viernes, 13 de noviembre de 2009

Jueves de la 24ª semana. Cuídate tú y cuida la enseñanza; así te salvarás a ti y a los que te escuchan… El perdón depende del amor: Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor

 

 

Primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 4,12-16. Querido hermano: Nadie te desprecie por ser joven; sé tú un modelo para los fieles, en el hablar y en la conducta, en el amor, la fe y la honradez. Mientras llego, preocúpate de la lectura pública, de animar y enseñar. No descuides el don que posees, que se te concedió por indicación de una profecía con la imposición de manos de los presbíteros. Preocúpate de esas cosas y dedícate a ellas, para que todos vean cómo adelantas. Cuídate tú y cuida la enseñanza; sé constante; si lo haces, te salva ras a ti y a los que te escuchan.

 

Salmo 110,7-8.9.10. R. Grandes son las obras del Señor.

Justicia y verdad son las obras de sus manos, todos sus preceptos merecen confianza: son estables para siempre jamás, se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza, su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor, tienen buen juicio los que lo practican; la alabanza del Señor dura por siempre.

 

Santo evangelio según san Juan 7,36-50. En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: -«Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora. » Jesús tomó la palabra y le dijo: -«Simón, tengo algo que decirte.» Él respondió: -«Dímelo, maestro.» Jesús le dijo: -«Un prestamista tenía dos deudores; uno le debla quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?» Simón contestó: -«Supongo que aquel a quien le perdonó más.» Jesús le dijo: -«Has juzgado rectamente.» Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: -«¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama. » Y a ella le dijo: -«Tus pecados están perdonados.» Los demás convidados empezaron a decir entre sí: -«¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer: -«Tu fe te ha salvado, vete en paz. »

 

Comentario: 1. 1Tm 4,12-16. Después de los dos motivos teológicos de ayer -la dignidad de la comunidad y la riqueza del misterio de Cristo, hoy propone Pablo unos criterios de actuación a Timoteo, que se ve que todavía es muy joven para su cargo. El responsable en la comunidad debe ser "un modelo para los fieles en el hablar y en la conducta, en el amor, la fe y la honradez". De nuevo las cualidades humanas que ya había enumerado en la lectura del martes. Lo que no tiene de madurez de años lo deberá tener Timoteo de virtudes. Pero esta vez entra en otro terreno: el de la evangelización y la gracia sacramental. Timoteo tiene que "animar y enseñar", "cuidar la enseñanza" y hacer fructificar la gracia de su ordenación: "no descuides el don que posees, que se te concedió con la imposición de manos de los presbíteros".

Son consejos a un "epíscopo", pero nos vienen bien a todos: a los padres en su relación con los hijos, a los educadores en su misión formativa, a los animadores de cualquier aspecto de una comunidad. De alguna manera todos debemos ser evangelizadores, y cuidar que también las generaciones jóvenes o los que se han alejado de la fe por mil razones, vayan conociendo la Buena Noticia del amor de Dios y de la salvación que nos ofrece Jesús: "cuida la enseñanza". Pero el mejor testimonio que damos no son nuestras palabras, sino nuestra conducta, nuestra honradez, fe y amor. La vida divina que hemos recibido todos en el Bautismo, y algunos también en la ordenación ministerial o en la profesión religiosa, la debemos cuidar para que crezca, para que se trasparente en nuestras obras y así podamos colaborar a la construcción de una Iglesia mejor. En realidad, los hijos y los educandos y los destinatarios de nuestra evangelización, no "obedecen", sino que "imitan" (J. Aldazábal). Son las obras las que rematan lo que se predica: "Hablemos a través de ellas, al mostrarlas a los demás en nuestra vida. Es vivo el lenguaje, cuando son las obras las que hablan" (S. Antonio de Padua).

Puesto que somos colaboradores de Cristo tratemos de no recibir en vano la Gracia de Dios. El Señor nos ha consagrado para que, siendo suyos, seamos un signo vivo de su presencia en el mundo. Por eso hemos de cuidar el Carisma que hay en nosotros: el de servir a todos como Cristo lo ha hecho con todos. Para lograr esto necesitamos dedicarnos a la lectura de la Palabra de Dios, a la exhortación, a la enseñanza. Pero esto debe ir respaldado con una vida intachable que nos convierta en modelo en la palabra, en el comportamiento, en la caridad, en la fe, en la pureza. No podemos pensar que, puestos al servicio de los demás por nuestra unión con Cristo desde el Bautismo y Confirmación, o como Ministros Ordenados, no hemos de poner algo de nuestra parte para que día a día maduremos en nuestra respuesta al Señor. Nuestro sí inicial debe ser renovado todos los días, de tal forma que en verdad vivamos, con mayor lealtad, nuestra entrega a Cristo y al anuncio de su Evangelio. Esto debe llevarnos a profundizar, también todos los días, la Palabra de Dios mediante la Lectio Divina para que, así, antes que exhortar y enseñar a los demás, la Palabra de Dios sea aceptada y vivida por nosotros. Entonces podremos ser modelo que pueden imitar los demás, pues encontrarán en nosotros un punto de referencia a Cristo. Obrando, de modo perseverante en el bien, no sólo lograremos salvarnos, sino que salvaremos a aquellos a quienes hemos sido enviados.

Las estructuras de la Iglesia pueden evolucionar. En tiempo de Timoteo, es decir, hacia el año 65 se distingue todavía poco al Epíscope -el «supervisor», u obispo- del Presbítero -«el anciano» o sacerdote-. Pero, está claro que hay unas funciones precisas en la comunidad, alguien ha sido elegido para «presidir» la oración y «enseñar»... y esta función le ha sido conferida mediante un rito, la imposición de manos de los otros Ancianos.

-Hijo muy querido, que nadie menosprecie tu juventud. De modo que el cargo de responsable no se da automáticamente a los «ancianos». La Iglesia no es una sociedad humana ordinaria. El término «presbítero» en griego, significa «más anciano». De ahí proviene el término «preste». Pero vemos que la «ancianidad» de Timoteo era fruto de la gracia recibida y de sus cualidades de ponderación, mucho más que de su edad. San Pablo se lo recuerda. Lo que cuenta no es la edad o la experiencia, es:

a. El estilo de vida.

-Procura, en cambio, ser para los creyentes un modelo por tu manera de hablar y de vivir, por tu amor y tu fe, por la pureza de tu vida. Un sacerdote evangeliza, en primer lugar, por su vida. ¡Qué exigencia! Ser un hombre de fe, un hombre de amor, un hombre de pureza. Este texto nos invita a rogar por los obispos y los sacerdotes para que así sea.

b. La competencia de su enseñanza. -Dedícate a leer la Escritura a los fieles, a animarlos y a instruirlos. HOY sobre todo que la competencia profesional tiene tanta importancia, es bueno oír esas palabras de San Pablo pidiendo a los sacerdotes que sean especialistas de la Biblia y del Evangelio. Menos que nunca se admite la superficialidad ni el trabajo de aficionado.

c. La gracia otorgada por Dios. -No descuides el carisma que hay en ti, ese don que se te comunicó por la intervención profética, cuando la asamblea de ancianos te impuso las manos... que con eso y la oración litúrgica ("profecía") se confería lo que llamamos ahora Ordenación sacerdotal. El ministerio no es sólo una delegación de la comunidad que propone a un responsable, es un «don que viene de lo alto», una iniciativa de Dios.

-Vela por ti mismo, por tu conducta y por tu enseñanza; persevera en estas disposiciones, pues obrando así, obtendrás la salvación para ti y para los que te escuchan. De nuevo encontramos los dos polos de la vida del sacerdote: su «manera de vivir» y su «función doctrinal». La alusión a la perseverancia necesaria nos muestra que ambas cosas no se adquieren de una vez para siempre: es preciso resistir, avanzar, progresar en santidad y en el conocimiento de Dios. Será pues con el ejercicio de su ministerio que Timoteo se santificará a sí mismo y santificará a "aquellos que lo escuchan" (Noel Quesson).

Después de hablar de las exigencias de los ministerios en la Iglesia, Pablo avisa a Timoteo de los falsos doctores que en ella se van introduciendo. Y lo hace siguiendo una manera corriente de escribir, según la cual estas desviaciones doctrinales anuncian la llegada de la parusía o, como dice nuestro texto de los «últimos tiempos». Más difícil es determinar a quiénes designa esta descripción de «falsos profetas». Hay notas que nos hacen pensar en judíos (p. ej., la interdicción del uso de ciertos alimentos); otros son completamente impensables en una mente judía (p. ej., Ia prohibición del uso del matrimonio). Sectarios judíos o gnósticos, Timoteo ha de predicar contra ellos el gran principio teológico que resuena desde las primeras páginas del Génesis: «Todo lo que Dios ha creado es bueno» (1 Tim 4,4). Este principio doctrinal es suficiente para salir al encuentro de las lucubraciones de los «falsos doctores». Con todo, Pablo insiste extrañamente en que la palabra de Dios y nuestra oración todo lo santifican (4,3.4.5). Es que Pablo no puede olvidar, ni quiere que nadie lo olvide, lo que él ha practicado desde la infancia como todo buen judío: la oración antes y después de las comidas. Pablo no se deja obsesionar por los peligros de las doctrinas heterodoxas. Sabe que lo más importante es la formación de sus fieles. Pero ésta es imposible si el mismo Timoteo no cuida permanentemente de su propia formación. Por eso Pablo le manda: «preocúpate de la lectura» (4,13). Esto se relaciona con la lectura pública del AT en el culto cristiano. Y así es, porque con ello el culto cristiano no hacía sino continuar las costumbres sinagogales. Pero, precisamente, los buenos lectores-traductores de la Biblia en el «culto» sinagogal preparaban en su casa su traducción (y, a veces, la alocución que seguía luego). Y esto lo hacían con la lectura repetida de los textos bíblicos adecuadamente anotados con la paráfrasis tradicional correspondiente. Por tanto, la «lectura» a la cual Pablo se refiere es pública y privada. El Apóstol sabía muy bien que el progreso de la comunidad depende no sólo de las virtudes morales de Timoteo, sino también de su progreso en la enseñanza (13-16). No progresar en el estudio de la palabra de Dios sería "descuidar el don que posees, que te fue concedido (por Dios), por indicación de una profecía, con la imposición de manos de los presbíteros" (4,14; E. Cortés).

2. Sal 110. En verdad que las obras de Dios son grandiosas y dignas de confianza. Contemplemos la bondad y la misericordia del Señor para con los suyos, pues Él no sólo creó todo para que estuviese a nuestra disposición; sino que se formó un Pueblo, con quien pactó una Alianza en el Sinaí, y le dio como herencia la tierra prometida. De ese Pueblo nació para todos un Salvador, Cristo Jesús, quien llevó a cabo la obra grandiosa de la Redención y nos hizo partícipes de su Vida y de su Espíritu, formando así un Nuevo Pueblo de elegidos para gloria del Padre. Por eso Dios, nuestro Dios, merece no sólo nuestra alabanza y nuestra acción de gracias, sino el reconocerlo como Señor de nuestra vida, como Aquel que ha de ser amado por encima de todo y a quien le entregamos todo nuestro ser; Él ha de ser respetado, y su Palabra debe ser fielmente cumplida por quienes decimos creer en Él. Así manifestaremos que en verdad, también nosotros, hemos entrado en Alianza con Él y hemos hecho nuestra su obra de salvación. Juan Pablo II comenta: "Este salmo encierra un himno de alabanza y acción de gracias por los numerosos beneficios que definen a Dios en sus atributos y en su obra de salvación: se habla de "misericordia", "clemencia", "justicia", "fuerza", "verdad", "rectitud", "fidelidad", "alianza", "obras", "maravillas", incluso de "alimento" que él da y, al final, de su "nombre" glorioso, es decir, de su persona. Así pues, la oración es contemplación del misterio de Dios y de las maravillas que realiza en la historia de la salvación... El salmo 110 concluye con la contemplación del rostro divino, de la persona del Señor, expresada a través de su "nombre" santo y trascendente. Luego, citando un dicho sapiencial (cf. Pr 1,7; 9,10; 15,33), el salmista invita a todos los fieles a cultivar el "temor del Señor" (Sal 110,10), principio de la verdadera sabiduría. Este término no se refiere al miedo ni al terror, sino al respeto serio y sincero, que es fruto del amor, a la adhesión genuina y activa al Dios liberador. Y, si las primeras palabras del canto habían sido una acción de gracias, las últimas son una alabanza: del mismo modo que la justicia salvífica del Señor "dura por siempre" (v. 3), así la gratitud del orante no tiene pausa: "La alabanza del Señor dura por siempre" (v. 10). Para resumir, el Salmo nos invita al final a descubrir las muchas cosas buenas que el Señor nos da cada día. Nosotros vemos más fácilmente los aspectos negativos de nuestra vida. El Salmo nos invita a ver también las cosas positivas, los numerosos dones que recibimos, para sentir así la gratitud, porque sólo un corazón agradecido puede celebrar dignamente la gran liturgia de la gratitud, la Eucaristía.

Para concluir nuestra reflexión, quisiéramos meditar con la tradición eclesial de los primeros siglos cristianos el versículo final con su célebre declaración, reiterada en otros lugares de la Biblia (cf. Pr 1,7): "El principio de la sabiduría es el temor del Señor" (Sal 110,10). El escritor cristiano Barsanufio de Gaza, en la primera mitad del siglo VI, lo comenta así: "¿Qué es principio de la sabiduría sino abstenerse de todo lo que desagrada a Dios? ¿Y de qué modo uno puede abstenerse sino evitando hacer algo sin haber pedido consejo, o no diciendo nada que no se deba decir, y además considerándose a sí mismo loco, tonto, despreciable y totalmente inútil?". Con todo, Juan Casiano, que vivió entre los siglos IV y V, prefería precisar que "hay una gran diferencia entre el amor, al que nada le falta y que es el tesoro de la sabiduría y de la ciencia, y el amor imperfecto, denominado "principio de la sabiduría"; este, por contener en sí la idea del castigo, queda excluido del corazón de los perfectos al llegar la plenitud del amor". Así, en el camino de nuestra vida hacia Cristo, el temor servil que hay al inicio es sustituido por un temor perfecto, que es amor, don del Espíritu Santo".

3. Lc 7,36-50 (ver evangelio del domingo 11 C). La escena la cuenta Lucas con elegancia y detalles muy significativos. ¡Qué contraste entre el fariseo Simón, que ha invitado a Jesús a comer, y aquella mujer pecadora que nadie sabe cómo ha logrado entrar en la fiesta y colma a Jesús de signos de afecto! Desde luego, perdonar a una mujer pecadora precisamente en casa de un fariseo que le ha invitado, es un poco provocativo. No es raro que se escandalizaran los presentes, o porque Jesús no conocía qué clase de mujer era aquélla, o que no reaccionaba ante sus gestos, que resultaban cuando menos un poco ambiguos. Pero Jesús quería transmitir un mensaje básico en su predicación: la importancia del amor y del perdón. El argumento parece fluctuar en dos direcciones. Tanto se puede decir que se le perdona porque ha amado ("sus pecados están perdonados, porque tiene mucho amor"), como que ha amado porque se le ha perdonado ("amará más aquél a quien se le perdonó más"). Probablemente aquella mujer ya había experimentado el perdón de Jesús en otro momento, y por ello le manifestaba su gratitud de esa manera tan efusiva: "ha amado mucho", y por eso se le perdona mucho… contrasta con Simón, que no ha amado y por eso no puede recibir el perdón…

La escena nos hace repensar nuestra conducta con los que consideramos "pecadores". ¿Cómo los tratamos: dándoles ánimos o hundiéndoles más? Podemos actuar con corazón mezquino, como los fariseos que juzgan y condenan a todos, o como el hermano mayor del hijo pródigo que le recrimina de una manera intransigente lo que ha hecho, o como Simón y los otros convidados, que no deben ser malas personas (han invitado a Jesús a comer), pero no saben ser benévolos y amar. O podemos portarnos como el padre del hijo pródigo, y sobre todo como el mismo Jesús, que perdona a la mujer adúltera que le presentan, y a Zaqueo el publicano, y tiene palabras de ánimo para esta mujer que ha entrado en la sala del banquete y le unge los pies.

