martes, 11 de agosto de 2009

Domingo de la 19ª semana de Tiempo Ordinario, B: Jesús es el pan de vida, que nos da fuerza para caminar, y nos anticipa la gloria del cielo mediante la fe

Domingo de la 19ª semana de Tiempo Ordinario, B: Jesús es el pan de vida, que nos da fuerza para caminar, y nos anticipa la gloria del cielo mediante la fe

 

Lectura del primer libro de los Reyes 19,4-8. En aquellos días, Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: - «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: - «¡Levántate, come!» Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: - «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

 

Salmo 33,2-3.4-5.6-7.8-9. R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno, es el Señor, dichoso el que se acoge a él.

 

Carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4,30-5,2. Hermanos: No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

 

Santo evangelio según san Juan 6,41-51. En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: - «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: - «-No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: "Serán todos discípulos de Dios." Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

 

Comentario: 1. 1 R 19,4-8. Elías es uno de los grandes profetas de Israel. Pero a Elías le tocan tiempos difíciles. Se ha consumado la división del reino de David. Y el reino separado va de mal en peor. El pueblo decepcionado vuelve la espalda a Dios y busca consuelo en los "baales". Elías es el encargado por Dios para mantener en la fe a su pueblo, pero la palabra del profeta se estrella contra las intrigas de Jezabel, casada con el poder. Poco importa el éxito de Elías frente a los sacerdotes de Baal. En el cap. 18 Elías ha puesto en ridículo a los sacerdotes de los dioses baales sobre el Carmelo, pero su triunfo sólo es momentáneo. No hay victorias permanentes, y la reacción no se deja esperar: Elías se ve forzado a huir de la pérfida Jezabel (vs. 1-3). El yavismo no ha ganado aún su batalla definitiva contra los baales, protegidos por la corte real. -La situación del pueblo de Israel es peligrosa, casi dramática: imbuido en las ideas cananeas, está a punto de suplantar al Dios de la Historia (Yahveh) por las fuerzas ocultas de la naturaleza (dioses cananeos). Por eso Elías confiesa: "Me consume el celo por el Señor de los ejércitos, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derruido tus altares y asesinado a tus profetas; sólo quedo yo, y me buscan para matarme"(19, 10.14). Jezabel trama y consigue su destierro. En la huida, Elías se siente desfallecer, incapaz de sacar adelante la causa de Dios. En esos momentos de abatimiento pide a Dios la muerte, pues su vida ya no tiene sentido. Este cansancio del profeta, amigos míos, bien pudiera expresar situaciones análogas por las que atravesamos a veces los creyentes. El camino de la fe es arduo y a veces insoportable. ¿Qué sacamos con ser creyentes? ¿Para qué sirve la fe? ¿qué hemos conseguido los cristianos después de dos mil años? ¿No parece que vamos hacia atrás? Nos asusta en ocasiones este mundo pluralista y secularizado, donde la religión parece aparcada.

En el desierto de la soledad, en el desierto de la desolación se puede escuchar la voz de Dios. Un ángel despierta al profeta y le invita a comer y beber, porque el camino es superior a sus fuerzas. Elías recupera las fuerzas con aquel elemental alimento, pan y agua, pero sobre todo recuerda el ánimo tras el consuelo de Dios. Cuarenta días caminará por el desierto, es decir, toda la vida, hasta llegar al monte de Dios. Los creyentes tampoco podemos recorrer toda la vida sin la ayuda de Dios. Creer nos resulta casi evidente en ocasiones, pero en otras nuestra fe se estrella en las dificultades de la vida. A veces tenemos la impresión de que creer implica una desventaja respecto de los no creyentes. Nosotros tenemos la vida más complicada, más difícil. Y a veces volvemos la espalda a nuestra responsabilidad y tenemos la dura impresión de que Dios está mudo, ausente. ¿Cómo perseverar en la fe? ¿Cómo traducir nuestra fe en circunstancias difíciles?.

"Caminante no hay camino, se hace camino al andar". Las palabras de Machado resumen bien el sentido de la marcha de Elías hacia el desierto. En efecto, se tiene la impresión de que Elías no medía desde el comienzo todo el alcance de su viaje. La cosa empezó por una vulgar huida para salvar la vida: "Tuvo miedo, se levantó y se fue para salvar su vida" (19,3). La huida se convirtió luego en caminar desorientado por el desierto a la manera del autómata que marcha sin rumbo fijo. Y al final, con la aparición del ángel y la presencia de la comida y la bebida, la huida inicial y el ulterior caminar desorientado se convirtieron en una auténtica peregrinación hacia los lugares santos del yahvismo. En el comienzo del viaje: un vulgar miedo. Al final: toda la fuerza de la montaña santa que actuaba sobre el alma del profeta a la manera de un poderoso imán.

En la vida de Elías, el campeón del yahvismo, el viaje al Monte Horeb es todo un símbolo: es la vuelta a las fuentes de la fe pura. En el Horeb el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se había empezado a revelar bajo el nombre de Yahveh (Ex 3; 6); el Horeb había sido el monte de las confidencias entre Moisés y Yahveh (Ex 33, 18-34,9); en el Horeb se había sellado la alianza, que estaba en la base de la religión yahvista (Ex 19-24).

Relacionados en el monte santo de la alianza, Moisés y Elías lo estarán también en el monte de la transfiguración (Mc 9, 2-8 y par.). La marcha de Elías a través de los reinos del norte y del sur primero, y luego a través del desierto no es tanto un desplazamiento a través de una geografía cuanto un símbolo de la existencia humana, que pasa por una serie de altibajos, bien reflejados en las actitudes y sentimientos que se suceden en el ánimo de Elías a lo largo del camino: miedo, tedio, hastío, hambre, desesperación, conciencia de culpabilidad y al final, fortalecido con el alimento y la bebida, el caminar ilusionado y decidido hasta el monte donde Dios se le va a mostrar (coment., edic. Marova).

Describe la peregrinación del profeta Elías al monte Sinaí, en donde una teofanía coronará su caminar durante cuarenta días.

a) El primer tema de esta lectura es del lapso de tiempo de los cuarenta días (v. 8) aprovechado por el profeta para reunirse con Dios, tema representativo de la distancia que ha de salvar el hombre para llegar hasta un Dios que se le escapa continuamente (Ex 24, 16-18).

b) Un segundo tema es el del desaliento (v. 3), tentación clásica del profeta (Gén 21,14-21; Jon 4,3-8; Núm 11,15; Jer 10-11; Mt 26,36-46). Eso no obstante, Elías ha conseguido una gran victoria en el Carmelo (1 Re 18), pero la reina Jezabel no ha querido comprender; hace una leva contra el profeta, y el pueblo, deslumbrado un instante por el prodigio del Carmelo, se coloca borreguilmente del lado del poder. Elías se encuentra pues, solo, lo mismo que más tarde Cristo, y no le queda más que una cosa que hacer: ponerse en manos de Dios. Pero Dios da al profeta una señal para arrancarle de su desesperación; no abandona a su elegido, como tampoco abandonará a su Cristo (Lc 22,43): un panecillo y un agua milagrosa (v. 6) recuerdan a Elías el maná del desierto y el agua de la roca (Ex 16,1-35; 17,1-7). Así, el memorial de la Pascua del pueblo es el medio más seguro de curar el desaliento.

c) El último tema de esta lectura lo sugiere la relación entre Elías y Moisés: el profeta se dirige, en efecto, en peregrinación al lugar mismo en donde el legislador recibió comunicación de los secretos de Dios. Este tema marcará profundamente la tradición cristiana que se complacerá frecuentemente en encontrar a los dos personajes asociados en actitudes comunes (Mt 17, 3; Ap 11, 1-13). La asociación de Elías y de Moisés está destinada a convencer al pueblo de que cuando un profeta fulmina contra ciertas instituciones surgidas de la alianza y de la ley, no hace más que defender el espíritu que ha presidido ésta. Elías es así un Moisés siempre vivo que recuerda al Dios batallador del desierto a las gentes enriquecidas en Palestina, al Dios de los nómadas (tema de la marcha exageradamente larga de Elías, v. 8) al pueblo instalado. Mientras el cristiano posee la certeza de poseer una "virtud" de poseer la "verdad", mientras el sacerdote está seguro de sí, de su papel y de su influencia, no hay lugar para Dios. Estas seguridades y estas certezas son demasiado humanas para ser signos de Dios. Cuando todo eso se derrumba de repente -y toda vida válida conoce esa quiebra-, cuando las virtudes que se creían poseer se convierten de pronto en pecados y debilidades, cuando las verdades tranquilizadoras son puestas de golpe en tela de juicio, es cuando al fin puede actuar Dios. La acción de Dios adopta sistemas precisos: en primer lugar, una larga marcha del hombre al fondo de sí mismo, lo suficientemente larga como para que tenga tiempo de despojarse de todo lo que creía necesario; después, un poco de pan y de agua: el memorial de una intervención fundamental de Dios, y comer ese pan y beber esa agua no es ya sustentar la vida física, sino estructurar toda su vida en torno a un polo muy firme: la apertura a la iniciativa de Dios siempre presente, incluso en una vida de pecado, siempre activo, incluso en una vida en quiebra. Con ese pan y esa agua penetra en el hombre toda la densidad de la vida divina y "transfigura su cuerpo de miseria". La Eucaristía está así hecha para las gentes desposeídas de sus certezas y de su buena conciencia. Solo entonces tiene posibilidades de ser plenamente eficaz (Maertens-Frisque).

-Como Moisés, Elías también huye hacia el desierto que lo acoge y lo libera del poder real, pero aún sigue prisionero de sí mismo. Después de una jornada de desierto, Elías, exhausto y desilusionado, se tumba a la mejor sombra posible de aquellos lares, la de una retama, y se desea la muerte (v. 4). Ha perdido la confianza en sí mismo y en los demás, se siente sólo (v.10).Cansado del duro bregar, sólo desea que Dios le envíe la muerte; está atravesando su prueba de Getsemaní.

- En medio de la angustia, un acontecimiento va a transformar su vida. La voz del ángel y la comida milagrosa (vs. 5-8) harán que la huida que conducía a la desesperación y a la muerte desemboque en peregrinación hacia el Horeb (v. 9a): comienzo de la vida del pueblo y también de Elías (el Horeb de las fuentes E y D se identifica con el Sinaí de J y P). Hay, pues, un retorno al origen del pueblo, al origen de la fe.

-Su peregrinar durante cuarenta días y cuarenta noches coincide con la permanencia de Moisés en el monte (v. 8; Ex. 34, 28). Así se convierte su caminar en un peregrinaje que conduce a la revelación de Dios en el monte (vs. 11-13; cfr. Ex. 33, 18-21).

En este momento Elías va a encontrar la respuesta divina a su angustia y desazón. Huracán, terremoto y fuego son elementos clásicos de teofanía (cfr. Ex 19, 16 ss.; Jue. 5, 4; Sal. 18, 7-15...), pero el Señor no estaba en medio de estas espectaculares y bravías fuerzas de la naturaleza.

-En la lista de Elías podemos inscribir a muchos hombres que luchan, con ahínco, por la causa del Evangelio y que también se sienten desfallecidos, casi frustrados porque sus hermanos los cristianos, jerarcas o no, en vez de ofrecer el mensaje límpido de amor y de justicia evangélico, se dedican más al culto de los baales. Y, como Elías, piden el final de sus días.

-El fogoso Elías encuentra a Dios en la suave brisa, en el dulce susurro; Dios no es un ser espectacular y milagrero; se le encuentra en el curso ordinario de la historia y de la vida humana. Y el profeta ha aprendido que aunque le persiga la muerte, Dios está con él. Por eso ha de continuar luchando, la vida ordinaria tiene pleno sentido (A Gil Modrego).

Elías está al borde de la desesperación. No vale la pena seguir luchando. El poder del rey, manejado por una mujer ambiciosa y desaprensiva, es más fuerte que él: su vida está en peligro. Pero en la lucha entre su fe en Dios y el miedo al rey, vence la fe. Dios sostiene a su profeta. Parece que Elías huye, pero esta huida es algo más, es también una peregrinación, un éxodo. Este hombre, que representa lo mejor de Israel, abandona la nueva esclavitud de los baales y sale en busca del Dios que en otro tiempo liberó a su pueblo de la esclavitud de los faraones. Y ahora, como entonces, se repetirán las maravillas del éxodo: el pan que sustentará a Elías en su peregrinación ("de cuarenta días, hasta el monte santo...") recuerda el maná, aunque sólo es el anticipo del "verdadero pan bajado del cielo" (Jn 6, 31-58).

En la vida sentimos, a veces, que no vale la pena molestarse más: nada cambia e incluso todo va peor. En esta situación encontramos a Jesús que fue capaz de seguir hasta el final. Su pan y su vino, la eucaristía, sostienen nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor ("Eucaristía 1988").

En este mismo libro se dice del rey que "hizo el mal a los ojos de Yavé más que todos los que le precedieron" (16, 30). Este hombre impío se casó con la hija del rey fenicio Betbaal, llamada Jezabel, y reinó entre los años 875 y 854 a. C. Influido por su esposa, fomentó en tierras de Israel el culto a los "baales". Pero esto no ocurrió sin la decidida oposición del gran profeta Elías. Este hombre de Dios consiguió con su oración que terminara una pertinaz sequía y puso en ridículo a todos los sacerdotes de Baal y a cuantos habían puesto sus esperanzas en los cultos idolátricos. De esta manera se ganó la confianza del pueblo que, siguiendo sus indicaciones, acabó con los sacerdotes de Baal. Pero Jezabel, que mandaba más que su marido, se vengó dando muerte a todos los profetas de Yavé. Sólo Elías pudo escapar de la matanza. Con esto parecía que se iba a consolidar definitivamente el culto idolátrico y que había fracasado la reforma religiosa intentada por Elías. Esta es la razón que explica la gran depresión del profeta que con esfuerzo intentó volver a la pureza de los orígenes de Israel. La marcha al monte santo, al Horeb (o Sinaí), es todo un símbolo de la lucha que mantuvo Elías por restaurar la tradición religiosa de Israel. La marcha de Elías a través del desierto no es sólo una huida, sino una peregrinación y un éxodo. Este hombre, que representa lo mejor de Israel, abandona la nueva esclavitud de los baales y sale en busca del Dios que en otro tiempo liberó a su pueblo de la esclavitud de los faraones. Y ahora, como entonces, se repiten las maravillas del éxodo: el pan que sustentará a Elías en su peregrinación recuerda el maná, pero es sólo el anticipo del "verdadero pan bajado del cielo" (Jn 6, 31-58). Elías camina cuarenta días por el desierto y llega por fin al monte santo, donde se le manifiesta el Dios vivo, el Dios de sus padres. Cualquier reforma religiosa es una vuelta a los orígenes, pero es también una marcha hacia el futuro. La conversión a Yavé, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, es siempre conversión al Dios vivo, que marcha delante de nosotros abriendo camino. A diferencia de los baales, dioses de la naturaleza, que consagran los montes y sacralizan las instituciones, el verdadero Dios es el Señor de la historia, que no permite nunca a su pueblo que se detenga hasta llegar a la verdadera tierra prometida, en donde habita la justicia ("Eucaristía 1982").

Elías, después del éxito ante los profetas de Baal, siente miedo ante la amenaza de Jezabel y huye. Fugitivo, desesperado, en plena crisis, invoca a la muerte como única solución. La elaboración de la escena tiene un parecido con la de Agar (Gn 21, 14-16). También Agar, en el desierto, lanza un lamento desesperado y el ángel del Señor hace surgir una fuente de agua. Elías encuentra un pan y el agua... En la historia bíblica muchos personajes pasan por estos momentos de crisis. Moisés pide a Yavhé que le haga desaparecer y mande a otro (Nm 11, 15). Jeremías maldice el día de su nacimiento (Jr 20, 14). El siervo de Yavhé está convencido de que todas sus fatigas por Dios han sido inútiles (Is 49, 4). Juan Bautista, en la cárcel, se pregunta si aquél a quien ha anunciado es verdaderamente el profeta-Mesías (Mt 11,3). Elías, en este momento de desaliento, experimenta la salvación que viene de Dios. Se le ofrece bajo el signo de un pan que le da fuerza para llegar al monte de la revelación y del encuentro con Dios. La misión de Elías era defender la pureza de la fe en una época de sincretismo. Israel ha de vivir en medio de los pueblos. La motivación de su fe ha sido la experiencia histórica de su Dios. Ahora Israel se encuentra ante una opción, que debe decidir su existencia: Yahvé o Baal. El rechazo de los dioses de los países culturalmente más avanzados, no significa el rechazo de la civilización, pero hay que decidir si la experiencia del Sinaí continúa siendo el fundamento de su fe, o si quiere inserirse totalmente en la civilización que le rodea (Pere Franquesa).

