domingo, 15 de noviembre de 2009

Domingo de la 33ª semana de Tiempo Ordinario. “Por aquel tiempo se salvará tu pueblo…” Jesús con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Y en su segunda venida reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos

 

 

Profecía de Daniel 12,1-3. Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad.

 

Salmo 15,5 y 8.9-10.11. R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

 

Carta a los Hebreos 10,11-14.18. Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio, diariamente ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, porque de ningún modo pueden borrar los pecados. Pero Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, u] solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.

 

Evangelio según san Marcos 13,24-32. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

 

Comentario: 1. Dn 12,1-3. Con la protección de Miguel, protector de Israel, vemos aquí la resurrección como algo que va mucho más allá de cuanto se decía en Isaías y Ezequiel. Aquí, como en 2M 7,14.29, se habla de un sentido real de resucitar. "La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan: El Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna (2 M 7, 9). Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él (2 M 7, 14; cf. 7, 29; Dn 12, 1-13)" ( Catecismo 992). Aquí ya no se habla, como en 2 M, de la resurrección de los mártires, sino de todos, para premio o condenación ("muchos" lo indica). "¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto:"los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2)" (id, 998).

Todo lo que tiene de breve la presente lectura lo tiene de importante en la historia de la revelación. Por su lenguaje, repetido en algunos pasos al pie de la letra por Jesús refiriéndose a los últimos tiempos, somos conscientes de que el apocalíptico hace ahora de profeta. Por vez primera en todo el Antiguo Testamento se nos asegura, con inspirada garantía, la resurrección de los muertos. La chispa fue provocada por la persecución de Antíoco. El rescoldo donde había ido incubándose el problema de la retribución durante varios siglos sin respuesta definitiva. Ahí quedaba Job revolviéndose en su inocencia y sufrimiento. Fue necesaria la crisis macabaica, los mártires de la persecución, para que brotara la fe en la resurrección, que terminaría convirtiéndose en dogma. En los capítulos precedentes el autor había insistido, con todos los artificios del lenguaje apocalíptico, en la instauración del reino de los santos, que sustituiría a todos los reinos históricos. Animados por esta esperanza, muchos habían defendido su fe hasta la muerte. El interrogante surgió angustioso. Cuando llegue el reino de los santos, de los judíos fieles a su Ley y a Dios, ¿cuál será la suerte de todos estos mártires de su fe? ¿Podrá ser la muerte y el sheol común su premio? Y el autor, inspirado, abre las puertas a una nueva y desconocida esperanza. "Entonces", sin precisar tiempo, pero con garantía absoluta, "los que duermen... despertarán". El eufemismo es ya toda una revelación. Cristo lo usará refiriéndose a la muerte de su amigo Lázaro y deberá explicárselo a sus apóstoles. Es el sueño de la muerte, porque la muerte, para quien cree, es el dormirse de un glorioso despertar en Dios.

Pero esta resurrección queda muy particularizada y lejana aún de la perfección que dará el Nuevo Testamento. Sólo se salvarán -resucitarán- los inscritos en el libro de la vida. Porque no todos los hijos de su pueblo habían sido fieles a su fe. Entonces ¿no resucitarán todos? Ateniéndonos al texto y al contexto, nuestra respuesta no puede ser afirmativa. En el texto (vv 1-2) se habla tan sólo del pueblo escogido. Por el contexto sabemos que las esperanzas se mantenían aún a nivel terreno. La resurrección o vuelta a la vida, concebida como recompensa, sólo podía ser concedida a los justos. Eran éstos los únicos que necesitaban revivir para recibir en justicia el premio de sus obras y de su fe. Era absurdo concebir esta grandiosa recompensa para los pecadores. Y menos en el alborear de este articulo de fe. La resurrección de los pecadores y la resurrección universal de todos los hombres será un desarrollo posterior neotestamentario.

Nada se nos dice sobre el objeto de la futura felicidad de los resucitados en este mundo. Se les supone, por el contexto, participantes del reino mesiánico eterno. Al autor sólo se le ocurre, para realzar su situación, compararlos con el esplendor y brillo de las estrellas del firmamento. Eso sí, ellos serán los "sabios", no quienes se lo creyeron con la sabiduría de este mundo. A la misma comparación estelar acudirá Pablo para contrastar la diferencia entre los escogidos. Casi sin percatarnos estamos llegando a las puertas del Apocalipsis o Revelación plena en Cristo (com., edic. Marova).

El libro de este profeta seguramente fue escrito en tiempos difíciles para Israel, tiempos de persecución y resistencia. Pero, por encima de los hechos inmediatos, el autor interpreta la historia como una lucha en la que Dios toma parte en favor de su pueblo y en contra de los dominadores de turno. Con esto trata de levantar la esperanza de los justos y abrir una brecha a través de los gruesos muros de la angustiosa realidad presente. Por el género utilizado y el objetivo que persigue, se trata de un libro en cierta manera parecido el Apocalipsis del NT.

En los dos capítulos anteriores se han descrito los acontecimientos históricos desde el punto de vista o perspectiva escatológica, esto es, teniendo en cuenta el desenlace final. Así, estos versículos que nos ocupan constituyen la conclusión del relato y de su interpretación. En ellos se anuncia cómo todo llegará a un nuevo punto culminante y decisivo, en el que Israel será protagonista y vencedor, y se cumplirán los planes de Dios. Esto es lo que quiere decirse aludiendo a la victoria del arcángel san Miguel, que es el ángel custodio del pueblo de Dios y la personificación de la especial providencia divina en favor de Israel ("Eucaristía 1988").

En los pasajes apocalípticos (cfr., por ejemplo, el evangelio de hoy) la "gran tribulación" o "los tiempos difíciles" aparecen como una señal de salvación definitiva de los justos. El autor ve en los mártires de su tiempo la señal de la victoria, descubre la situación extrema que precede a la salvación del pueblo que ha resistido en la fe. Este es "el libro de la vida" (Ex 32,32; Sal 69,29; Flp 4,3; Ap 3,5). Se trata de una imagen utilizada para expresar que Dios conoce a los suyos y los protege hasta el final. No hay en todo el Antiguo Testamento, si exceptuamos el texto de Is 26,19, ningún otro lugar en el que hable tan claramente de la resurrección de los muertos que "duermen en el polvo". Aunque se dice que "despertarán" (esto es, resucitarán) "muchos", esta palabra quiere decir con frecuencia "todos", y éste parece aquí su sentido. La resurrección es para nuestro autor un postulado de la justicia divina, que no puede dejar sin premio a los mártires y sin castigo a sus verdugos (cfr. 2 Mac 7,14). La fe en la resurrección de los muertos aparece tardíamente en el credo de Israel. Con todo, el autor del Génesis intuye esa verdad de fe el plantear la pregunta: "¿Acaso el juez de toda la tierra no va a hacer justicia?" (Gn 18,25). A la que responde claramente Daniel en este pasaje.

No falta una palabra de esperanza y una promesa para los "sabios", esto es, para los que enseñan a practicar y no sólo a conocer lo que es justo a los ojos de Dios. Hay para ellos reservada una gloria especial e imperecedera ("Eucaristía 1982").

Se habla de la resurrección de los muertos (despertarán). Para aquellos que vivían bajo la persecución era la única alternativa ante la apostasía y la muerte. La resurrección era el premio de los mártires. Ellos han preferido perder la vida antes que perder el reino.

En este texto y en toda la perícopa, Dios ni siquiera es mencionado. Está detrás de la historia. Parecen escritos desde una mentalidad secularizada. En una concepción estrictamente científica Dios no existe como realidad. Hablar de la presencia y providencia de Dios parece algo fuera de la realidad. Hay hechos cotidianos que parecen confirmar la ausencia de Dios. El texto habla de la tribulación y no hace más que mirar a la experiencia cotidiana. Pero este modo de ver las cosas no es el único ni impide admitir la misteriosa presencia de Dios tras los acontecimientos. El hombre puede tener experiencia de Dios en las realidades profanas (Pere Franquesa).

El libro de Daniel es muy fecundo en símbolos, visiones, escenas evocadoras, imágenes brillantes y en una filosofía de la historia que le confiere alto precio entre los libros santos. Precisamente la aportación más valiosa del libro la encontramos en los versículos que vamos a comentar. Se puede afirmar que, hasta la redacción de este capítulo desconoce el AT la doctrina de la resurrección. Sería tarea prolija explicar el concepto de vida de ultratumba que tenían. De todos modos, aparece ya clara esta idea: los justos resucitarán. Pero hay más. Daniel insiste: los que se mantienen firmes en la palabra de Dios resplandecerán por siempre, eternamente, como las estrellas (v 3). La doctrina no puede ser más consoladora. Dios nos protege en esta vida y nos da, más allá, la vida eterna.

Estamos habituados ahora a hablar así, se nos antoja natural. Pero fijemos nuestra atención en la audacia del autor que formula por primera vez y tan diáfanamente esta doctrina. Y si aseguramos que se trataba de un autor inspirado, caemos en la cuenta de que esta condición no nos excusa los esfuerzos. Como no los excusa el autor del libro a sus lectores, pese a que les promete la ayuda de Dios. El autor de Daniel conoce la condición humana y hasta sus más grandes debilidades. Nos habla del orgullo de Nabucodonosor, de la impiedad de Baltasar y de la lubricidad senil de los acusadores de Susana; no es, desde luego, un ingenuo. Durante su vida ha presenciado crímenes y persecuciones, no ha vivido en un claustro alejado del mundo. Se trata de un hombre de carne y hueso, pero un hombre de fe, y hasta intransigente a veces. Y es con esa fe en Dios como cobra confianza, la más grande confianza habida en la historia, la que provoca el escepticismo irónico de los griegos frente a san Pablo, pero que a su vez fortalece a los creyentes más que suficientemente para soportarlo todo a fin de mantenerse firmes en su fe para con Dios (J. Mas Bayés).

 

2. Juan Pablo II comentó: "Tenemos la oportunidad de meditar en un salmo de intensa fuerza espiritual, después de escucharlo y transformarlo en oración. A pesar de las dificultades del texto, que el original hebreo pone de manifiesto sobre todo en los primeros versículos, el salmo 15 es un cántico luminoso, con espíritu místico… Es una opción neta y decisiva, que parece un eco de la del salmo 72, otro canto de confianza en Dios, conquistada a través de una fuerte y sufrida opción moral: "¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? (...) Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio" (Sal 72, 25.28).

El salmo 15 desarrolla dos temas, expresados mediante tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la "heredad", término que domina los versículos 5-6. En efecto, se habla de "lote de mi heredad, copa, suerte". Estas palabras se usaban para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Ahora bien, sabemos que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la de los levitas, porque el Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara precisamente: "El señor es el lote de mi heredad. (...) Me encanta mi heredad" (Sal 15,5-6). Así pues, da la impresión de que es un sacerdote que proclama la alegría de estar totalmente consagrado al servicio de Dios. San Agustín comenta: "El salmista no dice: "Oh Dios, dame una heredad. ¿Qué me darás como heredad?", sino que dice: "Todo lo que tú puedes darme fuera de ti, carece de valor. Sé tú mismo mi heredad. A ti es a quien amo". (...) Esperar a Dios de Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te puede bastar".

El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor. El salmista manifiesta su firme esperanza de ser preservado de la muerte, para permanecer en la intimidad de Dios, la cual ya no es posible en la muerte (cf. Sal 6,6; 87,6). Con todo, sus expresiones no ponen ningún límite a esta preservación; más aún, pueden entenderse en la línea de una victoria sobre la muerte que asegura la intimidad eterna con Dios. Son dos los símbolos que usa el orante. Ante todo, se evoca el cuerpo: los exégetas nos dicen que en el original hebreo (7-10) se habla de "riñones", símbolo de las pasiones y de la interioridad más profunda; de "diestra", signo de fuerza; de "corazón", sede de la conciencia; incluso, de "hígado", que expresa la emotividad; de "carne", que indica la existencia frágil del hombre; y, por último, de "soplo de vida". Por consiguiente, se trata de la representación de "todo el ser" de la persona, que no es absorbido y aniquilado en la corrupción del sepulcro (v 10), sino que se mantiene en la vida plena y feliz con Dios.

El segundo símbolo del salmo 15 es el del "camino": "Me enseñarás el sendero de la vida" (v. 11). Es el camino que lleva al "gozo pleno en la presencia" divina, a "la alegría perpetua a la derecha" del Señor. Estas palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que ensancha la perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en la vida eterna. En este punto, es fácil intuir por qué el Nuevo Testamento asumió el salmo 15 refiriéndolo a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de Pentecostés, cita precisamente la segunda parte de este himno con una luminosa aplicación pascual y cristológica: "Dios resucitó a Jesús de Nazaret, librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio" (Hch 2,24). San Pablo, durante su discurso en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se refiere al salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo. Desde esta perspectiva, también nosotros lo proclamamos: "No permitirás que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó -o sea, Jesucristo-, no experimentó la corrupción" (Hch 13,35-37)".

…Incluso cuando se encuentra zambullido en un grave peligro, tiene una certeza:

Porque no me entregarás a la muerte

ni dejarás a tu fiel 2 conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha (v. 10-11).

En este punto no me siento con fuerzas para embrollarme en las opiniones de los estudiosos acerca del alcance de estos dos versículos: es decir, si el salmista expresa una fe explícita en la vida eterna. Para mí se trata de una intuición psicológica de la seguridad de uno que ama y por eso «siente» que la muerte no puede separarle de esa persona amada. Y como Dios es esta persona amada su omnipotencia puede extenderse sobre la vida y sobre la muerte. Estamos en la lógica del amor. El amor que desarma a la muerte: un tema vivo en cierta literatura contemporánea. Un novelista pone en boca de Cristo estas palabras:

Sí; esto es el milagro. Quien ame a los demás como yo he amado, después de la muerte vivirá...

Y el ángel del sepulcro dice: él no puede permanecer en la muerte; la muerte es el castigo del egoísmo, se apodera sólo de quien elige existir para si solo (L. Santucci). Nos queda la expresión final:

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha (v. 11).

Quizá estas palabras molesten a más de un lector de nuestro tiempo. Parecerán dulcemente consoladoras. El hecho es que, quizá, nos estamos avergonzando de hablar de la alegría. Afirmaba Bertrand Russel: «Lo único que necesita hay el hombre para elevarse es abrir el corazón a la alegría y dejar que el miedo continúe rechinando los dientes como un fantasma entre las sombras del pasado olvidado». De acuerdo, con tal de no olvidar la primera fuente de la alegría; con tal de no perder tiempo detrás de todos los ídolos que van pregonando sus baratijas (Alessandro Pronzato).

"No me arrepiento de nada", mi opción es maravillosa. Dios "mi consejero"... Dios "presencia constante y protectora"... Dios "mi alegría, mi fiesta"... Dios "mi vida, mi resurrección".., Dios "mi camino, el sentido de mi vida"... Dios "mi felicidad eterna"...

Este salmo se clasifica en la categoría de los "Salmos del huésped de Yahveh". El hombre que ora aquí, vive en un mundo materialista, en que los cultos paganos han invadido la sociedad "tras los ídolos van corriendo".. se someten a sus "libaciones sangrientas". En esa época se inmolaban niños a Moloc. El autor denuncia esta increíble propagación del paganismo, sus prácticas y sus devastaciones. Es más: este hombre está tentado por este mundo circundante, por "los ídolos del país, sus dioses que tanto amé". Convertido al verdadero Dios, está turbado por el éxito y la prosperidad aparente de las grandes naciones paganas. El materialismo sin Dios es atractivo: "tras ellos van corriendo"... hay que armarse de valor para enfrentarse a una corriente de opinión. La gran tentación en todos los tiempos, ha sido el "sincretismo": esto es, juntar una pequeña dosis de "fe y una gran dosis de "materialismo"... algo de verdadera religión y algo de ídolos... un poco de Dios y mucho del dios Mamon, el dinero...

