miércoles, 9 de marzo de 2011

Miércoles de Ceniza: “ahora es tiempo favorable” para reconciliarnos con Dios: hemos de convertirnos en el corazón y aprovechar las armas para vencer


Miércoles de Ceniza: “ahora es tiempo favorable” para reconciliarnos con Dios: hemos de convertirnos en el corazón y aprovechar las armas para vencer al maligno y prepararnos para la Pascua: oración, ayuno y limosna

Lectura de la profecía de Joel 2, 12-18. «Ahora - oráculo del Señor convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas.» Quizá se arrepienta y nos deje todavía su bendición, la ofrenda, la libación para el Señor, vuestro Dios. Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno, convocad la reunión. Congregad al pueblo, santificad la asamblea, reunid a los ancianos. Congregad a muchachos y niños de pecho. Salga el esposo de la alcoba, la esposa del tálamo. Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: -«Perdona, Señor, a tu pueblo; no entregues tu heredad al oprobio, no la dominen los gentiles; no se diga entre las naciones: ¿Dónde está su Dios? El Señor tenga celos por su tierra, y perdone a su pueblo.»

Salmo 50,3-4.5-6a.12-13.14 y 17. R. Misericordia, Señor: hemos pecado.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza.

Segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5,20-6,2. Hermanos. Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios. Secundando su obra, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación.

Texto del Evangelio (Mt 6,1-6.16-18): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

Comentario: Inicio de la Cuaresma, camino hacia la Pascua. Ambientación que el domingo próximo se pone de manifiesto y que está ya presentes desde hoy: el color morado, la ausencia de las flores y del aleluya, el repertorio propio de cantos... Al comienzo de la celebración se omite el acto penitencial: se reza o canta, por tanto, el Señor ten piedad, sin intenciones. Y cosas que si siempre son importantes, lo son más todavía cuando se inicia un tiempo con significado más intenso: proclamar de un modo más expresivo y cuidado las lecturas del día, cantar el salmo responsorial, al menos su antífona entre las varias estrofas, y hacer una breve homilía, ayudando a entrar en el clima de la Cuaresma. La Plegaria puede ser una de las de Reconciliación.
El gesto simbólico propio de este día es la sobriedad de la ceniza, que comunica su mensaje de humildad y de conversión. El sacerdote se impone primero él mismo la ceniza en la cabeza -o se la impone el diácono u otro concelebrante, si lo hay- porque también él, hombre débil, necesita convertirse a la Pascua del Señor. Luego la impone sobre la cabeza de los fieles, tal vez en forma de una pequeña señal de la cruz. Si parece más fácil, se podría imponer en la frente, por ejemplo a las religiosas con velo. Es bueno que vaya diciendo en voz clara las dos fórmulas alternativamente, de modo que cada fiel oiga la que se le dice a él y también la del anterior o la del siguiente. Una fórmula apunta a la conversión al Evangelio: «Convertíos y creed el Evangelio». Mientras que la otra alude a nuestra caducidad humana: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». Las tres lecturas de hoy expresan con claridad el programa de conversión que Dios quiere de nosotros en la Cuaresma: convertíos y creed el Evangelio; convertíos a mí de todo corazón; misericordia, Señor, porque hemos pecado; dejaos reconciliar con Dios; Dios es compasivo y misericordioso... Cada uno de nosotros, y la comunidad, y la sociedad entera, necesita oír esta llamada urgente al cambio pascual, porque todos somos débiles y pecadores, y porque sin darnos cuenta vamos siendo vencidos por la dejadez y los criterios de este mundo, que no son precisamente los de Cristo (J. Aldazábal). “Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma, para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal” (Colecta).
