellos. Jesús no se distanció de su madre, pues ella le acompañó hasta el final. Nosotros no dejamos o abandonamos a nuestros padres o familiares, sino que establecemos una relación nueva y más profunda con ellos. Porque el Señor, complacido en nuestro sacrificio, nos devolverá, en una forma más profunda y bella, a nuestros padres, hermanos, hermanas y amigos (Vincent Ryan).

 

1. Si 3,3-7.14-17a. Unos dos siglos antes de Cristo comenzó en Palestina la helenización de las ideas y las costumbres, proceso favorecido por la moda de la clase dirigente, más tarde impuesto por la política de Antíoco Epífanes (175-173). Ben Sirá, el autor del Eclesiástico, se preocupa por todo esto, especialmente de la educación de la juventud y la familia, que siempre ha sido el baluarte de las tradiciones de un pueblo: la obediencia, el respeto a los mayores, la solicitud por los padres que se encuentran en necesidad y confiere a dichas virtudes un valor religioso; hay que aplicar el plan divino a cada momento, hoy vemos necesario acentuar también el respeto que merecen los hijos a los padres y la igualdad de la mujer frente a su marido. Por otra parte, los cristianos debemos acordarnos de la relativización que hizo Jesús de los vínculos familiares en atención a la mayor estima de la nueva solidaridad de los hombres creada por el Evangelio. La familia de Dios está por encima de toda familia meramente humana ("Eucaristía 1986"). El cuarto de los diez mandamientos era muy remarcado en el judaísmo tardío (Prov 19, 26; Rut 1, 16; Tob 4, 3-4), tal como está en la Ley: "Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra, que Yahveh tu Dios te va a dar" (Ex 20, 12). El anciano Tobías se dirige a su hijo en estos términos: "honra a tu madre y no le des un disgusto en todos los días de tu vida; haz lo que le agrade y no le causes tristeza por ningún motivo. Acuérdate, hijo, de que ella pasó muchos trabajos por ti cuando te llevaba en su seno" (Tb 4,3-4). Según el Eclesiástico, existen varias maneras de borrar los efectos del pecado. Por supuesto, los sacrificios del templo, pero también la limosna (3,30), perdonar a los demás (28,2), ayunar (34,26), evitar el mal (35,3) y la piedad hacia los padres: El que respeta a su madre, acumula tesoros. Tanto aquí como en 1 Tim 6, 19, el verbo "atesorar" se emplea en sentido metafórico, para designar ese cúmulo de buenas obras y de méritos que son fuentes de recompensas (Comentarios, Edic. Marova). En alguna visión judía las tablas de la Ley se dividen en 5 mandamientos dirigidos a Dios y 5 últimos para otros bienes; entre los que se refieren a Dios está el amor a los padres, y es lógico que veamos en ellos especialmente lo que es propio de la persona, ser imagen de Dios. Existen muchas razones humanas para honrar a los padres ya que su vida se perpetúa en la de los hijos, pero el texto insiste más en las razones religiosas: nos transmiten la vida que es don divino, siendo ellos los continuadores de su obra creadora y salvadora. Además el honrar a los padres es fruto del temor a Dios (v. 8), principio y raíz, corona y plenitud de toda sabiduría. Sólo el que teme a Dios, es decir el que se entrega a Dios con un amor real e incondicional, es capaz de valorar, en toda su profundidad, el papel insustituible de los padres. Con su haber, los padres reflejan la paternidad divina. Otros muchos textos bíblicos hablan de los padres: "corona de los ancianos son los nietos, honra de los hijos son los padres" (Pr 17,6), "escucha al padre que te engendró, no desprecies la vejez de tu madre" (Pr 23,22), "hijo mío, no abandones a tu padre mientras viva; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras viva" (Si,3,12s), "honra a tu padre... y no olvides los dolores de tu madre, recuerda que ellos te engendraron, ¿qué les darás por lo que te dieron?" (Si 7,27s). Nuestra sociedad occidental progresa en conocimientos, pero no practica la sabiduría oriental: cariño a los mayores, hospitalidad, escucha atenta de su experiencia... Las palabras de los mayores son, como diría Pr 18,4 "... agua profunda, arroyo que fluye, manantial de sensatez" (A. Gil Modrego).

Nuestro cuarto mandamiento (el quinto del decálogo) reza así: "Honra a tu padre y a tu madre". El maestro, asumiendo el papel de padre, instruye al discípulo sobre sus obligaciones con los padres. Aquí, padre y madre son intercambiables (lo que se afirma puede decirse del uno y del otro). Ambos nos transmiten la vida, que es don de Dios. Gracias a esta vida, la historia del pueblo de Dios puede seguir su curso (de ahí la importancia de las genealogías en la biblia). Dios es la fuente de esta vida que transmiten los padres. No darles el honor debido es una ofensa grave contra el Creador. Honra y respeto, los dos términos repetidos, son el mandato que trata de inculcar el maestro al discípulo: conceder a los padres toda la importancia que ellos tienen, sobre todo en los días aciagos de la vejez. Y no sólo de palabras, sino también de obra. Honrar a los padres es fruto del temor de Dios, principio y raíz, corona y plenitud de toda sabiduría. El temor a Dios es ese sentido religioso que impulsa al hombre a guardar los mandamientos y rechazar el pecado. Por eso los que honran a sus padres expían sus pecados y obtienen toda clase de bendiciones. Por transmitirnos la vida, los padres son la imagen de un Dios padre ("Eucaristía 1992").

 

2. Salmo 127,1-2.3.4-5: Este salmo hace parte de los "salmos graduales" que los peregrinos cantaban caminando hacia Jerusalén. Desde los 12, cada año, Jesús "subió" a Jerusalén con motivo de las fiestas, y entonó este canto. La fórmula final es una "bendición" que los sacerdotes pronunciaban sobre los peregrinos, a su llegada: "Que el Señor te bendiga desde Sión, todos los días de tu vida..." Tenemos en este salmo un idilio encantador de sencillez y frescura. Es el cuadro de la "felicidad en familia", de una familia modesta: allí se practica la piedad (la adoración religiosa... La observancia de las leyes...), el trabajo manual (aun para el intelectual, constituía una dicha, el trabajo de sus manos), y el amor familiar y conyugal... En Israel, era clásico pensar que el hombre "virtuoso" y "justo" tenía que ser feliz, y ser recompensado ya aquí abajo con el éxito humano. Pensamos a veces que esta clase de dichas son materiales y vulgares. Fuimos formados quizá en un espiritualismo desencarnado. El pensamiento bíblico es más realista: afirma que Dios nos hizo para la felicidad, desde aquí abajo... ¿Por qué acomplejarnos si estamos felices? ¿Por qué más bien, "no dar gracias", y desear para todos los hombres la misma felicidad? No se trata tampoco de caer en el exceso contrario, el de los "amigos de Job" que establecían una ecuación casi matemática: ¡Sé piadoso, y serás feliz! ¡Sé malvado, y serás desgraciado! Sabemos, por desgracia, que los justos pueden fracasar y sufrir, y los impíos por el contrario, prosperar. El sufrimiento no es un castigo. Es un hecho. Y el éxito humano, no es necesariamente señal de virtud. Sigue siendo verdad en el fondo, que el justo es el más feliz de los hombres, al menos espiritualmente, en el fondo de su conciencia: "¡feliz, tú que adoras al Señor!" "¡Feliz tú, que honras al Señor y le eres obediente!" Con frecuencia dijo Jesús: "felices... felices... felices...". Son las Bienaventuranzas. Jesús también prometió la felicidad: "Felices aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica".

