domingo, 15 de noviembre de 2009

Domingo 28, B: la sabiduría mejor que todas las riquezas es tener un buen corazón, capaz de amar a Dios y a los demás, y ahí está Jesús que nos muestra un camino personal, el de la felicidad

 

 

Libro de la sabiduría 7,7-11. Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro. La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz,  porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables. 

 

Salmo 89,12-17. Sácianos de tu misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. - Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos. - Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Danos alegría, por los días en que nos afligiste, por los años en que sufrimos desdichas. -  Que tus siervos vean tu acción, y sus hijos tu gloria. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.

 

Carta a los hebreos 4,12-13. La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

 

Evangelio según san Marcos 10,17-30. En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:  -Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le contestó: -¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre. Él replicó: -Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: -Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.   A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: -¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios! Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: -Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios. Ellos se espantaron y comentaban: -Entonces, ¿quién puede salvarse? Jesús se les quedó mirando y les dijo: -Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo. Pedro se puso a decirle: -Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús dijo: -Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura, vida eterna.

Comentario: 1. Sb 7,7-11. Los textos de la Misa de este domingo nos hablan de la sabiduría divina, que hemos de estimar más que cualquier otro bien, y en estos versículos se la prefiere a todo… Venerunt omnia bona pariter cum illa... Con ella me llegaron todos los bienes. En sus manos encontré riquezas incontables. El Verbo de Dios encarnado, Jesucristo, es la Sabiduría infinita, escondida en el seno del Padre desde la eternidad y asequible ahora a los hombres que están dispuestos a abrir su corazón con humildad y sencillez. Junto a Él, todo el oro es un poco de arena, y la plata vale lo que el barro, nada. Tener a Cristo es poseerlo todo, pues con Él nos llegan todos los bienes. Por eso cometemos la mayor necedad cuando preferimos algo (honor, riqueza, salud...) a Cristo mismo que nos visita. Nada vale la pena sin el Maestro. «Señor, gracias por haber venido. Hubieras podido salvarnos sin venir. Bastaba, en definitiva, que hubieras querido salvarnos. No se ve que la Encarnación fuera necesaria. Pero has querido situar entre nosotros el ejemplo completo de toda perfección (...). Gracias, Maestro, por haber venido, por estar en medio de nosotros, hombre entre los hombres, el Hombre entre los hombres, como uno más (...), y, sin embargo, el Hombre que todo lo atrae a sí, porque desde que ha venido no existe otra perfección. Gracias por haber venido y porque yo puedo mirarte y alimentar mi vida en ti» (J. Lecrecq). Ser sabios, Señor, es encontrarte a Ti, y seguirte. Solo acierta en la vida quien te sigue (F. Fernández Carvajal).

Partiendo de una tradición bíblica acerca de la sabiduría del rey Salomón, el autor, que vive en la culta Alejandría del s. 1 a. de Xto., hace sus propias reflexiones teológicas para exponer, en lenguaje moderno, la esencia de la fe veterotestamentaria. Los caps. 7-9 de este libro forman una unidad concéntrica cuyo núcleo central es el elogio de la sabiduría de 7, 22b-8. 1. En el Antiguo Oriente se tenía por sabio al que, observando con detención las diversas manifestaciones de la vida, los fenómenos de la naturaleza, era capaz de ver sus conexiones, su orden. Esta actitud presuponía la fe en un mundo ordenado por Dios; así la sabiduría adquiere caracteres religiosos. Se le presenta como primogénita de la creación y, como tal, fruto de la palabra del Señor (Sir. 1, 4.9; 24, 5. 12.14); es la ayudante del Señor en el acto de Crear. A veces se dice que es algo inaccesible (Job 28), pero en otros muchos relatos el hombre la puede adquirir (Prov. 3, 13 ss.), la sabiduría nunca es un puro conocer teórico, sino que siempre está ordenada hacia una praxis vital. Evoca el sueño de Gabaón (1 Rey 3, 4-15), en el que Salomón pidió y obtuvo lo que había pedido al Señor (sabiduría) y lo que no había pedido (fama y riqueza). Y el hombre que poseyó la sabiduría en grado sumo se dirige a todos los mortales para hacerles ver que también ellos la pueden obtener (7, 1-6). Nadie la posee al nacer, ni es privilegio de ningún rey, es puro don divino; así como Dios infunde su aliento (=espíritu) y da vida al hombre (creación), así también infundiendo su espíritu de sabiduría da una nueva vida (v. 7). Desposarse con la sabiduría hará del joven Salomón un gran rey (8, 9-16). La sabiduría es necesaria para llevar una vida de acuerdo con los deseos del Señor, y para obtenerla será necesaria la súplica (8, 17-21). A su lado, el poder y la riqueza (bienes-tipo del antiguo oriente) son barro y arena; incluso es superior a la salud y a la belleza. Todo ello se debe a que su esplendor no tiene ocaso (cfr. 6,12; 7, 29 s.), o lo que es lo mismo: es inmortal. El que la alcanza ha obtenido el mayor bien ya que da la inmortalidad y engendra, a la vez, el resto de los bienes humanos. Pero para obtenerla será necesario amarla, abrirse a ella, buscarla y pedirla. Muchas veces nos esforzamos en la vida por conseguir lo que no tiene importancia: poder, riqueza, salud... y menospreciamos lo más importante: ese don que viene de Dios y realiza nuestra unión con El. ¿Por qué nos decidimos? Jesús lo dice bien claro: "buscad el reino de Dios y lo demás se os dará por añadidura" (A. Gil Modrego). Una reflexión podemos sacar, también escarmentando de Salomón: se equivocó a pedir saber, pues lo importante es corazón bueno, que sepa amar y no se corrompa con la codicia.

Este pasaje forma parte de un himno a la sabiduría. Se supone que es Salomón quien lo canta. Pero Salomón no es el autor de este libro ni del himno en cuestión. El libro de la Sabiduría fue escrito probablemente en tiempos de Ptolomeo (146-117 a C.) en la ciudad de Alejandría. No obstante la influencia innegable de la cultura helenista, el autor predica una sabiduría que viene de Dios y que conduce a los hombres a Dios. Si la sabiduría oriental es un humanismo, la sabiduría de Israel se presenta como un "humanismo religioso". La atribución de este libro a Salomón es una ficción literaria, perfectamente explicable si tenemos en cuenta que Salomón es el prototipo de los sabios de Israel. Salomón no fue un niño prodigio ni un sabio de nacimiento. El himno a la sabiduría comienza aludiendo al nacimiento de Salomón, para que veamos que es como todos los hombres nacido de mujer y destinado a la muerte (vv. 1-6). La sabiduría no es una herencia biológica, sino don de Dios para los que la piden. Salomón la pidió (cfr. c. 9, donde se encuentra la oración de Salomón) y Dios se la concedió. Para pedir la sabiduría es menester apreciarla por encima de todas las cosas y desearla ardientemente. Salomón la prefirió al poder, a las riquezas (cf Pro 3,14s; 8,19; 16,16; Job 28,15-19), a la salud, a la belleza y al bienestar. Y si éstos son justamente los valores de nuestra sociedad, no es de extrañar que haya tan pocos sabios en nuestros días. Nos referimos, claro está, a los sabios que no han perdido el gusto por los auténticos valores y buscan la verdad que viene de Dios para salvar a los hombres.

La sabiduría fue para Salomón una luz sin ocaso, que brilla también en la noche y no abandona al caminante. Una luz que sirve no sólo para contemplar la naturaleza, sino, sobre todo, para saber vivir, esto es, para conocer la voluntad de Dios y ponerla en práctica. En esto consiste la verdadera sabiduría, no en saber muchas cosas, sino en conocer y practicar lo que es realmente necesario. V. 11: Estas palabras aluden a 1 Re 3, 7-13, donde se dice que Salomón prefirió la sabiduría para gobernar y, como premio, recibió también, riquezas sin cuento (cf Pro 3,16; 8,21).

En el N.T. aparece Jesucristo como sabiduría de Dios" (1 Cor 1,24 y 30) en carne viva. Y para evitar toda posible confusión, esta "sabiduría de Dios" se mostró en Jesucristo completamente desnuda de poder y de riquezas, en medio de la debilidad de la cruz. Para los cristianos no hay sabiduría mayor, y sabio es el que sigue a Jesucristo. Pablo nos dice que, por su parte, no quiere saber nada excepto a Jesucristo, y éste crucificado (1 Cor 2,2; "Eucaristía 1982").

Este libro, último del AT, escrito unos cincuenta años antes del nacimiento de Jesús, aproxima al lector al culmen de la historia de la salvación: ciertos pasajes son muy cercanos a Juan (Jn 1, 1.18 y Sab 8, 3; 9, 4) y a Pablo, que llamará a Cristo "sabiduría de Dios" (1 Cor 1, 24.30). El contenido del libro, fiel a una doble circunstancia -la tradición judía y la cultura helenística imperante-, describe qué sea la sabiduría: nada menos que Dios mismo que se comunica a la criatura espiritual. Por la sabiduría, reflejo de Dios en su creación, todo adquiere coherencia, todas las cosas reciben cohesión en su subsistencia, pero -por ella- al hombre se le da Dios de manera íntima hasta que aquél devuelve una respuesta acogedora. Así llega el hombre a participar de la naturaleza divina, de la inmortalidad En los versículos presentes se evoca el sueño de Gabaón en el que Salomón pide y obtiene lo que ha pedido (sabiduría) y lo que no había pedido (fama y riquezas; cf. 1 Re 3, 4-15). Esto está narrado para todos, porque todos pueden obtenerla; pero, para obtenerla, hay que amarla, buscarla, abrirse a ella y pedirla ("Eucaristía 1988").

La Sabiduría en el A.T. no es una realidad abstracta fuera del tiempo y del espacio. En su sentido original es la escucha atenta y la comprensión exacta de la situación humana. Es el arte de aconsejar. Para atender el mensaje de hoy hay que conocer el contexto histórico en el que han hablado los sabios. La sabiduría más antigua (Pr 10-31) es una colección de proverbios que contienen la sabiduría experimental. Los libros de Job y Eclesiastés son una reflexión crítica; Eclesiástico y Sabiduría tratan de incluir toda la realidad en el concepto de sabiduría. Esta idea pertenece al último estadio de la sabiduría veterotestamentaria. El libro de la Sabiduría se escribe en Alejandría. No era fácil para los judíos permanecer fieles a la fe de los padres en el centro de la cultura. La cultura y la vida griega eran un desafío a la realidad religiosa y psicológica de Israel. El libro de la Sabiduría quiere reforzar la fe de los creyentes y la disponibilidad ante la ley en medio de la libertad helenista y el culto idolátrico.

El texto de hoy es una reinterpretación de la oración con la que Salomón quiere conseguir la sabiduría (1 R 3,5-9; 2 Cro 1,7-10). Sólo a través de la oración se tiene acceso a ella. La sabiduría es una realidad muy superior a la riqueza. Es la actitud interior que da la justa comprensión de la vida humana, aclara la relación con Dios e indica la conducta que hay que seguir. Este modo de ver y obrar es un don de Dios que se obtiene por medio de la oración y reflexión. Este mensaje puede parecer extraño e inaceptable para nuestra sociedad acostumbrada a poner en el poder, la riqueza y el bienestar todos sus intereses y aspiraciones (P. Franquesa). Pero es el eco de las bienaventuranzas de Jesús (Mt 6,25-33) que nos habla de buscar el Reino de Dios y su justicia, que lo demas se nos dará por añadidura. Juan Pablo II comentó que «la sabiduria todo lo sabe y lo entiende» (Sb 9,11): "La Sagrada Escritura nos presenta con sorprendente claridad el vínculo tan profundo que hay entre el conocimiento de fe y el de la razón. Lo atestiguan sobre todo los Libros sapienciales. Lo que llama la atención en la lectura, hecha sin prejuicios, de estas páginas de la Escritura, es el hecho de que en estos textos se contiene no solamente la fe de Israel, sino también la riqueza de civilizaciones y culturas ya desaparecidas. Casi por un designio particular, Egipto y Mesopotamia hacen oír de nuevo su voz y algunos rasgos comunes de las culturas del antiguo Oriente reviven en estas páginas ricas de intuiciones muy profundas.

No es casual que, en el momento en el que el autor sagrado quiere describir al hombre sabio, lo presente como el que ama y busca la verdad: «Feliz el hombre que se ejercita en la sabiduría, y que en su inteligencia reflexiona, que medita sus caminos en su corazón, y sus secretos considera. Sale en su busca como el que sigue su rastro, y en sus caminos se pone al acecho. Se asoma a sus ventanas y a sus puertas escucha. Acampa muy cerca de su casa y clava la clavija en sus muros. Monta su tienda junto a ella, y se alberga en su albergue dichoso. Pone sus hijos a su abrigo y bajo sus ramas se cobija. Por ella es protegido del calor y en su gloria se alberga» (Si 14, 20-27).

Como se puede ver, para el autor inspirado el deseo de conocer es una característica común a todos los hombres. Gracias a la inteligencia se da a todos, tanto creyentes como no creyentes, la posibilidad de alcanzar el «agua profunda» (cf. Pr 20, 5). Es verdad que en el antiguo Israel el conocimiento del mundo y de sus fenómenos no se alcanzaba por el camino de la abstracción, como para el filósofo jónico o el sabio egipcio. Menos aún, el buen israelita concebía el conocimiento con los parámetros propios de la época moderna, orientada principalmente a la división del saber. Sin embargo, el mundo bíblico ha hecho desembocar en el gran mar de la teoría del conocimiento su aportación original.

¿Cuál es ésta? La peculiaridad que distingue el texto bíblico consiste en la convicción de que hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la razón y el de la fe. El mundo y todo lo que sucede en él, como también la historia y las diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver, analizar y juzgar con los medios propios de la razón, pero sin que la fe sea extraña en este proceso. Ésta no interviene para menospreciar la autonomía de la razón o para limitar su espacio de acción, sino sólo para hacer comprender al hombre que el Dios de Israel se hace visible y actúa en estos acontecimientos. Así mismo, conocer a fondo el mundo y los acontecimientos de la historia no es posible sin confesar al mismo tiempo la fe en Dios que actúa en ellos. La fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la Providencia. Una expresión del libro de los Proverbios es significativa a este respecto: «El corazón del hombre medita su camino, pero es el Señor quien asegura sus pasos» (16,9). Es decir, el hombre con la luz de la razón sabe reconocer su camino, pero lo puede recorrer de forma libre, sin obstáculos y hasta el final, si con ánimo sincero fija su búsqueda en el horizonte de la fe. La razón y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocerse de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a Dios".