Así lo explica San Josemaría: "Le rogó uno de los fariseos que fuera a comer con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se puso a la mesa [Lc VII, 36.]. Llega entonces una mujer de la ciudad, conocida públicamente como pecadora, y se acerca para lavar los pies a Jesús, que según la usanza de la época come recostado. Las lágrimas son el agua de este conmovedor lavatorio; el paño que seca, los cabellos. Con bálsamo traído en un rico vaso de alabastro, unge los pies del Maestro. Y los besa.

     El fariseo piensa mal. No le cabe en la cabeza que Jesús albergue tanta misericordia en su corazón. Si éste fuese un profeta -imagina-, sabría quién es y qué tal es la mujer [Lc VII, 39.]. Jesús lee sus pensamientos, y le aclara: ¿ves a esta mujer? Yo entré en tu casa y no me has dado agua con que se lavaran mis pies; y ésta los ha bañado con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me has dado el ósculo, y ésta, desde que llegó, no ha cesado de besar mis pies. Tú no has ungido con óleo mi cabeza, y ésta sobre mis pies ha derramado perfumes. Por todo lo cual, te digo: que le son perdonados muchos pecados, porque ha amado mucho [Lc VII, 44-47.].

     No podemos detenernos ahora en las divinas maravillas del Corazón misericordioso de Nuestro Señor. Vamos a fijarnos en otro aspecto de la escena: en cómo Jesús echa de menos todos esos detalles de cortesía y delicadeza humanas, que el fariseo no ha sido capaz de manifestarle. Cristo es perfectus Deus, perfectus homo [Símbolo Quicumque.], Dios, Segunda Persona de la Trinidad Beatísima, y hombre perfecto. Trae la salvación, y no la destrucción de la naturaleza; y aprendemos de El que no es cristiano comportarse mal con el hombre, criatura de Dios, hecho a su imagen y semejanza [Cfr. Gen I, 26.]".

 ¿Dónde quedamos retratados, en los fariseos o en Jesús? No se trata de que lo aprobemos todo. Como Jesús no aprobaba el pecado y el mal. Sino de imitar su actitud de respeto y tolerancia. Con nuestra acogida humana, podemos ayudar a tantas personas -drogadictos, delincuentes, marginados de toda especie- a rehabilitarse, haciéndoles fácil el camino de la esperanza. Con nuestro rechazo justiciero les podemos quitar los pocos ánimos que tengan. Claro que, para ser benévolos en nuestros juicios con los demás, antes tendremos que ser conscientes de que Dios ha empleado misericordia con nosotros. Se nos ha perdonado mucho a nosotros y por tanto deberíamos ser más tolerantes con los demás, sin constituirnos en jueces prestos siempre a criticar y a condenar. Dios es rico en misericordia. Lo ha demostrado en Cristo Jesús. Y lo quiere seguir mostrando también a través de nosotros (J. Aldazábal).

-Un fariseo invitó a Jesús a comer con él... Tres veces (Lc 7,36; 11,37; 14,1) Lucas anota que algunos fariseos invitaban a Jesús a su propia mesa... ¡Y que Jesús aceptaba la invitación! Lucas es el único que nos cuenta estos hechos. Marcos y Mateo, por el contrario, han descrito sistemáticamente a los fariseos como adversarios de Jesús. El juicio más matizado de Lucas está sin duda más cercano a la verdad histórica: Jesús no tenía exclusivas a priori, y hubo algunos fariseos que así lo reconocieron.

-En esto una mujer, conocida como pecadora en la ciudad... llegó con un frasco lleno de perfume... se colocó detrás de Jesús junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas; se los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con perfume... El fariseo era un "puro". La escena le choca profundamente: "Si este hombre fuera un profeta sabría quién es esa mujer que lo toca: ¡una pecadora!" Efectivamente, se trataba de una pecadora, y todo induce a creer que era una prostituta. Pecados, los que había acumulado... hasta el hastío de sí misma y de los demás. ¡Ah! ¡no se envanecía por ello! Era capaz de humillarse públicamente. De otra parte, todo el mundo la conocía. "¡Si solamente él, el profeta Jesús, pudiera salvarme!" Y allí está, abatida en el suelo, a los pies de Jesús. Sollozos ruidosos agitan todo su cuerpo. Cubre de besos los pies de Jesús y su perfume embriagador llena la sala del banquete. ¿Por qué los evangelistas relataron una escena tan ambigua? Porque a propósito de esto, Jesús tiene un mensaje importante a transmitirnos. Pienso en mis propios pecados, y en la sucia marea de todos los pecados del mundo: Tú debes estar habituado, Señor, desde que hay hombres sobre la tierra.

-"Simón, tengo algo que decirte: Un acreedor tenía dos deudores... Uno le debía una gran suma, la deuda del otro era muy pequeña... Se las perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más?" Los acreedores humanos no se comportan de ese modo, habitualmente. ¡Pero Dios sí! Es El quien lo dice. Y nos pide que nos portemos también así: "perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores". Si te colocas sobre ese terreno, Señor, entonces es mejor ser Magdalena que Simón...

-Ves a esta mujer...? Y Jesús hace su elogio. Habla de ella con respeto, la valora. Subraya todo lo que ha hecho bien. Había sufrido mucho. Señor, ayúdame a ver a los pecadores con tu propia mirada llena de bondad y misericordia. Dame el don de saberlos rehabilitar a sus propios ojos. Que todas mis palabras y mis actitudes digan ¡cuán bueno eres, Señor!

-Quedan perdonados sus muchos pecados porque muestra un gran amor... A quien poco se le perdona poco amor muestra... Esas dos frases contienen una de las mayores revelaciones sobre el "pecado":

- el amor provoca el perdón: Tú le perdonas sus pecados porque ama...

- el perdón provoca el amor: cuanto más perdonado se ha sido, tanto más se siente uno llevado a amar. ¡Gracias, Señor! El amor es la causa y la consecuencia del perdón. Quizá es por esto que, después de todo, Tú permites, Señor, nuestros pecados... ¡para que un día se transformen en amor! Cada uno de mis pecados, ¡qué misterio! podría llegar a ser una ocasión de amar más a Dios: instante este maravilloso en el que tomo conciencia de la misericordia... en el que adivino "hasta dónde" me ama Dios... Es el instante del perdón, el instante del mayor amor. ¿No vale la pena de celebrarlo en el sacramento de penitencia o reconciliación? (Noel Quesson).

Muchos de los contemporáneos de Jesús querían alcanzar la salvación por medio del estricto cumplimiento de la ley. Por eso, evitaban todo contacto con las personas que eran consideradas impuras: extranjeros, enfermos y pecadores; llevaban rigurosamente el descanso del sábado: no cocinaban, no comerciaban, no caminaban. Esta manera de actuar les creaba la falsa seguridad de que ya estaban salvados. Jesús permanentemente cuestionaba esta forma de vivir la experiencia de Dios. Para él, lo más importante era el amor al hermano, al pecador e, incluso, al enemigo. Las verdaderas personas de Dios eran aquellas personas capaces de convertirse en fuente de vida para los demás. En la casa del fariseo «Simón» se le presentó una ocasión propicia para mostrar el modo de actuar de Dios. Simón menosprecia a Jesús porque lo considera incapaz de rechazar a la mujer impura que le acaricia los pies. Jesús, descubriendo sus pensamientos le propone una parábola. La parábola describe la generosidad de un hombre que perdona a sus deudores. El que le debía más es quién debe manifestar mayor agradecimiento. Con esto pone en evidencia el engreimiento en que había caído Simón. Los radicales se consideraban a sí mismos los hombres justos y negaban con su actitud el perdón de Dios a los demás. Jesús lo llama a la conversión, al cambio de mentalidad. Le señala cómo lo más importante no es la rígida disciplina religiosa, sino el amor y el agradecimiento. Por esto, Jesús anuncia el perdón de Dios a la mujer. Ella no había escogido el camino de la autojustificación, sino el camino de la humildad y el reconocimiento del propio pecado (servicio bíblico latinoamericano).

No sabemos el nombre de aquella mujer "pecadora". Se suele confundir con María Magdalena, de la cual -se dice- Jesús había expulsado "siete demonios" (Lc 8,2); de la mujer "pecadora pública" se habla unos versículos antes (Lc 7,37-50). La "mujer anónima" de la que nos habla el evangelio de hoy se dedica a la prostitución. "Siete demonios" suena más a que está poseída por el mal, de manera total, es una mujer que vive sin sentido de la vida, que ha tocado fondo. La mujer de hoy lleva mucho amor en su corazón, descubre en Jesús el amor de su vida y está dispuesta a dejarlo todo ante su nuevo amor. Se desprende su cabello. Cubre de besos los pies de Jesús. Derrama sobre sus pies un frasco de perfume… Es una escena de un profundísimo y sorprendente amor. Jesús, acogido por esta mujer con un amor, que no había sido capaz de mostrarle su anfitrión, se hace hospitalidad que perdona, acoge y transforma. Hoy me sorprendo al ver que María de Betania, más tarde, imitará paso a paso los detalles de amor de esta pecadora... quién sabe qué pasaría por su corazón…

La experiencia del vacío de la vida es -frecuentemente- la mejor condición para encontrar el sentido de la vida. Profundicemos en nuestro interior. Veamos cuántas cosas nos llenan de verdad, y cuántas nos defraudan, nos dejan insatisfechos. Busquemos el sentido y lo encontraremos. Jesús está resucitado. Sigue en medio de nosotros. Es posible encontrarlo. Mejor todavía, ¡nos sale al encuentro! ¿Porqué no estar atentos para acoger su llegada, en la primera ocasión que esta acontezca? Ahora mismo, ¡en esta eucaristía! (Pepe: cmfxr@planalfa.es)

En la escena que examinamos descubrimos una serie de rasgos sorprendentes: un individuo perteneciente al partido fariseo (los observantes y defensores por antonomasia de la Ley) invita a Jesús (vv. 36a.39a.45b, triple repetición tipos en negrilla actuales) «a comer con él», convencido que comparte las mismas ideas y convicciones religiosas, pese a que los dirigentes religiosos (los fariseos y los letrados juristas) hayan rechazado a Jesús (6,11) y que éste les haya reprobado haber frustrado el plan que Dios tenía previsto para ellos (7,30). El fariseo Simón, además, no está sólo, sino que ha invitado también a sus colegas que piensan como él, «los otros comensales» (v. 49a). Jesús, por el contrario, no va acompañado de nadie cuando entra en la casa (vv. 36b.44c).

Un segundo rasgo chocante lo constituye el hecho de que una mujer pública ponga los pies en casa de un fariseo. Simón, por lo que se ve, no es fariseo intransigente, ya que muestra cierta tolerancia hacia los individuos representados por la pecadora, por lo menos mientras Jesús está en su casa. Tampoco los comensales hacen aspavientos, al menos en principio.

Ni el fariseo ni los comensales se atreven a reprochar a Jesús su comportamiento hacia la pecadora, sino que lo formulan en su fuero interno (vv. 39a. 49a). El primero se escandaliza porque Jesús se ha dejado «tocar» por una «mujer pecadora» (7,39b), pues quien toca a un impuro queda él mismo impuro. Como buen fariseo, pese al afecto que profesa a Jesús, continúa creyendo en la validez de la Ley de lo puro e impuro, continúa dividiendo la humanidad entre buenos y malos, entre justos y pecadores, ufano de su condición privilegiada de hombre justo y observante. Los comensales se escandalizan también, pero en un segundo momento: «empezaron a decirse: "¿Quién es éste, que hasta perdona pecados"» (7,49), es decir, no repiten el reproche, sino que, complementándose con aquél, formulan uno más grave. El primero ponía en duda la aureola de «profeta» que rodeaba a Jesús; los segundos en la misma línea que los fariseos y los maestros de la Ley en el caso del paralítico (cf. 5,17.21-22)- se resisten a aceptar que un hombre pueda «perdonar pecados», cosa que ellos reservaban en exclusiva a Dios coronando así la pirámide del poder (Dios - dirigentes - pueblo), pirámide que les permitía excluir y marginar a todos los que no pensaban como ellos.

El agradecimiento, distintivo de la persona liberada: La parábola que encontramos en el centro de la perícopa ilumina y desenmascara dos actitudes contrapuestas, invirtiendo la escala de valores que todos tenían como válida: «"Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios de plata y el otro cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, hizo gracia (de la deuda) a los dos. ¿Cuál de ellos le estará más agradecido?" Contestó Simón: "Supongo que aquel a quien hizo mayor gracia." Jesús le dijo: "Has juzgado con acierto"» (7,41-43). El número «cinco», factor común a «quinientos» y a «cincuenta», pone en íntima relación los dos deudores y su deuda. El término «hizo gracia» indica que no solamente se les ha perdonado la deuda (aspecto negativo), sino que los ha «agraciado» con un don, el don del Espíritu (aspecto positivo). La experiencia del Espíritu se manifiesta en la capacidad de agradecimiento de uno y otro.

Teniendo en cuenta la descripción que acaba de hacer de los dos personajes, nos damos cuenta de que el observante, el fariseo, tiene una exigua capacidad de agradecimiento, pues está convencido de que se ha ganado a pulso la salvación, a excepción de la pequeña deuda que había contraído. La seguridad personal que le da el cumplimiento de la Ley le impide experimentar plenamente la gratuidad de la salvación. La liberación que experimenta es relativa, pues está condicionada por el lastre de sus prácticas religiosas. La mujer pecadora, en cambio, que ha tocado fondo, tiene mucha más capacidad que el otro de percatarse de la novedad que comporta el mensaje de Jesús y de la nueva e incomparable libertad que ha experimentado al acogerlo.

En la aplicación de la parábola, Jesús recalca los rasgos con que Lucas había descrito la actitud de acogida de la persona de Jesús por parte de la pecadora y los contrasta con las omisiones del fariseo: éste no ha sido capaz siquiera de ofrecerle las tradicionales muestras de hospitalidad típicas del mundo oriental: «¿Ves esta mujer? (¡la que él tanto ha despreciado!). Cuando entré en tu casa no me diste agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con su pelo. Tú no me besaste, ella, en cambio, desde que entró no ha dejado de besarme los pies. Tú no me echaste ungüento en la cabeza; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume» (7,44-46). El contraste palmario entre «el fariseo» y la mujer «pecadora», personajes que ejemplarizan dos tipos de «deudores» a quienes «se ha hecho gracia» de deuda (500/50 denarios) que nunca hubieran podido saldar (vv. 41-43) y que, no obstante haberse sentido atraídos uno y otro por la persona de Jesús y su mensaje liberador, dan muestras muy diversas de «agradecimiento», sirve para elevar a nivel de paradigma dos actitudes contrapuestas que con toda probabilidad se dan ya entre los mismos discípulos: la del grupo que representa a Israel, compuesto de judíos observantes y religiosos (su única preocupación es la Ley de la pureza / impureza ritual), tipificado por Simón, Santiago y Juan (cf. 5,1-11), así como por los Doce (cf. 6,12-16) y, ahora, por el fariseo Simón, y la del grupo que representa a los marginados de Israel, descreídos y ateos, tipificado por el recaudador de impuestos, Leví (cf. 5,27-32), y, ahora, por la mujer pecadora.

la conciencia del perdón acrecienta la capacidad de amar: La acogida que uno y otro han brindado a Jesús es diametralmente opuesta. Ambos han sido descritos mediante una terna -agua, beso, ungüento- de acciones / omisiones (vv. 38 / 44-46) que son interpretadas como muestras de agradecimiento / de falta de afecto: «Por eso te digo (forma solemne de introducir una aseveración importante): "Sus pecados, que eran muchos, se le han perdonado, por eso muestra tanto agradecimiento; en cambio, al que poco se le perdona, poco tiene que agradecer"» (7,47). Tanto a Simón como a la mujer les ha sido perdonada una deuda personal con anterioridad a la presente escena: la invitación hecha a Jesús para que comiese con él quería ser una muestra de gratitud, pero como el cambio de vida que había experimentado no ha sido profundo, se ha mostrado poco agradecido; la mujer, en cambio, todo lo contrario, ha dado grandes muestras de agradecimiento por la liberación plena que había experimentado. El hilo conductor de la secuencia es la actitud agradecida de la mujer por la salvación que ha experimentado gracias a su adhesión a Jesús; por contraste, queda en evidencia la actitud fría y desagradecida del fariseo Simón. En el fondo, la temática es la sólita de Lucas: «justos / pecadores». Aquí se nos explica por qué los justos no son capaces de amar y, por tanto, de dar una adhesión plena y confiada a Jesús: porque se les ha perdonado poco y no han tomado conciencia de que la deuda, por pequeña que les pareciese, nunca la habrían podido enjugar; no están capacitados para valorar la gracia del perdón, ya que son unos autosuficientes. Los pecadores, en cambio, tienen conciencia clara de la absoluta gratuidad del perdón y se adhieren plenamente y sin reservas a Jesús, gracias al cual se han sentido liberados.

