domingo, 15 de noviembre de 2009

Jueves de la 30ª semana de Tiempo Ordinario. Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo

 

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,31b-39. Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza.» Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

Salmo 108,21-22.26-27.30-31. R. Sálvame, Señor, por tu bondad.

Tú, Señor, trátame bien, por tu nombre, líbrame con la ternura de tu bondad; que yo soy un pobre desvalido, y llevo dentro el corazón traspasado.

Socórreme, Señor, Dios mío, sálvame por tu bondad. Reconozcan que aquí está tu mano, que eres tú, Señor, quien lo ha hecho.

Yo daré gracias al Señor con voz potente, lo alabaré en medio de la multitud: porque se puso a la derecha del pobre, para salvar su vida de los jueces.

 

Evangelio según san Lucas 13,31-35. En aquella ocasión, se acercaron unos fariseos a decirle: -«Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte.» Él contestó: -«ld a decirle a ese zorro: "Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término." Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido. Vuestra casa se os quedará vacía. Os digo que no me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: "Bendito el que viene en nombre del Señor."»

 

Comentario: 1.- Rm 8,31-39. Estamos leyendo páginas profundas y consoladoras en extremo. Hoy, Pablo entona un himno triunfal, que pone fin a la primera parte de su carta, un himno al amor que nos tiene Dios. Con un lenguaje lleno de interrogantes retóricos y de respuestas vivas, canta la seguridad que nos da el sabernos amados por Dios: "si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?". No puede condenarnos ni el mismo Jesús, que se entregó por nosotros, ni ninguna de las cosas que nos puedan pasar, por malas que parezcan: ni la persecución ni los peligros ni la muerte ni los ángeles ni criatura alguna "podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús".

Esta confianza fue para Pablo el punto de apoyo en sus momentos difíciles, el motor de su vida, la motivación de su entrega absoluta a la tarea misionera de la evangelización. Se sintió amado por Dios y elegido personalmente por Cristo para una misión. Lo que nos da tanta seguridad no es el amor que nosotros tenemos a Dios: ése es bien débil, y nos lo podrían arrebatar fácilmente esas fuerzas que nombra Pablo. Es el amor que Dios nos tiene: ése sí que es firme, en ése sí que podemos confiar, "el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús". Si tuviéramos esta misma convicción del amor de Dios, nuestra vida tendría sentido mucho más optimista. De tanto decirlo y cantarlo, tal vez no nos lo acabamos de creer: que Dios nos ama, que Cristo está de nuestra parte e intercede por nosotros. Gracias a eso, "vencemos fácilmente por aquél que nos ha amado". Ni siquiera nuestro pecado podrá con el amor que Dios nos tiene. Este texto inspira cantos preciosos, que saborean la serenidad que nos infunde en lo más hondo de nuestro ser esta explosión de euforia de Pablo.

He ahí el final de la primera parte de la Epístola a los Romanos. Después de haber «encerrado» todo el universo en la impotencia, bajo la «cólera de Dios». Después de haber revelado la justificación universal por la gracia y el «amor de Dios». He ahí en conclusión un «grito de victoria», apasionado, vibrante.

-Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? No estamos seguros de nosotros, ¡oh no! Seguimos sin fiarnos de nuestros propios límites, desgraciadamente continuamos pecando... Pero ¡estamos seguros de Dios ¡Estamos seguros del amor de Jesús!

-El que no perdonó ni a su propio Hijo... Antes bien lo entregó por todos nosotros... ¿cómo no nos dará con El todas las cosas? Quiero tratar de contemplar detenidamente ese «don del Hijo». Dios, ¡que ha dado su Hijo por nosotros! Que es lo más querido. Alusión al sacrificio que Abraham había aceptado también (Gn 22,16). Cuidado. Hay que entender bien esta expresión: «entregó» a su Hijo. ¡No tiene aquí el mismo sentido que en la frase: «Judas entregó a Jesús»! Sería inicuo y cruel. Estamos ante el misterio: Dios ama a su Hijo y el Hijo ama a su Padre y ambos están de acuerdo en el Espíritu y el Hijo «se entrega". Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros. Y el Padre acepta ese don total, que la malignidad de los hombres se ingenió en hacer cruel.¿De qué obstáculo no podrá triunfar tal amor?

-¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¡Pues es Dios quien justifica! ¿Quién condenará? Puesto que Jesucristo murió... Más aún, resucitó... Está a la diestra del Padre... Intercede por nosotros... No somos dignos, Señor. Somos muy ingratos contigo. Quisiera amarte más. Quiero contemplar la intercesión que en este instante estás llevando a cabo por mí en el cielo... por nosotros los hombres, ¡por todos! En este mismo instante, Tú, Señor, estás intercediendo por los pecadores, por aquellos que, como yo, cometen el mal. Estás intercediendo por todos los que me están dañando, por todos los que yo no amaría o que detestaría.

-¿Quién podrá separarme del amor de Cristo? A veces, Señor, llego a preguntarme si te amo de veras... Lo cierto, es que yo quisiera amarte, sinceramente. Pero, ¡mis actos cotidianos contradicen tan a menudo este deseo y esta buena voluntad! Esa frase de san Pablo me invita HOY a no pensar ya en el "amor que debería yo tener por Ti"... para pensar, en cambio, en el «amor que Tú tienes por mí». Incluso si llego a abandonarte alguna vez, Señor, sé que Tú no me abandonas nunca. ¿«Quién podrá separarme del amor de Cristo»?

-Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Jesús. Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el peligro, ni... Es una especie de letanía triunfal en la que san Pablo pone a continuación todos los obstáculos que ha ido encontrando personalmente: nada, nada, nada, puede separarnos de Ti. Guardo unos momentos de silencio para reflexionar en lo que podría yo añadir a esa lista: ¿cuáles son mis pruebas y dificultades desde hace unas semanas, HOY mismo? Trato de repetir a mi vez la certeza: ni... ni... ¡ni... podrán jamás separarme de tu amor, Señor!

-Saldremos vencedores, gracias a Aquel que nos amó. Qué hermosa definición de Jesús: «aquel que nos amó"... Trato de dar a estas palabras un contenido concreto: Tú piensas en mí, Señor... Quieres mi felicidad... Me tiendes la mano cuando caigo... Me comprendes... Das tu vida por mí... Me perdonas... Me amas... (Noel Quesson).

           

2. El salmista reacciona contra estas calumniosas acusaciones, y comienza su defensa exponiendo ante Dios lo que ellos desean. El v. 20 dice literalmente: «Esta (es) la obra (que) mis adversarios (demandan) de Yahweh y los que hablan el mal contra mi alma.»

A continuación, pide a Dios: «Favoréceme en atención a tu nombre» (v. 21) y, más detalladamente, en el v. 26: «Ayúdame, Yahweh Dios mío; sálvame conforme a tu amor misericordioso.» Pide (v. 28): «Maldigan ellos, pero bendice tú.» Si Dios nos bendice, no nos ha de importar que nos maldigan los hombres.

Expone ante Dios su triste situación (vv. 22-25). (A) Está pobre y necesitado, con el corazón herido (v. 22), no por conciencia de pecado, sino por la maldad de sus enemigos. (B) Se siente cerca de la muerte («Me voy»), como la sombra cuando se alarga, y sacudido como la langosta (v. 23), que uno se sacude cuando se le pega al vestido. (C) Se siente sumamente débil (v. 24): Las piernas le flaquean y todo su cuerpo está macilento por falta de aceite, tan importante en la dieta de los orientales. Aun así, es mejor tener un cuerpo macilento por el ayuno si el alma está ganando salud, que estar bien cebados, como Israel, y tener el alma rebelde (Dt. 32:15).

Pide a Dios que sus enemigos sean avergonzados (v. 28), vestidos de ignominia (v. 29), cubiertos de confusión como de un manto (v. 29b), de forma que su insensatez quede a la vista de todos, pues el manto era la vestidura exterior. Si esa confusión les lleva al arrepentimiento, no hay duda de que el salmista se verá satisfecho, pues eso es lo que debemos pedir a Dios con respecto a nuestros enemigos.

Apela a la gloria de Dios y al honor de su nombre, como ya lo había hecho en el v. 21. Allí había dicho: «Líbrame, porque tu amor misericordioso es bueno.» Y esto es lo que quiere alabar (lit. dar gracias) en gran manera con su boca (v. 30), es decir, en voz alta y públicamente. Y añade que tendrá buen motivo para ser agradecido a Dios, pues Dios estaba a su diestra, no para acusarle, sino para protegerle (v. 31) y librarle de los que le juzgaban, es decir, querían que se le condenara a muerte (www.eladorador.com).

Quien se ve perseguido y condenado injustamente, fácilmente reacciona con violencia; y si busca su refugio en Dios no es sólo para que Él lo proteja, sino también para pedirle que le haga justicia de tal forma que el mal que han tramado contra él sus enemigos se vuelva en contra de ellos. Y dará gracias a Dios porque se puso a favor del pobre para salvarle la vida de sus jueces. El Señor Jesús nos ha enseñado a comportarnos de un modo muy diferente. Él nos dice: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen para que sean dignos hijos de su Padre del cielo. Y Él no se quedó en una vana palabrería, sino que, a quienes le persiguieron, condenaron y asesinaron colgándolo de la cruz les perdonó y disculpó ante su Padre Dios diciendo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Sólo cuando nos amemos como hermanos seremos capaces de colaborar en la construcción del Reino de Dios entre nosotros, pues entonces seremos un signo creíble del amor del Señor en medio de nuestros hermanos.

 

3.- Lc 13,31-35. No sabemos si la advertencia que hicieron a Jesús los fariseos era sincera, para que escapara a tiempo del peligro que le acechaba: "márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte". Herodes, el que había encarcelado y dado muerte al Bautista (como antes, su padre Herodes el Grande había mandado matar a los inocentes de Belén cuando nació Jesús), quiere deshacerse de Jesús. Jesús responde con palabras duras, llamando "zorro" al virrey y mostrando que camina libremente hacia Jerusalén a cumplir allí su misión. No morirá a manos de Herodes: no es ése el plan de Dios. La idea de su muerte le entristece, sobre todo por lo que supone de ingratitud por parte de Jerusalén, la capital a la que él tanto quiere. Es entrañable que se compare a sí mismo con la gallina que quiere reunir a sus pollitos bajo las alas.

Jesús aprovecha la amenaza de Herodes para dar sentido a su marcha hacia Jerusalén y a su muerte, que él mismo ha anunciado y que no va a depender de la voluntad de otros, sino que sucederá porque él la acepta, por solidaridad, y además cuando él considere que ha llegado "su hora". Mientras tanto, sigue su camino con decisión y firmeza. El lamento de Jesús -"Jerusalén, Jerusalén"- es parecido al dolor que siente luego Pablo (Rm 9,11) al ver la obstinación del pueblo judío que no ha querido aceptar, al menos en su mayoría, la fe en el Mesías Jesús. El amor de Dios a veces se describe ya en el AT con un lenguaje parecido al de la gallina y sus pollitos: el águila que juega con sus crías y les enseña a volar (Dt 32,11), o el salmista que pide a Dios: "guárdame a la sombra de tus alas" (Ps 17,8), y otras con un lenguaje materno y femenino: "en brazos seréis llevados y sobre las rodillas seréis acariciados, como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré" (Is 66,12-13). ¿Estamos dispuestos a una entrega tan decidida como la de Jesús?; ¿incluso si aquellos por los que nos entregamos se nos vuelven contra nosotros?; ¿tenemos un corazón paterno o materno, un corazón bueno, lleno de misericordia y de amor, para seguir trabajando y dándonos día a día, por el bien de los demás?; ¿o nos influyen los Herodes de turno para cambiar nuestro camino, por miedo o por cansancio? (J. Aldazábal).

