miércoles, 29 de diciembre de 2010

Jueves de la 2ª semana de Adviento. “Yo soy tu redentor, el Santo de Israel”, dice el Señor, que manda Juan Bautista que ahora nos acompaña como prepa

Isaías 41,13-20. Yo, el Señor, tu Dios, te agarro de la diestra y te digo: «No temas, yo mismo te auxilio.» No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio -oráculo del Señor-. Tu redentor es el Santo de Israel. Mira, te convierto en trillo aguzado, nuevo, dentado: trillarás los montes y los triturarás; harás paja de las colinas; los aventarás, y el viento los arrebatará, el vendaval los dispersará; y tú te alegrarás con el Señor, te gloriarás del Santo de Israel. Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la hay; su lengua está reseca de sed. Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré. Alumbraré ríos en cumbres peladas; en medio de las vaguadas, manantiales; transformaré el desierto en estanque y el yermo en fuentes de agua; pondré en el desierto cedros, y acacias, y mirtos, y olivos; plantaré en la estepa cipreses, y olmos y alerces, juntos. Para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de 1srael lo ha creado.

Salmo 144,1 y 9.10-11.12-13ab. R. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que té bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas;
explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

Evangelio según san Mateo 11,11-15. En aquel tiempo, dijo Jesús a las turbas: «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos, que oiga».


Comentario: 1.- Is 41,13-20. El libro de la Consolación (Is 40-55) ha sido elaborado en torno a tres ejes de reflexión: una apologética del monoteísmo frente a los falsos dioses extranjeros, una teología de la redención por el Servidor paciente y una presentación del futuro escatológico dentro del marco de una tipología del Éxodo. Nuestra lectura pertenece a este último grupo. El carácter maravilloso consignado en los vv 18-19 no debe sorprendernos: el período del Éxodo ha sido para Israel la era por excelencia de los milagros; algo así como la vida de Jesús para el cristiano. Así, el Segundo Isaías se preocupa de mostrar a sus contemporáneos que el Éxodo es un gesto permanente de Dios: las prisas de la huida (Is 52,11-12), la nube protectora (Is 52,12b), el paso del mar (Is 43,16), el agua que brota de la roca (Is 48,21), la transformación del desierto en paraíso (Is 43,19-21), cruzando por un camino que no es sólo geográfico, sino también el camino de la alianza y de la santidad (Is 35,8). Estas maravillas operadas en el Éxodo sirven por lo demás, para proclamar la realidad del Dios único (v 20). A lo largo de toda su obra el autor está preocupado, en efecto, por una apologética del moneteísmo frente a los falsos dioses. A los ojos de la religión dualista de los medos, los elementos del Bien y del Mal se enfrentan sin que se pueda adivinar el resultado final de su lucha. A los ojos del monoteísmo judío Dios dirige todas las evoluciones del mundo conforme a su designio, sin que ninguna otra fuerza pueda oponerse: basta con conocer a Dios y su plan para comprender la historia del mundo y saber que camina hacia su felicidad. La educación del sentido de la historia, que era ya el tema de la lectura primera del segundo domingo de Adviento (ciclo B), da aquí un paso más: la historia tiene un sentido porque Alguien sabe adónde va: un Dios que comunica su conocimiento a los hombres jalonando su historia de maravillas marcadas con su huella. Cierto que el hombre moderno tiene la pretensión de saber adónde va su historia y de conducirla a su término. El cristiano también lo sabe, y esa es la razón de que su trabajo y sus compromisos se asemejen tanto al trabajo y a los compromisos del ateo. Pero su conocimiento viene de un Dios del que se fía, que jalona su historia con las "maravillas" de la alianza nueva y del que es un testigo en el mundo (Maertens-Frisque).
-"No temas gusanito de Yavhé". Israel en el destierrro ha sido como un gusano pisoteado por las naciones. Dios le asegura su protección cariñosa: lo lleva de la mano, "Te agarro de la diestra". Es preciso saborear durante el día esta maravillosa expresión de amor de Dios. "Yo te llevo de la mano". -"Los pobres buscan.." Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia. Fórmula que expresa le espera, el deseo. -Yo, el señor, les responderé. -No temas, Yo te ayudo. No temas, Jacob, débil gusanillo; Israel, miserable mortal. Esta es ya una bienaventuranza: la de los pobres. Medito sobre la debilidad, la pequeñez. La pequeñez de ese pueblo de deportados, despreciados, explotados, perdidos en la gran Babilonia pagana. La pequeñez de María, portadora, sin embargo, del Misterio de Dios. María, «débil criatura» vivía en una pobre aldea, casi desconocida. ¡No en Roma, la triunfante... No en Atenas, la sabia... Ni en Babilonia, la soberbia... Ni siquiera en Jerusalén, la santa... Ni en ninguna de las grandes capitales de la época! Sino en Nazaret poblado desconocido, en medio de gente humilde y sencilla. El verdadero valor no procede de la situación humana sino de la mirada de Dios. ¿Qué es lo que esto cuestiona mi vida?
-Yo soy el Señor, tu Dios. Te tengo asido por la diestra. Es preciso saborear, en el silencio, esas declaraciones de amor... Basta con dejarse llevar por esa imagen: ¡Toma mi diestra, Señor! ¡Quédate de veras «conmigo»! Escucho... Escucho esas palabras que me diriges. ¿Qué podría dañarme, en mi pequeñez, si, de verdad, conservo tu mano en la mía?
-Triturarás los montes... Y tú te regocijarás en el Señor. Es una réplica contra los opresores babilonios. Es, ante todo, el anuncio de un gran gozo después de la pena.
-Los pequeños y los pobres buscan agua... pero no hay nada. Su lengua se les secó de sed. La boca de Dios lo testifica. «Los pobres buscan...» Esa fórmula expresa la espera, el deseo. La imagen es la de «tener sed»... una necesidad biológica concreta, que no puede satisfacerse con hermosas palabras. «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia.» Pero, que el término bíblico no nos oculte el verdadero sentido. ¡No es «agua» lo que los pobres de HOY andan buscando! ¿Cuál es su deseo? Ser amados y considerados... ganar regularmente un salario justo... ir adquiriendo algo más de responsabilidad, de confort... ser como todo el mundo, no ser humillados... ser atendidos en las necesidades, con una visita oportuna... y que los sufrimientos y la mala suerte no sea algo normal en sus vidas... Ante esos deseos tan humanos, ante esa «sed», debemos también, como Dios, testificar «y no hay nada» ¿Es una espera frustrada, un deseo inútil, la Nada?
-Yo, el Señor, los atenderé... No los abandonaré... Señor, realiza tu promesa. Señor, ayúdanos también a atender a los pobres en todo lo que esté de nuestra parte.
-Abriré en los montes, ríos y fuentes... Convertiré el desierto en lagunas... Y la tierra árida en hontanar de aguas... Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos, olivos, cipreses, pinos y enebros... De modo que todos vean y sepan que la mano del Señor ha hecho eso. Imágenes de lozanía, de fecundidad y de abundancia. En nuestro mundo tan «árido», tan duro... ¡haz que mane el «agua viva»! (Noel Quesson).