1. Jl 2,12-18. Cada año la Cuaresma debe ser como un toque de trompeta, la convocación de la comunidad cristiana, para que los que se sienten seguidores de Jesús y miembros vivos de la Iglesia emprendan un camino serio de conversión y renovación para celebrar la Pascua anual. Cada parroquia, cada comunidad ha de tener eso muy claro hoy. Decimos: ¡Adelante, emprendamos con ilusión, con pasión, el camino de los cuarenta días que son esfuerzo y lucha, milicia, para hacer, junto con Cristo y con su gracia renovadora, el paso, la Pascua, del hombre viejo al hombre nuevo!
Cuaresma es un programa, un camino, un esfuerzo y milicia para revisar y renovar nuestro ser cristianos, que consiste radicalmente en vivir la vida de Cristo ya desde ahora, mientras somos peregrinos y testimonios del Reino de Dios.
Por tradición sacramental, la Cuaresma es preparación inmediata de los catecúmenos a la iniciación cristiana en la Vigilia pascual y de los penitentes a la reconciliación, que les era concedida inmediatamente antes de la celebración de la Pascua. Esta doble línea debe ser mantenida y propuesta a los creyentes que de verdad quieren entrar en la preparación de la Pascua. Ésta nunca ha de ser considerada como un simple "aniversario" de la Pascua de Jesús, como un recuerdo, una fiesta conmemorativa. La liturgia siempre es actualización, vivencia, mediante los sacramentos que nos injertan en Cristo y nos renuevan esta inserción recibida en la iniciación: bautismo, confirmación y primera eucaristía; el sacramento de la penitencia, como segundo bautismo, nos restituye o renueva y perfecciona nuestro ser Cuerpo de Cristo, estropeado a menudo por el desgaste del pecado.
Si una parroquia o comunidad tiene catecúmenos que han de recibir la iniciación cristiana en las próximas fiestas pascuales, durante la Cuaresma debe acompañarlos, renovando ella misma los pasos del catecumenado: la profundización en la fe y en la conversión por la audición de la Palabra de Dios, por la plegaria, por la revisión de sus actitudes y comportamientos en el mundo.
Pero toda comunidad cristiana, en Cuaresma, es invitada a prepararse a renovar su iniciación (en la Vigilia pascual) y a seguir un camino de conversión para "hacer penitencia" de verdad, es decir, para convertirse de corazón a Dios y a los hermanos. Renovaremos las promesas bautismales en la Vigilia pascual, y debe ir precedido por un esfuerzo de clarificar qué es ser cristiano hoy en la doble vertiente de la renuncia (conversión) y de la fe, y también por una "programación penitencial", en la que puede ser bueno acudir al sacramento de la reconciliación (Pere Llabrés).
Impresionado el auditorio por la descripción que hiciera el profeta de la plaga y su proyección escatológica, Joel cree llegado el momento de insistir en su llamamiento a la penitencia y a la conversión. A ninguna culpabilidad concreta alude. Pero ¿quien estará limpio a los ojos de Dios? En auténtica línea tradicional y profética, el gran promulgador de la solemne liturgia penitencial descubre el verdadero sentido de la misma: la conversión del corazón a través "del ayuno, llanto y luto". Lo que hay que rasgar son "los corazones y las vestiduras", por este orden. Nada nuevo añadirá el Nuevo Testamento a esta concepción de la penitencia. Jesús se hará eco de Joel cuando diga a sus discípulos: "Cuando ayunéis..." (Mt 6, 16ss).
Dos palabras entran en juego en esta verdadera penitencia. El clásico imperativo "sub" = conversión, vuelta a Dios, ya que al pecado se le considera un alejamiento hasta el destierro y "de todo corazón", ya que esta vuelta no puede ser ocasional, interesada y menos aún ficticia. "De corazón" es lo que nosotros llamamos un firme y sincero propósito de la enmienda.
