viernes, 13 de noviembre de 2009

Lunes de la 27º semana. La clave de la vida eterna es amar, en esta vida, a los demás

 

 

Jonás. 1:1-2,1.11. 1. La palabra de Yahveh fue dirigida a Jonás, hijo de Amittay, en estos términos: 2 «Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama contra ella que su maldad ha subido hasta mí.» 3 Jonás se levantó para huir a Tarsis, lejos de Yahveh, y bajó a Joppe, donde encontró un barco que salía para Tarsis: pagó su pasaje y se embarcó para ir con ellos a Tarsis, lejos de Yahveh. 4 Pero Yahveh desencadenó un gran viento sobre el mar, y hubo en el mar una borrasca tan violenta que el barco amenazaba romperse. 5 Los marineros tuvieron miedo y se pusieron a invocar cada uno a su dios; luego echaron al mar la carga del barco para aligerarlo. Jonás, mientras tanto, había bajado al fondo del barco, se había acostado y dormía profundamente. 6 El jefe de la tripulación se acercó a él y le dijo: «¿Qué haces aquí dormido? ¡Levántate e invoca a tu Dios! Quizás Dios se preocupe de nosotros y no perezcamos.» 7 Luego se dijeron unos a otros: «Ea, echemos a suertes para saber por culpa de quién nos ha venido este mal.» Echaron a suertes, y la suerte cayó en Jonás. 8 Entonces le dijeron: «Anda, indícanos tú, por quien nos ha venido este mal, cuál es tu oficio y de dónde vienes, cuál es tu país y de qué pueblo eres.» 9 Les respondió: «Soy hebreo y temo a Yahveh, Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra.» 10 Aquellos hombres temieron mucho y le dijeron: «¿Por qué has hecho esto?» Pues supieron los hombres que iba huyendo lejos de Yahveh por lo que él había manifestado. 11 Y le preguntaron: «¿Qué hemos de hacer contigo para que el mar se nos calme?» Pues el mar seguía encrespándose. 12 Les respondió: «Agarradme y tiradme al mar, y el mar se os calmará, pues sé que es por mi culpa por lo que os ha sobrevenido esta gran borrasca.» 13 Los hombres se pusieron a remar con ánimo de alcanzar la costa, pero no pudieron, porque el mar seguía encrespándose en torno a ellos. 14 Entonces clamaron a Yahveh, diciendo: «¡Ah, Yahveh, no nos hagas perecer a causa de este hombre, ni pongas sobre nosotros sangre inocente, ya que tú, Yahveh, has obrado conforme a tu beneplácito!» 15 Y, agarrando a Jonás, le tiraron al mar; y el mar calmó su furia. 16 Y aquellos hombres temieron mucho a Yahveh; ofrecieron un sacrificio a Yahveh y le hicieron votos.

2:1 Dispuso Yahveh un gran pez que se tragase a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches. 11 Y Yahveh dio orden al pez, que vomitó a Jonás en tierra.

 

Salmo responsorial: Jonás 2,2-5,8. R. Sacaste mi vida de la fosa, Señor.

2 Jonás oró a Yahveh su Dios desde el vientre del pez. 3 Dijo: Desde mi angustia clamé a Yahveh y él me respondió; desde el seno del seol grité, y tú oíste mi voz.

4 Me habías arrojado en lo más hondo, en el corazón del mar, una corriente me cercaba: todas tus olas y tus crestas pasaban sobre mí.

5 Yo dije: ¡Arrojado estoy de delante de tus ojos! ¿Cómo volveré a contemplar tu santo Templo?

8 Cuando mi alma en mí desfallecía me acordé de Yahveh, y mi oración llegó hasta ti, hasta tu santo Templo.

 

Evangelio según Lucas, 10,25-37. 25 Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: «Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia vida eterna?» 26 El le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?» 27 Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.» 28 Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás.» 29 Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?» 30 Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. 31 Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. 32 De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. 33 Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; 34 y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. 35 Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." 36 ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» 37 El dijo: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo.»

 

Comentario: 1. Jon 1,1-2,1-11. El relato de Jonás no es la biografía de un hombre real -dicho sea de una vez por todas para que no nos choquen unos detalles inverosímiles-, se trata de un «midrash», es decir, un relato imaginario con fines educativos. Es una de las más hermosas parábolas del Antiguo Testamento, nos recuerda que «todos los hombres, incluso los más feroces enemigos de Israel, son llamados a la salvación». Escrito hacia el siglo V antes de Jesucristo, en una época en que Esdras había revalorizado el particularismo de Israel para salvaguardar la fe auténtica, el libro de Jonás reafirma fuertemente la «vocación misionera» del pueblo de Dios: Dios ama a los paganos y se regocija de su conversión. Durante tres días nos acompañará como primera lectura el libro de Jonás. No es un libro histórico en el sentido estricto de la palabra. El profeta Jonás existió, en tiempos del rey Jeroboam II (cf 2 R 14,25), pero el relato del que se le hace protagonista aquí es más bien una parábola historizada, didáctica, con una intención clara: mostrar que Dios tiene planes de salvación no sólo para Israel, sino también para los pueblos paganos. Más aún, que los paganos muchas veces le responden mejor que los judíos. Es probable que fuera escrito en tiempos de Esdras y en contra de éste, que, para asegurar la pureza del yahvismo en la época de la reconstrucción de Sión, se pasó un poco, cerrando fronteras en un particularismo exagerado y denigrando a los demás países. Este libro sería como un contrapunto al excesivo nacionalismo de Esdras. En esta edificante historia todos los paganos que aparecen son buenos, desde el rey de Nínive y sus habitantes hasta el ganado, pasando por los marineros del barco y el cachalote que cumple también su papel en la parábola. El único judío, Jonás, es el peor, un anti-profeta. El autor del libro ha elegido, como muestra de una ciudad pagana que se convierte, nada menos que a Nínive, la capital de los asirios, famosa por su política despiadada y cruel.

-La palabra del Señor fue dirigida a Jonás: «Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad pagana y proclama que su maldad ha subido hasta mí.» Así, desde la primera línea de este apólogo, el autor nos revela la clave: Dios no es solamente el Dios de Israel, sino el de todas las naciones. El pecado cometido por un pagano ofende a Dios lo mismo que el pecado de un cristiano. Dios desea nuestra conversión, la de todos. El amor de Dios es universal. Sea cual sea el color de nuestra piel, cualquiera que sea nuestra religión, todos estamos invitados a la salvación.

Cuando Jonás recibe el encargo de ir a Nínive y anunciar allí el castigo de Dios, no se le ocurre otra cosa mejor que huir: toma el primer barco que zarpa por el Mediterráneo, precisamente hacia tierras de Tarsis, en el sur de la actual España. Ante la tempestad que se forma, los marineros aparecen como personas buenas, que temen a sus dioses y les rezan y les ofrecen sacrificios, y además respetan a Jonás, a pesar de que se ha declarado culpable. Hacen lo posible para salvarle. Por fin lo tienen que arrojar al agua, y allí es donde entra en acción el gran cachalote o ballena que le retiene durante tres días hasta arrojarlo a tierra firme. Estos tres días serán en el NT un símbolo de los tres días que estuvo Jesús en el sepulcro antes de resucitar. Pero la intención de la lectura de hoy es la conversión de los ninivitas, que Jesús comentará pronto, en una lectura que haremos la semana que viene (Lc 11,29ss).

Mal profeta, Jonás. Otros se habían resistido en principio a cumplir el encargo de Dios, poniendo excusas, como Moisés o Jeremías. Elías se refugió en el desierto, acobardado, y caminó hasta el monte Horeb. Pero a nadie se le había ocurrido tomar un barco en dirección contraria a Nínive, que es donde le quería Dios. El único personaje judío de la parábola es el único que se resiste a Dios. Es una lección para nosotros. Cada uno tiene su misión propia: ser de alguna manera sus testigos en este mundo. Si yo fallo y por pereza o por miedo no hago lo que Dios quiere que haga -en mi familia, en la sociedad, en la comunidad religiosa-, ¿quién hará ese trabajo? Se quedará por hacer, y habrá personas que por mi culpa no se enterarán del plan salvador de Dios.

Claro que es difícil la misión, tal como está el mundo (aunque peor estaba Nínive), porque el mensaje del evangelio es exigente. Pero no tendríamos que huir. También a Cristo le costó, y tuvo momentos en que pedía que pasara de él el cáliz, la pasión y la muerte. Pero triunfó la obediencia y la fidelidad a su Padre.

¿Nos hacemos los sordos cuando intuimos que Dios nos llama a colaborar en la mejora de este mundo? ¿nos acobardamos fácilmente por las dificultades que intuimos que vamos a tener? ¿en qué barco nos refugiamos para huir de la voz de Dios? ¿o somos capaces de trabajar con generosidad en la misión evangelizadora, a pesar de que ya tengamos experiencia que la sociedad nos hará poco caso?

-Jonás se levantó, pero huyó a Tarsis, lejos del rostro del Señor. Jonás no tomó el camino de Nínive, al este de Palestina... sino exactamente la dirección contraria. Huye hacia el oeste, hacia un rincón del Mediterráneo. De hecho Jonás no desea en absoluto la conversión de Nínive. Para un judío, Nínive es el enemigo hereditario, el pueblo idólatra, la potencia cruel que recientemente deportó a toda la población de Israel. Pero no juzguemos a ese profeta (!) que se hace el sordo ante Dios. ¿No tenemos nosotros estrecheces semejantes? ¿Escuchamos, realmente, las llamadas misioneras de Dios? ¿Amamos a nuestros enemigos? ¿No hemos quizá creado unas fronteras que protegen nuestras seguridades pero que a la vez nos privan de los grandes soplos de largueza y magnanimidad? ¿Es nuestro corazón universal como el de Dios?

-Pero el Señor desencadenó un gran viento sobre el mar. Nada puede impedir a Dios realizar su Proyecto de salvación universal. Lo dispondrá todo para que Jonás siga la dirección de Nínive. Incluso un gran pez se encargará de ello, humorísticamente. Repítenos, Señor, que tu voluntad misionera es tenaz y que nadie puede hacer que fracase tu Designio de amor misericordioso para todos los hombres. Los acontecimientos obligarán a Jonás a «dirigirse a los paganos». Con frecuencia, los acontecimientos, las crisis... «empujan» a la Iglesia a no encerrarse en sí misma. Cuando la fe está en peligro, es tentador replegarse en sí mismo. Cuando los cristianos son minoritarios en el seno de un mundo no creyente, será tranquilizador quedarse «entre cristianos». Ahora, en el momento en que la Iglesia ya no está tranquila «en sus murallas» es cuando se halla en la tempestad del mundo, en contacto con los paganos, en situación eminentemente misionera en el corazón del mundo. ¿Sabremos ser la levadura en la masa, la sal de la tierra?

-Ahora bien, Jonás había bajado al fondo del barco, se había acostado y dormía profundamente. ¡Despiértate, Jonás! Tus hermanos corren peligro de naufragar. ¡No durmáis, cristianos, en tanto no hayáis transmitido a todo el mundo la buena nueva! (Noel Quesson).

El libro de Jonás, a diferencia del resto de los escritos proféticos, no es un conglomerado de oráculos o visiones, sino la narración de un episodio de la vida del hijo de Amitai, profeta en tiempos de Jeroboán II (2 Re 14,25). Sin embargo, parece que el autor desconocido de este pequeño libro escogió el nombre de tal profeta precisamente porque, a causa de las escasas noticias que de él se tenían, resultaba más adecuado para convertirlo en protagonista de una ficción literaria. Quizá el mismo nombre contribuya a la elección: Jonás significa «paloma», nombre que se aplica a Israel, como símbolo no de inocencia, sino de estupidez (cf Os 7,11). De este modo, se considera a Jonás como la personificación del espíritu mezquino, particularista y ridículo de buena parte de Israel. Pero –dice S. Jerónimo- "los doce profetas, encerrados en un único volument, prefiguran cosas distintas de aquellas que revelan cuando son interpretados sólo a la letra (…). Jonás, paloma bellísima, prefigura la pasión del Señor; llama al mundo a la penitencia, y bajo el nombre de Nínive, anuncia la salvación a los gentiles". Y "la huida del profeta puede ser referida en general también al hombre que, transgrediendo los mandamientos de Dios, se aleja de su presencia y se queda inmerso en el mundo, donde una tempestad de desdichas y los estragos del naufragio del mundo entero contra él, le obligan a advertir la presencia de Dios y a volver hacia Aquél del que había intentado huir".