Hemos visto la última secuencia del primer tramo de la estructura paralela. Por cuarta vez se formula en el marco de esta estructura la cuestión sobre la identidad de Jesús: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo», en boca de Israel; «¿Eres tú el que tenía que llegar o esperamos a otro?», en boca del Precursor; «Este, si fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo está tocando: una pecadora», en boca de Simón; «¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?», en boca de los comensales. Jesús ha ido mostrando toda su capacidad liberadora: curando al esclavo del centurión romano, representante del paganismo; resucitando al hijo único de la viuda de Naín, representante del pueblo de Israel; respondiendo a la interpelación de Juan con toda clase de signos liberadores y dejando constancia una vez más de que el Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados (cf. 5,24). La liberación es condición previa para que el mensaje pueda ser proclamado.

I. El Evangelio de la Misa relata la invitación hecha a Jesús por un fariseo rico llamado Simón (Lc 7,36-50). Comenzado ya el banquete, y de modo inesperado para todos, se presentóuna mujer pecadora que había en la ciudad. Es una ocasión más para que Jesús muestre la grandeza de su Corazón y de su misericordia; desde el primer momento esta mujer se sintió, a pesar de su mala vida, comprendida, acogida y perdonada. Quizá ya había escuchado antes a Jesús, y los propósitos de un cambio de vida que surgieron entonces llegan ahora a su culminación. El amor a Cristo le ha dado la audacia para presentarse en medio de esta comida, hecho más sorprendente si se tienen en cuenta las costumbres judías de aquella época, Los comensales se debieron de sentir confusos y asombrados. La pecadora pública es el centro de sus miradas y pensamientos. Quizá por esto no repararon en el descuido de las normas tradicionales de hospitalidad.

Jesús sí es consciente de estos olvidos de Simón. Las palabras del Señor dejan entrever que los echa de menos, como echó en falta el agradecimiento de aquellos leprosos que después de curados ya no volvieron más. La tosquedad de Simón se pone particularmente de manifiesto en contraste con las muestras de amor de la mujer, que llevó un vaso de alabastro con perfume, se situó detrás, a los pies de Jesús, se puso a bañarlos con sus lágrimas y los ungía con el perfume. La delicadeza de esta mujer con el Señor es como el espejo donde se reflejan con más claridad las faltas de hospitalidad y de atención que se debían tener con Él, como huésped de honor.

Ante los juicios negativos y mezquinos de los comensales para con la mujer, Jesús no tiene ningún reparo en mostrar la verdadera realidad –la realidad ante Dios, que es la que cuenta– de las personas allí presentes. Vuelto hacia la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso; pero ella, desde que entró no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con óleo; ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. Y, enseguida, la recompensa más grande que puede recibir un alma: Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Después, unas palabras inmensamente consoladoras para los pecadores –para nosotros– de todos los tiempos: aquel a quien menos se le perdona menos ama. Las flaquezas diarias –las mismas caídas, si el Señor las permitiera– nos deben llevar a amar más, a unirnos más a Cristo mediante la contrición y el arrepentimiento.

Entonces le dijo a ella: Tus pecados te son perdonados. Y la mujer se marchó con una gran alegría, con el alma limpia y una vida nueva por estrenar.

II. En las palabras de Jesús a Simón se nota –como cuando preguntó por los leprosos curados– un cierto acento de tristeza: entré en tu casa y no me has dado agua con que lavar mis pies. El Señor, que cuando se trata de padecer por la salvación de las almas no pone límites a sus sufrimientos, echa de menos ahora esas manifestaciones de cariño, esa cortesía en el trato. ¿No tendrá que reprocharnos hoy algo a nosotros por el modo como le recibimos?

El ejemplo sencillo de un catequista a unos niños que se preparaban para recibir al Señor por vez primera nos puede ayudar a nosotros hoy. Les decía que donde habitó un personaje ilustre, para que no se borre la memoria del acontecimiento, se coloca una placa con una inscripción: «Aquí habitó Cervantes»; «En esta casa se alojó el Papa X.»; «En este hotel se hospedó el emperador Z.»... Sobre el pecho del cristiano que ha recibido la Santa Comunión podría escribirse: «Aquí se hospedó Jesucristo» (cfr. C. Ortúzar, El Catecismo explicado con ejemplos ).

Si queremos, cada día el Señor viene a nuestra casa, a nuestra alma. Te adoro con devoción, Dios escondido4, le diremos en la intimidad de nuestro corazón. Y procuraremos hacerle un recibimiento mejor que a cualquier persona importante de la tierra, de tal manera que nunca tenga que decirnos: Entré en tu casa y no me diste agua para los pies... No has tenido demasiados miramientos conmigo, has estado con la mente puesta en otras cosas, no me has atendido... «Hernos de recibir al Señor, en la Eucaristía, como a los grandes de la tierra, ¡mejor!: con adornos, luces, trajes nuevos...

»—Y si me preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has de tener, te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma» (S. Josemaría Escrivá). Hagamos hoy el propósito de acogerlo bien, lo mejor que podamos. «¿Hemos pensado alguna vez en cómo nos conduciríamos, si solo se pudiera comulgar una vez en la vida?

»Cuando yo era niño –recordaba San Josemaría Escrivá–, no estaba aún extendida la práctica de la comunión frecuente. Recuerdo cómo se disponían para comulgar: había esmero en arreglar bien el alma y el cuerpo. El mejor traje, la cabeza bien peinada, limpio también físicamente el cuerpo, y quizá hasta con un poco de perfume... Eran delicadezas propias de enamorados, de almas finas y recias, que saben pagar con amor el Amor». Y enseguida, recomendaba vivamente: «comulgad con hambre, aunque estéis helados, aunque la emotividad no responda: comulgad con fe, con esperanza, con encendida caridad». Así lo procuramos hacer, alegrándonos con inmenso gozo porque Jesús nos visita y se pone a nuestra disposición.

III. En un sermón sobre la preparación para recibir al Señor, exclama San Juan de Ávila: «¡Qué alegre se iría un hombre de este sermón si le dijesen: "El rey ha de venir mañana a tu casa a hacerte grandes mercedes"! Creo que no comería de gozo y de cuidado, ni dormiría en toda la noche, pensando: "El rey ha de venir a mi casa, ¿cómo le aparejaré posada?". Hermanos, os digo de parte del Señor que Dios quiere venir a vosotros y que trae un reino de paz». ¡Es una realidad muy grande! ¡Es una noticia para estar llenos de alegría!

Cristo mismo, el que está glorioso en el Cielo, viene sacramentalmente al alma. «Con amor viene, recíbelo con amor». El amor supone deseos de purificación –acudiendo a la Confesión sacramental cuando sea necesario o incluso conveniente–, aspirando a estar el mayor tiempo posible con Él.

Jesús desea estar con nosotros, y repite para cada uno aquellas memorables palabras de la Última Cena: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros... (Lc 22,15). «La posada que Él quiere es el ánima de cada uno; ahí quiere Él ser aposentado, y que la posada esté muy aderezada, muy limpia, desasida de todo lo de acá. No hay relicario, no hay custodia, por más rica que sea, por más piedras preciosas que tenga, que se iguale a esta posada para Jesucristo. Con amor viene a aposentarse en tu ánima, con amor quiere ser recibido» (San Juan de Ávila), no con tibieza o distraído. ¡Es el acontecimiento más grande del día y de la vida misma! Los ángeles se llenan de admiración cuando nos acercamos a comulgar. Cuanto más próximo esté ese momento, más vivo ha de ser nuestro deseo de recibirlo.

Junto a las disposiciones del alma, las del cuerpo: el ayuno que la Iglesia ha dispuesto en señal de respeto y reverencia, las posturas, el vestir, que nos llevan a presentarnos como dignos hijos al banquete que el Padre ha preparado con tanto amor. Y cuando esté en nuestro corazón le diremos: Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria (Himno Adoro te devote).

La Virgen Nuestra Señora nos enseñará a darle buena acogida a su Hijo en esos momentos en que le tenemos con nosotros. Ninguna criatura ha sabido tratarle mejor que Ella.

La mujer pecadora y la misericordia de Dios: Siempre que se mete uno a fondo en la propia vida y comprueba lo lejos de Dios que se encuentra y ve cómo el pecado grave o menos grave nos domina, se puede sentir la tentación del desaliento y de la desesperación. Del desaliento en cuanto a sentirse uno incapaz de superar las propias limitaciones. De desesperación en cuanto a pensar que no se es digno del perdón misericordioso de Dios. En estos momentos de los ejercicios, tras haber reflexionado sobre el pecado, podemos sentirnos desalentados o desesperados. Por ello, es muy importante sin frivolidad y sin infantilismos, -porque a veces se toma a Dios así-, echarnos en brazos de la misericordia divina.

Dios siempre está dispuesto a perdonar, a olvidar, a renovar. Ahí tenemos la parábola del hijo pródigo en la que un padre espera con ansia la vuelta de su hijo que se ha ido voluntariamente de su casa. Dios siempre nos espera; siempre aguarda nuestro retorno; nada es demasiado grande para su misericordia. Nunca debemos permitir que la desconfianza en Dios tome prisionero nuestro corazón, pues entonces habríamos matado en nosotros toda esperanza de conversión y de salvación. La misericordia del Señor es eterna. En el libro del Profeta Oseas leemos frases que nos descubren esa ternura de Dios hacia nosotros: "Cuando Israel era niño, yo le amé... Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí... Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla..." (11, 1-4).

Frecuentemente una de las acciones más específicas del demonio es desalentarnos y desesperarnos. "Ya no tienes remedio. Ya es demasiado lo que has hecho". Y muchos de nosotros nos dejamos llevar por esos sentimientos que nos quitan no sólo la paz, sino la fuerza para luchar por ser mejores. Dios, en cambio, siempre nos espera, porque nos ama, porque no se resigna a perder lo que su Amor ha creado. "Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión" (Os 2,21). Qué nunca el temor al perdón de Dios nos aparte de volver a El una y otra vez! Hasta el último día de nuestra vida nos estará esperando.

La misericordia de Dios, sin embargo, no se puede tomar a broma. Ella nace en el conocimiento que Dios tiene de nuestra fragilidad, de nuestra pequeñez, de nuestra condición humana, y, sobre todo, del amor que nos profesa, pues "El quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". La misericordia divina no puede, en cambio, ser el tópico al que recurrimos frecuentemente para justificar sin más una conducta poco acorde con nuestra realidad de cristianos y de seres humanos, o para permitirnos atentar contra la paciencia divina por medio de nuestra presunción.

A espaldas de la pecadora sólo hay una realidad: el pecado. En su horizonte sólo una promesa: la tristeza, la desesperación, el vacío. Pero en su presente se hace realidad Cristo, el rostro humano de Dios. Ella nos va enseñar cómo actúa Dios cuando el ser humano se le presta.

La mujer reconoce ante todo que es una pecadora. Esas lágrimas que derrama son realmente sinceras y demuestran todo el dolor que aquella mujer experimentaba tras una vida de pecado, alejada de Dios, vacía. Hay lágrimas físicas y también morales. Todas valen para reconocer que nos duele ofender a Dios, vivir alejados de Él. A ella no le importaba el comentario de los demás. Quería resarcir su vida, y había encontrado en aquel hombre la posibilidad de la vuelta a un Dios de amor, de perdón, de misericordia. Por eso está ahí, haciendo lo más difícil: reconocerse infeliz y necesitada de perdón.

Cristo, que lee el pensamiento, como lo demostró al hablar con Simón el fariseo, toca en el corazón de aquella mujer todo el dolor de sus pecados por un lado, y todo el amor que quiere salir de ella, por otro. Todo está así preparado para el re-encuentro con Dios. Se pone decididamente de su parte. Reconoce que ella ha pecado mucho (debía quinientos denarios). Pero también afirma que el amor es mucho mayor el mismo pecado. "Le quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor". Se realiza así aquella promesa divina: "Dónde abundó el pecado, sobreabundó la misericordia". El corazón de aquella mujer queda trasformado por el amor de Dios. Es una criatura nueva, salvada, limpia, pura.

La misericordia divina le impone un camino: "Vete en paz". Es algo así como: "Abandona ese camino de desesperación, de tristeza, de sufrimiento". Coge ese otro derrotero de la alegría, de la ilusión, de la paz que sólo encontrarás en la casa de tu Padre Dios. No sabemos nada de esta pecadora anónima. No sabemos si siguió a Cristo dentro del grupo de las mujeres o qué fue de ella. Pero estamos seguros de que a partir de aquel día su vida cambio definitivamente. También a ella la salvó aquella misericordia que salvó a la adúltera, a Pedro, a Zaqueo, y a tantos más.

En nuestra vida de cristianos, y muy especialmente en la vida de la mujer, tan sensible a la falta de amor, tan proclive al desaliento, tan inclinada a sufrir la ingratitud de los demás, es muy fácil comprender lo que le dolemos a Dios cuando nos apartamos de su amor y de su bondad. Por ello, abrámonos a la Misericordia divina para reforzar nuestra decisión de nunca pecar, de nunca abandonar la casa del Padre, de nunca intentar probar ese camino de tristeza y de dolor que es el pecado.

La constatación de nuestras miserias, a veces reiteradas, nunca deben convertirse en desconfianza hacia Dios. Más aún, nuestras miserias deben convencernos de que la victoria sobre las mismas no es obra fundamentalmente nuestra sino de la gracia divina. Sólo no podemos. Es a Dios a quien debemos pedirle que nos salve, que nos cure, que nos redima. Si Dios no hace crecer la planta es inútil todo esfuerzo humano. Somos hijos del pecado desde nuestra juventud. Sólo Dios pude salvarnos.

Junto a esta esperanza de salvación de parte de Dios, la Misericordia divina exige nuestro esfuerzo para no ser fáciles en este alejarnos con frecuencia de la casa del Padre. Hay que luchar incansablemente para vivir siempre ahí, para estar siempre con Él, para defender por todos los medios la amistad con Dios. El pecado habitual o el vivir habitualmente en pecado no puede ser algo normal en nosotros, y menos el pensar que al fin y al cabo como Dios es tan bueno... Estaremos siempre en condiciones o en posibilidades de invocar el perdón y la misericordia divina?

No olvidemos que como la pecadora siempre tenemos la gran baza y ayuda de la confesión. Ella hizo una confesión pública de sus pecados, manifestó su profundo arrepentimiento, demostró su propósito de enmienda. Al final Cristo la absolvió. La confesión es fundamental para el perdón de los pecados. Más aún, es necesaria la confesión frecuente, humilde, confiada. Como otras muchas cosas, sólo a Dios se le ha podido ocurrir este sacramento de la misericordia y del perdón. No acercarse a la confesión con frecuencia es una temeridad. Tenemos demasiado fácil el regreso a Dios.