Dios se manifiesta en la historia; la Biblia no es un manual dogmático con una serie de verdades abstractas, atemporales. La aparición de Ciro significa la desaparición de las grandes potencias, que hasta entonces habían tenido el monopolio de la política mundial. La teología de la historia contenida en estos versículos nos dice que, en todo acontecimiento, la iniciativa está en manos de Dios, el cual interviene en cada momento y en cualquier lugar. Todo converge para hacer realidad las promesas de la alianza con el escogido, con el amado, con el siervo. La «emanuelidad», la presencia de Dios en medio de su pueblo, se afirma con insistencia y vigor: «No temas, que yo estoy contigo; no te angusties, que yo soy tu Dios» (v 10). La exhortación a la confianza se convierte en una bella glosa del nombre de «Yahvé» en el sentido de «Yo soy el que siempre está aquí (contigo)». La presencia gramaticalmente destacada de los pronombres personales «yo-tú» traduce con eficacia el sentido y la fuerza de esta proximidad. El Segundo Isaías, teólogo sutil, sabe jugar con los conceptos de potencia de Dios y debilidad del hombre. El Dios «Santo», es decir, el totalmente Otro, el Trascendente, se servirá de su trascendencia para hacer sentir todo el peso de su inmanencia salvadora.
La misma gramática hebrea registra la idea: el "Santo" (Qadosh) se «modifica» cuando pasa a ser el «Santo de Israel» (Qed osh), aunque sea en una cosa tan insignificante como la vocalización. Es la superación de toda teodicea aséptica para entrar en una teología que acabará afirmando en una perspectiva joánica que Dios ha plantado la tienda entre los hombres (Jn 1,14). De ahí que el autor de estos versículos contemple al Santo caminando al lado de Israel, el pueblo descrito como débil: «No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio, dice el Señor, tu redentor es el Santo de Israel» (14). Dios se comporta como un goel (redentor); lo cual significa en la cultura religiosa judía acudir en ayuda de otro por razones de consanguinidad o por un pacto. Dios es el goel que realizó un día la gesta del éxodo y que ahora la va a repetir. El uso del verbo bará, reservado para describir la acción creadora de Dios, designa en el Segundo Isaías una acción no menos importante: la salvación, acontecimiento que va más allá de la esfera puramente histórica. A partir de aquí, la joven comunidad neotestamentaria encuentra su conexión con el Antiguo Testamento y la justificación de su manera de interpretarlo (F. Raurell).
El Señor nunca olvida sus promesas. Él sale al encuentro de sus siervos, de los que confían en Él y le viven fieles para reanimarlos en tiempos difíciles. ¿Acaso puede temer aquel a quien el Señor tiene asido por la diestra y de quien escucha estas consoladoras palabras: Yo soy el que te ayuda; tu Redentor es el Dios de Israel? Él puede hacer que florezcan nuestros desiertos y que en nuestras arideces broten ríos y fuentes de agua viva. Por eso, levantemos el corazón, pues Dios se ha hecho Dios-con-nosotros; Él va en camino con nosotros pues ha hecho suya nuestra naturaleza humana para que también nosotros hagamos nuestra su divinidad. ¿Hay algo más esperanzador para nosotros, pobres pecadores? Dios ha tenido compasión de nosotros; dejémonos encontrar y salvar por Él. Permanezcamos fieles a su amor; hagamos la prueba y veremos cuán bueno es el Señor, pues a pesar de que seamos como un gusanillo u oruguita, el Señor se ha puesto de nuestra parte y se ha levantado en contra de nuestro enemigo para redimirnos, para hacernos partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte. Reconocer nuestra pequeñez, y sabernos amados por Dios, y dejarnos amar por Él será lo único que le dará seguridad a nuestro caminar, desde esta vida, hacia la posesión de los bienes definitivos.
Después de que el pueblo de Israel se había multiplicado como las estrellas del cielo, y como las arenas de las playas, ahora, en el destierro se ha reducido a un resto fiel, pues muchos, ya establecidos en esas tierras extrañas, se han olvidado de Dios dedicándose a sus negocios. Y el Señor contempla a los suyos como a un gusano indefenso, temeroso de que alguien lo pise y ahí termine todo. Pero, puesto que son el resto que aún le pertenece al Señor, Él le habla con amor y ternura diciéndole: ¡no temas, pues yo estoy contigo; estoy de tu parte! Más aún soy tu Redentor (go' el), es decir, el que sale en tu defensa para liberarte de tus enemigos, incluso a costa de la entrega de mi propia vida. Y Dios ha cumplido esta Palabra que nos ha dirigido, pues por medio de su propio Hijo, hecho uno de nosotros, nos libró del pecado y de la muerte, dando su vida por nosotros. Y ahora, a la Iglesia, le ha confiado el perdón de los pecados, no sólo en la administración del sacramento de la Reconciliación, sino también en la entrega de la propia vida, para que los demás tengan vida. El Señor nos quiere cercanos a los demás, especialmente a los pobres y desprotegidos, para remediar sus males. Procuremos, pues, continuar con la obra redentora que Cristo confió a su iglesia.

2. Sal 145/144. Los judíos en el destierro han sido como un gusano pisoteado por las naciones. Pero Yavé lo defiende, lo lleva en la mano. Hace de Él un instrumento de purificación para los enemigos de Dios: trillo que tritura, bieldo que aventa. Yavé es su libertador. Él mismo será fuente para su pueblo sediento. El mundo reconocerá el poder de Dios. Esto se ha visto en los tiempos mesiánicos. El Señor libera al hombre del hambre, de la miseria, de la esclavitud, de la ignorancia y de las enfermedades, es uno de los anhelos de la humanidad. El hombre incrédulo piensa que todo está en sus manos, pero se equivoca, porque el egoísmo es el mayor enemigo de los males de este mundo. El hombre egoísta solo piensa en su propio bienestar. Solo Dios y los que lo aman pueden ser la salvación del mundo en todos los tiempos. Dios es nuestro libertador, porque solo en Él se halla la solución de los problemas humanos. Solo Él puede suscitar en los hombres sentimientos humanitarios. De todos modos la raíz de todos los males es el pecado y solo Dios puede perdonarlo. Juan el Bautista envió una embajada a Jesús para ver si Él era el Mesías. Jesús da la respuesta: «Los ciegos ven, los paralíticos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, la alegre noticia es anunciada a los pobres» Nosotros somos los ciegos, los paralíticos, los leprosos, los muertos. Cristo ha venido y nos ha curado, nos ha resucitado a la vida de la gracia. No tenemos necesidad de más Mesías ni de mesianismos. Cristo ha venido y con Él la salvación de todo el mundo, un nuevo orden social que mitiga y suprime la miseria humana. El Salmo 144 canta con gozo esta verdad: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey, bendecir tu nombre por siempre jamás. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Por eso queremos que todas las criaturas le den gracias, lo bendigan sus fieles, proclamen la gloria de su reinado, que hablen de sus hazañas, explicando sus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de su reinado, porque su reinado es un reinado perpetuo y su gobierno va de edad en edad». «De su plenitud todos hemos recibido, gracia por gracia» (Jn 1,12. 16) «Sabemos que hemos sido transplantados de la muerte a la vida» (1 Jn 3,14). «Vivamos, pues, la novedad de esta vida» (Rom 6,4), como verdaderos hijos de Dios, participando de su naturaleza divina.