"Tu mujer... Tus hijos..." Un ideal para la pareja. "Que el hombre no separe lo que ha unido Dios". (Mc 10,2-16...). Conocemos el amor de Jesús hacia los niños. Alusiones místicas: Jesús tiene una esposa, la Iglesia (Ap 19,7; 21,2; Mt 9,15; 25,1; Jn 3,29; 2 Cor 1,2), de la cual tiene hijos que alimenta "junto a la mesa" eucarística... Mediante el "trabajo de sus manos", su pasión dolorosa, los alimentó e hizo felices. La "viña", es también la imagen de la Iglesia, imagen de unión del amor entre Jesús y la humanidad "Yo soy la viña, vosotros los sarmientos.. Dad fruto..." (Jn 15). "Mi hijo, va a trabajar en mi viña". (Mt 21,28).

"Veras el bienestar de Jerusalén..." Jesús lloró ante las desgracias de Jerusalén, y le deseó bienestar (Lc 19,41). San Juan anuncia el cielo como "una nueva Jerusalén" que desciende del cielo como una novia feliz (Ap 21,2-27).

 

3. Col 3,12-21. En Cristo, Dios convoca a su pueblo y a su familia. Es un pueblo en el que ya no hay diferencias entre esclavos y libres, gentiles y judíos, mujeres y hombres..., pues todos somos hermanos en JC que es el Primogénito del Padre. Somos un pueblo "santo", es decir, separado por Dios y para Dios. Pero esta santidad objetiva que todos recibimos en el bautismo al ser constituidos en hijos de Dios, exige la santificación de cada uno de nosotros y la edificación de la comunidad. La comunidad, esto es, la convivencia de los creyentes, se construye si todos ellos procuran tener los mismos sentimientos que Cristo y se revisten de misericordia entrañable, de bondad, de humildad... Pablo señala cinco virtudes fundamentales para la convivencia y las contrapone a otros tantos vicios que la impiden y de los que es preciso despojarse (cf. v. 8). Pero el Apóstol sabe muy bien que siempre habrá pegas y pecados en la vida comunitaria. Por eso será siempre necesario el perdón. También en esto debemos ser imitadores de Cristo, el Señor, que a todos nos ha perdonado. El perdón de Cristo es el fundamento y el motivo del perdón que nos debemos los unos a los otros. El amor es lo que da coherencia y perfección a todas las virtudes. Es también lo que mantiene a todos en la unidad, y la culminación de la vida comunitaria. Sólo cabe desear ahora que los fieles, bien trabados como un solo hombre, reciban la paz a la que han sido convocados. Cristo es "nuestra paz" (Ef 2. 14). Él habita por la fe en el corazón de cada creyente y, por lo tanto, en el corazón de la comunidad. Es aquí donde ejerce su arbitraje, donde engendra y defiende la buena convivencia. Pero Cristo es "aquella paz que el mundo no puede dar", la paz que Dios nos concede graciosamente. Por eso la deseamos y la pedimos, por eso damos gracias a Dios cuando la recibimos. En la eucaristía se expresa toda la riqueza de la convivencia cristiana animada por la presencia de Cristo. Es la fiesta en la que se anticipa el gozo del reino de Dios, que es paz, amor y fraternidad. Pero en esta fiesta no puede faltar la enseñanza mutua y la exhortación, pues la asamblea que la celebra está todavía en camino, y el Señor, que está con nosotros, todavía ha de venir con poder y majestad a reunirnos a todos en la mesa del Reino. Mientras tanto es justo y necesario que lo hagamos todo en nombre de Jesús y dando gracias al Padre por medio de él. En la medida en que cada cristiano habla y actúa en nombre de Jesús, permanece unido a sus hermanos y la comunidad sigue su acción de gracias en asamblea permanente. No hay separación aquí entre el culto y la vida, entre lo sagrado y lo profano. Todo es, todo debe ser, acción de gracias. Con gran facilidad se pasa de la vida en la comunidad a la vida en la familia. También la familia humana es familia de Dios, es Iglesia. También en la familia humana se construye la iglesia y se continúa la acción de gracias al Padre por medio de Cristo. Pablo se dirige a las mujeres y a los maridos, a los padres y a los hijos, y les anima a vivir según conviene "en el Señor". Aunque en el pensamiento de Pablo subyace el esquema de la familia patriarcal, alienta aquí el nuevo espíritu de la fraternidad cristiana. Es interesante ver cómo Pablo señala también los deberes del marido respecto a su mujer y de los padres respecto a sus hijos ("Eucaristía 1986").

La sección Col 3,5-17 parece ser una instrucción ética impartida en el bautismo, mientras que a partir de 3,18 nos encontramos con resonancias de las exhortaciones domésticas usuales en el mundo grecorromano. En los dos casos se trata de exhortar a la vida cristiana práctica y cotidiana. Hay que acomodar la forma de esos mandatos a la cultura de nuestro tiempo. Hablar hoy de autoridad de maridos no es válido para familias del siglo XXI… Es preciso tomar el núcleo de la exhortación y aplicarlo a relaciones humanas, matrimoniales, propias de nuestro momento histórico. Porque no podemos pretender que para ser cristiano haya que prescindir de las legítimas maneras de ser que ha ido produciendo la evolución humana, también querida por Dios. Naturalmente, ello es un poco más difícil que la aplicación fácil y grosera de los textos. Pide una mayor formación y asumir riesgos de interpretar y aplicar. Pero así es la revelación (F. Pastor), sobre todo recojamos su invitación al perdón: "perdonaos, cuando uno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo". Solamente si nos reconocemos perdonados por el Padre de todos y por el Señor Jesús sabremos perdonarnos.

