lunes, 16 de enero de 2012

Tiempo ordinario II, lunes: Dios es fiel, pero el hombre puede rechazarlo. Jesús es el esposo, como vino nuevo, vestido nuevo para el alma

Primer Libro de Samuel 15,16-23. Entonces Samuel dijo a Saúl: "¡Basta! Voy a anunciarte lo que el Señor me dijo anoche". "Habla", replicó él. Samuel añadió: "Aunque tú mismo te consideres poca cosa, ¿no estás al frente de las tribus de Israel? El Señor te ha ungido rey de Israel. El te mandó hacer una expedición y te dijo: Ve y consagra al exterminio a esos pecadores, los amalecitas; combátelos hasta acabar con ellos. ¿Por qué entonces no has escuchado la voz del Señor? ¿Por qué te has lanzado sobre el botín y has hecho lo malo a los ojos del Señor?". Saúl le replicó: "¡Yo escuché la voz del Señor! Hice la expedición que él me había encomendado; traje a Agag, rey de Amalec, consagré al exterminio a los amalecitas, y el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, lo mejor de lo destinado al exterminio, para ofrecer sacrificios al Señor, tu Dios, en Guilgal". Samuel respondió: "¿Quiere el Señor holocaustos y sacrificios o quiere que se obedezca su voz? La obediencia vale más que el sacrificio; la docilidad, más que la grasa de carneros. Como pecado de hechicería es la rebeldía; como crimen de idolatría es la contumacia. Porque tú has rechazado la palabra del Señor, él te ha rechazado a ti para que no seas rey".

Salmo 50,8-9.16-17.21.23. No te acuso por tus sacrificios: ¡tus holocaustos están siempre en mi presencia!
Pero yo no necesito los novillos de tu casa ni los cabritos de tus corrales.
Dios dice al malvado: "¿Cómo te atreves a pregonar mis mandamientos y a mencionar mi alianza con tu boca, tú, que aborreces toda enseñanza y te despreocupas de mis palabras?
Haces esto, ¿y yo me voy a callar? ¿Piensas acaso que soy como tú? Te acusaré y te argüiré cara a cara.
El que ofrece sacrificios de alabanza, me honra de verdad; y al que va por el buen camino, le haré gustar la salvación de Dios".

Texto del Evangelio (Mc 2,18-22): Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vienen y le dicen a Jesús: «¿por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día.
Nadie cose un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, pues de otro modo, lo añadido tira de él, el paño nuevo del viejo, y se produce un desgarrón peor. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos.

Comentario: 1. 1S 15,16-23. Llevamos ya una semana con la lectura de los Libros de Samuel. Quizá estemos algo desconcertados. Esos textos evocan situaciones muy antiguas y muy diferentes de las nuestras. Si perseveramos meditando sobre esos textos, descubriremos que, por su rareza misma, nos invitan a no detenernos en sus detalles concretos -aunque no sea inútil conocer las explicaciones arqueológicas e históricas que los aclaran-. Lo esencial es descubrir sus profundas significaciones.
-La ambigüedad profunda de los comportamientos y de los principios morales. En la época de Saúl regía un principio moral reconocido por todos los pueblos: terminada una guerra santa, el pueblo vencedor juraba el exterminio total del pueblo vencido. Hombres, mujeres, niños y ganado. ¡Y esto era considerado como un homenaje a Dios, dador de la victoria! Nos horrorizan tales principios; pero eso no impide que tales «hechos» hayan existido históricamente. De otra parte, lo que más nos sorprende es que Dios da la impresión de «seguir» esa costumbre de los hombres. Es como si Él reconociera, a destiempo, la regla moral que la conciencia humana elaboró en un momento dado de su evolución.
-¿Por qué no obedeciste al Señor? ¡El profeta Samuel reprocha a Saúl el haber salvado a una parte de los enemigos! Quizá Saúl experimentó sentimientos de piedad. Quizá creyó rendir un mejor homenaje a Dios «ofreciendo el ganado del botín en sacrificio cultual» antes que destruirlo en un «anatema estéril».