Este fragmento del gran viaje de Elías hacia el monte Horeb ha sido escogido en función del discurso eucarístico de Jn. 6, del que está tomado el evangelio del día. Eso explica el carácter fragmentario de una perícopa que quiere concentrar nuestra atención sobre el alimento del viaje o viático. Comienza en el momento en que Elías, huyendo de Jezabel, atravesando dos reinos, ha llegado al límite de la cultura urbana. Beerseba es frontera del desierto: allí abandona Elías su última compañía y se adentra solitario por la soledad. Cargado sólo con una vida amenazada y con una misión que le empieza a resultar insoportable. Si la persecución de la reina Jezabel lo ha mantenido en la fuga, para salvar nada más la vida, ahora siente que la misión está aplastando o estrujando su vida y que así no vale la pena vivir. Más valdría morir a manos de Dios, en el desierto. Consumido por su lealtad apasionada a ese Dios, a quien lleva y enarbola en su nombre como una bandera (Elías = Mi Dios es Yavheh). Esta fatiga espiritual, tedio de la vida que lo lleva a rendirse, es la clave del fragmento. Si se tratara de un cansancio físico, de hambre y sed, bastaría un alimento normal. Elías acepta la escueta cena, como una última cena de condenado voluntario a muerte, y se echa a dormir, para empalmar el sueño con la muerte. Acabar serenamente en la última soledad del hombre. Dios no está de acuerdo, porque la misión de Elías no ha concluido. Lo que parecía una fuga a ras de tierra, es desde la perspectiva celeste una cita que Dios tiene con el profeta. En realidad, el profeta no se mueve empujado por la persecución, sino atraído por el vértigo no pronunciado de Dios. Elías tiene que remontarse al pasado, a los orígenes del pueblo en el monte Sinaí. Solitario, lleva la representación del pueblo, y esa jornada histórica no puede quedar cortada por la muerte. Por eso el ángel vuelve a despertarlo y lo invita de nuevo a comer. No tanto para reparar las fuerzas físicas, cuanto para devolverle el ánimo y el brío de la misión. Así podrá Elías recomenzar la marcha, atravesar el desierto, subir la montaña, hasta enfrentarse con Dios. Para la Iglesia, para la comunidad cristiana y para cada uno de sus miembros, la Eucaristía tiene que recobrar ese sentido dramático y esperanzador. Es un alimento para seguir realizando una misión histórica, cada generación en su etapa histórica. No dejándose llevar, empujados por los acontecimientos, sino sintiéndose atraídos y arrastrados por la gran cita que tenemos con Dios (Dabar 1982).

2. "Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos" comprendemos mejor, en salmos como éste, hasta qué punto Jesús estaba impregnado de la oración de su pueblo... Como María, de quien reconocemos aquí el "Magnificat". La acción de gracias, la alabanza, era el clima dominante del alma de Jesús. Una de sus oraciones es de igual tonalidad que este salmo: "Padre, te doy gracias porque revelaste estas cosas a los pobres y humildes y las ocultaste a los sabios y prudentes" (Lc 10,21).

"Un desgraciado gritó: Dios lo escucha". Una corriente de opinión cada vez más fuerte se abre paso en las sociedades modernas. Se pide una mayor igualdad social en favor de los más pobres. Mediante toda clase de leyes se trata de ayudar a las clases menos favorecidas. Esta corriente aunque no sea lo suficientemente eficaz, es un "signo de los tiempos". Quienes en esta época no quieren escuchar el "grito de los pobres" se colocan abiertamente fuera del plan de Dios. "Un pobre ha gritado, y ¡Dios lo escucha!" Por decir eso lo acusan a uno de "hacer política". Esto es ignorar totalmente la revelación religiosa de la Escritura. Quien no está con los pobres, contra las injusticias y las desigualdades, no puede llamarse realmente un hombre religioso. Ante esta toma de posición global, no hay alternativa posible. Caben opciones diferentes únicamente en los "medios concretos", para realizar este fin, en la selección de tal o cual política. Y tratándose de estas cuestiones sociales candentes no olvidemos que el verdadero y gran problema de nuestro tiempo, no se sitúa solamente dentro de los sistemas occidentales, sino en todas las sociedades industrializadas (que han vencido el hambre), y los países del tercer mundo (¡que gritan de hambre!). Releyendo el salmo 33 en esta perspectiva, toma una fuerza extraordinaria de "oración en el corazón del mundo".

Invitación a la acción para "liberar", "salvar", "abolir el mal". ¿Cómo podríamos sin hipocresía decir: "óiganlo y alégrense hombres humildes" si al mismo tiempo no nos comprometemos de veras para que de alguna manera esto sea realidad?

Promesas de felicidad. Quien quiere ser feliz debe "huir del mal", "practicar el bien", "adorar a Dios", "buscar a Dios". ¡Ingenuidad! dirán ciertos espíritus fuertes. ¡Y si esto es verdad! ¡Si los únicos felices son aquellos de quienes habla el salmo! Hagamos la experiencia (Noel Quesson).

El Salmo 33 es un canto de acción de gracias. Son muchos los beneficios que el salmista ha recibido del Señor y se ve en la necesidad de agradecérselos. En tantos momentos, especialmente en las pruebas de la vida, ha visto la mano bondadosa de Dios, su fidelidad, su solicitud, que ahora quiere expresar en un canto estupendo toda su gratitud al Dios providente de Israel. Las pruebas que Dios permite no superan nunca las fuerzas del justo, de modo que las fuerzas del mal no parecen romper el equilibrio de la fidelidad. El salmista tiene experiencia de esta protección y solicitud de Dios y por eso le agradece su bondad y al mismo tiempo comunica a los demás su vivencia, exhortándolos a la fidelidad y a la confianza, invitándoles incluso a que ellos mismos tengan esa experiencia de la providencia y de la cercanía de Dios. Por esto este salmo tiene igualmente un cariz sapiencial y exhortativo. Como muchos salmos de tipo sapiencial, el salmo 33 tiene en su original hebreo forma acróstica o alfabética.

Alabanza y agradecimiento sinceros: el salmista alaba incesantemente, en todo tiempo, al Señor; su alabanza está siempre en sus labios. En Dios tiene puesta su gloria: su orgullo y su felicidad es Yahvé, su todo. Este inicio nos recuerda el comienzo del Magníficat de María: también la Virgen se sentía dichosa y feliz viendo las maravillas del Señor. Salmo: "Bendigo al Señor en todo momento... mi alma se gloría en el Señor..."

Magníficat: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador..."

El autor invita a los humildes a que le escuchen y se alegren, y también ellos se sumen a su alabanza: "Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre": él se siente insuficiente para aclamar y agradecer al Señor, y por esto recurre a sus fieles para que le acompañen en su alabanza.

La vida interior intensa, la experiencia de Dios se traslucen siempre, se irradian espontáneamente, se comunican. Es como la lámpara que arde e ilumina.

El salmista invocó al Señor, y Dios se inclinó hacia él, le escuchó, y respondiéndole le libró de todas sus ansias, de todos sus males y angustias. "Yo consulté al Señor y me respondió". Su confianza en Yahvé se vio correspondida. Dios no desatiende jamás las súplicas de aquellos que le invocan. Por esto de nuevo el autor exhorta: "Contempladlo y quedaréis radiantes": mirar a Dios es mirar la luz y por tanto, reflejarla (como Moisés y Esteban). Quien camina en la luz se halla iluminado, irradia él mismo luz, luz de alegría, de confianza, de seguridad. La frente de los justos no tiene de qué avergonzarse, puede ir siempre alta.

"El ángel del Señor acampa en torno a los fieles": manera poética de expresar la protección divina y su providencia. Donde los otros caen, tropiezan o se encallan, el justo lo supera sin dificultad. Aquello que es insoportable e inexplicable para los demás, resulta ligero y suave para él: porque el ángel del Señor está con él, lo defiende y ayuda. Lo dirá también Jesús: "Mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11,30).

Invitación a la confianza en Dios. El conocido versículo: "Gustad y ved qué bueno es el Señor" es una enseñanza en que pretende el salmista que tengamos una experiencia de Dios se diría incluso física, material, de tan conocida, de tan probada. Dicen los entendidos que esta expresión hebrea derivaría de una más antigua de la literatura ugarítica que rezaría así: "Comed y bebed qué bueno es el Señor", el Dios de nuestra fe, que debería ser algo tan conocido, tan cercano, tan experimentado como el comer o el beber. Feliz mil veces el hombre que a este Dios se acoge, que tiene en él puesta su entera confianza, que acude siempre a él, cuyo primer pensamiento es Dios y su primera invocación, el nombre del Señor.

Nada falta a aquellos que le temen, los que le buscan no carecen de nada. Dios vela por ellos y se preocupa de su vida y de sus cosas (Mt 6,25-34). De nuevo el paralelo con el Magníficat.

Salmo: "nada les falta a los que le temen, los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada".

Magníficat: "A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos".

Si durante tres mil años este salmo ha ido dando su lección a los corazones de los fieles, tal vez en nuestro tiempo es cuando esta lección se hace más apremiante. El mundo moderno parece alejado de Dios, inmerso en la inquietud, en la angustia, en la inseguridad. La confianza parece ausente, y la paz como desterrada de un mundo lleno de convulsiones y de guerras. Pues sobre este mundo resuena una palabra de esperanza, de confianza: es el salmo 33, magnífica lección que alimenta el corazón del hombre creyente, y estupendo preludio a la gran doctrina de Cristo, que nos enseñó el sermón de la montaña y la oración del padrenuestro (J. M. Vernet).

Dejo que las palabras resuenen en mis oídos: «Gustad y ved qué bueno es el Señor». Gustad y ved. Es la invitación más seria y más íntima que he recibido en mi vida: invitación a gustar y ver la bondad del Señor. Va más allá del estudio y el saber, más allá de razones y argumentos, más allá de libros doctos y escrituras santas. Es invitación personal y directa, concreta y urgente. Habla de contacto, presencia, experiencia. No dice «leed y reflexionad», o «escuchad y entended», o «meditad y contemplad», sino «gustad y ved». Abrid los ojos y alargad la mano, despertad vuestros sentidos y agudizad vuestros sentimientos, poned en juego el poder más íntimo del alma en reacción espontánea y profundidad total, el poder de sentir, de palpar, de «gustar» la bondad, la belleza y la verdad. Y que esa facultad se ejerza con amor y alegría en disfrutar radicalmente la definitiva bondad, belleza y verdad que es Dios mismo.

«Gustar» es palabra mística. Y desde ahora tengo derecho a usarla. Estoy llamado a gustar y ver. No hay ya timidez que me detenga ni falsa humildad que me haga dudar. Me siento agradecido y valiente, y quiero responder a la invitación de Dios con toda mi alma y alegría. Quiero abrirme al gozo íntimo de la presencia de Dios en mi alma. Quiero atesorar las entrevistas secretas de confianza y amor más allá de toda palabra y toda descripción. Quiero disfrutar sin medida la comunión del ser entre mi alma y su Creador. El sabe cómo hacer real su presencia y cómo acunar en su abrazo a las almas que él ha creado. A mí me toca sólo aceptar y entregarme con admiración agradecida y gozo callado, y disponerme así a recibir la caricia de Dios en mi alma.

Sé que para despertar a mis sentidos espirituales tengo que acallar el entendimiento. El mucho razonar ciega la intuición, y el discurrir humano cierra el camino a la sabiduría divina. He de aprender a quedarme callado, a ser humilde, a ser sencillo, a trascender por un rato todo lo que he estudiado en mi vida y aparecer ante Dios en la desnudez de mi ser y la humildad de mi ignorancia. Sólo entonces llenará él mi vacío con su plenitud y redimirá la nada de mi existencia con la totalidad de su ser. Para gustar la dulzura de la divinidad tengo que purificar mis sentidos y limpiarlos de toda experiencia pasada y todo prejuicio innato. El papel en blanco ante la nueva inspiración. El alma ante el Señor.

El objeto del sentido del gusto son los frutos de la tierra en el cuerpo, y los del Espíritu en el alma: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza. (Gal 5,22). Cosecha divina en corazones humanos. Esa es la cosecha que estamos invitados a recoger para gustar y asimilar sus frutos. La alegría brotará entonces en nuestras vidas al madurar las cosechas por los campos del amor; y las alabanzas del Señor resonarán de un extremo a otro de la tierra fecunda.

«Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza siempre está en mi boca. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre» (Carlos G. Vallés).

3. Efesios 4,30-5,2.1. Aparece un nuevo motivo: "toda expresión pecaminosa entristece al Espíritu Santo", al que es el lazo de unión en el amor de Cristo (cf. 4, 4; 1 Cor 12, 13: el Espíritu es el sello que marca a los miembros de Cristo como propiedad de Dios; él es el rescate pagado para la entrada en el reino: 1, 31 s. Esta es, pues, la tristeza: dañar la unidad del cuerpo). En la fuerza del Espíritu ha de afianzarse el cristiano para no perder el dominio de sí mismo. Sólo en él puede encontrar sentimientos de reconciliación frente al enemigo que le ofende. A esto obliga el propio actuar de Dios que entregó a su Hijo para salvación de los hombres (2 Cor 5, 19-21). Se trata aquí de exhortaciones (Mt 6,12.14; 18,21-35; etc) que Pablo recoge y no se cansará de acentuar en sus cartas. En Rom 12,21 se encuentra una expresión característica y definitiva: "No te dejes vencer por el mal, vence al mal a fuerza de bien". La apelación de "hijos queridos" determina las exhortaciones que siguen. Los creyentes, en el bautismo, han sido tomados por Dios como hijos y creados de nuevo a su imagen (4, 23s); ahora ellos deben probar esta igualdad de imagen divina en el ejercicio moral de las virtudes para responder plenamente al don (cf. Gn 8, 21; Ex 29, 18; etc.: "Eucaristía 1988").

Pablo acaba de referirse a los deberes de cuantos han sido llamados para formar en Cristo un solo cuerpo, que es la iglesia. Ha denunciado igualmente aquellos defectos que, como la mentira, la ira y el robo, destruyen la unidad de ese cuerpo y, por lo tanto, entristecen al Espíritu Santo. Porque la unidad del cuerpo de Cristo, que es la iglesia, es obra del Espíritu Santo (4, 4; 1 Co 12, 13) y nada le contraría tanto como la desunión de los creyentes. El Espíritu es también el sello que nos marca y nos distingue como posesión de Dios y la prenda de nuestra liberación final. Esta liberación no se opone a la unidad verdadera; pero hay una falsa unidad, que encubre las diferencias injustas y que se opone a la liberación final de los oprimidos. Romper esa falsa unidad no puede entristecer al Espíritu, aunque sí entristece a los que tienen otro espíritu muy poco cristiano. No es fácil vivir en comunidad, pues nadie es perfecto. Por eso, y aunque debamos de luchar contra todos los males y pecados, debemos ser comprensivos y estar dispuestos al perdón. Si Dios nos ha perdonado a todos en Jesucristo, también nosotros debemos perdonarnos los unos a los otros. Si somos hijos de Dios, debemos imitarle, sabiendo que nuestro Padre "hace llover sobre justos y pecadores" (Mt 5, 45-48). Debemos aspirar a la perfección del amor, de un amor que sabe perdonar sin hacerse cómplice del pecado, de un amor redentor que libera al opresor y al oprimido. Es así como imitaremos también el amor de Cristo, que se entrega por todos nosotros al Padre haciéndose sacerdote de sí mismo, haciéndose sacerdote y víctima al mismo tiempo ("Eucaristía 1982").

El texto 4, 22-5,20 describe la conducta de los hijos de la luz en la plenitud del Espíritu. La división de este texto en tres partes que ha hecho la liturgia dificulta la comprensión. Los efectos que el plan de salvación realizado por Cristo causa en la comunidad, no se limitan a enmendar algunos comportamientos, sino que comportan un nuevo estilo de vida. El principio dinámico fundamental del cristiano es el bautismo. El sello del bautismo permanece activo hasta la redención total. La vida del cristiano es la respuesta a la acción y al don del Espíritu en el sacramento. La vida moral del cristiano es un camino que va hasta la plenitud. Poner triste al Espíritu o destruir el gozo del Espíritu, por los cinco vicios enumerados en el v. 3, significa no que el Espíritu se entristezca, sino que es la comunidad la que se encuentra afligida si el bautismo no se traduce en una vida de santidad. El gozo de la existencia cristiana viene deteriorado si dejamos que mengüe o se oscurezca la luz de la nueva vida que es amor y gracia. El amor es el único medio que nos ayuda a vencer el mal que se ha insinuado en nosotros. Hay que recordar los vicios enumerados en 4, 17-19. Los catálogos de vicios y virtudes son frecuentes en las cartas de san Pablo. Estos forman parte de los trece catálogos de vicios y de los diez de virtudes. Estos catálogos están sacados de la cultura griega y del mundo hebreo del AT, pero en Pablo tienen un sentido netamente cristiano. Son una invitación a pasar de las tinieblas a la luz de Cristo y son también un programa coherente de actuación del bautismo (P. Franquesa).

Ya el domingo pasado nos recordaba la novedad de nuestra vida en Cristo. S. Pablo continúa su exhortación. No debemos contristar al Espíritu de Dios que nos ha marcado con su sello para el día de la redención. Aunque la carta parece que está pensando en los que han recibido recientemente el bautismo, se dirige también a toda la comunidad entera. S. Pablo enumera lo que podría contristar al Espíritu que vive en nosotros y piensa sobre todo en las actitudes que turban la vida de comunidad: amarguras, cólera, arrebatos de ira, etc. Por el contrario, hay que mostrarse buenos y compasivos y perdonarse mutuamente. Hay que vivir en el amor como Cristo y ser así imitadores de Dios (Adrien Nocent).