Joel es un profeta del que no se sabe prácticamente nada. Pero por lo que se deduce de su breve librito, parece que proclamó su profecía después del exilio, cuando la vida en Jerusalén y Judá está ya restaurada y el país vive tranquilo en situación de provincia autónoma del imperio persa. Pero en aquel momento tranquilo, sobreviene lo inesperado: una plaga de langostas y otros animales amenaza con destruirlo todo. Y el miedo a perderlo todo se apodera del pueblo, y nadie sabe qué hacer. Los sacerdotes son incapaces de convocar a la oración ante el Señor. Y un hombre, de nombre Joel, se siente empujado a remover al pueblo e invitarlo a ponerse ante Dios pidiendo su ayuda. Ayuda y perdón, porque es la época en que aún se ve todo mal y toda catástrofe como una consecuencia del pecado. Joel quiere que todo el pueblo se mueva, empezando por los sacerdotes. Quiere que se hagan signos públicos y rituales de petición de perdón, y quiere, sobre todo, que se rompa la pasiva tranquilidad del pueblo para renovar la fidelidad al Señor. Y quiere que se utilice ante Dios el gran argumento: si el pueblo cae en la miseria, se perderá la libertad (la gente tendrá que venderse como esclavos a los persas para poder comer) y Dios mismo quedará en ridículo ante "los gentiles" (J. Lligadas).
Invitación a la penitencia. Judá ha de sacar una lección de la plaga de langostas. Debe reconocer la necesidad de volver a Yahvé y a su templo para escapar del enemigo. Este retorno exige los actos de culto: el ayuno, el llanto y las lamentaciones formaban parte de la liturgia penitencial. Pero los actos rituales no bastan. Dios quiere que nos rasguemos el corazón más que los vestidos. Se trata de «volver» a Dios, no de quedarse en el mismo sitio cambiando sólo la postura externa.
La conversión de Judá atraerá la benevolencia divina, ya que la misericordia es uno de los atributos propios de Yahvé. Dios se ha comprometido voluntaria y perpetuamente, mediante un pacto, a procurar el bienestar del pueblo. Por eso es posible que el castigo sea, en último término, una bendición, palabra que incluye todo lo que el hombre puede desear, especialmente la vida y la abundancia de bienes. La conversión del pueblo no es simplemente la suma de las conversiones individuales, sino la de todos colectivamente: niños, jóvenes, ancianos, sacerdotes..., incluidos los recién casados, pese a que están dispensados de otras obligaciones (Dt 24,5). La respuesta divina no se hace esperar. A la vez, se amplía la perspectiva: las langostas pierden su significación propia e histórica y pasan a representar la tribulación del «día de Yahvé» escatológico. «El (pueblo) del norte» era, al parecer, una expresión técnica para designar al invasor apocaliptico. La mayoría de las invasiones de Palestina habían procedido del norte, y tal hecho histórico da origen a la frase. Pero aquí ha perdido el significado geográfico. En toda la perícopa se juega con la doble significación, histórica y simbólica, de la plaga. Cuando Judá se reconcilie con Dios no habrá obstáculo para que se manifieste su bendición. No faltará la lluvia en la siembra ni en primavera, época en que grana el trigo. La frase «porque os dará la lluvia tardía con regularidad» puede traducirse también: «os dará al maestro de justicia»; en este caso significaría que la lluvia enviada a su debido tiempo será el testimonio de la fidelidad de Dios. También puede entenderse como una alusión a una persona, futuro jefe espiritual del pueblo (J. Aragonés Llebaría).
Joel actúa probablemente después del retorno del exilio, cuando el país está ya restaurado y tranquilo. En aquella situación, no obstante, una plaga de langostas está a punto de destruirlo todo. Entonces, ante la pasividad de los sacerdotes y de los responsables del pueblo, surge este hombre del que no sabemos prácticamente nada y llama al pueblo a pedir auxilio a Dios. Una petición de ayuda que irá unida a una petición de perdón, porque aquella tragedia es interpretada como una consecuencia del pecado. Joel convoca a todo el mundo: los sacerdotes no pueden quedarse cruzados de brazos, los más débiles (ancianos y niños de pecho) también deben participar en el clamor, los esposos deben "salir de la alcoba y del tálamo". Todos se postrarán ante Dios y pedirán perdón.