2. La sabiduría que lleva a comprender la vida humana con su brevedad y sus penalidades, sólo puede darla Dios. Por eso se la pide ahora. Para el que cree de verdad no hay tiempos malos, estamos colgados de las manos de Dios (cf san Josemaría Escrivá, Amigos de Dios 52). Dios es el que puede hacernos felices, en nuestros días.

Todo pasa, menos el amor de Cristo… "Señor, tú has sido nuestro refugio": La tradición patrística ha visto expresado aquí nuestro deseo de que Dios, después del pecado, se haga presente de nuevo en medio de los hombres con la llegada de Cristo Salvador. Por ahora, este retorno se lleva a efecto mediante los Sacramentos, en los que el Señor se hace misteriosa pero realmente presente, injertando en nuestra vida la savia salvadora de sus méritos. Gracias a esos méritos, nosotros, que caemos y somos a veces ruinas espirituales, vamos siendo reconstruidos, restaurados, jornada tras jornada (Félix Arocena).

La "suscripción" de este salmo lo atribuye a Moisés, "hombre de Dios": es el único salmo puesto bajo el patronato de Moisés, a causa de sus lazos literarios con el Génesis.

En Israel, toda desgracia era considerada como un castigo por los pecados: es el tema de la "cólera de Dios" que aparece en la parte central de este salmo. Jesús introdujo variaciones importantes a este tema capital. Desde luego es falso decir que todo sufrimiento es un castigo. Tal fue el sentido del libro de Job, el inocente... El sentido de la respuesta de Jesús a propósito del ciego de nacimiento: "Ni él, ni sus padres pecaron para que haya nacido ciego" (Juan 9,3). Sin embargo, el sufrimiento es una especie de advertencia de la fragilidad humana: ante el accidente de la torre que aplastó a los transeúntes, Jesús dijo: "si no os convertís, pereceréis todos" (Lucas 13,5), pero añadió: "aquellos que murieron, allá, no eran más pecadores que aquellos que por suerte escaparon" (Lucas 13,4).

Este salmo incorpora una parte importante de la filosofía moderna, que afirma "lo absurdo" de la condición humana. Michel Foucault concluye de esta manera: "en nuestros días, a partir de Nietzche, se afirma no solamente la ausencia y la muerte de Dios sino el fin del hombre... Ya que él ha matado a Dios, el hombre debe responder por su propia finitud. "¡Efectivamente, el ateísmo no es muy extraño! El salmista decía ya que el "hombre no es", pero creía que Dios "es". Se atrevía a dirigirse a este Dios sólido, para apoyarse en El. El signo de la grandeza del hombre, es precisamente, que él "habla a Dios", que lo trata de "tú"... Y se atreve a pensar que trae algo a Dios: -por la "sabiduría", recibida de El, y que consiste en "contar bien nuestros días, para ocuparlos bien"... -por su "alabanza" cantada a Dios... -Finalmente por su "trabajo", que Dios mismo hace fructuoso...

¡Nuestros pecados! ¿Cómo los olvidaremos? ¿Por qué no orar a partir de ellos, en este salmo? Es cierto que son la prueba más profunda de nuestra debilidad. ¿Cómo podríamos quejarnos que el Dios santo escudriña inexorablemente "el mal", hasta los repliegues de nuestra conciencia, "cuyo secreto vergonzoso es desvelado ante la faz de Dios"? Dios realizó el combate contra el mal, por nosotros: Y después de la venida de Cristo, sabemos a qué precio: su cólera, no está contra los pecadores sino contra satanás. "Yo vine no para los justos, sino para los pecadores" (Mt 9,13).

¡La libertad y la gracia! Hay que meditar esta fórmula de un admirable equilibrio: "haz fructuoso (el papel de la gracia divina) el trabajo de nuestras manos" (el papel de la libertad humana). Para salir del pecado, como para cualquier obra buena, no lo podemos hacer con nuestras solas fuerzas (Rm), es necesario unir dos fuerzas: Dios y yo... La gracia y mi esfuerzo (Noel Quesson).

Un corazón sensato... Desaparece una generación y aparece otra. El hombre viene al mundo y se va del mundo. Los ríos acaban en el mar, y del mar de nuevo nacen. Lo que fue, será. Nada hay nuevo bajo el sol. El aceite se acaba y se apaga la lámpara. No queda recuerdo de los antiguos, ni lo habrá de los venideros. He observado cuanto sucede bajo el sol, y he comprobado que todo se reduce a humo y nada. Todo es vacío, tan vacío como atrapar el viento o abrazar la sombra. Así habló Cohélet, desilusionado y lleno de melancolía (Ecle 1,1-12). Pero no hay por qué decepcionarse tan pronto; es ley universal: lo que comienza, acaba. Las margaritas aparecen en la pradera, brillan un día y se marchitan; las luciérnagas resplandecen en una noche y desaparecen; las golondrinas llegan con la primavera, vuelan sin cansarse por los aires y un buen día se van; hasta los metales y el universo entero están sometidos a la ley de la entropía. Todo acaba. La diferencia está en que el hombre lo sabe. Y este saber puede llevar al hombre a distintas conclusiones: al divisar sus fronteras y palpar sus muros, los griegos llegaron al sentimiento trágico de la vida, el hombre moderno a la angustia, y el salmista a la sabiduría. En efecto, los griegos al observar la curva de la vida (todo nace-crece-muere), llegaron, resignados, al fatalismo. El hombre moderno, «liberado» de las certezas de la fe, al sentirse atrapado entre los dientes de las nadas, ha llegado a experimentar esa asfixia que llamamos angustia, el sentirse apretado entre la nada que me precede y la nada que me sigue, relámpago entre dos nadas. En cambio, el salmista, al experimentar la contingencia humana, sube a la consistencia divina, de la fugacidad humana salta a la eternidad divina, y de lo relativo de las cosas a lo absoluto de Dios. A esto lo llamamos sabiduría.

El hombre de la Biblia en ningún instante cubre sus ojos con disfraces, ni intenta ocultarnos la vieja sabiduría sobre la fugacidad de la vida y la relatividad de las cosas. Al contrario, lo sentimos impresionado por la condición efímera de la existencia humana, y frecuentemente se nos presenta agobiado, por no decir abrumado, por el peso de la contingencia. Y, en lugar de entregarnos consuelos baratos y fáciles recetas, nos enfrenta fríamente con la dura realidad. El salmista, en numerosas oportunidades (salmos 39, 90, 92, 102, 103), los profetas, Job y el Eclesiastés descorren constantemente la cortina ante nuestros ojos, y nos dejan ante un escenario hostil, con bastidores carcomidos y sombras amenazantes.

Pero, en ninguna parte el hombre de la Biblia se expresa sobre la precariedad humana con acentos tan vehementes como en el salmo 90. Estamos ante una pieza singular que, debido precisamente a su vigor, la Biblia la atribuye nada menos que a Moisés, a quien califica de «hombre de Dios».

Con arranques agitados, con vértigos de alturas y abismos, con contrastes y ritmos violentos, el salmista nos entrega su propia visión sobre la vida y la muerte, sobre lo eterno y lo transitorio, con una extraña mezcla de lamentación y ternura. Realmente, es un salmo de pronunciados desniveles y tensas experiencias, y, para entenderlo, necesitamos ponernos en la tesitura interior del propio salmista.

Señor, Tú has sido nuestro refugio / de generación en generación. El salmista se presenta en el escenario, y de entrada, comienza por levantar la cabeza y extender la mirada hacia atrás por encima de los horizontes y los siglos pasados buscando un centro de gravedad que ponga una cierta estabilidad en el vaivén inestable de las generaciones humanas. En efecto, necesitábamos una roca porque las generaciones subían y bajaban como las olas, y la vida era un perpetuo movimiento como las entrañas del mar.

Y, por encima de las estaciones y vaivenes, el Señor estuvo con nosotros, como una constelación sosegada sobre las olas. El estaba -estuvo- en el fondo de nuestros pensamientos como testigo, en el fondo de nuestros sueños como confidente; y, desde el fondo de los recuerdos, ya casi olvidados, apenas conseguimos rescatarlo a El como un ser familiar con el típico encanto de un antiquísimo compañero con quien compartimos los peligros y las alegrías. Nuestro refugio de generación en generación.

Fuimos un pueblo de nómadas en el desierto. Por la noche, cuando la oscuridad y el miedo nos acosaban, el Señor tomaba, allí arriba, la forma de una antorcha de estrellas, y de día nos cubría, como fresca nube, contra el fuego del sol. Un pueblo, sin recuerdos, no tiene alcurnia, y las cicatrices sólo son gloriosas cuando son recuerdos de antiguos combates; y, en los combates de antaño, el Señor abría la brecha, y, por eso, nuestros recuerdos están enteramente poblados de sus proezas, de generación en generación.

He aquí uno de los lados más significativos de la sabiduría de corazón: vivir enraizados en las profundidades de Dios. La raíz, por instinto, por una fuerza misteriosa, tiende al centro de la tierra; y cuanto más avanza en esa dirección, más vigorosamente se aferra a esa tierra que nutre y sustenta el árbol; y ese hundimiento es la condición de nuestra seguridad y la medida de nuestra fuerza.

El desatino está en pretender echar raíces en realidades de arena que no tienen subsuelo; ya se puede imaginar el resultado.

En medio del follaje de tópicos que aborda el salmo, la convicción central es ésta: lo efímero reclama lo consistente; la experiencia de lo contingente nos lleva a lo absoluto de Dios.

Necesito también hacer aquí la siguiente aclaración: aparece resueltamente marcada, en estos dos salmos, la afirmación de que la caducidad y la muerte humanas son efecto y castigo de la cólera divina. No he querido posar mis ojos en ese aspecto. Después que Jesús pasó por nuestra tierra como el misionero del amor gratuito y de la misericordia incondicional del Padre, pienso que esas insistencias están de sobra.

Señor, dame a conocer mi fin y cuál es la medida de mis años para que comprenda lo caduco que soy (Sal 38/39,5).

Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato (Sal 89,12).

Sabiduría de corazón. ¿En qué consiste? En «conocer mi fin» y «la medida de mis años» para comprender «lo caduco que soy», y en «calcular nuestros años» para, de esta manera, adquirir un «corazón sensato». He ahí la fuente y el camino de la sabiduría.

Corazón sensato es el de aquel hombre que tiene una visión objetiva sobre todo su entorno, dispone en su mente de la medida de las cosas y sabe aplicar, cuando corresponde, la ley de la proporcionalidad. Por lo demás, es capaz de hacer una correcta distinción entre lo verdadero y lo ficticio, entre la apariencia y la realidad. En suma, sabe que la verdad consiste en saber que todo lo humano es caduco.

Un corazón sensato sabe que es locura llorar hoy por cosas que mañana no son, sabe que los disgustos se los lleva el viento (¿para qué sufrir?), que la vida es flor de un día, que la gloria es sonido de flauta cuyo final es el silencio, que la moda es lo que muda, que la caducidad es la verdad, que la transitoriedad es la verdad, que las apariencias son la mentira, que sufrimos y agonizamos por la mentira de las cosas, que la apariencia nos seduce y tiraniza, nos obliga y doblega, por todo lo cual vivimos obsesionados, temerosos y tristes.

Frente al corazón sensato está el corazón insensato o loco, es decir, un corazón ajeno o enajenado de la realidad: está ajeno a la objetividad porque a la apariencia la llama verdad (y lucha por esta «verdad»), y considera como definitivo lo que de verdad es precario, y vive de sobresalto en sobresalto porque los golpes de la vida lo hacen despertar, en cada momento, a la desilusión, es decir, a la verdad amarga de «lo caduco que soy».

Es necesario declarar la guerra a las ficciones que, al final, acaban rodando por la pendiente del desengaño, y aceptar con los ojos abiertos que nuestra vida es, ni más ni menos, una estrella errante que por un instante rasga la oscuridad de la noche, brilla y se apaga; y que, a pesar de todo, el vivir es un privilegio y una oportunidad para luchar por objetivos nobles en el «palmo» de tiempo que nos toque de vida.

Un corazón sensato es el de aquel hombre que coloca a esos temibles espectros como son los disgustos, los fracasos, las contrariedades, la desestima, el desprestigio, el ocaso de la vida y la misma muerte, los coloca, digo, en las alas del viento para que se los lleve a la región del olvido y del silencio. ¿Para qué asustarse? ¿Por qué sufrir? Por eso el corazón sensato habita siempre en la morada de la serenidad.

Estas verdades, reiteradas vigorosa e insistentemente a lo largo de toda la Biblia, constituyen el fondo doctrinal de los Novísimos.

Misericordia: Por la mañana sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo (v. 14)

Pasó la tempestad, las nubes se alejaron, y de nuevo brilla el sol. El salmista acorralado por la muerte, asfixiado entre dos nadas, en el ojo de la tempestad, después de invocar ardientemente la piedad del Señor, y de sentirse seguro de ella, respira hondo, tiende la mirada hacia adelante como si hubiese caducado el ciclo que va de polvo a polvo, y ve amanecer una era de prosperidad, y esto no sólo para él salmista sino para todos los siervos del Señor. ¿Será que la esperanza ha sustituido definitivamente a la tragedia, y la misericordia será en definitiva más fuerte que la ira? La Misericordia es capaz de cualquier metamorfosis: capaz de transfigurar el polvo en risa, el lamento en danza y la muerte misma en una fiesta. ¿El problema? Uno sólo: «saciarse de Misericordia».

Cuando el hombre despierta por la mañana, y abre los ojos, y deja entrar por la ventana de la fe el sol de la Misericordia, y ésta consigue inundar todas las estancias interiores y todos los espacios hasta la saciedad total, entonces no hay en la tierra idioma humano que sea capaz de describirnos esta metamorfosis universal: como por arte de magia el viento se lo llevó todo, la cólera divina, y las culpas, y el polvo, y la muerte, y la caducidad, y el miedo, y el humo, y la sombra, como papelitos se llevó todo el viento, y la vida y la tierra entera se entregaron frenéticamente a una danza general en que todo es alegría y júbilo (v. 14).

