viernes, 13 de noviembre de 2009

21-9. San Mateo apóstol. Dios da a cada uno según su beneplácito, en bien de la Iglesia: a constituido a unos, apóstoles, a otros, evangelizadores. Hoy contemplamos la vocación, y a cada uno nos dice el Señor: “Sígueme

"…

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4,1-7.11-13. Hermanos: Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vinculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

 

Salmo 18,2-3.4-5. R. A toda la tierra alcanza su pregón.

El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje.

 

Santo evangelio según san Mateo 9,9-13. En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: -«Sígueme.» Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: -«¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?» Jesús lo oyó y dijo: -«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrifi-cios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.» En aquel tiempo vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió.

 

Comentario: 1. Ef 4,1-7.11-13. La iglesia es el gran proyecto que Dios tiene en su mente, antes, incluso de la creación del mundo: que todos lleguemos hacer uno en Cristo. Cristo une a todos los hombres en uno solo pueblo, llamados a vivir la unidad en el cuerpo de Cristo, compatible con la variedad de dones y tareas que Cristo otorga a cada uno para que desde su sitio en la Iglesia y en el mundo colabore en el desarrollo del Cuerpo. Esta unidad –un solo Cuerpo, un solo Espíritu: v. 4- se fundamenta en que hay un solo Dios, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (vv 5-6). "El Espíritu Santo, que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable reunión de los fieles, y tan estrechamente une a todos en Cristo, que es el Principio de la unidad de la Iglesia" (Conc. Vat. II, Unitatis redintegratio, 2; cf. Apostolicam actuositatem 2). La Iglesia no es una mera comunidad de fe, que peregrina por este mundo, pues en las comunidades se dan muchas tensiones, que han roto la unidad. La Iglesia va más allá de esas comunidades. La Iglesia es la Esposa de Cristo, que se hace una con Él y que se convierte en signo verdadero de su presencia, llena de humildad, de mansedumbre, de paciencia y capaz de soportar a todos por amor. Ninguno puede llenarse de orgullo y pensar que ha agotado en sí mismo la presencia de Cristo. Nuestro Dios y Padre a cada uno de nosotros nos ha concedido la gracia a la medida de los dones de Cristo. Y conservando la unidad en un solo Espíritu, todos, transformados en Cristo, debemos ponernos al servicio de la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios. Mientras haya divisiones entre nosotros y nos mordamos unos a otros, tal vez podamos decir que nuestra vida cristiana se desenvuelve en una comunidad de creyentes en Cristo, pero difícilmente podríamos decir que somos Iglesia en Cristo.

2. Sal 19 (18). Así comenta Juan Pablo II: "El sol, con su resplandor progresivo en el cielo, con el esplendor de su luz, con el calor benéfico de sus rayos, ha conquistado a la humanidad desde sus orígenes. De muchas maneras los seres humanos han manifestado su gratitud por esta fuente de vida y de bienestar con un entusiasmo que en ocasiones alcanza la cima de la auténtica poesía. El estupendo salmo 18, cuya primera parte se acaba de proclamar, no sólo es una plegaria, en forma de himno, de singular intensidad; también es un canto poético al sol y a su irradiación sobre la faz de la tierra. En él el salmista se suma a la larga serie de cantores del antiguo Oriente Próximo, que exaltaba al astro del día que brilla en los cielos y que en sus regiones permanece largo tiempo irradiando su calor ardiente. Basta pensar en el célebre himno a Atón, compuesto por el faraón Akenatón en el siglo XIV a. C. y dedicado al disco solar, considerado como una divinidad. Pero para el hombre de la Biblia hay una diferencia radical con respecto a estos himnos solares: el sol no es un dios, sino una criatura al servicio del único Dios y creador. Basta recordar las palabras del Génesis: "Dijo Dios: haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años; (...) Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche (...) y vio Dios que estaba bien" (Gn 1,14.16.18).

Antes de repasar los versículos del salmo elegidos por la liturgia, echemos una mirada al conjunto. El salmo 18 es como un dístico. En la primera parte (vv. 2-7) -la que se ha convertido ahora en nuestra oración- encontramos un himno al Creador, cuya misteriosa grandeza se manifiesta en el sol y en la luna. En cambio, en la segunda parte del Salmo (vv. 8-15) hallamos un himno sapiencial a la Torah, es decir, a la Ley de Dios. Ambas partes están unidas por un hilo conductor común: Dios alumbra el universo con el fulgor del sol e ilumina a la humanidad con el esplendor de su Palabra, contenida en la Revelación bíblica. Se trata, en cierto sentido, de un sol doble: el primero es una epifanía cósmica del Creador; el segundo es una manifestación histórica y gratuita de Dios salvador. Por algo la Torah, la Palabra divina, es descrita con rasgos "solares": "los mandatos del Señor son claros, dan luz a los ojos" (v. 9).

Pero consideremos ahora la primera parte del Salmo. Comienza con una admirable personificación de los cielos, que el autor sagrado presenta como testigos elocuentes de la obra creadora de Dios (vv. 2-5). En efecto, "proclaman", "pregonan" las maravillas de la obra divina (cf. v. 2). También el día y la noche son representados como mensajeros que transmiten la gran noticia de la creación. Se trata de un testimonio silencioso, pero que se escucha con fuerza, como una voz que recorre todo el cosmos. Con la mirada interior del alma, con la intuición religiosa que no se pierde en la superficialidad, el hombre y la mujer pueden descubrir que el mundo no es mudo, sino que habla del Creador. Como dice el antiguo sabio, "de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13, 5). También san Pablo recuerda a los Romanos que "desde la creación del mundo, lo invisible de Dios se deja ver a la inteligencia a través de sus obras" (Rm 1, 20).

Luego el himno cede el paso al sol. El globo luminoso es descrito por el poeta inspirado como un héroe guerrero que sale del tálamo donde ha pasado la noche, es decir, sale del seno de las tinieblas y comienza su carrera incansable por el cielo (vv. 6-7). Se asemeja a un atleta que avanza incansable mientras todo nuestro planeta se encuentra envuelto por su calor irresistible (…) San Juan Crisóstomo afirma: "El silencio de los cielos es una voz más resonante que la de una trompeta: esta voz pregona a nuestros ojos, y no a nuestros oídos, la grandeza de Aquel que los ha creado". Y san Atanasio: "El firmamento, con su grandeza, su belleza y su orden, es un admirable predicador de su Artífice, cuya elocuencia llena el universo"".

Todo se hizo por aquel que es la Palabra externa del Padre, y sin Él no se hizo nada. Así, todo lo creado es una expresión de Dios entre nosotros. Sin que las cosas pronuncien palabra alguna, a su modo nos hablan de Aquel que las ha creado. La persona humana, en sí, debería ser el mejor de los lenguajes de Dios entre nosotros, pues el Señor nos creó a su imagen y semejanza. Llegada la plenitud de los tiempos, Dios nos envió a su propio Hijo, el cual mediante sus palabras, sus obras, sus actitudes y su vida misma es para nosotros la suprema revelación del Padre. Y del costado abierto de Jesús, dormido en la cruz, nació la iglesia. Mediante Ella resuena por toda la tierra la Palabra en nos hace conocer a Dios y experimentar su amor, hasta el último rincón de la tierra. Que Dios nos conceda ser un signo verdadero y creíble de su presencia salvadora en el mundo. El Catecismo se refiere a este canto ordenado de la creación en diversos puntos: "Porque Dios crea con sabiduría, la creación está ordenada: "Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso" (Sb 11,20). Creada en y por el Verbo eterno, "imagen del Dios invisible" (Col 1,15), la creación está destinada, dirigida al hombre, imagen de Dios (cf. Gn 1,26), llamado a una relación personal con Dios. Nuestra inteligencia, participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su creación (cf. Sal 19,2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cf. Jb 42,3). Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad ("Y vio Dios que era bueno... muy bueno": Gn 1,4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material (cf. DS 286; 455-463; 800; 1333; 3002)" (299).

3. Jesús llama a los que quiere sin atenerse a las distinciones que hacían los fariseos. Ahora llama a un publicano –tenido por pecaminoso, ya que recaudaba impuestos a sus compatriotas para venderlos a los romanos-, se llama también Leví (cf Mc 2,14; Lc 5,27) y el que Jesús se le acerque escandaliza a algunos (11,19), pero Jesús, por medio del profeta Oseas (6,6) identifica su conducta con el corazón de Dios. No hemos de desanimarnos si nos vemos llenos de miserias, pues ante Dios no podemos vernos de otra forma, y Él ha venido a buscar a todos, pero quien se considere justo se está cerrando a la gracia… abrir las puertas al Señor es lo fundamental. «Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. —¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos»: san Josemaría Escrivá (Camino, 799).

¡Qué bien suena ese "Sígueme" todavía! Cuántas veces lo habremos escuchado, leído, meditado... Hoy, una vez más, resuena con claridad: no te vayas, no te preocupes, no te quedes ahí, no tengas miedo, ¡sígueme! No hay nada más esperanzador para un enfermo que escuchar a su médico explicarle con firme tranquilidad cuál va a ser el camino de la curación, nada más tranquilizador para una persona que está perdida en medio de un bosque que encontrar un sendero, nada más acogedor que los brazos de papá o de mamá para un niño asustado. Todo eso es el sígueme de Jesús.

¿Qué recuerdos tenemos cada uno de nosotros de ese instante, del momento en el que escuchamos por primera vez esa palabra en lo más hondo de nuestro ser? ¿No sería precioso sentarnos tranquilamente y hablar, recordar, rememorar ese momento? Ese es un momento histórico para cada uno de nosotros, para nuestras vidas y para las personas que comparten sus vidas con nosotros: son recuerdos que nos deben emocionar, aunque estén vinculados a momentos críticos de la existencia. Mateo, el publicano, el cobrador de impuestos, el "colaboracionista", el despreciado y despreciable por todo lo que hacía, empieza una nueva vida a partir de ese sígueme pero desde una situación muy incómoda, dolorosa, humillante, desolante. Y sin embargo no duda ni un momento en dejar por escrito cómo fue que se puso a seguir a Jesús.

Creo además que el día más adecuado para recordar nuestro particular sígueme es el día de nuestro santo: es el día en el que celebramos una fiesta por nuestro nombre, por cómo nos han llamado, y entonces ¿porqué no celebrar también el día en el cual Jesús nos llamó por nuestro nombre invitándonos a seguirle? A partir de ese día un cobrador de impuestos cualquiera, el que quitaba a todo el mundo, se convierte en Mateo, "el don de Dios", el que regala a todo el mundo. Así de grande y así de sencillo. Y a partir de ese día ¿qué te ha pasado a ti? (carlo@ya.com).

v. 9: Cuando se marchó Jesús de allí, vio al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: -Sígueme. Se levantó y lo siguió.

El episodio simbólico del paralítico, en el que se ofrece la salvación a todo hombre sin distinción, se concreta en la llamada de Mateo, el recaudador. Su profesión, por su reconocida codicia y el abuso que hacían de la gente, lo asimilaba a «los pecadores» o «descreídos» y lo excluía de la comunidad de Israel. Mateo está «sentado», instalado en su oficio (el mostrador de los impuestos). Jesús lo invita con una palabra: «Sígueme». Mateo «se levanta», y sigue a Jesús. El seguimiento es la expresión práctica de la fe/adhesión. Según lo dicho por Jesús al paralítico (9,2), su pasado pecador queda borrado. De hecho, Mateo abandona su profesión (se levantó); como el paralítico, comienza una vida nueva.

v. 10: Sucedió que estando él reclinado a la mesa en la casa acudió un buen grupo de recaudadores y descreídos y se reclinaron con él y sus discípulos. La solemnidad de la fórmula inicial (lit. «y sucedió que estando él reclinado a la mesa en la casa») aconseja referir la frase a Jesús mejor que a Mateo. Por otra parte, esta casa (gr. oikía) designa varias veces la de Jesús y sus discípulos (9,28; 13,1.36; 17,25). Puede ser, como en Mc, símbolo de la comunidad de Jesús. En la casa se encuentran reclinados a la mesa -postura propia de los hombres libres- Jesús y sus discípulos, pero llegan muchos recaudadores y pecadores y se reclinan con ellos. La comida-banquete es figura del reino de Dios (cf. 8,11). La escena significa, por tanto, que también los excluidos de Israel van a participar de él. La llamada de Mateo ha abierto a «los pecadores» o impíos la puerta del reino de Dios, actualizado en el banquete mesiánico. La «llegada» de los «recaudadores y pecadores» para estar a la mesa con Jesús y los discípulos en el acto de perfecta amistad y comunión, indica que también ellos han dado su adhesión a Jesús y constituyen un nuevo grupo de discípulos. Su fe/adhesión ha cancelado su pasado, son hombres que van a comenzar una nueva vida. No es condición para el reino la buena conducta en el pasado ni la observancia de la Ley judía. Basta la adhesión a Jesús. Nótese que el término «pecadores/descreídos» no designaba sólo a los judíos irreligiosos, que hacían caso omiso de las prescripciones de la Ley, sino también a los paganos. La escena abre, pues, el futuro horizonte misionero de la comunidad.

vv. 11-13: Al ver aquello preguntaron los fariseos a los discípulos: -¿Por qué razón come vuestro maestro con los recaudadores y descreídos? 12Jesús lo oyó y dijo: -No sienten necesidad de médico los que son fuertes, sino los que se encuentran mal. 13Id mejor a aprender lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6): porque no he venido a invitar justos, sino pecadores.

