jueves, 8 de noviembre de 2012



Treinta y una Semana del Tiempo Ordinario. Viernes
«Decía también a los discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador, al que acusaron ante el amo de malversar la hacienda. Le llamó y le dijo: "¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando". Y dijo para sí el administrador: "¿Qué haré, puesto que mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo: mendigar, me avergüenza. Ya sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando sea retirado de la administración". Y, convocando uno a uno a los deudores de su amo, dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi señor?". El respondió: "Cien medidas de aceite". Y le dijo. "Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta". Después dijo a otro: "¿Tu, cuánto debes?". El respondió: "Cien cargas de trigo". Y le dijo: "Toma tu recibo y escribe ochenta". El dueño alabó al administrador infiel por haber actuado sagazmente; porque los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz». (Lucas 16, 1-8)
1º. Jesús, con la parábola de hoy te quejas de que los que hacen el mal pongan más empeño en sus objetivos que los que intentan hacer el bien: «los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz».
Mientras los primeros no dejan de poner todos los medios a su alcance sin temor a lo que puedan decir los demás, los segundos tienen casi que pedir permiso antes de emprender una obra buena.
Jesús, me pides más espíritu de iniciativa, más tesón, más audacia, más entrega a la hora de hacer el bien, y en especial a la hora de hacer apostolado.
Tú me has dicho: «vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5,14).
Y el mundo está en las tinieblas de la ignorancia, porque faltan apóstoles -«hijos de la luz»- que sepan dar testimonio del Evangelio.
Jesús, por un lado quiero hacer apostolado con mis amigos y familiares: quiero explicarles la alegría y la paz que produce el seguirte.
Pero, a veces, siento otra fuerza que me frena: un temor a quedar mal, a no ser oportuno.
Esta fuerza es lo que se llama «tener respetos humanos», y es la que hace que los «hijos de la luz» no brillen como debieran.
«¡Anunciad la Palabra con toda claridad, indiferentes al aplauso o al rechazo! En definitiva, no somos nosotros quienes promovemos el éxito o el fracaso del Evangelio, sino el Espíritu de Dios. Los creyentes y los no creyentes tienen el derecho a escuchar inequívocamente el auténtico anuncio de la Iglesia. Anunciad la Palabra con todo el amor del Buen Pastor, que se da, que busca, que comprende» (Juan Pablo II).
2º. «¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad. -Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aun niños: todos igual. -Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado» (Camino.-317).
Jesús, alabas al administrador infiel, no por su deslealtad, sino por el empeño que pone en sus asuntos terrenos.
Cada día, cada mes y cada año, haría un balance de las cosas que iban bien, de las que iban mal y de cómo mejorar en el próximo ejercicio.
De la misma manera, si me preocupa mi alma, debería hacer un examen de conciencia al acabar el día; dedicar un tiempo al mes para repasar mi vida interior; y retirarme unos días cada año para hacer balance y preparar el próximo periodo.
También se demuestra el afán que pongo en los asuntos de mi alma por la seriedad con la que vivo mi plan de vida.
Así como el deportista que quiere mejorar una marca se pone objetivos audaces y se ata a un plan de entrenamiento constante y ordenado; si de verdad quiero mejorar en mi vida interior, debo vivir con orden y constancia un horario que incorpore ciertas normas de piedad: oración, misa, rosario, etc.
Jesús, si pongo verdadero interés en los asuntos de mi alma, mi fe no será intelectual y abstracta, incapaz de dar frutos; sino una fe viva y operativa que se demuestre con hechos de piedad, de trabajo bien hecho y de servicio a los demás...
Entonces sabré vencer los respetos humanos; y no habrá obstáculos que me detengan en mi labor de apostolado.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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