-¿Acaso se complace el Señor en los holocaustos y sacrificios tanto como en la obediencia a la palabra de Dios? Mejor es la obediencia que el sacrificio. Lo que cuenta es hacer la «voluntad de Dios». Obedecer es más importante que ofrecer un culto. Esto es siempre actual. En la ambigüedad de las evoluciones morales -el bien y el mal están cada vez más mezclados-, es preciso ir a lo esencial: estar a la búsqueda constante de la voluntad de Dios.
Jesús repitió frases semejantes: «Es el amor lo que deseo y no el sacrificio». (Mt 8,13). Siguiendo a todos los profetas, Jesús insistió varias veces sobre la necesidad de «interiorizar» la ley y el culto. ¡Señor, si conociéramos más distinta y claramente cuál es tu voluntad! En mi vida actual, evoco los puntos de mi vida en que dudo de qué será lo mejor. Acepto, Señor, no ver claramente, no tener plena seguridad en mis comportamientos... Concédenos, Señor, continuar buscando.
-Porque han rechazado la palabra del Señor, El te rechaza para que no seas Rey. Se esforzó en defenderse, invocando su «sinceridad», presentando sus «excusas». Eso pone en evidencia nuestra radical dependencia respecto a Dios. Cuando nos hemos esmerado en dilucidar cual es el mal menor, debemos, aun entonces, abandonarnos al juicio de Dios. Humildad radical. No somos nosotros los que subjetivamente nos justificamos a nosotros mismos. Señor, en la evolución actual, en la ambigüedad de las situaciones, quiero permanecer dependiendo de Ti (Noel Quesson).
Asistimos al drama de la reprobación de Saúl, aquel joven valiente y buen mozo, elegido de Dios y aclamado por el pueblo el primer «mesías», o sea, «ungido del Señor». ¿Cómo pudo fracasar? Tenemos dos versiones de la culpa que motivó su reprobación: una en el capitulo 13 y la segunda en el fragmento que hoy leemos. Pero las dos parecen insuficientes al lector moderno. De acuerdo con el capitulo 13 habría sido una falta ritual: haberse atrevido a ofrecer el holocausto sin esperar a que lo hiciera Samuel. Pero el mismo texto del relato, aun acusándole de desobediencia a las normas de Yahvé, menciona unas circunstancias que hacen más explicable su conducta: había esperado en vano siete días la llegada de Samuel, mientras el ejército se le dispersaba y los filisteos amenazaban atacar. Sin embargo, Samuel le dice que, por haber desobedecido, Yahvé va se ha buscado «un hombre a su gusto» que le sustituirá.
La segunda versión nos la ofrece este capitulo 15 y la atribuye a no haber cumplido estrictamente la ley del anatema propia de las guerras sagradas, de acuerdo con la cual había que exterminar a todos los hombres y ganado del bando vencido. También aquí hay atenuantes: Saúl había reservado las mejores reses, pero era para sacrificarlas a Yahvé en el santuario de Guilgal. ¿Una infracción litúrgica y la poca rapidez en el exterminio de los enemigos pueden ser causa suficiente para perder el favor de Yahvé, de tal manera que ni reconociendo la culpa y pidiendo perdón (24-29) pueda Saúl recuperarlo? Se dijera más bien que los autores sagrados, ante el hecho histórico del final trágico de Saúl, sienten la necesidad de dejar muy claro que no se trata de un fracaso de Dios, sino del hombre. Por otra parte, como dice san Agustín: «Dios no nos abandona si no le abandonamos» (y podríamos añadir que muy a menudo incluso abandonándole él no nos deja, sino que nos persigue con su gracia para conseguir la conversión) y, por consiguiente, debió de mediar alguna infidelidad en Saúl, ya que Dios le retiró su favor. Los autores sagrados escudriñan los recuerdos históricos y hallan solamente esas dos infracciones, que a nuestro parecer no son graves, pero no podemos afirmar que no hubiera habido otras.
Mejor que querer averiguar cuál fue históricamente la falta de Saúl -cada hombre es un misterio-, el mensaje religioso y también histórico de este fragmento hay que buscarlo en otra dirección. Al escribir este relato, algunos siglos después de sucedidos los hechos, el conflicto entre Samuel y Saúl se había convertido en paradigma de la tensión entre monarcas y profetas que atraviesa toda la historia de los reyes, ya en lo que se refiere a Judá (Isaías delante de Acaz y Ezequías), como más aún en el reino del Norte (Elías y Acab, Amós y Jeroboán II). La historia del fracaso de Saúl recordará siempre a los reyes que Dios da la realeza y la quita cuando quiere, y que hay que obedecerle a él y a sus enviados, los profetas. En caso contrario, la liturgia oficial no es grata a Dios: "Obedecer vale más que un sacrificio" (22) (H. Raguer).