Parece, pues, que nuestro libro debe catalogarse en el género literario de la parábola o de la alegoría; o quizá mejor: de la parábola alegórica. Intenta darnos un mensaje a través de una pequeña historia, forma muy pedagógica de enseñar.

En primer lugar, es evidente el universalismo que respira Yahvé es el Dios del cielo que ha hecho la tierra y el mar, es decir, el Dios de la creación, en contraste con el Dios de los padres y del éxodo, cuya concepción favorecía más la visión de elección de Israel y el particularismo correspondiente. Su misericordia alcanza a los paganos y no se limita al pueblo de la alianza. El libro se sitúa en la línea universalista de Rut y Job. Parece un eco de los grandes profetas, los cuales habían enseñado que Yahvé es Dios de todo el mundo. Esta corriente universalista del AT se presenta unas veces como un universalismo centralista en torno al santuario de Jerusalén (Is, Zac Ag) y otras como un universalismo descentralizado, por ejemplo Mal (1,10), que contempla la posibilidad de que se cierre el santuario y los sacrificios sean ofrecidos fuera de él. El universalismo de Jonás coincide con el de Malaquías: los marineros pueden ofrecer sacrificios en la nave.

Nuestro libro quiere ilustrar también la idea de que Dios al margen de lo que haga el hombre, consigue su fin. La tempestad, el hecho de que Jonás sea arrojado al mar y tragado por el pez son, más que castigos, hechos providenciales y destinados a forzar al profeta a cumplir su misión (J. Aragonés Llebaria).

Estas páginas de Jonás nos quieren enseñar también que los designios de Dios se cumplen inexorablemente, que no imputa sangre inocente, que hace todo según su beneplácito… el personaje da ilación a estas verdades religiosas que van apareciendo.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. A nadie creó Dios para la muerte, pues Él no se deleita en la muerte sino en la vida. Ninguno, que haya experimentado el amor y la misericordia de Dios, puede condenar a los demás pensando que sólo él tiene derecho exclusivo sobre Dios. Jonás, recalcitrante a hacer partícipe de la misericordia de Dios a los pueblos paganos, es conducido por Dios hasta el lugar donde el Señor quiere que se cumplan sus planes de salvación. Jonás, rebelde, no de palabra sino de hecho, a la voluntad de Dios respecto a la salvación universal, finalmente proclamará esa salvación: primero a los marineros, que temen a Dios, y que al arrojar a Jonás al abismo, se salvan de la muerte pues el mar se calma; y después a los Ninivitas, proclamando el mensaje de salvación de Dios, al que ellos hacen caso y salvan así su Vida. Nos dice san Pablo: si la rebeldía de los judíos se convirtió en causa de salvación para el mundo, ¡Qué no será su conversión! Si la desobediencia del pueblo elegido simbolizado en Jonás, si su reticencia a abrir la salvación a todos, incluso a los enemigos fue causa de que esa salvación, conforme al Plan de Dios, llegara a Nínive en que se simboliza la persecución de los inocentes y la lejanía de Dios, cuánto más ha logrado el Señor Jesús, que, obediente a su Padre Dios, sale al encuentro del hombre pecador para proclamarnos la Buena Nueva del amor que Dios nos tiene. Él fue arrojado al abismo de la muerte, y ahí permaneció tres días y tres noches, para luego resucitar como el Hombre Nuevo con quien estamos llamados a identificarnos todos sin distinción alguna. Así Él ha logrado para nosotros la salvación. Y Él nos pide que abramos los ojos para no condenar a nadie, pues así como nos ha amado quiere que nos amemos los unos a los otros; y así como Él dio su vida en rescate por todos, quiere que su Iglesia se esfuerce constantemente en salir al encuentro del hombre pecador para invitarlo a rectificar sus caminos.

2. Jon 2,2-5.8. El canto de meditación que sigue a la lectura no es un salmo, sino un poema tomado del mismo libro de Jonás, que hace eco a la situación del protagonista: "sacaste mi vida de la fosa, desde el vientre del infierno pedí auxilio y escuchó mi clamor".

 "Para llegar a una vida perfecta, es necesario imitar a Cristo –dice S. Basilio-, no sólo en los ejemplos que nos dio durante su vida, ejemplos de mansedumbre, humildad y paciencia, sino también en su muerte (…). Mas, ¿de qué manera podremos reproducir en nosotros su muerte? Sepultándonos con Él por el bautismo. ¿En qué consiste este modo de sepultura, y de qué nos sirve el imitarla? En primer lugar, es necesario cortar con la vida anterior. Y esto nadie puede conseguirlo sin aquel nuevo nacimiento de que nos habla el Señor, ya que la regenación, como su mismo nombre indica, es el comienzo de una vida nueva (…). ¿Cómo podremos, pues, imitar a Cristo en su descenso a la región de los muertos? Imitando su sepultura mediante el bautismo. En efecto, los cuerpos de los bautizados quedan, en cierto modo, sepultados bajo las aguas. Por eso el bautismo significa, de un modo misterioso, el despojo de las obras de la carne".

La oración de Jonás en el vientre del pez que leemos como salmo es un mosaico de trozos de salmos en acción de gracias, por salir de angustias pasadas, por la salvación, promesa de sacrificios y votos ofrecidos a Dios… (Biblia de Navarra). Dice Orígenes: "quien sabiendo de qué monstruo es figura el que engulló a Jonás (…), ese tal, si por una caída en la infidelidad, viene a parar al vientre del gran monstruo, que ore arrepentido, y saldrá otra vez de allí y una vez fuera, si persevera en observar los mandamientos de Dios, podrá (…) ser ocasión de salvación para los ninivitas de hoy día, que también están en riesgo de perecer, pues sintiéndose feliz por la misericordia divina, no querrá que Dios mantenga una actitud de dureza con los penitentes".

A pesar de nuestras rebeldías e incongruencias en la fe, Dios siempre está dispuesto a escuchar nuestras súplicas, pues su amor misericordioso hacia nosotros nunca se acaba. Dios nos ama como un padre ama a sus hijos. Dios escuchó a su Hijo que le pidió, con ardientes lágrimas, que lo librara de la muerte. Dios siempre está y estará de parte nuestra. Sepamos, también nosotros, escuchar su Palabra y hacerla nuestra, pues el Señor quiere santificarnos en la Verdad por medio de ella. Dejemos de vivir nuestra fe con hipocresía; seamos leales al Señor como Él lo ha sido con nosotros. No encerremos la fe en nuestro corazón sino que proclamemos el amor y la misericordia del Señor a todos los pueblos; hagámoslo con las obras que manifiesten cómo el Señor, por medio nuestro, se hace cercanía amorosa y misericordiosa para todos.

3.- Lc 10,25-37 (ver domingo 15C). La de hoy es una de las páginas más felizmente redactadas y famosas del evangelio: la parábola del buen samaritano, que sólo nos cuenta Lucas. La pregunta del letrado es buena: "¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?". -En esto, un Doctor de la Ley le preguntó a Jesús: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar vida eterna?" Un escriba preocupado por quién debe ser objeto de nuestra bondad y quién no, se dirige a Jesús para plantearle este dilema. La respuesta de Jesús no se dirige a solucionar esta falsa oposición, sino que se dirige a las más profundas opciones humanas, aquellas que compartimos con Dios.

¿Me hago yo también esa misma pregunta? ¿Qué respuesta personal y espontánea daría yo a esa pregunta? La vida... La vida eterna... Si nuestra vida terminara con la muerte, seríamos los más desgraciados de los hombres. La vida temporal, la que tiene un término, es corta. Todo lo finito es corto. Y si bien hay en ella algunas alegrías, habitualmente es difícil soportarla, sobre todo conforme van pasando los años: toda la literatura, antigua y moderna es copiosa en señalar lo trágico de la "condición humana". Sería ingenuo cerrar los ojos a esa realidad. Siempre los hombres han esperado "otra vida". Jesús también habló a menudo de ella, y aun decía que esa vida eterna ya ha comenzado, está en camino, si bien inacabada, naturalmente. ¿La deseo? ¿Pienso en ella? ¿Comienzo a vivirla?

-Jesús le pregunto: "¿Qué está escrito en la Ley?" En lugar de contestar a la pregunta, del jurista, Jesús le propone a su vez otra pregunta, obligándole a tomar, él, posición. ¡La vida eterna no es ciertamente una pregunta que los demás podrían resolver en mi lugar! Jesús, en un primer momento, le remite a la ley del AT, a unas palabras que los judíos repetían cada día: amar a Dios y amar al prójimo como a ti mismo. Jesús hace que el letrado llegue por su cuenta a la conclusión del mandamiento fundamental del amor.

-El jurista contestó: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda la mente... Y a tu prójimo como a ti mismo"... Jesús le dijo: "Bien contestado. Haz eso y tendrás la vida". El Doctor de la Ley citó el Deuteronomio 6,5 y el Levítico 19,18. Amar, amar a Dios y al prójimo. No es pues algo nuevo. No es original. Todas las grandes religiones tienen en común esa base esencial. Esto forma ya parte del Antiguo Testamento. El mensaje de Jesús se basa primero en esa gran actitud, eminentemente humana.

-¿Quién es mi prójimo? Es ahí donde empieza toda la novedad ciertamente revolucionaria del evangelio. Lucas nos aporta aquí un relato escenificado por Jesús. Lucas es el único evangelista que nos ha comunicado esa página admirable que, de otra parte está en la línea recta de todo el evangelio. ¡El amor al prójimo, para Jesús, va hasta al "enemigo! Es preciso repetírnoslo.

Ante la siguiente pregunta, Jesús concreta más quién es el prójimo.

-Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó... Lo asaltaron unos bandidos y lo dejaron medio muerto, al borde del camino... Pasó un sacerdote, luego un levita que lo vieron y pasaron de largo... Pero un samaritano... Hemos visto en Lucas 9,52-55 cuán detestados eran los samaritanos. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo...? Jesús da completamente la vuelta a la noción de prójimo. El legista había preguntado "quién es mi prójimo" -en sentido pasivo-: en este sentido los demás son mi prójimo. Jesús le contesta: ¿"de quién te muestras tú ser el prójimo"? -en el sentido activo-: en este sentido somos nosotros los que estamos o no próximos a los demás. El prójimo, soy "yo" cuando me acerco con amor a los demás. No debo preguntarme: ¿"quién es mi prójimo"?, sino "¿cómo seré yo el prójimo del otro, de cualquier otro hombre?" Cerca de mí, ¿quiénes son los despreciados, mal considerados, difíciles de amar?

-El samaritano al verlo le dio lástima, se acercó a él y le vendó las heridas, lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada... ¡Anda, haz tu lo mismo! Amar, no es ante todo un sentimiento; es un acto eficaz y concreto (Noel Quesson).

La clave es amar. Si buscamos la vida eterna, sabemos que «la fe y la esperanza pasarán, mientras que el amor no pasará nunca» (cf. 1Co 13,13). Cualquier proyecto de vida y cualquier espiritualidad cuyo centro no sea el amor nos aleja del sentido de la existencia. Un punto de referencia importante es el amor a uno mismo, a menudo olvidado. Solamente podemos amar a Dios y al prójimo desde nuestra propia identidad… La propuesta de Jesús es clara: «Vete y haz tú lo mismo». No es la conclusión teórica del debate, sino la invitación a vivir la realidad del amor, el cual es mucho más que un sentimiento etéreo, pues se trata de un comportamiento que vence las discriminaciones sociales y que brota del corazón de la persona. San Juan de la Cruz nos recuerda que «al atardecer de la vida te examinarán del amor» (Lluís Serra i Llansana).

