viernes, 26 de mayo de 2017

Sábado semana 6 de Pascua

Sábado de la semana 6 de Pascua

Lo que pedimos a Dios en nombre de Jesús, se nos concederá; y como fruto de la oración, viviremos el apostolado
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado. Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre. Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16,23-28).
1. En vigilias de la Ascensión del Señor, el Evangelio nos deja unas palabras de despedida entrañables. Jesús nos hace participar de su misterio más preciado; Dios Padre es su origen y es, a la vez, su destino: «Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16,28). “Y esta filiación divina de Jesús nos recuerda otro aspecto fundamental para nuestra vida: los bautizados somos hijos de Dios en Cristo por el Espíritu Santo. Esto esconde un misterio bellísimo para nosotros: esta paternidad divina adoptiva de Dios hacia cada hombre se distingue de la adopción humana en que tiene un fundamento real en cada uno de nosotros, ya que supone un nuevo nacimiento. Por tanto, quien ha quedado introducido en la gran Familia divina ya no es un extraño” (Xavier Romero).
Jesús les promete a sus discípulos que la oración que dirijan al Padre en nombre de Jesús será eficaz, «para que vuestra alegría sea completa». Él está íntimamente unido al Padre. Jesús, que mi alegría sea completa por estar unido a ti, como nos ha dicho: «permaneced en mí y yo en vosotros», «permaneced en mi amor». Orar es entrar en la órbita de Dios, mirar todo con sus ojos, amar con su corazón. Así me uniré a tu voluntad, Señor, y ya es “eficaz” mi oración entonces: «todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido» (Mc 11,24). “En verdad, en verdad os digo: si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá… pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo”.
Rezaba S. Josemaría Escrivá: “Una oración al Dios de mi vida. Si Dios es para nosotros vida, no debe extrañarnos que nuestra existencia de cristianos haya de estar entretejida en oración. Pero no penséis que la oración es un acto que se cumple y luego se abandona. Por la mañana pienso en ti; y, por la tarde, se dirige hacia ti mi oración como el incienso. Toda la jornada puede ser tiempo de oración: de la noche a la mañana y de la mañana a la noche. Más aún: como nos recuerda la Escritura Santa, también el sueño debe ser oración”. Señor, que recuerde cómo tú pasabas a veces la noche en oración, y quiero pedirte como los discípulos: “Señor, enséñanos a orar” así como lo hacían los primeros, que animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración (Hch 1,4).
“El temple del buen cristiano se adquiere, con la gracia, en la forja de la oración. Y este alimento de la plegaria, por ser vida, no se desarrolla en un cauce único. El corazón se desahogará habitualmente con palabras, en esas oraciones vocales que nos ha enseñado el mismo Dios, Padre nuestro, o sus ángeles, Ave María. Otras veces utilizaremos oraciones acrisoladas por el tiempo, en las que se ha vertido la piedad de millones de hermanos en la fe: las de la liturgia -lex orandi-, las que han nacido de la pasión de un corazón enamorado, como tantas antífonas marianas: Sub tuum praesidium…, Memorare…, Salve Regina
En otras ocasiones nos bastarán dos o tres expresiones, lanzadas al Señor como saeta, iaculata: jaculatorias, que aprendemos en la lectura atenta de la historia de Cristo: Domine, si vis, potes me mundare (Mt 8,2), Señor, si quieres, puedes curarme; Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te (Jn 21,17), Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo; Credo, Domine, sed adiuva incredulitatem team (Mt 9,23), creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad, fortalece mi fe; Domine, non sum dignus (Mt 8,8), ¡Señor, no soy digno!; Dominus meus et Deus meus (Jn 20,18), ¡Señor mío y Dios mío!… U otras frases, breves y afectuosas, que brotan del fervor íntimo del alma, y responden a una circunstancia concreta” (ibid.). Y además necesitamos unos ratos diarios, dedicados a rezar; junto al Sagrario si podemos, en esa “cárcel de amor” por nosotros donde Jesús nos espera.
“Oración mental es ese diálogo con Dios, de corazón a corazón, en el que interviene toda el alma: la inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad”, para que así todos se convierta “en una alabanza continua a Dios. Nos mantendremos en su presencia, como los enamorados dirigen continuamente su pensamiento a la persona que aman, y todas nuestras acciones -aun las más pequeñas- se llenarán de eficacia espiritual” (ibid.). Señor, te pido me ayudes en el combate de la oración, porque es una lucha de fe, de preferir estar contigo a hacer otras cosas.
2. En este tercer viaje apostólico, Pablo va de Éfeso a Cesarea, luego Jerusalén y Antioquía... Luego, Galacia y Frigia (Hechos 18, 23-28). Señor, te pido que también yo haga apostolado, en mi ambiente de trabajo, como nos pides: “me serviréis de testigos en Jerusalén y en toda la Judea y Samaría y hasta el cabo del mundo”. Lléname del ardor de tu corazón: “fuego he venido a traer a la tierra y qué he de querer sino que arda”. “Fuego de apostolado que se robustece en la oración: no hay medio mejor que éste para desarrollar, a lo largo y a lo ancho del mundo, esa batalla pacífica en la que cada cristiano está llamado a participar: cumplir lo que resta que padecer a Cristo” (san Josemaría Escrivá).
3. Dios es el Rey del mundo, y por eso cantamos con el salmista: “Pueblos todos, batid palmas, / aclamad a Dios con gritos de júbilo; /porque el Señor es sublime… Dios es el rey del mundo… reina sobre las naciones, / Dios se sienta en su trono sagrado… él es excelso” (Salmo 46,2-3.8-10). Señor, que sepa aclamar tu nombre y proclamar tu Reino, ofrecerte todo por amor, a ti que eres mi Rey; lo pongo en manos de mi madre Santa María, que sabrá presentarte mejor estas ofrendas. Amén.
Llucià Pou Sabaté
San Agustín de Cantorbery, obispo

Aunque La Gran Bretaña había sido evangelizada desde los tiempos apostólicos pero había recaído en la idolatría después de la invasión de los sajones en el quinto y sexto siglo. Cuando el rey de Kent, Etelberto, se casó con la princesa cristiana Berta, hija del rey de París, éste le pidió que fuera erigida una iglesia y que algunos sacerdotes cristianos celebraran allí los ritos sagrados. Cuando el Papa san Gregorio Magno supo la noticia, juzgó que los tiempos estaban maduros para la evangelización de la isla. Le encomendó la misión al humilde prior del monasterio benedictino de San Andrés, Agustín.
En el año 597 salió de Roma encabezando un grupo de cuarenta monjes. Se detuvo en la isla de Lérins. Aquí se aterró por los relatos sobre los sajones y se regresó a Roma a pedirle al Papa que cambiara sus planes. El Papa Gregorio lo nombró abad y después obispo. Al llegar a isla británica de Thenet, el rey fue personalmente a recibirlo.
Los misioneros avanzaron solemnemente en procesión cantando las letanías. El rey acompañó a los monjes hasta la residencia que había preparado en Cantorbery, a mitad de camino entre Londres y el mar. Allí se edificó la abadía que se convirtió en el centro del cristianismo inglés. La obra de los monjes misioneros tuvo un éxito inesperado. El mismo rey pidió el bautismo, llevando con su ejemplo a miles de súbditos a abrazar la religión cristiana.
El Papa se alegró con la noticia que llegó a Roma, y expresó su satisfacción en las cartas escritas a Agustín y a la reina. El santo pontífice envió con un grupo de nuevos colaboradores el palio y el nombramiento a Agustín como arzobispo primado de Inglaterra, y al mismo tiempo lo amonestaba paternalmente para que no se enorgulleciera por los éxitos alcanzados y por el honor del alto cargo que se le confería. Siguiendo las indicaciones del Papa para la repartición en territorios eclesiásticos, Agustín erigió otras sedes episcopales, la de Londres y la de Rochester, consagrando obispos a Melito y a Justo.
El santo misionero murió el 26 de mayo hacia el año 605 y fue enterrado en Cantorbery en la iglesia que lleva su nombre.