Tentado, turbado, por el mundo circundante el salmista pide a Dios ilumine el sentido de su existencia como "pueblo separado", "pueblo elegido". Siente en el fondo de su corazón la seguridad de "tener la mejor parte". Su opción de creyente y practicante, lejos de ser un peso, una obligación onerosa, es para él fuente pura de dicha incomprensible para los paganos, y describe su vida de intimidad con Dios. Entonces todo el vocabulario de dicha aflora a sus labios: "mi refugio"... "mi dicha"... "mi heredad"... "mi copa embriagadora"... "mi destino"... "suerte maravillosa"... "mi herencia primorosa" "mi alegría"... "mi fiesta"...

Los versículos 5 y 6 hacen alusión al hecho de que la tribu de Leví (aquellos que servían a Dios en el templo), en el momento de la división de Palestina, hecha por suerte, no recibieron territorio: su parte, su heredad, era Yahveh (Nm 18,20, Dt 10,9, Sirac, el sabio 45,22). En esta forma la "vida de los levitas", que vivían en el templo, se convirtió en un símbolo de intimidad con Dios: la tierra de Canaán, dominio sagrado de Dios, dado a su pueblo... la casa de Dios, dominio sagrado al que introdujo a sus huéspedes... anuncios proféticos de la "era mesiánica" en que Dios "morará con los suyos y ellos con El".

"Señor, la parte de mi herencia, y mi copa". Jesús, un día tomó también una "copa" ... y nosotros la tomamos siguiendo su mandato: "Tomad y bebed". Sí, nuestra suerte es maravillosa, nuestra parte la más bella... y sin cesar nos reunimos para dar "gracias". Esto es la Eucaristía.

"Tengo al Señor ante mí... está a mi derecha... en tu presencia, la alegría... a tu derecha la felicidad..." ¿Escuchamos a Jesús que pronuncia estas palabras ardientes? Nos preguntamos a veces lo que Jesús podría decir durante las largas noches que pasaba en oración (Lc 6,12 – Mt 5,1 – Mc 3,13). Formado en la oración mediante los salmos, era quizá este salmo el que repetía. Al recitarlo nosotros, repetimos la "oración de Jesús". Para expresar su intimidad con el Padre, Jesús utilizó a menudo la imagen de la "morada", de la "casa" de Dios. "Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros" (Jn 15,4). "Estoy a la puerta y llamo... si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20). No es por mera casualidad que Jesús tomara como signo de su presencia ¡"una comida", a la cual nos invita!...

El lado dramático de la vida de un verdadero creyente. Quien tiene fe es un hombre inmerso en un mundo que vive en forma muy diferente a él. "Nosotros por causa de Cristo, pasamos por locos" (1Co 4,10). Podemos, como el levita de este salmo, sentirnos muy solos; el paganismo nos rodea por todas partes. Los "ídolos" están cerca, siempre tentadores: el sexo, el poder, el placer, la independencia total, etc... Si miro la vida de cerca, descubro mi idolillo personal... esta fruslería a la que doy demasiada importancia. Mediante este salmo pedimos a Dios no "absolutizar" nada. ¡Dios es el único absoluto! Nadie más... Si doy a algo distinto un carácter absoluto, estoy creando un ídolo, que tarde o temprano se romperá en mis manos. "¡Señor, líbrame, líbranos de los ídolos!"

La certeza que Dios está con nosotros, Emmanuel. Podemos mantener con él una conversación continua, día y noche: meditación-conversación-oración... De lo contrario preferiremos los ídolos del mundo. Señor, que te busque, que Tú seas mi único amor absoluto.

El tema de la felicidad. Escuchemos una traducción del Padre Claudel "Permitidme medir maravillado esta herencia que me cayó del cielo... Tú me has saciado con tu rostro... Escucha lo que te digo muy quedo para que solamente Tú lo oigas: Oh, el Señor que no he merecido de ninguna manera... ¡Magnífico! ¡La porción que me tocó es algo del otro mundo! ¡La parte que me tocó no hay cómo ponderarla, es algo bello!... Tú has embriagado mi corazón, Tú has desatado mi lengua... Lléname de las delicias de tu rostro, lugar en que todos los caminos terminan..."

Este salmo nos permite descubrir con Dios el lenguaje de los "enamorados", de los "Hassidim" (plural de "Hassid": Noel Quesson).

El versículo 5 de este salmo ses recitaba en el momento de recibir la tonsura, cuando fueron aceptados al estado clerical, casi como divisa de la misión que entonces asumieron. Es como una luz preciosa, de suerte que lo he tenido siempre como emblema de lo que significa ser sacerdote y de cómo vivirlo en la práctica. Así reza este versículo en la traducción de la Vulgata: «Dominus pars haereditatis meae, et calicis mei. Tu es qui restitues haereditatem meam mihi» («El Señor es la parte de mi heredad y mi cáliz; tú eres quien me garantizas mi lote»). Estas palabras expresan de manera concreta el contenido del versículo 2: «¡No hay dicha para mí fuera de ti!» Lo hacen en un lenguaje realmente profano, en un contexto pragmático y casi me atrevería a decir no teológico, es decir, en el lenguaje del propietario de hacienda y de la distribución de la tierra en Israel, tal como se describe en el Pentateuco y en el libro de Josué. De esta distribución de la tierra entre las tribus de Israel quedó excluida la tribu de Leví, la tribu de los sacerdotes. Esta no recibió territorio alguno. A ella se refieren estas palabras: «Es Yahveh su heredad» (Dt 10,9; Jos 14,4); «Soy yo (Yahveh); tu parte y heredad» (Núm 18,20). Aquí se trata, ante todo, de una ley de conservación simple y concreta: los israelitas viven de la tierra que les es asignada; la tierra es la base física de su existencia. A través de la posesión de la tierra, el israelita recibe la parte de vida que le corresponde, valga la expresión. Sólo los sacerdotes no logran su sustento por medio del trabajo agrícola, al modo de los campesinos, que viven del cultivo de sus campos; el único fundamento de su vida, incluso de su vida física, es el mismo Yahveh. En términos concretos: los sacerdotes viven de su participación en las ofrendas y otras donaciones cultuales, de los bienes que se ofrecen a Dios; de estos bienes reciben ellos una parte, como encargados del servicio divino.

Se trata, en primer término, de dos formas de sustento físico; pero, en el contexto general del pensamiento de Israel, estas formas entrañan una significación mucho más profunda. Para un israelita, la tierra no es únicamente garantía de subsistencia; es el modo en que participa de la promesa hecha por Dios a Abraham, es decir, la promesa de su inserción en el contexto vital del futuro pueblo elegido. De este modo, la tierra vino a garantizar, al mismo tiempo, la participación en el poder mismo del Dios vivo. El levita, por el contrario, se caracteriza por no tener parte en la tierra y, en este sentido, es el hombre que no se halla protegido por garantía terrena alguna, que se encuentra excluido de tales garantías. Su vida se proyecta directa y exclusivamente hacia Yahveh, como se afirma en el salmo 22 (v.11). Tal vez pueda parecer, a primera vista, que la tierra viene a sustituir a Dios como garantía de subsistencia, casi como si ofreciera una forma independiente de seguridad; pero es ésta una visión que nada tiene que ver con la concepción levítica de la existencia. Dios es el único que garantiza la vida de una manera directa; en El se funda incluso la vida terrena, la vida física. En el momento en que desapareciera el culto divino, la vida perdería la fuente de su sustento. De esta suerte, la vida del levita es, al tiempo, privilegio y riesgo. La cercanía de Dios es su único y directo medio de vida.

Es el canto de un sacerdote que expresa aquello que constituye el centro físico y espiritual de su existencia. Quien en este salmo ora, cumple todo cuanto la Ley ha establecido para él: la privación de posesiones exteriores y una vida sustentada por el culto divino y para el culto divino, de tal manera que este culto no se entiende únicamente en el sentido de una forma determinada de subsistencia, sino que se vive como verdadero fundamento. Este orante espiritualiza la Ley, la transfiere a Cristo, precisamente porque en él no llega a realizarse en plenitud su genuino contenido. Este salmo reviste indudable importancia para nosotros: en primer lugar, porque se trata de una plegaria sacerdotal; en segundo lugar, porque encontramos aquí la autosuperación interna del Antiguo Testamento en movimiento hacia Cristo, el impulso de aproximación por el que el Antiguo Testamento se proyecta hacia el Nuevo, y de este modo podemos admirar la unidad de la historia de la salvación. No vivir en virtud de lo que uno posee, sino del culto, significa para el orante vivir en la presencia de Dios, fundar la propia existencia en un confiarse a El desde lo más íntimo. A este propósito, Hans-Joachim Kraus observa acertadamente que el Antiguo Testamento nos permite entrever aquí una cierta comunión mística con Dios, que se desarrolla a partir de esa singular condición de la prerrogativa levítica.

Dios ha venido a ser, por consiguiente, la «Tierra» del orante. En los versículos siguientes aparece con toda claridad qué dimensiones asume concretamente esta realidad en la vida cotidiana. En ellos se dice: «El Señor está siempre a mi diestra». Caminar con Dios, saberlo siempre cercano, tratar con él, mirarle y dejarse examinar por El, he ahí lo que constituye el centro de esta prerrogativa de los levitas. De esta suerte, Dios se hace verdaderamente una tierra, el territorio de nuestra vida. Y así vivimos y «moramos» en su casa. El salmo enlaza aquí con todo lo que hemos encontrado en Juan. En consecuencia, ser sacerdote significa: ir a su casa y de este modo aprender a ver, permanecer en su morada… la profundidad de la invocación recorre todo el salmo, como un ritornello: «¡Enséñame tus preceptos!» (v.12.26.29.33.64). Cuando nuestra vida se halla verdaderamente anclada en la palabra de Dios, el Señor nos «aconseja». La palabra bíblica deja de ser entonces un vocablo cualquiera, genérico y distante, y se convierte en un término que compromete directamente mi vida. Supera la distancia de la historia y se hace para mí palabra personal. «El Señor me aconseja»; mi vida se convierte en una palabra que proviene de El. De esta suerte se hace realidad el dicho: «Tú me enseñarás el sendero de la vida» (Sal 16,11). La vida deja de ser un oscuro enigma. Aprendemos qué significa vivir. La vida se aclara, y, en el centro mismo de ese «ser educado», se transforma en alegría. «Fueron para mí cantos tus estatutos», leemos en el salmo 119 (v.54); no de otro modo se expresa el salmo 16: «Por eso se alegra mi corazón, jubila mi lengua» (v.9); «la hartura de alegría ante ti, las delicias a tu diestra para siempre» (v.11).

Cuando estas lecturas del Antiguo Testamento se ponen en práctica y la palabra de Dios es acogida como tierra de la vida, entonces surge espontáneamente el contacto con aquel en quien creemos como Palabra viviente de Dios. No me parece en absoluto casual que este salmo representara para la Iglesia antigua la gran profecía de la Resurrección, la descripción del nuevo David y del Sacerdote definitivo, Jesucristo. Conocer la vida no significa dominar una técnica cualquiera, sino superar los límites de la muerte. El misterio de Jesucristo, su muerte y su resurrección resplandecen allí donde la pasión de la palabra y su indestructible fuerza vital se hacen experiencia viva.

Para que esto se haga realidad no es preciso llevar a cabo grandes transposiciones en nuestra propia espiritualidad. Pertenecen a la esencia misma del sacerdocio aspectos tales como el estar expuesto del levita, la carencia de una tierra, el vivir proyectado hacia Dios. El relato de la vocación de Lucas (5,1-11), que consideramos al principio, concluye lógicamente con estas palabras: «Ellos lo dejaron todo y le siguieron» (v.11). Sin ese despojarse de todas nuestras posesiones no hay sacerdocio. La llamada al seguimiento de Cristo no es posible sin ese gesto de libertad y de renuncia ante cualquier compromiso. Creo que, bajo esta luz, adquiere todo su profundo significado el celibato como renuncia a un futuro afincamiento terreno y a un ámbito propio de vida familiar; más aún, se hace indispensable para asegurar el carácter fundamental y la realización concreta de la entrega a Dios. Esto significa, claro está, que el celibato impone sus exigencias respecto a toda forma de plantearse la existencia. No puede alcanzar su pleno significado si nos plegamos a las reglas de la propiedad y del juego de la vida, tal como hoy se aceptan comúnmente. Sobre todo, no puede consolidarse si no hacemos de ese nuestro habitar en la presencia de Dios el centro de nuestra existencia. El salmo 16, como el salmo 119, acentúa vigorosamente la necesidad de una continua familiaridad meditativa con la palabra de Dios; únicamente así puede esta palabra convertirse en morada nuestra. El aspecto comunitario de la piedad litúrgica, que esta plegaria sálmica necesariamente implica, queda de manifiesto cuando el salmo habla del Señor como «mi cáliz» (v.5). Según el lenguaje habitual del Antiguo Testamento, esta alusión se refiere al cáliz festivo que se hacía pasar de mano en mano durante la cena cultual, o al cáliz fatídico, al cáliz de la ira o al de la salvación. El orante sacerdotal del Nuevo Testamento puede encontrar aquí indicado, de un modo particular, aquel cáliz por medio del cual el Señor, en el más profundo de los sentidos, se ha hecho nuestra tierra, el Cáliz eucarístico, en el que él se entrega como vida nuestra. La vida sacerdotal en la presencia de Dios viene de este modo a realizarse de una manera concreta como vida que vive en virtud del misterio eucarístico. La Eucaristía, en su más profunda significación, es la tierra que se ha hecho nuestra heredad y de la que podemos decir: «Cayó para mí la suerte en parajes amenos y es mi heredad muy agradable para mí» (v.6: Joseph Ratzinger).

Digo a mi Señor: «Tú eres mi Dios; mi felicidad está en ti. Los que buscan a otros dioses no hacen más que aumentar sus penas; jamás pronunciarán mis labios su nombre». Repito esas palabras, te digo a ti y a todo el mundo y a mí mismo que soy de veras feliz en tu servicio, que me dan pena los que siguen a «otros dioses»; los que hacen del dinero o del placer, de la fama o del éxito, la meta de sus vidas; los que se afanan sólo por los bienes de este mundo y sólo piensan en disfrutar de gozos terrenos y ganancias perecederas. Yo no he de adorar a sus «dioses».

Y, sin embargo, en momentos de sinceridad conmigo mismo caigo en la cuenta, con claridad irrefutable, que también yo adoro a esos dioses en secreto y me postro ante sus altares. También yo busco el placer y las alabanzas y el éxito, y aun llego a envidiar a aquellos que disfrutan los «bienes de este mundo» que a mí me prohíbe mi fe. Sí que renuevo mi entrega a ti, Señor, pero confieso que sigo sintiendo en mi alma y en mi cuerpo la atracción de los placeres de la materia, la fuerza de gravedad de la tierra, la pena escondida de no poder disfrutar de lo que otros disfrutan. Aún tomo parte, al amparo de la oscuridad y el anónimo, en la idolatría de dioses falsos, y ofrezco irresponsablemente sacrificios en sus altares. Aún sigo buscando la felicidad fuera de ti, a pesar de saber perfectamente que sólo se encuentra en ti.

Por eso mis palabras hoy no son jactancia, sino plegaria; no son constancia de victoria, sino petición de ayuda. Hazme encontrar la verdadera felicidad en ti; hazme sentirme satisfecho con mi «heredad», mi «lote» y mi «suerte», como me has enseñado a decir.

«El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,

mi suerte está en su mano:

me ha tocado un lote hermoso,

me encanta mi heredad».

Enséñame a apreciar la propiedad que me has asignado en tu Tierra Santa, a disfrutar de veras con tu herencia, a deleitarme en tu palabra y descansar en tu amor. Y prepárame con eso a hacer mías en fe y en experiencia las palabras esperanzadoras que pones en mis labios al acabar este Salmo:

«Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha». Hazlo así, Señor (Carlos G. Vallés).