-Algunos fariseos se acercaron a Jesús para decirle: "Vete, márchate de aquí, que Herodes quiere matarte". Ya hemos observado que Lucas, a diferencia de Mateo, no parece tener ningún a priori contra los fariseos. Anota aquí un paso que ellos hicieron para salvar la vida de Jesús. Y todo ello, no lo olvidemos, es revelación del clima dramático en el que vivía Jesús: ¡quieren su muerte! Los poderosos de este mundo lo consideran un hombre peligroso al que hay que suprimir. Herodes sería capaz... ya había hecho decapitar a Juan Bautista, unos meses antes solamente (Lc 3,19). Quiero compartir contigo, Señor, esa angustia de tu muerte que se avecina.

-Jesús les contestó: "Id a decir a ese zorro..." Jesús no se presta a dejarse influenciar por Herodes. Es Jesús quien decide su camino a seguir. Jesús responde a esa amenaza de Herodes con el desprecio: el "zorro" es un animal miedoso que sólo caza de noche y huye a su madriguera al menor peligro... ¡Herodes, ese zorro, ese cobarde! ese hipócrita que no se atreverá siquiera a tomar sobre sí la responsabilidad de la muerte de Jesús y la endosará a Pilato (Lc 23,6-12).

-"Mira, hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; y al tercer día acabo". La expresión "el tercer día" es usual en lengua aramea para significar "en plazo breve". "Acabo"... estoy llegando al final, o bien "he logrado mi objetivo..." Jesús sube a Jerusalén. Sube hacia su muerte. Pero no es un condenado a muerte ordinario. Es consciente de ir hacia un cumplimiento. Jesús conoce perfectamente a lo que va. No morirá el día que Herodes decida, sino ¡el día que El decida!

-Pero hoy, mañana, y el día siguiente es preciso que prosiga mi camino, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Palabras misteriosas! El profeta Oseas había escrito esas otras palabras misteriosas "Dentro de dos días, el Señor nos dará la vida y al tercer día, nos levantará y en su presencia, viviremos" (Oseas 6, 2) Jesús, caminando hacia Jerusalén, caminando hacia su muerte, pone en manos de Dios el cuidado de prolongar su misión.

-¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!... Jerusalén, ciudad de los dones de Dios, ciudad de la "proximidad de Dios..." Jerusalén, ciudad de la revuelta contra Dios, del rechazo a Dios... Pero, la tierra y la humanidad entera están simbolizadas en esa ciudad: la historia de los rechazos hecho a Dios por tantos hombres, alcanzara aquí su punto culminante... ¡los hombres van a juzgar a Dios! Y eso continúa también hoy.

-¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca a sus pollitos bajo las alas... pero no habéis querido! Imagen de ternura. Imagen maternal. El pájaro que protege a sus polluelos (Dt 32 10; Isa 31,5, Sal 17,8; 57,2; 61,5; 63,8; 91,4). La oferta de la salvación, de la protección, de la ternura de Dios... ha sido rehusada. "¡No habéis querido!"

-Pero Yo os digo: "No me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: Bendito el que viene en nombre del Señor". Jesús sabe que hay un más allá después de su muerte... Día vendrá en el que se le saludará exclamando: "Bendito el que viene" (Noel Quesson).

Irreverente para con la autoridad parecería Jesús con ese modo de hablar… En vez de huir, por la amenaza que le dicen que pesa sobre él, Jesús desafía al "zorro" de Herodes, con un misterioso argumento de que no conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén… Se trata de una virtud -la libertad y autonomía personal frente a la autoridad- que nos es en verdad muy extraña. Siglos de inculcamiento de la obediencia y la sumisión como las grandes virtudes cristianas, pesan notablemente, y todavía el subconsciente colectivo está dependiente de ellas. Tenemos introyectada la mitificación de la autoridad. Como si estar investido de autoridad fuese un certificado de ser una persona divina. Como si las personas revestidas de autoridad no fueran… eso: simples personas humanas, de carne y hueso, con la misma responsabilidad ante Dios y ante la historia que cada uno de nosotros. Afortunadamente la sociedad humana ha crecido mucho en los últimos siglos, desde la Ilustración y la modernidad hasta nuestros días.  Lamentablemente, ha tenido que ser fuera del ámbito eclesiástico donde ha florecido más claramente esta conciencia de la dignidad de la persona y de la igualdad de todos ante Dios y ante la historia. Todos somos simples seres humanos, sometidos a la misma oscuridad, igualmente impelidos a jugarnos nuestra vida a unos determinados valores. Todos tenemos el riesgo de equivocarnos, y cada cual debe asumir su riesgo. Podemos y debemos discrepar de la autoridad cuando, según nuestra conciencia, no está actuando correctamente. Eso, por sí mismo, no es irreverencia ni rebeldía, sino rectitud de conciencia y coherencia consigo mismo. El poder puede dar apariencia de triunfo en este mundo, pero el único verdadero triunfo es la fidelidad al amor y a la verdad (Josep Rius-Camps).

Durante la persecución religiosa en España, en el año de 1936, un grupo de milicianos llegó a un convento de carmelitas descalzas con la orden de subir a todas las monjas a un camión y llevarlas a fusilar. La sorpresa de los soldados fue mayúscula cuando escucharon a la madre superiora comunicar a las religiosas que "estos señores nos llevan al cielo porque nos van a hacer mártires, como los primeros cristianos" y acto seguido ver a las monjas felicitarse alegremente porque recibían el mayor don de Dios. A los ojos de Cristo eran de las pocas que habían entendido lo que significa amar a Dios hasta dar la vida por él. Cristo va subiendo a Jerusalén decidido; lleva prisa. En otro pasaje del Evangelio se nos dirá que en este su último viaje «iba delante de los discípulos». No tiene miedo, sino premura. Sabe que la voluntad de Dios es, a fin de cuentas, lo único que nos cuenta en esta vida, y sabe que muchos cristianos a lo largo de la historias sabrán renunciar a muchas cosas, incluso a su vida misma, por cumplir fielmente la voluntad de Dios. Jesús está loco, porque es el amor. Por eso todo amor que se precie ha de llevar una dosis de locura e incomprensión. Locura porque lo que se hace no tiene sentido desde el punto de vista humano, parece ir en contra de lo natural y de lo que es razonable. Incomprensión porque no sólo va a estar teñido de un color que las personas que no entiendan, sino que provocará sorpresa por lo desconocido que es y desatará todo tipo de opiniones desde las risas y tachaduras de tontos hasta las más incisivas y violentas. Jesús con su vida provoca, ha llegado la hora de preguntarse qué pasa con nuestra vida, que reacción provocamos en los demás, ojalá que la respuesta no sea indiferencia.

Jesús tiene una conciencia clara de la Misión que el Padre Dios le ha confiado: salvar a la humanidad y llevarla de retorno a la casa paterna, no en calidad de siervos, sino de hijos en el Hijo. Y nadie le impedirá cumplir con la voluntad de su Padre. Dios, efectivamente, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Él, a pesar de nuestras rebeldías, no sólo nos llama a la conversión, sino que nos da muchos signos de su ternura para con nosotros; jamás se comporta como juez, sino siempre como un Padre-Madre amoroso, cercano a nosotros y amándonos hasta el extremo. Ojalá y algún día no sea demasiado tarde cuando, terminada nuestro peregrinar por este mundo, tengamos que juzgar nuestra vida confrontándola con el amor que el Señor nos ha tenido y salgamos reprobados; y nuestra casa, nuestra herencia, la que nos corresponde en la eternidad, quede desierta por no poder tomar posesión de ella a causa de nuestra rebeldía al amor de Dios.

Miremos cuánto amor nos ha tenido el Señor. Él, con sinceridad, ha dicho: todo está cumplido. La Misión que el Padre Dios le confió fue cumplida con un amor fiel a Dios y al hombre. Este Memorial de su Pascua que estamos celebrando nos lo recuerda. Pero nos lo recuerda no sólo para que lo admiremos, sino para que sepamos cuál es el camino que hemos de seguir quienes creemos en Él. Hacernos uno con el Señor en una Alianza nueva y eterna que nos lleva a entregar nuestra vida, a derramar nuestra sangre no por actitudes enfermizas ni masoquistas, sino porque, al amar a nuestro prójimo y al verlo hundido en el pecado y en una diversidad de signos de muerte, vamos en su búsqueda para ayudarle, con mucho amor, a volver a la casa paterna; con amor, con el mismo y en la misma forma en que nosotros hemos sido amados por Dios. Si lo hacemos así entonces estaremos en una verdadera comunión de Vida con el Señor.

A todos los que participamos de la Vida Divina, por la fe y el bautismo, se nos ha confiado la proclamación de la Buena Nueva de Salvación. Y en el cumplimiento fiel de esa Misión no podemos darnos descanso. No ha de importarnos la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada que tengamos que padecer por Cristo. El Señor está siempre a nuestro lado para que su Victoria sea nuestra Victoria, de tal forma que el amor de Dios siempre esté en nosotros. No nos dejemos amedrentar por quienes, teniendo el poder, quisieran apagar nuestra voz e impedir nuestro testimonio y nuestra labor conforme al Evangelio de Cristo con toda su fuerza y poder salvador. No vendamos nuestra vida a los poderosos, ni a los ricos de este mundo. No diluyamos la Fuerza del Mensaje de Cristo en aras de recibir protección o unas cuantas monedas, sabiendo que de nada sirve al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su vida. No permitamos que nadie nos tenga como perros mudos a su servicio, amordazados e incapaces de velar por el Pueblo de Dios y de esforzarnos para que todos sean alimentados a su Tiempo con la Palabra de Dios, proclamada con lealtad.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, tomar nuestra cruz de cada día y echarnos a andar tras las huellas de Cristo, aceptando con amor todas las consecuencias que por ello nos vengan; pero con la seguridad de que la muerte no tiene la última palabra, sino la Vida, Vida eterna que Dios regala a quienes le viven fieles. Amén (www.homiliacatolica.com; textos tomados de mercaba.org; Llucià Pou, 2009).

 

Miércoles de la 30ª semana de Tiempo Ordinario. San Simón y San Judas Apóstoles. “Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles”; ellos fueron los primero en llevar el testigo del Evangelio, que a nosotros nos toca portar ahora para transmitir

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2,19-22. Hermanos: Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

 

Salmo 18,2-3.4-5. R. A toda la tierra alcanza su pregón

El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje.