Bendigamos y alabemos al Señor, nuestro Dios y Padre, pues Él siempre se manifiesta bondadoso para con nosotros. Él jamás nos ha abandonado; podrá una madre olvidarse del fruto de sus entrañas, pero Dios jamás se olvidará de nosotros. Por eso, no sólo con los labios, sino con toda nuestra vida, entretejida de amor y de fidelidad a Él, bendigamos su santo Nombre, pues ha hecho grandes maravillas en favor nuestro. Pero nosotros no podemos quedarnos sólo en la alabanza al Señor; si en verdad vivimos unidos a Él por el amor, lo hemos de dar a conocer a todas las naciones. El Señor viene a cada uno de nosotros para convertirnos en signos de su amor salvador para todos los pueblos; ojalá y cumplamos con fidelidad amorosa esa misión que se nos ha confiado.
El Señor nos ha trasladado de la muerte a la vida. Esa es la obra salvadora que Él ha realizado a favor nuestro, mediante su Misterio Pascual. Por eso, a partir de haber sido amados y perdonados por Dios, hemos de iniciar una nueva vida, cuyo comportamiento sea una continua alabanza y bendición de su Santo Nombre. Pero no sólo nos hemos de conformar con alabar al Señor de un modo personal. A partir de haber experimentado el amor de Dios, hemos de anunciar su Nombre a los demás, de tal forma que, viendo nuestras buenas obras, también ellos retornen al Señor y lo glorifiquen con una vida intachable. Así estaremos contribuyendo para que el Reino de Dios se vaya construyendo, ya desde ahora, entre nosotros. Si queremos, no sólo hablar de Cristo, sino ser sus testigos, seamos los primeros en vivir como fieles discípulos suyos, escuchando su Palabra y poniéndola en práctica.

3.- A. Comentario que hice en 2007. a) Juan Bautista se esforzó en vivir su vocación: le costó la cabeza. Pero fue fiel a su misión: Precursor del Mesías. De él profetizó Isaías diciendo que era la voz que clama en el desierto, preparando las sendas del Señor, enderezando sus sendas. Y toda su vida fue fiel a esta misión, desde le mismo seno materno proclamó a Jesús, moviéndose en el seno de su madre. Es grande Juan por su testimonio de vida entregada, penitente (se vestía con piel de camello, vivía en el desierto y se alimentaba de langostas y miel silvestre). Su vida era servicio a los demás: predica la conversión y penitencia y bautiza con agua anunciando que vendrá quien bautiza con el Espíritu Santo. Su coherencia es proverbial, proclama la verdad sin ningún respeto humano por quedar bien, o por miedo a perder la vida. Murió por denunciar al rey Herodes tener a Herodías, la mujer de su hermano. Le siguieron los primeros discípulos de Jesús: por lo menos Juan y Andrés, que luego llevaron a los demás.
b. No es fácil estar firme ante las dificultades, cuando estas hacen todo más duro. Los robles son fuertes y están curtidos ante vientos y heladas, están preparados y lo resisten todo. Las mimosas, cuando hiela flaquean, incluso se mueren. En la vida espiritual conviene que seamos fuertes, con espíritu deportista, entrenando una y otra vez: "El Reino de los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan." En la lucha espiritual, no cuentan los resultados sino la lucha en las cosas pequeñas de cada día: transformando la envidia en detalles de servicio, el mal genio en comprensión, la “memoria histórica” en perdón, la comodidad en pensar en los demás, el estar “en Babia” por prestar atención a lo que toca, el pesimismo por el volver a empezar.
3. "Hoy, decía san Josemaría Escrivá, que empieza un tiempo lleno de afecto hacia el Redentor, es un buen día para que nosotros recomencemos. ¿Recomenzar? Sí, recomenzar. Yo -me imagino que tú también- recomienzo cada jornada, cada hora; cada vez que hago un acto de contrición, recomienzo”. Y esto significa luchar “de tal manera que, detrás de cada pelea y de cada batalla, haya una pequeña victoria, con la gracia de Dios; y de este modo contribuimos a la paz de la humanidad”.
c. En el mundo, tan lleno de agresividad, falta paz. En un pueblo me contaron de niños violentos que se peleaban en la calle, aparentemente los padres eran educados, pero bajo esta educación: ¿qué veían los niños? Coincidimos en pensar que los niños captan lo que hay en el interior de los mayores, más allá de estas capas de educación con que a veces nos revestimos. Y viendo una tensión de violencia contenida, ellos salían violentos sin ninguna careta. Por esto, si de verdad queremos que haya paz en el ambiente, hemos de llevarla en nuestro corazón. Para ello, es importante no encerrarse en pequeños traumas e insatisfacciones, no conformarse con los fracasos, sino convertirlos en experiencia para recomenzar: luchar con perseverancia, convertir lo bueno en una ocasión de agradecimiento, y lo malo en ocasión de rectificar, con un poco más de amor. El tiempo litúrgico va clamando: ¡ven, Señor Jesús!, ¡ven! Estas son llamadas para ahondar en la fuerza y el amor que vienen de esta búsqueda sincera de Jesús, deseando que nazca en nosotros, que nos transforme en Él.
d. El examen de conciencia es una buena arma para luchar con este espíritu de victoria. El siervo de Dios Álvaro del Portillo nos aconsejaba “hacer a conciencia el examen de conciencia”, es decir poner atención a ahondar en las raíces de nuestra actuación, agradecer las luces sobre lo que aún no va, ya que saber a dónde hay que ir -qué es lo que hay que mejorar- es tener medio camino hecho.
B. Notas que tomo de mercaba.org, en 2009. Mt 11,11-15. El papel del Bautista en la obra redentora de Dios vuelve a cobrar viva realidad en cada Adviento, "pues la fuerza de Juan va delante de nosotros cuando nos disponemos a creer en Cristo" (San Ambrosio, a Lc 1,17); y podemos añadir, cuando nos disponemos, llenos de fe, a celebrar en la liturgia la venida de Cristo. Y cuanto más nos inclinamos ante el juicio de Juan, tanto más la Iglesia y nuestras almas se asemejan a la figura espiritual del Precursor; se convierten en heraldos de Cristo. Y desde el momento en que entra en juicio consigo misma, Cristo está presente en ella y siente necesidad de anunciar lo que ve. Se desvanecen las sombras del pecado y de la gravedad del juicio surge la alegría de sentir a Dios cerca: Deus manifeste veniet, "Dios viene visiblemente" (Sal 49,3). Con razón deja la Iglesia que el júbilo de este alegre mensaje prevalga sobre la seriedad de la predicación de la penitencia. Pues si Juan también anunció lo que vio, al Dios hecho hombre, la Iglesia ha visto más todavía que él: la redención del mundo y la gloria del hombre nuevo. San Juan no pudo hacer más que vislumbrar este milagro en el bautismo del Jordán, que era, según sabemos hoy nosotros, una imagen de la muerte y resurrección del Señor. En consecuencia, según la palabra del Señor, el menor en el reino de Dios, que es la Iglesia, "es mayor que Juan el bautista" (M 11,11). En el mensaje de Adviento de la Iglesia no reinan ya las tinieblas que reinaron durante tantos miles de años de irredención, sino que arde jubilosa la luz de una salvación que viene experimentando hace casi dos mil años. Deus manifeste veniet, "Dios viene visiblemente", exclama. ¡Lo llevo dentro de mí; aquí está, míralo! Espera y a la vez anuncia lo que ya posee. El volver a celebrar el nuevo año de salud ha de proporcionarle mayor experiencia y redención (Emiliana Löhr).