En su parábola, tan expresiva, quedan muy mal parados el sacerdote y el levita, ambos judíos, ambos considerados como "oficialmente buenos". Y por el contrario queda muy bien el samaritano, un extranjero ("los judíos no se tratan con los samaritanos": Jn 4,9). Ese samaritano tenía buen corazón: al ver al pobre desgraciado abandonado en el camino le dio lástima, se acercó, le vendó, le montó en su cabalgadura, le cuidó, pagó en la posada, le prometió que volvería, y todo eso con un desconocido.

¿Dónde quedamos retratados nosotros?, ¿en los que pasan de largo o en el que se detiene y emplea su tiempo y su dinero para ayudar al necesitado? ¡Cuántas ocasiones tenemos de atender o no a los que encontramos en el camino: familiares enfermos, ancianos que se sienten solos, pobres, jóvenes parados o drogadictos que buscan redención! Muchos no necesitan ayuda económica, sino nuestro tiempo, una mano tendida, una palabra amiga. Al que encontramos en nuestro camino es, por ejemplo, un hijo en edad difícil, un amigo con problemas, un familiar menos afortunado, un enfermo a quien nadie visita.

Claro que resulta más cómodo seguir nuestro camino y hacer como que no hemos visto, porque seguro que tenemos cosas muy importantes que hacer. Eso les pasaba al sacerdote y al levita, pero también al samaritano: y éste se paró y los primeros, no. Los primeros sabían muchas cosas. Pero no había amor en su corazón. El buen samaritano por excelencia fue Jesús: él no pasó nunca al lado de uno que le necesitaba sin dedicarle su atención y ayudarle eficazmente. Ahora va camino de la cruz, para entregarse por todos, y nos enseña que también nuestro camino debe ser como el suyo, el de la entrega generosa, sobre todo a los pobres y marginados. Al final de la historia el examen será sobre eso: "me disteis de comer... me visitasteis".

La voz de Jesús suena hoy claramente para mí: "anda, haz tú lo mismo". También podríamos añadir: "acuérdate de Jesucristo, el buen samaritano, y actúa como él" (J. Aldazábal).

La parábola del buen samaritano pone como modelo de ser humano a un hombre que era despreciado en la cultura israelita de la época. Esta contradicción se propone resaltar el valor de la vida humana por encima de cualquier diferencia cultural, étnica o política.

Cuando los tres personajes, el levita, el sacerdote y el samaritano, encuentran al hombre herido y abandonado en el camino, tienen que discernir si optan por su propia comunidad u optan por la vida. Los dos primeros pasan indiferentes, pues, aunque tienen una función religiosa en el pueblo, su manera de pensar les impide ver que su religión debe estar a favor de la vida del ser humano. El samaritano por el contrario, desde una opción por la vida, auxilia a aquel hombre, sin importarle de qué religión es, o a qué nacionalidad o raza pertenece. Para el samaritano lo importante es que ese herido moribundo es un ser humano necesitado de compasión. Por tanto, actúa conforme a unos principios humanitarios.

La parábola elimina el falso dilema de a quién debo y a quien no debo hacer el bien. La parábola plantea una opción por defender la vida del ser humano como un valor absoluto. Toda esta enseñanza se puede resumir en el conocido adagio popular: "Haz el bien sin mirar a quién". Pues, lo absoluto de Dios es la vida del ser humano. Por tanto, se deben superar las diferencias étnicas, patrióticas o de cualquier índole a la hora de aceptar al hombre enfermo y abandonado, como el prójimo que me habla con la misma voz de Dios (servicio bíblico latinoamericano).

El evangelio que se abre camino "por revelación" suele tener un tono exigente, pero profundamente liberador. Apela a la inteligencia de las personas ("¿Qué os parece?) y también a su libertad ("Si quieres"). Jesús tiene toda la fuerza del mundo para "imponer" el evangelio por decreto ley, porque sí, porque yo soy el que mando, y, sin embargo, procede según la "debilidad" de la seducción. Lo comprobamos en el evangelio de hoy. Más que la parábola del buen samaritano (siempre hermosa y siempre interpelante) me llaman la atención las preguntas de Jesús. He encontrado tres en el fragmento de hoy: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Y también dos recomendaciones: "Haz esto y tendrás la vida", "Anda, haz tú lo mismo".

Jesús no cuenta la parábola para humillar al maestro de la ley, sino para conectar con lo mejor de este hombre, para abrirle un horizonte más amplio, para hacerle ver la buena noticia, con la que "tendrá vida". ¡De qué manera tan distinta sonaría el evangelio en nosotros si surgiese de este modo y no como un arma arrojadiza al servicio de nuestros intereses, por nobles que aparezcan! (gonzalo@claret.org).

Jesús no debía hablar demasiado de la otra vida, de la «vida eterna», cuando tanto un jurista o maestro de la ley como un dirigente de Israel le formulan la misma pregunta: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» (10,25; 18,18), para ponerlo a prueba, es decir, para atraparlo con la pregunta, el primero, y para adularlo, es decir, para ganárselo para la clase rica, el segundo. Quienes no quieren compro meterse con el hermano necesitado hablan siempre de la vida eterna. Es como una droga que los aliena de los deberes con la vida presente. Y no solamente hablan de ella, sino que quieren imponer este lenguaje, el lenguaje común a todas las religiones, que brota de lo más profundo del hombre, pero que necesita ser clarificado por el mensaje liberador y comprometido de Jesús. Es decir, el seguimiento de Jesús tiene exigencias reales. No sólo implica un compromiso con los pobres, sino también un crecimiento personal y una mayor conciencia de uno mismo. El evangelio de hoy nos trae la parábola que comúnmente hemos llamado "el buen samaritano". El problema del texto que analizamos, no es la vida eterna. Si este texto lo analizamos desde el problema del más allá, pierde su valor real y su sentido en las páginas del evangelio de Lucas. Hay que partir de un hecho que palpamos todos los días en la vida de la Iglesia: quienes no quieren comprometerse con el hermano necesitado hablan siempre de la vida eterna. Este tema para muchos cristianos y cristianas es como una droga que los aliena de los deberes con la vida presente.

No es válido hablar de más allá, de cielo, de vida eterna, si esta historia de ahora, si este más acá, si esta tierra, está tan desordenada y tan deshumanizada por las estructuras perversas que se han impuesto sobre la creación, obra de Dios. Jesús coloca un ejemplo concreto y aclara que lo más importante es hacer de esta historia una verdadera experiencia de "vida eterna".

Frente a la realidad del hermano que sufre, Jesús, acusa a los hombres de religión de pasar por alto y no importarle el sufrimiento del otro. Lucas, en el relato, deja bien en claro que solamente los que experimentan en su propia vida la marginación y la exclusión, sienten compasión del sufrimiento y miseria que viven sus hermanos en la historia. No podemos seguir pensando en el más allá, para zafarnos del compromiso de hacer de esta historia un lugar donde quepamos todos. El cristiano tienen la tarea de dejar este mundo un poquito mejor de como lo encontró (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)

El jurista está molesto porque Jesús no habla a la gente de lo que él cree esencial para un buen judío y que es el centro de su religión: los diez mandamientos, contenidos en las dos tablas de la Ley de Moisés. Se trata de la Ley fundamental de Israel, como lo es la Constitución para las naciones modernas. Siendo, sin embargo, Israel una teocracia, Constitución es igual a Ley de Dios.

Jesús no se deja atrapar. Ni siquiera se digna recitarla. Hace que sea el propio jurista quien se dé la respuesta: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo es eso que recitas?» (10,26). La recitación del Shemac Israel (=«Escucha, Israel») es perfecta, como quien recita el Credo. El jurista no se ha contentado con recitar largo y tendido el encabezamiento solemne del Deuteronomio: «Amarás al Señor tu Dios...» (Dt 6,5), sino que ha añadido una breve referencia al prójimo (segunda tabla de la Ley), sacada del Levítico: «Y a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18). No basta con recitar de memoria y con los labios, es preciso ponerlo en práctica. Quien cumple la Ley tiene garantizada la vida eterna. Pero, entonces, ¿qué ha venido a hacer Jesús si no ha venido a hablarnos de la otra vida? La respuesta la reserva Lucas para el final de la estructura, cuando, en la perícopa gemela, un dirigente de Israel le formulará la misma pregunta. Pero no anticipemos. Primero es preciso asimilar las enseñanzas que encierran las secuencias que componen esa gran estructura.

Los hombres religiosos pasan de largo. La secuencia que ahora examinamos tiene forma de tríptico. Acabamos de ver la hoja izquierda. En el centro se encuentra la parábola. En la hoja derecha, la enseñanza o «moraleja». El jurista que quería atrapar a Jesús se ha quedado atrapado en su propia trampa («queriendo justificarse»): ha recitado demasiado bien los mandamientos. Jesús lo ha invitado a «hacer», y cuando se trata de «hacer» no hay más remedio que tener en cuenta al prójimo. El jurista pretende escurrirse: «Y ¿quién es mi prójimo?» (10,29), como quien dice: Esto es muy difícil de saber. Jesús le propone una parábola.

El centro de la parábola es «un hombre». Lucas ha escogido el término «hombre», y no otro de los muchos posibles, y lo acompaña del indefinido «un/cierto»: este individuo personifica la humanidad y, en concreto, la qué está de vuelta en sentido figurado: «un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó» (10,30b). «Bajar de Jerusalén», siendo «Jerusalén» el término sacro empleado para designar la institución judía y, en especial, su centro, el templo, tiene sentido negativo. El alejamiento del templo se paga muy caro; puede significar la pérdida de la propia vida, desde el punto de vista judío. Lucas lo expresa en imágenes: «lo asaltaron unos bandidos, lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándolo medio muerto» (10,30c). Se explica, ahora, que bajando por aquel camino (no se dice que bajen de ¡Jerusalén!) un sacerdote del templo y un levita o clérigo perte neciente a la misma alcurnia, uno y otro den un rodeo y pasen de largo (vv. 31-32). Su comentario sería unánime: Le está bien empleado, por abandonar las prácticas religiosas..., él se lo ha buscado!

La compasion de los que experimentan la marginacion. Lucas hace coincidir fortuitamente (explicitado en el texto) tres individuos que representan a otros tantos estamentos: los dos primeros están estrechamente vinculados al templo, mientras que el tercero, un samaritano, representa al pueblo más odiado por un judío religioso. En los dos primeros hay coincidencia con el desgraciado, pero sólo material: «Coincidió que bajaba por aquel camino un sacerdote...; igualmente un clérigo, que llegó a aquel lugar...»; el tercero va derecho: «Pero un samaritano, que hacía su camino, llegó adonde estaba el hombre» (10,33). Hay una clara oposición entre el templo, que es el lugar por excelencia donde reside Dios, para un judío, y «aquel lugar» donde se encuentra el hombre que ha abandonado la institución. El samaritano está ya habituado a la maldición que los judíos profieren contra quienes abandonan la Ley y el templo: es un excomulgado. Va directamente «adonde estaba el hombre», como si hubiese olido la desgracia que ha caído sobre el hombre que ha abandonado la religión. Se compadece de él, y no sólo lo cuida personalmente, sino que se preocupa de que luego otros se ocupen de él (10,34-35).

El projimo se crea haciendose uno mismo projimo. «¿Cuál de estos tres se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» (10,36). El jurista quería escurrirse de amar al prójimo con la excusa de que es muy difícil de individualizar quién es y dónde se encuentra. Jesús le responde que el prójimo no se pasea por la calle, no lleva ningún distintivo: uno mismo se hace prójimo cuando se acerca a los más necesitados, cuando toma partido por el hombre a quien han pisoteado sus derechos y que ha sido reducido a una condición infrahumana... El samaritano, marginado él también por su condición religiosa heterodoxa, es capaz de sentir compasión por los proscritos por la institución oficial. No indaga en absoluto. Pasa a la acción y se vuelca haciendo el bien. El jurista no se atreve a pronunciar la palabra maldita («el samaritano») y responde: «El que tuvo compasión de él.» Jesús remacha el clavo: «Pues anda, haz tú lo mismo» (10,37). Quien se compromete con su prójimo tiene la vida eterna asegurada.