 

Evangelio según san Lucas 6,12-19. En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

 

Comentario: 1. Ef. 2, 19-22. Hay que dar vueltas a la frase de la carta a los efesios: "Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles". ¿Qué sería de la iglesia sin tradición? Es cierto que la iglesia está naciendo cada día, en la medida en que el Espíritu suscita la fe en Jesús y vincula a los creyentes. Pero es la iglesia que surge con los apóstoles. Hay una continuidad histórica que se convierte en garantía de autenticidad. Creyentes de la talla del cardenal Newman nos han ayudado a profundizar en este aspecto de la fe. Es fácil sucumbir a la tentación de que todo -y también la fe- nace con cada uno de nosotros. Es la tentación del adolescente, que siente que inaugura la vida. Cuando uno vive la fe como un eterno adolescente le sobran los apóstoles, los mártires y todo lo que no sea su yo cerrado. Un apóstol es alguien escogido por Jesús para ser enviado… no es un iluminado que se arroga experiencias religiosas y que quiere convencer a los demás para que las hagan suyas. Podríamos decir que un apóstol es el eslabón de una cadena. "Viene de" (elegido) y "va hacia" (enviado). Es alguien que no se convierte en centro sino que remite siempre al origen (Jesús) y al final (Jesús). Uno de los grandes problemas que hoy vivimos es la ruptura de la "cadena de la fe". Los sociólogos de la religión nos hablan de la quiebra de las instancias "transmisoras" (la familia, la parroquia, etc.). Podemos provocar experiencias espirituales intensas, pero si no están conectadas con la gran cadena apostólica, por frescas que parezcan, acabarán muriendo. Me parece que esta es, por desgracia, la suerte de muchos jóvenes que viven con interés la aventura de descubrir a Jesús, pero que han carecido de apóstoles a su lado que les ayuden a vivir la fe "con conexiones", o, por utilizar, una terminología de hoy, una fe "en red" (gonzalo@claret.org).

Aquellos que, a causa de sus pecados, vivían lejos del Señor, han sido llamados a la reconciliación con Dios. El Señor nos llama a dejar nuestra antigua condición de maldad, y a darle nuestra respuesta al amor que nos ofrece. El nos llama para que volvamos a la casa paterna, pues para Él todos somos sus hijos. Y Él nos recibe como el Padre recibe al hijo que, arrepentido, retorna para incorporarse a la familia haciendo que aquel "no" de rebeldía quede atrás y se convierta en un "sí" lleno de amor a la voluntad divina. Dios nos ama siempre; démosle la mejor de nuestras respuestas permitiéndole al Señor desencadenarnos de todo lo que nos ata al pecado. Él no nos quiere lejos; nos quiere unidos a Él no como extraños, sino como conciudadanos de los santos y pertenecientes a la familia de Dios. Y esto no se realiza por medio de la circuncisión, sino por nuestra fe en Cristo, que ha unido en un sólo pueblo a judíos y no judíos. El Espíritu Santo habita en nosotros como en un templo. Que Él nos dé la firmeza necesaria para que edifiquemos el templo santo de Dios y no lo destruyamos a causa de una fe sin obras, o a causa de nuestras hipocresías en que, comportándonos como malvados, diésemos a Dios un culto vacío e inútil. Aprendamos a volver constantemente al Señor para que, llenos de su Espíritu, manifestemos con nuestras buenas obras que tenemos a Dios por Padre.

            2. Sal. 18. El salmo habla de Dios Creador (vv 1-6) y de la revelación o de la Escritura, que nos da a conocer la voluntad de Dios en cuanto a nuestros deberes (vv 7-11) y el salmista nos enseña el modo de aprovecharnos de él (vv. 12-14). Leemos los primeros versículos de este salmo que son como un complemento de los primeros del salmo 8, ya que en él se cantan, en bellas imágenes (vv. 4-6), las excelencias del sol, astro que no se menciona en el Sal. 8. De las cosas que podemos ver cada día, el salmista nos lleva en estos versículos a la consideración de las cosas invisibles de Dios, cuya gloria brilla con gran resplandor en los cielos visibles, llenos de astros cuya estructura, belleza y orden son maravillosos. Este ejemplo del poder divino sirve no solo para mostrar la insensatez de los ateos, quienes, aun viendo el cielo, dicen: «No hay Dios» y viendo el efecto, dicen: «No hay una causa suprema», sino también para mostrar la necedad de los idólatras y la vanidad de sus imaginaciones, pues, aun cuando los cielos cuentan la gloria de Dios, ellos otorgan esa gloria a las luminarias del cielo, siendo así que esas mismas luces les están dirigiendo a dar gloria solamente a Dios que es el Padre de las luces (St 1,17). Veamos:

Algunas de esas criaturas que nos dan a conocer la obra de Dios: (A) El firmamento —la vasta extensión del aire y del éter, las esferas y Orbitas de los planetas y las estrellas llamadas fijas. El hombre tiene sobre las bestias esta ventaja en la estructura misma de su cuerpo en que, mientras ellas están formadas para mirar hacia abajo, adonde han de ir a parar finalmente, el hombre ha sido formado erecto, para mirar hacia arriba, adonde sus pensamientos deberían elevarse ahora y adonde su espíritu ha de marchar después, a las manos de Dios (Ec 12,7).

(B) La constante y regular sucesión del día y de la noche (v 2), los cuales van pasándose constantemente el mensaje de gloria del Dios que en un principio separó la luz de las tinieblas (Gn 1,4). No solo se glorifica Dios con esta constante revolución de los astros, sino que nos beneficia a nosotros, pues, así como la luz de la alborada nos incita a poner mano al quehacer cotidiano, las sombras de la noche nos invitan al reposo de nuestro trabajo.

(C) De manera especial es declarada la gloria de Dios por la luz y la influencia benéfica del sol, ya que, de entre todos los cuerpos celestes, él es el más conspicuo en sí mismo y el más útil para este mundo de abajo, el cual sería sin él un desierto y una cárcel oscura. En los cielos puso Dios tabernáculo para el sol (v 4). Los cuerpos celestes son llamados huestes de los cielos y, por eso, es muy apropiado que se diga de ellos que viven en tiendas de campana, como los soldados en sus campamentos. Esa gloriosa criatura que es el sol no fue hecha para estar ociosa, «sino que de un extremo de los cielos es su salida, y su Orbita llega hasta el término de ellos» (v 6); y así un día y otro, sin retrasos ni intermitencias, hasta tal punto que se puede predecir con toda seguridad a qué hora y minuto saldrá y se pondrá en cada día del año. El esplendor con que se presenta: (a) «como esposo que sale de su tálamo» (v 5), finamente vestido y ricamente adornado, con rostro radiante y placentero y llenando de placer a todos los que por él son contemplados y lo contemplan (no en su rostro, que es demasiado brillante para mirarle de cara, sino en el brillo que despide); (b) «Se alegra cual atleta corriendo su carrera, como gran campeón que sostiene firme su zancada y se alegra llegando a su meta sin fatiga».

A quién se hace esta declaración de la gloria de Dios. Se hace a todos los lugares de la tierra (vv 3,4). Los astros no hablan un idioma particular (v 3), sino un lenguaje universal (v 4): Por toda la tierra salió su pregón, y hasta el extremo del mundo su lenguaje. Todos los pueblos pueden y deben escuchar a estos predicadores naturales, pero inmortales, hablar a cada uno en su propio idioma las maravillosas obras de Dios. Un detalle digno de observación: En estos seis primeros versículos, sólo ocurre, y una sola vez —al comienzo—, el nombre de Dios (hebr. El, abreviatura de Elohim), mientras que en el resto del salmo —siete veces— ocurre solamente el nombre de Yahweh. Observa Arconada: A Él pueden y deben conocerle todos los hombres; a Yahvé, el pueblo de Israel (www.eladorador.com). Dios, por medio de su Hijo Jesús, nos ha unido a Él para que proclamemos su nombre hasta los últimos rincones de la tierra. Ahí donde se encuentre un hombre de fe se ha de dar testimonio de Cristo y de su Evangelio. No podemos ser una luz encendida que se oculta cobardemente ante las amenazas, burlas, desprecios o persecuciones. Dios nos ha comunicado su Espíritu Santo para que colaboremos en la construcción de un mundo más justo y más fraterno; para que, renovados en Cristo, iniciemos ya desde este momento histórico, la presencia del Reino de Dios entre nosotros. Que cada uno de nosotros comunique el mensaje de salvación a otros más, para que todos podamos llegar a disfrutar de la Vida eterna que Dios nos ofrece.

3. Lc. 6, 12-19. La elección de los Doce no se hace a la ligera, sino que viene precedida de una prolongada oración de Jesús, dialogando con Dios sobre cuál sería la respuesta más en consonancia con el rechazo de que había sido objeto por parte de los dirigentes de Israel: "Por aquel entonces salió Jesús, fue al monte a orar y se pasó la noche orando a Dios" (6,12). Literalmente se habla de una salida/éxodo de Jesús en dirección al monte, y se subraya la oración ininterrumpida que elevó a Dios en aquel lugar. Lucas hace referencia a la oración de Jesús en los momentos más decisivos de su vida. La "noche" es indicio de la perplejidad que lo invade; el "monte", hacia el cual ha "salido" él solo (desde allí convocará a los discípulos), expresa en términos figurados el lugar/estado anímico más adecuado para un encuentro con Dios, mientras que la "oración" es medio de clarificación, a fin de que Dios dé luz verde al cambio de planes que se ve obligado a introducir. "Cuando se hizo de día", indicio de que la oración ha obtenido resultados positivos -no se pueden tomar decisiones mientras a uno lo envuelve la tiniebla-, "llamó a sus discípulos, eligió a doce de ellos y los nombró apóstoles" (6,13). La correlación "noche/día" no se ha de interpretar necesariamente de una noche/día puntuales: podría muy bien hacer referencia a un periodo de tiempo más o menos largo, durante el cual Jesús quedó sumido en la más profunda perplejidad al sentirse rechazado por sus connacionales.

"Doce apostoles": un grupo abierto. La elección de los "doce" tiene como función dar una nueva configuración al grupo de discípulos israelitas (6,13b): "Llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos", es decir, los escogió entre los miembros del grupo israelita, el más ortodoxo, para que representaran el nuevo Israel. Jesús, sin embargo, pretende desde un principio que el rasgo distintivo y más específico del nuevo grupo sea la misión: "los nombró apóstoles", es decir, "enviados" o "misioneros" (6,13c). No quiere crear un grupo cerrado sobre sí mismo, al estilo de las comunidades bautistas, esenias o fariseas (cf. 5,33-35), sino un grupo abierto que invite a todos a formar parte de él. Con la elección del nuevo Israel, Jesús da por definitivamente caducado el antiguo Israel. Los doce nombres propios están todos unidos por la conjunción "y", sin establecer ninguna jerarquía ni grupúsculo en el interior del grupo. Hay dos "Simones": uno, "al que Jesús dio el nombre de Pedro" por su proverbial terquedad en la defensa de las propias opiniones ("Kepha", arameo; "Petros", griego; "Piedra", castellano; diverso de "So'ar", arameo; "Petra", griego; "Roca", castellano), y otro, "el llamado Fanático" ("Kananaios", Mc 3,18; Mt 10,2, arameo; "zelotes", griego), simpatizante del movimiento de resistencia judía contra los romanos; igualmente, hay dos "Judas": "el de Santiago" y "el Iscariote, que llegó a ser un traidor". Además, el primero y el último de la lista engloban a todos los demás: las negaciones de "Pedro" y la traición de "Judas" afectarán de una u otra manera a todo el grupo. En la presentación del nuevo Israel, Lucas deja ya entrever que éste resultará un fracaso.