2. Comentario al Salmos 49, tomado de editorial CLIE: es un salmo de instrucción, no de oración ni de alabanza. Dios se dirige aquí, por medio del salmista, a los que tenían un falso concepto de la religión, para hacerles ver que no se complace en los sacrificios del culto ni en el cumplimiento externo de la ley, mientras no se cumple de corazón lo que El ha ordenado.
La exhortación a los adoradores de Dios, para que conviertan sus sacrificios en oraciones (vv 7-15).
La reprensión a los que albergan la pretensión de que adoran a Dios, pero viven en desobediencia a sus mandatos (vv. 16-20); se les lee la sentencia (vv. 21, 22), y se amonesta a todos a que consideren su conducta tanto como sus devociones (v. 23). Es un salmo de Asaf.
Dios se dirige aquí a los que, en su religión, ponían todo el énfasis en la observancia exterior de la ley ceremonial, pensando que eso bastaba.
Expresa su relativo menosprecio de los sacrificios legales (v 8). Lo cual puede ser considerado: (A) En su relación con la ley misma. Los israelitas creían que Dios les habría de estar agradecido y satisfecho por la multitud de sacrificios que le ofrecían sobre el altar; pero Dios les declara que no necesitaba tales sacrificios. ¿Para qué los quería, siendo el Dueño Soberano de todos los animales? (vv 9,10). La infinita autosuficiencia de Dios muestra nuestra completa insuficiencia para añadir nada a lo que ya es suyo.
Después de instruir a su pueblo, por medio del salmista, sobre el método correcto de rendirle adoración, pasa Dios ahora a reprender a los malvados. El cargo que les imputa. (A) Les acusa de usurpar las funciones y los privilegios de la religión (v 16): «¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes?», le dice al malvado. Esto es un reto a los que aparentan ser piadosos, pero son en realidad profanos, para mostrar que no están debidamente cualificados para declarar a otros la ley que ellos mismos no cumplen. Esta es la hipocresía de la que el Señor acusaba a los escribas y fariseos (por ej. Mt 23 y comp. con Ro 2:21,22), pero también tiene aplicación a todos los que profesan la piedad, pero practican la iniquidad, especialmente cuando son ministros de Dios y predicadores del Evangelio. (B) Les acusa de transgredir las leyes y preceptos de la religión (v 17): «Pues tú aborreces la corrección.» Les gustaba instruir y corregir a otros, pues esto les nutría el orgullo, pero aborrecían ser ellos mismos corregidos, pues esto les proporcionaba humillación; así que, para no verlas, se echaban a la espalda las palabras de Dios (v 17b).
La prueba del cargo que les hace (v 21): «Estas cosas hacías.» El Dios que conoce, no sólo los hechos, sino también las intenciones del corazón, puede expresarse categóricamente: Los hechos eran demasiado evidentes para ser negados, y demasiado pecaminosos para ser excusados.
La paciencia del Juez, y el abuso que el pecador hace de esa paciencia: «Y yo he callado.» Como diciendo: «Yo no te he parado los pies ni te he castigado, sino que te he permitido seguir tu curso; te he concedido prórroga, sin ejecutar de inmediato la sentencia que tus maldades merecían.» Sin embargo, el texto hebreo admite otra traducción, aunque menos probable: « ¿Y había yo de haber callado?» La paciencia de Dios es tanto más de admirar por el mal uso que el pecador hace de ella. Los pecadores suelen tomar el silencio de Dios por consentimiento, y la paciencia por connivencia y, por eso, cuanto más tardan en ser castigados, tanto más se les endurece el corazón.
La amable advertencia que les hace (v 22): «Entended ahora esto los que os olvidáis de Dios; considerad que Dios conoce vuestros pecados y toma buena nota de ellos, que la despreciada paciencia se volverá furiosa ira, pues si no consideráis esto ni mejoráis con ello vuestra conducta, os despedazará como un león (comp. con Os. 5:14), y no habrá quien os libre.»