Nuestra comunión con Dios está esencialmente ligada al lugar en que buscamos la realización de esta comunión. La parábola nos presenta los dos ámbitos en que puede situarse esta búsqueda y nos enseña que la respuesta adecuada a la cuestión no puede ser reducida al ámbito de la participación cultual.

En continuidad con la línea profética de Israel, la respuesta de Jesús nos indica la vaciedad de las compensaciones cultuales que nacen de un corazón que ha reducido la presencia divina a ese ámbito. Sacerdote y levita son los exponentes de una concepción en que la preocupación cultual impide el acercamiento al ámbito de lo divino y ofusca el descubrimiento del Dios de la vida.

El samaritano, situado al margen de la pureza ritual, imposibilitado de participación en los bienes del pueblo elegido y de su culto oficial, es el único personaje de la historia que es capaz de comprender y dar la respuesta que Dios espera en la vida de los hombres. Sus acciones nacidas de la compasión ante el hombre golpeado por los bandidos lo colocan en la participación de los bienes de Dios y ello de tal manera que se convierte en ejemplo que debe seguir incluso todo fiel israelita como debe reconocer el escriba, interlocutor de Jesús.

El "vete y haz tu lo mismo" dirigido a este maestro se convierte en invitación a todo el pueblo de Dios para la rectificación y purificación de su relación religiosa, a menudo oscurecida por la búsqueda de pureza para la participación cultual (Josep Rius-Camps).

Con la parábola Jesús toca la razón más honda de todo lo que hacía: el amor a Dios y el amor al prójimo, son una unidad inseparable, son el camino más seguro que nos lleva al Padre, más que todas las prácticas rituales y todos los sacrificios que se hacían en el Templo. Y éste será el núcleo del conflicto que Jesús tenía con las autoridades judías, que daban más importancia a las prácticas religiosas que al compromiso con la vida, al culto que a la misericordia y la justicia. El Dios del que Jesús hablaba era Dios, el Padre, no el imaginado por los fariseos, al que le importa más la vida de sus hijos que los sacrificios o los ayunos o las oraciones rituales.

Este amor misericordioso del Padre debe pasar por encima de cualquier otra consideración en la vida de los cristianos. En este gesto del samaritano, el de sentir compasión, la Iglesia debe reconocer un aspecto fundamental de su misión: la de tener un corazón compasivo, que se exprese en un amor eficaz, levantando a todos los hombres y mujeres que son víctimas de las estructuras injustas de nuestra sociedad (servicio bíblico latinoamericano).

Amar al prójimo es procurar su bien, fortalecerle cuando sus manos se han cansado o sus rodillas han empezado a vacilar, tenderle la mano cuando lo vemos caído en algún pecado o en alguna desgracia, dejar nuestras seguridades para ofrecérselas y hacerle recobrar su dignidad; en fin, nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos. Y es muy fácil amar a quienes nos hacen el bien; y es muy fácil, también, solucionar el problema que nos causan nuestros enemigos acabando con ellos. Así sólo puede considerarse nuestro prójimo el cercano a nosotros y a nuestro corazón, aquel que no nos causa penas, dolores, angustias, aquel que no se ha levantado en contra nuestra para dañarnos, pues, si lo ha hecho, no será nuestro prójimo, sino nuestro enemigo. Dios en Cristo Jesús, su Hijo amado hecho uno de nosotros, ha salido al encuentro de su prójimo, de aquel que jamás ha sido expulsado de su corazón. Y su cercanía ha sido hacia los pobres, hacia los marginados, hacia los despreciados y, sobre todos, hacia los pecadores, aun cuando sus pecados puedan haberse considerado demasiado graves. Amó tanto a la humanidad frágil y pecadora, que se desposó con ella y cargó sobre sí sus pecados clavándolos en la cruz y derramando su sangre para que fuesen perdonados. Así puede presentar a su esposa, que es la iglesia, ante su Padre, libre de pecado y adornada con las arras del Espíritu Santo. El Señor, en el Evangelio de este día nos manifiesta el gran amor que nos tiene para que vayamos y hagamos nosotros lo mismo.

En esta Eucaristía nos hacemos uno con Cristo. Uno en su amor, uno en su envío, uno en la vida que Él recibe de su Padre Dios. Por eso su Iglesia, que celebra este Misterio Pascual, debe ser luz para todos los pueblos, debe ser portadora de la salvación para todos sin poner fronteras o barreas a algunas personas. Por eso no sólo podemos pedirle al Señor que nos llene de su Vida y de su Espíritu; hemos de pedir que esa Vida y ese Espíritu llegue también a quienes viven lejos de Él; y nuestro esfuerzo apostólico ha de acompañar nuestra oración llevándonos hasta aquellos que, incluso convertidos en perseguidores nuestros, necesitan que alguien no sólo les hable, sino que se convierta para ellos en un signo vivo del amor misericordioso de Dios. Por ello, quienes participamos de esta Eucaristía no venimos a ella sólo a cumplir con un deber cristiano, consecuencia de una tradición familiar, sino que venimos con el compromiso de aceptar convertirnos en portadores de la salvación de Dios para todos, aún cuando en algún momento se hayan levantado en contra nuestra ofendiéndonos, criticándonos o persiguiéndonos.

Volveremos a nuestra vida ordinaria. Es hermoso escuchar la voz de Dios en el lugar de culto y dejar que nuestro corazón se conmueva ante sus palabras. Pero vamos a encontrarnos nuevamente con aquellos que nos insultan por ser cristianos; con aquel vecino, compañero de trabajo o de estudio que nos causó algún daño, incluso tal vez diciendo cosas falsas de nosotros, o profiriendo amenazas en contra nuestra; con aquel familiar que está enfadado con nosotros y que, tal vez, han pasado días, meses o años sin que podamos volver a relacionarnos de un modo adecuado, antes al contrario, parecería que se profundiza cada vez más el abismo que nos separa. El hacer que la salvación llegue a todos no sólo significa el que proclamemos el Nombre de Dios con discursos bien elaborados, significa especialmente el que nosotros, con nuestras actitudes nuevas, con nuestro amor, con nuestro cariño, con nuestro respeto, con nuestra alegría, comencemos nuevamente a relacionarnos adecuadamente, como hijos de Dios, con todos aquellos que antes fueron nuestros enemigos, pero a quienes ahora no sólo consideramos prójimos, sino hermanos nuestros. Entonces, realmente sólo hasta entonces, sabremos que estamos trabajando por el Evangelio de la Salvación que Dios ofrece a todos; entonces, también sólo entonces, podremos no sólo llamar Padre a Dios, sino tenerlo en verdad por Padre. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, ser portadores de la salvación para todos los hombres. Que nuestra vida, en la que no cerremos a nadie nuestro corazón ni excluyamos a nadie de nuestro amor, se convierta en el mejor testimonio del amor que Dios tiene a todos. Amén (www.homiliacatolica.com).

Domingo 27, B. La belleza del amor humano, que es imagen de Dios en comunión, y que se expresa en el matrimonio indisoluble, basado en el compromiso de amor.

Domingo 27, B. La belleza del amor humano, que es imagen de Dios en comunión, y que se expresa en el matrimonio indisoluble, basado en el compromiso de amor.

 

El Génesis nos cuenta el comienzo del hombre y de la mujer, en forma de la historia. Dios dijo: "-No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que le ayudase". El hombre estaba triste porque entre todas las criaturas no tenía a alguien semejante. "Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un sueño, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. Y el hombre dijo: -¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne". Y apareció el matrimonio, y la familia. Hoy hay mucha gente sola, y el hombre no existe para sí mismo, no aguanta estar solo. Está hecho para vivir en com-unión, con otros. Hay una necesidad humana de estar en compañía. La alegría de Adán cuando despierta y ve a Eva es una maravilla. Pero después tiene que aprender a tratarla. El amor ha de superar defectos, pasiones, debilidades, y queremos dominar, pero en esta historia la mujer ha sido formada del hombre, de un costado de éste, para indicar que no salió de la cabeza para dominar ni de los pies para ser esclava, sino del costado para ser compañera, para ser amada, para ser ayuda adecuada para él.

El Salmo pide: "Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida… ¡Dichoso el que teme al Señor, / y sigue sus caminos! / Comerás del fruto de tu trabajo, / serás dichoso, te irá bien". Si contamos con Dios, todo va mejor… "Tu mujer, como parra fecunda, / en medio de tu casa; / tus hijos, como renuevos de olivo, / alrededor de tu mesa. // Esta es la bendición del hombre / que teme al Señor. / Que el Señor te bendiga desde Sión, / que veas la prosperidad de Jerusalén / todos los días de tu vida. // Que el Señor te bendiga desde Sión, / que veas a los hijos de tus hijos. / ¡Paz a Israel!" Podemos recitarlo pidiendo por nuestra familia y amigos, para que aprendan a "amar". Aquí se habla de la viña y el olivo, signos de la alegría, el vino, y el aceite de curar y de alimento y abundancia. Y que sepamos estar con los demás en la mesa disfrutando de la comida y de una conversación con buen humor, sin enfadarnos.

La Carta a los Hebreos nos habla de Jesús sacerdote, que sufrió y "lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos". ¡Jesús nos llama hermanos!

En el Evangelio le preguntan a Jesús si pueden divorciarse pero responde: "Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". No le gusta lo complicado a Jesús, se engañaban y por cualquier motivo valía romper la familia, el egoísmo de "ahora amo, ahora no…" sino que Jesús ama la sencillez: "-Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos." Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Y para poder crecer en el amor y un día formar una familia, o dedicarse totalmente a la familia de Dios que es la Iglesia, para eso hay que prepararse, con generosidad. Aprender de la experiencia del verano que ha pasado. Si uno ha estado por ejemplo en la costa, y se ha ido aplatanando: al principio tenía planes: pescar, ir en bici, windsurfing con el primo… luego la pereza ganaba terreno y se quedaba sin plan, se levantaba tarde, desayunaba y vegetaba hasta la hora de la playa, acababa cansado de todo. Quizá no eras tú, pero has visto algún amigo que no salía de la arena, salitre y pegajosa siesta, algún paseo nocturno… Es lo que se llama omisión de cosas que se podrían hacer: Y ahora que ha comenzado el curso, hay que ponerse las pilas y estudiar, organizar un plan para vencer la pereza, atender en clase, ordenar los papeles cuando uno llega a casa… y ayudar a los hermanos, evitar el tipo de comentarios: "-¿oye, podrías hacer algo?" o "–¡cállate nene, que cada vez que hablas sube el pan!" Hay que ayudar a la gente así a levantar la cabeza, para saber que en el mundo hay una cosa que se llaman personas, y hay que pensar en los demás. En una iglesia de la playa un par de amigos iba a confesar y se lo dijeron a una prima con la que estaban, y ella dijo "no tengo ganas, pero ¿qué voy a hacer sola?" y fue también a confesar. Seguro que le faltaba un empujón, y para eso están los amigos… Pues eso es amistad: decir "¿Vamos a confesar?" Cuando uno se anima, todo es fácil, como meter el hilo en aguja, luego es coser y cantar, y te quedas tan contento. Cuando uno está aplatanado todo es cuesta arriba… "lástima, decía una mujer, todo lo que me gusta o es pecado o engorda", luego, cuando uno se confiesa, -¡qué bien te quedas! Da paz, el sacramento de la alegría. –Se pasa del "no pasa nada por hacer esto, todos lo hacen" a "¡qué bien se está, qué peso me he quitado de encima!". Es como lo de no divorciarse, parece falta de libertad, cuando lo que es libre es ser feliz en familia, pero los que no saben dicen: "–Oye, qué palo, cumplir con los mandamientos". Vamos a contestar: "-Las cosas ¿son malas porque están prohibidas o están prohibidas porque son malas?" Somos una caña pensante, débiles pero pensamos: vemos las cosas a través de una óptica, como el palo dentro del agua, a veces lo vemos doblado, nos parece todo mal, pero al sacar el palo del agua vemos que está recto, aquello que nos parecía mal, al cabo de unos días, vemos que lo que nos dicen los padres, la Iglesia, es lo mejor. Así cuando pedimos perdón vemos más reales, más luminosas las cosas de la vida.