Se lució Jesús en la elección de los apóstoles. Cada uno de un origen totalmente diverso. Gente muy sencilla, demasiado sencilla incluso, diríamos nosotros, para la difícil función a la que iban a ser llamados. Posiblemente ninguno de ellos entendió perfectamente lo que Jesús estaba haciendo cuando les llamó para ser. No entendieron tampoco muy bien lo que Jesús quería de ellos, ni el día que los llamo ni más tarde cuando le seguían por los caminos de Palestina. Eso nos lo dicen más de una vez los Evangelios. De hecho, cuando llegó el momento de la cruz, solamente Juan permaneció cerca de él acompañado de las mujeres. Fueron gente normal, con todas sus debilidades. Exactamente como nosotros. Como nosotros cayeron muchas veces, fueron débiles, no supieron seguir el ritmo de Jesús, no lo entendieron, algunos le negaron ante las autoridades. Ninguna de esas cosas le hizo a Jesús dar marcha atrás de su decisión. Fueron una y otra vez confirmados en su elección. Ellos son los apóstoles sobre los que se fundamenta la Iglesia. De ellos y de su predicación hemos recibido nuestra fe. Aunque en nuestra opinión no sean los mejores. Pero Jesús creyó en ellos y creyó en el poder de la gracia de Dios, capaz de hacer de personas normales y corrientes, como nosotros, fundamentos de la fe de la comunidad cristiana. Para que se note que es la gracia de Dios la que actúa en la Iglesia y no la sabiduría de los seres humanos (Josep Rius-Camps).

Jesucristo, porque era Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Su alimento fue hacer la voluntad de Aquel que lo envió. Su constante oración le llevó a descubrir esa voluntad para poder llegar a decir: Yo hago lo que le veo hacer a mi Padre. Antes de llamar a sus discípulos para elegir a doce de entre ellos y darles el nombre de apóstoles, se pasa la noche en oración con Dios. Cuando en la antigüedad Moisés bajó del monte con las tablas de la Ley, su rostro resplandecía de tal forma que los Israelitas tuvieron que tapárselo con un velo. En cambio, cuando Jesús baja del monte después de orar, la gente procuraba tocarlo, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos. En Jesús se conjugan: oración, fidelidad amorosa a su Padre y entrega generosa en favor nuestro. Aprendamos de Él a no querer actuar al margen de una relación personal e íntima con nuestro Padre Dios. Si unimos a Él nuestra vida, si somos constantes en la oración, entonces Dios hará que, desde nosotros, su Evangelio siga teniendo la misma eficacia salvadora manifestada en Aquel que Él nos envió como Camino, Verdad y Vida, Cristo Jesús…

Si en lugar de sanar las heridas que el pecado ha dejado en muchos corazones las hacemos más profundas y dolorosas, a pesar de que seamos asiduos en la oración, si no lo somos también en el amor fraterno, no podemos llamarnos hijos de Dios, ni sentirnos enviados con la misma Misión salvadora del Hijo de Dios. El Señor nos pide detenernos ante nuestros hermanos heridos por el pecado, por la pobreza o por la enfermedad. No podemos sentirnos satisfechos ante el Señor porque acudimos amorosamente a la celebración de la Eucaristía. De aquel que ha entrado en una relación amorosa y personal con el Señor, se espera que dimane una fuerza poderosa capaz de sanar el pecado, capaz de colaborar para que el mundo sea más justo, más fraterno. Si, a pesar de haberle dado culto al Señor durante muchos años sólo nos sentimos satisfechos con nosotros mismos y continuamos pasando de largo ante el dolor y el pecado del mundo, tenemos que preguntarnos si en verdad somos sus apóstoles o si, a causa de nuestras cobardías, al final el Padre Dios no pueda decir de nosotros: Tú eres mi hijo amado en quien me complazco, puesto que has sido bueno y fiel, entra al gozo de tu Señor.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de colaborar en la construcción de la Morada de Dios entre los hombres, que es su Iglesia; y colaborar no sólo anunciando el Evangelio con los labios, sino dejando que el Espíritu Santo, habitando en nosotros, nos haga ser un Evangelio viviente para nuestros hermanos. Amén (www.homiliacatolica.com).

Después de la Ultima Cena, cuando Cristo prometió que se manifestaría a quienes le escuchasen, Judas le preguntó porqué no se manifestaba a todos. Cristo le contestó que El y su Padre visitarían a todos los que le amasen: "Vendremos a él y haremos en él nuestra morada" (Juan 14, 22-23). No sabemos nada de la vida de San Judas Tadeo después de la Ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo.

Se atribuye a San Judas una de las epístolas canónicas, que tiene muchos rasgos comunes con la segunda epístola de San Pedro. No está dirigida a ninguna persona ni iglesia particular y exhorta a los cristianos a "luchar valientemente por la fe que ha sido dada a los santos. Porque algunos en el secreto de su corazón son… hombres impíos, que convierten la gracia de nuestro Señor Dios en ocasión de riña y niegan al único soberano regulador, nuestro Señor Jesucristo". Es una severa amonestación contra los falsos maestros y una invitación a conservar la pureza de la fe. Termina su carta con esta bella oración: "Sea gloria eterna a Nuestro Señor Jesucristo, que es capaz de conservarnos libres de pecados, y sin mancha en el alma y con gran alegría".

San Judas Tadeo es uno de los santos más populares a causa de los numerosos favores celestiales que consigue a sus devotos que le rezan con fe, especialmente en cuanto a conseguir empleo o casa. San Brígida cuenta en sus Revelaciones que Nuestro Señor le recomendó que cuando deseara conseguir ciertos favores los pidiera por medio de San Judas Tadeo.

¿Por qué se celebran juntos Tadeo y Simón? Según la tradición occidental, tal como aparece en la liturgia romana, se reunió en Mesopotamia con San Simón y que ambos predicaron varios años en Persia y ahí fueron martirizados. Existe un presunto relato del martirio de los dos Apóstoles; pero el texto latino no es ciertamente anterior a la segunda mitad del siglo VI. Dicho documento se ha atribuido a un tal Abdías, de quien se dice que fue discípulo de Simón y Judas y consagrado por ellos primer obispo de Babilonia. Según dice la antigua tradición, a San Simón lo mataron aserrándolo por medio, y a San Judas Tadeo le cortaron la cabeza con una hacha y por eso lo pintan con una hacha en la mano. Por ello, la Iglesia de occidente los celebra juntos, en tanto que la Iglesia de oriente separa sus respectivas fiestas.

Hoy contemplamos un día entero de la vida de Jesús. Una vida que tiene dos claras vertientes: la oración y la acción. Si la vida del cristiano ha de imitar la vida de Jesús, no podemos prescindir de ambas dimensiones. Todos los cristianos, incluso aquellos que se han consagrado a la vida contemplativa, hemos de dedicar unos momentos a la oración y otros a la acción, aunque varíe el tiempo que dediquemos a cada una. Hasta los monjes y las monjas de clausura dedican bastante tiempo de su jornada a un trabajo. Como contrapartida, los que somos más "seculares", si deseamos imitar a Jesús, no deberíamos movernos en una acción desenfrenada sin ungirla con la oración. Nos enseña san Jerónimo: «Aunque el Apóstol nos mandó que oráramos siempre, (…) conviene que destinemos unas horas determinadas a este ejercicio».

¿Es que Jesús necesitaba de largos ratos de oración en solitario cuando todos dormían? Los teólogos estudian cuál era la psicología de Jesús hombre: hasta qué punto tenía acceso directo a la divinidad y hasta qué punto era «hombre semejante en todo a nosotros, menos en el pecado» (He 4,5). En la medida que lo consideremos más cercano, su "práctica" de oración será un ejemplo evidente para nosotros.

Asegurada ya la oración, sólo nos queda imitarlo en la acción. En el fragmento de hoy, lo vemos "organizando la Iglesia", es decir, escogiendo a los que serán los futuros evangelizadores, llamados a continuar su misión en el mundo. «Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles» (Lc 6,13). Después lo encontramos curando toda clase de enfermedad. «Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6,19), nos dice el evangelista. Para que nuestra identificación con Él sea total, únicamente nos falta que también de nosotros salga una fuerza que sane a todos, lo cual sólo será posible si estamos injertados en Él, para que demos mucho fruto (cf. Jn 15,4: Albert Taulé i Viñas).

 

Martes de la 30ª semana de Tiempo Ordinario. La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios, la realización del Reino, que va creciendo como un grano de mostaza…

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,18-25. Hermanos: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.

 

Salmo 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6. R. El Señor ha estado grande con nosotros

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía sonar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.

 

Evangelio según san Lucas 13,18-21. En aquel tiempo, decía Jesús: - ¿A qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas. » Y añadió: -¿A qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.»

 

Comentario: 1.- Rm 8,18-25 (ver domingo 15 A). Ayer nos decía Pablo que el Espíritu nos hace ser hijos. Pero hoy nos presenta una perspectiva todavía más optimista: nuestra filiación está destinada a una plenitud mucho mayor de la que podríamos imaginar. No sólo nosotros, sino toda la creación, está en una actitud de esperanza gozosa. Según el Apóstol, el cosmos está en gestación, en estado de buena esperanza, preñado de vida. Y cuando dé a luz nosotros seremos hijos en un sentido más pleno: "está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios", "para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios". Porque ahora gemimos, "como con dolores de parto", "aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo".

La imagen de la Iglesia, de la humanidad y hasta de toda la naturaleza cósmica preñadas, con dolores de parto, en espera de alumbrar un mundo nuevo, es una imagen poderosa y atrevida. Lo que ya tenemos ya es bueno y llena de sentido la existencia. Pero "fuimos salvados en esperanza": todavía nos va a dar Dios una vida más gloriosa. Resulta que sólo tenemos "las primicias del Espíritu" y todavía no somos hijos en plenitud, ni estamos totalmente liberados de la esclavitud. Caminamos hacia esa "libertad gloriosa de los hijos de Dios". ¡Qué visión tan dinámica y comprometedora de la vida cristiana! Una visión de marcha y de camino, de crecimiento y maduración, de gestación de una nueva vida. ¿Qué importancia puede tener, en esta perspectiva, que haya algunos momentos de sufrimiento y de prueba? Como dice Pablo, "considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá". Haremos bien en dejarnos contagiar por la alegría del salmo: "la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares: el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres". Esto incluye también al mundo, a la naturaleza creada, llamada a verse un día "liberada de la esclavitud de la corrupción". Pablo nos presenta una unidad de destino entre la humanidad y el cosmos: no es mera yuxtaposición lo que nos une a este mundo, sino que estamos enraizados profundamente en él. También el mundo cósmico está destinado a la salvación, al igual que nosotros estamos llamados a salvarnos, no sólo en nuestro espíritu, sino también en nuestra corporeidad. Al Espíritu le rezamos los cristianos pidiendo "que renueve la faz de la tierra". En la Plegaria Eucarística IV del Misal, al mirar al pasado, damos gracias a Dios porque "hiciste todas las cosas para colmarlas de tus bendiciones y alegrar su multitud con la claridad de tu gloria"; y al mirar al futuro, nos gozamos porque un día, "junto con toda la creación, libre ya del pecado y de la muerte, te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro". Estos gemidos y dolores de parto de que habla Pablo van a tener, por la fuerza del Espíritu, un alumbramiento sorprendente y lleno de alegría. ¿Será la vuelta al paraíso inicial, pero con mayor plenitud?

-Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables a la gloria que se ha de manifestar pronto en nosotros. La «filiación» divina, la maravillosa "adopción de amor" de la que somos objeto no suprime todo sufrimiento en este mundo. Lo mismo que los que no creen, estamos sometidos a toda clase de pruebas. Pero estas pruebas tienen un «sentido»: sabemos que terminarán con la «gloria que se ha de manifestar».