jueves, 25 de mayo de 2017

Viernes semana 6 de Pascua

Viernes de la semana 6 de Pascua

Jesús con su Espíritu nos invita a ser hijos de Dios: a no tener miedo, al gozo de la alegría.
En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada»  (Jn 16,20-23a).
1. Mucha gente suele comenzar hoy el Decenario del Espíritu Santo. Con María están los Apóstoles, y me gustaría estar en las conversaciones que mantendrían durante aquellos días. ¡Señor, que mi oración cada día, conversación contigo, sea tan cordial y llena! Madre de la Iglesia naciente, te pido que nos guíes para recibir los dones y los frutos del Espíritu Santo. Los dones son como la vela de una embarcación cuando está desplegada y el viento —que representa la gracia— le va a favor: ¡qué rapidez y facilidad en el camino!
El Señor nos promete también en nuestra ruta convertir las fatigas en alegría: «Vuestra alegría nadie os la tomará» (Jn 16,23) y «vuestra alegría será completa» (Jn 16,24). Durante toda esta semana, la Liturgia nos habla de rejuvenecer, de exultar (saltar de alegría), de la felicidad segura y eterna. Todo nos lleva a vivir de oración. Como nos dice san Josemaría: «Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino. —Pide esa misma alegría sobrenatural para todos».
“El ser humano necesita reír para la salud física y espiritual. El humor sano enseña a vivir. San Pablo nos dirá: «Sabemos que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios» (Rom 8,28). ¡He aquí una buena jaculatoria!: «¡Todo es para bien!»: «Omnia in bonum!»”(Joaquim Font).
En la Escritura, los dolores del parto son los que tienen más sentido por traer una nueva vida al mundo. Aquí Jesús nos hablará de ese dolor como paso del alumbramiento a la vida eterna. En el cuadro del entierro del Conde Orgaz, de “el Greco” se ve en primer plano los que rodean al cuerpo del difunto, pero más arriba se pinta la subida de su alma al cielo, que acoge la Virgen cuando pasa por un “útero” para ese nuevo nacimiento. Señor, que sepa ver sufrimientos de esta vida con un valor de gloria, como el gusano que se transforma en mariposa. Que sepa prepararme con la cruz de cada día a salir de este mundo para entrar en la gloria. Jesús, hazme ver que vas al Padre para que recibamos tu Espíritu. María, madre mía, que nos traen a la vida sobrenatural como nueva Eva, dame fe que alumbre mi vida con la esperanza de la Vida: “Recordad: La mujer cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro que pasó, porque la inunda la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre”. Así alguna mujer cuando tiene su criatura piensa que es demasiado dolor, pero al rato de querer a su hijo ya está feliz de poder tenerlo. “También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Y aquel día no me preguntaréis nada (Juan 16,20-23).
Señor, te canto con la “sevillana”: "algo se muere en el alma, cuando un amigo se va", pero quiero estar alegre, porque Tú te quedas… Como nos dice san Josemaría: «Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino. —Pide esa misma alegría sobrenatural para todos».
2. Esta es la alegría que el Señor le da a Pablo, aun en medio de la persecución: "No temas, habla sin callar nada, porque yo estoy contigo." Señor, sé que esta alegría viene de tenerte: «¡Que yo no tema!», «¡que me sepa contigo!» Danos también, Señor, esta seguridad.
3. Señor, te pido que toda nuestra vida se convierta en una continua alabanza de tu santo Nombre, como nos invita el salmista: «Porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra… Él nos escogió por heredad suya: gloria de Jacob su amado. Dios asciende entre aclamaciones; / el Señor, al son de trompetas: / tocad para Dios, tocad, / tocad para nuestro rey, tocad” (Salmo 47/46,2-7). Y en el Salmo 126,6 nos recuerda el llanto y alegría del sufrimiento de la madre, de la partida de Jesús, de todo dolor que se convierte en cruz: «Al ir, va llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando trayendo sus gavillas». Jesús, dame paciencia, para no precipitarme antes de que salga el fruto de lo que me cuesta; que no abandone la lucha; que no absolutice algún aspecto malo de mi vida o de la de los demás, sino que tenga visión de conjunto, como decía Santo Tomás: «Por experiencia sabemos que, cuando soportamos pruebas difíciles por alguien a quien queremos, no se derrumba el amor sino que crece (...). Y así los santos, que soportan por Dios contrariedades, se afianzan en su amor con ello; es como un artista, que se encariña más con la obra que más sudores le cuesta».
Hoy día, hay modelos distintos: máximo rendimiento sin contar con las personas, el egoísmo elevado a actividad económica; lo efímero, sin ahorrar para el mañana; una educación basada en cosas que eviten el esfuerzo; unos políticos que no son modelo de integridad ética; choca con la música del darse, del sacrificio y de la cruz: «La relativa y pobre felicidad del egoísta, que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón..., no es difícil conseguirla en este mundo.   -Pero la felicidad del egoísta no es duradera.
Este amor infinito de Dios para con cada uno de nosotros se manifiesta de modo pleno en Jesucristo. En Él se encuentra la alegría que buscamos. En el Evangelio vemos cómo los hechos que marcan el inicio de la vida de Jesús se caracterizan por la alegría. Cuando el arcángel Gabriel anuncia a la Virgen María que será madre del Salvador, comienza con esta palabra: «¡Alégrate!» (Lc 1,28). En el nacimiento de Jesús, el Ángel del Señor dice a los pastores: «Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). Y los Magos que buscaban al niño, «al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). El motivo de esta alegría es, por lo tanto, la cercanía de Dios, que se ha hecho uno de nosotros. Esto es lo que san Pablo quiso decir cuando escribía a los cristianos de Filipos: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). La primera causa de nuestra alegría es la cercanía del Señor, que me acoge y me ama.
¿Vas a perder por esa caricatura del cielo, la Felicidad de la Gloria, que no tendrá fin?» (san Josemaría Escrivá, Camino, 29). La paciencia está unida a la esperanza; hay dificultades, esfuerzo… «Pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.» Gozo como fruto del Espíritu Santo, alegría del trabajo hecho, de que “hay más gozo en dar que en recibir”; el gozo de tenerte, Jesús, que nos dices: «Y nadie os quitará vuestro gozo.» La alegría era el lema del 2012 de la Jornada de la Juventud: «¡Alegraos siempre en el Señor!» (Flp 4,4). Y decía Benedicto XVI: “la alegría es un elemento central de la experiencia cristiana… Vemos la fuerza atrayente que ella tiene: en un mundo marcado a menudo por la tristeza y la inquietud, la alegría es un testimonio importante de la belleza y fiabilidad de la fe cristiana… En Jesucristo… se encuentra la alegría que buscamos… Cuando el arcángel Gabriel anuncia a la Virgen María que será madre del Salvador, comienza con esta palabra: «¡Alégrate!» (Lc 1,28). En el nacimiento de Jesús, el Ángel del Señor dice a los pastores: «Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). Y los Magos que buscaban al niño, «al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). El motivo de esta alegría es, por lo tanto, la cercanía de Dios, que se ha hecho uno de nosotros. Esto es lo que san Pablo quiso decir cuando escribía a los cristianos de Filipos: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos… El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). La primera causa de nuestra alegría es la cercanía del Señor, que me acoge y me ama”. Va citando personajes que al encuentro con Jesús se llenan de alegría: Zaqueo «lo recibió muy contento» (Lc 19,5-6). Y antes de la Pasión, en la Cena, dirá: «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,9.11). “Jesús quiere introducir a sus discípulos y a cada uno de nosotros en la alegría plena, la que Él comparte con el Padre, para que el amor con que el Padre le ama esté en nosotros (cf. Jn 17,26). La alegría cristiana es abrirse a este amor de Dios y pertenecer a Él”. Y en los encuentros con el Resucitado, María Magdalena y otras, «llenas de miedo y de alegría», “corrieron a anunciar la feliz noticia a los discípulos. Jesús salió a su encuentro y dijo: «Alegraos» (Mt 28,8-9)… El mal no tiene la última palabra sobre nuestra vida, sino que la fe en Cristo Salvador nos dice que el amor de Dios es el que vence.
Esta profunda alegría es fruto del Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios, capaces… de dirigirnos a Él con la expresión «Abba», Padre (cf. Rm 8,15). La alegría es signo de su presencia y su acción en nosotros”.
Llucià Pou Sabaté
San Felipe Neri, presbítero