 

 

 

 

 

llucia.pou@gmail.com

 

Domingo 27, B. La belleza del amor humano, que es imagen de Dios en comunión, y que se expresa en el matrimonio indisoluble, basado en el compromiso de amor.

 

 

Lectura del libro del Génesis 2,18-24. El Señor Dios se dijo: -No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no se encontraba, ninguno como él, que le ayudase. Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre.

Y el hombre dijo: -¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.

 

Salmo 127,1-3.3.4-5.6. R/. Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.

¡Dichoso el que teme al Señor, / y sigue sus caminos! / Comerás del fruto de tu trabajo, / serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda, / en medio de tu casa; / tus hijos, como renuevos de olivo, / alrededor de tu mesa.

Esta es la bendición del hombre / que teme al Señor. / Que el Señor te bendiga desde Sión, / que veas la prosperidad de Jerusalén / todos los días de tu vida.

Que el Señor te bendiga desde Sión, / que veas a los hijos de tus hijos. / ¡Paz a Israel!

 

Carta a los Hebreos 2,9-11. Hermanos: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos.

 

Evangelio según San Marcos 10,2-16. El texto entre [ ] puede omitirse por razón de brevedad.

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: -¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?

El les replicó: -¿Qué os ha mandado Moisés?

Contestaron: -Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio.

Jesús les dijo: -Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. El les dijo: -Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.

[Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: -Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.]

 

Comentario: 1. Gn 2,18-24. "No está bien que el hombre esté solo". La intención del autor es explicar la fuerza del amor, la atracción recíproca de los sexos. Hombre y mujer tiene cada uno sus características, pero son esencialmente semejantes, iguales en dignidad. El texto lo expresa al decir "es carne de mi carne..." Dios crea la mujer. El acto de la creación no admite espectadores. El hombre está en un sueño profundo, ignora el origen de la mujer. Con la mujer se da al hombre su complemento. El hombre sólo en el "otro" puede colmar su deficiencia. ¿Hasta qué punto el hombre actual entiende que se realiza en el otro y no en su egoísmo? El hombre no es un ser autónomo, encerrado en sí mismo. Necesita complemento. Esta experiencia es válida también para el hombre de hoy. A pesar del progreso técnico y científico, el hombre se siente solo. En muchos aspectos no puede ser él mismo y ha de vivir su máscara... Detrás de las apariencias se esconde la inseguridad y la insatisfacción. El misterio de la mujer y la relación de los sexos hay que leerlo a la luz del contexto. Israel defiende su fe en Yahvé contra los cultos lunares del ambiente en que se encuentra. En ellos la mujer ocupaba un lugar importante y mágico. La costilla era el símbolo lunar al que atribuían poderes divinos. El texto utiliza este material literario y la situación social en que estaba la mujer. Pero el contenido teológico expresado con estas fórmulas literarias es claro: el hombre y la mujer son una sola carne, criaturas de Dios, con el mismo valor y dignidad (P. Franquesa).

Una pareja: el hombre no existe para sí mismo, no aguanta estar solo. Para vivir, necesita que exista alguien con quien poder estar frente a frente. Creado a imagen y semejanza de Dios, no puede vivir siendo él solo: lleva injerto en su ser el amor, y sólo en el encuentro y en la relación llegará a ser él mismo. Por haber nacido de Dios, el hombre es participación.

Por toda la eternidad llevará Adán la cicatriz de su carencia, de su autosuficiencia imposible; es un ser incompleto. Eva, nacida del costado de Adán, será el símbolo viviente de la complementariedad inalienable.

Misterio del hombre, que para ser él mismo tiene necesidad de otro; que para encontrarse a sí mismo necesita compartir, y dar para llegar a ser. Misterio del hombre, que para poder existir como "yo" necesita que exista otro que le diga "tú"; que se descubre a sí mismo en la mirada del otro; que tiene conocimiento del mundo, de las cosas y de los seres a través de un lenguaje recibido de los otros. Misterio del hombre, que es sociedad. Adán llevará par siempre la señal de que él solo existe con los otros, por ellos y para ellos. El uno hacia el otro: el hombre es, desde su origen, un ser conyugal. Y desde entonces, la pareja es sacramento de Dios. Si el ser humano fuera una mónada cerrada, no estaría hecho a imagen de Dios, pues un Dios con una sola persona ya no sería el Amor.

"Dios -hace notar Teófilo de Antioquía- creó a Adán y a Eva para el máximo amor entre ellos, reflejando así el misterio de la divina unidad". Y Dios llevará en su pecho, por toda la eternidad, la marca de su pasión por el hombre: el costado traspasado de Jesús en la cruz.

Misterio de Dios, que es un infinito herido. Misterio de Dios, cuya perfección va unida al más completo abandono y cuya omnipotencia es sinónimo de la máxima dependencia. Dios es Amor y el Amor es encuentro y, por lo tanto, carencia y súplica: para existir, Dios necesita al hombre y, para existir como Amor, tiene que ser Trinidad. Grandeza de la pareja: se hace sacramento de Dios. "No separéis lo que Dios ha unido", dirá Jesús a sus detractores. El matrimonio es un sacramento no porque consagre la promesa solemne de los esposos, ni tampoco por fundarse en la mutua ternura; es sacramento por ser la imagen más perfecta de lo que es Dios y de lo que es la vida según Dios. En la relación entre un hombre y una mujer descubrimos y experimentamos que Dios es encuentro, don, participación, amor (Sal Terrae).

El punto de partida del texto es la necesidad humana de estar en compañía. No podemos vivir solos, estamos hechos para la relación con los demás, estamos hechos a base de relación con los demás (por eso cuando muere algún ser querido, una parte de nosotros mismos muere con él, porque los demás forman parte, son, nuestra vida). No estaría fuera de lugar valorar hoy la importancia que tenemos los unos para los otros, una importancia que no puede suplir ni tan solo el dominio sobre toda la creación (dar nombre a los animales es dominar la creación).

Esta relación y compañía se realiza con una plenitud distinta de cualquier otra relación en la unión del hombre y la mujer. Es la pieza clave, la gran expresión, la gran realización de este acompañamiento entre los seres humanos. La atracción entre un chico y una chica, la estabilización de esta relación, el convertirla en amor incondicional, compromiso mutuo, relación sexual... constituye uno de los ejes básicos de la obra creadora de Dios. Hoy habrá que animar a los jóvenes a descubrir en su camino de amor el gozo de Dios que les acompaña, y animar a los mayores a sentirse también gozosos en este mismo camino. La alegría de Adán cuando despierta y ve a Eva es todo un programa.

El proyecto de relación de amor y unión incondicional de hombre y mujer no es un proyecto que funciona automáticamente; viene marcado por todos los defectos, debilidades y taras que los hombres y las mujeres arrastran sobre sus espaldas; es una gran ilusión, pero al mismo tiempo está tocado por dificultades y decepciones de todo tipo. Y seguro que todos los matrimonios (y todas las parejas de novios) conocen bien esta experiencia.

Una solución sería: ahora que nos va bien, permanecemos juntos, ahora que no nos va bien, nos separamos, da igual. Pero Jesús hace una propuesta mucho más rica, mucho más humana. Y la propuesta es que la llamada de Dios, la llamada que humaniza, pide poner todo el esfuerzo para reforzar constantemente este camino de unión. Hoy valdría la pena hacer hincapié en el valor de este esfuerzo. Un esfuerzo que se hace no porque "nos lo manden", sino porque es lo mejor que podemos hacer, lo que nos dará más felicidad.

Y Jesús aún dice algo más a las parejas cristianas. Dice que el cristiano, si lo es verdaderamente, tiene que ser capaz de mantener su amor ocurra lo que ocurra. Como un signo del amor absoluto de Dios.

El sacramento del matrimonio será eso: la experiencia más plena de acompañamiento mutuo que se puede dar entre los seres humanos (cf. primera lectura) se convierte en signo público, eclesial, del amor absoluto que es Dios. (Y una nota final. Ya se ve que el tema del evangelio de hoy no es la cuestión de las leyes del divorcio. Estas son -nos dice Jesús- mecanismos para resolver problemas generados por las durezas de corazón que estropean lo que no debería haberse estropeado. Pero este tema de las leyes -en aquellos tiempos, más de "repudio" que de "divorcio"- no preocupa mucho a Jesús; Josep Lligadas).

El relato de hoy expresa la convicción del autor de que el hombre solo, sin compañía ni ayuda, no es hombre ni puede vivir como tal. Primero alude a la ayuda de nivel elemental que le prestan los animales. La superioridad del hombre sobre la forma de vida animal, se traduce por su capacidad de ponerle nombre a cada uno. Esto equivale a asignarle un lugar en el ámbito de sus dominios. Pero no es en el dominio en donde el hombre encuentra la ayuda adecuada, donde el hombre puede realizarse, sino en el diálogo con el tú semejante, no dominado, sino igual. El autor sagrado sitúa en ese puesto a la mujer, que representa aquí a todos los tú humanos. Dice Santo Tomás (Summa Theol I q.92 a. 2 y 3) que la mujer ha sido formada del hombre, de un costado de éste, para indicar que no es la señora ni la esclava del hombre, sino su compañera, para inculcar al hombre que ha de amar a su mujer, para expresar la íntima comunidad de vida entre el hombre y la mujer y finalmente para simbolizar el nacimiento de la Iglesia, la Esposa de Cristo. En el N. T. se hace resaltar que la mujer ha sido formada del hombre, pero también allí leemos que el hombre depende de la mujer. Dice S. Pablo en 1Co 11,12: "porque así como la mujer procede del varón, así también el varón viene a la existencia por la mujer. Y todo proviene de Dios". Es decir, la mujer y el hombre están mutuamente subordinados. Son seres distintos, pero se complementan siendo cada uno de por sí una forma especial y parcial de lo humano. Pero en Eva no sólo está representada la mujer, sino todos los vivientes y quiera decirnos el autor sagrado que donde el hombre encuentra la verdadera ayuda para realizarse como hombre es en la relación dialogal con el otro, en la comunión de vida con los demás seres de la misma condición. Las cosas nunca completan ni perfeccionan al hombre.

Este era el maravilloso plan de Dios sobre los hombres. Que viviera en perfecta armonía con la creación, siendo rey y señor de todo lo creado; que viviera en un perfecto equilibrio interno consigo mismo, sin conflictos psicológicos, sin esa desgarradura interna que expresa maravillosamente S. Pablo, en Rom 7, 5 "Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco"; que viviera también en una relación de amor con sus semejantes que no son cosas ni animales, a los que no se puede manipular para nuestro provecho o nuestro placer. Y esta triple armonía: consigo mismo, con sus semejantes y con toda la creación, como consecuencia de esa justicia original, de esa maravillosa relación de amistad con la que Dios le brindaba: el paseo con Dios por el jardín a la hora de la brisa. Todo hombre lleva dentro de su corazón el paraíso como aspiración suprema. La historia de la salvación con Jesús -el verdadero Adán-, será la historia del retorno a ese paraíso perdido. Porque este relato del Paraíso más que una afirmación histórica sobre el hombre que fue, es una proclamación de Dios sobre lo que el hombre está llamado a ser si acepta la gracia de Jesús, el Salvador.

Y serán los dos una sola carne… Leemos el relato de la creación de la mujer según la tradición yahvista, de estilo muy cercano y humano. La reflexión que Dios se hace a sí mismo al inicio del relato transmite las ideas básicas que aquí se quieren destacar: en primer lugar, que el hombre es un ser social por naturaleza, no hecho para estar solo; segundo, que la mujer será este complemento que necesita el hombre; tercero, que aun siendo el complemento, no es un simple auxiliar a su servicio, sino que es capaz de ser una compañera para él, es decir, que está al mismo nivel que él. Seguidamente, en la búsqueda de una ayuda que esté a la altura del hombre, viene esta escena deliciosa en la que Dios presenta al hombre los animales que ha creado, para que les imponga el nombre como signo de dominio. Y el hombre se ve dominador de los animales, pero esta relación de dominio no es capaz de cubrir el vacío de su necesidad de una compañera adecuada; y así se destaca, por contraste, el verdadero papel de la mujer.