-La creación desea vivamente la revelación de los "hijos de Dios". El mundo está en tensión hacia... Avanza hacia... Tiene un sentido... Espera... «Desea»... Y no se trata de una «espera pasiva»: el hombre tiene un papel en la creación, el de expresar esta «aspiración profunda» y trabajar para que ésta llegue a término. Hacer que avance esta «revelación de los hijos de Dios». Hacer que progresen los hombres en esta dignidad y esa conciencia de ser "hijos de Dios". Hacer que progresen los hombres en la correspondencia de su vida a esa dignidad de «hijos de Dios». ¡Verdaderamente, Señor, todo hombre es tu hijo! ¡Verdad es que nos amas hasta tal punto! Si lo creyera yo de veras ¿no cambiaría completamente mi vida?

-La creación fue sometida al poder de la nada... Expresión sorprendente. La creación «sometida a la vanidad», como decían antaño... «sometida al vacío, al sin sentido, al no-ser»... «sometida a la nada»... Es preciso experimentar ese vértigo del hombre-sin-Dios para comprender mejor lo que sigue.

-Sin embargo ha conservado la esperanza: será liberada de la esclavitud, de la degradación inevitable, para conocer, ella también, la libertad, la gloria de los «hijos de Dios».

La creación, como el hombre, es «hija de Dios, salida de su amor, querida por Dios, concebida por Dios, amorosamente amada por Dios, paternalmente envuelta por los cuidados de Dios». «¡Ser hijo de Dios!» Trato de evocar en mi corazón y en mi experiencia humana, lo que esto puede significar ya en el caso de la paternidad o maternidad humana. «¡Ser tu hijo, Señor!» - vivir contigo, en tu casa, junto a Ti. - recibir de Ti la vida y múltiples cuidados... - heredar de todos los bienes divinos, alegría, amor, eternidad, felicidad infinita... Gracias. Gracias.

-La creación entera gime, pasa por los dolores de parto que duran todavía. Es una expresión bíblica corriente. Jesús la utilizó ya. Concepción extremadamente realista del universo. No hay que taparse los ojos. El universo y la humanidad no permanecen en un estado de fácil euforia: sufrimientos, gritos, injusticias, desgracias, enfermedades, opresiones, pecados, muerte. Pues bien, todo esto no es, para Dios un «sufrimiento de agonía»... ¡que termina en la muerte! es «sufrimiento de parto»... ¡que lleva a la vida!

-Hemos recibido las primicias del Espíritu Santo, pero esperamos nuestra adopción y la liberación de nuestro cuerpo. Pues hemos sido salvados, pero en esperanza... pero esperar lo que no vemos es esperar con perseverancia. Optimismo fundamental, apoyado no sobre una observación científica del cosmos ni sobre una reflexión filosófica que busca el sentido del futuro del mundo... sino sobre la Fe y la Esperanza. No hay aquí un desprecio de las ciencias ni de la filosofía, sino la afirmación de la Fe: la esperanza es una «superación» del mundo visible verificable... un punto de apoyo en Dios solo. «Esperamos nuestra adopción definitiva» (Noel Quesson).

2. Se exhorta a los que han vuelto de la cautividad a que sean agradecidos (vv 1-3), se ora por los que todavía quedan en cautividad (v 4) y se les da ánimos (vv 5-6). Cuando los israelitas estaban cautivos en Babilonia, sus arpas colgaban de los sauces, pero ahora que Yahwé ha cambiado la suerte de Sión (v 1), vuelven a tomar sus arpas. La Providencia toca para ellos, y bailan. El deseo prolongado del favor de Dios endulza grandemente su regreso. Les parece un sueño (v 1b), algo irreal, extraordinario, no esperado. Ciro, por razones de estado, proclamó libertad a los cautivos de Dios, pero fue Yahwé quien hizo grandes cosas con ellos (vv 2, 3). Están alegres (v 3b); más aún, su boca está llena de risa (comp. con Job 8,21), y su lengua está llena de cánticos de alabanza a Dios por la salvación que ha llevado a cabo para ellos. Toma nota el salmista de la impresión que este suceso produjo entre las naciones (v 2c): «Yahwé, el Dios de Israel, ha hecho grandes cosas con éstos» (v 2d), afirmación que los propios israelitas repiten (v 3). Los gentiles eran espectadores y hablaban de ello como se habla de las noticias de última hora, pues no tomaban parte en el asunto; pero el pueblo de Dios hablaba como actores que participan en él. Así de consolador resulta para nosotros hablar de la redención que Cristo llevó a cabo por nosotros, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí (Ga 2,20).

Los vv 4-6 miran hacia delante, a los favores que todavía necesitaban. Los que habían vuelto del cautiverio estaban todavía en apuros, en su propio país (Neh. 1,3), y quedaban aún muchos en Babilonia: «Restaura nuestra suerte», dicen (v 4). Como diciendo: «Haz que quienes han regresado a su país se vean libres de las cargas que todavía pesan sobre ellos, y haz que quienes quedan aún en Babilonia se sientan estimulados, como nosotros, a aprovecharse del beneficio de la libertad que se nos ha concedido.» Los favores primeros nos animan a orar para que se complete la obra comenzada. Todos los hijos de Dios deben consolarse con esta confianza: Que sus lágrimas terminarán ciertamente en una cosecha de gozo (vv 5.6). El llanto no ha de impedir la siembra; hemos de esmerarnos en obrar bien, incluso cuando lo estamos pasando mal. Así como el terreno es preparado por la lluvia para recibir la semilla, así se prepara muchas veces el alma por medio de lágrimas para recibir bendiciones. Hay lágrimas que son semillas que nosotros mismos debemos sembrar: Las lágrimas de dolor por el pecado, propio y ajeno; las lágrimas de simpatía por los hermanos que están afligidos o perseguidos; las de ternura en la oración y en la meditación de la palabra de Dios. Job, José, David, y muchos otros, tuvieron cosecha de gozo tras la siembra de lágrimas. Quienes siembran con lágrimas de santa contrición, cosecharán con el gozo de un perdón completo y de una paz asegurada (www.adorador.com).

3.- Lc 13,18-21. Dos breves comparaciones le sirven a Jesús para explicarnos cómo actúa el Reino de Dios en este mundo: el grano de mostaza que sembró un hombre y la levadura con la que una mujer quiso fabricar pan para su familia. La semilla de la mostaza, aunque aquí no lo recuerde Lucas, es en verdad pequeñísima. Y, sin embargo, tiene una fuerza interior que la llevará a ser un arbusto de los más altos. Un poco de levadura es capaz de transformar tres medidas de harina, haciéndola fermentar.

A nosotros nos suelen gustar las cosas espectaculares, solemnes y, a ser posible, rápidas. No es ése el estilo de Dios. ¡Cuántas veces, tanto en el AT como en el NT y en la historia de la Iglesia, Dios se sirve de medios que humanamente parecen insignificantes, pero consigue frutos muy notables! La Iglesia empezó en Israel, pueblo pequeño en el concierto político de su tiempo, animada por unos apóstoles que eran personas muy sencillas, en medio de persecuciones que parecía que iban a ahogar la iniciativa. Pero, como el grano de mostaza y como la pequeña porción de levadura, la fe cristiana fue transformando a todo el mundo conocido y creció hasta ser un árbol en el que anidan generaciones y generaciones de creyentes. Así crecen las iniciativas de Dios. Esa es la fuerza expansiva que posee su Palabra, como la que ha dado en el orden cósmico a la humilde semilla que se entierra y muere. Estas palabras de Jesús corrigen nuestras perspectivas. Nos enseñan a tener paciencia y a no precipitarnos, a recordar que Dios tiene predilección por los humildes y sencillos, y no por los que humanamente son aplaudidos por su eficacia. Su Reino -su Palabra, su evangelio, su gracia- actúa, también hoy, humildemente, desde dentro, vivificado por el Espíritu. No nos dejemos desalentar por las apariencias de fracaso o de lentitud: la Iglesia sigue creciendo con la fuerza de Dios. En silencio. Un árbol seco que cae estrepitosamente hace mucho ruido, y puede provocar un escándalo en la Iglesia. Fijémonos más bien en tantos y tantos árboles que, silenciosamente, viven y están creciendo. Abunda más el bien que el mal, aunque éste se vea más. Lo que sí tenemos que cuidar es el no caer nosotros mismos en la pereza y en el conformismo. Estamos destinados a crecer y a producir fruto, a ser levadura en el ambiente en que vivimos, ayudando a este mundo a transformarse en un cielo nuevo y en una tierra nueva (J. Aldazábal).

Se trata de un extracto del discurso en parábolas del Señor acerca del reino de Dios. Igual que Mt 13,31-33, Lucas aporta dos parábolas que presentan un marcado paralelismo: la parábola del grano de mostaza y la de la levadura.

a) Esta función permite comprender la perspectiva en que se sitúan los evangelistas: quieren subrayar claramente que el signo de Dios crece en extensión (el grano de mostaza sobre el que vienen a anidar los pájaros) y en intensidad (la levadura en la masa).

b) Las parábolas, sin embargo, no se fijan en el crecimiento, sino sobre todo en el estadio final: el árbol que cobija las aves y la masa fermentada, que es lo que les da un valor escatológico. La abundancia escatológica se manifiesta en lo exagerado de ciertos aspectos: el mostacero no puede llegar a ser un árbol grande, ni ninguna mujer puede llegar a amasar tres medidas de harina. Además, el árbol es una imagen clásica (Dan 4; Ez 17, 22-24; 31, 3-9) de un reinado que ha llegado a su apoteosis.

c) Tal vez las dos parábolas sirven para animar al pequeño rebaño que rodea a Cristo: lo caduco de sus medios no es una razón para que el signo de Dios no pueda ser inaugurado. San Lucas, como, por otra parte, los demás evangelistas y San Pablo, se admira cuando describe las riquezas de las que participan los cristianos o cuando evoca el poder de los que participan los cristianos o cuando evoca el poder del Espíritu que actúa en las comunidades cristianas o en la acción evangelizadora. Los primeros cristianos tienen conciencia de ser hombres colmados de toda suerte de bendiciones. Pero es necesario examinar cuidadosamente de qué naturaleza es esta abundancia mesiánica. La saciedad que produce no tiene nada que ver con la satisfacción de los ricos; antes bien, es fuente de responsabilidad, es una riqueza que se ofrece a hombres libres, llamados a ajustarse a ella apoyándose en Jesucristo. La abundancia del Reino es un don totalmente gratuito de Dios; pero no se puede recibir sin hacer nada. Exige una tarea que hay que cumplir y se realiza en un proceso de crecimiento. Decir que participamos de la abundancia es afirmar que todo se cumplió en Jesucristo resucitado, pero al mismo tiempo es afirmar que todo está por cumplir. El Reino escatológico es una obra por hacer, un edificio por construir, un proyecto de catolicidad que se ha de realizar progresivamente. Además, el dogma fundamental de este crecimiento en y hacia la abundancia es, paradójicamente, una ley de pobreza. San Pablo es el primero en insistir en el contraste entre la riqueza que posee y la pobreza que se le ofrece. El Cuerpo de Cristo crece mediante nuestra debilidad y, a veces, bajo las apariencias del fracaso. De todas formas lo esencial de esta obra es invisible para nuestros ojos. El proyecto de catolicidad se realiza bajo el signo de la "semilla" y de la "levadura". El verdadero crecimiento no se ve. Si se mira externamente el crecimiento de la Iglesia, el hombre puede concluir que es un fracaso. Pero el verdadero fracaso sería que la Iglesia reaccionara como una potencia de este mundo y que la eficacia con la que sueñan los cristianos tomara las normas y recursos de este mundo. Finalmente, la abundancia del Reino y el crecimiento activo que suscita constituye la fuente última de un crecimiento de valores humanos conforme al Evangelio. Aquí abajo hay una "abundancia" real que merece la pena ser buscada por el hombre: la fraternidad entre los hombres. La conquista de toda otra riqueza debe estar subordinada a la búsqueda de esta paz (Maertens-Frisque).