Oposición de los fariseos; los que profesaban la observancia estricta de la Ley se guardaban escrupulosamente del trato y del contacto con las personas impuras (pecadores). Se dirigen a los discípulos y les piden explicaciones sobre la conducta de su maestro. Responde Jesús mismo con una frase proverbial sobre los que necesitan de médico. Denuncia la falta de conocimiento de la Escritura que muestran los fariseos, que no comprenden el texto de Os 6,6 (cf. Mt 12,7). Dios requiere el amor al hombre antes que su propio culto (cf. 5,23-24). Esto invierte las categorías de los fariseos, que cifraban su fidelidad a Dios en el cumplimiento exacto de todas las prescripciones de la Ley, pero condenaban severamente a los que no las cumplían (cf. 7,lss). La frase final de Jesús tiene un sentido irónico. «Los justos», que no van a ser llamados por él, son los que creen que no necesitan salvación. El verbo «llamar/invitar» ha sido usado por Mt para designar el llamamiento de Santiago y Juan, que no pertenecían a la categoría de «los pecadores/descreídos». «Pecadores», por tanto, tiene un sentido amplio. Son aquellos que no están conformes con la situación en que viven, que desean una salvación. «Los justos», por oposición, son los que están satisfechos de sí mismos y no quieren salir del estado en que viven.

El nombre de Mateo está indisolublemente ligado al Evangelio que lleva su nombre. La mejor manera de celebrar su fiesta, es comprometiéndonos a leer su Evangelio en toda su extensión y profundidad. También debemos recordar la vocación de Mateo. Jesús lo llamó en el momento mismo de ejercer su profesión y su respuesta fue inmediata y sin vacilación. Mateo tenía una profesión odiada por el pueblo, pues debía recoger los impuestos para el Templo, para el rey Herodes y para los romanos, normalmente con usura y extorsión. También eran odiados por los fariseos, pues los cobradores de impuestos, llamados publicanos, se contaminaban con los paganos y no respetaban las leyes de pureza legal. Nadie podía entrar en sus casas y mucho menos comer con ellos. Jesús libera a Mateo de este contexto y lo transforma en discípulo y apóstol. Además se enfrenta con los fariseos, cuando va a casa de Mateo y come con los publicanos y pecadores. La comunidad de Jesús es una comunidad preferencialmente para los que están mal y son pecadores. La Iglesia de Jesús se identifica por la misericordia y no por el sacrificio. Es una religión del corazón, que llama, libera e incluye a todos. La religión de los fariseos es una religión que sacrifica el cuerpo y la vida en función de la ley, el poder y el templo, una religión exterior, opresora y excluyente. La carta a los Efesios nos invita a consolidar esta Iglesia de Jesús, con un llamado a la unidad de la Iglesia y un reconocimiento y ordenamiento de los carismas en su seno (J. Mateos-F. Camacho).

Podríamos detenernos en bastantes detalles del relato, que no deben pasarnos inadvertidos: la majestad de Jesús que, sin más, llama mientras va pasando a seguirle de por vida; lo que descubriría Mateo: hombre práctico como pocos, sin duda, difícil de engañar, para que una sola palabra le bastara para comprender nítidamente que valía la pena cambiar su vida actual por el seguimiento de Cristo; el entusiasmo suyo tras la decisión, que le lleva a organizar una fiesta invitando a sus amigos; la actitud, en cambio, de los fariseos, que parecen incapaces de ver con buenos ojos algo de lo que el Señor realiza; el afán salvador –en fin– de Jesucristo, pues, no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores, concluye. Podemos esta vez detenernos precisamente en esto último, que parece inundar el alma del Señor, y así lo manifiesta en bastantes momentos de su paso por la tierra: Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor; tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él; no temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. En muchos más momentos manifiesta Jesús el cariño divino a los hombres. Recordemos sólo ahora aquella otra conversación con Zaqueo, que era jefe de publicanos y lo hospeda en su casa. En aquella ocasión Jesús manifiesta: Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Parece necesario, con una necesidad gozosamente imprescindible, que nos sintamos muy queridos por Dios. Conviene que meditemos hasta el fondo, en la medida de nuestras fuerzas humanas –aunque siempre sean pequeñas, de pobre criatura– que un gran Amor nos quiere, y ha pensado para los hombres la mayor de las felicidades posibles. Aunque no sea fácil de entender, porque habitualmente pensamos en términos de derechos y de obligaciones, según una lógica humana, el plan creador de Dios, que hace posible nuestra existencia, nos conduce, si libremente somos dóciles a él, al inimaginable deleite de su intimidad. No cabe pensar en mayor bien que aquél que de suyo satisface cada potencia de nuestra carne y nuestro espíritu.

No se trata, desde luego, de una cuestión de derechos adquiridos que logremos en virtud de unos ciertos méritos. Diríamos, para entendernos en una cuestión en la que las palabras resultarán siempre pobres, que así ha sido el plan de Dios: gratuitamente nos ha amado, sin iniciativa alguna de nuestra parte; no tenemos, al respecto, nada que decir, nada que objetar que sea razonable. Sería tan absurdo como plantear objeciones a que las personas en este mundo puedan ser hombres o mujeres, o a que caminamos habitualmente sobre nuestros pies. Se trata, en efecto, de una realidad tan primaria y básica de la conformación concreta de la voluntad divina –las cosas son así porque Él quiso–, que habitualmente no nos hacemos mayores problemas. Pues, el mismo sentido, la vida del hombre únicamente se consuma en Dios; y en Él y sólo en Él –compartiendo su Vida Eterna– logra el hombre su plenitud: así lo quiso Dios.

La llamada al apostolado de Mateo, discípulo del Señor y autor del primer evangelio, por las circunstancias que la rodearon, es una manifestación práctica y eficaz del deseo salvador universal divino concretado por Jesucristo, al llegar a la plenitud de los tiempos –en palabras de San Pablo. Cabría pensar que los justos por su justicia ya caminan con sus pasos orientados hacia Dios. Se apoyan en la Gracia, efecto primario de la Redención, en su progreso ilusionado hacia la santidad. Pero los pecadores, los que viven de modo habitual en la injusticia, en franca oposición a los preceptos divinos, esos precisan más; esos sí que necesitarían una asistencia más específica que los anime a retirarse de sus desvíos en el ejercicio de su libertad. Les es tanto más necesaria esa ayuda, cuanto menos la echan en falta, porque, siendo imprescindible para la salvación, no la quieren. Son, evidentemente –aunque no lo sepan– los más necesitados de auxilio divino.

No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Parece la declaración más sencilla y sincera que se podría hacer acerca del amor de Dios, y así se expresaba Jesucristo, Dios mismo encarnado. Dios, que quiere que todos los hombres se salven, como manifiesta asimismo el Apóstol a su discípulo Timoteo, no se comporta, en Jesús, como tantas veces los humanos, que excluimos de nuestro trato casi sistemáticamente a quienes nos ofenden. Nuestro Señor vino al mundo porque los hombres –simplificando– somos malos, pecadores. He ahí la razón de su venida, tomando carne humana de Santa María. Su vida de infancia y de trabajo en este mundo nuestro, su predicación y su Pasión, muerte y Resurrección, han sido, ciertamente, por amor a todo el género humano: para que pueda alcanzar aquella Gloria a la que fue destinado. Pero siempre en razón del pecado y de los pecadores.

Que el entusiasmo agradecido de Mateo nos contagie también a cada uno, y nos ayude a contemplar a Nuestro Señor como al amigo incondicional que nunca se desdice de su amistad, aunque no seamos merecedores de ella. Sin duda, con esa actitud positiva, nos sentiremos más dispuestos a evitar lo que ofende a Dios; más aún, desearemos agradarle, amarle, en nuestro comportamiento de cada día. La Madre de Dios, Madre nuestra, aliente nuestros deseos.

El pasaje de hoy resalta una característica de la condición humana. Los fariseos siempre tenían algo que opinar, sobre todo con aquellas cosas que, desde su punto de vista atentan contra el buen ejercicio de la ley. Jesús se da cuenta de su murmullo y le dice la frase mágica: "Misericordia quiero y no sacrificios". Que diferentes serán las cosas en este mundo cuando hagamos nuestras estas palabras. En otro pasaje del Evangelio Jesús nos llama a ser misericordiosos como Dios es misericordioso. Es ahí donde radica el paso desde condición humana a condición divina: tener misericordia. Cuando somos misericordiosos no reparamos en la condición humana de los demás, sino que trascendemos a ella y podemos ver con los ojos de Dios. Podemos amar con el amor de Dios, podemos esperar en el tiempo de Dios. Abrirnos a la acción de Dios en nuestras vidas será la forma en que aseguraremos dar el paso desde lo humano a la misericordia (Miosotis).

San Beda el Venerable, comentando la conversión de Mateo, escribe: «La conversión de un cobrador de impuestos da ejemplo de penitencia y de indulgencia a otros cobradores de impuestos y pecadores (...). En el primer instante de su conversión, atrae hacia Él, que es tanto como decir hacia la salvación, a todo un grupo de pecadores». ¿Quién de nosotros puede decir que no tiene pecado? Y a pesar de nuestras esclavitudes a él, a pesar de las grandes injusticias que hayamos cometido en contra de nuestro prójimo, y de las grandes traiciones a Cristo y a su Iglesia, Él vuelve a pasar junto a nosotros y nos llama para que vayamos tras sus huellas. El poder de su Palabra es un poder salvador, que nos llama a la vida, que nos libra de nuestras tinieblas de maldad y que nos saca a luz, para qué seamos criaturas nuevas en Cristo. Pero no basta haber recibido los dones de Dios. Los que vivimos en comunión de vida con Cristo debemos hacer nuestros los mismos sentimientos del corazón misericordioso del Señor, y trabajar para que el Proyecto de Dios sobre la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, unido por el amor y por un mismo Espíritu, se haga realidad, ya desde ahora, entre nosotros. Una iglesia que se encierra para recibir en su seno sólo a los puros y cierra la puerta a los pecadores no puede, en verdad, llamarse Iglesia de Cristo. Jesús ama a los pecadores, no porque quiera que continuemos pecando, sino porque quiere sanar nuestras heridas para que, arrepentidos, renovados en Cristo, convertidos en Él en hijos de Dios, sea nuestro el Reino de los cielos. Como auténtica iglesia de Cristo ¿este camino y ejemplo del Señor es el que impulsa nuestra labor evangelizadora?

El Señor, pasando junto a nosotros nos ha dicho: Sígueme. Y nosotros, convocados por É, estamos en su presencia para dejarnos, no sólo instruir, sino transformar por su Palabra poderosa, que nos perdona, nos santifica y nos va configurando día a día, hasta que lleguemos a ser hombres perfectos, y alcancemos nuestra plenitud en Cristo Jesús. Y Él nos sienta a su mesa, a nosotros, pecadores amados por Él; amados hasta el extremo de tal forma que se entregó por nosotros, para santificarnos, pues nos quiere totalmente renovados para poder presentarnos justos y santos ante su Padre Dios. Dejémonos amar por el Señor, y permitámosle llevar a cabo en nosotros su obra salvadora.

