jueves, 23 de enero de 2014


Viernes de la semana 2 de tiempo ordinario


Jesús nos salva, con la nueva alianza nos invita al amor y nos ofrece la misericordia divina
“En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó” (Marcos 3,13-19).
1. Hoy, el Evangelio condensa la teología de la vocación cristiana: el Señor elige a los que quiere para estar con Él y enviarlos a ser apóstoles: “En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso”. En primer lugar, los elige: "antes de la creación del mundo, nos ha destinado a ser santos” (Ef 1,4). Nos ama en Cristo, y en Él nos modela dándonos las cualidades para ser hijos suyos. Sólo en vistas a la vocación se entienden nuestras cualidades; la vocación es el “papel” que nos ha dado en la redención. Es en el descubrimiento del íntimo “por qué” de mi existencia cuando me siento plenamente “yo”, cuando vivo mi vocación.
¿Y para qué nos ha llamado? “…y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él”. Para estar con Él. Esta llamada implica correspondencia: «Un día —no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia—, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana —que es la razón más sobrenatural—, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El» (San Josemaría).
Es don, pero también tarea: santidad mediante la oración y los sacramentos, y, además, la lucha personal. «Todos los fieles de cualquier estado y condición de vida están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, santidad que, aún en la sociedad terrena, promueve un modo más humano de vivir» (Concilio Vaticano II).
Así, podemos sentir la misión apostólica: llevar a Cristo a los demás; tenerlo y llevarlo. Hoy podemos considerar más atentamente la llamada, y afinar en algún detalle de nuestra respuesta de amor.
Santa Teresa del Niño Jesús dice sobre el misterio de la vocación: “No voy a hacer otra cosa sino: comenzar a cantar lo que he de repetir eternamente -¡¡¡las misericordias del Señor!!! (cf Sal 88,1)...Abriendo el Santo Evangelio, mis ojos han topado con estas palabras: “habiendo subido Jesús a un monte, llamó a sí a los que quiso; y ellos acudieron a él” (Mc 3,13) He aquí, en verdad, el misterio de mi vocación, de toda mi vida, y el misterio, sobre todo, de los privilegios que Jesús ha dispensado a mi alma... El no llama a los que son dignos, sino a los que le place, o como dice san Pablo: “Dios tiene compasión de quien quiere y usa de misericordia con quien quiere ser misericordioso. No es, pues, obra ni del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que usa de misericordia” (Rm 9,15-16).
”Durante mucho tiempo estuve preguntándome a mí misma por qué Dios tenía preferencias, por qué no todas las almas recibían las gracias con igual medida. Me maravillaba al verle prodigar favores extraordinarios a santos que le habían ofendido, como san Pablo, san Agustín, y a los que él forzaba, por decirlo así, a recibir sus gracias; o bien, al leer la vida de los santos a los que nuestro Señor se complació en acariciar desde la cuna hasta el sepulcro, apartando de su camino todo lo que pudiera serles obstáculo para elevarse a él... Jesús se dignó instruirme acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza, y comprendí que todas las flores creadas por él son bellas, que el brillo de la rosa y la blancura de la azucena no le quitan a la diminuta violeta su aroma ni a la margarita su encantadora sencillez... Jesús ha querido crear santos grandes, que pueden compararse a las azucenas y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de contentarse con ser margaritas o violetas, destinadas a recrearle los ojos a Dios cuando mira al suelo. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos”.
2. -“Ahora Jesús ha obtenido un "ministerio" tanto más elevado”... Hebreos pone en griego: «La liturgia» -el ministerio sacerdotal- que Jesús tiene que asegurar...» El es, en efecto, el verdadero celebrante de nuestras liturgias. A través de las miserias humanas del sacerdote celebrante, ¿sabemos ver la perfección de Aquel a quien representa? –“En cuanto que es Mediador de una Alianza más perfecta”... Cuando dos enemistados no logran reconciliarse, se acude a un «mediador» que tratará de acercar los distintos puntos de vista de ambos para restablecer entre ellos la alianza. Jesús es mediador perfecto, totalmente solidario de Dios y totalmente solidario de los hombres... a la vez hombre y Dios.
-“Pues si aquella primera Alianza fuera irreprochable no habría lugar para una segunda”. Y dice citando a Jeremías: -«He aquí que vienen días, dice el Señor, que concertaré con la casa de Israel y con la casa de Judá una nueva Alianza, no como la Alianza que hice con sus padres. Ellos no permanecieron fieles a mi alianza; entonces yo me desentendí de ellos”. La Antigua era una alianza débil porque dependía de nuestras fuerzas, nos acusaba: -“Pondré mis leyes en su mente; las grabaré en su corazón”. El «Nuevo Testamento» ha llevado a la plenitud cuanto se decía en el Antiguo, y ahí el sacerdocio hablaba de Cristo, y ya Jeremías anunciaba una nueva Ley, impresa en el corazón y no en tablas de piedra (cuyo cumplimiento fue escaso: condujo a una obediencia externa, meramente legalista). En Jesús, la ley es el amor que lleva a cumplir la obediencia, la voluntad de Dios: "Aquí estoy para hacer tu voluntad" (Sal 39).
Las exigencias de la voluntad divina le fueron impuestas al hombre desde fuera. No era un principio interno que determinase al hombre en su actuación. La nueva alianza fundamenta las relaciones entre el hombre y Dios en una base completamente distinta. No cambian los mandamientos, pero ya no serán algo impuesto sino que el deseo de su cumplimiento brota del corazón humano, que por la gracia desea lo bueno, y adquiere fuerza para vivirlo. Además, si el amor empapa nuestro actuar, trataremos bien a los demás, y tendremos paz aún en nuestros pecados, que no nos alejan de Dios sino que nos hacen acudir con más fuerza a su misericordia, que siempre nos perdona.
Es Dios el que actúa. Y su gracia, como motor del corazón del hombre, inserta en él la ley de Dios, su voluntad, de modo que esa ley no sea exterior sino esté inscrita en el interior, permitiendo así una especie de obediencia espontánea y libre. Efectivamente ¡esto es lo que necesitamos, Señor! Danos primero lo que Tú nos pides. Haz que mi vida corresponda a tu querer de modo natural.
-“Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. He ahí el pacto ahora concluso: es como unas nupcias, una unión definitiva, para lo mejor y para lo peor. Y el sacramento del matrimonio humano así lo significa (Efesios, 5-32). Mi relación contigo, Señor, ¿tiene ese carácter de relación personal e íntima... a la vez que comunitaria, en Iglesia, en pueblo?
-“Seré indulgente con sus faltas y no me acordaré más de sus pecados”. El perdón forma parte de la alianza de amor (Noel Quesson).
3. Jesús nos enseña a vivir el amor y la obediencia al Padre: “Ni sacrificio ni oblación querías, pero el oído me has abierto; no pedías holocaustos ni víctimas,  dije entonces: Heme aquí, que vengo. Se me ha prescrito en el rollo del libro hacer tu voluntad. Oh Dios mío, en tu ley me complazco en el fondo de mi ser. He publicado la justicia en la gran asamblea; mira, no he contenido mis labios, tú lo sabes, Yahveh. ¡En ti se gocen y se alegren todos los que te buscan! Repitan sin cesar: «¡Grande es Yahveh!», los que aman tu salvación”. Te pido, Señor, no quedarme en lo exterior y ritualista, ni caer en el cansancio por mis fallos sino apoyarme en «la Sangre de la Nueva y eterna Alianza».

Llucià Pou Sabaté

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