El profeta quiere que se hagan signos públicos, rituales de arrepentimiento. Pero quiere sobre todo que se "rasguen los corazones" y renueven la voluntad de ser fieles al Señor. Y el gran argumento para conseguir la benevolencia divina será recordar que Dios mismo está ligado a su pueblo, de modo que si el pueblo cae en la miseria (lo que comportaría la muerte por hambre o el venderse como esclavos a los persas con el fin de poder comer) será Dios quien quedará desacreditado ante los demás pueblos. Los "celos" de Dios salvarán al pueblo.
2. El salmo 50 es el salmo penitencial por excelencia, atribuido a David como petición de perdón después de sus relaciones con Betsabé (2 S 12). Es petición de perdón, y es deseo de alabar a Dios por este perdón y por el corazón nuevo que Él es capaz de crear. Es el mismo Dios quien, a través del profeta, llama a su pueblo a la conversión. Ahora, en el pórtico de la Cuaresma, estas insistentes palabras son su invitación a no quedarnos meramente en la penitencia exterior, sino a cambiar en lo más profundo del corazón, de las actitudes, de la vida.
«Contra ti, contra ti solo pequé». Ese es mi dolor y mi vergüenza, Señor. Sé cómo ser bueno con los demás; soy una persona atenta y amable, y me precio de serlo; soy educado y servicial, me llevo bien con todos y soy fiel a mis amigos. No hago daño a nadie, no me gusta molestar o causar pena. Y, sin embargo, a ti, y a ti solo, sí que te he causado pena. He traicionado tu amistad y he herido tus sentimientos. «Contra ti, contra ti solo pequé».
Si les preguntas a mis amigos, a la gente que vive conmigo y trabaja a mis órdenes, si tienen algo contra mí, dirán que no, que soy una buena persona; y sí, tengo mis defectos (¿quién no los tiene?), pero en general soy fácil de tratar, no levanto la voz y soy incapaz de jugarle una mala pasada a nadie; soy persona seria y de fiar, y mis amigos saben que pueden confiar en mí en todo momento. Nadie tiene ninguna queja seria contra mí. Pero tú sí que la tienes, Señor. He faltado a tu ley, he desobedecido a tu voluntad, te he ofendido. He llegado a desconocer tu sangre y deshonrar tu muerte. Yo, que nunca le falto a nadie, te he faltado a ti. Esa es mi triste distinción. «Contra ti, contra ti solo pequé».
Fue pasión o fue orgullo, fue envidia o fue desprecio, fue avaricia o fue egoísmo...; en cualquier caso, era yo contra ti, porque era yo contra tu ley, tu voluntad y tu creación. He sido ingrato y he sido rebelde. He despreciado el amor de mi Padre y las órdenes de mi Creador. No tengo excusa ante ti, Señor.
«Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. En la sentencia tendrás razón, en el tribunal me condenarás justamente». Condena justa que acepto, ya que no puedo negar la acusación ni rechazar la sentencia. «En la culpa nací; pecador me concibió mi madre: Yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado». Confieso mi pecado y, yendo más adentro, me confieso pecador. Lo soy por nacimiento, por naturaleza, por definición. Me cuesta decirlo, pero el hecho es que yo, tal y como soy en este momento, alma y cuerpo y mente y corazón, me sé y me reconozco pecador ante ti y ante mi conciencia. Hago el mal que no quiero, y dejo de hacer el bien que quiero. He sido concebido en pecado y llevo el peso de mi culpa a lo largo de la cuesta de mi existencia.
Pero, si soy pecador, tú eres Padre. Tú perdonas y olvidas y aceptas. A ti vengo con fe y confianza, sabiendo que nunca rechazas a tus hijos cuando vuelven a ti con dolor en el corazón.
«Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Rocíame con el hisopo y quedaré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa».