4. Jn 6, 41-52. El episodio de Elías nos ayuda a entender el mensaje del evangelio, que hemos proclamado y escuchado. Jesús es el pan que baja del cielo, es el maná del éxodo, el pan elemental de Elías, pero es mucho más. Porque el maná y el pan eran símbolos. Así como el hombre recobra las fuerzas por el alimento, así el creyente recupera el ánimo por toda palabra que procede de la boca de Dios. Así superó Jesús la tentación en el desierto. Y así podemos vencer el desaliento los creyentes. Dios permanece oculto. En realidad, a Dios nadie lo ha visto. Pero sí se ha dejado ver Jesús. Los apóstoles son testigos de excepción. Y Jesús es la palabra de Dios, o sea, la revelación de Dios hecha de un modo definitivo en la historia para los hombres. Quien me ve a mí, decía Jesús a Felipe, ve al Padre. Quien me escucha a mí, repetía, escucha al que me envió. Jesús es la palabra de Dios a los hombres. Por eso es el pan vivo que ha bajado del cielo a la tierra, se ha acercado a los hombres. Es el pan vivo, porque es pan de vida y para la vida. Por eso añade Jesús que quien come de ese pan vivirá eternamente y no sólo unos años, como ocurrió con el maná y el propio Elías.

El pan que yo daré, dice Jesús, es mi carne para la vida del mundo. Todo este discurso que desarrolla Juan a partir de la multiplicación de los panes tiene aquí su conclusión: en el anuncio de la eucaristía. Pan y agua, poca cosa, fue el alimento de Elías para caminar por el desierto. Pan y vino, poca cosa también, es el alimento de los cristianos para recorrer todo el camino de la fe. Pan y vino, símbolos para expresar el cuerpo y la sangre de Jesús, la persona de Jesús, el Hijo de Dios, obediente hasta la muerte en la cruz.

En la eucaristía se resume el misterio de la vida de Jesús que, por obediencia al Padre, se entrega a la muerte para poner de manifiesto la resurrección y la vida eterna. Por eso la eucaristía es, lo proclamamos solemnemente todas las veces, "el sacramento de nuestra fe".

Porque en la eucaristía expresamos y celebramos nuestra fe, que es confianza en la promesa de Dios. Y porque la eucaristía deviene así el alimento que reanima y sostiene a los creyentes en la fe.

Celebrar la eucaristía no es simplemente venir a misa, y menos aún cumplir con una obligación sagrada. Celebrar la eucaristía es sabernos invitados y aceptar la invitación de Dios para sentarnos con él a la mesa, hoy simbólicamente, mañana realmente, en la casa de Dios. Es traer aquí nuestra fe y nuestros problemas de fe para esclarecerlos a la luz de la palabra de Dios y recuperar el aliento. Es venir aquí con nuestra vida y los problemas de la vida, para confrontarlos con la de Jesús y así entrar en comunión con él y los hermanos. No podemos comulgar con Jesús, si no comulgamos con su causa, que es la causa del hombre. Pero si lo hacemos así, con esa buena disposición, con ese sentido de compromiso... ¡Dichosos nosotros! Porque saldremos reanimados, reconfortados, dispuestos, como Elías, a recorrer durante cuarenta días todo el desierto de la vida ("Eucaristía 1988").

Los oyentes de Jesús son judíos: todos creen en Dios y en la Biblia. Pero una cosa es creer en los profetas del pasado, celebrados después de su muerte, y otra cosa es reconocer a esos enviados de Dios mientras viven y son discutidos, especialmente cuando el enviado de Dios es un simple carpintero: ¿Cómo es posible que diga el hijo de José y María semejantes palabras? Es evidente que Jesús les habla de comer su carne y beber su sangre.

¿Cómo es posible que exija a sus discípulos algo que está prohibido por la ley...? La Sagrada Escritura utiliza el verbo murmurar en el Éxodo: en el desierto, los israelitas desconfiaban de Dios y, a cada momento, criticaban las decisiones de Moisés (Ex 15, 24; 16, 2; 17, 3).

Hoy todavía tendremos que superar las mismas dudas y escuchar a los enviados de Dios que nos enseñan una misión concreta en el mundo de hoy. Son muchos los que creen en Cristo, en la palabra de Dios, y no quieren escuchar a sus profetas o a sus ministros. Esta escena que nos describe el evangelio está rodeada de sencillez y crudeza al mismo tiempo: Jesús es el enviado de Dios que nos pide creer en él. Creer que él es el pan de vida y que hay que comerlo. Para esto basta la fe por la caridad. Porque Jesús no explicará cómo habrá que comer su carne, cómo habrá que usar ese alimento divino que es él. Únicamente busca una respuesta de fe. Y no suaviza nada la exigencia de su verdad ("Eucaristía 1988").

Juan llama frecuentemente "judíos" a todos los que se oponen a la predicación de Jesús. Por lo tanto, no hay que pensar en un cambio de auditorio. Estos "judíos" que conocen muy bien la familia de Jesús son en realidad galileos. Precisamente es este conocimiento de su origen humano lo que les impide creer que Jesús sea "el pan bajado del cielo". Jesús pide fe en su persona, pero los "judíos" responden con la crítica y la murmuración. Sucede aquí lo mismo que en los tiempos del Éxodo cuando los israelitas alzaron su crítica y su murmuración en contra de Moisés y desconfiaron de las promesas de Dios (Ex 16, 2-12; 17, 3-7).

Jesús no se extiende dando más explicaciones sobre su origen divino; pero advierte que la fe es la aceptación de su persona como enviado del Padre y que esto no es posible si el mismo Padre, que le envía, no conduce los hombres hacia su enviado. No se puede creer en Jesús sin la gracia de Dios, pero esta gracia no quita el riesgo y la libertad de la fe.

Citando a los profetas, concretamente a Is 54, 13, Jesús declara que todos los hombres son discípulos de Dios; es decir, que el Padre habla al corazón de todos los hombres y quienes le escuchan también escucharán al que el Padre ha enviado al mundo. Hay una correspondencia entre la palabra interior que Dios pronuncia en el corazón y esa otra palabra explícita que proclama Jesús predicando el evangelio.

La fe llega a su perfección cuando es fe en Dios, que se revela en su enviado Jesucristo. El que cree alcanza vida; pues, aunque todos puedan escuchar a Dios, solamente lo ha visto aquel que viene de Dios. Y éste es Jesús, el testigo y la misma Palabra de Dios hecha carne: la plenitud de la revelación, que hace posible la plenitud de la fe. Los que creen así alcanzan vida eterna.

Jesús, él mismo y no otra cosa, se presenta como "el pan de la vida". En cada una de sus palabras y de sus obras Jesús se da y se comunica a todos los que creen en él, y éstos reciben a Jesús y no sólo las palabras de Jesús.

Es probable que Jesús haga ya referencia al don eucarístico. El "pan de vida", el que "ha bajado del cielo", es la misma realidad de Jesús, su propia carne y una carne que se entrega para la vida del mundo. Si escuchar a Jesús es ya recibir a Jesús y no sólo sus palabras, recibir el cuerpo de Jesús ha de ser también escucharle con fe. El sacramento es una palabra visible, un signo. El que come el pan eucarístico sin discernir, sin creer lo que esto significa, come su propia condenación. Comulgar es recibir el cuerpo de Cristo "que se entrega por la vida del mundo"; por lo tanto, es incorporarse personalmente a Cristo y enrolarse en su misión salvadora y en su sacrificio. La eucaristía fue instituida "la noche antes de padecer" para que los discípulos quedaran comprometidos en la misma entrega que Jesucristo, que se iba a realizar definitivamente al día siguiente. El que comulga debe saber que siempre se halla en esta situación: "antes de padecer" y que recibe "el cuerpo que se entrega para la vida del mundo". Comulgar no es sólo comer, es creer, y esto significa comprometerse ("Eucaristía 1982").

En Jn 6, 37-40, Cristo ha defendido una concepción original de su papel de rabí y de la actitud ideal del discípulo. La perícopa de hoy supone conocida esta posición.

a) La originalidad del Maestro consiste en su dependencia con respecto del Padre: el oyente no puede llegar a ser su discípulo si no le "ve" en esta relación con el Padre (vv. 40, 46). Este tema del discípulo no es menos importante en esta lectura que en la precedente: las expresiones "venir a Mí", "ver", "enseñados por Dios" (vv. 44-46) son una prueba de ello. En contraste, el que "murmura" (v. 41), no "ve" las relaciones de Cristo con su Padre y se niega a reconocer en el hijo de José a alguien que ha "bajado del cielo" (vv. 42-43).

b) Cristo responde a estas murmuraciones proclamándose "Pan de vida bajado del cielo" (vv. 48-49), continuando con esto lo que ya había dicho antes (Jn 6, 31-33). Esta expresión le designa a El mismo en su relación con el Padre y en su misión de traer la vida divina a los hombres. Pero el sermón pasa, sin transición, del Pan-Palabra al Pan eucarístico (v. 31). Las relaciones entre el discípulo y el Maestro se instauran, pues, por la Eucaristía, donde se "ve" de mejor forma el lazo que une a Jesús y su Padre. El misterio eucarístico aparece desde entonces con justo título como el "misterio de la fe".

c) Ver a Dios: La afirmación de Jesús de que El ve al Padre (v. 46) no debe conducir a una definición de la visión beatífica. La misión reveladora de Jesús sobre la tierra no requiere, en efecto, este tipo de visión. Requiere solamente un conocimiento particular de los secretos de Dios, el cual ha sido una gracia en El, y es este conocimiento particular el que la Biblia expresa por la metáfora "ver a Dios" (Jn 1, 18). "Ver a Dios", en efecto, en la Escritura, designa una especie de proximidad del hombre y Dios, estando el primero capacitado para comprender el designio del segundo. Esta proximidad le ha sido denegada al hombre desde la caída (Ex 33, 20; 1 Re 19, 11-15). Jesús restablece esta proximidad y esta amistad. Celebrar la Eucaristía significa para la Iglesia detentar los signos auténticos del amor y del conocimiento que unen al Hijo al Padre y que nos unen al Hijo. Y la Eucaristía es este signo decisivo porque es la respuesta perfecta del Hombre-Dios a su Padre y porque contiene la respuesta de la Iglesia a la misma exigencia de fidelidad y de amor. Al movimiento de descenso del pan de vida en la encarnación y en la Eucaristía corresponde un movimiento de atracción de los discípulos hacia Cristo. Dios envía a Jesús a los suyos, pero le asegura al mismo tiempo la fe de estos últimos (Maertens-Frisque).

"Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: Yo soy el pan que ha bajado del cielo". Y decían: ¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿cómo puede decir ahora: "He bajado del cielo? Jesús, les respondió; no murmuréis entre vosotros". Los judíos murmuraran de Jesús. Adoptan así, a los ojos del evangelista, la actitud del pueblo de Israel, durante su peregrinación por el desierto, en contra de Dios. Esta murmuración del pueblo contra Dios que lo conduce, que empieza a considerar la salida de Egipto como una fatalidad desgraciada, es la expresión de la resistencia suprema a la acción de Dios: es no querer seguir colaborando con Dios: o sea, todo lo contrario de la voluntad de creer. Por eso la tradición judía afirmaba que la generación del desierto no tendría participación alguna en el mundo venidero. S. Pablo recoge esta tradición en su primera carta a los Corintios (10, 1-11) y la pone ante los ojos de los cristianos como un ejemplo que debía servirles de aviso. Tampoco los cristianos tienen una seguridad absoluta de salvarse; también ellos pueden correr el peligro de la inseguridad, la resistencia y la apostasía, de modo que se alcen contra Dios y pongan en peligro su fe (Heb 3, 7-11). Lo mismo que hicieron sus padres, estos judíos protestan contra el designio de Dios que se manifiesta en las palabras de Jesús y rechazan la aceptación creyente de su palabra. "Yo soy el pan que ha bajado del cielo" sencillamente absurdo. El auditorio sabía muy bien quién era Jesús. O, más bien, creían saberlo. ¿Cómo se presenta diciendo que ha bajado del cielo aquel a quien hemos visto nacer? La fe no tiene nada que ver con la experiencia humana. La piedra de escándalo es, por tanto, la humanidad de Jesús. Y, sin embargo, es precisamente en esa carne y sangre, recibida de su linaje humano, donde está la plenitud del Espíritu (1, 32) que lo hace la presencia de Dios en la tierra. "Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado". Creer que Jesús es hombre totalmente como nosotros y creer, no obstante que "no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios", (Jn 1,13). Esto sólo puede lograrse mediante el don de la fe, que Dios regala. Nadie puede ir a El si no fuera "traído" por el Padre. La frase suena a determinismo fatalista. Es preciso, para evitarlo, tener en cuenta el "modo" como Dios "trae" al hombre. No lo trae por la fuerza, sino por la invitación a la decisión ante su manifestación en la Escritura. Jesús se halla testimoniado en la Escritura. Es decir, se halla abierto para todos el camino para ser traídos por el Padre a Jesús. En este sentido llegan a Jesús todos los que leen rectamente la Escritura, los que escuchan al Padre, los que son adoctrinados por Dios. La docilidad para creer. Lo opuesto a la murmuración: la señal más clara de no querer creer. Sólo cuando existe una verdadera apertura a Dios, cuando se cesa de murmurar, puede tener lugar la "tracción" que Dios hace del hombre hacia Jesús. Jesús toma un texto profético y le da una interpretación diferente: No se trata ya de que Dios va a inculcar al pueblo la fidelidad a la Ley: "todos serán discípulos de Dios" (Is 54, 13). Porque Dios pondrá la Ley dentro del corazón del hombre y nadie tendrá que enseñar a nadie sino que todos conocerán a Dios, del más chico al más grande (Jer 31, 33-34). Jesús viene a decir: Dios no enseña a observar la Ley, sino a adherirse a El: "todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí". "No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios; ese ha visto al Padre". Es decir, no hace falta una experiencia de Dios fuera de lo ordinario; basta fiarse de Jesús. Jesús que conoce al Padre porque procede del Padre es el único que puede manifestar su designio sobre el hombre y establecer las condiciones para realizarlo: "ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en El tenga vida eterna y que yo le resucite el último día (Jn 6, 40).

La ciencia no es capaz de recrear por sí sola la presencia del pasado, ni siquiera una relación personal, sino que evidencia y fija la distancia, la ausencia. De esta suerte podemos formular la siguiente tesis: puesto que la oración es el centro de la persona de Jesús, el presupuesto para conocer y comprender a Jesús es la participación en su plegaria. El conocer depende, por su naturaleza misma, de una cierta conformidad entre el que conoce y lo conocido. A esto se refiere el antiguo axioma que afirma que el igual es conocido por su igual. Respecto a las alturas del espíritu y respecto a las personas, esto significa que el conocer exige una cierta relación de simpatía (syn-pathein), mediante la cual el hombre, por así decir, entra en la persona en cuestión, en su realidad espiritual, se hace una cosa con ella y, de este modo, es capaz de entenderla (intellegere=intus legere). Aclaremos un poco más este hecho con algunos ejemplos. Se accede a la filosofía sólo filosofando, es decir, desarrollando el pensamiento filosófico; la matemática se abre únicamente al pensamiento matemático; la medicina se aprende practicando el arte de curar, y no sólo por medio de los libros y de la mera reflexión. Del mismo modo, no puede comprenderse la religión más que mediante la religión; es éste un axioma indiscutible de la filosofía de la religión. El acto fundamental de la religión es la oración, la cual conserva en la religión cristiana un carácter totalmente específico: ella es entrega de sí en el Cuerpo de Cristo y, por consiguiente, acto de amor que, en cuanto que es amor por y con el Cuerpo de Cristo, reconoce y completa el amor de Dios, necesariamente y siempre, incluso como amor al prójimo, como amor a los miembros de este Cuerpo. La oración es el acto central de la persona de Jesús, su persona se identifica por el acto de orar, por la constante comunicación con aquel a quien él llama «Padre». Si esto es así, únicamente es posible una comprensión real de su persona entrando en este acto de oración, participando en él. A esta realidad aluden las palabras de Jesús: «Nadie puede venir a mí si el Padre no le trae» (Jn 6,44). Donde no está presente el Padre, tampoco está presente el Hijo. Donde no hay relación alguna con Dios, permanece también incomprensible aquel hombre cuya existencia misma dice relación con Dios, con el Padre; y ello, por muchos datos concretos que acerca de él puedan llegar a conocerse. En consecuencia, la participación en la intimidad de Jesús, es decir, en su oración, que, como ya hemos visto, es acto de amor, don y entrega de sí mismo a los hombres, no puede eliminarse como si se tratara de un acto devoto cualquiera, que no aporta gran cosa a una verdadera comprensión de su persona y que podría incluso obstaculizar la rigurosa pureza del conocimiento crítico. Al contrario, esta participación constituye el presupuesto fundamental para alcanzar una comprensión real de Jesús en el sentido de la hermenéutica actual, es decir, para entrar en su tiempo y en su espíritu, abordándolos como ellos son en sí mismos (Joseph Ratzinger).