 

3. Hb 10,11-14.18. Estos versículos pertenecen al final de la parte central de la carta a los hebreos (5,11-10,18), que ha puesto a la luz la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre el sacerdocio levítico. En la presente lectura el autor reclama nuestra atención sobre dos de los argumentos que él ha desarrollado en favor de esta superioridad. El sacrificio de Cristo, a diferencia de los de la Antigua Ley que no podían borrar los pecados, es que sí los perdona, es perfecto, y es único y para siempre (vv 11-12). Los que participan en este sacrificio quedan perdonados de sus pecados, adquieren pureza de conciencia y unión con Dios, santidad, que deriva del Calvario, de la cruz. En la Misa se re-vive: "El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: "Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer": (Concilio de Trento) "Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz "se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento"; …este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio" (Ibid)" (Catecismo 1367).

a) En contraste con el sumo sacerdote, Cristo, a su vez, ha penetrado en un santuario eterno (vv 12-13). Esta entrada simboliza su ascensión hasta el Padre, por encima de los cielos que la cosmología judía se representaba bajo la forma de una tienda (Sal 103/104, 2). Así pues, Cristo ha penetrado en un tabernáculo no hecho por manos de hombres (Heb 9,11), es decir, este nuevo tabernáculo no pertenece a la creación propiamente dicha, y se ha sentado por encima de ella.

El autor desarrolla en este pasaje una idea nueva: el sacrificio de Cristo le confiere una investidura mesiánica (v 13), a la cual no podía aspirar el sumo sacerdote. Por primera vez, en Jesucristo, un acto sacerdotal termina en una investidura real.

b) En oposición a los múltiples sacrificios del templo, el sacrificio de Cristo es único (vv 12,14.18): todo se ha cumplido de una vez para siempre. En efecto, al ofrecer su vida y su sangre, Jesús trasciende todo lo que había sido realizado anteriormente (cf Heb 9,9-12); en segundo lugar, su sacrificio perfecciona a cualquiera que se beneficie de él (v 14), cosa que ningún sacrificio anterior había podido lograr (cf Heb 8,7-13); finalmente, el sacrificio de Cristo abre a los suyos el acceso a los bienes espirituales y escatológicos, en tanto que los sacrificios antiguos solo procuraban bienes materiales.

Incluso el hecho de que el Señor esté, a partir de este momento, "sentado" (v 12), y no de pie, en actitud sacrificial (v 11), pone de manifiesto que su sacrificio no admite renovación alguna, pues los pecados quedan efectivamente perdonados. ¡Qué extraña aparece entonces la actitud del cristiano preocupado siempre por negociar su perdón! (Maertens-Frisque).

En la sección central de toda la carta a los Hebreos (5,11-10,39), encontramos tres párrafos más centrales todavía (7,1-28; 8,1; 9,28 y 10,18). Nuestro texto se encuadra dentro de este último y constituye, por tanto, una de las partes centrales del escrito. El tema general de este último párrafo es la exposición de que el sacrificio de Cristo es causa de una salvación eterna. El tema del sacrificio de Jesús es mucho más difícil de cuanto se suele creer normalmente y, a menudo, se utiliza y ha utilizado inadecuadamente. Sería precisa una seria información sobre este punto, revisando en serio nuestras concepciones.

En este texto no se aborda la cuestión globalmente, sino desde un punto de vista concreto: la obra de Jesús es definitiva y perpetua. La Muerte y Resurrección de Jesús han cambiado radicalmente el posible destino humano de cómo habría sido sin esta intervención de Dios. El autor es consciente de cuanto falta para llegar a la consumación total de todo ello, pero el paso más importante, ya ha sido dado.

El texto habla de la muerte, suponiendo todo lo anterior de la carta, pero también insinúa claramente la exaltación de Cristo, o sea, la Resurrección y sus consecuencias.

Téngase en cuenta el matiz del v. 18, que podría hacernos reflexionar sobre la idea de un sacrificio expiatorio aplicada a la obra de Cristo. Es todo lo contrario. El perdón es independiente de una ofrenda cúltica, ritual. Es obra del amor gratuito de Dios, es aceptación y exaltación de la condición humana. Sucedida en la vida del Hijo y con El, en la de todos los hombres (Dabar 1985).

Alguien ha dicho que la civilización cristiana es una escuela de culpables. ¿Quién nos librará de esta caricatura de cristiano, abrumada por el sentimiento de su indignidad, ocupada incesantemente en negociar su perdón? Esta actitud rememora la religión antigua, cuando se creía un deber diario el arrancar a Dios su indulgencia. Cristo ya no está de pie ante Dios intercediendo por nosotros. Está sentado para siempre, seguro de su triunfo sobre todo mal. El perdón ha sido obtenido una vez por todas y para todos los pecados. Y Dios nos atestigua que después de la muerte de Cristo ya no se acuerda más de nuestros pecados. Donde abunda el pecado, sobreabunda el amor. El Señor nos introduce en la religión interior, fundada en la confianza filial y no en el temor. No debemos, pues, considerar nuestra miseria como una carga implacable. Un cristiano no cree en el pecado, sino en la victoria de Cristo sobre el pecado (Dabar 1982).

Se confronta la inefectividad del sacerdocio antiguo y el efectivo sacerdocio de Cristo, que, de una vez por todas, ha santificado a los cristianos. Un sólo sacrificio de Jesús ha llevado a los "santificados" (cf. 2, 11), que han participado en su obra, al fin deseado, al fin que Dios les guardaba; éste consiste en la purificación de los pecados y en la unión con Dios.

Cristo, "sentado a la derecha de Dios" después de su glorificación, espera la aniquilación plena de sus enemigos. Por su muerte ha vencido al poder de Satán. Pero el pleno triunfo y señorío está por llegar, como lo demuestra la situación real de la comunidad creyente. Con palabras del salmo 110 describe el autor esta expectativa.

Con el perdón pleno y definitivo de todos los pecados por el sacrificio de Jesús, toda otra ofrenda o sacrificio es superfluo. Con el comienzo del NT, la ordenación legal del AT está derogada. Asimismo, por la revelación acontecida en Cristo Jesús, se entiende ya de una vez y para siempre todo lo anunciado por los profetas ("Eucaristía 1988").

Todos conocemos la imagen del vencedor sentado en su trono y descansando los pies sobre las espaldas de su enemigo. Es el símbolo de una victoria total. El autor piensa que Cristo ya ha vencido, pero falta todavía algo para que su victoria sea efectiva en todas sus consecuencias. Por eso la Iglesia espera que un día se manifieste con poder y majestad el triunfo de su Señor. Creemos que Cristo ya está sentado y es el Señor, pero nosotros no podemos estar sentados. La esperanza cristiana no consiste en estar a verlas venir, es una esperanza activa.

Ahora bien, la actividad de los cristianos no consiste en la multiplicación de los sacrificios para alcanzar el perdón. Pues ya hemos sido perdonados gracias al único sacrificio de Cristo. Nuestro culto, y en especial la eucaristía, no tiene que ver con los sacrificios antiguos. Ahora se trata más bien de renovar la memoria de Jesucristo, de celebrar su victoria y de actualizar el único sacrificio de la Cruz. Se trata de proclamar y de recibir el perdón de Dios. Se trata de atestiguar en el mundo que hemos sido perdonados perdonando nosotros también a los que nos ofenden ("Eucaristía 1982").

Las consideraciones sobre el ministerio de Jesús como sumo sacerdote se acercan rápidamente a su fin y cada vez aparece más claro adonde quiere llegar la carta. Cristo, con su muerte en la cruz, se procuró a sí mismo y a todos los suyos la salvación definitiva.

Él mismo llegó a su meta celestial y ahora, compartiendo el trono con el Padre, sólo tiene que aguardar en paz a que, como lo expresa el autor con una cita del salmo, 110, 1 "sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies" -la tarima cubierta con alfombra sobre la cual se coloca el trono real.

La carta no da tanta importancia a los acontecimientos dramáticos que se irán sucediendo hasta el final de los tiempos.

El acontecimiento decisivo ha tenido ya lugar; la muerte de Cristo y su entronización en el santuario celeste a la derecha del Padre.

Todo lo que pueda venir después en nuestra vida y en la vida del mundo, debemos aguardarlo los cristianos con la mayor tranquilidad y sosiego, porque también nosotros hemos alcanzado con Cristo la "consumación" o perfección.

Ya tenemos abierto el camino que conduce al lugar santísimo de Dios. Cierto que todavía no hemos ocupado un puesto, como ya lo ha hecho Cristo, y todavía corremos peligro de recaer en el pecado y en la infidelidad. Porque el tiempo, nuestra vida, es el lugar de la siembra en la que debe ir creciendo la Palabra salvadora hasta la cosecha final.

-Jesús, después de haber ofrecido su sacrificio, conduce a su perfección a los que ha santificado (Heb 10,11-18).

Prosigue la enseñanza de la doctrina del único sacrificio de Cristo y de su eficacia infinita. Su punto de partida es la comparación con el sacrificio del Antiguo Testamento. Los repetidos sacrificios del Antiguo Testamento jamás pudieron borrar los pecados; los sacerdotes lo ofrecían de pie. Jesús, en cambio, ha ofrecido un único sacrificio y está sentado para siempre a la derecha de Dios. Es la continuación de lo dicho el domingo anterior. Sin embargo, hemos de reflexionar sobre la última afirmación de este pasaje: el cristiano queda aquí configurado como quien ha sido llevado hasta su perfección. ¿Podemos suscribir esta afirmación, cuando a diario experimentamos la debilidad? Tenemos que entender esta frase como la afirmación de lo que Cristo nos ha merecido, en principio, por su sacrificio: nos ha conducido objetivamente a la perfección, pero nos queda incorporarnos a esa situación que se nos ofrece. Una vez más constatamos, así, el estado de tensión de toda existencia verdadera del cristiano: está ya santificado y, por otra parte, está obligado siempre a incorporarse a la santificación que se le ofrece. Esa es la razón de que, aunque el sacrificio de Cristo es único, nuestra debilidad exige que sea actualizado frecuentemente por nosotros. Aunque no hay que buscar ya ningún sacrificio para la expiación del pecado, el propio Cristo ha querido que se actualice su única ofrenda y su único y definitivo perdón (Adrien Nocent).

Después de hablar largamente del sacrificio de Jesucristo como centro de su misterio, el autor habla ahora, al acabar la parte central del escrito, de su eficacia salvífica en nosotros. «Hermanos, tenemos libertad para entrar en el santuario llevando la sangre de Jesús...» (v 19). Este es el gran anuncio de la buena nueva en lenguaje cultual; «entrar en el santuario», es decir, acercarse a Dios, es la realización de todo lo que el autor ha venido diciendo sobre la eficacia de la obra de Cristo: purificar el pecado, redimir, dar la perfección en conciencia, dar culto al Dios vivo. Lo que para Jesús fue un hecho en la cruz, para nosotros es el anuncio de una gozosa posibilidad en él: entrar en el santuario del Dios vivo.

La carta a los Hebreos tiene una comprensión radicalmente cristiana del culto. La entrada de Jesucristo ante Dios consistió en su íntimo y libre ofrecimiento personal a él (9,11-12, 10, 5-10), pues bien, nuestra entrada ante Dios consiste en la «sinceridad y plenitud de fe..., la confesión de la esperanza..., la caridad y las buenas obras» (10,22-25). Creyendo, esperando y amando nos acercamos los hombres a Dios y así hallamos la purificación de la conciencia y la perfección. El antiguo culto proyectaba al hombre fuera de sí mismo y sobre unos animales sacrificados, pero el único sacrificio realmente válido que conduce al hombre ante Dios es el ofrecimiento de la propia vida, consumado en la fe, la esperanza y la caridad, vividas en el sacrificio de Jesucristo.

La estructura literaria de 10,19-25 expresa la tensión en que vive todo hombre: «Tenemos libertad para entrar en el santuario llevando la sangre de Cristo... Acerquémonos... por la fe, la esperanza y la caridad». Es la tensión entre el anuncio gozoso de la salvación ofrecida en Jesucristo y la exigencia de la decisión humana, sin la cual no se realiza esa salvación; es la tensión entre la seguridad absoluta del don de Dios que se ofrece en Jesucristo y la constante inseguridad de nuestra decisión libre, renovada cada día. Por eso, Heb no «explica» la fe ni la caridad, sino que las «recomienda». La carta no establece una sucesión cronológica entre la obra de Dios y la libre decisión humana ni mucho menos una especie de lucha, sino una total y misteriosa integración. En su personal fe-esperanza-caridad activa acoge y realiza el hombre el ofrecimiento de Dios en Jesucristo; así se salva el hombre y da a Dios el culto verdadero (G. Mora).

"Alégrese Israel en quien lo ha hecho, y exulten en su rey los hijos de Sión (Sal 149,2). En quien lo ha hecho y en su rey significan lo mismo. También se identifican Israel y los hijos de Sión. El Hijo de Dios que nos hizo fue hecho entre nosotros y nos gobierna en cuanto nuestro rey porque nos hizo en cuanto Creador. Quien nos hizo es el mismo que nos gobierna. De aquí que somos cristianos porque él es Cristo. Cristo se deriva de crisma, es decir, de unción. Antiguamente se ungía a los reyes y a los sacerdotes. Él fue ungido como rey y como sacerdote. Como rey luchó por nosotros, como sacerdote se ofreció por nosotros. Cuando luchó por nosotros parecía que había sido vencido, pero fue el vencedor. Fue crucificado y, desde la cruz en que fue elevado, dio muerte al diablo. Por eso es nuestro rey.

¿En qué sentido es sacerdote? En cuanto que se ofreció por nosotros. Dad al sacerdote lo que ha de ofrecer. ¿Qué encontrará el hombre que pueda entregar como víctima pura? ¿Qué víctima hallará? ¿Qué podrá presentar el pecador que sea puro? ¡Oh inicuo, oh malvado! Cuanto tú puedas aportar es inmundo, y, no obstante, ha de ofrecerse por ti algo puro. Busca en ti eso puro que debes ofrecer: no lo hallarás. Busca entre tus bienes lo que debes inmolar: no le agradan carneros, ni machos cabríos, ni toros. Aunque tú se lo ofrezcas, es suyo. Ofrécele un sacrificio puro. Pero eres impío, eres pecador, tienes la conciencia manchada. Es posible que puedas ofrecer algo puro, si has sido purificado antes; mas para estarlo se ha de ofrecer algo por ti. ¿Qué has de ofrecer tú por tu persona para lograr la purificación? Podrás ofrecer algo puro, sólo si eres puro. Por tanto, ofrézcase a sí mismo el sacerdote puro y obtenga la purificación.

Pues bien, esto es lo que hizo Cristo. En los hombres no encontró nada puro que pudiera ofrecer en nombre de ellos; ante esto, se ofreció a sí mismo, víctima purísima. ¡Oh feliz víctima, víctima verdadera, víctima inmaculada! Así, pues, no ofreció lo que nosotros le dimos. ¿Qué digo? Ofreció lo que tomó de nosotros, pero lo ofreció puro. Tomó de nosotros la carne y fue esa carne lo que ofreció. Pero ¿de dónde la tomó? La tomó del vientre de la virgen María, para ofrecerla como carne pura por los impuros. Él es rey, es sacerdote; regocijémonos en él" (S. Agustín).

 

4. Mc 13,24-32 (par: Lc 21,20-33; Mt 24,15-36). A continuación del texto del domingo pasado Marcos nos presenta a Jesús abandonando el Templo y hablando de la futura destrucción de éste. Sentado después en el monte de los olivos, teniendo precisamente ante su vista ese Templo, Jesús responde a una pregunta formulada por Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Son los mismos cuatro con los que Marcos había iniciado la andadura pública de Jesús. La pregunta ha sido la siguiente: ¿Cuándo sucederá esa destrucción y cuál será la señal anunciadora? Jesús les pone en guardia contra la curiosidad por saber tiempos y fechas, invitándoles más bien a tomar conciencia del difícil futuro que como discípulos suyos les espera. Es en este punto donde entronca el texto de hoy.

Este comienza con una referencia a esa situación de dificultad de los discípulos. La llama "gran tribulación". Sin embargo, y ésta es la peculiar aportación del texto, esta situación de dificultad no va a durar indefinida- mente. Su final se articula en tres actos: fenómenos cósmicos, llegada gloriosa del Hijo del Hombre, reunión de los elegidos dispersos por los cuatro puntos cardinales. Esta reunión que pone fin a las penalidades de los elegidos es el punto culminante y razón de ser de los fenómenos cósmicos y de la llegada del Hijo del hombre.