Si quieres que se te perdone mucho, ama mucho. ¡Qué consuelo! ¡Si amo, se me perdona! Sin embargo, en nuestras experiencias de amor y de perdón, quizá hubiéramos de modificar esas palabras del Maestro, pues a veces Dios, nuestro Padre, nos ama tantísimo, que parece perdonarnos, aun amándolo nosotros muy poco. Dios es siempre quien comienza la obra en la que desea vernos implicados con amor creciente.

¡Qué lección de la pecadora! Amaba mucho, y amaba desde su conciencia lacerada por las infidelidades que cometía; era infiel. Pero luchaba consigo misma, y un día llegó la oportunidad de quitarse todos los velos y dejar al descubierto su admiración y reconocimiento a Jesús de Nazaret. Desde ese día ya no le importaron las habladurías de los hombres y mujeres. Amaba a Jesús. Amar al Señor, pues Él nos ha perdonado mucho. A Él no le importa nuestro pasado, por muy tenebroso que sea; a Él sólo le importa el que nos dejemos encontrar y que recibamos su perdón. Esto indicará que en verdad Él significa no sólo algo, sino todo en nuestra vida. Si Él se junta con pecadores; si Él acude a banquetes no es porque quiera dejarse dominar por el pecado, o porque quiera pasarse la vida embriagándose; Él, por todos los medios, y acudiendo a todos los ambientes, busca al pecador para salvarle. La Iglesia, santa porque su Cabeza es santa, pero compuesta por pecadores, es una Comunidad que necesita estar en una actitud de continua conversión, abierta al perdón de Dios. Sólo así podrá convertirse en un signo del poder salvador del Señor, que vino a salvar todo lo que se había perdido. Por eso no ha de tener miedo de ir a todos los ambientes del mundo, por muy cargados de maldad que se encuentren, para llamar a todos a la conversión y a la unión plena con Dios.

En esta Eucaristía Aquel que es la Palabra se hace presente entre nosotros con todo su poder salvador. Él es la Palabra que el Padre Dios pronuncia a favor nuestro para que nuestros pecados sean perdonados, y para que, santificados en la verdad, podamos manifestarnos como hijos suyos. Por eso, hemos de abrir nuestra vida para que el Señor habite en ella. No podemos sólo estar en, sino vivir la Eucaristía. Si en verdad creemos que es el Señor quien preside esta Eucaristía, que es el Señor quien nos habla, que es el Señor quien actualiza su Misterio Pascual, que es el Señor quien se encarna en su Iglesia, signo de su amor para el mundo, vivamos en una auténtica comunión de vida con Él, de tal forma que en verdad manifestemos con las obras que el Señor camina con su Iglesia, en su Iglesia, y que, desde su Iglesia, sigue preocupándose de ofrecer su perdón y su vida a todos los pueblos y a las personas de todos los tiempos.

¿Hasta dónde somos capaces de salir al encuentro del pecador, no para condenarle, no para señalarle como a un maldito, no para dejarnos dominar por su pecado, sino para ayudarle a encontrarse con Cristo y a recibir su perdón, de tal forma que se inicie, en su propia vida, un nuevo caminar en el amor a Dios y en el amor fraterno? Dios no nos envió a destruir a los demás, por muy malvados que parezcan; nuestra lucha no es una lucha fratricida, es una lucha en contra del pecado; y el pecado no se expulsa acabando con los pecadores, sino amándoles de tal forma que puedan recuperar su dignidad de hijos de Dios. Saber amar, saber perdonar como Dios nos ha amado y perdonado, es la luz que fortalecerá a quienes se apartaron del camino del bien para que vuelvan a encontrarse con el Señor y vivan comprometidos con Él. Seamos, pues, portadores de Cristo y no generadores de dolor y de muerte a causa de querer revivir las guerras santas, pensando que sólo nosotros somos santos, y los demás unos malvados que han de ser exterminados, para que sólo los puros habiten este mundo y sean los únicos que disfruten la salvación. Sin embargo recordemos que Jesús, nuestro Señor y Maestro, nos ha enseñado que Él vino a salvar a los culpables y a dar la vida por ellos. Esta es la misma misión que tiene la Iglesia, enviada como signo de salvación para todos los hombres. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber amar y hacer el bien, no según nuestras imaginaciones, sino conforme al ejemplo que Cristo nos ha mostrado, para que, así, todos, aún los más grandes pecadores, habiendo recibido el perdón y la Vida que procede de Dios, podamos alcanzar la Salvación que el Señor nos ofrece a todos. Amén (www.homiliacatolica.com).

 

Miércoles de la 24ª semana de Tiempo Ordinario. Grande es el misterio que veneramos, que no estemos escépticos para no ver sino con la sabiduría de gozar de la fe

 

 

Primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 3,14-16. Querido hermano: Aunque espero ir a verte pronto, te escribo esto por si me retraso; quiero que sepas cómo hay que conducirse en la casa de Dios, es decir, en la asamblea de Dios vivo, columna y base de la verdad. Sin discusión, grande es el misterio que veneramos: Manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, contemplado por los ángeles, predicado a los paganos, creído en el mundo, llevado a la gloria.

 

Salmo 110,1-2.3-4.5-6. R. Grandes son las obras del Señor.

Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra, su generosidad dura por siempre; ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento, a sus fieles, recordando siempre su alianza; mostró a su pueblo la fuerza de su obrar, dándoles la heredad de los gentiles.

 

Evangelio según san Lucas 7,31-35. En aquel tiempo, dijo el Señor: -«¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: "Tocarnos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis." Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenla un demonio; viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: "Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores." Sin embargo, los discípulos de la sabiduría le han dado la razón.»

 

Comentario: 1. 1Tm 3,14-16: Aunque Pablo parece que tiene la intención de viajar a Éfeso, mientras tanto da consejos a Timoteo, el responsable de aquella comunidad. En el breve pasaje de hoy se apoya en dos puntos de referencia teológicos: la comunidad y el misterio de Cristo. La comunidad es "templo de Dios", "asamblea de Dios vivo" y "columna y base de la verdad". El salmo ya se alegraba de esta comunidad en el AT: "doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea". El otro polo es Cristo, el que da sentido a la evangelización y a la vida de la comunidad: "grande es el misterio que veneramos, se manifestó como hombre, se apareció... se proclamó a las naciones... fue exaltado a la gloria". Es como un credo breve que abarca el camino salvador de Jesús, desde su encarnación hasta su glorificación.

Todos, y de modo especial los que en la comunidad tienen algún ministerio de gobierno, deberíamos cultivar este doble respeto: a la comunidad y a Cristo. La comunidad es sagrada, es edificio y asamblea de Dios (no nuestra), la depositaria de la verdad y de los mejores dones de Dios. La expresión "casa de Dios" evoca que los cristianos formamos un edificio sagrado donde habita Dios, del que es imagen el templo de Jerusalén, y esta "columna y fundamento de la verdad", dice el último Concilio, "se extiende a todo cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad". Los ministros no somos dueños de la gracia ni de la Palabra ni de la comunidad. Sino sus servidores. Y por otra parte, somos signos y representantes de Cristo, que es el verdadero Maestro y Salvador y Guía. El biblista y compositor Deiss tomó de este pasaje de Pablo el texto para su hermoso himno cristológico: "Gloria y honor a ti, Señor Jesús... manifestado en la carne... santificado en el Espíritu... proclamado entre los paganos... exaltado en la gloria". Es un buen día, hoy, para cantarlo. Si esta doble relación -Iglesia y Cristo- estuviera más presente en nuestra sensibilidad, nuestro talante para con los demás sería seguramente más humilde y generoso, como el que quería Pablo de Timoteo.

-Quiero que sepas como hay que portarse en la casa de Dios que es la Iglesia de Dios vivo. San Pablo establece una equivalencia entre «la comunidad cristiana», «la Iglesia de Dios» y «la casa de Dios». ¿Estamos convencidos de que somos la «familia de Dios»? Sin orgullo alguno, pero con un sentido profundo de nuestra dignidad y de nuestra responsabilidad. No olvidemos nunca que los primeros cristianos eran absolutamente minoritarios... perdidos en el inmenso imperio romano pagano, creyeron en su función irremplazable como fermento divino. ¿Lo creemos así nosotros? -La comunidad, la Iglesia de Dios vivo, que es columna y sostén de la verdad. Verdad es que el evangelio sólo puede vivirse conjuntamente, en comunidad. Sin «asamblea de Iglesia», la Fe se debilita muy pronto, reduciéndose a una vaga religiosidad ocasional. Quizá hoy se tiende a disminuir la importancia de la práctica dominical regular: sin embargo, de hecho, es la única «columna» de una fe sólida. Quien no se nutre a menudo de la Palabra de Dios y del Pan de Dios... acaba por vivir sin Dios. -Sin duda alguna, grande es el Misterio de nuestra religión. Pablo gusta de la palabra «misterio» para resumir el «designio de Dios». Misterio escondido antaño y ahora desvelado. (1 Co 2, 7; Ef 5, 32.) Después de los veinte siglos de explicitación teológica, que han desplegado y complicado la expresión de este "misterio", nos resulta conveniente verlo resumido en unas líneas. El misterio... es Cristo... Así el artículo principal de nuestro credo no es una afirmación sobre Dios, sino una afirmación sobre Jesucristo. Y para definir su función y su ser, Pablo utilizará, una vez más, un Himno litúrgico, una especie de Credo primitivo y muy sencillo. -Manifestado en la carne, justificado en el Espíritu. Verdadero hombre y verdadero Dios. En la carne y en el Espíritu. Esta es la originalidad de Jesús. -Acogido en el mundo, por la Fe, elevado al cielo en la gloria... A la vez en el mundo y en el cielo. Como en las otras epístolas de san Pablo, encontramos aquí esa función central de Cristo que lo llena todo. -Visto de los ángeles, proclamado a los gentiles o paganos... Presente tanto a los seres más espirituales y más cercanos a Dios, como a los seres que parecen ser los más alejados. Y la comunidad cristiana es precisamente depositaria y columna de este misterio. Ella es la encargada de transmitir al mundo esta verdad. Y esta Fe es la única salvación de la humanidad. Sin ella el hombre se desvanece en la insignificancia y la fragilidad de su condición mortal. En Cristo, hombre-Dios, tiene su porvenir la humanidad. Lo restante no tiene salida alguna. Se comprende que los cristianos, a pesar de ser minoritarios, hayan podido tener una tal conciencia de su función en el corazón del mundo. Sin Dios, la humanidad no es más que una pequeña y efímera pompa de jabón (Noel Quesson).

Hemos de comportarnos a la altura de Cristo, de tal forma que seamos un signo de su presencia salvadora en la Iglesia. Cristo ha de ser el punto de referencia para todo aquel que ha sido puesto al frente de la Comunidad de creyentes. Por eso se ha de meditar continuamente en su Palabra, contemplar su ejemplo, su modo de vivir entre nosotros; entrar en una continua relación personal de amor con Él. Quien viva separado de Cristo; quien lo trate de un modo intranscendente; quien viva como asalariado y no como pastor y dueño de las ovejas, en lugar de hacer el bien hará el mal, pues no tomará en serio al Pueblo de Dios, ni a Cristo, ni a sí mismo como representante de Cristo Cabeza, Esposo, Pastor y Siervo de la Iglesia. Si queremos proclamar el Nombre del Señor de un modo eficaz, dejémonos santificar por el Espíritu, para que quienes nos traten, desde nosotros contemplen al mismo Cristo y, mediante la fe, puedan ser elevados, junto con el Señor, a la Gloria que Él posee recibida del Padre.

2. El Sal 110 tiene un comienzo de acción de gracias y luego pasa a proclamar la grandeza de las obras de Dios en virtud de su Alianza... Ruperto de Deutz veía en las palabras del alimento una elusión eucarística: "como en el salmo anterior había dicho… tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec e instituyó para nosotros este orden en el sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo, en este salmo canta con razón: Él da alimento a sus fieles". Juan Pablo II explicaba el salmo: "Hoy sentimos un viento fuerte. El viento en la sagrada Escritura es símbolo del Espíritu Santo. Esperamos que el Espíritu Santo nos ilumine ahora en la meditación del salmo 110, que acabamos de escuchar. Este salmo encierra un himno de alabanza y acción de gracias por los numerosos beneficios que definen a Dios en sus atributos y en su obra de salvación: se habla de "misericordia", "clemencia", "justicia", "fuerza", "verdad", "rectitud", "fidelidad", "alianza", "obras", "maravillas", incluso de "alimento" que él da y, al final, de su "nombre" glorioso, es decir, de su persona. Así pues, la oración es contemplación del misterio de Dios y de las maravillas que realiza en la historia de la salvación.

El Salmo comienza con el verbo de acción de gracias que se eleva del corazón del orante, pero también de toda la asamblea litúrgica (cf. v. 1). El objeto de esta oración, que incluye también el rito de la acción de gracias, se expresa con la palabra "obras" (cf. vv. 2.3.6.7). Esas obras son las intervenciones salvíficas del Señor, manifestación de su "justicia" (cf. v. 3), término que en el lenguaje bíblico indica ante todo el amor que genera salvación. Por tanto, el núcleo del Salmo se transforma en un himno a la alianza (cf. vv. 4-9), al vínculo íntimo que une a Dios con su pueblo y que comprende una serie de actitudes y gestos. Así, se habla de "misericordia y clemencia" (cf. v. 4), a la luz de la gran proclamación del Sinaí: "El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad" (Ex 34,6).

La "clemencia" es la gracia divina que envuelve y transfigura al fiel, mientras que la "misericordia" en el original hebreo se expresa con un término característico que remite a las "vísceras" maternas del Señor, más misericordiosas aún que las de una madre (cf. Is 49,15). Este vínculo de amor incluye el don fundamental del alimento y, por tanto, de la vida (cf. Sal 110,5), que, en la relectura cristiana, se identificará con la Eucaristía, como dice san Jerónimo: "Como alimento dio el pan bajado del cielo; si somos dignos de él, alimentémonos". Luego viene el don de la tierra, "la heredad de los gentiles" (Sal 110,6), que alude al grandioso episodio del Éxodo, cuando el Señor se reveló como el Dios de la liberación. Por tanto, la síntesis del cuerpo central de este canto se ha de buscar en el tema del pacto especial entre el Señor y su pueblo, como declara de modo lapidario el versículo 9: "Ratificó para siempre su alianza"…

Para resumir, el Salmo nos invita al final a descubrir las muchas cosas buenas que el Señor nos da cada día. Nosotros vemos más fácilmente los aspectos negativos de nuestra vida. El Salmo nos invita a ver también las cosas positivas, los numerosos dones que recibimos, para sentir así la gratitud, porque sólo un corazón agradecido puede celebrar dignamente la gran liturgia de la gratitud, la Eucaristía".

De una y mil maneras Dios nos ha manifestado su amor, pues todas sus obras no sólo son dignas de estudio, sino de ser consideradas como el lenguaje a través del cual el Señor nos manifiesta su piedad y clemencia hacia nosotros. La obra grandiosa de la salvación que nos ha otorgado en Cristo, su Hijo, nos hace comprender hasta qué extremo llega el amor y la misericordia que Dios nos tiene. Por eso, quien sea sabio, que tema al Señor, no con el temor de quien actúa para evitar ser castigado, sino con el temor que se traduce en reconocimiento, respeto, obediencia y fidelidad amorosa a la voluntad de Dios sobre nosotros. Entonces podremos decir: Hágase en mi, Señor, según tu Palabra; entonces, realmente, nuestro alimento será hacer la voluntad de Dios; entonces Dios hará su obra en nosotros y nos colocará, junto con Cristo, a su diestra en la Gloria eterna.