Una vez más lo decimos, las cosas de Dios no son para ser entendidas intelectualmente sino para ser vividas, y cuando se viven, todo comienza a entenderse. El secreto está, reiteramos, en saciarse, verbo eminentemente vital, casi vegetativo. Dios es banquete; hay que «comerlo» (experimentarlo) y llega la saciedad. Dios es vino; hay que «beberlo», y viene la embriaguez en que todas las cosas saltan de su quicio y, en milagrosas transfiguraciones, lo caduco se transforma en lo eterno, la tristeza en alegría, el luto en danza. Dios hace estos prodigios, no el Dios de la venganza, que ya «murió» sobre el monte de las bienaventuranzas, sino el Dios de las Misericordias, el verdadero Dios, Aquel que nos reveló Jesús. Después de beber este «vino», los días y los años que se abren ante nuestros ojos estarán colmados de alegría (v. 15). Y el salmo acaba con una estrofa en que una esperanza invencible llena por completo y guarda nuestro futuro. Lo diré con la traducción de la Biblia de Jerusalén:

Aparezca tu obra ante tus siervos y tu esplendor sobre tus hijos.

La dulzura del Señor sea con nosotros. Confirma tú la acción de nuestras manos (vv. 16-17): Larrañaga.

«Haznos caer en la cuenta de la brevedad de la vida, para que nuestro corazón aprenda la sabiduría». Hoy viene ante mis ojos un hecho ineludible: la vida es breve. El tiempo pasa velozmente. Mis días están contados, y la cuenta no sube muy alto. Antes de que me dé cuenta, antes de lo que yo deseo, antes de que me resigne a aceptarlo, me llegará el día y tendré que partir. ¿Tan pronto? ¿Tan temprano? ¿En la flor de la vida? ¿Cuando aún me quedaba tanto por hacer? La muerte siempre es súbita, porque nunca se espera. Siempre llega demasiado pronto, porque nunca es bien recibida. Y, sin embargo, el recuerdo de la muerte está lleno de sabiduría. Cuando acepto el hecho de que mis días están contados, siento al instante la urgencia de hacer de ellos el mejor uso posible. Cuando veo que mi tiempo es limitado, comprendo su valor y me dispongo a aprovechar cada momento. La vida se revalúa con el recuerdo de la muerte.

«Nuestros años se acaban como un suspiro. Aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta los ochenta, la mávor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan». Acepto la brevedad de mi vida, Señor, y en la resignada sabiduría del aceptar encuentro la fuerza y la motivación para sacar el mejor partido posible de los días que me queden, muchos o pocos. Cuando llegue el sufrimiento, pensaré que pronto pasará; y cuando me atraigan los placeres, reflexionaré que también ellos han de estar poco tiempo conmigo. Eso me hará soportar el sufrimiento y disfrutar el placer con la libertad de ánimo de quien sabe que nada ha de durar largo tiempo. Esa actitud traerá el equilibrio, el desprendimiento y la sabiduría a mi vida.

«Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó, una vela nocturna. Los siembras año tras año, como hierba que se renueva: queforece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan Y se seca». Que la hierba sepa que es hierba y se comporte como tal. En eso está su plenitud. Si es un día, es un día; pero que ese día sea verde y alegre con la gloria derramada de los campos en flor. Si mi vida ha de ser como la hierba, que sea verde, que sea fresca, que sea brillante, y que viva en la intensidad de su única mañana la totalidad cósmica de la naturaleza y de la gracia. Cada momento se reviste de eternidad, cada brizna de hierba resplandece con el rocío del sol del amanecer. Cada instante se enriquece, cada suceso se realza, cada encuentro es una sorpresa, cada comida un banquete. La brevedad de la experiencia la llena de la esencia del puro sentir y el libre disfrutar. La vida resulta valiosa precisamente porque es breve. Dame, Señor, la sabiduría de vivir la plenitud de mi vida en cada instante de ella (Carlos G. Vallés).

Juan Pablo II comentaba: "Los versículos que acaban de resonar en nuestros oídos y en nuestro corazón constituyen una meditación sapiencial que tiene, sin embargo, el tono de una súplica. El orante del Salmo 89 pone en el centro de su oración uno de los temas más explorados por la filosofía, más cantados por la poesía, más sentidos por la experiencia de la humanidad de todos los tiempos y de todas las regiones de nuestro planeta: la caducidad humana y el devenir del tiempo. Basta pensar en ciertas páginas inolvidables del Libro de Job en las que se presenta nuestra fragilidad. Somos como «los que habitan en casas de arcilla, que hunden sus cimientos en el polvo y a los que se les aplasta como a una polilla. De la noche a la mañana quedan pulverizados. Para siempre perecen sin advertirlo nadie» (Job 4,19-20). Nuestra vida sobre la tierra es «como una sombra» (cf Job 8,9). Y Job sigue confesando: «Mis días han sido más raudos que un correo, se han ido sin ver la dicha. Se han deslizado lo mismo que canoas de junco, como águila que cae sobre la presa» (Job 9,25-26)…

Esta es la gran lección: el Señor nos enseña a «contar nuestros días» para que, aceptándolos con sano realismo, «entre la sabiduría en nuestro corazón» (v. 12). Pero el salmista pide a Dios algo más: que su gracia sostenga y alegre nuestros días, aun frágiles y marcados por la prueba. Que nos haga gustar el sabor de la esperanza, aunque la ola del tiempo parezca arrastrarnos. Sólo la gracia del Señor puede dar consistencia y perennidad a nuestras acciones cotidianas: «Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos» (v. 17). Con la oración pedimos a Dios que un reflejo de la eternidad penetre en nuestra breve vida y en nuestro actuar. Con la presencia de la gracia divina en nosotros, una luz brillará sobre el devenir de los días, la miseria se convertirá en gloria, lo que parece no tener sentido adquirirá significado.

Concluimos nuestra reflexión sobre el Salmo 89 dejando la palabra a la antigua tradición cristiana, que comenta el Salterio manteniendo en el fondo la figura gloriosa de Cristo. De este modo, para el escritor cristiano Orígenes, en su «Tratado sobre los Salmos», que nos ha llegado en la traducción latina de san Jerónimo, la resurrección de Cristo nos da la posibilidad bosquejada por el salmista de que «toda nuestra vida sea alegría y júbilo» (cf v 14). Porque la Pascua de Cristo es el manantial de nuestra vida más allá de la muerte: «Después de haber recibido la dicha de la resurrección de nuestro Señor, por la que creemos que hemos sido redimidos y de resurgir también un día, ahora, transcurriendo en la alegría los días que nos quedan de nuestra vida, exultamos por esta confianza, y con himnos y cánticos espirituales alabamos a Dios por medio de Jesucristo, nuestro Señor».

3. Heb 4,12-13. El autor de la carta a los hebreos acaba de contemplar la revelación de Dios a través de los profetas y de su propio Hijo (Heb 2,1-4). Esta palabra reveladora de Dios es ante todo promesa de salvación y de "reposo" (Heb 3), pero no la realiza sino en la fe de quienes la escuchan. A falta de esta adhesión, se convierte en amenaza y castigo (Heb 4,2). Los dos versículos de esta lectura son el final de esta meditación. Los hebreos están acostumbrados a medir la eficacia de la Palabra de Dios (cf Is 55,11), que se manifiesta, en primer lugar, en quienes la proclaman: transforma, al precio a veces de una lucha violenta (Jer 20,7; Ez 3,26-27), al profeta en un testigo auténtico, incluso en una parábola activa de la Palabra (Is 8,1-17; Os 1-3; Sal 68/69, 12). Este poder de la Palabra en el profeta se verifica mucho más aún en Jesús, dominado hasta tal punto por la Palabra que en El es su propio comportamiento, signo y salvación para todos los hombres (Heb 1, 1-2).

Mas lo que ha realizado en los profetas y en Jesús, la Palabra lo realiza igualmente en cada cristiano, ayudándole a desentrañar sus intenciones más secretas e impulsándole a tomar partido. En este sentido, la Palabra es juicio, no sólo porque juzga desde el exterior la conducta del hombre, tal como lo haría una norma legislativa, pero con mayor profundidad, puesto que llama al hombre a escoger entre sus deseos y las exigencias de la Palabra. En este sentido es una espada (Lc 2, 35) que obliga al cristiano a los más radicales desprendimientos. Eficaz cuando provoca la fe y el juicio de la conciencia, la Palabra lo es no menos cuando acompaña a una función sacramental.

El pan y el vino eucarístico son eficaces porque la Palabra que los acompaña es la Palabra misma de Dios, afilada como una espada para impulsar en cada uno de nosotros la profesión de fe y la decisión selectiva que exige la participación fructuosa en el banquete (Maertens-Frisque).

Una vez el autor ha proclamado y explicado (vv. 1-11) lo que "Dios dice por boca de David" en el Sal 95, 8 y 11 acerca de la promesa de "entrar en su descanso" hace una llamada a los lectores para que no endurezcan el corazón y acojan la palabra de Dios con la obediencia de la fe. Este parece ser el objetivo que pretende con este pequeño himno sobre la palabra de Dios, en el que subraya la eficacia, la penetración y la dignidad de esta palabra.

A semejanza de otros lugares del A.T., se personifica en éste la palabra de Dios (cfr Is 55,10; Sab 18,14). Pero iríamos demasiado lejos si entendiéramos que el autor se refiere al Logos (o Palabra) según aparece en el evangelio de Juan. Se trata únicamente de la palabra que sale de la boca de Dios, que habló antes de muchas formas por los profetas y últimamente nos habla por boca de su Hijo (Heb 1,1s.). Por otra parte, no hay que olvidar que el sujeto de esta palabra es el mismo Dios vivo. De ahí su eficacia, su penetración y el fruto que produce. No se trata de una palabra muerta, sino viva y vivificante (cf Dt 32,47; Jn 6,63.68, Hch 7,38; 1Pe 1,23). Tampoco es palabra vana o vacía, sino llena de fuerza como una semilla: Dios hace lo que dice. Por eso compromete al hombre y lo lleva a la decisión. Esta palabra es penetrante y llega a lo más profundo del hombre, requiriendo toda nuestra responsabilidad.

La fuerza de penetración de esta palabra se debe a que es la palabra de "Aquel a cuyos ojos todo está descubierto". Por eso es también la palabra tan certera como justa, la sentencia del verdadero juez. El que la escucha y la practica se salva; el que la rechaza ya está condenado. Sin embargo, todavía ha de llegar el día en que este juicio se manifieste y se ejecute plenamente la sentencia ("Eucaristúa 1982").

En un canto de elogio se describe el penetrante poder de la palabra de Dios, del cual el autor ya había hablado en la explicación del Sal 95,7-11, que dirige a los destinatarios de la carta como una exhortación. En conexión con distintos lugares del AT (Is 55,10s.; Jr 23,29; Sab 18,14), se personifica la palabra de Dios y se le atribuyen propiedades divinas. Como palabra del Dios vivo, no es un mero eco vacío, sino algo viviente, que crea vida (cf Dt 32,47; Jn 6, 63.68; Hch 7,38; 1 Pe 1,23). Está llena de fuerza y realiza lo que dice. No es inerte, sino que obliga al hombre a tomar partido, porque la posición frente a la palabra de Dios acerca del destino del hombre es algo definitivamente decisorio. Penetra hasta las más hondas profundidades del alma y hasta las mas ocultas partes del cuerpo, o sea, todo nuestro ser. Discierne y juzga los más escondidos pensamientos y deseos del corazón; nada puede escaparse de las pretensiones de la palabra de Dios. De la palabra de Dios, el autor asciende hasta Dios mismo. Todo es clarividente a sus ojos, no hay velo que le oculte cosa alguna. Todo se halla presente ante aquel que ha de pasar cuentas a los hombres ("Eucaristía 1988").

Desde 3,7 la exhortación que el autor hace a los lectores es una confrontación con el Sal 95,7-11. La paráfrasis y actualización del salmo a la situación cristiana da lugar a una reflexión profunda sobre la palabra de Dios. La palabra de Dios es la acción misma de Dios que se manifiesta y juzga. Es la palabra de un Dios que se pone personal e históricamente frente al hombre y le presenta de forma explícita algunas exigencias y le pide el compromiso constante como respuesta. Las propiedades y efectos de la palabra de Dios vienen articuladas en cinco afirmaciones: es "viva" porque proviene del Dios vivo, tiene vida en sí misma y puede comunicarse; es "eficaz", creadora, hace cuanto se propone; es "tajante", nada puede resistir a su poder; es "penetrante", todo está descubierto ante ella; "juzga", valora pensamientos y acciones, llama a la decisión y a la conversión, no deja neutral a nadie. Las reflexiones de la carta a los Hebreos sirven para clarificar a los cristianos de la segunda generación como en Cristo se ha realizado la salvación y liberación del mal y del pecado. La palabra no es simplemente el órgano de transmisión de un determinado contenido doctrinal. Detrás de la exigencia de esta palabra que escuchan hay una llamada a la decisión y compromiso total. No ofrece una revelación definitiva, indica un camino, propone el seguimiento de Cristo. La meta que ha alcanzado Cristo sólo se puede alcanzar en unión con él. No endurezcáis vuestros corazones. No os volváis atrás ante las exigencias que la situación actual impone para edificar la salvación y llegar a la paz y a la justicia. Ante la palabra de Dios no hay posibilidad de huida, aunque se pueden tomar dos actitudes: abrirse totalmente al Dios hecho hombre o esconderse en el pequeño mundo de la comodidad traicionando la fe y a Dios, que en Cristo ha dado sentido y esperanza al mundo y que se puede hacer realidad con nuestra participación y colaboración (Pere Franquesa).

Dos versículos nada más, pero que constituyen el himno más maravilloso al poder penetrante de la Palabra de Dios. Se describe la palabra como algo vivo que tiene el poder de penetrar en los reductos más íntimos de nuestro ser espiritual dejando desnuda nuestra alma y juzgando todos los secretos de nuestra vida. La palabra de Dios no sólo es evangelio, buena nueva, alegre noticia: Dios nos ama y nos salva por pura gracia, por pura generosidad. También es juicio crítico, de juez, ante todo aquel que voluntariamente se resiste, porque su eficacia no es mágica, depende de la aceptación por la fe; pero -para bien o para mal- nunca vuelve a Dios vacía. Debo ponerme cada día frente a la Palabra de Dios como frente a un espejo y dejar que esa Palabra de Dios desenmascare mis intenciones secretas y mis escapatorias. Este es el juicio que produce la Palabra de Dios; es un diálogo, una tensión dialéctica entre nuestros pensamientos, emociones, sentimientos, acciones y la Palabra de Dios, la cual nos juzga y ante la cual somos juzgados.