A todos se nos dan luego las instrucciones necesarias para que evitemos ese fatal destino. (A) El fin primordial del hombre es dar gloria a Dios, y aquí se nos dice que «el que ofrece el sacrificio de acción de gracias le glorifica, le honra» (v 23), ya sea judío o gentil, pues esos son los sacrificios espirituales en los que Dios se complace (v He. 13:15,16). Esos son los sacrificios que surgen del fuego del altar de un corazón que arde en afectos de sincera devoción. (B) El fin del hombre es también, en conjunción con la glorificación de Dios, llegar a ser feliz en íntima comunión con El, y aquí se nos dice que al que ordena su camino, esto es, al que rectifica su conducta, le será mostrada la salvación de Dios. Vemos aquí un giro gramatical frecuente en hebreo, pues, siendo Dios el que habla, habríamos de esperar leer: «mi salvación». Buena es la expresión de gratitud, pero mejor es la vivencia de gratitud.
Convocados a juicio ante Dios, ¿quién podrá abrir la boca para defenderse o justificarse? Ante Él está nuestra vida desnuda; nada queda oculto ante sus ojos. Por eso, mientras aún es tiempo, sepamos deponer nuestro orgullo ante Él. Teniendo como punto de referencia el amor que el Padre Dios nos ha manifestado en Cristo, juzguemos nuestra vida y sepamos rectificar nuestros caminos. Acerquémonos con humildad al Señor y pidámosle que tenga misericordia de nosotros; pidámosle perdón y el Señor tendrá compasión de nosotros. Pero, recibido el perdón, a nosotros corresponde en adelante serle fieles al Señor. Sabiendo que somos frágiles, inclinados más hacia el mal que hacia el bien, con humildad pidámosle al Señor que nos renueve y que nos dé la fuerza de su Espíritu Santo, pues sólo así podremos vivir y caminar como hijos suyos, manteniéndonos fieles hasta el final de nuestra vida.

3. Mc 2,18-22 (ver domingo 8B). Nos encontramos con un tercer motivo de enfrentamiento de Jesús con los fariseos: después del perdón de los pecados y la elección de un publicano, ahora murmuran porque los discípulos de Jesús no ayunan. Los argumentos suelen ser más bien flojos. Pero muestran la oposición creciente de sus enemigos. Los judíos ayunaban dos veces por semana -los lunes y jueves- dando a esta práctica un tono de espera mesiánica. También el ayuno del Bautista y sus discípulos apuntaba a la preparación de la venida del Mestas. Ahora que ha llegado ya, Jesús les dice que no tiene sentido dar tanta importancia al ayuno. Con unas comparaciones muy sencillas y profundas se retrata a si mismo:
- él es el Novio y por tanto, mientras esté el Novio, los discípulos están de fiesta; ya vendrá el tiempo de su ausencia, y entonces ayunarán; - él es la novedad: el paño viejo ya no sirve; los odres viejos estropean el vino nuevo. Los judíos tienen que entender que han llegado los tiempos nuevos y adecuarse a ellos. El vino nuevo es el evangelio de Jesús. Los odres viejos, las instituciones judías y sobre todo la mentalidad de algunos. La tradición -lo que se ha hecho siempre, los surcos que ya hemos marcado- es más cómoda. Pero los tiempos mesiánicos exigen la incomodidad del cambio y la novedad. Los odres nuevos son la mentalidad nueva, el corazón nuevo. Lo que les costó a Pedro y los apóstoles aceptar el vine nuevo, hasta que lograron liberarse de su formación anterior y aceptar la mentalidad de Cristo, rompiendo con los esquemas humanos heredados.