Así respondieron los apóstoles a su vocación, con entusiasmo, recordando incluso como san Juan la hora en que fue llamado: "hora autem erat quasi decima: Eran entonces alrededor de las cuatro". Se comprometieron en la empresa divina: "¡Comprometido! ¡Cómo me gusta esta palabra! -Los hijos de Dios nos obligamos -libremente- a vivir dedicados al Señor, con el empeño de que El domine, de modo soberano y completo nuestras vidas" (San Josemaría, Forja, n.855). Como hemos repasado, el combustible para el fuego es el amor: "¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. / -Enamórate, y no "le"  dejarás" (Camino, n.999). "Agradece al Señor la continua delicadeza, paternal y maternal, con que te trata. / Tú, que siempre soñaste con grandes aventuras, te has comprometido en una empresa estupenda..., que te lleva a la santidad. / Insisto: agradéceselo a Dios, con una vida de apostolado" (Surco, n.184). La correspondencia es docilidad a la labor del Paráclito en nuestras almas (cf. Camino, nn.56 y 57). "Descubrir esta llamada, esta vocación, es caer en la cuenta de que Cristo tiene fijos los ojos en ti y que te invita con la mirada a la entrega total en el amor. Ante esa mirada, ante ese amor suyo, el corazón abre las puertas de par en par y es capaz de decirle que sí" (Juan Pablo II en Asunción, Paraguay, 18.5.1988). "La búsqueda y el descubrimiento de la voluntad de Dios para vosotros es una experiencia profunda y fascinante… A fin de cuentas, toda vocación, todo camino al que Cristo nos llama, lleva a la realización y a la felicidad, pues conduce a Dios, a compartir la misma vida divina" (en Manila, 13.1.1995). Compartir la vida de Jesús, su misión: "Recuerdo con profunda emoción el encuentro que tuvo lugar en Nagasaki entre un misionero que acababa de llegar y un grupo de personas que, una vez convencidas de que era un sacerdote católico, le dijeron: 'Hemos estado esperándote durante siglos'" (en Nagasaki, 25.2.1981). Es la fascinante misión de ser instrumentos de Jesús para la redención, la felicidad temporal y eterna: "Ha llegado para nosotros un día de salvación, de eternidad. Una vez más se oyen esos silbidos del Pastor Divino, esas palabras cariñosas, 'vocavi te nomine tuo' -te he llamado por tu nombre. / Como nuestra Madre, El nos invita por el nombre. Más: por el apelativo cariñoso, familiar. -Allá, en la intimidad del alma, llama, y hay que contestar: 'ecce ego, quia vocasti me' -aquí estoy, porque me has llamado, decidido a que esta vez no pase el tiempo como el agua sobre los cantos rodados, sin dejar rastro" (Forja, n.7). La Virgen nos concederá esas gracias, que el Señor ya ha previsto que nos lleguen por las delicadas manos cariñosas de nuestra Madre. Ella nos hace ver que ninguna dificultad es insuperable: porque tengo vocación, superaré ese obstáculo: Dios, que ha empezado en nosotros la obra de la santificación, la llevará a cabo (cfr. Fil. 1,6; cf. san Josemaría, Cristo que pasa, 176). Ella fomentará nuestro afán de santidad personal, dando gracias a Dios por su libre y amorosa elección (primer punto que hemos considerado), para la unión con Jesús (estar con Él, segundo aspecto) y como fundamento de toda eficacia apostólica (la misión, el tercer punto). Ella nos enseñará a pronunciar su "fiat", ella nos indica el camino: "Haced lo que él os diga..."  y nos ayuda a cumplir y responder a la misión –"Ego redemi te et vocavit te nomine tuo: meus es tu!"- con fidelidad se ser de Dios, a escucharle en la suave brisa de la oración (cf 1 Rey 19,12). Santa María, virgo fidelis, la criatura que mejor ha correspondido a la vocación: sub tuum praesidium confugimus, bajo tu amparo nos acogemos.

Amados por Dios y reconciliados con Él en Cristo Jesús, seamos la Iglesia de Cristo, que continúa en el mundo y su historia la encarnación del Hijo de Dios. Sigamos trabajando constantemente por la justicia, por el amor fraterno y por la paz. No seamos ocasión de división ni de luchas fratricidas entre nosotros. A pesar de que contemplemos grandes miserias y pecados en nuestro prójimo, jamás lo rechacemos; antes al contrario, acerquémonos y convivamos con él no para irnos con él tras las huellas de la maldad y del pecado, sino para ganarlo para Cristo con actitudes de amor, de alegría, de bondad, de justicia y de paz; pues así como nosotros hemos sido amados por Cristo, así debemos amarnos entre nosotros; y así como Él sale al encuentro de nosotros, pecadores, para salvarnos, así salgamos al encuentro de los pecadores para ayudarles a volver a la casa de nuestro Dios y Padre, lleno de bondad y de misericordia para con todos.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber aceptar en nosotros el perdón de nuestros pecados, y la Vida y el Espíritu que proceden de Él, de tal forma que, juntos, podamos formar, en Cristo, su verdadera Iglesia, que haga que el Rostro de su Señor continúe brillando, con todo su amor y su misericordia, en medio de nosotros hasta llegar algún día, a nuestra plenitud en Cristo, participando, de la Gloria que como a Hijo, le corresponde y que nos ha prometido como herencia nuestra. Amén (Homiliacatolica.com).

Domingo de la 25ª semana del Tiempo Ordinario. Los que obran la justicia sufrirán persecución, como Jesús. No hemos de querer mandar, sino servir

Libro de la Sabiduría 2,12.17-20. Se dijeron los impíos: «Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones,nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.»

 

Salmo 53,3-4.5.6 y 8. R. El Señor sostiene mi vida.

Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras.

Porque unos insolentes se alzan contra mí, y hombres violentos me persiguen a muerte, sin tener presente a Dios.

Pero Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno.

 

Carta del apóstol Santiago 3,16-4,3. Queridos hermanos: Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia. ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9,30-37. En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: -«El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó - «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: -«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: -«El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

 

Comentario: 1. Sb 2,17-20. La perícopa de hoy es fragmentaria. Su mejor contexto sería el leer la unidad a la que pertenece; el discurso de los malvados (2, 1-22), que no tienen bastante con disfrutar de los placeres, sino que no toleran la presencia del justo, porque es un constante reproche para ellos, por eso lo someten a la prueba del tormento y de un fin ignominioso, para ver si Dios, al que el justo llama Padre, le ayuda realmente. Si no es así, la razón estará de su parte. Las palabras de los malvados, dichas de forma irónica, tienen eco en los ultrajes de los escribas y sacerdotes contra Jesús en la cruz (cf Mt 27,40-43; Mc 15,31-32; Lc 23,35-37). Del justo se dice "hijo de Dios" (v 13) como novedad, hasta entonces se aplicaba al pueblo de Israel o al rey que lo representa, pero ya en los libros tardíos (Sir 23,4; 51,14) se vislumbra la paternidad de Dios respecto a cada persona justa, y de modo propio se aplica al Mesías, Justo por antonomasia (Biblia de Navarra).

-Ese justo también los juzga a ellos, simplemente con su conducta diversa, que encarna un sistema de valores opuestos. Ese testimonio "resulta incómodo", "da grima", por lo cual los malvados deciden someterlo a la prueba y eliminarlo. Así demostrarán dos cosas: que la vida del justo termina mal y desacredita su sistema de valores; que Dios no se ocupa de esos pobres desgraciados que "se glorían de tener por padre a Dios". Los malvados se convierten así en jueces del justo: jueces en el plano intelectual de una concepción de la existencia y en el plano jurídico de su poder que formulan así: "sea nuestra fuerza la norma del derecho".

-Humanamente parece que triunfan. Sólo que el autor pronuncia su juicio en instancia superior, condenando a tales personajes y anunciándoles el juicio inapelable de Dios, que presentará en el cap. 5. De esta manera los malvados quedan cogidos entre dos frentes: el juicio mudo y paciente del justo perseguido y asesinado y el juicio del autor que habla en nombre de Dios.

Ese justo es un personaje típico, que puede representar a grupos y a individuos: al pueblo de Israel entre los paganos, a israelitas fieles entre sus paisanos apóstatas, a los justos perseguidos que rezan en los salmos. El sabio se inspira en la figura del Siervo de Yavé para hacer el retrato del justo que vive en medio de los impíos. El pasaje se refiere directamente a los judíos fieles que viven en la diáspora de Alejandría y tienen que soportar la mofa y la persecución de los judíos renegados. Estos últimos son los que se han apartado de las tradiciones paternas y quebrantan sin escrúpulos la Ley. Por cuya razón no aguantan la presencia de los justos, que sólo con su vida denuncian toda clase de impiedad. Sobre todo, a Jesús, el Hijo de Dios, el inocente que juzgado juzga, condenado es reivindicado, muriendo gana el perdón y resucitando da la vida (A. Gil Modrego). Aunque no se trata propiamente de una profecía de la pasión y muerte de Jesús, los autores del N.T. y la tradición cristiana han visto reflejada en este texto la suerte del que es en verdad "justo", de aquel que muere por los injustos y soporta la muerte de la cruz y la afrenta de los pecadores (cf Heb 12,3; Mt 27,43). Los impíos quieren hacer un experimento con el justo y salir de dudas y ver si es tan bueno como parece y Dios está efectivamente con él, quieren someterlo a prueba. Se trata de tentar incluso al mismo Dios, de ver si realmente Dios puede salvar al justo. Aunque el "hijo de Dios" es aquí simplemente un título que se da al justo y no da pie a entender el texto refiriéndolo a Jesucristo, lo cierto es que cuanto se dice aquí del justo se cumple literalmente en la pasión y muerte del verdadero Hijo de Dios (Mt 27,43: "Eucaristía 1982").

La sabiduría contrapone continuamente los impíos, que obran la injusticia, a los justos, que se comportan de acuerdo con los criterios dictados por ella. Son «impíos» quienes con sus hechos, razonamientos, criterios y malas lenguas engendran la muerte. Su visión materialista de la vida los incapacita para valorar lo que sobrepasa la razón, se encierran en sí mismos y contemplan impasibles los sufrimientos que causan a los demás; así se dejan llevar por el pesimismo y la tristeza de una existencia carente de sentido. «Nuestro respiro es humo, y el pensamiento, chispa de un corazón que late; cuando ésta se apague, el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se disipará como aire tenue». Sólo les queda una salida: el desenfreno, gozar de los placeres de la vida sumergiéndose en la espiral de un consumo sin freno, aunque sea a costa de los más débiles, pisoteando sus derechos y hundiendo a los pobres.

Pero ni eso les basta. Hay que ahogar todo intento de crear vida y alegría. Hay que dar muerte al justo que denuncia la injusticia con su conducta. "Lleva una vida distinta de los demás" (2,15). El justo se gloría de tener a Dios por Padre. Tiene una escala de valores diferente y constituye una acusación contra las convicciones mundanas de los impíos. La envidia ciega a los poderosos. Proyectan contra el justo la muerte que los consume: "Vamos a ver si es verdad lo que dice, comprobando cómo es su muerte; si el justo ese es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo librará de las manos de sus enemigos... Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien mira por él» (2,17-20). Mateo parece inspirarse en este pasaje, y en Sal 22,8-9, cuando hace decir contra Jesús a los representantes de la religión, la teología y la política de Israel: «Había puesto su confianza en Dios. Si de verdad lo quiere Dios, que lo libre ahora, ¿no decía que era Hijo de Dios?» (Mt 27,43). No saben que «Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser». Todos los que luchan por la claridad de esta «imagen» defendiendo los derechos inalienables de los hombres y de los pueblos participan ya ahora de la inmortalidad de la justicia (1,15). La comunidad cristiana debe hacer visible este compromiso como un fruto de su vitalidad interior, alimentada por el Espíritu del Señor, que le da cohesión y la centra exclusivamente en la persona de Jesús, el Justo por excelencia (Rius Camps).

El libro de la Sabiduría es casi contemporáneo de Jesús. Escrito en Alejandría de Egipto, en el seno de la poblada colonia judía, afronta un problema serio: cómo vivir la fe bíblica tradicional en un ambiente culturalmente hostil, como era el caso del helenismo. El autor presenta, simplificando, el prototipo de dos actitudes: el "justo", quien se mantiene fiel a la tradición judía, y el "impío", quien se dejó deslumbrar por la cultura secularista del helenismo de entonces.

El c. 2 nos presenta en un díptico las actitudes vitales de ambos personajes: las esperanzas inmanentistas de los "impíos", y la esperanza trascendente del "justo". Fuerte contraste. Además, ya que el "justo", con su forma de vivir, pone en entredicho las pseudoesperanzas de sus contemporáneos, estos deciden condenarlo a una muerte ignominiosa para mostrar así a todos que su esperanza carece de fundamento: con la muerte todo se acaba, el más allá es pura falacia de fanáticos.