-Jesús decía "¿A qué se parece el reino de Dios? ¿Con qué lo compararé?" Jesús era muy consciente que el Reino de Dios es un "reino escondido". "Mi Reino no es de este mundo..." Incluso para hablar de él, es preciso buscar comparaciones y proceder por alusiones. Antes de abordar esas "comparaciones" recordemos algunas fórmulas empleadas por Jesús y citadas por san Lucas: - "Debo anunciar la "buena nueva" del Reino de Dios" (4,43). - "Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios" (6,20). - "El más pequeño en el Reino de Dios es mayor que Juan Bautista" (7,28). - "A vosotros es dado conocer los misterios del Reino de Dios" (8,10). - "Jesús envió a los Doce a proclamar el Reino de Dios" (9,2). - "El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios" (9,62). - "El Reino de Dios está cerca" (10,9-11). - "Padre, venga a nosotros tu Reino" (11,2). - "Buscad el Reino de Dios, y eso se os dará por añadidura" (12,31). - "El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Sabedlo, ya está entre vosotros el Reino de Dios" (17,21). - "Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios" (14,15). - "Los niños, y de los que son como éstos es el Reino" (18,16). - "Es mas difícil a un rico entrar en el Reino de Dios" (18,25). - "Nadie que haya dejado casa, mujer... por el Reino de Dios, quedará sin recibir el céntuplo" (18,29). - "Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino" (23,42).

-El reino se parece al grano de mostaza que un hombre sembró en su huerta. Creció; se hizo un árbol. El Reino de Dios, es pues un "crecimiento"... algo que "brota"; ese crecimiento es incoercible: no se puede parar porque es la potencia misma de la vida. ¿Me imagino yo quizá el Reino de Dios como algo acabado estático? o bien, ¿creo que, efectivamente, la obra de Dios crece "a la manera" de un árbol vivo? ¿Es ésta mi visión de la Iglesia? Mi vida espiritual, ¿está en expansión, o en regresión? ¿Dios reina siempre más y más en mí? ¿Qué voy a hacer para que el Reino de Dios crezca, en el día de hoy? La vista no ve crecer un árbol: su crecimiento es imperceptible; de tal manera que todos los días podemos pasar junto a un árbol sin notar que está creciendo. El Reino de Dios crece, sin que muchos se den cuenta de ello. Sólo la Fe nos abre a ese reconocimiento.

-El reino se parece a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que toda la pasta acabó por fermentar. Esta comparación tiene también en cuenta la potencia de transformación del fermento vivo y su invisibilidad: los comienzos son modestos e ínfimos, pero el resultado final es sorprendente. Cada ama de casa cocía el pan cada mañana. La víspera por la tarde preparaba la pasta; agua, un puñado de levadura todo mezclado con unos treinta Kgs. de harina... Durante la noche la mezcla "fermentaba" y a la mañana estaba a punto de ser metida en el horno. Así es de potente la acción de Dios: pero se ve poco… (Noel Quesson).

 

Lunes de la 30ª semana de Tiempo Ordinario. El espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre) nos da vida, nos hace alzar la vista que nos impedía antes mirar al cielo en las cosas de cada día

 

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,12-17. Hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

 

Salmo 67,2 y 4.6-7ab.20-21. R. Nuestro Dios es un Dios que salva.

Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian. En cambio, los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría.

Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece.

Bendito el Señor cada día, Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación. Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

 

Evangelio según san Lucas 13,10-17. Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Habla una mujer que desde hacia dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: -«Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús habla curado en sábado, dijo a la gente: -«Seis días tenéis para trabajar; venid esos días a que os curen, y no los sábados.» Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: -«Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado? Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no habla que soltarla en sábado?» A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía.

 

Comentario: 1.- Rm 8,12-17. Si vivimos, no "carnalmente", o sea, según los criterios meramente humanos, sino "según el Espíritu", como ya nos empezó a decir Pablo en la lectura del sábado pasado, una de las cosas más hermosas que nos pasará es que nos sentiremos hijos. "Los que se dejan llevar por el Espíritu, esos son hijos de Dios". Recordamos lo que dice san Juan al comienzo de su evangelio: "a los que recibieron la Palabra les dio poder de hacerse hijos de Dios" (Jn1,12) y en su carta: "mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios: pues ¡lo somos!" (1 Jn 3,1). Ser hijos significa no vivir en el miedo, como los esclavos, sino en la confianza y en el amor. Ser hijos significa poder decir desde el fondo del corazón, y movidos por el Espíritu: "Abbá, Padre". Significa que somos "herederos de Dios y coherederos con Cristo": hijos en el Hijo, hermanos del Hermano mayor, partícipes de sus sufrimientos, pero también de su glorificación.

b) Una cosa fundamental que tenemos que aprender de Jesús es a sentirnos y a ser hijos. A tener, como él, sentimientos de unión y amor y obediencia y confianza para con Dios. Nuestra relación con Dios podría ser de seres creados por él, que se sienten obligados a adorarle, o de esclavos que le obedecen por miedo al castigo. Pero Jesús nos ha enseñado a llamar a Dios nuestro Padre. Esto es un foco de luz que ilumina y que transforma nuestra existencia, tanto en los días buenos como en los difíciles. El salmo ya nos ofrecía una visión optimista: "Nuestro Dios es un Dios que salva... Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios prepara casa a los desvalidos: bendito sea el Señor cada día". Pero en Cristo, mucho más. Ahí está la raíz de la dignidad de la persona humana, y del respeto que merece todo hombre y toda mujer, también los más alejados e insignificantes. Todos somos hijos. Por tanto, hermanos. Todos valemos mucho a los ojos de Dios, que no nos quiere como esclavos, sino como hijos. ¿Sentimos dentro de nosotros el Espíritu de Dios, el Espíritu de Jesús, que "nos hace gritar: Abbá, Papá"? ¿Pensamos en nuestro futuro como en una herencia gloriosa que nos espera, porque estamos unidos a Cristo, el Señor Resucitado, que nos hará partícipes de su inmensa alegría y de su vida plena? Y si nos sentimos hijos en la casa de Dios, y herederos de sus mejores riquezas, y si cada día rezamos a Dios llamándole "Padre nuestro", ¿por qué ponemos la cara de resignados que ponemos?

En este texto el autor nos habla del binomio "carne-espíritu", insistiendo en la prioridad de la acción de Dios en la santificación del hombre. No son las obras de la "carne" las que nos salvan, sino la presencia del Espíritu en el hombre que le orienta hacia una existencia nueva.

a) La primera dimensión de esta existencia es la de hijo de Dios (vv. 14-15). Dios ha dado al hombre su Espíritu para que este acceda a la casa paterna. Por tanto, el hombre no debe dejarse dominar por un espíritu de temor -espíritu normal para quien cree que la benevolencia divina depende de su propio esfuerzo-; se trata simplemente de vivir en unas relaciones filiales que, por sí mismas, ahuyentan el temor. El privilegio del hijo de Dios consiste en poder llamar a Dios Padre (Abba alude, quizá, a la oración del Padre Nuestro, que quizá algunos de los interlocutores de Pablo conocían en arameo: v. 15). El hijo de Dios no tiene que fabricarse una religión en que, como sucede en la religión judía, sería necesario contabilizar los propios esfuerzos ante un Dios-Juez, o, como en la religión pagana, acumular los ritos para ganarse la benevolencia de un Dios-terrible. El cristiano puede llamar Padre a su Dios, con todo lo que esto supone de familiaridad y, sobre todo, de iniciativa misericordiosa por parte de Dios.

b) La segunda dimensión de esta existencia es la de heredero de Dios (v 17). Al ser hijo, el hombre tiene derecho a una vida de familia y dispone de los bienes de la casa. El término "heredero" no debe comprenderse aquí en el sentido moderno (el que dispone de los bienes del padre, después de la muerte de éste), sino en el sentido hebreo de "tomar posesión" (Is 60,21; 61,7; Mt 19,29; 1 Cor 6,9). El pensamiento de Pablo se asocia a la concepción que el Antiguo Testamento se hacia de la herencia, pero la completa al unirla a la idea de la filiación. Los hombres adquieren de ahora en adelante la herencia, en relación con su unión al Hijo por excelencia, el único que goza, efectivamente, de todos los bienes divinos, por su naturaleza. Efectivamente, el hijo de Dios hereda la gloria divina, irradiación de la vida de Dios en la persona de Cristo.

Pero la herencia solo se obtiene mediante el sufrimiento. Se hereda con Cristo si se sufre con El. El sufrimiento conduce a la gloria, no como condición meritoria, sino como signo de vida-en-Cristo, prenda de herencia de la gloria con El.

c) El Espíritu de Dios en nosotros no está simplemente como doctor de verdades; su papel propio es el de mover y animar todo nuestro ser (v 14); tiene, pues, una resonancia ontológica que no puede ser percibida más que en la participación del misterio de la persona misma de Cristo y de su Pascua (v 17). En efecto, la obediencia de Cristo hasta la muerte manifiesta que reconoce depender radicalmente de Dios y que, en esta dependencia, descubre su consistencia propia de criatura abocada al sufrimiento y a la muerte. Pero esta obediencia de la criatura a su condición es al mismo tiempo, en Jesús, la obediencia del Hijo único a su Padre: tiene, pues, una repercusión eterna que, glorificando al hombre, más allá de toda esperanza su aspiración más íntima.

Ahora bien: en el Espíritu, el cristiano, sin renegar de su condición humana y de su dependencia, se encuentra a su vez establecido en la filiación divina y, por consecuencia, capaz de dar a su obediencia una dimensión casi divina que le glorifica a él también. El papel del Espíritu en él es asegurar esta filiación y esta repercusión divina de la obediencia (v 16).

Por tanto, toda la Trinidad actúa en la justificación del hombre: el Padre aporta su amor para hacer de los hombres hijos suyos; el Espíritu viene a cada uno de ellos a dominar su miedo e iniciarlos paulatinamente en un comportamiento filial; finalmente, el Hijo, el único Hijo por naturaleza, el único heredero de derecho, viene a la tierra a hacer de la condición humana y del sufrimiento el camino de acceso a la filiación, revelando así a sus hermanos las condiciones de la herencia.

Según habían anunciado los profetas, el don del Espíritu impregna todos los corazones de un amor filial hacia el Padre y de un amor fraternal hacia todos los hombres. La misma ley adquiere un nuevo aspecto. Deja de ser yugo pesado, porque el hombre ha recibido el Espíritu de los últimos tiempos que le libera del pecado y lo arma para combatir victoriosamente contra las obras de la "carne". Este envío del Espíritu está unido a los sufrimientos y a la resurrección de Cristo; por ser el Hijo de Dios, este hombre respondió perfectamente a la iniciativa del Padre y determinó el envío del Espíritu sobre todos aquellos que Dios llama a ser hijos suyos. De esta manera, el hombre, vivamente unido a Jesucristo en la Iglesia, se convierte en hijo de Dios y participa de los bienes familiares que ofrece la Eucaristía (Maertens-Frisque).