La palabra de Dios viva y eficaz (Heb 4,12-13). Siempre existe el peligro de acostumbrarse a la palabra como a un concepto. Ahora bien, la palabra de Dios es esencialmente acto y vida. El autor de la carta lo expresa utilizando una vehemente comparación, la de la espada que ejecuta. Los profetas nos han habituado a esa eficaz actividad de la palabra (Is 55,11). Ella es una fuerza para la salvación. La intervención de la palabra está siempre cerca de nosotros, no se deja engañar por apariencias, lo deja todo desnudo. Se invita, pues, al cristiano a situarse en una actitud de lealtad ante la palabra. Por eso, la celebración de la Palabra de Dios para nosotros es juicio, pero también gracia para construir con justicia y fortaleza. Tendremos que rendirle cuentas (Adrien Nocent).

La cabeza inclinada de Jesús en la cruz y el reposo de su sepulcro están llenos del mismo misterio de su vida y su sufrimiento. El descanso de Jesús es el final de un dolor terrible, el final de la persecución, del intento de aniquilar al que anunciaba la vida, la libertad, el amor, Dios. Jesús aprendió en la pasión hasta dónde puede llegar la cruel mezquindad de los hombres, de aquellos que él exhortaba a acoger y amar tal como son, sufrimiento terrible porque no tiene otra explicación que la inexplicable vileza de los hombres. Allí descansó Jesús de otro dolor, del dolor interior del hombre que desea la vida y la perfección totales y constata día tras día la limitación de su naturaleza humana hasta experimentar la pérdida total de la muerte. En el sepulcro deja Jesús de ser «tentado en todo como nosotros» (4,15), la prueba del odio y del abandono de los hombres, la prueba de la misma difícil existencia humana.

Sin embargo, no es éste el único sentido de su descanso. La paz del sepulcro es paradójicamente signo de victoria. El amor a Dios y a los hombres, la libertad y la fidelidad que llevaron a Jesús a la cruz constituyeron allí mismo su «perfección» (2,10; 5,8). Colgó en la cruz su debilidad (2 Cor 13,4), pero también su victoria y la grandeza auténtica del Hijo (Heb 5,7-10). Jesús, finalmente, "descansó de su obra" (4,10) con el descanso pleno del amor llevado hasta el fin; es el "todo se ha acabado" (Jn 19,30), que equivale a "todo se ha conseguido".

El descanso del sepulcro encierra un último misterio: Jesucristo «ha entrado en el descanso de Dios» (Heb 4,3); ésta es una entrañable cualificación del Dios salvador: Dios es el descanso del hombre. Existe el reposo del hombre cansado deshecho por el prometeico deseo de la vida, la felicidad y el Absoluto, el reposo de un anhelo infinito nunca satisfecho; este reposo es Dios mismo. El sepulcro de Jesús revela la eterna paz de su resurrección en el Espíritu de Dios.

Tenemos un sacerdote fiel que ha llegado al descanso de Dios. Si oyerais su voz no endurezcáis vuestro corazón. Entremos en su descanso, manteniendo la confesión y el esfuerzo de nuestra fe, sintiendo deshacerse así la oposición del pecado y viviendo en la reconfortante comunión con Dios.

Acerquémonos a la cabeza inclinada de Jesús; en él hallaremos la misericordia, la gracia, la vida.

Continuando el comentario del salmo 95, el autor de la carta se fija en el segundo de sus temas principales: el descanso de Dios. El sentido inicial de la expresión se refería al descanso material prometido por Dios al pueblo de Israel después de la peregrinación por el desierto (Dt 11,8-9; 12,9). Pero el autor fiel a su nueva comprensión cristiana, ve en perspectiva el mismo descanso de Dios al terminar la creación (Gn 2,2) «evangelizado» (4,2), es decir, prometido y ofrecido al pueblo; «entrar en el descanso de Dios» es, en último término, entablar una relación íntima con la infinitud del Dios viviente. No se trata, dice Heb, del efímero reposo de los que entraron con Josué en la tierra de Canaán (4,8-9): es el reposo definitivo de la comunión con Dios, de la participación en el don escatológico de Jesucristo.

La evocación del auténtico descanso en Dios, al que estamos llamados todos los hombres, da al autor luz para reinterpretar la exhortación del salmo: no endurezcáis los corazones por la incredulidad, porque nosotros los que creemos entramos en el reposo.

Esto corrige una idea muy extendida, pero inexacta. Cuando Heb habla de reposo no habla de un "descanso" futuro, sino de la comunión vivificadora con Dios, por eso no se trata de que los creyentes entrarán en ella, sino, exactamente, de que el que cree participa ya de esta comunión, entra ya en ella. Toda la visión del Antiguo Testamento está renovada por la auténtica conciencia escatológica cristiana. Quien cree viva y plenamente en el Dios viviente, entra ya ahora en el descanso de la nueva vida, en la activa paz del amor a Dios y a los hombres, que inicia ya ahora un reposo sin fin. La exhortación adquiere mayor intensidad: apresurémonos a entrar (v 11); no nos quedemos rezagados por nuestra incredulidad. No sólo por la negativa a creer, sino también por la indiferencia frente a la constante «evangelización» de la vida de Dios.

El comentario del salmo 95 acaba con una frase sorprendente sobre la palabra de Dios: «es más tajante que una espada de dos filos» (12-13). En su largo comentario al salmo, Heb ha puesto de relieve no sólo su aspecto de anuncio gozoso (el hoy del descanso de Dios), sino también su aspecto «crítico» (la advertencia sobre la incredulidad, la amenaza de la perdición). El mensaje de Jesucristo, de su camino a través de los sufrimientos y la muerte, pone de manifiesto lo que hay de más íntimo en el hombre, el núcleo personal donde el hombre, todo hombre, decide de sí mismo ante Dios, allí donde se toma su decisión de fe o de incredulidad sin tercer camino posible (G. Mora).

4. Mc 10,17-30 (cf par.: Mt 19,16-30; Lc 18,18-30). Jesús recuerda a su interlocutor cosas que, sin duda, conocía este por los libros del Éxodo y del Deuteronomio. Seis mandatos, cinco de ellos en formulación negativa y uno en formulación positiva. Los seis son de naturaleza social, en el sentido de que velan por los demás, por los que no son uno mismo. Por último, Jesús propone a su interlocutor algo que a éste le falta, una única cosa: la renuncia a su dinero. La propuesta es prioritariamente individual, le afecta a él y a su bolsillo.

Desde el principio el joven plantea la cuestión de la salvación, la única cuestión importante: ¿qué hay que hacer para salvarse? (v. 17). Pero la plantea mal al dirigirse a un "maestro bueno", a un rabí entre otros (v. 17). Busca solamente una opinión de escuela, entre otras..., y como habrá otras y diferentes respuestas, se reserva de antemano el derecho de escoger entre ellas, o incluso el de no escoger. Jesús rechaza inmediatamente esta manera de actuar recordándole la existencia de Dios, único que es bueno (v. 28). De esta forma deja entender que su respuesta no será una opinión de escuela, sino una orden divina que obliga a actuar en vez de perderse en discusiones sin fin. Jesús recuerda al joven lo esencial de la ley (v. 19). Pero el joven plantea una nueva cuestión, no con vistas a obedecer mejor, sino para prolongar la discusión y así retardar la oportunidad de la obediencia (la misma actitud en Lc 10, 29).

Y he aquí que la buena conciencia legalista del fariseo orgulloso de cumplir con todos sus deberes detiene una vez más al joven: él obedece a toda la ley, cree (v. 20). ¿Qué más hace falta para salvarse? Jesús deshace inmediatamente este legalismo, nuevo pretexto para no creer, y formula un mandamiento preciso: "Sígueme" (v. 21). El joven muestra entonces que sus cuestiones precedentes no eran más que evasiones: situado ante la orden de creer, confiesa no tener fuerzas para ello y se retira en el momento en que es invitado a superar la discusión ética y el legalismo para encontrarse con la persona misma de Jesús y seguirle. Creer y salvarse es, a fin de cuentas, unirse a la persona de Jesús.

Los retoques añadidos por la comunidad primitiva añaden un nuevo obstáculo para la salvación: no solamente las discusiones éticas, el legalismo del fariseo, sino también la riqueza, impiden al hombre entrar en el Reino (vv. 22, 23 y la palabra rico en el v. 25). Los primeros cristianos, sobre todo en Jerusalén, confundieron a veces el Reino con la clase social de los pobres, mientras que la asamblea creada por Cristo no tiene en cuenta ninguna pertenencia social, cultural o nacional. San Mateo matizará esta exclusividad al hablar de los "pobres en espíritu" (Mt 5, 3) y al suprimir la maldición de los ricos conservada por Lc 6, 24.

También es hacer legalismo decir a los ricos que han de hacerse materialmente pobres para participar en el Reino; lo mismo que es una ilusión ridícula proclamar a la pobreza bienaventurada dejando entender que los pobres entrarán un día en un reino de bienestar. En realidad, la verdadera pobreza del rico no es "no tener nada", sino comprometerse con los pobres y especialmente con aquellos que no pueden organizarse, defenderse y liberarse. Un compromiso semejante es exigido eminentemente a aquellos cristianos que abandonan libremente todo bien material y hacen voto de pobreza. Comprometerse en el camino de la pobreza supone hoy analizar las causas de la miseria, tomar en serio la conciencia de clase, poner los medios que permitan, efectivamente, mejorar la suerte de todos. Sólo con estas condiciones tiene la pobreza la posibilidad de ser evangélica (Maertens-Frisque).

El voto de pobreza no sitúa a los religiosos en "estado de perfección" entre otras razones, porque la perfección cristiana no es un estado, sino una meta y una vocación y, si se quiere, un camino que han de seguir todos los discípulos de Jesús. Sólo el cumplimiento de este camino, que es el seguimiento de Jesús, saca al hombre de casa y de sí mismo para que se encuentre consigo en Jesucristo y, por Jesucristo, con los hombres, sus hermanos, y con el Padre. Seguir a Jesús no es propiamente "imitarle", haciendo exactamente lo que él hizo, sino hacer lo que cada uno tiene que hacer, pero como lo hizo Jesús, esto es, viviendo para los demás.

Todos los ideales de este joven rico se vienen abajo ante la dificultad de cumplir la condición necesaria. No tuvo valor para dejar las riquezas. Y prefirió seguir el camino de los fariseos, que veían en las riquezas una señal de la propia justicia -un premio de Dios a los justos- y un medio para acrecentarla haciendo limosnas. Y es que este modo de ganar el cielo con las limosnas permite, y hasta justifica, conservar y aumentar las riquezas.

El caso de este joven ha sido un botón de muestra. Jesús advierte ahora en general lo difícil que va a ser a los ricos seguir su camino y entrar en el reino de Dios.

V. 25: Se trata de un refrán popular en el que se contrapone el menor agujero al mayor animal de carga. Con él se expresa la mayor dificultad. El "ojo de la aguja" es la distribución de las riquezas. Los ricos pasan por todo menos por eso.

De ahí que sólo un milagro pueda salvar a los ricos. Pero este milagro no consiste en que se salven siendo ricos, sino que dejen de serlo para salvarse. ¿Y quién nos dice a nosotros que Dios no hace ese milagro sirviéndose de todos los que luchan por la distribución de las riquezas y contra, es decir, ¡en favor, de los que desean acapararlas...?

Jesús no predicó ningún sistema social concreto. Pero su actitud crítica frente a la riqueza y frente a los ricos no admite discusión, en esto fue claro hasta la saciedad. Por eso el evangelio será siempre una llamada urgente a salir de cualquier sistema que, como el capitalismo, se funde en la explotación de unos y el enriquecimiento de otros ("Eucaristía 1982").

La influencia de Jesús no se debía tanto a la novedad de su enseñanza como al misterioso poder de atracción que irradiaba de toda su persona.

Al escuchar todo esto, también nosotros -como los apóstoles- nos quedamos  sorprendidos y -ante la frase de Jesús de que «es difícil que los ricos entren en el Reino de  Dios»- también podemos preguntar: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Es la pregunta  que se hacen los hombres que aún no han descubierto al hombre-nuevo que debe nacer en  ellos; todavía no sienten la alegría de vivir interiormente libres frente a esto o lo otro; no  sienten la libertad de amar ilimitada y totalmente. Pero Jesús -que vivió esta libertad y que  por amor a los hombres pecadores se hizo pecado por ellos- pudo responder sin mayor  angustia: "Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo". Ahora alguno dirá: Si esto sólo es posible para Dios y no para los hombres, entonces  será muy difícil cumplir este evangelio. Si seguimos aferrados a las riquezas como bien supremo, entonces es cierto. Pero si comenzamos a aferrarnos a Dios como «lo bueno de la vida», como nuestra  riqueza esencial, entonces también para nosotros es posible. En otras palabras: hay dos criterios en relación con las riquezas y los bienes materiales. El criterio humano corriente es que las riquezas son el valor por excelencia y la fuente de la  felicidad: «Dime cuánto tienes y te diré quién eres.» El dinero es el dios al que se adora día  y noche. Para quien viva de acuerdo con este criterio, es lógico que este evangelio le resulte  absurdo y ridículo. Y está el criterio de Dios: el bien por el que debemos luchar día y noche es el Reino de  Dios, reino de justicia, de amor y de paz; reino de libertad, en el que la persona humana  vale por sí misma y no por lo que tiene. Es el reino del hombre nuevo que sabe que la felicidad no está en las cosas sino en uno  mismo. Para quien viva con este criterio, el evangelio de hoy es fuente de gozo y paz. Debe  luchar por su subsistencia al igual que todo el mundo; pero no se esclaviza al trabajo ni al  dinero. No adora a la riqueza y tampoco adora a la pobreza. No es un fanático del tener, como del no-tener. Sencillamente es libre, y con libertad dispone de sus cosas. Con libertad ama y siente la felicidad del amor; y por ese amor, puede tener o no tener... Por todo lo dicho, parece deducirse que alguien no es rico por el solo hecho de tener  bienes, sino por apegarse a ellos como objetivo supremo; ni tampoco alguien es pobre por  el solo hecho de no tener nada, pues aun en esta situación se puede seguir considerando  que las riquezas son un bien por sí mismas y la fuente de la felicidad. Pero también es cierto que muchos cristianos, partiendo del hecho de que se puede ser  pobre de espíritu aun teniendo grandes riquezas, se quedan en esta sola reflexión y se  olvidan de que la señal de que somos pobres de espíritu es el desprendimiento de las  propias riquezas para compartirlas con toda la comunidad. Es muy difícil que alguien pueda  considerarse libre ante las riquezas si jamás en su vida logró desprenderse de nada por  amor a los demás... De ahí la invitación de Jesús y la prueba a que nos somete: Si  queremos ser discípulos auténticos, probémoslo con algo concreto. Si decimos que hemos  optado por Jesús y el Reino de Dios, renunciemos a algo por esto nuevo que hemos  elegido.