A continuación el lenguaje del texto deja de ser informativo para hacerse interpelativo: empleo de la segunda persona del imperativo (aprended, sabed). La interpelación está basada en el símil del despuntar de la higuera como señal inconfundible de la proximidad de la estación buena. La formulación textual de la trasposición del símil es como sigue: "Así también vosotros, cuando veáis suceder esto, sabe que está cerca, a la puerta". Los problemas de esta formulación son dos: a qué se refiere el pronombre "esto"; ausencia de sujeto en la frase "está cerca". La traducción litúrgica supone precipitadamente que el sujeto es el Hijo del Hombre. Por exigencia interna del símil el sentido de la trasposición parece que debe ser como sigue: cuando por ser discípulos míos os veáis inmersos en la dificultad, sabed que el final de ésta, está cerca. El pronombre "esto" se refiere a las dificultades de los discípulos y no a los fenómenos cósmicos. La función del símil es despertar en los discípulos la certeza de que sus sufrimientos tendrán un desenlace feliz (A. Benito).

El género apocalíptico es común en aquellos tiempos… Ante este texto, fascinado por el futuro, ¿hay que sospechar una huida infantil hacia el porvenir, cierto rechazo de la realidad imposible de soportar, una evasión hacia lo imaginario, cuya necesidad febril apenas quedaría oculta bajo el velo cristológico de que está revestida? Podría pensarse en esto, si los ojos del lector evangélico se mantuvieran clavados por encima de la línea del horizonte, indiferente a las realidades terrenas. Pero no hay nada de esto. La mirada del creyente, animado por la fe evangélica, lejos de encerrarse en el futuro divisa simultáneamente el presente y el porvenir. Lo exigen la segunda parte de nuestro texto y, más aún los versículos omitidos (33-37). El futuro es esperado en el presente. En él aparecen los discretos signos de un futuro cuya fecha es de la competencia exclusiva del misterio de Dios. Estos signos reclaman una atención animada por la fe, pero también una eficaz vigilancia aplicada al trabajo de cada día. Sólo hay futuro... al final del presente. Sólo hay porvenir substancial, al cabo de una actualidad cuidadosamente organizada. Los cristianos deben temer -así se les ha dicho con frecuencia- que su inclinación al futuro les lleve a olvidar las tareas del presente; no se puede echar en saco roto la amonestación. ¿Pero no deben temer, al menos en igual medida, olvidar el futuro cuando tan absorbentes son las tareas del presente? Pues, al fin, creer en el futuro es creer... a pesar de todo. Y creer no es tan fácil... (Louis Monloubou).

El significado más obvio de "escatología" es el de un discurso sobre las realidades últimas y definitivas. Se trata ciertamente -aun cuando esta convicción haya ido madurando lentamente y con no pocas fatigas- de realidades que están más allá de la historia, pero sin que esto signifique que no se van preparando dentro de la historia. En efecto, la escatología bíblica es un discurso sobre la historia, un modo de leerla y de asumirla. Esta es la sorprendente perspectiva bíblica interesante y concreta. La mirada hacia el futuro (esto es, la revelación de lo que será el futuro) hace importante al "presente" y ofrece un criterio de opción y de valorización. La atención en el fondo se dirige al presente. El futuro ofrece un criterio de orientación en el presente, pero es en el tiempo presente donde se está jugando el futuro. Esta es la posición, por ejemplo, frente a Jesús: él es el Hijo del Hombre que habrá de volver, pero lo decisivo es la actitud que hoy asumimos frente a su anuncio.

El punto más original del mensaje bíblico en general y del profético en particular es el concepto de que la historia va caminando hacia un último término bajo la dirección de Dios. La concepción griega, por el contrario, es sustancialmente cíclica. La convicción de que la historia es conducida por Dios hacia una salvación indestructible está ya presente en los orígenes de la fe hebrea; en esta convicción se arraigan los gérmenes de su desarrollo sucesivo, incluida la exigencia de que esta salvación tiene que colocarse más allá de la historia, en la comunión con Dios. Efectivamente, la esperanza que acompañó a Israel durante toda su historia (y más tarde a la comunidad cristiana desde sus orígenes hasta la actualidad) es el encuentro entre la promesa de Dios (siempre amplia) y la situación actual (siempre llena de desilusiones) que continuamente parece desmentir a la promesa y retrasarla.

Esta experiencia ha obligado a colocar las realidades últimas cada vez más allá y purificar las esperanzas: las realidades últimas son obra de Dios y no simplemente fruto del hombre; además, son cualitativamente distintas de lo que vivimos y soñamos. Así pues, podemos resumir de este modo las convicciones de Israel sobre la historia: Dios, y no sólo el hombre, es protagonista de la historia; la historia es conducida por Dios hacia una salvación definitiva; la historia está sometida a un juicio (no todas las opciones conducen a la salvación, sino sólo aquellas que se hacen dentro de la obediencia a los designios de Dios). Todo lo que hemos dicho corresponde sustancialmente a la visión escatológica de los profetas. Es una visión grandiosa y sobria al mismo tiempo, sin intento alguno de penetrar en los secretos de Dios y sin ceder a la curiosidad del "cuándo" y del "cómo". Pero esta "sobriedad" parece que fue fallando en el último período postexílico, cuando se desarrolló en el judaísmo una vasta literatura que fue llamada "apocalíptica". Son tiempos difíciles, de persecución, y parece inútil la fidelidad de los buenos. Se necesita un consuelo, que se encuentra en la confianza inquebrantable de que al final de los tiempos (unos tiempos que están ya "cerca") se realizará el juicio de Dios y cambiará la situación gracias a una intervención de Dios. El lenguaje de esta literatura es típico: describe los últimos tiempos como tiempos de guerras y divisiones (pueblo contra pueblo, reino contra reino), de terremotos y carestía, de catástrofes cósmicas (el sol y la luna se oscurecerán y las estrellas caerán), todo ello bajo el signo de una tremenda imprevisión por parte de los hombres (lo mismo que se presentan de pronto los dolores de parto en la mujer). Este lenguaje está también ampliamente presente en el discurso de Marcos: no se trata del mensaje, sino simplemente del medio expresivo que utiliza para comunicárnoslo. De ninguna forma se pueden entender estas expresiones al pie de la letra (Bruno Maggioni).

Más allá del lenguaje de las imágenes, son éstos los elementos que constituyen su contenido: el triunfo del Hijo del Hombre, que parece ahora ser desmentido por la historia, será visible a todos; será inesperado; el juicio; la reunión de todos los elegidos en la gran familia de Dios (en efecto, el plan de Dios es un plan de hermandad universal).

Queda por aclarar todavía un punto: la vuelta del Hijo del hombre en poder y majestad no significa, de ningún modo, que Dios, al final, abandona el camino del amor para sustituirlo por el de la fuerza. Si así fuera, la cruz dejaría de ser el centro del plan de la salvación y el mismo comportamiento de Dios acabaría dándoles la razón a todos los que afirman que el amor es inútil, incapaz de conseguir su finalidad; ¡sólo la fuerza es eficaz! Pero no es así, ni mucho menos. La vuelta del Hijo del Hombre será el triunfo del Crucificado (Mc 14,61-62), la demostración de que el amor es poderoso, victorioso (Bruno Maggioni).

Como en otras ocasiones, Mc habla ayudado de imágenes tradicionales en su cultura (cf Is 13,10; Jl 2,10; 3,4; Zac 2,10). La caída del "mundo viejo" con todos los poderes que lo rigen y determinan coincide con la irrupción de una creación nueva. En el mismo momento en que todo sea oscuro (confesión, caos), aparecerá a los ojos de los hombres el Hijo de Dios (del hombre), o sea, Jesús = el salvador.

Pero falta una detallada descripción del juicio. Y es que para Mc no es importante el destino de "los otros", sino la afirmación a los elegidos: ¡No os perderéis! Podéis permanecer hasta el final como discípulos de Jesús. Después estaréis en comunión (comunidad) con vuestro Señor. Y como el mundo sólo encuentra salud y redención en el Hijo del hombre, tampoco Dios puede llevarlo por otros caminos que obvien esa profunda crisis que le sobreviene. En manos del mundo está confiar o no confiarse al mensaje de Jesús. Por eso no tendría sentido que los discípulos de Jesús pidieran a Dios sólo por el mundo en general.

Los versos finales sobre el fin de los tiempos contienen a primera vista dos expresiones contradictorias entre sí. De un lado, la reconocible proximidad del fin; por otro, se acentúa que el momento sólo Dios lo sabe. Esto hace suponer que el evangelio quiere expresar a sus oyentes esta tensión y hacerles tomar conciencia de su situación ("Eucaristía 1988").

Esta lectura recoge parte del llamado "apocalipsis sinóptico" según la versión de Marcos. En las palabras de Jesús se mezclan dos motivos o temas, uno referente al fin de Jerusalén y otro al fin de los tiempos. No es fácil distinguir entre ambos. Siendo la destrucción de Jerusalén figura o tipo del fin del mundo, lo que se dice del hecho ya acaecido quiere decir también algo de lo que está por venir. De manera que el texto se parece a un cuadro con sus diferentes planos, sin que sea posible establecer una línea divisoria entre el primer plano y el segundo.

Las tres versiones del "apocalipsis sinóptico" (cfr Mc 13; Mt 24 y 25; Lc 21) coinciden en las siguientes características: a) el discurso escatológico se presenta como respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos sobre la destrucción del templo de Jerusalén; b) se trata de una composición en la que se han reunido palabras del Señor, pronunciadas en distintas ocasiones, y cuya redacción obedece también a las exigencias de la catequesis y al deseo de interpretar la situación histórica en la que se hallaba la iglesia primitiva; c) sobre todo en la redacción de Marcos y en la de Mateo, se adivina la convicción de los cristianos de que la venida del Señor era inminente; d) por eso el motivo dominante es una llamada a la vigilancia ante la venida imprevisible del Señor y a estar atentos a los signos de los tiempos; e) el estilo apocalíptico se presenta lleno de imágenes o símbolos de difícil interpretación y que, desde luego, se resisten al que pretende tomarlos al pie de la letra.

En la descripción de este cataclismo, en la que se descubre la influencia del libro de Isaías (34,4), se presupone la visión mítica del universo. La conmoción del "firmamento" y la "caída" de las estrellas es la ruina de un orden viejo, el fin del cosmos que dará paso a un orden nuevo. Los "ejércitos celestiales" son sencillamente los astros. Jesús, el que habla, es el Hijo del Hombre que vendrá sobre las nubes, el Señor. Se alude aquí a la misteriosa figura de la visión de Daniel (7, 13). La palabra "venir" en los profetas significa frecuentemente "manifestarse", y ése es aquí su sentido más apropiado. Por lo tanto, Jesús se manifestará como Señor y en él aparecerá la misma gloria de Dios.

Por eso vendrá con "poder" (esto es, acompañado de los ángeles o ejecutores de la voluntad de Dios) y "majestad" (o "gloria", que es el atributo exclusivo de Dios).

La reunión de todos los elegidos constituye un rasgo esencial del Reino de Dios que aparece ya en las expectativas mesiánicas de Israel. La asamblea eucarística quiere ser también un signo de esperanza en el que se anticipa la gran reunión de los elegidos cuando vuelva el Señor. Aunque Marcos no menciona el juicio final, lo presupone: los que no sean reunidos quedarán excluidos del Reino de Dios. Sólo entonces se reunirán los elegidos en una misma asamblea como ahora se reúnen las espigas esparcidas por los montes para formar un mismo pan eucarístico (como dice una hermosa oración de la Didajé). Entonces será el tiempo de la cosecha, y por lo tanto, del juicio, de la separación del grano y de la paja. Mientras tanto, en el mundo todo está mezclado, y en la iglesia también.

Después de referirse al fin del mundo y a su venida gloriosa, Jesús responde a la pregunta que le hicieron sus discípulos sobre la ruina del templo (v. 4). De este hecho serán testigos los hombres de su generación.

Hubiera sido preferible traducir así: "Mas de aquel día y hora nadie sabrá nada..." Pues Jesús se refiere ahora al fin del mundo y no a la destrucción de Jerusalén; alude a su venida repentina y al día del juicio. Para esto se utiliza en el género apocalíptico la expresión "aquel día".

En los evangelios se presenta a Jesús con rasgos verdaderamente humanos, como hijo de mujer, pero también con otros rasgos que lo elevan por encima de los hombres. Como hijo de mujer, Jesús crece en edad y sabiduría, se somete a la voluntad de Dios y nos dice que no conoce "aquel día ni la hora". Pero, como Hijo de Dios, revela a los hombres la intimidad del Padre y somete a su dominio las criaturas. Nosotros creemos que Jesús el hijo de María, es también el Hijo de Dios; pero no sabemos cómo sea esto posible. Por eso tampoco conocemos el misterio de su conciencia, el misterio que sólo Jesús conoce, su misterio ("Eucaristía 1982").

Hemos escuchado hoy unos textos escatológicos del Nuevo Testamento. Hablan "escatológicamente" de la salvación que Dios nos dará el último día. El evangelio habla de la venida de Jesús, acompañada de unos acontecimientos cósmicos: vendrá como un ladrón en la noche, de manera imprevista... ¿Cómo se ha de entender todo esto? Aquí hay un lenguaje con imágenes. No son afirmaciones exactas, sino comparaciones alusivas. Del mismo modo que los primeros capítulos del Génesis no son historia, sino una expresión literaria libre de la verdad de la creación, del mismo modo los datos sobre la venida de Jesús y la salvación escatológica no son más que imágenes sobre la verdad de que Jesús, de algún modo, quiere conducir a la perfección al mundo y a los hombres.

Este evangelio no es, por supuesto, una guía de los últimos días; no hay un reportaje sobre los últimos acontecimientos. Más bien es un balbuceo de la nueva realidad -que no se puede expresar con nuestras palabras, con la que Dios quiere llevar a su fin la creación. Dios supera nuestra imaginación y no podemos comprender su acción. Pero en este futuro actuar de Dios hay un sí absoluto al mundo que ha creado ("Eucaristía 1988").

S. Agustín dice que mejor que no sepamos día y hora… "Hemos escuchado que el último día ha de venir con terror para quienes rechazan la seguridad del vivir bien, y prefieren continuar en su mala vida. Es útil que Dios haya querido que ignorásemos aquel día, para que el corazón esté siempre preparado en la espera de lo que sabe que ha de llegar, aunque no sepa cuándo ha de ser. Pues nuestro Señor Jesucristo, enviado a nosotros como maestro, a pesar de ser el Hijo del hombre, dijo que ignoraba ese día (Mc 13,32). Su magisterio no incluía el enseñarnos eso a nosotros. En efecto, nada hay que sepa el Padre y que ignore el Hijo, puesto que la ciencia del Padre se identifica con su Sabiduría, y su Sabiduría es su Hijo, su Palabra. Pero no era provechoso para nosotros conocer esa fecha, que conocía el que había venido para enseñarnos, pero no lo que él sabia que no nos era de provecho.

En su condición de maestro, no sólo enseñó, sino que también ocultó algo, pues en cuanto maestro sabía enseñar lo provechoso y ocultar lo dañino. Así, por cierta forma de hablar, se afirma que el Hijo ignora lo que no enseña: es decir, se dice que ignora lo que nos hace ignorar, según una forma de hablar que es habitual. Hablamos de un día alegre, porque nos pone alegres, y de un día triste porque nos pone tristes, y del frío perezoso, porque nos vuelve perezosos. Igual que, de manera contraria, dice el Señor: «Ahora conozco». Se dijo a Abrahán: Ahora conozco que tú temes a Dios (Gn 22,12). Esto ya lo sabia Dios antes de ponerlo a prueba. Pues la prueba tuvo lugar para hacernos conocer a nosotros lo que Dios ya conocía, y a fin de que se escribiese para nuestra instrucción lo que él ya conocía antes de tener tal documento. Y hasta es posible que ni siquiera el mismo Abrahán conociese la fuerza de su fe.