El ayuno sigue teniendo sentido en nuestra vida de seguidores de Cristo. Tanto humana como cristianamente nos hace bien a todos el saber renunciar a algo y darlo a los demás, saber controlar nuestras apetencias y defendernos con libertad interior de las continuas urgencias del mundo al consumo de bienes que no suelen ser precisamente necesarios. Por ascética. Por penitencia. Por terapia purificadora. Y porque estamos en el tiempo en que la Iglesia «no ve» a su Esposo: estamos en el tiempo de su ausencia visible, en la espera de su manifestación final. Ahora bien, este ayuno no es un «absoluto» en nuestra fe. Lo primario es la fiesta, la alegría, la gracia y la comunión. Lo prioritario es la Pascua, aunque también tengan sentido el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo como preparación e inauguración de la Pascua. También el amor supone muchas veces renuncia y ayuno. Pero este ayuno no debe disminuir el tono festivo, de alegría, de celebración nupcial de los cristianos con Cristo, el Novio. El cristianismo es fiesta y comunión, en principio. Así como en el AT se presentaba con frecuencia a Yahvé como el Novio o el Esposo de Israel, ahora en el NT es Cristo quien se compara a si mismo con el Novio que ama a su Esposa, la Iglesia. Y eso provoca alegría, no tristeza (J. Aldazábal).
* La novedad esponsal en Jesús, el paño nuevo, el vino nuevo, la alianza nueva, todo es novedad, que requiere no una simple adaptación sino un cambio radical. Dios es siempre nuevo. Los hombres pueden cambiar, pasar de la fidelidad a la infidelidad, pero Dios no, Dios es siempre fiel. Se nos muestra como un enamorado, que entreteje un diálogo nuevo, de intimidad en una nueva alianza sellada en el interior del corazón. La alianza esponsal culmina en el misterio sublime de la pasión, muerte y resurrección, ahí se desposa con el nuevo pueblo de la Iglesia, por el Espíritu Santo, que hace nuevas todas las cosas. La relación esponsal establece una cosa nueva que nace del compromiso entre un hombre y una mujer, con pasión, compromiso y exclusividad. El paño nuevo siempre es para hacer un vestido nuevo, no para remendar el viejo. “Jesús es la tela nueva, que quiere vestir al hombre con la novedad de su mensaje y de su salvación definitiva y total. ¿Puede acaso la novedad de Cristo reducirse a ser un remiendo de las tradiciones, ritos, instituciones del judaísmo o de las religiones paganas existentes en el mundo helenístico?” (cf. el comentario al pasaje, en Iesus.org). El vino nuevo requiere odres nuevos. Jesús es el vino nuevo. “El odre viejo es el hombre no renovado por el misterio de Cristo paciente y glorioso, el hombre perteneciente a las religiones antiguas, principalmente la religión judía. El vino nuevo de Cristo reclama hombres nuevos, dispuestos a beber el cáliz del vino nuevo con alegría y con sinceridad” (ibid.).
El tema de la unión esponsal hace referencia al cuerpo humano como don. “La vocación esponsal no sólo dice a la persona sino que la dice como don. El don de sí, en efecto, es el sentido último de la existencia humana, la vocación que funda todas las demás, lo único que realiza plenamente a la persona. Respecto al don de sí el cuerpo es su signo y su condición de posibilidad; es la persona misma en cuanto susceptible de darse. Sólo en el cuerpo y según el cuerpo es posible el amor humano, cualquiera que sea su forma. Cierto que en el matrimonio tiene lugar la unión según el cuerpo de modo singular y paradigmático, pero lo esponsal rebasa infinitamente lo matrimonial. Incluso podemos decir que la existencia humana en su totalidad acontece según el cuerpo, y por eso mismo posee dimensión esponsal. Así lo comprende el Cristianismo en la perspectiva de la Encarnación, según la cual todo lo humano se halla envuelto en una relación esponsal con Dios cuyo eje es Cristo, el Dios hecho carne. A la luz de este misterio comprendemos que en lo corporal siempre late lo esponsal. Por ejemplo en la presencia, que es la manifestación corporal más básica, adivinamos una entrega incoada, un don de sí incipiente, una afirmación del otro, una apertura al amor, admitiendo todo ello diversos grados. Así ocurre en la palabra de Cristo en la Última Cena “esto es mi Cuerpo” (Mt 26, 26), que equivale a decir: “aquí estoy presente, soy yo aquí y ahora, soy yo en trance de ofrecerme”. Por su alusión a la entrega voluntaria, la frase evangélica expresa, además, el grado máximo de presencia corporal, pues en ella se asume la debilidad, la indigencia y la vulnerabilidad. En el cuerpo, efectivamente, la persona está expuesta al dolor y a la muerte, y necesitada de salvación; por eso en los niños y enfermos la presencia adquiere peculiar intensidad. La fragilidad del cuerpo pone de manifiesto su significado esponsal, aunque también lo hace, de otro modo, la belleza y el vigor físico. Los diversos significados se concilian e iluminan mutuamente en el don de sí salvador, pues la persona se recibe dándose, se gana perdiéndose y se salva entregándose. En este sentido Tertuliano (s. III) consideraba al cuerpo como “quicio de la salvación” (caro salutis est cardo)” (Pablo Prieto).