Una de las grandes figuras del Adviento, es Juan Bautista, el que prepara la venida del Mesías. Durante varios días todos los evangelios nos hablarán de este precursor.
-Jesús declaraba a las multitudes.. "En verdad os digo: entre los hijos de los hombres no ha habido otro mayor que Juan Bautista". La fórmula es solemne en boca de Jesús: "Sí, en verdad os digo." La fórmula bíblica es aún más contundente: "entre los nacidos de mujer." No se habla pues de un elogio restringido, como si la comparación sólo se refiriera a los contemporáneos de Juan. Jesús lo eleva por encima de todos los hombres, a través de toda la historia.
-Y sin embargo el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. ¡He aquí algo casi inverosímil! El menor de los cristianos, el menor de los bautizados es "mayor" que Juan. Comienza un nuevo tiempo. Una nueva era para la humanidad. La venida de Jesús divide la humanidad en dos: antes... y después... Uno no se atrevería a decir semejantes cosas, Señor, si no las hubieras dicho antes Tú mismo. ¡Qué dignidad la nuestra! Juan Bautista ha sido el hombre "bisagra" que ha hecho dar el gran giro a la humanidad: ha mostrado a Jesús y ha desaparecido ante El. Le ha dado todos los discípulos que primero fueron suyos. Fue el mayor del "Antiguo Testamento"; pero, el más pequeño del "Nuevo Testamento" es mayor que él. ¿Puede decirse esto de "mí"? ¡Cómo debería yo respetar mi dignidad de bautizado, lleno de la gracia de Dios! Esto vale para todos los bautizados. ¿Qué conclusión debería yo sacar?
-Desde el tiempo de Juan Bautista hasta el presente, el reino de los cielos se alcanza con violencia, y son los violentos, los que se esfuerzan por conquistarlo. Misteriosa palabra que prueba, por lo menos una cosa: que el Reino de Dios no se instaura fácilmente. Resistencias muy fuertes se oponen a que Dios reine verdaderamente. ¿Se trata solamente de Satán que quiere detener el trabajo mesiánico de Cristo? -El relato de la tentación sería una prueba-. ¿Se trata también de los Zelotes, quienes, en tiempo de Jesús, querían imponer el Reino de Dios por las armas y por la violencia? Siendo así que Jesús se presenta como el mesías de los pobres, que rehúsa valerse de la fuerza. De todos modos, lo cierto es que las potencias del mal están activas hasta el final de los tiempos. Y que Juan Bautista ha invitado a sus discípulos al combate, dándoles ejemplo de una vida dura y asceta. No se construye el Reino en la facilidad, la molicie, o el dejar-hacer. Señor, despiértanos de nuestras indolencias. El tiempo de Adviento es un tiempo de vigilancia y de esfuerzo. ¿Qué evoca en mí la palabra "ascesis"? ¿Sobre qué punto de mi vida el Señor me pide que me haga violencia? Antes de buscarla, en prácticas excepcionales ¿no debo primero descubrir la "ascesis" que está ahí, presente en mi vida, y que tan a menudo rehúso? El combate para "amar mejor". El combate para "rezar mejor". El combate para "servir mejor y comprometerme más" (Noel Quesson).
A partir de hoy, y hasta el día 17, el hilo conductor de las lecturas lo llevará el evangelio de cada día, con la figura de Juan Bautista, el precursor del Mesías. Mientras que las lecturas del A.T. nos irán completando el cuadro de los pasajes evangélicos. Si Isaías había sido hasta ahora quien nos ayudaba a alegrarnos con la gracia del Adviento, como admirable profeta de la esperanza, ahora es el Bautista quien, tanto en los domingos como entre semana, nos anuncia que se acaba el A.T. y el tiempo de los profetas, que con Jesús de Nazaret empiezan los tiempos definitivos. Más tarde será María de Nazaret quien nos presente a su Hijo, el Mesías enviado por Dios.
Dios asegura de nuevo que estará cerca de su pueblo, con un lenguaje lleno de ternura: «yo, el Señor, tu Dios, te cojo de la mano y te digo: no temas, yo mismo te auxilio», «y tú te alegrarás con el Señor». Las imágenes que usa el profeta para dibujar esta salvación mesiánica están llenas de poesía y de futuro. Dará de beber a los sedientos, responderá a todo el que le invoque, hará surgir ríos en terrenos áridos, transformará el desierto llenándolo de árboles de toda especie. Es, de nuevo, la escenografía paradisíaca: la vuelta a la felicidad inicial estropeada por el pecado del hombre. En la página que leemos hoy es a todo el pueblo de Israel a quien se dirige Dios diciéndole que le convertirá en trillo aguzado, o sea, en instrumento eficaz de preparación a los tiempos mesiánicos, roturando y preparando el terreno para la salvación. Dios cuida de su pueblo y a su vez éste es llamado a ser instrumento de salvación para los demás.
Ese Dios volcado hacia su pueblo decidió, al cumplirse la plenitud de los tiempos, enviar a su Hijo al mundo. Y quiso también que su venida estuviera preparada por un precursor, Juan Bautista. Hemos escuchado cómo Jesús alaba a Juan. Dice de él que es el profeta a quien se había anunciado cuando se decía que Elías volvería. Ya ha venido, aunque algunos no le quieran reconocer. Y es el más grande de los nacidos de mujer. El Bautista es el último de los profetas del A.T., el que establece el puente a los tiempos nuevos, los definitivos. Por eso dice también Jesús que «el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él»: ahora que viene el Profeta verdadero, todos los demás quedan relativizados; ahora que se congrega el nuevo Pueblo en torno al Mesías, ha llegado a la plenitud el pueblo primero, la primera alianza. Aprovecha Jesús para decir que su Reino supone esfuerzo, que hace violencia. Sólo los esforzados se apoderan de él. Es un orden nuevo de cosas exigente y radical. El Bautista ya anunció que el hacha estaba dispuesta para cortar el árbol. El Reino es gracia y es alternativa: salvación y juicio a la vez. Él, el Bautista, hombre recio donde los haya, fue de los que recibieron con entereza este Reino. Supo mantenerse en su lugar, humilde: «conviene que yo mengüe y que él crezca», porque no era él el Salvador, sino el que le preparaba el camino. Vivió en la austeridad y predicó sin recortes el mensaje de conversión. Fue la voz que clama en el desierto para preparar la venida del Mesías. Además, encaminó a sus discípulos hacia Jesús, el nuevo y definitivo Maestro: «éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».