El c. 3 se traslada a la acción de Dios, que no deja sin recompensa la fe y la esperanza del justo, aunque aparentemente no sea así. Este mismo Dios cuidará, en su momento, de desenmascarar el engaño existencial de los "impíos".

Nuestro breve texto se inscribe en los razonamientos de los "impíos" que dudan de la veracidad de la esperanza religiosa y quieren demostrarlo a base de un asesinato. La muerte de un inocente prueba, a sus ojos, la despreocupación de Dios por el destino del hombre.

Nuestra mentalidad secularista actual tiene ciertamente puntos de contacto con esta página bíblica. ¿Somos capaces, desde nuestra fe, de desenmascararlos?

El v.18 ("Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará") Mateo lo aplica a la pasión de Cristo, el verdadero justo, poniéndolo en boca de las autoridades judías que se burlan de él y de sus pretensiones (cf. 27,43: Jordi Latorre).

2. Sal. 53. La introducción de este salmo atribuye esta oración a una situación real de la vida de David. Procedimiento literario semítico, muy revelador: la realidad concreta de esta situación histórica es temible. David está acosado por su enemigo Saúl. El primer rey de Israel teme que el joven David le arrebate su trono, tanta es su popularidad. "Extranjeros", entre los cuales se refugió David, están listos a "venderlo" (1 Sam 23,19-28). Este salmo ha sido recitado y releído a lo largo de la historia, en particular en los momentos de persecución de los Macabeos, por todos los "Anawim", los "pobres", oprimidos por los poderosos, orgullosos, sin fe ni ley, que no "tienen en cuenta para nada a Dios". Adivinamos el grado de opresión de este "pequeño" ante los "más fuertes" que él. Su oración se hace vengativa y pide a Dios que aplique a sus enemigos la ley del Talión: "Vuelve el mal contra mis adversarios". Pero su oración termina en la alegría de la acción de gracias: alabanza a la bondad de Dios que libera...

Poniendo este salmo en labios de Jesús encontramos:

-Su oración porque el mundo "sea liberado del mal, y no caiga en tentación".

-Al comienzo de la Pasión, su súplica para "ser liberado de la muerte": "si es posible pase de Mí este cáliz". El v 8 puede aplicarse a Jesús que acepta voluntariamente su muerte (Jn 10,18) como sacrificio de expiación por los pecados de todos los hombres (Hb 10,9; Biblia de Navarra; Catecismo 614).

-Pero a diferencia del salmista, Jesús nos pide orar "por nuestros enemigos"; así lo hizo El mismo por los suyos: "Perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen".

-Finalmente, Jesús "dio gracias" (Eucaristía) al Padre por su Alianza en el gran combate contra su enemigo principal, según San Pablo, la muerte (I Cor 15,26). En boca de Jesús, la verdadera liberación es la resurrección.

Este salmo afirma que el "mal" es una potencia "extranjera", contraria al hombre, alienante, diríamos hoy. Pero dice también que Dios combate con nosotros, al lado del hombre, contra todas las potencias "que buscan su perdición". Gracias, Señor. Sí, por tu verdad, Señor, destruye a aquellos que se han levantado contra la humanidad. La victoria del bien está asegurada. Quien ora en este salmo, sabe que será escuchado, y anuncia que "dará gracias": "He visto a mis enemigos humillados". Sin orgullo, sin pretensión, el cristiano debería tener una mentalidad de vencedor... La seguridad de la victoria final de Dios, lejos de inmovilizar, debe da dar ánimo al cristiano para su combate de cada día (Noel Quesson).

«¡Oh Dios, sálvame por el poder de tu nombre!». Adoro tu nombre, Señor, tu nombre que mis labios no se atreven a pronunciar. Tu nombre es tu poder, tu esencia, tu persona. Tu nombre eres tú. Me alegra pensar que tienes nombre, que se te puede llamar, que puedes entablar diálogo con el hombre, que se puede tratar contigo con la confianza y familiaridad con que se trata con una persona querida. Al mismo tiempo, respeto el silencio de tu anonimato al ocultar tu nombre a los mortales y velar el misterio de tu intimidad con la sombra de tu transcendencia. Tu nombre está por encima de todo nombre, porque tu ser está por encima de todo ser.

Tu nombre está escrito en los cielos y lo pronuncian las nubes entre truenos. Lo dibujan los perfiles de montañas en la nieve y lo cantan las olas eternas del océano. Tu nombre resuena en el nombre de cada hombre en la tierra, y se bendice cada vez que un niño es bautizado. Toda la creación expresa tu nombre, porque toda la creación viene de ti y va a ti.

También yo, en mi pequeñez, soy un eco de tu nombre. No permitas que ese eco muera en silencio estéril. «¡Sálvame, oh Dios, por el poder de tu nombre!» (Carlos G. Vallés).

Ante un Dios, justo en la retribución, el salmista no sólo le pide al Señor que le defienda de sus enemigos, sino que extienda su mano en contra de ellos. Nosotros, siendo pecadores y dignos de recibir el castigo merecido a nuestra rebeldías y ofensas al Señor, hemos sido buscados por Él para que recibamos su perdón y la participación de su misma vida. Aquel que puso orden en el caos inicial y lo convirtió en fuente de vida, llega a nosotros para hacer desaparecer el desorden y las tinieblas del pecado, y a concedernos su Espíritu para que ilumine nuestros caminos y nos haga fecundos en buenas obras. Si así hemos sido amado por Dios, quienes nos consideramos hijos suyos, hemos de seguir el mismo ejemplo que Él nos dio amando a nuestro prójimo y buscándolo para que vuelva al Señor.

3. Santiago 3,16-4,3. Domingo tras domingo vamos escuchando la Palabra de Dios, que es la mejor escuela de sabiduría y que va contrarrestando la mentalidad que el mundo nos quiere inculcar. En la carta de Santiago se nota bien esta contraposición. Para él, si vivimos según la mentalidad de este mundo, no podemos escapar de la espiral de las ambiciones y conflictos y codicias. En su tiempo y ahora, el egoísmo parece ser la consigna de los que sólo se guían por miras terrenas. Y eso nos acarrea "envidias y peleas, desorden y toda clase de males". Mientras que si seguimos "la sabiduría que viene de arriba", cambiarán nuestros criterios, porque es "amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera". Nos va bien acudir en cada Eucaristía a la escuela de Cristo, para ir asimilando, en teoría y en práctica, el estilo de vida que él nos enseña a sus seguidores.

En la línea típica de esta carta nos encontramos con una nueva exhortación moral, de tono apasionado. Parecen temas de ética general, pero son cualidades de sabiduría cristiana (cf 1 Cor 1,18-3,3) frente a la falsa sabiduría del mundo, que produce frutos de mansedumbre, misericordia y paz (cf Mt 5,5.7.9; Gal 5,22). Está esto en contraste con los altercados que describe y que perturban la convivencia, y que tienen como causa la codicia y envidia (vv 1-3, y sigue con otras causas, que no entran en la perícopa de hoy; cf Biblia de Navarra). Ante ciertas posturas que buscaban la especificidad de la moral cristiana, o si puede distinguir de ciertos valores meramente humanos, se propone aquí un verdadero humanismo en Cristo, que realza, dignifica plenamente esos valores humanos, los lleva a plenitud en el amor…

Hay una falsa sabiduría de la vida que se opone a la sabiduría de Dios. Es la sabiduría de los "vivos" o de los que "saben vivir", de aquellos que no buscan otra cosa que su proyecto. Esta falsa sabiduría es el origen de todos los males, de las envidias y de las peleas que siembran el desorden y hacen imposible la convivencia. La auténtica sabiduría tiene otro origen, otras cualidades y, en consecuencia, produce otros frutos. Es la sabiduría que viene de Dios (cf 1,5) y que consiste en ordenar la convivencia según las enseñanzas del Evangelio. Las siete cualidades de la auténtica sabiduría la distinguen como don perfecto de Dios. Los que no han recibido la sabiduría construyen la paz y dan el fruto de la justicia. El autor se refiere en especial a la justicia por la que son justificados ante Dios los hombres que promueven la paz. Pero es claro que supone también aquella justicia humana sin la que es imposible la paz.

La ambición y los deseos de placer dividen al hombre en su interior, al no poder alcanzar lo que desea; pero esta división interior produce la envidia y se proyecta al exterior, afecta a la vida comunitaria y da origen en ella a las discordias y a los conflictos. Un consumo desenfrenado que estimula al hombre a tener siempre más es hoy la raíz de muchas frustraciones que, a su vez, desatan la violencia y dan pábulo a la agresividad de todo tipo: "Codiciáis lo que no podéis tener, y acabáis asesinando". El hombre permanece insatisfecho porque no pide a Dios lo que realmente necesita y, por lo tanto, no pide bien ("Eucaristía 1982"), no consigue elevarlos porque lo que piden son riquezas materiales para satisfacer sus instintos.

Hacemos el recorrido, a grandes pasos, de la carta de Santiago. Los domingos anteriores, el autor atacaba los favoritismos comunitarios y la fe desencarnada que no se traducen en obras. Y todo esto por coherencia con Cristo. La sección 3,12-4,12 trata de los frutos que daña conocer la calidad del árbol. Las obras del cristiano han de estar inspiradas en la sabiduría y en un realismo sano. En el centro de la sección hallamos nuestra perícopa, que podemos dividir temáticamente en dos partes. La primera se centra en la sabiduría. El término hebreo "sabiduría" expresa más un estilo de vida que una cualidad intelectual. La sabiduría del AT se basa en el estilo creyente de plantear la propia existencia, basado en la Torah. La sabiduría que propone Santiago a sus lectores cristianos se centra en la caridad fraterna y se manifiesta en la comprensión, la docilidad, la misericordia, las buenas obras y la siembra de la paz.

La segunda participa de la teología.judía de la época. Descubría la raiz del pecado en el "deseo", esto es, en aquel siempre querer más, incluso a costa de los demás; en basar la propia vida en un continuo cúmulo de insatisfacciones. Santiago lo traduce en guerras y contiendas mutuas. El autor contrapone a esta raiz otra: la obediencia de la fe que nos empuja no a seguir nuestras pasiones, sino la voluntad de Dios (cf 4,7: Jordi Latorre).

4. Marcos 9,30-37 (paralelos: Mt 17,22-23; Mt 18,1-5; Lc 9,43-48). Por segunda vez anuncia Jesús a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección al tercer día; pero en esta ocasión añade las siguientes palabras: "El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres". En el A.T. se contrapone esta expresión a la de "caer en manos de Dios, cuya misericordia es grande" (Sam 24, 41; Eclo 2, 18). Hasta qué punto sea terrible caer en las manos del hombre, y no en las manos de Dios, se verá en la pasión de Jesús. Cuando los hombres hayan hecho su obra y todo haya sido consumado, Jesús encomendará su espíritu en las manos del Padre, y el Padre lo resucitará. Los discípulos no alcanzan a comprender que su maestro, a quien reconocen como Mesías, tenga que sufrir tantas afrentas y hasta la misma muerte de cruz. Tampoco entienden nada sobre la resurrección al tercer día. Sin embargo, el miedo que les da preguntar demuestra que en realidad no entienden porque no quieren entender. Los discípulos no pueden aceptar el tremendo programa que les ha revelado su maestro. Por eso prefieren mantener la boca cerrada mientras su corazón se va llenando de tristeza (Mt 17, 23). Un grupo de rezagados comienza a discutir, a espaldas de Jesús, sobre rangos y procedencias entre los discípulos. Jesús no se da por enterado y les deja que se despachen a su gusto. Pero tan pronto han llegado a Cafarnaún, posiblemente ya sentado en casa de Pedro, les pregunta qué habían discutido en el camino. Avergonzados por su conducta y sabiendo que no podían agradar a su Maestro, callan. Los discípulos no responden ahora por las mismas razones que antes no se atrevieron a preguntar al Maestro sobre lo que les había dicho de su pasión. La vergüenza de los discípulos se explica perfectamente ante Jesús, que tiene preocupaciones mucho más profundas y sólo piensa en servir a los demás. Jesús enseña que el mayor honor es el mayor servicio, que el primero es el que se humilla para servir a todos. Durante la última cena Jesús lavará los pies a sus discípulos y les servirá colocándose en último lugar. Cuando al día siguiente sea alzado en la cruz, los discípulos comprenderán el significado de las palabras de Jesús. El último será entonces el primero; el que muere por todos será el Señor de todos. Es menester servir a todos, pero en especial a los más humildes y pequeños. El que sirve a los más pobres y humildes como a este niño, sirve a Jesús y al Padre que lo envía. La actitud de Jesús frente a los niños ha sido frecuentemente mal interpretada. No es que a Jesús le "gustaran" los niños o que los quisiera de un modo especial por su candor o su pureza de corazón. Un niño es para Jesús ni más ni menos que un pobre, alguien que no es habitualmente considerado por los demás y que ocupa el último lugar de la casa. Por eso Jesús lo toma como símbolo de todos aquellos que son sus preferidos y a quienes tenemos que servir si queremos ser los primeros en el Reino ("Eucaristía 1982").