Nació en Florencia, Italia, en 1515, uno de cuatro hijos del notario Francesco y Lucretia Neri. Muy pronto perdieron a su madre pero la segunda esposa de su padre fue para ellos una verdadera madre.
Desde pequeño Felipe era afable, obediente y amante de la oración. En su juventud le gustaba visitar a los padre dominicos del Monasterio de San Marco y según su propio testimonio estos padres le inspiraron a la virtud.
A los 17 años lo enviaron a San Germano, cerca de Monte Casino, como aprendiz de Romolo, un mercante primo de su padre. Su estancia ahí no fue muy prolongarla, ya que al poco tiempo tuvo Felipe la experiencia mística que él llamaría, más tarde, su "conversión" y, desde ese momento, dejaron de interesarle los negocios. Partió a Roma, sin dinero y sin ningún proyecto, confiado únicamente en la Providencia. En la Ciudad Eterna se hospedó en la casa de un aduanero florentino llamado Galeotto Caccia. quien le cedió una buhardilla y le dio lo necesario para comer a cambio de que educase a sus hijos, los cuales -según el testimonio de su propia madre y de una tía -se portaban como ángeles bajo la dirección del santo.. Felipe no necesitaba gran cosa, ya que sólo se alimentaba una vez al día y su dieta se reducía a pan, aceitunas y agua. En su habitación no había más que la cama, una silla, unos cuantos libros y una cuerda para colgar la ropa.
Fuera del tiempo que consagraba a la enseñanza, Felipe vivió como un anacoreta, los dos primeros años que pasó en Roma, entregado día y noche a la oración. Fue ese un período de preparación interior, en el que se fortaleció su vida espiritual y se confirmó en su deseo de servir a Dios. Al cabo de esos dos años, Felipe hizo sus estudios de filosofía y teología en la Sapienza y en Sant'Agostino. Era muy devoto al estudio, sin embargo le costaba concentrarse en ellos porque su mente se absorbía en el amor de Dios, especialmente al contemplar el crucifijo. El comprendía que Jesús, fuente de toda la sabiduría de la filosofía y teología le llenaba el alma en el silencio de la oración. A los tres años de estudio, cuando el tesón y el éxito con que había trabajado abrían ante él una brillante carrera, Felipe abandonó súbitamente los estudios. Movido probablemente por una inspiración divina, vendió la mayor parte de sus libro y se consagró al apostolado.
La vida religiosa del pueblo de Roma dejaba mucho que desear, graves abusos abundaban en la Iglesia; todo el mundo lo reconocía pero muy poco se hacía para remediarlo. En el Colegio cardenalicio gobernaban los Medici, de suerte que muchos cardenales se comportaban más bien como príncipes seculares que como eclesiásticos. El renacimiento de los estudios clásicos había sustituido los ideales cristianos por los paganos, con el consiguiente debilitamiento de la fe y el descenso del nivel moral. El clero había caído en la indiferencia, cuando no en la corrupción; la mayoría de los sacerdotes no celebraba la misa sino rara vez, dejaba arruinarse las iglesias y se desentendía del cuidado espiritual de los fieles. El pueblo, por ende, se había alejado de Dios. La obra de San Felipe habría de consistir en reevangelizar la ciudad de Roma y lo hizo con tal éxito, que un día se le llamaría "el Apóstol de Roma".
Los comienzos fueron modestos. Felipe iba a la calle o al mercado y empezaba a conversar con las gentes. particularmente con los empleados de los bancos y las tiendas del barrio de Sant'Angelo. Corno era muy simpático y tenía un buen sentido del humor, no le costaba trabajo entablar conversación, en el curso de la cual dejaba caer alguna palabra oportuna acerca del amor de Dios o del estado espiritual de sus interlocutores. Así fue logrando, poco a poco, que numerosas personas cambiasen de vida. El santo acostumbraba saludar a sus amigos con estas palabras: "Y bien, hermanos, ¿cuándo vamos a empezar a ser mejores?" Si éstos le preguntaban qué debían hacer para mejorar, el santo los llevaba consigo a cuidar a los enfermos de los hospitales y a visitar las siete iglesias, que era una de su devociones favoritas.
Felipe consagraba el día entero al apostolado; pero al atardecer, se retiraba a la soledad para entrar en profunda oración y, con frecuencia, pasaba la noche en el pórtico de alguna iglesia, o en las catacumbas de San Sebastián, junto a la Vía Appia. Se hallaba ahí, precisamente, la víspera se Pentecostés de 1544, pidiendo los dones del Espíritu Santo, cuando vio venir del cielo un globo de fuego que penetró en su boca y se dilató en su pecho. El santo se sintió poseído por un amor de Dios tan enorme, que parecía ahogarle; cayó al suelo, corno derribado y exclamó con acento de dolor: ¡Basta, Señor, basta! ¡No puedo soportarlo más!" Cuando recuperó plenamente la conciencia, descubrió que su pecho estaba hinchado, teniendo un bulto del tamaño de un puño; pero jamás-le causó dolor alguno. A partir de entonces, San Felipe experimentaba tales accesos de amor de Dios, que todo su cuerpo se estremecía. A menudo tenía que descubrirse el pecho para aliviar un poco el ardor que lo consumía; y rogaba a Dios que mitigase sus consuelos para no morir de gozo. Tan fuertes era las palpitaciones de su corazón que otros podían oirlas y sentir sus palpitaciones, especialmente años mas tarde, cuando como sacerdote, celebraba La Santa Misa, confesaba o predicaba. Había también un resplandor celestial que desde su corazón emanaba calor. Tras su muerte, la autopsia del cadáver del santo reveló que tenía dos costillas rotas y que éstas se habían arqueado para dejar más sitio al corazón.
San Felipe, habiendo recibido tanto, se entregaba plenamente a las obras corporales de misericordia. En 1548, con la ayuda del P. Persiano Rossa, su confesor, que vivía en San Girolamo della Carita y unos 15 laicos, San Felipe fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad, conocida como la cofradía de los pobres, que se reunía para los ejercicios espirituales en la iglesia de San Salvatore in Campo. Dicha cofradía, que se encargaba de socorrer a los peregrinos necesitados, ayudó a San Felipe a difundir la devoción de las cuarenta horas (adoración Eucarística), durante las cuales solía dar breves reflexiones llenas de amor que conmovían a todos. Dios bendijo el trabajo de la cofradía y que pronto fundó el célebre hospital de Santa Trinita dei Pellegrini; en el año jubilar de 1575, los miembros de la cofradía atendieron ahí a 145,000 peregrinos y se encargaron, más tarde, de cuidar a los pobres durante la convalescencia. Así pues, a los treinta y cuatro años de edad, San Felipe había hecho ya grandes cosas.
Sacerdote
Su confesor estaba persuadido de que Felipe haría cosas todavía mayores si recibía la ordenación sacerdotal. Aunque el santo se resistía a ello, por humildad, acabó por seguir el consejo de su confesor. El 23 de mayo de 1551 recibió las órdenes sagradas. Tenía 36 años. Fue a vivir con el P. Rossa y otros sacerdotes a San Girolamo della Carita. A partir de ese momento, ejerció el apostolado sobre todo en el confesonario, en el que se sentaba desde la madrugada hasta mediodía, algunas veces hasta las horas de la tarde, para atender a una multitud de penitentes de toda edad y condición social. El santo tenía el poder de leer el pensamiento de sus penitentes y logró numerosas conversiones. Con paciencia analizaba cada pecado y con gran sabiduría prescribía el remedio. Con gentileza y gran compasión guiaba a los penitentes en el camino de la santidad. Enseñó a sus penitentes el valor de la mortificación y las prácticas ayudasen a crecer en humildad. Algunos recibían de penitencia mendigar por alimentos u otras prácticas de humillación. Uno de los beneficios de la guerra contra el ego es que abre la puerta a la oración. Decía: "Un hombre sin oración es un animal sin razón".  Enseñaba la importancia de llenar la mente con pensamientos santos y pensaba que para lograrlo se debía hacer lectura espiritual, especialmente de los santos. 
Celebraba con gran devoción la misa diaria cosa que muchos sacerdotes habían abandonado. Con frecuencia experimentaba el éxtasis durante la misa y se le observó levitando en algunas ocasiones. Para no llamar la atención trataba de celebrar la última misa del día, en la que había menos personas.
Conversaciones espirituales
Consideraba que era muy importante la formación. Para ayudar en el crecimiento espiritual, organizaba conversaciones espirituales en las que se oraba y se leían las vidas de los santos y misioneros. Terminaban con una visita al Santísimo Sacramento en alguna iglesia o con la asistencia a las vísperas. Eran tantos los que asistían a las conversaciones espirituales que en la iglesia de San Girolamo se construyó una gran sala para las conferencias de San Felipe y varios sacerdotes empezaron a ayudarle en la obra. El pueblo los llamaba "los Oratorianos", porque tocaban la campana para llamar a los fieles a rezar en su oratorio. Las reuniones fueron tomando estructura con oración mental, lectura del Evangelio, comentario, lectura de los santos, historia de la Iglesia y música. Músicos, incluso Giovanni Palestrina, asistieron y escribieron música para las reuniones. Los resultados fueron extraordinarios. Muchos miembros prominentes de la curia asistieron a lo que se llamaba "el oratorio".
El ejemplo de la vida y muerte heroicas de San Francisco Javier movió a San Felipe a ofrecerse como voluntario para las misiones; quiso irse a la India y unos veinte compañeros del oratorio compartían la idea. En 1557 consultó con el Padre Agustín Ghettini, un santo monje cisterciense. Después de varios días de oración, el patrón especial del Padre Ghettini, San Juan Evangelista, se le apareció y le informó que la India de Felipe sería Roma. El santo se atuvo a su consejo poniendo en Roma toda su atención.
Una de sus preocupaciones eran los carnavales en que, con el pretexto de "prepararse" para la cuaresma, se daban al libertinage. San Felipe propuso la santa diversión de visitar siete iglesias de la ciudad, una peregrinación de unas doce millas, orando, cantando y con un almuerzo al aire libre.
San Felipe tuvo muchos éxitos pero también gran oposición. Uno de estos fue el cardenal Rosaro, vicario del Papa Pablo IV. El santo fue llamado ante el cardenal acusado de formar una secta. Se le prohibió confesar y tener mas reuniones o peregrinaciones. Su pronta y completa obediencia edificó a sus simpatizantes. El santo comprendía que era Dios quien le probaba y que la solución era la oración.
El cardenal Rosario murió repentinamente. El santo no guardó ningún resentimiento hacia el cardenal ni permitía la menor crítica contra este.  
La Congregación del Oratorio (Los oratorianos)
En 1564 el Papa Pío IV pidió a San Felipe que asumiera la responsabilidad por la Iglesia de San Giovanni de los Florentinos. Fueron entonces ordenados tres de sus propios discípulos quienes también fueron a San Juan. Vivían y oraban en comunidad, bajo la dirección de San Felipe. El santo redactó una regla muy sencilla para sus jóvenes discípulos, entre los cuales se contaba el futuro historiador Baronio.
Con la bendición del Papa Gregorio XII, San Felipe y sus colaboradores adquirieron, en 1575, su propia Iglesia, Santa María de Vallicella. El Papa aprobó formalmente la Congregación del Oratorio. Era única en que los sacerdotes son seculares que viven en comunidad pero sin votos. Los miembros retenían sus propiedades pero debían contribuir en los gastos de la comunidad. Los que deseaban tomar votos estaban libres para dejar la Congregación para unirse a una orden religiosa. El instituto tenía como fin la oración, la predicación y la administración de los sacramentos. Es de notar que, aunque la congregación florecía a la sombra del Vaticano, no recibió el reconocimiento final de sus constituciones hasta 17 años después de la muerte de su fundador, en 1612.
La Iglesia de Santa María in Vallicella estaba en ruinas y resultaba demasiado pequeña. San Felipe fue además avisado en una visión que la Iglesia estaba a punto del derrumbe, siendo sostenida por la Virgen. El santo decidió demolerla y construir una más grande. Resultó que los obreros encontraron la viga principal estaba desconectada de todo apoyo. Bajo la dirección de San Felipe la excavación comenzó en el lugar donde una antigua fundación yacía escondida. Estas ruinas proveyeron la necesaria fundación para una porción de la nueva Iglesia y suficiente piedra para el resto de la base. En menos de dos años los padres se mudaron a la "Chiesa Nuova". El Papa, San Carlos Borromeo y otros distinguidos personajes de Roma contribuyeron a la obra con generosas limosnas. San Felipe tenía por amigos a varios cardenales y príncipes. Lo estimaban por su gran sentido del humor y su humildad, virtud que buscaba inculcar en sus discípulos. 
Aparición de la Virgen y curación
Fue siempre de salud delicada. En cierta ocasión, la Santísima Virgen se le apareció y le curó de una enfermedad de la vesícula. El suceso aconteció así: el santo había casi perdido el conocimiento, cuando súbitamente se incorporó, abrió los brazos v exclamó: "¡Mi hermosa Señora! "Mi santa Señora!" El médico que le asistía le tomó por el brazo, pero San Felipe le dijo: "Dejadme abrazar a mi Madre que ha venido a visitarme". Después, cayó en la cuenta de que había varios testigos y escondió el rostro entre las sábanas, como un niño, pues no le gustaba que le tomasen por santo.
Dones extraordinarios
San Felipe tenía el don de curación, devolviéndole la salud a muchos enfermos. También, en diversas ocasiones, predijo el porvenir. Vivía en estrecho contacto con lo sobrenatural y experimentaba frecuentes éxtasis. Quienes lo vieron en éxtasis dieron testimonio de que su rostro brillaba con una luz celestial.
Ultimos años
Durante sus últimos años fueron muchos los cardenales que lo tenían como consejero.  Sufrió varias enfermedades y dos años antes de morir logró renunciar a su cargo de superior, siendo sustituido por Baronio. 
Obtuvo permiso de celebrar diariamente la misa en el pequeño oratorio que estaba junto a su cuarto. Como frecuentemente era arrebatado en éxtasis durante la misa, los asistentes acabaron por tomar la costumbre de retirarse al "Agnus Dei". El acólito hacía lo mismo. Después de apagar los cirios, encender una lamparilla y colgar de la puerta un letrero para anunciar que San Felipe estaba celebrando todavía; dos horas después volvía el acólito, encendía de nuevo los cirios y la misa continuaba.
El día de Corpus Christi, 25 de mayo de 1595, el santo estaba desbordante de alegría, de suerte que su médico le dijo que nunca le había visto tan bien durante los últimos diez años. Pero San Felipe sabía perfectamente que había llegado su última hora. Confesó durante todo el día y recibió, como de costumbre, a los visitantes. Pero antes de retirarse, dijo: "A fin de cuentas, hay que morir". Hacia medianoche sufrió un ataque tan agudo, que se convocó a la comunidad. Baronio, después de leer las oraciones de los agonizantes, le pidió que se despidiese de sus hijos y los bendijese. El santo, que ya no podía hablar, levantó la mano para dar la bendición y murió un instante después. Tenía entonces ochenta años y dejaba tras de sí una obra imperecedera.
San Felipe fue canonizado en 1622
El cuerpo incorrupto de San Felipe esta en la iglesia de Santa María en Vallicella, bajo un hermoso mosaico de su visión de la Virgen María de 1594.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Jueves semana 6 de Pascua