 

Viernes de la 18ª semana de Tiempo Ordinario. El Señor se vuelca nos nosotros, nos pide que consideremos que necesita nuestra correspondencia, para podernos dar más amor

Viernes de la 18ª semana de Tiempo Ordinario. El Señor se vuelca nos nosotros, nos pide que consideremos que necesita nuestra correspondencia, para podernos dar más amor

 

Lectura del libro del Deuteronomio 4,32-40: Moisés habló al pueblo, diciendo: -«Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos? Te lo han hecho ver para que reconozcas que el Señor es Dios, y no hay otro fuera de él. Desde el cielo hizo resonar su voz para enseñarte, en la tierra te mostró aquel gran fuego, y oíste sus palabras que salían del fuego. Porque amó a tus padres y después eligió a su descendencia, él en persona te sacó de Egipto con gran fuerza, para desposeer ante ti a pueblos más grandes y fuertes que tú, para traerte y darte sus tierras en heredad, cosa que hoy es un hecho. Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre.»

 

Salmo 76,12-13.14-15.16 y 21: R. Recuerdo las proezas del Señor.

Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos, medito todas tus obras y considero tus hazañas. Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué dios es grande como nuestro Dios? Tú, oh Dios, haciendo maravillas, mostraste tu poder a los pueblos.

Con tu brazo rescataste a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José. Guiabas a tu pueblo, como a un rebaño, por la mano de Moisés y de Aarón.

 

Santo evangelio según san Mateo 16,24-28. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del hombre con majestad.»

 

Comentario: 1.- Dt 4,32-40 (ver Solemnidad de la S. Trinidad, ciclo B). Leemos hoy el final del primer discurso del Deuteronomio, último de los cinco libros de la Ley. En el año 622 a. J.C. este libro fue hallado en el Templo (2 libro de los Reyes 22). Si tiene sus raíces en tradiciones más antiguas que se remontan a Moisés, no puede negarse que se asemeja a la predicación profética de los siglos IX y VIII. Podemos decir que es un caso todavía más explícito de la famosa ley de releer los acontecimientos pasados para iluminar la actualidad... es lo que tratamos de hacer nosotros HOY en nuestra oración. -Moisés decía: «Pregunta a los tiempos antiguos que te han precedido, desde el día que Dios creó al hombre sobre la tierra...» Esto es exactamente: «interrogar los tiempos antiguos para guiar nuestra ruta actual. «¡Recuerda!» es uno de los refranes de la liturgia. Toda la Biblia es una inmensa memoria que conserva los «actos de Dios». La misa es un «memorial»: «recordamos, Señor, la Pasión y la Resurrección...» -¿Hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz de Dios hablando en medio del fuego, y haya sobrevivido? Se trata de volver a tomar conciencia de los dones de Dios, de los hechos que nos han probado su amor. La fe judeo-cristiana, a diferencia de la mayoría de las grandes religiones, no pertenece, ante todo, al orden de las ideas o de la moral... sino al orden de los «hechos históricos». Nuestro credo es una serie de acontecimientos ocurridos que han llegado hasta nosotros y que orientan el porvenir y lo garantizan. De ahí la importancia de poner en obra esta fe y no solamente de otorgarle el asentimiento intelectual de nuestra mente. Hay que entrar en esa historia santa que Dios continúa desarrollando. Señor, haz que compartamos tu gran Designio sobre el mundo. Y para ello haz que escuchemos fielmente esa Palabra que Tú nos traes. -¿Algún Dios intentó jamás elegirse una nación... como has visto a tu Dios hacerlo por ti en Egipto? Toda elección de Dios, que pudiera parecer una especie de privilegio, es de hecho una exigencia y una llamada. ¿Por qué he sido elegido para recibir el Bautismo? ¿Por qué he tenido la suerte de haber descubierto más profundamente el evangelio y de meditarlo? ¿Por qué he oído quizá la llamada de una vocación particular? Trato de contestarte, Señor. -Porque amó a tus padres y eligió a su descendencia, te sacó de Egipto manifestando su presencia y su poder... Te introdujo en el país que te dio por herencia, como lo estás viendo hoy. ¡Elegido por amor! Permanezco saboreando esta revelación. Todo el Deuteronomio insiste en esta verdad: que las relaciones de Dios con nosotros y nuestras relaciones con El están regidas por el amor. ¿Es esto verdad en mi vida? ¿Qué evoca para mi personalmente, el tema de la Alianza? -Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es Dios... Guardarás todos los días los mandamientos del Señor para que seas feliz tú y tus hijos y prolongues tus días en la tierra que te da el Señor, tu Dios. «HOY» es una de las palabras clave del Deuteronomio. Invitación renovada a vivir cada día en plenitud. El pasado ya no esta en nuestras manos el futuro no lo tenemos aún pero tengo en mis manos el DÍA de HOY para ¡construirlo con la correspondencia a la voluntad de Dios... fuente de felicidad! (Noel Quesson).

            Vemos ahí la profunda idea de Dios uno, la elección de Israel como pueblo elegido, la providencia singular y benévola hacia él manifestada en la protección, y la consecuencia: Israel ha de corresponder con su fidelidad y guardar los mandamientos y el culto debido para gozar de esta protección. "A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (cf. Dt 4,37; 7,8; 10,15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (cf. Os 2)" (Catecismo 218).

La fórmula "el Señor es el Dios (ha-Elhoim, el Dios Único) y no hay otro excepto Él" es la esencia de la predicación profética, y se ve explicado de forma clara en este libro. Ese "Dios celoso" del Éxodo aquí premia la fidelidad y castiga la maldad (ya en la vida presente, según la doctrina del Dt).

2. Durante cinco días leeremos el Deuteronomio, que significa «segunda ley», pues contiene la despedida de Moisés, con el repaso que hace de los cuarenta años de marcha por el desierto y las normas que recuerda a su pueblo. Al principio de la travesía, en el Sinaí, les entregó la primera ley, la Alianza. Ahora, cuando están a punto de entrar en Canaán, Moisés, antes de morir, les deja como testamento la recomendación de que cumplan aquella Alianza. Nosotros contamos con capítulos nuevos en esta catequesis y en esta memoria agradecida. Dios, además de liberar a Israel de la esclavitud, nos ha enviado a su Hijo para liberarnos a todos del pecado y de la muerte. Tenemos más razones para sentir admiración y gratitud hacia Dios y para responder a su amor con el nuestro, intentando cumplir su voluntad en nuestras vidas. Cuando presentamos a Dios (o a Jesús) en nuestra predicación o en nuestra catequesis, no tendríamos que apoyarnos tanto en filosofías o definiciones sino en la historia de la salvación, tal como aparece en el AT y en el NT. El de Moisés es un «credo histórico», no un «credo teológico». «Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos...». Es lo que hace el salmo de hoy: «Recuerdo las proezas del Señor, medito todas tus obras... ¿qué dios es tan grande como nuestro Dios?». Nosotros lo podemos recitar con más conocimiento de causa y con unas consecuencias más coherentes en las respuestas de nuestra vida diaria.

Es una oración de confianza en la acción de Dios, de aceptación por los designios divinos. En medio de la tribulación, proclama el salmista que los caminos de Dios son santos, y prepara la oración de Jesús que ora al Padre "no se haga mi voluntad sino la tuya", y nos enseñó a rezar "hágase tu voluntad". La expresión "hijos de Jacob y de José" sólo aparece aquí referidos a los salvados en el paso del Mar Rojo, y se refiere al pueblo elegido. El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, se sabe guiado no por Moisés y Aarón sino por Cristo: "nos hemos convertido, por tanto, en pueblo adquirido por Dios en virtud de la sangre de nuestro Redentor, como en otro tiempo el pueblo de Israel fue redemido de Egipto por la sangre del cordero. Porque así como los que fueron liberados por Moisés de la esclavitud egipcia cantaron al Señor un canto triunfal después que pasaron el Mar Rojo, y el ejército del Faraón se hundió bajo las aguas, así también nosotros, después de haber recibido en el bautismo la remisión de los pecados, hemos de dar gracias por estos beneficios celestiales. En efecto, los egipcios, que afligían al pueblo de Dios, y que por eso eran como un símbolo de las tinieblas y aflicción, representan adecuadamente el misterio de nuestra redención: caminamos hacia la luz de la morada celestial, iluminados y guiados por la gracia de Cristo. Esta luz de la gracia quedó prefigurada también por la nube y la columna de fuego; la misma que los defendió, durante todo su viaje, y los condujo, por un sendero inefable, hasta la patria prometida" (S. Beda).

3.- Mt 16,24-28. Las palabras de Jesús parecen como una continuación de la reprimenda que ayer había dirigido a Pedro, al que no le gustaba oír hablar de la cruz. Jesús avisa a sus seguidores que, al igual que él mismo, en su camino hacia la Pascua, a todos ellos les tocará «negarse a si mismos», «cargar con la cruz», «seguirle», «perder la vida». Y así la ganarán y recibirán el premio definitivo. Parecen y son paradojas: pero se trata de los caminos de Dios, muy distintos de los nuestros. Ese final («algunos verán llegar al Hijo del Hombre en majestad») no sabemos a qué se refiere: tal vez, a la escena de la transfiguración, que Mateo cuenta a renglón seguido (aunque nosotros no la leamos en esta lectura continuada).

El que mejor ejemplo nos ha dado de un camino hecho de renuncia y de cruz es el mismo Jesús. Como siempre, lo que enseña, lo cumple él el primero. Pedro, quien, al principio, se mostraba tan reacio a aceptar a Jesús como «el Siervo que se entrega por los demás», después de la experiencia de la Pascua y de Pentecostés, será uno de los testigos más valientes de Cristo, orgulloso de poder sufrir por él, hasta su martirio en Roma, bajo Nerón. Estamos avisados. Podrá resultarnos duro el camino de la vida cristiana, pero no nos debe sorprender. Jesús ya nos lo ha advertido, para que no nos llamemos a engaño. No nos ha prometido éxitos y dulzuras en su seguimiento. Eso si: no nos va a defraudar, porque «pagará a cada uno según su conducta», y no se dejara ganar en generosidad (J. Aldazábal).

El viraje decisivo de los evangelios se hizo a partir de la Confesión de Pedro. Jesús se dirige hacia lo esencial, hacia "su hora"... y se concentra en lo que considera como trabajo suyo principal: la formación profunda del grupo de los Doce. -Jesús, después de haber anunciado a los discípulos su pasión y su resurrección, les dijo: "El que quiera venirse conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. "Si alguien quiere venirse conmigo..." Este "si" condicional, o sea la frase inicial: "El que quiera", me ayudan a penetrar en un misterio esencial de Dios: El es quien inventó la libertad del hombre... que es la grandeza del hombre según Dios. Jamás la forzará. "Si tú quieres venir conmigo..." ¡Sí, Señor, lo quiero! Pero ¡ven a ayudar mi flaqueza! Esto es, precisamente, lo que me atrae en el evangelio: seguirte, ir contigo, vivir mi vida humana "como la vivió Cristo". Tú has ido delante. Tú me precedes a cualquier parte que yo vaya. Considerarme como "aquel-que-trabaja-con": mis trabajos de hoy, mis responsabilidades, "contigo", siguiéndote. -Que renuncie... que cargue con su cruz... Sin estos requisitos no hay vida cristiana verdadera. La vida según el evangelio no es una vida fácil, como agua de rosas, muelle y sin consistencia. Seguir a Cristo supone un cierto número de elecciones y de rupturas. He escogido esto, he renunciado a aquello. Es necesario que revise mi vida para ver si de hecho encuentro que hay en ella renuncias. ¿A qué he renunciado por ti, Señor? ¿El que quiera salvar su vida, la perderá... el que pierde su vida por mí, la conserva. He aquí una fórmula paradójica que Jesús pronunció ciertamente, y, sin duda, con esas mismas palabras... pues se la encuentra seis veces en los evangelios: Mt 10,39; 16,25; Mc 8,35; Lc 9,24; 17,33; Jn 12,25. Nuestra vida no está hecha para ser guardada, sino para ser entregada. Amar no es "sentir emoción", no es desear poseer al otro, es olvidarse de sí mismo para darse al otro. Cada vez que uno "toma" para sí, deja de amar. No digas que amas cuando quieres solamente disfrutar del otro: ¿no sería esto entonces un amarte solamente a ti mismo? Sí, amas de veras, si eres capaz de renunciarte, de olvidarte, si eres capaz de morir a ti mismo en beneficio de aquel a quien amas. El que más ha amado, es Jesucristo. La "cruz" de Jesús no es solamente un instrumento de suplicio, de renuncia... es el signo mismo del más grande amor que haya levantado jamás a un corazón. "No te he amado en broma..." -¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si malogra su vida? o ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Es para "salvarse" que hay que "perder": la renuncia no tiene su fin en sí misma... es la condición de una "vida" en plenitud. ¡Por la renuncia y la cruz, Jesús no propone una destrucción, sino un desarrollo... una expansión total y eterna! -Porque el Hijo del hombre va a venir entre sus ángeles con la gloria de su Padre: Entonces pagará a cada uno según su conducta. Señor, ayúdanos a vivir los verdaderos valores (Noel Quesson).

Jesús, a partir de cierto momento, pone en evidencia la difícil situación que les espera al llegar a Jerusalén y va descubriendo con sus discípulos las claves que le permiten descubrir el significado de todo el camino recorrido. Insiste en este tema porque las pretensiones mesiánicas de los discípulos, especialmente de Pedro, se habían convertido en un verdadero tropiezo para la misión. Jesús, entonces, pone los puntos sobre las íes y vuelve continuamente sobre el tema de las exigencias del discípulo para evitar que quienes lo sigan se engañen.

Las exigencias parten de una renuncia radical y primera a las propias ambiciones. El auténtico discípulo no puede anteponer sus intereses a la urgencia del Reino porque estaría en el plan de la mentalidad vigente que consiste en buscar seguridades y prebendas personales. Esto es lo que significa "ganar el mundo", empeñar la propia persona en un sinnúmero de empresas que supuestamente le reportarán la felicidad de ésta vida y de la otra. La realidad, sin embargo, es otra. Los que ganan este mundo pierden su propia vida.

El camino del Maestro se convierte, entonces, en el destino del discípulo. Si el maestro ha renegado de sí mismo y ha cargado con la cruz, el discípulo no puede suavizar su opción: o con el Maestro o sin él. Desde ese momento el discípulo se abre completamente a la novedad de Dios y, a la vez, acepta el conflicto que lo enfrentará a la mentalidad vigente.

Con frecuencia nos enfrentamos con timidez a nuestras propias opciones. Somos discípulos que en lo profundo del corazón, a veces incluso de un modo simplemente inconsciente, alimentamos mesianismos triunfalistas y exitosos. Por eso, vamos por la vida haciendo tratos y contratos que nos permiten evadir los compromisos que hemos asumido. Vale la pena preguntarnos: ¿qué deberíamos cambiar para ser más auténticos discípulos? (Servicio Bíblico Latinoamericano).

 

Sábado de la 18ª semana de Tiempo Ordinario. El mandamiento más grande es el amor a Dios y a los demás, para que el amor sea auténtico ha de estar fundamentado en la la roca de la fe

Sábado de la 18ª semana de Tiempo Ordinario. El mandamiento más grande es el amor a Dios y a los demás, para que el amor sea auténtico ha de estar fundamentado en la la roca de la fe

 

Lectura del libro del Deuteronomio 6,4-13. Moisés habló al pueblo, diciendo: -«Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales. Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra que juró a tus padres -a Abrahán, Isaac y Jacob- que te había de dar, con ciudades grandes y ricas que tú no has construido, casas rebosantes de riquezas que tú no has llenado, pozos ya excavados que tú no has excavado, viñas y olivares que tú no has plantado, comerás hasta hartarte. Pero, cuidado: no olvides al Señor que te sacó de Egipto, de la esclavitud. Al Señor, tu Dios, temerás, a él sólo servirás, sólo en su nombre jurarás.»

 

Salmo 17,2-3a.3bc-4.47 y 51ab. R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador: tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido.

 

Santo evangelio según san Mateo 17,14-20. En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: -«Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques; muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo.» Jesús contestó: -« ¡Generación perversa e infiel! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo.» Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño. Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: -«¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?» Les contestó: - «Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.»