Todo hombre se conoce al ser como interrogado por la tentación. Pedro desconocía las fuerzas de su fe, cuando dijo al Señor: Estaré contigo hasta la muerte. Pero el Señor, que le conocía, le predijo cuándo le iban a fallar las fuerzas, diagnosticándole su debilidad, como si hubiese tomado el pulso a su corazón (Lc 22,33-34). De esta manera Pedro que antes de la tentación había presumido de sí, en ella se conoció a si mismo. Por tanto, no es un absurdo suponer que también nuestro padre Abrahán llegó a conocer las fuerzas de su fe, cuando, tras mandársele sacrificar a su único hijo, no dudó ni temió ofrecer a Dios lo que él le había dado. Pues del mismo modo que ignoraba cómo se lo había de dar cuando aún no había nacido, así creyó que podía restablecérselo, una vez inmolado. Dijo, por tanto, Dios: Ahora conozco. Que hemos de entenderlo de este modo: «Ahora te he hecho conocer», según las formas de hablar antes mencionadas, por las que hablamos de frío perezoso, porque nos vuelve perezosos, y de día alegre porque nos pone alegres. De igual manera se dice conocer, porque nos hace conocer. Éste es el sentido de aquellas palabras: El Señor vuestro Dios os pone a prueba para saber si le amáis (Dt 13,3).

Sin duda atribuirías al Señor nuestro Dios, el Dios sumo, Dios verdadero, una gran ignorancia -lo que es un gran sacrilegio, como bien comprendes- si interpretas las palabras: El Señor os pone a prueba para saber, como si hubiera en él ignorancia y obtuviese la ciencia mediante la prueba a que nos somete. Entonces, ¿qué significa: Os pone a prueba para saber? Os pone a prueba, para haceros saber. Tomad, por contraste, la norma según la cual se han de entender tales palabras. Si cuando oís decir que Dios conoció, entendéis que os hizo conocer, de idéntica manera, cuando oís que el Hijo del hombre, es decir, Cristo ignora aquel día, tenéis que entender que él hace que lo ignoremos. ¿Qué quiero decir con «hace que lo ignoremos»? Que lo oculta para que ignoremos lo que no nos es provechoso que se nos descubra. Es lo que dije antes: que el maestro bueno sabe qué ha de enseñar y qué ha de ocultar. Así leemos que él difirió ciertas cosas.

Eso nos hace comprender que no se ha de manifestar todo aquello que no pueden comprender aquellos a quienes se les manifiesta. Dice, en efecto, en otro lugar: Tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no podéis soportarlas (Jn 16,12). Y también el Apóstol: No pude hablaros a vosotros como a espirituales, sino como a carnales; como a párvulos en Cristo os di a beber leche, y no alimento sólido, pues no podíais tomarlo, como tampoco podéis ahora (1 Cor 3,1-2). ¿A qué vienen estas palabras? Miran a que, como sabemos que ha de llegar el último día, y que nos es útil tanto el saber que ha de venir como el ignorar el cuándo, tengamos el corazón preparado mediante una vida santa, de forma que no sólo no temamos tal día, sino que hasta lo amemos. Pues, en verdad, ese día, aunque para los incrédulos signifique un aumento de fatigas, para los creyentes significará el fin de las mismas. ¿A cuál de estos dos grupos de personas quieres pertenecer? Ahora está en tu poder, antes de que venga; pero no una vez que haya llegado. Elige, mientras estás a tiempo, pues lo que Dios oculta por misericordia, lo difiere también por misericordia".

""Cristo, Dios nuestro e Hijo de Dios, la primera venida la hizo sin aparato; pero en la segunda vendrá de manifiesto. Cuando vino callando, no se dio a conocer más que a sus  siervos; cuando venga de manifiesto, se mostrara a buenos y malos. Cuando vino de  incógnito, vino a ser juzgado; cuando venga de manifiesto, ha de ser para juzgar. Cuando  fue reo, guardó silencio, tal como anunció el profeta: "No abrió la boca como cordero  llevado al matadero". Pero no ha de callar así cuando venga a juzgar. A decir verdad, ni  ahora mismo está callado para quien quiera oírle"".

También dice S. Efrén: "quiso ocultarnos esto para que permanezcamos en vela y para que cada uno de nosotros pueda pensar que este acontecimiento se producirá durante su vida… ha dicho muy claramente que vendrá, pero sin precisar en qué momento. Así todas las generaciones y siglos lo esperan ardientemente".

Domingo de la 33ª semana. Miguel salva a Israel, anuncia que Jesús con su sacrificio nos salvará de una vez para siempre, y nos reunirá.

1. Daniel dice que Miguel arcángel salvará al pueblo de Israel y "todos los inscritos en el libro… despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad". O sea que irán al cielo, nos habla de la resurrección de los muertos. Hace poco he leído el chiste de uno que llama preguntando por alguien: "¿está fulanito?" y responden: "-no, pero vendrá". –"¿Cuándo? ¿Tardará mucho en ir?" –"no sé, pero vendrá". "-oiga, ¿cómo está usted tan seguro?, ¿con quién hablo?" –"Con el cementerio…" En la Misa de hoy nos dice Jesús: "yo tengo pensamientos de paz y no de aflicción", de manera que si alguna cosa nos quita la paz, no es de Dios, hemos de quitarla de la cabeza como si fuera una idea del demonio, porque Jesús es Príncipe de la Paz, y hemos de pensar las cosas –también las decisiones difíciles-  de manera que nos den paz, pensamientos de paz, de resurrección… de cielo, que vale la pena. En la práctica, eso se hace pensando de manera positiva y constructiva, sin olvidar que lo mejor está por venir, sin dejarse ganar la batalla de la esperanza, que tanto fastidia al demonio, y por eso nos quiere hacer perder la paz… Daniel, en tiempos difíciles, les anima a sus compañeros con esa esperanza, la gloria especial que Dios les tiene reservada, para que les anime ante la persecución que sufren.

2. Con el Salmo pido a Dios: "Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti", con la esperanza de que el Señor es mi seguridad, "mi heredad" y mi suerte, yo "tengo siempre presente al Señor, con Él… no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas", porque nos guía hasta el cielo: "Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua" a tu lado. No nos da una herencia de unos millones, Dios mismo y su Reino es nuestra herencia, la lotería que nos toca: ¡estamos de suerte, porque nos ama tanto, más que todas las madres y las abuelas del mundo juntas! Y ya es decir, eh?  Por eso queremos llevar el amor de Dios en nuestro corazón, seguir las pistas que nos da y decirle a Jesús que sea nuestro "camino": "Me enseñarás el camino de la vida" que lleva al "gozo pleno en la presencia" divina, a "la alegría perpetua" junto al Señor hasta más allá de la muerte, en la vida eterna, para siempre… "mi fiesta".

Mientras, vamos a seguir su mandato: "Tomad y bebed". Sí, nuestra suerte es maravillosa, nuestra parte la más bella... y sin cesar nos reunimos para dar "gracias". Esto es la Eucaristía. Tenemos ya la presencia de Dios, la prenda de felicidad... ¿Escuchamos a Jesús que pronuncia estas palabras ardientes? Nos preguntamos a veces lo que Jesús podría decir durante las largas noches que pasaba en oración y ¿hacemos oración? "Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros". "Estoy a la puerta y llamo... si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo". No es por mera casualidad que Jesús tomara como signo de su presencia ¡"una comida", a la cual nos invita!... La certeza de que Dios está con nosotros, Emmanuel. Podemos mantener con Él una conversación continua, día y noche: meditación-conversación-oración... nos prepara para el cielo. Señor, que te busque, que Tú seas mi único amor absoluto: los demás, contigo (porque quien busca el amor total en otros, se defrauda en los amigos, en los esposos, porque hay algo que sólo Dios da…).

3. La carta a los Hebreos nos dice que "Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio… Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados", y en la Misa se ofrece para nuestra salvación. Así como el Sacerdote entraba en el templo, Cristo ha entrado en un santuario eterno que es el cielo, su ascensión hasta el Padre y el sacrificio de Cristo abre a todos los hombres el acceso a los bienes espirituales, al cielo, en tanto que los sacrificios antiguos sólo eran símbolos: el sacrificio de Cristo es causa de una salvación eterna. Todo por su obediencia amorosa, que es aceptación y exaltación de la condición humana. Así, donde había el pecado, ahora hay más amor. El Señor nos introduce en la religión interior, fundada en la confianza de hijos y confianza, y no en el temor. No debemos, pues, preocuparnos de nuestros fallos y defectos, pues no importan, lo que importa es la victoria de Cristo sobre el pecado y nuestra buena voluntad en luchar, para que la victoria sea en todas sus consecuencias. Por ejemplo, no se trata tanto de hacer sacrificios para alcanzar el perdón, sino de perdonar para poder participar de la gracia del sacrificio de Cristo: "misericordia quiero, y no sacrificio". Así también nosotros entramos en el templo, nuestra entrada ante Dios consiste en la «sinceridad y plenitud de fe..., la confesión de la esperanza..., la caridad y las buenas obras». Creyendo, esperando y amando: «Tenemos libertad para entrar en el santuario llevando la sangre de Cristo... Acerquémonos... por la fe, la esperanza y la caridad». Esto es lo que hemos de ofrecer. Esto es lo que hizo Cristo.

4. En el Evangelio, Jesús habla del fin del mundo: "el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte"; y para cuando se acabe todo hay que tener la maleta hecha, estar preparados, haber dado fruto: "Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que Él está cerca, a la puerta". Y como no sabemos cuándo será el examen de la vida, hemos de llevar las asignaturas al día, sobre todo la del amor. Ya no habrá más cosas desagradables, será todo precioso entonces, como una fiesta continua con los mejores deportes, las mejores músicas y canciones y bailes, los mejores amigos y por supuesto nuestra familia, todas las diversiones y paisajes con montañas y valles, ríos y mares, islas y playas, aves y peces y nuestros animales preferidos, y los salvajes,  que podremos jugar con ellos, todo lleno de olores y colores y sabores y con las mejores comidas y pasteles y helados, etc. Y allá se podrá practicar desde el esquí al submarinismo, básquet y fútbol con los mejores jugadores de la historia, pero lo mejor será estar con el Señor, y con la Virgen y los santos junto al Padre en el Espíritu Santo. ¡Vale la pena luchar por ello, ánimo!

llucia.pou@gmail.com

 

 

Sábado de la 32ª semana de Tiempo Ordinario. Se vio el mar Rojo convertido en camino practicable, y así también Dios hará justicia a sus elegidos que le corresponden.

 

 

Lectura del libro de la Sabiduría 18,14-16; 19,6-9. Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu palabra todopoderosa se abalanzó, como paladín inexorable, desde el trono real de los cielos al país condenado; llevaba la espada afilada de tu orden terminante; se detuvo y lo llenó todo de muerte; pisaba la tierra y tocaba el cielo. Porque la creación entera, cumpliendo tus órdenes, cambió radicalmente de naturaleza, para guardar incólumes a tus hijos. Se vio la nube dando sombra al campamento, la tierra firme emergiendo donde había antes agua, el mar Rojo convertido en camino practicable y el violento oleaje hecho una vega verde; por allí pasaron, en formación compacta, los que iban protegidos por tu mano, presenciando prodigios asombrosos. Retozaban como potros y triscaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.

 

Salmo 104,2-3.36-37.42-43. R. Recordad las maravillas que hizo el Señor.

Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas; gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor.

Hirió de muerte a los primogénitos del país, primicias de su virilidad. Sacó a su pueblo cargado de oro y plata, y entre sus tribus nadie tropezaba.

Porque se acordaba de la palabra sagrada que había dado a su siervo Abrahán, sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo.

 

Evangelio según san Lucas 18,1-8. En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: -«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad habla una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario." Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, corno esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara. "» Y el Señor añadió: -«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

 

Comentario: 1.- Sb 18,14-16;19,6-9. En esta última página que leemos del libro de la Sabiduría, su autor reflexiona sobre la décima plaga que cayó sobre Egipto para que el Faraón se decidiera finalmente a dejar salir a los judíos hacia el desierto. La descripción es cósmica: en el silencio de la noche, sucede la intervención poderosa de Dios, su Palabra desciende como espada afilada, pisa la tierra y llena el cielo y siembra de muerte a los enemigos del pueblo elegido, mientras que todos los elementos naturales -la nube, la tierra, el mar y su oleaje- se ponen de parte de los israelitas. No sólo Israel, sino todo el cosmos "retozaban como potros y triscaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador".

El éxodo de los israelitas fue una poderosa figura del definitivo éxodo, la muerte y resurrección de Jesús, su paso a través de la muerte a la nueva existencia, guiando, como nuevo Moisés, al pueblo de los salvados. Esta lectura nos prepara para la celebración del domingo y nos ayuda a refrescar nuestra admiración por las maravillas que ha obrado Dios. Nunca será suficiente nuestra gratitud y nuestros cantos de alegría. ¿Se podría decir de nosotros alguna vez, viéndonos cantar alabanzas pascuales, que "retozamos como potros y triscamos como corderos"? ¿o más bien estamos apagados, sin dejar traslucir la suerte que tenemos al ser el pueblo liberado por Jesús? Si la salida de Egipto fue el acontecimiento decisivo para Israel, para nosotros lo es, y con mayor motivo, la Pascua de Jesús, que continuamente nos comunica en sus sacramentos y en la celebración de cada domingo, y sobre todo del Triduo Pascual cada año. A la luz de esta Pascua, hemos de interpretar la historia y los pequeños o grandes acontecimientos de nuestra vida, con la consecuencia de que siempre estemos optimistas y llenos de confianza en Dios. A ver si nos dejamos contagiar el entusiasmo del salmo y, con instrumentos o a viva voz, expresamos nuestra alabanza a Dios: "recordad las maravillas que hizo el Señor, cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas que se alegren los que buscan al Señor, porque sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo". Habitante de Alejandría, en Egipto, el autor del Libro de la Sabiduría, termina su estudio con una reflexión sobre las relaciones entre Egipto e Israel. Recordando las "plagas de Egipto" que liberaron de la servidumbre a sus antepasados, describe la parte debida a la "naturaleza" en el juicio entre hebreos y egipcios, y, para el fin de los tiempos, anuncia una «naturaleza transfigurada» en la que el cosmos entero intervendrá en la salvación de los justos.

-Cuando un sosegado silencio lo envolvía todo... Tu Palabra omnipotente. Señor, irrumpió en medio de este país... La intervención de Dios es aquí dramatizada a la manera épica. Ayúdanos, Señor, a ver tus intervenciones en el mundo. Ayúdanos a creer que no te desinteresas de los hombres y de los movimientos de la historia. Tu Palabra es siempre «activa» en el corazón de los hombres y en el de los acontecimientos. Pero, a menudo, no la oímos. Permanecemos envueltos en el silencio. Ayúdanos a percibir esta Voz.

-La creación entera, obediente a tus decretos, se rehízo de nuevo en sus diversos elementos, a fin de que tus hijos fuesen preservados de todo daño. El agua, los animales, el mar Rojo, intervienen para «salvar» a los hebreos. El autor de la Sabiduría lo interpreta como signo de que hay una correlación entre la "salvación de los justos" y el «equilibrio cósmico».

-Se vio una nube proteger su campamento... Una tierra seca emerger del agua que la cubría... Un camino practicable a través del mar Rojo... Una verde llanura del oleaje impetuoso... Es claramente como una "reproducción" de la creación primera. También en el Génesis el Espíritu, como una nube planeaba sobre las aguas (Gn 1,9). Así el Éxodo de Egipto es también la "evocación" de la creación futura. La Palabra de Dios que en el principio lo creó todo, está siempre presente sobre la tierra para preparar una "nueva creación" más allá de la muerte. En estas reflexiones hay una perspectiva, un sentido de la historia. Dios no ha hecho la "naturaleza", el "cuerpo", la "materia" para la destrucción. El proyecto de Dios no es tan solo la «salvación de las almas»: la creación material está realmente asociada al hombre. No olvidemos que ese texto fue escrito tan sólo unos años antes de Jesús. No solamente no desprecia Dios la «carne y el mundo material»... sino que "se encarna en él" y «resucita los cuerpos».