El esposo, según la expresión de los profetas de Israel, indica al mismo Dios, y es manifestación del amor divino hacia los hombres (Israel es la esposa, no siempre fiel, objeto del amor fiel del esposo, Yahvé). Es decir, Jesús se equipara a Yahvé. Está aquí declarando su divinidad: llama a sus discípulos «los amigos del esposo», los que están con Él, y así no necesitan ayunar porque no están separados de Él.
Jesús nos acompaña en nuestro camino, hace historia con nosotros, y hemos de alegrarnos: “¿Acaso pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?” Esta presencia del esposo que ama, nos dará alegría y seguridad; y nos ayuda a colaborar con la gracia para superar el pecado, morir al hombre viejo, quitarnos el vestido viejo, y vestirnos del hombre nuevo, revistiéndonos de Jesucristo.
** “Hoy comprobamos cómo los judíos, además del ayuno prescrito para el Día de la Expiación (cf. Lev 16,29-34) observaban muchos otros ayunos, tanto públicos como privados. Eran expresión de duelo, de penitencia, de purificación, de preparación para una fiesta o una misión, de petición de gracia a Dios, etc. Los judíos piadosos apreciaban el ayuno como un acto propio de la virtud de la religión y muy grato a Dios: el que ayuna se dirige a Dios en actitud de humildad, le pide perdón privándose de aquellas cosas que, satisfaciéndole, le hubieran apartado de Él.
Que Jesús no inculque esta práctica a sus discípulos y a los que le escuchan, sorprende a los discípulos de Juan y a los fariseos. Piensan que es una omisión importante en sus enseñanzas. Y Jesús les da una razón fundamental: «¿Acaso pueden los amigos del esposo ayunar mientras está con ellos el esposo?» (Mc 2,19) (…) La Iglesia ha permanecido fiel a esta enseñanza que, viniendo de los profetas e incluso siendo una práctica natural y espontánea en muchas religiones, Jesucristo la confirma y le da un sentido nuevo: ayuna en el desierto como preparación a su vida pública, nos dice que la oración se fortalece con el ayuno, etc” (Joaquim Villanueva).
Pero lo principal no es el ayuno sino el amor, el vestido nuevo que nos ponemos con el paño de la gracia, la filiación divina, revestirnos de Cristo: «Un día -no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia-, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana -que es la razón más sobrenatural-, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El (…) La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía». Así san Josemaría Escrivá recordaba el mensaje de santidad en medio del mundo, que resumía así: «conocer a Jesucristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios», escribió don Josemaría en un pequeño trozo de papel con trazos fuertes. Y la filiación divina ocupa un lugar de fundamento. En una tertulia de 1967 le preguntaron: «-¿Qué podemos decir como lo más fundamental de nuestra vocación?: -Di lo que te parezca más adecuado, según cada persona. Para mí, lo más fundamental, lo mejor, lo más bonito es que me hace sentirme hijo de Dios. Da una gran serenidad, aunque se haga una tontería muy gorda. Todos somos hijos de Dios, pero algunos no quieren serlo o no lo saben. Nosotros tenemos la alegría de saberlo, y así podemos pedir ayuda. Cuando surge la dificultad: Abba, Pater!. Y viene inmediatamente la serenidad».