a) Juan el Bautista nos invita a un Adviento activo, exigente. Celebrar la venida de Dios, en la próxima Navidad, no es sólo cosa de sentimiento y de poesía. La gracia del Adviento, de la Navidad y de la Epifanía pide disponibilidad plena, apertura a la vida que Dios nos quiere comunicar. Supone, como predicaba Isaías y repetía el Precursor, preparar caminos, allanar, rellenar, enderezar, compartir con los demás lo que tenemos, hacer penitencia, o sea, cambiar de mentalidad. Si Navidad no nos cuesta ningún esfuerzo, será seguramente porque no hemos profundizado en su significado sacramental. El don de Dios es siempre a la vez tarea y compromiso. Es palabra de consuelo y de conversión.
b) En la Plegaria Eucarística IV del Misal se alaba a Dios por cómo ha tratado siempre a los débiles y pecadores: «cuando por desobediencia perdió tu amistad, no le abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca». Como decía Isaías de Yahvé y su pueblo Israel, «yo te cojo de la mano y te digo: no temas». En el Adviento se deberían encontrar esas dos manos: la nuestra que se eleva hacia Dios pidiendo salvación, y la de Dios, que nos ofrece mucho más de lo que podemos imaginar. No es tanto que Dios salga al encuentro de nuestra mano suplicante, sino nosotros los que nos damos cuenta con gozo de la mano tendida por Dios hacia nosotros. Adviento es antes gracia de Dios que esfuerzo nuestro. Aunque ambos se encuentran en el misterio que celebramos. Ojalá todos, como prometía Isaías, «veamos y conozcamos, reflexionemos y aprendamos de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho» (J. Aldazábal).
En un mundo convulsionado, en el que los ricos son cada vez más ricos, mientras los pobres buscan el sustento y no lo encuentran, las palabras del profeta en el oráculo que trae la liturgia de hoy nos dan un rayo de esperanza. Al ser humano desesperado, que se siente como un gusanito según las palabras del profeta, el Dios Salvador le dice que nada hay que temer porque él mismo vendrá en su auxilio. América Latina vive en una situación difícil como el paso por el desierto de los israelitas, pero ese desierto se convertirá en lugar habitable, en un paraíso si los hombres y mujeres aprendemos a reconocer a Dios en medio de nosotros. Jesús de Nazaret viene al mundo para ayudarnos a encontrar a Dios en medio de nuestra historia. A su contemporáneos, Juan Bautista debió abrirles el camino, preparar la comprensión de su mensaje; como todo profeta -y así lo consideraba el pueblo- fue incomprendido; no contemporizó con los poderosos, vivió retirado de los lujos de la ciudad, y luchó siempre contra la violencia y a pesar de esto, o tal vez por esto, fue criticado. Pero Jesús lo alaba y lo reconoce como el más grande entre todos los que lo han precedido; sin embargo, cualquiera de los más pequeños (los discípulos: 10,42) en el Reino es mayor que Juan.
Juan anunció la proximidad del Reino, pero aunque sacó a muchos de la institución del judaísmo, pertenece al tiempo del Antiguo Testamento. El nacimiento de Jesús da inicio a una nueva era, la del Reino de Dios. Los que participan del Reino gozan de una realidad de la que Juan no ha podido participar.
Juan Bautista es presentado como el nuevo Elías. Como se recordará en el libro de los Reyes aparece la grande y misteriosa figura de Elías. Según las tradiciones bíblicas la aparición de Elías precedería la irrupción del tiempo mesiánico. El profeta que se elevó al cielo en un carro de fuego (2 Re 2,1-18) volvería para consumar las promesas del rey definitivo. Jesús toma esa figura mítica y la transforma mediante una novedosa interpretación: el espíritu de Elías está en todos los profetas que lo sucedieron, especialmente en Juan. Pero, a partir de Juan las cosas cambian. Antes, la pureza ritual y el rigor legal eran el camino de salvación. De ahora en adelante, el camino de salvación es el camino trazado por Jesús. Por eso dice: "Con Juan Bautista han terminado los tiempos de la Ley de los profetas". Jesús de Nazaret inaugura un nuevo tiempo, que es definitivo para la salvación. A eso se debe que Jesús haya presentado a Juan Bautista como el nuevo Elías: todo lo que había antes del Bautista es antiguo; todo que empieza con Jesús es nuevo y definitivo. Hoy, nos enfrentamos a un mundo sin esperanza. La dinámica industrial y tecnológica conducen al mundo a la catástrofe. Los políticos de las grandes naciones no terminan de ponerse de acuerdo en las estrategias para salvar la tierra. Cada día es más notoria la escasez de alimento en los países más pobres. Ante este panorama desolador es oportuno que nos preguntemos ¿cuál es nuestra visión de futuro? ¿Y qué estamos haciendo para transformar la realidad de muerte en realidad de vida?
El texto de Isaías nuevamente nos invita a la esperanza en un mundo re-creado por Dios. Desde las necesidades de los pobres, la acción de Dios cubrirá estas necesidades. Es decir, Dios recreará el mundo a partir de lo que los pobres necesiten y esperen. Dios les devolverá a los pobres aquello que le fue quitado: el agua, la tierra, la libertad, el trabajo digno. La recreación es, entonces, para el pobre que todo lo ha perdido. Esta esperanza puede hacernos concebir una acción que solamente depende de Dios. Es cierto que está fuera de discusión cualquier intento de redención voluntarista, en el que el ser humano participa únicamente desde su voluntad. El texto del evangelio viene a completar esta visión. El Reino de Dios, ese tiempo y estado de recreación ya presente en la historia, no ha cambiado la situación de los pobres. El mundo pareciera que sigue igual (o peor...). Es que en esta nueva creación los "esforzados", "los violentos", los luchadores, harán que el Reino haga fuerza para su manifestación. De esta manera evitamos cualquier interpretación de pasividad del hombre y la mujer ante la responsabilidad del Reino. Por otra parte, esta idea nos lleva a pensar que la acción por el Reino genera violencia, rupturas, propias del hecho de querer crear algo nuevo. Toda creación es un acto de violencia sobre lo viejo o sobre la materia que deja lugar a lo nuevo. En definitiva, no se trata de un Reino que se presente como por acto de magia, ni que se exprese débilmente. Desde la acción de Dios, desde su compromiso desde los pobres, desde la fuerza por hacer presente la Vida sobre la muerte, el Reino se mostrará violento, recreando lo viejo hacia lo nuevo. Latinoamérica, bajo el amparo de Guadalupe, aún sigue haciendo presión para lograr esto nuevo que está naciendo en su seno. Esta presión ha llevado a muchos hermanos y hermanas de nuestro continente a dar su vida en este nacimiento. Por lo tanto celebramos en este día un nacimiento que se va "haciendo" en la historia, desde la violencia de esta gestación hacia un Continente nuevo, de justicia, de paz y fraternidad (servicio bíblico latinoamericano).