3. Lc 7,31-35. El episodio de los niños que invitan con su música a otros niños no se puede entender sin hacer referencia a la escena anterior, que no se ha leído en esta selección de lecturas: el pasaje en que Jesús alaba a Juan Bautista y se lamenta de que algunos, los fariseos y escribas, no le aceptan. Por tanto, no acogen bien ni a Juan ni a Jesús. Uno es austero. El otro, come y bebe con normalidad. Pero hay siempre excusas para no dar crédito a su mensaje. Al uno le tildan de fanático. Al otro, de comilón y "amigo de pecadores". Aunque haya curado al criado del centurión y resucitado al hijo de la viuda de Naín, no le aceptan. La comparación de los dos grupos de niños es expresiva: ni con música alegre ni con triste consiguen unos que los otros colaboren. Cuando no se quiere a una persona, se encuentran con facilidad excusas para no hacer caso de lo que nos propone.

Eso mismo nos puede pasar a nosotros, en pasiva y en activa. A la comunidad cristiana -desde sus responsables últimos, el Papa o los Obispos, hasta aquella familia que vive en un piso de la misma escalera dando ejemplo de vida cristiana íntegra- se la rechaza muchas veces, desacreditándola por cualquier motivo. Hay personas siempre críticas, con mecanismos de defensa contra todo. Como decía Jesús de los fariseos, ni entran ni dejan entrar. En el fondo, lo que pasa es que resulta incómodo el testimonio de alguien y por eso se le persigue o se le ridiculiza. Es muy antiguo eso de no creer y de no aceptar lo que Cristo o su Iglesia proponen. Pero también, por desgracia, podemos hacer lo mismo nosotros con los demás. Cuando no nos interesa aceptar un mensaje, sacamos excusas -a veces ridículas o contradictorias- para justificar de alguna manera nuestra negativa a aceptarlo. Eso puede pasar en nuestra vida de cada día, en esa sutil y complicada relación interpersonal que sucede en toda vida comunitaria: si nos invitan a fiesta, mal, y si nos sugieren duelo, peor. Podemos llegar a ser caprichosos en extremo en nuestras reacciones de cerrazón y sordera voluntaria, a veces por un instinto continuado de contradicción a lo que dicen los demás. Ya dijo Jesús que sólo "los discípulos de la Sabiduría" entienden estas cosas, los de corazón sencillo y humilde, los que no están llenos de sí mismos (J. Aldazábal).

-Después de haber hecho el elogio de Juan Bautista (Lc 7,18-30) Jesús decía a la gente: ¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? y ¿a quién se parecen? Sabemos que el término "esa generación" en la boca de Jesús es el resultado de un juicio. Jesús no emplea esa expresión sino para condenar... aludiendo a "esa generación" de los cuarenta años en el desierto del Sinaí que no quiso seguir al Señor, a pesar de las maravillas de las que fue testigo (Salmo 96,10). -Se parecen a los chiquillos que, sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo: "os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado. .." "os hemos entonado endechas y no habéis llorado..." Corta y trágica pequeña parábola: unos chiquillos "obstinados", cabezotas... los unos quieren jugar a "fiesta de boda" e invitan a bailar... los otros quieren jugar a "una comitiva funeraria" y empiezan las endechas y lamentos... ¿Qué hacer para que termine tal ridícula obstinación? Tampoco los hombres de "esa generación" quieren lo que Dios ha decidido. La predicación de Juan Bautista, más bien austera... y la predicación de Jesús, más bien alegre... no interesan a nadie. En vez de convertirse, la gente se contenta criticando a los predicadores y oponiéndolos el uno al otro.

-En efecto, ha venido Juan Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: Tiene un demonio dentro... Juan Bautista era el predicador y el hombre austero; predicaba sobre todo la penitencia, y por su estilo de vida era un verdadero asceta.

-Ha venido el Hijo del hombre que come y bebe y decís: Ahí tenéis a un glotón y a un borracho, amigo de pecadores... Jesús tenía otro estilo de predicar y de vivir: las comidas tenían gran importancia en su vida, comía y bebía normalmente: Anunciaba el Reino de Dios como un banquete mesiánico; y, si bien la penitencia y la exigencia divina no estaban ausentes de su palabra, era la "buena nueva" de la salvación lo que tenía prelación. ¡Cuán bueno es meditar hoy sobre ese título maravilloso que se daba a Jesús: "amigo de los pecadores"! Es el mismo Jesús el que nos lo transmite aquí, ¡porque tiene en ello mucho interés! Lejos de contestar a las críticas de las que era objeto a este propósito, se vanagloria por ellas. ¡Señor, Jesús, amigo de todos, amigo universal, amigo de los pecadores! Tú que quitas el pecado del mundo, quita el pecado de mi corazón. Pero sé que me amas tal como soy, pobre y pecador, para salvarme de mi mal. ¡Gracias! En mi memoria, recapitulo esos innumerables pasajes del evangelio que te han hecho adquirir esa reputación de "tratar bien a los pecadores":... la llamada del publicano Mateo, y la comida con sus colegas recaudadores... la defensa de la mujer adúltera... las parábolas de la misericordia... la oveja perdida y hallada... el hijo pródigo... el paralítico perdonado, aun antes de quedar curado... el ladrón introducido en el paraíso... la primera aparición a María... HOY, Señor, eres siempre el mismo.

-Pero la "Sabiduría" de Dios ha quedado justificada y acreditada por todos sus hijos. Jesús vuelve aquí a una de sus más caras ideas: "los pequeños", los "niños" ellos poseen la "sapiencia" por oposición a los escribas y a los sabios. "Yo te doy gracias, Padre por haber escondido esas cosas a los sabios y a los inteligentes, y haberlo revelado a los pequeñuelos." (Lucas, 10, 21) No hay que presumir de "entendido" delante de Dios. El que está muy pagado de sí mismo, se arriesga a pasar de largo ante las simples maravillas que Dios prodiga sin cesar. Los cristianos de HOY ¿serán "hijos de la sabiduría de Dios", o "chiquillos obstinados" que juegan en la plaza y tozudamente no quieren ceder en nada? ¡Haznos disponibles, Señor! (Noel Quesson).

La vida de Jesús y la vida de Juan tienen puntos de convergencia y de diferencia. Juan era el hombre del desierto, de la austeridad, que llama a Israel al estilo de los profetas del Antiguo Testamento. Él convocaba al pueblo junto al Jordán para exigir un cambio radical en la vida. Jesús, en cambio, va de pueblo en pueblo acercándose a los pecadores y anunciando la buena nueva. Es un hombre sincero, alegre y vive en un continuo ambiente festivo. Ambos, Juan y Jesús, son rechazados por escribas y fariseos representantes de la autoridad.

Jesús cuestiona la postura de los fariseos y escribas. Como se creen dueños de la ley se comportan como niños necios. Se empecinan en ideas fijas que los vuelven inoperantes ante la cambiante realidad. La propuesta de los legalistas ya no corresponde al Espíritu de Dios que con sabiduría muestra un nuevo designio en Jesús. Jesús se vuelve peligroso sobre todo, por su práctica. Jesús vivía y compartía totalmente su existencia con las personas que el sistema legal había excluido. Al vivir con esta gente una experiencia de fraternidad y solidaridad, ponía en peligro todo el aparato discriminador sobre el cual se apoyaban fariseos y escribas. La práctica de Jesús, o sea, su manera especial de vivir su fe en el Padre, hacía tambalear la fachada armada con tanto esmero por los defensores las buenas costumbres. Por esto, no tardan en señalarlo como glotón y borracho. Pero lo que a juicio de la gente distinguida era la mayor estupidez y pérdida de tiempo, era en realidad la novedad de Dios. En eso precisamente ha consistido la sabiduría divina. En manifestar en esta persona de Nazaret el verdadero propósito de Dios para la humanidad (servicio bíblico latinoamericano).

"El tiempo es demasiado lento para los que esperan; demasiado veloz para los que tienen miedo; demasiado largo para los que sufren; demasiado corto para los que disfrutan, pero para los que aman, el tiempo es la eternidad". ¿Cómo se le puede transmitir esto a nuestra generación?... O sea, que "tocamos la flauta y no bailáis; cantamos lamentaciones y no lloráis". Pero el que ama no se equivoca nunca. Al final, seremos examinados de amor. O mejor: al final, el Amor recibirá al amor (gonzalo@claret.org).

Ojalá y tomemos en serio al Señor en nuestra vida y no queramos verlo como un juego. En el Talmud se hablaba de las trompetas que se habrían de tocar en los duelos; y de las que se habrían de tocar en las bodas. Los niños en las plazas jugaban a los duelos o a las bodas y, conforme al sonido de las trompetas bailaban o lloraban. Quien no toma en serio al Señor comete una especie de pecado contra el Espíritu Santo porque, no sólo lo toma como un juguete, sino que, además se cierra a su amor, a la escucha fiel de su Palabra, pues no quiere convertirse y salvarse. A veces, por desgracia, juzgamos a las personas por su porte externo; y antes de entrar en una relación verdadera con ella, nos formamos juicios temerarios sobre la misma. El Señor nos pide que en el trato con Él no nos quedemos en lo externo; que no pensemos que estaremos unidos a Él por medio de cantos, adornos, inciensos; sino que sepamos escuchar su voz y hacerla nuestra, aun cuando los signos que nos lleven a Él sean demasiado pobres; finalmente, Dios escogió a lo que no cuenta para confundir a lo que cuenta según los criterios de este mundo.

El Señor nos reúne en esta Eucaristía en la sencillez que se hace lenguaje nuestro, conforme a nuestra cultura. Su Palabra se encarna para nosotros, se pronuncia con toda su fuerza salvadora para nosotros. Para muchos tal vez esa Palabra parezca algo banal e intranscendente; sin embargo es Cristo que se hace cercanía del hombre para caminar con Él y conducirlo al Padre. La Eucaristía hecha para nosotros Pan de Vida, no puede hacernos pasar de largo ante ella por realizarse bajo los signos muy sencillos del pan y del vino, considerándola malamente como un objeto que tal vez merezca nuestro respeto, pero del cual no podemos esperar algo grandioso. El Ministro que, junto con su comunidad celebra la Eucaristía, puede también ser un signo demasiado pobre del Señor a causa de su fragilidad; y muchas veces los escándalos provocados por quienes están reunidos en torno al Señor manifiestan un signo pobre de la Iglesia santa. Sin embargo sabemos que es el Señor quien realiza, por medio nuestro, su obra de salvación actualizando en un auténtico Memorial, su Misterio Pascual a través de la historia, con todo su poder a pesar nuestro.

Tomar en serio al Señor en nuestra existencia significa dejar que Él renueve nuestra vida y nos ayude a actuar conforme a la fe que profesamos. A nosotros corresponde, por tanto, continuar la obra del Señor, haciéndolo presente en todos los ambientes en que se desarrolle nuestra existencia. La proclamación del Nombre del Señor la hemos de hacer con toda claridad, invitando a la conversión e invitando a vivir en la alegría y en la paz que el Señor nos ofrece. No podemos pasarnos la vida como plañideras; ni podemos vivir siempre guiados por un optimismo que nos hiciera cerrar los ojos ante el pecado que ha dominado a muchos que, al mismo tiempo, han cerrado sus oídos y su corazón a la oferta de salvación que Dios nos hace. La Iglesia de Cristo debe estar muy atenta para procurar que la salvación llegue a todos y a cada persona, conforme a aquello que realmente necesita en su vida y que, tocándole el Señor de un modo personal, le invite fuertemente a dejarse conducir por Él. En este aspecto no hemos de dejarnos dominar por el desaliento, sino que, fortalecidos por el Espíritu del Señor, hemos de ser valientes testigos de su Evangelio aceptando con amor sincero todos los riesgos que, como consecuencia de nuestro testimonio acerca de Cristo, tengamos que afrontar día a día.

Pidámosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con lealtad nuestra fe en Él. No vaya a suceder que, quienes vivimos constantemente junto al Señor, vayamos a perder la novedad de Cristo en nuestra vida y tomemos a juego lo que debe ser una respuesta de amor fresco, renovado, comprometido en su totalidad al Señor. Que siendo fieles testigos del amor de Dios para nuestros hermanos, sepamos dar nuestra vida por ellos para que, juntos, podamos algún día alegrarnos eternamente en el Señor. Amén (www.homiliacatolica.com).

 

15/09. Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores. Cuando alguien sufre no valen los discursos, sino estar ahí, esto hizo María: “estaba al pie de la cruz”, triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena… y allí corredimía

 

 

Carta a los Hebreos 5,7-9. Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

 

Salmo 30,2-3a.3b-4.5-6.15-16.20. R. Sálvame, Señor, por tu misericordia

A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado; tú, que eres justo, ponme a salvo, inclina tu oído hacia mí.

Ven aprisa a librarme, sé la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame.

Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi amparo. A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás.

Pero yo confío en ti, Señor, te digo: «Tú eres mi Dios.» En tu mano están mis azares: líbrame de los enemigos que me persiguen.

Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles, y concedes a los que a ti se acogen a la vista de todos.

 

SECUENCIA: La Madre piadosa estaba junto a la cruz y lloraba mientras el Hijo pendía; cuya alma, triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenia. ¡Oh cuán triste y cuán aflicta se vio la Madre bendita, de tantos tormentos llena! Cuando triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena. Y ¿cuál hombre no llorara, si a la Madre contemplara de Cristo, en tanto dolor? ¿Y quién no se entristeciera, Madre piadosa, si os viera sujeta a tanto rigor? Por los pecados del mundo, vio a Jesús en tan profundo tormento la dulce Madre. Vio morir al Hijo amado, que rindió desamparado el espíritu a su Padre. ¡ Oh dulce fuente de amor!, hazme sentir tu dolor para que llore contigo. Y que, por mi Cristo amado, mi corazón abrasado más viva en él que conmigo. Y, porque a amarle me anime, en mi corazón imprime las llagas que tuvo en sí. Y de tu Hijo, Señora, divide conmigo ahora las que padeció por mí. Hazme contigo llorar y de veras lastimar de sus penas mientras vivo; porque acompañar deseo en la cruz, donde le veo, tu corazón compasivo.. ¡Virgen de vírgenes santas!, llore ya con ansias tantas, que el llanto dulce me sea; porque su pasión y muerte tenga en mi alma, de suerte que siempre sus penas vea. Haz que su cruz me enamore y que en ella viva y more de mi fe y amor indicio; porque me inflame y encienda, y contigo me defienda en el día del juicio. Haz que me ampare la muerte de Cristo, cuando en tan fuerte trance vida y alma estén; porque, cuando quede en calma el cuerpo, vaya mi alma a su eterna gloria. Amén.

 

Evangelio según san Juan 19,25-27. En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y Maria, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: -«Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego, dijo al discípulo: -«Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

 

O bien: Lucas 2,33-35: 33Su padre y su madre estaban sorprendidos por lo que se decía del niño. 34Simeón los bendijo y dijo a María su madre: -Mira, éste está puesto para que en Israel unos caigan y otros se levanten, y como bandera discutida 35-y a ti, tus anhelos te los truncará una espada-; así quedarán al descubierto las ideas de muchos.