ueves de la semana 6 de Pascua

Jesús se despide pero se queda en la Iglesia, y con su Espíritu extiende su reino, y convierte las tristezas en alegrías.
En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver». Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: ‘Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver’ y ‘Me voy al Padre’?». Y decían: «¿Qué es ese ‘poco’? No sabemos lo que quiere decir». Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho: ‘Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver?’. En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16,16-20).
1. “Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver...” Hoy tocaría celebrar la Ascensión, el día de la despedida... sobre esto leí con gusto estos versos de no sé quien: “Hoy, Jesús, más que la muerte, / temo, Señor, tu partida / y quiero perder la vida / mil veces más que perderte, / pues la inmortal que Tú das / sé que alcanzarla no puedo / cuando yo sin ti me quedo, / cuando Tú sin mí te vas”. Jesús se queda en presencia de amor. Amar es estar presente en el amado; el amado está presente en el amante. Así, con esa presencia de intención muy fuerte, sitúa Santo Tomás la presencia del Espíritu Santo en el alma, en esa labor de “sinergia” de “Él y yo” que llamamos “camino de santidad”. Los que se aman, están unidos estén físicamente juntos o distantes. Se habla incluso de telepatía, comunicación más allá del espacio, que en la fe “notamos” como “comunión de los santos”. Jesús, te pido que así como estás en el Padre, estés en mí por tu Espíritu; que me una a ti en la Eucaristía, como has dicho: "El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él". Que me una a ti en la Iglesia, que yo me alimente de la Eucaristía y que tu presencia dé fecundidad...
“Lloraréis y os lamentaréis, en cambio el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.Dejará a los apóstoles llorando al irse, pero llega pronto el  día de la resurrección, “el primero de la semana”, que luego se llamará “domingo: día del Señor”. Jesús resucitado, que sepa yo también estar alegre en este encuentro contigo, que tal como viniste aquellos días en cuerpo presente, glorioso, vienes ahora sacramentalmente, en el Pan y el Vino consagrados, en la comunidad, en la Palabra, en la paz que traes a nuestros corazones, en la Reconciliación cuando vivo la experiencia de tu redención, en un “hoy” que está a nuestra disposición sacramentalmente. Dame esta alegría de tu compañía, con ese amor tuyo que canta el profeta Amós: “aunque una madre se olvidase de su hijo, yo nunca me olvidaré”. Hazme ver, Señor, que podemos unirnos a Ti de una forma más intensa que cuando estabas en la tierra, como dice san Pablo: “¿Quién nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Jesús?... ni la muerte ni la vida...” Jesús, te pido hoy que esta Nueva Alianza entre Dios y los hombres, sellada por tu Preciocísima Sangre, me ate a ti con el cemento de tu amor, de manera que realices en mí ese cambio de mentalidad (metanoia, dice la Escritura), un cambio de dirección en mi vida, que no es de un día sino algo así como hacer de hijo pródigo cada día, un ir contigo, por el camino de la vida, hacia la casa del Padre.
2. Vemos hoy a Pablo en Corinto (está año y medio, del 49-51), ciudad viva, de ambiente romano, capital de Acaya. De mucho comercio, y mala fama. Aquila y su mujer Priscila, huidos de Roma por la persecución de Claudio, lo acogieron y él trabajó confeccionando tiendas. Predicó a los judíos, pero al encontrar resistencia determinó: “Desde ahora me dirigiré a los gentiles” (Hechos 18,1-8). Señor, hazme atento a tu salvación; que sepa colaborar contigo. Que sepa entender la libertad, aquello de san Agustín: “Dios, que te ha creado sin contar contigo, no te salvará sin ti”. Que sepa abrirte mi corazón, pues sólo puedes convertirme si te abro la puerta. Tú, Señor, no te impones: propones. No te demuestras, sino te “muestras” en la fe. Te pido paciencia para conmigo y con los demás, como tú la tienes con todos nosotros. Que, como nos muestra este libro de Lucas (que se ha llamado el Evangelio del Espíritu Santo) sepa dejarme llevar por tu Fortaleza, como dice S. Juan Crisóstomo: “estos galileos, hasta hace poco tan pusilánimes y toscos, aparecen cambiados en hombres nuevos que desprecian las riquezas y los honores, las llamas de la cólera y la codicia de los sentidos, porque han sido hechos superiores a toda pasión”.
3. Cantamos al Señor en el Salmo “un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer  su victoria, revela a las naciones su justicia; se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel”. Juan Pablo II señalaba: “se trata de un himno al Señor, rey del universo y de la historia...: cántico perfecto, rebosante, solemne, acompañado por música festiva... se abre con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel... liberación de la esclavitud de Egipto. La alianza con el pueblo de la elección es recordada a través de dos grandes perfecciones divinas: «amor» y «fidelidad»...: en el Evangelio «la justicia de Dios se ha revelado», «se ha manifestado»... Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo ven y son invitadas a aprovecharse de esta salvación, dado que el Evangelio «es potencia de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego», es decir el pagano (Rm 1,16). Ahora «los confines de la tierra» no sólo «han contemplado la victoria de nuestro Dios» (Sl 97,3), sino que la han recibido”. “Cántico nuevo –dice Orígenes- es el Hijo de Dios que fue crucificado -algo que nunca antes se había escuchado-. A una nueva realidad le debe corresponder un cántico nuevo. ‘Cantad al Señor un cántico nuevo’. Quien sufrió la pasión en realidad es un hombre; pero vosotros cantáis al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero redimió como Dios... hizo milagros en medio de los judíos: curó a paralíticos, purificó a leprosos, resucitó muertos. Pero también lo hicieron otros profetas. Multiplicó los panes en gran número y dio de comer a un innumerable pueblo. Pero también lo hizo Eliseo. Entonces, ¿qué es lo que hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado para elevarnos hasta el cielo”.
Cristo vence al mal, con su muerte (humana) nos da la vida (pues Él como Dios no muere, y vence a la antigua serpiente o Satanás). Señor, que en las tentaciones a ti acudamos, que tu Espíritu nos fortalezca, que con nuestra vida digamos: “Santificado sea tu nombre”.
Llucià Pou Sabaté
San Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia. San Gregorio VII, papa. Santa María Magdalena de Pazzi, virgen