-No somos deudores de la carne. Si vivís según la carne, moriréis; pero si, por el Espíritu, hacéis morir los desórdenes del hombre pecador, viviréis. Pablo nos ha presentado la salvación en Jesucristo como una «liberación» de la muerte, del pecado y de la Ley. Pero es una «liberación» que hay que ir completando sin cesar. Encontramos aquí la comparación habitual en san Pablo, entre la «carne» y el «espíritu». La carne, para san Pablo, no es principalmente el cuerpo humano, es el «hombre entero cuando se ha apartado de la mirada de Dios»... Resumiendo y en líneas generales, cada vez que en los textos de san Pablo encontramos la palabra "carne", podríamos reemplazarla por «el hombre sin Dios». El espíritu es precisamente lo contrario, no es el alma solamente, es el hombre entero en cuanto que animado por Dios.

-Todos aquellos que se dejan conducir por el Espíritu de Dios, éstos son «Hijos de Dios»... «Dejarse conducir»... "Dejarse conducir"... ¡por Dios! He ahí lo que reemplaza totalmente a la Ley. He ahí lo que mata toda actitud demasiado moralizante, incluso la del «hombre sin Dios» para quien el único ideal, y es normal, consiste en evitar el mal y hacer el bien. Para el cristiano ya no hay Ley, basta «dejarse conducir por el Espíritu de Dios». ¡Es una inmensa simplificación de la moral! Pero esto no es nada fácil, en absoluto. Pues no se acaba nunca. Se pasa de una «regla», con la cual se puede «estar en regla» cuando se ha cumplido -y ¡ya está!-... a un amor de Alguien, con el cual siempre se puede avanzar más.

-El Espíritu que habéis recibido no hace de vosotros unos "esclavos" llenos de miedo... Es un Espíritu que os hace «hijos»... Pasar a unos sentimientos filiales con Dios. ¡Desterrar el miedo! No con un espíritu de esclavitud, sino con un espíritu de filiación, de adopción. La palabra «adopción» puede ayudarnos a reflexionar. En el caso de la adopción de un niño, la tradición judía hablaba de «hijo de su bondad», la palabra subraya el aspecto de cosa escogida, de elección de amor, del que adopta un niño. Señor, así es como Tú nos amas, como una madre ama a su hijo. Señor, es así como Tú nos conoces, como cuidas de nosotros, como los padres cuidan de su hijo. Señor, es así como Tú esperas de nosotros el afecto y no el miedo. Ayúdanos a no considerar jamás nuestra vida cristiana y las renuncias que ésta comporta, como las cadenas que arrastra un esclavo. Tú esperas de nosotros la alegre decisión de un hombre libre, de un niño que obedece contento a sus padres muy amados. Un hombre que te obedeciera solamente por miedo, no te interesa, Señor.

-Empujados por este Espíritu, clamamos al Padre llamándole: Abba: «Padre». Ese término hebreo usado por san Pablo voluntariamente, es la palabra familiar de los niños pequeños judíos de la época: «¡papá!». Ese término no fue nunca usado en la Biblia, ni en el vocabulario religioso del judaísmo, ¡es una invención de Jesús! Fue el primero que se atrevió a emplear ese término familiar y cariñoso para hablar de Dios. Es la palabra usada al comienzo del «Padrenuestro". Tenemos que detenernos sobre esta palabra. Repetirla sin cesar. Sólo este nombre puede «alimentar» toda una oración. Es lo que hacía santa Teresa de Jesús.

-El Espíritu Santo mismo se une a nuestro "espíritu" para decirnos que somos sus hijos, sus herederos. Experiencia de la presencia mística del Espíritu en nuestro espíritu (Noel Quesson).

Quienes creemos en Cristo tenemos la esperanza cierta de que lograremos la plenitud que en este mundo no podemos alcanzar. Somos frágiles; y, por desgracia, muchas veces hemos actuado conforme a nuestros desórdenes egoístas. Sin embargo Dios no nos ha abandonado, sino que nos ha comunicado su Espíritu Santo para que venga en nuestro auxilio. Mediante Él vemos a Dios no como esclavos, sino como hijos suyos; gemimos como los niños desprotegidos y en peligro y llamamos cariñosa y confiadamente a Dios con el nombre de Abba (= Papi, Papito). La presencia del Espíritu de Dios en nosotros nos lleva a vivir confiados en Dios y a actuar bajos sus inspiraciones. Por eso estamos ciertos de que, en medio de las luchas y tentaciones de esta vida, mientras no nos dejemos dominar por el mal y el pecado, nuestro destino no será la muerte, sino el llegar a ser herederos de Dios, junto con Cristo, participando de su misma Gloria. Por eso, abramos nuestro corazón al Señor; dejemos que el Espíritu Santo haga su morada en nosotros; dejémonos conducir por Él de tal forma que, siendo fieles al Señor, Él permanezca en nosotros y nosotros en Él. Entonces será nuestra la plenitud en Dios; entonces heredaremos aquellos bienes que Dios ha reservado para los que Él ha llamado a la existencia para hacerlos partícipes de su Vida eterna.

2. Sal. 67. El Señor es nuestro Dios; Él es nuestro Rey y nosotros le pertenecemos, porque Él nos escogió por suyos. Por eso Él velará siempre por nosotros y nos dará su auxilio, pues nuestra pobreza y nuestros dolores no le son indiferentes. Aun cuando nuestros enemigos nos haya llevado demasiado lejos, el Señor nos buscará y nos llevará en sus alas para salvarnos, pues Él es nuestro Salvador y no enemigo a la puerta. Por eso, alabemos su santo Nombre, porque su Misericordia es eterna. Que nuestra alabanza la elevemos no sólo en el Lugar Sagrado, sino en cada momento de nuestra vida siendo un signo del amor misericordioso del Señor para los pobres y los desvalidos.

3.- Lc 13,10-17. En su camino hacia Jerusalén, Jesús realiza otro gesto de "curación en sábado", sanando milagrosamente a una mujer encorvada que no se podía enderezar. Parece como si Jesús provocara escenas como la presente, que realiza en sábado: quiere mostrar que la fuerza curativa de Dios ya está presente y actúa eficazmente en el mundo. Llama "hipócritas" a los que se escandalizan de que él haya hecho este gesto en sábado, cuando ellos sí se permitían ayudar a un animal propio llevándolo a abrevar, aunque fuera en sábado. ¡Cuánto más no se podrá ayudar a esta pobre mujer, "que es hija de Abrahán" y que desde hace diez y ocho años "Satanás tiene atada"!

Jesús se dedica a curar, a salvar, a transmitir vida. El sábado -para nosotros, con mayor razón, el domingo- es el día semanal que recuerda a los creyentes la victoria de Dios contra todo mal y toda esclavitud. Nos enseña que la caridad con las personas es superior a muchas otras cosas: sobre todo a unas leyes exageradas que nos hemos inventado nosotros mismos, y que invocamos oportunamente cuando no queremos gastar nuestro tiempo en beneficio de los demás. Con los muchos "trabajos" que no se podían hacer en sábado, las escuelas más rigoristas de la época lo habían convertido, no en un día de liberación y alegría, sino de preocupación escrupulosa. Se puede ser esclavo también de una ley mal entendida. Jesús se opone a este legalismo exagerado. Pensemos si también nosotros necesitamos que nos recuerden que "no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre", si en vez de predicar y practicar una religión de hijos la hemos convertido en un ritualismo de esclavos. En el día de domingo, además de participar en la celebración eucarística, que ciertamente es el punto culminante de la jornada, ¿ayudamos a enderezarse a las personas que están agobiadas por diversos males? Podríamos proponernos hacer cada domingo algún acto de caridad, tener un detalle para con algún enfermo o anciano, hacer una llamada telefónica amable, escribir una carta, visitar a algún pariente que tenemos abandonado, "desatar" a alguien al que tal vez nosotros mismos hemos "atado" con nuestros juicios o nuestro trato despectivo (J. Aldazábal).

-Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga. Había allí una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu. Andaba muy encorvada sin poderse enderezar del todo. Una vez más, Lucas es el único que relata ese favor de Jesús a una mujer. De nuevo se pone de manifiesto la misericordia de Jesús hacia los pobres. Esta vez se trata de una persona que no puede enderezarse para mantenerse en la posición normal y digna de "estar en pie". Qué desgracia verse reducido a mirar siempre al suelo, sin poder contemplar las caras de sus interlocutores, sin posibilidad de mirar hacia arriba. Un símbolo de la humanidad "cautiva".

-Al verla la llamó Jesús y le dijo "Mujer, quedas libre de tu enfermedad". Le impuso las manos, y en el acto la mujer se enderezó. Contemplo esa escena: Jesús "de pie" junto a esa mujer "enferma". Antes de que ella le hiciera petición alguna, Jesús toma la iniciativa: pone las manos sobre la espalda encorvada, y al instante le queda enderezada ¡Señor, enderézanos! ¡Señor endereza a todos los que van siempre inclinados hacia el suelo!

-Y empezó a alabar a Dios. La escucho y procuro imaginar lo que dice. Lucas es el especialista de la alabanza y constata a menudo que la gente prorrumpe en alabanzas cuando es testigo de una maravilla divina (Lc 2,20; 5,25; 7,16;17,15-18,18.43; 19,37; Hch 4,21; 3,8-9). A lo largo de toda esa narración se descubre un nuevo sentido del sábado: pasa a ser el día del Señor Jesús, el día de la nueva dignidad de los hijos e hijas de Dios. Es el día de la alabanza, de la "eucaristía", de la acción de gracias a Dios. La misa, ¿es para mí, una acción de gracias? ¿Cuáles son mis motivos de alabar a Dios?

-Intervino el jefe de la sinagoga indignado porque Jesús había curado en sábado: "¡Hay seis días de trabajo! ¡Venid esos días a que os curen, y no los sábados!" El Señor replicó: "¡Hipócritas! Cualquiera de vosotros, aunque sea sábado, desata del pesebre el buey o el asno, y lo lleva a abrevar..." Jesús apela al buen sentido popular. La Ley ha de ser siempre humana. Y ella proponía el "descanso del sábado" precisamente por consideraciones de orden absolutamente humanitario y social, teniendo en cuenta a los empleados de la casa y aun al ganado: "El séptimo día descansarás, para que reposen tu buey y tu asno y tengan un respiro el hijo de tu sierva y el forastero" (Dt 5,14; Ex 23,12). Efectivamente, Señor, nuestro mundo de hoy tiene mucha necesidad de "respirar", de tomarse un descanso. Ayúdanos a restituir ese sentido a cada uno de nuestros domingos. Día de alegría. Día en el que se acaba la Creación, el "séptimo día", el día del gran reposo de Dios (Gn 2,14) Y ¿sabemos procurar para los demás, a nuestro alrededor, ese espacio de "respiro" y de libertad? Domingo, día de liberación, día de la redención de Jesús, día de "salvación".