También descubrimos que este evangelio es fundamento de la doctrina social  de la Iglesia. Pues, ¿cómo podrá darse una justa y mejor  distribución de los bienes, si aquellos que los poseen en su casi totalidad no son capaces  de desprenderse de ellos por amor a los necesitados? El cristiano no es un fanático de la  pobreza, y menos de la miseria; pero sí debe serlo de la justa distribución de los bienes,  considerados como un bien común antes que privado. No deseamos ser pobres, pero sí  que haya menos pobres, y para eso hace falta que los ricos sean menos ricos. Si optáramos por el evangelio del Reino de Dios, no estaríamos tan angustiados porque  tenemos mucho o porque tenemos poco, pues el evangelio sustituye al verbo "tener" por el  verbo «compartir». Quien mucho tiene, puede compartir lo mucho; y quien tiene poco, lo  poco. Ojalá pudiéramos tener más para compartir más... Lo cierto es que el tener más suele endurecer el corazón y anestesiar nuestra memoria y  nuestros buenos deseos. En cuanto tenemos mucho, nos olvidamos del evangelio, de los  pobres y de tantas hermosas reflexiones... Estuvo muy oportuno, pues, Jesús al habernos puesto sobre aviso. El cumplimiento de la  ley que no va acompañado por un real desprendimiento de nuestros bienes corre el riesgo  de ser una trampa: se puede adorar el dinero cumpliendo los diez mandamientos... Y una Iglesia que anuncia este evangelio y que no comparte realmente sus bienes materiales con la comunidad, también corre el peligro de convertirse en una caricatura de la  Iglesia de Jesucristo. El Señor nos llama a la libertad interior. Que ningún bien material nos impida amar o amar  más. Si realmente vivimos con esa libertad del corazón que otorga la fe, aun los bienes  materiales y las riquezas serán la ocasión de manifestar a los hombres pobres que los  amamos (Santos Benetti).

Jesús le habla de los mandamientos de amor a los demás, porque es lo que necesita este que le pregunta qué más puede hacer… Juan Pablo II dedicó el año internacional de la juventud (1985) y comienzo de las jornadas mundiales de los jóvenes, una carta comentando esta escena evangélica sobre el encuentro de Jesús con este joven… en otra carta dirigida el jueves santo a los sacerdotes, manifestaba su opinión de que aquella "ocasión perdida" del joven rico le llevaría a reflexionar, y seguiría a Jesús más adelante… esto es interesante, saber que en el camino de la vida no hay un tren que si se pierde uno se queda en tierra para siempre, sino que el Señor nos acompaña siempre, que hay un tren luego, y otro… nuevas oportunidades que siempre nos ofrece Jesús, que nos llama a cada uno: ¡Cómo recordaría Pedro esa mirada de Jesús que también, en el comienzo de su vocación, se posó sobre él y cambió el rumbo de su vida! Mirándolo Jesús le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas. Y la vida de Pedro ya fue otra. ¡Cómo nos gustaría contemplar esa mirada de Jesús! Unas veces es imperiosa y entrañable; o de pena y de tristeza, al ver la incredulidad de los fariseos; de compasión ante el hijo muerto de la viuda de Naín; en otras ocasiones, con su mirada invitará a dejarlo todo y a seguirle, como en el caso de Mateo; sabrá conmover el corazón de Zaqueo, llevándolo a la conversión; se enternecerá ante la fe y la grandeza de alma de la viuda pobre que dio todo lo que tenía. Su mirada penetrante ponía al descubierto el alma frente a Dios, y suscitaba al mismo tiempo la contrición. Así miró Jesús a la mujer adúltera, y al mismo Pedro, llevándole a llorar amargamente su cobardía. «Sígueme. Camina sobre mis pasos. ¡Ven a mi lado! ¡Permanece en mi amor!» (Juan Pablo II). Es la invitación que quizá nosotros hemos recibido... ¡y le hemos seguido! «Al hombre le es necesaria esta mirada amorosa; le es necesario saberse amado, saberse amado eternamente y haber sido elegido desde la eternidad (cf Ef 1, 4). Al mismo tiempo, este amor eterno de elección divina acompaña al hombre durante su vida como la mirada de amor de Cristo. Y acaso con mayor fuerza en el momento de la prueba, de la humillación, de la persecución, de la derrota (...); entonces la conciencia de que el Padre nos ha amado siempre en su Hijo, de que Cristo ama a cada uno y siempre, se convierte en un sólido punto de apoyo para toda nuestra existencia humana. Cuando todo hace dudar de sí mismo y del sentido de la propia existencia, entonces esta mirada de Cristo, esto es, la conciencia del amor que en Él se ha mostrado más fuerte que todo mal y que toda destrucción, dicha conciencia nos permite sobrevivir» (id).

Cada uno recibe una llamada particular del Maestro, y en la respuesta a esta invitación se contienen toda la paz y la felicidad verdaderas. La auténtica sabiduría consiste en decir sí a cada una de las invitaciones que Cristo, Sabiduría infinita, nos hace a lo largo de la vida, pues Él sigue recorriendo nuestras calles y plazas. Cristo vive y llama. «Un día –no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana –que es la razón más sobrenatural–, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que solo desaparece cuando te apartas de Él» (san Josemaría). Es la alegría de la entrega, ¡tan opuesta a la tristeza que anegó el alma del joven rico, que no quiso corresponder a la llamada del Maestro!

 

Sábado la 27ª semana de Tiempo Ordinario. Madura está la mies… para quien escucha la palabra de Dios, como la Virgen, modelo perfecto de bienaventurada porque pone en práctica lo que el Señor le pide

Profecía de Joel 4, 12-21. Así dice el Señor: «Alerta, vengan las naciones al valle de Josafat: allí me sentaré a juzgar a las naciones vecinas. Mano a la hoz, madura está la mies; venid y pisad, lleno está el lagar. Rebosan las cubas, porque abunda su maldad. Turbas y turbas en el valle de la Decisión, se acerca el día del Señor en el valle de la Decisión. El sol y la luna se oscurecen, las estrellas retiran su resplandor. El Señor ruge desde Sión, desde Jerusalén alza la voz, tiemblan cielo y tierra. El Señor protege a su pueblo, auxilia a los hijos de Israel. Sabréis que yo soy el Señor, vuestro Dios, que habita en Sión, mi monte santo. Jerusalén será santa, y no pasarán por ella extranjeros. Aquel día, los montes manarán vino, los collados se desharán en leche, las acequias de Judá irán llenas de agua, brotará un manantial del templo del Señor, y engrosará el torrente de las Acacias. Egipto será un desierto, Edom se volverá árida estepa, porque oprimieron a los judíos, derramaron sangre inocente en su pais. Pero Judá estará habitada por siempre, Jerusalén, de generación en generación. Vengaré su sangre, no quedará impune, y el Señor habitará en Sión.»

 

Salmo 96,1-2.5-6.11-12. R. Alegraos, justos, con el Señor.

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.

Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.

Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre.

 

Evangelio según san Lucas 11,27-28. En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: -«Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.» Pero él repuso: -«Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.»

 

Comentario: 1.- Jl 3,12-21. La segunda página que leemos del profeta Joel es impresionante. Es una descripción poética y "apocalíptica" -género de revelaciones llenas de imágenes y símbolos- del día del Señor, el día de su juicio sobre la historia. ¿A qué se refiere el profeta: al final de la plaga, a la venida del futuro Mesías, al juicio definitivo de Dios sobre la historia? Joel se imagina una gran asamblea de todas las naciones en "el valle de Josafat", que no hay que intentar localizar demasiado, porque "Josafat" significa "valle de la decisión", o "del juicio", o "Dios juzga". Las imágenes de la siega y de la vendimia le sirven para expresar el juicio sobre el bien y el mal que tendrá lugar aquel día. No es un anuncio pesimista y angustiante. Para los que se han esforzado por seguir a Dios, es un presagio de esperanza: "el Señor protege a su pueblo, auxilia a los hijos de Israel", porque en aquel día "el Señor habitará en Sión".

Nos resulta útil a todos mirar hacia el futuro. Dios es Padre, y nos está cercano, pero también es nuestro Juez. Al final de su evangelio (Mt 24-25), Mateo escenifica, con un género literario parecido, este juicio de Dios, con la decisión sobre los buenos y los malos.

Es de sabios recordar que al final del camino nos espera este examen, para que nos vayamos preparando a él en la vida de cada día. Eso sí, con una marcha impregnada de esperanza, porque con Cristo Jesús se han inaugurado ya los tiempos finales y "Dios habita en Sión" y los que creemos en él y le seguimos podemos mirar con esperanza su juicio. El Juez del último día es el mismo Jesús en quien creemos y a quien recibimos con fe en la Eucaristía. La respuesta divina a la oración y penitencia del pueblo había sido la promesa de bendiciones materiales. Ahora se añaden los dones espirituales: la efusión del Espíritu, el anuncio de los signos precursores del «día de Yahvé» y de la salvación de Sión.

En contraste con los tiempos antiguos, cuando la palabra de Yahvé era rara (1 Sm 3,1), en el tiempo mesiánico será abundante. Todos los israelitas serán profetas, es decir, sabrán descubrir el verdadero sentido religioso de la vida y de los acontecimientos. Las fórmulas «soñarán sueños» y «verán visiones» explican qué significa ser profeta: se creía que los sueños y las visiones eran los medios ordinarios de comunicación con Dios. San Pedro vio cumplida esta profecía el día de Pentecostés (Hch 2,17). Por tanto, en el tiempo mesiánico habrá una íntima comunicación entre Yahvé y el pueblo escogido. Israel no dependerá de un héroe ni de un profeta ocasional; toda la nación poseerá esos carismas y se convertirá en la comunidad ideal.

Juntamente con la efusión del Espíritu se menciona el juicio vindicativo de Dios contra las naciones paganas. Siguiendo la norma del género apocalíptico, la intervención de Dios se describe como una convulsión del cosmos. El sol, la luna y los demás astros eran tenidos por dioses en el mundo gentil. La destrucción de estas divinidades simboliza la manifestación de Dios. Dios diríamos nosotros hará que salten en pedazos los ídolos de ios hombres. La advertencia del profeta es también válida para nuestros días: sólo quien es fiel a Dios no se verá defraudado.

El fragmento termina con una alusión al juicio de las naciones paganas. Para los profetas, la vuelta del cautiverio de Babilonia representa el comienzo de la era mesiánica, y el triunfo de Israel supone la condena de sus enemigos. Este juicio se llevará a cabo en el "Valle de Josafat", nombre que puede traducirse por «juicio de Yahvé» o «Yahvé juzgará». se trata pues, de un nombre simbólico que no corresponde a ningún lugar geográfico. Puede ser también una alusión a la victoria de Josafat, cuando-Yahvé destruyó a los enemigos de Judá (2 Cr 20,13-30); en ese caso querría indicar que tal hecho se repetirá. Nosotros estamos en mejores condiciones que los primeros lectores para entender en qué consiste la victoria mesiánica y la condena de los enemigos (J. Aragonés Llebaria).

En la página que meditaremos HOY, el «Día de Yahvéh» es descrito con imágenes convencionales que se encuentran en todos los apocalipsis y que el evangelio mismo utilizará (Mt 24). No hay que tomarlas en sentido literal, lo que podría conducir o bien a un miedo facticio, o a un error de apreciación. Jesús ha insistido a menudo en que no se sea demasiado curioso sobre la «hora» del fin del mundo. Lo que cuenta es estar siempre a punto.

-Despiértense la naciones... Efectivamente, a menudo, duermen inconscientes de lo que verdaderamente está en juego, a lo largo de la historia. Jesús, hablará también de la «vigilancia» (Mc 13,33; Lc 21,36). A menudo, ¿seré yo acaso de aquellos que duermen su vida, en lugar de vivirla verdaderamente? El envite del Juicio está ya puesto. No hay tiempo que perder.

-Suban hasta el valle de Josafat... «Todas las naciones se reunirán ante el Hijo del hombre» (Mt 25,32). Tampoco aquí tiene sentido «imaginar» materialmente esta reunión: en una cierta época, ¡los judíos se hacían enterrar en el valle de Josafat para estar más cerca del lugar de la reunión! La significación profunda es que el juicio será universal: nadie escapará del juicio colectivo e individual... naciones y personas... grupos e individuos. Seré juzgado. «Mi» vida está ya en juicio, en cuanto al tiempo vivido. ¡De ahí la importancia del tiempo que me queda de vida!

-Meted la hoz: la mies está madura. Venid, pisad que el lagar está lleno y las bodegas rebosan, tan grande es su maldad. Cosecha y vendimia: dos imágenes que señalan el término de una maduración. La humanidad crece y madura. La obra de Dios está en crecimiento: no se la puede juzgar antes de la cosecha final. ¿Qué es lo que está madurando en mi vida?

-El sol y la luna se oscurecen, las estrellas retraen su fulgor. La oscuridad: otra imagen sorprendente. El cosmos entero participa del gran debate en cuestión. Nadie cae fuera del poder soberano de Dios. Los astros mismos, que parecen tan lejanos, tan estables, tan fuera del alcance del mundo, están totalmente sometidos a Dios... con más razón el hombre, ese ínfimo polvillo, en el inmenso universo estelar.

-De Sión el Señor hace oír un rugido y de Jerusalén, su voz: el trueno. El cielo y la tierra se estremecen. La "voz de Dios", ruidosa como un trueno. Hay que haber vivido ciertas tempestades en la montaña para comprender este último símbolo. Ante los millones de voltios del más pequeño relámpago, el hombre no puede pasarse de listo. El rayo del Sinaí permanecía en la memoria de Israel como signo mismo de la «manifestación de Dios" - teofanía.

-Sabréis entonces que Yo soy el Señor, vuestro Dios. Antes del último Día, se puede ignorar y aún rehusar depender de Dios. Aquel día, las pretensiones humanas de autonomía aparecerán como un ridículo infantilismo. Señor, que no aguarde yo ese día para someterme a Ti, libremente y en el amor.

-Aquel día los montes destilarán vino y las colinas fluirán leche... Egipto será devastado y Edom, un desierto desolado. Continúan las imágenes. Felicidad para los fieles. Desgracia para los impíos. No tratemos de imaginar. Creamos, en profundidad que no puede ser de otro modo (Noel Quesson).