-Los que tu mano protegía mientras contemplaban tan admirables prodigios, eran "como caballos conducidos a los pastizales". "Retozaban como corderos", alabándote a Ti, Señor, que los habías liberado. La exultación corporal del hombre... es como la del caballo que salta y relincha percibiendo ya cerca el pastizal. La imagen es hermosa y audaz. Esforzándose por comprender el mundo, a veces el hombre tiende a separar "la materia del espíritu". En ciertos ambientes es de buen tono despreciar el cuerpo y la materia, lo que es una visión pesimista, jansenista. Es verdad que la "máquina", el "erotismo" pueden alienar al hombre. Pero el pensamiento cristiano no se resigna a un dualismo que diría: el espíritu es bueno... la materia es mala. De hecho, el dogma de la resurrección nos presenta como ideal buscar ya aquí y ahora, una reconciliación entre el cuerpo y el espíritu, un cuerpo flexible al ritmo del pensamiento y del amor. ¡Glorificar a Dios con todo mi ser y toda la naturaleza! (Noel  Quesson).

Aquella noche de la liberación del Pueblo Israelita de la mano de sus opresores, en que la Palabra se manifestó como salvación para ellos, cumpliendo el Decreto Divino de condenar a los Egipcios y salvar a los Hebreos, es sólo una figura de aquel otro momento en que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, manifestándose con todo su poder salvador para liberarnos de la esclavitud al pecado a que nos había sometido el Maligno, enemigo de Dios y de los hombres que están destinados a participar de la Vida Divina. Por eso llenémonos de gozo en el Señor y demos brincos de alegría, dando gracias al Señor por haberse convertido en nuestra defensa y salvación. Ojalá y permitamos que nuestra vida esté siempre en sus manos.

 

2. Sal. 104. Dios es siempre fiel a sus promesas. Por eso hemos de entrar a su Templo santo, para postrarnos ante Él y darle gracias. ¿Cómo no agradecerle a Dios y ser fieles a sus mandatos y enseñanzas, si su amor por nosotros ha llegado hasta el extremo de entregar a su propio Hijo a la muerte para liberarnos del pecado y de su consecuencia, la muerte? Dios no sólo quiere concedernos bienes terrenos, sino su vida y la salvación eterna. Por eso no lo busquemos sólo para que nos cargue de oro y plata y nos libre de nuestras enfermedades, sino que, más bien busquémoslo para que nos conceda su perdón, su paz, su vida y la presencia de su Espíritu Santo en nosotros.

La llamada por Abraham a tantos es divina, y requiere correspondencia: ""Se alegre el corazón de los que buscan a Dios" (Sal 105,3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, "un corazón recto", y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios" (Catecismo 30).

 

3.- Lc 18, 1-8 (ver domingo 29C). Lucas es el evangelista de la oración. Es el que más veces describe a Jesús orando y más nos transmite su enseñanza sobre cómo debemos orar. Hoy lo hace con la parábola de la viuda insistente. El juez no tiene más remedio que concederle la justicia que la buena mujer reivindica. No se trata de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe como corrupto e impío, sino nuestra conducta con la de la viuda, seguros de que, si perseveramos, conseguiremos lo que pedimos.

Jesús dijo esta parábola "para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse". Dios siempre escucha nuestra oración. Él quiere nuestro bien y nuestra salvación más que nosotros mismos. Nuestra oración es una respuesta, no es la primera palabra. Nuestra oración se encuentra con la voluntad de Dios, que deseaba lo mejor para nosotros. El Catecismo lo expresa con el ejemplo del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, junto a la boca del pozo. "Nosotros vamos a buscar nuestra agua", pero resulta que ya estaba allí Jesús: "Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de él" (CEC 1560).

A veces esta oración la tenemos que expresar a gritos, día y noche, como dice Jesús, porque hay momentos en nuestra vida de turbulencia y de dolor intenso. Nos debe salir desde una actitud de humildad, no de autosuficiencia, desde una actitud de apertura confiada a Dios. O sea, desde la fe, como la del centurión que pedía por su criado, como la de la pobre viuda que insistía para conseguir justicia. La pregunta final de Jesús, en la página que hoy leemos, es provocativa: "cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?" (J. Aldazábal).

Oímos ayer que se nos invitaba a tomar en serio nuestro «fin». Las imágenes usadas fueron «el fuego, el agua», «el buitre» que se precipita sobre su presa. Todo esto podría generar angustia.

-Entonces les propuso esta parábola, para explicar a sus discípulos que tenían que orar siempre y no desanimarse. Jesús quiere que despertemos de nuestras torpezas y de nuestras indiferencias, pero no quiere angustiarnos. Su llegada tarda, se hace esperar, pero no hay que «desanimarse»: hay que rezar. En verdad una pregunta nos acucia: «Esperar, ¿hasta cuándo?» (Ap 6, 10), y otra más acuciante todavía: ¿Perseveraré hasta el fin? ¿Sería yo capaz de apostasía, o de un abandono lento y progresivo? ¿Podría mi Fe desmoronarse bajo los golpes de la duda o de la desgracia... quién sabe. Uno de los objetivos de la plegaria -no el único, evidentemente-, es el de mantener en nosotros la fe, la relación personal con Dios: es como la cita entre personas que se quieren para mantener ese amor y estimación. La oración tiene un aspecto anti-angustia: nos apoyamos en alguien, nos confiamos a él, salimos de nosotros mismos y nos abandonamos a otro.

-Érase una vez un juez que no temía a Dios y se burlaba de los hombres. En la misma ciudad había una viuda que iba a decirle: «Hazme justicia» ...Por bastante tiempo no quiso, pero después pensó: "Yo no temo a Dios, ni respeto a los hombres; pero esa viuda me está amargando la vida: Le voy a hacer justicia para que no venga sin parar a importunarme..." ¡Fijaos en lo que dice ese juez injusto! Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que están clamando a El día y noche? Esto se llama una parábola «a contraste» en la que la lección a sacar de ella es lo «contrario» del ejemplo expuesto. El juez es «sin Dios» y «sin misericordia» y acaba haciendo justicia... ¡Con cuánta mayor razón, Dios que es padre y ama a los hombres, hará justicia a los que ama y la hará prontamente! La lección esencial de la parábola no es la perseverancia en la oración, sino más bien en la certidumbre de ser atendida: si un hombre impío y sin escrúpulos acaba atendiendo a una pobretona, ¡cuánto más sensible será Dios a los clamores de los que, en su pobreza, se dirigen a El! Sus elegidos claman a El noche y día... Hay que rogar siempre, sin desanimarse... Vuelvo a escuchar esas palabras. Si nos pides esto, Señor Jesús, es porque Tú mismo lo has hecho también: orabas sin cesar noche y día Procuro contemplar esa continua plegaria. En las calles de los pueblos de Palestina. Rodeado por el gentío de las orillas del lago. Por la mañana, al amanecer. No nos pides nada imposible ¿Cómo trataré hoy de hacer algo mejor una plegaria continua? No, forzosamente, recitando fórmulas de plegarias... sino por una unión constante contigo.

-Pero, cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará Fe en la tierra? Interrogación dolorosa, que escucho seriamente. La tentación de abandonar la Fe no es exclusiva de nuestra época: Los mismos «elegidos» están también amenazados. No hay que mantenerse en ninguna seguridad engañosa. Una oración repetida, constante, continua, obstinada, es nuestra única seguridad: Dios no puede abandonarnos, si nosotros no le abandonamos a El. ¿Qué voy a hacer HOY para alimentar mi fe? (Noel Quesson).

Jesús se vale de una situación bien conocida para ilustrar la verdadera actitud en la oración. El relato nos narra la historia, bastante conocida en la época, de la viuda indefensa que acude al juez con tanta insistencia que logra un fallo favorable. La tenacidad y la constancia de la mujer estuvieron por encima de la mala conciencia del juez. Las viudas, en su condición de mujeres desprovistas de la protección del marido, eran generalmente objeto de explotación y marginación. Junto con los huérfanos, los extranjeros y los enfermos pertenecían a los grupos excluidos de la sociedad. Su única alternativa era conseguir un defensor de sus derechos. Este defensor era llamado «Goel» y representaba el camino hacia una vida digna. Jesús toma este ejemplo y lo aplica a la oración. En la oración nos sentimos como la viuda: carentes de toda protección y a merced de la voluntad de Dios. Sin embargo, Dios no es un juez sordo o injusto. Dios se nos muestra como un Padre misericordioso, resuelto a escuchar a su hijos cuando éstos realmente están convencidos de su causa. Esta situación nos remite inmediatamente a la situación del suplicante, de la persona que eleva su clamor a Dios. Si esta persona carece de convicción, de la fe necesaria, de poco le sirve la oración. Pues, la oración es un agradecimiento por los bienes recibidos. Y si la persona, no considera anticipadamente que lo que pide ya lo ha recibido, se dirige a un Juez sordo, que no atiende su clamor. Fe y constancia, confianza y tenacidad, son las dos llaves que nos abren la posibilidad de un diálogo sincero con Dios y con los hermanos. Si en nuestra acción procedemos estratégicamente, o simplemente nos dirigirnos a Dios para calmar nuestros caprichos y necedades, seguramente perderemos el tiempo y la paciencia. Dios escucha el clamor de los marginados, de los oprimidos, de los justos. Si nosotros clamamos en estas condiciones hemos de tener la certeza de ser escuchados (servicio bíblico latinoamericano).

Orar más y mejor es un deseo que a menudo se encadena con el deseo de hacer un poco de ejercicio físico, vigilar la dieta o comunicarnos con los amigos que hace años que no vemos. A veces tenemos la impresión de estar siempre empezando y de estar siempre interrumpiendo.

Me llama la atención el modo como Lucas encabeza hoy la parábola del juez y la viuda: "Para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola". Para Jesús la oración es el amor hecho continuidad, insistencia, confianza. Sólo cuando nos mantenemos pacientemente en onda "perforamos la realidad". Esta es la razón por la cual los hombres y las mujeres orantes ven las cosas de otra manera, se comprometen de otra manera. ¡La lenta transformación de la oración!

Lo normal es que en este camino nos desanimemos. Lo normal es esperar algunos cambios de conducta de la noche a la mañana. O, por lo menos, algunos sentimientos gratificantes de bienestar, autoaceptación y cosas por el estilo. La realidad es demasiado dura como para ser perforada en un santiamén.

Las personas que oran saben esperar. Quizá el primer fruto de una oración humilde sea estar gratuitamente ahí, abiertos de par en par al sol de Dios, sin prisas, sin ansiedad. Un día y otro. Las personas que esperan pueden creer que todo es inútil, pero su actitud las hace estar en el lugar adecuado y en el tiempo oportuno para acoger la venida del Hijo del Hombre. El que ora es como una virgen con la lámpara encendida, como una viuda que no se cansa de suplicar justicia.

¿No os parece que el tiempo presente no nos ayuda a vivir así? Queremos que todo suceda cuanto antes. Somos como los políticos que necesitan inaugurar muchas cosas en el arco de una legislatura. O como los periodistas que tienen que rellenar un periódico cada veinticuatro horas.

Os invito a interrumpir la lectura para hacer un rato de oración desde la pantalla del ordenador. Es sólo una forma de estimularnos a orar siempre, en toda circunstancia (gonzalo@claret.org).

Ante las múltiples injusticias que vemos sucederse en la vida de todos los días, surge un sentimiento de la propia impotencia. Dicha impotencia nos hace comprender nuestra incapacidad para enfrentar dichas situaciones. Y ese sentimiento hace que espontáneamente el recurso a Dios se presente como la única salida. Nos es relativamente fácil entonces comprender la importancia de la oración. La petición se multiplica en nuestros labios. Sin embargo, cuando esa oración no parece conseguir lo pedido, cuando las heridas injustamente causadas se multiplican, se hace sumamente difícil perseverar en la práctica de la oración que habíamos emprendido. Dios, en muchos de estos casos, aparece bajo la imagen de alguien desentendido de la búsqueda de la justicia. La parábola del juez inicuo quiere enseñarnos a rectificar esos sentimientos que brotan en los momentos en que se oscurecen ante los propios ojos los valores del Reino de Dios y de su justicia. Junto a ello la parábola quiere marcar en nosotros de forma indeleble una pauta referente a la práctica de la oración. En Dios debemos seguir contemplando la fuente de toda justicia y desde esa contemplación se hace necesario renovar nuestro compromiso con la justicia en una oración perseverante. En los momentos en que más lúcidamente descubrimos el aplastamiento de los derechos propios o de los demás se hace más urgente seguir la exhortación de Jesús a orar siempre, sin desfallecer jamás. Este comportamiento puede mantener vivo en nosotros la lucha por la justicia y, sobre todo, puede recrear en nosotros la confianza en Dios, íntimamente comprometido con los valores de la justicia (Josep Rius-Camps).

Orar. Orar siempre y sin desfallecer. Y esto porque la oración en el hombre de fe equivale a la respiración que nos conserva vivos. Sin la oración el hombre fácilmente es presa del pecado y muere para Dios. Por eso incluso nuestra vida ordinaria debe convertirse en una continua alabanza del Nombre de Dios. Y hemos de ser constantes en la oración, a pesar de que sabemos que Dios sabe lo que necesitamos aún antes de que se lo pidamos. Pidámosle su Espíritu Santo; roguémosle que nos perdone y nos justifique para que seamos dignos hijos suyos. Ojalá y nos mantengamos firmes en la fe para que podamos permanecer de pie cuando venga el Hijo del hombre, encontrándonos en vela y oración trabajando por su Reino.

El Señor nos ha convocado y nosotros hemos hecho caso a su llamado reuniéndonos en esta Acción Litúrgica para celebrar la Eucaristía, Memorial de su Pascua. ¿En verdad hemos venido con fe? Este momento es el momento culminante de la oración del cristiano. Hasta aquí nos han traído nuestras esperanzas e ilusiones; y desde aquí ha de partir nuestro trabajo para lograr un mundo renovado en Cristo, en su amor, en su paz. Ojalá y no vengamos sólo para pedirle que llene nuestras manos de bienes materiales, o de poder terreno; sino para pedirle que nos conceda la Sabiduría necesaria para utilizar los bienes temporales sin olvidar los del cielo. Roguémosle especialmente que nos haga justos, para que libres de nuestros pecados podamos manifestarnos, con toda claridad, como hijos de Dios.

Igual que todas las personas, los cristianos seguimos insertos en el mundo cumpliendo con nuestros deberes diarios, poniendo el mejor de nuestros esfuerzos para darle su verdadera dimensión a la vida terrena. Sin embargo, sabiendo que pisamos la tierra y que trabajamos responsablemente en ella, no nos olvidemos de tener la mirada puesta en el Cielo. Así, no sólo nos preocuparemos por llevar a nuestro mundo a su plena realización, sino que, guiados por nuestra fe en Cristo e impulsados por la presencia de su Espíritu Santo en nosotros, nos esforzaremos decididamente por hacer realidad entre nosotros, ya desde esta vida, el Reino de Dios para que llegue a nosotros con toda su fuerza. Esto requiere de nosotros una continua conversión para caminar, no conforme a los criterios mundanos, sino conforme a los criterios de Dios. Aunado a la conversión debe estar en nosotros el espíritu de comunión , que nos ayude a permanecer firmemente anclados en el amor a Cristo y en el amor fraterno, aceptando libre, pero responsablemente, todas sus consecuencias. Y, finalmente, hemos de vivir la solidaridad con nuestro prójimo, tanto haciendo nuestros sus dolores, esperanzas y sufrimientos para remediarlos, como convirtiéndonos en colaboradores, junto con todos los hombres de buena voluntad, en la construcción de un mundo más fraterno, más maduro en la paz y más solidario en la justicia social (www.homiliacatolica.com).

Un mosquito en la noche es capaz de dejarnos sin dormir. Y eso que no hay comparación entre un hombre y un mosquito. Pero en esa batalla, el insecto tiene todas las de ganar. ¿Por qué? Porque, aunque es pequeño, revolotea una y otra vez sobre nuestra cabeza con su agudo y molesto silbido. Si únicamente lo hiciera un momento no le daríamos importancia. Pero lo fastidioso es escucharle así durante horas. Entonces, encendemos la luz, nos levantamos y no descansamos hasta haber resuelto el problema. Este ejemplo, y el del juez injusto, nos ilustran perfectamente cómo debe ser nuestra oración: insistente, perseverante, continua, hasta que Dios "se moleste" y nos atienda. Es fácil rezar un día, hacer una petición cuando estamos fervorosos, pero mantener ese contacto espiritual diario cuesta más. Nos cansamos, nos desanimamos, pensamos que lo que hacemos es inútil porque parece que Dios no nos está escuchando. Sin embargo lo hace. Y presta mucha atención, y nos toma en serio porque somos sus hijos. Pero quiere que le insistamos, que vayamos todos los días a llamar a su puerta. Sólo si no nos rendimos nos atenderá y nos concederá lo que le estamos pidiendo desde el fondo de nuestro corazón.