Por segunda vez, Jesús revela a sus discípulos su muy próxima pasión (v 31). Al mismo tiempo, abandona deliberadamente la predicación a las muchedumbres (v 30), decididamente incapaces de comprenderle, para dedicarse exclusivamente a la formación definitiva de discípulos. Pero los apóstoles apenas si comprenden algo más que la muchedumbre. ¿Por qué habría de ser necesario que el Mesías se sometiera al sufrimiento para obtener la realeza? En algunos versículos anteriores a estos (Mc 9, 9-13), Marcos se hace eco de una de las discusiones entre los apóstoles: Elías debe encargarse de todos los preparativos para que el Mesías no tenga más que subir al trono. ¿Por qué, entonces, un Mesías abocado al sufrimiento? La incredulidad de los apóstoles tenía, sin embargo, un medio para salir de tal situación: la Escritura podía revelarles cómo la pasión estaba sugerida por una serie de antecedentes. Parece que las predicciones, por Cristo, de su pasión están tan fuertemente impregnadas de referencias al Antiguo Testamento que se pueden descubrir en él los textos a los que Jesús ha podido hacer alusión. El verbo "ser entregado" (v 31) está tomado de Is 53,6.12 y supone toda la doctrina del Siervo sufriente. La expresión "en manos de los hombres" (v 31) proviene de Jer 33,24 (o 26,24) y de este modo asocia a Cristo al primer gran profeta perseguido. La expresión "sufrir mucho" (v 31) remonta, probablemente, a Is 53,4.11, según un targum arameo (abrumar) y nos remite de nuevo a la imagen del Siervo sufriente. "Ser arrojado" (v 31) recuerda la suerte de la piedra arrojada por los constructores Sal 117/118,22 (cf Act 4,11; Mc 12,10). Los apóstoles poseían un equipo escriturario bastante importante que, al menos, les hacía posible comprender los acontecimientos que iban a desarrollarse.

El segundo tema de discusiones entre los apóstoles nace de la inminencia del Reino: estos comienzan a preocuparse por el lugar que puedan ocupar en el futuro Reino como ministros o consejeros del Mesías (v 34; cf Mc 10,35-40). Jesús aprovecha esta discusión para poner de manifiesto las condiciones de ingreso en el Reino: no solo habrá de pasar por el sufrimiento el Mesías para entrar en el Reino, sino que también los suyos a su vez, deberán presentarse en él como siervos (v 35) y como pobres (v 36; el niño estaba considerado en aquella época como un ser insignificante, y la palabra aramea para designarlo era la misma que para designar al siervo).

No creemos, sin embargo, que las palabras clave establezcan solo un discurso artificial. De hecho, un denominador común reúne las parábolas de Jesús en torno a las condiciones de acceso y de vida en el Reino. Para entrar en el Reino es preciso estar disponible como un niño, es decir, ser sencillo (v 36) y no pretender los primeros puestos (vv 33-35). Dentro del Reino es preciso hacerse el siervo de todos (v 35) y ofrecer su amor a los más insignificantes (v 37, en el que es preciso tener en cuenta que en Israel el niño no es objeto de ninguna consideración). Esta caridad revestirá un carácter especial entre los responsables de la comunidad, que procurarán no escandalizar a los pequeños, es decir, a los cristianos medio ignorantes de la casuística y de la doctrina (v 42) y cuya fe podría bambolearse por teorías excesivamente avanzadas (cf Rom 14,1-15,8).

Es posible que Jesús haya bendecido a los niños, porque estos seres actualmente desdeñados serán algún día los beneficiarios del Reino venido entre tanto. Haremos aquí una indicación precisa sobre las condiciones a satisfacer para entrar en la ciudad futura: aceptar ser hoy tan simples como los niños, estar disponibles para el porvenir y estar poco embarazados por los sistemas y las teorías. Cristo ha querido reducir la ética del Reino a comportamientos infantiles. Apunta a una sociedad que respete al pequeño y tenga en cuenta sus reacciones, pero sobre todo desea que sus discípulos se parezcan a los niños en la aceptación de la dependencia de los otros: el hombre, y el cristiano, "a fortiori", no puede aspirar a salvarse solo. Finalmente, el discípulo será objeto de menosprecio como un ser débil e insignificante -al igual que un niño en la sociedad judía-. Deberá tener en cuenta que este menosprecio constituye, para él, la manera de seguir a Jesús en la subida a Jerusalén (Mc 9,29-32; Maertens-Frisque).

Ser discípulo de Jesús es seguirle en su camino hacia Jerusalén, contando con que la comprensión de Jesús no se adquiere de una vez por todas, sino que deberá ir ampliando y madurando siempre.

La diferencia básica, escribe un autor judío actual, entre los discípulos de Jesús y los de los rabinos es que aquellos se unen a Jesús fundamentalmente para seguirle, mientras que éstos se unen al rabino para aprender.

Ser grande, ser importante, tener rango: indómita aspiración humana. Desde Jerusalén, desde el Cristo muerto y resucitado, esta aspiración recibe un tratamiento radical. Es grande el que es pequeño; tiene rango el que hace algo por los demás (Alberto Benito).

a. El camino es la cruz. Hay que notar que se repite el tema del domingo pasado, y decir que eso nos hace caer en la cuenta de que un cristiano no puede hacer como si la entrega de Jesús hasta la muerte por amor fuera únicamente un hecho a recordar. La cruz de Jesús es el único camino para el cristiano, la única manera de llegar a la vida. La primera lectura nos recuerda, además, que la cruz es vejación, burla, tortura, fracaso. Por eso, sería bueno invitar al agradecimiento por el amor que Jesús ha mostrado con su entrega, afirmar nuestra fe en que de la cruz de Jesús brota vida inagotable, y reafirmar el convencimiento de que el camino de Jesús tiene que ser también nuestro camino.

b. Un estilo de vida. La propuesta de Jesús es un estilo que abraza toda la vida: por poner un ejemplo muy evidente, no seguiría en absoluto a Jesús quien en su casa pegara a la esposa y en cambio fuera muy solícito en ayudar a las ancianas a cruzar la calle: y ocurre que esta manera de actuar, que parece caricaturesca, se da, lamentablemente, más de lo que parece. Sería conveniente que ayudáramos a concretar todo eso según las diversas circunstancias: en el trabajo, revisar si lo que uno pretende es únicamente escalar o si en cambio es capaz de ser solidario con los problemas aunque ello le comporte perjuicios; en casa, revisar si uno refunfuña siempre, o si siempre quiere tener razón, o bien si es capaz de reprimirse y ceder para una mejor convivencia; en el tiempo libre, revisar si uno únicamente busca la tele o cualquier otra evasión, o bien si es capaz de dedicar tiempo a la familia y a labores sociales del tipo que sean; cuando uno tiene dinero y poder, revisar si está convencido de que los menos afortunados tienen tanto derecho como él a vivir bien. Y así sucesivamente (J. Lligadas).

"El hombre es invitado a compartir los sufrimientos de Dios a manos del mundo ateo. El hombre debe zambullirse en la vida del mundo incrédulo, pero sin pretender paliar su incredulidad con una apariencia religiosa y sin intentar transfigurarla... Ser cristiano no significa ser religioso de una manera especial, o cultivar una forma concreta de ascetismo. Ser cristiano significa ser hombre. Lo que convierte al cristiano en cristiano, no es un acto religioso particular, sino la participación en el sufrimiento de Dios en la vida del mundo... Jesús no nos invita a una nueva religión: Jesús nos invita a la vida" (Dietrich Bonhoeffer; la Gestapo se lo llevó poco después y probó en su carne ese sufrimiento de Dios en el mundo).

El análisis del fenómeno de la autoridad ha estudiado el poder: no son lo mismo. Ya Max-Weber distinguía con claridad entre el poder, o probabilidad que tiene uno de imponer su voluntad a los otros, y la autoridad, o probabilidad de que la voluntad de uno sea aceptada por otros. Para tener "poder", basta con que uno pueda imponer a otro sus decisiones, aunque sea recurriendo a medios injustos (opresión, represión, tortura, amenazas, ejecución). Para tener autoridad, uno tiene que contar con la aceptación de los otros. El poder puede recibirse desde arriba; la autoridad sólo puede obtenerse desde abajo. El poder puede entregarse a dedo; la autoridad, sólo por elección de la base. El poder puede ejercerse despóticamente; la autoridad sólo puede ejercerse como servicio. Ahora bien, el servicio de la autoridad no es mandar, sino servir. Es decir, la función social de la autoridad, la que hace su ejercicio legítimo y razonable, no es la de mandar y funcionar como poder, imponiendo sus intereses, criterios y decisiones a los demás, sino la de servir a todos, haciendo posible que todos puedan jugar sus propios intereses y sus propias decisiones.

Para los cristianos está más que claro que la autoridad no puede ejercerse legítimamente como poder, sino como servicio. Y también está clarísimo que las celebradas "dotes de mando" son precisamente los vicios fundamentales que incapacitan para el ejercicio de la autoridad; pues no son aptos para el ejercicio de la autoridad los que sirven para mandar, sino los que están capacitados y tienen voluntad firme de servir. La autoridad, así entendida, es un auténtico servicio a la comunidad y puede ser conferida a una persona responsable; pero el poder no puede enajenarse en manos de nadie, sino que debe fragmentarse de tal modo entre los que mandan, que el pueblo nunca pierda la motivación, la libertad, la ilusión, la autoestima ("Eucaristía 1976").

El camino del servicio a los demás hasta dar la vida se opone radicalmente al camino del dominio sobre los demás hasta no dejarles vivir. Por eso es tan difícil comprender el camino de Jesús, porque la ambición y la voluntad de poder están arraigadas fuertemente en nosotros. Y ésta es la razón también de un gran malentendido: Se dice que la autoridad es un servicio, y lo que se quiere decir con ello es que los que ostentan la autoridad sirven al pueblo mandando. Pero esto es justamente lo contrario de lo que pensaba Jesús cuando decía a sus discípulos: "Quien quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos" ("Eucaristía 1976").

Tenemos un caso concreto de este conflicto de criterios en la escena del evangelio. Jesús tiene una idea del mesianismo, o sea, de la misión que le corresponde cumplir a él y a los suyos para la salvación del mundo. Mientras que sus discípulos, todavía nada maduros en su fe y en su seguimiento de Cristo, están muy lejos de haber comprendido y asimilado esta mentalidad.

Ya el domingo pasado lo veíamos. Cuando Jesús les anunció por primera vez su muerte y resurrección, Pedro se atrevió a "reñir" al Maestro por esta visión que a él le parecía indigna del Mesías. Lo que le valió una dura reprimenda de Jesús. Hoy repite Jesús el anuncio: "El Hijo del hombre va a ser entregado y lo matarán y después de muerto, a los tres días resucitará". Ese es, para Jesús, el estilo para salvar al mundo: no viene en plan guerrero o triunfador, sino como un Siervo que entrega su vida por los demás.

Esta vez, la página del evangelio viene preparada por la del libro de la Sabiduría, en que aparece cómo "el justo", "el hijo de Dios", estorba a "los malos". La presencia de una persona buena da, por una parte, testimonio a los demás y les puede edificar y animar a practicar el bien. Pero, por otra, puede resultar una denuncia callada del estilo de vida que llevan otros: por ejemplo, materialista, despreocupada por las cosas del espíritu, superficial, injusta, egoísta.

La escena se repite: al "justo" del Antiguo Testamento le quieren hacer callar y lo eliminarán si pueden. Estorba. Como estorban todos los que han alzado su voz profética a lo largo de la historia denunciando injusticias o tiranías. A Jesús, el justo del Nuevo Testamento, también le van a llevar a la cruz, porque predica y da testimonio de un género de vida que choca con los cánones de la época. ¿A quién se le ocurre decir que "quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos"? Es un criterio que este mundo ciertamente no nos predica y que no cabe en la mente de muchos.