SAN BEDA EL VENERABLE
Doctor de la Iglesia (†735)
La Edad Media guarda numerosas sorpresas a todo el que desea correr la aventura de adentrarse por sus intimidades. Siglo oscuro y ruidos de armas. Señores feudales con sus mesnadas guerreras. Castillos defensores con puentes levadizas y celadas astutas por las encrucijadas de los caminos. Invasión de los bárbaros, en una palabra, que ha preparado este precario estado de cosas y ha liquidado una cultura decadente y cansada. Brilla ahora mucho más el ejercicio de las armas que el conocer la cultura clásica. Y entre los nobles llega a ser un timbre de gloria el ser analfabeto: "El señor no firma porque es noble", terminan algunos documentos del tiempo.
 Pero la ciencia no ha desaparecido. Se ha refugiado en los monasterios. La Iglesia, por los monjes sobre todo, es la gran y única educadora de los pueblos. Clérigo y letrado. son ahora palabras sinónimas. Para penetrar, pues, bien la Edad Media es preciso conocer también la vida apretada y fecunda de los monasterios. Entrar en ellas con el ánimo purificado y sereno, dócil y abierto a toda sugerencia. Descalzarse, previamente, de toda predisposición a lo complicado y vertiginoso, a las velocidades supersónicas y a las carreras contra reloj. Para sorprender mejor a aquellos hombres, enjambres de Dios elaborando, en, sus celdas, la miel dulcísima de las ciencias del espíritu para el bien de las almas.
 Uno de estos hombres fue Beda el Venerable, nacido en Inglaterra el año 673. Figura cumbre que iluminó con su luz todo su siglo. No sólo Inglaterra, sino toda la cristiandad. No poseemos muchos datos sobre la vida de San Beda. Con todo, no siempre se tiene la feliz circunstancia de esta ocasión. Él mismo dejó una nota, escueta y sencilla, de su vida al final de su Historia eclesiástica de Inglaterra, libro de gran aliento, objetivo y exacto, que le da derecho a ostentar el título de "padre de la historia de Inglaterra".
 "Yo, Beda, siervo de Cristo y sacerdote del monasterio de San Pedro y San Pablo de Wearmouth, nací en el pueblo de dicho monasterio, y a los siete años mis padres me pusieron bajo la dirección del abad Benito, primero, y, después, de Ceolfrido. Desde entonces toda mi vida discurrió dentro del claustro y puse todo mi afán en la meditación de las Sagradas Escrituras. Y entre la observancia de la disciplina regular y el cotidiano oficio de cantar en el coro, siempre me fue dulce el aprender, o enseñar, o escribir. Fuí ordenado diácono a los diecinueve años y sacerdote a los treinta, de manos del obispo Juan. Desde mi sacerdocio hasta ahora, en que cuento cincuenta y nueve años, me he ocupado en redactar para mi uso y de mis hermanos algunas notas sobre la Sagrada Escritura, sacadas de los Santos Padres o según su espíritu e interpretación."
 Como se ve, nada es más simple que su vida. Observar la regla y cantar el oficio divino. Todas sus delicias las ponía en aprender, enseñar y escribir. Todo su afán, meditar las Sagradas Escrituras y comentarlas para utilidad propia y de todos sus hermanos. Es decir, la regla de oro benedictina: Ora et labora. Oración y trabajo. La oración apoyando al trabajo, el trabajo nutriendo y nutriéndose de la oración. Sin estorbarse, sino al contrario, apoyándose mutuamente. "Ni el rezo estorba al trabajo ni el trabajo estorba al rezo."
 Así resolvía San Beda, en perfecto maridaje, la conocida discusión sobre la prioridad de la oración o el trabajo en la vida cristiana. San Juan de la Cruz recordaría más tarde, con notable insistencia, el lugar preeminente, la importancia básica y fontal de la oración. Como valor en sí y con vistas al apostolado exterior. "Ojalá que los hombres devorados por la actividad, que piensan remover el mundo por medio de sus predicaciones y otras obras exteriores, reflexionaran un instante. Comprenderían sin dificultad cuánto más útiles a la Iglesia y agradables al Señor serían —sin hablar del buen ejemplo que darían a su alrededor— si consagraran la mitad de su tiempo a la oración. En estas condiciones, y con una sola obra, harían un bien mayor y con menor esfuerzo que el logrado por miles de otros actos a los que entregan su existencia. La oración les merecería esta gracia... Sin ella todo se reduce a puro ruido... Se hace poco más que nada, a menudo absolutamente nada, e incluso mal."
 Pero tampoco hay que descuidar el trabajo y caer en el angelismo. No se ha de olvidar que somos hombres y que, como tales, compuestos de cuerpo y alma, hemos de salvarnos. Ni despreciar las realidades terrenas, que nosotros hemos de transformar, y de las que hemos de servirnos para saltar hasta Dios. "¿Vale la pena desperdiciar tanto tiempo en las cosas de la vida de aquí abajo? Vale la pena, vale la pena. Hubo un tiempo en que yo mismo me preguntaba: ¿Para qué luchar por la vida de esta tierra? ¿Qué me importa este mundo? Soy un exilado del cielo y siento premura por volver a mi patria. Pero, con el tiempo, he comprendido, y he cambiado de pensar. Nadie puede entrar en el cielo si anteriormente no ha vencido en la tierra, y nadie puede vencer aquí si no lucha contra el mundo con ímpetu, con paciencia y sin descanso. El hombre no posee otro trampolín que la tierra si quiere lanzarse al cielo. Si deponemos las armas estamos perdidos, aquí abajo, en la tierra, y allá arriba, en el cielo."
 ¿Qué vida es, entonces, más perfecta, la activa o la contemplativa? Santo Tomás dice que la mixta, la que participa de las dos. He aquí un gran lema : "Ofrecer a los demás el fruto de nuestra contemplación".
 Tan bien sabía unir San Beda, con tanto equilibrio, estos dos polos de su vida, trabajo y oración, que es difícil comprender, nota un autor antiguo, cómo pudo sobresalir tanto en ambos. "Si consideras sus estudios y numerosos escritos parece que nada dedicó a la oración. Si consideras su unión con Dios parece que no le quedó tiempo para sus estudios."
 El secreto está seguramente en aquellos remansos de paz y trabajo que eran los monasterios, y en saber renunciar a distracciones que desvían del fin. "Antes de decidirse, el hombre puede escoger entre muchos caminos. Pero, cuando ha tomado uno, sólo adelantará a condición de seguir en él. Quien cambia continuamente de ruta vuelve sin cesar al punto de partida... En cada encrucijada es necesario sacrificar varios caminos para seguir uno solo. El hombre no alcanzará una perfección sino sacrificando muchas otras. Algunas personas no saben sacrificar y no llegan entonces a nada."
 Esta es la gran lección que nos da San Beda. Trazarse un rumbo bien claro y seguir tras el ideal, sin mirar a la derecha ni a la izquierda, con una constancia y energía indomable. Lección, esta, de necesidad apremiante, porque hoy es terrible el peligro de la dispersión. Basta girar un botón para oír, ver y sintonizar con lo que, hace un par de horas, le ha sucedido al alguacil de cualquier alcalde de Borneo. Hay que saber mil nombres de libros, deportistas, políticos, congresos y artistas de todo género. Todo parece dispuesto para ofuscar, seducir, entretener y desviar.
 El miedo del siglo XX es el acertado título de un reciente libro. "Miedo a que la técnica, la máquina, la civilización fría del fichero y la estadística, de los cerebros electrónicos y las leyes sin alma, se nos echen encima y nos asfixien, y no dejen va sitio en nuestro espíritu para el Unico Necesario. Miedo porque la gran marejada de la barbarie está ante nuestras puertas". "En Europa se la esperaba tradicionalmente viniendo de Oriente. La costumbre no se ha perdido. Pero el Oriente nunca ha irrumpido más que en una Europa descompuesta. La gran marejada de la barbarie está en nuestros corazones vacíos, en nuestras cabezas perdidas, en nuestras obras incoherentes y en nuestros actos, estúpidos por cortedad de vista. No nos quejemos mañana de los bárbaros si aceptamos hoy nuestra decadencia." Tiempos de bárbaros los de San Beda. Tiempos muy parecidos los nuestros. El y los suyos tonificaron y orientaron el mundo. He aquí, también, la tarea actual de los cristianos.
 Aquello de no morirse sin haber plantado un árbol, haber tenido un hijo y haber escrito un libro lo realizó San Beda muy cumplidamente. En cuanto a lo primero, plantar un árbol, en ningún sitio consta que no lo hiciera. En cambio, sí hablan las crónicas que trabajaba a veces en la huerta. Hijos, discípulos de su doctrina, los tuvo muy numerosos. Cuanto a escribir libros, es uno de los escritores más fecundos de materias espirituales y temas profanos.
 Todos sus enciclopédicos conocimientos los fue distribuyendo en múltiples escritos de gramática, retórica, métrica, poesía, música, aritmética, meteorología, física, cronología, filosofía, teología. San Beda sabía que nada había ajeno a la legítima curiosidad del cristiano. Toda la creación es un reflejo de la gloria de Dios. Su fina sensibilidad de alma interior descubría en todo la huella divina.
 Pero donde brilló, sobre todo, con fulgor nuevo e irreprimible la pluma de San Beda —y, en la pluma, su mente y su corazón— fue en sus homilías y en sus comentarios sobre la Sagrada Escritura. Escribió hasta sesenta libros o tratados sobre la Sagrada Escritura, según propia confesión. Todo el plan de sus estudios lo relacionaba con la interpretación de la Sagrada Escritura. A este fin dirigía sus vigilias, sus investigaciones. Para promover en su ánimo y en el de sus discípulos tan santo y laudable estudio. Tanto ha estimado sus homilías la Iglesia, que las ha introducido en la liturgia. Sobre todo en las fiestas de la Virgen, por quien Beda sentía tiernísima devoción.
 Purificaba más y más su conciencia para entender el sentido de los Libros Santos. "Porque en alma maliciosa no entrará la sabiduría ni morará en cuerpo esclavo el pecado", dice el Señor. El mismo Santo nos dice que, aun prescindiendo del bien que pudiera hacer a las almas, él ya lo había conseguido meditando las palabras del Señor, que tanto estimaba, siguiendo en esto el espíritu de San Agustín. "La palabra de Jesucristo no es menos estimable que su cuerpo, y, por tanto, las mismas precauciones que guardamos para no dejar caer al suelo el cuerpo del Señor cuando nos lo entregan debemos tomar para que no caiga de nuestro corazón la palabra de Cristo que se nos predica."
 Como era entonces corriente, más que obras nuevas, recogía todo lo bueno que los Santos Padres habían dicho, Con todo, su ciencia no era propiamente ciencia de archivo, ciencia de almacén, sino ciencia de fábrica. "Abeja laboriosa", sabía libar lo más exquisito, elaborarlo y transformarlo, para provecho propio y ajeno. "Miel virgen destilaban sus labios." Más que la ciencia poseía la sabiduría, dando a esta palabra su sentido exacto de saborear, degustar. Distinguir y escoger lo mejor. Resume admirablemente esta hambre infinita de saber la oración con que acabó uno de sus libros: "Te ruego, buen Jesús, ya que te has dignado concederme el beber dulcemente las palabras de tu ciencia, me concedas también la gracia de llegar un día hasta Ti, fuente de toda sabiduría, y estar siempre presente ante tu divino rostro".
 De esta manera no es extraño que la fama de San Beda saltase de la isla al continente y se esparciese por toda la cristiandad. Los seiscientos monjes del monasterio porfiaban por escucharle. Otros acudían de los alrededores, ávidos de saber. El papa Sergio I le llamaba a Roma. San Bonifacio, el apóstol de Alemania, escribe al monasterio de San Beda para que le envíen "alguna partícula o chispita de ese cirio de la Iglesia que encendió el Espíritu Santo, investigador sagacísimo de las Sagradas Escrituras".
 Se le llamó maestro nobilísimo, doctor eximio, cirio de Dios, sacerdote ejemplar, monje observante. Un concilio de Aquisgrán le reconoció Padre de la Iglesia. Ultimamente, en 1899, el papa León XIII dio el espaldarazo oficial y canónico a su magisterio, declarándole doctor de la Iglesia.
 Pero el nombre que más se divulgó y con el que sobre todo ha sido siempre conocido es el de Venerable. Un autor antiguo dice que, siendo tenido por un gran santo en la Iglesia, es el único entre los santos que no se llama santo, sino venerable. Y explica la razón con dos ingenuas leyendas: Estando ciego por su avanzada ancianidad y habiendo llegado, de manos de un discípulo, ante un montón de piedras, el discípulo empezó a persuadirle que había allí congregada una gran multitud, que esperaba, con gran silencio y devoción, su predicación. Entonces el Santo les dirigió un discurso elegantísimo, y, al acabar diciendo: "Por todos los siglos de los siglos", las piedras respondieron: "Amén, venerable presbítero". Después de muerto el Santo otro discípulo se disponía a preparar una inscripción para su sepulcro en un solo verso. Le faltaba una palabra y no encontraba ninguna a propósito, hasta que, cansado, se fue a dormir. Y he aquí que, a la mañana siguiente, encontró esculpido en el túmulo el verso completo, por manos angélicas: Hac sunt in fossa Bedae Venerabilis ossa. (En esta tumba yacen los restos del Venerable Beda.)
 La razón verdadera del nombre de Venerable parece ser porque se leían sus homilías en las iglesias, viviendo él. Y, al no poder llamarle santo, decían, "del Venerable Beda", por el gran aprecio que se le tenía. Luego se confirmó, al extenderse sus sublimes escritos por toda la cristiandad.