Dios convoca a juicio a las naciones, que son comparadas con las uvas que se echan al lagar para ser pisadas, pues el Señor las triturará a causa de sus maldades, y a causa de haberse levantado en contra de su Pueblo Santo; en cambio, a los suyos, el Señor los protege y les manifiesta su amor liberándolos del mal y haciendo que la salvación brotará como un río desde el templo del Señor en Jerusalén para todo el mundo. Así el Pueblo de Dios sabrá cuánto lo ama el Señor que hizo Alianza con sus antiguos Padres, y que es fiel a la misma con los hijos de los patriarcas. Dios nos ama y por medio de su Hijo hecho uno de nosotros nos libra de la mano de aquella serpiente antigua, o Satanás, que hizo estragos en el corazón de los hombres. Dios se levanta así para aplastar la cabeza del maligno y librarnos de sus manos, para que libres de nuestra esclavitud a él vivamos, ahora, como hijos de Dios y trabajando para que la salvación del Señor llegue a todo el mundo. Así nos manifiesta el Señor cuánto nos ama en verdad. Por eso vivamos ya no como siervos del pecado, sino como hijos de Dios.

2. Es la confianza a la que nos invita el salmo: "alegraos, justos, con el Señor, justicia y derecho sostienen su trono... amanece la luz sobre el justo y la alegría para los rectos de corazón". Todos deseamos oír las palabras amables del Juez: "muy bien, siervo bueno, ya que has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho: entra en el gozo de tu Señor" (Mt 25,21).

Dios se manifiesta con gran poder, de tal forma que incluso aquellos que se levantaban como si fueran montañas se derretirán como la cera; en cambio para los justos el Señor es motivo de alegría y regocijo. Dios quiere iluminar nuestra vida con su amor salvador. Cristo es para nosotros como el Sol que nace de lo Alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Vivamos con rectitud no sólo escuchando y meditando la Palabra de Dios, sino poniéndola en práctica de tal forma que podamos mantenernos en pie el día de la venida del Señor.

Comentaba Juan Pablo II: "La luz, la alegría y la paz, que en el tiempo pascual inundan a la comunidad de los discípulos de Cristo y se difunden en la creación entera, impregnan este encuentro nuestro… celebramos el triunfo de Cristo sobre el mal y la muerte. Con su muerte y resurrección se instaura definitivamente el reino de justicia y amor querido por Dios. Precisamente en torno al tema del reino de Dios gira esta catequesis, dedicada a la reflexión sobre el salmo 96. El Salmo comienza con una solemne proclamación: "El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables" y se puede definir una celebración del Rey divino, Señor del cosmos y de la historia. Así pues, podríamos decir que nos encontramos en presencia de un salmo «pascual». Sabemos la importancia que tenía en la predicación de Jesús el anuncio del reino de Dios. No sólo es el reconocimiento de la dependencia del ser creado con respecto al Creador; también es la convicción de que dentro de la historia se insertan un proyecto, un designio, una trama de armonías y de bienes queridos por Dios. Todo ello se realizó plenamente en la Pascua de la muerte y la resurrección de Jesús.

Recorramos ahora el texto de este salmo… Inmediatamente después de la aclamación al Señor rey, que resuena como un toque de trompeta, se presenta ante el orante una grandiosa epifanía divina. Recurriendo al uso de citas o alusiones a otros pasajes de los salmos o de los profetas, sobre todo de Isaías, el salmista describe cómo irrumpe en la escena del mundo el gran Rey, que aparece rodeado de una serie de ministros o asistentes cósmicos: las nubes, las tinieblas, el fuego, los relámpagos.  Además de estos, otra serie de ministros personifica su acción histórica: la justicia, el derecho, la gloria. Su entrada en escena hace que se estremezca toda la creación. La tierra exulta en todos los lugares, incluidas las islas, consideradas como el área más remota (cf Sal 96,1). El mundo entero es iluminado por fulgores de luz y es sacudido por un terremoto (cf v 4). Los montes, que encarnan las realidades más antiguas y sólidas según la cosmología bíblica, se derriten como cera (cf v 5), como ya cantaba el profeta Miqueas: "He aquí que el Señor sale de su morada (...). Debajo de él los montes se derriten, y los valles se hienden, como la cera al fuego" (Mi 1,3-4). En los cielos resuenan himnos angélicos que exaltan la justicia, es decir, la obra de salvación realizada por el Señor en favor de los justos. Por último, la humanidad entera contempla la manifestación de la gloria divina, o sea, de la realidad misteriosa de Dios (cf Sal 96,6), mientras los "enemigos", es decir, los malvados y los injustos, ceden ante la fuerza irresistible del juicio del Señor (cf v 3)…

Al cuadro que describe la victoria sobre los ídolos y sus adoradores se opone una escena que podríamos llamar la espléndida jornada de los fieles (cf. vv. 10-12). En efecto, se habla de una luz que amanece para el justo (cf. v. 11): es como si despuntara una aurora de alegría, de fiesta, de esperanza, entre otras razones porque, como se sabe, la luz es símbolo de Dios (cf 1 Jn 1,5). El profeta Malaquías declaraba: "Para vosotros, los que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia" (Ml 3,20). A la luz se asocia la felicidad: "Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre" (Sal 96,11-12). El reino de Dios es fuente de paz y de serenidad, y destruye el imperio de las tinieblas. Una comunidad judía contemporánea de Jesús cantaba: "La impiedad retrocede ante la justicia, como las tinieblas retroceden ante la luz; la impiedad se disipará para siempre, y la justicia, como el sol, se manifestará principio de orden del mundo".

Antes de dejar el salmo 96, es importante volver a encontrar en él, además del rostro del Señor rey, también el del fiel. Está descrito con siete rasgos, signo de perfección y plenitud. Los que esperan la venida del gran Rey divino aborrecen el mal, aman al Señor, son los "hasîdîm", es decir, los fieles (cf v 10), caminan por la senda de la justicia, son rectos de corazón (cf v 11), se alegran ante las obras de Dios y dan gracias al santo nombre del Señor (cf v 12). Pidamos al Señor que estos rasgos espirituales brillen también en nuestro rostro".

3.- Lc 11,27-28. Ayer oía Jesús unos improperios por parte de sus enemigos. Hoy, un piropo amable por parte de una buena mujer. Jesús aprovecha esta alabanza para dedicar, a su vez, una bienaventuranza a "los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen". Con lo cual, ciertamente, no está desautorizando a su madre: al contrario, está diciendo que su mayor mérito fue que creyó en la Palabra que Dios le había dirigido a través del ángel. El evangelista Lucas, que es el que más habla de María, la está poniendo aquí, en cierto modo, como el modelo de los creyentes, ya que ella tomó como consigna de su vida aquel feliz propósito: "hágase en mí según tu Palabra".

Podemos aprender de María la gran lección que nos repite Jesús: que sepamos escuchar la Palabra y la cumplamos. Es lo que alaba hoy en sus discípulos, lo que había dicho que era el distintivo de sus seguidores (Lc 8,21) y lo que valoró en María, en contraposición a Marta, demasiado ajetreada en la cocina.

El mismo Lucas presenta a la madre de Jesús como "feliz porque ha creído", según la alabanza de su prima Isabel, y la que "conservaba estas cosas en su corazón": la que escucha y asimila y cumple la Palabra de Dios.

La verdadera sabiduría -y por tanto, la verdadera bienaventuranza- la tendremos si, como María, la primera discípula de Jesús, sabemos escuchar a Dios con fe y obediencia. Ahora que la Iglesia, en la reforma postconciliar, ha redescubierto el valor de la Palabra de Dios, podremos decir que somos buenos seguidores de Jesús -y devotos de la Virgen- si mejoramos en nuestra actitud interna y externa de escucha y de cumplimiento de esa Palabra. Entonces es cuando se podrá decir que construimos nuestra casa sobre roca firme, y no sobre arena movediza (J. Aldazábal).

-Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer de entre la gente le dijo gritando... Lucas es el único que relata ese episodio de este modo. Una vez más, en su evangelio, se realza a una mujer. Cuando tanta gente importante, escribas y fariseos sabios, acusan a Jesús de estar a sueldo del "Señor del estercolero"... esta humilde mujer anónima, proclamará su admiración por Jesús.

-"¡Dichosa la madre que te llevó en su seno y que de su leche te alimentó!" El texto griego es más directo y más popular: "¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que chupaste!" Es una expresión judía bastante típica para hablar de la maternidad. A las mujeres que se compadecieron de Jesús, camino del Calvario, El les dijo: "dichosos los vientres que no han parido y los pechos que no han amamantado", porque vendrán desgracias terribles sobre vuestros hijos. Jesús pensaba en la ruina de Jerusalén que veía venir- (Lc 23,29) Aquí, por el contrario, esa mujer elogia a la madre de Jesús, y, a través de ella a su hijo. Esa mujer de pueblo no se ha dejado impresionar por las críticas que ha oído; está subyugada por la grandeza de Jesús, y, muy sencillamente, ¡envidia a su madre! Sí, ¡ciertamente! Y no lo olvidemos en el día de HOY. Una de las satisfacciones, uno de los honores profundos, que puede experimentar una mujer son los hijos de ella nacidos y por ella educados. No convendría que las otras "fecundidades" espirituales, profesionales, sociales que son también muy reales, nos hicieran olvidar aquella.

-Entonces repuso Jesús: "Más dichosos son aún los que oyen la palabra de Dios y la cumplen". Jesús había ya dicho esto, al hablar de su madre, en el mismo evangelio (Lc 8,21), pero en otra circunstancia. También nosotros repetimos las ideas que llevamos más adentro en el corazón. En contraste -"Mas dichosos aún"...- con la maternidad carnal de su madre, que es grande y realmente gloriosa, Jesús exalta la grandeza de la fe. Notemos una vez más que Jesús no opone "contemplación" y "acción"; la verdadera bienaventuranza comporta los dos aspectos, inseparables el uno del otro: - contemplar, escuchar, orar... - actuar, poner en práctica la Palabra, comprometerse... Y es evidente que Lucas, no ve aquí una crítica a María, él, que la ha presentado, precisamente con las mismas palabras como "dichosa por haber creído" (Lc 1,45) y "guardando en su corazón" los acontecimientos concernientes a Jesús (Lc 2,19)

-"Dichosos los que..." Esta fórmula de bendición se encuentra cincuenta veces en el conjunto del Nuevo Testamento... veinticinco veces de los labios mismos de Jesús en el evangelio. Dios aporta la dicha. Dios desea la felicidad. ¡No una cualquiera! Dichosos los pobres, los mansos, los afligidos, los puros, los que construyen la paz, los perseguidos por la justicia... Dichoso, ese servidor que su amo, a su regreso, encontrará vigilante... Dichosos los que escuchan la palabra de Dios... Dichosa la que ha creído -María- el cumplimiento de las palabras que le fueron dichas... Dichoso aquel para el cual Jesús no es ocasión de escándalo. Dichosos los ojos que ven lo que vosotros véis... Dichoso tú, si aquel a quien has prestado dinero no puede devolvértelo... Dichoso aquel que cenará en el Reino de Dios... Dichosos vosotros cuyos nombres están inscritos en el cielo... Dichosos sois vosotros si sabéis ser servidores los unos de los otros, hasta lavaros los pies... Dichosos los que creerán sin haber visto… (Noel Quesson).

Las bienaventuranzas eran una forma especial de felicitar a quienes recibían la gracia divina. Bienaventurados eran aquellos que habían alcanzado el favor de Dios y lo gozaban en el presente. Una entusiasta mujer del pueblo le dirige a Jesús una bienaventuranza, pues lo consideraba un personaje especial. Alguna gente se entusiasmó con Jesús y lo felicitaron por su familia, por su procedencia, por la importancia que iba adquiriendo como Maestro y profeta. Pero, Jesús sabía perfectamente lo engañoso que resulta el juego de las adulaciones: hoy te elogian, mañana piden tu cabeza. Por eso, le plantea a la mujer una manera diferente de verlo. Pues, él no estaba allí para darle brillo al nombre de su familia, sino para cumplir la voluntad de Dios. La primera bienaventuranza estaba dirigida a ensalzar al pequeño grupo familiar; un pequeño resto que se salvaría por la acción del profeta. Jesús cambia esta perspectiva con otra bienaventuranza que fija un alcance universal a la salvación de Dios. La salvación ya no es de un grupo, un clan o una raza precisa. La salvación es patrimonio de todos aquellos que realizan el Reino de Dios entre los seres humanos. De este modo, Jesús antepone la ética a la ascendencia familiar, religiosa o confesional. La bienaventuranza de Dios, su bendición y esperanza permanecen con aquel que practica su palabra. Entonces, la salvación no proviene de pertenecer a determinada familia ni a cierta confesión religiosa. La salvación viene de una actitud justa ante el prójimo y ante Dios. Hoy, solemos ponerle mucho énfasis a determinar si es de la izquierda o la derecha, de arriba o de abajo, de esta confesión o de la otra. Sin embargo, el evangelio nos enseña que lo valioso es nuestra práctica humana. Si estamos del lado de Dios realizando su plan sobre la humanidad o estamos del lado contrario, junto a los egoístas a quienes no duele el sufrimiento de tantas personas marginadas como hay en el mundo (servicio bíblico latinoamericano).

Encontramos en este pasaje de Lucas, la aclamación de una mujer que simboliza el resto de Israel: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! Esta mujer es representante de una pequeña parte del pueblo que se escapa de la destrucción y constituye el núcleo del pueblo salvado por Dios, según el lenguaje de los profetas.

Muchos en el pueblo siguieron creyendo con sinceridad en los privilegios históricos de Israel. Pero Jesús, rechaza esta postura de privilegio y ello golpea a los seguidores del pasado. Jesús ha proclamado una sociedad alternativa, en la que todo hombre y mujer, de cualquier condición, raza, cultura, y religión, tenga cabida.

Ni la sangre ni la carne ya son la norma de Jesús. Él rompe con la tradición judía y amplía el horizonte del Reino a toda persona que quiera recibir a Dios como el único soberano de su vida. Jesús, lo deja claro. No es la pertenencia a Israel lo que da la garantía de acceder al Reino de Dios, sino al escuchar la Palabra de Dios y el ponerla en práctica. Quien hace fructificar en su vida con actitudes palpables y con acciones reales lo que ha escuchado, ése es verdaderamente dichoso, para Jesús.

Una gran dificultad a nivel cristiano es creernos que somos bienaventurados por haber recibido los sacramentos o por asistir diaria o semanalmente a misa. Eso para Jesús no cuenta, si nuestra vida no está de acuerdo con su propuesta del Reino, y si no demostramos que caminamos con fidelidad y en crecimiento constante por su proyecto.