Viernes de la 32ª semana de Tiempo Ordinario. Por las cosas creadas se puede llegar al Creador, y Jesús nos habla del día en que se manifestará el Hijo del Hombre, en Él Dios se nos revela de modo pleno

 

 

Libro de la Sabiduría 13,1-9. Eran naturalmente vanos todos los hombres que ignoraban a Dios y fueron incapaces de conocer al que es, partiendo de las cosas buenas que están a la vista, y no reconocieron al Artífice, fijándose en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire leve, a las órbitas astrales, al agua impetuosa, a las lumbreras celestes, regidoras del mundo. Si, fascinados por -su hermosura, los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Dueño, pues los creó el autor de la belleza; y si los asombró su poder y actividad, calculen cuánto más poderoso es quien los hizo; pues, por la magnitud y belleza de las criaturas, se descubre por analogía el que les dio el ser. Con todo, a éstos poco se les puede echar en cara, pues tal vez andan extraviados, buscando a Dios y queriéndolo encontrar; en efecto, dan vueltas a sus obras, las exploran, y su apariencia los subyuga, porque es bello lo que ven. Pero ni siquiera éstos son perdonables, porque, si lograron saber tanto que fueron capaces de averiguar el principio del cosmos, ¿cómo no encontraron antes a su Dueño?

 

Salmo 18,2-3.4-5. R. El cielo proclama la gloria de Dios.

El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los limites del orbe su lenguaje.

 

Evangelio según san Lucas, 17,26-37. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.» Ellos le preguntaron: -«¿Dónde, Señor?» Él contestó: -«Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo.»

 

Comentario: 1.- Sb 13,1-9. Los paganos tenían que haber reconocido a Dios a través de la naturaleza creada: ésta es la tesis que desarrolla el libro de la Sabiduría. Y lo hace en medio de una sociedad helenista, como la de Alejandría. Pero han sido necios y vanos: se han quedado en lo creado, sin dar el salto al Creador. Se han dejado encandilar por la hermosura y la grandeza de las cosas, y tienen por dioses al fuego, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa, a las lumbreras celestes. De la hermosura y del vigor de lo creado tenían que haber pasado a calcular "cuánto más poderoso es quien los hizo". El cosmos es bueno. Pero tendrían que haber descubierto a su Señor. Éste es el fallo de los que han llegado a una religión naturalista, adorando al sol y a la luna o a los grandes ríos. Aquí no leemos el otro ataque, más fuerte, que hace el autor contra otra clase de increyentes: los que se han construido con sus propias manos ídolos de piedra o de madera y los adoran. A los anteriores de algún modo los disculpa, porque el cosmos es en verdad admirable. Pero los idólatras son más necios y vanos, porque adoran la obra de sus manos.

El capítulo 13 del libro de la Sabiduría (primer siglo a. de J.C.) es uno de los que más abundantemente ponen de manifiesto la erudición helenística del autor. A la manera griega, ve en la belleza del mundo un valor religioso (v 3), piensa que el dinamismo de la creación puede dejar al descubierto a su Autor (v. 4). Pero sigue fundamentalmente fiel a su fe judía y quizá no sea inútil ver cómo ambas culturas, judía y griega, confirman al autor en su fe en la existencia de Dios.

a) La fe judía en la existencia del Creador está marcada por la lucha que el yahvismo mantiene contra las concepciones sacralizantes de la naturaleza. Para Canaán y Babilonia, la naturaleza revela un Dios que la tiene a su merced mediante la fecundidad que la envía o la niega. Ritos mágicos permiten participar en esa fecundidad; y los mitos la explican mediante la hierogamia misteriosa de los dioses y de las diosas. Para Israel, por el contrario, el mundo ha sido creado merced a una iniciativa libre y amorosa de Dios, que ha sido inmediatamente secularizada, si así puede decirse: los relatos del Génesis afirman, en efecto, la creencia en un Dios creador, pero al mismo tiempo afirman la certidumbre de que el mundo ha sido confiado por Dios al hombre, su visir. Dios es efectivamente el autor del mundo, pero no a la manera de los dioses creadores del Oriente, que lo alienan con su manera de dirigirlo. El Dios creador es en Israel más trascendente al mundo que los dioses orientales, pero la religión no es por eso menos pura; desacralizada y desmitificada, es la relación libre del hombre-visir al Dios a quien reconoce. La creación es considerada, además, por el juicio como el primer acto de un Dios que dirige la historia hasta la salvación mediante una serie de intervenciones gratuitas que suponen la colaboración del hombre. La relación del hombre con su Creador no está ya condicionada por las leyes naturales de fecundidad y su explicación mitológica, sino por la relación libre y gratuita de Dios y de su visir en el mundo.

Para la Biblia, "ignorar a Dios" (v 1) no es necesariamente negarse a creer en su existencia, sino rechazar ese diálogo personal y libre que la doctrina judía de la creación postula entre Yahvé y el hombre.

b) El concepto que los griegos se forman del mundo es bastante diferente del de los judíos y el autor parece reprochárselo. No condena tanto la idolatría -los mejores de entre los griegos no caen en esa aberración-, sino que apuntan más bien a sus especulaciones intelectuales. Los griegos no son tampoco ateos: tienen un sentido del misterio de las cosas y buscan a Dios a su manera. ¿Qué reproche se les puede hacer entonces? El de no haber podido pasar de su conocimiento de las cosas visibles al conocimiento del Ser por excelencia (v 1). El autor supone, pues, que es posible pasar de lo visible a lo invisible y reprocha a los griegos filósofos el no haber recorrido hasta el final el camino que hubiera debido llevarles hasta Dios. Pero el autor no dice cómo habrían debido comportarse los griegos para pasar de la naturaleza creada al Dios creador: se tiene la impresión de que su condena del pensamiento griego es un tanto somera. Por otra lado, los pocos argumentos utilizados, como el de la hermosura de la creación (v 3), eran conocidos y utilizados por los filósofos contemporáneos pero sin aplicarlos necesariamente a la noción de un Dios trascendente. Se limitaban, en efecto, a extraer de ellos la idea de un demiurgo organizador de una materia preexistente o la de un principio inmanente a la creación. Se concibe por tanto que el autor se sienta orgulloso de que su fe judía le proporcione la idea de un Dios personal y transcendente, pero nos quedamos a media ración cuando afirma la posibilidad de un conocimiento natural de Dios sin indicar el camino que lleva a ese conocimiento (Maertens-Frisque).

Esta página es testimonio de la erudición helenística del autor de la Sabiduría, que capta la ciencia de su época y encuentra en ella una razón suplementaria de "adorar". La belleza de la creación revela al Creador.

-Fueron insensatos todos los hombres que ignoraron a Dios y que a través de los bienes visibles no fueron capaces de conocer a "Aquel que es", ni reconocieron al Artífice considerando sus obras. La belleza del mundo tiene un valor religioso. Y no será el descubrimiento más profundo de las ciencias modernas, lo que pueda reducir la belleza del universo. El cual resulta ser mayor y más complejo aún, desde la inmensidad del cosmos a lo infinitamente pequeño del átomo.

-El fuego, el viento, el aire sutil, la bóveda estrellada, la ola impetuosa... Hay que saber detenerse ante esas maravillas. Vivimos en medio de fenómenos extraordinarios que no vemos... habitualmente. Danos, Señor, una mirada nueva para contemplar "el fuego", "el viento", "la flor", "el niño", "la estrella", «la ola» del mar.

-Si quedaron encantados por su belleza, hasta el punto de haberlos tomado como dioses, sepan cuánto les aventaja el Señor de todos ellos pues fue el Autor mismo de la belleza quien los creó. En todo tiempo los hombres han sido sensibles a la belleza: Esta era una verdadera pasión en los griegos, en la época del autor de la Sabiduría. El mundo moderno siente también inclinación a idolatrar la belleza, de hacerla un fin, de dejarse captar por su "encanto". Ayúdanos, Señor, a contemplarte, a Ti, fuente e inventor de todo lo que es bello. Tú fuiste el primero en tener la pasión de hacer cosas bellas.

-Y si fue su poder y su eficiencia lo que les sobrecogió, deduzcan de ahí, cuánto más poderoso es «Aquel que los formó», pues de la grandeza y hermosura de las criaturas, se llega, por analogía, a contemplar a su autor. Es una de las más perfectas expresiones de síntesis entre: - la filosofía griega, toda ella orientada ya hacia la lógica y la ciencia... - y la teología tradicional, que admira a Dios como Creador... Toda la civilización llamada «occidental» está en germen en tales actitudes de la mente. De hecho fue en el marco de esa civilización, que se desarrollaron a la vez: - la técnica industrial, que utiliza «el poder y la eficiencia» de las cosas... - y una noción justa de Dios, a la vez presente y distinto de su creación. Pensando en el prodigioso empuje de las ciencias HOY, te alabo, Señor. Lejos de sentir miedo, según una concepción pesimista de la existencia, ¡te «contemplo» en las maravillas del «poder y de eficiencia» del mundo! -Con todo no son éstos demasiado censurables; pues tal vez se desorientan buscando a Dios: viviendo entre sus obras, se esfuerzan por conocerlas y las apariencias los seducen. ¡Tanta es la belleza que sus ojos contemplan! ¡Ah, Señor, cuán positiva es esta actitud! En lugar de censurar categóricamente «a los que se dejan seducir por la belleza» del mundo, se trata de comprenderlos primero, compartiendo su punto de vista, «tanta es la belleza que sus ojos contemplan». Da, Señor, a todos los cristianos esa actitud de comprensión de su época, ese deseo de compartir con todos, creyentes y no-creyentes, las admiraciones, los entusiasmos, las actividades de los hombres de HOY. Concédenos, Señor, que tengamos los unos respecto a los otros "esa indulgencia" que nos haga decir: "no son éstos demasiado censurables"... Su error no ha sido muy grande (Noel Quesson).

Acabamos de leer unos fragmentos del largo discurso de la sabiduría sobre la idolatría. Los escritos tardíos del judaísmo y los primeros del cristianismo contienen numerosas apologías del monoteísmo. Sorprende que apenas aborden el problema de fondo al hablar del culto a los ídolos. Como si la idolatría constituyese un sistema cerrado, que sólo tiene repercusiones en el campo religioso. «Son unos desgraciados, ponen su esperanza en seres inertes, los que llamaron dioses a las obras de sus manos humanas, al oro y la plata labrados con arte, y a figuras de animales, o a una piedra insensible, obra de mano antigua» (13,10). Se contentan con calificarlos de obras humanas, subrayando su origen o su inutilidad, como el niño que destripa un muñeco, lo destroza y lo tira a la basura.

No es ningún secreto que tras los dioses fenicios, egipcios o asirios laten valores nacionales; que en el célebre panteón, donde figuran todos los dioses conocidos en la antigüedad, confluyen las más diversas corrientes del pensamiento, de las culturas, de las aspiraciones sociales y de los temores más recónditos de las civilizaciones entonces conocidas. Los dioses personifican la guerra, el sexo, la paternidad y la maternidad, la riqueza y el poder; son símbolos de los valores nacionales, de todo lo que el hombre teme o quiere poseer o dominar. Adorar un ídolo es aceptar una determinada escala de valores. El hombre moderno ha destripado los ídolos o los ha colocado en museos, sin caer en la cuenta de que está fabricando otros al divinizar el sexo, el dinero, la supremacía nacional, la casta familiar, el deporte y todo aquello en lo que, de una forma supersticiosa, ha puesto su esperanza.

Jesús, Sabiduría del Padre, nos revela el alcance de esta máxima: «Conocerte a ti es justicia perfecta, y acatar tu poder es la raíz de la inmortalidad» (15,3). En lugar de limitarse a consolidar el monoteísmo a base de mandamientos, Jesús declara dichosos a todos los que renuncian comunitariamente a dar valor al dinero, elimina de raíz todo principio de autoridad y de primacía en su grupo, recuerda que los pequeños y los sencillos son los que más fácilmente pueden "entrar en el reino". La sociedad moderna está plagada de ídolos, forjados también por manos humanas: el cine, la televisión, las revistas, la propaganda, ciertos objetos de consumo, las ideologías seductoras y las promesas de un bienestar paradisíaco contribuyen a crear en la masa silenciosa la nueva idolatría del hombre moderno. La comunidad cristiana, robustecida y confortada por la experiencia del Espíritu y alertada por el mensaje de Jesús, es la instancia critica que puede ayudar al hombre a darse cuenta de la vaciedad de sus ídolos y a descubrir la perla auténtica, por cuya posesión se puede renunciar a todos los demás valores, por seductores que sean (J. Rius Camps).

Esta crítica a los filósofos engloba el gran texto bíblico sobre la prueba de la existencia de Dios por "analogía", y será desarrollado en Rm 1,18-32. A partir de ahí, la Iglesia enseña la posibilidad del conocimiento natural de Dios a partir de la contemplación de los seres de la creación visible: "El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas "vías", el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, "y que todos llaman Dios" (S. Tomás de A., s.th. 1,2,3)" (Catecismo 34) y en el Concilio Vaticano I se dijo que "Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza a partir de las cosas creadas con la luz natural de la razón humana"; sobre ello volvió el II diciendo que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, para estar en comunión con su creador, y "las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal. Pero para que el hombre pueda entrar en su intimidad, Dios ha querido revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación en la fe. Sin embargo, las pruebas de la existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe no se opone a la razón humana" (Catecismo 35). Hay una revelación natural en la creación, en la que todos contemplamos la maravilla de Dios a través de sus obras: "La práctica del bien va acompañada de un placer espiritual gratuito y de la belleza moral. De igual modo, la verdad entraña el gozo y el esplendor de la belleza espiritual. La verdad es bella por sí misma. La verdad de la palabra, expresión racional del conocimiento de la realidad creada e increada, es necesaria al hombre dotado de inteligencia, pero la verdad puede también encontrar también otras formas de expresión humana, complementarias, sobre todo cuando se trata de evocar lo que entraña de indecible, las profundidades del corazón humano, las elevaciones del alma, el Misterio de Dios. Antes de revelarse al hombre en palabras de verdad, Dios se revela a él, mediante el lenguaje universal de la Creación, obra de su Palabra, de su Sabiduría: el orden y la armonía del cosmos, que percibe tanto el niño como el hombre de ciencia, "pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13,5), "pues fue el Autor mismo de la belleza quien las creó" (Sb 13,3). La sabiduría es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente, por lo que nada manchado llega a alcanzarla. Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad (Sb 7,25-26). La sabiduría es más bella que el sol, supera a todas las constelaciones; comparada con la luz, sale vencedora, porque a la luz sucede la noche, pero contra la sabiduría no prevalece la maldad (Sb 7,29-30). Yo me constituí en el amante de su belleza (Sb 8,2)" (Catecismo 2500).

"El libro de la Sabiduría tiene algunos textos importantes que aportan más luz a este tema. En ellos el autor sagrado habla de Dios, que se da a conocer también por medio de la naturaleza. Para los antiguos el estudio de las ciencias naturales coincidía en gran parte con el saber filosófico. Después de haber afirmado que con su inteligencia el hombre está en condiciones «de conocer la estructura del mundo y la actividad de los elementos [... ], los ciclos del año y la posición de las estrellas, la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras» (Sb 7, 17.19-20), en una palabra, que es capaz de filosofar, el texto sagrado da un paso más de gran importancia. Recuperando el pensamiento de la filosofía griega, a la cual parece referirse en este contexto, el autor afirma que, precisamente razonando sobre la naturaleza, se puede llegar hasta el Creador: «de la grandeza y hermosura de las criaturas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sb 13, 5). Se reconoce así un primer paso de la Revelación divina, constituido por el maravilloso «libro de la naturaleza», con cuya lectura, mediante los instrumentos propios de la razón humana, se puede llegar al conocimiento del Creador. Si el hombre con su inteligencia no llega a reconocer a Dios como creador de todo, no se debe tanto a la falta de un medio adecuado, cuanto sobre todo al impedimento puesto por su voluntad libre y su pecado" (Juan Pablo II, Fides et ratio 19).