-Y a ésta, que es hija de Abraham, y que Satán ató hace ya dieciocho años, ¿no había que soltarla de sus cadenas...? Líbranos, Señor, de todas nuestras cadenas, de todas nuestras esclavitudes.

-Según iba diciendo esto se abochornaban sus adversarios, mientras toda la gente se alegraba de tantos portentos como hacía. Haz que seamos sencillos, como la gente que sabe "maravillarse". ¡Que jamás no falle una ocasión de maravillarme de ti! (Noel Quesson).

Quiero fijarme especialmente en el caso de la mujer encorvada. Es todo un símbolo. Una mujer encorvada hacía tanto tiempo; una mujer que no puede enderezarse ni levantar su cabeza al cielo; una mujer que lleva un peso encima que no puede soportar; una mujer cansada y oprimida; una mujer hundida y aplastada; una mujer que ha recibido en sus espaldas palos incontables; una mujer que se agacha para que otros pasen, que, como describía el profeta exílico, «a ti misma te decían: póstrate para que pasemos, y tú pusiste tu espalda como suelo y como calle de los que pasaban» (Is 51,23). Es todo un símbolo del antiguo pueblo de Dios. Es un símbolo de todas las mujeres, excesivamente vejadas, en la historia Es un símbolo de todos los que soportan pesos intolerables, de cualquier tipo que sean. Puede que sean más de lo que nos parece, aunque sus espaldas no se curven materialmente. He ahí a hombres y mujeres curvados por el peso del hambre y de la pobreza. Hombres y mujeres curvados por el peso de los hijos y las preocupaciones familiares. Hombres y mujeres curvados por el peso de los trabajos y los desvelos. Hombres y mujeres curvados por el esfuerzo y la lucha de la vida. Hombres y mujeres curvados por la incomprensión y la soledad. Hombres y mujeres curvados por el vicio y los apegos. Hombres y mujeres curvados por los recuerdos y los remordimientos, por los fracasos y las tristezas. Hombres y mujeres curvados por la falta de salud y por los años.

Pero ahora viene la reacción de Cristo. Al ver a esta mujer, no lo aguanta. Ni siquiera espera que ella le pida nada, como en los otros milagros. Tampoco le importa a Jesús que sea o no sea sábado. Eso era una muleta más. Jesús la llamó, la impuso las manos y la levantó. Es también un gesto simbólico. Dios no nos quiere encorvados y afligidos. Dios no nos quiere oprimidos y esclavizados, ni caídos ni acobardados, ni deprimidos ni postrados. El nos quiere libres. El nos quiere erectos. El nos quiere en pie En pie significa libertad, confianza, transcendencia. Dios no ha creado al hombre para que viva de rodillas, sino para que viva con dignidad, para que sea libre y creador. Por eso, uno de los imperativos que más se repiten en la historia de la salvación es el «levántate». Dios es «el que endereza a los que ya se doblan», «el que levanta de la miseria al pobre», «el que levanta del polvo al desvalido» (cf 1S 2,8; Sal 107,41; Sal 113,7...). Por eso Dios mismo intervino para liberar a su pueblo del peso de la dura esclavitud.

-¡Levántate! Y por eso se nos acerca el mismo Dios en Cristo Jesús: para quitarnos todas las cargas y los yugos: "Venid a mí...» (Mt 11,28). Y extiende su mano para levantar a los que están postrados, con el imperativo: «Levántate», sea a la suegra de Pedro (Mc 1,30-31), sea a la hija de Jairo (Mc 5,41 = Talita Kum), sea a la mujer encorvada. Levántate. A Dios le gusta vernos de pie. En este sentido, la Iglesia prohibía en los primeros siglos que la liturgia del domingo se celebrara de rodillas, signo de postración; de pie, que era signo de libertad y alegría. Pues así debemos ir por la vida, porque para el cristiano siempre y todo es una fiesta. Hoy quiere el Señor levantarnos también a nosotros. No quiere que vayamos por la vida agobiados y encorvados. Pongamos todas nuestras cargas en el señor, sean materiales, sean espirituales. Si hay alguna fuerza que te oprime y de la que no eres capaz de liberarte, di a Cristo que extienda su mano sobre ti y diga con fuerza su palabra: "KUM, levántate" (Caritas).

Lucas es el evangelista que destaca la relación profunda que había entre Jesús y las mujeres que se cruzaron en su camino de liberación. Cita varias veces aquellos encuentros en los que Jesús rompía una y otra vez las leyes humanas injustas que se imponían a la dignidad de la mujer en tiempos de Jesús. Libremente, el Salvador les hablaba en público, las rescataba de sus dolencias y de su marginación, les permitía ser discípulas, dialogaba con ellas, se dejaba tocar, las miraba fijamente, las acogía con cariño y les auxiliaba en sus problemas y sufrimientos. Jesús rompió las estructuras opresoras contra la mujer exponiéndose a ser condenado por los fariseos y los escribas, que lo indisponían ante el Sanedrín y los Sacerdotes del Templo. Nos refiere este hermoso pasaje, como Jesús recobra la salud y la dignidad de la mujer que va encorvada por la vida, cargando con los errores de una sociedad opresora y excluyente, que la limita en sus posibilidades de realizarse como persona humana, con la dignidad de hija de Dios. Lucas nos invita a reflexionar sobre la situación de la mujer hoy, de nuestras madres, hermanas, cuñadas, hijas, amigas y no conocidas, personas de igual dignidad que el varón, con sus propias características y manera de ser que luchan por recuperar tantos siglos de opresión. Pero, todavía hoy, muchos de los movimientos que inician las mujeres son también manipulados por los hombres para no permitirles su plenitud como personas. La mujer, como la tierra, engendra vida, la cuida, la nutre con su propio ser y por ella está dispuesta a arriesgarlo todo (servicio bíblico latinoamericano).

En su camino hacia Jerusalén, Jesús entra a una sinagoga, como era su costumbre hacerlo los Sábados. El Sábado, día del descanso, hace vivir a los Israelitas por anticipado el Día del Señor, en que estaremos con Él eternamente; Día de YHWH que se simboliza en el Año de Gracia del Señor, en que todo retorna a su legítimo dueño. Y Jesús, que ha inaugurado este tiempo favorable para nosotros, ha venido a liberarnos de los lazos de nuestra esclavitud al pecado para que, hecho hijos de Dios, volvamos a Aquel que nos creó y que nos recibe como un padre recibe a sus hijos. En la proclamación del Evangelio de la misericordia divina para todos los hombres, en la invitación a la conversión, en la lucha a favor del Reino para que todos lleguen a ser hijos de Dios, no podemos darnos días de descanso. No podemos quedarnos sólo mirando al cielo; es necesario trabajar para que en nuestro mundo desaparezcan los signos de pecado y de muerte. Y en esta obra que el Señor nos ha confiado nos hemos de empeñar a tiempo y destiempo, para que todos lleguen al conocimiento de Dios y le amen; y amándolo amen a su prójimo dejando de destruirlo y, más bien, le ayuden a recobrar su dignidad de hijo de Dios en Cristo Jesús.

El Señor nos ha convocado a esta Eucaristía para que, junto con Él, estemos como hijos en el Hijo en torno a su Padre Dios. Reconocemos que somos pecadores; pero también confiamos en la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonarnos. Venimos con recta intención, de tal forma que nos acercamos al Señor conscientes de nuestra fragilidad, pero dispuestos a dejarnos fortalecer por su Espíritu para que, al volver a nuestra vida ordinaria, no vayamos nuevamente a cometer maldades e injusticias, sino a convertirnos en un signo cada vez más claro de Él en medio de nuestros hermanos. Queremos, por tanto, vivir en comunión de vida con el Señor, no sólo cuando le damos culto en el Lugar Sagrado, sino siempre, en cualquier lugar en que se desarrolle nuestra existencia; y no sólo con los labios sino con nuestra obras y nuestra vida misma le daremos culto. Por eso le pedimos que, al darnos su vida y confiarnos la misión de llevar su Evangelio a todos, nos fortalezca con la presencia de su Espíritu en nosotros.

Demos testimonio, guiados por el Espíritu Santo, de que somos hijos de Dios. Hay muchas esclavitudes que han atado muchas conciencias. No sólo nos preocuparemos de hace llegar la salvación y el consuelo a los pobres, a los enfermos, a los tristes. Es necesario atacar el mal de raíz. Hemos de abrir los ojos ante quienes son los causantes de esos males e injusticias, para proclamarles con valentía la salvación que Dios ofrece a todos. Cuando realmente el hombre deje que Cristo le desate de sus egoísmos, de sus injusticias, de sus esclavitudes a lo pasajero y le ayude a velar por los intereses de su prójimo, tendremos una esperanza más firme de que el amor fraterno que nos une bajo un sólo Señor, una sola fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre se estará haciendo realidad entre nosotros, y de que en verdad el Reino de Dios ha llegado a nosotros.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda ser constantes en la proclamación de su Evangelio. Que lo proclamemos con las palabras, pero también con el testimonio de una vida intachable, fortalecidos e impulsados por la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).

Mirar al cielo. En el Evangelio de San Lucas (13, 10-17) nos relata cómo Jesús entró a enseñar un sábado en la sinagoga, según era su costumbre, y curó a una mujer que había estado encorvada por dieciocho años, sin poder enderezarse de ningún modo. El jefe de la sinagoga se indignó porque Jesús curaba en sábado: no sabe ver la alegría de Dios al contemplar a esta hija suya sana del alma y de cuerpo, y con su alma pequeña no comprende la grandeza de la misericordia divina que libera a esta mujer postrada por largo tiempo. La mujer quedó libre del mal espíritu que la tenía encadenada y de la enfermedad del cuerpo. Ya podía mirar a Cristo, y al Cielo, y a las gentes, y al mundo. Nosotros también estamos muy necesitados de la misericordia del Señor, y la consideración de estas escenas del Evangelio nos llevará a confiar más en Él y a imitarle en su misericordia en el trato con los que nos rodean y nunca pasaremos indiferentes ante su dolor o su desgracia. "Así encontró el Señor a esta mujer que había estado encorvada durante dieciocho años: no se podía erguir (Lucas 13, 11). Como ella -comenta San Agustín- son los que tienen su corazón en la tierra". Muchos pasan la vida entera mirando a la tierra, atados por la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (1 Juan 2, 16). La concupiscencia de la carne impide ver a Dios, pues sólo lo verán los limpios de corazón (Mt 5,8). La concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, nos lleva a no valorar sino lo que se puede tocar: los ojos se quedan pegados a las cosas terrenas, y por lo tanto, no pueden descubrir las realidades sobrenaturales y llevan a juzgar todas las circunstancias sólo con visión humana. Ninguno de estos enemigos podrá con nosotros si continuamente suplicamos al Señor que siempre nos ayude a levantar nuestra mirada hacia Él. Cuando, mediante la fe, tenemos la capacidad de mirar a Dios, comprendemos la verdad de la existencia: el sentido de los acontecimientos, la razón de la cruz, el valor sobrenatural de nuestro trabajo, y cualquier circunstancia que, en Dios y por Dios, recibe una eficacia sobrenatural. El cristiano adquiere una particular grandeza de alma cuando tiene el hábito de referir a Dios las realidades humanas y los sucesos, grandes o pequeños, de su vida corriente. Acudamos a la misericordia del Señor para que nos conceda ese don vivir de fe, para andar por la tierra con los ojos puestos en el Cielo, en Él, en Jesús (Francisco Fernández Carvajal).