 Cargado de méritos, de años y de veneración, le llegó al Venerable la hora de morir. Un testigo ocular cuenta a su compañero, en una carta, la última enfermedad y la muerte del Santo. Pasó los últimos días dando gracias a Dios y cantando salmos. Incluso por la noche, el tiempo que le dejaba libre el sueño. A veces interrumpía el canto y se deshacía en lágrimas y lloraban todos con él.
 Durante estos días, sin dejar las lecciones que daba ni el canto de los salmos, emprendió dos obras nuevas: una traducción del Evangelio de San Juan al inglés y algunos pasajes de San Isidoro de Sevilla. Luego se agravó, pero él seguía trabajando.
 Todo el último día enseñaba y dictaba, Se apresuran por acabar el último capítulo. "Maestro, todavía falta un versículo." "Escríbelo pronto", respondió. Luego decía el discípulo: "Todo está acabado". "Sí —repuso el Santo— todo está acabado." Entonces, como gesto de delicadeza, repartió los pequeños recuerdos que le quedaban. Sobre todo a los sacerdotes para que dijesen misas por él. Pidió que le pusiesen en el suelo, vuelto hacia el lugar santo donde tantas veces había alabado a Dios. Y de este modo se puso a cantar por última vez: "Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo". Luego, tranquilamente, entregó su alma a Dios. Era el 25 de mayo de 735, víspera de la Ascensión. Contaba a la sazón sesenta y dos años.
 Experto conocedor de las Sagradas Escrituras, tuvo siempre presentes las palabras del Señor: "Caminad mientras tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas". "Mientras tenemos tiempo obremos el bien." "Viene la noche y ya nadie puede trabajar." Así murió San Beda. Rezando y trabajando. Aprovechando hasta el último día de su vida para no presentarse con las manos vacías. Una vez más la muerte había sido un reflejo fidelísimo de la vida.
 JUSTO LÓPEZ MELÚS
SAN GREGORIO VII, papa
(† 1085)
Se llamaba Hildebrando, nombre que en Alemán significa "Espada del batallador". Al ser elegido Papa, cambió su nombre por el de Gregorio, que significa: "el que vigila". Nació de padres muy pobres en la provincia de Toscana en Italia. Muy joven fue llevado a Roma por un tío suyo que era superior de un convento de esa ciudad. Y allí le costeó los estudios, que hizo muy brillantemente, hasta el punto que uno de sus profesores exclamó que nunca había conocido una inteligencia igual. Uno de sus profesores, el P. Juan Gracián estimaba tanto a su discípulo, que cuando lo eligieron Papa con el nombre de Gregorio VI, nombró a Hildebrando como secretario.
Después de la muerte del Papa Gregorio VI, Hildebrando se fue de monje al famoso monasterio de Cluny, donde tuvo por maestros a dos grandes santos: San Odilón y San Hugo. Ya pensaba pasar el resto de su vida como monje, cuando al ser elegido Papa San León XI, que lo estimaba muchísimo, lo hizo irse a Roma y lo nombró ecónomo del Vaticano, y Tesorero del Pontífice.
Y desde entonces fue el consejero de confianza de cinco Sumos Pontífices, y el más fuerte colaborador de ellos en la tarea de reformar la Iglesia y llevarla por el camino de la santidad y de la fidelidad al evangelio.
Durante 25 año se negó a ser Pontífice, pero a la muerte del Papa Alejandro II, mientras Hildebrando dirigía los funerales, todo el pueblo y muchísimos sacerdotes empezaron a gritar: "¡Hildebrando Papa, Hildebrando Papa!" - El quiso subir a la tarima para decirles que no aceptaba, pero se le anticipó un obispo, el cual con sus elocuentes elogios convenció a los presentes de que por el momento no había otro mejor preparado para ser elegido Sumo Pontífice. El pueblo se apoderó de él casi a la fuerza y lo entronizó en el sillón reservado al Papa. Y luego los cardenales confirmaron su nombramiento diciendo: "San Pedro ha escogido a Hildebrando para que sea Papa".
Un arzobispo le escribió diciéndole: "En ti están puestos los ojos de todo el pueblo. El pueblo cristiano sabe los grandes combates que has sostenido para hacer que la Iglesia vuelva a ser santa y ahora espera oír de ti grandes cosas". Y esa esperanza no se vio frustrada.
San Gregorio se encontró con que en la Iglesia Católica había desórdenes muy graves. Los reyes y gobernantes nombraban los obispos y párrocos y los superiores de conventos y para estos puestos no se escogía a los más santos sino a los que pagaban más y a los que les permitían obedecerles más ciegamente. Y sucedió entonces que a los altos puestos de la Iglesia Católica llegaron hombres muy indignos de tales cargos, y que tenían una conducta verdaderamente desastrosa. Muchos de estos ya no observaban el celibato (la obligación de mantenerse solteros y conservando la virtud de la pureza) y vivían en unión libre y varios hasta se casaban públicamente. Y los gobernantes seguían nombrando gente indigna para los cargos eclesiásticos.
Y fue aquí donde intervino Gregorio VII con mano fuerte. Empezó destituyendo al arzobispo de Milán pues lo habían nombrado para ese cargo porque había pagado mucho dinero (simonía se llama este pecado). Luego el Papa reunió un Sínodo de obispos y sacerdotes en Roma y decretó cosas muy graves. Lo primero que hizo este pontífice fue quitar a todos los gobernantes el derecho a las investiduras, que consistía en que por el sólo hecho de que un jefe de gobierno le diera a un hombre el anillo de obispo o el título de párroco ya el otro quedaba investido de ese poder y podía ejercer dicho cargo. El Papa Gregorio decretó que a los obispos los nombraba el Papa y a los párrocos, el obispo y nadie más. Y decretó que todo el que se atreviera a nombrar a un obispo sin haber tenido antes el permiso del Sumo Pontífice quedaba excomulgado (o sea, fuera de la Iglesia Católica) y la misma pena o castigo decretó para todo el que sin ser obispo se atreviera a nombrar a alguien de párroco.
Estos decretos produjeron una verdadera revolución de todas partes. Todos los que habían sido nombrados obispos o párrocos superiores de comunidades por los gobernantes civiles sintieron que iban a perder sus cargos que les proporcionaban buenas ganancias económicas y muchos honores ante las gentes, y protestaron fuertemente y declararon que no obedecerían al Pontífice. Y los gobernantes civiles sí que se sintieron más, porque perdían la ocasión de ganar mucho dinero haciendo nombramientos.
El primero en declarase en revolución contra el Papa fue el emperador Enrique IV de Alemania que ganaba mucho dinero nombrando obispos y párrocos. Enrique declaró que no obedecería a Gregorio VII y que se declaraba contra sus mandatos. Pero al Papa no le temblaba la mano y decretó enseguida que Enrique quedaba excomulgado, y envió un mensaje a los ciudadanos de Alemania declarando que ya no les obligaba obedecer a semejante emperador. Esto produjo un efecto fulminante. En toda la nación empezó a tramarse una revolución contra Enrique y éste se sintió que iba a perder el poder.
Cuando Enrique IV se sintió perdido se fue como humilde peregrino a visitar al Papa, que estaba en el castillo de Canossa, y allá, vestido de penitente, estuvo por tres días en las puertas, entre la nieve, suplicando que el Sumo Pontífice lo recibiera y lo perdonara. Gregorio VII sospechaba que eso era un engaño hipócrita del emperador, para no perder su puesto, pero fueron tantos los ruegos de sus amigos y vecinos que al fin lo recibió, le oyó su confesión, le perdonó y le quitó la excomunión.
Y apenas Enrique se sintió sin la excomunión se volvió a Alemania y reunió un gran ejército y se lanzó contra Roma y se tomó la ciudad. El Papa quedó encerrado en el Castillo de Santángelo, pero a los pocos días llegó un ejército católico al mando de Roberto Guiscardo, lo sacó de allí y lo hizo salir de la ciudad. El Papa tuvo que irse a refugiar al Castillo de Salerno.
Mientras los enemigos del Santo Pontífice parecían triunfar por todas partes, a Gregorio le llegó la muerte, el 25 de mayo del año 1085. Sus últimas palabras que se han hecho famosas fueron: "He amado la justicia y odiado la iniquidad. Por eso muero en el destierro". Cuando él murió parecía que sus enemigos habían quedado vencedores, pero luego las ideas de este gran Pontífice se impusieron en toda la Iglesia Católica y ahora es reconocido como uno de los Papas más santos que ha tenido nuestra santa religión. Un hombre providencial que libró a la Iglesia de Cristo de ser esclavizada por los gobernantes civiles y de ser gobernada por hombres indignos.
SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZI, virgen
El Papa presenta a Santa María Magdalena de Pazzi «maestra de espiritualidad» para todos.
Carta por el IV centenario del fallecimiento de la mística de Florencia 29 mayo 2007 (ZENIT.org).
La mística italiana Santa María Magdalena de Pazzi tiene el don, para todos, «de ser maestra de espiritualidad –afirma Benedicto XVI-, particularmente para los sacerdotes», por quienes tuvo especial predilección.
En el IV centenario de la muerte de la santa carmelita, el Papa anima a que las celebraciones por este aniversario «contribuyan a dar a conocer cada vez más esta luminosa figura, que a todos manifiesta la dignidad y la belleza de la vocación cristiana».
«Igual que en vida, agarrándose a las campanas, llamaba a sus hermanas de comunidad con el grito: "¡Venid a amar al Amor!", que la gran mística, desde Florencia, desde su seminario, desde los monasterios carmelitas que se inspiran en ella, pueda todavía hoy hacer oír su voz en toda la Iglesia, difundiendo el anuncio del amor de Dios por toda criatura humana», desea el Santo Padre.
Son palabras que dirige Benedicto XVI en una carta al cardenal Ennio Antonelli, arzobispo de Florencia (Italia). El purpurado las leyó el viernes pasado, en la celebración eucarística en la catedral local por la carmelita, nacida el 2 de abril de 1566 y fallecida el 25 de mayo de 1607.
En su misiva, el Papa profundiza en la biografía de la santa florentina, «figura emblemática de un amor vivo que remite a la esencial dimensión mística de toda vida cristiana», y da gracias a Dios por el don de la religiosa, «que cada generación redescubre especialmente cercana en saber comunicar un ardiente amor por Cristo y por la Iglesia».
Bautizada con el nombre de Catalina, desde niña tuvo una especial sensibilidad por la vida sobrenatural y se sintió atraída al coloquio íntimo con Dios.
Hizo la Primera Comunión poco antes de cumplir diez años; días después se entregó para siempre al Señor con una promesa de virginidad.
De noble familia, mantuvo el deseo de asemejarse más «a su Esposo crucificado» -escribe Benedicto XVI- y maduró la decisión de dejar el mundo y entrar en el Carmelo de Santa María de los Ángeles, donde en 1583 recibió el hábito de la comunidad y el nombre de sor María Magdalena.
Al año, gravemente enferma, pidió pronunciar la profesión antes del tiempo establecido. En la Solemnidad de la Santísima Trinidad –27 de mayo de 1584-, llevada al coro en camilla, emitió para siempre ante el Señor sus votos de castidad, pobreza y obediencia.
«Desde este momento tuvo inicio una intensa época mística» -recuerda el Papa-, de la que procede la fama de los éxtasis de la joven religiosa.
También pasó por largos años de purificación interior, entre pruebas y grandes tentaciones, un contexto en el que se enmarca su ardiente compromiso por la renovación de la Iglesia.
«Como Catalina de Siena, se sintió "obligada" a escribir algunas cartas para pedir al Papa, a los cardenales de la Curia, a su arzobispo y a otras personalidades eclesiásticas un decidido empeño para la "Renovación de la Iglesia", como dice el título del manuscrito que las contiene»; fueron doce cartas dictadas en éxtasis, «tal vez nunca enviadas, pero que permanecen como testimonio de su pasión por la "Sponsa Verbi" [Esposa del Verbo, la Iglesia. Ndr]», apunta Benedicto XVI.
Su dura prueba terminó en Pentecostés de 1590; pudo entonces dedicarse con toda energía al servicio de la comunidad, en particular a la formación de las novicias.
Sor María Magdalena tuvo el don de vivir la comunión con Dios de una forma cada vez más interiorizada, convirtiéndose en punto de referencia para toda la comunidad, que hasta la fecha la sigue considerando «madre».
«El amor purificado que latía en su corazón le abrió al deseo de la plena conformidad con Cristo, su Esposo, hasta compartir con Él el desnudo padecimiento de la cruz», subraya el Papa.
La enfermedad le hizo sufrir intensamente los tres últimos años de su vida, que concluyó en la tierra el 25 de mayo de 1607. Antes de dos décadas el Papa Urbano VIII la proclamó beata. En 1669 Clemente IX la incluyó en el catálogo de los santos.
Su cuerpo incorrupto es meta de peregrinaciones constantes.
El monasterio donde la santa vivió es actualmente sede del seminario arzobispal de Florencia, que la venera como patrona. La celda que ocupó es ahora una capilla.
«Santa María Magdalena de Pazzi permanece como una presencia espiritual para las carmelitas de la antigua observancia» -señala Benedicto XVI-, quienes ven en ella «la "hermana" que recorrió enteramente la vía de la unión transformante con Dios y que indica en María la "estrella" del camino hacia la perfección».
«Para todos, esta gran santa tiene el don de ser maestra de espiritualidad, especialmente para los sacerdotes, hacia los cuales alimentó siempre una verdadera pasión»