De este modo entramos en la escena misteriosa de la formación de la mujer, mediante la cual se quiere poner de relieve la trascendencia de las obras divinas, así como la trascendencia misma y el misterio de la vinculación entre el hombre y la mujer. El grito de alegría de Adán al despertar destaca una doble característica de la mujer: que es una ayuda y una compañía a la altura del hombre, pero que a la vez su existencia depende psicológica y socialmente de él. Se podría decir, pues, que las palabras del Génesis son una defensa del papel de la mujer como algo más que un ser puramente sometido al hombre, pero sin llegar a llevar el tema hasta sus últimas consecuencias, por otro lado difícilmente imaginables en aquel orden social. Y el texto finaliza con un principio general, una convicción teológica que ha orientado y condicionado todo el relato: la unidad del matrimonio y su naturaleza monógama son queridas por Dios, y los vínculos que crea son más fuertes que cualquier otro vínculo familiar (J. Lligadas).

Juan Pablo II habló de la “ayuda adecuada” que Dios quería darle al hombre en la mujer, éste “se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión”. Y cuando exclama ante ella, refleja la capacidad del matrimonio: “Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el hombre está llamado a vivir su don y su función de esposo y padre.

            El ve en la esposa la realización del designio de Dios: 'No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada', y hace suya la exclamación de Adán, el primer esposo: 'Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne'.

            El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo respeto por la igual dignidad de la mujer: 'No eres su amo ‑escribe San Ambrosio-, sino su marido, no te ha sido dada como esclava, sino como mujer... Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con ella agradecido por su amor'. El hombre debe vivir con la esposa 'un tipo muy especial de amistad personal'. El cristiano, además, está llamado a desarrollar una actitud de amor nuevo, manifestando hacia la propia mujer la caridad delicada y fuerte que Cristo tiene a la Iglesia.

            El amor a la esposa madre y el amor a los hijos son, para el hombre, el camino natural para la comprensión y la realización de su paternidad. Sobre todo donde las condiciones sociales y culturales inducen fácilmente al padre a un cierto desinterés respecto de la familia, o bien a una presencia menor en la acción educativa, es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la convicción de que el puesto y la función del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible. Como la experiencia enseña, la ausencia del padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de dificultades notables en las relaciones familiares, como también, en circunstancias opuestas, la presencia opresiva del padre, especialmente donde todavía rige el fenómeno del 'machismo', o sea, la superioridad abusiva de la prerrogativas masculinas, que humillan a la mujer e inhiben el desarrollo de sanas relaciones familiares.

            Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios, el hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia. Realizará esta tarea mediante una generosa responsabilidad por la vida concebida junto al corazón de la madre, un compromiso educativo más solícito y compartido con la propia esposa, un trabajo que no disgregue nunca la familia, sino que la promueva en su cohesión y estabilidad; un testimonio de vida cristiana adulta que introduzca más eficazmente a los hijos en la experiencia viva de Cristo y de la Iglesia”.

Sin el amor que encanta / la soledad del ermitaño espanta. / Pero es más espantosa todavía / la soledad de dos en compañía (Ramón de Campoamor -Hombre y mujer, creados por Dios). Se nos explica la creación de la pareja humana. El autor sagrado no quiere darnos una explicación científica o histórica, sino teológica y humana, a la vez. Se trata de un relato que, detrás de la sencillez de su lenguaje que hace pensar en historietas populares, tiene una gran profundidad y nos transmite verdades profundas. Empieza con la reflexión que se hace Dios después de haber modelado al hombre de la arcilla: "No está bien que el hombre esté solo". En efecto: la persona humana no encuentra la plenitud del sentido de su existencia en sí misma, sino en la relación con los demás. En un primer momento, el Creador proporciona al hombre aquello que hemos venido a llamar "animales de compañía". Dios crea gran cantidad de animales y los regala al hombre. Los hace desfilar ante él para que les ponga nombre, como señal de que le pertenecen. Y afirma con cierto humor el autor sagrado que el nombre que ahora damos a cada animal (como si en el universo entero sólo existiera esa lengua) es el mismo que les diera Adán en aquel desfile. Pero a pesar de tener tantos animales de compañía. Adán continuaba sintiendo la soledad. Es porque, aunque a veces nos hacemos la ilusión de que nos relacionamos con algún animal, no existe ninguno capaz de suplir la relación de persona a persona. Y tan antinatural es tratar a una persona como si fuera una bestia, como tratar a una bestia como si fuera una persona. La sensibilidad para con el sufrimiento de los animales denota buenos sentimientos y es pedagógica, porque respetando a los animales se aprende a respetar a las personas; pero cuando alguien se preocupa tanto por las animalitos que no se da cuenta de las personas que sufren, esa persona se ha deshumanizado.

-La mujer es de la misma dignidad que el hombre. Así pues, Adán "no encontraba ninguno como él que lo ayudase". Entonces el Creador le dió a alguien que no será ya un animal de compañía, sino una compañera. ¡Cuántas bromas se han hecho a partir de la costilla de Adán! En contra de lo pretendido por algunos, el autor sagrado no quiere decir que la mujer sea inferior al hombre, sino todo lo contrario: no es un animalillo más como aquellos que no le servían para superar su soledad; sino que Adán, al ver a Eva, exclama: "¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!". La mujer es de la misma naturaleza y dignidad que el hombre. Si todavía hoy hay mucho machismo, ¡imaginemos el que debía imperar en Oriente hace ahora tres mil años! La doctrina de la igualdad de la pareja humana es realmente revolucionaria. A la luz del relato de la creación de la pareja humana podemos entender la profundidad de la sentencia de Jesús sobre el matrimonio indisoluble, cuando denuncia la ley mosaica del divorcio como una deformación del plan divino, ocasionada por la dureza del corazón humano. A pesar de las crecientes dificultades de la vida matrimonial, que obedecen a distintas causas, y siempre partiendo de una gran comprensión por nuestra parte para con los que se habían propuesto ese ideal pero han fracasado en su intento, la Iglesia no puede dejar de continuar proponiendo el plan divino. Se trata del gran proyecto de la felicidad humana, que no siempre ha sido seguido por todos, pero que en todas las culturas y a lo largo de siglos y milenios se ha revelado como la fórmula más propicia para la felicidad del hombre y la mujer, y para la procreación y educación de los hijos: uno, con una y para siempre.

Los capítulos 2 y 3 del Génesis forman un díptico de antropología teológica. Nos muestran los claroscuros de las situación humana, desde la perspectiva de la fe. Por un lado la vocación del hombre a ser colaborador de Dios en la creación, y por otro, la infidelidad del hombre a sus compromisos para con Dios. El anónimo autor de estos capítulos se vale de elementos mitológicos de las culturas vecinas para realizar su plan. Y todo esto acompañado con vocabulario sapiencial y temas de alianza.

El fragmento que hoy nos propone la liturgia está formado por unos cuantos versículos de la primera tabla del díptico: aquella que expone la vocación a la que es llamado todo hombre. El hombre colabora con Dios imponiendo nombre (señal de dominio) a todos los animales. Pero el único ser natural que realmente puede complementarlo (que le ayude) es la mujer.

Ésta nos es presentada como hecha de la misma "materia" que el hombre; sacada de la carne del hombre. "Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne", expresión semítica que significa la radical igualdad de ambos. "Serán los dos una sola carne": la palabra "carne" expresa en el lenguaje bíblico la existencia terrena del hombre; ser de la misma carne significa compartir la misma existencia, el mismo proyecto vital. La complementariedad entre hombre y mujer conduce a compartir la misma existencia. El texto bíblico no se refiere necesariamente al matrimonio (que se "inaugura" en Génesis 4), sino a toda relación hombre-mujer (Jordi Latorre).

2. Este salmo forma parte de los "salmos graduales" que los peregrinos cantaban caminando hacia Jerusalén. Desde los 12, cada año, Jesús "subió" a Jerusalén con motivo de las fiestas, y entonó este canto. La fórmula final es una "bendición" que los sacerdotes pronunciaban sobre los peregrinos, a su llegada: "Que el Señor te bendiga desde Sión, todos los días de tu vida..." Tenemos en este salmo un idilio encantador de sencillez y frescura. Es el cuadro de la "felicidad en familia", de una familia modesta: allí se practica la piedad (la adoración religiosa... La observancia de las leyes...), el trabajo manual (aun para el intelectual, constituía una dicha, el trabajo de sus manos), y el amor familiar y conyugal... En Israel, era clásico pensar que el hombre "virtuoso" y "justo" tenía que ser feliz, y ser recompensado ya aquí abajo con el éxito humano. Pensamos a veces que esta clase de dichas son materiales y vulgares. Fuimos formados quizá en un espiritualismo desencarnado. El pensamiento bíblico es más realista: afirma que Dios nos hizo para la felicidad, desde aquí abajo... ¿Por qué acomplejarnos si estamos felices? ¿Por qué más bien, "no dar gracias", y desear para todos los hombres la misma felicidad?

No se trata tampoco de caer en el exceso contrario, el de los "amigos de Job" que establecían una ecuación casi matemática: ¡Sé piadoso, y serás feliz! ¡Sé malvado, y serás desgraciado! Sabemos, por desgracia, que los justos pueden fracasar y sufrir, y los impíos por el contrario, prosperar. El sufrimiento no es un castigo. Es un hecho. Y el éxito humano, no es necesariamente señal de virtud. Sigue siendo verdad en el fondo, que el justo es el más feliz de los hombres, al menos espiritualmente, en el fondo de su conciencia: "¡feliz, tú que adoras al Señor!"

"¡Feliz tú, que honras al Señor y le eres obediente!" Con frecuencia dijo Jesús: "felices... felices... felices...". Son las Bienaventuranzas. Jesús también prometió la felicidad: "Felices aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica".

"Tu mujer... Tus hijos..." Un ideal para la pareja. "Que el hombre no separe lo que ha unido Dios". (Marcos 10, 2-16...). Conocemos el amor de Jesús hacia los niños.

Alusiones místicas: Jesús tiene una esposa, la Iglesia (Apocalipsis 19,7; 21,2) (Mateo 9,15; 25,1 ) (Juan 3,29) (2 Corintios I 1,2), de la cual tiene hijos que alimenta "junto a la mesa" eucarística... Mediante el "trabajo de sus manos", su pasión dolorosa, los alimentó e hizo felices.

La "viña", es también la imagen de la Iglesia, imagen de unión del amor entre Jesús y la humanidad "Yo soy la viña, ustedes los sarmientos… Den fruto..." (Juan 15). "Mi hijo, va a trabajar en mi viña". (Mateo 21,28).

"Veras el bienestar de Jerusalén..." Jesús lloró ante las desgracias de Jerusalén, y le deseó bienestar (Lucas 19,41). San Juan anuncia el cielo como "una nueva Jerusalén" que desciende del cielo como una novia feliz (Apocalipsis 21,2 - 27).

Adorar... Ir por el camino de Dios... El Padre Teilhard de Chardin tiene un capítulo admirable sobre las reglas fundamentales de la "felicidad", que resume en tres palabras: "ser", "amar", "adorar".

Para ser felices, primeramente, hay que reaccionar contra la tendencia al menor esfuerzo... El espíritu construye laboriosamente, mediante y más allá de la materia. Tal es el sentido del "trabajo"...

En segundo lugar para ser felices, hay que reaccionar contra el egoísmo que nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos, a someter a los demás bajo nuestro dominio. Tal es el sentido de la "familia".

Para ser felices, perfectamente felices, hay que transferir el polo de nuestra existencia al "más grande" que nosotros, para alcanzar la zona de las grandes alegrías estables... Discernir el Inmenso que se hace y que nos atrae... Subordinar nuestra vida a la vida mayor que la nuestra: ¡adorar! "Incorporarnos y subordinarnos" a una totalidad organizada de la cual somos, cósmicamente tan sólo partículas conscientes. Un centro de orden superior nos espera -y ya ha aparecido- más allá y sobre nosotros mismos. El ideal del hombre es pues, primero "desarrollarse" uno mismo... Luego entregarse a otro igual a uno mismo... Y finalmente someterse y orientar la vida a alguien mayor que uno mismo: ser, amar, adorar... Tales son las fases de nuestra felicidad.