*** Entre los que escuchaban al Señor, la mayoría serían pobres y sabrían de remiendos en vestidos; habría vendimiadores que sabrían lo que ocurre cuando el vino nuevo se echa en odres viejos. Les recuerda Jesús que han de recibir su mensaje con espíritu nuevo, que rompa el conformismo y la rutina de las almas avejentadas, que lo que Él propone no es una interpretación más de la Ley, sino una vida nueva. Toda nuestro obrar moral se alimenta de este hecho: somos hijos de Dios: Mirad qué amor nos ha manifestado el Padre, pues ha querido que nos llamemos hijos de Dios, y lo seamos (1 Jn, 3, 1). Dios elige al hombre -ego elegi vos -, y lo crea, para ser santo y gozar de la presencia de Dios siendo en la vida nueva de la gracia imitadores de Jesucristo como hijos queridísimos. «Esta unión de Cristo con el hombre, es en sí misma un misterio, del que nace el hombre nuevo llamado a participar en la vida de Dios (cfr 2 Petr 1, 4), creado nuevamente en Cristo, en la plenitud de la gracia y verdad (cfr. Eph 2, 10; Io 1, 14.16) –seguía diciendo san Josemaría-… El "hombre nuevo", llamado a participar de la vida de Dios, nace de la unión con Cristo, porque el principio de la vida nueva es la gracia, y esta es en el hombre una participación de la gracia que llena plenamente el alma humana de Cristo: su gracia capital».
Así pues, el hombre, después de su caída que disgrega sus energías y, herido, quiere ser esclavizado por el pecado, ha sido elevado a la gracia, redimido y recreado -es el 'esse gratiae' (2 Cor 5, 17)-: por Cristo, y en Cristo somos hijos de Dios. Dice S. Pablo: “Quicumque enim spiritu Dei aguntur, ii sunt filii Dei –los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rom 8, 14). La filiación divina graba en el hombre los rasgos del Unigénito, haciéndole hermano de Jesucristo y con la gracia otorga las virtudes sobrenaturales y los dones, por el Espíritu: por la gracia Dios convierte al hombre en hijo adoptivo y templo de la Santísima Trinidad.
La novedad –el vino nuevo, la nueva alianza, la novedad esponsal- del obrar de los hijos de Dios se basa pues en la docilidad a la gracia. A un alma así, Dios le va llevando «por los caminos de nuestra vida interior -dice a uno grupo de hijos suyos, recordando aquellos años-. ¿Qué puede hacer una criatura que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos. Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina -de expiación, de penitencia-, llevando el compás. ¿Qué buscaba yo? Cor Mariæ Dulcissimum, iter para tutum! Buscaba el poder de la Madre de Dios, como un hijo pequeño, yendo por caminos de infancia. Y acudía a San José, mi Padre y Señor...; y a la intercesión de los Santos...; y a la devoción a los Santos Angeles Custodios» (sigo con el discurso de san Josemaría). Veamos una de las manifestaciones: el temor filial –clásico en los Padres- en relación con el sentido de la filiación divina y el amor esponsal del que vamos hablando.
El hijo de Dios está libre de temor; y la filiación divina se manifiesta en el amor: libre de temor, pues «un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiación divina». No hay temor alguno sino confianza segura: «Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Ante un Dios que corre hacia nosotros, no podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, Pater! (Rom VIII, 15), Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo». San Josemaría Escrivá, que ha tanto insistido sobre este punto, decía en sus primerísimos escritos: Dios «está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando.
¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! -Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien!
Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos».
En efecto, así ve al Dios de nuestra fe...: es un Padre que ama a sus hijos (cf. Cristo que pasa, n. 84), continuamente pendiente de nosotros: dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de la palabra del hombre... Nos oye el Señor, para intervenir, para librarnos del mal y llenarnos de bien (n. 57).
Insiste en otro lugar: «El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia El, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones»
«La religión es la mayor rebeldía del hombre que no tolera vivir como una bestia, que no se conforma -no se aquieta- si no trata y conoce al Creador. Os quiero rebeldes, libres de toda atadura, porque os quiero -¡nos quiere Cristo!- hijos de Dios. Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida. O hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso en el que tantas almas parecen debatirse» (Amigos de Dios, 38).
Es un gran tema de la patrística (en mi tesis doctoral toqué este tema), que se resume en los binomios temor filial o casto en relación con la esclavitud del amor, que es la libertad: «Pero se habla también de temor. No me imagino más temor que el de apartarse del Amor. Porque Dios Nuestro Señor no nos quiere apocados, timoratos, o con una entrega anodina. Nos necesita audaces, valientes, delicados. El temor que nos recuerda el texto sagrado nos trae a la cabeza aquella otra queja de la Escritura: busqué al amado de mi alma; lo busqué y no lo hallé (Cant III, 1)» (Amigos de Dios, 277).