Vivir "en Cristo" o "revestirse de Cristo", para emplear dos expresiones características de esta lectura, no consiste en vivir aislados, lejos de los demás hombres. Cristo, en efecto, no hace más que revelar al hombre a sí mismo, y, al mismo tiempo, invitarle a abrirse a la iniciativa de Dios y al ejemplo de la cruz. Vivir en Cristo es, por tanto, intensificar al máximo la vocación de la humanidad y adoptar los medios indispensables -y que provienen de Cristo tan sólo- para llevar adelante ese proyecto (Maertens-Frisque). No se pueden aislar estas cualidades o virtudes que cita el apóstol Pablo: caracterizan en bloque el actuar del hombre nuevo, de modo que estas virtudes básicas de convivencia adquieren todo su realismo cuando se aplican a la comunidad familiar. El amor es aquí, como en 1 Cor 13, el don por excelencia. La comunidad cristiana, así como la familia, no tiene otra salida posible que la de un amor realista, traducido en respeto, ánimo, comprensión y colaboración entre todos. El amor es la perfección de todas las virtudes, que las reúne como el vencejo a las espigas para formar un solo fajo. La "acción de gracias" tiene en esta carta un lugar importante: 1, 12; 2, 7; 3, 15-17; 4, 2. Parece apuntar, más que al sacramento de la eucaristía, a esa situación interna del que cree, por la que va creciendo en una actitud comunitaria cordial y fraterna en el grupo en que vive. De ahí que esta "gratitud" haya que aplicarla a todo aquel grupo o persona que, de una manera u otra, nos acercan más al núcleo del Evangelio. Esta es la verdadera fraternidad y la auténtica familia de creyentes ("Eucaristía 1992").

Así lo comentaba S. Agustín: "Tú educas a tu hijo. Y lo primero que haces, si te es posible, es instruirle en el respeto y en la bondad, para que se avergüence de ofender al padre y no le tema como a un juez severo. Semejante hijo te causa alegría. Si llegara a despreciar esta educación, le castigarías, le azotarías, le causarías dolor, pero buscando su salvación. Muchos se corrigieron por el amor; otros muchos por el temor, pero por el pavor del temor llegaron al amor. Instruíos los que juzgáis la tierra (Sal 2,10). Amad y juzgad. No se busca la inocencia haciendo desaparecer la disciplina. Está escrito: Desgraciado aquel que se despreocupa de la disciplina (Sab 3,11). Bien pudiéramos añadir a esta sentencia: así como es desgraciado el que se despreocupa de la disciplina, aquel que la rechaza es cruel. Me he atrevido a deciros algo que, por la dificultad de la materia, me veo obligado a exponerlo con más claridad. Repito lo dicho: el que desprecia o no se preocupa de la disciplina es un desgraciado. Esto es evidente. El que la rechaza es cruel. Mantengo y defiendo que un hombre puede ser piadoso castigando y puede ser cruel perdonando. Os presento un ejemplo. ¿Dónde puedo encontrar a un hombre que muestre su piedad al castigar? No iré a los extraños, iré directamente al padre y al hijo. El padre ama aun cuando castiga. Y el hijo no quiere ser castigado. El padre desprecia la voluntad del hijo, pero atiende a lo que le es útil. ¿Por qué? Porque es padre, porque le prepara la herencia, porque alimenta a su sucesor. En este caso, el padre castigando es piadoso; hiriendo es misericordioso. Preséntame un hombre que perdonando sea cruel. No me alejo de las mismas personas; sigo con ellas ante los ojos. ¿Acaso no es cruel perdonando aquel padre que tiene un hijo indisciplinado y, sin embargo, disimula y teme ofender con la aspereza de la corrección al hijo perdido?"

 

4. En los medios católicos tradicionales, y en otros medios, ha habido como una absolutización de la familia, una especie de idolización. La familia lo era todo, y en aras de la familia había que sacrificarlo todo. Jesús da un rotundo «no» a esta concepción. La desmitificación que hace Jesús de un exagerado aprecio de la familia se extiende a todos los aspectos de la cuestión, a la vocación social, la vocación política, la vocación personal... que nunca pueden ser absorbidas por el grupo familiar cerrado. La evolución actual nos hace comprender mejor esta puesta en cuestión del absolutismo familiar. Los jóvenes reciben fuera de la familia tanto como dentro de ella. Reciben de fuera cada vez más las ideas, la cultura, la enseñanza, la amistad, incluso el dinero, el alimento y el techo, pues muchos trabajan, ganan y viven fuera gran parte del tiempo. El grupo familiar queda en cierto modo homologado con los otros grupos humanos. Ahora bien, la familia, aunque relativizada, mantiene todo su valor singular, inintercambiable. Diversos hechos contemporáneos lo confirman. La experiencia de los países donde se ha llevado al máximo la socialización y los estudios psicoanalíticos muestran la decisiva trascendencia que para toda la vida tiene la relación paterno-filial.

La sagrada familia. En este tiempo de Navidad estamos celebrando la encarnación de la Palabra de Dios, el nacimiento del Hijo de Dios y su presencia entre nosotros. Una presencia, no en abstracto, sino concreta, porque Jesús vino al mundo en el seno de una familia, como todos, en un pesebre, una noche de invierno posiblemente. Este aspecto familiar y social de la encarnación es lo que queremos subrayar en nuestra celebración de hoy. Celebramos su vida en familia, su asentamiento entre nosotros, en Nazaret durante muchos años. En Jesús, el hijo de Dios que se hace hijo de María y pasa como hijo de José, podemos llamar a Dios Padre. De modo que de la vida de Jesús en familia nos proyectamos hacia una nueva familia, la de todos los hijos de Dios. Eso significa que Dios es nuestro padre, que nos ama y que ama el mundo que nosotros amamos, también ese pequeño y hermoso mundo de la familia consanguínea.

La familia cristiana. Celebrar la Sagrada Familia no es sancionar un determinado modelo de familia. No es ése el sentido de la fiesta. Al contrario, las lecturas, tanto la de Pablo, como el evangelio, apuntan más allá de la familia humana, la que une con vínculos de carne y sangre, hacia otra familia, la que une a todos en un mismo Espíritu, que es el Espíritu de Dios, que hace que todos podamos ser y llamarnos hijos de Dios. Con todo, la familia consanguínea encuentra también en la Palabra de Dios luz para edificarse sólidamente sobre el amor. En este sentido Pablo traza los grandes rasgos del amor familiar, a partir de los cuales es posible aceptar los inevitables condicionamientos del tiempo y de la cultura. Bien entendido que por encima de todo, lo importante y definitivo es el amor, ceñidor de la unidad consumada. La familia consanguínea, por otra parte, es la escuela de humanización y la base sólida para la edificación de la familia humana, de una humanidad solidaria y unida.

La Humanidad. Todas las familias tienden y apuntan hacia la gran y única familia, la de todos los hijos de Dios, la Humanidad entera. Ese es, por otra parte, el otro nombre del Reino de Dios que está ya presente y activo como la semilla en tierra, como la levadura en la masa. Hacia esa meta dirige Jesús su mirada y trata de que miren José y María, cuando les aclara que debe ocuparse en las cosas de su Padre. Y es que por encima de la tarea familiar convencional, está la ineludible tarea de vivir y desvivirse por la salvación del mundo, por la fraternidad universal, por el Reino de Dios inminente. Eso significa la encarnación, el nacimiento dé Jesús, el hecho de hacerse hombre, nacido de mujer, hermano de todos que en Jesús y por Jesús nos llamamos y somos hijos de Dios. La Navidad es siempre el alumbramiento de nueva vida. Y esa vida nueva es la que, más allá de la carne y de la sangre, nos une a todos indisoluble mente en Cristo y por Cristo al Padre.