 

Comentario: 1.- Dt 6,4-13: Meditamos hoy el «Semá Israel», «Escucha Israel», que es aún ahora el comienzo de la oración cotidiana de los judíos fieles. El shemá (Dt 6,4-9), llamado así por la palabra hebrea con que comienza («¡escucha, Israel!»), es la gran oración judía, núcleo de la piedad personal y litúrgica a lo largo de su historia. Esta confesión de fe no proclama un concepto filosófico (la unicidad de Dios), sino el fruto de la experiencia de todo un pueblo: fuera de Yahvé, ningún dios se ha mostrado capaz de salvar. Y frente a este carácter excepcional de Yahvé, ¿qué se le pide a Israel? Todo se condensa en un precepto: «Amarás a Yahvé, tu Dios, con todo el corazón...» (v 5). Se trata de un único precepto que unifica la vida entera. En otros pasajes del Antiguo Testamento no se exige directamente amar a Yahvé. En los libros proféticos y en los Salmos se invita al pueblo a corresponder con fidelidad a la alianza, a «temer a Yahvé», a «obedecerle», a «adherirse a él»... El Dt usa también esas expresiones, pero es el único que presenta el «amarás a Yahvé» como expresión suprema: es la respuesta profunda del hombre libre (liberado por Yahvé) que se entrega libremente a él. Se trata de un amor que incluye la obligación de servirle y cumplir sus preceptos: «Y nos mandó cumplir todos estos mandatos temiendo a Yahvé...» (24); pero excluye el temor de esclavo: la alianza con Dios capacita al pueblo para servirlo y amarlo. El «amarás a Yahvé, tu Dios», llega hasta lo más profundo del creyente: «Con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas...» (5). Es una actitud que no admite límites ni pausas. De lo más íntimo del creyente brota luego hacia el exterior y se manifiesta en el cumplimiento fiel de cuanto dispone Yahvé. La obligación de recordar este precepto básico abarca toda la gama de actividades humanas: «Estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado» (7). Se extiende a toda la vida en el momento presente y se despliega hacia el futuro: "Las inculcarás a tus hijos" (7). Así se formará una cadena viva que hará resonar en cada generación las maravillas del pasado. En tiempos de Jesús, el shemá es el compendio de la piedad judía: «Este es el mandamiento principal y el primero» (Mt 22,37s). Jesús lo reafirma y lo amplía al prójimo: si entramos en alianza con Dios sentiremos que todos los hombres son hermanos nuestros (R. Vicent). Las exhortaciones de llevar colgados los preceptos, tomadas en sentido literal, forman las filactelias, costumbre judía de llevar los textos en cajitas colgadas de lacitos atados en la frente y brazo izquierdo. También están en las jambas de las puertas, que tocan con los dedos y luego besan al entrar o salir de la casa.

Ciertamente Jesús dijo esa plegaria todos los días de su vida. Constituye el corazón de la Fe judaica. El mismo Jesús hizo que recitase este pasaje el hombre que le hizo la célebre pregunta: «¿Qué debo hacer para obtener la vida eterna?» Y, prolongando esa enseñanza de Moisés, Jesús relató la parábola del «buen samaritano» (Lc 10,25-37). ¡Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor! Nuestra fe, como la de los judíos, no es ante todo una religión natural que el hombre ha podido descubrir reflexionando. Es una religión revelada. En una fe que procede de la «escucha» de Dios. Concédeme, Señor, que te escuche más. Tú eres el único Dios. -Amarás al Señor, tu Dios. Jesús dirá: «toda la ley se resume en este único mandamiento: ¡amarás! Dios no es ante todo el Ser supremo, el motor inicial del que necesita el universo para existir. Dios no es solamente el Gran Arquitecto, la Inteligencia primera que explica la finalidad del mundo y preside los fenómenos de la naturaleza. Dios no es únicamente el Bien por excelencia, el Valor perfecto en relación al cual serán juzgadas todas las conciencias por su elección del bien o del mal... Dios es todo esto, ciertamente. Pero, por encima de todo, quiere ser alguien con quien se entra en relación. Dios es "Alguien que ama y espera ser amado". Dios es un corazón. Dios es un ser que aceptó ser vulnerable, como si, a imagen nuestra, le hiriera la indiferencia. «He ahí ese Corazón que tanto ha amado a los hombres y que en correspondencia recibe sólo indiferencia y desprecio.» Con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas Dios espera que nos comprometamos por entero. Con el corazón, con la mente, la sensibilidad, la afectividad, el cuerpo, la actividad. No es un «amor de boquilla» lo que espera de nosotros; sino un amor que se pone de manifiesto por los actos cotidianos. ¿Qué haré HOY por Ti? -Sentado... caminando... acostado... de pie... repetirás esas palabras grabadas en tu corazón... en tu casa... en el camino... las inscribirás en tus manos... en tu frente... en las jambas de tus puertas. ¡Qué insistencia! ¡Amarás! ¡Amarás! ¡Amarás! Por todas partes, de todas las maneras, en todo momento. Para mi cuenta personal, puedo componer «mi» letanía de amor de Dios, según mi género de vida: amarás aseando tu casa y cocinando, trabajando en eso o aquello, educando a los hijos, en tu despacho, ante la máquina de escribir, con las manos al volante... en los ojos de aquellos que tú amas, en los cuidados dados a los que sufren... etc. -Cuando te hayas saciado, cuida de no olvidarte del Señor. ¡Cuidado! que la felicidad no nos aleje nunca del amor de Dios. Por lo contrario en la felicidad debemos cantar «gracias Señor». Por todo lo que de Ti he recibido, Señor, te doy las gracias. Tu eres bueno. Yo te amo. Esto es verdad. Haz que mi vida entera te lo pruebe (Noel Quesson).

Lo que Israel proclama directamente en esta fórmula es que fuera de su Dios no se le ha mostrado como divina ninguna deidad o deificación. El que se le ha revelado como Dios le ha liberado de la opresión de todos los ídolos del mundo. El "amarás" es la respuesta adecuada ante el que se ha revelado como Dios. También el Dt conoce el término temer, así como obedecer, confiarse, apegarse. Pero encontró el término "amar" como el más feliz de todos, porque expresa la entrega total del ser y nunca admite un alto o un basta. Oseas y Jeremías hacen suyo ese término; parte de la realidad humana del amor conyugal como la mejor analogía y como el lugar en que se puede vivir la relación del hombre con Dios. El Dt tiene más bien ante los ojos la imagen del amor filial: Dios es el padre que da el ser y que educa a su pueblo, como hace un padre con su hijo (8.5; 14.1), y el pueblo debe responder como el hijo ante el padre. Por supuesto, todas las analogías tienen un punto en que son válidas y muchos en que no lo son.

Esa actitud de amor ante el Dios único no debe ahorrar modos ni medios, ya que es de suprema incumbencia. Hay que grabar en la memoria tanto el "Dios es solamente uno" como el "amarás", llevarlo en la lengua, repetirlo, anunciarlo en todo momento a los hijos, escribirlo en el propio cuerpo y en los lugares visibles de la casa. Esos modos externos de actualización ayudarán a tenerlo presente a toda hora y así llenar con la fe y con el amor la existencia (Coment., edic. Marova).

El lugar que ocupa el Señor en nuestra vida. O él es el primero, el único, el todo. O no es nada. Él no se resigna a ser "también". Él se niega a ser algo así como un relleno o un suplemento. O es solamente él, y entonces está bien, aun cuando usted esté mal. Pero si es "también" él, esto es humillante y es un fracaso. También debe ser el primero en nuestras penas. Él no se contenta con añadir una pomada más, una venda suplementaria. Quiere ser el primero en ver nuestras llagas. El primero en ser informado acerca de lo que nos ha sucedido. Y quiere ser el único que las cure. Con su método especial. Tomándolas sobre sí (Alessandro Pronzato).

2. Probablemente, necesitamos que se nos vuelva a recordar: «cuidado, no olvides al Señor... al Señor tu Dios temerás, a él solo servirás». El mundo nos invita a otros altares y a otros cultos, con ídolos más o menos atrayentes. Pero nuestro Dios, el que luego se ha mostrado como el Padre de nuestro Señor Jesús, es el único que nos ha amado de veras y está pidiendo nuestro amor indivisible. La consigna de los judíos es también nuestra: «escucha, cristiano», ponte en actitud de apertura hacia ese Dios que te dirige su palabra. Es la única palabra que te ayudará a encontrar el camino verdadero.  Hoy podemos recitar, cada uno, el salmo: «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza...Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos. Viva el Señor, bendita sea mi Roca...».

La proclamación de Dios como refugio seguro e inexpugnable –"roca", "fortaleza", "peña", "escudo", etc.-, la encontramos también al final del salmo, aquí se toman estos versículos; así los comenta S. Agustín: "¡oh Dios mío, que primeramente me prestaste el auxilio de tu llamamiento para que pudiera confiar en ti! Protector mío y escudo de salud y mi redentor: eres mi protector porque no presumí de mis fuerzas levantándome contra ti con el arma de la soberbia, sino que fuiste mi arma, es decir, encontré una firme fortaleza de salvación, de modo que al instante de mostrármela me redemiste".

3.- Mt 17,14-19. Al bajar del monte, después de la escena de la transfiguración -que no hemos leído-, Jesús se encuentra con un grupo de sus apóstoles que no han sido capaces de curar a un epiléptico. Jesús atribuye el fracaso a su poca fe. No han sabido confiar en Dios. Si tuvieran fe verdadera, «nada les sería imposible». Después, «increpó al demonio y salió, y en aquel momento se curó el niño». ¡Cuántas veces fracasamos en nuestro empeño por falta de fe! Tendemos a poner la confianza en nuestras fuerzas, en los medios, en las instituciones. No planificamos con la ayuda de Dios y de su Espíritu.  Jesús nos avisó: «sin mí no podéis hacer nada». Apoyados en él, con su ayuda, con un poco de fe, fe auténtica, curaríamos a más de un epiléptico de sus males. El que cura es Cristo Jesús. Pero sólo se podrá servir de nosotros si somos «buenos conductores» de su fuerza liberadora. Como cuando Pedro y Juan curaron al paralítico del Templo. La de cosas increíbles que han hecho los cristianos (sobre todo, los santos) movidos por su fe en Dios. Tener fe no es cruzarse de brazos y dejar que trabaje Dios. Es trabajar no buscándonos a nosotros mismos, sino a Dios, motivados por él, apoyados en su gracia (J. Aldazábal).

-Un hombre se acerco a Jesús: "Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y con los ataques su estado es muy deplorable... Se lo he traído a tus discípulos y no han podido curarlo". Es curioso: Este pobre hombre, en lugar de ir directamente a Jesús, se ha dirigido primero a los apóstoles. No habiendo obtenido nada se dirige luego a su Maestro. Todo lo que sigue versará sobre un diálogo de Jesús con sus apóstoles. Y, de entrada, la respuesta de Cristo es de una increíble dureza para ellos: -"¡Gente sin fe y pervertida! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? ¡Traédmelo aquí!" Tres o cuatro veces en el evangelio Jesús manifiesta su sufrimiento de tener que vivir con gente que no entiende nada. Tú, el Hijo de Dios altísimo, Tú, el Santo, la Inteligencia sumamente aguda... has aceptado vivir con pobres seres obtusos, pecadores, incrédulos. Perdón, Señor, por nuestras pequeñeces y por nuestras mezquindades. Perdón, Señor, por todas las decepciones que te infligimos. Y ¡eran tus apóstoles los que merecían esos reproches violentos! Sí, hoy todavía, debes seguir sufriendo de ese modo y por la misma razón: obispos, sacerdotes, que dudan de que el Espíritu continúa obrando..., cristianos, que no creen en el poder del Espíritu. -...¿Por qué razón no pudimos echar ese demonio nosotros? -Porque tenéis poca fe. Jesús tropezó con la incredulidad, con la ineficacia de su trabajo: sembró la Palabra sin resultado aparente. La fe. El punto de apoyo en Dios. Sí, creo. La correspondencia a la Palabra de Dios. Sí, creo. La confianza otorgada a la Palabra de Jesús. Sí, creo. Ven, Señor, ayúdanos cuando falla nuestra fe. -Os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esta colina: "Muévete de aquí allá". Y se movería. ¡Hay que tomar en serio esas palabras del Señor! Efectivamente no se trata de desplazar materialmente "montañas~ de piedras; pero la Fe puede realizar otras tareas que no son menos difíciles: desplazar montañas de orgullo, de egoísmo, de cobardía... cambiar corazones, hábitos... transformar hombres, haciéndoles capaces de entrar en relación con Dios... La Fe, tal como es considerada aquí por Jesús, es una fuente de audacia, de iniciativa, de empresas aparentemente imposibles. ¡Desplaza mis "montañas", Señor! ¡Dame esa fe, que es el apoyo de tu propio poder divino! -Y nada os será imposible. ¡Cuánto me gusta oírte decir esto, Señor Jesús! Repíteme esa palabra. La escucho. La aplico serenamente a mi jornada de hoy sin exaltación extraordinaria, pues me conozco, sino contando solamente contigo. Sí, líbrame de mis entusiasmos que no llegan al día siguiente. Pero dame esa tenacidad de la Fe adulta, y nada me será imposible, como lo has prometido... La Fe, tal como Jesús la ve, es una fuerza: triunfa de lo imposible, duplica las fuerzas del hombre, es un "poder de Dios" para la salvación de cualquiera que cree (Rm 1,15; Noel Quesson).

 

Domingo de la 19ª semana de Tiempo Ordinario: el alimento que Jesús nos da es el pan vivo que es Él mismo, y nos hace felices.

Domingo de la 19ª semana de Tiempo Ordinario: el alimento que Jesús nos da es el pan vivo que es Él mismo, y nos hace felices.

 

En el libro de los Reyes vemos a Elías que se escapó de la reina que le perseguía por el desierto "y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: - «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: - «¡Levántate, come!» Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: - «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios", que es todo un símbolo: fue donde se reveló Dios a Abraham, a Isaac y a Jacob bajo el nombre de Yahvé; el monte de las confidencias entre Moisés y Yahvé; donde se había sellado la Alianza, por eso Moisés y Elías estarán con Jesús en el monte de la transfiguración.

Jezabel, una reina casada con el poder, le hace la vida imposible al profeta, que tiene que huir... "Caminante no hay camino, se hace camino al andar". Cuesta seguir la misión, como en "el Señor de los anillos", pero el profeta tiene la fuerza de la vocación, como los Reyes Magos que siguen la estrella, como dice una canción: "Siguiendo una estrella he llegado hasta aquí, aunque es largo el camino lo seguiré hasta el fin. Cuando sientas miedo y no puedas seguir, su luz es tu destino y hoy brilla para ti... cógela y aprieta fuerte. Lucha, cueste lo que cueste, contra el viento, contra el fuego llegarás al mismo cielo... Mi estrella será tu luz..., coge mi mano, yo estoy contigo, esto es un sueño, sueña conmigo... tu estrella será tu luz y conseguirlo no es tan difícil si la voz te sale del corazón. Juntas nuestras manos, la estrella brillará, música es la fuerza que nos empujará... juntos… corazones en una sola voz, tantas ilusiones en un corazón..." Y la estrella se esconde, o nos cansamos en el desierto y tenemos hambre…, nos falta la fe y un problema nos parece insoportable. El Salmo nos hace ver que Dios viene en nuestra ayuda como un Padre: "Gustad y ved qué bueno es el Señor… me respondió, me libró de todas mis ansias… Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege".

See full size imageEn el desierto de nuestra soledad, de la desolación más grande, podemos escuchar la voz de Dios, y un ángel en forma de alguien que nos ayuda nos despierta y anima a caminar. Pero sobre todo aquí se nos habla de una comida que nos da fuerza, la comunión, el mismo Jesús es el ángel y el pan que nos da energías cuando tenemos miedo, hambre, desesperación, altibajos, conciencia de culpabilidad, y nos ayuda a caminar ilusionados y decididos… San Pablo a los Efesios  anima a vivir en el amor de Jesús: "Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor". Todo pecado entristece al Espíritu Santo, y como dirá en otros sitios: "No te dejes vencer por el mal, vence al mal a fuerza de bien". Nadie es perfecto, pero se trata de arreglar las faltas de amor con actos de amor, debemos ser comprensivos y estar dispuestos al perdón. Si Dios nos ha perdonado a todos en Jesucristo, también nosotros debemos perdonarnos los unos a los otros.

En el Evangelio Jesús nos dice: "el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Jesús se queda como alimento, es un misterio de amor. Un obispo santo, que daba catequesis a unos peques, preguntó por qué comulgar a Jesús. Entonces, un gitano de entre los más traviesos, contestó: "Zeñó, porque pa quererlo hay que rosarlo". Claro, para tener toda la fuerza de Dios, su amor, hay que tratarle… los que lo tocan quedan curados… "quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día", "si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros". Así como la comida es necesaria como alimento del cuerpo, el alma necesita la Eucaristía; Jesús hace realidad lo que dijo: "yo estaré con vosotros cada día hasta el fin de los siglos" (Mt 28, 20) y también "venid a mí todos los que estéis cansados o agobiados, y yo os aliviaré". Está presente el mismo Jesús que nació en Belén y creció en Nazaret y que hizo milagros: es el que se nos da en la comunión. La comunión es un misterio inmenso, pues no transformamos el cuerpo de Jesús en el nuestro sino que  Jesús nos hace como Él (espirituales, hijos de Dios). La fe nos va llevando a tratar a Jesús como una persona viva, y transformarnos hasta poder decir: "no soy yo el que vivo, es Cristo quien vive en mí". Hay muchos jóvenes que no van a Misa, cierto, y otros usan esta excusa para tampoco ir ellos, pero no se trata de hacer lo que todos, sino de actuar en conciencia. Podemos recordar la vieja historia de un chico que tenía una novia en el pueblo, y se fue a hacer la mili. Desde ahí escribía a la novia cada día. El cartero llevaba puntualmente las cartas a casa de la novia, pero él, influido por malas compañías, no iba nunca al pueblo a verla, sino que utilizaba los permisos para irse de juergas. Cuando acabó la mili y volvió al pueblo, fue a casa de la novia y se encontró con la sorpresa de que la novia se había casado... ¡con el cartero! Ojos que no ven, corazón que no siente, y al no ver nunca a su novio y ver sólo al cartero, acabó por enamorarse de él. Si dejamos de tratar a una persona, poco a poco podemos quererla menos, y si esto nos pasa con Dios nuestro corazón puede llenarse con las cosas en las que ponemos el corazón. Decía una chica, leyendo el "Cántico espiritual" de San Juan de la Cruz, que "hasta entonces no se me había ocurrido plantearme mi relación con Dios como la de dos amantes... la palabra amor no me sonaba como amor real... esto me abrió una puerta, y pido al Señor cuando comulgo que me haga descubrirle/vivir como mi Amado, y sentirme yo su amada". La misa es un acontecimiento de amor, en el que Jesús, "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". ¿Estamos tratando a Dios como se merece?