No queremos entender lo de ser servidores de los demás: Parece como si el evangelista Marcos nos quisiera mostrar qué lentos eran los apóstoles para entender lo que Jesús les quería comunicar. Después del anuncio de Jesús, cuenta un episodio en el que muestran una actitud totalmente contraria a lo que les está diciendo el Maestro y en la que quedan bastante malparados los seguidores de Jesús: "Por el camino habían discutido quién era el más importante". Los apóstoles -y nosotros, tantas veces- se dejan guiar aquí según la mentalidad humana. Este es el criterio del mundo: ser más que los demás, ser los primeros, ocupar los mejores puestos, "salir en la foto", prosperar nosotros, y despreocuparnos de los demás. Y eso puede pasar en la política y en la vida social y en la familia y en la comunidad eclesial. Mientras que Jesús nos enseña que debemos ser los últimos, disponibles, preocupados más de los demás que de nosotros mismos, servidores y no dueños. No es extraño que los oyentes de Jesús -de entonces y de ahora- no entiendan y les "dé miedo" oír estas cosas. A todos nos sirve la lección plástica de Jesús, cuando llamó a un niño y lo puso en medio de ellos y dijo que el que acoge a un niño -que en la sociedad de entonces era tenido en nada y que no podrá devolver los favores- acoge al mismo Jesús. Se nos invita a ser generosos, altruistas, dispuestos a hacer favores sin pasar factura. O sea, a seguir el ejemplo de Jesús, que "no ha venido a ser servido sino a servir", que ayuda a todos y no pide nada, y que al final entrega su propia vida por la vida de los demás. Cada vez que comulgamos en la Eucaristía, comemos "el Cuerpo entregado por" y "la Sangre derramada por": ¿vamos asimilando esta lección insistente de Jesús de la entrega por los demás? (J. Aldazábal).

El evangelio de Marcos nos prepara para vivir el seguimiento de Cristo, para responder desde el amor a Jesús, en el camino de la vida, a los verdaderos problemas que continuamente nos acechan. Las cruces, los sufrimientos, las complicaciones de la vida, el encarar la vida a veces tan llena de contradicciones, a veces parece que nos superan. Marcos se fija siempre en la decisión personal de la relación con Dios… presenta la vida cristiana como un encuentro personal con Cristo, que nos lleva hasta dar la vida por amor. Nunca se debe descuidar el encuentro personal con Cristo, la oración «como trato de amistad con quien sabemos que nos ama», que decía santa Teresa de Jesús. ¿Cuál es el núcleo esencial de este Evangelio? ¿Qué respuesta da al hombre de hoy tan complicado y lleno de complejos? ¿Verdaderamente es buena noticia para el hombre de hoy, sumergido en crisis y en la globalidad de nuestra sociedad, y casi sin esperanza? La respuesta es que Jesús es el camino de la vida verdadera, proyecta una visión distinta. Va, uno por uno, solucionando todos aquellos interrogantes que anidan en el corazón humano. La verdadera respuesta de Jesús es que vivamos con el corazón de niño. Nuestras complicaciones no nos dejan vivir la vida en plenitud. Creo que vivimos sin enterarnos. No somos capaces de abrir nuestros ojos y asombrarnos ante la vida que, vivida desde Jesús, por Él, con Él y en Él, no tiene comparación.  Siempre me he preguntado por qué Jesús pone como clave del Evangelio vivir con corazón de niños. La respuesta que siempre encuentro es porque los niños viven, ante todo, tres aspectos que explican la novedad del Evangelio. Por una parte, la confianza en su padre. No conozco ningún niño que no confíe en su padre, que no se abandone plácidamente en sus brazos. Un niño vive para confiar. El ideal evangélico se acerca al hecho de vivir con la paz, como un niño en brazos de su madre. En segundo lugar, no conozco ningún niño que no viva el momento presente. Alos niños no les angustia el futuro, ni tampoco viven anclados en su pasado angustiado. Lo que han vivido (pasado) o tendrán que vivir (futuro) no les preocupa. Sencillamente viven el momento presente. Disfrutan del presente, se acercan a lo que santa Teresa de Lisieux decía: «La santidad

 es vivir amando en el momento presente». El hombre de hoy no es feliz porque ni en el pasado ni en el futuro podemos ser felices, sencillamente porque no existen. Sólo se vive en el presente. Por último, los niños son sencillos. Conforme se van haciendo mayores, comienzan las eternas complicaciones. El Evangelio es para los sencillos, pues, como dice la Biblia, «los razonamientos complicados nos alejan de Dios». Aquí está una clave evangélica: el Señor ama a los niños porque confían. Viven el momento presente y no son enrevesados ni complicados. Viven con gozo el Evangelio (Francisco Cerro Chaves).

 

Sábado de la 24ª semana de Tiempo Ordinario. Hemos de procurar guarda la palabra de Dios en el corazón, que nuestro corazón sea la tierra buena que dé fruto perseverando.

 

 

Primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 6,13-16. Querido hermano: En presencia de Dios, que da la vida al universo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato con tan noble profesión: te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que en tiempo oportuno mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor e imperio eterno. Amén.

 

Salmo 99,2.3.4.5. R. Entrad en la presencia del Señor con vitores.

Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre.

«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.»

 

Santo evangelio según san Lucas 8,4-15. En aquel tiempo, se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo. Entonces les dijo esta parábola: -«Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso y, al crecer, se secó por falta de humedad. Otro poco cayó entre zarzas, y las zarzas, creciendo al mismo tiempo, lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y, al crecer, dio fruto al ciento por uno.» Dicho esto, exclamó: -«El que tenga oídos para oír, que oiga.» Entonces le preguntaron los discípulos: -«¿Qué significa esa parábola?» Él les respondió: -«A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de Dios; a los demás, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan. El sentido de la parábola es éste: La semilla es la palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al escucharla, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Lo que cayó entre zarzas son los que escuchan, pero, con los afanes y riquezas y placeres de la vida, se van ahogando y no maduran. Los de la tierra buena son los que con un corazón noble y generoso escuchan la palabra, la guardan y dan fruto perseverando.»

 

Comentario: 1. 1Tm 6,13-16. Concluimos hoy la lectura de esta carta de Pablo a Timoteo con una "doxología", alabanza final, y un marcado tono escatológico, de mirada hacia la venida última del Señor. Con solemnidad, apelando a la presencia de Dios Creador y de Jesús, le pide Pablo a Timoteo que "guarde el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la venida del Señor".

Empezar no es difícil. Ser fieles durante un cierto tiempo, tampoco. Lo costoso es perseverar en el camino hasta el final. La solemne invitación va hoy para nosotros: convencidos de la cercanía de ese Dios que nos ha dado la vida y de ese Cristo que nos la comunica continuamente -de un modo particular en la Eucaristía- debemos esforzarnos por responder con nuestra fidelidad "hasta la venida del Señor". Sea cual sea ese "mandamiento" que Timoteo tiene que guardar (¿la sana doctrina? ¿la "verdad" de la que dio testimonio Jesús ante Pilato: Jn 18,36? ¿la gracia que ha recibido? ¿el mandamiento concreto del amor?), todos somos conscientes de que nuestra fe cristiana es un tesoro que tenemos que conservar y hacer fructificar. Y que, además, lo llevamos en frágiles vasijas de barro. Haremos muy bien en no fiarnos demasiado, para esa perseverancia, de nuestras propias fuerzas en medio de un mundo que, como en tiempo de Pablo, tampoco ahora nos ayuda mucho en nuestra fidelidad a Cristo. Nos ayudará el tener nuestros ojos fijos en ese Cristo del que Pablo gozosamente afirma que es "bienaventurado y único soberano, rey de los reyes y señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad...". En ese Cristo creemos. A ese Cristo seguimos. Y esperamos que, con su gracia, logremos serle fieles hasta el final y compartir luego para siempre su alegría y su gloria.

-Hijo muy querido, en presencia de Dios que da vida a todas las cosas... ¡Es un Dios vivo aquel frente al cual estoy! ¡Qué emoción, que profunda paz y alegría exultante nos embargaría y cuál sería nuestra respuesta de amor... si pensáramos que, efectivamente, vivimos en «presencia de Dios que nos da la vida»!

-Y en presencia de Cristo Jesús que ante Poncio Pilato rindió tan solemne testimonio... ¡Admirable perspectiva! Nuestra modesta profesión de fe tiene como ejemplo la que Jesús mismo profirió ante Pilato: Contemplo ese «hermoso testimonio» de Jesús de pie, delante de los que le juzgan: «Mi realeza no es de este mundo... Sin embargo sí soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad... Todo el que es de la verdad, escucha mi voz...» (Jn 18,36). Toda búsqueda de la verdad, toda recta búsqueda doctrinal o moral, es una búsqueda de Jesús. Cada vez que cumplo mi deber con rectitud de vida, cada vez que afirmo mis convicciones, me asemejo a Jesús y estoy «ante Jesús». El me mira y ve que soy, a mi vez, un testigo de la verdad.

-Mira lo que te ordeno: conserva el mandato del Señor, permanece irreprochable y recto hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Ya conocemos el mandato del Señor: «Amarás». Toda la vida cristiana, y podría decirse, toda la vida humana, está aquí. «Quien ama, conoce a Dios.» «Dios es amor.» Una jornada resulta llena si está llena de amor. Una jornada resulta vacía si no ha habido amor en ella. A pesar de todas las bellas palabras, una vida «sin amor» es una vida sin Dios. Amar es manifestar a Dios, porque Dios es amor. No amar es negar a Dios, incluso si la boca habla de El. San Pablo invita a Timoteo a vivir en el amor, en el «mandato de Jesús» mientras espera la plena manifestación de Cristo, ¡cuando el amor será por fin manifiesto y perfecto!

-Manifestación que, a su debido tiempo, hará ostensible el bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y el Señor de los señores... Este es otro himno litúrgico que estalla como un grito de alegría. Constantemente el alma de san Pablo exulta y arde cuando piensa en Dios, lo que se convierte en una exclamación, un cántico, una «doxología», ¡una alabanza de gloria! En el mundo del tiempo de san Pablo, a los emperadores, a los reyes, se les divinizaba y ellos, por su parte, aceptaban esos títulos superlativos: «¡rey de reyes!» Oponiéndose valientemente a esos títulos paganos, Pablo nos enseña a poner nuestra absoluta confianza sólo en Dios: ningún poder humano, ninguna ideología merece nuestra sumisión incondicional. Sólo Dios es Dios.

-El único que posee lnmortalidad... El que habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver. A El el honor y el poder por siempre. Amén. ¡Tan evidente es que los reyes como los demás hombres son mortales! ¡Tan claro es que las civilizaciones son mortales! El único porvenir absoluto es Dios. La inmortalidad de Dios, la inaccesibilidad de Dios, la eternidad de Dios... ofrecidas en Cristo al hombre. ¿Nos damos perfecta cuenta de que en esto consiste nuestra Fe? Gracias, Señor. A Ti honor y poder eternos. Amén (Noel Quesson).

2. También el salmo nos invita a esta mirada de profunda adoración y alabanza del Señor: "aclama al Señor, tierra entera... entrad por sus puertas con acción de gracias". Juan Pablo II decía: "La tradición de Israel ha atribuido al himno de alabanza que se acaba de proclamar, salmo 99, el título de "Salmo para la todáh", es decir, para la acción de gracias en el canto litúrgico, por lo cual se adapta bien para entonarlo en las Laudes de la mañana. En los pocos versículos de este himno gozoso pueden identificarse tres elementos tan significativos, que su uso por parte de la comunidad orante cristiana resulta espiritualmente provechoso.

Está, ante todo, la exhortación apremiante a la oración, descrita claramente en dimensión litúrgica. Basta enumerar los verbos en imperativo que marcan el ritmo del salmo y a los que se unen indicaciones de orden cultual: "Aclamad..., servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre" (vv. 2-4). Se trata de una serie de invitaciones no sólo a entrar en el área sagrada del templo a través de puertas y atrios (cf. Sal 14,1; 23,3.7-10), sino también a aclamar a Dios con alegría. Es una especie de hilo constante de alabanza que no se rompe jamás, expresándose en una profesión continua de fe y amor. Es una alabanza que desde la tierra sube a Dios, pero que, al mismo tiempo, sostiene el ánimo del creyente.