Por encima de todo, el amor. La pequeña familia, la familia nuclear, la familia carnal, es la primera escuela de aprendizaje en el amor. El hijo, nacido del amor de los padres, aprende el amar sintiéndose amado y sintiendo el amor hacia sus padres y hermanos. Pero el amor que se vive y se aprende en la pequeña familia, no puede ni debe encerrarse en la familia, sino que debe trascenderla y proyectarse hacia la gran familia, es decir, a todos, a la humanidad entera. El mandamiento del amor, legado por Jesús, es un amor sin límites en el tiempo o en el espacio, porque es amor a todos como a uno mismo. En este sentido la primera experiencia familiar ha de ir creciendo en los pequeños grupos de los parientes, los amigos, los vecinos, los miembros de la comunidad parroquial, los paisanos, la humanidad entera. El amor es siempre más y cuanto más se practica, menos se gasta, sino que crece más y puede abrazar a más cada vez. En este sentido, la fraternidad universal no es una utopía para consolarnos de nuestro egoísmo, sino un horizonte para rebasar continuamente las fronteras de la carne y de la sangre, las de la lengua y la raza, las políticas y religiosas, hasta la gran fraternidad, la familia de todos los hombres, la familia de Dios.

¿Cuál es el mensaje de la fiesta en la Sagrada Familia? ¿Es un modelo para las familias o una llamada a la responsabilidad de todos al Reino de Dios? ¿Qué enseñanzas se derivan para nuestra institución familiar de los consejos del Eclesiastés y de la carta de Pablo? ¿Son aplicables literalmente a nuestro modelo familiar de hoy? ¿Hay en nuestras familias comprensión, misericordia, humildad, tolerancia? ¿Cuáles son las relaciones que prevalecen en la familia de nuestros días? ¿Cuáles nuestras relaciones entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos...? ¿Seguimos pensando que la fraternidad es sólo una utopía? ¿Qué podemos hacer para que empiece a ser realidad? ¿Tiene algo que ver con nuestra oración, sobre todo, con el «Padre nuestro»? ("Eucaristía 1995").

 

Navidad, 26 de Diciembre: Sant Esteban, protomártir, nuestro modelo para vivir mirando a Cristo, según las bienaventuranzas.

Navidad, 26 de Diciembre: Sant Esteban, protomártir, nuestro modelo para vivir mirando a Cristo, según las bienaventuranzas.

 

Hechos de los apóstoles 6, 8-10; 7, 54-60. En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Oyendo estas palabras, se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espiritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: _«Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios.» Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos, dejando sus capas a los pies de un joven llamado Saulo, se pusieron también a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: -«Señor Jesús, recibe mi espíritu.» Luego, cayendo de rodillas, lanzó un grito: -«Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y, con estas palabras, expiró.

 

Salmo responsorial Sal 30, 3cd-4. 6 y 8ab. 16bc-17. R. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Sé la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame.

A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Te has fijado en mi aflicción.

Líbrame de los enemigos que me persiguen; haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia.

 

Texto del Evangelio (Mt 10,17-22): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros. Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará».

 

Comentario: A. Comentario mío del 2007. El gozo de Navidad va seguido del recuerdo del primer mártir, el valiente Esteban, ante el que los adversarios «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (Hch 6,10), como hemos leído en la primera lectura. Mártir significa "testimonio". ¿Cómo hemos de ser testimonios de Jesús? Mirando al cielo, como el joven que hoy celebramos: «mirando al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios» (Hch 7,55). Con fe, mirando Jesús, sin miedo de nada pues somos hijos de Dios. Se pregunta Benedicto XVI en su libro sobre Jesús: "¿qué son las Bienaventuranzas?" Y se refiere a esa mirada de fe en primer lugar, dentro de "una larga tradición de mensajes del Antiguo Testamento como los que encontramos, por ejemplo, en el Salmo 1 y en el texto paralelo de Jeremías 17, 7s: «Dichoso el hombre que confía en el Señor...». Son palabras de promesa que sirven al mismo tiempo como discernimiento de espíritus y que se convierten así en palabras orientadoras".

Jesús muestra en plenitud este sentido, que Lucas sitúa –dentro del Sermón de la Montaña- ante los discípulos: «Levantando los ojos hacia sus discípulos...». "Describen, por así decirlo, su situación fáctica: son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados y perseguidos (cf. Lc 6, 20ss). Han de ser entendidas como calificaciones prácticas, pero también teológicas, de los discípulos, de aquellos que siguen a Jesús y se han convertido en su familia". Se refieren a los amigos de Jesús. Pero no es sólo una situación "actual", de amenaza en que Jesús ve a los suyos, "ésta se convierte en promesa cuando se la mira con la luz que viene del Padre". Son una paradoja: "se invierten los criterios del mundo apenas se ven las cosas en la perspectiva correcta, esto es, desde la escala de valores de Dios, que es distinta de la del mundo. Precisamente los que según los criterios del mundo son considerados pobres y perdidos son los realmente felices, los bendecidos, y pueden alegrarse y regocijarse, no obstante todos sus sufrimientos. Las Bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura, y en las que «se invierten los valores»". Son promesas escatológicas, pero no en el sentido de que hay que mirar al "más allá" porque aquí no tenemos donde mirar, como una escapatoria: "Cuando el hombre empieza a mirar y a vivir a través de Dios, cuando camina con Jesús, entonces vive con nuevos criterios y, por tanto, ya ahora algo del éschaton, de lo que está por venir, está presente. Con Jesús, entra alegría en la tribulación".

San Pablo explica que en su vida ha encontrado estas dificultades (2 Co 6, 8-10; 4, 8-10). Él es «el último», como un condenado a muerte y convertido en espectáculo para el mundo, sin patria, insultado, denostado (cf. 1 Co 4, 9-13). "Y a pesar de todo experimenta una alegría sin límites; precisamente como quien se ha entregado, quien se ha dado a sí mismo para llevar a Cristo a los hombres, experimenta la íntima relación entre cruz y resurrección: estamos expuestos a la muerte «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Co 4,11)".

Esta es la maravilla de la mirada al cielo, ver a Cristo no hace dejar de sufrir, pero le da un sentido de amor, de felicidad, y de esperanza del cielo sin más sufrir y con plenitud de amor. "Y si el enviado de Jesús en este mundo está aún inmerso en la pasión de Jesús, ahí se puede percibir también la gloria de la resurrección, que da una alegría, una «beatitud» mayor que toda la dicha que se haya podido experimentar antes en el mundo. Sólo ahora sabe lo que es realmente la «felicidad», la auténtica «bienaventuranza», y al mismo tiempo se da cuenta de lo mísero que era lo que, según los criterios habituales, se consideraba como satisfacción y felicidad".