Podemos decirle nosotros con san Pedro que no queremos dejarle: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna". Estar sin Jesús es un infierno insoportable, y estar con Jesús es un dulce paraíso. Hemos de ser como la luz que refleja la luz del sol. La comunión es fuente de verdadera alegría y libertad, una amistad que es fuente de amor perfecto. Le pedimos  a la Santísima Virgen que nos enseñe a recibir a Jesús como ella lo hizo.

 

jueves, 6 de agosto de 2009

6 de octubre: La Transfiguración del Señor es explicación de que la Cruz es camino de la Gloria, también para nosotros

Voy a comenzar a publicar aquí, desde hoy, una copia de las cosas que voy mandando a la red, para que puedan consultarse. Si alguien me enseña a poner orden, iré clasificando el material... Aquí comienzo hoy a poner los comentarios de las lecturas de hoy, día de la Transfiguración. Saludos,
 Llucià
 
Lectura de la profecía de Daniel 7,9-10.13-14. Durante la visión, vi
que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era
blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas
de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba
delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus
órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Mientras miraba,
en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de
hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron
poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo
respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Salmo 96,1-2.5-6.9. R. El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.
El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.
Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los
cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.
Porque tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre
todos los dioses.

Segunda carta del Apóstol San Pedro 1,16-19. Queridos hermanos: Cuando
os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor
Jesucristo no nos fundábamos en invenciones fantásticas, sino que
habíamos sido testigos oculares de su grandeza. El recibió de Dios
Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz:
«Este es mi Hijo amado, en él yo me he complacido.» Esta voz traída
del cielo la oímos nosotros estando con él en la montaña sagrada. Esto
nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en
prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro,
hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones.

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 9,1-9. En aquel tiempo,
Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a
una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se
volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún
batanero del mundo. Se le aparecieron Elías y Moisés conversando con
Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: -Maestro.
¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra
para Moisés y otra para Elías. Estaban asustados y no sabía lo que
decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
-Esté es mi Hijo amado; escuchadlo. De pronto, al mirar alrededor, no
vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la
montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie lo que habéis visto hasta
que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Esto se les
quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de
entre los muertos.