Noviazgo... Amor conyugal… Realidades divinas. Bendiciones divinas. El amor humano es algo bueno, creado por Dios, querido por Dios.

Recitemos este salmo pensando en los que amamos, orando por su felicidad, pidiendo que ellos aprendan a "amar". Las dos imágenes, la viña y el olivo, evocan la alegría: dos árboles frutales típicos del oriente... que dan el vino y el aceite. La imagen de los "hijos alrededor de la mesa" nos invita a orar por los niños, por su unión fraternal, porque las oposiciones entre padres e hijos no se agudicen.

El trabajo profesional... La humanidad... La Sociedad, la felicidad de Jerusalén condiciona la felicidad de cada familia judía. Ningún hombre, ninguna mujer, ninguna familia, ningún grupo particular construye su felicidad en contra de la felicidad de los demás. La dimensión social de la existencia humana es constantemente subrayada por la Biblia: oro por mi país, por los organismos en que estoy comprometido, por la ciudad en que vivo, por mis conciudadanos.

La felicidad... Tenemos marcada tendencia, a pensar en Dios sólo cuando "algo va mal", como si fuera el "tapa-huecos" de nuestras debilidades, de nuestros fracasos. Damos una imagen muy mezquina de Dios, cuando hacemos de El "motor auxiliar" de nuestras incapacidades. Descubramos la alabanza, y la oración festiva: que se alegra cuando "algo va bien", y que dice "¡gracias!" (Noel Quesson).

Es una gracia de Dios comer juntos, sentarse a la mesa en compañía de hermanos, tomar en unidad el fruto común de nuestro trabajo, sentirse en familia y charlar y comentar y comer y beber todos juntos en la alegre intimidad del grupo unido. Comer juntos es bendición de Dios. El comedor común nos une quizá tanto como la capilla. Somos cuerpo y alma, y si aprendemos a rezar juntos y a comer juntos, tendremos ya medio camino andado hacia el necesario arte de vivir juntos. La comida familiar, todos reunidos en torno a la misma mesa, al menos una vez al día, una de ellas, ya sea el desayuno, o la cena, principio y/o final de la jornada de cada miembro de la familia, esa comida familiar es terapia necesaria, solución de malentendidos, abono oportuno para el crecimiento de cada uno, es verse las caras, no sólo oírse por la casa sino escucharse con tiempo…todo ello disfrutando y alimentándose, alimentando así la unión familiar. Una de estas comidas familiares, al menos una vez al día. El esfuerzo que pueda suponer reunirse se verá recompensado enormemente con la profunda unión y necesidad unos de otros que se va extendiendo en el entramado familiar, algo que -cuando falte- echaremos de menos y buscaremos hasta reencontrarlo.

Quiero aprender el arte de la conversación en la mesa, marco elegante de cada plato en gesto de humor y cortesía. Nada de comidas de negocios, nada de prisas, preocupaciones, sandwiches en la oficina mientras sigue el trabajo: eso es insultar a la mente y atacar al cuerpo. Cada comida tiene también su liturgia, y quiero ajustarme a sus rúbricas por la reverencia que le debo a mi cuerpo, objeto directo de la creación de Dios.

La buena comida es bendición bíblica a la mesa del justo. Por eso aprecio la buena comida con agradecimiento cristiano, para alegrar lo más terreno de nuestra existencia con el más sencillo de los placeres en su visita diaria a nuestro hogar. ¿No han comparado el cielo a un banquete personas que sabían lo que decían? Si el cielo es un banquete, cada comida es un ensayo para el cielo.

Que la bendición del salmo descienda sobre todas nuestras comidas en común al rezar y dar gracias: «Comerás el fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida».

La bienaventuranza se promete para el que cumple los mandamientos, quien medita la sabiduría y lucha queda embellecido por la bondad al orientarse hacia la gloria de Dios (Biblia de Navarra, cita de S. Roberto Belarmino).

3. Hb 2,9-11. Hoy empezamos la lectura de la carta a los cristianos hebreos, que continuaremos a lo largo de los seis próximos domingos. Se trata de un texto difícil a causa de su lenguaje, de las ideas utilizadas extraídas del complejo cultural del Antiguo Testamento y de la profundidad cristológica de sus razonamientos que siguen, muchas veces, el método exegético de los rabinos, bastante distinto al nuestro. La selección de breves versículos que hace la liturgia no nos ayuda tampoco a captar adecuadamente su contenido. Eso nos obliga a hacer una lectura personal completa y seguida de toda la carta.

El autor parte de una experiencia personal: Cristo resucitado comparte la vida de Dios; es hombre y Dios al mismo tiempo. A partir de su sensibilidad litúrgica comprende que Cristo ha realizado en verdad lo que el antiguo culto pretendía alcanzar simbólicamente: hacer entrar al hombre a la misma presencia de Dios. Por ello, en los primeros capítulos de la carta, el autor presenta a sus lectores el doble rostro de Cristo, humano y divino al mismo tiempo.

Nuestro texto de hoy se centra en este doble rostro. Cristo ha compartido nuestra condición humana, nos llama "hermanos", "lo hiciste casi igual que los ángeles" (cf. Salmo 8,6). Pero, al mismo tiempo, después de su pasión y muerte, ha sido "coronado de gloria y honor". Por su solidaridad con el linaje humano, su destino de gloria no le afecta tan sólo a él; sino que, gracias a él, también es nuestro propio destino: quiso "llevar una multitud de hijos a la gloria". Nuestra vida de cristianos participa de este doble rostro de Cristo (Jordi Latorre).

El tratado o sermón a los Hebreos está todo él escrito con una finalidad bien precisa: devolver la ilusión de ser cristianos a unos hombres que ya no tienen esa ilusión, entre otras razones, porque ser cristianos les comportaba oposición y persecución. En situaciones así cobra gran importancia psicológica el valor de ejemplaridad, es decir, la existencia de personas que en condiciones adversas parecidas han sabido responder con entereza.

Esto es precisamente lo que hace el autor de Hebreos en los versículos de hoy: presentar a Jesús inmerso en la oposición y persecución. Se trata, como se ve, de una técnica psicológica, que conlleva un lenguaje y una metodología especiales. Si no se tiene en cuenta este presupuesto hermenéutico se corre el grave peligro de distorsionar las afirmaciones de los versículos de hoy.

Jesús, con sus padecimientos (se aplican las palabras del salmo 8) merece ser coronado de gloria (Flp 2,6-11; 1 P 2,21-25) y todo le ha sido sometido, hasta la muerte (1 Co 15,22-28). Pasaje de gran belleza sobre la encarnación: “participó del alimento como nosotros –escribe Teodoreto de Ciro-, y soportó el trabajo, conoció la tristeza en su alma y lloró, y padeció la muerte”.

El autor es maestro consumado en el empleo de esta técnica: resalta la dimensión humana de Jesús, los beneficios derivados de su entereza. La frase del v. 10: Dios juzgó conveniente consagrar con sufrimientos al guía, responde a un recurso de lenguaje, apropiado a esta técnica. De esta manera, en el lector u oyente se va despertando poco a poco la ilusión de proceder con la misma entereza.

Una última aclaración. La muerte y el sufrimiento de los que habla el autor no son la muerte o el sufrimiento naturales, sino los impuestos a Jesús por no cejar en llevar adelante su misión. No hay aquí nada de religión masoquista. Sólo un empleo distorsionado de estos versículos ha sido la causa de tal acusación (Dabar 1976).

Para los lectores de esta carta y, en general, para todos los cristianos primitivos procedentes del judaísmo, constituía un escándalo la muerte de Jesús en la cruz (cfr. 1 Cor 1, 23). El hecho de su muerte y el retraso de su parusía o manifestación definitiva de su gloria, parecían situar a Jesús por debajo de los ángeles. El autor de la carta, tratando de salir al paso de esta sospecha contra la excelsa dignidad de Jesús, utiliza en sentido mesiánico el sal 8, 5-7. En este supuesto, hace las siguientes afirmaciones de Cristo:

a) Durante el tiempo de su vida en la tierra se anonadó situándose por debajo de los mismos ángeles;

b) Pero después de su ascensión a los cielos vive coronado de gloria y está sentado a la diestra de Dios Padre;

c) La pasión y muerte de Jesús fueron condición necesaria de su exaltación como Señor en la gloria;

d) Así como el medio elegido para salvar a los hombres.

Todo esto obedece al plan de Dios, que es el principio y fin de todas las cosas y aquel de quien procede también la iniciativa de salvar a los hombres. Se trata de un plan coherente con el amor de Dios, de un plan que conviene a Cristo para alcanzar su gloria y a los hombres para llegar a ser hijos de Dios y partícipes de la gloria de Cristo. El sufrimiento no es algo bueno en sí mismo; tampoco algo en lo que Dios se complazca. Los cristianos no creemos en un Dios sádico, sino en el Dios vivo que es Amor. Pero el sufrimiento libremente aceptado por Cristo es la palabra más clara en la que Dios se manifiesta como Amor. La solidaridad de Jesucristo con los que sufren da sentido al sufrimiento. Cristo, Hijo de Dios, se hizo descendiente de Adán y hermano nuestro, para que nosotros fuéramos hijos de Dios. De aquí que no se avergüence de llamar hermanos a los que él ha santificado (“Eucaristía 1982”).

-Los hombres santificados, hermanos de Jesús (Heb 2, 9-11). El santificador Jesús, y los santificados, los hombres, están íntimamente unidos: "proceden todos del mismo". Por eso llama Jesús a los hombres sus hermanos. Esta perfección del hombre en Cristo es el resultado de un largo y doloroso camino de la vida de Cristo, lo mismo que de la nuestra. Pero Jesús está en la raíz de toda santificación. El plan de Dios era tener una multitud de hijos que conducir hasta la gloria. Era preciso, pues, que llevara hasta su perfección, mediante el sufrimiento, a aquel que está en el origen de la salvación de todos. El pasaje contiene expresiones que pueden ofender a los oídos y que hay que entender bien. Expresan todas ellas el hecho de la Encarnación y apuntan, por lo tanto, a la naturaleza humana de Cristo sin perjuicio alguno de su divinidad. Jesús ha sido puesto un poco por debajo de los ángeles, pero a causa de su pasión y de su muerte, ha sido coronado de gloria. Es el tema de la carta a los Filipenses (2, 1-11, Domingo 26º, A). El autor de la carta a los Hebreos cita en el capítulo 2 el salmo 8, 6: es el abajamiento de Jesús en su naturaleza humana. Jesús es perfeccionado por el sufrimiento.

No que no fuera perfecto en su naturaleza divina, sino que tomó una naturaleza humana en todo igual a la nuestra, excepto el pecado, de la que lleva las consecuencias. Por eso es susceptible de perfección. De este modo, la naturaleza humana asumida por Cristo será reparada y llevada a su perfección mediante el sufrimiento. No es que el sufrimiento por sí mismo, sea fuente de perfección, sino el sufrimiento aceptado y ofrecido según los designios de Dios. En ese caso, el sufrimiento lleva al perfeccionamiento de la gloria. Y si esto se ha realizado en Jesús, debe realizarse en nosotros que somos sus hermanos, por quienes él dio su vida (Adrien Nocent).

 El autor se dirige a cristianos de origen judío o conocedores del judaísmo, que viven en territorio pagano, que hace ya un cierto tiempo que se han convertido, y que ahora han perdido en buena parte el entusiasmo inicial de la fe y del seguimiento de Jesucristo. Ante esta situación, el autor les recuerda con insistencia y vigor el sentido de lo que Jesucristo ha hecho, y la vida nueva que así nos ha aportado. Y lo hace tomando como punto de referencia el culto del Antiguo Testamento, para afirmar que la entrega personal de Jesucristo hasta la muerte (el "sacrificio" de su existencia entera) realiza verdaderamente lo que los sacrificios del Antiguo Testamento no habían podido nunca realizar: la unión de los hombres con Dios. Por eso vale la pena reafirmar la fe y el seguimiento.