Juan expresa de otro modo este sufrir por Cristo, la cruz del Señor aparece como «elevación», como entronización en las alturas de Dios. "La cruz es el acto del «éxodo», el acto del amor que se toma en serio y llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), y por ello es el lugar de la gloria, del auténtico contacto y unión con Dios, que es Amor (cf. 1 Jn 4, 7.16)". Es una cuestión misteriosa, la del amor y el sufrimiento que van unidos, pero no está probado un amor que no sufre, en el fondo no sabemos si es amor aquel hasta que está probado con las obras de sacrificio.

Por eso, "las Bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo. Se hacen más concretas y reales cuanto más se entregan los discípulos a su misión", como san Pablo, como vemos hoy en San Esteban. Estas cosas no podemos explicarlas en teoría, sino que es algo que "se proclama en la vida, en el sufrimiento y en la misteriosa alegría del discípulo que sigue plenamente al Señor". Esto limita el modo en que podemos explicarlo a gente que no quiera probar este amor que está unido a la unión con Cristo. "El discípulo está unido al misterio de Cristo y su vida está inmersa en la comunión con Él: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo. Pero son válidas para los discípulos porque primero se han hecho realidad en Cristo como prototipo".

Ratzinger analiza la versión de las Bienaventuranzas en Mateo (cf. Mt 5,3-12), para indicar "que las Bienaventuranzas son como una velada biografía interior de Jesús, como un retrato de su figura. Él, que no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Mt 8, 20), es el auténtico pobre; El, que puede decir de sí mismo: Venid a mí, porque soy sencillo y humilde de corazón (cf. Mt 11, 29), es el realmente humilde; Él es verdaderamente puro de corazón y por eso contempla a Dios sin cesar. Es constructor de paz, es aquel que sufre por amor de Dios: en las Bienaventuranzas se manifiesta el misterio de Cristo mismo, y nos llaman a entrar en comunión con El". Y esto es lo que hemos de hacer vida, es el camino para vivir su Vida, la auténtica vida, cada uno según su vocación.

B. Comentario de 2009, con textos que tomo de mercaba.org. - El día siguiente del nacimiento del Hijo de Dios, celebramos la muerte del primer mártir.

1. Hch 6, 8-10. 7, 54-60. Y es que este Niño que nace es aquel que, por fidelidad al camino de Dios, llegará hasta la cruz; y como él, sus seguidores son llamados a ser testigos ("mártires") de la Buena Noticia con la totalidad de su vida.

- Este martirio, no obstante, lo celebramos como una fiesta gozosa: la muerte de Esteban es su nuevo nacimiento, es la participación de la Pascua de Jesús.

- Recordamos hoy también quién fue Esteban y por qué lo mataron: él es el hombre abierto que comprende que la Buena Noticia de la fe cristiana significa apertura a todo el mundo, rompiendo el círculo de normas y leyes del judaísmo. Y eso, los fundamentalistas de su tiempo no se lo podían tolerar.

- Y Esteban destaca también porque personalmente creía y vivía totalmente el mensaje de Jesús: él, como Jesús, hace aquello tan difícil de amar a los enemigos (la oración nos hace pedir que también nosotros lo sepamos hacer).

En la acusación de Esteban Lucas ha seguido el mismo esquema de la acusación a Jesús, tanto en el proceso contra Jesús como en el que ahora se sigue contra Esteban sus buscados falsos testigos. A ambos se les acusa de actitud y palabras blasfemas contra la ley y el templo. La misma actitud hostil de los dirigentes judíos que excitan a la muchedumbre contra los acusados. Son llevados al mismo tribunal, el Sanedrín, que les condenará por los mismos motivos.

Esteban era diácono, es decir, encargado del servicio de comedor durante los ágapes o comidas fraternas. Estaba al servicio de los más pobres.

"Esteban lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios.

Deberíamos pedir esa "mirada interior" que nos hace ver lo invisible. De esa visión Esteban sacó su fuerza y nadie pudo doblegarle.

Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo.

"Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre, hablará por vosotros".

Serán llevados a los tribunales y juzgados en cuanto mensajeros y anunciadores de la Palabra Dei. La Palabra de Dios es llevada al tribunal de los hombres y como es Dios -su Palabra- el encartado en el pleito, él se defendería, dará a los discípulos la palabra oportuna para su defensa.

Saulo cambiará pronto su nombre por el de Pablo. S. Pablo conservó toda su vida un recuerdo vivo de las persecuciones en las que había participado. Aquel día estaba allí. Miraba cómo mataban a un hombre a pedradas. Estaba de acuerdo con esa tortura: guardaba los vestidos de los verdugos que se habían puesto más cómodo para su tarea. Desde aquel día, Saulo debió de hacerse una pregunta: "¿De dónde le viene ese valor y entereza? Hoy, todavía, la mayoría de las conversiones, vienen de un testimonio... de alguien cuyo modo de vivir suscita una pregunta.

-Pío XII: "Que tu conducta y tu palabra puedan significar un llamamiento de Dios a la mente y al corazón de los que de El están alejados".

"Señor, no les tengas en cuenta esta pecado". Esta es la novedad del Evangelio, capaz de suscitar una pregunta, pues hace al hombre capaz de orar y amar a quien los destruye.

Los ángeles de Navidad jamás anunciaron a un "Jesusito" dulzón y sosito. Anunciaron a un "salvador"; y es por la cruz que Jesús nos salva.

Esteban, según los Hechos de los Apóstoles es el «primer mártir», el primero en seguir a su maestro, al llevar, él también, su cruz. Esteban reproduce la muerte misma de Jesús.

-Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales. Era «diácono» es decir «encargado del servicio de comedor» durante los ágapes o comidas fraternas, en el curso de las cuales los primeros cristianos celebraban la eucaristía (Hechos 6, 2-3). Estaba al servicio de los más pobres. Fue nombrado para ese cargo esencial para aliviar de esa tarea a los apóstoles. (Hechos 6, 1-2.) Desde el principio, la Iglesia tuvo que hacer frente a situaciones de penuria, entre los sacerdotes. ¿Presto atención a las necesidades de los más pobres? ¿Soy capaz, como Esteban, de poner mis aptitudes al servicio de los más necesitados?

-Unos de la sinagoga se pusieron a discutir con Esteban; pero no pudieron resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba. Se encolerizaron contra él... Pero, Esteban, lleno del Espíritu Santo, miraba fijamente al cielo... y vio la gloria de Dios y a Jesús en pie a la diestra de Dios. Danos, Señor, esa «mirada interior», que nos hace ver lo invisible. Danos el Espíritu. Fue de esa «visión» que Esteban sacó su fuerza. A partir de ello nada pudo detenerle ni doblegarle.

-Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Este cambiará pronto su nombre por el de Pablo. San Pablo conservó toda su vida un recuerdo muy vivo de las persecuciones en las que había participado. Aquel día estaba allí. Miraba cómo mataban a un hombre a pedradas. Estaba de acuerdo con esa tortura: guardaba los vestidos de los verdugos que se habían puesto más cómodos para su tarea. Desde aquel día Saulo debió hacerse una pregunta: "¿De dónde le viene ese valor y entereza?" HOY todavía, la mayoría de las conversiones vienen de un testimonio... de alguien cuyo modo de vivir suscita una pregunta. Mi vida ¿suscita una pregunta a los incrédulos que me conocen?¿Hay a mi alrededor quienes podrían descubrir el móvil de mi vida? ¿Este mirar al cielo y ver a Jesús en pie?

-Esteban oraba mientras le lapidaban... Mirad a uno que, en verdad, es más fuerte que sus verdugos.

-«Señor Jesús, recibe mi espíritu... Señor, no les tengáis en cuenta ese pecado.» La más pura joya del evangelio: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, rogad por los que os persiguen.» La víctima que "ama" a los que la dañan. Jesús fue el primero en hacerlo. Es la actitud evangélica por excelencia, el amor universal, sin condición y sin frontera... La novedad del evangelio, capaz de suscitar una pregunta al hombre. ¿A quién debo perdonar? ¿A quién he de ofrecer ese amor que va más allá de las concesiones humanas? No pasar ligeramente sobre esas dos preguntas, propias para ese tiempo de Navidad (Noel Quesson).

Celebramos el martirio de Esteban. Pero para la Iglesia el día de la muerte de un santo es el «dies natalis», el día de su verdadero nacimiento. No andamos lejos de la fiesta de ayer. Ahora se trata del nacimiento de Esteban a su vida gloriosa, ya en comunión perfecta con Cristo Jesús.

Esteban es el primero que ha dado testimonio hasta la muerte. A lo largo de la historia, cuántos cristianos han seguido a Cristo en medio de la persecución y las dificultades. Su respuesta ante las dificultades ha sido perseverar dando testimonio de Jesús y de su evangelio hasta la muerte. Que es el testimonio más creíble.

Hay martirios breves e intensos, como el de Esteban. Hay martirios largos: el testimonio y las dificultades de cada día, a lo largo de años. Tal vez éste es el nuestro. Y hoy se nos invita a no cansarnos de este amor y de esta fidelidad. ¿Damos nosotros, en nuestra vida, un testimonio así de creíble para los que nos rodean? ¿o nos echamos atrás por cualquier esfuerzo que nos suponga la fe en Cristo? Cuando surgen estas dificultades en nuestro camino de seguimiento de Cristo, ¿hacemos nuestras las palabras de confianza del salmo: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu», que Esteban hizo propias: «Señor Jesús, recibe mi espíritu»? ¿Sabemos hacer nuestras sus últimas palabras de perdón? El ejemplo de Esteban que, a imitación del mismo Cristo, muere perdonando, es una lección para nosotros. A nosotros no nos están apedreando físicamente. Pero al cabo de la vida tenemos mil ocasiones para perdonar a nuestros hermanos. Como hemos pedido en la oración del día: «concédenos la gracia de imitar a tu mártir san Esteban, que oró por los verdugos que le daban tormento, para que nosotros aprendamos a amar a nuestros enemigos» (J. ALDAZABAL).

Decía el Padre De Lubac: "Si la vida del cristiano transcurre sin persecución, es porque en ella no está presente la vida de su Maestro; el cristiano siempre será un hombre contestado". Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de su primer mártir, el diácono san Esteban. El Evangelio, a veces, parece desconcertante. Ayer nos transmitía sentimientos de gozo y de alegría por el nacimiento del Niño Jesús: «Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). Hoy parece como si nos quisiera poner sobre aviso ante los peligros: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán» (Mt 10,17). Es que aquellos que quieran ser testimonios, como los pastores en la alegría del nacimiento, han de ser también valientes como Esteban en el momento de proclamar la Muerte y Resurrección de aquel Niño que tenía en Él la Vida. El mismo Espíritu que cubrió con su sombra a María, la Madre virgen, para que fuera posible la realización del plan de Dios de salvar a los hombres; el mismo Espíritu que se posó sobre los Apóstoles para que salieran de su escondrijo y difundieran la Buena Nueva —el Evangelio— por todo el mundo, es el que da fuerzas a aquel chico que discutía con los de la sinagoga y ante el que «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (Hch 6,10). Era un mártir en vida. Mártir significa "testimonio". Y fue también mártir por su muerte. En vida hizo caso de las palabras del Maestro: «No os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento» (Mt 10,19). Esteban, «mirando al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios» (Hch 7, 55). Esteban lo vio y lo dijo. Si el cristiano hoy es un testigo de Jesucristo, lo que ha visto con los ojos de la fe lo ha de decir sin miedo con las palabras más comprensibles, es decir, con los hechos, con las obras (Joan Busquets).

Santa Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz (1891- 1942) carmelita mártir, copatrona de Europa, hablaba de que "La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la han podido apagar": "El Niño del pesebre extiende sus bracitos, y su sonrisa parece decir ya lo que más tarde pronunciarán los labio del hombre: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré." (Mt 11,28)...¡Sígueme! así dicen las manos del Niño, como más tarde lo harán los labios del hombre. Así hablaron al discípulo que el Señor amaba y que ahora también pertenece al séquito del pesebre. Y San Juan, el joven con un limpio corazón de niño, lo siguió sin preguntar a dónde o para qué. Abandonó la barca de su padre y siguió al Señor por todos sus caminos hasta la cima del Gólgota.

¡Sígueme!- esto sintió también el joven Esteban. Siguió al Señor en la lucha contra el poder de las tinieblas, contra la ceguera de la obstinada incredulidad, dio testimonio de El con su palabra y con su sangre, lo siguió también en su espíritu, espíritu de Amor que lucha contra el pecado, pero que ama al pecador y que, incluso estando muriendo, intercede ante Dios por sus asesinos.

Son figuras luminosas que se arrodillan en torno al pesebre: los tiernos niños inocentes, los confiados pastores, los humildes reyes, Esteban, el discípulo entusiasta, y Juan, el discípulo predilecto. Todos ellos siguieron la llamada del Señor. Frente a ellos se alza la noche de la incomprensible dureza y de la ceguera: los escribas, que podían señalar el momento y el lugar donde el Salvador del mundo habría de nacer, pero que fueron incapaces de deducir de ahí el "Venid a Belén"; el rey Herodes que quiso quitar la vida al Señor de la Vida. Ante el Niño en el pesebre se dividen los espíritus. El es el Rey de los Reyes y Señor sobre la vida y la muerte. El pronuncia su ¡sígueme!, y el que no está con El está contra El. El nos habla también a nosotros y nos coloca frente a la decisión entre la luz y las tinieblas" (El misterio de Navidad, Obras completas IV, 232).