Quisiera reservar una segunda y breve nota al comienzo mismo del canto, donde el salmista exhorta a toda la tierra a aclamar al Señor (cf v 1). Ciertamente, el salmo fijará luego su atención en el pueblo elegido, pero el horizonte implicado en la alabanza es universal, como sucede a menudo en el Salterio, en particular en los así llamados "himnos al Señor, rey" (cf Sal 95-98). El mundo y la historia no están a merced del destino, del caos o de una necesidad ciega. Por el contrario, están gobernados por un Dios misterioso, sí, pero a la vez deseoso de que la humanidad viva establemente según relaciones justas y auténticas: él "afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente. (...) Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad" (Sal 95,10.13).

Por tanto, todos estamos en las manos de Dios, Señor y Rey, y todos lo celebramos, con la confianza de que no nos dejará caer de sus manos de Creador y Padre. Con esta luz se puede apreciar mejor el tercer elemento significativo del salmo. En efecto, en el centro de la alabanza que el salmista pone en nuestros labios hay una especie de profesión de fe, expresada a través de una serie de atributos que definen la realidad íntima de Dios. Este credo esencial contiene las siguientes afirmaciones: el Señor es Dios, el Señor es nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es bueno, su misericordia es eterna y su fidelidad no tiene fin (cf vv 3-5).

Tenemos, ante todo, una renovada confesión de fe en el único Dios, como exige el primer mandamiento del Decálogo: "Yo soy el Señor, tu Dios. (...) No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Ex 20,2.3). Y como se repite a menudo en la Biblia: "Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro" (Dt 4,39). Se proclama después la fe en el Dios creador, fuente del ser y de la vida. Sigue la afirmación, expresada a través de la así llamada "fórmula del pacto", de la certeza que Israel tiene de la elección divina: "Somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño" (v. 3). Es una certeza que los fieles del nuevo pueblo de Dios hacen suya, con la conciencia de constituir el rebaño que el Pastor supremo de las almas conduce a las praderas eternas del cielo (cf. 1 Pe 2,25).

Después de la proclamación de Dios uno, creador y fuente de la alianza, el retrato del Señor cantado por nuestro salmo prosigue con la meditación de tres cualidades divinas exaltadas con frecuencia en el Salterio: la bondad, el amor misericordioso (hésed) y la fidelidad. Son las tres virtudes que caracterizan la alianza de Dios con su pueblo; expresan un vínculo que no se romperá jamás, dentro del flujo de las generaciones y a pesar del río fangoso de los pecados, las rebeliones y las infidelidades humanas. Con serena confianza en el amor divino, que no faltará jamás, el pueblo de Dios se encamina a lo largo de la historia con sus tentaciones y debilidades diarias. Y esta confianza se transforma en canto, al que a veces las palabras ya no bastan, como observa san Agustín: "Cuanto más aumente la caridad, tanto más te darás cuenta de que decías y no decías. En efecto, antes de saborear ciertas cosas creías poder utilizar palabras para mostrar a Dios; al contrario, cuando has comenzado a sentir su gusto, te has dado cuenta de que no eres capaz de explicar adecuadamente lo que pruebas. Pero si te das cuenta de que no sabes expresar con palabras lo que experimentas, ¿acaso deberás por eso callarte y no alabar? (...) No, en absoluto. No serás tan ingrato. A él se deben el honor, el respeto y la mayor alabanza. (...) Escucha el salmo: "Aclama al Señor, tierra entera". Comprenderás el júbilo de toda la tierra, si tú mismo aclamas al Señor"".

Alegría de los que entran en el templo: "El salmo 99… constituye una jubilosa invitación a alabar al Señor, pastor de su pueblo. Siete imperativos marcan toda la composición e impulsan a la comunidad fiel a celebrar, en el culto, al Dios del amor y de la alianza: aclamad, servid, entrad en su presencia, reconoced, entrad por sus puertas, dadle gracias, bendecid su nombre. Se puede pensar en una procesión litúrgica, que está a punto de entrar en el templo de Sión para realizar un rito en honor del Señor (cf. Sal 14; 23; 94). En el salmo se utilizan algunas palabras características para exaltar el vínculo de alianza que existe entre Dios e Israel. Destaca ante todo la afirmación de una plena pertenencia a Dios: "somos suyos, su pueblo" (Sal 99,3), una afirmación impregnada de orgullo y a la vez de humildad, ya que Israel se presenta como "ovejas de su rebaño" (ib.). En otros textos encontramos la expresión de la relación correspondiente: "El Señor es nuestro Dios" (cf. Sal 94,7). Luego vienen las palabras que expresan la relación de amor, la "misericordia" y "fidelidad", unidas a la "bondad" (cf. Sal 99,5), que en el original hebreo se formulan precisamente con los términos típicos del pacto que une a Israel con su Dios.

Aparecen también las coordenadas del espacio y del tiempo. En efecto, por una parte, se presenta ante nosotros la tierra entera, con sus habitantes, alabando a Dios (cf. v. 2); luego, el horizonte se reduce al área sagrada del templo de Jerusalén con sus atrios y sus puertas (cf. v. 4), donde se congrega la comunidad orante. Por otra parte, se hace referencia al tiempo en sus tres dimensiones fundamentales: el pasado de la creación ("él nos hizo", v. 3), el presente de la alianza y del culto ("somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño", v. 3) y, por último, el futuro, en el que la fidelidad misericordiosa del Señor se extiende "por todas las edades", mostrándose "eterna" (v. 5).

Consideremos ahora brevemente los siete imperativos que constituyen la larga invitación a alabar al Señor y ocupan casi todo el Salmo (cf. vv. 2-4), antes de encontrar, en el último versículo, su motivación en la exaltación de Dios, contemplado en su identidad íntima y profunda. La primera invitación es a la aclamación jubilosa, que implica a la tierra entera en el canto de alabanza al Creador. Cuando oramos, debemos sentirnos en sintonía con todos los orantes que, en lenguas y formas diversas, ensalzan al único Señor. "Pues -como dice el profeta Malaquías- desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande es mi nombre entre las naciones, dice el Señor de los ejércitos" (Ml 1,11).

Luego vienen algunas invitaciones de índole litúrgica y ritual: "servir", "entrar en su presencia", "entrar por las puertas" del templo. Son verbos que, aludiendo también a las audiencias reales, describen los diversos gestos que los fieles realizan cuando entran en el santuario de Sión para participar en la oración comunitaria. Después del canto cósmico, el pueblo de Dios, "las ovejas de su rebaño", su "propiedad entre todos los pueblos" (Ex 19,5), celebra la liturgia.

La invitación a "entrar por sus puertas con acción de gracias", "por sus atrios con himnos", nos recuerda un pasaje del libro Los misterios, de san Ambrosio, donde se describe a los bautizados que se acercan al altar: "El pueblo purificado se acerca al altar de Cristo, diciendo: "Entraré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud" (Sal 42,4). En efecto, abandonando los despojos del error inveterado, el pueblo, renovado en su juventud como águila, se apresura a participar en este banquete celestial. Por ello, viene y, al ver el altar sacrosanto preparado convenientemente, exclama: "El Señor es mi pastor; nada me falta; en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas" (Sal 22,1-2)".

Los otros imperativos contenidos en el salmo proponen actitudes religiosas fundamentales del orante: reconocer, dar gracias, bendecir. El verbo reconocer expresa el contenido de la profesión de fe en el único Dios. En efecto, debemos proclamar que sólo "el Señor es Dios" (Sal 99,3), luchando contra toda idolatría y contra toda soberbia y poder humanos opuestos a él. El término de los otros verbos, es decir, dar gracias y bendecir, es también "el nombre" del Señor (cf. v. 4), o sea, su persona, su presencia eficaz y salvadora. A esta luz, el salmo concluye con una solemne exaltación de Dios, que es una especie de profesión de fe: el Señor es bueno y su fidelidad no nos abandona nunca, porque él está siempre dispuesto a sostenernos con su amor misericordioso. Con esta confianza el orante se abandona al abrazo de su Dios: "Gustad y ved qué bueno es el Señor -dice en otro lugar el salmista-; dichoso el que se acoge a él" (Sal 33,9; cf. 1 P 2,3)."

Dios, creador de todo, se ha dignado escogernos como pueblo y rebaño suyo. Él no se ha quedado en promesas, sino que las ha cumplido manifestándonos así que su misericordia es eterna y que su fidelidad nunca se acaba. En Cristo estas promesas han llegado a su plenitud. En Él no sólo se ofrece la salvación al pueblo de la Primera Alianza, sino a toda la humanidad. Por eso nos dirigimos hacia su santuario cruzando por sus atrios entre himnos, alabándolo y bendiciéndolo. Nuestra existencia no puede convertirse en una ofensa al Señor, sino en una continua alabanza de su santo Nombre. Así, guiados por Cristo, que nos ama, podremos llegar al Santuario Eterno para alabar a nuestro Dios y Padre eternamente, disfrutando de la Gloria que nos ha reservado en Cristo.

3. Lc 8,4-15 (ver domingo 15ª). La parábola del sembrador la explica luego el mismo Jesús: la homilía la hace, por tanto, él. Lo que parecía empezar como una llamada de atención sobre la fuerza intrínseca que tiene la Palabra de Dios -una semilla que al final, y a pesar de las dificultades, "dio fruto al ciento por uno"-, se convierte en un repaso de las diversas reacciones que se pueden dar en las personas respecto a la palabra que oyen. Las situaciones son las de la semilla que cae en el camino o en terreno pedregoso o entre zarzas o en tierra buena, con suerte distinta en cada caso. Jesús es consciente de que sus parábolas pueden ser entendidas o no, según el ánimo de sus oyentes. Estas parábolas tienen siempre la suficiente claridad para que el que quiera las entienda y se dé por aludido. O para que no se sienta interpelado: "a vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino; a los demás, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan". Depende de si están o no dispuestos a dejarse adoctrinar en los caminos de Dios, que son distintos de los nuestros. Siempre será verdad lo de que "el que tenga oídos para oír, que oiga".

La Palabra de Dios es poderosa, tiene fuerza interior. Pero su fruto depende también de nosotros, porque Dios respeta nuestra libertad, no actúa violentando voluntades y quemando etapas. ¿Dónde estoy retratado yo? Cuando, por ejemplo en la Eucaristía, escucho la palabra, o sea, cuando el Sembrador, Cristo, siembra su palabra en mi campo, ¿puedo decir que cae en buen terreno, que me dejo interpelar por ella? ¿o "viene el diablo" o "los afanes y riquezas y placeres de la vida" y la ahogan, y así no llega nunca a madurar, porque no tiene raíces? ¿Qué tanto por ciento de fruto produce en nosotros la Palabra que escucho: el ciento por uno? Acoger la Palabra "con un corazón noble y generoso" y perseverar luego en su meditación y en su obediencia: ésa es la actitud que Jesús espera de nosotros, y que es la que nos conducirá a una maduración progresiva de nuestra vida cristiana y a la construcción de un edificio espiritual que resistirá a los embates que vengan (J. Aldazábal).

-Salió el sembrador a sembrar. Una parte del grano cayó: - en la vereda, lo pisaron y los pájaros se lo comieron... - en la roca y al brotar se secó por falta de humedad... - entre zarzas y éstas, brotando al mismo tiempo lo ahogaron... Una siembra lamentable, laboriosa. Todos los mesianismos judíos esperaban una manifestación brillante y rápida de Dios. Jesús parece querer rebajar su entusiasmo: el "Reino de Dios" está sujeto a los fracasos... va progresando penosamente en medio de un montón de dificultades... ¡Mucha paciencia es necesaria! Como Jesús, ¿me atrevo yo a mirar de cara las dificultades de mi vida personal... de mi medio familiar o profesional... de la vida de la Iglesia?...

-Otra parte cayó en tierra buena, brotó y dio el ciento por uno. Mateo y Marcos hablaban de rendimientos diferenciados según la calidad de la tierra: treinta por uno... sesenta por uno... ciento por uno... Lucas se contenta con un sólo rendimiento: ¡el más elevado! ¡Cada grano de trigo produce otros cien! Un buen ejemplo, una vez más, de la adaptación del evangelio: La preocupación de Lucas no ha sido solamente reproducir, palabra por palabra, los menores detalles de sus predecesores. El evangelio es viviente. Quedando a salvo lo esencial del mensaje, cada predicador le da una vida nueva. Lucas se beneficiaba de una más larga experiencia de la vida de la Iglesia y podía ya poner el acento sobre tal o cual punto, según las necesidades de la comunidad a la que se dirigía. Aquí, por ejemplo, en el crecimiento del Reino de Dios pasa del "nada" al "todo"... del fracaso total de la semilla, a su éxito total. Porque, a diferencia de Mateo y de Marcos, quiere insistir solamente sobre la perseverancia en el fracaso.