Comentario: Los teólogos medievales hablaban "de mysteriis vitae
Christi", la manifestación del Misterio en la carne humana de Jesús.
Este plan secreto de Dios, como dice san Pablo (cf., p.ex., Col 1,26;
Ef 3,5.9), era tan escondido que, cuando Jesús lo entreabre, Pedro lo
rechaza y debe ser reprendido, como leemos en el día de hoy en este
año 2009 en lo que tocaría leer en la lectura continuada, y Jesús
contesta: "Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres,
no como Dios!" Justamente en estas lecturas salen las dos piedras, la
de Moisés que brota agua (aunque dudó la primera vez) y la de Pedro
que Jesús (verdadero Moisés y guía) proclama, y que es una piedra que
duda… su fortaleza vendrá no de su poder, sino de la gracia de Dios, a
pesar de su debilidad. El relato de la Transfiguración forma un bloque
con la confesión de Pedro, el anuncio de la pasión, la reacción de
Pedro, la increpación de Jesús y la llamada al seguimiento: "el que
pierda su vida por mi causa, la salvará" (Lc 9,24). La Transfiguración
es el broche de este conjunto. Y la garantía en la que todo se
sustenta se encuentra en las palabras que se oyen desde la nube: "Este
es mi Hijo, el escogido; escuchadle". Sí: la gloria de Dios
resplandece en la faz del Hijo del hombre, del crucificado. Moisés y
Elías, gloriosos, conversaban con Jesús, "hablaban de su muerte, que
iba a consumar en Jerusalén". Y fue precisamente entonces cuando
"Pedro y sus compañeros vieron su gloria". La escenografía, las
palabras de la nube, la increpación de Jesús a Pedro (que concuerda
con la respuesta de Jesús a la tercera tentación, según Mt 4,10)
relacionan este texto con el del bautismo (que enlaza con la escena de
la tentación). Si entonces la voz del cielo proclamaba a Jesús Hijo
amado ("Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto": Lc 3,22), ahora la
voz de la nube dice imperativamente a los discípulos que lo escuchen
("Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle"). "Para que sobrellevasen
el escándalo de la cruz", comenta el prefacio de hoy (Josep M.
Totosaus).
1. Dn 7,9-10.13-14. La visión de las cuatro bestias y el "hijo del
hombre" es la escena del juicio divino. -Siguiendo la línea del cap.
2, este cap. 7 nos habla de la sucesión de diversos imperios en el
devenir histórico bajo el símbolo de cuatro bestias que salen del mar,
fuerza caótica y morada de seres hostiles a la divinidad. -La liturgia
nos tiene acostumbrados a recortar los textos bíblicos del A.T. Pero
como nosotros nos preocupamos más de la intelección del texto que de
la mera duración temporal, propongo leer todo el cap.: vs. 1-14,
visión, y vs. 15-28, explicación. - Según la concepción mítica, el
océano del que surgen las bestias es morada de potencias hostiles a la
divinidad. Y de esta concepción mítica se hace eco la Biblia para
presentarnos el mar como algo hostil, caótico... del que surgen las
cuatro bestias que representan cuatro imperios. El león alado es
Nabucodonosor, monarca de Babilonia (cfr. cap. 2): cortadas las alas
de su soberbia puede razonar, comportarse como hombre. El oso, medio
erguido, representa a Media, animal feroz siempre dispuesto a atacar y
nunca satisfecho. El leopardo o pantera, con cuatro cabezas y cuatro
alas, simboliza al imperio persa con su gran agilidad para apoderarse
de todo el mundo. La cuarta fiera no es identificable, pero es más
feroz que las demás. Los dientes de hierro pueden hacer alusión a
Alejando Magno y al imperio griego; los diez cuernos aludirían a los
sucesores de Alejandro y el cuerno más pequeño sería el perverso
Antíoco, quien vence a los otros tres cuernos para hacerse con el
poder. -Las cuatro fieras se suceden en la historia, pero no han sido
capaces de mejorar a la humanidad. Por eso es necesario un juicio
universal. El anciano es el mismo Dios, con un vestido blanco como
símbolo de victoria y de poder; el fuego que de él brota ejecuta la
sentencia, sentándose sobre un trono (=tribunal) para juzgar a la vez
a todas las potencias de nuestra historia. Por su gran perversidad la
última bestia es consumida por el fuego, a las otras tres se les
arrebata el poder, pero pueden continuar existiendo. -En los vs. 13-14
aparece "como un hombre", es decir, una figura humana, un ser no
divino que contrasta con las bestias ya descritas y a quien se le
concede todo el poder y autoridad que antes poseía Nabucodonosor; su
reino no tendrá fin. (A. Gil Modrego).
La simbología remite a Dios en su trono celeste, rodeado de gloria y
de ángeles, como Señor. Los libros simbolizan que Dios tiene presentes
todas las acciones de los hombres (cf Jr 17,1; Ml 3,16; Sal 56, 9; Ap
20,12). El que viene en las nubes del cielo "como un hijo del hombre"
y al que, tras el juicio, se le da el reino universal y eterno, es la
antítesis de las bestias. No ha surgido del mar tenebroso como
aquéllas, ni tiene aspecto terrible y feroz, sino que ha sido
suscitado por Dios –viene en las nubes-, y lleva en sí la debilidad
humana. En ese juicio el hombre parece recuperar su dignidad frene a
las bestias a las que está llamado a dominar (cf Sal 8). Tal figura
representa al "pueblo de los santos del Altísimo" (7,27), el Israel
fiel. Hijo del hombre que fue entendido como Mesías persona en el
judaísmo en tiempo de Jesús (Libro de las parábolas de Henoc); pero
tal título sólo se une a los sufrimientos del Mesías y a su
resurrección de entre los muertos cuando Jesús se lo aplica a Sí mismo
(Biblia de Navarra): "Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le
reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del
Hombre (cf. Mt 16,23). Reveló el auténtico contenido de su realeza
mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre "que ha
bajado del cielo" (Jn 3,13; cf Jn 6,62; Dn 7,13) a la vez que en su
misión redentora como Siervo sufriente: "el Hijo del hombre no ha
venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por
muchos" (Mt 20,28; cf Is 53,10-12). Por esta razón el verdadero
sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la
Cruz (cf Jn 19,19-22; Lc 23,39-43). Solamente después de su
resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante
el pueblo de Dios: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que
Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros
habéis crucificado" (Hch 2,36)" (Catecismo 440). Y la Iglesia cuando
proclama que Cristo se sentó a la derecha del Padre confiesa que fue a
Cristo a quien se dio el imperio: "Sentarse a la derecha del Padre
significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión
del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio
imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le
sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su
reino no será destruido jamás" (Dn 7,14). A partir de este momento,
los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá
fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla)" (Catecismo 664).
Es el comienzo de la segunda parte del libro de Daniel. Después de los
relatos relativos a Daniel y sus compañeros, encontramos ahora las
visiones de Daniel, clasificadas según un orden cronológico análogo al
de los relatos. Esta es la primera visión, un sueño simbólico con las
cuatro fieras y el Hijo del Hombre (vv. 2-14), lo que será explicado
por un ángel posteriormente (vv. 15-28). Se quiere presentar a Dios
como señor del tiempo y de la historia. Para evocar su presencia el
lenguaje de la fe recurre a representaciones simbólicas donde
subsisten los vestigios de antiguas mitologías despojadas de su lado
negativo: Dios es presentado como un anciano sin edad rodeado de una
corte de servidores. Dios queda velado pero se reconoce su presencia y
su acción en la historia del hombre. Apocalipsis de consuelo y coraje.
No hay asesor para Dios. El solamente juzga. En el NT, será el Hijo
del Hombre el que se constituirá en juez, asistido por los ángeles (Mt
25,31) y descrito con los rasgos del anciano de Dn 7 (Ap 1,13-14).
Cristo prometerá a sus discípulos participar en esta función judicial
(Mt 19,28; Lc 22,30). Hay aquí subyacente toda una concepción de la
historia de pecado. Todo conduce hacia un juicio final, hacia un gran
discernimiento histórico. Aquí se inscriben todas las pruebas que el
pueblo de Dios pasará en cualquier tiempo a causa de su fe. El rechazo
o aceptación del reino se convertirá en un motivo de discernimiento en
el momento último.
v. 13: "una especie de hombre".- Lit.: "un hijo de la humanidad". El
simbolismo del hombre se opone aquí al de los monstruos que le han
precedido: su venida entre las nubes lo sitúa en un contexto de
divinidad. Tenemos aquí una influencia clara de las teofanías del AT
en las que Dios aparece en la nube (cf Ex 34, 6; Lev 16, 2; Num 11,
25). La tradición judía posterior lo identificará con el mesías
(Parábolas de Enoc, 46), lo que se justifica en un contexto cultural
en el que todo grupo se incorpora, de alguna manera, a su jefe. La
liturgia, en la misma línea, ve en este Hombre a aquel, que constituye
la esperanza del creyente. De ahí que este pasaje, aplicado al triunfo
de Jesús, sea también un mensaje de esperanza. El triunfo de este Hijo
de Hombre lleva al creyente a ver reflejada en él su aspiración
personal. Así, incluso en el mismo libro de Daniel, se comienza a
esbozar el triunfo en categorías de resurrección. El desarrollo
ulterior de la revelación no se contentará con mantener esta doctrina.
Encontrará un marco muy apropiado para hacer inteligibles la muerte y
la resurrección de Jesús. Una prefiguración y una base para comprender
la significación de la transfiguración (Eucaristía 1978).
2. Salmo del Reino de Dios. Una vez más, Israel invita a la "tierra
entera", comprendidas también, las "islas lejanas" (para un judío
terreno por excelencia, las islas son símbolo de lo que está lejos,
perdido en el mar, ¡allá!). Y esta invitación, es una convocación para
venir a celebrar una fiesta de la "realeza" de Dios. Es una invitación
a la alegría porque el Señor reina y se manifiesta como Rey. La
grandeza de Dios es proclamada mediante títulos como estos: "¡Yahveh
es rey!"... "¡Señor de la tierra!" "Altísimo sobre toda la tierra!"...
"¡Santísimo!". Esta grandeza divina se manifiesta en una teofanía,
igual que en el Sinaí: ¡la tempestad, las tinieblas y las nubes los
relámpagos, el fuego, las montañas que tiemblan y se funden como la
cera! Esta "manifestación" sensible de Dios, que "aparece" en medio de
fuerzas cósmlcas no controlables por el hombre, provoca dos resultados
antitéticos:
-Los falsos dioses, los ídolos, las "vanidades", las nadas...
Desaparecen ante el rostro del único verdadero Dios: monoteísmo feroz:
"¡de rodillas todos los dioses!"
-Los fieles a este Dios, los justos, los "Hassidim", están alegres y
de fiesta, pero a una condición, la de renunciar al mal. Moralidad
feroz también "¡odiad el mal!" La religión de Israel no es una
religión de medias tintas, o de actitudes color de rosa: hay que
escoger el propio bando. "¡Ay de los servidores de los ídolos!"
•Chouraqui, judío de origen, más sensible que nosotros al juego de
palabras del hebreo traduce así: "¡petrificados, los esclavos de la
estatua!"
"El Señor es rey". "Venga tu Reino, así en la tierra como en el
cielo". Sabemos la pasión de Jesús por su Padre. Entregó su vida al
Reino. Sin embargo, Jesús, siendo el Hijo de Dios, evitó
deliberadamente todo destello divino durante el tiempo de su
Encarnación. Las "teofanías", de las cuales estaban ávidos los judíos
en los tiempos de Jesús (formados en ello por los salmos de ese
género), Jesús las rechazó sistemáticamente: "ellos pedían a Jesús un
signo bajado del cielo... De hecho, no será dado a esta generación
otro signo que el signo de Jonás. Los dejó allí y se marchó". (Mt
16,1-4). En comparación con el Antiguo Testamento, el Evangelio es
discreto. Sin embargo en la Transfiguración, citan los evangelios un
signo teofánico: "vino una nube luminosa y los cubrió con su sombra"
(Mt, Mc y Lc). Igualmente, al anunciar su gloria durante el juicio
ante el Sanedrín, Jesús recurre a este lenguaje bíblico: "Veréis venir
al Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo" (Mt 26,64; Ap 1,7).
San Pablo cita este salmo, hablando de la Encarnación como una
entronización real: "Cuando Dios presentó su primogénito al mundo
dijo: "de rodillas ante El todos los ángeles (los dioses)" (Heb 1,6).
Pero es sobre todo la Parusía de Jesús, su última venida gloriosa, la
que se asemeja más a este salmo: "Cuando venga glorioso, sobre su
trono de gloria, todas las naciones estarán reunidas ante El... Como
el relámpago que se ve brillar de Oriente a Occidente, así será la
venida del Hijo del Hombre... (Mt 24,27-31). Entonces, los "justos" se
asociarán a este triunfo como lo dice el salmo. Estas son las palabras
de San Pablo: "fortificados por su glorioso poder, con alegría dad
gracias al Padre que os concede tener parte en la herencia de los
santos en la luz: El nos libró del poder de las tinieblas y nos
condujo al Reino de su amado Hijo"... (Col 1,11-12) Observemos
finalmente que Pentecostés asoció a la venida del Espíritu Santo, "la
tempestad", y "el fuego" (Hch 2,2-3).
Delante de Dios. El Dios ante quien estoy es viviente. Cinco veces, en
este salmo, somos invitados a estar "delante" de Dios. Lenguaje muy
elocuente. El hombre, en el fondo, no tiene existencia autónoma: su
ser no lo tiene por sí mismo... El está solamente "delante" de Dios.
¡El es! Yo soy, solamente "delante" de El.
El fuego símbolo de Dios. "Delante de él va el fuego y quema a los
enemigos que lo rodean... Sus relámpagos iluminan la tierra... Las
montañas se derriten como cera"... Estaríamos fuera de lugar, en el
siglo XXI, al considerar infantiles estas imágenes. Hacen referencia
ciertamente, a un viejo fondo mítico (confrontar el mito de Prometeo,
vencido cuando trató de dominar el fuego de los dioses). Sin embargo
la ciencia moderna, si bien nos ha enseñado a dominar un poco el
fuego, nos ha revelado que vivimos sobre ciclones de fuego: el corazón
de la tierra es un fuego temible que aflora a veces en los volcanes.
El universo es un ensamblaje fantástico de "bolas de fuego", los
astros. Nuestro sol es una enorme y permanente explosión atómica, a la
que nadie, jamás se acercará... sin desaparecer, sin "ser consumido"
dice el salmo. En este grandioso y aterrador universo de fuego, una
mano creadora ha preparado un espacio tibio, en que la vida pueda
existir, el planeta tierra. Sí, Dios nos ha permitido "ser delante" de
El. Nos ha dado un espacio, un tiempo... para existir. Haríamos el
ridículo pretendiendo pasar por astutos ante Dios.
¡Odiad el mal! El hombre moderno utiliza frecuentemente el lenguaje
del combate. La Biblia también. Este salmo no es ni mucho menos de
tranquilidad. En mí, alrededor de mí, debo luchar contra el mal. La
palabra es fuerte: debo "arrancarme" del poder del mal, con la ayuda
de Dios. La alegría brilla para el justo. Esta imagen de siembra
atempera la violencia de las otras imágenes: Jesús la utiliza
preferentemente. Más que el resplandor de un relámpago, el Reino de
Dios es una "semilla", destinada a crecer lentamente. La luz y la
alegría de Dios sembradas en la humanidad, crecen poco a poco... ¡Hay
que creerlo! Israel, a la merced de las naciones paganas que lo
rodeaban seguía creyendo que una "luz fue sembrada" (Noel Quesson).
«El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. El
gran mandamiento: ¡Alegraos! Esencia y resumen de todos los demás
mandamientos. Ama y adora, sé justo y amable, ayuda a los demás y haz
el bien. En una palabra, alégrate, y haz que los demás se alegren.
Logra en tu vida y muestra en tu rostro la felicidad que viene de
servir al Señor. Alégrate con toda tu alma en su servicio. Sé sincero
en tu sonrisa y genuino en tu reír. Trae la alegría a tu vida, y que
ello sea señal y prueba de que estás a gusto con Dios y con su
creación, con los hombres y la sociedad: en eso consisten la ley y los
profetas. Alégrate de corazón. El Señor está contigo.
«Lo oye Sión y se alegra. Se regocijan las ciudades de Judá por tus
sentencias, Señor». Esa es la ley de Sión y la regla de Judá.
Regocijaos y alegraos. Con eso demostraréis que el Señor es vuestro
Dios y vosotros sois su pueblo. Alegría en las personas y alegría en
el grupo. Ese es el camino de la virtud, el secreto de la fortaleza,
la llamada a todos los hombres para que vengan y vean y reflexionen
sobre la elección de Israel y el poder de su Dios. El poder de hacer
que su pueblo se alegre. La virtud de la alegría es virtud difícil. Y
es difícil, porque ha de ser genuina y profunda para merecer el
nombre, y no es fácil obtener alegría auténtica en un mundo de penas.
Necesito fe, Señor; necesito una visión larga y una paciencia
duradera; necesito sentido del humor y ligereza de ánimo y, sobre
todo, necesito me asegures que a través de todas las pruebas de mi
vida privada y de la historia de la humanidad, dentro de mí mismo,
allí en el fondo de mi alma, estás tú con toda la fuerza de tu poder y
la ternura de tu amor. Con esa fe puedo vivir, y con esa fe puedo
sonreír. El don de la alegría es la flor de tu gracia en la aridez de
mi alma. Gracias por la alegría que me das, Señor; gracias por el
valor de sonreír, el derecho a la esperanza, el privilegio de mirar al
mundo y sentirme contento. Gracias por tu amor, por tu poder y por tu
providencia, que son el fundamento inamovible de mi alegría diaria.
Alegraos conmigo todos los que conocéis y amáis al Señor. «Alegraos,
justos, con el Señor, celebrad su santo nombre» (Carlos G. Vallés)
A Ruperto de Deutz -como antes a otros escritores- la meditación de la
primera estrofa le sugiere el éxodo de los judíos por el desierto y la
teofanía del Sinaí. "¿Quién, pues, podría ser este guía del viaje,
sino Aquél que es para nosotros camino, Jesucristo, el Hijo de Dios?
Columna de fuego porque es verdadero Dios y columna de nube, porque es
verdadero Hombre. Durante el tiempo que duró la noche, sólo permanecía
la columna de fuego; pero cuando despierta el día de la gracia y el
tiempo de la misericordia, el fuego se convierte en nube. El que es
Dios se hace Hombre. De este modo, resulta ser incluso un sol de fuego
más intenso todavía: es sol de justicia, brillante en pleno día,
porque es fuego revelador.
Sin embargo, a fin de que nuestra mirada fuera capaz de contemplarlo,
ha venido en la nube: Dios ha venido en la carne para convivir con los
hombres... El verdadero Sol, la fuente de la Luz, viene todo El a
nosotros en la nube de su Carne. Y este sol, aún cubierto incluso por
la nube, difunde más claridad, que, antaño, la columna de fuego en la
noche."
La Carta a los Hebreos, partiendo de la traducción griega de los
Setenta, refiere este versículo a Cristo, afirmando que, en el momento
de la Encarnación, el Padre dice: "Que le adoren todos los Ángeles de
Dios." Los Ángeles, a los que podemos contemplar adorando al Señor al
instante siguiente del 'fiat' de la Virgen, cuando el Verbo se hizo
carne, se aprestaron también a su servicio en las circunstancias más
significativas de su vida terrena. De hecho, la alegría de Jerusalén
se manifiesta en la segunda parte del salmo con el verbo "alegrarse"
que da unidad al conjunto de la composición. La invitación a la
alegría que recorre el salmo culmina en la que el ángel desea a la
Virgen María al anunciarle la concepción y el nacimiento de Jesús (Lc
1,28). La Virgen escucha palabras semejantes a las que el profeta
Sofonías dirigía a Jerusalén la hija de Sión (So 3,14-15) porque ella
es la que representa al pueblo fiel y justo que siente la alegría de
la llegada del Reino de Dios.
En la agonía de Gethsemaní, Jesús se deja confortar por un Ángel, por
una criatura. Es el abismo de humildad que hay en Cristo. Él,
-prosigue la Epístola- "tras realizar la purificación de los pecados,
está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas; hecho tanto
más superior a los Ángeles, cuanto más se eleva sobre ellos el nombre
que heredó." La realeza de Cristo, de la que está hablando todo el
salmo, se extiende, por tanto, no sólo a los pueblos de la tierra,
sino también a los Ángeles.
Es fácil descubrir en esta estrofa, con la ayuda de la tradición, una
profecía de la segunda venida de Cristo. Venida precedida de grandes
cataclismos cósmicos: Los montes se derretirán como cera ante el dueño
de toda la tierra y todos los pueblos contemplarán su gloria (v. 6).
Pero el Señor ha prometido a los suyos: "os volveré a ver y se
alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría." Para los
justos y rectos de corazón amanecerá entonces el gran día de la luz y
del gozo se alegrarán con el Señor y celebrarán su santo Nombre (Félix
Arocena / Biblia de Navarra).
Juan Pablo II comentaba así el salmo de esa alegría pascual: "El Salmo
comienza con una solemne proclamación:  "El Señor reina, la tierra
goza, se alegran las islas innumerables" y se puede definir una
celebración del Rey divino, Señor del cosmos y de la historia. Así
pues, podríamos decir que nos encontramos en presencia de un salmo
"pascual". Sabemos la importancia que tenía en la predicación de Jesús
el anuncio del reino de Dios. No sólo es el reconocimiento de la
dependencia del ser creado con respecto al Creador; también es la
convicción de que dentro de la historia se insertan un proyecto, un
designio, una trama de armonías y de bienes queridos por Dios. Todo
ello se realizó plenamente en la Pascua de la muerte y la resurrección
de Jesús.
(…) Inmediatamente después de la aclamación al Señor rey, que resuena
como un toque de trompeta, se presenta ante el orante una grandiosa
epifanía divina. Recurriendo al uso de citas o alusiones a otros
pasajes de los salmos o de los profetas, sobre todo de Isaías, el
salmista describe cómo irrumpe en la escena del mundo el gran Rey, que
aparece rodeado de una serie de ministros o asistentes cósmicos:  las
nubes, las tinieblas, el fuego, los relámpagos. Además de estos, otra
serie de ministros personifica su acción histórica: la justicia, el
derecho, la gloria. Su entrada en escena hace que se estremezca toda
la creación. La tierra exulta en todos los lugares, incluidas las
islas, consideradas como el área más remota (cf Sal 96,1). El mundo
entero es iluminado por fulgores de luz y es sacudido por un terremoto
(cf v 4). Los montes, que encarnan las realidades más antiguas y
sólidas según la cosmología bíblica, se derriten como cera (cf v 5),
como ya cantaba el profeta Miqueas:  "He aquí que el Señor sale de su
morada (...). Debajo de él los montes se derriten, y los valles se
hienden, como la cera al fuego" (Mi 1,3-4). En los cielos resuenan
himnos angélicos que exaltan la justicia, es decir, la obra de
salvación realizada por el Señor en favor de los justos. Por último,
la humanidad entera contempla la manifestación de la gloria divina, o
sea, de la realidad misteriosa de Dios (v 6), mientras los "enemigos",
es decir, los malvados y los injustos, ceden ante la fuerza
irresistible del juicio del Señor (cf v 3).
Después de la teofanía del Señor del universo, este salmo describe dos
tipos de reacción ante el gran Rey y su entrada en la historia. Por un
lado, los idólatras y los ídolos caen por tierra, confundidos y
derrotados; y, por otro, los fieles, reunidos en Sión para la
celebración litúrgica en honor del Señor, cantan alegres un himno de
alabanza. La escena de "los que adoran estatuas" (cf. vv. 7-9) es
esencial:  los ídolos se postran ante el único Dios y sus seguidores
se cubren de vergüenza. Los justos asisten jubilosos al juicio divino
que elimina la mentira y la falsa religiosidad, fuentes de miseria
moral y de esclavitud. Entonan una profesión de fe luminosa: "tú eres,
Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los
dioses" (v. 9). (…) El profeta Malaquías declaraba:  "Para vosotros,
los que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia" (Ml 3, 20). (…)
El reino de Dios es fuente de paz y de serenidad, y destruye el
imperio de las tinieblas. Una comunidad judía contemporánea de Jesús