Al día siguiente de la Solemnidad de la Navidad, la Iglesia nos recuerda a San Esteban, y enseguida nos dice sus "apellidos": diácono y protomártir. ¿Quiénes eran los diáconos? Aquellos cristianos que, al ir creciendo la Iglesia, ayudaban a los apóstoles a realizar determinadas tareas: llevar la comunión a los enfermos, atender a las viudas, hacer las colectas, etc, para ser así más eficaces en el ministerio que les había encomendado el Señor. Protomártir es el otro "apellido" de Esteban, y junta dos palabras griegas de hondo calado: "protos", que significa primero y "mártir", que significa testigo. El primero de los que dio testimonio de Cristo con su sangre.

"Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios". Aún tenemos en nuestras retinas la figura del Niño Dios acurrucado en el Pesebre, y a María y José velando su sueño o sus lloros. También nos ha emocionado ver a esos sencillos pastores acercarse al Portal, y dejar sus ofrendas y presentes a los pies de la cuna. ¡Qué dicha el ser testigos de un Dios hecho carne!… lo que generaciones anteriores desearon ver y no pudieron, lo que profetas durante siglos anunciaron… Sin embargo, existen otras formas de ver a Dios, y así lo hizo San Esteban. En el momento en que iba a ser lapidado vio, no sólo una figura, sino la misma gloria de Dios. Éste es el premio que se da a los testigos de Cristo, a los que derramaron su sangre por confesar su nombre.

"A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás". De esta manera se abandona el salmista en la voluntad divina. De esta manera también deberíamos confiar plenamente en los planes que Dios tiene sobre cada uno de nosotros. Igual que San Esteban confió su destino en la Resurrección de Cristo, nosotros sabemos que pocas cosas en este mundo nos han de amedrentar. Únicamente el pecado nos puede confundir y entristecer, pero aún así sabemos que contamos con la gracia de la reconciliación, y que Dios nos concede en el sacramento de la Penitencia. ¡Qué más podemos pedir!

Apenas hemos celebrado el Nacimiento del Señor y ya la liturgia nos propone la fiesta de San Esteban, el primero que dio su vida por ese Niño que acaba de nacer. La Iglesia quiere recordar que la Cruz está siempre muy cerca de Jesús y de los suyos. En la lucha por la santidad el cristiano se encuentra con situaciones difíciles y acometidas de los enemigos del mundo: Si el mundo os odia, sabed que antes me ha odiado a mí... (Jn 15,18-20). La sangre de Esteban (Hch 7, 54-60), derramada por Cristo, fue la primera, y ya no ha cesado hasta nuestros días. Cuando Pablo llegó a Roma, los Cristianos ya eran conocidos por el signo inconfundible de la Cruz y de la contradicción. Nada nos debe extrañar si alguna vez en nuestro andar hacia la santidad hemos de sufrir alguna tribulación, por ser fieles a nuestro camino en un mundo con perfiles paganos. El Señor siempre nos ayudará con Su gracia: En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: Yo he vencido al mundo (Jn 16,33).

No siempre la persecución ha sido de la misma forma. Durante los primeros siglos se pretendió destruir la fe de los cristianos con la violencia física. En otras ocasiones, sin que ésta desapareciera, los cristianos se han visto –se ven- oprimidos en sus derechos más elementales: sufren campañas dirigidas para minar su fe, dificultades para educar cristianamente a sus hijos, o se les priva de las justas oportunidades profesionales. Otras veces es la persecución solapada: ironía por ridiculizar los valores cristianos, presión ambiental que amedrenta a los más débiles, calumnia y maledicencia. Más doloroso es cuando la persecución viene de los propios hermanos en la fe movidos por envidias, celotipias y faltas de rectitud de intención, piensan que hacen un servicio a Dios (Juan 16. 2). Todas las contradicciones hay que sobrellevarlas junto al Señor en el Sagrario; allí adquiriremos fecundidad en el apostolado, y saldremos de esas pruebas con el alma más humilde y purificada.

El cristiano que padece persecución por seguir a Jesús sacará de esta experiencia una gran capacidad de comprensión y el propósito firme de no herir, de no agraviar, de no maltratar. El Señor nos pide, además, que oremos por quienes nos persiguen: debemos enseñar la doctrina del Evangelio sin faltar a la caridad de Jesucristo. En momentos de contrariedades es de gran ayuda fomentar la esperanza del Cielo. Nuestra Madre está cerca de nosotros especialmente en los momentos difíciles (Francisco Fernández Carvajal).

 

2. Sal. 30. Puestos en manos de Dios sabemos que Él vela por nosotros como lo hace un Padre amoroso sobre sus hijos. Ciertamente que esto no nos libra de las críticas, de las persecuciones, ni de la posible muerte a manos de los pecadores. Sin embargo, a quienes creemos en Dios como Padre nuestro, Él nos libra de la mano de nuestros enemigos, sabiendo que el último enemigo en ser vencido será la muerte. Así, Dios se levantará victorioso y nos hará partícipes de su vida eterna, donde ya no habrá ni llanto, ni luto, ni dolor, sino gozo y paz en el Señor.

 

3.- Mt 10. 16-22. Tres festividades de santos siguen inmediatamente a la de Navidad: San Esteban, San Juan, los santos Inocentes. La fiesta de Navidad es todo dulzura, pero no es sensiblera. Somos nosotros quienes hemos hecho del "Belén" algo gracioso... y de los pastores una ocasión de evocación pastoril emotiva... De hecho, el primer pesebre era ante todo el símbolo doloroso de la pobreza, de la miseria: un pesebre es lo contrario de una cuna. Todas las madre del mundo escogen las telas más finas y las cunas mas bonitas para recostar a sus bebés... Dios sólo ha tenido derecho a un rústico pesebre. La cruz se perfila ya. San Esteban fue el primer mártir. El primero en seguir verdaderamente a su maestro llevando la cruz, como otro Cristo.

-Jesús decía a sus discípulos: "No os fiéis de estos hombres. Pues os delatarán a los tribunales y os azotarán... y por mi causa seréis conducidos ante los gobernadores y los reyes..." Cuando Mateo escribe esto, la persecución es el lote cotidiano de los cristianos, en la Iglesia primitiva. Jesús había anunciado las dificultades de la misión que confiaba a sus discípulos: todo hombre que proclama el Reino de Dios debe estar dispuesto a afrontar la oposición, la contestación. ¡Qué misterio, Señor! ¿Por qué el mundo rehúsa a Dios? ¿Por qué el mundo rehúsa a los que hablan de ti? ¿Por qué los hombres persiguen a los que no desean otra cosa sino comunicarles una buena noticia? El discípulo de Jesús, el misionero sólo tiene por misión hacer el bien y decir cosas buenas. Y sin embargo, suscita la oposición. El caso es que Dios aparece siempre, desde el exterior, como un intruso: como alguien que viene para ocupar todo el espacio, como un inoportuno. El egoísmo del hombre, su deseo de independencia son la causa del rechazo. Se rechaza al amor. Es el rechazo a dejarse tomar por Dios. Rechazo a someterse a Dios. Cuando Dios verdaderamente "reina" se acaban las pretensiones orgullosas del hombre. Ayúdame, Señor, a someterme totalmente a ti. Ayúdame a soportar las dificultades y las oposiciones. Ayúdame a interpretarlas a la luz de tu presencia.