“El que tenga oídos que oiga”. Así acaba el Evangelio de hoy. Estamos en el ecuador del Adviento, dentro de trece días celebraremos la Navidad. Llevamos doce preparando la venida de Cristo, así que escuchemos: “No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel”. ¡Lo que hay que oír!. Gusanito. Oruga. Definición de gusano: “Nombre vulgar de las larvas vermiformes de muchos insectos, como algunas moscas y coleópteros, y las orugas de los lepidópteros”…”Nombre común que se aplica a animales metazoos, invertebrados, de vida libre o parásitos, de cuerpo blando, segmentado o no y ápodo” (Diccionario de la lengua española). Así nos llama “El Señor, tu Dios”. Desde luego si me lo llama otro podría haber más que palabras. Más de uno se ha batido por menos. Pero hemos decidido escuchar y escucharemos.
“Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios y gente violenta quiere arrebatárselo”. Mira a tu alrededor. Cuánta violencia hay aún hoy contra Cristo y contra la Iglesia. Cuántas informaciones sesgadas. Cuántos ataques contra la persona, templo del Espíritu Santo. Cuántos ataques a la vida de indefensos, nacidos o no. Cuánta “kultura” que degrada la capacidad de conocer y conocerse del hombre. Cuántos portavoces del mal que se apropian indebidamente del apellido modernidad.
Ante todo eso, algunos pensarán en una gran campaña de marketing, un buen lavado de cara, un lifting del Evangelio y de la Iglesia, en definitiva, una ofensiva en lucha declarada contra los enemigos de Dios y su Iglesia. ¡Somos más y mejores! ¡Al abordaje!. Seamos como las imágenes de Santiago matamoros que, espada en mano, cortemos las cabezas de los infieles. Aireemos la porquería de los demás y hundámoslos en su miseria. Tenemos poder: Usémoslo.
Esto pensarán los que tienen una visión terrena de la Iglesia (igual que sus enemigos en el fondo). Cuando nos vengan esos pensamientos, escuchemos al Señor, nuestro Dios, que nos dice: “¡Só ápodo! (gusano a fin de cuentas) Que no te has enterado de nada, tu fuerza está acostado en un pesebre, colgado en una cruz. El “mayor de los nacidos de mujer” viste una piel de camello y come langostas (de las que saltan). Yo soy “lento a la cólera y rico en piedad”. ¿Quién eres tu para ponerte en mi lugar?. Pero “no temas. Tu redentor es el Santo de Israel. Yo mismo te auxilio para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado. No temas, gusanito de Israel”
Ante tantos ataques a la fe te puedes sentir muy pequeño, una oruga; pero una oruga de Dios. Mira la humillación de María, de Cristo, de los santos y descubrirás la grandeza de Dios. El que tenga oídos que oiga (Archimadrid).
Hoy, el Evangelio nos habla de san Juan Bautista, el Precursor del Mesías, aquél que ha venido a preparar los caminos del Señor. También a nosotros nos acompañará desde hoy hasta el día dieciséis, día en el que acaba la primera parte del Adviento. Juan es un hombre firme, que sabe lo que cuestan las cosas, es consciente de que hay que luchar para mejorar y para ser santo, y por eso Jesús exclama: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt 11,12). Los “violentos” son los que se hacen violencia a sí mismos: ¿Me esfuerzo para creerme que el Señor me ama? ¿Me sacrifico para ser “pequeño”? ¿Me esfuerzo para ser consciente y vivir como un hijo del Padre? Santa Teresita de Lisieux se refiere también a estas palabras de Jesús diciendo algo que nos puede ayudar en nuestra conversación personal e íntima con Jesús: «Eres tú, ¡oh Pobreza!, mi primer sacrificio, te acompañaré hasta que me muera. Sé que el atleta, una vez en el estadio, de desprende de todo para correr. ¡Saboread, mundanos, vuestra angustia y pena, y los frutos amargos de vuestra vanidad; yo, feliz, obtendré de la pobreza las palmas del triunfo». Y yo, ¿por qué me quejo enseguida cuando noto que me falta alguna cosa que considero necesaria? ¡Ojalá que en todos los aspectos de mi vida lo viera todo tan claro como la Doctora! De un modo enigmático Jesús nos dice también hoy: «Juan es Elías (...). El que tenga oídos que oiga» (Mt 11,14-15). ¿Qué quiere decir? Quiere aclararnos que Juan era verdaderamente su precursor, el que llevó a término la misma misión que Elías, conforme a la creencia que existía en aquel entonces de que el profeta Elías tenía que volver antes que el Mesías (Ignasi Fabregat).
Algunos se comportan, a lo largo de su vida, como si el Señor hubiera hablado de entregamiento y de conducta recta sólo a los que no les costase -¡no existen!-, o a quienes no necesitaran luchar. Se olvidan de que, para todos, Jesús ha dicho: el Reino de los Cielos se arrebata con violencia, con la pelea santa de cada instante [Surco 130]. El Reino de los Cielos, que es vivir con Dios, se alcanza con lucha: los esforzados lo conquistan. Vivir contigo, Jesús, cumpliendo tu voluntad, sirviéndote y amándote, no es una fantasía sentimental -sentimentaloide- en la que nada cuesta y todo va rodado. ¡Hay que luchar! Tú mismo me has dicho: Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame [Mt 26,24]. He de luchar contra mí mismo: contra mi propia voluntad, si es contraria a la tuya; contra comodidades y gustos personales. Jesús, a veces me desanimo porque me cuesta seguirte. Y entonces pienso: «esto no es para mí»; «yo es que soy así; en cambio, a ése otro sí que le va: lo hace todo bien». ¿Es que no le cuesta a «ése otro»? Lo que ocurre es que soy un comodón, y no quiero luchar lo que debería. Espabílame, Jesús. No dejes que caiga en la tibieza -la lucha a medias- porque la tibieza atonta, y si no la combato, cada vez me costará más luchar. El que tenga oídos, que oiga. No me sugieres: «si te resulta fácil ... »; sino que me das tu gracia, me tocas por dentro y me dices: «tú que tienes formación, sígueme más de cerca». Jesús, aunque me cueste, quiero seguirte. Si te sigo de verdad, me enamoraré más y más de Ti, y me costará menos luchar. Pero siempre tendré que luchar, porque sólo los esforzados te conquistan (Pablo Cardona).