-Quien tenga oídos para oír, ¡que oiga! Jesús invita a estar atentos. Lo sabemos muy bien: se puede soslayar... no oírle. Señor, agudiza nuestras facultades de atención, de recogimiento, para poder oír.

-A vosotros, os ha sido dado el poder comprender los misterios del reino de Dios. A los demás, en cambio, se les habla en parábolas, así, viendo no ven y oyendo no entienden. Dios no es injusto; sino que respeta la libertad. "La propuesta" divina no es tan evidente que llegue a forzar nuestro asentimiento. Es uno de los Pensamientos de Pascal: "Hay claridad suficiente para alumbrar a los elegidos, y bastante oscuridad para humillarlos. Hay suficiente oscuridad para cegar a los réprobos, y bastante claridad para condenarlos y hacerlos inexcusables." "Si hay un Dios, es infinitamente incomprensible... Somos pues incapaces de conocer quién es El, ni si El es". "¿Quién censurará a los cristianos no poder dar razón de su creencia, ellos que profesan una religión de la que no pueden dar razón? Si la dieran, no serían consecuentes; y es siendo faltados de prueba que no son faltados de sentido". ¡El mismo Jesús no ha querido convencer "a la fuerza"!

-Lo que cae en buena tierra, son los que, después de haber oído la Palabra, la conservan con corazón bueno y recto, y dan fruto con su perseverancia. ¡Perseverancia! ¡Uno de los más hermosos valores del hombre! ¡Ah, no! El Reino de Dios no es un "destello" estrepitoso y súbito: viene a través de la humilde banalidad de cada día, en el aguante tenaz de las pruebas y de los fracasos. Para mejor descubrir a Dios, para entrar en sus misterios, es necesario, cada día, con perseverancia, tratar de llevar a la práctica lo que ya se ha descubierto de El: ésta es condición para entrar y adelantar en su intimidad (Noel Quesson).

Las cuatro posibles actitudes del oyente. La parábola (a) va dirigida a la multitud: es una invitación a preparar el terreno donde se siembra la semilla. Todo depende de la clase de terreno, es decir, de la disposición de los oyentes. Por eso termina con una máxima: « ¡Quien tenga oídos para oír, que escuche! » (8,8b). Hay tres clases de terreno donde la semilla se pierde. Sólo si cae en tierra fértil (8,8a), la nueva tierra prometida, llegará a dar fruto. Los cuatro terrenos se hallan en un mismo lugar, donde hay un camino, rocas, márgenes húmedos repletos de zarzas, la tierra fértil. El sembrador siembra a voleo, sin preocuparse de si una parte de la semilla se pierde. La máxima, colocada al final, nos descubre ya hacia dónde irá la explicación de la parábola. ¡No depende de cómo se siembre, sino de cómo se escuche el mensaje! De manera casi imperceptible hemos pasado de una cultura donde predominaba el escuchar a otra donde -según se piensa- predomina la letra impresa o visualizada. Afortunadamente, mientras no se demuestre lo contrario, el hombre continuará teniendo oídos. Y eso explica que las cosas leídas, donde sólo interviene la vista, no hacen el mismo efecto que las proclamadas, donde interviene la voz, el clima del auditorio, los tonos de voz de quien está hablando, el calor vital que lo acompaña, el testimonio de la persona. La fe viene por el oído, por la transmisión de la palabra que transporta unida a ella vivencias de la persona que la proclama. Tendríamos que revisar seriamente la praxis de dar a leer libros como un médico que se limita a recetar medicamentos. ¡Es todo tan impersonal...!

La reflexion de la comunidad. La explicación de la parábola (b) responde a una pregunta formulada por los discípulos. Todo lo que vendrá después irá dirigido exclusivamente a los discípulos. La adhesión a Jesús se ha traducido en ellos en una fuente de experiencias: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reinado de Dios» (8, 10a). La expresión «se os ha concedido», apunta a Jesús como agente de los conocimientos ya adquiridos por los discípulos. Lucas reduce al mínimo la cita de Is 6,9-10, reservando la cita in extenso para el final del libro de los Hechos (Hch 28,26-27), cuando Pablo tomará conciencia de la obstrucción sistemática de Israel al mensaje. Los discípulos, el nuevo Israel, han sido iniciados en los secretos del reinado de Dios. Poseen la clave para interpretar la enseñanza y la actividad de Jesús. El tema dominante es la manera de escuchar el mensaje (vv. 10. 12.13.14.15) y de hacerlo fructificar (v. 15).

Los del «camino» (8,12) son los que escuchan, pero no asimilan nada, porque están imbuidos de otras ideologías contrarias al designio de Dios. «El diablo» personifica la ideología del poder en todas sus facetas y concreciones.

«Los del pedregal» (8,13) son los que aceptan el mensaje con alegría, pero que no asumen a fondo ningún compromiso. Solamente han asimilado del mensaje aquello que se avenía con su ideología y expectaciones. Cuando llega la prueba, en tiempos difíciles, desertan.

La parte que cayó «entre las zarzas» (8,14) son los oyentes que no han hecho la ruptura. Siguen aferrados a las riquezas, a los placeres de la vida, a las exigencias de la sociedad de consumo, atenazados por las preocupaciones de la vida.

«La parte de la tierra fértil» son los oyentes que, «al escuchar el mensaje, lo van guardando en un corazón noble y bueno» (8,15). El fruto del reino no es instantáneo, sino que requiere constancia. Ni se trata de un fruto estacional, sino que «van dando fruto con su firmeza». Es toda una vida al servicio de los demás. Todos tenemos una parcela de 'tierra fértil/buena'.

La existencia cristiana, desde su comienzo, tiene adversarios que acechan a todos los que quieren asumirla. Algunos ya desde ese momento inicial se dejan arrebatar la Palabra sembrada en ellos y destinada a fructificar en su corazón y en el de todos los hombres. Pero las amenazas no se reducen a este momento inicial sino que acompañan al creyente a lo largo de toda su existencia. Cada uno de ellos debe enfrentarse durante toda su vida a "pruebas", amenazas desde el exterior que llevan a considerar una pérdida el seguimiento de Jesús. Este aparece, en ciertos momentos, como amenaza para la estructura social existente que, por un sentimiento de autodefensa, puede asumir formas agresivas persiguiendo a los portadores del mensaje. Un peligro mayor que impide la producción de los frutos reside en la adopción por parte de los cristianos de un estilo de vida en contradicción con la propuesta aceptada. La actitud de desconfianza frente a Dios y la primacía de la búsqueda de posesión y del placer están presentes en el entorno en que el cristiano debe realizar su existencia. Este entorno no es totalmente exterior a la existencia del creyente. El contagio de estos valores predominantes en la sociedad es una posibilidad real que amenaza nuestra existencia, que puede impedir la obtención de la finalidad propuesta y llenar de frustración nuestra existencia. Sólo una audición y recepción de "un corazón noble y generoso" junto a una fidelidad constante y sin límites en la duración puede asegurar la llegada a la meta de la existencia (Josep Rius-Camps).

Dios espera de nosotros un corazón bueno y bien dispuesto, que nos haga dar fruto por nuestra constancia. Ya en una ocasión el Señor nos había anunciado: Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié. Dios no quiere que seamos terrenos estériles, ni que sólo nos conformemos con aceptar por momentos sus Palabra; Él nos quiere totalmente comprometidos con su Evangelio, de tal forma que, sin importar las persecuciones, manifestemos que esa Palabra es la única capaz de salvarnos y de darle un nuevo rumbo a la historia. Siempre estará el maligno acechando a la puerta de la vida de los creyentes para hacerlos tropezar, pues no quiere que creamos ni nos salvemos; al igual podrá entrar en nosotros el desaliento cuando ante las persecuciones perdamos el ánimo para no comprometernos y evitar el riesgo de ser señalados, perseguidos e incluso asesinados por el Nombre de Dios; finalmente los afanes, las riquezas y placeres de la vida nos pueden embotar de tal forma que, tal vez seamos personas que acuden constantemente a la celebración litúrgica, pero sin el compromiso, sin renovar la alianza que nos hace entrar en comunión con el Señor y nos hace fecundos en buenas obras. Permanezcamos firmemente anclados en el Señor, de tal forma que, no nosotros, sino su Espíritu en nosotros, nos haga tener la misma fecundidad salvífica que procede de Dios y que hace de su Iglesia una comunidad donde abunda la Justicia, la verdad, el amor fraterno, la paz y la alegría, fruto del Espíritu de Dios que actúa en nosotros.

Quienes nos consideramos discípulos de Cristo, nos hemos reunido en esta Eucaristía para que el Señor nos dé a conocer los secretos del Reino de Dios, pues Él sabe que somos un terreno fértil capaz de esforzarnos por hacer que su Palabra vaya poco a poco produciendo el fruto deseado. La Palabra de Dios no produce fruto de un modo violento. Hay que armarse de paciencia de ánimo para trabajar constantemente por el Señor, a pesar de que, al paso del tiempo pareciera que el cambio en el corazón de los hombres se genera con demasiada lentitud. No debemos desesperar, sabiendo que, incluso en el campo el sembrador siembra la semilla y tendrá que esperar las lluvias tempranas y tardías y, después de mucha paciencia y cuidado, finalmente podrá recoger el fruto, esfuerzo de sus desvelos. El Señor nos comunica, en esta Eucaristía, su misma Vida y su mismo Espíritu. Permitámosle crecer en nosotros. No vengamos como sordos de los oídos y del corazón; vengamos como discípulos que en verdad creen en el Señor y se dejan instruir y conducir por Él.

Quienes hemos acudido a esta celebración Eucarística hemos de examinarnos a nosotros mismos para darnos cuenta si en verdad no sólo escuchamos, sino hacemos nuestra la Palabra de Dios, de tal forma que produzca en nosotros el fruto deseado. Tal vez han pasado muchos años en nuestra vida de fe en la que se ha pronunciando continuamente la Palabra de Dios sobre nosotros, donde el Señor nos ha manifestado su voluntad, pero ¿Hemos vivido más comprometidos con esa Palabra del Señor, o sólo nos presentamos a las acciones litúrgicas por costumbre, con el corazón lleno de preocupaciones por los afanes, riquezas y placeres de la vida, embotados de tal forma que la Palabra de Dios llegue a nosotros inútilmente? El Señor quiere de nosotros personas capaces de dejarse guiar por su Espíritu, santificar por su Palabra, de tal manera que seamos constructores de un mundo que día a día se va renovando en el amor, en la verdad, en la justicia, en la solidaridad, en la misericordia. Si sólo venimos a la Eucaristía de un modo piadoso, pero faltos de deseos de trabajar para que las cosas vayan mejor en la familia y en la sociedad, tenemos que cuestionarnos si en verdad creemos en Dios y confiamos en Él, o si sólo queremos tranquilizar inútilmente nuestra conciencia. Si nuestra fe nos lleva a un verdadero compromiso con el Reino de Dios que Jesús nos anunció, debemos convertirnos en sembradores de su Palabra en todos los ambientes en que se desarrolle nuestra vida. El mundo no va a cambiar mientras no se preparen los corazones como un buen terreno para sembrar en ellos la Palabra del Señor. Quienes creemos en Cristo no podemos pasarnos la vida sentados y quejándonos porque nuestro mundo se va deteriorando cada vez más y los auténticos valores se nos pulverizan entre las manos. Tenemos que hacer nuestra la Palabra de Dios y comenzar a sembrarla con la valentía que nos viene del Espíritu, y armarnos de paciencia y constancia para que, a pesar de que el proceso de que la vida nueva brote sea demasiado lento, no confiemos en nuestros esfuerzos, sino en el Poder de Dios que es el único que hará que nuestros desvelos logren el fruto deseado.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de poder trabajar, con sinceridad, por construir el Reino de Dios, de tal forma que la salvación llegue cada día a más y más personas; y así, produciendo todos abundantes frutos de salvación hagamos de nuestro mundo un reflejo de la paz, de la alegría y del amor que se nos ha prometido en la vida eterna. Amén (www.homiliacatolica.com).