«Hijos míos, ved si hay en la tierra un amor más fiel que el amor de Dios por nosotros. Nos mira por las rendijas de las ventanas -son palabras de la Escritura (cfr. Cant. II, 9)-, nos mira con el amor de una madre que está esperando al hijo que debe llegar: ya viene, ya viene... Nos mira con el amor de la esposa casta y fiel, que espera a su marido. Es El quien nos espera, y nosotros hemos sido, tantas veces, quienes le hemos hecho esperar». Consideraciones que nos ayudan a ayunar, sí, pero sobretodo preparar nuestro corazón para el vino nuevo, la nueva alianza esponsal y filial en Cristo.
Siguiendo la "lectura continua" del evangelio, según san Marcos, no olvidemos que estamos ante la predicación de san Pedro, de quien Marcos es como el secretario. Es importante leer este evangelio por sí mismo; olvidando momentáneamente los otros tres evangelios... Como conocemos mejor el evangelio según san Mateo, nos sentimos tentados de "proyectar" sobre una página de Marcos, otros detalles de la misma escena, que Mateo nos ha relatado. La pasada semana vimos el comienzo de la predicación y de la acción de Jesús. Vimos que había escogido ya cinco discípulos y que impone silencio a los que le reconocen como Hijo de Dios. Esta semana, en cada página, encontraremos a "Jesús y sus discípulos" que forman un grupo absolutamente solidario, frente a sus adversarios...
En lo que Pedro nos aporta, es capital recordar esto: Jesús como diríamos hoy contesta y es contestado...
-Los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban; vienen pues a Jesús y le dicen: ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como los discípulos de Juan y los fariseos?" La solidaridad es pues total. Hemos visto, viernes último, que se hacía a los discípulos una pregunta sobre el comportamiento de Jesús: "¿Por qué habla así este hombre? ¡Basfema!" Hoy vemos a los mismos adversarios hacer a Jesús una pregunta sobre el comportamiento de sus discípulos: "¿Por qué tus discípulos no ayunan?" Todo el evangelio de san Pedro presentará este conflicto: sólo estamos en el segundo capítuIo, pero ya se está preparando el "complot" que conducirá a la Pasión. "Jesús y sus discípulos"... también es la Iglesia que se prepara. Jesús y sus discípulos forman un grupo que nos interpela... por su comportamiento no habitual. ¿Es esto verdad hoy?
-Jesús contesta: "¿Acaso pueden los invitados a la boda ayunar mientras está con ellos el esposo?"
El segundo conflicto que provoca el grupo -siendo el primero la "remisión de los pecados"- es pues una especie de alegría inusitada: gentes que no "ayunan", gentes que "comen y beben" normalmente en lugar de ayunar, ¡gentes con aire de fiesta! Hasta aquí, los piadosos, los espirituales, se distinguían siempre por su austeridad, sus sacrificios. ¡Pues, sí! Es realmente la fiesta, responde Jesús. Mis discípulos son "los invitados a una boda"... tienen al "esposo" con ellos... son gentes felices, alegres. Si estos adversarios hubieran estado disponibles, habrían comprendido la alusión: toda la Bihlia, que ellos creían conocer tan bien habla de Dios como de un Esposo que había hecho Alianza con la humanidad. He aquí llegado el tiempo de la nueva Alianza, he aquí llegado el tiempo de la Boda de Dios con el hombre, es pues el tiempo de la alegria. ¿Tengo yo el mismo espíritu? ¿Soy un discípulo de este hombre?
-Nadie remienda un vestido viejo con una pieza de tela nueva... Nadie echa vino nuevo en odres viejos... A vino "nuevo", odres "nuevos". ¡Pues, sí! Será preciso escoger. O bien se queda uno con lo "viejo", los viejos usos, las viejas costumbres. O bien uno entra en la "novedad", en la renovación, en la juventud. Jesús no teme afirmar, desde el comienzo, la novedad radical de su mensaje. El evangelio no es un "remiendo", ¡es "algo nuevo"! ¿Tengo yo este espíritu? ¿Soy un discípulo de este hombre? (Noel Quesson).

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