La única realidad que garantiza el Reino en nuestras vidas son las actitudes coherentes con sus valores. El Reino no se mide por actos de piedad ni por actos de caridad. El Reino se mide por la justicia que tengamos en la vida y la forma responsable como asumamos nuestra existencia. De esta manera seremos dichosos como fue María, no por ser la madre de Jesús, sino por escuchar atentamente la Palabra, meditarla en su corazón y ponerla en práctica. No sin sentido confesamos a María como "la primera evangelizada y evangelizadora". Ella supo pasar de la relación madre-hijo, a la relación de discípulo-Maestro (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).

Jesús no repite los elogios tributados a María, pero los confirma, mostrándonos que la grandeza de su madre viene ante todo de escuchar la Palabra de Dios y guardarla en su corazón (2,19 y 51). "Si María no hubiera escuchado y observado la Palabra de Dios, su maternidad corporal no la habría hecho bienaventurada" (S. Crisóstomo). Cf. Mc 3,34: Y dando una mirada en torno sobre los que estaban sentados a su alrededor, dijo: "He aquí mi madre y mis hermanos. Jesús no desprecia los lazos de la sangre; pero les antepone siempre la comunidad espiritual (Lc 11,28). María es la bendita, más porque creía en Cristo que por haberlo dado a luz (S. Agustín).

No es la cercanía física de María a su Hijo Jesús lo que la hace bienaventurada, sino el escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica constantemente. Ese debe ser el mismo camino que recorra la Iglesia: Sentarse a los pies de Jesús para dejarse instruir por Él; pero después hacer vida esa Palabra del Señor, de tal forma que, no sólo en la vida privada, sino haciendo el bien a todos aquellos con quienes nos encontremos en la vida, manifestemos que la Palabra de Dios y su santo Nombre no se han pronunciado inútilmente sobre nosotros. Por eso nosotros no somos dichosos, bienaventurados ante Dios, sólo por caminar junto a Él; no podemos contentarnos con escuchar la Palabra de Dios. Es necesario que, a pesar de las persecuciones y burlas, permanezcamos fieles a nuestro Dios y Padre en la realización de su voluntad, que Él nos ha manifestado por medio de Jesús, su Hijo, nuestro Salvador.

A esta Eucaristía no podemos venir sólo a dar culto a Dios y a escuchar su Palabra. Hemos de abrir los oídos de nuestro corazón para que la Palabra que Dios pronuncia a favor nuestro se haga vida en nosotros produciendo abundancia de frutos de buenas obras. Sabemos que somos frágiles y que muchas veces nos puede dominar el desánimo, o el enemigo que constantemente acecha a nuestra puerta; por eso hoy acudimos al Señor, pues de su Altar, en el que celebramos su Misterio Pascual, brota para nosotros un manantial de agua viva, que nos perdona, que nos santifica, que nos fortalece. Al entrar en comunión de vida con el Señor, su Espíritu se convierte en nosotros en un torrente de agua que brota hasta la Vida eterna. Por eso, quienes participamos de la Eucaristía vamos como portadores de la fe que hemos depositado en Cristo, y de la Vida que Él nos ha comunicado. Dichosos nosotros que, llenos de la Gracia que procede de Dios, podemos vivir con fidelidad las enseñanzas del Señor yendo tras las huellas de Aquel que es para nosotros Camino, Verdad y Vida.

Y poner la Palabra de Dios en práctica no puede limitarse a una puesta en práctica de la misma de un modo personal, sin meternos con los demás ni para bien ni para mal. Hemos de ser como el terreno fértil que permite que la Palabra sembrada en nosotros rinda en abundancia sus frutos de amor, de paz, de justicia, de cercanía a los pobres para remediar sus necesidades, de preocupación constante por llamar al camino recto a los pecadores saliendo a su encuentro, aún cuando tengamos que ir hasta donde han desbalagado alejándose del Señor, no para perdernos con ellos, sino para ayudarles, con amor, a volver al Redil de la Iglesia. Así entendemos que poner en práctica la Palabra de Dios significa dar cuerpo a Cristo en nosotros, pues revestidos de Él, nos convertimos en un signo sacramental de su amor salvador para todos, pudiendo decir constantemente: Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió; y la voluntad del que me envió es que no pierda a ninguno de los que Él puso en mis manos, sino que, por salvarlos dé, incluso si es preciso, mi propia vida por ellos.

Que María interceda por nosotros para que, como Ella, aprendamos a ser fieles a la Palabra de Dios, siendo constantes en practicarla con mucho amor a Dios y a nuestro prójimo. Entonces seremos bienaventurados eternamente (www.homiliacatolica.com).

Hoy escuchamos la mejor de las alabanzas que Jesús podía hacer a su propia Madre: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» (Lc 11,27). Con esta respuesta, Jesucristo no rechaza el apasionado elogio que aquella mujer sencilla dedicaba a su Madre, sino que lo acepta y va más allá, explicando que María Santísima es bienaventurada —¡sobre todo!— por el hecho de haber sido buena y fiel en el cumplimiento de la Palabra de Dios.

A veces me preguntan si los cristianos creemos en la predestinación, como creen otras religiones. ¡No!: los cristianos creemos que Dios nos tiene reservado un destino de felicidad. Dios quiere que seamos felices, afortunados, bienaventurados. Fijémonos cómo esta palabra se va repitiendo en las enseñanzas de Jesús: «Bienaventurados, bienaventurados, bienaventurados...». «Bienaventurados los pobres, los compasivos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que creerán sin haber visto» (cf. Mt 5,3-12; Jn 20,29). Dios quiere nuestra felicidad, una felicidad que comienza ya en este mundo, aunque los caminos para llegar no sean ni la riqueza, ni el poder, ni el éxito fácil, ni la fama, sino el amor pobre y humilde de quien todo lo espera. ¡La alegría de creer! Aquella de la cual hablaba el converso Jacques Maritain.

Se trata de una felicidad que es todavía mayor que la alegría de vivir, porque creemos en una vida sin fin, eterna. María, la Madre de Jesús, no es solamente afortunada por haberlo traído al mundo, por haberlo amamantado y criado —como intuía aquella espontánea mujer del pueblo— sino, sobre todo, por haber sido oyente de la Palabra y por haberla puesto en práctica: por haber amado y por haberse dejado amar por su Hijo Jesús. Como escribía el poeta: «Poder decir "madre" y oírse decir "hijo mío" / es la suerte que nos envidiaba Dios». Que María, Madre del Amor Hermoso, ruegue por nosotros (Jaume Aymar i Ragolta).

 

Viernes la 27ª semana de Tiempo Ordinario. El día del Señor es la gran fiesta, día del paso de la oscuridad a la luz, y más allá de los que se ponen en contra están las palabras de Jesús: “si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que

 

 

Lectura de la profecía de Joel 1,13-15;2,1-2. Vestíos de luto y haced duelo, sacerdotes; llorad, ministros del altar; venid a dormir en esteras, ministros de Dios, porque faltan en el templo del Señor ofrenda y libación. Proclamad el ayuno, congregad la asamblea, reunid a los ancianos, a todos los habitantes de la tierra, en el templo del Señor, nuestro Dios, y clamad al Señor. ¡Ay de este día! Que está cerca el día del Señor, vendrá como azote del Dios de las montañas. Tocad la trompeta en Sión, gritad en mi monte santo, tiemblen los habitantes del país, que viene, ya está cerca, el día del Señor. Día de oscuridad y tinieblas, día de nube y nubarrón; como negrura extendida sobre los montes, una horda numerosa y espesa; como ella no la hubo jamás, después de ella no se repetirá, por muchas generaciones.

 

Salmo 9,2-3.6 y 16.8-9. R. El Señor juzgará el orbe con justicia.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando todas tus maravillas; me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.

Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío y borraste para siempre su apellido. Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron, su pie quedó prendido en la red que escondieron.

Dios está sentado por siempre en el trono que ha colocado para juzgar. El juzgará el orbe con justicia y regirá las naciones con rectitud.

 

Evangelio según san Lucas 11,15-26. En aquel tiempo, habiendo echado Jesús un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: -«Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios.» Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo. Él, leyendo sus pensamientos, les dijo: -«Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú; y, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero, si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama. Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice: "Volveré a la casa de donde salí." Al volver, se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio.»

 

Comentario: 1.- Jl 1,13-15; 2,1-2. Joel 1,13-15; 2,1-2. Hoy y mañana escuchamos al profeta Joel, que habló hacia el año 400 antes de Cristo,.invitando a que los sacerdotes convoquen a una jornada de penitencia. El pueblo acaba de experimentar una catástrofe: una gran plaga de langostas ha destruido las cosechas. Joel interpreta este hecho como juicio de Dios contra la pereza y la dejadez del pueblo en la gran tarea de la reconstrucción moral, después de la vuelta del destierro. Han descuidado la vida de fe: "falta en el templo del Señor ofrenda y libación". A esa plaga se refieran probablemente las alusiones al "azote que viene de las montañas" y el "día de la oscuridad y tinieblas", porque se ve que había sido una "horda numerosa y espesa" que oscurecía el cielo. El profeta quiere que se proclame la penitencia y el ayuno y que todos clamen a Dios pidiendo su ayuda, no vaya a ser el día del juicio peor todavía que la calamidad recién sufrida.

Somos nosotros los que hoy oímos esta invitación a la conversión, a volver a Dios. A veces el pecado es comunitario y la decadencia generalizada. También ahora se puede decir que "falta en el templo del Señor ofrenda y libación", porque se descuidan cosas fundamentales. Pero la culpa puede ser también personal. Quien más quien menos, todos somos débiles y pecadores, y necesitamos convertirnos. No hace falta que seamos grandes criminales. También podemos convertirnos a Dios desde nuestras mediocridades y perezas. A veces suenan las trompetas convocando a penitencia, como en Cuaresma o en el Jubileo. Otras veces es una sencilla invitación a la vigilancia y al cambio de vida, que nos puede venir a través del ejemplo de las personas que nos rodean, o de la palabra de los responsables de la comunidad, y también si tenemos visión de fe, de los acontecimientos de la historia, agradables o luctuosos. Cuando no son las plagas de animales, son otras cosas -enfermedades, desgracias personales o colectivas, el fallecimiento de una persona querida- las que nos sirven de despertadores en nuestra vida de fe. No porque todo mal sea castigo de Dios, pero sí porque todo en la vida, lo bueno y lo malo -y, sobre todo, la escucha de la Palabra que nos dirige Dios en la Eucaristía-, debería ayudarnos a recapacitar y reorientar nuestra atención a los valores fundamentales, que tendemos a descuidar.- ¡Sacerdotes, ceñíos y llorad! ¡Ministros del altar, lamentaos y gemid! ¡Ministros de mi Dios, venid y pasad la noche en sayal! Invitación a la «penitencia». Joel vivía, sin duda, en una época muy sombría: sus llamadas son desgarradoras. Manifiestan la voluntad de recuperación que animaba a esos hombres. Ante las desgracias que se abaten sobre nosotros, sobre muchas familias o nuestro medio, podemos contentarnos con lamentaciones o, peor aún, con acusar a los demás.

El profeta, en cambio, toma una actitud digna y positiva: insiste sobre la solidaridad que une a todas las categorías, sacerdotes, levitas y fieles; e invita a todos a reaccionar. La prueba ¿es también para mí una invitación a la purificación?

-Tocad la trompeta en Sión, clamad en mi monte santo. En efecto, las conciencias suelen estar adormecidas. Lo malo del pecado es que produce una especie de anestesia: ya no se ve el daño que de él resulta. Nada peor que el egoísta tranquilo que ni siquiera se da cuenta de la monstruosidad de sus actitudes para los que le rodean. Ahora bien, todos nuestros pecados embotan la sensibilidad de nuestra conciencia. Nos habituamos. Se atenúan ciertos reflejos de reacción. Entonces nos hundimos. Despiértanos, Señor, ¡toca la trompeta! Levanta la voz para decirnos que nuestros pecados siguen dañándonos y dañando a los demás aun cuando no los volvamos a ver más.

-Proclamad un ayuno sagrado, anunciad una reunión solemne de ancianos y de todos los habitantes del país en el Templo del Señor y clamad al Señor. Ayunar. Reunirse para orar. Esta reacción prueba que no nos resignamos al mal. Hay algo a hacer. Pero, al mismo tiempo, conscientes de nuestra debilidad, hacemos una llamada. HOY, sin duda, surge la tentación de criticar esta postura. Se dirá: «Esfuérzate, comprométete contra el mal.» Y, si bien es verdad que puede existir una «oración perezosa», como dice Péguy, también lo es que el hombre no tiene totalmente por sí mismo la capacidad de cambiar de vida. Señor, danos a la vez, esfuerzo para convertirnos... y oración para que tú nos conviertas...

-El «Día del Señor» está cerca... Llega «el Día del Señor", está muy cerca.

Los profetas han hablado, a menudo de ese «día» (Am 5,18-20; Is 13,6; Ez 30,3). Esta expresión designa una intervención muy particular de Dios en la historia, para suprimir el mal y para realizar su designio. Para el creyente, la historia no es un perpetuo volver a empezar. Verdaderamente suceden acontecimientos; hay una progresión. Y Dios no está ausente. Dios actúa. Habrá con seguridad una «última» intervención de Dios al final de los tiempos. Pero los profetas han aplicado constantemente esta visión a unos acontecimientos concretos: una invasión de saltamontes motivó ese oráculo de Joel (1,24). El «Día de Dios» no es principalmente un día lejano, es el día de HOY: «¡está muy cerca!». Nunca lo repetiremos bastante: cada día es el día del juicio. Seré juzgado por cada uno de mis días. ¡Es pues el día de HOY que tengo que convertirme, al fin! (Noel Quesson).

Una plaga de langostas permite a Joel comprender una realidad más profunda: ve en ella el anuncio del «día de Yahvé» La descripción de la plaga se halla al comienzo del libro, en el fragmento que hoy leemos (2,1-11). Es posible que se trate de una repetición del mismo hecho o que se refiera a dos oleadas sucesivas. Es descrita con el símil de la invasión de un ejército poderoso, ordenado, que todo lo arrasa y pisotea y, como el fuego, consume todo lo que encuentra. La descripción de la plaga concluye con una serie de expresiones que son clásicas para hablar del «día de Yahvé»: «el sol y la luna se oscurecen» «tiembla la tierra», «se conmueve el cielo», etc. Así resulta más fácil el paso de un acontecimiento a otro.