Hazme sentirme limpio. Hazme sentirme perdonado, aceptado, querido. Si mi pecado ha sido contra ti, mi reconciliación ha de venir de ti. Dame tu paz, tu pureza y tu firmeza. Dame tu Espíritu.
«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu; devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso».
Dame la alegría de tu perdón para que yo pueda hablarles a otros de ti y de tu misericordia y de tu bondad. «Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza». Que mi caída sea ocasión para que me levante con más fuerza; que mi alejamiento de ti me lleve a acercarme más a ti. Me conozco ahora mejor a mí mismo, ya que conozco mi debilidad y mi miseria; y te conozco a ti mejor en la experiencia de tu perdón y de tu amor. Quiero contarles a otros la amargura de mi pecado y la bendición de tu perdón. Quiero proclamar ante todo el mundo la grandeza de tu misericordia. «Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti».
Que la dolorosa experiencia del pecado nos haga bien a todos los pecadores, Señor, a tu Iglesia entera, formada por seres sinceros que quieren acercarse a unos y a otros, y a ti en todos, y que encuentran el negro obstáculo de la presencia del pecado sobre la tierra. Bendice a tu Pueblo, Señor.
«Señor, por tu bondad, favorece a Sión; reconstruye las murallas de Jerusalén» (Carlos G. Vallés).
Pues yo reconozco mi culpa (Sal 50). / He pecado, Señor, pero el problema / es que no me avergüenzo ni lo siento; / más bien estoy tranquilo en mi aposento / y no hay ningún Natán que me estremezca.
No veo la maldad de mi pecado, / ni entiendo yo por qué ha de estar prohibido: / Es que a nadie he robado u ofendido / y todo me parece exagerado.
Necesito que me cures mi ceguera / y que pongas delante de mis ojos / un espejo penetrante y luminoso / y vea la raíz de mis miserias.
Ojos nuevos, Señor, es lo que pido / y fuego que penetre en mis entrañas, / y la roña esclerótica del alma / se funda en corazón recién nacido.
Un corazón de niño, delicado, / un espíritu firme y generoso, / que cante tu alabanza jubiloso / y diga convencido: «yo he pecado».
Corazón nuevo, puro, santo y sano, / de espíritu de amor colmado, amable, / que sepa comprender al miserable / y viva en el amor de los hermanos.
Ahí se ven también las raíces profundas del mal. La sicología moderna ha puesto en evidencia hasta qué punto el hombre está marcado por determinismos que provienen de condicionamientos corporales, de influencias sociales, de hábitos fundados en reflejos profundos. El salmista, se sentía aplastado por el peso de los determinismos: consciente del mal que había hecho, se sentía incapaz de realizar la reparación tan deseada. Por esto pide la intervención de Dios... Descubre que la raíz del pecado antes que en la culpabilidad personal, está en la misma condición humana: "soy malo desde que nací; soy pecador desde el seno de mi madre". Pero esto no es fatalismo. "Sí, reconozco mi pecado... Lo que es malo lo he hecho..." Se trata de un hombre responsable, que no quiere de ninguna forma justificarse; no hay peor enemigo de la dignidad humana que una cierta actitud de autojustificación. Esto es a menudo una dimisión. ¡Haz, Señor, que veamos claro! Ayúdanos a tomar conciencia del mal que hacemos: las agresividades inconscientes, los reflejos dominantes, los egoísmos camuflados, las cobardías ocultas.
La verdadera noción del perdón. El perdón también tiene que ver con el amor. "Por tu amor, oh Dios, ten compasión de mí; por tu gran ternura, borra mi pecado". André Frossard escribió a este propósito: "Nuestra religión, nuestro Dios, es el de las repeticiones magníficas: nos ha sido dado el poder de renacer". El salmista abunda en palabras para hablar de esta "renovación". Habla inclusive de una "nueva creación". El perdón no es solamente un olvido del pasado, una despercudida, sino el surgimiento de un "nuevo ser": misterio conmovedor, repetido mil veces en la Biblia. Nada de morboso, o de obsesivo, en el pecado según Dios. Culmina de hecho en una alegría indecible, en acción de gracias.