cantaba: "La impiedad retrocede ante la justicia, como las tinieblas
retroceden ante la luz; la impiedad se disipará para siempre, y la
justicia, como el sol, se manifestará principio de orden del mundo"
(Libro de los misterios de Qumrân)".
3. 2 P 1,16-19. La segunda lectura afirma que "habíamos sido testigos
oculares de su grandeza (...). Esta voz del cielo la oímos nosotros,
estando con él en la montaña sagrada". Ver, oír, contemplar... La
autoridad apostólica sobre la condición divina de Jesús no se basa en
"fábulas ingeniosas" (v 16), sino en los testigos oculares de la
revelación de Jesús en el Tabor, y esta divinidad velada se
manifestará en la segunda venida en plenitud. "Hemos contemplado su
gloria" (Jn 1,14); "lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros
propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la
Palabra de la Vida" (1Jn 1,1). Aunque hay cosas en la experiencia
cristiana no es algo que se pueda ver o tocar: "Dichosos los que crean
sin haber visto" (Jn 20,29). Esta segunda lectura termina
recomendándonos "prestarle atención" a la palabra de los profetas.
Afirmémonos, pues, en la Palabra ("la Palabra de la Vida"). El Hijo
del hombre que viene entre las nubes del cielo y a quien se le da
poder, honor y reino es el Hijo del hombre que han visto caminar y
vivir y morir y resucitar y proclamar: "Mi reino no es de este mundo;
mi reino no es de aquí" (Jn 18,36-37). Por esto también hay que
procurar vivir de fer y no nos perdamos por los caminos arenosos de
"invenciones fantásticas", de cuentos de hadas, o de "evidencias"
materiales. La Transfiguración del Señor, san Salvador. Que el Padre
nos conceda el don de descubrir y contemplar la claridad de su rostro
glorioso y vivificante en el rostro humilde y tan humano del Hijo del
hombre, del hombre de dolores. Que nos conceda el don de escuchar su
palabra de vida y seguir su camino, incluso cubiertos por la oscuridad
de la nube. "Contempladlo y quedaréis radiantes" (Sal 33, 6). Juan
Pablo II consideraba la Trinidad en esta escena: "«recibió de Dios
Padre honor y gloria, cuando la sublime gloria le dirigió esta voz:
"Este es mi Hijo predilecto, en quien me complazco». Nosotros mismos
escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte
santo. Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la
cual hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que luce en lugar
oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones
el lucero de la mañana" (2 P 1, 17-19). Visión y escucha,
contemplación y obediencia son, por consiguiente, los caminos que nos
llevan al monte santo en el que la Trinidad se revela en la gloria del
Hijo. «La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la
gloriosa venida de Cristo "el cual transfigurará este miserable cuerpo
nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo" (Flp 3,21). Pero nos
recuerda también que "es necesario que pasemos por muchas
tribulaciones para entrar en el reino de Dios" (Hch 14,22)»
(Catecismo, 556).
La liturgia de la Transfiguración, como sugiere la espiritualidad de
la Iglesia de Oriente, presenta en los apóstoles Pedro, Santiago y
Juan una «tríada» humana que contempla la Trinidad divina. Como los
tres jóvenes del horno de fuego ardiente del libro de Daniel (cf Dn
3,51-90), la liturgia «bendice a Dios Padre creador, canta al Verbo
que bajó en su ayuda y cambia el fuego en rocío, y exalta al Espíritu
que da a todos la vida por los siglos» («Matutino de la fiesta de la
Transfiguración»).
También nosotros oremos ahora al Cristo transfigurado con las palabras
del «Canon de san Juan Damasceno»: «Me has seducido con el deseo de
ti, oh Cristo, y me has transformado con tu divino amor. Quema mis
pecados con el fuego inmaterial y dígnate colmarme de tu dulzura, para
que, lleno de alegría, exalte tus manifestaciones»".
En cuanto a su contenido, omite algunos detalles que aparecen en esa
narración, va al fondo, o mejor, a uno de los puntos básicos de ella:
manifestación de la gloria de Cristo, confirmación de la fe que ha de
prestarse a El, sólo a El y no a ninguna de las doctrinas "nuevas" que
amenazan al Evangelio.
Pasados los primeros entusiasmos, el desencanto hizo su aparición en
las primitivas comunidades cristianas. Una de las fuentes de este
desencanto fue el retraso de la parusía. En ambientes no cristianos,
parusía era el término empleado para designar la visita de los dioses
o del emperador. Pablo cristianizó el término refiriéndolo a la visita
o venida gloriosa de Cristo.
Al retrasarse esta venida, empezó a correrse la voz de que tal venida
era un cuento, una invención fraudulenta. A estas voces sale al paso
la segunda carta de Pedro, exhortando a los creyentes a mantenerse
firmes en la esperanza escatológica. Para garantizar la seguridad de
la esperanza cristiana, el autor de la carta aduce dos tipos de
pruebas: la transfiguración de Jesús (vs. 16-18) y el Antiguo
Testamento (v. 19).
La venida gloriosa de Cristo no es un cuento o un mito. Lo sería si
Cristo no poseyera una grandeza y una gloria. Nadie da lo que no
tiene. Pero Cristo posee esas prerrogativas. Testigos de ello son los
que estuvieron presentes en la "transfiguración" de Jesús ("Eucaristía
1978").
La 2P tiene como intención el salir al paso de una serie de teorías
religiosas que los "impíos" (2,1) van infiltrando en la comunidad.
Quiere mantener la pureza de la fe en un tiempo de prueba. Para ello
emplea numerosas construcciones y situaciones de apocalipsis. Con un
lenguaje plástico el autor se identifica con Pedro el apóstol
(probablemente la carta es posterior) y recuerda lo esencial de la fe.
De ahí que, concretamente, quiere dejar en claro que la gloria de
Jesús, su ser salvador, no se basa absolutamente en no sé qué
genealogías interminables, tal como parece postular la gnosis
cristiano-judía, sino en el poder y amor mismo de Dios. La historia de
Jesús no es una historia mitológica sino salvífica.
Este momento culmen y especial de revelación del que habla el autor
parece referirse al hecho de la transfiguración. Allí Jesús recibió el
testimonio más fuerte de su filiación divina. Para la 2 Pe la
filiación no es solamente una gracia, sino algo propio y lo más puro
de la fe, lo más hondo de la revelación. Celebrando la gloria de
Jesús, el creyente celebra su propia gloria.
La redacción revela una elaboración teológica posterior. La montaña es
allí una montaña alta (Mt 17,1), aquí es la montaña, un lugar de
revelación (cf Ex 19). El autor apela al hecho de la transfiguración
para mostrar la filiación divina de Jesús. Fe primitiva y sencilla
pero llena de fundamento. Celebrar la transfiguración es consolidar
nuestra fe en Jesús. La confirmación que Jesús da a toda la Escritura
anima al creyente para continuar creyendo en él como Hijo a pesar de
la contradicción externa o interna. Así la predicación apostólica se
convierte en verdadera antorcha que alumbra el camino del creyente. El
cristiano se apoya en la debilidad del signo de la Palabra y desde ahí
saca arrestos para vivir su fe. En esa debilidad encuentra fuerza. Un
argumento más para apoyarse en la gloria de Jesús ("Eucaristía 1978").
4. Mc 9,2-10 (paralelos: Mt 17,1-9; Lc 9,28b-36; cf comentarios en el
Domingo II de Cuaresma de cada uno de los tres ciclos). Algunos
elementos, como la nube y la voz celestial, la presencia de Moisés y
de Elías, evocan la presencia en el Sinaí. Con esto se quiere afirmar
que Jesús es el "nuevo Moisés", que en él llegan a su cumplimiento las
esperanzas, la alianza y la ley. Otros elementos, como la
transfiguración de su rostro, las vestiduras blancas, evocan al Hijo
del Hombre del profeta Daniel, glorioso y vencedor, y parecen ser un
anticipo de la resurrección: intentan revelarnos el significado
escondido de la vida de Jesús, su destino personal. Jesús, el que
camina hacia la cruz, es realmente el Señor. Jesús marcha hacia la
cruz: es donde encontramos el cumplimiento de todas las esperanzas. Y
es precisamente este camino mesiánico el que encierra un significado
pascual. La transfiguración se convierte en la revelación no sólo de
lo que será Jesús después de la cruz, sino lo que él es a lo largo del
viaje hacia Jerusalén. Es ésta una clave que nos permite captar la
verdadera naturaleza de Jesús detrás de lo que podríamos llamar su
realidad fenoménica. Pero la transfiguración no tiene sólo un
significado cristológico. En la intención de Marcos asume un papel
importante también en la experiencia de fe del discípulo. Los
discípulos han comprendido que Jesús es el Mesías y están ya
convencidos de que su camino conduce a la cruz; pero no llegan a
comprender que la cruz esconde la gloria. A este propósito tienen
necesidad de una experiencia, aunque sea fugaz y provisional: tienen
necesidad de que se descorra un poco el velo. Y éste es el significado
de la transfiguración en la vida de fe del discípulo: es una
verificación. Dios les concede a los discípulos, por un instante,
contemplar la gloria del Hijo, anticipar la pascua. El velo que se
descorre no revela únicamente la realidad de Jesús, sino también la
realidad del discípulo que camina con él hacia la cruz y también hacia
la resurrección, y está con él en posesión -por encima de la realidad
fenoménica engañosa- de la presencia victoriosa de Dios. En otras
palabras, podemos comparar a la transfiguración con lo que solemos
llamar las "comprobaciones", esos momentos luminosos que encontramos a
veces en el viaje de la fe, momentos gozosos dentro de la fatiga
cristiana. No son momentos que se encuentran automáticamente y de
cualquier manera; hay que saber descubrirlos. Y sobre todo no hay que
olvidar que su presencia es fugaz y provisional. EL discípulo tiene
que saber contentarse con ellos; esas experiencias tendrán que ser
escasas y breves. A Pedro le habría gustado eternizar aquella visión
clara e imprevista, aquella experiencia gloriosa. Se trata de un deseo
que manifiesta una incomprensión de aquel suceso, que no es el
comienzo de lo definitivo, que no es la meta, sino sólo una
anticipación profética de la misma. El camino del discípulo sigue
siendo todavía el camino de la cruz. Dios le ofrece una comprobación,
una prenda, y es preciso aceptar esa prenda, sin exigencias de ningún
género.
Finalmente, hay un aspecto sobre el que hay que reflexionar y que en
cierto sentido parece constituir el punto central del texto: la orden
de "escucharlo". Escuchar es lo que caracteriza al discípulo. Su
ambición no es la de ser original, sino la de ser servidor de la
verdad, en posición de escucha… Exige no solamente inteligencia para
comprender, sino también coraje para decidirse. En efecto, la palabra
que escuchamos es una palabra que nos compromete y que nos arranca de
nosotros mismos (Bruno Maggioni).
Ya leímos este evangelio en el segundo domingo de Cuaresma. Los
capítulos 8 y 9 de Mc constituyen una bisagra: Jesús pasa de Galilea a
Jerusalén, de la aceptación al rechazo de su persona, de la
proclamación del Reino al anuncio de su pasión. Entre la primera y la
segunda predicación de la pasión, Marcos coloca la escena de la
Transfiguración. Sus diferentes elementos como son el vocabulario, las
imágenes empleadas y las referencias al Antiguo Testamento nos indican
que el texto participa de las características de una epifanía
apocalíptica. El rostro resplandeciente y la túnica blanca nos
recuerdan la visión del Hijo del hombre que hemos leído en la primera
lectura. En Cristo se nos revela el rostro divino de Dios, del mismo
Dios que salva a Israel de Egipto por medio de Moisés (Ex 19), Elías
de la muerte (1R 19) y el pueblo de los Santos de la persecución
helenística (cf. Dn 7). Pero el relato se abre también a la actitud de
los discípulos en su camino tras Jesús. "Éste es mi Hijo amado;
escuchadlo" propone al discípulo la actitud receptiva de la escucha.
Escucha que no sólo incluye la palabra, sino también la aceptación de
la persona del nuevo Siervo de Yahvé (cf. Is 42,1, citado por Mc).
Cristo, el auténtico Hijo del hombre, invita al creyente a descubrir
la presencia divina en su predicación y en su obra. Jesús puede
también transfigurar nuestra vida, puede ayudarnos a descubrir la
presencia de Dios en nuestra historia, y a ser sus testigos ante un
mundo secularizado (Jordi Latorre).
Como cada año, el evangelio de este domingo nos describe la
transfiguración del Señor, y, como cada año, esta descripción está
orientada a preparar nuestros espíritus para una comprensión más
profunda del misterio pascual. El relato de Mc es más breve que el de
los otros dos sinópticos, pero contiene como elemento propio (aparte
del detalle del blanco de los vestidos que ningún batanero -¿por qué
no traducir "ningún detergente puede imitar"?- la insistencia en el
hecho de que los apóstoles no entendieron del todo qué querría decir
aquello de resucitar de entre los muertos.
Fue un instante de éxtasis, que les hizo entrever la realidad gloriosa
de Jesús, pero que aún no les mostró toda la profundidad de su
misterio. Para llegar a entenderlo, de algún modo, fue necesario el
contacto real con la vida, fue necesario que, a través de los
sufrimientos y muerte de Jesús -y a través de sus propios sufrimientos
y, más adelante, de su propia muerte-, comprendieran que hay que pasar
por la muerte para llegar a la vida, médula de la realidad del
misterio pascual. Tampoco nosotros entenderemos qué significa
"resucitar" si nos quedamos sólo en el terreno de la fe contemplativa
-y es muy posible que, en el nivel teórico, se nos presenten grandes
dificultades para aceptar este misterio-. En cambio, si descendemos de
la montaña de las ideas a la tierra firme de las realidades diarias,
experimentaremos en carne viva lo que significa morir a nosotros
mismos y vivir hacia Dios y hacia los hermanos; entenderemos qué es la
resurrección (J. Llopis).
En la Transfiguración, Jesús muestra anticipadamente a los discípulos
la gloria que merecerá por su pasión, en Él se cumplen las Escrituras
de Moisés y Elías. Como hemos recordado, se completa aquí lo referente
a la pasión que había anunciado poco antes a los discípulos, que aquí
vemos reaccionando desconcertados con alegría y temor. Los
representantes de la Ley y los Profetas se aparecen: "toda la
Escritura divina forma un solo libro, y ese único libro es Cristo, ya
que toda la Escritura divina habla de Cristo y toda ella se realiza en
Cristo" (Hugo de San Víctor). Además, "si, como dice el apóstol Pablo,
Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce
las Escrituras no conoce el poder de dios ni su sabiduría, de ahí se
sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo" (S. Jerónimo).
El episodio es también una descripción de la personalidad de Jesús: es
Señor (v 4). Hijo de Dios, en quien Dios se complace (v 5; cf Is
42,1), a quien debemos escuchar (porque es el revelador de Dios): como
decía san Juan de la Cruz, en la Biblia nos habla el Señor de una sola
palabra, Cristo. Atanasio el Sinaíta escribe que «Él se había
revestido con nuestra miserable túnica de piel, hoy se ha puesto el
vestido divino, y la luz le ha envuelto como un manto». El mensaje que
Jesús transfigurado nos trae son las palabras del Padre: «Éste es mi
Hijo amado; escuchadle» (Mc 9,7). Escuchar significa hacer su
voluntad, contemplar su persona, imitarlo, poner en práctica sus
consejos, tomar nuestra cruz y seguirlo. Con el fin de evitar
equívocos y malas interpretaciones, Jesús «les ordenó que no contaran
a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera
resucitado de entre los muertos» (Mc 9,9). Los tres apóstoles
contemplan a Jesús transfigurado, signo de su divinidad, pero el
Salvador no quiere que lo difundan hasta después de su resurrección,
entonces se podrá comprender el alcance de este episodio. Cristo nos
habla en el Evangelio y en nuestra oración; podemos repetir entonces
las palabras de Pedro: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí!» (Mc 9,5),
sobre todo después de ir a comulgar. El prefacio de la misa de hoy nos
ofrece un bello resumen de la Transfiguración de Jesús. Dice así:
«Porque Cristo, Señor, habiendo anunciado su muerte a los discípulos,
reveló su gloria en la montaña sagrada y, teniendo también la Ley y
los profetas como testigos, les hizo comprender que la pasión es
necesaria para llegar a la gloria de la resurrección». Una lección que
los cristianos no debemos olvidar nunca (Joan Serra Fontanet).
Este pasaje, del cual se pueden sacar muchas conclusiones teológicas,
nos muestra que, si bien es cierto que toda nuestra vida esta fundada
en el encuentro profundo y personal con Jesús, producto de nuestra
oración, no debemos olvidar que nos espera un mundo en el que hay que
establecer el Reino. Los apóstoles, ante la visión gloriosa de Jesús,
desearían pasar toda la vida con él. Ya se les había olvidado incluso
sus amigos y compañeros a los cuales habían dejado al pie del monte.
La vida debe balancearse entre la oración y la actividad. De la
oración sacaremos la fuerza y la sabiduría para poder enfrentar al
mundo y construirlo; del trabajo en el mundo regresaremos a la oración
con los ojos pesados de sueño, pero con el corazón ardiendo en espera
del encuentro con el Señor. Cuando estemos gozando de la intimidad de
Dios, sea en nuestra oración cotidiana, después de la comunión, en un
retiro, etc., tengamos siempre presente este regalo nos lo ha
concedido Jesús, como lo hizo con sus apóstoles, para fortalecer
nuestra fe y para enviarnos a compartir lo que en la oración hemos
vivido y experimentado (Ernesto María Caro).
Comenta S. Agustín: "Ve esto Pedro y, juzgando de lo humano a lo
humano, dice: Señor, bueno es estarnos aquí (Mt 17,4). Sufría el tedio
de la turba, había encontrado la soledad de la montaña. Allí tenía a
Cristo, pan del alma. ¿Para qué salir de aquel lugar hacia las fatigas
y los dolores, teniendo los santos amores de Dios y, por tanto, las
buenas costumbres? Quería que le fuera bien, por lo que añadió: Si
quieres, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra
para Elías (ib.). Nada respondió a esto el Señor, pero Pedro recibió,
no obstante, una respuesta, pues mientras decía esto, vino una nube
refulgente y los cubrió. Él buscaba tres tiendas. La respuesta del
cielo manifestó que para nosotros es una sola cosa lo que el sentido
humano quería dividir. Cristo es la Palabra de Dios, Palabra de Dios
en la ley, Palabra de Dios en los profetas. ¿Por qué quieres dividir,
Pedro? Más te conviene unir. Busca tres, pero comprende también la
unidad.
Al cubrirlos a todos la nube y hacer en cierto modo una sola tienda,
sonó desde ella una voz que decía: Éste es mi Hijo amado (ib., 5).
Allí estaba Moisés, allí estaba Elías. No se dijo: «Éstos son mis
amados». Una cosa es, en efecto, el único, y otra los adoptados. Se
recomienda a aquél de donde procedía la gloria a la ley y a los
profetas. Éste es, dice, mi Hijo amado, en quien me he complacido;
escuchadle (ib.), puesto que en los profetas fue a él a quien
escuchasteis y lo mismo en la ley. Y ¿dónde no le oísteis a él? Oído
esto, cayeron a tierra. Ya se nos manifiesta en la Iglesia el reino de
Dios. En ella está el Señor, la ley y los profetas; pero el Señor como
Señor; la ley en Moisés, la profecía en Elías, en condición de
servidores, de ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y
los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía de ellos, de él
lo tomaban.
El Señor extendió su mano y levantó a los caídos. A continuación no
vieron a nadie más que a Jesús solo (ib., 8). ¿Qué significa esto?
Cuando se leía el Apóstol, oísteis que ahora vemos en un espejo, en
misterio, pero entonces veremos cara a cara. Hasta las lenguas
desaparecerán cuando llegue lo que ahora esperamos y creemos. En el
caer a tierra simbolizaron la mortalidad, puesto que se dijo a la
carne: Tierra eres y a la tierra volverás (Gn 3,19). Y cuando el Señor
los levantó, indicaba la resurrección. Después de ésta, ¿para qué la
ley, para qué la profecía? Por esto no aparecen ya ni Elías ni Moisés.
Te queda sólo: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba
junto a Dios y la Palabra era Dios (Jn 1,1). Te queda el que Dios es
todo en todo. Allí estará Moisés, pero no ya la ley. Veremos allí a
Elías, pero no ya al profeta. La ley y los profetas dieron testimonio
de Cristo, de que convenía que padeciese, resucitase al tercer día de
entre los muertos y entrase en su gloria. Así se cumple lo que Dios
prometió a los que lo aman: El que me ama será amado por mi Padre y yo
también lo amaré. Y como si le preguntase: «Dado que le amas, ¿qué le
vas a dar?». Y me mostraré a él (Jn 14,21). ¡Gran don y gran promesa!
El premio que Dios te reserva no es algo suyo, sino él mismo. ¿Por qué
no te basta, ¡oh avaro!, lo que Cristo prometió? Te crees rico, pero
si no tienes a Dios ¿qué tienes? Otro puede ser pobre, pero si tiene a
Dios, ¿qué no tiene?
Desciende, Pedro. Querías descansar en la montaña, pero desciende,
predica la palabra, insta oportuna e importunamente, arguye, exhorta,
increpa con toda longanimidad y doctrina. Trabaja, suda, sufre algunos
tormentos para poseer en la caridad, por el candor y la belleza de las
buenas obras, lo simbolizado en las blancas vestiduras del Señor.
Cuando se lee al Apóstol, oímos que dice en elogio de la caridad: No
busca lo propio (1 Cor 13,5). No busca lo propio, porque entrega lo
que tiene. Y en otro lugar dijo algo, que si no lo entiendes bien,
puede ser peligroso; siempre con referencia a la caridad, el Apóstol
ordena a los miembros fieles de Cristo: Nadie busque lo suyo, sino lo
ajeno (1 Cor 10,24). Oído esto, la avaricia, como buscando lo ajeno a
modo de negocio, maquina fraudes para embaucar a alguien y conseguir,
no lo propio, sino lo ajeno. Reprímase la avaricia y salga adelante la
justicia.
Escuchemos y comprendamos. Se dijo a la caridad: Nadie busque lo
propio, sino lo ajeno. Pero a ti, avaro, que ofreces resistencia y te
amparas en este precepto para desear lo ajeno, hay que decirte:
«Pierde lo tuyo». En la medida en que te conozco, quieres poseer lo
tuyo y lo ajeno. Cometes fraudes para poseer lo ajeno; sufre un robo
que te haga perder lo tuyo, tú que no quieres buscar lo tuyo, sino que
quitas lo ajeno. Si haces esto, no obras bien. Oye, avaro; escucha. En
otro lugar te expone el Apóstol con más claridad estas palabras: Nadie
busque lo suyo, sino lo ajeno. Dice de sí mismo: Pues no busco mi
utilidad, sino la de muchos, para que se salven (ib., 33). Pedro aún
no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto,
¡oh Pedro!, te lo reservaba para después de su muerte. Ahora, no
obstante, dice: «Desciende a trabajar a la tierra, a servir en la
tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra. Descendió
la Vida para encontrar la muerte; bajó el Pan para sentir hambre; bajó
el Camino para cansarse en el camino; descendió el Manantial para
sentir sed, y ¿rehúsas trabajar tú? No busques tus cosas.-Ten caridad,
predica la verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás
seguridad»".
Muéstrate, por fin, Señor. / No permanezcas por más tiempo / oculto a
nuestros ojos. / No guardes silencio más días.
¿Hasta cuándo vamos a caminar entre tinieblas, / cansados,
desorientados y abatidos? / Desata tu brazo, Señor, desata tu poder /
y sal en defensa del pobre y oprimido. / Tiende tus brazos a los que
vacilan, / hazte encontradizo a los que te buscan,  / sorprende a los
que te huyen.
No permitas que se blasfeme tu nombre, / diciendo: es el azar, / es el
inconsciente, / es la materia. / ¿Acaso el que ha hecho el oído... no
oye? / ¿No ve el que se ha inventado los ojos?
Los pensamientos de todos los hombres / están en tu ordenador, / todas
sus palabras están registradas.
Bienaventurado / el que se deja enseñar por tu palabra. / Dichosos los
que no ven y creen. / Sin estar en la seguridad social, están seguros.
/ Sin necesidad de tranquilizantes, / dormirán tranquilos y vivirán en
paz.
Porque tú, Señor, / eres nuestro Padre / y nos quieres.