-La expresión «día de Yahvé» comienza con Amós (5,18-20) y al principio tiene un sentido de castigo de los enemigos de Dios, sean israelitas o gentiles. Será el día de la victoria de Yahvé, que «visitará» a los hombres no como salvador, sino como destructor. Al parecer, con el exilio se había cumplido la palabra profética, pero sólo a medias. Yahvé había «visitado» a su pueblo castigándolo duramente; en cambio, los gentiles -más pecadores aún que Israel- habían quedado triunfantes. Eso no era justo. Así se llega al convencimiento de que Dios les tiene reservado otro «día», que será a la vez de castigo para las naciones y de victoria para Israel. El día de Yahvé continúa siendo un día de aspecto terrorífico, pero ahora las catástrofes sólo hacen referencia a los gentiles. Joel es el testigo de este cambio de pensamiento: una expresión anterior adquiere un significado nuevo. En la primera parte del libro, el profeta viene a decir: la plaga de langostas es un castigo que Yahvé envía a su pueblo; es «su» día, el «día de Yahvé» anunciado por los profetas. En la segunda parte amplía la visión y la corrige: no, no es «el día de Yahvé», sino «un día de Yahvé» uno de los muchos que preparan el gran día. La exhortación del profeta a la penitencia por la proximidad del «día de Yahvé» continúa siendo apremiante para nosotros, pese a que nuestras perspectivas son más amplias, pues sabemos que Dios nos «visita» constantemente (J. Aragonés Llebari

Sobre los campos israelitas se ha cernido una nube de langostas que ha dejado al pueblo sin alimentos y en un grave peligro, pues no hay grano para alimentarse, y los mismos animales, al faltarles el sustento, acabarán muriendo y poniendo en grave riesgo al pueblo. Por eso se convoca a todo el pueblo para que ore, para que haga oración, para que haga penitencia. Dios, rico en misericordia, librará a los suyos de este ejército que se ha cernido sobre ellos; y, entonces, también el culto estará asegurado. Dios, todo amor con quien lo ama y con quien invoca su Nombre, ha mirado nuestra humillación y se ha compadecido de nosotros enviándonos a su Hijo para que nos libre de la mano de nuestros enemigos y de todos los que nos odian. No sólo lo hemos de invocar con el corazón arrepentido y con signos externos de penitencia; nuestra mejor forma de honrar a Dios es manifestando, con nuestras obras, que en verdad hemos vuelto a Él y que hemos hecho nuestra su Victoria sobre nuestro enemigo.

2. Sal 9. Gracias sean dadas al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque por su gran poder y amor hacia nosotros, nos ha librado de nuestros enemigos, juzgando al orbe con justicia y rigiendo a las naciones con rectitud. Quien vive fiel a Dios no vacilará jamás; en cambio los malvados se hundirán en la tumba que hicieron y su pie quedará atrapado en la red que escondieron. Dios vela por nosotros para que no nos alcance ningún daño. Dios se ha convertido en nuestro fuerte defensor que siempre está a nuestro lado. Confiemos en Él, démosle gracia y proclamemos a todos sus maravillas para que el mundo sepa, comprenda y entienda que nos hay Dios como nuestro Dios, que no hay roca que nos salve como lo hace el Señor Dios nuestro con aquellos que lo ama.

3.- Lc 11,15-26. La oposición contra Jesús, por parte de sus enemigos, llegó a extremos curiosos: "algunos dijeron: si echa los demonios, es por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios". ¿Cómo se puede luchar contra el demonio precisamente en nombre del demonio?

Jesús responde con ironía, preguntando si es que había guerra civil en los dominios de Satanás, y también, en nombre de quién echaban los demonios los que en Israel ejercían el ministerio de exorcistas, que también los había. Lo que pasaba es que los enemigos de Jesús no querían llegar a la conclusión que hubiera sido la más lógica: "el Reino de Dios ha llegado a vosotros".

Pero también nos avisa de que puede haber recaídas en el mal y en la posesión diabólica: "cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, vuelve con siete espíritus peores y el final resulta peor que el principio".

Todos estamos implicados en la lucha entre el bien y el mal. El mal -el Malo- sigue existiendo y nos obliga a no permanecer neutrales, sino a posicionarnos en su contra, junto a Cristo.

Al leer cómo Jesús libera a los posesos y cura a los enfermos, estamos convencidos de que "el Reino de Dios ya ha llegado a nosotros", que su fuerza salvadora ya está actuando. A nosotros no se nos ocurrirán las excusas ridículas de los que no querían aceptar a Jesús. Pero sí podemos caer en una actitud de pereza o de miedo, o bien no ser conscientes de que en efecto existe el mal, dentro de nosotros y en el mundo y en la Iglesia. Jesús es "el más fuerte" que ha vencido al poder del mal, en su Pascua, y ahora nos invita a que nos unamos a él en esa lucha: "el que no está conmigo, está contra mí". No podemos ser meros espectadores en la gran batalla. También haremos bien en escuchar su advertencia: no estamos seguros de haber vencido al mal y al pecado. Puede venir ese espíritu maligno "con otros siete espíritus peores" y "meterse a vivir" en nosotros. Lo que sería una ruina peor. La llamada a la vigilancia es evidente. Cada uno sabe qué demonios le pueden tentar desde dentro y desde fuera. Haremos bien en decir humildemente, con el Padrenuestro, "no nos dejes caer en la tentación".

Cuando comulgamos, se nos invita a participar de Cristo Jesús, que es "el que quita el pecado del mundo". La Eucaristía es la mejor fuerza que Dios nos da en la lucha contra el mal (J. Aldazábal).

Ciertamente, el Reino es un futuro y se confunde con la plenitud de Dios a la que tienden los humanos. Sin embargo, el Reino es a la vez algo presente; es precisamente aquello que sucede y se realiza cuando Jesús expulsa a los demonios, perdona los pecados y suscita un campo de fraternidad entre los hombres. No viene el Reino en signos exteriores, en estrellas que se caen, por la peste o en la guerra. El Reino acaece (se empieza a mostrar) allí donde Jesús libera a los hombres de la fuerza del diablo (lo inhumano) y les conduce hacia el futuro de gracia, libertad y vida. Esta es la fe del evangelio, en contra de la opinión de los fariseos, que interpretan la obra de Jesús como expresión de la presencia y el influjo de Satán, el diablo (Com. Edic Marova).

Para muchos cristianos, el pecado encuentra suficiente explicación con la libertad del hombre y dicen que la personificación del mal -Satán- pertenecía a una época en la que el hombre era juguete de las fuerzas cósmicas. Sin embargo, el evangelio habla del demonio y Jesús es consciente de que su vida es una lucha contra el espíritu del mal. El mal no se explica totalmente en razón de la libertad humana. Tiene raíces extremadamente profundas que no podemos desarraigar. Jesús ha venido a destruir este imperio del mal. El Reino de Dios es el futuro del hombre. Es la plenitud de Dios a la que tiende el hombre y que no puede realizarse plenamente en el mundo actual. Sin embargo, el Reino es a la vez algo presente; es precisamente aquello que sucede y se realiza cuando Jesús expulsa a los demonios, perdona los pecados. El reino de Dios se empieza a mostrar allí donde Jesús libera a los hombres de la fuerza del diablo -todo lo inhumano- y los conduce hacia un futuro de gracia, de libertad y de vida. -Reino de verdad y de vida. -Reino de santidad y de gracia. -Reino de justicia, de amor y de paz.

La mentalidad bíblica contempla la vida de la humanidad como una lucha entre dos espíritus: los que rigen y dominan al hombre natural, y el Espíritu de Dios que lo hace partícipe de la libertad divina. Expulsando a Satanás, Cristo revela que un nuevo Reino acaba de hacer su aparición sobre la tierra, un Reino capaz de destruir el reino de Satanás. Para pertenecer a este nuevo Reino es necesaria una opción ilimitada de fidelidad y de entrega a Jesús (Misa dominical 1990).

-Algunos de los asistentes dijeron: "Echa los demonios con poder de Belzebú, el jefe de los demonios..". otros, para comprometerle le exigían una señal que viniera del cielo... Una de las mayores indigencias es ser incomprendido, despreciado; es ver deformados sus propósitos, sus propias intenciones. Jesús conoció esa clase de indigencia. ¡Se le acusó de ser un destructor del Reino de Dios! Se le acusó de estar del lado de Satán. La acusación era dura y despreciativa: Belzebú significa ¡"Baal del estercolero... Señor de las moscas"! Esto es lo que se decía de Jesús en su lengua, el arameo. Ayúdanos, Señor, a evitar todas las interpretaciones malévolas. Ayúdanos, Señor, a soportar, si somos víctimas de ellas, como Tú lo fuiste, esas críticas o esas calumnias.

-Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: "Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado... Si pues Satán está dividido contra sí mismo ¿cómo va a mantenerse en pie su reino? En esta controversia, Jesús subraya la importancia de la unidad. La guerra civil destruye más los imperios que los ataques del exterior. Quien usa la "acción de dividir" para atacar será destruido por esa misma división que recaerá contra sus propias tropas.

-Pero, si Yo echo los demonios "con el dedo de Dios", señal es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. El "dedo de Dios" es imagen de la potencia divina: Dios no tiene que esforzarse, con sólo mover la punta del dedo, actos ingentes se realizan. (Éxodo 8,15; Salmo 84) La traducción "el reino de Dios ha llegado a vosotros" es algo pálida; el texto griego es mucho más fuerte: "el reino de Dios os ha llegado por sorpresa... ha venido de súbito... os ha sorprendido... os ha alcanzado". Se trata de una "irrupción absoluta y rápida" que corta el aliento, que impide parar el golpe. El golpe dado a Satán no tiene esquiva posible.

-Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su casa, sus bienes están seguros. Pero cuando otro "más fuerte" lo asalta y lo vence, le quita las armas... Lucas es el único, y en esto se diferencia de Mateo (12, 29) a consignar la presencia de uno "más fuerte", nombre que Juan Bautista había dado al mesías (Lc 3,16). Jesús "más fuerte" que el mal, más fuerte que Satán, ven en mi ayuda, en ayuda de nuestra pobre humanidad.

-El que no está conmigo, está contra mí. En Lucas 9,50, Jesús había dicho: "el que no está contra vosotros, está a favor vuestro". Aquí, el pensamiento es otro: Jesús quiere, según las circunstancias, ampliar la visión de sus discípulos... o, por lo contrario, quiere inculcarles una cierta intransigencia en la elección de los dos reinos.

-Cuando echan de un hombre el espíritu inmundo, éste va atravesando lugares resecos buscando un sitio para descansar; al no encontrarlo, decide volver a la casa de donde lo echaron... Entonces va a buscar otros siete espíritus peores que él, vuelven y se instalan allí. Y el estado final de aquel hombre resulta peor que el principio. Jesús se sirve de las representaciones demoníacas corrientes de su tiempo. Lo esencial está en la advertencia seria y grave: el que escapó un día al poder del mal no debe por ello considerarse inatacable. Son muchos los hombres modernos que no creen ya en Satán. No obstante, la psicología profunda revela abismos. El hombre antiguo se creía juguete de unas fuerzas cósmicas invisibles. Sin volver a las representaciones antiguas, tenemos, sin duda, de qué desconfiar: quien niega el poder de Satanás le entrega armas. ¡Nada es peor en un combate que el no ver, no ser consciente del poder del adversario! (Noel Quesson).

Hoy contemplamos asombrados cómo Jesús es ridículamente "acusado" de expulsar demonios «por Beelzebul, Príncipe de los demonios» (Lc 11,15). Es difícil imaginar un bien más grande —echar, alejar de las almas al diablo, el instigador del mal— y, al mismo tiempo, escuchar la acusación más grave —hacerlo, precisamente, por el poder del propio diablo—. Es realmente una acusación gratuita, que manifiesta mucha ceguera y envidia por parte de los acusadores del Señor. También hoy día, sin darnos cuenta, eliminamos de raíz el derecho que tienen los otros a discrepar, a ser diferentes y tener sus propias posiciones contrarias e, incluso, opuestas a las nuestras.

Quien lo vive cerrado en un dogmatismo político, cultural o ideológico, fácilmente menosprecia al que discrepa, descalificando todo su proyecto y negándole competencia e, incluso, honestidad. Entonces, el adversario político o ideológico se convierte en enemigo personal. La confrontación degenera en insulto y agresividad. El clima de intolerancia y mutua exclusión violenta puede, entonces, conducirnos a la tentación de eliminar de alguna manera a quien se nos presenta como enemigo.

En este clima es fácil justificar cualquier atentado contra las personas, incluso, los asesinatos, si el muerto no es de los nuestros. ¡Cuántas personas sufren hoy con este ambiente de intolerancia y rechazo mutuo que frecuentemente se respira en las instituciones públicas, en los lugares de trabajo, en asambleas y confrontaciones políticas!

Entre todos hemos de crear unas condiciones y un clima de tolerancia, respeto mutuo y confrontación leal en el que sea posible ir encontrando caminos de diálogo. Y los cristianos, lejos de endurecer y sacralizar falsamente nuestras posiciones manipulando a Dios e identificándolo con nuestras propias posturas, hemos de seguir a este Jesús que —cuando sus discípulos pretendían que impidiera que otros expulsaran demonios en nombre de Él— los corrigió diciéndoles: «No se lo impidáis. Quien no está contra vosotros, está con vosotros» (Lc 9,50). Pues, «todo el coro innumerable de pastores se reduce al cuerpo de un solo Pastor» (San Agustín): (Josep Pausas Mas).

Jesús actúa con el Poder de Dios, pues al expulsar a Satanás nos llena de la Vida Divina y del Espíritu Santo. Así, libres de toda influencia del mal en nosotros, manifestamos con obras que el Reino de Dios ha llegado a nosotros. Por eso nuestra vida de fe no puede convertirse en un simple juego; no podemos actuar con hipocresía de tal forma que, aparentando una fe que nos hace cercanos a Dios, llevemos en realidad una vida lejos de Él. Es entonces cuando se puede aplicar a esa clase de hipócritas las palabras con que Dios recriminaba a esa clase de gentes: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí. Si hemos hecho nuestra la vida de Dios no dejemos vacío nuestro corazón; permitámosle a Dios que Él sea quien habite en nosotros, de tal forma que, siempre ocupada por Dios nuestra vida no haya espacio, en nosotros, para que nuevamente tome posesión en nuestro interior el autor del pecado (www.homiliacatolica.com).