La solidaridad colectiva. El pecado es una realidad eminentemente personal. Sin embargo, la Biblia habla constantemente de las repercusiones que tiene más allá de quien lo comete: es lo que la sociología moderna llama la "responsabilidad colectiva". Sin llegar a afirmar, como lo sugiere el título de una célebre película que "somos todos asesinos", hay que reconocer que nos impregnamos del medio que nos rodea, y que contribuimos de una u otra forma a hacer la vida difícil a los demás. Cada uno de nuestros pecados "pesa" sobre nuestros hermanos. Cada toma de conciencia, cada esfuerzo de conversión contribuye a mejorar el clima en el cual viven los demás. El pecador que habla en este salmo 50 estaba convencido de que su pecado, y su arrepentimiento "interesaban" a los demás. Al convertirse, se compromete a ayudar a sus hermanos: "a los malvados enseñaré tus caminos, y los pecadores volverán a Ti". Es más, asocia a la reconstrucción de su ser personal, la reconstrucción de la ciudad: "favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén". La Iglesia de hoy da este sentido comunitario al sacramento de reconciliación. El adagio: "toda alma que se eleva, eleva al mundo", encierra una profunda verdad. Recitar el "Miserere", pedir perdón por nuestras faltas, no es solamente un acto individual, es también comprometerse en "la historia de la salvación" con Jesucristo salvador. Sólo tenemos "una alma que salvar", decía la canción y Peguy: "¡no hay que llegar solos al cielo!" (Noel Quesson).
3. 2 Co 5,20-6,2. Al decir Pablo que "Cristo murió por todos", imagina rápidamente una objeción: ¿no mueren ya de suyo todos los hombres? ¿Como se entiende que la muerte de Cristo tenga ese carácter vicario y supletorio? Pablo contesta diciendo que Cristo, al morir por todos ha hecho posible que la vida humana supere el narcisismo moral en el que estaba encerrada, y pueda ya proyectarse a un polo extrínseco de atracción vital: "aquel que por ellos murió y resucitó". Como siempre en Pablo, la muerte de Cristo encuentra la eficacia en su apertura real a la resurrección.
La "valoración del hombre" desde la perspectiva cristiana no puede, pues, hacerse ya a base de la mera "existencia carnal", o sea de la condición mortal y humana sin esperanza de resurrección. Al mismo Cristo no se le puede valorar únicamente como un héroe sublime que dio generosamente su vida por una causa grande, sino como el vencedor pionero de la muerte: "Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe estaría vacía" (1 Cor 15,14).
Por consiguiente, la mística cristiana es una mística de lo nuevo: "Si alguno está en Cristo, nueva criatura es". Por eso, la muerte de Cristo se considera como una "reconciliación". La raíz de la palabra griega "reconciliación" corresponde en castellano a "creación de lo otro". "Reconciliarse", pues, no es simplemente poner un paréntesis sobre una época desgraciada de la vida y volver al punto cero; no es hacer borrón y cuenta nueva como si nada hubiera pasado.
Por el contrario, la reconciliación reconoce la posibilidad y la probabilidad del mal cometido, que ha sido causa de la separación, pero implica la creación de una situación totalmente nueva, donde los hombres empiecen a caminar más allá de su propia carga histórica.
Así se explica que todos los pasajes neotestamentarios referentes a la reconciliación afirmen con una fuerza insoslayable: ahora todo ha cambiado. Dios, con su soberana intervención, ha transformado la situación del mundo.
Indudablemente, la creación no ha tomado todavía su nueva forma; esto sucederá el último día; pero desde ahora, como a la salida del sol, todos los seres se iluminan con la irrupción de la luz. La cruz ha sido como una sentencia de muerte que implica la terminación del pasado e inaugura lo completamente "otro": "Para el que está en Cristo aparece una creación nueva; se destruyen las cosas viejas, todas las cosas se renuevan".