-No os atormentéis pensando lo que vais a decir... Puesto que no seréis vosotros quienes hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. Jesús nos pide pues que renunciemos a las preocupaciones. "No os atormentéis". Tú, Señor, no quieres que tengamos miedo. Ello sería signo de que aún contamos demasiado con nuestras propias fuerzas, con nuestros recursos humanos. Se trata por lo contrario, de abrirnos a la acción de Dios: "el Espíritu hablará por vosotros". "No seréis vosotros los que hablaréis". ¡Señor! Quisiera, siguiendo tu invitación, dejarme desposeer totalmente por ti! ocupa todo mi ser. Que progresivamente llegue a ser un simple instrumento en tus manos, y al soplo de tu Espíritu.

-El que se mantendrá firme hasta el fin, sera salvado. ¡Es esto justamente lo mas difícil! Uno aguanta un momento, pero, a la larga, la cosa falla. ¡Oh, Señor, puesto que Tú me lo pides..., ayúdame también a "aguantar firme"! Que tu Espíritu venga realmente a mi espíritu (Noel Quesson).

Cristo anuncia a sus seguidores que les llevarán a los tribunales. Les perseguirán. Creerán que hacen un acto de culto a Dios eliminándolos. Pero no tienen que temer: el Espíritu es el que les inspirará lo que deben decir.

Esta página fue escrita cuando ya la comunidad tenía la amarga experiencia de las detenciones y los martirios, por ejemplo de Santiago. Pero la persecución la experimentaron todos: Pedro, los apóstoles, Pablo en sus varios viajes. Y el primero, Esteban. También aquí la Navidad apunta a la Pascua, con su gran decisión de entrega y de cruz, para Cristo y para sus seguidores.

Las consecuencias de la Navidad son inesperadas. De la alegría de Belén y del Dios-con-nosotros pasamos a la seriedad del testimonio de vida por coherencia con la fe. Navidad es algo más que la ternura del Niño entre pajas, acompañado por María y José y el canto de los ángeles. Creer en Jesús y seguirle comporta decisiones y tomas de postura: es signo de contradicción. Jesús lo había anunciado: sus seguidores serán perseguidos.

Todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin se salvará. ¡Ánimo, no tengan miedo! Yo he vencido al mundo. Bienaventurados serán ustedes, cuando los persigan y maldigan por causa mía, pues sus nombres estarán escritos en el Reino de los cielos. Sin embargo no podemos buscar ser mártires por el deseo de brillar mediante él. El Señor quiere le que vivamos plenamente fieles aceptando todas las consecuencias que se nos vengan por haber creído en Él. Aprendamos a ponernos en manos del Señor y a dejarnos conducir por su Espíritu para que nos quedemos en simples transmisores de palabras humanas, sino que seamos auténticos testigos del Evangelio.

"Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros". Efectivamente, hay muchas situaciones que se nos presentan y que nos agobian, que pueden quitarnos la tranquilidad interior: incomprensiones, injurias, malentendidos, difamaciones… pero Jesús es categórico: si somos fieles, el Espíritu Santo actuará y vendrá la paz. Mira al Portal, mira a Jesús, conviértete en testigo, y notarás que el Príncipe de la paz te devuelve la paz. La misma paz que en la Nochebuena proclamaba el ángel a los pastores, esa paz que surge al adentramos en la oración y contemplar a Dios en lo más humilde…, esa misma paz que el mundo nunca podrá dar hasta que reconozca a Cristo como su Señor y Rey… Aprenderás también a mirar con más simpatía a Esteban, porque aprenderás de él a ser mártir y ver la gloria de Dios donde otros ven amargura (Archimadrid).

El Señor, que por salvarnos y ser fiel a las promesas de salvación que nos hizo, entregó su vida por nosotros, nos reúne en esta Eucaristía para celebrar el Sacramento de su amor por nosotros. Él, perseguido por amarnos y ponerse de parte de los pecadores y de los pobres, haciéndose en verdad Dios-con-nosotros, nos une a Él y nos participa de su mismo Espíritu para que también nosotros nos convirtamos en fieles y valientes testigos suyos. Hemos de ir tras las huellas de Cristo, cargando nuestra cruz de cada día, hasta llegar a donde Él nos espera después de haber padecido por nosotros. En la Eucaristía, al entrar en comunión de vida con el Señor, asumimos la responsabilidad de continuar su obra salvífica con todas las consecuencias que nos vengan por haber aceptado el convertirnos en apóstoles de su Evangelio.

El riesgo del profeta, del apóstol del Señor es no sólo el ser rechazado, sino perseguido, calumniado, odiado, golpeado, juzgado y condenado a muerte. No podemos, a causa de querer evitar estos riesgos, quedarnos mudos ante la proclamación del Evangelio. No podemos convertirnos en cómplices de las injusticias que se cometen contra los más desprotegidos; no podemos pasar de largo ante la pobreza y sus consecuencias en millones de hermanos nuestros. Quien es congruente con su fe y con el Evangelio debe preocuparse, no de convertirse en un líder de luchas sociales destructivas, que generan guerras, terrorismo o actitudes aplastantes injustas, sino que se ha de convertir en liberador de conciencias que generen capacidad de diálogo, de colaboración, de solidaridad. Tal vez al vivir con sinceridad nuestra fe en Cristo sin ideologías extrañas seamos perseguidos, calumniados e incluso asesinados. Esto no debe angustiarnos, pues lo único que queremos es ser fieles al Señor que, nacido de Santa María Virgen, dio su vida por amor a nosotros. Ojalá y jamás cerremos nuestra boca ante la maldad que, apoderándose del hombre, requiere fuertes llamados a la conversión. Ojalá y no por querer quedar bien ante los poderosos y gozar de sus favores, con actitudes equivocadas nos pongamos de su lado y en lugar de llamarles a la conversión les indiquemos, de una y mil formas, que sus actitudes no son nada pecaminosas. Aquel que al nacer fue recostado en un pesebre, y al morir estuvo desnudo clavado en una cruz, nos llama a creer en Él y a seguirlo con mayor lealtad.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de dejarnos guiar por el Espíritu Santo para poder convertirnos en valientes y auténticos testigos de Jesucristo y de su Evangelio. Amén (www.homiliacatolica.com).