 

Comentario: *Celebramos hoy la Virgen de las Angustias, Nuestra Señora de los Dolores, tantas advocaciones que nos recuerdan el signo + que acompaña el dolor cuando hacemos como la Virgen, estar junto a Jesús en la Cruz

*En el Opus Dei, hoy hay un recuerdo especial en la primera elección del sucesor del Fundador, el Padre, en la persona de Don Álvaro, aquel 1975 lleno de dolor por la pérdida de san Josemaría, mientras resonaban sus palabras: "Hijos míos, cuando pasen los años y os pregunten por vuestro Fundador, ya sabéis como habéis de responder: el Padre decía de sí mismo que no era más que un pecador que amaba con locura a Jesucristo... Entondes tendréis otro Padre, y recordaréis a vuestros hermanos que yo os he indicado que, por amor de Jesucristo, le queráis más que a mí"."Yo pasaré... Después vendrá un hermano vuestro a quien veneraréis más que a mí, besaréis donde él pise y le amaréis con cariño humano -abriéndole de par en par vuestro corazón- y con amor sobrenatural. Si no, habríais perdido el buen espíritu". "Hijos, no  malogréis el tesoro que Dios me ha dado a mí; no olvidéis nunca lo que ahora os digo… al que me suceda amadle mucho, incluso con más ternura filial; pegaos a él como una lapa, rezad, mortificaos, obedecedle"."Como conozco a mis hijos, yo no siento preocupación alguna. De ordinario, cuando desaparece el fundador de una institución, se produce un terremoto. No tengáis miedo, que en la Obra no sucederá eso. Porque besaréis los pies del que venga detrás, le querréis con locura, y le rodearéis de vuestras oraciones y de vuestro cariño filial, llamándole Padre desde el primer momento".

Es un día de recuerdos de fidelidad en la persona que fue la sombra del Fundador, él mismo comentaba: La sombra habitualmente no se separa del objeto que la produce. Para que haya sombra se supone la luz; un objeto que la produce y después, algo que la recibe. La luz es Dios, nuestro Padre es el que produce la sombra, dando su espíritu, es una sombra espiritual: y yo soy la sombra que está sobre la Obra, siempre sedienta del espíritu que nos ha transmitido nuestro Padre, porque lo ha recibido de Dios. Pedid por mí para que no me separe jamás de la causa de la sombra, que son Dios y nuestro Padre. Así seré una sombra buena y vosotros estaréis bien iluminados. Y podré ser buen pastor de tan buen rebaño.

Uno le preguntó cuáles habián sido sus mayores alegrías en estos 18 años. El Padre respondió que no había hecho el recuento, pero mis mayores alegrías son cuando el Señor me perdona en la confesión y cuando viene a mí en la Eucaristía. ¿Y mis penas? Mis mayores penas son la falta de fidelidad, son las únicas penas. Nos habló de la Virgen de los Dolores, al pie de la Cruz, diciendo que el Señor no puede negar nada a una Madre tan fiel. Acude a Ella: nos oye, nos ayuda y nos salva. Amadla contemplando sus dolores. La Virgen sufrió por cada uno de nosotros, para que fuésemos fieles, para que nos pudiésemos salvar. Amad más, y luchad para llevar consuelo a esta Madre que sufre por cada uno de nosotros.

1. Hebreos 5,7-9: El Hijo de Dios, hecho hombre, compartió con nosotros todo, menos el pecado, pero sufrió más que nosotros; y en su dolor fue acogido y recibió la bendición del Padre, pero sin renunciar a un átomo del camino de amargura en su fidelidad. María lo imitó. Jesús, sufriendo, aprendió a obedecer. La Carta a los hebreos nos señala el punto del que debemos partir para entender la personalidad de María y su papel en el proyecto salvífico que Dios ha diseñado. Cristo es el Verbo de Dios que se ha hecho hombre en el seno virginal de María. Y ese "hacerse hombre" no es metáfora de anonadamiento sino anonadamiento real: hombre de carne y hueso, festivo y pasible, gozoso y dolorido, esperanzado y despreciado. Tanto fue así que "sufriendo aprendió a obedecer", y en el huerto de los Olivos lloró lágrimas de sangre. Y por medio de la consumación de su vida y obra "se ha convertido en autor de salvación para todos". La ofrenda de sí mismo que hizo el Hijo de Dios es el gesto más grande de la creación, y en la plena fidelidad del Hijo se complació infinitamente el Padre, porque en cada acto y suspiro estaba el amor del Hijo desde esta tierra. En el dolor nos concibió María. María santísima, Madre de Jesús (y también nuestra), se unió en cuerpo y alma a la acción redentora de su Hijo; y en el camino de la redención gozó de las delicias del amor más puro y sufrió los amargos dolores de su pasión y muerte, como le anunció el anciano Simeón el día de la Presentación de Jesús en el Templo. ¿Cómo podríamos los cristianos olvidarnos de la Madre de Jesús, si ayer hemos celebrado la exaltación de la Cruz en que su Hijo nos redimió?

Mas no se trata de hacer memoria de cualquier modo, sino de hacerla colocándonos todos (Jesús, María y nosotros) en la cumbre del Calvario, donde Jesús le habla a ella un lenguaje nuevo (de maternidad espiritual), y a nosotros otro lenguaje nuevo (de filiación espiritual), con estas palabras: Mujer, yo me voy, toma como hijo a Juan y a todos los redimidos. Juan, yo me voy, pero os dejo y os queda mi madre; tratadla como a madre. Tras escuchar esas palabras, ¿qué hacemos Juan y nosotros?  ¿Le abrimos de verdad  nuestra casa y corazón?, ¿la recibimos con amor filial, y le hablamos como a poderosa y piadosa madre?

"Jesús, "aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia" (Hb 5, 8). ¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre (cf Jn 8, 29): 'Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con él, y así cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en el cielo (Orígenes, or. 26).

Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo sino de la gracia de Dios. El ordena a cada fiel que ora, que lo haga universalmente por toda la tierra. Porque no dice 'Que tu voluntad se haga' en mí o en vosotros 'sino en toda la tierra': para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt 19, 5)'" (Catecismo 2825).

2. Sal 30. Es un salmo de confianza donde el abandono en Dios se mezcla con las llamadas a Dios en petición de ayuda y reconocimiento de la bondad de Dios. Confianza, oración, reconocimiento de la bondad divina, son los 3 polos en los que se mueven los versículos que leemos hoy. Así decía san Josemaría: "Por desgracia, algunos, con una visión digna pero chata, con ideales exclusivamente caducos y fugaces, olvidan que los anhelos del cristiano se han de orientar hacia cumbres más elevadas: infinitas. Nos interesa el Amor mismo de Dios, gozarlo plenamente, con un gozo sin fin. Hemos comprobado, de tantas maneras, que lo de aquí abajo pasará para todos, cuando este mundo acabe: y ya antes, para cada uno, con la muerte, porque no acompañan las riquezas ni los honores al sepulcro. Por eso, con las alas de la esperanza, que anima a nuestros corazones a levantarse hasta Dios, hemos aprendido a rezar: in te Domine speravi, non confundar in aeternum, espero en Ti, Señor, para que me dirijas con tus manos ahora y en todo momento, por los siglos de los siglos.

No nos ha creado el Señor para construir aquí una Ciudad definitiva, porque este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar. Sin embargo, los hijos de Dios no debemos desentendernos de las actividades terrenas, en las que nos coloca Dios para santificarlas, para impregnarlas de nuestra fe bendita, la única que trae verdadera paz, alegría auténtica a las almas y a los distintos ambientes. Esta ha sido mi predicación constante desde 1928: urge cristianizar la sociedad; llevar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano". Lleno de esta esperanza, el salmista va llamando al Dios de fidelidad "mi Dios" en una oración llena de confianza.

3. Jn. 19,25-27. «Junto a la cruz de Jesús estaba su madre». Esta presencia significa fidelidad hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte. Nos hemos acostumbrado, sobre todo en Semana Santa, a ver a María como la virgen dolorosa. Sin embargo, el verdadero recuerdo que la tradición cristiana nos ha conservado de ella, es el de una madre valerosa, que se mantuvo firme de pie junto a la cruz, es decir, que no se dejó derrumbar por el dolor. Ella es prototipo de la actitud del valor en medio del sufrimiento. Pero no se trata de cualquier valor, se trata del valor que está sustentado por la esperanza. El corazón de María no se dejó vaciar nunca de esperanza y por eso la comunidad cristiana la recuerda en este día como la madre fiel, que, aún en medio del máximo dolor, acompañó a su hijo hasta la muerte en cruz. Los cristianos debemos tener los mismos sentimientos de María. En medio del dolor y el sufrimiento que estamos viviendo, no podemos perder la esperanza. Está por amanecer un día nuevo, el día de la vida. Y no sólo el día del recuerdo de la vida: este día de la esperanza no es una utopía, es una realidad que debemos concretar. Con María, como los pobres de Dios, podemos confiar siempre en el Dios que nos ama, que nos anuncia, con la resurrección de su Hijo, nuestra propia resurrección. También nuestro espíritu se puede alegrar, aún en medio del dolor, por la esperanza que sustenta para nosotros el Dios de la vida (servicio bíblico latinoamericano).

"En la vida pública de Jesús, su Madre aparece significativamente; ya al principio durante las nupcias de Caná de Galilea, movida a misericordia, consiguió por su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn., 2,1-11). En el decurso de su predicación recibió las palabras con las que el Hijo (cf. Lc., 2,19-51), elevando el Reino de Dios sobre los motivos y vínculos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que oían y observaban la palabra de Dios como ella lo hacía fielmente (cf. Mc., 3,35; Lc., 11, 27-28). Así también la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie (cf. Jn., 19, 25), se condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma, y, por fin, fue dada como Madre al discípulo por el mismo Cristo Jesús, moribundo en la Cruz con estas palabras: «¡Mujer, he ahí a tu hijo!» (Jn., 19,26-27)" (LG 58).

Madre, dolor y cruz. Ningún corazón de hijo quiere para su madre una cota alta de dolor, de cruz, de sufrimientos, aunque cierta dosis de los mismos sea inevitable. Ningún cristiano se goza en el dolor de María, la Madre de Jesús, pero sabe cuánto valor tienen las espadas que atravesaron su corazón, las lágrimas de sus ojos, la niebla del misterio que no dejan ver con claridad la luz, el Calvario en que Jesús se inmola por nosotros. Hoy en la liturgia hacemos dos cosas: recordamos con amor aquel dolor virginal heroico, y agradecemos con lágrimas su magnanimidad inigualables.

La Madre piadosa estaba junto a la cruz / lloraba mientras el Hijo pendía; / cuya alma, triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía... // Por los pecados del mundo vio a Jesús / en tan profundo tormento la dulce Madre. / Vio morir al Hijo amado, que rindió desamparado el espíritu a su Padre... // Haz que esa cruz me enamore y que en ella viva y more, / de mi fe y amor indicio, porque me inflame y encienda, / y contigo me defienda en el día del juicio. Amén.

¡Oh dulce fuente de amor!, / hazme sentir tu dolor  para que llore contigo. / Haz que, por mi Cristo amado  / mi corazón abrasado más viva en Él que conmigo. // ¡Virgen de vírgenes santas!,  / llore ya con ansias tántas  que el llanto dulce me sea;  / porque su pasión y muerte tenga en mi alma, / de suerte que siempre sus penas vea. Amén.

Alégrate en tus hijos, Virgen Dolorosa. En la liturgia de hoy (que, según los lugares de celebración, se titula de Nuestra Señora de los Dolores, Nuestra Señora de las Angustias, Nuestra señora de los Siete Dolores) queremos estar junto a Jesús y dejarse contemplar por Él. Dejar que Él penetre hasta lo más íntimo de nosotros. Él descubre nuestras alegrías y tristezas; Él conocerá de nuestra soledad y de nuestras esperanzas; ante Él nada puede ocultarse, pues penetra hasta la división entre alma y espíritu. María, entregada por Jesús al discípulo amado; y el discípulo amado que acoge en su casa a María, se convierten para nosotros en la encomienda que el Señor quiere hacernos a quienes hemos de convertirnos en sus discípulos amados: Acoger a su Iglesia en nuestra casa, en nuestra familia, para que se convierta en una comunidad de fe, en un signo creíble del amor de Dios, en una comunidad que camine con una esperanza renovada. Ciertamente la cruz, consecuencia de nuestro servicio a favor del Evangelio, a veces nos llena de dolor, angustia, persecución y muerte. Mientras no perdamos nuestra comunión con la Iglesia, podremos caminar con firmeza y permanecer fieles al Señor.

 "…y a ti una espada te atravesará el corazon" (lucas 2,35) Fue en el momento de la cruz. Se cumplieron las palabras proféticas de Simeón, como atestigua el Vaticano II: "María al pie de la cruz sufre cruelmente con su Hijo único, asciada con corazón maternal a su sacrificio, dando a la inmolación de la víctima, nacida de su propia carne, el consentimiento de su amor". Por eso, la Iglesia, después de haber celebrado ayer la fiesta de la exaltación de la Cruz, recuerda hoy  a la Virgen de los Dolores, la Madre Dolorosa, también exaltada, por lo mismo que humillada con su Hijo.

Cuanto más íntimamente se participa en la pasión y muerte de Cristo, más plenamente se tiene parte también en su exaltación y glorificación. Vio a su Hijo sufrir y ¡cuánto! Escuchó una a una sus palabras, le miró compasiva y comprensiva, lloró con El lágrimas ardientes y amargas de dolor supremo, estuvo atenta a los estertores de su agonía, retumbó en sus oídos y se estrelló en su corazón el desgarrado grito de su Hijo a Dios: "¿por qué me has abandonado?", oyó los insultos, comprobó la alegría de sus enemigos rebosando en el rostro iracundo de los sacerdotes y del sumo Anás y de Caifás, mientras balanceaban sus tiaras, y de los sanedritas, que se regodeaban en su aparente victoria, contempló cómo iba perdiendo el color Jesús, su querido hijo... Humanamente no se podía soportar tanta angustia. El Padre amoroso la tuvo que sostener en pie.

Mientras su Hijo extenuado expiraba, su corazón inmaculado y amantísimo sangraba a chorros, sus manos impotentes para acariciarle, para aliviarle, se estremecían de dolor y de pena horrorosa y su alma dulcísima estaba más amarga que la de ninguna madre en el transcurrir de los siglos ha estado y estará.¡Cuánto dolor, pobre Madre! ¡Qué parto de la iglesia tan doloroso y tan diferente de aquélla noche de Belén! Al fín, inclinó la cabeza y el Hijo expiró. Y nacimos nosotros. "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Por eso el Padre te exaltó a la derecha de tu Hijo asumpta en cuerpo y alma. Cuanto mayor fue tu dolor, más grande es tu victoria… Teresa de Calcuta… "Ah madre, ah madre". Y yo busco sus raices. El amor a los hombres, a los más pobres de los pobres, hijos de la Madre Dolorosa. "Ahí tienes a tius hijos". El testamento de Jesús en la Cruz. ¡Qué bien lo supor entender! ¡Qué bien lo supo cumplir! ¡Qué ejemplo nos ha dejado a seguir! (Jesús Martí Ballester).

«Una espada te atravesará el alma»… Hoy, en la fiesta de Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores, escuchamos unas palabras punzantes en boca del anciano Simeón: «¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!» (Lc 2,35). Afirmación que, en su contexto, no apunta únicamente a la pasión de Jesucristo, sino a su ministerio, que provocará una división en el pueblo de Israel, y por lo tanto un dolor interno en María. A lo largo de la vida pública de Jesús, María experimentó el sufrimiento por el hecho de ver a Jesús rechazado por las autoridades del pueblo y amenazado de muerte.

María, como todo discípulo de Jesús, ha de aprender a situar las relaciones familiares en otro contexto. También Ella, por causa del Evangelio, tiene que dejar al Hijo (cf. Mt 19,29), y ha de aprender a no valorar a Cristo según la carne, aun cuando había nacido de Ella según la carne. También Ella ha de crucificar su carne (cf. Ga 5,24) para poder ir transformándose a imagen de Jesucristo. Pero el momento fuerte del sufrimiento de María, en el que Ella vive más intensamente la cruz es el momento de la crucifixión y la muerte de Jesús.