Este itinerario de la reconciliación -de búsqueda de lo otro- es ciertamente peligroso; obliga a la Iglesia a salir de su reserva espiritual y a mancharse con la "gente". Pero la Iglesia no ha de ser menos que Cristo, "que no conociendo pecado, Dios lo hizo pecado para que en él llegáramos nosotros a ser justicia de Dios". Hay, pues, que "empecatarse", que correr el riesgo de la pérdida del puritanismo, para conquistar paradójicamente la única pureza cristiana: la salida de lo viejo y el caminar hacia lo nuevo, hacia lo otro, hasta llegar hasta la situación radicalmente "otra": la resurrección (edic. Marova).
4. Los temas del Evangelio son 3: a) la apertura a los demás: con la obra clásica cuaresmal de la limosna, que es ante todo caridad, comprensión, amabilidad, perdón, aunque también limosna a los más necesitados de cerca o de lejos, b) la apertura a Dios, que es escucha de la Palabra, oración personal y familiar, participación más activa y frecuente en la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación, c) y el ayuno, que es autocontrol, búsqueda de un equilibrio en nuestra escala de valores, renuncia a cosas superfluas, sobre todo si su fruto redunda en ayuda a los más necesitados. Las tres direcciones, que son como el resumen de la vida y la enseñanza de Cristo, nos ayudan a reorientar nuestra vida en clave pascual (J. Aldazábal). La oración, ayuno y limosna constituyen los ejes de la Cuaresma, que unen a modo de cruz la tendencia hacia arriba, la verticalidad de la adoración, a la horizontalidad de la fraternidad, y ambas se necesitan mutuamente, como queda reflejado en el precepto del amor en sus dos vertientes de amor a Dios y a los demás. Veremos cómo están en relación con las tres tentaciones que el demonio presenta a Jesús y que leeremos el próximo domingo, que engloba todas las tentaciones, como estos tres medios de santidad engloba el antídoto para toda tentación, cada uno de los medios para cada una de las tentaciones (la oración para los bienes placenteros, el ayuno para la soberbia, la caridad para el afán de tener). También en otro momento veremos que la caridad, reducida a “propina”, sin Dios “deja de ser un acto fraternal y se reduce a un gesto tranquilizador que no cambia la mirada sobre el hermano ni hace sentir la caridad de prestarle la atención que se merece. El ayuno, por otra parte, queda limitado al cumplimiento formal, que ya no recuerda en ningún momento la necesidad de moderar nuestro consumismo compulsivo ni la necesidad que tenemos de ser curados de la “bulimia espiritual”. Finalmente, la oración —reducida a estéril monólogo— no llega a ser auténtica apertura espiritual, coloquio íntimo con el Padre y escucha atenta del Evangelio del Hijo.
La religión de los hipócritas es una religión triste, legalista, moralista, de una gran estrechez de espíritu. Por el contrario, la Cuaresma cristiana es la invitación que cada año nos hace la Iglesia a una profundización interior, a una conversión exigente, a una penitencia humilde, para que dando los frutos pertinentes que el Señor espera de nosotros, vivamos con la máxima plenitud de alegría y el gozo espiritual de la Pascua” (Manuel Valls).
Benedicto XVI hablaba de la caridad, oración y ayuno, como armas espirituales para combatir el mal: “Mientras que el profeta Joel hablaba del futuro día del Señor como de un día de juicio terrible, san Pablo, refiriéndose a la palabra del profeta Isaías, habla de "momento favorable", de "día de la salvación". El futuro día del Señor se ha convertido en el "hoy". El día terrible se ha transformado en la cruz y en la resurrección de Cristo, en el día de la salvación. Y hoy es ese día, como hemos escuchado en la aclamación antes del Evangelio: "Escuchad hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón". La invitación a la conversión, a la penitencia, resuena hoy con toda su fuerza, para que su eco nos acompañe en todos los momentos de nuestra vida.