El Reino de Dios padece violencia, y quienes se esfuerzan lo conquistan (Mateo 11,12). Padece violencia la Iglesia por parte de los poderes del mal, y padece violencia el alma de cada hombre, inclinada al mal como consecuencia del pecado original. Será necesario luchar hasta el final de nuestros días para seguir al Señor en esta vida y contemplarle eternamente en el Cielo. La vida del cristiano no es compatible con el aburguesamiento, la comodidad y la tibieza. El Adviento es un tiempo propicio para que examinemos cómo luchamos contra las propias pasiones, los defectos, el pecado, el mal carácter. Esta lucha que nos pide el Señor a lo largo de nuestra vida, muchas veces se concretará en fortaleza para cumplir delicadamente nuestros actos de piedad con el Señor, sin abandonarlos por cualquier cosa, o por el estado de ánimo; se concretará en el modo de vivir la caridad, en hacer un apostolado eficaz a nuestro alrededor. El Señor está a nuestro lado y ha puesto un Ángel Custodio que nos ayudará en la lucha, si acudimos a él.
En nuestro andar hacia el Señor no siempre venceremos, tendremos muchas derrotas; unas de escaso relieve; otras tendrán importancia, pero el desagravio y la contrición nos acercarán más a Dios. Y comenzaremos de nuevo sin pesimismo –fruto de la soberbia-, con paciencia y humildad, pidiendo más ayuda al Señor. Nuestro amor a Dios se manifiesta no tanto en los éxitos que creemos haber alcanzado, sino en la capacidad de comenzar de nuevo, de renovar la lucha interior. Pidamos hoy a la Virgen la gracia de no abandonarla jamás y la humildad de recomenzar siempre.
No comenzamos de nuevo por un empeño personal, como si tratáramos de afirmar que nosotros podemos sacar adelante las cosas. Nosotros no podemos nada. Precisamente, cuando nos sentimos débiles, la fuerza de Cristo habita en nosotros (2 Cor 11-12). ¡Y es una fuerza poderosa! El fundamento de nuestra esperanza está en que el Señor desea que recomencemos de nuevo cada vez que hemos tenido un fracaso, quizá aparente, en nuestra vida interior o en nuestro apostolado. “Detesta con todas tus fuerzas la ofensa que has hecho a Dios y, con valor y confianza en su misericordia, prosigue el camino de la virtud que habías abandonado” (San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota). Tenemos una Madre y un Ángel custodio que nos ayudan (Francisco Fernández Carvajal, resumido por Tere Correa de Valdés Chabre).
Nuestra vida debe ser un continuo caminar hacia la posesión de los bienes definitivos. Sin embargo, sabemos que constantemente estamos expuestos a una diversidad de tentaciones, que quisieran apartarnos del camino del bien. Nuestra propia concupiscencia nos inclina más al mal que al bien; y, como nos recuerda san Juan de la Cruz: "aunque el camino es llano y suave para los hombres de buena voluntad: el que camina caminará poco y con trabajo si no tiene buenos pies y ánimo y porfía animoso en eso mismo." Y para esto no bastan nuestros débiles y frágiles esfuerzos y decisiones; es necesario dejarse amar por Dios, dejarse acoger por Él y dejar que su Vida se ha nuestra vida; entonces será distinto, pues Él llevará a cabo su obra de salvación en nosotros, pequeños y humillados, pero totalmente confiados en Él. Y esta nuestra confianza en Él; y esta nuestra entrega a Él; y el que Él nos reciba y haga suyos, tomándonos bajo su cuidado, llega a su plenitud en nosotros al participar de la Eucaristía. Permanezcamos en su amor para que esté siempre no sólo con nosotros, sino en nosotros y pueda, así, guiar nuestros pasos por el camino del bien, conforme a su voluntad santísima.
No temas. Ojalá y nosotros, como Iglesia, realmente cumplamos con la Misión que el Señor nos ha confiado de convertirnos en un signo del amor salvadora y protector de Dios para los desvalidos. Hay muchos clamores de libertad en el mundo, pues muchos han quedado esclavizados por los poderosos, de los que dependen apenas para sobrevivir; víctimas de la injusticia, son comprados por un par de sandalias y se les trata como a bestias de trabajo, o como a un engranaje más de la maquinaria de producción; así, conculcados sus derechos fundamentales, viven desprotegidos de su dignidad y faltos de esperanza. Muchos han huido de esa vida indigna y se han refugiado en la violencia, para reclamar sus derechos. Muchos, queriendo olvidar su realidad injusta, se han refugiado en la droga, en el alcohol, o en el desenfreno hueco de felicidad. En el fondo late una esperanza, casi apagada, ansiando una libertad que no alcanza a llegar. ¿Dónde está la Iglesia, portadora de libertad? Ojalá y no nos refugiemos en una vida pietista e intimista. Ojalá y no seamos los primeros en ser los causantes del mal de nuestros hermanos. Ojalá y no nos convirtamos en unos mercaderes del Evangelio. El Señor nos quiere como testigos de su amor, de su misericordia, de su liberación, de su alegría y de su paz. ¿Realmente somos un signo creíble de Jesucristo, Salvadora y Redentor en el mundo? Ojalá y no nos llenemos de orgullo, sino que nos hagamos pobres con los pobres, pequeños con los pequeños, para caminar, junto con ellos, a impulsos del Espíritu Santo, hacia una vida más fraterna, más digna y más en paz, hasta lograr nuestra plena liberación y salvación en la eternidad. La Ley y los Profetas llegan hasta Juan. Él es el más grande de entre los personajes del Antiguo Testamento, pues Dios le dio la misión de presentar al Cordero de Dios, en quien se cumplen las promesas divinas de salvación. Sin embargo el más pequeño entre los hombres de fe en Cristo supera en grandeza al Bautista, pues no sólo ha visto, sino que ha unido su vida al mismo Hijo de Dios. El Reino de Dios irrumpe en nosotros con toda su fuerza salvadora, y, a pesar de la violencia de que es objeto a causa de las persecuciones, los que poseemos la Fuerza del Espíritu de Dios, que habita en nosotros y nos hace firmes en el testimonio de nuestra fe, lograremos que ese Reino llegue finalmente a su plenitud en todos los hombres. Así el Reino de Dios no será la obra del hombre, sino la obra de Dios en el hombre convertido por el Señor en portador de la salvación, con la valentía del Espíritu de Dios, que hará que nunca claudiquemos del compromiso que el Señor nos ha confiado: Hacer que su Evangelio llegue a todas las criaturas.
El Señor nos ha convocado a esta Eucaristía; y nosotros hemos respondido a su llamado. Él nos ha unido a sí mismo comunicándonos su Vida y su Espíritu. No importa que en nuestro pasado hayamos sido, tal vez, unos malvados. Dios nos contempla como un Padre lleno de misericordia y quiere tomarnos de la mano con gran ternura para ayudarnos a caminar en el bien. Dios, efectivamente, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Su Hijo hecho uno de nosotros, ha entregado su propia vida para que nuestra existencia se convierta en una continua alabanza del Nombre del Señor. Por eso, los que hemos sido rescatados por la Sangre de Cristo, ya no debemos vivir para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó. Nuestra vocación mira a convertirnos en un signo del amor de Dios para los demás. Y no importa que parezcamos poca cosa; ante Dios, sus hijos, por muy humildes que parezcan ante los ojos del mundo, tienen la misma dignidad de su Hijo amado.