También en el dolor, María es el modelo de perseverancia en la doctrina evangélica al participar en los sufrimientos de Cristo con paciencia (cf. Regla de san Benito, Prólogo 50). Así ha sido durante toda su vida, y, sobre todo, en el momento del Calvario. De esta manera, María se convierte en figura y modelo para todo cristiano. Por haber estado estrechamente unida a la muerte de Cristo, también está unida a su resurrección (cf. Rm 6,5). La perseverancia de María en el dolor, realizando la voluntad del Padre, le proporciona una nueva irradiación en bien de la Iglesia y de la Humanidad. María nos precede en el camino de la fe y del seguimiento de Cristo. Y el Espíritu Santo nos conduce a nosotros a participar con Ella en esta gran aventura (Josep M. Soler, Abad de Montserrat).

Madre en el amor y en el dolor: La liturgias de hoy –Nuestra Señores de los dolores, Nuestra Señora de las angustias, Nuestra Señora de los siete dolores- es una invitación a meditar sobre el camino de dolor que, en la vida ordinaria y extraordinaria, suele ir paralelo al de la gloria, felicidad, salvación, dándose la mano. Los textos litúrgicos elegidos suponen en el alma de María todo el gozo de nuestra salvación, todo el gozo de la fidelidad a Dios Padre que la eligió. Y quieren poner de relieve cómo ese gozo y fidelidad está atravesado por numerosas espinas. Jesús, nos dice el autor sagrado, aprendió sufriendo a obedecer. No es que antes fuera inobediente sino que la encarnación hizo el prodigio de ofrecer a la persona del Verbo una naturaleza que le hacía sensible y pasible como nosotros. María, para sentir y sufrir, no requería encarnación. Era polvo y carne como nosotros. Y el prodigio de su elección hay que contemplarlo en dirección inversa a la de la encarnación del Verbo.  El Verbo desciende a nosotros, sometiéndose a nuestra vida e historia. En cambio, María asciende, y lo hace salpicando de dolor, con siete espadas simbólicas, la grandeza de ser elevada a la dignidad de Madre de Dios y madre nuestra. Salve, Señora, madre en el amor y en dolor.

4. Lc 2,33-35. "Entregándonos filialmente a María, el cristiano, como el Apóstol Juan, 'acoge entre sus cosas propias' a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su 'yo' humano y cristiano" (Juan Pablo II). Así explicaba san Josemaría que María es al pie de la Cruz Madre de Cristo, Madre de los cristianos: "Así es, porque así lo quiso el Señor. Y el Espíritu Santo dispuso que quedase escrito, para que constase por todas las generaciones: Estaban junto a la cruz de Jesús, su madre, y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Habiendo mirado, pues, Jesús a su madre, y al discípulo que él amaba, que estaba allí, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después, dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel punto el discípulo la tuvo por Madre.

 Juan, el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas. En cierto sentido, resulta casi superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre. 

Pero es una madre que no se hace rogar, que incluso se adelanta a nuestras súplicas, porque conoce nuestras necesidades y viene prontamente en nuestra ayuda, demostrando con obras que se acuerda constantemente de sus hijos. Cada uno de nosotros, al evocar su propia vida y ver cómo en ella se manifiesta la misericordia de Dios, puede descubrir mil motivos para sentirse de un modo muy especial hijo de María.

Los textos de las Sagradas Escrituras que nos hablan de Nuestra Señora, hacen ver precisamente cómo la Madre de Jesús acompaña a su Hijo paso a paso, asociándose a su misión redentora, alegrándose y sufriendo con El, amando a los que Jesús ama, ocupándose con solicitud maternal de todos aquellos que están a su lado". El estandarte izado en lo alto como signo de contradicción… Ante la incomprensión de los padres del niño en todo lo que hace referencia a su futura función mesiánica (se anticipa la incomprensión de que será objeto Jesús entre los suyos), Simeón, dirigiéndose a la madre y usando el mismo lenguaje de María en el cántico, revela que Jesús será un signo de contradicción y que esto lo llevará a la cruz: «Mira, éste está puesto para caída de unos y alzamiento de otros en Israel, y como bandera discutida -también a ti, empero, tus aspiraciones las truncará una espada-; así quedarán al descubierto los razonamientos de muchos» (2,34-35). El foco, ahora, trata de atraer la atención de María, «la madre» (se excluye José, dejando entrever que éste habría ya muerto antes de que se produjera la pasión), sobre el gran revuelo que levantará en Israel la aparición de Jesús, su rechazo por parte de unos, para quienes se convertirá en tropiezo (Is 8,14), y su aceptación por parte de otros, para quienes se convertirá en cimiento o piedra angular (cf. Lc 20,17-18; Is 28,16), o -dicho con otra imagen (muy querida del evangelista Juan [Jn 3,14; 8,28; 12,32.34])- el Mesías será izado en forma de señal o estandarte, al que unos darán la adhesión y otros rechazarán de plano (Is 11,12). La idea del rechazo del hijo inclina a Lucas a proyectar, a modo de inciso parentético, el efecto de dicho rechazo sobre la madre, por personificar ésta el Israel fiel a la promesa: «tus aspiraciones (lit. "tu psyche [griego] / nephesh" [hebreo]) las truncará una espada», entendiendo por «espada» la muerte de su hijo (cf. Jn 19,25-27), con el fracaso de la salvación que de él se esperaba y la destrucción de Jerusalén por el ejército romano, que echará abajo para siempre la esperanza de una restauración gloriosa. La cruz pondrá de manifiesto las perversas intenciones de muchos en Israel. Ya desde un principio se apunta que la misión de este niño no estará coronada de éxito, sino que representará un gran fracaso a los ojos de su pueblo.

El Evangelio de hoy nos presenta como temática el destino dramático del Mesías y su madre. El fondo veterotestamentario lo encontramos en las palabras del profeta Malaquías 3, 1-3: sobre la entrada del Señor en el santuario y la gran purificación. Este texto, que es una bendición-oráculo, pronunciado por Simeón a los padres del niño Jesús, está construido por cuatro elementos, en los cuales se repite sustancialmente el mismo concepto. En el fondo se trata de una profecía con características típicamente bélicas: la señal o estandarte (Salmo 74,5.9), el tomar partido (Lc 12,51) el caer y levantarse (Is 8,14; Sal 20,9), la espada como emblema (Ez 33,2; Am 9,4). ¿Qué será de este niño?... Desde el fondo de este pasaje esta pregunta apunta a la misión de Jesús y su destino. María no está ajena a todo este drama. Ella participa activamente, es solidaria en el dolor significativo que transforma y da vida. No se trata de una participación superficial, cómodamente situada. Toca su ser profundo, su corazón (= centro de la persona). Este texto nos recuerda otros pasajes de la Escritura: El de María al pie de la cruz, el de la mujer vestida de sol, que huye al desierto (Apoc. 12), incluso las palabras proféticas de Génesis 3,15: "Haré enemistad entre ti y la mujer...". Se trata de una batalla entre el bien y el mal. En medio de las luchas y dolores, Dios ha comprometido su Palabra y garantizado el éxito; pero para ello pide a todos colaboración. María se nos presenta en este sentido, como modelo acabado de colaboración activa y solidaria del proyecto de Dios (el Reino) que en el campo de esta historia sufre violencia (Josep Rius-Camps).

Simeón, símbolo de aquellos que, con un corazón de pobres y abiertos a Dios, reconocen la presencia del Señor entre nosotros por medio de su Hijo, hecho uno de nosotros, Cristo Jesús. Símbolo de quienes reciben, no sólo en sus brazos sino en su corazón, al Enviado de Dios. Símbolo de quienes, teniéndolo consigo, lo anuncian a los demás. Simeón bendice a María; así la Iglesia debe ser motivo de bendición para el mundo entero. Para los que creemos en Cristo Él no puede ser motivo de ruina sino de resurgimiento para nosotros, pues hemos aceptado la Voluntad del Padre Dios que nos envió a su Hijo, no para condenarnos sino para salvarnos. María, al pie de la cruz, experimentará el dolor más profundo en su corazón como una espada que lo atraviesa al contemplar el abandono y la traición de aquellos que acompañaban a Jesús. Nosotros no podemos vivir en la hipocresía de una fe falta de un auténtico compromiso con el Señor. Si nos decimos cristianos manifestémoslo con una vida de fidelidad a las enseñanzas de Jesús Salvador, Señor y Hermano nuestro. Jesús que ha sido elevado, ha atraído hacia sí a la humanidad entera. Y Él nos atrae para perdonarnos, para hacernos hijos de Dios y para darnos la salvación eterna. La Iglesia participa del Misterio Pascual de Cristo envuelto en persecuciones, traiciones y muerte, pero también en la Vida que se levanta victoriosa sobre el pecado y la muerte. Hoy nos reunimos ante el Señor para hacer nuestra esa Victoria del Señor de la Iglesia. Es el amor el que nos une a Cristo y a los hermanos. Juntos caminamos hacia la Gloria. Y ya desde ahora nos comenzamos a gozarnos en el Señor mediante la Eucaristía, en torno a la cual se construye la Iglesia. Efectivamente es en la Eucaristía donde vamos redescubriendo nuestro compromiso de amor fiel y de entrega amorosa, siempre buscando el bien de los demás a costa de todo. Unamos nuestra vida, en amor, al Señor. A partir de este compromiso renovado con Cristo, procuremos que la Vida de la gracia llegue a todos en un amor sincero, a la altura del que Dios nos tiene a nosotros. No tengamos miedo. En el mundo tendremos persecuciones, pero ¡Animo! nuestro Dios y Señor, Cristo Jesús, ha vencido al mundo. Nuestro seguimiento del Señor, nuestra fidelidad a Él, la proclamación de su Evangelio, nuestro testimonio del Evangelio hecho vida en nosotros nos puede acarrear serios problemas a todos los niveles. Pero no importa que una espada de dolor atraviese el corazón de la Iglesia; nosotros debemos perseverar fieles hasta el final. Ojalá y no seamos nosotros los que atraviesen el corazón de los demás con la espada de la injusticia, del egoísmo, de la incomprensión, de nuestros escándalos, de aquello que aplasta la dignidad personal o los derechos fundamentales de los demás. Cristo nos envió como Mensajeros de la paz, de la alegría, del amor y del perdón; nos envió como constructores de su Reino. Ante esta Misión que Él nos ha confiado sólo el amor será digno de crédito. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de que así como Ella permaneció siempre fiel a la voluntad de Dios, así nosotros vivamos y caminemos en un amor siempre fiel a nuestro Dios y Padre. Amén (Homiliacatolica.com).

Podríamos imaginar lo que sentiría una mamá que en el día del bautismo de su hijo, después de escuchar lo hermoso que es y de anunciarle que este niño será realmente alguien grande dentro de su pueblo, le dijera: "y a ti una espada te atravesará el alma". Pues esta fue la manera como se inicia otro capítulo de la vida de María. Lo más tremendo es que por la forma en que está construida esta expresión parece indicar que ese sufrimiento "atroz" que vivirá será precisamente a causa de su hijo. María, en su advocación de la "Virgen Dolorosa" se convierte ahora en modelo de todas las madres que sufren hasta lo indecible por sus hijos, por el hijo que fue asesinado, por el que murió en un accidente, por el que es perseguido, o simplemente por el que esta gravemente enfermo. María nos enseña que para quien ha puesto su confianza en Dios y deja que sea el Espíritu quien conduzca su vida, es posible ESTAR DE PIE ante la cruz del hijo y desde ahí animarlo y acompañarlo. Nos muestra que no hay dolor que no pueda ser vivido cuando uno se ha dejado poseer totalmente por el amor de Dios. Oremos hoy, por intercesión de María, por todas las madres que sienten su corazón "atravesado por una espada", para que encuentren en la misericordia de Dios consuelo y fortaleza (Ernesto María Caro).

Cuando Dios había decidido venir a la tierra había pensado ya desde toda la eternidad en encarnarse por medio de la criatura más bella jamás creada. Su madre habría de ser la más hermosa de entre las hijas de esta tierra de dolor, embellecida con la altísima dignidad de su pureza inmaculada y virginal. Y así fue. Todos conocemos la grandeza de María. Pero María no fue obligada a recibir al Hijo del Altísimo. Ella quiso libremente cooperar. Y sabía, además, que el precio del amor habría de ser muy caro. "Una espada de dolor atravesará tu alma" le profetizó el viejo Simeón. Pero, ¡cómo no dejar que el Verbo de Dios se entrañara en ella! Lo concibió, lo portó en su vientre, lo dio a luz en un pobre pesebre, lo cargó en sus brazos de huida a Egipto, lo educó con esmero en Nazaret, lo vio partir con lágrimas en los ojos a los 33 años, lo siguió silenciosa, como fue su vida, en su predicación apostólica... Lo seguiría incondicionalmente. No se había arrepentido de haber dicho al ángel en la Anunciación: "Hágase". A pesar de los sufrimientos que habría de padecer. ¡Pero si el amor es donación total al amado! Ahora allí, fiel como siempre, a los pies de la cruz, dejaba que la espada de dolor le desencarnara el corazón tan sensible, tan puro de ella, su madre. A Jesús debieron estremecérsele todas las entrañas de ver a su Purísima Madre, tan delicada como la más bella rosa, con sus ojos desencajados de dolor. Los dos más inocentes de esta tierra. Aquella única inocente, a la que no cargaba sus pecados. La Virgen de los Dolores. La Corredentora. Ella nos enseña la gallardía con que el cristiano debe sobrellevar el dolor. El dolor no es ya un maldito hijo del pecado que nos atormenta tontamente; es el precio del amor a los demás. No es el castigo de un Dios que se regocija en hacer sufrir a sus criaturas, es el momento en que podemos ofrecer ese dolor por el bien espiritual de los demás, es la experiencia de la corredención, como María. Ella miró la cruz y a su Hijo y ofreció su dolor por todos nosotros.  ¿No podríamos hacer también lo mismo cuando sufrimos? Mirar la cruz. Salvar almas. La diferencia con Nuestra Madre es que en esa cruz el sufrir de nuestra vida está cargado en las carnes del Hijo de Dios. Él sufrió por nuestros pecados. Él nos redimió sufriendo. Ella simplemente miró y ayudó a su Hijo a redimirnos.

María, la Virgen dolorosa… El dolor, desde que entró el pecado en el mundo, se ha aficionado a nosotros. Es compañero inseparable de nuestro peregrinar por esta vida terrena. Antes o después aparece por el camino de nuestra existencia y se pone a nuestro lado. Tarde o temprano toca a nuestras puertas. Y no nos pide permiso para pasar. Entra y sale como si fuese uno más de casa. El sufrimiento parece que se aficiona a algunas personas de un modo especial. La vida de la Santísima Virgen estuvo profundamente marcada por el dolor. Dios quiso probar a su Madre, nuestra Madre, en el crisol del sacrificio. Y la probó como a pocos. María padeció mucho. Pero fue capaz de hacerlo con entereza y con amor. Ella es para nosotros un precioso ejemplo también ante el dolor. Sí, Ella es la Virgen dolorosa. Asomémonos de nuevo a la vida de María. Descubramos y repasemos algunos de sus padecimientos. Y sobre todo, apreciemos detrás de cada sufrimiento el amor que le permitió vivirlos como lo hizo.

El dolor ante las palabras de Simeón. El anciano profeta no le predijo grandes alegrías y consuelos a nivel humano. Al contrario: "este niño será puesto como signo de contradicción, -le aseguró-. Y a ti una espada de dolor te atravesará el alma". María, a esas alturas, sabía de sobra que todo lo que se le dijese con relación a su Hijo iba muy en serio. Ya bastantes signos había tenido que admirar y no pocos acontecimientos asombrosos se habían verificado, como para tomarse a la ligera las palabras inspiradas del sabio Simeón. Seguramente María tuvo esa sensación que nos asalta cuando se nos pronostica algo que nos va a costar horrores. Como cuando nos anuncian un sufrimiento, un dolor, una enfermedad terrible, o la muerte cercana... Algo similar debió sentir María ante semejantes presagios. Pero en su corazón no acampó la desconfianza, el desasosiego, la desesperación. En lo profundo de su alma seguía reinando la paz y la confianza en Dios. Y en su interior volvería a resonar con fuerza y seguridad el fiat aquel lleno de amor de la anunciación. Para nosotros Cristo mismo predijo no pocos males, dolores y sufrimientos. Cristo nos pidió como condición de su seguimiento el negarse a uno mismo y el tomar la propia cruz cada día. Nos prometió persecuciones por causa suya. Nos aseguró que seríamos objeto de todo género de mal por ser sus discípulos; que nos llevarían ante los tribunales; que nos insultarían y despreciarían; que nos darían muerte. ¡Qué importante es, ante estas exigencias, recordar el ejemplo de nuestra Madre! El verdadero cristiano, el buen hijo de María, no se amedrenta ni se echa atrás ante la cruz. Demuestra su amor acogiendo la voluntad de Dios con decisión y entereza, con amor.