De este modo, la liturgia del miércoles de Ceniza indica que la conversión del corazón a Dios es la dimensión fundamental del tiempo cuaresmal. Esta es la sugestiva enseñanza que nos brinda el tradicional rito de la imposición de la ceniza, que dentro de poco renovaremos. Este rito reviste un doble significado: el primero alude al cambio interior, a la conversión y la penitencia; el segundo, a la precariedad de la condición humana, como se puede deducir fácilmente de las dos fórmulas que acompañan el gesto”.
En la antigua liturgia romana, a través de las estaciones cuaresmales se había elaborado una “geografía” de la fe, partiendo de la idea de que, con la llegada de los apóstoles san Pedro y san Pablo y con la destrucción del templo, Jerusalén se había trasladado a Roma. La Roma cristiana se entendía como una reconstrucción de Jerusalén. Las tradiciones no han de ser un simple recuerdo del pasado, ni una anticipación vacía del futuro; al contrario, han de ayudar a vivir el presente. Concretamente, esta idea mueve a considerar cómo la Jerusalén quedó unida en cierto modo a Roma en la Tradición, y que el camino cuaresmal es hacia la gloria de la Jerusalén celestial, donde habita Dios.
“Queridos hermanos y hermanas, tenemos cuarenta días para profundizar en esta extraordinaria experiencia ascética y espiritual. En el pasaje evangélico que se ha proclamado Jesús indica cuáles son los instrumentos útiles para realizar la auténtica renovación interior y comunitaria: las obras de caridad (limosna), la oración y la penitencia (el ayuno). Son las tres prácticas fundamentales, también propias de la tradición judía, porque contribuyen a purificar al hombre ante Dios (cf. Mt 6, 1-6. 16-18). Esos gestos exteriores, que se deben realizar para agradar a Dios y no para lograr la aprobación y el consenso de los hombres, son gratos a Dios si expresan la disposición del corazón para servirle sólo a él, con sencillez y generosidad. Nos lo recuerda uno de los Prefacios cuaresmales, en el que, a propósito del ayuno, leemos esta singular afirmación: "ieiunio... mentem elevas", "con el ayuno..., elevas nuestro espíritu" (Prefacio IV de Cuaresma).
Ciertamente, el ayuno al que la Iglesia nos invita en este tiempo fuerte no brota de motivaciones de orden físico o estético, sino de la necesidad de purificación interior que tiene el hombre, para desintoxicarse de la contaminación del pecado y del mal; para formarse en las saludables renuncias que libran al creyente de la esclavitud de su propio yo; y para estar más atento y disponible a la escucha de Dios y al servicio de los hermanos. Por esta razón, la tradición cristiana considera el ayuno y las demás prácticas cuaresmales como "armas" espirituales para luchar contra el mal, contra las malas pasiones y los vicios.
Al respecto, me complace volver a escuchar, juntamente con vosotros, un breve comentario de san Juan Crisóstomo: "Del mismo modo que, al final del invierno —escribe—, cuando vuelve la primavera, el navegante arrastra hasta el mar su nave, el soldado limpia sus armas y entrena su caballo para el combate, el agricultor afila la hoz, el peregrino fortalecido se dispone al largo viaje y el atleta se despoja de sus vestiduras y se prepara para la competición; así también nosotros, al inicio de este ayuno, casi al volver una primavera espiritual, limpiamos las armas como los soldados; afilamos la hoz como los agricultores; como los marineros disponemos la nave de nuestro espíritu para afrontar las olas de las pasiones absurdas; como peregrinos reanudamos el viaje hacia el cielo; y como atletas nos preparamos para la competición despojándonos de todo"”. Llucià Pou Sabaté, con textos tomados de mercaba.org

1 comentario:

Christopher dijo...

Las festividades son tiempo de alegría y reconciliación.
Con mi familia estamos en un alquiler temporario Argentina festejando todos juntos.