martes, 23 de mayo de 2017

Miércoles semana 6 de Pascua

Miércoles de la semana 6 de Pascua

El Espíritu Santo es maestro de la Verdad que buscamos, que hemos de propagar como vemos que hace san Pablo.
En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16,12-15).
1. Jesús lleva a los discípulos hasta la Verdad plena, completando sus enseñanzas y dándoles a conocer las realidades futuras: “Cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena, pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir”. Esta verdad interior irá abriéndose en nuestra vida y la historia. Santa Teresa de Jesús fue muy atacada, y ante las acusaciones (que podían costarle cárcel y torturas) dice: “no lo miro como alguien que desea mi mal, sino como un ministro de Dios Nuestro Señor, escogido por el Espíritu Santo como intermediario para hacerme el bien y ayudarme a realizar mi salvación. Creedme, la lanza mejor y más fuerte para conquistar el cielo es la paciencia. Ella es la que hace al hombre poseedor y dueño de su propia alma, como dijo Nuestro Señor a sus Apóstoles…” y le pedimos al Espíritu de Verdad cono la santa: que te vea como Señor de la historia, que vas abriéndome a Jesús, para que así como Él no "hace nada por sí mismo", yo también esté íntimamente unido al Padre, por Jesús, sin preocuparme por tantas cosas de la vida, que si Tú las permites serán para mí ocasiones de merecer. “Todo lo que tiene el Padre es mío(Jn  16,15). Es el Espíritu Santo quien nos hace entender las cosas buenas, hacer el bien, seguir a Jesús…
2. Atenas en la antigüedad, con su medio millón de habitantes (dos tercios son esclavos y pobres), es la ciudad cosmopolita, mezcla de toda raza, centro de la cultura antigua (pero sin ser brillante como en los tiempos de Aristóteles y Platón). Señor, que sepa yo también, como Pablo, llevar tu nombre a tantos ambientes, como los nuevos Aerópagos como internet: “Entonces Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: Atenienses, en todo veo que sois más religiosos que nadie, pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados he encontrado también un altar en el que estaba escrito: Al Dios desconocido. Pues bien, yo vengo a anunciaros lo que veneráis sin conocer”. Que sepa hablar de ti, Dios mío, “Señor del cielo y de la tierra”, que fijas “las edades de su historia” que sepa mostrarte como Quien “no está lejos de cada uno de nosotros, ya que en Él vivimos, nos movemos y existimos”, usando el lenguaje del mundo, como les dice a los griegos: “como han dicho algunos de vuestros poetas: Porque somos también de su linaje”. El otro día leímos en el colegio la escena del “becerro de oro” y Moisés. Al preguntar a los niños qué era un “ídolo”, respondían: “un dios falso”. Y al pasar a comentar si eran ídolos (en otra acepción de la palabra) los jugadores de fútbol como Ronaldo o Messi, veían que no podemos tomarnos tan en serio un deporte, como si fuera una religión. Señor, te pido que no me impida verte ni el dinero ni tantas cosas de la tierra. También te pido hacer como Pablo en este su su discurso más largo, darte a conocer usando el diálogo con el pensamiento que hay en mi mundo: buscar lo que une y buscar la verdad. Pero que no deje de dar testimonio, y hable como él de la «resurrección de los muertos», aunque muchos no le escuchan ya, algunos se convirtieron (Hch 17,15.22-18,1). Señor, que antes que el miedo al qué dirán, a la ruptura, al juicio de los hombres, busque tu juicio… que sea éste mi “éxito”.
«La Iglesia Católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero.... Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, aportan sin embargo, no pocas veces, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» (Vaticano II). Justino siguió este camino del diálogo con el pensamiento pagano, llegando a decir que “los que cumplieron lo que universal, natural y eternamente es bueno fueron agradables a Dios, y se salvarán por medio de Cristo en la resurrección, del mismo modo que los justos que les precedieron”, pues ahí está Dios, como comentó Agustín: “Tú, Dios mío, estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más excelente mío” (san Francisco de Sales insistirá mucho en esta línea).
Es necesario el “conocimiento” que buscan los griegos, pero eso no es lo más importante; Pablo dirá “los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado… necedad para los gentiles”. Pedimos al Espíritu de Verdad, en preparación a su fiesta: ayúdame a juzgar las cosas que me ocurren, y las del mundo, no con la cabeza sino contigo, lo que llamamos sinergia, tú y yo trabajando juntos. Que sepa verte en la historia y en mi vida, que sepa ver como instrumentos a los demás y todo lo que me pasa, que todo conduce al bien cuando estoy contigo. Dame para eso tus dones: el entendimiento (inteligencia) y la ciencia (para conocer lo que se refiere a ti), el consejo (para juzgar bien) y la sabiduría (la salvación), la piedad (sentirme hijo de Dios) y la fortaleza (sobre todo la paciencia, la forma más alta, y perseverar con constancia) y el temor (por amor, solo miedo de apartarme de Ti).
3. En estos 10 días que mañana comenzamos como preparación a tu fiesta, queremos seguir alabando contigo, Espíritu Santo, a Dios Padre, con las palabras del Salmo: “Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria… Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto, alabadlo todos sus ángeles… Reyes y pueblos del orbe, príncipes y jefes del mundo, los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños» (Salmo 148,1-2.11-12-14). Señor, me uno a este cántico que te hacen todas las criaturas, todo el cosmos. Una vez, había un chico tan negativo al que llamaban de broma “electrón” (por la carga negativa que lleva esa partícula). Él entendió que tenía que mejorar, y la forma era agradecer lo bueno de los demás, de los dones que Dios nos da… así quiero alabarte yo también, Señor, y al ver las cosas buenas, tener la carta positiva de un “positrón”, porque todo es bueno cuando se está contigo.
Llucià Pou Sabaté
María Auxiliadora