Por eso, vivamos, efectivamente, como hijos amados de Dios, no sólo por nuestras oraciones, sino por llevar una vida intachable. No podemos despreciarnos a nosotros mismos. No podemos decir que poco o nada valemos a causa de nuestras miserias y fragilidades. Nosotros valemos la sangre de Cristo; ese es nuestro valor ante el Padre Dios. Ante la figura de Cristo, entregado por nosotros, entendemos nuestra dignidad propia y la dignidad de los demás. El hombre, desde Cristo, tiene una nueva lectura de su propia naturaleza. Ojalá y también, desde Cristo, aprendamos a no despreciar a nadie, sino a trabajar por el bien de todos. Quien pase la vida persiguiendo o despreciando a su prójimo a causa de su raza, de su color, de su cultura, no puede poner la mano sobre la Biblia para manifestarse como hijo de Dios, pues el ser hijo de Dios se manifiesta haciendo vida esa Palabra de Dios que nos impulsa a amarnos como hermanos, con el mismo valor que todos tenemos a los ojos de Aquel a quien todos, con el mismo derecho de hijos, le invocamos como Padre nuestro.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser portadores de Cristo y de su Reino en nosotros, anunciándolo no sólo con los labios, sino con toda nuestra vida convertida en un testimonio de amor fraterno. Entonces el Señor, que se acerca a nosotros, nos encontrará fraternalmente unidos y dispuestos a participar eternamente de su Reino eterno que ha hecho, ya desde ahora, su morada en nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).
Verdaderamente el Reino exige esfuerzo… ser cristiano y hacer que la vida cristiana sea una realidad no es algo que sucede por arte de magia, sino que exige de la cooperación de cada uno de nosotros. Es necesario por ello estar convencidos de que verdaderamente vale la pena ser cristiano. Si no estamos completamente convencidos de que la vida en el Reino, que la vida cristiana es la mejor opción y oportunidad que tiene el hombre para ser feliz y alcanzar la plenitud y su realización, será muy difícil que el Reino se haga una realidad. ¿Estás convencido de que ser cristiano vale la pena? De esta respuesta depende el esfuerzo que harás, no sólo en adviento, sino toda tu vida para vivir conforme al evangelio y permitir que la vida en el Espíritu sea una realidad en ti.
Toma mi mano, Señor, agárrame fuerte, pues estoy perdido y sin fuerzas para afrontar el camino. Un mar de dudas me inquieta y a cada paso me topo con la cruda realidad: Soy menos de lo que soñé. ¡Cuánto me cuesta aceptar este momento, esta verdad de mi ser! Y Tú me dices: "No temas, yo mismo te auxilio y me estrecho a ti porque soy tu Redentor. Lo que ahora ves sin mordiente, lo verás como trillo aguzado para proclamar mi Palabra... y tú te alegrarás con el Señor". ¿Es posible, Señor, que puedas transformar este desierto en estanque y este yermo que no da fruto en fuente de agua viva? ¿Es posible que puedas alumbrar un río en este monte pelado y sin futuro? ¿Crees que dentro de un tiempo podré acudir a Ti como quien está alegre por encontrar el camino de llevar tu Palabra a mis hermanos? ¿Crees que yo seré causa de salvación para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor es quien modela este universo? Bendito seas Señor porque me has hecho nacer en tu Reino, el más pequeño. Bendito y alabado seas, Señor, porque tu Reino hace fuerza en mi interior para nacer un hombre nuevo. Dame las condiciones apropiadas para esforzarme por tu Reino, para que sea posible el milagro de romper fronteras. Cuando el mensaje esté claro, dame valor para asumirlo aunque cree en mí rechazo o ira, pero que no tire la toalla al apostar por tu Reino en estos días. Quiero entrar en tu Reino, siendo sólo Tú quien te ocupes de mí. No me abandones, Dios mío (Miguel A. Niño de la Fuente: cmfmiguel@yahoo.es). La oración colecta (Gelasiano) pide al Señor que despierte nuestros corazones y que los mueva a preparar los caminos de su Hijo, para que cuando venga podamos servirte con una conciencia pura.
Ninguno más grande que Juan el Bautista. El Antiguo Testamento tuvo la misión de preparar la venida del Mesías. El último profeta fue el Bautista, que lo señaló con el dedo. Jesús de Nazaret es el que inaugura la nueva era. Con Él hemos sido hechos hijos adoptivos de Dios y coherederos de su gloria. Pero, hemos de luchar, ser comprometidos con entera radicalidad con lo que exige esa nueva vida. Así lo expresa San León Magno: «¿Cómo podrá tener parte en la paz divina aquél a quien agrada lo que desagrada a Dios y el que desea encontrar su placer en cosas que sabe ofenden a Dios? No es ésta la disposición de los hijos de Dios, ni la nobleza recibida con su adopción... Grande es el misterio encerrado en este beneficio, que Dios llame al hombre hijo y el hombre llame a Dios Padre. Estos títulos hacen comprender y conocer a quien se eleva a tal altura de amor... Nuestro Señor Jesucristo, al nacer verdaderamente hombre, sin dejar de ser verdaderamente Dios, ha realizado en sí mismo el origen de una nueva criatura, y en el modo de su nacimiento ha dado a la humanidad un principio espiritual.
«¿Qué inteligencia podrá comprender tan gran misterio, qué lengua narrar una gracia tan grande? La injusticia se vuelve inocencia; la vejez, juventud; los extraños toman parte en la adopción; y las gentes venidas de otros lugares entran en posesión de la herencia. Desde este momento, los impíos se convierten en justos; los avaros, en bienechores; los incontinentes, en castos; los hombres terrestres, en hombres celestes (cf. 1 Cor 15, 49), ¿De dónde viene un cambio tan grande sino del poder del Altísimo? El Hijo de Dios ha venido a destruir las obras del diablo. Él se ha incorporado a nosotros y a nosotros nos ha incorporado a Él, de modo que el descenso de Dios al mundo de los hombres fue una elevación del hombre hasta el mundo de Dios» (Homilía 7ª sobre la Natividad del Señor, 3 y 7). La fe cristiana es un don de Dios, pero ella exige del hombre una entrega, una elección. Los valores auténticamente humanos pueden preparar al cristianismo, pero éste exige un salto más allá de la humanidad. Quiere una decisión tomada delante de Cristo, aceptándolo como modelo que transforma radicalmente la experiencia humana. Reducir la religión cristiana a los límites de lo razonable, de lo «honesto» en el sentido únicamente humano, es una tentación a la que se recurre con frecuencia. Esto no significa que para ser buenos cristianos no se tenga que ser ante todo razonables y honestos. Pero vivamos con Cristo una vida nueva. Continuemos en nosotros la misma vida de Cristo. Seamos todos un nuevo Cristo viviente. El verdadero cristiano es un sarmiento unido a la Vid que es Cristo. Si nosotros no ponemos obstáculos, la vida de Cristo es nuestra vida. Nos preparamos para la Navidad en que se ha de consumar nuestra plena unión con Cristo (Manuel Garrido).

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