El dolor ante la matanza de los inocentes por Herodes. María debió sufrir mucho al enterarse de la barbarie perpetrada por el rey Herodes. La matanza de los inocentes. ¿Qué corazón con un mínimo de sensibilidad no sufriría ante esa monstruosidad? Ella también era madre. Y ¡qué Madre! ¡con qué corazón! ¡con qué sensibilidad! ¿Cómo no le iba a doler a María el asesinato de esos niños indefensos? Además, seguramente, María conocía a muchos de esos pequeñines. Conocía a sus madres... Sí, es muy diverso cuando te dicen que murieron X personas en un atentado en Medio Oriente, a cuando te comunican que han matado a uno o varios amigos y conocidos tuyos... Entonces la cosa cambia. A lo mejor hasta María se sintió un poco culpable por lo ocurrido. Y eso agudizaría su dolor. Quizá comprendió que aún no había llegado el momento de ofrecer a su Jesús en rescate por aquellos pequeñines (Dios no lo dispuso así). Quizá también en la mente de María surgió la eterna pregunta: ¿por qué el mal, el sufrimiento, la muerte de los inocentes? Sabemos que en este caso la respuesta podría ser otra pregunta: ¿porqué la prepotencia, maldad y crueldad demoniaca de Herodes...? Ciertamente rezaría por ellos y, sobre todo por sus inconsolables madres. Se unió a su sufrimiento, que no le era ajeno (eran quizá los primeros mártires de Cristo), e hizo así fecundo su propio padecer. También nuestro corazón cristiano ha de mostrarse sensible al sufrimiento ajeno. Compadecerse. Socorrer. O al menos, consolar. Como alguien dijo -y con razón- "si podéis curar, curad; si no podéis curar, calmad; si no podéis calmar, consolad". Siempre estaremos en grado de ofrecer un poco de consuelo y también de rezar por los que sufren.

El dolor de haber perdido al Niño. ¡Cómo sufre una madre cuando se le ha perdido su niño! Sufre angustiada por la incertidumbre. ¿Dónde estará? ¿cómo estará? ¿le habrá pasado algo? ¿estará en peligro? ¿le habrá atropellado un coche? ¿lo habrán raptado? ¿estará llorado desconsolado porque no nos encuentra? Todo eso pasaría por la mente de María. Y más cosas aún: ¿y si lo ha atrapado algún pariente de Herodes que lo buscaba para matarlo? Así son las madres y su amor por sus hijos... Pues imaginemos a María. La más sensible de la madres, la más responsable, la más cuidadosa... Y resulta que no encuentra a su Hijo. Es motivo más que suficiente para angustiarla terriblemente. Aparte de que no era un hijo cualquiera. A María se le ha extraviado el Mesías. Se le ha perdido Dios... ¡Qué apuro el de María! ¡Qué tres días de angustiosa incertidumbre, de verdadera congoja! ¿Habrá dormido María esos días? Seguro que no. Desde luego que no durmió. ¿Cómo va a dormir una madre que tiene perdido a su hijo? Pero sí rezó y mucho. Sí confió en Dios. Sí ofreció su sufrimiento con amor porque era Dios el que permitía esa situación. No termina todo aquí. A todo esto siguió otro dolor, y quizá aún mayor que el anterior. La incompresible e inesperada respuesta de Jesús: "¿porqué me buscabais...?" ¡Qué efecto habrán causado esas palabras en el corazón de su Madre, María...! Tratemos de meternos en el corazón de una madre o de un padre en esas circunstancias. Llevan tres días y tres noches buscando angustiados a su Hijo. Temiéndose lo peor. Y de repente, lo encuentran tan contento, sentadito en medio de la flor y nata intelectual de Jerusalén, dándoles unas lecciones de catecismo y de Sagrada Escritura... Y además, les responde de esa manera... Es verdad, por una parte, sentirían un gran alivio: "¡ahí está! ¡está bien! ¡por fin lo hemos encontrado!" Pero, acto seguido, cuenta el evangelio, María tuvo la reacción normal de una madre: "Hijo, mío. ¿Por qué nos has hecho esto?" (se merecía una regañina, aunque fuera leve).Y por otra parte, asegura el evangelista que "ellos no comprendieron la respuesta que les dio". El dolor de esa incomprensión calaría hondo en el alma de sus padres. Y María, en vez de enfadarse con el crío (con perdón y todo respeto), no dijo nada. Lo sufrió todo en su corazón y lo llevó todo a la oración. Quién sabe si en la intimidad de su alma ya comenzaría a comprender que Cristo no iba a poder estar siempre con Ella. Que su misión requeriría un día la inevitable separación... A veces en nuestra vida puede sucedernos algo parecido. De repente Cristo se nos esconde. "Desaparece". Y entonces puede invadirnos la angustia y el desasosiego. Sí, a veces Dios nos prueba. Se nos pierde de vista. ¿Qué hacer entonces? Lo mismo que María. Buscarlo sin descanso. Sufrir con paciencia y confianza. Orar. Actuar nuestra fe y amor. Esperar la hora de Dios. Él no falla, volverá a aparecer. Otras veces el problema es que nosotros olvidamos con quién deberíamos ir. Dejamos de lado a Cristo. Nos escondemos de El. Nos sorprendemos buscándonos sólo a nosotros mismos y nuestras cosillas. Y, claro, nos perdemos. Incluso nos atrevemos a echárselo en cara a Cristo, teniendo nosotros la culpa. Aquí la solución es otra. Hay que salir de sí mismo. Volver a buscar a Cristo. Volver a mirarlo y ponerse a amarlo de nuevo.

El dolor de la separación y la primera soledad. Llegó el día. Después de pasar treinta años juntos. Treinta años de experiencias inolvidables, vividos en ese ambiente tan increíblemente divino y a la vez tan increíblemente humano de Nazaret. Treinta años de silencio, trabajo, oración, alegría, entrega mutua, amor. Treinta años de familia unida y maravillosa. ¡Qué momento aquel! ¡Lástima de video para volver a verlo enterito ahora...! Fue temprano. Muy de mañana. En el pueblo, dormido aún, nadie se enteró de lo que estaba ocurriendo. Pocas palabras. Abundantes e intensos sentimientos. "Adiós, Hijo. Adiós, madre..."  Todos hemos intuido lo que pasa por el corazón de una madre en una despedida así. Lo hemos visto quizá en los ojos de nuestra madre en alguna ocasión... María volvió a casa con el corazón oprimiéndosele un poco a cada paso. Y al entrar, fue la primera vez que sintió que la casa estaba sola. Experimentó esa terrible sensación de saber que ya no se oirían en la casa otros pasos que suyos; que ningún objeto cambiaría de sitio, a menos que Ella misma lo moviese. La soledad es una de las penas más profundas de los seres humanos, pues hemos nacido para vivir en compañía de los demás. ¡Qué dura fue la soledad de María, después de estar con quien estuvo y por tanto tiempo! Sí, la soledad de la Virgen comenzó mucho antes del Viernes Santo y duró mucho más... María también supo vivir ese sufrimiento de la separación y de la soledad con amor, con fe, con serenidad interior. Adhiriéndose obediente a la voluntad de Dios. Ofreciéndolo por ese Hijo suyo que comenzaba su vida pública y que tanto iba a necesitar del sostén de sus oraciones y sacrificios. Necesitamos, como María, ser fuertes en la soledad y en las despedidas. Fuertes por el amor que hace llevadero todo sacrificio y renuncia. Fuertes por la fe y la confianza en Dios. Fuertes por la oración y el ofrecimiento.

El dolor del vía crucis y la pasión junto a su Hijo. La tradición del viacrucis recoge una escena sobrecogedora: Jesús camino del calvario, con la cruz a cuestas, se encuentra con su Madre. ¡Qué momento tan extraordinariamente duro para una madre! ¿Lo habremos meditado y contemplado lo suficiente? ¡Que fortaleza interior la de María! ¡Qué temple el de su delicada alma de mujer fuerte! ¡Qué locura de amor la suya! Sabía de lo duro que sería seguir de cerca a su Jesús camino del calvario (eso hubiera quebrado el ánimo a muchas madres). Pero decide hacerlo. Y lo hace. Su amor era más fuerte que el miedo al dolor atroz que le producía presenciar la suerte ignominiosa de Jesús. Ella tenía conciencia de que había llegado el momento en el que la espada de dolor se hendiría despiadada en su corazón. Era contemplar la pasión y muerte de su propio Hijo. No se esconde para no verlo. Ahí estaba. Muy cerca y en pie. Contemplemos por un instante ese encuentro entre Hijo y Madre. Ese cruzarse silencioso de miradas. Ese vaivén intensísimo de dolor y amor mutuo. Qué insondables sentimientos inundarían esos dos corazones igualmente insondables. Ambos salieron confirmados en el querer de Dios con una confianza en Él tan infinita y profunda como su mismo dolor. Nuestra vida a veces también es un duro viacrucis. No suframos sin sentido, con mera resignación. Busquemos, por la cuesta de nuestro calvario, esa mirada amorosa y confortante de María, nuestra Madre. Ahí estará Ella siempre que queramos encontrarla. Ahí estará acompañándonos y dispuesta a consolarnos y a compartir nuestros padecimientos. Mirémosla. "La suave Madre -afirma Luis M. Grignion de Montfort- nos consuela, transforma nuestra tristeza en alegría y nos fortalece para llevar cruces aún más pesadas y amargas". María en la pasión y junto a la cruz de su Hijo se sintió crucificar con Él. Así describe Atilano Alaiz los sentimientos de la Madre ante el Hijo: "Los latigazos que se abatían chasqueando sobre el cuerpo del Hijo flagelado, flagelaban en el mismo instante el alma de la Madre; los clavos que penetraban cruelmente en los pies y en las manos del Hijo, atravesaban al mismo tiempo el corazón de la Madre; las espinas de la corona que se enterraban en las sienes del Hijo, se clavaban también agudamente en las entrañas de la Madre. Los salivazos, los sarcasmos, el vinagre y la hiel atormentaban simultáneamente al Hijo y a la Madre".

El dolor de la muerte de su Hijo. Terrible episodio. Una madre que ve morir a su Hijo. Que lo ve morir de esa manera. Que lo ve morir en esas circunstancias... Nunca podremos ni remotamente sospechar lo que significó de dolor para su corazón de Madre el contemplar, en silencio, la pasión y muerte de su Hijo. Ella, su Madre. Ella, que sabía perfectamente quién era Él. Ella que humanamente habría querido anunciar a voz en grito la nefanda tragedia de aquel gesto deicida, en un intento de arrancar a su Hijo de la manos de sus verdugos. Ella, que en último término habría preferido suplantar a su Jesús... Ella tuvo que callar, y sufrir, y obedecer. Esa era la voluntad de Dios. Y con el corazón sangrante y desgarrado, de pie ante la cruz, María repitió una vez más, sin palabras, en la más pura de las obediencias, "hágase tu voluntad". ¡Hasta dónde tuvo que llegar María en su amor de Madre! ¿De verdad no habrá amor más grande que el de dar la propia vida? Alguien se ha atrevido a decir que sí; que sí hay un amor más grande. Casi como corrigiendo al mismo Cristo, alguien ha osado afirmar que sí lo hay y ha escrito esto:  "... porque el padecer, el morir, no son la cumbre del amor, porque no son el colmo del sacrificio. El colmo del sacrificio está en ver morir a los seres amados. La más alta cumbre del amor, cuando, por ejemplo, se trata de una madre, no está en dar la propia vida a Jesucristo, sino en darle la vida del hijo. Lo que una mujer, una madre debe padecer en un caso semejante, jamás lengua humana podrá decirlo; compréndese únicamente que, para recompensar sacrificios tales, no será demasiado darles una dicha eterna, con sus hijos en sus brazos" (Mons. Bougaud).  Son una y la misma la cumbre del amor y la cumbre del dolor. Y en lo alto de esa cumbre, el ejemplo de nuestra Madre brilla ahora más luminoso aún. ¡Qué pequeños somos a su lado! ¿Qué son nuestras ridículas cruces frente a ese colmo de su sacrificio? ¡Qué raquítico es tantas veces nuestro amor ante esa cima de su amor! ¡Quién supiera amar así!

 Dolor ante el descendimiento de la cruz y la sepultura de Jesús. Otra escena conmovedora. Jesús muerto en los brazos de su Madre que lloraba su muerte. No cabe duda, aunque cueste creerlo. Está muerto. Él, que era el Hijo del Altísimo. Él, que era el Salvador de Israel. Él, cuyo reino no tendría fin. Él, que era la Vida. Él está muerto. Dura prueba para la fe de María. Su Hijo, el destinatario de todas esas promesas, yace ahora cadáver en su regazo. En el alma de María se irguió una oscura borrasca que amenazaba apagar la llama de su fe aún palpitante. Pero su fe no se extinguió. Siguió encendida y luminosa. ¡Qué fuerte es María! Es la única que ha sostenido en sus brazos todo el peso de un Dios vivo y todo el peso de un Dios muerto (que era su Hijo). Hemos de pedirle a Ella que aumenta nuestra fe. Que la proteja para que no sucumba ante las tempestades que nos asaltan en la vida amenazando aniquilarla.

 El dolor de una nueva soledad. ¡Qué días también aquellos antes de la resurrección! Su Hijo entonces no estaba perdido. Estaba muerto ¡Qué soledad tan diversa de aquella, tras la despedida de Nazaret, hacía tres años! Es la soledad tremenda que deja la muerte del último ser querido que quedada a nuestro lado. Así la describía Lope de Vega con gran realismo: "Sin esposo, porque estaba José / de la muerte preso; / sin Padre, porque se esconde; / sin Hijo, porque está muerto; / sin luz, porque llora el sol; / sin voz, porque muere el Verbo; / sin alma, ausente la suya; / sin cuerpo, enterrado el cuerpo; / sin tierra, que todo es sangre; / sin aire, que todo es fuego; / sin fuego, que todo es agua; / sin agua, que todo es hielo..."  Pero ni la fe, ni la confianza, ni el amor de María se vinieron abajo ante esa nueva manifestación incomprensible de la voluntad de Dios. Creyendo, confiando y amando Ella supo esperar la mayor alegría de su vida: recuperar a su Jesús para siempre tras la resurrección. Aprendamos de María a llenar el vacío de la soledad que nos invade tras la muerte de nuestros seres queridos. Llenarlo con lo único que puede llenarlo: el amor, la fe y la esperanza de la vida futura. Cuánto nos admira la Virgen dolorosa por haber sufrido como sufrió, por haber amado como amó. Cómo quisiéramos ser como Ella (Marcelino de Andrés).

La Madre piadosa estaba junto a la cruz / y lloraba mientras el Hijo pendía; / cuya alma, triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía... // Por los pecados del mundo vio a Jesús / en tan profundo tormento la dulce Madre. // Vio morir al Hijo amado, que rindió desamparado el espíritu a su Padre... // Haz que esa cruz me enamore / y que en ella viva y more, de mi fe y amor indicio; / porque me inflame y encienda, y contigo me defienda en el día del juicio.