En el siglo XIX sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón, llevado por la ambición y el orgullo, se atrevió a encarcelar al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: "Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica".
Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: "Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados", vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a acabar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.
Novena a María Auxiliadora
(Recomendada por San Juan Bosco)
1º  Rezar, durante nueve días seguidos, tres Padresnuestros, Avemarías y Glorias con la siguiente jaculatoria: "Sea alabado y reverenciado en todo momento el Santísimo y Divinísimo Sacramento" y luego tres Salves con la jaculatoria: "María Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros".
2º Recibir los Santos Sacramentos de Confesión y Comunión.
3º Hacer o prometer una limosna en favor de las obras de apostolado de la Iglesia o de las obras salesianas.
San Juan Bosco decía "Tened mucha fe en  Jesús Sacramentado y en María Auxiliadora y estad persuadidos de que la Virgen no dejará de cumplir plenamente vuestros deseos, si han de ser para la gloria de Dios y bien de vuestras almas. De lo contrario, os concederá otras gracia iguales o mayores".
NOVENA DE LA CONFIANZA
Madre mía de mi vida,
auxilio de los cristianos,
la pena que me atormenta,
pongo en tus benditas manos.
(Ave María)
Tú que sabes mis secretos,
pues todos te los confío,
da la paz a los turbados
y alivio al corazón mío.
(Ave María)
Y aunque tu amor no merezco,
nadie recurre a Ti en vano,
pues eres Madre de Dios
y Auxilio de los cristianos.
(Ave María)
Finalmente, se reza la oración de San Bernardo:
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María! que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado con esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes! Y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No desechéis, ¡oh Madre de Dios!, mis humildes súplicas, antes bien, inclinad a ellas vuestros oídos y dignaos atenderlas favorablemente.
Quince minutos con María Auxiliadora
¡María! ¡María! ¡Dulcísima María, Madre querida y poderosa Auxiliadora mía! Aquí me tienes; tu voz maternal ha dado nuevos bríos a mi alma y anhelosa vengo a tu soberana presencia... Estréchame cariñosa entre tus brazos... deja que yo recline mi cansada frente sobre tu pecho y que deposite en él mis tristes gemidos y amargas cuitas, en íntima confidencia contigo, lejos del ruido y bullicio del mundo, de ese mundo que sólo deja desengaños y pesares.
Mírame compasiva... estoy triste, Madre, bien lo sabes, nada me alegra ni me distrae, me hallo enteramente turbada y llena de temor...
Abrumada bajo el peso de la aflicción, sobrecogida de espanto, busco un hueco para ocultarme, como la tímida paloma perseguida por el cazador... y ese hueco, ese asilo bendito, ese lugar de refugio es, ¡oh Madre Augusta! tu corazón.
A ti me acerco llena de confianza... no me deseches ni me niegues tus piedades. Bien comprendo que no las merezco por mis muchas infidelidades; dignas de tus bondades son las almas santas e inocentes que saben imitarte y a las cuales yo tanto envidio sinceramente, mas Tú eres la esperanza y el consuelo, por eso vengo sin temor.
¡Madre mía! Permite que yo no toque, sino que abra de par en par la puerta de tu corazón tan bueno y entre de lleno en él, pues vengo cansada y sé que Tú no sabes negarte al que afligido viene a postrarse a tus pies.
¡Virgen Madre! Tu trono se levanta precisamente donde hay dolores que calmar, miserias que remediar, lágrimas que enjugar y tristezas que consolar... por eso, levantándome del profundo caos de mis miserias en que me encuentro sumergida imitando al Pródigo del Evangelio, digo también: "Me levantaré e iré a mi dulce Madre y le diré: ¡Madre buena, aquí está tu hija que te busca! perdona si en algo te he sido infiel, soy tu pobre hija que llora, aquí me tienes aunque indigna a tus favores... te pertenezco y no me separaré de Ti, hasta no llevar en mi pecho el suave bálsamo del consuelo y del perdón.
¿Me abandonarás dulce María? ¿No herirán tus oídos mis clamores? ¡Oh, no! tu apacible rostro ensancha mi confianza, tus castos ojos me miran compasivamente disipando las densas nubes de mi espíritu y de mi abatimiento y zozobra desaparecen con tu materna sonrisa.
Si majestuosa empuñas tu cetro en señal de poder, como eres mi Madre, es tan sólo para manifestarme que eres la dispensadora de las gracias y mercedes del cielo para derramarlas con abundancia sobre esta tu pobre hija que sólo desea amarte y agradecerte.
¡Oh sí! Tú eres el Océano, Madre, y yo el imperceptible grano de arena arrojado en él... Tú eres el rocío y yo la pobre flor mustia y marchita que necesita de Ti para volver a la vida. Que nada me distraiga, que nadie me busque... Yo estoy perdida en el mar inmenso de tu bondad, estoy escondida en el seno misterioso de mi bendita Madre.
Reina mía, confiando en tu Auxilio bondadoso y tierno quiero hablarte con la confianza del niño... quiero acariciarte, quiero llorar contigo... traer a mi memoria dulces recuerdos... derramar mi alma en tu presencia para pedirte gracias, arráncame, en una palabra el
corazón para regalártelo en prenda de mi amor.
Escucha pues, tierna María, mi dulce Auxiliadora, una a una todas mis palabras y deja que cual bordo de fuego penetre en tu corazón, porque quiero conmoverte... quiero rendirlo y quiero en fin que tu Jesús, que tan amable abre sus bracitos sonriendo con dulzura, repita en mi favor nuevamente aquella consoladora palabra que alienta al desvalido y hace temblar al demonio: "He aquí a tu Madre, he aquí a tu hija".
Sí, aquí estoy... aquí está tu pobre hija a quien has amado y amas aún con predilección y que te pertenece por todos títulos... la que descansó en tus brazos antes de reposar en el regazo maternal... la que probó tus caricias mucho antes que los maternos besos... ¿lo recuerdas? Yo dormí en tu seno el dulce sueño de la inocencia, viví tranquila bajo tu manto sin conocer ni sospechar siquiera los escollos de la vida, amándote con ardor y gozando de tus caricias con las que preparaste mi alma y corazón para los rudos ataques de mis enemigos y sinsabores de la vida. Tu mano salvadora no sólo me apartó del abismo en que tantas almas han perecido, sino que me regaló con gracias particularísimas y especiales, dones que reservas tan sólo para tus amados.
Todo... todo lo confieso para mayor gloria tuya y quisiera tener mil lenguas para cantar tus alabanzas, digna y elocuentemente, en fervorosos y tiernos himnos de santa gratitud.
¡Ah cuando me hallo cercada de tinieblas y sombras de muerte, sobrecogida de angustioso quebranto... cuando mi corazón tiembla ante la presencia del dolor, este pensamiento dulcísimo de tus tiernas muestras de predilección viene a ser el rayo luminoso que hace surgir mi frente, dándome alas para remontarme hasta lo infinito... ¡Oh recuerdo consolador! ¡Bendito seas! Eres la escala por la cual subo hasta el trono de la clemencia y del amor santo y verdadero.
Mas ¡ay!... pronto pasaron de aquella alma los días de encanto... con la velocidad del relámpago se disiparon mis goces infantiles y llegó para mí la hora del desamparo... Madre, no puedo soportar su peso... siento quebrantar al mismo tiempo todas mis fuerzas interiores y necesito que tu mano me sostenga para no sucumbir en la lucha... Ansiosa te busco como el pobre náufrago busca su tabla salvadora...
Levanto a Ti mis ojos y mi pesada frente como el marino en busca de la estrella que debe señalarle el puerto. Me siento como abandonada, semejante a una nave sin piloto a merced del oleaje tempestuoso e incesante... ¡Tengo miedo! mucho miedo de perecer, entre las turbias ondas del agitado mar del pecado... Tengo miedo de la justicia divina a quien soy deudora de tantas y tan especialísimas gracias... pero sobre todo tengo miedo... ¡Oh no quisiera ni decirlo... tengo miedo de serte ingrata, abandonándote algún día y olvidando tus ternuras, pagarlas con ingratitud!
¡Jamás lo permitas, Reina mía! Haz que viva siempre unida a Ti, como la débil yedra vive asida fuertemente a la robusta encina defendiéndose del furioso huracán... ¿Qué sería de ésta tu hija, ¡oh Madre!, sin Ti? Mil enemigos me acechan redoblando a cada paso sus infernales astucias... acosada me siento por todas partes y si Tú no me amparas, ¿quién se dolerá de mí? No me alejes, por piedad, sálvame... muestra que eres mi Madre Auxiliadora; olvida por piedad las veces que te he contristado, reduce a polvo mis pecados, lávame con tus lágrimas y límpiame más y más.
Tus brazos son el trono de la misericordia, en ellos descansa tu Jesús... sujétame entre ellos para que no haga uso de la justicia contra mí... dile que acepto el dolor que redime si Tú me lo envías, que venga, si es preciso, el sufrimiento aun cuando mi pobre carne
tiemble ante él, con tal que mi alma se torne blanca como la nieve.
Sí, dile a tu amado hijo que yo quiero desagraviar para alcanzar su clemencia, dile que eche un velo sobre mis faltas y miserias y que olvide para siempre lo mala que he sido... ¡María de mi vida! No resta más que la última etapa... mis ensangrentadas huellas van marcando mis pasos en la senda escabrosa de la vida que está por cortarse... mi cansado corazón late aún, sí, porque Tú les das vida y aliento, pero
derrama las últimas lágrimas que manan de él cual candente lava.
Terminará mi existencia y ¿qué será de mí, si mi Auxiliadora no viene en ese momento terrible? ¿A quién volveré mis ojos si te alejas en ese instante? La gracia que te he pedido y tanto deseo para mi agonía, es grandísima y no la merezco, pero la espero con plena confianza y tu sonrisa me alentará. Estoy segura de que aun cuando el demonio ruja a mi derredor, preparando su último asalto, tu mano maternal me acariciará y con sin par solicitud me prodigará los últimos consuelos en mi despedida de este triste valle de lágrimas.
Esto lo sé cierto, lo siento en mí y no fallará mi esperanza... ni un momento lo dudo. Los ángeles santos, al ver las ternuras de que seré objeto en el terrible trance exclamarán también enternecidos: "Mirad cómo la ama nuestra Reina". Esta es la gracia de las gracias, mi último anhelo, mi petición suprema. Haz ¡oh Madre mía! que tu dulcísimo nombre, que fue la primera palabra que supieron balbucir mis infantiles labios entre las caricias de mi buena madre, sea también la última expresión que suavice y endulce mi sedienta boca al entregar mi alma. ¡Madre!... que mi tránsito sea el postrer tributo de mi amor hacia Ti... que sea la última nota de mis cantos que tantas veces se elevaron en tu loor y el ósculo moribundo que te envíe sea el preludio de mi eterna e íntima unión con la Majestad divina y contigo, ¡oh mi dulce, mi santa y tierna Madre Auxiliadora...!