Busquemos sinceramente a Dios, pues Él sale al encuentro de quien lo busca con sinceridad. En nuestro camino hacia Él nos encontraremos con toda su creación, en la que Él imprimió su sello. Ojalá y no nos detengamos en las criaturas de Dios, confundiéndolas con su Creador. Actualmente muchos piensan en el influjo de los astros y de toda la naturaleza sobre el hombre. Ciertamente vivimos en un universo en que todo está en una constante interrelación; nosotros hemos de aprovechar al máximo todas las capacidades y posibilidades de aquello que, desde el principio, el Creador puso al servicio del hombre. Sin embargo esto no puede llevarnos a elevar a la categoría de Dios lo que ha sido creado para servirnos. Más bien, a través de todo lo creado hemos de llegar a reconocer a Aquel que es el origen y la Causa primera de todo lo creado: Dios. Por medio de Cristo, Dios se hizo Dios-con-nosotros para que no sólo llegáramos a la conclusión de que Dios existe, sino para que, poseyendo la misma vida y el Espíritu de Dios en nosotros, podamos entrar en una auténtica relación con Él; más aún: lleguemos a ser sus hijos y, junto con Cristo, seamos herederos de la Gloria del Padre.

 

2. La creación entera proclama la Gloria de Dios de modo incesante. Quien contempla la creación está contemplando el amor que Dios nos tiene preparándonos una digna morada. Ojalá y no sólo disfrutemos de los dones de Dios, sino que entremos en una relación de amor y de fidelidad a Él. Y si toda la creación nos habla del poder, de la armonía y de la hermosura de Dios, ojalá y nosotros, creados a su imagen y semejanza, nos convirtamos en un lenguaje a través del cual se llegue a conocer su santidad, su justicia, su paz, su bondad, su alegría, su amor y su misericordia.

El mismo razonamiento que hace el libro de Sab lo vemos en el NT en san Pablo, en su carta a los Romanos (Rm 1 ,18-32), que hemos leído hace pocas semanas: a pesar de que Dios se nos ha manifestado en la creación, no le han sabido reconocer y, "jactándose de sabios, se volvieron estúpidos". Nosotros ya hemos dado ese salto y confesamos en nuestro Credo: "Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra". Si tenemos tiempo, hoy podemos leer los números 279-301 del Catecismo, en donde desarrolla este primer artículo de fe. No debemos perder la capacidad de admirar la hermosura y grandeza de la creación. Tanto en sus grandes dimensiones como en las pequeñas (el macrocosmos y el microcosmos), es admirable lo que Dios ha hecho. Como dice la Plegaria Eucarística IV, todo lo ha hecho "con sabiduría y amor". Los ecologistas tienen toda la razón para admirar y defender la naturaleza. Los cristianos, además, sabemos ver a Dios en todo lo creado, en el fondo de los mares y en el vigor de las montañas, en la anatomía humana y en los caprichosos colores de una flor o de una mariposa, en la grandeza de los espacios cósmicos y en la estructura de un pequeño animalito. Debemos enseñar a nuestros hijos y a nuestros educandos a ver la mano de Dios en la hermosura de la naturaleza. La evolución puede haber venido durante millones de años, a partir del "bing bang": pero detrás de toda esa maravilla, que la ciencia todavía está descubriendo con sorpresas nuevas, está la mano poderosa y amable de Dios. Tenemos que saber "leer el cosmos en cristiano" y gozarnos de él, porque para nosotros lo creó. Con el salmo podemos decir convencidos: "el cielo proclama la gloria de Dios, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra".

 

3.- Lc 17,26-37. Si ayer nos anunciaba Jesús que el Reino es imprevisible, hoy refuerza su afirmación comparando su venida a la del diluvio en tiempos de Noé y al castigo de Sodoma en los de Lot. El diluvio sorprendió a la mayoría de las personas muy entretenidas en sus comidas y fiestas. El fuego que cayó sobre Sodoma encontró a sus habitantes muy ocupados en sus proyectos. No estaban preparados. Así sucederá al final de los tiempos. ¿Dónde? (otra pregunta de curiosidad): "donde está el cadáver se reunirán los buitres", o sea, en cualquier sitio donde estemos, allí será el encuentro definitivo con el juicio de Dios.

Lo que Jesús dice del final de la historia, con la llegada del Reino universal podemos aplicarlo al final de cada uno de nosotros, al momento de nuestra muerte, y también a esas gracias y momentos de salvación que se suceden en nuestra vida de cada día. Otras veces puso Jesús el ejemplo del ladrón que no avisa cuándo entrará en la casa, y el del dueño, que puede llegar a cualquier hora de la noche, y el del novio que, cuando va a iniciar su boda, llama a las muchachas que tengan preparada su lámpara. Estamos terminando el año litúrgico. Estas lecturas son un aviso para que siempre estemos preparados, vigilantes, mirando con seriedad hacia el futuro, que es cosa de sabios. Porque la vida es precaria y todos nosotros, muy caducos. Vale la pena asegurarnos los bienes definitivos, y no quedarnos encandilados por los que sólo valen aquí abajo. Sería una lástima que, en el examen final, tuviéramos que lamentarnos de que hemos perdido el tiempo, al comprobar que los criterios de Cristo son diferentes de los de este mundo: "el que pretenda guardarse su vida, la perderá, y el que la pierda, la recobrará". La seriedad de la vida va unida a una gozosa confianza, porque ese Jesús al que recibimos con fe en la Eucaristía es el que será nuestro Juez como Hijo del Hombre, y él nos ha asegurado: "el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (J. Aldazábal).

A medida que el año litúrgico se acerca a su fin, nuestro pensamiento se orienta también hacia una reflexión sobre el «fin» de todas las cosas. «Todo lo que se acaba es corto». A medida que Jesús subía hacia Jerusalén, su pensamiento se orientaba hacia el último fin. Cada vez que a algo le llega «su fin», deberíamos ver en ello un anuncio y una advertencia. Cuando muere uno de nosotros, es un anuncio de nuestra propia muerte... Cuando arde un gran inmueble es un signo de la profunda fragilidad de todas las cosas... Cuando un maremoto se lleva todas las gentes de un poblado, es el signo brutal de lo que pasa todos los días, en el fondo, y que acabamos por no ver... Cuando un accidente de coche causa la muerte a toda una familia es lo que, por desgracia, el tiempo -dentro de veinte, de cincuenta años- habrá hecho también. En la lectura de hoy, Jesús nos propondrá que descifremos tres hechos históricos que considera símbolos de todo «Fin»: el diluvio... la destrucción de una ciudad entera, Sodoma... la ruina de Jerusalén...

-En tiempo de Noé...En tiempo de Lot... Lo mismo sucederá el día que el Hijo del hombre se revelará... En nuestro tiempo... Una salida de fin de semana... o bien en primavera... o durante el trabajo... o en plenas vacaciones...

-Comían... Bebían... Se casaban... Compraban... Vendían... Sembraban... Construían... ¡Mirad! ¡Todo marcha bien! La vida sigue su curso normal. Estamos en una sociedad de «consumo»... de «producción»..., como decimos hoy. El hambre, la sed, el sexo, la afición por los negocios, quedan satisfechos. Comidas. Comercio. Trabajo. Amor. Tarea. Dormir. Y se llega a no ver nada más allá de todo esto. Muchos afirman hoy «no haber nada después de la muerte». Otros afirman que «ante la muerte piensan, sobre todo, en disfrutar al máximo de los placeres de la vida». Sin encuesta científica, Jesús ya había observado en su época, ese mismo frenesí de «vivir», esa despreocupación bastante generalizada.

-Entonces llegó el diluvio, y perecieron todos... Pero el día que Lot salió de Sodoma llovió fuego y azufre del cielo y perecieron todos... La vida no es una bagatela, una excursión placentera, una «diversión» agradable, como dice Pascal. Gravita una amenaza que, en la boca de Jesús, se repite como un refrán: «y perecieron todos...» Jesús evoca dos elementos -el agua y el fuego- que permiten al hombre darse cuenta de su pequeñez y experimentar su impotencia: ante la inundación y el incendio, todos los medios de defensa son a menudo bastante irrisorios, a pesar de los esfuerzos realizados.

-Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas. Jesús evoca un peligro de tal modo inminente, urgente, «que no puede perderse ni un minuto» ¡Inútil ir a buscar el equipaje! Hay que partir con las manos vacías, huir, salvarse.

-Aquella noche estarán dos en una cama, a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán. Jesús sigue repitiendo que hay que estar «siempre a punto». El lugar y la hora se desconocen: una sola cosa es cierta, ninguno de nosotros se escapará. «Dios mío, ¿será esta noche?», canta el Padre Duval. Cada día es el día del juicio (Noel Quesson).

El juicio se desvela en forma de sorpresa (17, 26-32). Como en tiempos de Lot y de Noé, los hombres siguen ocupados en los grandes afanes de la vida: fortuna, diversión, comida, sexo, clan familiar, negocios. El quehacer de ese trabajo es absorbente, de tal forma que se olvida la dimensión de profundidad: Dios que viene desde el fondo, Dios que llama y quiere convertirnos a la auténtica verdad de nuestra vida. Ante esta llamada pueden darse dos tipos diferentes de fracaso: el de aquéllos que están demasiado ocupados en sus cosas y simplemente prefieren no escuchar (como los habitantes de Sodoma); o el de aquéllos que escuchando en principio la llamada sienten la nostalgia del mundo que abandonan retornando hacia lo antiguo (la mujer de Lot). La venida del reino establece en el mundo sus propias fronteras. Los judíos suponían que la salvación se inclinaría hacia los hombres de su pueblo y mientras tanto los gentiles sufrirían la condena. La palabra de Jesús destruye esa confianza. Salvación y condena responden a la hondura radical de cada una de las vidas de los hombres. Por eso habrá dos en una misma cama: dormirán marido y mujer como formando un mismo sueño, envueltos en sus mismos ideales, llenos de las mismas esperanzas, virtudes y defectos; pues bien, el juicio pasará precisamente por el medio de esa cama, separando la actitud y la verdad de cada esposo. Lo mismo sucede con los criados que trabajan en el campo; o con las siervas que muelen en el cuarto más profundo de la casa: aparentemente han compartido unos valores y unos fallos; pues bien, el juicio les espera; en la hondura de su vida son distintos (17, 34-35). Ante una existencia semejante es necesario profundizar hasta las mismas raíces de la vida. Precisamente allí es donde se viene a decidir el juicio. Dios no se ocupa de apariencias, ni la vida de los hombres se realiza simplemente en esa altura. Lo que importa es la actitud, la decisión fundamental, aquella hondura en que se viene a decidir el verdadero valor de la existencia. Teniendo esto en cuenta, el texto nos recuerda dos verdades importantes, una de carácter más judío (17, 37) y otra de sentido ya cristiano (17, 33). La verdad judía ofrece una formulación enigmática: "Donde está el cadáver se reunirán los buitres" (17,37). La frase se concibe como respuesta a la interrogación de aquéllos que preguntan por el "dónde" del juicio. Con las palabras que parecen de un refrán antiguo Jesús ha respondido "en todas partes". Allí donde esté el cadáver (es decir, allí donde se encuentre el hombre) bajarán los buitres (vendrá el juicio de Dios a cada uno). Esta verdad ya la sabían los judíos; la iglesia vuelve a repetirla. Esa verdad está atestiguada en todos los estrados de la tradición evangélica: "El que pretenda guardarse su vida la perderá; el que la pierde la recobrará" (17,33; cf Lc 9,24; Mc 8,35, etc). Perder la vida significa entregarla como Cristo y con Cristo por los otros; recobrarla en el sentido y la verdad de nuestra Pascua. Desde aquí comprendemos que en el fondo todo el juicio de Dios sobre los hombres se identifica con la presencia y el influjo de la muerte y resurrección de Jesús sobre la historia (com., edic. Marova).

Afrontar la vida de forma irresponsable es una forma de inconsciencia que puede tener consecuencias funestas para la vida. Jesús nos invita a hacer memoria de las intervenciones de Dios en el pasado y desde ese recuerdo dar consistencia y solidez a la propia vida. La irresponsabilidad frente a los designios de Dios llevó a los contemporáneos de Noé y de Lot a una muerte funesta. A diferencia de ellos, los seguidores de Jesús deben comprender el tiempo presente como ámbito de realización de la salvación para sí mismos y para los demás. El tiempo entendido como oportunidad de salvación nos aleja de la despreocupación y de una vida "light" al que parecen conducirnos los valores vigentes en este momento de la historia. La exhortación a la huida de ese ámbito puede parecer un alarmismo excesivo. Y sin embargo, en ella reside la única forma en enfrentar los acontecimientos que debemos vivir. Como nos muestra el ejemplo de la mujer Lot, volver la mirada atrás abandonando el seguimiento de Jesús nos coloca en el peligro de la frustración y del fracaso. El tiempo es un don de Dios. Pero por su misma naturaleza está ligado a una tarea que debemos realizar. Para responder adecuadamente a ese don y a esa tarea, se exige de nosotros un compromiso en el que estamos obligados a empeñar toda nuestra fuerza y nuestra actuación. Sobre el grado de ese compromiso está presente la mirada divina sobre nuestra vida. La libertad que nos ha sido concedida no es ilimitada y debe adecuarse al querer de Dios acerca de la historia de los hombres (Josep Rius-Camps).

Si el Señor tarda en llegar, esperémoslo constantemente con gran amor, porque ciertamente Él vendrá con gran poder y majestad; pero no nos quiere encontrar embotados por las cosas pasajeras, sino vigilantes, como el siervo bueno y fiel a quien el Amo confió el cuidado de todas sus posesiones y de los habitantes de su casa. No nos quedemos sólo comiendo, bebiendo, casándonos, comprando, sembrando, construyendo, etc. Es cierto que no podemos detener el trabajo ni el avance tecnológico y científico. Pero para quienes hemos puesto nuestra fe en Cristo eso no lo es todo, sino que estamos llamados a perder, constantemente, nuestra vida en favor de los demás. Entonces, cuando sea el final, conservaremos nuestra vida eternamente escondida en Dios; ahí donde Cristo nos aguarda después de haber padecido por nosotros.

Esperamos alegres la venida de nuestro Salvador. Él llega a nosotros en cada Eucaristía que celebramos. Contemplando a Cristo llegamos a conocer el amor que Dios nos tiene. Por eso elevamos agradecidos a Él nuestra alabanza y le reconocemos como el Señor de nuestra vida. ¡Ojalá y alcancemos a interpretar los signos del amor y de la salvación, que Dios nos ha manifestado por medio de su Hijo, hecho uno de nosotros! Aceptarlo a Él y reconocerlo como nuestro Dios, como Camino, Verdad y Vida es no perder la oportunidad de que Aquel que es el esperado como Juez al final del tiempo, llegará para nosotros como Pastor Misericordioso para llevarnos, sobre sus hombros, de retorno a la Casa del Padre.

Esforcémonos constantemente por construir la ciudad terrena conforme a la orden inicial dada por el Creador al hombre: Domina la tierra y sométela. Pero no nos olvidemos que quienes creemos en Cristo, hemos sido convocados por Él para participar de su Vida y para ser enviados a construir, entre nosotros, el Reino de Dios. Sabiendo que el Señor se acerca a nosotros en cada hombre y en cada acontecimiento de la vida, sirvámosle con amor hasta que Él vuelva para dar a cada uno lo que corresponda a sus obras. Que no nos angustie la cercanía, o no, de la venida del Señor; que más bien nos preocupe entregar nuestra vida por Cristo y por su Evangelio: amando, sirviendo, socorriendo, alimentando, visitando, consolando a nuestros prójimos que viven desprotegidos. Esforcémonos también por construir un mundo más en paz y más fraternalmente unido por el amor. Entonces estaremos ciertos de que, al final, seremos de Dios y estaremos con Él eternamente.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de esperar, alegremente, la venida del Señor al final de nuestra vida para hacernos partícipes de los bienes eternos, reservados a quienes Él ama y le viven fieles. Amén (www.homiliacatolica.com).