El fragmento de hoy resume de alguna manera todo el tema: el objetivo de Dios era "llevar a una multitud de hijos a la gloria". Esto se ha realizado por medio de Jesucristo, que se ha humillado y ha sido fiel hasta la muerte, y así ha llegado a la gloria y nos ha abierto el camino a nosotros, porque nuestro padre es el mismo, y Jesucristo no se avergüenza de llamarnos hermanos (Josep Lligadas).

4. Mc 10,2-16 (par: Mt 19,2-15; Lc 18,15-17). Según Mateo (19,3), se acercaron a Jesús unos fariseos exigiéndole que se definiera en una cuestión de escuela; esto es, en la polémica mantenida entre los rabinos Schammai (rigorista) y Hillel (laxista) sobre el motivo suficiente para repudiar a la mujer conforme a lo dispuesto por Moisés. Pero en este texto de Marcos, la cuestión planteada por los fariseos es la licitud o no del divorcio. Marcos escribe para los romanos, a quienes no les interesaba tanto la legislación mosaica sobre el libelo del repudio cuanto el problema más radical de la licitud del divorcio. De ahí la diversidad del planteamiento en uno y otro evangelio. Jesús, sin esperar que le citen el Dt 24,1, les pregunta qué ordena Moisés al respecto. Los fariseos responden correctamente, y así fija con claridad el estado de la cuestión. Y pasa a interpretar la ley de Moisés como una concesión necesaria por causa de la dureza de corazón de los judíos, incapaces de guardar un orden moral más elevado. En toda concesión, perfectamente legítima en determinadas circunstancias no hay que buscar nunca el ideal al que debe orientar tanto la legislación como la conducta humana. También esta concesión de Moisés implica una tolerancia y en cierto sentido una acusación. Jesús, que no condena a Moisés, denuncia la dureza de corazón de los judíos. Y elevándose por encima de las leyes, siempre condicionadas por las situaciones históricas de un pueblo determinado, Jesús proclama lo que fue un principio y lo que debe ser el fin del matrimonio.

Lo mismo que en las famosas antítesis del Sermón de la Montaña (Mt 5, 21-48), Jesús no opone aquí propiamente una ley a otra, aunque, ciertamente, corrige y completa lo que era todavía imperfecto en la ética del A.T. Por lo tanto, la declaración de Jesús debe anunciarse como evangelio. Lo mismo que las bienaventuranzas. En ninguno de los dos casos el creyente debe desoír lo que se propone como expresión de la voluntad salvadora de Dios.

Lo que Jesús ha dicho originariamente, la palabra del Señor, se concreta luego en la comunidad de los discípulos ("en casa", una expresión que alude probablemente a la comunidad cristiana).

Pero Mateo, que presupone otro ambiente comunitario (el judeo-cristiano) recoge otra tradición en la que se concreta la misma palabra del Señor de una forma legal menos rigurosa (Mt 5, 32; 19,9). También la Iglesia, hasta nuestros días, se ha visto obligada a hacer concesiones sin renunciar nunca al ideal del matrimonio que proclama Jesús para todos los creyentes; por ejemplo, al admitir la separación conyugal sin nuevo matrimonio y, sobre todo, anulando el matrimonio rato y no consumado. Hay que notar que este matrimonio "rato" es verdadero matrimonio (“Eucaristía 1982”)

En este pasaje de Marcos se presenta a Jesús, sobre todo como el intérprete supremo del Antiguo Testamento. Al remitir a la Escritura, Jesús muestra una autoridad que le coloca, en cierto modo, en el mismo nivel de los textos sagrados, si es que no por encima de ellos. Junta audazmente los dos versículos del Génesis relativos a la creación del hombre y de la mujer (Gn 1, 27 y 2, 24), añadiendo así a la tesis teórica, precisa pero fría, del primero, el calor vital del segundo. Después, relaciona el versículo del Génesis con el del Deuteronomio, citado por los fariseos, para hacerles juzgar al uno con el otro, o, más bien, para decidir que el uno juzga al otro y lo anula. Se considera al versículo del Deuteronomio como excesivamente "permisivo", influenciado por la estrechez de espíritu o la dureza de corazón de sus primeros destinatarios. Se otorga la diferencia al versículo del Génesis, más exigente. Así se refirió Jesús a las Escrituras, pero lo hizo con autoridad, decidiendo sobre el valor respectivo de los textos.

Para el evangelista, ahí está el punto esencial. Jesús es el intérprete autorizado del Antiguo Testamento. Los fariseos que le rodean no pueden dar más que una exégesis menguada y parcial. Sólo Jesús expresa la auténtica verdad bíblica. Además, decide sobre la doctrina relativa al matrimonio. Recuerda la verdadera igualdad de los sexos, prevista por el Génesis, y de ella deduce consecuencias imprevistas. El autor del Génesis no había considerado la indisolubilidad del matrimonio; Jesús la lee en su texto, y la enseña. Con él, y a través del Antiguo Testamento adquieren sus plenas dimensiones, y se hacen definitivas; pues, como se sabe, "él tiene palabras de vida eterna" (Louis Monloubou).

a) La discusión sobre el divorcio se sitúa en tres niveles sucesivos. Al comentar el Dt 24, 1, los fariseos habían ampliado considerablemente los motivos de ruptura, pero no se habían puesto de acuerdo en torno a la lista de éstos (cf. Mt 19, 3). El evangelista no alude a estas discusiones; únicamente supone que los fariseos acaban de preguntar a Jesús si está permitido repudiar a su mujer, pregunta un tanto sorprendente por parte de aquellos, ya que tal posibilidad era admitida por el Dt 24, 1. Marcos no ofrece, en este aspecto, la versión original.

El evangelista considera que los fariseos se refieren a la propia ley (v. 4). Pero esta prescripción, les dice Jesús, debe ser abolida y la solución ha de buscarse a nivel de la voluntad de Dios, inscrita en la naturaleza (Gén 1, 27; 2, 24), según la cual el hombre y la mujer deben permanecer unidos. Ningún hombre, incluido Moisés, tiene derecho de deshacer esta unidad radical del matrimonio (vv. 11-12).

b) Para comprender bien el alcance de esta perícopa no debe olvidarse que el mensaje que contiene forma parte del anuncio del Reino que viene bajo el aspecto de un paraíso por segunda vez encontrado. Marcos ha hecho ver ya que el Reino era una victoria sobre el pecado original (Mc 2, 1-10?), una victoria sobre la enfermedad y la muerte (Mc 5, 21-43). En este pasaje, Marcos precisa que el Reino es también una reanudación del proyecto inicial, concerniente a la unidad del matrimonio por el amor. La aventura conyugal es, en definitiva, uno de los terrenos privilegiados en que toma cuerpo la venida del Reino, con tal de que sea vivida con la máxima fidelidad a la iniciativa original de Dios. La doctrina de Marcos es, pues, muy clara: el matrimonio no es solamente un contrato facultativo entre dos personas, sino que está implícito en él la voluntad de Dios, inscrita en la complementariedad de los sexos. No basta la sola voluntad de los esposos para explicar el matrimonio y su unidad: la propia voluntad de Dios y su unidad son parte interesada en el matrimonio. Esta es la razón por la que el divorcio no es solamente una injusticia contra el consorte perjudicado; es también una injusticia contra el mismo Dios. Aún se puede preguntar si la armonía de las voluntades es hasta tal punto clara que lleva consigo realmente -con todas las posibles limitaciones de los compromisos humanos- una unión natural aceptable y, como consecuencia, la expresión de la voluntad divina (Maertens-Frisque).

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Era muy viva entre los rabinos del tiempo de Cristo la discusión sobre la interpretación que había que dar a los pasajes del Pentateuco en los que se legisla sobre las posibilidades que tiene el hombre de repudiar a la mujer (cf. Dt 24,1), y los fariseos querían saber la opinión de un maestro cualificado como Jesús. Por eso, en el texto paralelo de Mt (19,3) se añade si el repudio puede ser "por cualquier motivo", que es la cuestión que realmente se planteaba en la polémica rabínica. Pero Mc, que escribe para un ambiente muy alejado de los problemas legales judíos, convierte el tema en una enseñanza general sobre el matrimonio y el divorcio. Por eso, añade también al final, paralelamente a la crítica contra el divorcio promovido por el hombre (única posibilidad entre los judíos), la crítica contra el promovido por la mujer (posible en las leyes de los países paganos).

Jesús responde al problema presentando el ideal de plenitud mesiánica, como había hecho en otros momentos (cf. el sermón de la montaña), ideal que consiste en la plena aplicación del plan de Dios sobre el hombre. Efectivamente, la ley de Moisés, que contenía la concesión de la posibilidad del repudio, estaba hecha para regular la vida de los hombres en un mundo sometido al pecado y en el que los corazones no estaban plenamente impregnados de la voluntad de Dios. Pero ahora, en la nueva época mesiánica, cuando como habían anunciado los profetas el amor de Dios será grabado en el corazón de cada hombre, el planteamiento de toda esta cuestión tendrá que ser otro: tendrá que ser la plena realización de lo que Dios había dicho al principio, cuando el pecado aún no había llegado al mundo y no había puesto el veneno capaz de destruir la unión de hombre y mujer: que esta unión hace que el hombre y la mujer sean una sola carne, algo inseparable. Y esto por este motivo, hecho realidad al menos como ideal: porque el pecado destructor ha sido superado, y los corazones de los hombres han sido transformados por Dios (Josep Lligadas). El Catecismo n. 1644 dice: “El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6; cf Gn 2,24). "Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total" (FC 19). Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del matrimonio. Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común”.

El capítulo de Marcos nos presenta a Jesús de camino. Se aleja lentamente de su Galilea natal, hasta llegar a Judea y a Jerusalén, meta de su peregrinación. La tensión sube gradualmente. La confrontación con los dirigentes judíos va en aumento y la incomprensión de los discípulos se hace más evidente. Todo desembocará en la soledad del Gólgota.

Hoy, y en los tres próximos domingos, leeremos las cuatro perícopas de este capítulo de Marcos. No se ha de perder la visión de su conjunto, para entender mejor cada una de ellas: la "prueba" de los fariseos, el desengaño del joven rico, las pretensiones de los Zebedeos y la curación del ciego de Jericó.

La legislación judía ha admitido siempre el divorcio. La "prueba" de los fariseos consiste en obligar a Jesús a tomar partido en favor de una de las tendencias de la época: la rigorista, que tan sólo admitía el divorcio en casos graves; o la liberal, que la aceptaba por cualquier causa. Jesús opta por una huida hacia adelante. Basándose en la Escritura y mediante un método de argumentación típicamente rabínico, se coloca en el ideal del proyecto querido por Dios en Génesis 2.

Esta perícopa no constituye tanto una página de Derecho Canónico, como una una interpelación dirigida a todos, célibes y casados, para que revisemos y confrontemos nuestra vida de cada día con el proyecto de vocación al que Dios nos llama desde siempre (Jordi Latorre).

Juan Pablo II comentaba: “La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer 'no son ya dos, sino una sola carne', y están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total. Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por eso, tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana”. Una sola carne significa una familia, algo irrevocable, como indica el Concilio: “Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana. Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urge su indisoluble unidad. Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la Iglesia. Porque así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios. Gracias precisamente a los padres, que precederán con el ejemplo y la oración en familia, los hijos y aun los demás que viven en el círculo familiar encontrarán más fácilmente el camino del sentido humano, de la salvación y de la santidad. En cuanto a los esposos, ennoblecidos por la dignidad y la función de padre y de madre, realizarán concienzudamente el deber de la educación, principalmente religiosa, que a ellos, sobre todo, compete. Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la santificación de los padres. Pues con el agradecimiento, la piedad filial y la confianza corresponderán a los beneficios recibidos de sus padres y, como hijos, los asistirán en las dificultades de la existencia y en la soledad, aceptada con fortaleza de ánimo, será honrada por todos. La familia hará partícipes a otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así es como la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros”.

En ocasiones puede ser algo difícil, lleno de cruz… hoy, “dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo (…) alabo y aliento a las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un 'signo' en el mundo  un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado- de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión; también éstos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad”.